viernes, 20 de diciembre de 2013

Epístola del desembarco de Normandía


Queridos hermanos:

     Cuando Dios dijo “Hágase el panadero” o “Hágase el herrero”, por poner un caso, sin duda su liebre llevaba. Nadie pone en tela de juicio el acierto de tales providencias. Sin embargo sobre el momento en que añadió —“Hágase el funcionario”, abundan los que, rozando la blasfemia, dudan de que nuestro Señor anduviera acertado. Si bien hay general acuerdo en que estos últimos cobran de más y trabajan de menos, tal unánime certidumbre se va quebrando al ponderar lo crecido de su número, tenido por desmesurado cuando se censaban en la barra del bar, pero exiguo cuando ahora te dicen en el hospital que te operarán dentro de un par de años, que tu hijo en la escuela será instruido por un señor de marrón, distinto cada hora, mientras se incorpora la seño que está malita, o que esa cola no es para escuchar a Bruce Springsteen, sino para presentar unos papeles en tal ventanilla al único funcionario que, tras los ajustes realizados, queda para atender al público, eso sí, ante la atenta mirada y supervisión de seis jefes. Tal vez se trate de unos papeles que ellos ya tienen, si no es que se los hemos tenido que pedir antes para poder entregárselos después a ellos mismos… Es difícil escapar a la tentación de enfadarnos precisamente con el de la ventanilla por tal proceder de la administración o por la escasez de personal, pues es la única cara visible del invento, sin intentar ponernos en su lugar, que más es de víctima que de verdugo. En cuanto al exceso de funcionarios, es más un tema taxonómico que cuantitativo, algo que tal vez Linneo hubiera podido desbrozar a tiempo.
     Sólo cabe pensar que la Administración ha decidido crear en cada ministerio, consejería o delegación un negociado con la única misión de confundir, de mantener siempre inquietos, desorientados y confusos a sus administrados, tal vez para, ocupados así en resolver los problemas que ellos mismos les crean, como el resto de los ciudadanos, los funcionarios se distraigan y encandilen corriendo tras una liebre falsa, quehacer que les llene el tiempo y les impida pensar, aunque tenga como indeseada consecuencia el impedirles dedicarse a trabajar y a solucionar los asuntos del día a día. Yerran si creen que no nos queda tiempo para reconocer el origen de ciertas situaciones. Con ello concentran y dan estatuto legal y organizativo a algo que, disperso y repartido, ya existía de forma inevitable, aunque llevadera. Desgraciadamente este negociado de la confusión, presente en todos los organismos, parece ser el departamento más eficaz en todos ellos, para desesperación de los sectores más técnicos y profesionales de la estructura de las distintas administraciones.
     Después de casi ocho lustros en esta industria, la docente en mi caso, habiendo sobrevivido a más ministros de los que puedo recordar y a un número de leyes de educación suficientes para un continente, aunque excesivas para un solo país,  uno creía que nada nuevo podría surgir, que nuestra capacidad de sorpresa ya estaba colmada, que algo tan importante y serio como la educación, pero a la vez tan sencillo, no permitía grandes novedades. Error. Sacar a los ministros de educación de entre las vociferantes e ineducadas tertulias de algunos infames programas de televisión, en lugar de buscar entre cualificados miembros de la profesión, que los hay a montones, da lugar a situaciones como la que actualmente vivimos que, siendo benévolos, cabría calificar de inquietante. Menester es reconocer que destacar, para mal, entre el resto de ministros del Consejo, no deja de tener su mérito. Ignorados y ninguneados desde las alturas, los niveles medios e inferiores de la administración, es decir, el sector técnico y profesional, es la parte del gremio que intenta aportar la cordura y sensatez que corrijan, en la medida de lo posible, las insensateces y ocurrencias que, como nublos y pedriscos, de las alturas caen, y permiten que mal que bien, esto funcione.  
     A los que tal guerra nos ha colocado en primera línea, a quienes en las últimas piezas de nuestra profesional verbena nos ha tocado bailar con la más fea, nos vemos acosados por todos los frentes. Últimamente también recibimos fuego amigo y, desacreditados y arrojados a los pies de los caballos por quienes deberían defendernos, no queda más que, a quienes nuestra avanzada edad nos lo permita, abandonar el barco, bajarnos a medio, pisar el billete y retirarnos antes de que sea demasiado tarde y hasta esa puerta se nos cierre. Tras tantos años esperábamos, y creo que nos habíamos ganado, un final más apacible y con menos sorpresas, siempre indeseables en un sistema educativo, que debía tener como cimientos la estabilidad y la cordura, no la ocurrencia, la improvisación, ni la revancha. Es la educación terreno para el acuerdo, la mesura, no la confrontación o el experimento.
     Nunca te acostarás sin aprender alguna cosa inútil, en palabras de fray Sven de Escandinavia o, según las más castizas palabras de mi abuela Leopoldina, oriunda de Paterna del Madera, en ningún sitio ocurren tantas cosas como en el mundo. Cuando las cosas sencillas se complican tanto, cosa que cada día ocurre con más frecuencia, siempre viene a mi magín el desembarco de Normandía. Es inevitable quitarse la boina ante tal alarde organizativo cuando observo las complicaciones, a mi entender excesivas, con que vienen a desarrollarse las actividades previsiblemente normales de una escuela con cuatrocientos alumnos. Cruzar el canal y poner en una playa a la misma hora a treinta y seis divisiones de soldados, cientos de miles de personas,  sin que se enteren los alemanes, cada uno con su fusil y su bocata, conseguir que todas las lanchas lleguen a su hora al mismo sitio, cargadas de gasoil, ordenados los obuses, con todos los permisos y revisiones al día…Admirable.
     —“Sargento mío, que se me ha olvidado la escopeta”, dice uno.
     —“El destructor no ha pasado la ITV”, advierte otro.
   —“Mi general, que el apoyo aéreo nos está bombardeando a nosotros mismos”.
    —“Que se ha calado el portaviones, que ya veníamos diciendo que no le entra la primera y rascaba la marcha atrás, que todo se deja para última hora, que el de riesgos laborales no ve la cosa clara, y que en el convenio no decía nada de trabajar por la noche, mi cabo… En fin, como valoraba el capitán Cabanillas en Bétera en las milis de los setenta al pasar revista a la tropa: —“La próxima la perdemos”. Lo malo es que perder la guerra de la educación es mucho perder.
     Bueno, pero hoy iniciamos las vacaciones, tan largas como inmerecidas según muchos, aunque, y a la vista está, tal vez insuficientes para permitirnos conservar el equilibrio mental que nuestros discípulos y algunos de sus progenitores nos van royendo año tras año, mes a mes, semana a semana, día a día, hora tras hora, minuto a minuto, con la guinda de que cada vez se echa más en falta el reconocimiento profesional que creo que merecemos. Aunque el panorama es similar en los demás sectores de lo público y de lo privado, me sirve de esperanzador consuelo el pensar que un país que consiguió sobrevivir al mandato de Fernando VII, raro será que no supere la bíblica plaga de los dos últimos gobiernos con que nuestro Señor nos hace penar nuestras faltas, que muchas debieron ser.

Vale.

jueves, 18 de julio de 2013

Epístola escandinava

     Leo que un estadounidense, tras despertar de un coma, ha olvidado el inglés materno y habla sólo en sueco. No sé, y además ignoro, si “hacerse el sueco” tiene en ese extraño país las mismas connotaciones que entre nosotros, aunque lo dudo, pues de ser así, nadie se habría alarmado. Todo lo más, le hubieran diagnosticado lo que el psiquiatra de Forges comunica a su paciente tendido en el diván: —“No es que a usted no le comprenda nadie. Usted es que es francés, mon chéri”. Reconozco que lo más parecido a un sueco que conozco es Fray Sven de Escandinavia, finlandés él y, trabajando estadísticamente con una muestra tan pequeña no me atrevo a seguir esa línea de investigación para intentar exprimir la frase.
     Algunos estudiosos buscan el origen de la expresión en la actitud de antiguos marinos procedentes de Suecia llegados a nuestras costas quienes, escudándose en el desconocimiento del idioma local, intentaban irse sin pagar las copas, a las que tienen cierta afición, lo que considero una explicación muy traída por los pelos. Otros, más benévolos, indican que estos visitantes, no entendiendo la lengua de los nativos, les contestaban a todo que sí, lo que tal vez explique el ya rancio aprecio local por los turistas suecos. Últimamente han aprendido mucho y, sobre todo desde que compartimos moneda, se muestran más descontentadizos y respondones.
   Más improbable aún es la leyenda que atribuye el origen del dicho a la fingida torpeza idiomática de un embajador sueco al que su rey había encargado dilatar, entorpecer y, en todo caso, evitar la ayuda militar solicitada a Suecia por Napoleón. Menos verosímil aún es intentar empadronar en  Sueca, Valencia, a los suecos aludidos.
     Otros atribuyen el origen de esta frase a “soccus”, palabra latina que designaba una especie de pantufla que usaban los cómicos en el teatro romano. De ahí derivarían “zueco” y “zoquete”, lo que nos acerca a “hacerse el tonto, el torpe”, con lo que ya vamos entrando en terrenos del cinco, aunque otros buscan la procedencia de “zoquete” en la palabra árabe “suqât”, deshecho, objeto inútil, pues no es la etimología ciencia exacta. Eran los soccus un calzado plano, distinto a los coturnos, que daban altura a los actores serios, los que aparecían en las tragedias. Por tanto estaríamos hablando también de una cuestión de elevación, física y moral, con la que se resalta la grandeza o la insignificancia del actor y de lo que representa.
    Vaya en contra de estas últimas y ampliamente aceptadas explicaciones el razonamiento de que me parece muy peregrino hacer navegar una palabra durante tantos siglos para hacerla encallar en el cercano XIX, en cuyas playas aparece varada por vez primera.

    Hipótesis más reciente y descabellada es la que relaciona la frase con la dificultad de entender las instrucciones para el montaje de los muebles de Ikea. Entre otros motivos, hay investigadores que, no sin cierta razón, descartan esta propuesta por el hecho de que tal maldad, como hemos dicho, se utiliza desde mediados del siglo XIX, mucho tiempo antes de que existieran muebles, incluso albóndigas de esa marca nórdica.
     Una explicación con más fuste, que si “non è vera, è ben trovata”, aportada por don Pancracio Celdrán Gomáriz en su “Diccionario de frases y dichos populares”, atribuye el dicho al subterfugio utilizado por algunos barcos ingleses que mostraban bandera sueca para poder acercarse al Puerto de Santa María en las épocas en que la pérfida Albión estaba en guerra con España, como si suecos fuesen, a hacer “jerezada”, que así debiera denominarse la acción de aprovisionarse de toneles de vino de Jerez, tan de su gusto.
   Fernando Álvarez Montalbán, profesor de español en la universidad de Upsala quien, con argumentos bien cimentados, defiende la tesis anterior, nos recomienda renunciar al uso de este estereotipo cultural, políticamente incorrecto, a la vez que nos ilustra de que ya en 1841, Manuel Bretón de los Herreros, en su obra teatral de premonitorio título, “Dios los cría y ellos se juntan”, recoge la frase:
CIRIACO:       (Alto) ¡Balbino!

BALBINO:    ¡Tía Macaria!

MACARIA:    (Aparte a Ciriaco) ¿A qué pronuncias su nombre?

  Valía más hacerse el sueco.
  También nos deleita con unos versos recogidos en la antología de “Cantares y refranes geográficos de España”, de Gabriel María Vergara Marín (1906), en los que se nos advierte:
“Dos súbditos pierde España
Cuando se presta dinero.
El que lo da se hace inglés
Y el que debe se hace sueco”.
   Lo que está claro es que hacerse el sueco viene a significar que alguien se hace el sordo, escurre el bulto, se niega a darse por aludido, intentando escapar con un fingido o real desentendimiento de algo que le afecta y que le debiera preocupar, evitando así dar mayores explicaciones o asumir responsabilidades. Sea cual fuere el origen de la expresión, hacerse el sueco es frase que usamos cuando alguien intenta descaradamente salirse por la tangente, irse de chiquitas al aparentar que la cosa no va con él —o con ella—.
     Según el DRAE, la mencionada suplantación de nacionalidad equivale a “desentenderse de algo, fingir que no se entiende". Se  intenta con ello evitar una situación incómoda, bien por timidez, discreción, modestia o, las más de las veces, por desfachatez. En Argentina y Uruguay dirían “hacerse el sota”.
    Tal forma de proceder, a la larga, no suele dar buenos resultados, pues una mala explicación siempre es mejor que ninguna y quien espera ansioso ser sacado de dudas, si alguna abrigare, puede llegar a interpretar que quien se hace el tonto por tontos y obtusos nos toma a los demás, y eso está muy feo. Además, el candor que se intenta aparentar no casa bien con el retorcimiento de los colmillos que nuestros suecos nativos han llegado a desarrollar, a juego con sus garras.
     Tal vez que los Estados Unidos sean un país joven permite que se pasmen sus ciudadanos por cualquier nimiedad, como sucede en el caso que nos ocupa. Entre nosotros, ya hechos a estas dolencias, no nos sorprende que no uno, sino miles de sujetos, a veces corporaciones enteras, aquí y allá, quién sabe si aquejados por el mal de altura propio de las cumbres que habitan, no sólo amanezcan haciéndose el sueco sin coma que pudiera justificar tal desarreglo idiomático, sino que con él convivan y medren a nuestra costa. Es mal común entre nosotros, que ya no distinguimos a nuestros dirigentes de los turistas de Escandinavia, salvo por el traje de los primeros. Aunque con ambos colectivos tenemos serios problemas de comprensión, cuando se dan con quienes vienen a dejarse su dinero son más llevaderos y asumibles que con los que entre nosotros están para llevárselo calentito. 

sábado, 25 de mayo de 2013

Encíclica "Stupefactus sumus"

  Cuando, semidormido en mi jergón, saco un pie por fuera de la frazada, que algunos días ya va haciendo calor en mi celda, sus dedos refulgen en la penumbra como cinco puntitos fluorescentes de un reloj grande y de horas desordenadas. La batería del móvil se me recarga sola y no tengo que dar la luz del pasillo pues, luminiscente como los gorrinos de fray Adolfino, renqueo por él como una enorme luciérnaga con garrote. El microondas echa chispas cuando me acerco, aunque no lo necesito porque, a mi contacto, el café se me calienta solo en la taza. Adenauer, mi gato, se hincha electrizado, convirtiéndose en una especie de pompón con rabo y ojos  desorbitados cuando no puede evitar pasar por mi lado. Últimamente entre la estática del carrito, disimulado andador, y yo vamos echando chispas y pequeños rayos por el supermercado, como un Zeus venido a menos. Tantas radiografías, resonancias magnéticas e inyecciones de isótopos entre los dedos de los pies, sin duda tormento malayo aplicado a la medicina, me van convirtiendo en una pila humana, un almacén de energía que no llega a mis piernas. Pronto, me temo, deberé recargarme en ese Velázquez tubular, pintor en negativo de ternillas y osamentas.
 
    No es éste, sin embargo, el motivo principal de mi silencio. Débese mi sequía epistolar a que su habitual tono asombrado y caústico se ha visto desbordado por la desmesura de la realidad. La ironía de mis escritos, su punto exagerado, su humor negro y su sarcasmo no pueden competir con la exuberancia del despropósito nacional, cercano al surrealismo. Mi imaginación no da para tanto. Busco inspiración en Kafka y en Lovecraft  pero, confrontando sus pesadillas con lo que hoy vivimos, más me parecen escritos de Andersen o de los hermanos Grimm. Además de dar el finiquito a logros más sustanciales, la realidad actual va a acabar con la novela de aventuras, la de terror, la policíaca y la del oeste. Hasta con la picaresca, pues las hazañas de José María el Tempranillo, Sir Francis Drake, Rinconete y Cortadillo, Alí-Babá, Billy el Niño o los bucaneros del Caribe nos parecen hoy candorosos cuentos de hadas. No es de extrañar que algunos barbados vividores intenten resucitar cerca de Sierra Morena la figura del bandido generoso.

    Si Kafka, Lovecraft o Tolkien se hubieran dedicado a la crónica política o económica, incapaces hubieran sido sus retorcidas mentes de alumbrar algo tan tremendo y desquiciado como lo que en los periódicos como real leemos, sin que ya ni siquiera nos extrañe o escandalice. Quien defiende que, entre otras cosas, los hospitales públicos han de pasar a manos privadas olvida decir, mientras intenta convencernos de las bondades del invento, que, perpetrado el desafuero, las manos privadas a quienes como negocio se entrega lo que hasta ese momento era servicio público, serán las suyas. A  sus propias manos y a sus propios bolsillos. Indecente.  Y Sin embargo, parece ser que la ley y la justicia nada tienen que decir al respecto.
    Peor es cuando sí que dicen. Lógico parece que pongamos un pisito a quien nos gobierna. No satisfechos con ello, generosos lo alojamos en un palacio, con su servidumbre, guardia e intendencia a nuestro cargo. Hasta ahí parece casi soportable. Abonarle mensualmente dietas para costear lo que ya le hemos pagado en especie parece un abuso. Sin embargo los tribunales lo ven adecuado, en ese caso y en miles de otros similares. Juanpalomo ordena y manda, dispone y legisla, decreta, y cobra. También nombra a quien ha de juzgar si ha obrado bien. En una anterior epístola recomendaba a nuestros dirigentes el estudio de la obra de Rubio “Sumar llevando”. Hoy veo conveniente sugerirles leer los escritos en los que un tal Montesquieu decía algo al respecto.

    Mi intención de hacer reflexionar desde la sonrisa provocada por la exageración o el cambio de punto de vista, con que se glosaban los sucesos del momento, es incapaz de igualar el desvarío que en la actualidad vivimos. Cárdeno y dolorido tengo el brazo, con más cardenales que un cónclave vaticano, pues hay que pellizcarse continuamente para comprobar que uno no está inmerso en una perpetua pesadilla. Sabido es que el fuego a veces se combate con fuego, pero aquí es normal intentar apagar con gasolina los incendios que van arrasando nuestro bienestar. Creo que buscan aumentar nuestra confusión, pues mejor se roban las carteras en los líos y tumultos que en situaciones más claras y ordenadas. 

    Como último e infalible recurso, lejos de las olas del Mediterráneo que me pudieran servir de inspiración o consuelo, me lanzo a navegar por los mares literarios de Quevedo. Echo el ancla en una página en la que el escritor recriminaba a la diosa Fortuna con estas sabias palabras:
“Quéjanse que das a los delitos lo que se debe a los méritos, y los premios de la virtud al pecado; que encaramas en los tribunales a los que habías de subir a la horca, que das las dignidades a los que habías de quitar las orejas, y que empobreces y abates a quien debieras enriquecer”.

¡Virgen del verbo divino! Tomo tierra y abandono la navegación, que como consuelo no acaba hoy de funcionar, pues constato que los siglos han pasado en balde y que ni siquiera somos novedosos y originales en cuanto a desgobierno e injusta administración.                                        
    Vuelvo al triste presente y mis reflexiones me llevan a concluir que no hay que atribuir a la maldad lo que pueda justificar la estupidez, siendo esta última todavía más abundante y profunda, y no sabría sopesar cuál de esas cualidades nos resulta más dañina. Pasamos de una panglossiana y hueca inanidad, sonriente, irresponsable y derrochadora —cuando no sopla el viento, hasta la veleta tiene carácter—, al gesto grave de una desdeñosa y prepotente indiferencia hacia el sufrimiento de los ciudadanos. —¡Que se jodan!—. Su destructiva ineficacia y su inmoralidad son equiparables. Han reducido el ya tradicionalmente escaso debate de temas de estado a un defensivo y miserable “¡Pues anda que tú!”.  No dudo de que desde ambos perniciosos extremos se haya actuado en conciencia. Como tampoco dudo de que obrar en conciencia puede ser perverso y demoledor cuando el obrante carece de ella, como es el caso. Nos quieren llevar hacia una tierra prometida que más asusta que ilusiona y los hechos que más nos preocupan no se nos presentan como indeseadas consecuencias pasajeras, sino como el objetivo perseguido por nuestros gobernantes. Hacer algo a conciencia, tiene otros inquietantes significados de los que la Historia nos proporciona numerosos y trágicos ejemplos tales como la demolición de Cartago por Roma, sembrando de sal sus campos y emponzoñando sus fuentes, o la ruina de Numancia. Trabajos diabólicamente bien hechos. Hay muchos más. 

    Gobernados, como viene siendo habitual, por incapaces, no sabemos, pues, si debe inquietarnos más que fracasen en el logro de sus propósitos o que consigan alcanzarlos. Ilusionante escenario. Dejando aparte la angustiosa situación económica a que entre los bancos, los gobiernos y las oposiciones de todos los niveles, nacional, autonómico y municipal, nos han conducido, que no ha sido la sufrida población la causante, hay muchos objetivos que me resulta imposible compartir y mucho menos apoyar.

    El infortunio propio se digiere peor si frente a él se nos exhibe la obscena prosperidad que disfruta quien colabora en provocar nuestra miseria y de ella se beneficia, cuando no es su causa directa. Deben de saber que la palabra convence, pero el ejemplo arrastra, pero no están dispuestos a compartir con nosotros las penitencias. No hay que confundir las consecuencias económicas con la incidencia moral. El chocolate del loro, aunque en principio irrelevante, pasa a ser oneroso e inasumible gasto cuando mantenemos cientos de miles de loros, cacatúas y cotorras. Además los loros nacionales y autonómicos no se conforman con unas pocas pipas. Todo es poco. Quienes legislan y gobiernan hoy, mañana están al frente de las empresas a las que antes decían vigilar y que previamente fueron del estado. Tal vez para liquidar los Paradores Nacionales, buque insignia de uno de los pocos sectores que aún funcionan, pues con el sol, la historia y la gastronomía todavía no han podido, aunque están en ello, colocamos a la sufrida exseñora de uno de los nuestros y le asignamos un sueldo tres veces superior al del presidente del gobierno. Que vean que no somos rencorosos. Cuando acabe el trabajo ya los comprará baratos otro amigo. Tal vez en el mismo foro y como siguiente providencia se propone mantener trabajando al personal hasta los 68 años, que esto no nos cuadra. Los hijos no tendrán trabajo, pero tal vez sus nietos sí. Así se llevan muy mal las apreturas de cinturón.

    Para desatascar juzgados y tribunales, despójase el lobo de las lanas con que de cordero se disfrazaba para poner un precio a la justicia, vuelta así inaccesible para quien, llevando razón, no tenga bienes con que hacer valer su derecho. Curiosa forma de solucionar el problema. No estando quien esto escribe muy puesto en derecho comparado, ignora si esta perversión de la justicia, que prácticamente la hace desaparecer, es común en los países decentes o es otra ocurrencia nacional.

    Creamos un banco malo al que regalamos las casas que los otros bancos —no mejores, por cierto— han ido arrebatando a quienes no pueden devolver los créditos que con tanta alegría les concedieron. Para pagarles esas casas desahuciadas o de difícil venta, se pide un crédito inmenso que los contribuyentes pagaremos, bien sea en dinero o en salud. Entre los paganos estarán los propios desahuciados. A la presidenta de esa joya de banco acuerdan que le paguemos 33.000 euros al mes. Es decir 51,13 veces el salario mínimo establecido. Se argumentará que no es el esfuerzo, sino la eficacia y responsabilidad lo que se le recompensa, aunque prácticamente todo el sector ha estado dirigido por inútiles o mangantes a los que ninguna responsabilidad se les ha exigido por arruinar los bancos cuya gestión les encomendaron, sin olvidar, de paso, asegurarse holgadamente el porvenir a nuestra costa. Insoportable. 

    Quienes han sufrido estas lindezas en sus carnes han dado en la costumbre de acudir a atosigar a los culpables a las puertas de sus casas. No me gusta ni el hecho ni la palabra que lo nombra, pues huyo de masas y algaradas. Reconozco, no obstante, que, en su caso, limitarse a gritar y mostrar una pancarta es un alarde de moderación. Añade algunas sombras a mi opinión sobre este tipo de manifestaciones la ubicua presencia en muchas de ellas de alguna veleta política, con gran fondo de armario, en constante evolución de ideas y opiniones, lo que nos confirma que nunca tuvo ni unas ni otras. Gran favor haría a la credibilidad de estos grupos permaneciendo en su casa.

    Los que dirigen a quienes hoy deberían sancionar tales desmanes, fueron y siguen siendo nombrados por el entorno de aquellos a quienes deben juzgar. Se explica la benevolencia de algunos de ellos. Son los díscolos nuestra última esperezanza.  Agobiados por tanta faena, prescriben los más de los delitos y debemos soportar que, sobreseídos los casos, se engallen tales rufianes proclamando como inocencia su injusto escape de los abusos que perpetraron, a través de los resquicios de unas leyes que ellos mismos urdieron, aplicada por los jueces o fiscales que ellos también nombraron. En este totum revolutum consiste para ellos la separación de poderes.

    Dada su indistinta e invariable cortedad de miras, no más allá de unos próximos comicios, la ineficacia en la gestión y administración, el nepotismo, la estulticia, el alejamiento del sentir de los gobernados, la indecencia y  la avaricia común a muchos de nuestros dirigentes actuales, pasados y futuribles, entre las ofertas políticas que se nos ofrecen tal vez haya que, tapándonos la nariz, optar por quienes, al menos, conserven algunos rescoldos de humanidad. Ante este “Sálvese el que pueda”, resumen de la gobernanza actual, el cinismo, la desconfianza y la propia supervivencia se imponen como ideología, pues ya no sabemos si somos de los nuestros. 
 
    No alcanza mi pesimismo a tener a todos por iguales, —pues los hay peores—, a considerar general la extensión de la infección descrita. La honradez, la inteligencia y la eficacia hacen poco ruido. Existen tales virtudes y son más abundantes de lo que pudiéramos pensar, pero son tapadas por el estruendo de la minoría que ha utilizado el noble desempeño de la representación popular para su propio enriquecimiento. Llevarán al sistema a su agonía si no dejan de mostrar más celo en disimular y negar el hedor de sus manzanas podridas que en defender la justicia y el bienestar de quienes los eligieron. Poco deben de amar las banderas que hacen ondear quienes las usan como señuelo, tapadera y escudo para sus rapiñas. Me es indiferente si un ladrón viste traje liso o a rayas, aunque preferiría verlos lucir las rayas blancas y negras de los penados de los chistes. Mucho se equivocan quienes esgrimen que el ataque va dirigido a su bandera pues, aunque tal vez no aprecien el símil taurino, no ignoran que el toro no persigue al trapo, mero engaño que esconde, escamotea y protege el cuerpo del torero. Son todos ellos los únicos que pueden llevar a cabo esa necesaria labor de limpieza, cada uno en su convento, para evitar que otro tipo de saneamientos más enérgicos les arroyen. Tapar y justificar la herejía de algunos frailes pone en peligro el crédito y la misma supervivencia de toda la orden. No vale el “ya arreglaremos después cuentas en casa, entre nosotros”. Tal vez dentro de poco ya no haya cuentas que arreglar, lo que solucionaría algunos conflictos, pues no se riñe cuando ya nada queda por repartir.
Vale

domingo, 28 de abril de 2013

Espístola de San Agatópodo



Queridos hermanos: 

   Hoy 4 de abril, día de san Agatópodo, -el de buen pie, de buen andar-, diácono de Macedonia arrojado al mar con una piedra al cuello en tiempos del coemperador Marco Aurelio Valerio Maximiano Hercúleo, que hay que tener cuajo, he recibido un sobre con membrete y sello de la administración. Poco me ha faltado para ser presa del pánico, pues tales vitelas no suelen trasladar buenas noticias. Abandonada la costumbre de enviarme mensualmente un papiro con la nómina, hábito que tras 36 años me había hecho perder mi antiguo miedo cerval hacia las misivas de ellos procedentes, la última comunicación oficial que se me hizo llegar en papel era para nombrarme abad del cenobio. 
   Era ésta una noticia agridulce, pues si bien me libraba de la penosa necesidad de peregrinar renqueante, con un cayado en la mano como Moisés para subir al Sinaí,  por sus celdas, escaleras y dependencias, del claustro, no del Sinaí, carente el convento del inasumible dispendio de un ascensor, a la vez que aumentaba mis pingües ganancias hasta el punto de casi alcanzar para pagar el recibo de la luz. A cambio, me han arrebatado la paz, a veces la placidez del sueño, y siempre el tiempo, las ganas y la inspiración para escribir epístolas a la congregación, como solía, o recopilar la historia del hermano convento de San Odón de la Muela. No se me escapa que algunos miembros de la orden comparten mi pesadumbre por tal nombramiento, unos por piedad y afecto hacia mi persona, otros por motivos diferentes que no es éste lugar ni momento de analizar.
   Se ha impuesto en mi caso el sabio criterio de poner al frente del negocio a quien, por su avanzada edad, poco ha de durar en el cargo, sin que su carácter agrio o excesiva longevidad hagan necesario matarlo, caso extremo al que otras santas instituciones han debido recurrir hasta llegar a esta época incierta en la que hasta los papas se jubilan.  Siendo remota la posibilidad de un ERE en el Vaticano, aunque para Dios nada hay imposible, permanecen los papas a salvo del riesgo de verse impedidos de hacerlo, quedando fuera de la jurisdicción de nuestro reino, tan rígido con quienes se han dejado la piel durante decenios en el tajo como laxo en permitir tempranos retiros que sirvan para hacer más prósperas las empresas de sus amigos o familiares. Llevado el sistema hasta sus últimos refinamientos, al menos por el momento, pues todo es susceptible de perfección y amejoramiento, han llegado a jubilar antes de hora a amigos y cofrades, permitiéndoles, para más inri, descansar de oficios y faenas que nunca ejercieron, autorizándoles a abandonar tajos en los que nunca antes habían movido un esparto, no sin antes cobrar crecidas indemnizaciones por ser despedidos de empresas que ni siquiera conocen, en el caso de existir. Pese a lo imaginativo del país y de quienes lo dirigen,  debo de haberlo soñado, pues mi mente se resiste a dar por cierto y real que algunos sinvergüenzas, ubicuos hasta el milagro, hayan sido jubilados no de una, sino de varias empresas. Tan exuberante alarde de creatividad contable y organizativa no se aplica a aumentar la prosperidad de los súbditos, sino la propia, cosa lógica, pues no cabe esperar que solucionen nuestros problemas quienes, de todos los colores políticos y, cierto es que con ayuda, han demostrado un desmedido afán en crearlos y hacerlos perpetuos.
   Vuelvo al manuscrito. A algunos les moverá al pasmo el saber que he recibido con cierta alegría el nombramiento, esta vez no de director de un colegio, sino de minusválido, dando marchamo oficial y legal a mi evidente incapacidad. No he recibido adhesivo que lo proclame, como el que facilitan al pasar la ITV, en este caso tal vez por no haber sido mi organismo capaz de superarla con éxito. Y bien que lo siento. Como es natural no me alegro de mis dolores ni de mis dificultades para andar, a veces hasta para tenerme de pie, y menos me entusiasma la realidad de que pasear suponga un martirio, no uno de mis placeres, ahora perdido.
   Son mis pares, pues, Quevedo, Shakespeare, el rey nazarí Muhammad X el Cojo, Lord Byron, sir Walter Scott,  y la innúmera lista de cojos, mancos  y tullidos que han dado lustre a la historia. Aunque no creo que de mi humilde persona quepa esperar tales aportaciones, al menos podré abandonar el carruaje cerca del destino al que voy. Hasta ahora, aunque llegue al lugar donde he dejado el coche arrastrándome a cuatro patas, como pintan reptando hacia su espejismo a los que se pierden en el desierto, tómase la escena por fingimiento si un papel no lo acredita. Siempre me ha llamado la atención que la administración llegue a pedir a algunos de sus administrados una fe de vida, para demostrar que quien vocifera y se encarama por las paredes de la oficina donde tal estupidez se le solicita,  aún respira. El encefalograma plano es opcional. No se me escapa que de no hacerse así, pasaría como en Egipto, donde tal vez momificaran a los difuntos para seguir sus deudos cobrando la pensión en su nombre. No dejaremos de reconocer que los súbditos, tras siglos de desgobierno y de mala administración, cuando alguna ha habido, han desarrollado por darwiniana adaptación mecanismos de supervivencia que les permitan esquivar abusos evidentes. Cuando se ve la alegría y despropósito con que se gasta lo que del producto de nuestros esfuerzos nos arrebatan, no querrán que respondamos como un escandinavo ante tales requisas.
   Bueno, pues ya soy cojo de censo. Desde hoy, día de san Agatópodo. ¡Manda huevos! Tengo que averiguar si Nostradamus dejó dicho algo sobre mí.
Andar con prisas es de pobres y de gentes sin clase. El caminar pausado, intentando mantener recta la espalda, aporta elegancia, distinción y galanura. No hablemos del efecto teatral de un bastón bien elegido, con su cabeza de cobra. Quienes te quieren, te cuidan y protegen más, si cabe; muchos te abren las puertas y te recogen del suelo, ahora tan lejano, lo que se nos cae. Cuando se pierde un sentido o una capacidad, la naturaleza suele compensar aguzando otra hasta ahora latente o a medio uso. Espero ansioso y expectante notar algún cambio positivo en mi organismo. Tal vez ya no necesite wifis, me vuelva luminiscente, levite o pinte mejor.  Ya os contaré. Por ahora conformémonos con aparcar donde antes nos estaba vedado.
 
Vale.