miércoles, 12 de agosto de 2026

Bitácora veraniega 2026 -2-

 11 de agosto 2026

Extrañado por el medio que lo publica, que no por el contenido, leo un artículo en El País en el que un ciudadano habla de España como estado fallido por la pobre respuesta y nula prevención de su dirigencia ante gravísimos quebrantos y catacumbres como los incendios, problemas como la emigración descontrolada o la losa de la falta y carestía de vivienda. Como todo lo que leo, lo hago desde un punto de vista crítico. Hago mentalmente objeciones y procuro anticipar las que otros podrían esgrimir, no sin parte de razón. Podrán decir que el artículo, como tantos otros, es algo demagógico, alarmista, exagerado, parcial, simplista, entre otros reparos posibles. Bien. Pero no desentona de lo que viene siendo normal en las prosas de la prensa política y de los penosos representantes institucionales, que deberían aportar más rigor, sin que nadie se salve, salvo excepciones que no conozco.
Todo es muy complejo y, cuando ante un problema, las explicaciones sugeridas y las soluciones propuestas son tan sencillas y fáciles como ajenas las responsabilidades, es que no son ciertas, posibles o efectivas. De forma que si bien esas críticas previsibles son de recibo ante este artículo de un particular, por contra, no se llevan mucho de las justificaciones, atribuciones de responsabilidad y propuestas de solución de casi todos aquellos que hemos nombrado para que las eviten o solucionen. Sus excusas, que no explicaciones, son también simples y banales. Peor aún: suelen ser más peregrinas y alejadas de la realidad. Meras exculpaciones. Sería algo ajeno a nuestros usos y costumbres, inédito en nuestra incultura política, que alguien asumiera alguna culpa o responsabilidad. Quita, quita.. Ni parte de ella. Desde el invariable y previsto señalamiento a un villano absoluto de entre los contrarios, alguien a quien endosar enteros errores, maldades, ineficacias y oscuros intereses, pasando por el asombroso ‘son cosas que pasan’, no siempre hay un culpable, que hay que tener cuajo, hasta el ‘me voy de vacaciones y ahí os quedáis con la industria, pringaos’. Si se hunde el mundo, me llamáis, si eso. Seguro que el marrón es competencia de otras administraciones, que para eso hemos hecho tantas. Si eso no es suficiente o no cuela ya, cierto es que soy el de más arriba, pero que de las cosas se ocupen los de más abajo, que en el pobladísimo organigrama siempre hay responsables en los niveles inferiores y uno no puede estar en todo. Hay muchas variedades de ventorro.
Lo malo es que una parte no pequeña de la sociedad, tratándose de los suyos, es capaz de digerir como buena una explicación como la de que tengo ahí guardadas treinta años unas joyitas que, ahora me entero, valen un pastizal, que no declaré ni pagué ni en su momento ni nunca los impuestos correspondientes, que no soy capaz de explicar su procedencia, pero que estamos en ello, en encontrar alguna explicación de recibo, aparte de la prescripción, que todo lo lava. Pero eso sí, sin afán patrimonial. Sapos más gordos han tragado con gusto. Con parroquias así, la cosa no tiene arreglo.
Hay casos gravísimos, de portada a cuatro columnas. Poca cosa si es de los propios. Otros algo menores, que en países serios dirigidos por personas decentes y poblados por ciudadanos exigentes provocan dimisiones inmediatas, e infinidad de otros, poco explicables, dudosos, dignos de investigación, incluso claramente reprobables, pero que, visto lo visto, sólo darían para aparecer en la quinta página del periódico. A falta de nada mejor, explotemos esos temas, reprobables, pero menores, las veinticuatro horas del día en los foros y todas las disponibles en los programas y prensa del régimen. Lo del ático de la señora Ayuso es un asunto más que dudoso en espera de una explicación razonable. Si la hay. Quisieran con eso equilibrar una balanza, hoy demasiado adversa, con casos así. Borrar con eso todos sus gravísimos casos de corrupción, esos que venían a impedir. Y no, almas de cántaro, un ático no da para tanto. Para la parroquia casi vale, ya está hecha a acatar lo que sea menester pensar y dar por bueno o por malo, pero para tapar tanta mierda propia fuera de ella no, desde luego.

Artículo en El País de Federico J. González Tejera, al que no tengo el gusto de conocer ni ubicar:

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