viernes, 15 de febrero de 2019

Epístola desocupada


    Muchas personas cuando alcanzan la jubilación, más o menos desportilladas tras una larga y a menudo monótona vida laboral, pues casi no hay de otras, se encuentran con el problema de llenar su tiempo, a ser posible de forma gratificante y con sentido. En realidad, aunque sea entonces cuando se manifiesta un  problema aparentemente nuevo, sobrevenido, sucede que la novedosa ausencia de obligaciones que antes les llenaban el tiempo y la mente, que no la vida, es lo que ahora deja al descubierto una carencia  que siempre existió. La falta de aficiones e intereses con suficiente contenido, algo compensado por las obligaciones que ahora les faltan, era algo que había convertido sus ocios en simples momentos de espera hasta volver a los expedientes o a las clases, a los albaranes, a las herramientas o al mostrador de la tienda. Ocio y negocio. No esperaban con ansia tener tiempo libre, o tal vez sí, pero cuando éste llegaba se limitaban a matarlo, una de las expresiones más crudas de nuestro idioma, tanto como la realidad que refleja, la locura de malgastar sin cuidado lo único que nunca podremos reponer, de no dar valor al único y menguante recipiente de todo lo valioso.
    Siempre queda pasear, jugar al mus o mirar obras, dicho sea por decreciente orden de conveniencia. Ordenados por ese mismo criterio, también puede uno viajar, aprender chino, leer el periódico o exiliarse en el sofá tras suscribirse a Netflix. Metidos en tecnologías, y siempre de mejor a peor, dedicarse a poner fotos de gatos en Facebook o, también allí o en Twitter, discutir e insultar si se tercia  a medio mundo defendiendo al otro medio. Yo me estoy quitando.  No dejan todas ellas de ser actividades convenientes y recomendables, con distintos grados de nobleza, salvo esta última de entrar en debates de la política tomada como religión, pues hace que suba la tensión, se acentúen las arrugas del entrecejo y conduce a perder amigos, en el caso de que alguno nos quede si hemos llegado a ese punto. Hay no pocos casos en los que algunos, enredados en la nube perversa y aparentemente protectora que estos medios digitales van urdiendo a nuestro alrededor, se sienten amparados y ocultos por sus brumas y vapores para desde allí desbarrar impunemente. Así llegan a quedar algodonosamente aislados dentro un grupo extremo de opiniones monolíticas, presas de un algoritmo pensado para la manipulación publicitaria e ideológica que rastreando afinidades, uso perverso de la estadística, les hace elementos de un coro destemplado que salmodia eternamente una sola canción. La escasez del repertorio limita al corifeo a caer en una de estas dos conclusiones: o que todo el mundo piensa igual que él y su reducido grupo, salvo algún esporádico gilipollas, sin duda facha o maoísta o, lo que es peor, que el entero mundo está en contra suya, cayendo en manías persecutorias que le hacen verse presa de turbias conspiraciones, ora de Trump, ora de Putin, según el talante de cada cual, pasada de moda la judeomasónica. Estos usan ese anonimato como trinchera o parapeto para desde allí pegar tiros verbales.
    Todos los nobles pasatiempos relacionados hasta ahora, sin intentar agotar las infinitas posibilidades que para desquiciarse ofrece el mercado, pueden resultar suficientes para ser todo lo feliz que se puede ser, dependiendo de cada cual, pero a menudo no bastan, lo que lleva a muchos a la melancolía. En casos extremos se llega a echar de menos el trabajo y llegados a ese punto es recomendable buscar asistencia profesional.
    Hay otras salidas, sin duda más útiles y benéficas, como apuntarse a alguna de las beneméritas organizaciones que ayudan a personas con problemas, bancos de alimentos, protectoras de animales u otras que se dedican a ayudar y acompañar a ancianos o a reconfortar enfermos, vamos, intentar arrimar el hombro a alguna causa noble y necesaria para la que hasta ahora no encontrábamos ocasión, como siempre nos ocurre a todos con lo importante. Lo he dejado para el final para no mezclar la matanza del tiempo con estas otras formas de darle vida, sin duda mejor opción. Queda descubrirse.
    Menos conveniente, a mi escaso juicio, es encauzar las siempre deseables ansias de arreglar el mundo hacia esas posturas rejuvenecedoras con que algunos recuperan unos largamente postergados afanes revolucionarios que nunca antes se tuvieron, cuando era edad, momento y ocasión. Suele ir aparejado este desarreglo hormonal, vital e ideológico, que les hace difícil distinguir causas de efectos y deslindar el ayer del hoy, a un desmedido afán por recordar lo que no sucedió, recuperar lo que nunca se tuvo y, no contentos con endulzar sus recuerdos, quieren hacer lo propio con los ajenos. A los 70 años uno puede hacerse vegetariano, incluso cosas más raras, pero nunca piloto de Iberia. Unos reescriben la historia para dar lustre a sus idealizadas o inventadas batallitas, otros se creen el Che con garrota y otros se hacen nacionalistas, algo que si de joven es ruta errada, encallar en tal playa a la vejez es para alquilar balcones. En Olot o en el Bonillo. Vaya en descargo de los del Bonillo que van de broma. Todo esto sea dicho, como es natural, con un admisible margen de error por mis partes.
    El trabajo diario, a veces frustrante, normalmente repetitivo y siempre obligado para los más, pues no todos podemos ser Bouvard, Pécuchet o la duquesa de Medinaceli, aunque pueda ser algo que hagamos a gusto, incluso lleguemos a pensar que sirve para algo, inevitablemente queda contaminado por la necesidad. No podemos dejar de acudir cada mañana al tajo, además demasiado temprano. Tal vez cuando lo que hoy te apetecería era acercarte al Ebro, o al Júcar a pescar cangrejos. Son expediciones hidrológicas y fluviales que no convendría dejar para después, para cuando te jubiles. Quizás entonces no tendrás fuerzas para acercarte a la orilla o ya te sienten mal los cangrejos, especialmente si se guisan como mandan los cánones, es decir, friticos con tomate, abundante pimienta y una cayena. Sin que falte un porrón de clarete de la Manchuela ni la concurrencia de un pan de Los Pocicos apuñalado con una navaja albaceteña de los hermanos Expósito. Placeres de dioses, que hay que disfrutar antes de llegar a la cuenta de que son infinitos los ofrecidos por la vida a los que, siempre demasiado pronto para su gusto, el contribuyente habrá de renunciar, más por la salud que por el precio. Malo y triste es comprender ya a destiempo que venimos teniendo por eternas cosas que no lo son, que por resultarnos accesibles  y cotidianas consideramos poco valiosas y que en el mejor de los casos, nuestro dinero podría comprar más tarde si de cosas se trata, cuando ya ni las necesitemos ni nos apetezcan, que aún es peor. Casi todo lo que más felicidad es capaz de procurarnos, especialmente aquellas cosas y presencias cuya pérdida en un breve momento siempre inesperado pueden acabar con ella, resultan ser gratuitas. Vengan con nosotros de fábrica o te conocí en la calle, las tenemos muy cerca, las vemos todos los días y a veces no les devolvemos el saludo. Resumiendo, habría que pensar siempre de esa forma en que sólo pensamos en los velatorios y que olvidamos al poco de salir de allí, dejando atrás lo que nunca volveremos a tener y que nos pareció que era para siempre. Para rebajar gradualmente el nivel de la tragedia, diremos que con un riñón o una pierna, con una casa en el pueblo e incluso con un pisto manchego, ocurre igual que con un pariente o un amigo, aunque sean amores distintos. Dicen que la naturaleza es sabia y que antes de quitarnos la vida nos quita las ganas de vivir, algo que me alivia saber, pues parafraseando a los hambrientos pupilos del licenciado Cabra, que decían que "si el comer poco alarga la vida, no he de morir nunca", si por ganas de vivir es, vamos para eternos. Igual ocurre con esas informaciones en las que se nos dice que la cerveza, el vino tinto o la cúrcuma, entre otras muchas cosas, alargan la vida a tanto por dosis, lo que echando cuentas me hace prever una duración de siglos para algunas amistades y para mí mismo, cosa que me agrada. Por contra hay otras que nos roban días de vida a cada contacto, se nos anuncia, con lo que muchos deben llevar muertos algunos lustros aunque aún bullan por las calles.
    No son mucho de fiar estas premoniciones dietéticas o libatorias, pues en otros lugares diferentes se nos dice lo contrario, de forma que lo que aquí te mata, allá te cura. Sólo se trata como siempre, deduzco, de elegir bien las lecturas. Sin caer en la simplificación del problema que supone pensar que lo que no mata engorda, llego a dos conclusiones, a saber: Una, que dado mi tonelaje, pocas viandas como que maten y muchas de las otras. Y dos, que comprobando, ya incrédulo, lo cambiante de las opiniones de la ciencia me resulta irresoluble el problema médico y moral de esos incautos que murieron, como ahora sabemos, no por comer sardinas, aceite de oliva, buen pan y vino tinto, una vez convencidos de lo pernicioso de tales maravillas, sino que la palmaron por no saber a tiempo que pocos años más tarde serían el bálsamo de Fierabrás. Claramente murieron por error cuando no les tocaba, por mal aconsejados, pues según la ciencia actual no debieron hincar el pico en el momento en el que a ello les empujó la ignorancia del momento,  espichándola por no dejar en mal lugar a la ciencia que inspiraba a quienes les marcaban la dieta. Los medícos deberían tener comandos que fueran apuntillando a los que viven por error según sus previsiones, dejando su saber en entredicho. La confianza es esencial en esa industria y no debe dejarse que cuatro indocumentados siembren la duda viviendo cuando ya no deben.
    Están en el mismo caso de aquellos que murieron excomulgados y enviados a arder en los infiernos, tras ensayarlo en la plaza, por haber defendido de forma herética cosas que hoy sabemos ciertas. No sé si las rehabilitaciones y perdones decretados siglos después por los herederos de quienes les condenaron tienen aparejada la virtualidad retroactiva de, una vez apagados los fuegos, resarcirles de los siglos de quemazón en los abismos del averno. No sé si en esos tugurios del submundo, no regidos por las leyes físicas de la superficie, se da la posibilidad de desquemar lo quemado, de dessufrir lo sufrido y de descabrear al enfadado. Unas palmadas en el cogote del chusmarrado y venga vamos, exagerado, que tampoco ha sido para tanto, les dirá Pedro Botero. Pero el Papa es infalible salvo cuando se equivoca y Alá es el más sabio, asertos que sin duda consolarán a los chamuscados que ahora se perdonan.
    Volviendo a problemas menos hondos, como era el de cómo ocupar el tiempo si uno ve que le sobra, y siempre intentando ayudar, yo sugeriría como primera providencia sacarse el carnet de la biblioteca más próxima, lugar donde desde hace siglos se prestan mundos, aventuras y vidas, algo que muchos ya llevaban haciendo a lo largo de los años, conscientes de que la suya, si se centraba en lo laboral, no era para echar cohetes. Pocas lo son, en realidad, pues se pueden contar con los dedos de una oreja los que han llevado una existencia como la de Indiana Jones, ni es menester llegar a tales extremos, pues casi siempre es conveniente buscar el más deseable término medio. Y digo casi siempre porque entre un abrazo y un asesinato, el término medio sería un par de puñaladas, por lo que no en todos los casos las equidistancias son de recibo.
    Si sugiero los libros en primer lugar es porque en ellos está todo, cualquier interés previo, activo o latente, cualquier campo del saber o de la acción, de la ciencia o del arte. Desde un libro podemos visitar el infierno sin salir del cielo, y viceversa. No propongo ni sugiero que no haya que completar esa dieta espiritual con otras actividades físicas y artísticas, ni mucho menos, pero sin caer en la actual exigencia de profesionalizar las aficiones. Si no se habían hecho  pinitos en la música, la pintura, la escritura o el cultivo de orquídeas, por poner unos ejemplos, tal vez no quepa pretender ahora llegar a ser un genio en esas actividades, cosa innecesaria. Incluso los que empezamos a tocar la guitarra, dibujar o leer de forma compulsiva mientras íbamos alcanzando el uso de razón, en la escasa medida en que lo hemos alcanzado, si cuando teníamos 16 ó 18 años no conseguimos ser unos genios en ninguna de esas cosas ya quedaba claro que nunca lo seríamos. No por eso había que dejarlas, pues nuestra normalidad no impide que hayamos llegado a hacer alguna de ellas a un nivel decente y suficiente para encontrar en su ejercicio muchas satisfacciones. La competición es con nosotros mismos y si, cada día, o cada lustro, conseguimos hacer las cosas un poco mejor de lo que antes éramos capaces, ya vamos bien. No hay que entrar en torneos ni sentirnos frustrados porque vemos que hay muchos que lo hacen mejor. Preferible es intentar aprender de ellos y sentir orgullo ajeno si es que están en nuestro entorno inmediato. Si no hacer nada es malo, sufrir porque hay quien hace mejor lo que nosotros hacemos regular aún es mucho peor. La envidia es más nociva y frustrante que la inactividad o la falta de intereses, llegando a ser destructiva y paralizante en casos extremos, aunque no infrecuentes.
    Leed, malditos, empezad a aprender a hacer algo que siempre os hubiera gustado saber hacer, no toméis pesombre y, contradiciendo a la Universidad de Cervera, caed en la funesta manía de pensar, cosa que se puede hacer desde el sofá. Y, sobre todo, reenviar este escrito a alguien que necesite leerlo más que vosotros pues, si lo habéis recibido, es que sois mis amigos y si sois mis amigos es que estos consejos os sobran.

viernes, 25 de enero de 2019

Epístola cumpleañera, literaria y borde.


   
Queridos hermanos.
    Hoy el número de mis años alcanza una cifra redonda y cantarina, sesenta y cinco, incluso provocadora para algunos de un remate rimado e inevitable. Ya la vida y los sucesivos gobiernos se van ocupando de eso, sin molestarse en métricas ni consonancias. Más que el 65 me asombra e inquieta ese 2019, que en la juventud hubiera anunciado una época lejana propia de distopías catacúmbricas y milenarismos amenazadores, en la línea de Huxley, Orwell o Wells. La realidad los ha superado, pues la imaginación se queda corta en lo tocante a unas cosas y larga para otras; el escenario es muy diferente al previsto, salvo en la vuelta recurrente de los totalitarismos y, recapitulando hoy, uno piensa que era difícil prever que avanzaríamos tanto en la tecnología como que iríamos hacia atrás en sensatez. Volvemos a caer en errores viejos, muchas veces en manos de quien para intentar curar un país empieza por pretender hacerle la autopsia, sistema que ya es antiguo entre nosotros.
    Teóricamente ahora alcanzo la edad de jubilación. De forma inusual en mí, en esta ocasión he corrido más que el Boletín Oficial del Estado y le he sacado cinco años de ventaja a sus designios. No es cosa rara pues esa revista cada vez más del corazón que del cerebro, tras las usuales pelarzas por controlar su equipo editorial, suele ir con cierto retraso respecto a los tiempos de la sociedad y de la vida. Desde allí, y no menos desde los boletines regionales, con su común prosa arisca y desarreglada, aunque a veces fabuladora y romántica, muestran los editores su poca competencia para solventar problemas, aunque no es raro que creen algunos nuevos.

Estos cinco años ganados, y no es poca ganancia la del tiempo, los he dedicado a leer mil libros, pintar mil acuarelas y tocar mil canciones, que si no he llegado a esas cifras poco habrá faltado. Además de esas cosas hechas para mi placer, también he leído diariamente la prensa, para mi disgusto. De esas lecturas, de algunos viajes y de las cavilaciones consecuentes salieron algunas epístolas, encíclicas y breves, con las que suelo martirizar a mis amigos, como es el caso y bien sabéis. Alegres las de los viajes, enrabietadas las de la actualidad y directamente rabiosas las que enlazan con la Historia, que algunos traen al presente con interesada fantasía notarial.
     Si bien esas acuarelas, epístolas y canciones son públicas, muchos otros comentarios, pensamientos y elucubraciones con que lleno a pluma cuadernos de buen papel permanecen en lo privado, pues pocas alegrías y amistades iba a proporcionarme su publicación. Mejor guardados.
    El año pasado lo inicié en la compañía de Josep Pla, y su conversación ha ocupado parte de este tiempo. La frontera del cambio anual la he cruzado de la mano de Chesterton, del que ya he hecho acopio de libros. Eso no es óbice, obstáculo, cortapisa ni valladar, que decía Forges, para frecuentar otras compañías, diversas en época, estilo y talante. Y siempre de vuelta a los mismos. Como no quiero caer en el error de recomendar lecturas, al menos no abusar, me limito a opinar que en sólo tres cuentos de Borges está casi todo dicho, al menos sugerido: “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Acercamiento a Almotásim” y “El Aleph”.
    Cada uno elija con quién, pero bueno es recordar que pulimos nuestro cerebro frotándolo con el de los demás, que decía Montaigne. Por eso hay que andar con ojo, restregarse contra seseras con fuste y solera, que algunos cerebros actuales son escofinas que en las redes sacan astillas de los cimborrios ajenos. Para mis plumas tengo piedras de Arkansas o “Pedras das Meigas”, suaves abrasivos que pulen y suavizan sus tajos, dejándolos a punto para escribir con dulzura. A mi cerebro, —segundo órgano favorito para Woody Allen, para mí un error de la evolución, aunque aún lo aprecio más que a mis estilográficas, que ya es decir—, procuro evitarle ciertos roces. Eso me lleva al problema actual de la fuga de cerebros, agravado porque hay quienes una vez fugado el suyo siguen ocupando el cargo que ostentaban cuando disponían de él, que tampoco era para echar cohetes. Por eso en muchas instituciones, entes y organismos, vemos sentados muchos cuerpos sin rastro de inteligencia ni sentido común. Incluso sin alma. Les queda sólo el instinto de pastar en el presupuesto.
    De todas formas la literatura como evasión no suele funcionar cuando aprieta el presente. Por mucho que uno recurra a antañonas obras y a preferir la inteligencia de algunos ilustres difuntos a la estulticia de muchos vivos, —parafraseando a Quevedo—, toda idea brillante y acertada es eterna, que la humanidad cambia poco y no siempre a mejor, por lo que los libros nos suelen traer de vuelta de nuestra huida a las miserias del presente. Leer que en un antiguo jardín los narcisos siempre estaban en flor, inevitablemente, nos trae a la política actual. Si en el Barón de Münchhausen tenemos noticia de quien intentaba sacarse a sí mismo del agua tirándose de la coleta, ocurre igual. No digamos al leer que los costaleros deben comer bien, o se tambalea el santo. Leer a Voltaire y saber de su Pangloss disfrutando del mejor de los mundos posibles en medio del terremoto de Lisboa nos remite de forma ineludible a Zapatero. Molière nos invita a imaginar qué personaje grotesco hubiera sacado de Jordi Pujol, que poco hubiera tenido que añadir. Sobre los que se sorprenden de llevar toda su vida hablando en prosa sin saberlo habría mil personajillos a quienes tal pasmo encajaría. Cuando Galdós en su “Doctor Centeno” nos habla de alguien que ha abusado de la horchata de cepas nos brinda la única explicación posible a algunas declaraciones o salidas de peón caminero, normalmente en formato de twit, que el magín no da para más. En esa línea, espero la publicación, seguramente en Gredos, de las obras completas de Rufián, pura achicoria argumental. Frases como garrapiñar leyes, empollar candidatos, torturar la ley y la razón en potro parlamentario, y otras similares, abundan en nuestra literatura decimonónica y nadie negará que un sinfín de hechos actuales así se verían reflejados en la prensa del día si los actuales plumíferos alcanzaran tales alturas.
    Si, buscando un extremo alejamiento de la actualidad, del mundo y de la carne, leemos una piadosa obra sobre la vida de un santo y en ella aparece una monja de la orden de las Adoratrices, nos viene al magín Artur Mas y sus enamoriscadas sores, más dignas de ingresar en manicomio que en convento. No sería raro que en algunas de esas pías lecturas, o en algún manual para el confesionario, encontrásemos referencias al pecado de solicitación, que nos remita a encuentros furtivos, obscenas proposiciones, que salen a la luz por una inoportuna y municipal rotura de tobillo entre empanadillas también caídas al suelo. Que las recoja el chiquillo. Del asunto de Caín y Abel ni hablemos.
    La novela picaresca nos parece una crónica (y no muy exagerada) del presente, y nos sigue describiendo cómo somos muchos españoles aún hoy. Incluso los que dicen no serlo encarnan más al Guzmán de Alfarache o al don Pablos del Buscón que a personajes remotos y foráneos a los que falsamente dicen parecerse. Hay quien, acariciándose las ideas y enamorado de sí mismo y de su aldea, va por ahí con careta de Luther King o de Gandhi cuando su verdadero referente es la Pícara Justina, o el Licenciado Cabra. Tal vez el licenciado Vidriera. También nos recordaría el mundo docente, mina de la que los partidos extraen algunas de estas gangas, la lectura de las andanzas del bachiller Trapaza, quintaesencia de embusteros y maestro de embelecadores. La garduña de Sevilla, polilla de las haciendas y anzuelo de las bolsas, o el escudero Marcos de Obregón, como los antes citados, son personajes que nada desentonarían en algunos grupos parlamentarios.
     Madame Bovary también nos recuerda a otra variedad de orate, arquetipo que da nombre al “bovarismo”, síndrome del que sufre una alteración del sentido de la realidad por la que una persona se considera otra diferente a la que es y no distingue entre lo existente de lo irreal. Waterloo ya les acerca a un frecuente desarreglo mental, pues también los que creen ser Napoleón abundan. Pero no viven del presupuesto, lo que les hace más soportables que el Puigdemont. Sólo saben ser el cansino y monótono ronco de la gaita y más debieran ir a biblioteca que a botica, y nunca a gobernar. El patio de Monipodio sigue existiendo, y desgraciadamente más de uno, con acentos del norte y del sur, del este y del oeste peninsulares. Incluso insulares. Ahí está la lozana andaluza, que aún no sabe quién le ha robado la cartera y manda a intentar recuperarla a quien no debe. Sobre locuras, prefiero evitar (por no mancharlo) comparar a nadie con el Quijote, pues las demencias actuales no suelen tener tan nobles intenciones. Burladores ha habido muchos en Sevilla, tantos como en otros lugares, pero el convidado de piedra es Rajoy. En Alicia en el país de las maravillas aprendemos que el significado de las palabras depende de quien manda, y en las intervenciones de líderes y liderzuelos, unos son Lope y otros Calderón. Sánchez cree ser el conde de Montecristo, el JEMAD no tiene quien le escriba, Casado declama el ser o no ser, calavera de Rajoy en mano mientras Rivera ha cruzado el Mississipi y entrado en territorio sioux en una voluntariosa novela del oeste.
    Decía Carlos Fuentes en “Todas las familias felices” que “Yo vengo de una familia en la que cada miembro dañaba de algún modo a los demás. Luego, arrepentidos, cada uno se dañaba a sí mismo”. Una familia de individualidades autónomas. García Márquez, en “Los funerales de la Mama Grande”, nos retrata muchas situaciones que hoy vivimos, cosa no nueva, gentes que inmatriculan regiones, la moral, la historia, la verdad… Perdón por la larga cita, pero él lo cuenta mejor:
    “La Mamá Grande necesitó tres horas para enumerar sus asuntos terrenales. En la sofocación de la alcoba, la voz de la moribunda parecía dignificar en su sitio cada cosa enumerada. Cuando estampó su firma balbuciente, y debajo estamparon la suya los testigos, un temblor secreto sacudió el corazón de las muchedumbres que empezaban a concentrarse frente a la casa, a la sombra de los almendros polvorientos.
    Sólo faltaba, entonces, la enumeración minuciosa de los bienes morales. Haciendo un esfuerzo supremo —el mismo que hicieron sus antepasados antes de morir para asegurar el predominio de su especie— la Mamá Grande se irguió sobre sus nalgas monumentales, y con voz dominante y sincera, abandonada a su memoria, dictó al notario la lista de su patrimonio invisible:
    La riqueza del subsuelo, las aguas territoriales, los colores de la bandera, la soberanía nacional, los partidos tradicionales, los derechos del hombre, las libertades ciudadanas, el primer magistrado, la segunda instancia, el tercer debate, las cartas de recomendación, las constancias históricas, las elecciones libres, las reinas de la belleza, los discursos trascendentales, las grandiosas manifestaciones, las distinguidas señoritas, los correctos caballeros, los pundonorosos militares, su señoría ilustrísima, la corte suprema de justicia, los artículos de prohibida importación, las damas liberales, el problema de la carne, la pureza del lenguaje, los ejemplos para el mundo, el orden jurídico, la prensa libre pero responsable, la Atenas sudamericana, la opinión pública, las lecciones democráticas, la moral cristiana, la escasez de divisas, el derecho de asilo, el peligro comunista, la nave del estado, la carestía de la vida, las tradiciones republicanas, las clases desfavorecidas, los mensajes de adhesión.
    No alcanzó a terminar. La laboriosa enumeración tronchó su último viaje. Ahogándose en el maremágnum de fórmulas abstractas que durante dos siglos constituyeron la justificación moral del poderío de la familia, la Mamá Grande emitió un sonoro eructo, y expiró”.

    Si buscamos en la Historia distracción y alejamiento, el recurso del pasado como olvido del presente, arreglados vamos sea cual sea la época elegida. La Historia sigue viva, como es natural, y deseable sería dejarle desarrollar su vida en su mundo científico, no en la actualidad canalla, pues muchos remueven las tumbas y quisieran recrear con huesos antiguos modernos Franskensteines. O utilizarlos como trofeo, siendo tan ancestral como bárbara la costumbre de alzar cabezas enemigas clavadas en la pica. Nos podemos encontrar a Jaume I el Conqueridor llamando a Lérida Lérida y Gerona a Gerona, fíjate tú. Hay quien con su cubilete esconde el dado para dar a entender que en 1714 el malvado español era Philippe de Bourbon y que el buen Casanova lo era menos. Ellos no lo veían así, pero su opinión poco cuenta si no encaja en el relato. Incluso admirando acuarelas del maestro Mariano Fortuny, de Reus, veo que firmaba como Mariano, como en casa le llamaban. Hoy, aunque él ya no lo pueda saber, se llama Marià pues lo han normalizado en rebeldía indefensa, como a tantos otros. En el otro extremo hay quien eso de la españolidad lo lleva con miras amplias o estrechas según interese, y tiene por español a Recesvinto, a Trajano o a Séneca, a Viriato y a Favila el del oso, nacionalidad que niega a Maimónides, a Averroes o a Albucasis. No digamos a Boabdil, a pesar de llevar sus ancestros —que son los mismos que los de muchos de nosotros— en Granada quinientos años más que los de Trump en Washington. Los que llevamos toda la vida interesados en estos temas, entrando en las discusiones entre Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz y sus discípulos, ponderando argumentos y razones, a menudo nos vemos, como ellos, salpicados por discusiones fuera de lugar por parte de bacterias extremófilas con patas que las usan como ascuas a las que arrimar sus políticas sardinas. Ese tipo de bacterias, muy resistentes y tenaces siempre suelen encontrar acomodo cerca de volcanes submarinos, amantes de entornos oscuros y sulfurosos.
     Ya en otro escrito anterior rememoraba a Canalejas, que si no fue, ni mucho menos, el único presidente español asesinado, sí se distinguó de los demás al ser tiroteado mirando el escaparate de una librería o saliendo de ella. Tal vez, de forma supersticiosa, desde entonces los más del gremio han dado en pensar que quien evita la ocasión evita el peligro, que los libros los carga el diablo. Pero leer a Jenofonte o a Julio César les habría enseñado que un estratega mediano nunca siembra de trampas el terreno por el que él mismo deberá moverse después. Les habría evitado a algunos custodios de la ética y moral ajenas y distraídos de la propia caer reventados por las minas que ellos sembraron, o boquear atrapados en los cepos que para otros colocaron en veredas que todo el país transita, ellos los primeros.
    Memoria de pez es la de muchos, voluntaria e interesadamente selectiva de recuerdos y de olvidos. De todas formas leo que hay unos científicos que, a base de tercos, han conseguido que un pescado en su pecera recuerde y reconozca una canción de John Lee Hooker. Investigación básica. Si consiguen hacerles expresar sí o no, podrían convertir un banco de boquerones, (eso que en español llamamos cardumen y en inglés school) en un ordenador oceánico y comestible.
    Tres gruesos volúmenes de hojas color crema, sin pautar, bien encuadernados y de un papel donde la pluma escribe sola, he llenado este año, como decía, mirando el presente con irónico disgusto, aunque todas las épocas han tenido lo suyo, que tampoco el pasado ha sido un jardín de rosas sin espinas. Pero cada uno se queja de lo que le duele. De esas notas, reflexiones y ocurrencias se nutre esta epístola moral.
Si, para terminar, uno quiere leer algo optimista, siempre puede recurrir a Steven Pinker, que en su “Defensa de la Ilustración” nos argumenta motivos para serlo pues, sin olvidar las infinitas necesidades de mejora, nos demuestra con datos que si nuestro presente no es el mejor de los mundos posibles, vivimos en el mejor que la humanidad ha conocido.
    Vale.



jueves, 6 de diciembre de 2018

Epistola constitucional, nostálgica y descojonatoria



    Compro varios periódicos, leo algunos artículos en ellos y en la prensa digital y después paso a ver en directo los actos que celebran en el Congreso de Diputados el cumpleaños de nuestra ley principal. Cuando, hoy hace cuarenta años, se aprobó esta Constitución en referéndum yo estaba en la Coruña haciendo el servicio militar. Entonces era penosamente obligatorio para los que entre nuestras muchas virtudes no se encuentra la de ser aguerrido y marcial.
    Tuvo el respaldo del 87,78% de los españoles, es decir, casi de todos. En algunas regiones la aprobaron con mayor entusiasmo, como en Cataluña, donde obtuvo el 90,5% de votos afirmativos; en otras algo menor, como entre los vascos, con sólo el 60,91, o en Castilla-La Mancha, con el 84,3, también algo menos de la media.
    Cierto es que en ese referéndum no se planteaba por separado la opción entre monarquía o república, aunque su texto expresamente pedía veredicto de respaldo  o de rechazo a una constitución que, tras 36 años de dictadura, tendría al rey Juan Carlos y a sus sucesores dinásticos como Jefes de un Estado llamado Reino de España. Miente cual bellaco, pues, quien dice que al rey nadie le ha votado, pues más del 80% eligió votar sí, pudiendo haber votado que no a esa Constitución, y con ella al rey. O aprendieron a leer después o entonces apoyaron lo que hoy rechazan, que ambas cosas entran dentro de lo posible pues así andan las mentes.
    Es error común al encarar el pasado el enjuiciarlo con ojos de hoy. Eso lleva a disparatar al hablar del descubrimiento y colonización de América, la toma de Granada o las guerras de Flandes o de Sucesión, la que llevó a cambiar Austrias por Borbones, por poner unos ejemplos. A veces ese prisma turbio y deformador que es la ideología amarga o agría épocas pasadas que no lo fueron tanto según los criterios del momento en que se vivieron o, errando igual, las dulcifica, como ocurre con la II República que ahora algunos quieren reinstaurar como fase democrática, feliz y tolerante de nuestra agitada historia. No lo fue. Una buena muerte a veces sirve para justificar una mala vida, como ocurre con Companys. Ahí entra eso que han dado en llamar Memoria Histórica, algo que busca imponer la memoria de unos a las de todos, pues no existe una memoria colectiva, sino muchas individuales y ninguna de ellas es totalmente verdadera. Eso sí, hay miles de libros, también dispares, siempre mejores que un relato oficial único elaborado por una parte. Consúltense y no se adoctrine.
    En los ’60 y ‘70 vivíamos en una España en la que, para empezar éramos jóvenes, que eso hace mucho, pues la memoria, también la propia, es selectivamente olvidadiza y filtradora de disgustos y reproches. En ella convivía lo cutre con lo ilusionante, la censura torpe y cerril con el ingenio para esquivarla, hoy escaso o nulo cuando el abanico es de 359 grados. Debatimos los límites del humor, que no debería de tenerlos, aunque sí cabría exigir la inteligencia y mesura de un babuino a quien se dedica a ello y a quienes jalean a algunos candidatos al premio encefalograma plano a tal arte. Se daba en aquellos momentos la paradoja de la total falta de libertad en unas cosas, cierto que las más serias, mientras que otras, que constituían el día a día para los más, discurrían dentro de un creativo y jubiloso desmierde parecido a la acracia, hoy inconcebible. Ahí podíamos ver a Gregorio Peces-Barba presidiendo una sesión del Congreso mientras se fumaba un Cohibas de a palmo de los ques les enviaba Fidel Castro. Una época menos correcta, pero más vital y desinhibida,  que ahora parecemos episcopalistas. Lo cierto es que entre todos cambiamos a mejor un país, que heredamos con más esperanzas que logros, con menos activos que pasivos, y que hoy resultaría irreconocible a gran parte de los niñatos que mejor dedicarían el tiempo a leer que a desmerecer lo que hicieron sus padres y sus abuelos. De él se quejan y de sus bondades disfrutan. El mundo que estos novicios ingratos, bisoños y airados, están haciendo o que sin muchas concreciones dicen desear, desdibujado e inquietante producto de sus sueños nebulosos, —que yo, aun deseando vivir muchos años, espero no tener que llegar a padecer—, les va saliendo peor. Produce más miedo que esperanza. Que lo sepan.
    Alguno ha llegado a decir que los viejos no deberíamos votar. A ellos —a los totalitarios impresentables que dicen tal cosa, no a mis coetáneos— me refiero en gran parte en este escrito, con desprecio condescendiente pero radical y fundado. La verdad es que las de abuelos y padres son generaciones que estos finos analistas que rondan el poder se saltan en su visión de España y su historia reciente, salvo para recriminarles que la herencia recibida les parece poca. Es para ellos un vino agriado con regusto a moho, de garrafa, pero que beben hasta las heces y más que hubiera. De su propia añada, mimada y afortunada cosecha humana, producto de un majuelo excepcionalmente bien regado, cuidado y abonado aunque sin tutores ni guías que les hubieran permitido crecer derechos y que ha quedado a medio sarmentar, (¡Ay, las leyes de educación!), saltan a la de sus bisabuelos y allí, en aquella guerra lejana, parecen encontrase a gusto, pues malos catadores les han llevado a apreciar mucho los rasgos varietales de la violencia y el sectarismo que entonces arrambló con todas las viñas, las de los unos y las de los otros, aunque sólo conocen tal vendimia por un posgusto que les han contado, que no catado.
    Muchas cosas hay que mejorar, que siempre es así la vida, pero la ingratitud unida a la ignorancia es cosa perversa y engañadora que me resulta insoportable. A estos semijóvenes ariscos y desagradecidos que ahora toman el mando me refiero, engreídos hasta la médula, bastante incautos, poco eficientes, escasamente leídos y nada tolerantes, que hablan del régimen del 78 como un fracaso, algo que me resulta insufrible. Entre ellos, los que han  tocado pelo gubernamental o municipal por vez primera, también van haciendo sus pinitos en el nepotismo y corrupción de sus antecesores de todas las sectas políticas. Dejo a salvo de mis recelos a la generación posterior a la de estos falsos profetas, la que debería haber empezado a trabajar hace unos años, sin duda la más perjudicada por los errores  y abusos ajenos. Entre todos conformamos una masa humana desconcertada, que da palos de ciego, airada, que busca enemigos por las esquinas y en la que todo el mundo es minoría a la que se ha convencido, para su mal y el de todos, de que es víctima de algo o de alguien, siempre en espera de reparación. Entre ese revoltijo humano que antes llamaban súbditos, luego el pueblo y ahora la ciudadanía, que cada vez queda más fino pero al que se le engaña igual, aparecen muchos abuelos, hoy revolucionarios con garrota, que eso no quita, intentando ampararse en un piadoso olvido acerca de cómo hicieron o dejaron de hacer la revolución cuando de verdad hubiera sido meritorio y necesario hacerla, no ahora, con carácter retroactivo, evidenciando ser gente con menos vergüenza y coherencia que arrojo y sentido común. La revolución rejuvenece mucho, deben pensar, aunque sea de la señorita Pepis en las mesas del casino provinciano o en el pub de moda. Llega a resultar patético cuando es algo sobrevenido y ambiental, venerable cuando auténtico y sustantivo, que te conocí ciruelo.
    Vuelvo con mis reflexiones al Congreso, donde veo sentados entre el público y juntos a los hijos de Adolfo Suárez y de Santiago Carrillo, hoy amigos, como en las Cortes de la época se sentaban como diputados o senadores La Pasionaria, Carrillo o Alberti, entre otros a los que Franco hubiera fusilado a gusto si hubiera podido. Algunos estaban recién regresados del exilio, del de verdad, no de ese con que algunos abrazafarolas desprestigian y envilecen esa noble palabra, cosa que han perpetrado con otras muchas, como preso político, mandato popular, pueblo catalán o la misma democracia, cosas que no conocen ni respetan.
    Nos recuerda la presidenta Ana Pastor en su brillante y emotivo discurso el talante democrático y conciliador de los encargados de elaborar el texto constitucional ahora hace cuatro décadas, con tres de ellos aún vivos y presentes en el acto, poseedores de esas raras virtudes que compartían con los demás representantes políticos que dieron lugar a la única constitución española que no fue sólo de una parte. Como ella no podía decirlo, que no era ocasión ni momento de reproches, añado yo que esos verdaderos hombres de estado, tal vez espoleados por el escarmiento, tan avergonzados de la miserable y fratricida guerra civil en que habían participado como orgullosos están hoy sus herederos de una versión épica y endulcorada que les han contado, atesoraban una gran generosidad y patriotismo, sentido común y lealtad, junto a una inteligencia que contrastan de forma abismal con la indigencia intelectual, ética, incluso democrática, con que muchos de los actuales líderes y lidercillos políticos nos avergüenzan a diario. Asombrado de la corrección y compostura de los asistentes al acto reparo en que hay algunos que, como Rufián, han colaborado decisivamente para que fuera una celebración decente y digna por el simple expediente de no acudir, cosa que se les agradece. Se les echa hoy tan poco de menos como normalmente demás.
    Don Santiago Carrillo era a la sazón, en los inicios de la Transición, secretario general del Partido Comunista de España, que así se llamaba por aquel entonces: español, pues aún no les daba vergüenza ni asco citar el nombre de su país, como le ocurre a Iglesias y a otros vendedores de humo y rencor, que resucitan sin embargo la palabra patria, en el sentido en que la usan los dictadores caribeños, tan de su gusto. Esto era así justo cuando La Vanguardia dejó de llamarse española, ya que los sucesivos condes de Godó, Grandes de España,  siempre se dejan llevar por los aires dominantes cuando no suponen riesgo para sus rentas. Fueron aquellos comunistas los únicos antifranquistas reales durante el franquismo, cuando serlo era cosa de riesgo y de mérito, cosa que no se les recompensó en las urnas como merecían. Yo voté al Partido Comunista de España en aquellas elecciones, cosa que hoy en día no volvería a hacer ni harto de whisky. También es cierto que ese partido histórico merecía hoy haber tenido mejor suerte que acabar diluido en ese conglomerado amorfo y populista de las mareas de Podemos, pues el PC siempre ha sido, como toda la izquierda, muy hábil en hacer lo que menos les convenia, a ellos y a todos, con eternas discusiones teológicas, riñas y purgas internas, facciones y disidencias, como se nos cuenta en la vida de Bryan. Ellos fueron prácticamente los únicos antifranquistas, aunque ahora todos presumen falsamente de haberlo sido, algo que entonces tenía sentido y no era, como hoy lo es, una pose tan estupenda como anacrónica. En 1978, en los inicios de esa Transición que atacan hoy quienes no la vivieron pero se benefician del éxito compartido de traer la democracia, que si de gentes como ellos hubiera dependido aún andaríamoa a tiros, decía don Santiago que había que abandonar enfrentamientos estériles, no perderse en irreconciliables discusiones ideológicas para centrarse en los verdaderos problemas de los españoles. A mí me da nostalgia tener que envidiar el pasado, aunque para eso está la nostalgia, tanta como vergüenza, (que también está para las ocasiones), debiera darles a los sucesores de Carrillo el dedicarse a predicar y a hacer precisamente lo que su más lúcido y escarmentado antecesor señalaba como un gran error. Nunca se les ha dado bien eso de aprender del pasado, algo imposible cuando se maquilla a gusto del potencial aprendiz.
    Tan generosa es nuestra Constitución, a mi entender en exceso, que ha permitido que en el Parlamento nacional y en los autonómicos se sienten personas y partidos que se sitúan claramente fuera de ella, llegándose al disparate de no poner freno ni siquiera a los que, amparados en esa misma ley que establece y legitima su cargo y su mandato, utilizan ambos poderes delegados para vulnerarla a su antojo, llegando a perpetrar en Cataluña algo que si no fue un intento de golpe de estado, desde luego fue de lo más parecido. Los jueces dirán, que todo lo demás sobra.
    La convivencia democrática, basada en el respeto a quien piensa distinto, incluso al que no piensa, nos obliga a sufrir en las instituciones presencias que no nos agradan, incluso que nos ofenden. Pero están allí gracias a los votos de los ciudadanos que los eligieron. Ellos sabrán, que cada votante se siente bien representado al parecer, pues no hay perro que no se parezca al amo. Pero no todo el mundo actúa igual ante personas, partidos y situaciones parecidas o idénticas, que grandes son las tragaderas que proporciona la ideología, lo que evidencia que algunos presumen de demócratas sin serlo. Conviven, abrazan, aplauden o votan a partidos con posturas xenófobas, que quieren imponer nacionalismos ombliguistas y excluyentes, grupos que son realmente una derecha extrema agazapada tras una bandera regional tuneada, para muchos más simpática que la nacional, y que resultan ser los únicos neofascistas con mando en plaza en la España actual. Tampoco hacen ascos a antiguos terroristas o a quienes los defienden o justifican aun hoy, siempre dejando claro que abominan de las dictaduras de derechas, algo en lo que coincidimos, aunque ellos adoran y añoran dictaduras de la zurda o siniestra cuerda, la suya, expulsándonos a muchos de la izquierda, llegando a incorporar en sus listas de forma infame a algunos acreditados asesinos, haciendo imposible con esas y otras cosas que muchos les votemos. Hay que tener cuajo. Eso es una de las cosas que nos separan, que nos hace paralelos, pues nunca llegaremos a encontrarnos. Estamos en trincheras distintas.
    No esperaban reacción ante estos disparates y ahora se alarman de que aparezca en respuesta a su propio extremismo un grupo de derecha radical, un espejo en el otro extremo con propuestas simétricas y equiparables a esas que ellos habitualmente vienen defendiendo o apoyando. Cierto es que viniendo de la izquierda todo parece estar bien para ellos. Como venían llamando fachas al 80% de la población y extrema derecha a toda persona o grupo más centrado y razonable que ellos, se les acabaron hace tiempo los calificativos, pues salvo ellos mismos en su mismidad, todo era despreciable e ilegítimo.
    Tienen el problema muchos de que sólo pensar ya les duele, lo que les aleja de la realidad, desoyendo los consejos de Santiago Carrillo. Su sectarismo los aísla y mantiene inmersos cada uno en su nube y en su burbuja social e ideológica, centrados en sus fobias y en sus dogmas. En lugar de ver qué han hecho mal, que es mucho, tocan en sus campanas a arrebato antifascista y llaman a los más manipulables, muchos de ellos aún con la mochila de la escuela a la espalda, a salir a las calles a “luchar” contra un resultado electoral que no les gusta. Espero que no se tengan que arrepentir, aunque es disparate que los retrata definitivamente como totalitarios. Lo son tanto o más que los que les alarman ahora, los de VOX. Mudas han tenido esas campanas ante envites, más graves por reales y viables, a la ley, la convivencia y la igualdad. Ahora pagan en las urnas andaluzas su silencio y su complicidad ante esos desmanes. Y se avecinan muchas elecciones, de ahí su cara descompuesta y su histeria.
    A ver si aprenden, se ocupan de lo preocupante y perentorio y se dan cuenta de que lo que a ellos les parece principal, el dominio ideológico, para una mayoría es irrelevante. Cuando llega fin de mes y muchos no llegamos a él, cuando nuestros hijos o no tienen trabajo o se les paga miserablemente, cuando vemos que estos revolucionarios de salón se muestran incapaces de superar los listones éticos que cacarearon para los demás, sembrando un campo de minas que pocos españoles, y ellos menos, podrían cruzar sin grave riesgo, lo que menos nos preocupa es una momia, una cruz y un valle, la redaccción de una novela histórica apañadita a sus gustos o elegir a uno de ellos como Jefe del Estado en lugar del rey. Evidentemente este rey es mejor que ninguno de los que estos oportunistas preferirían. Lógicamente su visión es diferente a la mía, en ésta como en tantas cosas, empezando por el concepto de libertad, pues ellos reprochan al rey Felipe un discurso que yo le agradezco infinitamente, mostrando de paso la diferencia abismal entre su dignidad y peso político y la insignificancia de muchos de los que le atacan y quieren reemplazarle en el cargo.
    Descendiendo al nivel local, en Albacete han plantado por la efeméride constitucional una enorme bandera de España en un lugar muy céntrico, que la veo al doblar la esquina, y me alegro. Tres Eurofighter de la base aérea local sobrevolaron el acto. Hay veces que treinta cazas armados de misiles sobrevuelan nuestros tejados en prácticas rutinarias o en maniobras internacionales. Ayer, desviar para pasar sobre la bandera a tres de los que casi todos los días sobrevuelan la ciudad y su entorno es cosa que pareció a algunos injustificable dispendio, además de inusitado y molestísimo ruido. No digamos el gastazo de la bandera. Llegan a hablar de ofensa y provocación. Me han convencido totalmente sus argumentos. Sobre todo los de aquellos que me tienen acostumbrado a escuchar sus quejas sobre cientos de alcaldes y concejales cuya única función en algunos lugares, de  cuyo nombre no  quiero acordarme, es quitar banderas de España del balcón del ayuntamiento para poner otras no nacionales ni regionales, sino de partido, ilegal abuso que ofende y ataca a la mitad de sus conciudadanos. También ensordecía el volumen de los lamentos y su amargo disgusto por la derrochatriz práctica de Sánchez de usar un avión militar para irse a Castellón a un concierto con la peña o a una reunión a cien kilómetros, cosa ya rutinaria, a la que sin embargo  tal vez haya que aplicarle la misma justificación de que volarían de todos modos. Me han convencido todos los que habían hecho eso, es decir, ninguno de ellos. Y lo lamento, porque entre los que se han sentido molestos, incluso ofendidos por esta bandera nacional, hay algunos amigos a los que aprecio y respeto, incluso admiro las destilaciones de una parte de su cerebro. De esta otra desde luego no. Algunos de ellos también se opusieron con elocuentes argumentos a la conveniencia de que un edificio histórico ya adquirido por la ciudad se convirtiera en un Museo de Arte Realista con un abundante fondo inicial de Antonio López, algo que aún no he conseguido explicarme. Sólo barrunto que el problema es que no se les ocurrió a los que debería habérseles ocurrido. Cuando al pasar por la punta del parque vea esa hermosa bandera ondear, será una alegría para mí. Como lo sería poder ver desde allí ese museo despreciado por las fuerzas vivas de la cultura local. Quien no quiera ver bandera o museo siempre puede dar un rodeo.
   Muchos hay en España, entre ellos yo, esperando poder votar a un partido razonable, humano, justo, sensible a los verdaderos problemas de los ciudadanos, exigente con los fuertes y protector de los débiles, defensor de la igualdad de derechos y de oportunidades, pues no sé de otras; uno que no venda esos derechos para dar a unos privilegios y a otros olvido en función de las rentas electorales o a cambio de permanecer en el poder, que no intente controlar la justicia, que priorice una educación de calidad y no adoctrinadora, una sanidad universal; alguien que sea lo suficientemente capaz como para no necesitar cien asesores, su pareja entre ellos, gente austera que gaste el dinero de todos con cuidado y bajo mil lupas externas, que acabe con la despoblación de media España, alguien que piense en el futuro no en las próximas elecciones, que no fragmente a los ciudadanos en minorías enfrentadas por identidades, agravios y victimismos imaginarios, que piense y me hable del 2040 no de 1936, que si quiere una historia propia escriba un libro, que sepa que sus fobias, sus fijaciones, sus memorias, sus olvidos, sus rencores y sus dogmas heredados del abuelo son cosa únicamente suya que debe sufrir en silencio o ir al psiquiatra, no pretender imponerlas a un país que no es suyo ni de los suyos, que asuma y enseñe a su banda a asumir que nadie les debe nada, que no exija a los demás una decencia de la que carecen, que no den ni pidan certificados de buena conducta, que no nos llamen fachas o rojos peligrosos a los que pensamos distinto a ellos, o simplemente pensamos... Y así tantas cosas, creo que asumibles y deseadas por una mayoría y que pueden resumirse en pedirles que no nos tomen por tontos. Por eso no he votado en algunas elecciones. La corrupción es perversa. La ineficacia y el derroche son demoledores. El postureo es la guinda. 
   Si alguien conoce un partido así, aunque sea lejanamente parecido, por favor, infórmeme. Absténganse alborotadores, profetas, contables sin corazón, pacifistas violentos, ecologistas en 4x4, maltratadores de perros, amigos de asesinos, gurús, calvinistas, meapilas o comecuras, desequilibrados, nacionalistas, gentes que sólo hayan leído un libro o que no les guste la música y el arte en general, integristas varios, violentos, equidistantes, melifluos, buenistas ni malistas. Cuando se presente San Francisco de Asís me avisan, por favor, y mientras no hagan tanto ruido.

Vale.