martes, 2 de abril de 2019

Epístola mutante


A menudo procuro leer artículos científicos y algunas obras de divulgación, pues siempre reconforta saber que hay personas que trabajan para conservar y reparar el mundo y la vida, aunque por desgracia no tantas como las empeñadas en destruir ambas cosas y por hacer todo más difícil, inhumano e injusto. Algunos de estos trabajos versan sobre avances médicos y, en su conjunto, se puede constatar que se ha avanzado mucho en la parte mecánica, en el hardware —la cirugía pisa al terreno de lo milagroso—, mientras otras cosas aparentemente más sencillas dentro del apartado de chapa y pintura, como curar un sarpullido, parece que se resisten más. La programación del sistema por ahora es indescifrable. Y no será porque no se le dedican recursos, aunque más se intenta combatir la caída del pelo o el exceso de peso que males más graves pero menos rentables, pues la salud no deja de ser una industria. Le han dejado que llegue a serlo.
    Entre mis continuos asombros, que soy de letras, me paro hoy en una noticia en la que se explican algunos avances en el terreno de los trasplantes, injertos y cultivos de órganos o tejidos. Una mezcla de medicina y agricultura, como se trasluce del vocabulario utilizado. En estos terrenos viene a resultar determinante, como en toda clase de bancales, el tema del riego, el reto de alimentar esos planteles una vez trasplantados al organismo de un contribuyente. Podemos fabricar piel, incluso versiones cada vez más complejas de algunos órganos. También tomarlos prestados de otros animales a los que previamente se les hace degenerar incrustándoles genes humanos. Lo que entra por la boca es, salvo excepciones, bien recibido, al menos tolerado a corto plazo y según dosis. Incluso algunas cosas totalmente aberrantes, como el humo del tabaco, destilados alcohólicos de berzas, tubérculos y otras piltrafas, el porridge —desayuno inglés propio de tornajo—, las pizzas de piña, y hasta gin-tonics con menestra de verduras, inexplicablemente, no producen un feroz rechazo. Sin embargo, el mismo trozo de gorrino que por vía oral nos alimenta es algo que nuestro organismo repudia como cosa ajena si se nos injerta para sustituir alguna válvula o tubo averiados. Incluso podemos comer morcillas aunque no provengan de un marrano con O negativo, si ese es nuestro grupo sanguíneo, pero no inyectarnos sus ingredientes. Caprichos de la biología.
    Se puede implantar una tubería reutilizando una vena o arteria propia por donde discurra la sangre que irrigue la nueva plantación, pero imposible resulta incorporar a la red la esencial urdimbre de venillas y capilares que lleguen hasta el último rincón de la huerta. Hasta ahí no alcanza aún nuestra ingeniería biológica. Mirando estos científicos con cierta envidia la facilidad con que la naturaleza construye estas estructuras en una pámpana o en la más miserable de las plantas, una ofensa para ellos, han decidido intentar apropiarse para alimentar y oxigenar sus cultivos de la estructura capilar de una vulgar hoja de espinaca. Eliminan con detergentes las células carnosas para dejar un esqueleto reticulado por el que discurran los fluidos. Después le endosan unas células cardíacas y se obra el milagro de que el resultado sea un entramado reticular de tejido de corazón humano. Este sistema circulatorio mitad de planta, mitad de ciudadano, incluso late durante semanas alimentando las células de ese incipiente corazón de persona, que es lo que se pretendía. Un éxito parcial tan inquietante como prometedor pues estas retículas son de celulosa, algo que el organismo no rechaza. Cuando la celulosa se presenta en hojas encuadernadas y llenas de letras sí que produce aversión y disgusto en algunos organismos poco evolucionados, que huyen de ellas como de la peste en una reacción autoinmune refractaria al saber. Por ahora nadie ha conseguido implantarle en el cimborrio a un semoviente el temario de las oposiciones.
    Este sistema de esquejes y regadíos se puede emplear para otros órganos, aunque cambiando de planta según la parte del organismo que se quiera replicar. Han probado con perejil, con raíces de cacahuete, según leo, y ahora van a por el brócoli y la coliflor para sustituir el tejido más esponjoso de los pulmones. En Ottawa han utilizado células de manzana para ser rellenadas de tejido cervical. Sin discusión, —añado yo de mi cosecha—, inyectándole neuronas la nuez hará de cerebro para quien de él tenga necesidad,  pues su forma es la que tiene el de todas las gentes, incluso su tamaño el de no pocas. Se abre una huerta de posibilidades y todo apunta a que este pacto entre el reino animal y el vegetal podría solucionar los problemas ya descritos que tiene la actual bioingeniería.
    Como siempre ocurre, estas metáforas ahora posibles y reales ya fueron anticipadas por la intuición de los poetas que hablaban de bocas de fresa, tez de aceituna, ojos almendrados, mejillas de piel de melocotón al tacto con la color de los pétalos de rosa, del cimbreo cual junco con que se mueve la amada o de la polinización cruzada, tema preferente. En “Amanece que no es poco” ya vimos un bancal del que brotan señores con traje y un huertano que habla a su calabaza como si fuera un pariente mientras lía su caldo de gallina.
    También esta simbiosis con la flora es tema trillado por la sabiduría popular, que a la cabeza llamó coco o calabaza, cuando no almendra o melón, que nuez bautizó a la nuez, al corazón dio el alias de patata y adjetivó de sarmentosas a las manos nervudas. Habló el pueblo de mentes en barbecho, de malas cosechas refiriéndose a algunas generaciones o dinastías, de terrenos baldíos, manzanas podridas, frutas vanas, garbanzos negros, árboles torcidos, de la necesidad de guías y tutores y de otras muchas enseñanzas de un mundo más cercano a la tierra que el que hoy vivimos. De alguna forma ya había imaginado una eterna orgía huertana de pepinos y setas, de la coyunda de nabos con brevas o figas, sin olvidar plátanos, habas ni pepitas. Ya nos había advertido de que el arbolito desde chiquitito se endereza, y siempre se habló de piel trigueña y pelo pajizo, de panocha o de azafrán, igual que se usaron características de frutos y semillas para describir el color de los ojos, de la piel e incluso el carácter. Es un cardo o una malva. O un lechuguino. Canela en rama. O no es trigo limpio.
    Por lo dicho acerca de la celulosa resulta, según avanzan los científicos, que se podrían usar fibras vivas de madera para reconstruir huesos. Sospecho que cada uno según sus conveniencias y posibilidades: lustrosas caobas o sándalos olorosos, ébanos oscuros y amarantos violáceos para gentes con posibles, chopo y pino para los desfavorecidos; sabina para los que saben, cepas para los que beben; palosanto para los guitarristas, roble americano para los bodegueros; nogal para los serios y naranjo para los alegres; tilo para los nerviosos y canelo para los tranquilos; raíz de olivo para los viejos retorcidos y cortezudos, sequoia para los jugadores de basket, limonero para los agrios y peral para los dulces, contrachapado para los más miserables… En fin, como ahora con las cómodas y los armarios.
    Todo esto abre muchas posibilidades a la evolución, siempre dispuesta a explorar nuevas vías, unas más prometedoras o exitosas en sus productos que otras, como podemos ver en las calles y en las listas electorales, pero todas inquietantes, unas y otros. Lo primero será que el aparato digestivo aprenda a no digerirse a sí mismo. Conseguido eso, por nuestras venas reemplazadas por esqueletos de lechugas, grelos o espinacas, fluirán los habituales glóbulos rojos y blancos al lado de otros nuevos, verdes de distintos tonos, como contabilizarán los análisis de savia. Si no se acierta con la especie adecuada en los injertos algunos vecinos tendrán corteza en lugar de piel, y los más bestias desarrollarán corcho, cumpliendo la profecía anunciada por quienes les llamaban alcornoques. Unos florecerán por abril, otros vivirán un eterno barbecho y no pocos echarán raíces. Con la edad los nudos de las articulaciones habrán de ser podados pues de ellos surtirán ramas atormentadas. A las gentes del norte y de la montaña les crecerá musgo en los hombros y olerán a moho, mientras que los pobladores del más afortunado y florido sur desprenderán aromas de azahar y a su alrededor revolotearán mariposas buscando desovar en sus frondas.
    Seremos una especie híbrida, un brote verde en la estirpe de los sapiens. Además de vacunar, habremos de sulfatar a los niños, pues será necesario inmunizarlos contra el mildiu, el gorgojo de la patata, la xilella fastidiosa de los almendros, el picudo de las palmeras y la grafiosis de los olmos. Se usarán invernaderos en lugar de incubadoras y acabaremos hechos compost. También habrá quien deje de ir a trabajar en ocasiones porque tenga filoxera o esté en flor, algún análisis de savia bruta le haya detectado hiperclorofilemia, de la mala, o haya tenido que ir al podólogo a que le corten las raíces o a donde le poden unos brotes que, con la hojarasca, le tapen la vista. Los ancianos seremos atacados por la carcoma y los melancólicos se agostarán en agosto. A los más ardientes se le declararán tales incendios en la zona de los vacíos que no habrá Almax que les alivie, siendo necesario recurrir al extintor. Nos recetarán suplementos de nitrato de Chile y habrá que evitar tumbarse en la hierba a dormir la siesta bajo un árbol, por no agarrar.
    Cuando digamos que no se le pueden pedir peras al olmo, que de tal palo tal astilla o que de árbol enfermizo no esperes fruto rollizo, habrá que cuidar quién nos escucha, por no ofender a la familia. Decir que en terreno de sequío, no pongas árbol de río, será tenido por xenófobo y, en general, a la casi infinita lista actual de correcciones habrá que añadir las inconveniencias referidas al reino vegetal, ahora emparentado, aun quien sea republicano.
    En lugar de tatuajes, muchos lomos y brazos lucirán arduas tallas a gubia y primorosas labores de taracea, como un bargueño o el agujero de una guitarra. Ponerse al sol será cosa poco recomendable pues reseca la corteza y podría llevar a la ignición. A cambio nos podremos hidratar, incluso nutrir, con pediluvios. En lugar de Nivea nos untaremos con Politus y nos afeitaremos segándonos las brozas con una especie de cortacéspedes a pilas quien no se atreva a hacerlo con guadaña, que es lo suyo.
    Tal vez vegetarianos relajados y flexívoros no hagan ascos, incluso le tomen afición a esta carne clorofilada, ni chicha ni limoná, que cada vez se parecerá más al tofu, incorporando a sus semejantes al menú. Espero no vivir para verlo.
    Vale.

viernes, 15 de febrero de 2019

Epístola desocupada


    Muchas personas cuando alcanzan la jubilación, más o menos desportilladas tras una larga y a menudo monótona vida laboral, pues casi no hay de otras, se encuentran con el problema de llenar su tiempo, a ser posible de forma gratificante y con sentido. En realidad, aunque sea entonces cuando se manifiesta un  problema aparentemente nuevo, sobrevenido, sucede que la novedosa ausencia de obligaciones que antes les llenaban el tiempo y la mente, que no la vida, es lo que ahora deja al descubierto una carencia  que siempre existió. La falta de aficiones e intereses con suficiente contenido, algo compensado por las obligaciones que ahora les faltan, era algo que había convertido sus ocios en simples momentos de espera hasta volver a los expedientes o a las clases, a los albaranes, a las herramientas o al mostrador de la tienda. Ocio y negocio. No esperaban con ansia tener tiempo libre, o tal vez sí, pero cuando éste llegaba se limitaban a matarlo, una de las expresiones más crudas de nuestro idioma, tanto como la realidad que refleja, la locura de malgastar sin cuidado lo único que nunca podremos reponer, de no dar valor al único y menguante recipiente de todo lo valioso.
    Siempre queda pasear, jugar al mus o mirar obras, dicho sea por decreciente orden de conveniencia. Ordenados por ese mismo criterio, también puede uno viajar, aprender chino, leer el periódico o exiliarse en el sofá tras suscribirse a Netflix. Metidos en tecnologías, y siempre de mejor a peor, dedicarse a poner fotos de gatos en Facebook o, también allí o en Twitter, discutir e insultar si se tercia  a medio mundo defendiendo al otro medio. Yo me estoy quitando.  No dejan todas ellas de ser actividades convenientes y recomendables, con distintos grados de nobleza, salvo esta última de entrar en debates de la política tomada como religión, pues hace que suba la tensión, se acentúen las arrugas del entrecejo y conduce a perder amigos, en el caso de que alguno nos quede si hemos llegado a ese punto. Hay no pocos casos en los que algunos, enredados en la nube perversa y aparentemente protectora que estos medios digitales van urdiendo a nuestro alrededor, se sienten amparados y ocultos por sus brumas y vapores para desde allí desbarrar impunemente. Así llegan a quedar algodonosamente aislados dentro un grupo extremo de opiniones monolíticas, presas de un algoritmo pensado para la manipulación publicitaria e ideológica que rastreando afinidades, uso perverso de la estadística, les hace elementos de un coro destemplado que salmodia eternamente una sola canción. La escasez del repertorio limita al corifeo a caer en una de estas dos conclusiones: o que todo el mundo piensa igual que él y su reducido grupo, salvo algún esporádico gilipollas, sin duda facha o maoísta o, lo que es peor, que el entero mundo está en contra suya, cayendo en manías persecutorias que le hacen verse presa de turbias conspiraciones, ora de Trump, ora de Putin, según el talante de cada cual, pasada de moda la judeomasónica. Estos usan ese anonimato como trinchera o parapeto para desde allí pegar tiros verbales.
    Todos los nobles pasatiempos relacionados hasta ahora, sin intentar agotar las infinitas posibilidades que para desquiciarse ofrece el mercado, pueden resultar suficientes para ser todo lo feliz que se puede ser, dependiendo de cada cual, pero a menudo no bastan, lo que lleva a muchos a la melancolía. En casos extremos se llega a echar de menos el trabajo y llegados a ese punto es recomendable buscar asistencia profesional.
    Hay otras salidas, sin duda más útiles y benéficas, como apuntarse a alguna de las beneméritas organizaciones que ayudan a personas con problemas, bancos de alimentos, protectoras de animales u otras que se dedican a ayudar y acompañar a ancianos o a reconfortar enfermos, vamos, intentar arrimar el hombro a alguna causa noble y necesaria para la que hasta ahora no encontrábamos ocasión, como siempre nos ocurre a todos con lo importante. Lo he dejado para el final para no mezclar la matanza del tiempo con estas otras formas de darle vida, sin duda mejor opción. Queda descubrirse.
    Menos conveniente, a mi escaso juicio, es encauzar las siempre deseables ansias de arreglar el mundo hacia esas posturas rejuvenecedoras con que algunos recuperan unos largamente postergados afanes revolucionarios que nunca antes se tuvieron, cuando era edad, momento y ocasión. Suele ir aparejado este desarreglo hormonal, vital e ideológico, que les hace difícil distinguir causas de efectos y deslindar el ayer del hoy, a un desmedido afán por recordar lo que no sucedió, recuperar lo que nunca se tuvo y, no contentos con endulzar sus recuerdos, quieren hacer lo propio con los ajenos. A los 70 años uno puede hacerse vegetariano, incluso cosas más raras, pero nunca piloto de Iberia. Unos reescriben la historia para dar lustre a sus idealizadas o inventadas batallitas, otros se creen el Che con garrota y otros se hacen nacionalistas, algo que si de joven es ruta errada, encallar en tal playa a la vejez es para alquilar balcones. En Olot o en el Bonillo. Vaya en descargo de los del Bonillo que van de broma. Todo esto sea dicho, como es natural, con un admisible margen de error por mis partes.
    El trabajo diario, a veces frustrante, normalmente repetitivo y siempre obligado para los más, pues no todos podemos ser Bouvard, Pécuchet o la duquesa de Medinaceli, aunque pueda ser algo que hagamos a gusto, incluso lleguemos a pensar que sirve para algo, inevitablemente queda contaminado por la necesidad. No podemos dejar de acudir cada mañana al tajo, además demasiado temprano. Tal vez cuando lo que hoy te apetecería era acercarte al Ebro, o al Júcar a pescar cangrejos. Son expediciones hidrológicas y fluviales que no convendría dejar para después, para cuando te jubiles. Quizás entonces no tendrás fuerzas para acercarte a la orilla o ya te sienten mal los cangrejos, especialmente si se guisan como mandan los cánones, es decir, friticos con tomate, abundante pimienta y una cayena. Sin que falte un porrón de clarete de la Manchuela ni la concurrencia de un pan de Los Pocicos apuñalado con una navaja albaceteña de los hermanos Expósito. Placeres de dioses, que hay que disfrutar antes de llegar a la cuenta de que son infinitos los ofrecidos por la vida a los que, siempre demasiado pronto para su gusto, el contribuyente habrá de renunciar, más por la salud que por el precio. Malo y triste es comprender ya a destiempo que venimos teniendo por eternas cosas que no lo son, que por resultarnos accesibles  y cotidianas consideramos poco valiosas y que en el mejor de los casos, nuestro dinero podría comprar más tarde si de cosas se trata, cuando ya ni las necesitemos ni nos apetezcan, que aún es peor. Casi todo lo que más felicidad es capaz de procurarnos, especialmente aquellas cosas y presencias cuya pérdida en un breve momento siempre inesperado pueden acabar con ella, resultan ser gratuitas. Vengan con nosotros de fábrica o te conocí en la calle, las tenemos muy cerca, las vemos todos los días y a veces no les devolvemos el saludo. Resumiendo, habría que pensar siempre de esa forma en que sólo pensamos en los velatorios y que olvidamos al poco de salir de allí, dejando atrás lo que nunca volveremos a tener y que nos pareció que era para siempre. Para rebajar gradualmente el nivel de la tragedia, diremos que con un riñón o una pierna, con una casa en el pueblo e incluso con un pisto manchego, ocurre igual que con un pariente o un amigo, aunque sean amores distintos. Dicen que la naturaleza es sabia y que antes de quitarnos la vida nos quita las ganas de vivir, algo que me alivia saber, pues parafraseando a los hambrientos pupilos del licenciado Cabra, que decían que "si el comer poco alarga la vida, no he de morir nunca", si por ganas de vivir es, vamos para eternos. Igual ocurre con esas informaciones en las que se nos dice que la cerveza, el vino tinto o la cúrcuma, entre otras muchas cosas, alargan la vida a tanto por dosis, lo que echando cuentas me hace prever una duración de siglos para algunas amistades y para mí mismo, cosa que me agrada. Por contra hay otras que nos roban días de vida a cada contacto, se nos anuncia, con lo que muchos deben llevar muertos algunos lustros aunque aún bullan por las calles.
    No son mucho de fiar estas premoniciones dietéticas o libatorias, pues en otros lugares diferentes se nos dice lo contrario, de forma que lo que aquí te mata, allá te cura. Sólo se trata como siempre, deduzco, de elegir bien las lecturas. Sin caer en la simplificación del problema que supone pensar que lo que no mata engorda, llego a dos conclusiones, a saber: Una, que dado mi tonelaje, pocas viandas como que maten y muchas de las otras. Y dos, que comprobando, ya incrédulo, lo cambiante de las opiniones de la ciencia me resulta irresoluble el problema médico y moral de esos incautos que murieron, como ahora sabemos, no por comer sardinas, aceite de oliva, buen pan y vino tinto, una vez convencidos de lo pernicioso de tales maravillas, sino que la palmaron por no saber a tiempo que pocos años más tarde serían el bálsamo de Fierabrás. Claramente murieron por error cuando no les tocaba, por mal aconsejados, pues según la ciencia actual no debieron hincar el pico en el momento en el que a ello les empujó la ignorancia del momento,  espichándola por no dejar en mal lugar a la ciencia que inspiraba a quienes les marcaban la dieta. Los medícos deberían tener comandos que fueran apuntillando a los que viven por error según sus previsiones, dejando su saber en entredicho. La confianza es esencial en esa industria y no debe dejarse que cuatro indocumentados siembren la duda viviendo cuando ya no deben.
    Están en el mismo caso de aquellos que murieron excomulgados y enviados a arder en los infiernos, tras ensayarlo en la plaza, por haber defendido de forma herética cosas que hoy sabemos ciertas. No sé si las rehabilitaciones y perdones decretados siglos después por los herederos de quienes les condenaron tienen aparejada la virtualidad retroactiva de, una vez apagados los fuegos, resarcirles de los siglos de quemazón en los abismos del averno. No sé si en esos tugurios del submundo, no regidos por las leyes físicas de la superficie, se da la posibilidad de desquemar lo quemado, de dessufrir lo sufrido y de descabrear al enfadado. Unas palmadas en el cogote del chusmarrado y venga vamos, exagerado, que tampoco ha sido para tanto, les dirá Pedro Botero. Pero el Papa es infalible salvo cuando se equivoca y Alá es el más sabio, asertos que sin duda consolarán a los chamuscados que ahora se perdonan.
    Volviendo a problemas menos hondos, como era el de cómo ocupar el tiempo si uno ve que le sobra, y siempre intentando ayudar, yo sugeriría como primera providencia sacarse el carnet de la biblioteca más próxima, lugar donde desde hace siglos se prestan mundos, aventuras y vidas, algo que muchos ya llevaban haciendo a lo largo de los años, conscientes de que la suya, si se centraba en lo laboral, no era para echar cohetes. Pocas lo son, en realidad, pues se pueden contar con los dedos de una oreja los que han llevado una existencia como la de Indiana Jones, ni es menester llegar a tales extremos, pues casi siempre es conveniente buscar el más deseable término medio. Y digo casi siempre porque entre un abrazo y un asesinato, el término medio sería un par de puñaladas, por lo que no en todos los casos las equidistancias son de recibo.
    Si sugiero los libros en primer lugar es porque en ellos está todo, cualquier interés previo, activo o latente, cualquier campo del saber o de la acción, de la ciencia o del arte. Desde un libro podemos visitar el infierno sin salir del cielo, y viceversa. No propongo ni sugiero que no haya que completar esa dieta espiritual con otras actividades físicas y artísticas, ni mucho menos, pero sin caer en la actual exigencia de profesionalizar las aficiones. Si no se habían hecho  pinitos en la música, la pintura, la escritura o el cultivo de orquídeas, por poner unos ejemplos, tal vez no quepa pretender ahora llegar a ser un genio en esas actividades, cosa innecesaria. Incluso los que empezamos a tocar la guitarra, dibujar o leer de forma compulsiva mientras íbamos alcanzando el uso de razón, en la escasa medida en que lo hemos alcanzado, si cuando teníamos 16 ó 18 años no conseguimos ser unos genios en ninguna de esas cosas ya quedaba claro que nunca lo seríamos. No por eso había que dejarlas, pues nuestra normalidad no impide que hayamos llegado a hacer alguna de ellas a un nivel decente y suficiente para encontrar en su ejercicio muchas satisfacciones. La competición es con nosotros mismos y si, cada día, o cada lustro, conseguimos hacer las cosas un poco mejor de lo que antes éramos capaces, ya vamos bien. No hay que entrar en torneos ni sentirnos frustrados porque vemos que hay muchos que lo hacen mejor. Preferible es intentar aprender de ellos y sentir orgullo ajeno si es que están en nuestro entorno inmediato. Si no hacer nada es malo, sufrir porque hay quien hace mejor lo que nosotros hacemos regular aún es mucho peor. La envidia es más nociva y frustrante que la inactividad o la falta de intereses, llegando a ser destructiva y paralizante en casos extremos, aunque no infrecuentes.
    Leed, malditos, empezad a aprender a hacer algo que siempre os hubiera gustado saber hacer, no toméis pesombre y, contradiciendo a la Universidad de Cervera, caed en la funesta manía de pensar, cosa que se puede hacer desde el sofá. Y, sobre todo, reenviar este escrito a alguien que necesite leerlo más que vosotros pues, si lo habéis recibido, es que sois mis amigos y si sois mis amigos es que estos consejos os sobran.

viernes, 25 de enero de 2019

Epístola cumpleañera, literaria y borde.


   
Queridos hermanos.
    Hoy el número de mis años alcanza una cifra redonda y cantarina, sesenta y cinco, incluso provocadora para algunos de un remate rimado e inevitable. Ya la vida y los sucesivos gobiernos se van ocupando de eso, sin molestarse en métricas ni consonancias. Más que el 65 me asombra e inquieta ese 2019, que en la juventud hubiera anunciado una época lejana propia de distopías catacúmbricas y milenarismos amenazadores, en la línea de Huxley, Orwell o Wells. La realidad los ha superado, pues la imaginación se queda corta en lo tocante a unas cosas y larga para otras; el escenario es muy diferente al previsto, salvo en la vuelta recurrente de los totalitarismos y, recapitulando hoy, uno piensa que era difícil prever que avanzaríamos tanto en la tecnología como que iríamos hacia atrás en sensatez. Volvemos a caer en errores viejos, muchas veces en manos de quien para intentar curar un país empieza por pretender hacerle la autopsia, sistema que ya es antiguo entre nosotros.
    Teóricamente ahora alcanzo la edad de jubilación. De forma inusual en mí, en esta ocasión he corrido más que el Boletín Oficial del Estado y le he sacado cinco años de ventaja a sus designios. No es cosa rara pues esa revista cada vez más del corazón que del cerebro, tras las usuales pelarzas por controlar su equipo editorial, suele ir con cierto retraso respecto a los tiempos de la sociedad y de la vida. Desde allí, y no menos desde los boletines regionales, con su común prosa arisca y desarreglada, aunque a veces fabuladora y romántica, muestran los editores su poca competencia para solventar problemas, aunque no es raro que creen algunos nuevos.

Estos cinco años ganados, y no es poca ganancia la del tiempo, los he dedicado a leer mil libros, pintar mil acuarelas y tocar mil canciones, que si no he llegado a esas cifras poco habrá faltado. Además de esas cosas hechas para mi placer, también he leído diariamente la prensa, para mi disgusto. De esas lecturas, de algunos viajes y de las cavilaciones consecuentes salieron algunas epístolas, encíclicas y breves, con las que suelo martirizar a mis amigos, como es el caso y bien sabéis. Alegres las de los viajes, enrabietadas las de la actualidad y directamente rabiosas las que enlazan con la Historia, que algunos traen al presente con interesada fantasía notarial.
     Si bien esas acuarelas, epístolas y canciones son públicas, muchos otros comentarios, pensamientos y elucubraciones con que lleno a pluma cuadernos de buen papel permanecen en lo privado, pues pocas alegrías y amistades iba a proporcionarme su publicación. Mejor guardados.
    El año pasado lo inicié en la compañía de Josep Pla, y su conversación ha ocupado parte de este tiempo. La frontera del cambio anual la he cruzado de la mano de Chesterton, del que ya he hecho acopio de libros. Eso no es óbice, obstáculo, cortapisa ni valladar, que decía Forges, para frecuentar otras compañías, diversas en época, estilo y talante. Y siempre de vuelta a los mismos. Como no quiero caer en el error de recomendar lecturas, al menos no abusar, me limito a opinar que en sólo tres cuentos de Borges está casi todo dicho, al menos sugerido: “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Acercamiento a Almotásim” y “El Aleph”.
    Cada uno elija con quién, pero bueno es recordar que pulimos nuestro cerebro frotándolo con el de los demás, que decía Montaigne. Por eso hay que andar con ojo, restregarse contra seseras con fuste y solera, que algunos cerebros actuales son escofinas que en las redes sacan astillas de los cimborrios ajenos. Para mis plumas tengo piedras de Arkansas o “Pedras das Meigas”, suaves abrasivos que pulen y suavizan sus tajos, dejándolos a punto para escribir con dulzura. A mi cerebro, —segundo órgano favorito para Woody Allen, para mí un error de la evolución, aunque aún lo aprecio más que a mis estilográficas, que ya es decir—, procuro evitarle ciertos roces. Eso me lleva al problema actual de la fuga de cerebros, agravado porque hay quienes una vez fugado el suyo siguen ocupando el cargo que ostentaban cuando disponían de él, que tampoco era para echar cohetes. Por eso en muchas instituciones, entes y organismos, vemos sentados muchos cuerpos sin rastro de inteligencia ni sentido común. Incluso sin alma. Les queda sólo el instinto de pastar en el presupuesto.
    De todas formas la literatura como evasión no suele funcionar cuando aprieta el presente. Por mucho que uno recurra a antañonas obras y a preferir la inteligencia de algunos ilustres difuntos a la estulticia de muchos vivos, —parafraseando a Quevedo—, toda idea brillante y acertada es eterna, que la humanidad cambia poco y no siempre a mejor, por lo que los libros nos suelen traer de vuelta de nuestra huida a las miserias del presente. Leer que en un antiguo jardín los narcisos siempre estaban en flor, inevitablemente, nos trae a la política actual. Si en el Barón de Münchhausen tenemos noticia de quien intentaba sacarse a sí mismo del agua tirándose de la coleta, ocurre igual. No digamos al leer que los costaleros deben comer bien, o se tambalea el santo. Leer a Voltaire y saber de su Pangloss disfrutando del mejor de los mundos posibles en medio del terremoto de Lisboa nos remite de forma ineludible a Zapatero. Molière nos invita a imaginar qué personaje grotesco hubiera sacado de Jordi Pujol, que poco hubiera tenido que añadir. Sobre los que se sorprenden de llevar toda su vida hablando en prosa sin saberlo habría mil personajillos a quienes tal pasmo encajaría. Cuando Galdós en su “Doctor Centeno” nos habla de alguien que ha abusado de la horchata de cepas nos brinda la única explicación posible a algunas declaraciones o salidas de peón caminero, normalmente en formato de twit, que el magín no da para más. En esa línea, espero la publicación, seguramente en Gredos, de las obras completas de Rufián, pura achicoria argumental. Frases como garrapiñar leyes, empollar candidatos, torturar la ley y la razón en potro parlamentario, y otras similares, abundan en nuestra literatura decimonónica y nadie negará que un sinfín de hechos actuales así se verían reflejados en la prensa del día si los actuales plumíferos alcanzaran tales alturas.
    Si, buscando un extremo alejamiento de la actualidad, del mundo y de la carne, leemos una piadosa obra sobre la vida de un santo y en ella aparece una monja de la orden de las Adoratrices, nos viene al magín Artur Mas y sus enamoriscadas sores, más dignas de ingresar en manicomio que en convento. No sería raro que en algunas de esas pías lecturas, o en algún manual para el confesionario, encontrásemos referencias al pecado de solicitación, que nos remita a encuentros furtivos, obscenas proposiciones, que salen a la luz por una inoportuna y municipal rotura de tobillo entre empanadillas también caídas al suelo. Que las recoja el chiquillo. Del asunto de Caín y Abel ni hablemos.
    La novela picaresca nos parece una crónica (y no muy exagerada) del presente, y nos sigue describiendo cómo somos muchos españoles aún hoy. Incluso los que dicen no serlo encarnan más al Guzmán de Alfarache o al don Pablos del Buscón que a personajes remotos y foráneos a los que falsamente dicen parecerse. Hay quien, acariciándose las ideas y enamorado de sí mismo y de su aldea, va por ahí con careta de Luther King o de Gandhi cuando su verdadero referente es la Pícara Justina, o el Licenciado Cabra. Tal vez el licenciado Vidriera. También nos recordaría el mundo docente, mina de la que los partidos extraen algunas de estas gangas, la lectura de las andanzas del bachiller Trapaza, quintaesencia de embusteros y maestro de embelecadores. La garduña de Sevilla, polilla de las haciendas y anzuelo de las bolsas, o el escudero Marcos de Obregón, como los antes citados, son personajes que nada desentonarían en algunos grupos parlamentarios.
     Madame Bovary también nos recuerda a otra variedad de orate, arquetipo que da nombre al “bovarismo”, síndrome del que sufre una alteración del sentido de la realidad por la que una persona se considera otra diferente a la que es y no distingue entre lo existente de lo irreal. Waterloo ya les acerca a un frecuente desarreglo mental, pues también los que creen ser Napoleón abundan. Pero no viven del presupuesto, lo que les hace más soportables que el Puigdemont. Sólo saben ser el cansino y monótono ronco de la gaita y más debieran ir a biblioteca que a botica, y nunca a gobernar. El patio de Monipodio sigue existiendo, y desgraciadamente más de uno, con acentos del norte y del sur, del este y del oeste peninsulares. Incluso insulares. Ahí está la lozana andaluza, que aún no sabe quién le ha robado la cartera y manda a intentar recuperarla a quien no debe. Sobre locuras, prefiero evitar (por no mancharlo) comparar a nadie con el Quijote, pues las demencias actuales no suelen tener tan nobles intenciones. Burladores ha habido muchos en Sevilla, tantos como en otros lugares, pero el convidado de piedra es Rajoy. En Alicia en el país de las maravillas aprendemos que el significado de las palabras depende de quien manda, y en las intervenciones de líderes y liderzuelos, unos son Lope y otros Calderón. Sánchez cree ser el conde de Montecristo, el JEMAD no tiene quien le escriba, Casado declama el ser o no ser, calavera de Rajoy en mano mientras Rivera ha cruzado el Mississipi y entrado en territorio sioux en una voluntariosa novela del oeste.
    Decía Carlos Fuentes en “Todas las familias felices” que “Yo vengo de una familia en la que cada miembro dañaba de algún modo a los demás. Luego, arrepentidos, cada uno se dañaba a sí mismo”. Una familia de individualidades autónomas. García Márquez, en “Los funerales de la Mama Grande”, nos retrata muchas situaciones que hoy vivimos, cosa no nueva, gentes que inmatriculan regiones, la moral, la historia, la verdad… Perdón por la larga cita, pero él lo cuenta mejor:
    “La Mamá Grande necesitó tres horas para enumerar sus asuntos terrenales. En la sofocación de la alcoba, la voz de la moribunda parecía dignificar en su sitio cada cosa enumerada. Cuando estampó su firma balbuciente, y debajo estamparon la suya los testigos, un temblor secreto sacudió el corazón de las muchedumbres que empezaban a concentrarse frente a la casa, a la sombra de los almendros polvorientos.
    Sólo faltaba, entonces, la enumeración minuciosa de los bienes morales. Haciendo un esfuerzo supremo —el mismo que hicieron sus antepasados antes de morir para asegurar el predominio de su especie— la Mamá Grande se irguió sobre sus nalgas monumentales, y con voz dominante y sincera, abandonada a su memoria, dictó al notario la lista de su patrimonio invisible:
    La riqueza del subsuelo, las aguas territoriales, los colores de la bandera, la soberanía nacional, los partidos tradicionales, los derechos del hombre, las libertades ciudadanas, el primer magistrado, la segunda instancia, el tercer debate, las cartas de recomendación, las constancias históricas, las elecciones libres, las reinas de la belleza, los discursos trascendentales, las grandiosas manifestaciones, las distinguidas señoritas, los correctos caballeros, los pundonorosos militares, su señoría ilustrísima, la corte suprema de justicia, los artículos de prohibida importación, las damas liberales, el problema de la carne, la pureza del lenguaje, los ejemplos para el mundo, el orden jurídico, la prensa libre pero responsable, la Atenas sudamericana, la opinión pública, las lecciones democráticas, la moral cristiana, la escasez de divisas, el derecho de asilo, el peligro comunista, la nave del estado, la carestía de la vida, las tradiciones republicanas, las clases desfavorecidas, los mensajes de adhesión.
    No alcanzó a terminar. La laboriosa enumeración tronchó su último viaje. Ahogándose en el maremágnum de fórmulas abstractas que durante dos siglos constituyeron la justificación moral del poderío de la familia, la Mamá Grande emitió un sonoro eructo, y expiró”.

    Si buscamos en la Historia distracción y alejamiento, el recurso del pasado como olvido del presente, arreglados vamos sea cual sea la época elegida. La Historia sigue viva, como es natural, y deseable sería dejarle desarrollar su vida en su mundo científico, no en la actualidad canalla, pues muchos remueven las tumbas y quisieran recrear con huesos antiguos modernos Franskensteines. O utilizarlos como trofeo, siendo tan ancestral como bárbara la costumbre de alzar cabezas enemigas clavadas en la pica. Nos podemos encontrar a Jaume I el Conqueridor llamando a Lérida Lérida y Gerona a Gerona, fíjate tú. Hay quien con su cubilete esconde el dado para dar a entender que en 1714 el malvado español era Philippe de Bourbon y que el buen Casanova lo era menos. Ellos no lo veían así, pero su opinión poco cuenta si no encaja en el relato. Incluso admirando acuarelas del maestro Mariano Fortuny, de Reus, veo que firmaba como Mariano, como en casa le llamaban. Hoy, aunque él ya no lo pueda saber, se llama Marià pues lo han normalizado en rebeldía indefensa, como a tantos otros. En el otro extremo hay quien eso de la españolidad lo lleva con miras amplias o estrechas según interese, y tiene por español a Recesvinto, a Trajano o a Séneca, a Viriato y a Favila el del oso, nacionalidad que niega a Maimónides, a Averroes o a Albucasis. No digamos a Boabdil, a pesar de llevar sus ancestros —que son los mismos que los de muchos de nosotros— en Granada quinientos años más que los de Trump en Washington. Los que llevamos toda la vida interesados en estos temas, entrando en las discusiones entre Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz y sus discípulos, ponderando argumentos y razones, a menudo nos vemos, como ellos, salpicados por discusiones fuera de lugar por parte de bacterias extremófilas con patas que las usan como ascuas a las que arrimar sus políticas sardinas. Ese tipo de bacterias, muy resistentes y tenaces siempre suelen encontrar acomodo cerca de volcanes submarinos, amantes de entornos oscuros y sulfurosos.
     Ya en otro escrito anterior rememoraba a Canalejas, que si no fue, ni mucho menos, el único presidente español asesinado, sí se distinguó de los demás al ser tiroteado mirando el escaparate de una librería o saliendo de ella. Tal vez, de forma supersticiosa, desde entonces los más del gremio han dado en pensar que quien evita la ocasión evita el peligro, que los libros los carga el diablo. Pero leer a Jenofonte o a Julio César les habría enseñado que un estratega mediano nunca siembra de trampas el terreno por el que él mismo deberá moverse después. Les habría evitado a algunos custodios de la ética y moral ajenas y distraídos de la propia caer reventados por las minas que ellos sembraron, o boquear atrapados en los cepos que para otros colocaron en veredas que todo el país transita, ellos los primeros.
    Memoria de pez es la de muchos, voluntaria e interesadamente selectiva de recuerdos y de olvidos. De todas formas leo que hay unos científicos que, a base de tercos, han conseguido que un pescado en su pecera recuerde y reconozca una canción de John Lee Hooker. Investigación básica. Si consiguen hacerles expresar sí o no, podrían convertir un banco de boquerones, (eso que en español llamamos cardumen y en inglés school) en un ordenador oceánico y comestible.
    Tres gruesos volúmenes de hojas color crema, sin pautar, bien encuadernados y de un papel donde la pluma escribe sola, he llenado este año, como decía, mirando el presente con irónico disgusto, aunque todas las épocas han tenido lo suyo, que tampoco el pasado ha sido un jardín de rosas sin espinas. Pero cada uno se queja de lo que le duele. De esas notas, reflexiones y ocurrencias se nutre esta epístola moral.
Si, para terminar, uno quiere leer algo optimista, siempre puede recurrir a Steven Pinker, que en su “Defensa de la Ilustración” nos argumenta motivos para serlo pues, sin olvidar las infinitas necesidades de mejora, nos demuestra con datos que si nuestro presente no es el mejor de los mundos posibles, vivimos en el mejor que la humanidad ha conocido.
    Vale.