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miércoles, 25 de enero de 2023

Epístola calendaria y magdaleniense


Otra vez cumpliendo años, uno más; unos años que siguen teniendo 365 días, dicen, pero que conforme aumenta su cifra parece disminuir su duración. Lo normal. Lo que no era mi costumbre en otros tiempos, no sé si mejores, era cumplir tantos. Siempre hay una primera vez. Sesenta y nueve. Una barbaridad. Debe de haber algún error y tal vez algún émulo del papa Gregorio, religioso o seglar, haya intercalado algún decenio en las cuentas del calendario para cuadrar algún desajuste sideral. Seguramente será eso.

Hace poco, en un control de alcoholemia, la agente de la autoridad que me mandó apartarme de la fila y pararme iluminado por las inquietantes luces azules intermitiendo, me preguntó, muy amablemente por cierto, cuántos años tenía, después de saludar y de haberme preguntado, también con una curiosidad entre la indiscreción y la impertinencia, pues no habíamos sido presentados, acerca de si había bebido o no, mientras acercaba su nariz a mi cara, husmeando como hace mi gato. En el médico me preguntan directamente el año de nacimiento y así me ahorro los arduos cálculos que me tuve que poner a hacer con los dedos ante la mirada inquisitiva y analítica de la uniformada, que comparaba los dudosos resultados de mis pesquisas con la fecha remota que señalaba el permiso de conducir. El caso es que no me cuadraban las cuentas porque me parecían años demás. No puede ser, me decía. Y eran las dos cosas ciertas: la cifra y la demasía. Estas preguntas tan sencillas, deduje, son para ir ella haciéndose una idea del grado de abuso de espíritus y licores, si lo hubiere, tanto por los efluvios como por la rapidez y coherencia de las respuestas. Mal vamos, me dije. Casualmente no había bebido nada durante la cena, sabiendo que iba a tener que echarme después a la carretera. Al no notar vapores alcohólicos ni nada demasiado sospechoso en mi comportamiento me dijo que buenas noches y que podía seguir. Si llega a pedirme que diera unos pasos como prueba definitiva de mi inocencia, me hubiera detenido por falta de garbo y poderío. El caso es que me llevé un disgusto. Ya puestos, viendo que ni un chupito había trasegado la única vez que me han parado a tasar los whiskies y riojas ingeridos, con el miedo que me han hecho pasar otras veces al ver de lejos algún control, insistí en demostrar mi no cuestionada abstinencia ante el pasmo de la guardia.

—¿De verdad quiere soplar, alma de cántaro?

—Sí, para una vez que puedo presumir de la virtud de la templanza, no habiendo soplado antes en la mesa, déjeme usted que sople ahora al volante.

Cero coma cero, risas y comentarios entre la patrulla por ser la primera vez que un contribuyente les pedía soplar.

Lo cuento por eso del raro asombro ante una edad ya sabida, pero que el cerebro parece ser que se niega a asumir. Y también por que el contarlo, el disperse, la disgresión, la batallita, son claros síntomas de que, por mucho que le joda a mi cerebro, tiene la misma edad que yo. Y bien que se le nota. De forma que ya puede ir haciéndose a la idea. Y si tiene dudas, que le pregunte a las piernas, que tiene línea directa y entre los tres me están amargando la vejez.

Madrugo, como de costumbre, me siento al ordenador provisto de un termo de café, porque la cocina está en el quinto carajo, y me pongo a leer las noticias con el riesgo de arruinarme un día tan señalado. Pero hoy soy refractario a las nuevas. Porque hace tiempo que las nuevas suelen ser viejas y porque tengo el magín en otro sitio, en otras cosas y todo me conduce a lo mismo. Empezando por eso, por las cosas, por mis cosas y, sobre todo, por el tiempo. Mirando alrededor está gran parte de mi vida: los libros, los cuadernos, nuevos o rellenos de dibujos y de estupideces, unas publicables y otras no, las estilográficas, las cajas y cajones con tubos de acuarelas, los botes con pinceles, lápices y palilleros con sus plumillas, los cientos de discos, las dos guitarras que tengo a mano, las paredes llenas de cuadros, propios y ajenos, antiguos o recientes, estanterías repletas de objetos y papeles y vitrinas con el arcoiris de mis tinteros, el chibalete con mis tesoros, la mesa llena de macetas y el sol entrando por la ventana, aunque fuera hace un frío que pela.

De todo eso, lo más viejo es el sol, obviamente. Le sigue la Tierra, algo más joven, aunque desde aquí no la veo, pero sé que está ahí, detrás de los bloques de pisos. Luego viene el culo de un mortero que, si no recuerdo mal, me encontré en la la subida a la ciudad ibérica de Meca cuando iban limpiando de los sedimentos de dos mil años los caminos hasta sacar a la luz los surcos profundos de los carros que llegaban allí desde la vía Heráclea, después por el Camino de Aníbal, luego por la vía Augusta y ahora por la A-31, que son una misma cosa, aunque cada vez peor cimentada y construida, llenando el cerro de escombros y tierra mechada con miles de trozos de cerámica, alguno de ellos con la huella dactilar del artesano ibero impresa. No sabría decir si aún más viejo o simplemente medieval, un clavo de forja de a palmo que uso de pisapapeles, cuadrado, seguramente de barco, porque lo encontré en el mar buceando entre unas rocas plagadas por aquel entonces de erizos, hoy desaparecidos porque los turistas se los comieron in situ sin dejar uno ni para simiente. Ahora ya no me puedo tumbar en la arena al sol porque los de Greenpeace me devuelven al mar como a un cachalote varado. Luego vendrían dos arcones antiguos que compré hace casi medio siglo y algún objeto o mueblecillo de algún rastro, desde una corneta a unos renos de bronce. Salvo alguna estilográfica de las que he adquirido usadas, más viejas que yo, algunos libros heredados de mi padre o comprados de viejo, cuarenta cajas de IKEA llenas de plumillas metálicas entre las que hay algunas que están más cerca de tener dos siglos que uno, luego a luego y ordenando los objetos y los trastos por edad, debo de aparecer yo. Dejando aparte a las personas de la familia, entre los seres vivos se encuentra alguna planta que ya vivía con nosotros en la casa anterior y vivimos en esta desde hace unos treinta años. Mi gato Adenauer, un gatazo hermoso, romano, atigrado, pobrecico mío, con once años se nos murió el pasado primero de noviembre, día con mal fario, como saben los portugueses desde el día del terremoto de Lisboa de 1755. Luego, Gracián, un gato negro oscuro con ojazos verdes, que es de lo más joven de la casa, con siete años, salvo algunas plantas, unas botellas de vino y el contador del gas, que me lo han cambiado hoy. 

Veo con una nostalgia magdaleniense, no sé si de Proust o del Paleolítico superior, que hay cosas que, como digo, nos tenemos cuarenta o cincuenta años, si no más, porque ya estaban en casa de mis padres, cuando yo era un crío. Entre ellas un retrato a carboncillo de mi padre que le dibujó un compañero en una de las dos milis que hizo, una como soldado de la república, otra con el enemigo, con una guerra en medio de ellas y un sable de mi abuelo que sería de otra, o simplemente de gala. Libros, y discos con casi sesenta años hay mas de alguna docena de ellos. 

Al ponerme otro café, conforme voy rellenando la taza, reparo en que es la misma desde los años ochenta del pasado siglo. Bueno, la misma no. Las originales doce de la vajilla de la Cartuja han ido muriendo una tras otra en acto de servicio. Cada seiscientos u ochocientos cafés, se me rompe una. Las he ido reponiendo y ya habré roto quince o veinte. Me duran poco más de dos años de media, no está mal. Las dos que me quedan son iguales a sus parientes originales, con esa inmortalidad de las especies, como los tigres de Borges. Aunque sea otro ejemplar, otro individuo cerámico sevillano indistinguible, es la misma taza, mi taza. Poniéndonos platónicos, es la imagen de lo que una taza es y cómo debe de ser una taza como Dios manda. De forma que en ella he bebido miles y miles de cafés, siempre del mejor, que para eso viví muchos años encima de un tostadero. Como ocurre con las guitarras, las que tengo aquí, una Alhambra acústica y una Stratocaster, y las que están guardadas, que en ellas han renacido miles de canciones y juntos hemos recorrido, si no tantos kilómetros como el baúl de la Piquer, sí bastantes más de los que hoy puedo recordar, la verdad es que con más pereza que nostalgia. Algunas de esas canciones están en los vinilos vetustos de cuando apareció la editio prínceps, de forma que podemos llorar a David Crosby escuchando Helplessly hoping casi con el mismo asombro y en el mismo disco con que lo hicimos la primera vez, cosa que podríamos repetir con gran parte de la música de esa época gloriosa, mi música.

Porque a estas alturas los cumpleaños van consistiendo más en recuerdos que en planes; y las cosas, nuestras cosas, junto a nuestras benditas rutinas, a menudo igualmente absurdas, nos abrigan y nos protegen. Son cimientos, anclas y ventanas. Son parte de nuestra vida y por eso, aunque estén desportilladas nos resistimos a tirarlas a la basura y a comprar unas impersonales tazas nuevas de IKEA. No digamos la estantería que me hizo un carpintero en Alpera en 1980, con madera de árbol y lejas de dos dedos (de los míos) de gordas, llenas de libros, voladas, con sus casi dos metros de ancho sin combarse. Hubo una época en que con muebles, enseres, libros y vajillas la gente hizo algo parecido a lo que se perpetró en Albacete con el viejo y hermoso edificio del Banco Central, que ya se edificó derruyendo el palacio del Conde de Pinohermoso,  como se ha venido haciendo con lo poco antiguo y valioso que había, palacios, conventos, sanatorios, edificios modernistas, todo derrumbado y arrasado para levantar en sus solares amontonamientos informes de ladrillos del cuatro, como en tantas otras ciudades y pueblos. Todo sea por el progreso. El Nueva York de la Mancha, que hay que ser gilipollas, para hacer esos esperpentos de veinte pisos como el que a media mañana me tapa el sol.

Entre café y café, sumido en tan hondas meditaciones, desentendido hoy de los desafueros y excesos habituales que tanto me encorajinan, leo de forma distraída algunos artículos interesantes. Uno de ellos está dedicado a una serie de libros acerca de otros tantos pecados capitales, que en principio fueron ocho, luego siete y ahora, según cuenta, vamos por nueve. Me sobra más de la mitad de los antiguos siete. Me detengo en una cita en la que Woody Allen sitúa en el infierno de Dante al inventor de los muebles de metacrilato. Sería muy largo escribir las reflexiones a las que me llevan ciertas engañosas máscaras del progreso, o rumiar los peligros de los siete pecados capitales, que allá en el horno nos vamos a encontrar, que decía Discépolo. Lo dejaremos en que, como suele ocurrir, a menudo se llega a la virtud por necesidad, de forma poco meritoria, por decrepitud, por la mera incapacidad para pecar. Ya no es que las uvas estén verdes, es que ni a las maduras llegamos ni nos sientan bien. Ni exprimidas, y menos fermentadas. Luego a luego no nos queda más que la ira, la soberbia y la pereza, si es que siguen siendo pecados, que a lo mejor, ni eso. Además de que hay quien, no sin fundamento, sostiene que esos supuestos pecados capitales son el sostén de una humanidad que desaparecería sin la lujuria y que no prosperaría sin algo de ambición, pues sin ella nadie se pondría a estudiar, a inventar o a descubrir nada, como nadie buscaría la excelencia sin algo de orgullo, tan emparentado con la soberbia. Lo dejaremos aquí, aunque no sin señalar que es malo presumir de una sola virtud, en el caso de que lo sea y además se tenga, pues las virtudes, de existir, se llaman y abonan las unas a las otras y es raro que se den por separado. Por ejemplo, hay plumíferos que intentaban subirse a las afeitadas barbas de Javier Marías porque él fumaba y el crítico no. Tal vez el reprochante no podía encontrar en su persona, aparte de no fumar, nada más que poner en la balanza para sentirse superior a Marías. Hay a quien le ocurre igual con la ciudad, región o país en que su señora madre rompió aguas, dato que esgrime como el principal de sus méritos y la mayor de sus credenciales. Los peores ven ese territorio como bancal donde cosechar hechos diferenciales, esto es, que imprimen una superioridad que cimenta derechos y privilegios.

En otro artículo leo cómo casi toda la antañona plantilla de una no menos venerable imprenta oficial colombiana será despedida tras no ser los operarios capaces, tras largos años de oficio, de superar las pruebas a las que, por mandato constitucional, deben someterse todos los funcionarios públicos, entiendo que con la salvífica y oportuna excepción de los dirigentes y mandamases, que para esos cargos nos vale el señor de marrón que pasaba por allí de los chistes de Gila. Al compás de los tiempos y en aras del progreso, cajistas, encuadernadores y operarios de antiguas minervas serán despedidos por no estar a la altura de las exigencias del momento. Se les declara “insubsistentes”, no sé si queriendo decir extintos, prescindibles, o lo que de verdad significa, esto es, que no tienen razón de ser. Ni de estar. Me informo y veo que en Colombia es el eufemismo adoptado para perpetrar un acto administrativo equivalente a la destitución. El que a dedo nace, a dedo muere. Resulta que, para aquilatar su ciencia y saber hacer, les exigen, entre otras habilidades, manejar una hoja de Excel, recitar los protocolos para organizar y presupuestar una reunión institucional o demostrar la pericia en el manejo de una aspiradora. Como sus puestos eran provisionales, algunos de ellos ejercidos con acreditada eficacia durante media vida, serán sustituidos en esta masacre laboral, que así llama el director al proceso, por otros que atesoren esos nuevos saberes que la ley ve hoy más necesarios en ese arte centenario y exquisito que componer una página con tipos de plomo, alzar, imponer, entintar, dorar una cubierta o un lomo o coser los cuadernillos de un volumen, arcanos y antiguallas de dudosa utilidad en una imprenta. Se trata de la Imprenta Patriótica de Colombia, del Instituto Caro Cuervo, que en 1991 mereció el Príncipe de Asturias de Humanidades.

Será cosa de la edad, pero cuando uno vea cerca a la de la guadaña, bastará con echar mano del periódico para ver cómo anda el mundo, asistir a un desfile de modelos y escuchar la canción del momento para, salvo por la compaña, morir sin excesivos pesares. Viene a mi mente un texto de Umberto Eco en el que un maestro explicaba a un discípulo o catecúmeno suyo cómo, para alcanzar la sabiduría, había que ir a lo largo de la vida, poco a poco, convenciéndose de la realidad de que todo el mundo es gilipollas, el conjunto y sus individuos, sin excepción alguna. Eso sí, alcanzar tal grado de sabiduría es un largo proceso en el que hay que ir siempre dejando a unos pocos a salvo, en número decreciente, hasta llegar, ya en la vejez, a respetar sólo a dos o tres. Luego a uno solo, al amor de tu vida. Justo antes de morir había que desengañarse y reconocer que ese ejemplar y uno mismo también eran gilipollas, para ya, así convencidos, espicharla tranquilos.

* Ilustración de Pablo García en 
https://elhacedordesuenos.blogspot.com/2014/10/la-magdalena-de-prust-motor-del-recuerdo.html

viernes, 25 de enero de 2019

Epístola cumpleañera, literaria y borde.


   
Queridos hermanos.
    Hoy el número de mis años alcanza una cifra redonda y cantarina, sesenta y cinco, incluso provocadora para algunos de un remate rimado e inevitable. Ya la vida y los sucesivos gobiernos se van ocupando de eso, sin molestarse en métricas ni consonancias. Más que el 65 me asombra e inquieta ese 2019, que en la juventud hubiera anunciado una época lejana propia de distopías catacúmbricas y milenarismos amenazadores, en la línea de Huxley, Orwell o Wells. La realidad los ha superado, pues la imaginación se queda corta en lo tocante a unas cosas y larga para otras; el escenario es muy diferente al previsto, salvo en la vuelta recurrente de los totalitarismos y, recapitulando hoy, uno piensa que era difícil prever que avanzaríamos tanto en la tecnología como que iríamos hacia atrás en sensatez. Volvemos a caer en errores viejos, muchas veces en manos de quien para intentar curar un país empieza por pretender hacerle la autopsia, sistema que ya es antiguo entre nosotros.
    Teóricamente ahora alcanzo la edad de jubilación. De forma inusual en mí, en esta ocasión he corrido más que el Boletín Oficial del Estado y le he sacado cinco años de ventaja a sus designios. No es cosa rara pues esa revista cada vez más del corazón que del cerebro, tras las usuales pelarzas por controlar su equipo editorial, suele ir con cierto retraso respecto a los tiempos de la sociedad y de la vida. Desde allí, y no menos desde los boletines regionales, con su común prosa arisca y desarreglada, aunque a veces fabuladora y romántica, muestran los editores su poca competencia para solventar problemas, aunque no es raro que creen algunos nuevos.

Estos cinco años ganados, y no es poca ganancia la del tiempo, los he dedicado a leer mil libros, pintar mil acuarelas y tocar mil canciones, que si no he llegado a esas cifras poco habrá faltado. Además de esas cosas hechas para mi placer, también he leído diariamente la prensa, para mi disgusto. De esas lecturas, de algunos viajes y de las cavilaciones consecuentes salieron algunas epístolas, encíclicas y breves, con las que suelo martirizar a mis amigos, como es el caso y bien sabéis. Alegres las de los viajes, enrabietadas las de la actualidad y directamente rabiosas las que enlazan con la Historia, que algunos traen al presente con interesada fantasía notarial.
     Si bien esas acuarelas, epístolas y canciones son públicas, muchos otros comentarios, pensamientos y elucubraciones con que lleno a pluma cuadernos de buen papel permanecen en lo privado, pues pocas alegrías y amistades iba a proporcionarme su publicación. Mejor guardados.
    El año pasado lo inicié en la compañía de Josep Pla, y su conversación ha ocupado parte de este tiempo. La frontera del cambio anual la he cruzado de la mano de Chesterton, del que ya he hecho acopio de libros. Eso no es óbice, obstáculo, cortapisa ni valladar, que decía Forges, para frecuentar otras compañías, diversas en época, estilo y talante. Y siempre de vuelta a los mismos. Como no quiero caer en el error de recomendar lecturas, al menos no abusar, me limito a opinar que en sólo tres cuentos de Borges está casi todo dicho, al menos sugerido: “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Acercamiento a Almotásim” y “El Aleph”.
    Cada uno elija con quién, pero bueno es recordar que pulimos nuestro cerebro frotándolo con el de los demás, que decía Montaigne. Por eso hay que andar con ojo, restregarse contra seseras con fuste y solera, que algunos cerebros actuales son escofinas que en las redes sacan astillas de los cimborrios ajenos. Para mis plumas tengo piedras de Arkansas o “Pedras das Meigas”, suaves abrasivos que pulen y suavizan sus tajos, dejándolos a punto para escribir con dulzura. A mi cerebro, —segundo órgano favorito para Woody Allen, para mí un error de la evolución, aunque aún lo aprecio más que a mis estilográficas, que ya es decir—, procuro evitarle ciertos roces. Eso me lleva al problema actual de la fuga de cerebros, agravado porque hay quienes una vez fugado el suyo siguen ocupando el cargo que ostentaban cuando disponían de él, que tampoco era para echar cohetes. Por eso en muchas instituciones, entes y organismos, vemos sentados muchos cuerpos sin rastro de inteligencia ni sentido común. Incluso sin alma. Les queda sólo el instinto de pastar en el presupuesto.
    De todas formas la literatura como evasión no suele funcionar cuando aprieta el presente. Por mucho que uno recurra a antañonas obras y a preferir la inteligencia de algunos ilustres difuntos a la estulticia de muchos vivos, —parafraseando a Quevedo—, toda idea brillante y acertada es eterna, que la humanidad cambia poco y no siempre a mejor, por lo que los libros nos suelen traer de vuelta de nuestra huida a las miserias del presente. Leer que en un antiguo jardín los narcisos siempre estaban en flor, inevitablemente, nos trae a la política actual. Si en el Barón de Münchhausen tenemos noticia de quien intentaba sacarse a sí mismo del agua tirándose de la coleta, ocurre igual. No digamos al leer que los costaleros deben comer bien, o se tambalea el santo. Leer a Voltaire y saber de su Pangloss disfrutando del mejor de los mundos posibles en medio del terremoto de Lisboa nos remite de forma ineludible a Zapatero. Molière nos invita a imaginar qué personaje grotesco hubiera sacado de Jordi Pujol, que poco hubiera tenido que añadir. Sobre los que se sorprenden de llevar toda su vida hablando en prosa sin saberlo habría mil personajillos a quienes tal pasmo encajaría. Cuando Galdós en su “Doctor Centeno” nos habla de alguien que ha abusado de la horchata de cepas nos brinda la única explicación posible a algunas declaraciones o salidas de peón caminero, normalmente en formato de twit, que el magín no da para más. En esa línea, espero la publicación, seguramente en Gredos, de las obras completas de Rufián, pura achicoria argumental. Frases como garrapiñar leyes, empollar candidatos, torturar la ley y la razón en potro parlamentario, y otras similares, abundan en nuestra literatura decimonónica y nadie negará que un sinfín de hechos actuales así se verían reflejados en la prensa del día si los actuales plumíferos alcanzaran tales alturas.
    Si, buscando un extremo alejamiento de la actualidad, del mundo y de la carne, leemos una piadosa obra sobre la vida de un santo y en ella aparece una monja de la orden de las Adoratrices, nos viene al magín Artur Mas y sus enamoriscadas sores, más dignas de ingresar en manicomio que en convento. No sería raro que en algunas de esas pías lecturas, o en algún manual para el confesionario, encontrásemos referencias al pecado de solicitación, que nos remita a encuentros furtivos, obscenas proposiciones, que salen a la luz por una inoportuna y municipal rotura de tobillo entre empanadillas también caídas al suelo. Que las recoja el chiquillo. Del asunto de Caín y Abel ni hablemos.
    La novela picaresca nos parece una crónica (y no muy exagerada) del presente, y nos sigue describiendo cómo somos muchos españoles aún hoy. Incluso los que dicen no serlo encarnan más al Guzmán de Alfarache o al don Pablos del Buscón que a personajes remotos y foráneos a los que falsamente dicen parecerse. Hay quien, acariciándose las ideas y enamorado de sí mismo y de su aldea, va por ahí con careta de Luther King o de Gandhi cuando su verdadero referente es la Pícara Justina, o el Licenciado Cabra. Tal vez el licenciado Vidriera. También nos recordaría el mundo docente, mina de la que los partidos extraen algunas de estas gangas, la lectura de las andanzas del bachiller Trapaza, quintaesencia de embusteros y maestro de embelecadores. La garduña de Sevilla, polilla de las haciendas y anzuelo de las bolsas, o el escudero Marcos de Obregón, como los antes citados, son personajes que nada desentonarían en algunos grupos parlamentarios.
     Madame Bovary también nos recuerda a otra variedad de orate, arquetipo que da nombre al “bovarismo”, síndrome del que sufre una alteración del sentido de la realidad por la que una persona se considera otra diferente a la que es y no distingue entre lo existente de lo irreal. Waterloo ya les acerca a un frecuente desarreglo mental, pues también los que creen ser Napoleón abundan. Pero no viven del presupuesto, lo que les hace más soportables que el Puigdemont. Sólo saben ser el cansino y monótono ronco de la gaita y más debieran ir a biblioteca que a botica, y nunca a gobernar. El patio de Monipodio sigue existiendo, y desgraciadamente más de uno, con acentos del norte y del sur, del este y del oeste peninsulares. Incluso insulares. Ahí está la lozana andaluza, que aún no sabe quién le ha robado la cartera y manda a intentar recuperarla a quien no debe. Sobre locuras, prefiero evitar (por no mancharlo) comparar a nadie con el Quijote, pues las demencias actuales no suelen tener tan nobles intenciones. Burladores ha habido muchos en Sevilla, tantos como en otros lugares, pero el convidado de piedra es Rajoy. En Alicia en el país de las maravillas aprendemos que el significado de las palabras depende de quien manda, y en las intervenciones de líderes y liderzuelos, unos son Lope y otros Calderón. Sánchez cree ser el conde de Montecristo, el JEMAD no tiene quien le escriba, Casado declama el ser o no ser, calavera de Rajoy en mano mientras Rivera ha cruzado el Mississipi y entrado en territorio sioux en una voluntariosa novela del oeste.
    Decía Carlos Fuentes en “Todas las familias felices” que “Yo vengo de una familia en la que cada miembro dañaba de algún modo a los demás. Luego, arrepentidos, cada uno se dañaba a sí mismo”. Una familia de individualidades autónomas. García Márquez, en “Los funerales de la Mama Grande”, nos retrata muchas situaciones que hoy vivimos, cosa no nueva, gentes que inmatriculan regiones, la moral, la historia, la verdad… Perdón por la larga cita, pero él lo cuenta mejor:
    “La Mamá Grande necesitó tres horas para enumerar sus asuntos terrenales. En la sofocación de la alcoba, la voz de la moribunda parecía dignificar en su sitio cada cosa enumerada. Cuando estampó su firma balbuciente, y debajo estamparon la suya los testigos, un temblor secreto sacudió el corazón de las muchedumbres que empezaban a concentrarse frente a la casa, a la sombra de los almendros polvorientos.
    Sólo faltaba, entonces, la enumeración minuciosa de los bienes morales. Haciendo un esfuerzo supremo —el mismo que hicieron sus antepasados antes de morir para asegurar el predominio de su especie— la Mamá Grande se irguió sobre sus nalgas monumentales, y con voz dominante y sincera, abandonada a su memoria, dictó al notario la lista de su patrimonio invisible:
    La riqueza del subsuelo, las aguas territoriales, los colores de la bandera, la soberanía nacional, los partidos tradicionales, los derechos del hombre, las libertades ciudadanas, el primer magistrado, la segunda instancia, el tercer debate, las cartas de recomendación, las constancias históricas, las elecciones libres, las reinas de la belleza, los discursos trascendentales, las grandiosas manifestaciones, las distinguidas señoritas, los correctos caballeros, los pundonorosos militares, su señoría ilustrísima, la corte suprema de justicia, los artículos de prohibida importación, las damas liberales, el problema de la carne, la pureza del lenguaje, los ejemplos para el mundo, el orden jurídico, la prensa libre pero responsable, la Atenas sudamericana, la opinión pública, las lecciones democráticas, la moral cristiana, la escasez de divisas, el derecho de asilo, el peligro comunista, la nave del estado, la carestía de la vida, las tradiciones republicanas, las clases desfavorecidas, los mensajes de adhesión.
    No alcanzó a terminar. La laboriosa enumeración tronchó su último viaje. Ahogándose en el maremágnum de fórmulas abstractas que durante dos siglos constituyeron la justificación moral del poderío de la familia, la Mamá Grande emitió un sonoro eructo, y expiró”.

    Si buscamos en la Historia distracción y alejamiento, el recurso del pasado como olvido del presente, arreglados vamos sea cual sea la época elegida. La Historia sigue viva, como es natural, y deseable sería dejarle desarrollar su vida en su mundo científico, no en la actualidad canalla, pues muchos remueven las tumbas y quisieran recrear con huesos antiguos modernos Franskensteines. O utilizarlos como trofeo, siendo tan ancestral como bárbara la costumbre de alzar cabezas enemigas clavadas en la pica. Nos podemos encontrar a Jaume I el Conqueridor llamando a Lérida Lérida y Gerona a Gerona, fíjate tú. Hay quien con su cubilete esconde el dado para dar a entender que en 1714 el malvado español era Philippe de Bourbon y que el buen Casanova lo era menos. Ellos no lo veían así, pero su opinión poco cuenta si no encaja en el relato. Incluso admirando acuarelas del maestro Mariano Fortuny, de Reus, veo que firmaba como Mariano, como en casa le llamaban. Hoy, aunque él ya no lo pueda saber, se llama Marià pues lo han normalizado en rebeldía indefensa, como a tantos otros. En el otro extremo hay quien eso de la españolidad lo lleva con miras amplias o estrechas según interese, y tiene por español a Recesvinto, a Trajano o a Séneca, a Viriato y a Favila el del oso, nacionalidad que niega a Maimónides, a Averroes o a Albucasis. No digamos a Boabdil, a pesar de llevar sus ancestros —que son los mismos que los de muchos de nosotros— en Granada quinientos años más que los de Trump en Washington. Los que llevamos toda la vida interesados en estos temas, entrando en las discusiones entre Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz y sus discípulos, ponderando argumentos y razones, a menudo nos vemos, como ellos, salpicados por discusiones fuera de lugar por parte de bacterias extremófilas con patas que las usan como ascuas a las que arrimar sus políticas sardinas. Ese tipo de bacterias, muy resistentes y tenaces siempre suelen encontrar acomodo cerca de volcanes submarinos, amantes de entornos oscuros y sulfurosos.
     Ya en otro escrito anterior rememoraba a Canalejas, que si no fue, ni mucho menos, el único presidente español asesinado, sí se distinguó de los demás al ser tiroteado mirando el escaparate de una librería o saliendo de ella. Tal vez, de forma supersticiosa, desde entonces los más del gremio han dado en pensar que quien evita la ocasión evita el peligro, que los libros los carga el diablo. Pero leer a Jenofonte o a Julio César les habría enseñado que un estratega mediano nunca siembra de trampas el terreno por el que él mismo deberá moverse después. Les habría evitado a algunos custodios de la ética y moral ajenas y distraídos de la propia caer reventados por las minas que ellos sembraron, o boquear atrapados en los cepos que para otros colocaron en veredas que todo el país transita, ellos los primeros.
    Memoria de pez es la de muchos, voluntaria e interesadamente selectiva de recuerdos y de olvidos. De todas formas leo que hay unos científicos que, a base de tercos, han conseguido que un pescado en su pecera recuerde y reconozca una canción de John Lee Hooker. Investigación básica. Si consiguen hacerles expresar sí o no, podrían convertir un banco de boquerones, (eso que en español llamamos cardumen y en inglés school) en un ordenador oceánico y comestible.
    Tres gruesos volúmenes de hojas color crema, sin pautar, bien encuadernados y de un papel donde la pluma escribe sola, he llenado este año, como decía, mirando el presente con irónico disgusto, aunque todas las épocas han tenido lo suyo, que tampoco el pasado ha sido un jardín de rosas sin espinas. Pero cada uno se queja de lo que le duele. De esas notas, reflexiones y ocurrencias se nutre esta epístola moral.
Si, para terminar, uno quiere leer algo optimista, siempre puede recurrir a Steven Pinker, que en su “Defensa de la Ilustración” nos argumenta motivos para serlo pues, sin olvidar las infinitas necesidades de mejora, nos demuestra con datos que si nuestro presente no es el mejor de los mundos posibles, vivimos en el mejor que la humanidad ha conocido.
    Vale.



viernes, 5 de febrero de 2016

Epístola cabalística

    Sexagésimo-segundo cumpleaños. El contador de mis años evoca hoy rumores de Nibelungos, de primo hermano por parte de madre de Cunegunda o de Sigfrido. Teniendo en cuenta que estas terminaciones germánicas de -gundo’, ‘-gunda’, vienen de ‘gund’ (batalla) y estirando mucho las etimologías, —cosa nada inusual—, podríamos decir que ya estamos en la batalla 62 de una ya larga guerra que iniciamos el 25 de enero de 1954. La verdad es que a esta edad provecta cada vez contamos más batallitas. Hace bastante tiempo que nos quedan más cosas que recordar que por vivir y en esta personal batalla más a mano está la rendición que el triunfo. Esperemos seguir muchos años teniendo ocasión de dar mandobles, aunque sean pictóricos, de acrecentar nuestro epistolario y de tañer la vihuela unas cuantas serenatas más, sones más de nuestro gusto que cornetas, tambores y cuernos de guerra.
    Como cada año, los santos Tito, Saturo, Pablo, Sabino, Adelfo, Amarino, Proyecto y Popón, acompañados por santa Elvira y gran cohorte de beatos, se presentan a desearme un buen día y brindarme protección y amparo. Todo es poco a estas alturas y a ellos me encomiendo, pues siendo un descreído, he acabado teniendo en ellos más fe que en el Boletín Oficial del Estado. Esa enciclopedia de nuestros males, donde los actuales dioses hacen imprimir sus designios, pues aunque diez decretos grabados en un par de tablas, de cumplirse, bastarían para permitirnos convivir de forma razonable y feliz, estos belcebuses y la caterva de íncubos, súcubos y demonuelos que nos gobiernan o se confabulan para hacerlo, que tanto da pues poco se llevan, necesitan resmas de papel para regular nuestra infelicidad, ruina e indefensión.
    Aunque poco dado a la numerología, en forma de cábala o de milenarismos, echo mano de las cifras como oráculo que anticipe y vaticine lo que este año podría dar de sí para mí, que como se puede ver inicio musical y pentagramático, mirando la cifra 62 como los augures examinaban los posos del vino, el vuelo de las golondrinas o las tripas de una cabra.
    No me saca de dudas ni me lleva a ninguna conclusión el ver qué personajes comparten conmigo el año de nacencia. Poco veo en común entre ellos, —entre nosotros—, lo que me lleva a concluir que poco tiene que ver en qué año viene uno al mundo como condicionante del papel o argumento que te toca jugar en la obra. John Travolta, Ángela Merkel, Hugo Chávez, Ricky Skaggs, François Hollande, Ana Botella, Capullo de Jerez, Elvis Costello, José Antonio Goirigolzarri, Mario Kempes, Bertín Osborne, Santiago Auserón, Antonio Resines, Antoni Puigvert i Romaguera o el Sultan bin Mohammed bin Saud Al Kabeer. Ya no busco más, que el primer chasco es que la larga lista no dice nada de mí.
    Paso a ver qué leches ocurrió mientras yo andaba naciendo o ya de mamoncillo. Murieron Matisse y Benavente, fue elegido Mao Tse Tung como presidente de la república China mientras Ernest Hemingway ganaba el nobel de literatura. Elvis grabó su primer disco, se independizó Marruecos, nevó en Huelva por primera vez en su historia, se estudió en España un plan para incentivar el turismo en la costa del Sol, se eliminó el apartheid en las escuelas de USA, Bogotá fue nombrada capital de Colombia, Perón creó el sindicato de Meretrices, Tolkien publicó “La comunidad del anillo” y “Las dos torres”, Goldin “El señor de las moscas”, se inventó la vacuna contra la poliomielitis, se realizó el primer trasplante de riñón en USA, se estrenó Godzilla y Fangio ganó el campeonato del mundo de F1. Lo único que veo que tiene relación con mi persona es que en ese año se presentó en el mercado la Fender Stratocaster. Como guiño de los astros tampoco es para echar cohetes.
    Buscando amparo en la historia compruebo desconsolado que el año 62 trajo un terremoto en Pompeya, que anunció la erupción de 17 años después. Poca cosa más. Por ahí no vamos bien.
    Ponderando qué da de sí el número 62 en la actualidad me entero de que se fabrica un Nissan Qashqai en Reino Unido cada 62 segundos, lo mismo que duró la Marsellesa que se cantó en Wembley por los atentados terroristas de París. Que 62 era el número del Modelo para armar de Cortázar, que en Barcelona, la línea 62 te lleva a la Plaza de Cataluña, en Valencia a la del Ayuntamiento, y en Madrid a La Arganzuela, no sé si desde El Portillo, pues creo que esa ruta era la de Pichi, el chulo del chotis, no de un autobús. En Albacete no te lleva a ningún sitio, pues no hay tal línea, si acaso leo una información fósil que habla de una que te llevaba a Mollet del Vallés. La 62 es la autopista que te conduce de Burgos a Fuentes de Oñoro, frontera con Portugal, pasando por Palencia, Valladolid y Salamanca. El 62 te lleva a muchos lugares, pues. Tomo asiento a ver dónde me bajo.
    Si llamas al 062 se pone la Guardia Civil, en Hacienda el 62 es el formulario de la tasa que han de pagar los ciudadanos extranjeros para la autorización de trabajo. También son sólo 62 las personas que poseen la misma riqueza que el resto de la población mundial. El 062 es un tipo de barco cañonero chino muy vendido, igual que el 62 es un poderoso grupo editorial catalán de la órbita de Planeta, el de Lara no de Alfa Centauri. El Kepler-62 es un sistema pentaplanetario situado a 1200 años luz de la tierra. El artículo 62 de la Constitución es el que atribuye al Rey la facultad de proponer presidente del gobierno, que en ello andamos, eligiendo entre soberbios candidatos. O tal vez candidatos soberbios. El salmo 62 es el que canta “Oh, Dios, Tú eres mi Dios. Por ti madrugo”.
    Veo que todo es relativo. 62 es un exorbitante tanteo en balonmano, cicatero en baloncesto y un amaño de juzgado de guardia en fútbol. Es talla más de bacalá que de zapato; como velocidad es prudente, como peso canijo. Como altura está bien para los 4 meses, poco generosa para un adulto; como perímetro craneal una barbaridad para alquilar balcones. No son muchos 62 si hablamos de una colección de sellos o de libros, una pujolada si es de coches. 62 guisantes suponen guarnición más razonable que si son patatas, aunque tropa tenida por escasa si hablamos de fortín fronterizo. Pocos si pelos, muchos si verrugas, escasos si euros, sobradas si facturas por pagar. Insuficientes si abejas, excesivos si gatos. Exiguos litros de agua para beber un camello, razonables para un toro, mortales para un contribuyente. Ardiente si Celsius, agradable frescor si Fahrenheit. Poco calor para fritura, escaldante para ducha. Pequeño si es marrajo pero enorme si es trucha, que en centímetros es para ganar el concurso, en pulgadas un aberrante caso de gigantismo.
    62 es el porcentaje de capacidad embalsada ahora en los pantanos de España, que sigue empantanada. 62 fueron de media los euros gastados por cada español en el sorteo de la lotería de Navidad. Mucho más que en libros, pues preferimos intentar salir de pobres que de ignorantes. En Bulgaria se cumple eso de éramos pocos y parió la abuela al dar a luz una señora de 62 años un hermoso par de gemelas. Se me pone la carne de gallina al imaginar ponerme de parto a mi edad. También es lo que vale en euros el menú medio en el Txakolí, así como supone la edad media a la que los españoles se jubilan hoy en día.
   Puestos a sacarme la buenaventura, no pudiendo examinar la mano del número en cuestión, le he mirado los higadillos a un pollo antes de echarlo a la olla y los augurios nada bueno vaticinan al respecto de lo de las futuras jubilaciones. También son 62 las plazas de MIR que se dejan fuera del presupuesto en Valencia y Cataluña para este curso. El año pasado fueron 93 las desatendidas. Como se ve vamos mejorando mucho. Las banderitas es que se ponen en un pico. Los silbatos para el himno a 10 euros cuarto y mitad y de las televisiones para qué hablar. Un Perú. Pero son cosas más necesarias que los médicos.
    Veo que he perdido la mañana y que se está recalentando la Wikipedia. Pero mi Larousse de papel hace años que habla de otro mundo, si no mejor, al menos más comprensible. Lo dejo ya y voy a ver qué han decidido los círculos de Podemos acerca de los pactos. Así me da tiempo antes de comer para alternar entre el desconcierto, el temor y el descojone. Dios nos pille confesados. Sabido es que el poder corrompe e iguala a peor. Resulta que su simple aroma también ejerce tan benéficos influjos. Asombra ver los ministerios que algunos demandan, de contenido claramente social. Plumerum vistus est, que decía Cicerón, si no me he equivocado de cita.
—¡Mi capitán, que tengo un prisionero! —grita el centinela desde un puesto de guardia en plena oscuridad de la noche.
—¡Pues tráelo inmediatamente!
—¡Si es que no me suelta!
Para acreditar la autenticidad de la cita
Al menos no me preocupa que este año mi cumpleaños caiga en lunes. También me agrada que un reloj resulte un regalo innecesario. Un libro sería suficiente, pero que hable del siglo XVIII como mucho.
 Vale.
    Para empezar el día he recibido un extraordinario regalo, mejor que un libro, en forma de genial retrato de mi persona y de mi bolso gris, obra de mi estimado amigo el ilustre Fernando Font de Gayá. Muchas gracias por alegrarme el día.