miércoles, 20 de diciembre de 2023

Breve elitista


Reflexionando acerca de un artículo de Tony Soler en El País («El canon de la tribu»), en el que se nos avisaba de la medianía, de la mediocridad a que lleva el intentar en todos los campos (desde los vinos, las películas, a las decisiones políticas, incluidas las leyes de educación) adaptarse al nivel, juicio, capacidad, valoraciones y expectativas del ciudadano medio, se me ocurre que ¡qué tema tan bonito ese del libre albedrío!, que decían en Amanece que no es poco.

Esa falta de exigencia y de ambición se complementa con la pulsión catequista de moldear el comportamiento de los ciudadanos, incluso por medio del BOE, de acuerdo a una moralina tenida por avanzada, llena de supuestas correcciones, consejas, supersticiones y manías del ocasional legislador que quieren hacer canónica, reguladora de todos los aspectos de la vida de los individuos. La tensión entre esas dos fuerzas opuestas, por una parte cualquier cosa es de recibo, la excelencia es elitista y reaccionaria, todo el mundo es bueno, por otra, yo os voy a enseñar a ser aún mejores, a ser como se debe ser, queridos hermanos, no puede producir más que una ideología deslavazada, contradictoria y, por supuesto, simple barniz superficial que los más sumisos soportan por no reñir, por no desentonar con un entorno que se vuelve censor y agobiante. La contestación, la actitud discordante y rebelde, indócil, en tiempos propia de las vanguardias progresistas, acarrea hoy reproches de ser reaccionario, cuando no facha. Hay temas que ni mentarlos. La actitud disonante y descreída, indisciplinada y crítica con el poder ha cambiado de bando y la progresía actual es unánime y sumisa. Más son acólitos que militantes. Sus discursos, en el fondo contradictorios y a menudo inexplicables, siempre vaciando el significado de las palabras del debate, se desentienden de valores que fueron su seña de identidad, hoy difusa y adaptativa, complaciente con el que manda hasta la vergüenza, si son los suyos. Se desprecia y desprotege la igualdad de los ciudadanos en lo importante, cierto y necesario, esto es, en los derechos, y se intenta igualar en lo dudoso y opinable, la moral y los comportamientos, a gusto de la religión que quisieran dominante, de base adanista y redentora. Por contra, se consienten y acrecientan ciertos privilegios, se estimulan no pocas diferencias, dando por ciertas algunas interesadamente inventadas, y se cultivan las identidades excluyentes, viviendo el promotor, bien de las ventajas que concede, bien de los enfrentamientos que provoca.

Poco sitio hay aquí para temas tan vidriosos como la moral, la corrección, lo que es nuevo o viejo, progresista o reaccionario, igualitario elitista. A mi edad uno ya pasa de ciertos remilgos y supuestas correcciones, tan en boga dado el infantil buenismo actual, tan querido por los mediocres como destructivo para la sociedad. No sé si se trata de elitismo o de experiencia, de especialización, de evitar falsas humildades o simplemente de reconocer que todos somos diferentes, que cada uno tiene su alma en su almario, sus debilidades y sus fortalezas, sus temas de interés, cosas a las que ha dedicado millones de horas y que, en eso, se separa, aventaja a la media.

 Afortunadamente, pues esto permite el avance de la humanidad. Todo el mundo es mejor (y peor) que la media en algo, lo que no es gran cosa pues precisamente esa media, lo que tenemos todos en común, resulta ser una estática mierda sobrevolada por moscas verdes. Lo común, lo que todos compartimos, a veces resulta ser la mezcla de lo peor de cada uno, lo más gris y miserable del género humano. Y es así porque es nuestra parte animal, la que no es fruto del estudio, la divergencia, el aprendizaje, la educación, la curiosidad o el esfuerzo personal, sino los meros mecanismos de defensa de la especie, los sentimientos viscerales nada reflexivos, la respuesta rápida del cerebro como el reflejo al golpear la rodilla. Algunos toman esos rudimentarios resortes por pensamiento, incluso por ideología. Eso es lo que compartimos los humanos; lo demás es la capa de grosor muy variable que la cultura añade —o no—, la que permite la convivencia, la colaboración, la empatía y el avance de la sociedad. No sé si esto es un hecho triste o esperanzador, pero lo bueno, lo mejor de la humanidad, precisamente viene a ser ese conjunto de diferencias que quedan fuera de la media. Por eso la diferencia, bellos discursos aparte,  siempre ha sido mirada con recelo, a veces rechazada y no pocas veces perseguida por la común mediocridad que se ve ofendida, enfrentada con algo mejor. Se da la contradicción de que se intentan sujetar las diferencias que pudieran llevar a la excelencia, cortar las cabezas que sobresalen o desentonan, mientras se ensalzan otras, más circunstanciales y epidérmicas que dan entidad a un colectivo, a una tribu, fuente de reconocimiento, privilegio, resarcimiento o impunidad.

La opinión más extendida, el libro más leído, la canción más escuchada y, a veces, el resultado de un referéndum o de unas elecciones, lo demuestran. Eso es la masa, colectivo amorfo del que todos formamos parte en algunos momentos y campos. Prefiero quedarme con mis ratos y facetas de excelencia, esos que me han costado 60 años de tocar la guitarra, leer miles y miles de libros o pintar otros tantos dibujos y acuarelas. En esos escasos campos concretos soy infinitamente mejor que la media, cosa que a los demás les sucede con otros temas. En esos asuntos soy elitista, no me conformo con cualquier estupidez musical, pictórica, literaria o argumentativa, tan del gusto de la media, ese ente de razón que llaman el pueblo, así a granel, como masa indiferenciada de ciudadanos de garrafón. A cambio, y dicho en términos científicos, soy una mierda en el deporte, tengo varios músculos sin estrenar, me oriento mal en rutas y ciudades, cojeo y peso dos arrobas demás, entre otras muchas miserias.

Por eso —por reflexivo, no por cojo— tanto como de los profetas desconfío de las multitudes, las asambleas, los referéndums y otras cándidas manifestaciones de una inmerecida confianza en una inexistente inteligencia de las personas al montón, como las patatas fritas. Decía Chesterton que "el que un hombre sea bípedo no quiere decir que cincuenta hombres sean un ciempiés". La inteligencia individual, enturbiada con visiones e intereses diferentes, a veces se contrarresta con la del vecino en lugar de sumarse, de forma que no hay que suponer que mil piensen más ni mejor que uno. Los avances, inventos e ideas novedosas son creaciones individuales, nunca colectivas, del pueblo. Pensar eso seguramente es tan elitista como verdadero y difícil de aceptar por quien nunca ha tenido un solo pensamiento propio y original. El desprecio a todo lo que destaque, el intento de igualar podando las ramas altas dejan el paisaje más apañadito, ningún árbol se ofende, pero ni es natural ni conveniente. Si eso es elitismo, soy un elitista redomado, a Dios gracias.

 

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