sábado, 12 de octubre de 2019

Epístola del 12 de octubre


Como hoy en día las grúas son menos frecuentes que hace unos años en nuestro paisaje urbano no sé, y además ignoro, si sigue viva la tradición de colocar una bandera nacional al tiempo y al lado de la última teja de un edificio que se ha terminado de levantar con bien. En algunas partes de España estoy seguro que hace decenios que dejó de hacerse y en las demás seguramente también, para no ofender a quienes en la bandera nacional ven una afrenta, un recuerdo de una dictadura a la que paradójicamente cedieron y siguen atribuyendo todos los símbolos comunes los pretendidos sucesores de quienes, orgullosos de llamarse españoles, tenían a honra defenderlos. Lo común es discutido, sospechoso, pues se ha preferido volcar las adhesiones en lo local y en lo identitario, y se ha consolidado en el imaginario patrio la idea perversa de que sólo las banderas regionales o de partido son admisibles y pueden ser exhibidas sin ser tildado de facha. Se prefiere parcelar la sociedad en cuñas identitarias, enfrentadas y estancas, que llevan más a la disgregación que a un más conveniente sentimiento de unidad que se combate como peligrosamente igualador. La igualdad no es un valor en alza hoy en día, aunque se intente aparentar que sigue siendo un objetivo deseable.

    Cada sociedad destila —y necesita— unos mitos fundacionales que generen la cohesión mínima y cimenten una idea básica de pertenencia a una empresa colectiva, a un país común, algo imprescindible para la pervivencia de esa sociedad. Estos mitos, en todas las naciones actuales, tienen mucho de discutible, en unas más y en otras menos y, aunque toman la Historia como base, no pocas veces la idealizan, le quitan aristas, o directamente la inventan, cosa muy frecuente. Una pervivencia romántica. No pocas tradiciones y caracteres nacionales que se tienen por ancestrales no van más allá del siglo XIX. Desde los kilt escoceses, como otras costumbres "seculares" inventadas hace poco más de un siglo, hasta las referencias a batallas, a condes disfrazados de reyes, así como a variopintos personajes y hechos supuestamente heroicos, seminales, a veces malinterpretados o no ocurridos, que dieran origen y carácter a una nación o a quienes aspiran a serlo. Otros, dado el prestigio actual de la víctima, prefieren ver en una derrota el origen de su tribu y de las pertinentes reclamaciones presentes por los agravios sufridos en el pasado. El agravio, aunque sea irreal, proporciona la ventaja de que une mucho y además establece quién es de los nuestros a la vez que señala al enemigo, al culpable de nuestros males pasados y presentes. La víctima, persona o pueblo, siempre espera reparación y acaban convirtiendo la Historia en una notaría. De suponer que alguien nace heredando el derecho a una reparación se deduce que otros vienen al mundo con la obligación de hacerse cargo de la cuenta, sea moral o económica. Aunque los sufragáneos hayan de ser los trastataranietos o bichoznos de los supuestos victimarios, siempre quedan cuentas pendientes. La Historia como libro de contabilidad, con su debe y su haber, aunque cada uno reclame el importe del segundo concepto tanto como se distrae acerca del primero.
   Leo con interés el comentario en las redes de un amigo por el que siento ese respeto que merece todo aquel que te permite estar en desacuerdo en cosas importantes sin que mis matices o argumentos en contra de sus opiniones acarreen una descalificación por su parte. Hoy es cosa rara tal actitud, que en reciprocidad mantengo con él. Con otros que no salen del bucle, he llegado a adoptar como respuesta la que Cantinflas dio a un entrevistador impertinente: “Dese usted por contestado”. Habla este amigo de que España está basada en la actualidad en dos mitos fundacionales, a saber, la Reconquista y el descubrimiento de América, hechos de rabiosa antigüedad, pues hoy se cumplen 527 años del fin de una y del inicio de la otra. A su entender, ambos hitos son en cierta forma dudosos e improcedentes; uno por no ser cierta la versión de 800 años de una guerra contra el moro que conformara tanto la nación como su carácter, forjado en esa lucha de nosotros contra los otros. Es cierto, no fue ni tan generalizada y permanente la lucha como quieren unos ni de tan almibarada convivencia intercultural como sugieren otros. Como muchos libros hay sobre el tema, nada que argumentar, consúltense, salvo decir que sobre tal diatriba comparto con matices el enfoque del último presidente de la República en el exilio, don Claudio Sánchez Albornoz, cuyos artículos aún se podían leer en La Vanguardia —entonces titulada Española— a inicios de la Transición. Estos matices vendrían de que me cuesta trabajo considerar español a Alfonso X el Sabio o a Álvarez de Córdoba y no darle el mismo pasaporte a Averroes, a Maimónides o a Boabdil. Pocos viven hoy en Estados Unidos cuyos ancestros lleven en el país la cuarta parte de lo que esos “otros” llevaban viviendo en lo que entonces anunciaba acabar siendo España. No eran extranjeros.
    Sobre el descubrimiento de América tampoco procede entrar en debates estériles, pues no suelen basarse en hechos sino en sentires. Pero a mi entender tampoco cabe discutir que fue uno de los más importantes acontecimientos de la Historia de la humanidad y que cambió su rumbo y el nuestro de forma definitiva, iniciando una nueva era. Que ese encuentro era algo inevitable admite poca discusión. Que los protagonistas, para suerte de los descubiertos, fueron españoles aún la admite menos y que es difícil entender nuestro país sin América, su descubrimiento y su colonización tampoco. Y viceversa. Por tanto nada tiene de mitológico el hecho aunque, igual que ocurre con eso que llamamos “reconquista”, sí pudiera tenerlo hablando de mito como idea de referencia que moldee el concepto que tenemos de nosotros y nos proporcione el sentimiento de haber participado históricamente en unas empresas comunes, como un pueblo, una nación. Podríamos haber elegido otros sucesos decisivos, como la batalla de Lepanto o ese momento en que pudimos ser casi franceses, regidos por José I, hermano de Napoleón.
    Hay quien pensó entonces y quien piensa hoy que hubiera sido mejor, lo que no es descabellado, pues peor que con Fernando VII es imposible que nos hubiera ido. Pero el pueblo prefirió las cadenas, ese mismo pueblo que se enfrentó con heroísmo suicida a las tropas francesas. Algunos olvidan generosamente esa equivocada decisión popular, pues siguen pensando que el pueblo no sólo tiene siempre razón, sino que siempre la tuvo. Yo soy algo más descreído y pesimista al respecto. Entre las luces que venían de Francia y las sombras nacionales, la ignorante y fanatizada sabiduría popular eligió a su gusto, como sucede a menudo, haciendo más caso a las vísceras que a la conveniencia. Otros aún argumentan que con los Omeyas también nos hubiera ido mejor que con los Reyes Católicos, otro hito fundacional patrio que tampoco conviene poner encima de la mesa en opinión de algunos. Seguramente por los mismos que parecen añorar una vuelta a la situación previa a esa pareja real que forjó la unidad de España, un valor para unos, lastre para otros, recuperar un paisaje de barones y marqueses poderosos enseñoreados de amplios territorios semiindependientes estirazando del poder y de los recursos. Unos predios aún hoy reclamados, con el prestigio que da la diferencia, aunque sea impostada, con el aval de los fueros antiguos, agitando banderas de facción, éstas bien vistas y buenas para ondear y machacar si se tercia la cabeza del vecino. Vamos, que como proyecto nacional de progreso poco menos que se propone recuperar el feudalismo, llámese Estado Libre Asociado, plan Ibarreche, o federalismo asimétrico, plan Maragall. Ya sé que en esto, como en otras cosas, mantenemos un respetuoso y total desacuerdo. Pero como me dijo otro buen amigo común, discrepamos en mil cosas, pero estamos de acuerdo en cien mil.
    Muchos celebramos sin tantas reservas la efeméride del 12 de octubre por lo que tuvo de decisivo, incluso de benéfico, a nuestro escaso juicio, no por festejar una supuesta raza, ya que pocas naciones pueden presumir de una Historia de mezcla de genes como nosotros. Indudablemente lo de la fiesta de la raza es idea amparada por el franquismo, aunque de origen argentino, como tampoco hay dudas acerca de que, sólo desde ambos extremos del arco ideológico se mantiene el recuerdo de estas ideas periclitadas y en absoluto operativas. Curiosamente, suelen desde uno de esos extremos pasar por alto los únicos pero peligrosos coqueteos con la idea de raza que subsisten en España, los de los descendientes de Sabino Arana y de otros calcos actuales y nefastos como el señor Torra. Es decir, el País Vasco y Cataluña. Como en todo movimiento religioso, vemos que hay quien tiene una fe que le habilita para establecer el dogma y mantener la ortodoxia, señalar herejes, excomulgar y ejercer los demás privilegios y usos eclesiásticos, también puede otorgar bulas y repartir indulgencias. Hay mucho obispo sin mitra suelto por ahí.
    Faltaría pedir a quien renuncia a estos mitos, a su entender sin fundamento ni valor, que proponga otros mejores. Que indique qué ideas, momentos de la Historia y valores compartidos pudieran ser los que sirvieran de imán que aglutinara y uniera a nuestro país, si es que no prefieren verlo dividido. Se propone como idea de patria lo que viene a ser un canto a los logros de la socialdemocracia, pues no fue otra la ideología que en muchos países más se ha acercado a conseguirlos y mantenerlos. Curiosamente se propone como elenco de aspiraciones y valores que den contenido a la idea de patria todo aquello que precisamente la ideología que les orienta nunca ha logrado, ni de lejos, donde han tenido la desgracia de padecerla.
     Si empezaba por un símbolo, la bandera, termino con otro, el himno. El nuestro es en el mundo tal vez el único que hay que tararear pues no tiene letra. Nunca hemos llegado a acordar una que satisfaga a todos. Esta imposibilidad tal vez sea lo que mejor nos retrate y simbolice.
    Y, por último, cuando hablamos de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, tanto la Guardia Civil, cuerpo al que desde aquí felicito en el día de su patrona, la policía Nacional, como el Ejército, de ninguna forma puedo estar de acuerdo en que se les tilde de “dispositivos represivos”, otro tic, otra rémora ideológica fuera de lugar y de tiempo. Esperemos otra inundación para que estos dispositivos represivos nos salven de la corriente, aunque algunos, como el barón de Münchausen pretendan sacarse de la ciénaga tirándose de la coleta.

2 comentarios:

  1. Muy bien argumentado. Es tema para hablar largo y tendido. Hay mucha bibliografía actualizada. Con un café mejor

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