jueves, 18 de julio de 2013

Epístola escandinava

     Leo que un estadounidense, tras despertar de un coma, ha olvidado el inglés materno y habla sólo en sueco. No sé, y además ignoro, si “hacerse el sueco” tiene en ese extraño país las mismas connotaciones que entre nosotros, aunque lo dudo, pues de ser así, nadie se habría alarmado. Todo lo más, le hubieran diagnosticado lo que el psiquiatra de Forges comunica a su paciente tendido en el diván: —“No es que a usted no le comprenda nadie. Usted es que es francés, mon chéri”. Reconozco que lo más parecido a un sueco que conozco es Fray Sven de Escandinavia, finlandés él y, trabajando estadísticamente con una muestra tan pequeña no me atrevo a seguir esa línea de investigación para intentar exprimir la frase.
     Algunos estudiosos buscan el origen de la expresión en la actitud de antiguos marinos procedentes de Suecia llegados a nuestras costas quienes, escudándose en el desconocimiento del idioma local, intentaban irse sin pagar las copas, a las que tienen cierta afición, lo que considero una explicación muy traída por los pelos. Otros, más benévolos, indican que estos visitantes, no entendiendo la lengua de los nativos, les contestaban a todo que sí, lo que tal vez explique el ya rancio aprecio local por los turistas suecos. Últimamente han aprendido mucho y, sobre todo desde que compartimos moneda, se muestran más descontentadizos y respondones.
   Más improbable aún es la leyenda que atribuye el origen del dicho a la fingida torpeza idiomática de un embajador sueco al que su rey había encargado dilatar, entorpecer y, en todo caso, evitar la ayuda militar solicitada a Suecia por Napoleón. Menos verosímil aún es intentar empadronar en  Sueca, Valencia, a los suecos aludidos.
     Otros atribuyen el origen de esta frase a “soccus”, palabra latina que designaba una especie de pantufla que usaban los cómicos en el teatro romano. De ahí derivarían “zueco” y “zoquete”, lo que nos acerca a “hacerse el tonto, el torpe”, con lo que ya vamos entrando en terrenos del cinco, aunque otros buscan la procedencia de “zoquete” en la palabra árabe “suqât”, deshecho, objeto inútil, pues no es la etimología ciencia exacta. Eran los soccus un calzado plano, distinto a los coturnos, que daban altura a los actores serios, los que aparecían en las tragedias. Por tanto estaríamos hablando también de una cuestión de elevación, física y moral, con la que se resalta la grandeza o la insignificancia del actor y de lo que representa.
    Vaya en contra de estas últimas y ampliamente aceptadas explicaciones el razonamiento de que me parece muy peregrino hacer navegar una palabra durante tantos siglos para hacerla encallar en el cercano XIX, en cuyas playas aparece varada por vez primera.

    Hipótesis más reciente y descabellada es la que relaciona la frase con la dificultad de entender las instrucciones para el montaje de los muebles de Ikea. Entre otros motivos, hay investigadores que, no sin cierta razón, descartan esta propuesta por el hecho de que tal maldad, como hemos dicho, se utiliza desde mediados del siglo XIX, mucho tiempo antes de que existieran muebles, incluso albóndigas de esa marca nórdica.
     Una explicación con más fuste, que si “non è vera, è ben trovata”, aportada por don Pancracio Celdrán Gomáriz en su “Diccionario de frases y dichos populares”, atribuye el dicho al subterfugio utilizado por algunos barcos ingleses que mostraban bandera sueca para poder acercarse al Puerto de Santa María en las épocas en que la pérfida Albión estaba en guerra con España, como si suecos fuesen, a hacer “jerezada”, que así debiera denominarse la acción de aprovisionarse de toneles de vino de Jerez, tan de su gusto.
   Fernando Álvarez Montalbán, profesor de español en la universidad de Upsala quien, con argumentos bien cimentados, defiende la tesis anterior, nos recomienda renunciar al uso de este estereotipo cultural, políticamente incorrecto, a la vez que nos ilustra de que ya en 1841, Manuel Bretón de los Herreros, en su obra teatral de premonitorio título, “Dios los cría y ellos se juntan”, recoge la frase:
CIRIACO:       (Alto) ¡Balbino!

BALBINO:    ¡Tía Macaria!

MACARIA:    (Aparte a Ciriaco) ¿A qué pronuncias su nombre?

  Valía más hacerse el sueco.
  También nos deleita con unos versos recogidos en la antología de “Cantares y refranes geográficos de España”, de Gabriel María Vergara Marín (1906), en los que se nos advierte:
“Dos súbditos pierde España
Cuando se presta dinero.
El que lo da se hace inglés
Y el que debe se hace sueco”.
   Lo que está claro es que hacerse el sueco viene a significar que alguien se hace el sordo, escurre el bulto, se niega a darse por aludido, intentando escapar con un fingido o real desentendimiento de algo que le afecta y que le debiera preocupar, evitando así dar mayores explicaciones o asumir responsabilidades. Sea cual fuere el origen de la expresión, hacerse el sueco es frase que usamos cuando alguien intenta descaradamente salirse por la tangente, irse de chiquitas al aparentar que la cosa no va con él —o con ella—.
     Según el DRAE, la mencionada suplantación de nacionalidad equivale a “desentenderse de algo, fingir que no se entiende". Se  intenta con ello evitar una situación incómoda, bien por timidez, discreción, modestia o, las más de las veces, por desfachatez. En Argentina y Uruguay dirían “hacerse el sota”.
    Tal forma de proceder, a la larga, no suele dar buenos resultados, pues una mala explicación siempre es mejor que ninguna y quien espera ansioso ser sacado de dudas, si alguna abrigare, puede llegar a interpretar que quien se hace el tonto por tontos y obtusos nos toma a los demás, y eso está muy feo. Además, el candor que se intenta aparentar no casa bien con el retorcimiento de los colmillos que nuestros suecos nativos han llegado a desarrollar, a juego con sus garras.
     Tal vez que los Estados Unidos sean un país joven permite que se pasmen sus ciudadanos por cualquier nimiedad, como sucede en el caso que nos ocupa. Entre nosotros, ya hechos a estas dolencias, no nos sorprende que no uno, sino miles de sujetos, a veces corporaciones enteras, aquí y allá, quién sabe si aquejados por el mal de altura propio de las cumbres que habitan, no sólo amanezcan haciéndose el sueco sin coma que pudiera justificar tal desarreglo idiomático, sino que con él convivan y medren a nuestra costa. Es mal común entre nosotros, que ya no distinguimos a nuestros dirigentes de los turistas de Escandinavia, salvo por el traje de los primeros. Aunque con ambos colectivos tenemos serios problemas de comprensión, cuando se dan con quienes vienen a dejarse su dinero son más llevaderos y asumibles que con los que entre nosotros están para llevárselo calentito.