domingo, 25 de enero de 2015

Epístola añosa




Queridos hermanos.

     Doce meses hace que os dirigía una epístola conmemorativa de mi sexagésimo cumpleaños. Rápido pasa el tiempo, que unas veces se porta como aliado y las más como enemigo, de forma que de nuevo son mis días. Si toro fuese, de sesenta y una hierbas se diría que soy y hace muchos decenios que habría dejado de  ser añojo. Ni siquiera utrero o cuatreño. Más cercanos y parejos estamos ya del elefante y la tortuga, de la ballena y del olivo. Y no sólo por añosos, sino por gordos, lentos y retorcidos. Ya no encuentra uno palabras favorables para catalogar la edad que va alcanzando, cercana a la del Júcar. La verdad es que, llegado a este número absurdo de años que ni es redondo ni propicio a milenarismos o cábalas, más barbechos que hierbas hemos tenido ocasión de ver últimamente, pues si mi particular paisaje ofrece más grises y cardos que verdes y flores, no les arriendo a los más jóvenes las ganancias de las últimas vendimias del majuelo en que vivimos. Los dioses no nos son propicios desde que han cambiado las inclemencias del Olimpo por la comodidad de despachos más acogedores desde donde atosigar a los mortales.

    Tampoco añade el número sesenta y uno beneficios tales como poder dejar de trabajar, que era la irrepetible ventaja del anterior aniversario, aunque cierto es que te permite seguir dedicado al dolce far niente, a hacer sólo las cosas que te interesan, con una calma y parsimonia que es más necesidad que gusto. Pero los optimistas no nos dejamos derribar la moral por sesenta y un tacos Myrga, aunque Discépolo nos ponga encima de la mesa de su tango la frase de “fiera venganza la del tiempo, que te hace ver deshecho cuanto uno amó”. No es verdad. Muchas de las cosas y personas que uno quiere siguen muy vivas, aunque cierto es que no todas, pues la vida viene a ser una constante pérdida. Cuando uno pasa lista comprueba desconsolado que muchos ya no acudirán nunca a clase, por poner un símil de mi antigua dedicación. Hay que levantar la vista al cielo, contar las estrellas, las pocas que nuestra escasa visión alcanza a distinguir, darnos cuenta de nuestra insignificancia y concluir que las cosas no es que sean buenas ni malas. Simplemente son así.

    De mi antigua profesión quedan los amigos, los compañeros, el saludo, al fin agradecido, de muchos de mis antiguos alumnos, miles de recuerdos… Pero algo se debió de romper en los últimos tiempos pues, como vaticinaba hace un año, no la echo de menos. Me asombro a mí mismo al releerme, pero la escuela ya no es para mí mucho más que un edificio. Me tendrían que hacer volver a punta de pistola. Se me invita —junto a la última cosecha de jubilados del gremio— a un acto en Guadalajara en homenaje a nuestros dilatados años de servicios en la educación. No voy a acudir. Cuidados, respeto y agradecimientos menester son en vida, mejor que flores al muerto. Los actos huecos y las campañas de dignificación de la profesión docente no son bienvenidos si proceden de quienes han hecho cuanto en su mano estaba por arrebatar tal dignidad a nuestro oficio. No sería necesario tener que recuperar lo que nunca debería haberse dejado perder. Mi memoria ha sufrido menos quebrantos que mi osamenta y he escuchado en los últimos años valoraciones que, como el resto de mis colegas, no creo merecer. Junto con hechos, más graves aún que las palabras, que han menoscabado el valor y la eficacia de mi trabajo y de mi esfuerzo durante 38 años. Si Roma no pagaba a los traidores, yo no celebro retrocesos.

    Mejor me dedico a pintar acuarelas, a viajar con mi santa y a tocar la guitarra con mis amigos. De paso cenamos juntos y nos tomamos una copa. Santa, amigos y yo, que las acuarelas sólo beben un poco de agua. La guitarra, ni eso. Compruebo, y perdóneseme la inmodestia, que en ambas cosas progreso. En la guitarra veo que toco casi como antes, aunque eso no sea para echar cohetes. Con los pinceles la mejora es más evidente, cosa previsible, pues un docente sabe que, partiendo de unas facultades normales, lo demás es tiempo, trabajo y método. Con mi habitual atrevimiento, en mi blog difundo mis averiguaciones y probaturas con nuevos pigmentos, papeles y pinceles, plumillas, tintas y carbones, pues un buen maestro, algo que sin duda soy —y van dos—, es capaz de enseñar hasta lo que  no sabe. Continúo con el blog ante el hecho de que en 600.000 ocasiones, hasta la fecha, alguien ha encontrado interesante lo que en él se cuenta. Sólo me faltan benévolos mecenas que hagan posibles esas probaturas, pues no puedo seguir gastando mil euros al año en tubos de acuarela. 

    Sobrepasado por la realidad, hace tiempo que no escribo epístolas ni encíclicas que comenten la actualidad. Un horror. Moros y cristianos nos afligen y mis desvaríos literarios no pueden competir con la perversa exuberancia de un mundo gobernado por buitres y dementes. La prensa parece estar siempre en 28 de diciembre y leo que Putin, como remedio a la catacumbre, baja el precio del vodka, que un Maduro desbordado por su incompetencia, consciente de sus escasos alcances y seguramente aconsejado por su pajarico, se encomienda a Dios, en cuyas manos delega la tarea de reponer los lineales de los supermercados vacíos, que los bancos se cobran unos a otros por dejarse prestar el exceso de dinero que se les amontona, antes de ofrecerlo con un razonable interés a quien lo necesita. Compruebo también que, gracias a mi apellido sefardí, ya puedo solicitar la nacionalidad española; me entero de que Agatha Christie le escribió una obra de teatro a La Camboria, esposa de Lauren Postigo, y de que debería de estar muy contento de que no se haya encontrado petróleo en Canarias. Se me informa de que en la corte del rey Arturo, Mas y Junqueras, con la que está cayendo en parte gracias a su gestión no ya mala, sino inexistente, siguen vivos y a lo suyo,  de que cambiando en Egipto una pera que iluminaba la vitrina del museo donde reposa en la actualidad el finado, le han desgajado las barbas a Tutankamon, unas barbas que llevaba 4000 años sin afeitarse y, lo que es peor, que se las han vuelto a pegar con resina epoxi en plan Mr. Bean. De que en cuanto a no pagar los impuestos, falsear las cuentas, esconder cobros y facturas y tomarnos el pelo presumiendo de cristalinos bolsillos, hasta el más tonto o bisoño hace relojes, que eso se aprende pronto, de que en la mente de algunos falsos profetas es compatible vender bonos patrióticos, cobrar mordidas, llevarse el botín a Andorra y dirigir mientras una fundación que promueva la ética. En lo que respecta a la indecente financiación ilegal de todos y cada uno de los partidos, está peor visto que te dé la pasta gansa una empresa constructora que ser financiado por Irán o Venezuela, seguramente a cambio de algo más inquietante que la concesión de una obra. La afinidad ideológica, la justificación o el silencio ante ciertas cosas, por ejemplo lo serían… Valencia mira a Andalucía, La Mancha a Madrid, Extremadura a Cataluña y sus pobladores les miramos a todos ellos. Atónitos ante tanta cara dura que no son capaces de reconocer en sí mismos.

     Como optimista nato, siempre había creído que la civilización iba de menos a más, incluso con sus altibajos, zonas de sombra, injusticias y tragedias. Hoy tengo más que serias dudas al respecto viendo que algunos nos proponen avanzar hacia atrás. Sociedades que en pleno siglo XXI ya habían conseguido llegar al XVII se obstinan en retroceder a la edad media. Otros, incluso entre nosotros, van más allá e intentan recuperar la tribu, la aldea fortificada del neolítico, el cuchillo de obsidiana para hacer sacrificios con que agradar a los dioses… Se recupera el perfil más perverso y dañino de las religiones y, en medio del derrumbe, algunos orates sacan del baúl pendones y fronteras, si no como solución, al menos como interesado y egoísta apartamiento que ilusione, o al menos distraiga al personal. Momentos más prósperos llegarán para recordárselo. Mal arreglo es recurrir a estas otras causas de la mayoría de las tragedias que tanto abundan en la historia. En realidad esos estandartes y amojonamientos son  engañosas metáforas del oro, del interés económico y del poder. 

    ¿Qué decir? La lejanía o la saturación de tantas pesadillas nos impermeabilizan, nos hacen insensibles y terminan por paralizarnos. Hacemos de la tragedia ajena, aunque a veces cercana, un espectáculo que se recoge en una foto que se comparte y comenta en la red. Todo se nos ha ido de las manos y algunos intentan recuperar el mando diciendo que to’ el mundo es bueno. ¡Mire! La desesperación hace posible que como novedosas soluciones se presenten doctrinas obsoletas, etiquetadas con animosos vocablos que eviten mostrar la verdadera cara de lo que una adecuada taxonomía política haría hoy en día impresentable. Por sus amigos los conoceréis. Desconfío de quien abomina y oculta su verdadera identidad, de quien evita presentarse con su nombre real, pues ellos y casi todos los demás sabemos que tal es sinónimo de ruina, falta de libertad e injusticia. Tanta o más que la que se quiere combatir. No estoy pues por la faena. Soy anciano pero no iluso.

    A pesar de mi acaloramiento por una situación que me indigna, reconozco que me veo rebasado e impotente. Que mi edad y mis menguadas fuerzas me llevan más al patio de butacas que al escenario, al que solo subo a cantar. Ya solo pido que me dejen en paz, intentar ser feliz y hacer felices a los que me rodean. Mantener en paz una hectárea a mi alrededor y, al menos, no apoyar ni colaborar con lo que considero injusto. Tal vez si, siendo poco ambiciosos, —si es que esto es no serlo—, todos hiciéramos otro tanto, conseguiríamos cubrir los 510.101.000 km2  de superficie de nuestro planeta. Y sobraba gente.

    Vale.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Epístola claustrofóbica




Queridos hermanos.
Un año más el curso inexorable de los astros nos ha transportado vertiginoso hasta Septiembre, por una acelerada e impensable cuesta abajo en sus elipses durante el verano. Modera desde ahora su paso el sol, burro de noria de los cielos, para ascender a paso lento hasta un nuevo año, donde renovará sus bríos. Breves se antojaron los días del descanso, tanto como largos se harán los que ahora empiezan. Paciencia, hermanos.

Pero esas rutas siderales por las que discurre el tiempo me han depositado este año en una playa, desde donde os escribo a la sombra de las palmeras, libando un helado y espumeante brebaje de abadía, cosa inaudita para mí y para mi organismo en estas fechas pues, hasta que he colgado los hábitos, el planeta cada septiembre hacía su parada para que me apeara en la puerta de una escuela. Era conducido allí cada año para que accediera a su interior y, como ganador de la liga, atravesara el paseíllo formado por los padres con un discípulo en la mano y en su mirada más alivio y rencor tras dos meses de ausencia que estima y agradecimiento por el resto del año intentando colaborar con ellos en la educación de sus vástagos, no sin oposición por sus partes en ciertos casos.

El otro tipo de fuego amigo que la escuela soporta, es el de la propia administración educativa, sucursal de la de la hacienda del reino, cuyos más altos dirigentes no se determinan a enfrentarse a ella y a hacer valer la importancia de la escuela pública. Tal vez porque no creen ni aprecian aquello para cuya defensa, mantenimiento y promoción han sido nombrados. Como maestro, secretario, jefe de estudios o director de dos centros, que todas esas cosas he sido, además de imbécil, siempre he percibido a la administración educativa como de los míos. De hecho, en su ausencia, la administración era yo. Una ayuda, pues, un soporte. Exigente, como debe de ser, pero navegando en la misma dirección, aunque cierto es que los remos a nosotros se nos encomendaran. También es lógico que así sea.

Pero ahora el del tam-tam se ha pasado de exigencia. Su ritmo no se compadecía con mis fuerzas y la resistencia de las olas. Los remos no se reponen y cada día se da peor de comer en este barco que boga dando tumbos no se sabe muy bien hacia qué puerto. Si hubiera que poner símiles agrícolas, más a juego que el mar con estos secanos en que vivimos, la administración, al menos sus altas instancias, despierta en la actualidad en un docente las mismas sensaciones y esperanzas que un nublo para un agricultor. Y eso no es bueno. Podríamos decir que han dejado la educación en barbecho.

Aunque mis piernas hoy, lamentablemente, no sean mi punto fuerte, aún me funcionan algo mejor que a una cepa. Lo suficiente para alejarme de esta industria, cuyo negociado de confundir resultar ser el más eficiente, haciendo que los demás se contradigan o paralicen, y que los docentes se mantengan inquietos y desconcertados, justo lo contrario de lo que la docencia requiere.

Mientras yo medito, los catecúmenos forran sus libros, afilan lápices y urden maldades, ansiosos por volver a las aulas y reencontrarse con sus compañeros y su seño, con la alegría que les permite la inconsciencia propia de la edad. Sus maestros se mesan los cabellos entre tilas y buenos propósitos, pidiendo ansiosos al incorporarse a las aulas el informe de bajas y daños, pues la administración, como un submarino alemán, no descansa en verano. Pronto tendrán por enésima vez que retomar la redacción de peregrinos códices y programas, eterna tela de Penélope que disponga los antiguos hilos en formas más del gusto del ministro de turno, que Dios confunda, si es que su confusión admite mejoras.

Si curiosos abren los discípulos sus nuevos libros, pues nuevos han de ser para recoger en sus ilustradas páginas los evidentes avances de las ciencias y el conocimiento en nuestra región, verán muchas cosas que tal vez consuelen el escocimiento que de entrada su compra ha producido en las bolsas a sus progenitores. Madres e hijas, padres e hijos comprobarán perplejos que, en los nuevos textos que a los obsoletos vienen a sustituir, ríos y mares, lagos y cerros permanecen donde tenían por costumbre, que sumas, restas, multiplicaciones y repartos son resueltos como desde hace siglos solían serlo, salvo ciertas creativas y perversas interpretaciones solo utilizables por bancos y gobiernos. Que las plantas persisten en buscar la luz y el agua, que las sierpes siguen sin tener patas, que mi mamá me mima, que el bicarbonato y el limón bullen en sus bodas, que cuando llueve nos mojamos, que romano sigue siendo el puente por el que vadeamos el río en el pueblo, que si hubiese sido levantado por nuestras punteras constructoras con él hubieran arramblado las aguas hace siglos. También podrán comprobar que nuestro idioma poco ha cambiado desde Nebrija, y menos, y nunca para bien, desde Quevedo, que las cartillas de Rubio siguen preservando los arcanos de la denigrada ortografía y que entre Doña María Moliner y la Real Academia pulen y conservan aquello que nos permite entendernos cuando tenemos intención de hacerlo, pues el tiempo y el mal uso interesado han limado las palabras, despojándolas de su valor y significado convenidos, con grave menoscabo de tales instrumentos de la la lógica y la razón.

Aunque nuevos sean los libros que nos enseñan nuestro pasado, afortunadamente comprobarán aliviados que, al menos en estas tierras, Colón sigue siendo el descubridor de América, Fleming el de la penicilina, Stephenson el del tren y que todavía no se le discute al hombre de las cavernas la invención del fuego. La falta de presupuesto tal vez haya sido cortapisa e impedimento para reclutar eminentes investigadores que pusieran al día la historia local, como otras comunidades más solventes han podido permitirse, contando así con eminencias tales como  Carles Camps, ingeniero químico que entre sus probetas ha dado con evidencias de tergiversaciones históricas tales que le obligaron a crear la Fundació d’Estudis Històrics de Catalunya para, entre otras muchas cosas, demostrar de manera no solo indubitable, sino además sin ningún género de dudas, que Tartesos, como su nombre proclama, se hallaba en Tortosa, o del preclaro Cucurrull que nos libra de antiguos errores, al destapar que San Ignacio de Loyola era de San Feliu de Guixols, o cuestionar el origen de Cervantes, pues no se ponen de acuerdo si fue en Santa Coloma del Gramanet o en Lequeitio donde vio sus primeras luces, y si Colón salió de Palos de Moguer o de copas. Nunca podremos perdonar a nuestra administración regional escatimar fondos que hubieran permitido acarrear para el terruño algunos de estos preclaros ancestros que empadronados en otras comunidades más inquietas pasarán a la historia. Sin quererlo han evitado la vergüenza de que al buscar sobre la historia local, youtube y Google nos muestren los resultados de nuestras pesquisas mezclados con las atribuciones extraterrestres de la autoría de las pirámides de Egipto, el Machu Picchu o las piedras de Stonhenge, como en otras recreaciones de la historias autonómicas va sucediendo. Que el Señor les perdone.

Sin embargo, nuevos libros serán necesarios para impartir las enseñanzas de una historia aquí invariable por indiscutida, no teniendo que aleccionar para construir país, aunque imaginario fuere, como en otros lares acontece, enseñando a sus alevines que el primer homínido que adoptó la posición erguida lo hizo para así mejor cortar troncos en Amurrio, o que el arroz con leche es invento nacido en el delta del Ebro. Todo sea a mayor gloria y provecho de las editoriales, que recrean y editan una historia al gusto de cada cliente. Estando las dos más poderosas de ellas en unas solas manos, más poderosas aún, viene a resultar que de unas mismas prensas salen historias locales que se contradicen entre sí, incluso entre fa sostenido y no enmendado, adecuadas a los delirios de los diferentes virreinatos.

Mi apartamiento de la industria educativa, que en eso se quiere convertir mi antigua y noble profesión, me lleva a no saber y además a ignorar si se sigue teniendo por necesaria una asignatura que enseñe a los niños a llevarse bien, a ser justos y honrados y a mostrarles la bondad de nuestras leyes y de quienes las guisan y aplican. Tal vez viendo que los oportunos ejemplos que pusiesen rostro a tales virtudes debían ser aportados por la Atenas de Pericles o por algunas ignotas tribus del Amazonas, se haya optado por eliminarla del curriculum, viéndose así señalados y con el culo al aire los últimos responsables de su permanencia en las aulas. La palabra convence, pero el ejemplo arrastra y poco hay en la sociedad que en la escuela por ejemplar pueda ser mostrado hoy en día. 

Encomendar a la escuela la educación de su alumnado en unos valores no presentes en sus casas, la calle o en la televisión, que es realmente el suelo donde hunde las raices su criterio en construcción, es tarea ímproba y surrealista, y una sociedad que no puede proponer por modelo a quienes la dirigen no muestra sino su propia decadencia. La escuela siempre ha transmitido estos deseados e ideales valores, durante todas las horas del día, no enmarcados en una materia y un horario. ¿Qué es si no una escuela? Estos bienintencionados, un suponer, intentos legislativos no son sino el endose a la escuela, un ámbito sano y plural, de las paranoias y la mala conciencia de la sociedad, en especial de quienes la dirigen y administran. 

Por eso se equivocan gravemente quienes descalifican y denigran a aquellos en cuyas manos ponen a los hijos de un país. O les escatiman los recursos para hacer su trabajo en las mejores condiciones. Los docentes son los que modulan y dan vida, o muerte, a las reformas educativas, las pulen, las hacen digeribles, y de ellas expurgan todo intento de adoctrinamiento. Afortunadamente los niños aprenden de sus vivencias, no de los discursos, y cuando son mayores tratan a los demás como han sido tratados, piensan y se expresan en la forma en que lo han visto hacer, y acaban creyendo en aquello que han vivido como ejemplo benéfico y constructivo. Si así no fuera, todas las personas de mi edad seríamos falangistas y en el mes de mayo correríamos en masa con flores a María. Que madre nuestra es.

Vale.

jueves, 19 de junio de 2014

Epístola expositiva

Epístola dirigida a mis amistades como invitación a la inauguración de mi exposición:


Queridos hermanos.

    Como ya os venía amenazando, a las 8 de la tarde del próximo 22 del mes corriente, día de San Basilisco de Comana, San Lupo de Limoges, de la beata Humildad de Faenza, de Santa Quiteria y de Santa Rita, patrona de los imposibles, se inaugurará, Dios mediante,  la exposición de mis acuarelas y tintas, para conmemorar así la victoria de las tropas cristianas en la batalla de las Navas de Tolosa, el 16 de julio de 1212.

   Culpables de tamaño atrevimiento son, dejando aparte mi ya acreditada osadía en otras artes, Hortensia y Antonio, de la Casa Vieja y la Casa del Pintor, que me han animado a colgar mis acuarelas en las paredes de la primera de esas casas, en Blasco Ibáñez, 9. Si se os ocurre pensar que el jueves 22 de mayo a las 8 de la tarde tenéis algo más importante que hacer, estáis equivocados, hermanos.

   Auspiciado por la mentada beata Humildad de Faenza, allí se podrán ver algunos de mis dibujos y acuarelas, pues con humildad se muestran, si es que tal virtud es compatible con el arte. Quien algo hace, solo por considerarlo merecedor de ser escuchado, contemplado o leído por los demás, ya está más cerca de la soberbia que de la modestia, pues nadie mostraría aquello que le llegue a producir más vergüenza que satisfacción, incluso un cierto orgullo. Este es el caso, pues lo que llegas a crear o a interpretar debe medirse con lo que uno mismo era capaz de hacer anteriormente, no con lo que hacen los demás. De otra forma, escuchar a Mozart o admirar a Velázquez sería paralizante para un artista con criterio.

   Después de mi retiro, que me brinda la ocasión y el tiempo para cambiar las tizas por los pinceles y las guitarras, mi trabajo con el dibujo y la pintura es más asiduo y reflexivo, lo que viene a significar que es mejor, pues todo es cuestión de estudio y trabajo. Los títulos de mis acuarelas son redundantes. Si “Árbol” se titula la obra, en ella se encontrará un árbol reconocible. Es figurativa mi pintura, y por tanto no es imprescindible explicarla, que sí justificarla. Otro caso sería si nada reconocible se pusiera ante los ojos del público, pues nada habría que justificar, sino endosarle al espectador la causa de la ininteligibilidad del mensaje, a su ignorancia y falta de sensibilidad. La duda y el temor de parecer obtuso acallaría algunas críticas. Cuesta admitir que uno no entiende nada, hasta que llegas con el tiempo a descubrir que, en ciertos casos, nada había que entender. La abstracción, en algunos acreditados ejemplos de esclerosis facial, puede tener esos peligros, como el realismo excesivo tiene los suyos. Figuración temperada, no excesivamente fiel a la realidad, tanto más lograda cuanto más sugiera y menos muestre. Esa es mi intención y mi meta, alcanzada en la medida en que hemos sido capaces de renunciar al detalle irrelevante en favor de sugerencia y la impresión.

    La medida justa, el  nivel de acercamiento a la realidad, la tensión entre síntesis y realismo, entre detalle y sugerencia, no creo poder expresarlo mejor que W.L. Judson, en su obra "The building of a picture", (Sanderson Publishing Company. Los Angeles & San Francisco, 1902):
    Traduzco: "Cuando una pintura es trabajada hasta sus últimos detalles, su historia está definitivamente contada hasta la última palabra. Su encanto pronto se agota, porque no tiene nada más que decir. Ofende el amor propio, como el narrador que insiste en explicar sus chistes".

    Vistos los propósitos, expliquemos los motivos. Mi acercamiento a la escritura, el dibujo y la pintura, y no en escasa proporción, viene motivado por el amor a los materiales que se utilizan. Me cito a mí mismo, a unos párrafos de una entrada de mi blog dedicada a papeles, cuadernos y journals: …”Verdad es que ya tengo más blocs, travel books, journals y atados de papeles varios que imaginación y tiempo para llenarlos. Hay quienes escriben o pintan, según nos explican, para dar salida a lo que dentro llevan ya que, de no hacerlo, sus nonatas invenciones pujando por ver la luz, harían reventar sus organismos con gran estropicio y menoscabo de la pulcritud de su entorno.

   Mi caso es más prosaico y banal. No es más que la sensual búsqueda y querencia al contacto con exquisitos papeles, libros maravillosos, tintas diversas, bellas estilográficas o antiguas plumillas, para olfatear los aromas de sus tintas, o de las colas de sus encuadernaciones, de sentir el suave tacto de las fibras del papel,  escuchar cómo la plumilla rasca en el Galgo verjurado color marfil o, por el contrario, sentir la suavidad de la Montblanc deslizarse silenciosa por un papel de Clairefontaine.
    […] ¿Cuántas obras han venido a este mundo por dar salida no a irrefrenables impulsos creativos, sino a dos resmas de papel Arches que, avariciosos, hemos llegado a almacenar? A mí lo que me gusta es comprarme los pinceles y los tubos de pintura, los papeles —¡Ay, qué bonito es ese bloc!—, el arcoíris de tintas, las cajas de acuarelas…. Luego, por vergüenza torera, uno se dice: —Voy a tener que ir pintando algo. O bien, llega a reflexiones del tipo —Sería nefasto que mis biógrafos encontraran en ese journal, que parece el Libro de Wells, textos como “Del Mercadona: pan, cervezas, tomates, latas de atún, café…” Horrible para mi prestigio en construcción. Hay que alumbrar algo acorde con la prestancia del soporte.”

   Fijados lugar, fecha y hora, explicados motivos e intenciones y advertidos acerca de lo que allí podréis contemplar, termino, hermanos, incrustando aquí el cartel con la invitación a la exposición.

   Un abrazo.
   Pepe Garrido

Espístola jubilatoria


 
Queridos hermanos:

Hoy, 25 de enero de 2014, día de San Bretanión, San Pablo  y San Popón, varones de nombre sonoro y de aparato, cumplo seis décadas que, dicho así, parece menos tiempo. Como entré en una escuela hace 55 años y en ella sigo, aunque obviamente en otra, aprovecho tan fausta efeméride para abandonar los alpinos, las tizas y los catecúmenos, a sus padres y a sus madres, que Dios guarde, y abandono la industria de la educación, que en manos de contables dejo. Lamento no tener tiempo para quedarme a disfrutar de las excelencias del  enésimo parto legislativo que un ministro del ramo alumbra a lo largo de mi vida como docente.

No sé si esto es jubilación o huída; el caso es que dentro de unos días pasaré a ser una carga para el Estado, después de que él lo haya sido para mí desde cuando mi memoria alcanza. Espero que quienes a partir de ahora deberán sufragar mi pensión con sus impuestos, antes de echarme a mí la culpa de la ruina del país, causa de la suya, hagan cuenta de que yo se la pagué con los míos durante 38 largos años, mes a mes, a  sus abuelos o a sus padres. No se me escapa que tal y como nuestros dirigentes reparten la caja, más seguro está el hoy por mí que el mañana por ti, pero así soplan los vientos  en las velas del barco de la hacienda del reino. De ahí lo de pisar el billete.

Habiendo hecho mi trabajo lo mejor que he sabido y podido, desde el primer día de septiembre de 1976 hasta el de la fecha, no he llegado a sentir que sea el mío un trabajo especialmente valorado por la sociedad. Por tanto, me voy con la tranquilidad de que, siendo algo intrascendente y de escaso mérito lo que otros muchos y yo venimos haciendo durante toda una vida, nada importante debe resentirse cuando dejemos de hacerlo.

Una de las grandezas del cerebro humano es que es impredecible, algo que supone la mayor diferencia entre una persona y una cebolla o un boquerón. Por tanto no descarto la improbable y remota posibilidad de que llegue a echar de menos mi trabajo en la escuela, porque sobrado tiempo he tenido para satisfacer tales ansias. Por contra,  estoy seguro de que de otra forma muy distinta viviré la separación de los amigos con los que he trabajado día a día, compartido alegrías y disgustos, quebrantos y satisfacciones, aficiones, intereses y cafés. Es el lado triste del asunto, pues les voy a echar de menos. Con su trabajo bien hecho han hecho fácil el mío, y no hay palabras para agradecer la confianza, el apoyo, el mimo en muchos casos, con que me han apuntalado, arropado y hecho posible que aguantara hasta estas fechas. Pero habrá más propicios momentos y parajes donde encontrarme con ellos, alrededor de un café, no de un problema.

El próximo día 5 de febrero, día de santa Felicia, Santa Gadea y San Bertoldo, san Ingenuino, santa Águeda y san Adán, primer día de mi vida contemplativa, quisiera reunir en un antro de perdición a los amigos y compañeros de mis dos mundos: la educación y la música, para presumir de los unos ante los otros, y viceversa. Si la cantidad y calidad de los amigos que alguien consigue atesorar a lo largo de su vida es buena vara de medir a una persona, sube a los cielos mi autoestima mientras hago la lista de aquellos que no pueden faltar. Nos despediremos con música, arrullados por los salmos que durante años hemos cantado en la ermita del abad Germán de Navarra y en los más pintorescos e inusitados garitos, interpretados por los monjes que han poblado mi convento, prolongado mis vigilias y puesto en compromiso mis higadillos.

Allí nos veremos, hermanos, para que ese último día sea ocasión de cánticos, buen  humor, antífonas y libaciones, que esto son cuatro días.
Lugar: “Chapó”. (Antes “Bossanova”, y mucho antes “Crossroad”)
Calle Teodoro Camino
Día 5 de febrero a partir de las 5:30 o 6:00 de la tarde.
Los más pendones seguiremos allí después de cenar, hasta que la aurora de rosados dedos nos muestre el grado de nuestra desvergüenza.