“Si amaestras una cabra, llevas mucho adelantado”
José Luis Cuerda. (Albacete 1947).
Cuando uno busca cómo solventar una situación grave, la propuesta de una
solución posible no debería considerarse inaceptable de antemano. Obrar así
muestra que no se están buscando los remedios con sinceridad, sino que estas
escenas del sillón forman parte del libreto de una obra escrita en beneficio de
los actores, no del país. Esto debería ser obvio, pero sucede que, aunque una
propuesta mereciera ser tenida en consideración, resulta incompatible con la
ideología del negociante, es decir, con sus prejuicios y con sus dogmas,
pilares de su intransigencia. Tal vez las personas y grupos menos dogmáticos,
sectarios e ideologizados, sean precisamente la solución para este acuerdo, al
parecer imposible, que España necesita. Sin embargo eso precisamente es lo que
se les reprocha a quienes en algo ceden. No tener unas tablas de la ley
talladas en piedra, un dogma inmutable e incapaz de ceder nada ante la supuesta
herejía.
Entre los medios y los discursos tan halagadores como falsos con que
algunos lamen la oreja de los votantes, se exime a la población de toda culpa.
Ni de esto ni de nada. Estas zalameras proclamas de hoy, son apoyadas
desde hace tiempo por una educación maniatada, forzada a despojarse de
exigencias hacia los futuros ciudadanos, regulada para dar por buena cualquier
actitud o comportamiento de los alumnos por parte de un profesorado cuya
autoridad hace mucho que se hizo desaparecer. Entre los gobernantes, los
aspirantes a serlo y la prensa, tan infame como ellos, han estabulado las ideas
de una ciudadanía, ya de por sí ovejuna, en apriscos diversos, con rebaños,
piaras y jaurías totalmente irreconciliables.
Algún día se estudiará el nefasto y pastoril papel de los medios de
comunicación en la España actual. No menos irresponsables ni sectarios que los
políticos del momento, tan culpables de nuestros problemas como ellos y que el
resto de la sociedad, con el agravante de que se considera a sí mismo gremio
intocable, a salvo de críticas y juicios. Si entre estos políticos podemos
encontrar bastante gente sectaria, ruin, incapaz, miserable e irracional, en la
prensa, las cadenas de televisión y los tertulianos, son más a menudo la norma
que la excepción. No es que tengan ideología alguna pues, en muchos casos,
simplemente ocurre que la indignación, el sobresalto o el escándalo venden más
que normalidad, la templanza y la razón. Dedicados a cosechar audiencias, la
verdad y el equilibrio aparece en dosis homeopáticas.
La situación requeriría que la sociedad y los medios pidieran
responsabilidad por las acciones y omisiones por igual a todos los que nos han
gobernado en el estado, las autonomías o los ayuntamientos, es decir a todo el
abanico político, por el acaparamiento de la riqueza nacional para costear sus
derroches, por su utilización de las obras públicas como abono para cosechar
votos, más que como respuesta a verdaderas necesidades, por su indecente
rapiña, por su negligente estupidez, por su nepotismo, compadreo y
desentendimiento de los problemas reales... Que dejen de mirar por su futuro y
su ambición personal, pues hace tiempo que ellos mismos y quienes quieren
reemplazarlos son más otro problema que una esperanza de arreglo de los que ya
teníamos. Igualmente, no deberían apartar de sus análisis, por llamar de alguna
forma a sus elucubraciones, a los ciudadanos, a lo que en sus comportamientos
pudiera haber de censurable, de su complicidad y amparo a lo que luego critican
de forma cruzada según sus afinidades. Pero los ciudadanos son la audiencia y
el que paga manda. Como la otra parte de la factura la pagan otros poderes,
vendido queda todo el género, tanto como atadas sus opiniones.
La realidad es que deberíamos asumir parte de la culpa los ciudadanos por
haber votado una y otra vez a quienes decimos despreciar, condescendiendo con
sus desmanes, cada uno a los de su cuerda. Con los nuevos partidos ya ocurre
exactamente lo mismo y su desdén por la ciudadanía no es menor que el
acostumbrado. Pero a ellos todo se les perdona. Lo cierto es que sería
demasiado pedirnos obrar de otra forma, porque somos una sociedad más
pastoreada que gobernada, refractaria a la responsabilidad, a asumir nuestras
culpas y errores, aunque un votante, un ciudadano tiene mayor responsabilidad
en la marcha de la sociedad que una cabra en la vida del rebaño. Esa
corresponsabilidad, que siempre es ajena, nos rebota, nuestra carga eléctrica
la rechaza. Siempre son los otros los culpables, los que yerran. El único
problema es saber quiénes son los otros, y aclarar de paso si nosotros seguimos
siendo de los nuestros, en un ambiente polarizado en el que se penaliza la
templanza y la cordura. Quienes se manifestaban exigiendo, a cambio de su voto,
la parada del AVE en su aldea no deberían ahora reprochar a los políticos el
disparate de haber atendido a sus peticiones. Cuando los dioses quieren
castigarnos, atienden nuestras plegarias, se nos decía en Memorias de África.
Nos han convertido en un país de irresponsables, pues nos han ido enseñando
que nunca tenemos la culpa, lo que supone decirnos que nada podemos hacer, que
nada depende de nosotros. Todo consiste en entregar el poder a quien menos nos
repugne y dejarnos llevar con la docilidad del rebaño. Los electos monopolizan
el poder y el error, y así quedamos liberados del pecado original. Sin embargo
ellos, nuestros dirigentes, son nosotros. Habría que pensar que, en el fondo,
nos fascinan los dictadores, porque todos y cada uno algo tenemos de ello. El
hato de ovejas blancas perdona al macho blanco, el de negras al carnero oscuro,
las entreveradas al borrego adalmatado y las culpas se atribuyen de forma
entrecruzada. Entretenidos en encontrar culpables no nos queda tiempo
para buscar soluciones para nuestro porvenir, hermosa e inquietante palabra.
Es de risa leer que la sabiduría del electorado ha dado el claro mensaje de
que hay que entenderse, pactar, llegar a acuerdos. Todo lo contrario, pues esta
provocada división de la sociedad, afronterada por barrancos insalvables, deja
pocas salidas. Pedimos ahora que pacten, que el ganado se reagrupe, pero
alrededor del pastor elegido por cada cual. Cualquier cesión es debilidad,
traición o engaño. Dudo que muchos sean los votantes que premien en las nuevas
elecciones los esfuerzos por llegar a acuerdos realizados por algunos, empeños
tenidos por bajadas de pantalones, falta de autoridad y tibieza de
convicciones. Grave será, como se adivina, que en los nuevos comicios lo que se
recompense sea el monolitismo, la confrontación sin salida, el teatro, la
incapacidad para darse cuenta que el número de votos obtenidos lo que nos
indica es que sólo una pequeña parte de la población desea que lo que
proponíamos se aplique, pues ya no nos fiamos de nadie, único síntoma
esperanzador, siendo el peligro y el lastre aquellos que se fían incondicional
y acríticamente de su profeta. Según los votos, el ganador debería
renunciar a mucho más de la mitad de sus propuestas, otros al 70%, algunos al
80 por ciento de ellas, los demás a casi todas... Aunque nadie pueda decir que
le respalda una mayoría cualificada, todos quieren imponer su criterio, en gran
parte rechazado en las urnas.
El líder de un partido con el que se deberían alcanzar acuerdos puede
desagradar al otro candidato con el que negocia, pero no se le pide que se case
con él, y además éste último no debe olvidar que en realidad el novio
desairado, aunque feo, pone cara y voz a millones de votantes, más de los que
tiene la digna damisela que de antemano lo rechaza, pues tal vez atribuya a un
mandato divino, que no humano, su legitimidad para hacerse con el ansiado
sillón y con el BOE. La lectura de los resultados electorales, el decir que se
ha recibido un mandato popular para hacer lo que querían, no se ve entorpecido
por el hecho de que sólo una minoría haya votado en ese sentido. Molesta
realidad. Llevando la contra a la razón y a las matemáticas, hay lunáticos que
a un 48% del electorado consideran mandato popular irrenunciable para hacer
algo a lo que el otro 52 se opone. Maravillas de la democracia.
La indignación es lógica y puede llegar a ser beneficiosa y positiva. Pero
sólo como impulso, como detonante, nunca como guía o talante de una acción de
gobierno. Quienes sin ser cierto que hayan surgido de ella como afirman, pues
sus ideas y propuestas ya eran viejas cuando ellos vinieron al mundo, en
realidad simplemente han capitalizado la razonable indignación de otros, se
limitan a buscar culpables y a estercolar el campo político para cosechar el
rechazo hacia ellos, aparentando por contraste una superioridad moral que no
existe, pues para alcanzarla habría al menos que tener alguna moral, ausente en
no pocos de los nuevos actores, unos verdaderos farsantes. Con ese capital ven
campo abierto para desplegar sus odios, sus fijaciones, sus delirios, pensando
que, desacreditados todos sus oponentes, deben ser ellos, por descarte, la
opción ganadora. Así, han centrado su discurso en esta búsqueda de culpas, que
son reales, pero de las que exoneran al resto de la sociedad y a ellos mismos,
y en una especie de ojeo político, esperan cazar las atemorizadas piezas más
por huida que por atracción. Otra variedad es la caza con reclamo, aunque sus
trinos sólo engañen a las aves de su corral. No son ganaderos que cuidan
amorosamente de sus rebaños, sino ojeadores que cobran piezas asustadas y engañosamente
atraídas al puesto mediante grandes aspavientos y estruendos.
Todo vale. Cualquiera es capaz de todo y todo merece. Inmenso error.
Entendida en su etimología, sería deseable una aristocracia, es decir un
gobierno de los mejores, pues no se refiere el vocablo en este caso a condes y
marqueses, que ni lo fueron ni lo son. Y estamos muy lejos de tener a los
mejores al frente. Ni siquiera de proponerlos. La mediocridad habitual se
acrecienta y agrava ahora presentando agazapados en las listas —e impuestos por
las cúpulas— a algunos analfabetos funcionales y miembros del lumpen. Políticos
del todo a cien para salvarnos, que poco más son los promotores de esta
revolución de la señorita Pepis diseñada en la Complutense. Que no se me elija
para representar a mi país en los 400 metros en los juegos olímpicos no supone
discriminación hacia mí, sino dejar la igualdad para cuando toca. Ya sé que eso
puede parecer elitista, calificativo que asumo sin problemas.
Salvo algunos principios para mí decisivos, como son la honradez, la
defensa de la unidad de España, el rechazo a los asesinos y matones, o el
respeto a la discrepancia, llegamos a preferir la indefinición ideológica, que
es el principal reproche de algunos hacia Ciudadanos, lo que tal vez sea en estos
momentos su mayor valor, posibilitando esa acción positiva incremental de que
se habla en “El regreso de los chamanes”. Lejana y mejor postura que las
enmiendas a la totalidad que llevarían a tapar las goteras hundiendo el
edificio y construyendo otro, a veces con antiguos planos, o a pensar que la
misma lluvia y sus arrastres terminará por taponar las grietas, que es el
proyecto del maestro de obras Rajoy. Garzón malbarata el patrimonio acumulado
por otros en muchos decenios para asegurarse él un sillón. Una pena que
terminen así, en manos de gente claramente peor. Sinceramente de Sánchez no sé
qué decir, salvo agradecerle que, junto con Rivera, sean los dos únicos que se
han puesto el mono y hayan intentado amasar un poco de cemento para empezar las
obras. Pero al PSOE habría que recordarle que quien tiene un solo reloj, a
todos los efectos, sabe qué hora es; quien tiene muchos duda. Como a otros, el
fulanismo les llevará a la irrelevancia, cosa más que lamentable.
En lugar de cambiar de obispos y deanes, hundimos las catedrales góticas
para dejar en pie chamizos y tugurios. Lo cierto es que en casi todos los
partidos, sus líderes son más una rémora que un valor. Si se afirma que los
partidos no representan a los ciudadanos, habría que considerar hasta qué punto
dentro de ellos sus cúpulas representan a sus bases, infinitamente mejores las
últimas que las primeras. El futuro pasa por esos saneamientos internos que
libren a los partidos y sindicatos de quienes se han apropiado de ellos en su
propio beneficio, como paso previo para hacer lo mismo con la sociedad. En
lugar de limpiar la cubertería de plata, ciertamente sucia, la tiramos para
sustituirla por otra de plástico.
Por todo lo anterior, el único camino de mejora es la eficacia y sentido
común para emprender pequeños cambios, muchos y rápidos, incrementales y
continuos en la buena dirección. Considerar de forma posibilista qué tenemos,
con qué plantilla contamos, cuáles son las opciones realmente viables. Hay
cosas dignas de ser cuestionadas, que van, por poner unos ejemplos, desde
la monarquía hasta la nacionalización de la energía, la banca o la red viaria,
al menos gran parte de ellas. Viendo el patio, claro queda que estas propuestas
deben ser descartadas en la actualidad, pues entregar esos sectores a los
gobiernos central o autonómicos requeriría que estos fueran de fiar. Y no lo
son. El mejor seguro para la pervivencia de la monarquía, por ejemplo, es la
indignidad mediocre de quienes en el presente y el cercano futuro podrían
alcanzar la jefatura del estado. Sin duda otro de los numerosos pasos atrás que
se vestirían de progresismo.
En los repetidos comicios no se trata, a mi escaso juicio, de elegir entre
ganaderos o cazadores, sino de dejar de ser las reses de unos ni de otros,
dejar los pesebres ideológicos y salir al campo abierto de la opinión propia.
Que el Señor nos ilumine y nos dé buen abad.
