sábado, 5 de agosto de 2017

Epístola censora e inquisitorial



El arte, como máxima expresión de la sensibilidad y pensamiento humanos, debe, al menos, conservar la capacidad de incomodar, de ofrecer una visión alternativa. Debe tener el derecho, aunque no la obligación, de hacerlo. La literatura, el teatro, la pintura, la música, la poesía, son manifestaciones que pierden mucho cuando renuncian a provocar una cierta inquietud, cuando se limitan a abundar en la forma habitual y consolidada de ver las cosas por parte del grupo al que van dirigidas. Ya el hecho de que sean destinadas a unos sí y a otros no, de que hayan sido creadas para dar satisfacción a un grupo, sea una élite o una chusma, limita por no decir que elimina la necesaria universalidad del arte. Explicar aquí que a esa universalidad se puede llegar desde lo más local sería ofender a mis lectores, si los hubiere.
     Se da la circunstancia de que algunos creen que es suficiente con incomodar, con provocar, para que cualquier cosa sea tenida por arte, lo que ha inundado de bodrios el mercado del que viven culturetas y especuladores. Y no, la provocación, el escándalo o el ataque a las creencias, sentimientos o visones ajenas no garantizan que el producto que los origina sea arte, por más que atribuirse que lo sea pretende a veces proporcionar un paraguas protector ante posibles críticas. ¡Ah, se siente! ¡El arte no debe de tener límites! El humor, siempre que no se dirija contra mí, tampoco. Un oído educado agradece la disonancia, siempre que se limite a aportar la sal y la pimienta en una estructura tonal armónicamente sólida y familiar. La educación musical amplía el rango de disonancias que uno es capaz de admitir con disfrute, pero tiene un límite. En la vida real, una excesiva acumulación de disonancias interpretativas, algo muy frecuente hoy en día, es muestra de que no se tiene ni puta idea de música vital, económica o política. Ruido y postura. Hasta la sepultura.
     Si eso ocurre con los artistas, para qué hablar del resto de los mortales. Nos ocurre con la libertad como con algunos aparatos cuya tecnología nos rebasa, que no somos capaces de usar más que una ínfima parte de sus recursos. A veces las épocas más sombrías de nuestra historia, incluso aquellas en que a la ruina y descomposición del país se agregaba la nada amable vigilancia de la Santa Inquisición, han dado lugar a un florecimiento general de las artes, a un siglo de oro. La inteligencia asumiendo riesgos para desbrozar veredas llenas de malezas y pedruscos hasta llegar a campo abierto. Ha habido épocas de censura en las que unos creaban calladamente mientras otros más escandalosos se lamentaban de los obstáculos insalvables que esa losa suponía para parir su obra. Cuando la censura desapareció muchos perdieron tal excusa mostrando que en realidad nada tenían que decir. En esas estamos ahora.
      Y estamos en esas no porque no exista censura, que sí que existe y de la peor. No es una censura institucional, política, pues aunque nos quejemos de los torpes intentos de leyes mordaza que pretenden poner puertas al campo, la censura más perversa es la que nos autoimponemos, lo que ha dado lugar a que hayamos permitido que la parte más desocupada, inculta, infantilizada y estúpida de la sociedad nos imponga sus limitaciones y miserias, se dedique a vigilar la ortodoxia de la tribu y a destrozar en las redes a cualquiera que se haya arriesgado tímidamente a discrepar, empeñados en perseguir, cuadrante en mano, cualquier atisbo de disidencia, a poner a los pies de los caballos a cualquiera que se atreva a cuestionar una sola línea de su catecismo. Somos una sociedad contradictoria que admite las agresiones más salvajes e incívicas contra valores, creencias e ideas muy extendidas, atentados para los que siempre hay quien encuentre una justificación, mientras volvemos a un puritanismo propio de los Amish. Nos harían un gran favor botando un May Flower y yéndose a fundar una colonia a alguna acogedora bahía de Canadá.
      Resumiéndolo mucho nos quieren volver tolerantes hacia cualquier cosa, algunas francamente aberrantes, excepto hacia el pensamiento. Hacia el pensamiento libre, el que tiene dudas, contradicciones, el que se sale de parva, el que se atreve a decir que eso que tienen por incuestionable, aquello que ni se puede nombrar, sólo lo es para ellos, para menos de los que esos talibanes creen. Desde luego para mí no lo es. Deben acostumbrarse de nuevo a la libertad que niegan a los demás y que administran como exclusivamente propia, deben rebobinar personalmente varios siglos, leer y valorar el esfuerzo y el sacrificio con que otros nos habían dejado como herencia el derecho a poder decir lo que uno piensa, recuperar una tolerancia de la que hablan sin saber en qué consiste y dejar de tocarnos los cojones. No solo tenemos el derecho, sino la obligación, de poner en duda cualquier cosa. Eso tan sencillo, admitido en las sociedades en los momentos en que han sido libres, está ahora puesto en cuestión. Algunos están más concienciados en otorgar la libertad de imprenta a alguna tribu ignota del Amazonas que en dejar que su vecino opine como tenga a bien.
    Somos actores a los que sólo se nos permite reírnos de los que están fuera del teatro, lo más fácil. Reírse, incomodar a los que asisten a la función, verdadera misión y valor del teatro, la literatura y el arte en general, es hoy en día algo temerario. Cada uno en su burbuja.
     En este ambiente espeso y cutre uno llega a decantarse del lado de quienes defienden algo que no nos gusta, sólo por no estar junto a quienes les atacan con odio irracional. O de temer más a algunos apoyos cerriles que a quienes nos contradicen con educación y buenos argumentos. Más tenemos que aprender de los segundos que de los primeros.
     Me encanta la gente imprevisible, los que te sorprenden con una opinión aparentemente discordante, incluso contradictoria con su habitual línea editorial. Saber de antemano qué va a opinar alguien de un tema, de un artículo o de una noticia, desmerece mucho al que con sus opiniones viene a confirmar escrupulosamente lo previsto. Le hace perder valor ante mis ojos. Hacer un cuadrante con los temas sensibles, las esperadas correcciones mentales, políticas y sociales, donde ir poniendo crucecitas para ver por dónde respira el personal, para constatar hasta qué punto fulano o zutano se ajusta al kit de pensamiento de la peña, de ésta o de la otra, es algo poco recomendable por descorazonador y destructor de respetos. Aplicárselo a uno mismo puede resultar demoledor. La excesiva coherencia, el percibir en magín ajeno un bloque sin fisuras, una doctrina sin espacio para dudas, incluso incorrecciones, es índice de escasa actividad mental autónoma. Es el retrato de alguien aburrido, incapaz de sorprender, normalmente privado de sentido del humor y, en definitiva, poco recomendable.
     Porque, con todos mis respetos, la verdad sea dicha, según para qué plan y por poner un caso, la madre Teresa de Calcuta, podría llegar a ser una compañía poco recomendable en algunos momentos.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Epístola clínica



Abundan en las redes sociales recetas que, de manera infame, dicen curar el cáncer con zumo de limón y canela. La desesperación puede llevar a algunos a agarrarse a este clavo ardiendo, aunque a quien su buena salud física le permite conservar igual de sano el juicio le resulte difícil comprender cómo alguien puede llegar a confiar en esas soluciones tan sencillas para una enfermedad contra la que miles de los mejores científicos del mundo, pasito a pasito, arañan esperanzas reales desentrañando los caprichos de un aminoácido perdido en una doble espiral. 

     Para otros problemas, no menos complejos, nos proponen soluciones parecidas, sencillas y rotundas. Desde la homeopatía política en forma de inacción o tancredismo, a las cirugías sociales más agresivas que proponen la amputación y el bombardeo radiactivo, si bien en esta escuela de cirujanos gustan de aplicar estos tratamientos menos a ellos mismos que a los demás. Unos piensan que hay que dejar a la naturaleza aliarse con el tiempo, que entre ambos todo lo acaban curando, mientras otros creen que hay que cortar por lo sano.

     Entre una y otra terapia, ambas extremas, no es raro que el común de los mortales se ponga en manos de quien le proponga las soluciones más fáciles, incapaces de comprender las complejas ni de apechugar con las desagradables. Canela y limón, a cerrar los ojos y a confiar en el chamán. Incluso pudiendo elegir, solemos optar antes por quien nos propone tratamientos más amables y llevaderos que por quien nos pone a rigurosa dieta o dice de cortarnos una mano. Por eso resulta arriesgado que el paciente se recete a sí mismo. Puede elegir cirujano, pero no cabe pedirle que decida el tratamiento. En cuanto a la salud, con buen criterio, nuestros afanes democráticos terminan una vez elegido el especialista que nos vaya a tratar, mejor que hacer un referéndum entre la familia y los amigos a ver si cortamos o no. En todo caso, debemos cambiar de médico si el elegido nos lleva a dudar o muestra signos de incapacidad pero, una vez hemos puesto nuestra vida en sus manos, hay que dejarle actuar. Y pedirle cuentas. Pero nunca dejaría que una asamblea me abriera en canal.

     En todo caso, el aire de los tiempos valora menos la ciencia que el chamanismo, de forma que los aspirantes a hechicero de la tribu encuentran el campo ya estercolado, no solo metafóricamente, y procuran desacreditar todo lo que hasta hace poco nos había mantenido con una salud llevadera, incluso lo que en tiempos nos la había hecho envidiable. Echan pestes tanto de los otros cirujanos como de sus pacientes, de sus gustos musicales, de sus escasas y vacuas lecturas, de su irresponsabilidad votando, cercana a la vesanía, no sin parte de razón. Sin embargo afirman que preguntar a estos supuestos dementes por asuntos sobre los que tanto han trabajado para mantenerlos confusos resulta lo mejor, siempre que acierten, sinónimo para ellos de coincidencia con su criterio. Una relación directa entre el médico y el enfermo, que elige tratamiento, sin los obstáculos y engorros de tener en cuenta la realidad, la ciencia, la experiencia o segundas opiniones.

     La mayoría de las personas recurrimos a la ciencia médica cuando tenemos un problema de salud. Hay excepciones de iluminados que, contra la razón médica y la evidencia, no vacunan a sus hijos; otros que por sus creencias reveladas por un hechicero errado rechazan las transfusiones de sangre o alimentan a sus bebés con raras leches y los someten a dietas extrañas hasta que se les mueren en los brazos. Otros toman infinitesimales dosis de la nada disuelta en copiosas garrafas de agua limpia para intentar curar sus males, que la cabeza también hace mucho. Mucho bien y mucho mal, hasta el punto que para numerosos contribuyentes el cerebro es un estorbo, un órgano hostil, un error de la evolución causa de muchos de sus males. La naturaleza, en su sabiduría, lo desactiva en estos casos y deja a otras vísceras al mando del semoviente. Pero son los menos. La mayoría se rinde ante la verdad de la ciencia que, a base de ensayos y errores, ha ido dando tras miles de años con soluciones basadas en el guión real de la vida. La evolución va dejando por el camino a quienes confían en el limón y la canela, incluso en la hierbabuena. Con las sociedades ocurre igual y grandes imperios murieron enfermos por confiar en medicinas elegidas más por su fácil administración y agradable sabor que por su eficacia, resistiéndose como gato panza arriba a someterse a un tratamiento adecuado, aunque a veces resultase molesto y fuese a contracorriente.

     Y les ocurre así porque con la política el problema descrito se acentúa. La ciencia tiende a seguir un camino ascendente; las creencias, las doctrinas y los principios van y vienen, suben y bajan, incluso desaparecen reemplazados por otros no necesariamente superiores. Si bien nadie se dejaría hoy colgar de los pies mientras le pinchan los ojos para expulsar los malos humores ni permitiría que le pusieran media docena de sanguijuelas a chuparle la sangre agarradas a las canillas, prácticas abandonadas por haber sido probada su ineficacia y sinrazón, no hacemos ascos a remedios económicos y organizativos anteriormente descartados por la sociedad, con base y resultados tan nefastos como los abandonados usos médicos de épocas pretéritas. Esa diferencia permite que pervivan y proliferen las sanguijuelas políticas y sociales.

     Viven en y de la política y sus aledaños económicos, es decir de nosotros, de los incautos y, junto a gente noble y honrada, hay entre ellas demasiados vendedores de crecepelos y bálsamos de Fierabrás, de ungüentos que todo lo curan y de dispensadores de canelas y limones recién exprimidos, además de no pocos ladrones. Como ocurría con las antiguas sangrías, sus soluciones cada vez nos dejan peor, más débiles y expuestos a mayores males, pues no es estirar la metáfora el decir que, a su manera, nos siguen sangrando. Nos parasitan las tenias, delatadas por su avaricia, y otros bichos que se conforman con menos, como liendres piojos y ácaros. Todos estos compensan con su enorme abundancia el hecho de que chupan menos, resultando por su gran número igual de nocivos a la larga, aunque a la corta podamos ver alguna pulga, liendre o gorgojo dando lecciones de su superioridad ética, pregonándose como inocuos, incluso benéficos, aunque ya apuntando maneras de tenia en proceso de incubación. No es de extrañar que, puestos a elegir, muchos opten por soportar los quebrantos de una tenia antes que vivir sometidos a un cerebro enfermo, presentadas como únicas alternativas posibles, aunque, en contra de lo que nos quieran decir, existan otras opciones más saludables. Lo trágico es que esas otras opciones que habían ido hasta ahora compensando nuestros desarreglos se debiliten, incluso desaparezcan luchando con infecciones internas, o bien dudando entre volverse tenias o perder el juicio, a su vez, viendo la buena acogida de estas terapias hasta ahora ajenas.

     La biología nos enseña que cada célula, virus o bacteria consiente la presencia de sus iguales, incluso los busca y colabora con ellos. Por el contrario considera hostil todo lo diferente. Lo rodea de glóbulos blancos, lo rechaza y aísla y, si puede, lo elimina. A veces en dudosa coalición con bacterias, retrovirus y otras miasmas, que contra el enemigo todo vale. Incluso llega a suceder que, astutamente engañada por corpúsculos adversos de membrana tal vez forrada de lanas de cordero nanométricas, una célula se pase de desconfiada, degenere en una especie de xenofobia celular extrema y paradójica y se rechace a sí misma en un proceso autoinmune. En política se conoce a este fenómeno como no saber si somos de los nuestros, dolencia ya descrita por el biólogo Cabanillas.

     El colmo absoluto e indecente de la sinrazón es cuando una pierna, viendo que el organismo del que forma parte pasa por momentos de fiebres y achaques, decide irse. Desgajarse contra la opinión y el interés del resto del cuerpo y de lo más de la pierna, de rodilla para abajo, aunque mal se va a ningún sitio sin pie, que sin cerebro hace ya tiempo que deambulan. No se llega ni a Andorra, tan de su gusto. Rebuscan en la literatura científica, rastrean casos de supervivencia de piernas autodeterminadas, las intuyen en los cuentos de Calvino, (Italo, no el hereje suizo) o las crea su gabinete de alucinados alquimistas de la historia, amparados legalmente por el no menos perturbado juez Vidal y espiritualmente por el abad de Monserrat, otro bandarra. Al menos darán siglos de trabajo a los estudiosos del derecho, ya expertos en el arte de torcerlo, aunque nunca hasta estos extremos. Estos delirantes Tejeros con barretina, pocos, pero más ambiciosos, van viendo como la justicia les acorrala, más por sus delitos económicos que por su carácter golpista, que también, lo que aumenta su urgencia por escapar. Mal tratamiento tienen sus males, un desarreglo hormonal que les hace confundir sus delirios con la realidad, les provoca una confusión mental que les trastoca los conceptos y las palabras hasta convertir sus argumentos en pruebas de cargo en un juicio que llegará, esperemos que pronto. Con esos mimbres avanzan en la construcción de un anacrónico e improbable estado totalitario que dé estatuto legal a lo que ya practican, la confusión de la ley con sus intereses y sus delirios, ignorada cuando no coincide con ellos, como ignorados son más de la mitad de los catalanes. Sobre la educación y la prensa nada han tenido que inventar, ya Goebbels dejó un modelo difícilmente mejorable que desde hace decenios aplican a rajatabla.

     No queda títere con cabeza. Ni Hipócrates ni Galeno, Demóstenes o Monstesquieu nos amparan. Tal vez quepa atribuir a la inmensa ignorancia de quienes nos gobiernan y de quienes aspiran a hacerlo este sindiós. Y a su estupidez y ambición, que la maldad sola no da para tanto.

    Vale.