viernes, 23 de octubre de 2015

Epístola turística


    Hubo una época en que los viajeros románticos acudían en peregrinación a España, que era el país del Oriente más a mano, para admirar sus ruinas y observar a sus pintorescos habitantes, asombrarse ante sus extrañas y primitivas costumbres y volver a Londres quemados por el sol ardiente y oliendo a ajo y aceite de oliva. Aún podían en aquellos tiempos satisfacer sus ansias de aventura recorriendo tortuosos caminos de cabras por Sierra Morena, que de otros no los había, con la esperanza de darse a vistas con algún aborigen ataviado como un bandolero. O visitar Mojácar y otros pueblos del sur para ver en las  calles retorcidas asomarse a los zaguanes y celosías a mujeres embozadas por sus lutos, sin tener que desplazarse a la lejana Arabia. Con suerte se tropezaban por esas serranías con un bandido de verdad que les aliviaba el peso de las alforjas y se alejaba mohíno en su mula con la faltriquera llena de billetes de su majestad británica que luego no le tomaban para pagar la cazalla. En las mal cuidadas y peor provistas fondas y casas de posta los arrieros aplazaban su atronadora partida de dominó, que arrancaba astillas de las mesas, para arrebatar a aquellos protoguiris los restos de calderilla de los bolsillos, utilizando armas de don Heraclio Fournier, premiadas en la Exposición Universal de París de 1889, a la sombra de un adefesio de hierros que en su momento no gustó.

    Los bandoleros han cambiado hoy en día las sierras abruptas por la comodidad de la corte y de otras villas de importancia en la costa. Desde allí dirigen bancos, empresas de electricidad y telefonía, carburantes y autopistas, entre otras lucrativas actividades reguladas, pues saben que para un forajido, la competencia es el fin del negocio. Se han comprado un traje de Armani, han cambiado el trabuco por un teléfono móvil y, fieles a sus costumbres y su amor a las alturas,  se refugian en las inaccesibles cumbres de las urbanas cordilleras de hormigón que previamente levantaron para, encaramados en tales cimas, como buitres acechar a sus presas. Desde los áticos roban de forma más pulcra y menos arriesgada a toda la población, teniendo a sueldo a quienes antes les perseguían y hoy gobiernan. Ni unos ni otros se ocultan de ello y cuando se retiran, son recogidos amorosamente.

    Desaparecidos del país aquellos tipos ya anticuados, muchos políticos de distinto pelaje han decidido reemplazar a esos castizos personajes para que España no pierda sus atractivos turísticos y han conseguido convertir la piel de toro en una continua performance. Por el momento la cosa funciona y hemos vuelto a batir record de visitantes foráneos.

    Han descubierto algunos caciques que en realidad, no hace falta gobernar, que la almendra del tema es tener entretenido al personal. Los más nuevos en la industria, empiezan por lo más fácil, como volver a cambiar los rótulos en las calles, pues borrar la mención a un general, aunque mandara tropas en la batalla de las Termópilas, es algo que siempre gusta a la peña. Siempre queda el recurso de quitarle el busto a Pemán, la calle a Muñoz Seca, la plaza a la misma España y dedicárselos a un actor con más méritos. Al menos más afín. No son necesarias brillantes ideas ni realizar reformas con molla. Si la cosa va mal y no cuadran las cuentas, que es lo suyo, siempre se puede echar la culpa al anterior mandamás diciendo que aún fue más inútil y más ladrón, cosa casi siempre cierta, pues más años tuvieron para depurar el sistema. Pero dando tiempo al tiempo, todo volverá a la normalidad y habrá más cambio de caras que de formas. Ya apuntan maneras.
  
   Aunque pudiera parecer ardua tarea para los decanos de la política el dar con algún nuevo producto que ofrecer a los votantes, no es así. Tienen caretas de recambio y nada les detiene, pues ideas nunca las tuvieron. En Macondo le prendían fuego al cine al ver redivivo al romano cuya muerte en el circo lloraron con sentidas lágrimas, reencarnado en cuidador de vacas de Texas en otra película. Pero nosotros tenemos mayores tragaderas y por promesa de renovación tomamos a rostros que hemos visto volverse azules en carteles electorales pegados a los muros, anuncios de otras vetustas y fracasadas formaciones concurrentes a los comicios de las últimas décadas, y damos por bueno su cambio de papel y de argumento. Lo de que te conocí ciruelo que esgrimen contra las tallas de los santos no es de aplicación a estas reconversiones industriales aplicadas a las formaciones políticas.

    Los más creativos, o más bien los más desesperados, apremiados por la justicia que les va acorralando, cuando las banderas ya no pueden tapar tanto, intentan huir del país con sus camarillas, que los dineros ya los tenían fuera, cosa por otra parte no nueva. Lo innovador, aunque tampoco lo es del todo, es querer llevarse consigo la parte del país que con tanta finura administraron durante décadas. Y esquilmaron. Hasta ahora les había funcionado el dar una verónica a la justicia y a las sospechas generales, escamotear en el último momento su cuerpo con grácil desplante y dejar las astas del Estado enfocadas a la indefensa patria que se quiere construir. Indigno ataque, se dirá desde el palco al respetable que por un momento duda ante la suerte. Luego en la televisión lo explicaremos mejor. Lo malo del sistema es que no puede aplicarse muchas veces, que al pueblo le ocurre como a esos toros resabiados y curtidos por engaños diarios en las fiestas de muchos villorios y aldeas, que escarmientan y acaban aprendiendo a ignorar el trapo y ya atinan al bulto. Hermosos países crearían estos trileros. Dinamarca ni Suecia, tan de su gusto, no se fundaron, según creo, sobre pilares tan débiles y con unos padres de la patria tan mediocres y pringados. Aunque el jefe de la oposición más parezca el novio.
   Aunque en principio destinadas al consumo local, a su propia supervivencia en la industria gubernativa, todas estas invenciones nacidas para confundir a los nativos, apartando su vista de la inoperancia y de la rapiña de quien los dirige, han acabado siendo un atractivo turístico, con lo que vuelvo al principio de mi escrito. Estos espectáculos, carísimos para nosotros pero gratuitos para los que vienen de fuera, complementan el sol, las playas y la gastronomía y el conjunto resulta irresistible para quien busca emociones nuevas y exotismo en lugares cercanos y relativamente seguros.

   ¿Cómo podría resistirse un Phileas Fogg actual a acudir a un duelo a muerte en el Bernabéu entre el general de infantería retirado, señor Monzón, y Willy Toledo? Cuando, mientras toma su té en el Reform Club de la calle Pall Mall de Londres,  lea el desafío en el periódico sale para España echando leches.
El alcalde de Ferrol, en traje de gran gala, en la recepción a los comandantes de las fuerzas de la Otan de visita a la ciudad
   Al llegar a España, tal vez como primer aterrizante en un aeropuerto de estrena, quizás apenado ante el desaliño de un indigente que le mueve a ser caritativo, se sorprenderá cuando le digan que le acaba de dar una limosna al alcalde de la ciudad. Si ve a una tía meando en plena calle mientras se hace un selfie, sorprendido por que no detengan a tan casposo e incívico personaje, su extrañeza se convertirá en pasmo cuando sepa que se trata de "Miss Bragas", la jefa de comunicación del ayuntamiento de Barcelona. Podrá incluso llevarse un meaner para el belén. Quien encaramado a una grúa tacha el rótulo de un polideportivo en que tan noble edificio se dedicaba al actual rey de España, no es un vándalo, sino un propio, mandado por la corporación municipal. Quien derriba el busto de un eminente escritor gaditano en Jerez de la Frontera, no es un iconoclasta yihadista, sino las actuales fuerzas vivas de la ciudad de la bodegas. Si le pilla por la zona, igual llega a tiempo a ver al Ayuntamiento de Cádiz en asamblea celebrada en una placita que huele a azahar mientras un cabestro en poder de las uvas se caga desde la tarima en los muertos de la Guardia Civil, respaldado por la sonrisa del alcalde. Si va al fútbol, podrá admirar similar gesto risueño en la jeta del representante del Estado en Cataluña, al lado del rey, mientras se silba al himno nacional. A su música que no a su letra, pues en siglos no ha habido acuerdo para dotarle de una que a nadie ofenda.

    Si atina a venir el 12 de octubre, día de la fiesta nacional, no hay en tan corto espacio lugar para relatar las maravillas que se ofrecerán a su vista. Variadísimas muestras y manifestaciones del orgullo patrio, de unidad y de honra a los antepasados que nos regalaron glorias tales como descubrir América. En cualquier otro país del mundo una historia como la nuestra, con más luces que sombras, sería valorada con orgullo. Aquí no. Prefieren algunos ir al cine a recrearse en la gloriosa historia de otros países y pasar la tarde admirando las hazañas de Buffalo Bill. No digamos de ir al desfile que conmemora la fiesta. Preferible es que en casa se quede quien se considere incapaz de mostrar a la bandera de todos más respeto que la cabra de la legión. Que muchos hay.

    Como nuestra cultura y nuestra historia es algo que, no obstante, no hay que desdeñar como imán para turistas, podrá asistir el guiri interesado en nuestro pasado a un congreso de historia catalana. En él se le corregirán errores que la historia ha dado por ciertos, y se le pondrá al día de los avances de la ciencia del pasado,  informándole de descubrimientos tales como la construcción de la Gran Pirámide de Keops por Jorditep, arquitecto catalán del tercer milenio a.C,, según sesudas investigaciones del preclaro Cucurrull. La corona de  Castilla mediante costosos sobornos consiguió hacer raspar los jeroglíficos que en muros y pilares interesadamente atribuían la obra a un tal Hemiunu.

    Si se desplaza a las ramblas de Barcelona a comprobar con sus propios sus ojos la supuesta ocupación militar que Cataluña sufre desde hace siglos, puede tener la rara suerte de ser sobrevolado por algunos aviones militares, obviamente invadiendo su propio país, como Romeva, miembro de la candidatura macedónico-frutal de Juntos pero no revueltos,  denunció hace poco ante Europa. Mala credencial es no tener sentido de Estado, pero también es grave carecer de los sentidos de la orientación ni del ridículo. Incluso, si el turista tiene el don de la oportunidad,  puede deleitarse con la contemplación de un barbilludo desfilante que, arropado con cuatrocientas majoretes de ambos sexos con sus varas, prietas las filas, marcha marcial hacia un juzgado. Si, mientras el turista espera que, entre los flashes, empiecen a echar el arroz al aire, le explican quiénes son y a qué van, posiblemente no lo creerá. En su país, más serio que el nuestro, sólo el ingresar en un psiquiátrico libraría a la comitiva de hacerlo en la cárcel. En todo caso dará por bien gastado lo que costó el billete de Ryanair y a su regreso al club de la calle Pall Mall les podrá contar a sus contertulio que España sigue siendo el Oriente, un país sin ley y que el exotismo y la sinrazón siguen vivos.

    Si ha preparado bien el viaje y es persona avisada, no dejará de sentarse en una terraza a tomarse una cerveza y unos pinchos cerca de un juzgado. El espectáculo es de balde. Casi da igual en qué ciudad se encuentre. Tal vez se sorprenda que quienes acuden esposados en su mayoría no son malcarados hampones con cicatrices de cuchilladas en el rostro y signos de malcrianza, demacrados por las penurias, sino encorbatados tesoreros de partidos políticos, expresidentes de comunidades autónomas, concejales y exministros, banqueros, cupletistas, jugadores de fútbol, a una antigua cabeza del banco mundial y a quien fue presidente de los empresarios del país. Incluso a una hermana del rey y su esposo.

    Si es observador agudo percibirá que España es un país que continuamente exige justicia, pero que se lamenta cuando ésta se aplica, intentando evitarlo en no pocas ocasiones. Don Quijote ya liberaba cautivos y nosotros seguimos compadeciéndonos del criminal cuando se le aplica la pena que sus desmanes merecen. No hay asesino o ladrón que no encuentre apoyos y conmiseraciones y la víctima siempre ha despertado simpatías entre el pueblo, mitad ignorante, mitad libertario. Que lo haga entre socios y conmilitones ya es menos de extrañar. La culpa es de la justicia, siempre inoportuna, siempre fastidiosa. Junto con la realidad son los grandes problemas de algunos dirigentes. Quien delinque no debería quejarse de que se judicialice su actuación. Lo peligroso es que no se hiciera.

    Muchos viven de ese victimismo y con él intentan tapar sus vergüenzas. Tanto es el descrédito que la autoridad ha cosechado a lo largo de nuestra historia que su ejercicio siempre es mirado con resquemor. De eso se aprovechan los más listos y sinvergüenzas. Estos últimos siempre reclaman acogerse a fuero propio, es decir, a la excepción, al trato de privilegio. Y normalmente lo consiguen. Tanto individuos como colectividades.

     Si no tiene a mano un juzgado, tal vez tenga suerte en los aledaños de algún ayuntamiento y vea escenas igualmente insólitas, con guardias civiles saliendo cargados de cajas de papeles, discos duros que no dio tiempo a borrar, munícipes esposados, mientras un policía local que es de la cuerda del alcalde acusado, que por eso lo tiene de jefe, denuncia a los coches de los guardias por mal estacionados. Torrente, el brazo tonto de la ley, actúa de nuevo. Si no tiene tal suerte, al menos verá cómo los ediles se entretienen en poner y quitar banderas, labor que a algunos lleva más tiempo que la administración del municipio, pues la honradez y la eficacia en la gestión es tema menor en los debates electorales. Es mejor un ladrón o un incompetente, incluso quien tenga ambas virtudes, pero de los nuestros. El ingenio local, normalmente sureño, dice de tales cosas que son para alquilar balcones.

      Más raro será que coincida con un barbado munícipe con foulard palestino que ejerce en sus ratos libres, que son los más, de bandido generoso, mientras sale con su tropa arrastrando unos carros con lo que han robado en el Mercadona para repartir entre los pobres. Lo ajeno.

     Desplazándose por autopistas de peaje como único usuario o en un tren ultrarrápido que acorta en muchos minutos la duración del viaje, permitiéndonos así prolongar media hora más la siesta, podrá recorrer la geografía nacional y visitar otros monumentos. Sería obligada visita la contemplación de un ascensor en medio de un bancal, que obviamente no llega a ningún sitio sino es a los infiernos, el costillar de un cetáceo antediluviano que iba para andamiaje de museo de la ciencia, obra inconclusa que se llevó los fondos que a la ciencia se le negaron, faraónicas obras que han empezado a descascarillarse de sus trencadises antes de que las hayamos pagado, que las levantamos fiadas. Podrá en Mallorca y otros lugares visitar algunos palacios, otrora casas solariegas de condeduques y marqueses, que hoy son vivienda de exconsejeros, concejales de urbanismo y expresidentes de la comunidad, aunque solo puedan disfrutarlos en sus permisos penitenciarios. Eso demuestra la irreversible democratización de las costumbres. En algunos lugares afortunados, al volver un recodo en la calle puede toparse con un circuito de Fórmula 1, o al bajar a un sótano en Navalcarnero dar con unas grutas y galerías antiquísimas que el ayuntamiento acabó de edificar hace unos meses, minando el pueblo, en espera de verlas rebosantes de turistas.

    Si es viajero erudito, podrá investigar si en la Biblioteca Nacional se conserva el libro de santa Teresa de Jesús con márgenes envenenados con que Arrabal planeó matar a Franco mientras leyese sus páginas, ingenuo intento, pues a la pretendida víctima no se le conocía tal afición. Prefería su brazo incorrupto a los escritos de la santa, pero Arrabal consideraba que, de leer algún libro, sin duda sería ese. El partido comunista francés no lo veía tan claro y se truncó el plan. Además de que, en lo tocante a moradas, el general prefería las de Abd-el-Krim a las de la mística catalano-abulense. Igual encuentra en la sección de raros y curiosos la versión original del Quijote en catalán escrita por Miquel Servent, con glosas de Cucurrull.

    Cuando crea que ya lo ha visto todo, debe leer los periódicos y ver las televisiones, algunas de ellas dignas de estudio, por su mezcla de Goebbels y de Fofito. Aún llegará a tiempo de disfrutar del vídeo de Sonia Castedo, exalcaldesa de Alicante interpretando la copla “Paco, no me toques la seta”, en referencia al intento de quitar los hongos gigantes — 60.000 euros la cesta— que ella hizo plantar en la calle San Francisco, según unos para dar sombra, según otros, beneficios. Como verá la altura del discurso es excelsa.

    En fin, que mientras tengamos sol y semejante espectáculo no nos ha de faltar curro sirviendo cañas a los espectadores.

   Vale.

viernes, 10 de julio de 2015

Epístola consultiva, refrendataria, eclesiástica y pía.



 Queridos hermanos:


    Es tradición casi sin excepciones que los pueblos paguen por los errores de sus gobiernos y honren los compromisos adquiridos por ellos. Tal vez sea justo, al fin y al cabo los han elegido y mantenido en el poder. A veces hay científicos e historiadores metidos en política que, entre probetas y legajos, descubren que no es así, que las causas de sus desgracias vienen de fuera, hallazgo maravilloso por tranquilizador, pues les evita los esfuerzos de intentar solucionar sus problemas, que ahora viene a resultar que eran ajenos, fíjese usted. El enemigo exterior, la confabulación judeo-masónica, el opresor foráneo, es el fácil recurso al que suelen recurrir los caudillos, los nacionalismos y otros dictadorzuelos en ciernes para apuntalar su ejecutoria y hacer el caldo gordo para su causa, intentando unir a una feligresía diversa contra un enemigo común más supuesto que real. En el mejor caso se hace para distraer. En los casos peores se explica —o sugiere— que ese enemigo que debería estar en el exterior se encuentra dentro, entre nosotros. Lógicamente hay que aislarlo, desacreditarlo o anularlo si no entra en razón y se une a la causa. Lo que se llama darle muerte civil. No habría que buscar mucho para encontrar ejemplos más trágicos en los que se terminó prescindiendo del adjetivo, y la gramática tiene su importancia.

   Suponiendo que los electos no sean unos mangantes, lo que es mucho suponer, cualquier gobernante asume como primera misión una vez que alcanza el poder el hacer todo lo posible por conservarlo. Cuando digo todo lo posible no exagero. Casos hay en que no se privan de modificar a su gusto y conveniencia las leyes que sabiamente les impedían eternizar sus mandatos. No obstante un gobierno tiene unos límites en su ejercicio que le impiden derogar de la ley de la gravedad, pongamos por caso, promesa que no evitan quienes desde la oposición aspiran a arrebatarles la vara de mando. Tal vez lo de obviar la gravitación universal parezca un chascarrillo, una ocurrencia. Pues no, que hay otras leyes tan operativas e inmutables que se intentan soslayar, sobre todo en campaña electoral. En los casos más indecentes y desleales incluso se anuncia la intención de levitar, de no cumplir las leyes que se consideren inconvenientes. Inexplicablemente esas palabras, incluso puestas en práctica, no les llevan inmediatamente a la cárcel, como ocurriría en cualquier país democrático y civilizado. Al menos a la inhabilitación perpetua para el desempeño de cargos públicos.

    Cada partido tiene sus fieles, pues algunos de ellos son verdaderas religiones, con sus dogmas fuera de toda duda y discusión, predicados por profetas que bajan de sus sinaís con las tablas de los nuevos mandamientos que les han sido revelados, su conferencia episcopal e incluso su inquisición, sus herejes y sus cismas. Esta incondicional feligresía es la parte más preocupante del tinglado, al menos tan nefasta como los dirigentes a quienes defienden a capa y espada, que no a base de diálogo y razón. Estos guardianes de la fe son los que ponen las ramitas del nido donde crecerá la corrupción a base de justificarla y permitir su incubación desde que esta era huevo. Siempre es fácil encontrar alguien o algo peor para urdir una defensa, aunque ésta solo nos permita salvar la cara ante los incondicionales. Los esfuerzos y equilibrios que arguyen por defender a sus diáconos y hermanos en la fe llegan hasta el ridículo y el desprecio a la inteligencia. La ajena y la propia. Aunque resulta patético, los mantras repetidos una y otra vez por los acólitos adormecen sus magines, y solo desde fuera se puede percibir la falta de una mínima autocrítica entre los que forman parte de la secta.

   Por supuesto cada partido tiene sus libros canónicos establecidos en su particular concilio de Hipona,  sus padres de la iglesia y otros exégetas de referencia que en sus glosas y comentarios en la prensa afín no cuestionen los dogmas. Los feligreses procuran no abandonar ese entorno protector de unas ideas que tal vez no se tendrían de pie a la intemperie. El caso es no enfrentarse con discursos que les incomoden al poner en tela de juicio sus inmutables creencias. Ese círculo cerrado realimenta sus convicciones y hace percibir a quien las cuestiona como un enemigo. Por supuesto estúpido, mal informado e inexplicablemente incapaz de ver la luz que a ellos les deslumbra. Los resultados de las elecciones les sorprenden e irritan las más de las veces pues habían llegado a pensar que todo el mundo opinaba como ellos y sus conmilitones. Como deberían de hacer. Para padecer el síndrome de la Moncloa no es imprescindible vivir allí, que hay quien es capaz de desconectarse de la realidad desde cualquier sitio.

    Aunque dicen ser demócratas, sólo respetan a esa parte del pueblo que ha votado lo que ellos consideraban conveniente. El resto es despreciable, alienado, vendido a oscuros poderes, bien por interés, bien por ignorancia. En foros, tertulias o conversaciones en la barra del bar estos talibanes insultan y descalifican a quienes no dan en las urnas el poder a sus orates preferidos. Por supuesto ese mismo pueblo calificado de ignorante cuando opta por otras alternativas es tenido por sabio cuando atina a apoyar las nuestras. Con los jueces ocurre lo mismo. Intelectualmente no se puede ser más pobre. Moralmente, mejor no hablar.

    Como en toda religión no hay medias tintas. La fe no se puede repartir, la doctrina no se debe cuestionar, los dogmas no necesitan contrastarse con la realidad, tan molesta a veces. El mundo está poblado por buenos y malos, por fieles e infieles, por ángeles y demonios. Por supuesto los primeros en cada par son de los nuestros.

     La fe es cómoda. Nos evita pensar demasiado. El libro sagrado nos da todas las respuestas. Algunas pueden resultarnos poco razonables, chirriantes e incluso difícilmente defendibles. Pero toda religión tiene sus arcanos, impone sus ritos y a veces enfrenta a sus creyentes a misterios que mejor es no cuestionar. Menos aún a sus profetas.

     Lamento inmensamente escuchar o leer algunas opiniones de personas a las que tenía por razonables, entre ellas algunas que aprecio, aunque procuro no entrar demasiado al trapo. Incluso las consideraba inteligentes. Al analizar algunas tesis, que tanto el verbo como el nombre resultan excesivos pues los argumentos suelen ser breves y simples, uno reconoce inmediatamente qué variedad de alienígena ha abducido sus mentes. A su regreso del ignoto mundo al que sin duda los llevaron, ya no son reconocibles. Vaya en su descarga que la vida es confusa, cambiante, compleja y de difícil interpretación. Cuando han dado con una respuesta tan sencilla, con una solución tan evidente, con un profeta tan perfecto, con una taxonomía tan aquilatada que les permite poner aquí a los buenos, allá a los malos… En fin, cuando han vuelto a la Tierra con una fe tan afianzada y acrítica, es evidente que su caída del caballo les ha dejado muy perjudicada esa capacidad de razonar que se les suponía y que les debería haber sugerido que estaban equivocados al ser los únicos en dar con un arreglo tan fácil.

    Así veo y escucho con tanta pena como asombro que algunos se escandalizan de lo que nunca les escandalizó, mientras otros se ven obligados a defender lo que hasta ahora habían atacado con saña. Todo depende de quien sea el autor del twit. O de quien haya autorizado reabrir una mina de triste recordación, quien resulte ser el beneficiario de una ganancia dudosa o del uso ilícito de unas tarjetas, quien urda unos Eres criminales, quien incurra en el sospechoso nombramiento de un familiar cercano por parte de quien llegó a donde está por prometer no caer en tales indecencias. Depende de cuál sea el dios ante el que uno blasfema mientras enseña las tetas —mejor la cruz que la media luna o la estrella de David—, de en qué partido milite —vocablo amenazador— el ingresante en Soto del Real por tener las zarpas afiladas en exceso, de la filiación política de quien se fotografía meando en la vía pública, colmo de la casposidad, de la financiación ilegal del chiringuito, del maquillaje y aliño de las cuentas para escamotear unos euros a hacienda, muchos o pocos, que la decencia como el embarazo no admite grados, se tiene o no se tiene… Desde la televisión se nos reconviene sobre lo feo que está no pagar el IVA en un mensaje publicitario firmado por un gobierno que pagó la reforma de su sede con dinero negro. Desde otro palacio se indignan, algo que harían con razón si no fuera porque tienen sus sedes embargadas como fianza por los desfalfos de su partido, auspiciados o consentidos  por sus presidentes, antaño tenidos por honorables. Hay un relé en cada uno de estos fieles creyentes que se activa dependiendo del credo del autor del estímulo, abriendo o no el circuito de la indignación. Afortunadamente hay millones de personas que se abochornan de estos comportamientos. Y no votan a sus autores o se tapan la nariz al hacerlo. Por eso, quedarse en casa no es opción tan descabellada como algunos quieren argumentar. Además, si matemáticamente esto beneficiara a sus siglas considerarían legítimo y necesario lo que hoy descalifican.

    Siempre he pensado que la estupidez y el dogmatismo hacen mucho más daño que la maldad cuando se presenta sola. El malvado puede llegar a ver frenada o matizada su maldad por las posibles consecuencias de sus actos, que es capaz de anticipar. El tonto no, y al dogmático le da lo mismo, que la causa es la causa y lo primero lo primero.

    Aplicado lo anterior a Grecia y a los problemas de sus indefensos habitantes, es ilustrativo ver muchos de los argumentos esgrimidos en los últimos tiempos. Cuando digo indefensos ya tenemos la primera clave de bóveda. Cada uno habrá interpretado que tal indefensión se produce respecto a las maldades de poderes distintos. Unos obviamente al de los cicateros europeos que les han prestado demás, como avarientos mercachifles, y se empecinan en que les devuelvan lo prestado, y sálvese el que pueda. Entre los que tienen asegurada la salvación, que el agua nunca llega tan arriba,  se encuentran los que, habrá quien opine, son culpables de poner por delante del dinero ajeno la dignidad y el orgullo propios, de su nación y de sus conciudadanos, en quienes delegan el marrón de decidir cómo arreglar lo que ellos se habían comprometido a solucionar, ahora que se ven incapaces de levantar el prometido vuelo, tal vez por lo de la ley de la gravedad mentada.

    ¿Quién puede dudar del carácter democrático de un referéndum? Una consulta siempre se supone democrática, en muchas ocasiones mucho más que quienes la convocan. Lo será si lo que se decide concierne y afecta únicamente a quienes se permite votar en él. En caso contrario es más que dudoso que lo que unos decidan deba comprometer a quienes sin participar de los beneficios acordados, se vean obligados a costearlos o a sufrirlos. Esto es tan de aplicación en Grecia como en Cataluña. Como es previsible, a pesar del realizado en esa nación, que no gracias a él, se depondrán las armas y se alcanzará un acuerdo que sí o sí llevará consigo condonar gran parte de la deuda aún no perdonada o aplazada ad eternum, que viene a ser lo mismo, a la vez que se inundará con miles de millones de euros la depauperada economía griega. Si tal acuerdo se sometiera a referéndum entre los ciudadanos de los demás países que, al fin y al cabo son los que van a pagarlo, habría quien llamaría tal cosa agresión a Grecia, chantaje, prepotencia, abandono a su suerte… Además, también saldría que no. Por eso, mejor pagar y no preguntar al pueblo. Hemos elegido unos representantes y debemos dejarles acertar o equivocarse en nuestro nombre, sin grandilocuentes aspavientos ni rencor, pero con memoria. En las próximas elecciones juzgaremos su actuación y les permitiremos seguir o buscaremos quien mejor lo haga. Resulta tan democrático o más que un referéndum envenenado. Se somete a plebiscito la ratificación de un acuerdo; un desacuerdo no, que para eso están las encuestas, igualmente manipulables pero menos costosas y con menos peligros, en los casos que nos ocupan. Hace muchos años un banco me prestó un pastizal para comprarme una casa. Mi casa, que aún estoy pagando. Si en un referéndum se me planteara la disyuntiva, se me abriera la posibilidad de seguir pagando o no, claro lo tenían los del banco. Ahora bien, evidente caso de esclerosis facial sería intentar simultáneamente negociar con ellos otro crédito para comprarme un apartamento en la playa. Incluso aunque fuera para comer.

    Un chantaje es una situación en la que a alguien se le pone ante la tesitura de pasar por un aro que se le ofrece como única salida que evite unas consecuencias que se le avisan muy perjudiciales. Es lo injusto de lo que se exige, junto con la amenaza de lo que ocurrirá en caso de no aceptarlo, lo que constituye la maldad del chantaje. A mi modesto entender, entre Grecia y el resto de Europa el chantaje es mutuo, de pillo a pillo, pues ambos tienen riesgos e intereses, aunque no siempre sean los mismos, igual que compartidas son las culpas de haber llegado hasta aquí. Unos con la mala conciencia de haber impuesto unas medidas tan crueles como estériles. Otros con la de pretender seguir costeando una situación insostenible con dinero ajeno, sabiendo quien esto escribe que es un mal retrato de la situación, como todos los resúmenes. Por supuesto las víctimas han sido, son y serán los ciudadanos más indefensos. Los griegos y el resto de los europeos. Los ganadores siempre serán los bancos y las grandes corporaciones que nos trasladarán sus pérdidas. Lo trágico es que quienes nos representan, tanto en Grecia como en los demás países del euro, están a salvo de los peligros a que exponen a sus conciudadanos a veces teniendo en mente más su orgullo, su futuro político y el de sus partidos, que el bienestar que los ciudadanos que les pagan por defenderlos. Esto es de aplicación tanto a unos como a otros, pues en esta película se le olvidó al guionista incluir al bueno.

    La única verdadera revolución, a mi juicio, no sería la reedición de acreditados fracasos en otros lugares o momentos. Lo revolucionario hoy en día, tristeza da decirlo, serían la honradez, el control escrupuloso, la justicia, el esfuerzo, la inteligencia, la razón, la humanidad, el abandono de las posturas chulescas… Uno de los mayores males que un partido puede acarrear a la sociedad es permitir que lleguen a la política gentes que no merecían estar en ella, como es costumbre. Por eso es inevitable el desencanto. Comprobamos que la mediocridad y la caspa era y sigue siendo la norma, de los viejos y de los autodenominados nuevos partidos, cuyas huestes muestran caras más que conocidas por su anterior militancia en vetustas y poco exitosas organizaciones políticas que han abandonado dado el poco calor electoral que encontraban, presentadas a cara vista. Ya no se habla de la casta, pues tal país ha diluido mucho sus fronteras últimamente. Escribía hace tiempo que, como maestro, me resultaría imposible poner a mis alumnos como ejemplo a quienes nos gobiernan desde las alturas. Desde las bajuras sí que conozco, y muchos, pero no son tan populares como para arrastrar hacia la virtud a las masas. Afortunadamente ya no tengo ese problema dado que ya no tengo alumnos, porque seguiría sin encontrar modelo que proponer. Si alguien conoce alguno que me lo diga y razone. La antigüedad del mal no es descargo, justificación ni alivio, pues ese es el principal problema que nos aqueja. Con desesperación comprobamos que esto no tiene arreglo. España y yo somos así, señora

viernes, 27 de febrero de 2015

Epístola evolutiva


Queridos hermanos:


    Leo en El País de hoy que el cerebro humano es una máquina hecha con piezas recicladas. Concretamente cita el artículo de Daniel Mediavilla a McGyver, que construía un lanzamisiles con cosas que tenía a mano o compradas en la ferretería del pueblo, para salir del paso y enfrentarse a un ejército. A partir de ahí, medito que la evolución ha ido reaprovechando cachos de lagarto, cuarto y mitad de la sesera de un mono antiguo, cables medio pelados de oso obsoleto, pero aún utilizables, tuberías, tendones y desagües de este o aquel animalico, hormonas y aminoácidos en buen uso de semovientes de la sabana… Un ojo de aquí, un dedo gordo oponible de allá, un espinazo enderezado deprisa y corriendo, que aún nos duele, un puñado de muelas mal calculado que ha habido después que adaptar a la época arrancando con tenazas las sobrantes, un rabo no presente por una decisión de última hora. Pudimos haber tenido plumas, incluso alas, lo que nos habría ahorrado mucho dinero en ropa y arruinado la cuenta de resultados de British Airways… En fin, dejemos la cosa como está que, por otra parte, es la única opción, aunque las decisiones que nos han dado ser y forma fueran tomadas para salir del paso, apremiadas las especies por las apreturas del momento.

    No es que tales componentes fueran lo mejor imaginable, ni siquiera eran buenos en muchos casos, llegando a rozar lo chapucero. En su momento fueron útiles, lo mejor que ofrecía el mercado y la estación y, al menos, no eran incompatibles con la vida. Los prototipos carentes de boca, los esbozos sin culo, los diseños más avanzados que se adelantaban a la moda y tendencias del momento, fueron modelos que se vendieron muy mal y dejaron de fabricarse. Saber que somos un collage compuesto a base de residuos tomados por la naturaleza en el basurero de las eras geológicas explica muchas cosas.

    Tal vez incluso la combinación de piezas no sea la idónea. A mí, sin ir más lejos se me ocurren varias innovaciones que mejorarían sustancialmente mi organismo. Y no me refiero a estirar pellejos, reducir narices o ponerme morros, algo que puede ser necesidad o caprichoso narcisismo, vanidad, sobra de dinero, pero no evolución. Hay quienes visitan con frecuencia el quirófano para corregir algunas de esas infamias corpóreas recibidas de fábrica o las excrecencias que la evolución o el tiempo han puesto en su jeta o en su barriga. El cerebro sin embargo, la parte que tienen más dañada, no recibe tales atenciones y arreglos, aunque hay a quien una lobotomía haría mucho bien. Seguramente con media sesera serían la mitad de gilipollas que con toda y, dado el uso poco brillante que hacen de la CPU, incluso podrían prescindir totalmente del cerebro, error evidente de la evolución y origen de la mayor parte de nuestros problemas.




   El texto que analiza la evolución del cerebro humano se acompaña con una imagen que recrea el aspecto de un neandertal vestido con traje, pelo recortado con tupé poniendo toldo a una mirada ceñuda que me resulta inquietantemente familiar ya que me recuerda de forma alarmante a algún pariente. Tal vez sea en la calle o en la barra de un bar donde me haya cruzado con un espécimen parecido, o viendo algún vídeo del Estado Islámico, un partido de fútbol, un combate de boxeo o el Nombre de la Rosa. Tal vez ese mirar que me inquieta lo haya entrevisto en el rostro de algún tertuliano de los que acuden a esos aquelarres vociferantes en la televisión a decirnos a quiénes deberíamos votar y porqué.

    Tampoco hay nada que nos lleve a pensar que esos avíos y puestas al día, que aun siendo imperfectos suponían un cierto avance, hayan sido algo general. Ni siquiera teniente coronel. La pervivencia en algunos miembros de nuestra especie de ciertos comportamientos de los saurios, de los instintos de los carroñeros o de  los depredadores de la sabana, de algunas costumbres y gustos de los chimpancés, de la chulería del pavo real, o de la vacuidad de la oratoria del papagayo o la cotorra nos hacen pensar que nuestro caletre es el compendio de retazos de seres vivos que mejor estarían en un zoo que puestos al mando de nuestro comportamiento. Somos como esas colchas de patchwork, pero compuestos con retales de la fauna ancestral. Ya desde antiguo mitos y fábulas han puesto rostro animal a tipos y comportamientos humanos.

    Por eso la inhumanidad hace acto de presencia con más frecuencia de lo deseable en la ejecutoria de nuestra especie. No toda ella evoluciona al unísono. La usual labor de la evolución se encomienda hoy en día a la cultura, a la civilización y a la industria, ya que hay cosas que no admiten espera en este mundo de prisas y carreras. Si nos estorba una muela, no esperamos a que la evolución termine su faena y la haga desaparecer. Vamos a que nos la arranquen, pues vemos que la cosa va para largo y que no trabaja la mentada evolución con carácter retroactivo. Si naciste con muela del juicio te aguantas, que este modelo es así. Tal vez los machos de la especie tuvieran en el pasado remoto un huevo del juicio. Si dos ya suponen a veces un problema difícil de gestionar, pues suelen competir con ese cerebro de retales para tomar el mando de la situación, —con éxito en la mayor parte de las ocasiones —, imagínense ustedes con tres. La bicefalia es ruta abandonada en la evolución y no funciona bien con los contribuyentes ni con los partidos. Evolucionamos culturalmente, aprendemos habilidades o nos compramos gadgets que suplen nuestra falta de zarpas, colmillos en condiciones, caparazón, o la mata de pelo de un zorro polar. De buenas piernas para correr para qué hablar. A mí una tortuga con mal genio me daba alcance y fin.  Es el cerebro lo que nos pone al frente de la creación y ya hemos visto que no es para echar cohetes. Quirófanos, fármacos y ortopedias alargan nuestra vida, nos permiten seguir bullendo con unas condiciones físicas que en un pasado no tan remoto hubieran llevado a nuestros parientes a abandonarnos en un cruce de caminos a ver si pasaba por allí alguien que conociera arreglo o, de forma más expeditiva, reintegrarnos a la madre naturaleza dejándonos tirados en un cerro para que a través de las fauces de un lobo o de un oso hiciéramos nuestro reingreso al ciclo. Criar malvas es la versión poética.

    Por eso me inquieta la foto del ancestro con traje, porque sugiere que esa vía que se creía fallida y extinta, en realidad nunca desapareció, que sigue entre nosotros. En los casos más benignos nos roba, pues las enzimas de la justicia y de la honradez no les fluyen a  muchos por las cañerías orgánicas a causa una ancestral carencia hereditaria. En otros casos, de gravedad aún más inquietante, un desarreglo hormonal congénito les lleva a echar meaditas identitarias en el territorio que intentan amojonar para reservar a su camada o a su jauría el derecho a seguir depredando en la zona, sin intrusión de otros carnívoros. Esta dolencia heredada les desarrolla enormemente la imaginación, llevándoles a recordar lo que nunca ha sucedido, les impulsa a recuperar lo que nunca tuvieron y les aboca finalmente a una paranoia que les hace imaginarse acechados por ladrones que desde todos sitios les arrebatan su patrimonio. Curiosamente su patología les dificulta percibir a los mangantes no imaginarios que simulan dirigir la manada y les tienen distraídos vigilando las veredas, mientras ellos se comen lo mejor de la pieza.

    Entre los casos irrecuperables encontramos especímenes que, en fallidas probaturas de otros momentos de la evolución, desarrollaron formas organizativas poco exitosas que llevaron a sus tribus a la miseria y a la más atroz de las injusticias. Son incapaces de rendirse ante la evidencia de su propia obsolescencia, de reconocer que lo que sugieren como arreglo es volver atrás para retomar vías que fueron necesariamente abandonadas por no llevar a ningún sitio. Ellos intentan vestir con disfraces de las últimas pasarelas su realidad cutre y antañona y aprovechan momentos de hambruna y confusión para volver a proponer el regreso a una arcadia feliz que solo habita en su imaginación. Como no pueden desdecirse de lo que dicho queda, afortunadamente el registro fósil nos muestra su verdadero esqueleto y nos los revela como realmente son, una vía muerta de la evolución cuyos últimos supervivientes malviven en paradisíacos reductos pasando hambre rodeados de la abundancia. No espero que el hombre de Neandertal se dé a vistas para resolver nuestros problemas actuales. Aunque se presente con careta de sapiens la largura de sus brazos destapa su antigua estirpe.

    El caso más extremo de pervivencia entre nosotros de ejemplares de los inicios del pleistoceno hay que buscarlo en lo que otrora fue la cuna de la cultura y la civilización. En Mesopotamia vemos hoy con espanto a especímenes que no han llegado a culminar todas las etapas de la hominización. Queman vivos, degüellan o crucifican a los miembros de otras variedades más avanzadas de la especie, queman sus bibliotecas, destrozan estatuas y restos milenarios de esas culturas que les son ajenas, pues ellos ninguna propia tienen, evidenciando que ocupan una tierra que no es la suya. Que hace miles de años ya era habitada por otra raza superior, que era culta, inquieta, civilizada y más desarrollada mental y socialmente que los cabestros que hoy destruyen tales rastros, seguramente para evitar comparaciones que evidencien el grado de su decadencia y su barbarie.

    Esto es caso aparte que confirma mis consideraciones anteriores. Si contemplamos los bisontes de Altamira o los caballos de Lascaux, entre otras muchas creaciones de esos a quienes llamamos los hombres de las cavernas, a veces con el displicente distanciamiento de quien habla de un pariente tonto, vemos que sopas con honda nos dan desde sus tumbas a nosotros, sus evolucionados —o degenerados— descendientes. Si visitamos ciertos museos, vemos el vaso de agua de a 20.000 europios de Arco, la habitación llena de escombros que exhibimos en Venecia, las patrañas de Damien Hirst y otras logros del genio actual, hemos de reconocer que efectivamente tales creadores, quienes les admiran, les compran y les adulan, tienen un cable pelao. Cosas de la evolución de que hablábamos. Los cangrejos seguramente también están convencidos de que andan hacia adelante.

    Mal arreglo tienen los casos extremos. En el último de ellos y me vuelvo al Oriente, seguiremos mirando y soltando lágrimas de cocodrilo, cogiéndonosla con papel de fumar y hablando de alianzas de civilizaciones. Si ello es posible, que deseable seguro que lo es, sólo puede producirse entre civilizaciones, como tal frase indica. La civilización no se puede aliar, ni debería contemporizar siquiera, con la barbarie. No haremos nada hasta que ya el problema esté muy cerca, aunque sigamos negándonos a reconocer que ya está dentro. Al final tendrán que ir los yanquis go home a arreglarlo, que es lo que suele ocurrir. Y el arreglo va ser crudo. Sé que hay otras visiones del asunto, visiones que olvidan quien puso centenares de miles de muertos propios en la lejana Europa para quitarnos de encima a otra demencia similar, mientras que muchos europeos alojaban en sus palacios a los nazis de Hitler, sacándoles los mejores vinos a la mesa. Muchos europeos, que hoy en día seguimos sin saber si somos de los nuestros, dirán luego que el imperialismo intervencionista tal y cual, que si hay petróleo, que mire usted… Palabras. No se me escapan los intereses, muchas veces perversos, que concurren en estos problemas, pero entre el blanco y el negro hay muchos grises y nuestro gris cada día es más oscuro.


Vale.