El año pasado escuché y traje por aquí un fragmento del Oratorio
de Navidad de Johann Sebastian Bach. Este año compartí en facebook esta versión sui generis y casi completa de esta obra magnífica. La escuché casi todas las mañanas de la navidad
con los pelos de punta. Ambas destacan la percusión, un acierto que se suma a los
de la puesta en escena, el marco, las vestimentas y los instrumentos de la
época, que intentan acercarnos a cómo se viviría en su momento esta música. Sí,
cómo se viviría, que no sólo se trata de escuchar, sino de sentir. Hay una película de la que sale el fragmento citado, desgraciadamente en alemán y de pago, que me resulta imposible compartir.
Como ocurre con todas las creaciones sublimes, al disfrute estético específico se añade que te llevan a pensar. En este caso mis divagaciones me llevan a mirar esa otra maravilla, esta de creación colectiva, que es el lenguaje. Con sus precisiones y sus ambigüedades, sus conceptos generales y sus casos concretos, los nombres comunes o los propios. Así, llamamos música a esta obra y a los Clavelitos de la tuna, como llamamos ríos al Segura y al Danubio, perros a un caniche o a un mastín o a un san Bernardo, vino tanto al de la cooperativa del pueblo de a un euro como a un Château Lafite-Rothschild de 1.954, novela a Guerra y Paz, incluso a El Quijote y también al último premio editorial destinado al olvido, y coche a un Opel Corsa y a un Rolls Royce. Con las gentes ocurre igual. Personas fueron Bach, Pasteur, Isabel de Castilla, Hernán Cortés, Cleopatra, Cervantes, Mozart o Madame Curie, el doctor Fleming y la madre Teresa de Calcuta. También dicen que eran personas Hitler, Jack el destripador, Stalin, Mussolini, Lenin, Pol Pot y especímenes así. En lo que la especie ofrece en la actualidad, prefiero no entrar. Esa ambigüedad al nombrar las cosas, que permite hacer pasar por iguales las diferentes y señalar diferencias entre las idénticas para arrimar cada cual el ascua a su sardina, permite a la vez la literatura, la poesía... y la política. La peor de las políticas, claro, aunque a veces duda uno si las hay de otras.
Hay cosas que están al alcance de todos, otras que no. Unas por falta de dinero, otras de conocimiento, aunque es universal la creencia de que, a la hora del reparto de los dones, todos pensemos que los dioses fueron tan cicateros con lo primero como generosos con lo segundo. Está claro que por muy igualitarios que queramos ser, nunca habría Rolls Royces (en realidad no habría ni un coche mediocre) para todos, ni suficiente Château Lafitte en las bodegas de Burdeos, y mucho menos una segunda vivienda en la playa para cada habitante del planeta. Los recursos del mundo no dan para tanto, aunque sí dan, quiero pensar, para que cada familia tuviese una casa, aunque modesta, patatas, agua limpia, pan o arroz, al menos lo esencial. No creo que todas las granjas del planeta den siquiera para un ala de pollo ni los mares un pescado per cápita al día. Otra cosa es el reparto, claro, y que unos pocos tuvieran unas cosas prescindibles no está reñido con que a nadie le faltaran las vitales en un mundo donde más reina la austeridad y la pobreza que la opulencia y el derroche. Se puede pasar sin un Rolex o sin un bolso de Louis Vuitton. Hay quien vive de su fabricación y de la estupidez derrochadora de quien los compra, pero no se puede prescindir de la comida, el agua o el techo. Si repartiéramos (incluso, si me apuras, si repartiésemos) todos los bienes existentes en el mundo entre sus habitantes, a pesar de las acumulaciones obscenas de algunas fortunas, el saldo medio iba a ser de pena. Cualquier occidental, por mal que le vaya, es un privilegiado, quejoso, igualitario, justiciero teórico sí, pero privilegiado. Tiene más de lo que le toca. Las cosas como son, que el papel y el discurso todo lo aguantan, las matemáticas no. Por eso la realidad se compadcece tan mal con los relatos de parte. Las sociedades prósperas, sobrealimentadas, hedonistas y perezosas, acaban endureciendo las arterias de sus ciudadanos. Y las caras. La esclerosis facial es tan frecuente como la arterial. Por eso ya ni asombra ver a ciertos sujetos cantar las maravillas de sociedades a las que no se irían a vivir ni hartos de whisky. Aquí se indigna y protesta uno mejor. ¡Dónde va a parar! De forma que mejor estarían callados estos farsantes que andan por desiertos, cerros y quebradas digitales, mediáticas o parlamentarias, predicando la buena vieja (no diré nueva, porque tampoco lo es), siempre a una distancia prudencial de los paraísos que dicen ansiar para los demás. No faltan salomones que no dudarían en destruir todo aquello que a ellos, como a casi todos, no les alcanza. O me dan a mí un Rolls o una caja de ese vino o que se destruyan todas. Esa mezquindad envidiosa, destructiva y estéril, la igualación en la miseria, salvo para la dirigencia, ha sido la base de alguna ideología que, inconcebiblemente, aún hoy encuentra adeptos y defensores. Lógicamente entre los que en el fondo piensan que a ellos les tocaría estar arriba, a salvo de la ruina y la opresión que dan por buenas para los demás. Que no me guarden la cría de esas familias ideológicas.
Confundiendo siempre valor con precio, todo lo medimos
en dinero, olvidamos que hay otra clase de bienes, exquisiteces y excelencias que están al alcance de todos. Cuesta lo
mismo escuchar este oratorio de Bach que una pieza de reggaetón. Incluso nada, como es el caso. Lo mejor de la
música y la literatura, por antiguo, ya no paga derechos de autor, su disfrute o su desdén ya dependen del gusto o de la intemperie que su ausencia puede producir en cada cual. Hay multitud de bibliotecas
públicas, infinidad de conciertos, presentaciones de libros, conferencias,
obras de teatro, museos, exposiciones de acceso gratuito, incluso vídeos de youtube, tutoriales para aprender cualquier cosa antes reservada a una minoría, por no hablar de los monumentos
heredados que nos rodean o de la misma naturaleza. No tienen coste alguno, y languidecen, pasan desapercibidos, no merecen ni una mirada distraída, o
llegan a desaparecer porque no acude ni cristo a disfrutar de esos placeres
gratuitos. Algunos semovientes hablarán de elitismo. Es cosa de educación, de
cultura, es cierto. Como lo es que quien quiere y pone algo de su parte,
también dispone gratuitamente de la posibilidad de acceder a ellas y a estos
bienes no demasiado valorados por tantos y tantos. Seguramente el que su disfrute requiera cierto
esfuerzo no obra en su favor.
Con las personas que en el mundo acaban siendo soportadas, aceptadas,
incluso elegidas como gobernantes de algunos desgraciados países, ocurre igual. Se suele acabar optando por lo peor. Antes se impone el granel que el vino excelente, el reggaetón que el Bach político,
el Corsa que el Rolls gubernamental, los que ejercen la fuerza que los que se atienen a la ley y a la razón, los apóstoles de la división que los de la
concordia. Y, paradójicamente y como todos sabemos, sale infinitamente más caro
un gobernante inútil, corrupto, indecente o irresponsable, virtudes que se
realimentan entre sí y suelen venir juntas, que uno menos carismático y
prepotente, pero austero, decente y eficaz. Los dogmas de las religiones
políticas, las adhesiones inquebrantables, las etiquetas ideológicas estancas y
excluyentes son los venenos que nos acaban emponzoñando como personas y como sociedad. Los dictadores son una
desgracia que se suele imponer a las sociedades por la fuerza, mediante la
represión y el acaparamiento del poder, que resulta difícil arrebatarles una
vez instalados. Se suele olvidar que son los ciudadanos los que, cuando aún
había tiempo para evitarlo, les abren las puertas de par en par, quienes los
invocan; los que eligen para esos cargos lo peor del mercado y la estación, cogiendo
de la cesta las manzanas ya agusanadas, las naranjas con moho, la carne
sobrevolada de moscas verdes. Porque a muchos les gusta, o prefieren taparse ojos y oídos para dar por bueno lo insoportable para la mayoría. Seguramente porque es
un mal menor que eligen soportar y defender si ello les permite imponerse como
grupo a la parte de la sociedad o del mundo que odian, que desprecian. Prefieren a los que
llevan al conjunto a la división, el enfrentamiento, a la ruina unas veces y hasta
a la guerra otras. Los elegidos son tan miserables como los electores que los
alientan y mantienen en el poder, sólo para recibir la recompensa ruin de creerse bajo
su mando mejores que los demás, de engañarse al escuchar que están como tribu en el lado
correcto de una historia que, con esta tropa, suele terminar mal. Uno de los
primeros síntomas de que una sociedad empieza a descomponerse es cuando ya mayoritariamente recela
de la excelencia y aplaude la mediocridad, optando por una
medianía que no ofenda sus propias límitaciones y carencias. Un segundo síntoma de alarma es cuando la
ley y quienes la aplican empiezan a ser un estorbo, como los que se atreven a
opinar o informar contracorriente. Luego, todo eso se suele almibarar con grandes
palabras, pero, en el fondo de esas mentes, de esas doctrinas y esos sistemas extremos y totalitarios que muchos quisieran, de un signo o de otro, no hay más que miseria, rencor, envidia y mediocridad.
No, Trump, Putin, Erdogan, Díaz-Canel, Alí Jamenei, Xi
Jinping, Maduro, Obian Nguema, Ortega, los jeques del Golfo, Lukashenko, Kin Jong-un
y otros siniestros gobernantes de garrafón que el mundo padece, no son un castigo del
cielo. Dice la World Population Review que actualmente en el mundo hay 53
dictaduras. En muchas otras listas que he consultado no aparece Cuba como una
de ellas, algo muy revelador. Ya escribía Karen Blixen en Memorias de África
que, cuando los dioses quieren castigarnos, escuchan nuestras plegarias. Al
menos, cuando caiga el meteorito o lleguen los bárbaros que muchos no dejan de
invocar, que nos pille escuchando buena música, mejor que las milongas que nos
cantan algunos orates foráneos y locales, que Dios confunda.