jueves, 6 de diciembre de 2018

Epistola constitucional, nostálgica y descojonatoria



    Compro varios periódicos, leo algunos artículos en ellos y en la prensa digital y después paso a ver en directo los actos que celebran en el Congreso de Diputados el cumpleaños de nuestra ley principal. Cuando, hoy hace cuarenta años, se aprobó esta Constitución en referéndum yo estaba en la Coruña haciendo el servicio militar. Entonces era penosamente obligatorio para los que entre nuestras muchas virtudes no se encuentra la de ser aguerrido y marcial.
    Tuvo el respaldo del 87,78% de los españoles, es decir, casi de todos. En algunas regiones la aprobaron con mayor entusiasmo, como en Cataluña, donde obtuvo el 90,5% de votos afirmativos; en otras algo menor, como entre los vascos, con sólo el 60,91, o en Castilla-La Mancha, con el 84,3, también algo menos de la media.
    Cierto es que en ese referéndum no se planteaba por separado la opción entre monarquía o república, aunque su texto expresamente pedía veredicto de respaldo  o de rechazo a una constitución que, tras 36 años de dictadura, tendría al rey Juan Carlos y a sus sucesores dinásticos como Jefes de un Estado llamado Reino de España. Miente cual bellaco, pues, quien dice que al rey nadie le ha votado, pues más del 80% eligió votar sí, pudiendo haber votado que no a esa Constitución, y con ella al rey. O aprendieron a leer después o entonces apoyaron lo que hoy rechazan, que ambas cosas entran dentro de lo posible pues así andan las mentes.
    Es error común al encarar el pasado el enjuiciarlo con ojos de hoy. Eso lleva a disparatar al hablar del descubrimiento y colonización de América, la toma de Granada o las guerras de Flandes o de Sucesión, la que llevó a cambiar Austrias por Borbones, por poner unos ejemplos. A veces ese prisma turbio y deformador que es la ideología amarga o agría épocas pasadas que no lo fueron tanto según los criterios del momento en que se vivieron o, errando igual, las dulcifica, como ocurre con la II República que ahora algunos quieren reinstaurar como fase democrática, feliz y tolerante de nuestra agitada historia. No lo fue. Una buena muerte a veces sirve para justificar una mala vida, como ocurre con Companys. Ahí entra eso que han dado en llamar Memoria Histórica, algo que busca imponer la memoria de unos a las de todos, pues no existe una memoria colectiva, sino muchas individuales y ninguna de ellas es totalmente verdadera. Eso sí, hay miles de libros, también dispares, siempre mejores que un relato oficial único elaborado por una parte. Consúltense y no se adoctrine.
    En los ’60 y ‘70 vivíamos en una España en la que, para empezar éramos jóvenes, que eso hace mucho, pues la memoria, también la propia, es selectivamente olvidadiza y filtradora de disgustos y reproches. En ella convivía lo cutre con lo ilusionante, la censura torpe y cerril con el ingenio para esquivarla, hoy escaso o nulo cuando el abanico es de 359 grados. Debatimos los límites del humor, que no debería de tenerlos, aunque sí cabría exigir la inteligencia y mesura de un babuino a quien se dedica a ello y a quienes jalean a algunos candidatos al premio encefalograma plano a tal arte. Se daba en aquellos momentos la paradoja de la total falta de libertad en unas cosas, cierto que las más serias, mientras que otras, que constituían el día a día para los más, discurrían dentro de un creativo y jubiloso desmierde parecido a la acracia, hoy inconcebible. Ahí podíamos ver a Gregorio Peces-Barba presidiendo una sesión del Congreso mientras se fumaba un Cohibas de a palmo de los ques les enviaba Fidel Castro. Una época menos correcta, pero más vital y desinhibida,  que ahora parecemos episcopalistas. Lo cierto es que entre todos cambiamos a mejor un país, que heredamos con más esperanzas que logros, con menos activos que pasivos, y que hoy resultaría irreconocible a gran parte de los niñatos que mejor dedicarían el tiempo a leer que a desmerecer lo que hicieron sus padres y sus abuelos. De él se quejan y de sus bondades disfrutan. El mundo que estos novicios ingratos, bisoños y airados, están haciendo o que sin muchas concreciones dicen desear, desdibujado e inquietante producto de sus sueños nebulosos, —que yo, aun deseando vivir muchos años, espero no tener que llegar a padecer—, les va saliendo peor. Produce más miedo que esperanza. Que lo sepan.
    Alguno ha llegado a decir que los viejos no deberíamos votar. A ellos —a los totalitarios impresentables que dicen tal cosa, no a mis coetáneos— me refiero en gran parte en este escrito, con desprecio condescendiente pero radical y fundado. La verdad es que las de abuelos y padres son generaciones que estos finos analistas que rondan el poder se saltan en su visión de España y su historia reciente, salvo para recriminarles que la herencia recibida les parece poca. Es para ellos un vino agriado con regusto a moho, de garrafa, pero que beben hasta las heces y más que hubiera. De su propia añada, mimada y afortunada cosecha humana, producto de un majuelo excepcionalmente bien regado, cuidado y abonado aunque sin tutores ni guías que les hubieran permitido crecer derechos y que ha quedado a medio sarmentar, (¡Ay, las leyes de educación!), saltan a la de sus bisabuelos y allí, en aquella guerra lejana, parecen encontrase a gusto, pues malos catadores les han llevado a apreciar mucho los rasgos varietales de la violencia y el sectarismo que entonces arrambló con todas las viñas, las de los unos y las de los otros, aunque sólo conocen tal vendimia por un posgusto que les han contado, que no catado.
    Muchas cosas hay que mejorar, que siempre es así la vida, pero la ingratitud unida a la ignorancia es cosa perversa y engañadora que me resulta insoportable. A estos semijóvenes ariscos y desagradecidos que ahora toman el mando me refiero, engreídos hasta la médula, bastante incautos, poco eficientes, escasamente leídos y nada tolerantes, que hablan del régimen del 78 como un fracaso, algo que me resulta insufrible. Entre ellos, los que han  tocado pelo gubernamental o municipal por vez primera, también van haciendo sus pinitos en el nepotismo y corrupción de sus antecesores de todas las sectas políticas. Dejo a salvo de mis recelos a la generación posterior a la de estos falsos profetas, la que debería haber empezado a trabajar hace unos años, sin duda la más perjudicada por los errores  y abusos ajenos. Entre todos conformamos una masa humana desconcertada, que da palos de ciego, airada, que busca enemigos por las esquinas y en la que todo el mundo es minoría a la que se ha convencido, para su mal y el de todos, de que es víctima de algo o de alguien, siempre en espera de reparación. Entre ese revoltijo humano que antes llamaban súbditos, luego el pueblo y ahora la ciudadanía, que cada vez queda más fino pero al que se le engaña igual, aparecen muchos abuelos, hoy revolucionarios con garrota, que eso no quita, intentando ampararse en un piadoso olvido acerca de cómo hicieron o dejaron de hacer la revolución cuando de verdad hubiera sido meritorio y necesario hacerla, no ahora, con carácter retroactivo, evidenciando ser gente con menos vergüenza y coherencia que arrojo y sentido común. La revolución rejuvenece mucho, deben pensar, aunque sea de la señorita Pepis en las mesas del casino provinciano o en el pub de moda. Llega a resultar patético cuando es algo sobrevenido y ambiental, venerable cuando auténtico y sustantivo, que te conocí ciruelo.
    Vuelvo con mis reflexiones al Congreso, donde veo sentados entre el público y juntos a los hijos de Adolfo Suárez y de Santiago Carrillo, hoy amigos, como en las Cortes de la época se sentaban como diputados o senadores La Pasionaria, Carrillo o Alberti, entre otros a los que Franco hubiera fusilado a gusto si hubiera podido. Algunos estaban recién regresados del exilio, del de verdad, no de ese con que algunos abrazafarolas desprestigian y envilecen esa noble palabra, cosa que han perpetrado con otras muchas, como preso político, mandato popular, pueblo catalán o la misma democracia, cosas que no conocen ni respetan.
    Nos recuerda la presidenta Ana Pastor en su brillante y emotivo discurso el talante democrático y conciliador de los encargados de elaborar el texto constitucional ahora hace cuatro décadas, con tres de ellos aún vivos y presentes en el acto, poseedores de esas raras virtudes que compartían con los demás representantes políticos que dieron lugar a la única constitución española que no fue sólo de una parte. Como ella no podía decirlo, que no era ocasión ni momento de reproches, añado yo que esos verdaderos hombres de estado, tal vez espoleados por el escarmiento, tan avergonzados de la miserable y fratricida guerra civil en que habían participado como orgullosos están hoy sus herederos de una versión épica y endulcorada que les han contado, atesoraban una gran generosidad y patriotismo, sentido común y lealtad, junto a una inteligencia que contrastan de forma abismal con la indigencia intelectual, ética, incluso democrática, con que muchos de los actuales líderes y lidercillos políticos nos avergüenzan a diario. Asombrado de la corrección y compostura de los asistentes al acto reparo en que hay algunos que, como Rufián, han colaborado decisivamente para que fuera una celebración decente y digna por el simple expediente de no acudir, cosa que se les agradece. Se les echa hoy tan poco de menos como normalmente demás.
    Don Santiago Carrillo era a la sazón, en los inicios de la Transición, secretario general del Partido Comunista de España, que así se llamaba por aquel entonces: español, pues aún no les daba vergüenza ni asco citar el nombre de su país, como le ocurre a Iglesias y a otros vendedores de humo y rencor, que resucitan sin embargo la palabra patria, en el sentido en que la usan los dictadores caribeños, tan de su gusto. Esto era así justo cuando La Vanguardia dejó de llamarse española, ya que los sucesivos condes de Godó, Grandes de España,  siempre se dejan llevar por los aires dominantes cuando no suponen riesgo para sus rentas. Fueron aquellos comunistas los únicos antifranquistas reales durante el franquismo, cuando serlo era cosa de riesgo y de mérito, cosa que no se les recompensó en las urnas como merecían. Yo voté al Partido Comunista de España en aquellas elecciones, cosa que hoy en día no volvería a hacer ni harto de whisky. También es cierto que ese partido histórico merecía hoy haber tenido mejor suerte que acabar diluido en ese conglomerado amorfo y populista de las mareas de Podemos, pues el PC siempre ha sido, como toda la izquierda, muy hábil en hacer lo que menos les convenia, a ellos y a todos, con eternas discusiones teológicas, riñas y purgas internas, facciones y disidencias, como se nos cuenta en la vida de Bryan. Ellos fueron prácticamente los únicos antifranquistas, aunque ahora todos presumen falsamente de haberlo sido, algo que entonces tenía sentido y no era, como hoy lo es, una pose tan estupenda como anacrónica. En 1978, en los inicios de esa Transición que atacan hoy quienes no la vivieron pero se benefician del éxito compartido de traer la democracia, que si de gentes como ellos hubiera dependido aún andaríamoa a tiros, decía don Santiago que había que abandonar enfrentamientos estériles, no perderse en irreconciliables discusiones ideológicas para centrarse en los verdaderos problemas de los españoles. A mí me da nostalgia tener que envidiar el pasado, aunque para eso está la nostalgia, tanta como vergüenza, (que también está para las ocasiones), debiera darles a los sucesores de Carrillo el dedicarse a predicar y a hacer precisamente lo que su más lúcido y escarmentado antecesor señalaba como un gran error. Nunca se les ha dado bien eso de aprender del pasado, algo imposible cuando se maquilla a gusto del potencial aprendiz.
    Tan generosa es nuestra Constitución, a mi entender en exceso, que ha permitido que en el Parlamento nacional y en los autonómicos se sienten personas y partidos que se sitúan claramente fuera de ella, llegándose al disparate de no poner freno ni siquiera a los que, amparados en esa misma ley que establece y legitima su cargo y su mandato, utilizan ambos poderes delegados para vulnerarla a su antojo, llegando a perpetrar en Cataluña algo que si no fue un intento de golpe de estado, desde luego fue de lo más parecido. Los jueces dirán, que todo lo demás sobra.
    La convivencia democrática, basada en el respeto a quien piensa distinto, incluso al que no piensa, nos obliga a sufrir en las instituciones presencias que no nos agradan, incluso que nos ofenden. Pero están allí gracias a los votos de los ciudadanos que los eligieron. Ellos sabrán, que cada votante se siente bien representado al parecer, pues no hay perro que no se parezca al amo. Pero no todo el mundo actúa igual ante personas, partidos y situaciones parecidas o idénticas, que grandes son las tragaderas que proporciona la ideología, lo que evidencia que algunos presumen de demócratas sin serlo. Conviven, abrazan, aplauden o votan a partidos con posturas xenófobas, que quieren imponer nacionalismos ombliguistas y excluyentes, grupos que son realmente una derecha extrema agazapada tras una bandera regional tuneada, para muchos más simpática que la nacional, y que resultan ser los únicos neofascistas con mando en plaza en la España actual. Tampoco hacen ascos a antiguos terroristas o a quienes los defienden o justifican aun hoy, siempre dejando claro que abominan de las dictaduras de derechas, algo en lo que coincidimos, aunque ellos adoran y añoran dictaduras de la zurda o siniestra cuerda, la suya, expulsándonos a muchos de la izquierda, llegando a incorporar en sus listas de forma infame a algunos acreditados asesinos, haciendo imposible con esas y otras cosas que muchos les votemos. Hay que tener cuajo. Eso es una de las cosas que nos separan, que nos hace paralelos, pues nunca llegaremos a encontrarnos. Estamos en trincheras distintas.
    No esperaban reacción ante estos disparates y ahora se alarman de que aparezca en respuesta a su propio extremismo un grupo de derecha radical, un espejo en el otro extremo con propuestas simétricas y equiparables a esas que ellos habitualmente vienen defendiendo o apoyando. Cierto es que viniendo de la izquierda todo parece estar bien para ellos. Como venían llamando fachas al 80% de la población y extrema derecha a toda persona o grupo más centrado y razonable que ellos, se les acabaron hace tiempo los calificativos, pues salvo ellos mismos en su mismidad, todo era despreciable e ilegítimo.
    Tienen el problema muchos de que sólo pensar ya les duele, lo que les aleja de la realidad, desoyendo los consejos de Santiago Carrillo. Su sectarismo los aísla y mantiene inmersos cada uno en su nube y en su burbuja social e ideológica, centrados en sus fobias y en sus dogmas. En lugar de ver qué han hecho mal, que es mucho, tocan en sus campanas a arrebato antifascista y llaman a los más manipulables, muchos de ellos aún con la mochila de la escuela a la espalda, a salir a las calles a “luchar” contra un resultado electoral que no les gusta. Espero que no se tengan que arrepentir, aunque es disparate que los retrata definitivamente como totalitarios. Lo son tanto o más que los que les alarman ahora, los de VOX. Mudas han tenido esas campanas ante envites, más graves por reales y viables, a la ley, la convivencia y la igualdad. Ahora pagan en las urnas andaluzas su silencio y su complicidad ante esos desmanes. Y se avecinan muchas elecciones, de ahí su cara descompuesta y su histeria.
    A ver si aprenden, se ocupan de lo preocupante y perentorio y se dan cuenta de que lo que a ellos les parece principal, el dominio ideológico, para una mayoría es irrelevante. Cuando llega fin de mes y muchos no llegamos a él, cuando nuestros hijos o no tienen trabajo o se les paga miserablemente, cuando vemos que estos revolucionarios de salón se muestran incapaces de superar los listones éticos que cacarearon para los demás, sembrando un campo de minas que pocos españoles, y ellos menos, podrían cruzar sin grave riesgo, lo que menos nos preocupa es una momia, una cruz y un valle, la redaccción de una novela histórica apañadita a sus gustos o elegir a uno de ellos como Jefe del Estado en lugar del rey. Evidentemente este rey es mejor que ninguno de los que estos oportunistas preferirían. Lógicamente su visión es diferente a la mía, en ésta como en tantas cosas, empezando por el concepto de libertad, pues ellos reprochan al rey Felipe un discurso que yo le agradezco infinitamente, mostrando de paso la diferencia abismal entre su dignidad y peso político y la insignificancia de muchos de los que le atacan y quieren reemplazarle en el cargo.
    Descendiendo al nivel local, en Albacete han plantado por la efeméride constitucional una enorme bandera de España en un lugar muy céntrico, que la veo al doblar la esquina, y me alegro. Tres Eurofighter de la base aérea local sobrevolaron el acto. Hay veces que treinta cazas armados de misiles sobrevuelan nuestros tejados en prácticas rutinarias o en maniobras internacionales. Ayer, desviar para pasar sobre la bandera a tres de los que casi todos los días sobrevuelan la ciudad y su entorno es cosa que pareció a algunos injustificable dispendio, además de inusitado y molestísimo ruido. No digamos el gastazo de la bandera. Llegan a hablar de ofensa y provocación. Me han convencido totalmente sus argumentos. Sobre todo los de aquellos que me tienen acostumbrado a escuchar sus quejas sobre cientos de alcaldes y concejales cuya única función en algunos lugares, de  cuyo nombre no  quiero acordarme, es quitar banderas de España del balcón del ayuntamiento para poner otras no nacionales ni regionales, sino de partido, ilegal abuso que ofende y ataca a la mitad de sus conciudadanos. También ensordecía el volumen de los lamentos y su amargo disgusto por la derrochatriz práctica de Sánchez de usar un avión militar para irse a Castellón a un concierto con la peña o a una reunión a cien kilómetros, cosa ya rutinaria, a la que sin embargo  tal vez haya que aplicarle la misma justificación de que volarían de todos modos. Me han convencido todos los que habían hecho eso, es decir, ninguno de ellos. Y lo lamento, porque entre los que se han sentido molestos, incluso ofendidos por esta bandera nacional, hay algunos amigos a los que aprecio y respeto, incluso admiro las destilaciones de una parte de su cerebro. De esta otra desde luego no. Algunos de ellos también se opusieron con elocuentes argumentos a la conveniencia de que un edificio histórico ya adquirido por la ciudad se convirtiera en un Museo de Arte Realista con un abundante fondo inicial de Antonio López, algo que aún no he conseguido explicarme. Sólo barrunto que el problema es que no se les ocurrió a los que debería habérseles ocurrido. Cuando al pasar por la punta del parque vea esa hermosa bandera ondear, será una alegría para mí. Como lo sería poder ver desde allí ese museo despreciado por las fuerzas vivas de la cultura local. Quien no quiera ver bandera o museo siempre puede dar un rodeo.
   Muchos hay en España, entre ellos yo, esperando poder votar a un partido razonable, humano, justo, sensible a los verdaderos problemas de los ciudadanos, exigente con los fuertes y protector de los débiles, defensor de la igualdad de derechos y de oportunidades, pues no sé de otras; uno que no venda esos derechos para dar a unos privilegios y a otros olvido en función de las rentas electorales o a cambio de permanecer en el poder, que no intente controlar la justicia, que priorice una educación de calidad y no adoctrinadora, una sanidad universal; alguien que sea lo suficientemente capaz como para no necesitar cien asesores, su pareja entre ellos, gente austera que gaste el dinero de todos con cuidado y bajo mil lupas externas, que acabe con la despoblación de media España, alguien que piense en el futuro no en las próximas elecciones, que no fragmente a los ciudadanos en minorías enfrentadas por identidades, agravios y victimismos imaginarios, que piense y me hable del 2040 no de 1936, que si quiere una historia propia escriba un libro, que sepa que sus fobias, sus fijaciones, sus memorias, sus olvidos, sus rencores y sus dogmas heredados del abuelo son cosa únicamente suya que debe sufrir en silencio o ir al psiquiatra, no pretender imponerlas a un país que no es suyo ni de los suyos, que asuma y enseñe a su banda a asumir que nadie les debe nada, que no exija a los demás una decencia de la que carecen, que no den ni pidan certificados de buena conducta, que no nos llamen fachas o rojos peligrosos a los que pensamos distinto a ellos, o simplemente pensamos... Y así tantas cosas, creo que asumibles y deseadas por una mayoría y que pueden resumirse en pedirles que no nos tomen por tontos. Por eso no he votado en algunas elecciones. La corrupción es perversa. La ineficacia y el derroche son demoledores. El postureo es la guinda. 
   Si alguien conoce un partido así, aunque sea lejanamente parecido, por favor, infórmeme. Absténganse alborotadores, profetas, contables sin corazón, pacifistas violentos, ecologistas en 4x4, maltratadores de perros, amigos de asesinos, gurús, calvinistas, meapilas o comecuras, desequilibrados, nacionalistas, gentes que sólo hayan leído un libro o que no les guste la música y el arte en general, integristas varios, violentos, equidistantes, melifluos, buenistas ni malistas. Cuando se presente San Francisco de Asís me avisan, por favor, y mientras no hagan tanto ruido.

Vale.

lunes, 29 de octubre de 2018

Epistolilla ferroviaria

    Cuando una actividad o un servicio es rentable a corto o medio plazo las empresas privadas se lanzan a cubrir el hueco atraidas por la posibilidad clara de negocio. Es su función y su naturaleza, nada que objetar. Siempre que no muevan sus hilos para eliminar posibles competidores, entre ellos el propio Estado, pues su innata tendencia es hacia el monopolio y a una regulación tan beneficiosa para ellos como nociva para los usuarios. Los más ardientes defensores del libre mercado, los que desearían un Estado ausente en toda actividad económica y que abdique de ejercer una regulación que evite excesos, paradójicamente recurren a él en demanda de subvenciones, ayudas, exenciones fiscales y protecciones arancelarias, intentando tener lo mejor de cada sistema. Sorber y soplar. La puta y la Ramoneta que dicen en Cataluña. Esto se ve compensado por los que habitan el otro extremo, que pretenden pasar por Stalin pero viviendo como Rockefeller.

     Hay otras necesidades de servicios públicos o de infraestructuras cuya rentabilidad es menos clara, incluso o nula o deficitaria, porque su objetivo no puede ser la rentabilidad sino el atender las necesidades de los ciudadanos. Son aquellas que el Estado ha debido cubrir tradicionalmente aunque, cuando en ellas se ha vislumbrado posibilidad de beneficio, en no pocos casos han pasado a manos privadas. A veces, cerrando el círculo, el Estado ha debido recuperarlas cuando generaban pérdidas, que hemos acabado pagando entre todos. Lamentablemente la educación y la sanidad siempre han corrido estos peligros.

     Independientemente de la opción política o ideológica de cada cual, esto es perverso. Se vuelve aún más perverso cuando se pretende que el Estado asuma un criterio empresarial, desatendiendo o atendiendo de mala manera aquellas necesidades del país que ni pueden ni deben aspirar a ser rentables. Deben ser sostenibles. Para eso se inventaron los impuestos, hace ya tiempo por cierto. Para financiar necesidades sociales a las que no cabe exigirles rentabilidad, aunque tampoco deberían suponer derroche de recursos, pólvora del rey, que es la otra cara del tema. Un tema agravado cuando los partidos políticos, salvo rarísimas excepciones que no conozco, utilizan, como es su costumbre, las empresas públicas para colocar a gentes de su círculo de amistades y parientes, normalmente miembros del partido, a cobrar sueldos desproporcionados por dirigir asuntos que desconocen. Pasó con las cajas de ahorros y sigue pasando con muchos otros entes y organismos, desde Correos a los Paradores Nacionales, golosas canonjías. Esta tradicional práctica es algo que han aprendido muy pronto esos partidos que se llaman nuevos, a las 24 horas de tocar pelo. Han añadido la novedad de acceder a altos puestos por parejas, tal vez por su acreditado amor a la Guardia Civil, de forma que todo queda en casa. Por otra parte, cualquiera vale para cualquier cosa para ellos, si se mueve bien en el Twitter, y así nos va.

     Es tradición patria que muchos ignorantes beneficiados por estos nombramientos quieran emular a Canalejas, personaje excepcional que, después de ser periodista y corresponsal desde los 11 años, escritor y soldado condecorado en la guerra de Cuba, fue sucesivamente ministro de Fomento, de Gracia y Justicia, de Hacienda, de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas antes de ser presidente del gobierno. Un hombre renacentista que sabía de todo, algo de lo que ya no hay, aunque pretendan imitarlo. Lo tuvieron que matar.

     Las infraestructuras de transporte siempre han sido perjudicadas por este criterio injusto de exigirles rentabilidad no la función vertebradora del territorio que permita un desarrollo algo más armónico y equilibrado que el que tenemos. Se saltan las lágrimas al ver el trazado del ferrocarril Baeza-Utiel contruido casi en su totalidad y que nunca ha funcionado, pues a falta de poner la guinda a esta obra faraónica y conveniente, se paralizó por falta de rentabilidad. Si ese, como parece ser, es el criterio, al final de año el Estado debería repartir dividendos entre los contribuyentes en lugar de cobrar impuestos.

     Los recursos, siempre insuficientes, son derivados a aquellas zonas más ricas y pobladas, aquellas con más capacidad de presión electoral, las que dan más votos. Lógicamente las grandes poblaciones necesitan más infraestructuras, lo que no quiere decir que las menos pobladas no necesiten ninguna, que es lo que se ha venido haciendo desde los romanos. A menos que se quiera despoblar irreversiblemente todo el interior del país, salvo Madrid y alguna otra ciudad grande, islas en un desierto envejecido, desindustrializado y dejado de la mano de Dios y de los gobiernos, urgidos por los votos de la periferia. «Aestimes judicia, non numeres», que decía Séneca. Si el plan, por dejadez o por irresponsabilidad, es el despoblamiento de media España, que muerto el perro se acabó la rabia, hay que reconocer que está saliendo bien y la España vacía acabará siendo más que el título de un libro. Me alegra, pues, leer esta noticia, igual que me alegraría saber que Extremadura cuenta con trenes decentes, que se reabría Canfranc y que se retomaba el proyecto del Baeza-Utiel. No hay trenes en algunas zonas porque no hay industrias, frase y argumento a cuyos términos habría que dar la vuelta antes de que sea demasiado tarde.


Tren Sagunto-Zaragoza-Bilbao-Corredor-Cantabrico

Epistolilla hidroeléctrica



     Pides un revuelto de cascaruja, te ponen panchitos, torraos, pipas de calabaza y seis almendras, pesan la mezcla y te cobran todo al precio de las almendras. O del caviar, ya puestos. Así funciona el recibo de la luz, gravado y agravado con otros abusos y añadidos, portazgos y fielatos, alcabalas y deudas, muchas no contraídas por el cautivo sufragáneo. Como han ganado poco, parece ser que aún les debemos 20.000.000.000 de euros en déficit de tarifa que nos van cobrando irreligiosamente en cada recibo. Un sindiós. Antes se pagaba cada dos meses. Para subir aparentando bajar, se pasó al cobro mensual, engañosa ilusión. Ahora observo que me intentan encandilar con el mismo truco facturando cada 22 ó 23 días. Ingenioso.

     Leo con regocijo que se intenta aprobar una modificación que impida a estas insaciables empresas reguladas, glotonas polillas de nuestras bolsas, seguir cobrándonos a igual precio que la energía producida quemando gas de Argelia a aquella que se origina despeñando el agua de Dios y de todos a través de turbinas instaladas en las presas de los embalses construidos por los españoles en tiempos del tío Paco. O por las centrales nucleares, ya amortizadas, incluso una que no ha llegado a funcionar y seguimos pagando a escote. Me refiero a la de Lemóniz, horno de plutonio al que no se ha arrimado nunca el misto, cediendo con más miedo que vergüenza ante los tiros en la nuca de los bastardos gudaris de ETA, unos ecologistas de libro que asesinaron a José María Ryan, ingeniero de Iberduero en la obra y a otros desalmados maquetos que pretendían construirla en el verde valle de los abuelos. Fíjate tú. Eso quede para territorio sioux. Mejor que la hagan en otro sitio, lejos, y nos envíen desde allí los cuartos, que aunque las monedas lleven la jeta del rey no les hacemos ascos. Aplaudo la medida, lógicamente la de meter en vereda a las eléctricas, no las otras, aunque no me quiero precipitar hasta ver en qué queda la cosa.


     Va a ser un debate parlamentario interesante. Mucho más que otros de más postín con que nos mantienen entretenidos en la inopia, discutiendo el personal y los parlamentos sobre tesis, memorias, olvidos, traslados de momias, másteres, víctimas variadas, correcciones, posturas, grabaciones del amigo común Villarejo, renombramiento de calles y derribo de estatuas de Julio César y de Colón. Siempre nos quedará Cataluña. Y a los ladrones del principado siempre les quedará España. Alucinados quedaremos ante el inminente alud de lamentos analfabéticos sobre nuestra historia de genocidas con que algunos conmemorarán el descubrimiento de América mañana, 12 de octubre, día de san Opilio de Piacenza, San Rotobaldo de Pavía, del beato Pacífico Salcedo Puchades, de la Virgen del Pilar y fiesta nacional de Este País. Nuca celebran la primera imprenta en América, creada por Luis de Pablos en México en 1540, o la primera expedición sanitaria llevada a cabo en el mundo, la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna del doctor Balmis por todo el imperio español, dando la vuelta al mundo de 1803 a 1814; o la victoria de Lepanto en la que cometimos según algunos la torpeza de ganar a los turcos evitando que todo el Mediterráneo y con él Europa pasase a formar parte de tan liberal y tolerante cultura. Los buenistas de la época (que tontos siempre ha habido) impidieron que don Juan de Austria rematara la faena y terminara con las bases en el norte de África desde las que nos venían a saquear y llevar como esclavos a Argel, como sufrió Cervantes, famoso escritor catalán. Seguramente se lo merecía, pensarán estos mandrias, que algo habría hecho. Vaya en su disculpa que no celebran tales cosas porque las desconocen, que les gusta leer menos que a Franco.


     Yendo de la Historia a la Geografía, recuerdo al contribuyente que Iberdrola está en Bilbao. Naturgy (Fenosa, Gas Natural) en Barcelona y Endesa en Madrid. Será un debate territorial que al final, si no me equivoco, acordará seguir vaciando los bolsillos de acá para llenar los de acullá. Tal vez en evitación de mostrar plumeros (los propios de cada tribu más allá del Missisipipi), la cosa llegue acordada al Parlamento, no vaya y los de Cáceres, Albacete o Soria, entre otros despoblados, seculares opresores metropolitanos de las colonias catalana, vasca y madrileña, se vayan a mosquear y caigan en la cuenta de que eso de “España nos roba” en realidad es “El resto de España tiene la obligación de seguir haciéndonos ricos a los más ricos”. Mientras se consigue terminar de despoblarla. Para eso son unas bestezuelas que nos oprimen y esquilman, aunque sean genéticamente más tontos. En esto último, al final el Torra va a llevar razón.


     En esta partida de ajedrez económico, que mucho me temo no se va a dirimir en sede parlamentaria, cada empresa tiene ya colocados en el tablero de cada consejo de administración (no menos que en los parlamentos) sus peones, sus alfiles y sus torres. Incluso sus reinas. Siempre se nombra a los mismos de esa larga lista de piezas que manejan sus manos, aunque poco a Josu Jon Imaz, sucesor del jesuita Arzalluz, el de las nueces, que, dando un giro a su carrera y a su vocación, pasó de presidir el Partido Nacionalista Vasco a ser presidente de Repsol. Verde y con asas. Y todos los colonizadores mesetarios a ahorrar para el próximo recibo, que con antifaz debían de cobrarlos.


     Zeus, dios del cielo y del trueno, amontonador de nubes, vigilante de los juramentos, bajaba colérico del Olimpo rayo en mano a hostigar a las gentes. Ahora los sumos sacerdotes del dinero, su unico dios, desde un ático, pasan sus recibos en cobro de sus chispas y resplandores. Siempre jugando con los mortales y abusando de su poder, aunque algunos ilusos creyentes le llamasen Zeus Eleuterio, el libertador.



     Vale.


domingo, 9 de septiembre de 2018

Epístola recordatoria, levantisca y teatral


    El presidente Torra, una vez abandonados los valores y formas de la democracia, abandona también sus lugares. Cerrado el Parlamento, ya sin tapujos, directamente actúa en un teatro, al que llaman nacional, una muestra más del torcimiento de los significados y del uso de los símbolos y espacios de todos en beneficio de una parte —y no la mayor— de la población de esta región española. Sale a escena caracterizado de Luther King con lacito amarillo y, aunque jaleado por la claque, resulta poco creíble. Como también lo resultaría el líder evocado si sus discursos y actos reivindicativos los hubiera realizado en ejercicio del cargo de gobernador de Carolina del Norte. Manchan todo lo que tocan, de Gandi y Mandela a Jesucristo, parodiado por ese Mas de brazos alzados al cielo (un Bryan sin gracia) bajando con las tablas del ‘prusés’ desde los peñascos de Montserrat, más a mano que los del Sinaí, que cada vez recuerdan más a los Monty Python. 
    Muestra máxima de la impostura e impotencia del actor Torra es el hecho de que, obviando al poder judicial, el que exige al Estado la libertad de unos políticos presos sea quien custodia en nombre de ese mismo Estado las llaves de la cárcel donde están internados. En un bolsillo tiene las llaves; en el otro la nómina, ambas de un Estado al que finge no reconocer. El uso de las unas conllevaría dejar de disfrutar de la otra y, entre el amor y el dinero, lo segundo es lo primero, además de que sería aprovechada la apertura de la cárcel para meterlo dentro a él. Adaptados poco a poco a esta situación alucinatoria y aberrante, convivimos con la anomalía democrática de que una región española esté teletresdirigida por activistas alucinados, algunos incluso perseguidos por la justicia,  identificables afortunadamente por esos sambenitos amarillos, instalados en la verborrea, el gesto desafiante, la provocación, el desprecio a la ley, el desvarío y el abuso. Largos años sin gobernar, con esa peligrosa vacuidad mental virtual del que sólo tiene una idea. Y no buena. Los intereses, sin embargo, los tienen más variados, aunque no mejores.

    Efeméride a añadir a la balconada de Companys, otro bandarra, es la que los días 6 y 7 de septiembre, un año ya desde el golpe de estado parlamentario, afortunadamente frustrado, que ha llevado a algunos de sus promotores a la cárcel y a otros a la huida cobarde para todos y traidora para los suyos. Quien venía haciendo el papel de capitán Araña con sus aleccionados seguidores no podía dejar de hacerlo con sus socios de asonada. Acostumbrados a proclamar como históricos los esperpentos escenificados un día sí y otro también, antes y después de las comidas, esta es una de las fechas que sin duda recordará la verdadera historia, muy alejada de la que han falseado para justificar sus desvaríos o de la que quisieran escribir en la hoja en blanco del futuro. Por su cambiante y tortuosa hoja de ruta transita a trompicones la historia del intento de construcción de una república bananera, irrespetuosa con las leyes, con la separación de poderes, con el reconocimiento de que una mayoría está en su contra y, sobre todo, con la verdad. La realidad se oculta tras frases y palabras tan movilizadoras como equívocas,  a menudo directamente falsas, entre las que destacan conceptos huidizos como libertad, derecho a decidir, mandato popular, autodeterminación, huelga de país, voluntad de un pueblo, país colonizado, presos políticos, exiliados y demás falsificaciones interesadas. La más grave es la de llamar pueblo catalán a la mitad de él, lo que les lleva a abusar de las instituciones para gobernar en su contra. 

    Parte de este falseamiento tiene su origen en el intento de escapar de la justicia, que les cerca por su corrupción económica de décadas, porque el sectarismo, aún más grave y dañino, les sale gratis. El tribunal Constitucional, con muy buen criterio, eliminó del proyecto de Estatut el establecimiento de una justicia regional, desgajada de la del Estado, su máxima aspiración. El juez Vidal y otros personajes de igual calaña hubieran sido más comprensivos con sus delitos, encabezando un sistema judicial sin separación de poderes que ya anunciaban sin vergüenza en ese proyecto de transición nacional, eufemismo de otro atropello, que apresuradamente perpetraron contra leyes, informes de los letrados de la cámara, advertencias del Constitucional y quejas de una oposición que quisieron silenciar en estas sesiones para la historia de la infamia.

    En aquellos dos días de abyección, dirigido el Parlamento por la mamporrera Forcadell, mostraron su verdadero rostro, áspero y canalla, su desesperación del ahora o nunca, su desprecio a los procedimientos de la democracia y a los límites que ésta les impone en el ejercicio de su mandato y su poder. Un poder delegado por el Estado en gestores tan desleales y facciosos, utilizado de forma artera para imponer sus delirios a más de la mitad de la población que tiene la desgracia de haber caído en sus manos, las de estos aspirantes a dictadores con el apoyo de menos de la otra mitad de los catalanes. Tras llevar a los tractorícolas a enamorarse de su propia imagen falsamente embellecida, se les ha convencido de cuán diferentes, superiores y estupendos que somos, mecachis en la mar. Cuando digo caer en sus manos no olvido que lo han hecho de una forma democrática, tras unas elecciones limpias, y por ellas tienen lo que unos quieren,  ya que la ley electoral permite que tengan todos lo que no quiere más de la mitad de los catalanes. Tampoco olvido que no sólo ocurre esto en Cataluña o en España, que es en el entero mundo donde cada vez la honradez, la sinceridad o la capacidad de gestión son los elementos más irrelevantes para elegir quién nos gobierne. Y así va Cataluña, el resto de España y el resto del mundo.

    Huido Puigdemont, queda al mando de la función el señor Torra, uncido o embridado por el primero. Por sus escritos anteriores, no menos que por sus declaraciones y gestos actuales, evidencia ser el único fascista con mando en plaza en España. Aunque abundan los que se dedican a detectar y etiquetar fachas, su fino olfato de sexadores de demócratas, ese que les ha ayudado a elaborar una lista abundosa en la que han ido apuntando a toda persona más decente que ellos, no les ha permitido detectar al primero de verdad con que se topan. Por ello, aquellos dos días y los sucesos que derivaron de la asonada parlamentaria, marcaron una línea roja que separa en todo nuestro país a los que de verdad son demócratas de los que no lo son. Nunca lo han sido. 

    De todas formas sería cosa peregrina que quienes vienen defendiendo dictaduras desde hace decenios, las que son afines a sus gustos, salieran en defensa de la democracia cuando está en peligro en el país en que viven. Sus más indecentes ejemplares, con gastos pagados por el país que detestan, viajan a Venezuela, Cuba o Nicaragua a abrazar a los dictadorzuelos tropicales a los que aman, a quejarse ante ellos y sus cebadas camarillas de las carencias de nuestro sistema, menos democrático a su delirante entender que el de estos paraísos de oposiciones encarceladas, carnets de la patria, mandatos eternos y hambre generalizada entre la población.  La inmensa abundancia de recursos de estos países está puesta al servicio de una oligarquía falsamente revolucionaria, casta que descubren en España pero que allá no son capaces de reconocer. Una vez pronunciado su alegato, a veces entre lágrimas y vivas a algún comandante, en chándal o de caqui, estos ridículos antimilitaristas justicieros abandonan ese paraíso y regresan a seguir padeciendo en el infierno del capitalismo que odian, pero a cuyas virtudes y comodidades no están dispuestos a renunciar más que un ratito. Su fuerte nunca ha sido la coherencia aunque su causa es tan grande que, según ellos, se les pueden disculpar estas ligeras anomalías que hacen desgraciada a la población de estos desafortunados países que ellos tanto admiran, a los que no se quieren ir a vivir, aunque les asesoran y ponen como ejemplo a seguir. Dios nos libre. No era mejor Lenin que Hitler, ni Pinochet que Castro o el Che. El despotismo criminal no es de izquierdas ni de derechas, es abuso que sitúa a quien lo ejerce o lo defiende no en uno u otro campo de la ideología política, sino en el terreno indistinguible e infame de oprimir, reprimir y explotar a un pueblo usando como escudo unas ideas que, si algo tuvieron de bueno, con su ejecutoria desacreditan y denigran y que otros, hoy cada vez menos, ciertos o errados, defendieron con nobleza.

    Tardá, diputado en la nómina del parlamento de un país al que dice no pertenecer ya, avisaba a los jóvenes catalanes de que si no ayudaban a parir la república cometerían “un delito y una traición a la tierra”. Como buenos aldeanos totalitarios, vulgares sabinosaranas que juegan con la identidad como arma y como muro, en estas y otras telúricas afirmaciones no apelan a los ciudadanos, a las personas, únicos poseedores de derechos, sino al terruño, al solar de los ancestros, a los espíritus de los bancales y los ríos, de los cerros y  los ribazos. Debemos sacrificar todo para que estos entes recuperen su paraíso perdido, como la Comarca de Tolkien, el idílico valle de nuestros abuelos, hoy mancillado por gentes de fuera. Su carácter de meapilas, por otra parte, les lleva a un panteísmo que ve dioses en los montes, el idioma, en el espíritu de la raza y en algunas otras entelequias. Aunque su fe, en realidad, las adore menos que al papel moneda, llegan a pensar que un idioma tiene derecho a tener hablantes, aunque sea a la fuerza. Que en una región geográfica a la que los avatares de la historia han llevado formar parte de un todo político, sus bancales tienen el derecho de separarse de él, independientemente de lo que piensen las personas que hoy los cultivan. En realidad, encaramados a sus tractores, le endosan a la tierra la obligación de independizarse para pertenecerles a ellos, a unos pocos, a esos pocos cientos de familias que desde hace siglos esquilman a un país que, en una nueva intentona, intentan inmatricular, cosa que afean a la Iglesia con la Mezquita de Córdoba. 

    Resulta curioso que, faltos de argumentos, recurran a los que menos les pudieran beneficiar y buceen en la Historia en busca de sostén. O sujetador. Muchos reinos hubo en España, como Castilla, León, Murcia, Mallorca, Valencia, Navarra. o, si incluimos a los árabes, Córdoba, Sevilla, Denia, Granada y otros muchas taifas. Ellos son, precisamente, de los pocos que nunca de los nuncas gozaron de esa independencia que pretenden recuperar. No se puede recuperar lo que nunca se tuvo, aunque no es cosa que pueda entrar en cabezas que recuerdan lo que nunca sucedió. Ocultando eras completas, poco nombran a Roma o a los visigodos, pues ya entonces, como hoy, formaban parte de la Hispania y nada hay allí que rascar. Tal vez sean sus escrúpulos raciales los que borran toda presencia árabe y es en la baja Edad Media y en sus finales donde centran interesadas pesquisas y alucinadas recreaciones del pasado; es allí la notaría donde rastrean registros de la propiedad y últimas voluntades que les pudieran permitir escriturar la finca. Nombran, aunque desde no hace mucho tiempo pues es invención relativamente nueva, una supuesta corona catalano-aragonesa que nunca existió, ni como nombre ni como realidad jurídica. Siempre fueron un condado dependiente de Aragón. Incluso otros territorios que sí se llamaban reino, como Valencia o Mallorca, gozaban de una independencia más que relativa, por no decir nula, que no hay más que ver cómo el rey de Aragón tenía autoridad para exigir al rey de Mallorca, un vasallo, que se desplazara a la corte aragonesa a rendir cuentas ante Jaime I, su rey y señor.

    De todas formas, abandono esta línea argumentativa, estéril contra fanáticos, pues no es en el terreno de los argumentos ni de las verdades donde se dirime la cuestión. El ámbito del problema es el de los deseos, los sentimientos, los agravios, las nostalgias y las ambiciones, y ahí poco hay que debatir. Sólo pedirles, aunque con pocas esperanzas, que hagan el esfuerzo supremo, no sé si alcanzable por ellos, de reconocer que los demás también los tienen. Son tan respetables como los suyos, tal vez más, son mayoritarios y además amparados y sostenidos por las leyes y por siglos de historia, esta sí verdadera. La constitución no prohíbe el romanticismo, ni la fábula, ni siquiera la locura, pero existe para intentar evitar que se tengan por base para imponer una dictadura. 

    Tal vez en lo único en que lleven razón es en que no se puede dejar de tener en cuenta al 47% de la población de una comunidad. Sin embargo nos hemos acostumbrado a que ellos lleven decenios despreciando y gobernando contra el 53% restante. Incluso cuando era el 80% obraban así, eso que ellos llaman hacer país.

    Este es uno de esos casos en que no sabemos qué hay que hacer para arreglar un problema, aunque sí que sepamos lo que es necesario hacer para no agravarlo. Normalmente venimos eligiendo esta última opción. No hemos llegado a las manos o a los trabucos porque la parte sensata de esta teatral contienda, la que respeta las leyes, la democrática y constitucional, tiene unas líneas rojas de las que ellos carecen.

viernes, 2 de marzo de 2018

Espístola de la tragicomedia ¿Dónde está la bolita?




    Escribo esta epístola para intentar mitigar las inquietudes mostradas por algunos buenos amigos acerca de unas reflexiones que perpetré en Facebook tras sobrellevar atormentado la función plenaria que abría la temporada del Parlamento catalán, convertido en Teatro de la Comedia, de joseantonianas evocaciones. Lleno total. Cartel de no hay billetes y un público entregado. El libreto parece ser producto de una improbable colaboración de Jardiel Poncela, Cuerda y Berlanga, adaptando un texto original de Goebbels y Curzio Malaparte, con citas de Kafka y Maquiavelo, sutiles alusiones a Walter Scott, Samaniego y Calleja y regusto a la Venganza de don Mendo, todo ambientado en un patio de Monipodio con gradas y moqueta, con llorosa escenografía basada en el coro de los esclavos del Nabuco de Verdi. Molière hubiera sacado gran partido de estos tipos. A Wagner mejor dejarlo ahora.
     El estreno se llevó a escena bajo la dirección del debutante Roger Torrent, un manierista que mueve los cubiletes y escamotea la bolita según las enseñanzas de la escuela forcadeliana, que a Stanislavski no llegaron en el cursillo apresurado y urgente que recibió. Parte del elenco, las primeras figuras, se oculta agazapado tras presidiarias bambalinas, los que no andan de viaje de estudios por Flandes o Suiza, adecuadísimo lugar para refugio de anticapitalistas furibundos. A la mitad de los actores no les dan papel, aunque sean los preferidos del respetable, por lo que acaparan la escena los suplentes, comparsas y figurantes que declaman, gesticulan o bullen sin conseguir disimular las cuerdas que les dan vida en ese guiñol de cachiporra en que algunos con sus intervenciones van convirtiendo  los abundantísimos parlamentos que compensan en España el cierre de muchos teatros, dando trabajo a tantos y tantos comediantes e histriones de tercera fila.
     Se representa la obra con intérpretes de desdibujado carácter, más vehementes que convencidos, siempre sobreactuando, apuntados desde la concha por Puigdemont, sustanciado como voz en off por Skype desde su exilio de Waterloo. La claque y los actores con frase —por imposición del empresario— muestran bufandas o lacitos amarillos, superando antiguos miedos del mundo de la farándula hacia ese color. La actual proliferación de lazos, más variada que efectiva, agota el catálogo de Pantone y pocas opciones deja. No sé de qué color es el lazo para pedir la libertad de otro preso político, Ignacio González, expresidente de otra Comunidad, la de Madrid, que olvidó perpetrar un amago de golpe de estado encaramado a la Cibeles, cosa que hubiera marcado la diferencia. Lo habría elevado a la categoría de honorable preso político y no estaría ahora enfangado sólo en mezquinas cuestiones de robos, comisiones, chantajes y malversaciones en las cuentas públicas, cosa que tiene en común con estos presos del principado, pero privado el madrileño del lustre y pulimento que al delito dan las asonadas y las banderas.
     Llegan a temer mis amigos, conocedores de nuestra amena historia, que se esté jugando con fuego y que pudiéramos añadir otra muesca a la abundosa lista de nuestras guerras. Con afán de tranquilizarles, medito y concluyo que lo que no hay que hacer, a mi escaso juicio, es descartar ninguna posibilidad, meter la cabeza en el agujero y dar por sentado que hemos superado ciertas tendencias humanas en general y españolas en teniente coronel. Más miedo que los catalanes —y al bando levantisco me limito— me dan otros, aquí y allí. Hablo de esos irrresponsables de ambos extremos que parecen sentirse a gusto invocando al belicoso genio de la lámpara de épocas y escenarios que creíamos superados. Llego a pensar que no les importaría sacarlo del frasco. La historia nos podría enseñar muchas cosas, pues siempre nos ofrece buenas lecciones, pero algunos no van a clase ni abren libro alguno.
     Me inquieta ese gusto rancio, ese afán insano por parte de algunos de revivir casi con añoranza, de forma colectiva e institucional, lo peor de nuestra historia, intentando reescribirla, hacerla mejor de lo que fue, al menos para beatificar a los que ochenta años después siguen llamando "los suyos". Hoy, ya todos deberían ser los nuestros, asumiendo sus glorias y vergüenzas. Las historias personales y familiares, a menudo trágicas, todas me merecen respeto, pero la Historia es otra cosa. Me desconcierta que haya hoy en España más antifranquistas que cuando el dictador vivía y que esa historia, que tanto nos podría enseñar, se intente reescribir de forma que eliminemos sus posibles avisos, de forma parcial, maniquea y romántica, siempre ocultadora de cosas que a todos deberían avergonzarnos como país, no como bando. A todos nos atañe su infamia.
     Los catalanes, los de Tractoria que no los de Tabarnia, me preocupan por el perpetuo estado de inquietud que nos provocan, siempre ocultando dónde está la bolita, por el desbarajuste de la gobernanza, por distraernos de lo importante, por el desprecio a la ley que es además jaleado por otros indecentes hooligans de partidos mesetarios, mareados en el avispero de sus mareas, verdaderos clubs de fans, caudillistas, totalitarios y siempre pendientes de sacar de la agitación y en la calle lo que no pueden alcanzar de la argumentación y en el Parlamento, previo paso por las urnas. A estos les temo más. También a los melifluos, a los equidistantes, a los que en la obra comparecen embozados, malditos que vocean sin mostrar el rostro a la luz, sin llegar a veces a salir a escena, siempre en la tramoya, luchando entre bastidores a puñaladas por el manejo de los hilos e intentando adaptar el guión a su gusto. Y también, y no menos, a los que gobiernan, por llamar de alguna forma a lo que hacen. Lo increíble es que se sigan encendiendo las farolas, se recojan las basuras, se paguen las encogidas nóminas y el país, mal que bien, funcione, evidentemente a pesar suyo. A uno se le despierta la vena anarquista, viendo con no excesiva sorpresa que, como Italia, podemos aguantar sin gobierno en Cataluña y en la misma España, que les incluye, muchos meses y la cosa marcha igual o mejor. Al menos no se urden nuevas leyes, que demás hay, sin que las vigentes se cumplan las más de las veces, pues el acatarlas o no es algo opinable para no pocos. Tal vez deberíamos entregar el gobierno al Tribunal de las Aguas.
    También llega a preocupar que, tentado a debatir con estos botarates en sus muchas variedades, intentando argumentar, de pronto uno se encuentra arrastrado a su terreno y se vea a sí mismo como un imbécil, porque a ese nivel dialéctico, claramente subterráneo, uno acaba enredado en una pelarza verbal fuera de lugar y de tiempo. Una persona normal no puede debatir con un monofisista, un albigense o un totalitario convencido. Si encima el oponente ha leído dos o tres libros doctrinales, media docena de artículos de la secta y seiscientos tuits, es mejor dejarlo a tiempo. Llevas razón. Es penalti. Aunque estemos jugando al tenis. Avisados estáis.
     Los innumerables intentos sediciosos nacidos en Cataluña, cosa recurrente a lo largo de los siglos, siempre aprovechando con deslealtad épocas difíciles económica o socialmente, guerras o gobiernos débiles, han tenido poca épica y la poca que falsamente se les atribuye se les ha añadido después, que en su momento oscilaron entre lo patético y lo cómico. Más temería a Asturias en su revolución de 1934 o a Cartagena, cuyo cantón ofreció en 1873 más de un año de seria resistencia a un verdadero ejército, enarbolando el primer día bandera turca por no tener otra ni más roja ni más a mano, que a los cantamañanas que de vez en cuando se asoman al balcón de la Generalidad a cacarear la independencia durante unos minutos, gallos que, frente a dos docenas de guardias civiles, gastada la fuerza en banderas y proclamas, pliegan velas y van al trullo, la cabeza bajo el ala, con mansedumbre. Y a llorar otros sesenta años. Hay que evitar humillaciones innecesarias, abono de futuros victimismos, su único alimento, en la medida en que ellos dejen otra salida.
    Verlos temblar ante las puñetas y las togas me tranquiliza, me reconforta, pues muestra su verdadera talla, bien escasa, enana ante el poder del Estado y de la justicia. La talla del chulo de barrio cuando no tiene detrás matones que apuntalen su audacia. Su fanfarronería arrogante es poco arriesgada en lo personal, aunque muy aventurera, arrojada y combativa de forma delegada, enviando siempre a otros a recibir los palos. Son generales que pierden o ganan las batallas bajo el catre de campaña en una lejana colina, lejos de los tiros, protegidos como reyes por su guardia de corps, en el caso que nos ocupa formada por mossos pagados por todos pero al servicio de unos pocos. Inútiles como dirigentes, mimados por la intendencia que acaparan escatimándola a las tropas, cuyos chichones y mataduras poco les inquietan, siempre protegidos por una bandera o encastillados en las instituciones. Orondos budas abstraídos mirando su propio ombligo, riegan con euros ajenos ese jardín ensimismado, supremacista y subvencionado en el que crecen esteladas fabricadas en China en lugar de tomates y berenjenas del país, más nutritivas.
      Viendo que es el dinero lo que de verdad les preocupa, algo evidente dada su entrega en cuerpo y alma a eternizar su permanencia en puestos que les protejan, les salven de la cárcel y les permitan seguir disponiendo de las llaves de la caja, no veo que sean nada heroicos ni temibles. No imagino a Junqueras con canana terciada, de guerrillero montaraz, atrincherado al salir de misa. Más lo veo de abad de Montserrat o de Poblet. Tal vez nombrado embajador en el Vaticano hace unos años no hubiéramos llegado hasta este desquicie. Ya dedicó unos años a rastrear almogávares en su inmensa biblioteca. Más peligrosa es la estupidez de otros, esa jactanciosa y pregonada astucia que desarma al que juega limpio. Su impunidad, que apunta a otros culpables por incomparecencia en el campo de batalla, no su inexistente valentía, es lo que podría preocuparnos. No se les ve que estén dispuestos a arriesgar lo más mínimo su bienestar ni el de su familia, dicho sea en términos sicilianos. Siempre pastando en el presupuesto, desde hace siglos. Por eso rumian tanto y han inculcado en sus masas seguidoras ese comportamiento ovejuno, pecuario, siempre pendientes del perro del pastor, aunque les dirija al barranco. Pero eso nos enseña que los ladridos les paralizan más que las razones, que de todo se aprende.
     Cierto es también que a veces al césar se le van de las manos los esclavos y los gladiadores que creían controlar y surgen problemas imprevistos, que no hay que jugar con fuego ni armar a las masas, otra de las muchas lecciones de la historia nunca aprendidas, más que olvidadas. Afortunadamente tienen tanques John Deere, que no les han dejado comprar de otros. Si tuvieran un ejército sí que habría que echarse a temblar y sacar las escopetas. También ocurre, a Dios gracias, que tras su impostada unidad, interesada y frágil, en el palacio de la plaza de Sant Jaume, por cada César hay veinte Brutos. Con mayúscula, que en las calles hay algunos miles sin ella, y la ortografía a veces es decisiva. Los senadores que quitan y ponen Cómodos y Calígulas están en Pedralbes o Sant Gervasi contando sus denarios, con su toga y sus laureles, y las embarratinadas y esteladas turbas del foro y sus tietas, a las nueve en casa a cenar. El fin de semana a la villa de la playa o a las termas, los bárbaros de la CUP a la masía de papá, quitado el disfraz de plebeyo, atusado el flequillo a escuadra de la lucha y plegado el estandarte de Senatus Populusque Catalanicus y las fasces contra el muro, que en el fondo están muy romanizados. La buena alimentación, el audi y la calefacción central liman mucho los afanes revolucionarios. No digamos una jugosa nómina de la Gene, aunque no es menos cierto que tamaña generosidad presupuestaria hacia los afines sin tajo al que volver les hace peligrosos, pues matarían por no perder sus rentables e inmerecidas canonjías.
     Todo eso, aunque carísimo, ha sido soportable, llevadero hasta que se va alcanzando el punto crítico de fusión mental, mantenido y potenciado por el plutonio de TV3 y el uranio enriquecido entregado a la prensa afín y a esos colectivos sociales que hacen motu propio justo lo que se les ordena, lo que puede dar lugar a cualquier cosa. Ha habido momentos totalmente fuera de control en que hemos rozado el Chernobil cerebral y social. Ese es el único peligro, el número creciente de cerebros recalentados, distribuidos de forma uniforme por toda la Hispania, pues no sólo en la Tarraconense se dan estos trastornos, lo que nos lleva a pensar que la solución está más en el terreno de la psiquiatría que en el de la política.
     Creo que la justicia, ayudada por los cuerpos de seguridad, nuestras últimas defensas que, junto al rey, son nuestra línea Maginot, pues el siguiente cimborrio en altura del edificio estatal no es para echar cohetes, —al gobierno ni está ni se le espera— , debe darles una buena lección. El rey, diciendo lo único que debe y puede decir, lo que se espera que diga, irrita a algunos al despabilar con sus palabras oportunas a los tancredos y tentetiesos. A mi no me irrita, me tranquiliza y reconforta, tanto como perturba a los cómplices de estos supremacistas, único resto del verdadero fascismo en España. También a otras exquisitas cohortes de estéticos revolucionarios de salón que miran hacia otro lado y que, aun siendo republicanos, piden a los reyes una guillotinita de la señorita Pepis. 
     Habían llegado algunos españoles a olvidar que formaban parte de España. Los sempiternos e irresponsables mercadeos de votos les habían permitido funcionar de hecho como un virreinato prácticamente independiente, bajo el imperio del cónsul Augustus Georgeus Pujolus y señora, de la dinastía Claudia, como las ciruelas del Ampurdán, indómita zona de la Tarraconense, vivero de carlistas, alcornoques y peras limoneras, que por la boina se distinguen, con ese viento borde de la tramontana que tanto altera las mentes, como nos cuenta Josep Pla que era de allí. En las zonas rurales de Gerona la percepción de depender de un país común era nula. Habrá que hacérselo saber.