
El domingo pasado fue un día extraordinario para España. Alcaraz vence en Wimbledon, la roja en Alemania. Dos triunfos muy importantes a los que ya estamos demasiado acostumbrados. Es decir, que fue un día muy malo para los que son españoles a su pesar, como el Filomeno de Torrrente Ballester, aborígenes de esos que llevan el pasaporte y el DNI del reino de España como los penitenciados por la Inquisición llevaban el sambenito. No hace falta trapo ni cucurucho que los delate, ya se les ve venir, se les conoce por la jeta descompuesta ante una felicidad y una unión que les ofende y les aparta. No han faltado, como era de esperar, personajes de la farándula política que, con sus anteojeras de rigor, han intentado arrimar a su sardina ideológica un ascua que era de todos. Muchas estupideces hemos tenido que escuchar y leer, como se acostumbra. Por cierto, eché de menos una representación del más alto nivel en Wimbledon, del gobierno y de la casa real.
Los que tienen mando en plaza entre esas parroquias y sectas
cismáticas, procuraron, hasta donde pudieron, dificultar tales celebraciones y
previsibles alegrías, de forma que hubo obispados en los que los creyentes
tuvieron que seguir las liturgias del fútbol en sus casas o en el bar de la esquina, si es que allí se
atrevían a encender la televisión, no vaya a ser que se deje caer algún propio
del ayuntamiento y los cruja, porque esa traición a la causa de la tribu no es
de recibo. Otros, más inteligentes y menos asilvestrados, se rindieron a la
evidencia y se atrevieron —o resignaron— a poner pantallas gigantes hasta en la
misma Plaza de Cataluña en Barcelona, dando lugar a que se llenara de odiosas banderas de España, toda una provocación para la CUP, para el
Lluis Llach, Puigdemones y demás illuminati. Otegui, un santo varón, no se une
a la celebración, porque ni es su país, ni su himno ni su rey —según nos cuenta
confundiendo, como acostumbran, el deseo con la realidad—, con lo que nos honra
a la mayoría, contenta de, al menos in pectore, no compartir con tal personaje
siniestro ni la vecindad ni, si me apuras, la especie, pues su falta de humanidad, entre otras cosas
importantes, es cosa acreditada. Puta selección, puta España, junto con otras
pintadas, sin faltar las cruces gamadas tan de su gusto, acusando de traidores a Mikel Merino y a Oyarzabal, hijo de una vecina
del Elorrio de las pintadas que tuvo la desfachatez de marcar para España el gol definitivo en
la final. Los promotores de estos respetuosísimos mensajes luego ayudan en Madrit
a legislar acerca de los delitos de odio, que ya sabemos que hay quien odia a quien
no debe y que esas cosas hay que dejar que las legisle quien de ello entiende.
Bueno, pues quitando a algunos desnortados que, si acaso,
sólo celebran los goles que han marcado los de su pueblo, como el Atleti, España,
una vez más, se ha llenado de banderas, esta vez rojas y gualdas, las de todos,
las únicas que molestan a los que hoy sufren viendo plazas abarrotadas de gente
contenta tarareando un himno que sigue sin tener letra, para hacer imposible que se cante y porque sería imposible
el acuerdo de ponerle una que a nadie ofendiera. Y ocurre así aunque no es la
letra lo que pudiera ofenderles, que pocos himnos nacionales, regionales o
locales hay que se puedan cantar sin rubor, por cursis, agresivos o ripiosos, a los
que estos aldeanos no hacen ascos, sino porque saben la importancia que para los
sentimientos de pertenencia y de unión tienen los símbolos, los himnos, la
Historia compartida. Provocan sentimientos que los peores de entre nosotros
procuran extirpar en el común por todos los medios.
Cada autonomía los tiene, pues
muchos defienden las partes y pocos y flojo el todo. Incluso alguna tiene por
bandera la de un partido, el PNV, una apropiación que a nadie espanta; otras
cantan himnos agresivos, marciales, llenos de hoces y guadañas, dejando la
calle llena de sangre cuando se desgañitan cantándolo, que es un primor. «¡Buen
golpe de hoz!, ¡Buen golpe de hoz, defensores de la tierra!», toda una oda a
la convivencia que cantan con su cara más beatífica pacíficos patriotas e instituciones locales en el Principado.
Seguramente ya es demasiado tarde, tras decenios de cesiones
y compraventas de votos, para corregir esa deriva disgregadora que elimina
entre los españoles de las distintas regiones y comunidades todo aquello que
fue y es común, lo que nos mantuvo unidos, esa serie de símbolos, ideas,
recuerdos y valores que cualquier otro país procura transmitir cuidadosamente a
sus ciudadanos desde la infancia.
La política de muchas comunidades ha tenido como eje el costosísimo
monocultivo de diferencias, por semilla o esqueje, por dejar de regar las plantas que consideran invasivas, abonar y potenciar las endémicas, crear algunas ex novo o, como hablamos de especies con patas, expulsar mediante la violencia, la amenaza y la extorsión, a los ejemplares discordantes, como se hizo durante decenios en el País Vasco. Decenas de miles de ciudadanos tuvieron que emigrar para conservar sus vidas. Trabajo de laboratorio,
ingeniería social que trabaja para torcerle la mano a la naturaleza y a la
historia para conseguir ejemplares adaptados a su idea de cómo deben ser los
productos uniformes de la huerta que cultivan y explotan. Buscan provocar mutaciones que hagan aflorar hechos diferenciales, a base de podas, exposición a las radiaciones nacionalistas y otros métodos de injerencias en la evolución natural, que ven poco favorable para su causa. Aplicando las
técnicas de Mendel con los guisantes o los ganaderos de bravo con sus reses, se
incentiva todo aquello que se quiere dominante, es decir, la diferencia, grande
o pequeña, imaginaria o real, irrelevante o de sustancia. Por otra parte, se va
intentando hacer recesivo, debilitar hasta su desaparición, si fuera posible,
todo aquello que desde hace mil años hemos tenido en común, que es casi todo.
No cabe en un plan que trata a la población como ganado el proteger, al menos
respetar, la bandera común, el himno, la monarquía, ni dejar a su aire
costumbres, hábitos y creencias compartidas, pues al bicho de la unidad hay que
matarlo de pequeño.
Y viene el fútbol o el tenis a joder la marrana autóctona. Como
las canciones, libros y películas que se disfrutan de igual forma y en la misma lengua común en todo el
país, los éxitos, las alegrías y los disfrutes acuden a unirse a la tortilla de
patatas, el chorizo y la paella para hacer que, al menos unos ratos, caigamos
en la cuenta de que todos somos españoles, demasiado parecidos para su gusto,
cuando no iguales como gotas de agua. Porque en esto sólo se puede ser igual o
peor. Mala cosa.
Aunque algunos parezcan desconocerlo, empecinados en celebrar derrotas y usarlas como guion y pegamento de sus rentables lamentos, todos sabemos que la victoria tiene cien padres, pero la derrota es huérfana, que los éxitos unen mucho, pues todos los sentimos nuestros y ajenos los fracasos. Y estos éxitos que a los aldeanos enfadan llevan a una mayoría a ondear banderas que otro día evitamos mostrar, porque miles de sectarios amantes de la disgregación nos han casi convencido de que los símbolos comunes son cosa de fachas. Si encima, escuchan a miles de personas, para más inri en una plaza de toros, cantar a grandes voces nuestro himno nacional sin letra, se les hunden los palos del sombrajo. Los amargados no soportan la felicidad ajena, sobre todo cuando comprueban que ellos son la minoría, la marginalidad, la excepción. Muchos negarán que se les ponen los pelos de punta, pero nadie duda de que son más los que se emocionan al escuchar el himno en estas ocasiones que los estepaiseños a los que les sale un sarpullido viendo a la mayoría unidos y contentos bajo la bandera de todos.