viernes, 27 de febrero de 2015

Epístola evolutiva


Queridos hermanos:


    Leo en El País de hoy que el cerebro humano es una máquina hecha con piezas recicladas. Concretamente cita el artículo de Daniel Mediavilla a McGyver, que construía un lanzamisiles con cosas que tenía a mano o compradas en la ferretería del pueblo, para salir del paso y enfrentarse a un ejército. A partir de ahí, medito que la evolución ha ido reaprovechando cachos de lagarto, cuarto y mitad de la sesera de un mono antiguo, cables medio pelados de oso obsoleto, pero aún utilizables, tuberías, tendones y desagües de este o aquel animalico, hormonas y aminoácidos en buen uso de semovientes de la sabana… Un ojo de aquí, un dedo gordo oponible de allá, un espinazo enderezado deprisa y corriendo, que aún nos duele, un puñado de muelas mal calculado que ha habido después que adaptar a la época arrancando con tenazas las sobrantes, un rabo no presente por una decisión de última hora. Pudimos haber tenido plumas, incluso alas, lo que nos habría ahorrado mucho dinero en ropa y arruinado la cuenta de resultados de British Airways… En fin, dejemos la cosa como está que, por otra parte, es la única opción, aunque las decisiones que nos han dado ser y forma fueran tomadas para salir del paso, apremiadas las especies por las apreturas del momento.

    No es que tales componentes fueran lo mejor imaginable, ni siquiera eran buenos en muchos casos, llegando a rozar lo chapucero. En su momento fueron útiles, lo mejor que ofrecía el mercado y la estación y, al menos, no eran incompatibles con la vida. Los prototipos carentes de boca, los esbozos sin culo, los diseños más avanzados que se adelantaban a la moda y tendencias del momento, fueron modelos que se vendieron muy mal y dejaron de fabricarse. Saber que somos un collage compuesto a base de residuos tomados por la naturaleza en el basurero de las eras geológicas explica muchas cosas.

    Tal vez incluso la combinación de piezas no sea la idónea. A mí, sin ir más lejos se me ocurren varias innovaciones que mejorarían sustancialmente mi organismo. Y no me refiero a estirar pellejos, reducir narices o ponerme morros, algo que puede ser necesidad o caprichoso narcisismo, vanidad, sobra de dinero, pero no evolución. Hay quienes visitan con frecuencia el quirófano para corregir algunas de esas infamias corpóreas recibidas de fábrica o las excrecencias que la evolución o el tiempo han puesto en su jeta o en su barriga. El cerebro sin embargo, la parte que tienen más dañada, no recibe tales atenciones y arreglos, aunque hay a quien una lobotomía haría mucho bien. Seguramente con media sesera serían la mitad de gilipollas que con toda y, dado el uso poco brillante que hacen de la CPU, incluso podrían prescindir totalmente del cerebro, error evidente de la evolución y origen de la mayor parte de nuestros problemas.




   El texto que analiza la evolución del cerebro humano se acompaña con una imagen que recrea el aspecto de un neandertal vestido con traje, pelo recortado con tupé poniendo toldo a una mirada ceñuda que me resulta inquietantemente familiar ya que me recuerda de forma alarmante a algún pariente. Tal vez sea en la calle o en la barra de un bar donde me haya cruzado con un espécimen parecido, o viendo algún vídeo del Estado Islámico, un partido de fútbol, un combate de boxeo o el Nombre de la Rosa. Tal vez ese mirar que me inquieta lo haya entrevisto en el rostro de algún tertuliano de los que acuden a esos aquelarres vociferantes en la televisión a decirnos a quiénes deberíamos votar y porqué.

    Tampoco hay nada que nos lleve a pensar que esos avíos y puestas al día, que aun siendo imperfectos suponían un cierto avance, hayan sido algo general. Ni siquiera teniente coronel. La pervivencia en algunos miembros de nuestra especie de ciertos comportamientos de los saurios, de los instintos de los carroñeros o de  los depredadores de la sabana, de algunas costumbres y gustos de los chimpancés, de la chulería del pavo real, o de la vacuidad de la oratoria del papagayo o la cotorra nos hacen pensar que nuestro caletre es el compendio de retazos de seres vivos que mejor estarían en un zoo que puestos al mando de nuestro comportamiento. Somos como esas colchas de patchwork, pero compuestos con retales de la fauna ancestral. Ya desde antiguo mitos y fábulas han puesto rostro animal a tipos y comportamientos humanos.

    Por eso la inhumanidad hace acto de presencia con más frecuencia de lo deseable en la ejecutoria de nuestra especie. No toda ella evoluciona al unísono. La usual labor de la evolución se encomienda hoy en día a la cultura, a la civilización y a la industria, ya que hay cosas que no admiten espera en este mundo de prisas y carreras. Si nos estorba una muela, no esperamos a que la evolución termine su faena y la haga desaparecer. Vamos a que nos la arranquen, pues vemos que la cosa va para largo y que no trabaja la mentada evolución con carácter retroactivo. Si naciste con muela del juicio te aguantas, que este modelo es así. Tal vez los machos de la especie tuvieran en el pasado remoto un huevo del juicio. Si dos ya suponen a veces un problema difícil de gestionar, pues suelen competir con ese cerebro de retales para tomar el mando de la situación, —con éxito en la mayor parte de las ocasiones —, imagínense ustedes con tres. La bicefalia es ruta abandonada en la evolución y no funciona bien con los contribuyentes ni con los partidos. Evolucionamos culturalmente, aprendemos habilidades o nos compramos gadgets que suplen nuestra falta de zarpas, colmillos en condiciones, caparazón, o la mata de pelo de un zorro polar. De buenas piernas para correr para qué hablar. A mí una tortuga con mal genio me daba alcance y fin.  Es el cerebro lo que nos pone al frente de la creación y ya hemos visto que no es para echar cohetes. Quirófanos, fármacos y ortopedias alargan nuestra vida, nos permiten seguir bullendo con unas condiciones físicas que en un pasado no tan remoto hubieran llevado a nuestros parientes a abandonarnos en un cruce de caminos a ver si pasaba por allí alguien que conociera arreglo o, de forma más expeditiva, reintegrarnos a la madre naturaleza dejándonos tirados en un cerro para que a través de las fauces de un lobo o de un oso hiciéramos nuestro reingreso al ciclo. Criar malvas es la versión poética.

    Por eso me inquieta la foto del ancestro con traje, porque sugiere que esa vía que se creía fallida y extinta, en realidad nunca desapareció, que sigue entre nosotros. En los casos más benignos nos roba, pues las enzimas de la justicia y de la honradez no les fluyen a  muchos por las cañerías orgánicas a causa una ancestral carencia hereditaria. En otros casos, de gravedad aún más inquietante, un desarreglo hormonal congénito les lleva a echar meaditas identitarias en el territorio que intentan amojonar para reservar a su camada o a su jauría el derecho a seguir depredando en la zona, sin intrusión de otros carnívoros. Esta dolencia heredada les desarrolla enormemente la imaginación, llevándoles a recordar lo que nunca ha sucedido, les impulsa a recuperar lo que nunca tuvieron y les aboca finalmente a una paranoia que les hace imaginarse acechados por ladrones que desde todos sitios les arrebatan su patrimonio. Curiosamente su patología les dificulta percibir a los mangantes no imaginarios que simulan dirigir la manada y les tienen distraídos vigilando las veredas, mientras ellos se comen lo mejor de la pieza.

    Entre los casos irrecuperables encontramos especímenes que, en fallidas probaturas de otros momentos de la evolución, desarrollaron formas organizativas poco exitosas que llevaron a sus tribus a la miseria y a la más atroz de las injusticias. Son incapaces de rendirse ante la evidencia de su propia obsolescencia, de reconocer que lo que sugieren como arreglo es volver atrás para retomar vías que fueron necesariamente abandonadas por no llevar a ningún sitio. Ellos intentan vestir con disfraces de las últimas pasarelas su realidad cutre y antañona y aprovechan momentos de hambruna y confusión para volver a proponer el regreso a una arcadia feliz que solo habita en su imaginación. Como no pueden desdecirse de lo que dicho queda, afortunadamente el registro fósil nos muestra su verdadero esqueleto y nos los revela como realmente son, una vía muerta de la evolución cuyos últimos supervivientes malviven en paradisíacos reductos pasando hambre rodeados de la abundancia. No espero que el hombre de Neandertal se dé a vistas para resolver nuestros problemas actuales. Aunque se presente con careta de sapiens la largura de sus brazos destapa su antigua estirpe.

    El caso más extremo de pervivencia entre nosotros de ejemplares de los inicios del pleistoceno hay que buscarlo en lo que otrora fue la cuna de la cultura y la civilización. En Mesopotamia vemos hoy con espanto a especímenes que no han llegado a culminar todas las etapas de la hominización. Queman vivos, degüellan o crucifican a los miembros de otras variedades más avanzadas de la especie, queman sus bibliotecas, destrozan estatuas y restos milenarios de esas culturas que les son ajenas, pues ellos ninguna propia tienen, evidenciando que ocupan una tierra que no es la suya. Que hace miles de años ya era habitada por otra raza superior, que era culta, inquieta, civilizada y más desarrollada mental y socialmente que los cabestros que hoy destruyen tales rastros, seguramente para evitar comparaciones que evidencien el grado de su decadencia y su barbarie.

    Esto es caso aparte que confirma mis consideraciones anteriores. Si contemplamos los bisontes de Altamira o los caballos de Lascaux, entre otras muchas creaciones de esos a quienes llamamos los hombres de las cavernas, a veces con el displicente distanciamiento de quien habla de un pariente tonto, vemos que sopas con honda nos dan desde sus tumbas a nosotros, sus evolucionados —o degenerados— descendientes. Si visitamos ciertos museos, vemos el vaso de agua de a 20.000 europios de Arco, la habitación llena de escombros que exhibimos en Venecia, las patrañas de Damien Hirst y otras logros del genio actual, hemos de reconocer que efectivamente tales creadores, quienes les admiran, les compran y les adulan, tienen un cable pelao. Cosas de la evolución de que hablábamos. Los cangrejos seguramente también están convencidos de que andan hacia adelante.

    Mal arreglo tienen los casos extremos. En el último de ellos y me vuelvo al Oriente, seguiremos mirando y soltando lágrimas de cocodrilo, cogiéndonosla con papel de fumar y hablando de alianzas de civilizaciones. Si ello es posible, que deseable seguro que lo es, sólo puede producirse entre civilizaciones, como tal frase indica. La civilización no se puede aliar, ni debería contemporizar siquiera, con la barbarie. No haremos nada hasta que ya el problema esté muy cerca, aunque sigamos negándonos a reconocer que ya está dentro. Al final tendrán que ir los yanquis go home a arreglarlo, que es lo que suele ocurrir. Y el arreglo va ser crudo. Sé que hay otras visiones del asunto, visiones que olvidan quien puso centenares de miles de muertos propios en la lejana Europa para quitarnos de encima a otra demencia similar, mientras que muchos europeos alojaban en sus palacios a los nazis de Hitler, sacándoles los mejores vinos a la mesa. Muchos europeos, que hoy en día seguimos sin saber si somos de los nuestros, dirán luego que el imperialismo intervencionista tal y cual, que si hay petróleo, que mire usted… Palabras. No se me escapan los intereses, muchas veces perversos, que concurren en estos problemas, pero entre el blanco y el negro hay muchos grises y nuestro gris cada día es más oscuro.


Vale.



 

domingo, 25 de enero de 2015

Epístola añosa




Queridos hermanos.

     Doce meses hace que os dirigía una epístola conmemorativa de mi sexagésimo cumpleaños. Rápido pasa el tiempo, que unas veces se porta como aliado y las más como enemigo, de forma que de nuevo son mis días. Si toro fuese, de sesenta y una hierbas se diría que soy y hace muchos decenios que habría dejado de  ser añojo. Ni siquiera utrero o cuatreño. Más cercanos y parejos estamos ya del elefante y la tortuga, de la ballena y del olivo. Y no sólo por añosos, sino por gordos, lentos y retorcidos. Ya no encuentra uno palabras favorables para catalogar la edad que va alcanzando, cercana a la del Júcar. La verdad es que, llegado a este número absurdo de años que ni es redondo ni propicio a milenarismos o cábalas, más barbechos que hierbas hemos tenido ocasión de ver últimamente, pues si mi particular paisaje ofrece más grises y cardos que verdes y flores, no les arriendo a los más jóvenes las ganancias de las últimas vendimias del majuelo en que vivimos. Los dioses no nos son propicios desde que han cambiado las inclemencias del Olimpo por la comodidad de despachos más acogedores desde donde atosigar a los mortales.

    Tampoco añade el número sesenta y uno beneficios tales como poder dejar de trabajar, que era la irrepetible ventaja del anterior aniversario, aunque cierto es que te permite seguir dedicado al dolce far niente, a hacer sólo las cosas que te interesan, con una calma y parsimonia que es más necesidad que gusto. Pero los optimistas no nos dejamos derribar la moral por sesenta y un tacos Myrga, aunque Discépolo nos ponga encima de la mesa de su tango la frase de “fiera venganza la del tiempo, que te hace ver deshecho cuanto uno amó”. No es verdad. Muchas de las cosas y personas que uno quiere siguen muy vivas, aunque cierto es que no todas, pues la vida viene a ser una constante pérdida. Cuando uno pasa lista comprueba desconsolado que muchos ya no acudirán nunca a clase, por poner un símil de mi antigua dedicación. Hay que levantar la vista al cielo, contar las estrellas, las pocas que nuestra escasa visión alcanza a distinguir, darnos cuenta de nuestra insignificancia y concluir que las cosas no es que sean buenas ni malas. Simplemente son así.

    De mi antigua profesión quedan los amigos, los compañeros, el saludo, al fin agradecido, de muchos de mis antiguos alumnos, miles de recuerdos… Pero algo se debió de romper en los últimos tiempos pues, como vaticinaba hace un año, no la echo de menos. Me asombro a mí mismo al releerme, pero la escuela ya no es para mí mucho más que un edificio. Me tendrían que hacer volver a punta de pistola. Se me invita —junto a la última cosecha de jubilados del gremio— a un acto en Guadalajara en homenaje a nuestros dilatados años de servicios en la educación. No voy a acudir. Cuidados, respeto y agradecimientos menester son en vida, mejor que flores al muerto. Los actos huecos y las campañas de dignificación de la profesión docente no son bienvenidos si proceden de quienes han hecho cuanto en su mano estaba por arrebatar tal dignidad a nuestro oficio. No sería necesario tener que recuperar lo que nunca debería haberse dejado perder. Mi memoria ha sufrido menos quebrantos que mi osamenta y he escuchado en los últimos años valoraciones que, como el resto de mis colegas, no creo merecer. Junto con hechos, más graves aún que las palabras, que han menoscabado el valor y la eficacia de mi trabajo y de mi esfuerzo durante 38 años. Si Roma no pagaba a los traidores, yo no celebro retrocesos.

    Mejor me dedico a pintar acuarelas, a viajar con mi santa y a tocar la guitarra con mis amigos. De paso cenamos juntos y nos tomamos una copa. Santa, amigos y yo, que las acuarelas sólo beben un poco de agua. La guitarra, ni eso. Compruebo, y perdóneseme la inmodestia, que en ambas cosas progreso. En la guitarra veo que toco casi como antes, aunque eso no sea para echar cohetes. Con los pinceles la mejora es más evidente, cosa previsible, pues un docente sabe que, partiendo de unas facultades normales, lo demás es tiempo, trabajo y método. Con mi habitual atrevimiento, en mi blog difundo mis averiguaciones y probaturas con nuevos pigmentos, papeles y pinceles, plumillas, tintas y carbones, pues un buen maestro, algo que sin duda soy —y van dos—, es capaz de enseñar hasta lo que  no sabe. Continúo con el blog ante el hecho de que en 600.000 ocasiones, hasta la fecha, alguien ha encontrado interesante lo que en él se cuenta. Sólo me faltan benévolos mecenas que hagan posibles esas probaturas, pues no puedo seguir gastando mil euros al año en tubos de acuarela. 

    Sobrepasado por la realidad, hace tiempo que no escribo epístolas ni encíclicas que comenten la actualidad. Un horror. Moros y cristianos nos afligen y mis desvaríos literarios no pueden competir con la perversa exuberancia de un mundo gobernado por buitres y dementes. La prensa parece estar siempre en 28 de diciembre y leo que Putin, como remedio a la catacumbre, baja el precio del vodka, que un Maduro desbordado por su incompetencia, consciente de sus escasos alcances y seguramente aconsejado por su pajarico, se encomienda a Dios, en cuyas manos delega la tarea de reponer los lineales de los supermercados vacíos, que los bancos se cobran unos a otros por dejarse prestar el exceso de dinero que se les amontona, antes de ofrecerlo con un razonable interés a quien lo necesita. Compruebo también que, gracias a mi apellido sefardí, ya puedo solicitar la nacionalidad española; me entero de que Agatha Christie le escribió una obra de teatro a La Camboria, esposa de Lauren Postigo, y de que debería de estar muy contento de que no se haya encontrado petróleo en Canarias. Se me informa de que en la corte del rey Arturo, Mas y Junqueras, con la que está cayendo en parte gracias a su gestión no ya mala, sino inexistente, siguen vivos y a lo suyo,  de que cambiando en Egipto una pera que iluminaba la vitrina del museo donde reposa en la actualidad el finado, le han desgajado las barbas a Tutankamon, unas barbas que llevaba 4000 años sin afeitarse y, lo que es peor, que se las han vuelto a pegar con resina epoxi en plan Mr. Bean. De que en cuanto a no pagar los impuestos, falsear las cuentas, esconder cobros y facturas y tomarnos el pelo presumiendo de cristalinos bolsillos, hasta el más tonto o bisoño hace relojes, que eso se aprende pronto, de que en la mente de algunos falsos profetas es compatible vender bonos patrióticos, cobrar mordidas, llevarse el botín a Andorra y dirigir mientras una fundación que promueva la ética. En lo que respecta a la indecente financiación ilegal de todos y cada uno de los partidos, está peor visto que te dé la pasta gansa una empresa constructora que ser financiado por Irán o Venezuela, seguramente a cambio de algo más inquietante que la concesión de una obra. La afinidad ideológica, la justificación o el silencio ante ciertas cosas, por ejemplo lo serían… Valencia mira a Andalucía, La Mancha a Madrid, Extremadura a Cataluña y sus pobladores les miramos a todos ellos. Atónitos ante tanta cara dura que no son capaces de reconocer en sí mismos.

     Como optimista nato, siempre había creído que la civilización iba de menos a más, incluso con sus altibajos, zonas de sombra, injusticias y tragedias. Hoy tengo más que serias dudas al respecto viendo que algunos nos proponen avanzar hacia atrás. Sociedades que en pleno siglo XXI ya habían conseguido llegar al XVII se obstinan en retroceder a la edad media. Otros, incluso entre nosotros, van más allá e intentan recuperar la tribu, la aldea fortificada del neolítico, el cuchillo de obsidiana para hacer sacrificios con que agradar a los dioses… Se recupera el perfil más perverso y dañino de las religiones y, en medio del derrumbe, algunos orates sacan del baúl pendones y fronteras, si no como solución, al menos como interesado y egoísta apartamiento que ilusione, o al menos distraiga al personal. Momentos más prósperos llegarán para recordárselo. Mal arreglo es recurrir a estas otras causas de la mayoría de las tragedias que tanto abundan en la historia. En realidad esos estandartes y amojonamientos son  engañosas metáforas del oro, del interés económico y del poder. 

    ¿Qué decir? La lejanía o la saturación de tantas pesadillas nos impermeabilizan, nos hacen insensibles y terminan por paralizarnos. Hacemos de la tragedia ajena, aunque a veces cercana, un espectáculo que se recoge en una foto que se comparte y comenta en la red. Todo se nos ha ido de las manos y algunos intentan recuperar el mando diciendo que to’ el mundo es bueno. ¡Mire! La desesperación hace posible que como novedosas soluciones se presenten doctrinas obsoletas, etiquetadas con animosos vocablos que eviten mostrar la verdadera cara de lo que una adecuada taxonomía política haría hoy en día impresentable. Por sus amigos los conoceréis. Desconfío de quien abomina y oculta su verdadera identidad, de quien evita presentarse con su nombre real, pues ellos y casi todos los demás sabemos que tal es sinónimo de ruina, falta de libertad e injusticia. Tanta o más que la que se quiere combatir. No estoy pues por la faena. Soy anciano pero no iluso.

    A pesar de mi acaloramiento por una situación que me indigna, reconozco que me veo rebasado e impotente. Que mi edad y mis menguadas fuerzas me llevan más al patio de butacas que al escenario, al que solo subo a cantar. Ya solo pido que me dejen en paz, intentar ser feliz y hacer felices a los que me rodean. Mantener en paz una hectárea a mi alrededor y, al menos, no apoyar ni colaborar con lo que considero injusto. Tal vez si, siendo poco ambiciosos, —si es que esto es no serlo—, todos hiciéramos otro tanto, conseguiríamos cubrir los 510.101.000 km2  de superficie de nuestro planeta. Y sobraba gente.

    Vale.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Epístola claustrofóbica




Queridos hermanos.
Un año más el curso inexorable de los astros nos ha transportado vertiginoso hasta Septiembre, por una acelerada e impensable cuesta abajo en sus elipses durante el verano. Modera desde ahora su paso el sol, burro de noria de los cielos, para ascender a paso lento hasta un nuevo año, donde renovará sus bríos. Breves se antojaron los días del descanso, tanto como largos se harán los que ahora empiezan. Paciencia, hermanos.

Pero esas rutas siderales por las que discurre el tiempo me han depositado este año en una playa, desde donde os escribo a la sombra de las palmeras, libando un helado y espumeante brebaje de abadía, cosa inaudita para mí y para mi organismo en estas fechas pues, hasta que he colgado los hábitos, el planeta cada septiembre hacía su parada para que me apeara en la puerta de una escuela. Era conducido allí cada año para que accediera a su interior y, como ganador de la liga, atravesara el paseíllo formado por los padres con un discípulo en la mano y en su mirada más alivio y rencor tras dos meses de ausencia que estima y agradecimiento por el resto del año intentando colaborar con ellos en la educación de sus vástagos, no sin oposición por sus partes en ciertos casos.

El otro tipo de fuego amigo que la escuela soporta, es el de la propia administración educativa, sucursal de la de la hacienda del reino, cuyos más altos dirigentes no se determinan a enfrentarse a ella y a hacer valer la importancia de la escuela pública. Tal vez porque no creen ni aprecian aquello para cuya defensa, mantenimiento y promoción han sido nombrados. Como maestro, secretario, jefe de estudios o director de dos centros, que todas esas cosas he sido, además de imbécil, siempre he percibido a la administración educativa como de los míos. De hecho, en su ausencia, la administración era yo. Una ayuda, pues, un soporte. Exigente, como debe de ser, pero navegando en la misma dirección, aunque cierto es que los remos a nosotros se nos encomendaran. También es lógico que así sea.

Pero ahora el del tam-tam se ha pasado de exigencia. Su ritmo no se compadecía con mis fuerzas y la resistencia de las olas. Los remos no se reponen y cada día se da peor de comer en este barco que boga dando tumbos no se sabe muy bien hacia qué puerto. Si hubiera que poner símiles agrícolas, más a juego que el mar con estos secanos en que vivimos, la administración, al menos sus altas instancias, despierta en la actualidad en un docente las mismas sensaciones y esperanzas que un nublo para un agricultor. Y eso no es bueno. Podríamos decir que han dejado la educación en barbecho.

Aunque mis piernas hoy, lamentablemente, no sean mi punto fuerte, aún me funcionan algo mejor que a una cepa. Lo suficiente para alejarme de esta industria, cuyo negociado de confundir resultar ser el más eficiente, haciendo que los demás se contradigan o paralicen, y que los docentes se mantengan inquietos y desconcertados, justo lo contrario de lo que la docencia requiere.

Mientras yo medito, los catecúmenos forran sus libros, afilan lápices y urden maldades, ansiosos por volver a las aulas y reencontrarse con sus compañeros y su seño, con la alegría que les permite la inconsciencia propia de la edad. Sus maestros se mesan los cabellos entre tilas y buenos propósitos, pidiendo ansiosos al incorporarse a las aulas el informe de bajas y daños, pues la administración, como un submarino alemán, no descansa en verano. Pronto tendrán por enésima vez que retomar la redacción de peregrinos códices y programas, eterna tela de Penélope que disponga los antiguos hilos en formas más del gusto del ministro de turno, que Dios confunda, si es que su confusión admite mejoras.

Si curiosos abren los discípulos sus nuevos libros, pues nuevos han de ser para recoger en sus ilustradas páginas los evidentes avances de las ciencias y el conocimiento en nuestra región, verán muchas cosas que tal vez consuelen el escocimiento que de entrada su compra ha producido en las bolsas a sus progenitores. Madres e hijas, padres e hijos comprobarán perplejos que, en los nuevos textos que a los obsoletos vienen a sustituir, ríos y mares, lagos y cerros permanecen donde tenían por costumbre, que sumas, restas, multiplicaciones y repartos son resueltos como desde hace siglos solían serlo, salvo ciertas creativas y perversas interpretaciones solo utilizables por bancos y gobiernos. Que las plantas persisten en buscar la luz y el agua, que las sierpes siguen sin tener patas, que mi mamá me mima, que el bicarbonato y el limón bullen en sus bodas, que cuando llueve nos mojamos, que romano sigue siendo el puente por el que vadeamos el río en el pueblo, que si hubiese sido levantado por nuestras punteras constructoras con él hubieran arramblado las aguas hace siglos. También podrán comprobar que nuestro idioma poco ha cambiado desde Nebrija, y menos, y nunca para bien, desde Quevedo, que las cartillas de Rubio siguen preservando los arcanos de la denigrada ortografía y que entre Doña María Moliner y la Real Academia pulen y conservan aquello que nos permite entendernos cuando tenemos intención de hacerlo, pues el tiempo y el mal uso interesado han limado las palabras, despojándolas de su valor y significado convenidos, con grave menoscabo de tales instrumentos de la la lógica y la razón.

Aunque nuevos sean los libros que nos enseñan nuestro pasado, afortunadamente comprobarán aliviados que, al menos en estas tierras, Colón sigue siendo el descubridor de América, Fleming el de la penicilina, Stephenson el del tren y que todavía no se le discute al hombre de las cavernas la invención del fuego. La falta de presupuesto tal vez haya sido cortapisa e impedimento para reclutar eminentes investigadores que pusieran al día la historia local, como otras comunidades más solventes han podido permitirse, contando así con eminencias tales como  Carles Camps, ingeniero químico que entre sus probetas ha dado con evidencias de tergiversaciones históricas tales que le obligaron a crear la Fundació d’Estudis Històrics de Catalunya para, entre otras muchas cosas, demostrar de manera no solo indubitable, sino además sin ningún género de dudas, que Tartesos, como su nombre proclama, se hallaba en Tortosa, o del preclaro Cucurrull que nos libra de antiguos errores, al destapar que San Ignacio de Loyola era de San Feliu de Guixols, o cuestionar el origen de Cervantes, pues no se ponen de acuerdo si fue en Santa Coloma del Gramanet o en Lequeitio donde vio sus primeras luces, y si Colón salió de Palos de Moguer o de copas. Nunca podremos perdonar a nuestra administración regional escatimar fondos que hubieran permitido acarrear para el terruño algunos de estos preclaros ancestros que empadronados en otras comunidades más inquietas pasarán a la historia. Sin quererlo han evitado la vergüenza de que al buscar sobre la historia local, youtube y Google nos muestren los resultados de nuestras pesquisas mezclados con las atribuciones extraterrestres de la autoría de las pirámides de Egipto, el Machu Picchu o las piedras de Stonhenge, como en otras recreaciones de la historias autonómicas va sucediendo. Que el Señor les perdone.

Sin embargo, nuevos libros serán necesarios para impartir las enseñanzas de una historia aquí invariable por indiscutida, no teniendo que aleccionar para construir país, aunque imaginario fuere, como en otros lares acontece, enseñando a sus alevines que el primer homínido que adoptó la posición erguida lo hizo para así mejor cortar troncos en Amurrio, o que el arroz con leche es invento nacido en el delta del Ebro. Todo sea a mayor gloria y provecho de las editoriales, que recrean y editan una historia al gusto de cada cliente. Estando las dos más poderosas de ellas en unas solas manos, más poderosas aún, viene a resultar que de unas mismas prensas salen historias locales que se contradicen entre sí, incluso entre fa sostenido y no enmendado, adecuadas a los delirios de los diferentes virreinatos.

Mi apartamiento de la industria educativa, que en eso se quiere convertir mi antigua y noble profesión, me lleva a no saber y además a ignorar si se sigue teniendo por necesaria una asignatura que enseñe a los niños a llevarse bien, a ser justos y honrados y a mostrarles la bondad de nuestras leyes y de quienes las guisan y aplican. Tal vez viendo que los oportunos ejemplos que pusiesen rostro a tales virtudes debían ser aportados por la Atenas de Pericles o por algunas ignotas tribus del Amazonas, se haya optado por eliminarla del curriculum, viéndose así señalados y con el culo al aire los últimos responsables de su permanencia en las aulas. La palabra convence, pero el ejemplo arrastra y poco hay en la sociedad que en la escuela por ejemplar pueda ser mostrado hoy en día. 

Encomendar a la escuela la educación de su alumnado en unos valores no presentes en sus casas, la calle o en la televisión, que es realmente el suelo donde hunde las raices su criterio en construcción, es tarea ímproba y surrealista, y una sociedad que no puede proponer por modelo a quienes la dirigen no muestra sino su propia decadencia. La escuela siempre ha transmitido estos deseados e ideales valores, durante todas las horas del día, no enmarcados en una materia y un horario. ¿Qué es si no una escuela? Estos bienintencionados, un suponer, intentos legislativos no son sino el endose a la escuela, un ámbito sano y plural, de las paranoias y la mala conciencia de la sociedad, en especial de quienes la dirigen y administran. 

Por eso se equivocan gravemente quienes descalifican y denigran a aquellos en cuyas manos ponen a los hijos de un país. O les escatiman los recursos para hacer su trabajo en las mejores condiciones. Los docentes son los que modulan y dan vida, o muerte, a las reformas educativas, las pulen, las hacen digeribles, y de ellas expurgan todo intento de adoctrinamiento. Afortunadamente los niños aprenden de sus vivencias, no de los discursos, y cuando son mayores tratan a los demás como han sido tratados, piensan y se expresan en la forma en que lo han visto hacer, y acaban creyendo en aquello que han vivido como ejemplo benéfico y constructivo. Si así no fuera, todas las personas de mi edad seríamos falangistas y en el mes de mayo correríamos en masa con flores a María. Que madre nuestra es.

Vale.