viernes, 16 de enero de 2026

De gustos y preferencias

 

El año pasado escuché y traje por aquí un fragmento del Oratorio de Navidad de Johann Sebastian Bach. Este año compartí en facebook esta versión sui generis y casi completa de esta obra magnífica. La escuché casi todas las mañanas de la navidad con los pelos de punta. Ambas versiones destacan la percusión, un acierto que se suma a los de la puesta en escena, el marco, Leipzig, las vestimentas y los instrumentos de la época, que intentan acercarnos a cómo se viviría en su momento esta música excelsa. Sí, cómo se viviría, que no sólo se trata de escuchar, sino de sentir. Hay una película de la que sale el fragmento citado, desgraciadamente en alemán y de pago, que me resulta imposible compartir.

Como ocurre con todas las creaciones sublimes, al disfrute estético específico se añade que te llevan a pensar. En este caso mis divagaciones, casi siempre improcedentes y peregrinas,  me encaminan a mirar otra maravilla, esta de creación colectiva, que es el lenguaje. Con sus precisiones y sus ambigüedades, sus conceptos generales y sus concreciones particulares, con nombres comunes o propios. Así, llamamos música a esta obra y también a los Clavelitos de la tuna, como llamamos ríos al Segura y al Danubio, perros a un caniche, a un mastín o a un san Bernardo, vino, tanto al de la cooperativa del pueblo de a un euro el litro como a un Château Lafite-Rothschild de 1.954, novela a Guerra y Paz o a El Quijote y también al último premio editorial destinado al olvido, y coche nombramos tanto a un Opel Corsa como a un Rolls Royce. Con las gentes ocurre igual. Personas fueron Bach, Pasteur, Isabel de Castilla, Hernán Cortés, Cleopatra, Cervantes, Mozart o Madame Curie, el doctor Fleming y la madre Teresa de Calcuta. También nos dicen que eran personas Hitler, Jack el destripador, Stalin, Mussolini, Lenin, Pol Pot y especímenes así. En lo que la especie ofrece en la actualidad, prefiero no entrar. Esa ambigüedad al nombrar las cosas, que permite hacer pasar por iguales las diferentes y señalar diferencias entre las idénticas para arrimar cada cual el ascua a su sardina, permite a la vez la literatura, la poesía, el comercio... y la política. La peor de las políticas, claro, aunque a veces duda uno si las hay de otras.

Hay cosas que están al alcance de todos, y las hay que no. Unas por falta de dinero, otras de conocimiento, aunque es universal la creencia de que, a la hora del reparto de los dones, todos pensemos que los dioses fueron tan cicateros con lo primero como generosos con lo segundo. Está claro que por muy igualitarios que queramos ser, nunca habría Rolls Royces (en realidad no habría ni un coche mediocre) para todos, ni suficiente Château Lafitte en las bodegas de Burdeos, y mucho menos una segunda vivienda en la playa para cada habitante del planeta. Los recursos del mundo no dan para tanto, aunque sí dan, quiero pensar, para que cada familia tuviese un techo, aunque modesto, patatas, agua limpia, pan o arroz, al menos lo esencial. No creo que todas las granjas del planeta alcancen siquiera para proporcionar un ala de pollo ni los mares un pescado de ración per cápita al día. Otra cosa es el reparto, claro. Que unos pocos tuvieran unas cosas prescindibles no está reñido con que a nadie le faltaran las vitales en un mundo donde más reina la austeridad y la pobreza que la opulencia y el derroche. 

Se puede pasar sin un Rolex o sin un bolso de Louis Vuitton. Hay quien vive de su fabricación y de la estupidez o el  derroche de quien los compra; pero no se puede prescindir de la comida, el agua o el techo. Si repartiéramos (incluso, si me apuras, si repartiésemos) todos los bienes existentes en el mundo entre sus habitantes, eliminando así las acumulaciones obscenas de algunas fortunas, el saldo medio iba a ser de pena. Cualquier occidental, por mal que le vaya, es un privilegiado, quejoso, probablemente igualitario y justiciero teórico sí, pero privilegiado. Tiene más de lo que le toca. Las cosas como son, que el papel y el discurso todo lo aguantan, las matemáticas no. Por eso la realidad se compadece tan mal con los reproches y declaraciones de solidarios de boquilla y de buenismos sin coste. Las sociedades prósperas, sobrealimentadas, hedonistas y perezosas, las nuestras, acaban por endurecer las arterias de sus ciudadanos. Y las caras. La esclerosis facial es tan frecuente como la arterial.  Por eso ya ni asombra ver a ciertos sujetos cantar las maravillas de sociedades a las que no se irían a vivir ni hartos de whisky. Aquí se indigna y protesta uno mejor. ¡Dónde va a parar! Sus golpes de pecho no ayudan a nadie, pero reconfortan al predicador. De forma que mejor estarían callados estos fariseos que andan por desiertos, cerros y quebradas digitales, mediáticas o parlamentarias, predicando la buena vieja (no diré nueva, porque tampoco lo es), siempre a una distancia prudencial de los paraísos que dicen ansiar para los demás. No faltan salomones que no dudarían en destruir todo aquello que a ellos, como a casi todos, no les alcanza. O me dan a mí un Rolls y una caja de ese vino o que se destruya todo aquello de que sólo disfrutan otros. Esa mezquindad envidiosa, destructiva y estéril, la igualación en la miseria, salvo para la dirigencia, ha sido la base de alguna ideología que, inconcebiblemente, aún hoy encuentra adeptos y defensores. Lógicamente entre los que en el fondo piensan que, llegado el caso, a ellos les tocaría quedar arriba, a salvo de la ruina y la opresión que dan por buenas para los demás. Que no me guarden la cría de esas familias ideológicas.

Confundiendo siempre valor con precio, todo lo medimos en dinero, olvidamos que hay otra clase de bienes, exquisiteces y excelencias que están al alcance de todos. Cuesta lo mismo escuchar este oratorio de Bach que una pieza de reggaetón. Incluso nada, como es el caso.  Lo mejor de la música y la literatura, por antiguo, ya no paga derechos de autor, su disfrute o su desdén ya dependen del gusto o de la intemperie que su ausencia puede producir en cada cual. Hay multitud de bibliotecas públicas, infinidad de conciertos, presentaciones de libros, conferencias, obras de teatro, museos, exposiciones de acceso gratuito, prensa y biblioteca de Alejandría digitales, incluso vídeos de youtube, tutoriales para aprender cualquier cosa antes reservada a una minoría. Por no hablar de los monumentos heredados que nos rodean o de la misma naturaleza. No tienen coste alguno, y languidecen, pasan desapercibidos, no merecen ni una mirada distraída, y llegan a desaparecer porque no acude ni cristo a disfrutar de esos placeres gratuitos. Algunos semovientes hablarán de elitismo. Es cosa de educación, de cultura, de interés, es cierto. Como lo es que quien quiere y pone algo de su parte, también dispone gratuitamente de la posibilidad de acceder a ellas y a estos bienes no demasiado valorados por tantos y tantos. Seguramente el que su disfrute requiera cierto esfuerzo no obra en su favor.

Malos referentes preferimos. Con las personas que en el mundo acaban siendo soportadas, aceptadas, incluso elegidas como gobernantes de algunos desgraciados países, ocurre igual. Se suele acabar optando por lo peor. Antes se impone el granel que el vino excelente, el reggaetón que el Bach político, el Corsa que el Rolls gubernamental, los que ejercen la fuerza que los que se atienen a la ley y a la razón, los apóstoles de la división que los de la concordia. Y, paradójicamente y como todos sabemos, sale infinitamente más caro un gobernante inútil, corrupto, indecente o irresponsable, virtudes que se realimentan entre sí y suelen venir juntas, que uno menos carismático y prepotente, pero austero, decente y eficaz. Los dogmas de las religiones políticas, las adhesiones inquebrantables, las etiquetas ideológicas estancas y excluyentes son los venenos que nos acaban emponzoñando como personas y como sociedad. 

Los dictadores son una desgracia que se suele imponer a las sociedades por la fuerza, mediante la represión y el acaparamiento del poder, que resulta difícil arrebatarles una vez instalados. Se suele olvidar que son los ciudadanos los que, cuando aún había tiempo para evitarlo, les abren las puertas de par en par, quienes los invocan; los que eligen para esos cargos lo peor que ofrece el mercado y la estación, cogiendo de la cesta las manzanas ya agusanadas, las naranjas con moho, la carne sobrevolada de moscas verdes. Porque a muchos les gusta, se identifican en esa mediocridad, o porque prefieren taparse ojos y oídos para dar por bueno lo que elige su entorno. Seguramente porque para ellos es un mal menor que se resignan a soportar y defender si ello les permite imponerse como grupo a la parte de la sociedad o del mundo que odian, que desprecian. Prefieren a los que llevan al conjunto a la división, el enfrentamiento, a la ruina unas veces y hasta a la guerra otras. Los elegidos son tan miserables como los electores que los alientan y mantienen en el poder, sólo para recibir la recompensa ruin de creerse bajo su mando mejores que los demás, de engañarse al escuchar que están como tribu en el lado correcto de una historia que, con esta tropa, suele terminar mal. Uno de los primeros síntomas de que una sociedad empieza a descomponerse es cuando ya mayoritariamente recela de la excelencia y aplaude la mediocridad, optando por una medianía que no ofenda sus propias límitaciones y carencias. Un segundo síntoma de alarma es cuando la ley y quienes la aplican empiezan a ser un estorbo, como los que se atreven a opinar o informar contracorriente. Luego, todo eso se suele almibarar con grandes palabras, pero, en el fondo de esas mentes, de esas doctrinas y esos sistemas extremos y totalitarios que muchos quisieran, de un signo o de otro, no hay más que miseria, rencor, envidia y mediocridad.

No, Trump, Putin, Erdogan, Díaz-Canel, Alí Jamenei, Xi Jinping, Maduro, Obian Nguema, Ortega, los jeques del Golfo, Lukashenko, Kin Jong-un y otros siniestros gobernantes de garrafón que el mundo padece, no son un castigo del cielo. Dice la World Population Review que actualmente en el mundo hay 53 dictaduras. En otras listas que he consultado no aparece Cuba como una de ellas, algo muy revelador. Ya escribía Karen Blixen en Memorias de África que, cuando los dioses quieren castigarnos, escuchan nuestras plegarias. Al menos, cuando caiga el meteorito o lleguen los bárbaros que muchos no dejan de invocar, que nos pille escuchando buena música, mejor que las milongas que nos cantan algunos orates foráneos y locales, que Dios confunda.

2 comentarios:

  1. Siempre interesante tu aporte. Un abrazo.

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  2. Ostras, Pepe, siempre con tu lucidez crítica. Lástima que tus reflexiones no tengan mayor difusión, aunque eso, al menos, te permite poder expresarlas sin represalia de esa especie humana de tan dudosa virtud. O sin duda. Te leo y te animo a que nos ofrezcas de vez en cuando alguna de tus epístolas.

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