viernes, 2 de marzo de 2018

Espístola de la tragicomedia ¿Dónde está la bolita?




    Escribo esta epístola para intentar mitigar las inquietudes mostradas por algunos buenos amigos acerca de unas reflexiones que perpetré en Facebook tras sobrellevar atormentado la función plenaria que abría la temporada del Parlamento catalán, convertido en Teatro de la Comedia, de joseantonianas evocaciones. Lleno total. Cartel de no hay billetes y un público entregado. El libreto parece ser producto de una improbable colaboración de Jardiel Poncela, Cuerda y Berlanga, adaptando un texto original de Goebbels y Curzio Malaparte, con citas de Kafka y Maquiavelo, sutiles alusiones a Walter Scott, Samaniego y Calleja y regusto a la Venganza de don Mendo, todo ambientado en un patio de Monipodio con gradas y moqueta, con llorosa escenografía basada en el coro de los esclavos del Nabuco de Verdi. Molière hubiera sacado gran partido de estos tipos. A Wagner mejor dejarlo ahora.
     El estreno se llevó a escena bajo la dirección del debutante Roger Torrent, un manierista que mueve los cubiletes y escamotea la bolita según las enseñanzas de la escuela forcadeliana, que a Stanislavski no llegaron en el cursillo apresurado y urgente que recibió. Parte del elenco, las primeras figuras, se oculta agazapado tras presidiarias bambalinas, los que no andan de viaje de estudios por Flandes o Suiza, adecuadísimo lugar para refugio de anticapitalistas furibundos. A la mitad de los actores no les dan papel, aunque sean los preferidos del respetable, por lo que acaparan la escena los suplentes, comparsas y figurantes que declaman, gesticulan o bullen sin conseguir disimular las cuerdas que les dan vida en ese guiñol de cachiporra en que algunos con sus intervenciones van convirtiendo  los abundantísimos parlamentos que compensan en España el cierre de muchos teatros, dando trabajo a tantos y tantos comediantes e histriones de tercera fila.
     Se representa la obra con intérpretes de desdibujado carácter, más vehementes que convencidos, siempre sobreactuando, apuntados desde la concha por Puigdemont, sustanciado como voz en off por Skype desde su exilio de Waterloo. La claque y los actores con frase —por imposición del empresario— muestran bufandas o lacitos amarillos, superando antiguos miedos del mundo de la farándula hacia ese color. La actual proliferación de lazos, más variada que efectiva, agota el catálogo de Pantone y pocas opciones deja. No sé de qué color es el lazo para pedir la libertad de otro preso político, Ignacio González, expresidente de otra Comunidad, la de Madrid, que olvidó perpetrar un amago de golpe de estado encaramado a la Cibeles, cosa que hubiera marcado la diferencia. Lo habría elevado a la categoría de honorable preso político y no estaría ahora enfangado sólo en mezquinas cuestiones de robos, comisiones, chantajes y malversaciones en las cuentas públicas, cosa que tiene en común con estos presos del principado, pero privado el madrileño del lustre y pulimento que al delito dan las asonadas y las banderas.
     Llegan a temer mis amigos, conocedores de nuestra amena historia, que se esté jugando con fuego y que pudiéramos añadir otra muesca a la abundosa lista de nuestras guerras. Con afán de tranquilizarles, medito y concluyo que lo que no hay que hacer, a mi escaso juicio, es descartar ninguna posibilidad, meter la cabeza en el agujero y dar por sentado que hemos superado ciertas tendencias humanas en general y españolas en teniente coronel. Más miedo que los catalanes —y al bando levantisco me limito— me dan otros, aquí y allí. Hablo de esos irrresponsables de ambos extremos que parecen sentirse a gusto invocando al belicoso genio de la lámpara de épocas y escenarios que creíamos superados. Llego a pensar que no les importaría sacarlo del frasco. La historia nos podría enseñar muchas cosas, pues siempre nos ofrece buenas lecciones, pero algunos no van a clase ni abren libro alguno.
     Me inquieta ese gusto rancio, ese afán insano por parte de algunos de revivir casi con añoranza, de forma colectiva e institucional, lo peor de nuestra historia, intentando reescribirla, hacerla mejor de lo que fue, al menos para beatificar a los que ochenta años después siguen llamando "los suyos". Hoy, ya todos deberían ser los nuestros, asumiendo sus glorias y vergüenzas. Las historias personales y familiares, a menudo trágicas, todas me merecen respeto, pero la Historia es otra cosa. Me desconcierta que haya hoy en España más antifranquistas que cuando el dictador vivía y que esa historia, que tanto nos podría enseñar, se intente reescribir de forma que eliminemos sus posibles avisos, de forma parcial, maniquea y romántica, siempre ocultadora de cosas que a todos deberían avergonzarnos como país, no como bando. A todos nos atañe su infamia.
     Los catalanes, los de Tractoria que no los de Tabarnia, me preocupan por el perpetuo estado de inquietud que nos provocan, siempre ocultando dónde está la bolita, por el desbarajuste de la gobernanza, por distraernos de lo importante, por el desprecio a la ley que es además jaleado por otros indecentes hooligans de partidos mesetarios, mareados en el avispero de sus mareas, verdaderos clubs de fans, caudillistas, totalitarios y siempre pendientes de sacar de la agitación y en la calle lo que no pueden alcanzar de la argumentación y en el Parlamento, previo paso por las urnas. A estos les temo más. También a los melifluos, a los equidistantes, a los que en la obra comparecen embozados, malditos que vocean sin mostrar el rostro a la luz, sin llegar a veces a salir a escena, siempre en la tramoya, luchando entre bastidores a puñaladas por el manejo de los hilos e intentando adaptar el guión a su gusto. Y también, y no menos, a los que gobiernan, por llamar de alguna forma a lo que hacen. Lo increíble es que se sigan encendiendo las farolas, se recojan las basuras, se paguen las encogidas nóminas y el país, mal que bien, funcione, evidentemente a pesar suyo. A uno se le despierta la vena anarquista, viendo con no excesiva sorpresa que, como Italia, podemos aguantar sin gobierno en Cataluña y en la misma España, que les incluye, muchos meses y la cosa marcha igual o mejor. Al menos no se urden nuevas leyes, que demás hay, sin que las vigentes se cumplan las más de las veces, pues el acatarlas o no es algo opinable para no pocos. Tal vez deberíamos entregar el gobierno al Tribunal de las Aguas.
    También llega a preocupar que, tentado a debatir con estos botarates en sus muchas variedades, intentando argumentar, de pronto uno se encuentra arrastrado a su terreno y se vea a sí mismo como un imbécil, porque a ese nivel dialéctico, claramente subterráneo, uno acaba enredado en una pelarza verbal fuera de lugar y de tiempo. Una persona normal no puede debatir con un monofisista, un albigense o un totalitario convencido. Si encima el oponente ha leído dos o tres libros doctrinales, media docena de artículos de la secta y seiscientos tuits, es mejor dejarlo a tiempo. Llevas razón. Es penalti. Aunque estemos jugando al tenis. Avisados estáis.
     Los innumerables intentos sediciosos nacidos en Cataluña, cosa recurrente a lo largo de los siglos, siempre aprovechando con deslealtad épocas difíciles económica o socialmente, guerras o gobiernos débiles, han tenido poca épica y la poca que falsamente se les atribuye se les ha añadido después, que en su momento oscilaron entre lo patético y lo cómico. Más temería a Asturias en su revolución de 1934 o a Cartagena, cuyo cantón ofreció en 1873 más de un año de seria resistencia a un verdadero ejército, enarbolando el primer día bandera turca por no tener otra ni más roja ni más a mano, que a los cantamañanas que de vez en cuando se asoman al balcón de la Generalidad a cacarear la independencia durante unos minutos, gallos que, frente a dos docenas de guardias civiles, gastada la fuerza en banderas y proclamas, pliegan velas y van al trullo, la cabeza bajo el ala, con mansedumbre. Y a llorar otros sesenta años. Hay que evitar humillaciones innecesarias, abono de futuros victimismos, su único alimento, en la medida en que ellos dejen otra salida.
    Verlos temblar ante las puñetas y las togas me tranquiliza, me reconforta, pues muestra su verdadera talla, bien escasa, enana ante el poder del Estado y de la justicia. La talla del chulo de barrio cuando no tiene detrás matones que apuntalen su audacia. Su fanfarronería arrogante es poco arriesgada en lo personal, aunque muy aventurera, arrojada y combativa de forma delegada, enviando siempre a otros a recibir los palos. Son generales que pierden o ganan las batallas bajo el catre de campaña en una lejana colina, lejos de los tiros, protegidos como reyes por su guardia de corps, en el caso que nos ocupa formada por mossos pagados por todos pero al servicio de unos pocos. Inútiles como dirigentes, mimados por la intendencia que acaparan escatimándola a las tropas, cuyos chichones y mataduras poco les inquietan, siempre protegidos por una bandera o encastillados en las instituciones. Orondos budas abstraídos mirando su propio ombligo, riegan con euros ajenos ese jardín ensimismado, supremacista y subvencionado en el que crecen esteladas fabricadas en China en lugar de tomates y berenjenas del país, más nutritivas.
      Viendo que es el dinero lo que de verdad les preocupa, algo evidente dada su entrega en cuerpo y alma a eternizar su permanencia en puestos que les protejan, les salven de la cárcel y les permitan seguir disponiendo de las llaves de la caja, no veo que sean nada heroicos ni temibles. No imagino a Junqueras con canana terciada, de guerrillero montaraz, atrincherado al salir de misa. Más lo veo de abad de Montserrat o de Poblet. Tal vez nombrado embajador en el Vaticano hace unos años no hubiéramos llegado hasta este desquicie. Ya dedicó unos años a rastrear almogávares en su inmensa biblioteca. Más peligrosa es la estupidez de otros, esa jactanciosa y pregonada astucia que desarma al que juega limpio. Su impunidad, que apunta a otros culpables por incomparecencia en el campo de batalla, no su inexistente valentía, es lo que podría preocuparnos. No se les ve que estén dispuestos a arriesgar lo más mínimo su bienestar ni el de su familia, dicho sea en términos sicilianos. Siempre pastando en el presupuesto, desde hace siglos. Por eso rumian tanto y han inculcado en sus masas seguidoras ese comportamiento ovejuno, pecuario, siempre pendientes del perro del pastor, aunque les dirija al barranco. Pero eso nos enseña que los ladridos les paralizan más que las razones, que de todo se aprende.
     Cierto es también que a veces al césar se le van de las manos los esclavos y los gladiadores que creían controlar y surgen problemas imprevistos, que no hay que jugar con fuego ni armar a las masas, otra de las muchas lecciones de la historia nunca aprendidas, más que olvidadas. Afortunadamente tienen tanques John Deere, que no les han dejado comprar de otros. Si tuvieran un ejército sí que habría que echarse a temblar y sacar las escopetas. También ocurre, a Dios gracias, que tras su impostada unidad, interesada y frágil, en el palacio de la plaza de Sant Jaume, por cada César hay veinte Brutos. Con mayúscula, que en las calles hay algunos miles sin ella, y la ortografía a veces es decisiva. Los senadores que quitan y ponen Cómodos y Calígulas están en Pedralbes o Sant Gervasi contando sus denarios, con su toga y sus laureles, y las embarratinadas y esteladas turbas del foro y sus tietas, a las nueve en casa a cenar. El fin de semana a la villa de la playa o a las termas, los bárbaros de la CUP a la masía de papá, quitado el disfraz de plebeyo, atusado el flequillo a escuadra de la lucha y plegado el estandarte de Senatus Populusque Catalanicus y las fasces contra el muro, que en el fondo están muy romanizados. La buena alimentación, el audi y la calefacción central liman mucho los afanes revolucionarios. No digamos una jugosa nómina de la Gene, aunque no es menos cierto que tamaña generosidad presupuestaria hacia los afines sin tajo al que volver les hace peligrosos, pues matarían por no perder sus rentables e inmerecidas canonjías.
     Todo eso, aunque carísimo, ha sido soportable, llevadero hasta que se va alcanzando el punto crítico de fusión mental, mantenido y potenciado por el plutonio de TV3 y el uranio enriquecido entregado a la prensa afín y a esos colectivos sociales que hacen motu propio justo lo que se les ordena, lo que puede dar lugar a cualquier cosa. Ha habido momentos totalmente fuera de control en que hemos rozado el Chernobil cerebral y social. Ese es el único peligro, el número creciente de cerebros recalentados, distribuidos de forma uniforme por toda la Hispania, pues no sólo en la Tarraconense se dan estos trastornos, lo que nos lleva a pensar que la solución está más en el terreno de la psiquiatría que en el de la política.
     Creo que la justicia, ayudada por los cuerpos de seguridad, nuestras últimas defensas que, junto al rey, son nuestra línea Maginot, pues el siguiente cimborrio en altura del edificio estatal no es para echar cohetes, —al gobierno ni está ni se le espera— , debe darles una buena lección. El rey, diciendo lo único que debe y puede decir, lo que se espera que diga, irrita a algunos al despabilar con sus palabras oportunas a los tancredos y tentetiesos. A mi no me irrita, me tranquiliza y reconforta, tanto como perturba a los cómplices de estos supremacistas, único resto del verdadero fascismo en España. También a otras exquisitas cohortes de estéticos revolucionarios de salón que miran hacia otro lado y que, aun siendo republicanos, piden a los reyes una guillotinita de la señorita Pepis. 
     Habían llegado algunos españoles a olvidar que formaban parte de España. Los sempiternos e irresponsables mercadeos de votos les habían permitido funcionar de hecho como un virreinato prácticamente independiente, bajo el imperio del cónsul Augustus Georgeus Pujolus y señora, de la dinastía Claudia, como las ciruelas del Ampurdán, indómita zona de la Tarraconense, vivero de carlistas, alcornoques y peras limoneras, que por la boina se distinguen, con ese viento borde de la tramontana que tanto altera las mentes, como nos cuenta Josep Pla que era de allí. En las zonas rurales de Gerona la percepción de depender de un país común era nula. Habrá que hacérselo saber.

jueves, 5 de octubre de 2017

Epístola revolucionaria

Es difícil no sentir angustia y pena, desesperación y rechazo, cuando uno ve las imágenes de la policía y la guardia civil cumpliendo las órdenes impartidas por los jueces de retirar las urnas, con más estorbo que ayuda por parte de los recientemente condecorados Mossos de Escuadra. Por eso las imágenes y los sentimientos siempre deben ser filtrados e interpretados por la razón, algo totalmente ausente en la parte levantisca del caso y entre otros que creen que algo les tocará en el reparto de los escombros que deje esta revolución de claveles mustios. 

Uno no quisiera estar en la piel de los que ocuparon los colegios electorales intentando impedir la entrada de las fuerzas de orden público, ejerciendo así un autootorgado derecho a pasarse la ley y la justicia por el forro, alguno con el niño a hombros, que vaya aprendiendo. Asombroso es que fueran sus autoridades quienes les llevaban a ese escenario, quienes planean y promueven esta revolución simpática, de las sonrisas, más despótica que ilustrada. Como tampoco en la de los guardias, esas personas que había bajo esos uniformes coriáceos que, también asustados y amenazados por la multitud, intentaban hacerlas prevalecer. Jugándose el tipo para hacer lo que la ley les había ordenado que hicieran y recibidos a sillazos y pedradas por algunos provocadores, tapadas sus duras caras con caretas de Gandhi y amparados en la gente normal que, ciertos o errados, iban allí a votar pacíficamente seducidos por eso del derecho a decidir. No son imágenes agradables. Mejor sería que no se hubiera llegado a eso, que los que alimentaron y llenaron de tensión sus planes de perpetrar una ilegalidad suicida, cobardes peseteros buscando la épica en costillas ajenas, hubieran tenido enfrente, en el gobierno, a alguien con algunos signos de vida, los suficientes para haberlos metido en la cárcel a tiempo. Por su bien. Y por el nuestro. Poco importa ante esas imágenes señalar quién y qué había empujado a ese abismo a unos y a otros, en qué parte están la verdadera democracia, la ley, la razón o el engaño. Vivimos en un mundo de imágenes, no de razones ni argumentos. Si acaso de Tuits. Las redes, las cloacas de la sociedad, en palabras de Manuel Vicent, se encargarán de desaguar su versión urbi et orbe.

Algunos ya tienen las imágenes que necesitaban. Poco dramáticas les debieron de parecer las verdaderas, ciertamente penosas, cuando reforzaron la realidad recurriendo al Photoshop en unos casos o a escenas ciertas de otro lugar y otro tiempo, que el presente hace falsas. O milagros de dedos rotos que se curan en una noche, ya cumplida su misión escénica. En algunas de ellas se retrataba algo que ocurrió hace años en situaciones similares en que los Mossos, —inútil cuerpo por ser defensor de una facción, no de la entera sociedad que les paga generosamente—, cumpliendo entonces esa otra legalidad de parte, esa que si respetan, golpeaban con entusiasmo a los que unos años después recompensan su ominosa pasividad con abrazos, sonrisas y claveles, en aprecio de su sedicioso incumplimiento de las órdenes recibidas de los jueces. Eran claras: impedir, quitando urnas y papeletas, la realización de un referéndum ilegal, prohibido por el Tribunal Constitucional. Órdenes claras del Juzgado de Instrucción nº 13 de Barcelona, que no de Madrit.

La realidad y la verdad no importan. Lo que cuenta es la imagen, el relato, la emoción, siempre más movilizadoras que la verdad y la razón. Pedirle a Rajoy un relato es soñar. Esperar que emocione, delirar.
Algunos no aciertan ni cuando dicen cosas verdaderas. Rajoy tiene la culpa de muchas cosas, es difícil ser más torpe tratando este problema y cualquier otro, principalmente por dejarlos de tratar. Cuando muera tardarán semanas en darse cuenta. Lo cierto es que a muchos les preocupa más sustituir a Rajoy como sea, dado que las urnas no están por la labor, que encontrar una solución racional. Que Rajoy sea sustituido es deseo muy extendido, que yo comparto, pero por alguien mejor. Aunque parezca inconcebible, entre la oferta existente no es fácil. Para conseguirlo apoyan la sinrazón separatista como un elemento que creen, equivocándose, que engrosa su caldo, pues suma incertidumbres, agita la calle, aunque, para ellos sea un mal menor el que separe a los catalanes y a los españoles creando un ambiente guerracivilista que creen que les favorecerá para llegar al gobierno. Dios nos libre. Poco les importan los catalanes, los españoles ni nada que no sea su juego revolucionario, su odium theologicum trufado de indecencia, estupidez y ambiciones personales.

Tal vez no hubiera que haber hecho nada, sugieren. Ni siquiera obedecer a los jueces, nuestra única esperanza. Como lo son los guardias civiles y policías, también independientes y jaleados cuando registran la sede del PP, pero que resultan ser unos vendidos a las órdenes del gobierno cuando lo hacen en instituciones catalanas o se empecinan en obedecer lo que les ordena hacer una juez de Cataluña para hacer cumplir sentencias y órdenes ignoradas por los sediciosos.

Queda ahora la declaración de independencia, cesta pacientemente tejida con los mimbres de la romántica mentira, esta simulacro de referéndum y algunas altisonantes declaraciones con una ridícula pomposidad que no tapa la indecencia. Diálogo, se pedirá ante este golde de estado seguido de una rebelión. No recurrir a la violencia, cosa siempre deseable si hubiera otra otra opción que no sea dejar hacer. Poco cabe esperar de Rajoy, es cierto. Nada de Puigdemont y los suyos. Algo sólo de Rivera, ya que andan Sánchez e Iglesias haciendo cálculos, midiendo las fuerzas y apoyos con que cuentan, cada uno en su avispero y esperando de forma ignominiosa fallos ajenos, inevitables en esta tesitura en la que tanto han colaborado en provocar. De ellos viven, de los fallos de otros, pues ningún acierto propio tienen en su haber. De los catalanes que no comparten este proyecto disparatado nadie dice nada, ni dentro de Cataluña ni fuera; y son las principales víctimas. Más que los que recibieron un porrazo en las calles de Cataluña en este día aciago, aunque es cierto que les dolió mucho más que los que habían recibido del Parlament en días aún peores para la democracia. Asombra ver que duele más un golpe de porra que de estado. A nadie preocupa ser colaborador necesario en la creación de ese golem, un nuevo estado que nace ya partido en dos. Nostalgia anticipada de la España que quieren abandonar. Así podrán utilizar los versos de Machado y los sones de Alejandro Sanz, que hablan de corazones. A los de Serrat ya han renunciado, por facha y botifler.

Vistos los tumultos, no creo que haya que ilustrar a nadie sobre su origen, riesgos y consecuencias, pues la realidad es líquida, poliédrica y fácilmente deformada. Tumultos protagonizados anoche y hoy por los que ya no dudo en denominar turbas, frente a los hoteles donde se alojan los guardias y policías que defienden la ley sin que haya quien les defienda a ellos. Las calles llenas de grupos de incontrolados y, lo que es peor, de miles y miles de controlados. Carreteras y calles cortadas, asedios frente al domicilio de personas y grupos señalados previamente con una cruz en la puerta, incluso desde las instituciones que gobiernan la región, en un día de huelga impuesta a los más, aunque autorizada —y promovida— por la Generalitat, que anuncia que no descontará haberes en las nóminas de quienes participen en estos cívicos y amables actos. Una revolución desde arriba, no pedida por un pueblo al que citan y suplantan. Una revolución burguesa que tiene más de despótica que de ilustrada. Paradójicamente diseñada, orquestada y financiada por las élites económicas más indecentes de Cataluña, hermanas de otras similares del resto de España. Aliadas con unos anarquistas muy sui generis, tan bien alimentados y vestidos como mal peinados, y con piscina en el chalet. Unos revolucionarios que curiosamente no piden disponer de las herramientas y medios de producción, ni de tierras que cultivar con sus manos, demandas que ennoblecieron otras revoluciones. Esta parte corrompida y parasitaria de la sociedad que se levanta contra quien los mantiene a cuerpo de rey sin dar un palo al agua no pide eso. No piden trabajar, sino derecho a ocupar casas y a recibir una renta universal por haber nacido, pues, desde entonces, poco o nada han aportado a esa sociedad que ahora quieren destruir. Una sociedad que en sus manos desaparecería en cuanto se acabaran las reservas acumuladas por el trabajo de otros, ya que a ellos en el tajo ni se les ve ni se les espera.

Para apreciar hasta qué grado de irracionalidad y sectarismo suicida hemos llegado basta con ver a quiénes quieren hacer pasar por buenos y a quiénes por malos; qué valor se le da a la ley y a la justicia por unos y por otros; quiénes nos han llevado a esta peligrosa coyuntura entre mentiras, sonrisas y lágrimas de cocodrilo. Está visto también que es tiempo perdido intentar rebatir las estupideces que se escuchan y leen. Ha ocurrido lo que querían que ocurriera, ya tienen sus heridos, la mayor parte falsos, pues sólo hay cuatro ingresados en hospitales catalanes, el más grave por un infarto, un anciano llevado al hospital por la policía. Ya tienen la épica, pagada por espaldas ajenas. Lo que viene es peor. Y realmente ya no hay nadie que controle la situación. Hacer que el monstruo regrese a la cueva va a ser duro y, en algunas casonas de Sarriá, Pedralbes y Sant Gervasi, como en muchos despachos, entre sudores fríos y ya demasiado tarde, notan que la camisa no les llega al cuerpo. A cada cerdo le llega su San Martín. A los matarifes también.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Espístola Esperpéntica



A muchos ya les pasó, a otros les está ocurriendo ahora mismo, aunque a todos ellos demasiado tarde. Mientras aún hay quien permanece en una voluntaria inopia, los más se dan cuenta ahora que han sido Odiseos subyugados por la música de unos cantos de sirena, cuya letra no entendieron, en su viaje a Ítaca. Las cuerdas que les sujetaban al palo mayor, las de la ley, para su mal fueron rechazadas. Esta vez no fue Brecht —tan de nuestro gusto, aunque apócrifo—, quien les advirtió y siempre hay que atender a los versos del oráculo más que elucubrar sobre si el oficiante de los augurios es de Delfos o de Dodona. Les está pasando como a las langostas cuando las cuecen a fuego lento. Mientras van entrando en calor no les desagrada, incluso disfrutan. Cuando empieza a molestarles ya no pueden evitar ser cocidas. En la fauna de nuestras costas, al lado de las excelsas gambas de Palamós, la mejor muestra de langosta política es Convergencia. Lo que queda de ella, que es mucho más de lo que quedará pronto. Y algunos crustáceos convergentes, los que no se coma el pulpo de la CUP, con sus Tarascas, terminarán su andanza bien cocidos en su propio jugo en la olla de Soto del Real. O mejor la de San Cugat del Vallés. Por ladrones, no por mártires de la patria, como ellos quisieran. Fingían ser tiburones, pero eran caballas.

Creo que fue Pío Cabanillas quien dijo que si los españoles escucharan lo que se trata en los consejos de ministros se agolparían en los aeropuertos. La noticia o la ley ya guisadas, incluso a la luz de los taquígrafos de los parlamentos en sus actas, ofrecen un producto bien envasado, pulcro, a veces hasta apetitoso. Al menos digerible. Para desgracia de los levantiscos dirigentes de Cataluña, la televisión nos ha mostrado en toda su crudeza cómo se hacen las morcillas legislativas independentistas. En otros tiempos las hubiéramos visto colgadas en la prensa o en el BOE, ya puestas a secar, pero esta vez nos ha sido dado verles agitar las ollas de sangre, hemos olido a cebolla y contemplado como la Forcadell, girando el rodillo parlamentario, embutía esa sanguinolenta masa grumosa en las tripas culeras, aún malolientes, sin tiempo ni intención de limpiarlas de su anterior contenido. Muy educativo y esclarecedor.

Sobre esa receta, como en todo, hay gustos. En toda España, por no desentonar de un entorno que ejerce una presión insoportable para los más débiles u obtusos, parecen muchos sentirse obligados a mantener la postura opuesta a la de Rajoy aun cuando sólo mostrara sus preferencias gastronómicas o dijera en qué día estamos, pues en el presidente personifican razonablemente su rechazo a las políticas que se han desarrollado en España y que también con razón pueden ser combatidas, tanto como otras de anteriores gobiernos. Un obstáculo a derribar si quieren disponer del BOE, pues ningún partido tiene entre sus prioridades hacer un país mejor para sus ciudadanos, centrados en ganar las próximas elecciones o en partirlo, como primera providencia. Para no perder el lustre progre que esa entelequia del derecho a decidir creen que les confiere, tanto como para no dar argumentos al enemigo y dejar meridianamente claro su alejamiento de don Tancredo, llegan al extremo de, por no darle en nada la razón a Rajoy, oponerse a esa misma razón en las escasas ocasiones en que el presidente la lleva. Como es en caso de Cataluña. Aunque sea una razón ajena, la que ha encontrado abandonada por los sediciosos. 

Quienes denuncian falta de diálogo en el tema de la sedición catalana deberían explicarse un poco mejor, igual que los que proponen reformas constitucionales o lamentan echar en falta ofertas que deberían haber sido hechas a Cataluña para frenar su insaciable y secular deseo de ser mejor tratados que el resto de los españoles, como por su superioridad les corresponde. Deberían decirnos qué es lo que se debería haber quitado a algunos, aclarando también a quiénes, para contentar a Más o a Junqueras. Qué reformas habría que hacer en la Constitución en ese sentido; aquilatar, a ojo de buen cubero, en cuántas naciones habría que partir España para dejar a todos satisfechos; delimitar hasta dónde llega eso del derecho a decidir y establecer quiénes son los titulares de tal derecho y por qué unos lo tienen y otros no, en el dudoso caso de existir. Pero no nos lo dicen. Sólo dicen que falta diálogo, que el gobierno central es inamovible, tal vez por contraste con la leal flexibilidad y buena voluntad del de la Generalitat. Malos y buenos. Se impone la equidistancia que llega a compadreo con los secesionistas en los casos más graves.

La boba e imperante necesidad autoasumida de no fallar a ningún palo para aparentar ser como uno debe de ser, como la tribu de los buenos espera que se sea, lleva a una sospechosa unanimidad de ideas en un grupo creciente de personas afortunadas que siempre saben quién lleva razón, qué está bien y qué está mal. Incluso son los únicos que saben lo que verdaderamente pasó en nuestra historia. Llegan a descender, mostrando su talante, a terrenos que creíamos superados, como establecer qué libros hay que leer y cuáles no, pues cada Iglesia tiene su Index Librorum Prohibitorum. En ningún caso a Javier Marías, a Reverte, a Arcadi Espada, a Vargas Llosa ni a Cela, un censor. A Semprún sólo lo que escribió de joven, que luego se nos torció, como nos pasó con Tamames, Juaristi o Escohotado. Mejor a Verstrynge, que éste acabó enderezándose. En la Complutense había unos que tienen la lista buena, la de los que evitan la prosa cipotuda, aunque en algunos casos no recomiendan leer sus biografías. También nos dirán a qué equipo de fútbol es admisible apoyar, o si la afición a los toros —que no comparto— es compatible con la inteligencia. Si las fiestas de moros y cristianos, la semana santa o la cabalgata de Reyes son algo permisible, que el anticlericalismo más infantil y fuera de lugar y de época es ítem para no fallar, solo tolerantes ante el Islam. Como ocurre con la bandera, el himno, el antimilitarismo, o la misma palabra España y gran parte de su historia, descubrimiento de América incluido, cosas de franquistas. En los peores casos discriminan entre buenos y malos muertos. La lista es inmensa, asfixiante, y llega a abarcarlo todo. Fuera de ellos sólo queda la ignorancia, la caspa, los fachas: Torrente en todo su esplendor. Torrente es España para ellos, aunque en nada se reconocen en uno y otra, extranjeros en su patria. Todos los que nos atrevamos a sugerir algunas objeciones a su dogma somos Torrente. Faltaría rodar la película de los ocho apellidos progres, aunque muchos no me parecen capaces de digerir el vernos todos retratados en parte, ya que nuestra sociedad sería una mezcla de los dos guiones, con ciudadanos que se mueven en el rango comprendido entre Torrente y Willy Toledo, dos espantajos extremos, aunque el primero tiene la ventaja sobre el segundo de no ser real. Más allá está el hombre de Neanderthal, en sus peores individuos. Pero eso sólo está al alcance de los que somos capaces de reírnos de nosotros mismos.

Se otorgan con estos títulos y criterios las credenciales de corrección y unos y otros clasifican y etiquetan a su gusto a todo el personal. Aquellos con quien nos gustaría poder estar recurren mucho últimamente al término facha, endosando a todo adversario un fascismo algo diluido, carpetovetónico, siempre ajeno a ellos y que igual vale para un roto que para un descosido. A veces lo aplican a algunos que lo son menos que ellos mismos y, al menos, tienen el mérito de habernos descubierto, si falta hacía, que hay fachas de izquierdas. De derechas ya lo sabíamos. No me molesto en explicar que mi postura no está en ninguno de esos extremos.

La lista se va incrementando y, la verdad, da vergüenza reproducirla aquí, por larga y por absurda. Sólo merecería la pena desgranar el listado para ver que, en la mayor parte de los casos, los incluidos son de mucho más mérito y valor que los que tan burdamente intentan desacreditarlos. Lo cierto es que en no pocas ocasiones el descrédito es tiro por la culata que hiere al desacreditador, un enano ante la altura del que intentan incluir en esa lista negra. Paco Martínez Soria fue un gran cómico y una gran persona, respetado, entre otras cosas, porque nunca pretendió equipararse a Fernando Lázaro Carreter, académico de la Lengua que le escribía los guiones. Platón y yo, dos. Casualmente Javier Marías ocupó la silla R, vacante tras la muerte de Lázaro Carreter.

Hubo una época en que Albert Boadella y otros muchos podían hacer su trabajo en Cataluña. Un trabajo que en gran medida se basaba en reírse de sí mismos y de su entorno, de poner en evidencia a las personas y los hechos que él ya veía que nos iban llevando a donde estamos ahora. Se podía reír entonces de los que asistían a sus representaciones, de los que estaban dentro del teatro, él incluido. Esa libertad se acabó. Igual que antaño tuvo que huir de España escapándose de la cárcel, llegó para él el momento de abandonar Cataluña cuando ya sólo se soportaban las risas y críticas a los de fuera, a los que no asistían a sus funciones; tuvo que irse de allí agobiado por una censura institucional y social cada vez menos sutil y más feroz por parte de un nacionalismo excluyente que iba copando y pudriendo una sociedad que en tiempos fue abierta y cosmopolita. Esa que daba tanta envidia entonces como pena produce en la actualidad por el apaletamiento y aldeanismo de una parte de sus miembros. 

Lleva parte de razón Jordi Ibáñez cuando critica a Boadella. Y toda en el resto de lo que dice. Acierta al decir que debemos ser cuidadosos cuando decimos “los catalanes”. Hay que discriminar. Él, Boadella, tiene la disculpa de que lo es, pero unos y otros debemos evitar meter a todos en el mismo saco, algo que supondría negar la tesis que defendemos muchos: que los que han perdido la cabeza y la razón, a veces en pro de la cartera, son los dirigentes y la extensísima red de personas que viven como el maharajá de Kapurthala vendiendo ilusiones o reescribiendo el pasado, los medios de información a sueldo, prácticamente todos, entre esas promesas de crear un país mejor que desmienten con cada actuación y con cada disparate, mostrando que lo que van pergeñando es una república bananera basada en el supremacismo y en el desprecio a quien piensa distinto, que son los más, pues nadie negará que desde la Plaza de Sant Jaume, 4, se gobierna poco y mal, sólo sobre un tema, y siempre contra más de la mitad de los catalanes. Gran parte de esas actuaciones van dirigidas a intentar librar de la cárcel a muchos próceres, por ladrones más que por levantiscos. De la deslealtad al resto de España no hablemos ahora, que ya habrá momentos para recordárselo. Huelga decir que no solo en Cataluña ocurren estas cosas, que españoles somos todos.

Y lo que es mucho peor y les diferencia es que allí han promovido y logrado el silencio, un silencio espeso y temeroso. Posiblemente hoy Cataluña, como antes fue el País Vasco, sea el único lugar de España en el que antes de hablar hay que mirar hacia atrás, algo que los que tenemos cierta edad habíamos olvidado. El único lugar en el que en la mesa familiar hay temas que mejor no sacar a relucir, ni entre amigos, si queremos conservarlos. No digamos si somos funcionarios, tenemos una empresa que de alguna forma pudiera tener relaciones comerciales con la administración, o podríamos solicitar cualquier tipo de subvención.

No se puede ni debe hacer un referéndum no sólo porque es ilegal, que lo es, sino porque sería ilegítimo e injusto. Aunque tal vez sería deseable ver de una vez por todas la decisión mayoritaria del conjunto de los catalanes, más razonables que quienes los dirigen, informan y manipulan. Desde luego esta situación puede dar lugar a que el referéndum llegue a ser un deseo nacional para expulsarlos del país y dejarlos a la intemperie, en manos de esos caudillos, que van reproduciendo maneras de triste recordación. Pero los catalanes, gran parte de ellos, no se merecen eso, como no merecen la soledad —cierto que silenciosa— en la que hemos dejado a quienes viven allí sin tragar con esa dictadura en construcción, a quienes no piensan como los que dirigen la comunidad, robando a veces y viviendo siempre en la opulencia más escandalosa, mientras dejan de gobernar y, puestas por delante sus ambiciones personales, llevan a la ruina económica y moral a Cataluña, muestra inequívoca de su españolismo. La crítica, el comentario dolido, por otra parte, tienen siempre algo de elogio, pues sólo se preocupa uno por aquello que aprecia, que estima, por aquello que desea que fuera a mejor. Como es mi caso respecto a Cataluña.

Después de Évole y Fernando Morán, algunos de los últimos de la lista, sin duda otro nuevo candidato a facha para la peña es Joan Coscubiela, que fue secretario general de Comisiones Obreras en Cataluña durante 12 años y parlamentario del grupo Iniciativa per Catalunya-Verds, y que es en la actualidad el brillante portavoz de Catalunya Sí que es Pot, la franquicia de Podemos en esa Comunidad Autónoma. Al menos lo era hasta ayer, porque tan razonable se mostró defendiendo la democracia que seguramente dejará de serlo muy pronto. Todo eso frente a los cabizbajos miembros del gobierno de la Generalitat, que no eran capaces de mirarle a los ojos. Diosdado Cabello, disfrazado de Carme Forcadell, miraba el cogote del parlamentario en uso de la palabra mientras ella iba despachando desde el mostrador de la mesa presidencial la Ley Habilitante con la urgencia que impone la falta de razón. Y de vergüenza. Ni siquiera fueron capaces de leer en la tribuna, menos de respetar, los informes jurídicos de sus propios letrados del Parlament o del Consejo de Garantías Estatuarias de Cataluña,  que no de Madrit, que les habían advertido de la total ilegalidad de lo que allí se estaba imponiendo a media Çataluña y a toda España, callando a la oposición. 

Demasiada razón y suficiente vergüenza como para desagradar a parte del caleidoscópico grupo que representa, pues más hace lo primero que lo segundo, para decir que lo del Parlament era una farsa, un acto bucanero y autoritario que deja sin sus derechos a todos los parlamentarios de la oposición y, con ellos, a más de la mitad de Cataluña y a todo el resto de España, mostrando el verdadero rostro totalitario e irrespetuoso con la discrepancia de ese pretendido estado risueño, tolerante e integrador cuya creación, entre sonrisas y astucias, vienen anunciando ya demasiado tiempo como para que un Estado serio les hubiera consentido llegar hasta este grado de demencia y aplastamiento del que piensa de forma distinta a ellos. 

Arropado por los aplausos de todo el espectro político, menos los separatistas, algunos de ellos en su propio grupo, les vino a decir, les sugirió, que lo que, a toda prisa y sin respeto a leyes, reglamentos, informes jurídicos, formas ni razones, vienen montando es simplemente una dictadura de libro, y agrada ver que, por fin, incluso con posiciones muy enfrentadas, queda un buen rescoldo democrático en Cataluña, que no todo es silencio y sumisión, que ha pasado el momento de callar para sobrevivir, de dar por digeribles tamañas ruedas de molino ideológicas y de intentar ordeñar vacas que ya no dan más leche.

Fue todo un placer escuchar a Iceta decir que le daba vergüenza no tener más remedio que recurrir a un tribunal de fuera de Cataluña, al Constitucional, en busca de protección ante el totalitarismo de los que dentro de su Comunidad, en su mismo Parlamento, le avasallan, precisamente los que tienen el mandato delegado del Estado para defender los derechos de los catalanes y que, desde la Generalitat y el Parlament, utilizan para impedirle ejercerlos. A él y a la mitad de los catalanes.

El mundo nos mira. Poco y para descojonarse. Algunos periódicos catalanes dicen desear que no miren mucho, tanto a una manifestación más contra el rey y el gobierno de España que contra los terroristas, olvidados los muertos ya desde un rato antes de la mani, como a las últimas sesiones del Parlament, esas 48 horas negras en las que el secesionismo ha mostrado su cara, perdiendo la máscara falsamente amable que, en su infinita autoestima, habían ido construyendo durante años. No se puede pedir respeto a la propia identidad desde el desprecio a todas las ajenas.

En su afán por mirar hacia atrás, siempre acusando a Castilla de sus males, casualmente olvidan que entre ellos, mandando, están algunos descendientes de los últimos traficantes de esclavos de Europa, explotadores de caña en Cuba y de cacao en Guinea, bodegueros de ron y mistelas, vendedores de indianas en el Imperio español y de tejidos al resto de España en régimen de monopolio, que van hoy del brazo de los herederos de esos pistoleros anarquistas que perseguían a sus abuelos a tiros por las calles de Barcelona defendiéndose de los sicarios que los primeros, con menos valor, habían contratado. Carlistas con Iphone y curas trabucaires con página web, antiguos republicanos al lado de acomodados burgueses cuyos padres con tanto entusiasmo —en la cartera, sucursal del cerebro o a la inversa—, aclamaban a Franco después de la guerra en las Ramblas, donde luego sus descendientes tuvieron un meublé (los de Franco). Beatos montañeros de Montserrat junto a comecuras furibundos, honorables ladrones en coche oficial, antes banqueros haciendo peña con antisistemáticos pendejos y bandarras similares, haciendo cuando toca de majoretes para acompañar a los próceres hasta el juzgado... Y, en medio, por otras calles, la sufrida procesión del silencio de gran parte de una población extraviada en este esperpento que espera a su Valle Inclán para ser contado, faltos de Josep Pla, Gaziel, Vivens-Vives, Tarradellas y otras muestras del buen sentido perdido. Queda la posibilidad de que Eduardo Mendoza se lance a escribir la segunda parte de la Ciudad de los Prodigios, con Jordi Mayor i Detall de protagonista.

Vale.

sábado, 5 de agosto de 2017

Epístola censora e inquisitorial



El arte, como máxima expresión de la sensibilidad y pensamiento humanos, debe, al menos, conservar la capacidad de incomodar, de ofrecer una visión alternativa. Debe tener el derecho, aunque no la obligación, de hacerlo. La literatura, el teatro, la pintura, la música, la poesía, son manifestaciones que pierden mucho cuando renuncian a provocar una cierta inquietud, cuando se limitan a abundar en la forma habitual y consolidada de ver las cosas por parte del grupo al que van dirigidas. Ya el hecho de que sean destinadas a unos sí y a otros no, de que hayan sido creadas para dar satisfacción a un grupo, sea una élite o una chusma, limita por no decir que elimina la necesaria universalidad del arte. Explicar aquí que a esa universalidad se puede llegar desde lo más local sería ofender a mis lectores, si los hubiere.
     Se da la circunstancia de que algunos creen que es suficiente con incomodar, con provocar, para que cualquier cosa sea tenida por arte, lo que ha inundado de bodrios el mercado del que viven culturetas y especuladores. Y no, la provocación, el escándalo o el ataque a las creencias, sentimientos o visones ajenas no garantizan que el producto que los origina sea arte, por más que atribuirse que lo sea pretende a veces proporcionar un paraguas protector ante posibles críticas. ¡Ah, se siente! ¡El arte no debe de tener límites! El humor, siempre que no se dirija contra mí, tampoco. Un oído educado agradece la disonancia, siempre que se limite a aportar la sal y la pimienta en una estructura tonal armónicamente sólida y familiar. La educación musical amplía el rango de disonancias que uno es capaz de admitir con disfrute, pero tiene un límite. En la vida real, una excesiva acumulación de disonancias interpretativas, algo muy frecuente hoy en día, es muestra de que no se tiene ni puta idea de música vital, económica o política. Ruido y postura. Hasta la sepultura.
     Si eso ocurre con los artistas, para qué hablar del resto de los mortales. Nos ocurre con la libertad como con algunos aparatos cuya tecnología nos rebasa, que no somos capaces de usar más que una ínfima parte de sus recursos. A veces las épocas más sombrías de nuestra historia, incluso aquellas en que a la ruina y descomposición del país se agregaba la nada amable vigilancia de la Santa Inquisición, han dado lugar a un florecimiento general de las artes, a un siglo de oro. La inteligencia asumiendo riesgos para desbrozar veredas llenas de malezas y pedruscos hasta llegar a campo abierto. Ha habido épocas de censura en las que unos creaban calladamente mientras otros más escandalosos se lamentaban de los obstáculos insalvables que esa losa suponía para parir su obra. Cuando la censura desapareció muchos perdieron tal excusa mostrando que en realidad nada tenían que decir. En esas estamos ahora.
      Y estamos en esas no porque no exista censura, que sí que existe y de la peor. No es una censura institucional, política, pues aunque nos quejemos de los torpes intentos de leyes mordaza que pretenden poner puertas al campo, la censura más perversa es la que nos autoimponemos, lo que ha dado lugar a que hayamos permitido que la parte más desocupada, inculta, infantilizada y estúpida de la sociedad nos imponga sus limitaciones y miserias, se dedique a vigilar la ortodoxia de la tribu y a destrozar en las redes a cualquiera que se haya arriesgado tímidamente a discrepar, empeñados en perseguir, cuadrante en mano, cualquier atisbo de disidencia, a poner a los pies de los caballos a cualquiera que se atreva a cuestionar una sola línea de su catecismo. Somos una sociedad contradictoria que admite las agresiones más salvajes e incívicas contra valores, creencias e ideas muy extendidas, atentados para los que siempre hay quien encuentre una justificación, mientras volvemos a un puritanismo propio de los Amish. Nos harían un gran favor botando un May Flower y yéndose a fundar una colonia a alguna acogedora bahía de Canadá.
      Resumiéndolo mucho nos quieren volver tolerantes hacia cualquier cosa, algunas francamente aberrantes, excepto hacia el pensamiento. Hacia el pensamiento libre, el que tiene dudas, contradicciones, el que se sale de parva, el que se atreve a decir que eso que tienen por incuestionable, aquello que ni se puede nombrar, sólo lo es para ellos, para menos de los que esos talibanes creen. Desde luego para mí no lo es. Deben acostumbrarse de nuevo a la libertad que niegan a los demás y que administran como exclusivamente propia, deben rebobinar personalmente varios siglos, leer y valorar el esfuerzo y el sacrificio con que otros nos habían dejado como herencia el derecho a poder decir lo que uno piensa, recuperar una tolerancia de la que hablan sin saber en qué consiste y dejar de tocarnos los cojones. No solo tenemos el derecho, sino la obligación, de poner en duda cualquier cosa. Eso tan sencillo, admitido en las sociedades en los momentos en que han sido libres, está ahora puesto en cuestión. Algunos están más concienciados en otorgar la libertad de imprenta a alguna tribu ignota del Amazonas que en dejar que su vecino opine como tenga a bien.
    Somos actores a los que sólo se nos permite reírnos de los que están fuera del teatro, lo más fácil. Reírse, incomodar a los que asisten a la función, verdadera misión y valor del teatro, la literatura y el arte en general, es hoy en día algo temerario. Cada uno en su burbuja.
     En este ambiente espeso y cutre uno llega a decantarse del lado de quienes defienden algo que no nos gusta, sólo por no estar junto a quienes les atacan con odio irracional. O de temer más a algunos apoyos cerriles que a quienes nos contradicen con educación y buenos argumentos. Más tenemos que aprender de los segundos que de los primeros.
     Me encanta la gente imprevisible, los que te sorprenden con una opinión aparentemente discordante, incluso contradictoria con su habitual línea editorial. Saber de antemano qué va a opinar alguien de un tema, de un artículo o de una noticia, desmerece mucho al que con sus opiniones viene a confirmar escrupulosamente lo previsto. Le hace perder valor ante mis ojos. Hacer un cuadrante con los temas sensibles, las esperadas correcciones mentales, políticas y sociales, donde ir poniendo crucecitas para ver por dónde respira el personal, para constatar hasta qué punto fulano o zutano se ajusta al kit de pensamiento de la peña, de ésta o de la otra, es algo poco recomendable por descorazonador y destructor de respetos. Aplicárselo a uno mismo puede resultar demoledor. La excesiva coherencia, el percibir en magín ajeno un bloque sin fisuras, una doctrina sin espacio para dudas, incluso incorrecciones, es índice de escasa actividad mental autónoma. Es el retrato de alguien aburrido, incapaz de sorprender, normalmente privado de sentido del humor y, en definitiva, poco recomendable.
     Porque, con todos mis respetos, la verdad sea dicha, según para qué plan y por poner un caso, la madre Teresa de Calcuta, podría llegar a ser una compañía poco recomendable en algunos momentos.