sábado, 7 de mayo de 2016

Epístola ganadera, cinegética y pastoril.



“Si amaestras una cabra, llevas mucho adelantado”
José Luis Cuerda. (Albacete 1947).

Cuando uno busca cómo solventar una situación grave, la propuesta de una solución posible no debería considerarse inaceptable de antemano. Obrar así muestra que no se están buscando los remedios con sinceridad, sino que estas escenas del sillón forman parte del libreto de una obra escrita en beneficio de los actores, no del país. Esto debería ser obvio, pero sucede que, aunque una propuesta mereciera ser tenida en consideración, resulta incompatible con la ideología del negociante, es decir, con sus prejuicios y con sus dogmas, pilares de su intransigencia. Tal vez las personas y grupos menos dogmáticos, sectarios e ideologizados, sean precisamente la solución para este acuerdo, al parecer imposible, que España necesita. Sin embargo eso precisamente es lo que se les reprocha a quienes en algo ceden. No tener unas tablas de la ley talladas en piedra, un dogma inmutable e incapaz de ceder nada ante la supuesta herejía.

Entre los medios y los discursos tan halagadores como falsos con que algunos lamen la oreja de los votantes, se exime a la población de toda culpa. Ni de esto ni de nada. Estas zalameras  proclamas de hoy, son apoyadas desde hace tiempo por una educación maniatada, forzada a despojarse de exigencias hacia los futuros ciudadanos, regulada para dar por buena cualquier actitud o comportamiento de los alumnos por parte de un profesorado cuya autoridad hace mucho que se hizo desaparecer. Entre los gobernantes, los aspirantes a serlo y la prensa, tan infame como ellos, han estabulado las ideas de una ciudadanía, ya de por sí ovejuna, en apriscos diversos, con rebaños, piaras y jaurías totalmente irreconciliables.

Algún día se estudiará el nefasto y pastoril papel de los medios de comunicación en la España actual. No menos irresponsables ni sectarios que los políticos del momento, tan culpables de nuestros problemas como ellos y que el resto de la sociedad, con el agravante de que se considera a sí mismo gremio intocable, a salvo de críticas y juicios. Si entre estos políticos podemos encontrar bastante gente sectaria, ruin, incapaz, miserable e irracional, en la prensa, las cadenas de televisión y los tertulianos, son más a menudo la norma que la excepción. No es que tengan ideología alguna pues, en muchos casos, simplemente ocurre que la indignación, el sobresalto o el escándalo venden más que normalidad, la templanza y la razón. Dedicados a cosechar audiencias, la verdad y el equilibrio aparece en dosis homeopáticas.

 La situación requeriría que la sociedad y los medios pidieran responsabilidad por las acciones y omisiones por igual a todos los que nos han gobernado en el estado, las autonomías o los ayuntamientos, es decir a todo el abanico político, por el acaparamiento de la riqueza nacional para costear sus derroches, por su utilización de las obras públicas como abono para cosechar votos, más que como respuesta a verdaderas necesidades, por su indecente rapiña, por su negligente estupidez, por su nepotismo, compadreo y desentendimiento de los problemas reales... Que dejen de mirar por su futuro y su ambición personal, pues hace tiempo que ellos mismos y quienes quieren reemplazarlos son más otro problema que una esperanza de arreglo de los que ya teníamos. Igualmente, no deberían apartar de sus análisis, por llamar de alguna forma a sus elucubraciones, a los ciudadanos, a lo que en sus comportamientos pudiera haber de censurable, de su complicidad y amparo a lo que luego critican de forma cruzada según sus afinidades. Pero los ciudadanos son la audiencia y el que paga manda. Como la otra parte de la factura la pagan otros poderes, vendido queda todo el género, tanto como atadas sus opiniones.

La realidad es que deberíamos asumir parte de la culpa los ciudadanos por haber votado una y otra vez a quienes decimos despreciar, condescendiendo con sus desmanes, cada uno a los de su cuerda. Con los nuevos partidos ya ocurre exactamente lo mismo y su desdén por la ciudadanía no es menor que el acostumbrado. Pero a ellos todo se les perdona. Lo cierto es que sería demasiado pedirnos obrar de otra forma, porque somos una sociedad más pastoreada que gobernada, refractaria a la responsabilidad, a asumir nuestras culpas y errores, aunque un votante, un ciudadano tiene mayor responsabilidad en la marcha de la sociedad que una cabra en la vida del rebaño. Esa corresponsabilidad, que siempre es ajena, nos rebota, nuestra carga eléctrica la rechaza. Siempre son los otros los culpables, los que yerran. El único problema es saber quiénes son los otros, y aclarar de paso si nosotros seguimos siendo de los nuestros, en un ambiente polarizado en el que se penaliza la templanza y la cordura. Quienes se manifestaban exigiendo, a cambio de su voto, la parada del AVE en su aldea no deberían ahora reprochar a los políticos el disparate de haber atendido a sus peticiones. Cuando los dioses quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias, se nos decía en Memorias de África.

Nos han convertido en un país de irresponsables, pues nos han ido enseñando que nunca tenemos la culpa, lo que supone decirnos que nada podemos hacer, que nada depende de nosotros. Todo consiste en entregar el poder a quien menos nos repugne y dejarnos llevar con la docilidad del rebaño. Los electos monopolizan el poder y el error, y así quedamos liberados del pecado original. Sin embargo ellos, nuestros dirigentes, son nosotros. Habría que pensar que, en el fondo, nos fascinan los dictadores, porque todos y cada uno algo tenemos de ello. El hato de ovejas blancas perdona al macho blanco, el de negras al carnero oscuro, las entreveradas al borrego adalmatado y las culpas se atribuyen de forma entrecruzada. Entretenidos en encontrar culpables no  nos queda tiempo para buscar soluciones para nuestro porvenir, hermosa e inquietante palabra.

Es de risa leer que la sabiduría del electorado ha dado el claro mensaje de que hay que entenderse, pactar, llegar a acuerdos. Todo lo contrario, pues esta provocada división de la sociedad, afronterada por barrancos insalvables, deja pocas salidas. Pedimos ahora que pacten, que el ganado se reagrupe, pero alrededor del pastor elegido por cada cual. Cualquier cesión es debilidad, traición o engaño. Dudo que muchos sean los votantes que premien en las nuevas elecciones los esfuerzos por llegar a acuerdos realizados por algunos, empeños tenidos por bajadas de pantalones, falta de autoridad y tibieza de convicciones. Grave será, como se adivina, que en los nuevos comicios lo que se recompense sea el monolitismo, la confrontación sin salida, el teatro, la incapacidad para darse cuenta que el número de votos obtenidos lo que nos indica es que sólo una pequeña parte de la población desea que lo que proponíamos se aplique, pues ya no nos fiamos de nadie, único síntoma esperanzador, siendo el peligro y el lastre aquellos que se fían incondicional y acríticamente de  su profeta. Según los votos, el ganador debería renunciar a mucho más de la mitad de sus propuestas, otros al 70%, algunos al 80 por ciento de ellas, los demás a casi todas... Aunque nadie pueda decir que le respalda una mayoría cualificada, todos quieren imponer su criterio, en gran parte rechazado en las urnas.

El líder de un partido con el que se deberían alcanzar acuerdos puede desagradar al otro candidato con el que negocia, pero no se le pide que se case con él, y además éste último no debe olvidar que en realidad el novio desairado, aunque feo, pone cara y voz a millones de votantes, más de los que tiene la digna damisela que de antemano lo rechaza, pues tal vez atribuya a un mandato divino, que no humano, su legitimidad para hacerse con el ansiado sillón y con el BOE. La lectura de los resultados electorales, el decir que se ha recibido un mandato popular para hacer lo que querían, no se ve entorpecido por el hecho de que sólo una minoría haya votado en ese sentido. Molesta realidad. Llevando la contra a la razón y a las matemáticas, hay lunáticos que a un 48% del electorado consideran mandato popular irrenunciable para hacer algo a lo que el otro 52 se opone. Maravillas de la democracia.

La indignación es lógica y puede llegar a ser beneficiosa y positiva. Pero sólo como impulso, como detonante, nunca como guía o talante de una acción de gobierno. Quienes sin ser cierto que hayan surgido de ella como afirman, pues sus ideas y propuestas ya eran viejas cuando ellos vinieron al mundo, en realidad simplemente han capitalizado la razonable indignación de otros, se limitan a buscar culpables y a estercolar el campo político para cosechar el rechazo hacia ellos, aparentando por contraste una superioridad moral que no existe, pues para alcanzarla habría al menos que tener alguna moral, ausente en no pocos de los nuevos actores, unos verdaderos farsantes. Con ese capital ven campo abierto para desplegar sus odios, sus fijaciones, sus delirios, pensando que, desacreditados todos sus oponentes, deben ser ellos, por descarte, la opción ganadora. Así, han centrado su discurso en esta búsqueda de culpas, que son reales, pero de las que exoneran al resto de la sociedad y a ellos mismos, y en una especie de ojeo político, esperan cazar las atemorizadas piezas más por huida que por atracción. Otra variedad es la caza con reclamo, aunque sus trinos sólo engañen a las aves de su corral. No son ganaderos que cuidan amorosamente de sus rebaños, sino ojeadores que cobran piezas asustadas y engañosamente atraídas al puesto mediante grandes aspavientos y estruendos.

Todo vale. Cualquiera es capaz de todo y todo merece. Inmenso error. Entendida en su etimología, sería deseable una aristocracia, es decir un gobierno de los mejores, pues no se refiere el vocablo en este caso a condes y marqueses, que ni lo fueron ni lo son. Y estamos muy lejos de tener a los mejores al frente. Ni siquiera de proponerlos. La mediocridad habitual se acrecienta y agrava ahora presentando agazapados en las listas —e impuestos por las cúpulas— a algunos analfabetos funcionales y miembros del lumpen. Políticos del todo a cien para salvarnos, que poco más son los promotores de esta revolución de la señorita Pepis diseñada en la Complutense. Que no se me elija para representar a mi país en los 400 metros en los juegos olímpicos no supone discriminación hacia mí, sino dejar la igualdad para cuando toca. Ya sé que eso puede parecer elitista, calificativo que asumo sin problemas.

Salvo algunos principios para mí decisivos, como son la honradez, la defensa de la unidad de España, el rechazo a los asesinos y matones, o el respeto a la discrepancia, llegamos a preferir la indefinición ideológica, que es el principal reproche de algunos hacia Ciudadanos, lo que tal vez sea en estos momentos su mayor valor, posibilitando esa acción positiva incremental de que se habla en “El regreso de los chamanes”. Lejana y mejor postura que las enmiendas a la totalidad que llevarían a tapar las goteras hundiendo el edificio y construyendo otro, a veces con antiguos planos, o a pensar que la misma lluvia y sus arrastres terminará por taponar las grietas, que es el proyecto del maestro de obras Rajoy. Garzón malbarata el patrimonio acumulado por otros en muchos decenios para asegurarse él un sillón. Una pena que terminen así, en manos de gente claramente peor. Sinceramente de Sánchez no sé qué decir, salvo agradecerle que, junto con Rivera, sean los dos únicos que se han puesto el mono y hayan intentado amasar un poco de cemento para empezar las obras. Pero al PSOE habría que recordarle que quien tiene un solo reloj, a todos los efectos, sabe qué hora es; quien tiene muchos duda. Como a otros, el fulanismo les llevará a la irrelevancia, cosa más que lamentable. 

En lugar de cambiar de obispos y deanes, hundimos las catedrales góticas para dejar en pie chamizos y tugurios. Lo cierto es que en casi todos los partidos, sus líderes son más una rémora que un valor. Si se afirma que los partidos no representan a los ciudadanos, habría que considerar hasta qué punto dentro de ellos sus cúpulas representan a sus bases, infinitamente mejores las últimas que las primeras. El futuro pasa por esos saneamientos internos que libren a los partidos y sindicatos de quienes se han apropiado de ellos en su propio beneficio, como paso previo para hacer lo mismo con la sociedad. En lugar de limpiar la cubertería de plata, ciertamente sucia, la tiramos para sustituirla por otra de plástico.

Por todo lo anterior, el único camino de mejora es la eficacia y sentido común para emprender pequeños cambios, muchos y rápidos, incrementales y continuos en la buena dirección. Considerar de forma posibilista qué tenemos, con qué plantilla contamos, cuáles son las opciones realmente viables. Hay cosas dignas de ser cuestionadas, que van, por poner unos ejemplos,  desde la monarquía hasta la nacionalización de la energía, la banca o la red viaria, al menos gran parte de ellas. Viendo el patio, claro queda que estas propuestas deben ser descartadas en la actualidad, pues entregar esos sectores a los gobiernos central o autonómicos requeriría que estos fueran de fiar. Y no lo son. El mejor seguro para la pervivencia de la monarquía, por ejemplo, es la indignidad mediocre de quienes en el presente y el cercano futuro podrían alcanzar la jefatura del estado. Sin duda otro de los numerosos pasos atrás que se vestirían de progresismo.

En los repetidos comicios no se trata, a mi escaso juicio, de elegir entre ganaderos o cazadores, sino de dejar de ser las reses de unos ni de otros, dejar los pesebres ideológicos y salir al campo abierto de la opinión propia. 

Que el Señor nos ilumine y nos dé buen abad.
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martes, 5 de abril de 2016

Epístola oftalmológica




na cárcel o el noble edificio del colegio de Escuelas Pías de Albacete, son ejemplos de construcciones panópticas, sin que tal enunciado suponga ningún tipo de comparación entre ambas instituciones. Su diseño va encaminado a facilitar la vigilancia, pues desde un lugar concreto del edificio es posible contemplar la totalidad del espacio. Presuponen la intención de verlo todo, de que nada escape al escrutinio de los que dirigen tales empresas.

A pesar de las bondades de tal actitud e intención, no es lo normal. Todo lo contrario. En otros campos de la vida cotidiana está más extendida la mirada heterótópica, en palabra de Foucault, o hemióptica, término oftalmológico que designa las consecuencias de la hemianopsia, enfermedad que provoca la falta de visión o ceguera que afecta únicamente a la mitad del campo visual. Visión heterotópica entiendo que sería aquella que se empecina en mirar hacia otro sitio cuando algo nos incomoda, estirazando del concepto. Siempre para un mismo y único lado, como hacen la sota de bastos y las demás figuras de la baraja española, como dando a entender que no cabe esperar que la suerte nos mire de frente.

La ciencia siempre viene en nuestro auxilio, si no para permitirnos entender las cosas, al menos para ponerles nombres raros que den a entender que las entendemos. Ya es cuestión del entendimiento de cada cual. No sé si se me entiende.

Es muy común ser selectivos en nuestros escrutinios, escorarnos en nuestra observación, ora hacia la derecha, ora hacia la izquierda. Merced a este ingeniosísimo proceder no se nos inquieta la conciencia y podemos seguir confiando en quien solíamos hacerlo, continuar teniendo por buenos y honrados a nuestros afines, a pesar de que den muestras evidentes de ser unos bellacos, cosa que sí perciben quienes su dolencia no les impide mirar hacia ese lado. Lo malo es que una patología paralela y especular les dificulta a estos últimos el otear hacia el lado contrario.

Tal vez la prensa y las cadenas de televisión, los periodistas en general —y sálvese el que pueda, si es que alguno puede hacerlo—, sean el mejor ejemplo de este hemiscópico proceder. No vea usted la sexta si quiere enterarse por boca del Wyoming de que en Andalucía al parecer se malversaron algunos que otros miles de millones entre Eres fraudulentos y cursos de formación ficticios o sobrefinanciados. Sería algo que supera con mucho su capacidad visual hemipléjica y sectorizada. De igual forma no espere usted que Maruhenda le ilustre sobre el bucanero proceder de Bárcenas, Rita Barberá, el bigotes y tantos otros del partido al que con opuesto afán defiende el mentado periodista. Los ejemplos son infinitos. Los pareceres y veredictos de estos mercenarios de la opinión son más previsibles que merecedores de crédito.

Independientemente de la gracia que puedan tener, que algunos la tienen y otros no, su extrema e invariable parcialidad produce vergüenza ajena. Para estar medianamente informado menester resulta escudriñar varios periódicos y perder el tiempo buscando algo de información entre la basura dominante en todas y cada una de las cadenas, con excepción del canal cocina y los dedicados a emitir documentales del Serengueti, si es que no es siempre el mismo. En parte de la prensa escrita aún es posible leer algunas cosas razonables e inteligentes. Buscando mucho.

No es algo que todo el mundo tenga tiempo ni ganas de hacer, siendo más común, para no soliviantar las certidumbres, ver o leer únicamente aquello que ya sabemos que nos va a agradar, aquello que coincida con lo que pensamos o apreciamos de antemano, no sea que se nos remueva alguna creencia y la vayamos a joder, que algunos toman las ideas por muelas. No buscamos información, sino realimentar nuestras convicciones. Esto agrava la citada enfermedad de la vista hasta llegar a los extremos en que estamos. No hay manera de leer o escuchar algo medianamente razonable y objetivo en los medios usuales destinados a cosechar audiencias; todo en ellos es propaganda goebbeliana que algunos en las redes se encargan luego de multiplicar, inmersos en una empantanada estupidez producto de las resultantes visiones sesgadas que se han hecho imperantes, dando lugar a una sociedad partida en sectores ideológicamente irreconciliables, salvo una escasa minoría que contracorriente se esfuerza por conservar el buen juicio.

Hay teorías físicas o astronómicas que necesitan de una especial alineación de los astros, una favorabilísima confluencia planetaria o un tino y fortuna inusitados al enfocar el telescopio, para poder confirmar o descartar lo que hasta entonces era una suposición. En lo relativo a calibrar la agudeza y amplitud de nuestro campo visual, buscando zonas ciegas, a veces ocurren hechos que permitirían autodiagnosticarnos las graves dolencias visuales a que nos referíamos antes. Y son graves porque de lo afinado de nuestra visión, a veces interesada o perezosamente parcial, depende la interpretación correcta de la realidad, pues terminamos por no ser conscientes de que vemos las cosas no como son, sino como queremos verlas. Yo sé que los folios son rectangulares, aunque entre mi astigmatismo y yo los percibamos algo desbarajustados. Mentalmente corrijo ese descuadre y la cosa no va más allá.

Si bien esos quebrantos son admitidos sin mayores problemas cuando atañen a lo orgánico, nos cuesta horrores reconocer que necesitamos gafas que corrijan nuestras desviaciones perceptivas en lo tocante a la ética o a la justicia, por lo que no debemos desaprovechar las escasas ocasiones en que los astros se nos ponen a tiro. Y esto acaba de ocurrir.

Más de diez millones de documentos han cruzado el canal de Panamá y llegan flotando hasta nosotros. En ellos podemos encontrar personas que mantienen empresas falsas o inoperantes, cuentas corrientes opacas, dineros puestos fuera del alcance del fisco, unos legítimamente adquiridos —es un suponer— y otros no tanto. Hay para todos.

Se deja con el culo al aire a cientos, miles de personas que, según la lista, han creído conveniente contratar los servicios de un eficiente bufete de abogados panameño —de uno solo de los miles que hay en el mundo—, despacho que les proporciona testaferros, crea empresas consistentes en una carpeta, sin sede ni empleados, oculta patrimonios en las Islas Vírgenes, en las del Canal o Caimán, Gibraltar, Antillas, Andorra, Suiza, y otros paradisíacos lugares fuera del alcance tanto de los inspectores fiscales como del común de los mortales, a quienes estas cosas nos acentúan la cara de tonto.

Encontramos en esta primera entrega a primeros ministros elegidos gracias a su convincente y justa despotricación contra los abusos del capital, de los bancos, de los inmisericordes mercados, como el de Islandia, Sigmundur David Gunnlaugsson, paladín del enfrentamiento a tales poderes perversos. Leo mientras esto escribo que acaba de dimitir, en un último gesto de decencia, inusual entre nosotros. También jeques que nada tienen que justificar pues no necesitan ser elegidos, como el de Qatar, accionista del Corte Inglés; gobiernos enteros especializados en detectar el peculiar y picante olor a azufre de los demonios del capitalismo, como el de Venezuela, aunque incapaces de oler su propia mierda, o mandatarios de países como Finlandia que creíamos vacunados contra esta enfermedad. Unos nos sorprenden más, como el padre de Cameron o el hijo del Secretario General de la ONU; otros menos, como Putin y su entorno, o Macri, el rey de Arabia Saudí, el presidente de Ucrania, Platini, colaboradores de Marie Le Pen, parientes del presiente chino, el secretario del rey Mohamed VI de Marruecos… Si el mal no es general, al menos es teniente coronel y afecta a muchos gobernantes de los que tendrían en su mano acabar con estos paraisos fiscales, lo que garantiza su pervivencia.

En todo caso, hay donde elegir. Centrándonos en España, nos encontramos por el momento, pues se anuncia la ampliación del elenco, a Pilar de Borbón, hermana del rey emérito, a Pedro Almodóvar, a Micalea Domeq, esposa del exministro Arias Cañete, a Messi y a Iván Zamorano, jugadores del Barça y del Madrid, respectivamente, a Oleguer Pujol, Imanol Arias, Alex Crivillé, las empresas hoteleras Meliá, Rius y Martinón, a nietos de Franco… Pronto aparecerán más.

Ya había claras muestras de que nuestra sociedad está gravemente afectada por las dolencias oftalmológicas descritas, pues hay quien se inquieta más por ver un partido financiado por una empresa española que otro que recibiría bajo manga fondos de angelicales gobiernos como los de Venezuela o Irán. Rumor o maldad de la caverna para unos, evidencia para otros, dado que mientras trabajaban en consolidar la prosperidad del régimen en el despacho de al lado del de Chávez, un hecho, tenían la vista puesta en extender su exitosa política por nuestro país, un suponer. Las ideas hipotecan aún más que el dinero. O sea que la visión hemióptica ya se daba. Con Bárcenas o Rita Barberá ocurría igual. Contar todos los casos, a diestra y a siniestra, haría esta epístola no oftalmológica, sino eterna.

Pero vamos al experimento científico que esta especial alineación astral y panameña nos permite. Mientras vamos conociendo a más turistas numismáticos observemos nuestra disposición a encontrar disculpas para unos y no para otros o a intentar cuantificar la indecencia, que de existir no tiene grados, sino capacidad de manifestarse. Que cada uno se descubra, si no defendiendo, al menos contemporizando al justificar —no nombrarlo sería lo mismo— al del Madrid y no al del Barça, a buscar argumentos que permitan considerar más decente a Almodóvar que a Pilar de Borbón, o a Pujol que a Chávez y así sucesivamente. Nos ahorraremos una visita a Afflelou, pues será clara prueba de que tenemos mirada heterotópica, padecemos de hemianopsia, serias dolencias por otra parte asociadas a la esclerosis facial.

Como aparecerán más casos y personas, de aquí y de allá, que el dinero ni tiene color ni ideología, espero ansioso las noticias, los comentarios selectivamente indignados en las redes, con sus interpretaciones, silencios, olvidos y demás manifestaciones de los desarreglos visuales del personal. Un descojone.

viernes, 11 de marzo de 2016

Epístola aclaratoria

Queridos hermanos. Creo que la presente será mi última epístola, al menos de las dedicadas a lo relacionado con la situación política, tema agrio y vidrioso. Mi registro habitual era el buen humor y lo que estamos viviendo no lo permite. Cumplo con ella una autoimpuesta obligación de decir lo que pienso, guste o no, para al menos no reconcomerme dentro de un tiempo por haberme callado ante algo que cada día encuentro más disparatado y lleno de peligros. Ya sabréis disculparme, tanto por un contenido que a algunos les resultará hiriente, como por su extensión.

Después de siglos mirados como insectos por nuestros gobiernos, de ser tratados como imbéciles, proceder acentuado en los últimos años en España, algo que es global, pues ni eso inventamos, uno se queda asombrado de que lo que intenta presentarse como solución, en realidad, venga a asentarse sobre una acentuación de ese menosprecio. También los presuntos y autonombrados salvadores siguen partiendo de la tesis de que los ciudadanos, sólo valorados en cuanto posibles votantes, seguimos siendo un rebaño manipulable y estúpido. En lugar de arreglo, tras defraudar las expectativas despertadas, ellos aportan otros nuevos problemas sin solucionar ninguno de los antiguos.

Pocas dudas tenía ya sobre la escasa enjundia de los nuevos aspirantes a gobernarnos, y para despejar incertidumbres o malentendidos, diré que me refiero a Podemos, que tras una ilusionante aparición, con sus mareas y sus mareos ya no pueden ocultar su complicidad y cercanía a mucho de lo que considero parte de lo más casposo y abyecto de lo que el mundo en general y también nuestra sociedad han parido en el pasado siglo. Me espanta verlos al lado del terrorismo, el chavismo, la demagogia más burda, evidenciando con su insoportable soberbia un pensamiento primario, excluyente y totalitario, contemporizando con otros integrismos a los que  no hacen ascos, al menos a sus dineros, lo que les lleva a condescender con aberraciones mayores que las que dicen venir a solucionar. 

Sabido es que las ciencias políticas, como la teología, no son ciencias duras, como la física o las matemáticas, pero coño, algo razonable se debe de aprender allí. Si un teólogo al licenciarse en la Pontificia de Salamanca saliera arriano, cátaro o monofisista dudaríamos de la excelencia y utilidad de sus estudios, algo que me ocurre a mí al escuchar a estos profesores de la Complutense que han aprendido —y lo que es peor, enseñado— más de Goebbels que de Montesquieu, más de Troski o Lenin que de Mandela, que ni se han molestado en leer a Ortega o a Unamuno y dudo que siquiera hayan oído hablar de Ganivet. Respecto a los problemas de España, todos ellos tenían una idea más clara y proponían cosas más razonables que estos asesores de Maduro, colofón profesional de su desvarío docente e ideológico. La arquitectura, ciencia más seria, no hubiera permitido titularse a quien aconsejara el regreso a las cuevas o sólo hubiera aprendido del oficio cómo conseguir clientes que les encargaran colmenas informes donde amontonar vecinos. Resumiendo, un descrédito para su especialidad, ya de por sí vidriosa, etérea y dogmática.
Si grave es su continua apelación más al rencor que a la ilusión, no hablemos de sus representaciones teatrales, muestra de su palmaria vacuidad intelectual y moral, cercana en no pocas ocasiones al ridículo. En sus filas, se arremolinan, junto a personas decentes y razonables, que son las menos, otras de diversas procedencias ideológicas, casi todas ellas trasnochadas y no puestas al día, activistas, okupas y algún que otro pendejo. Si dicen defender la unidad de España, la realidad es que los grupúsculos de la franquicia que conforma a Podemos en gran parte apoyan la disgregación, incluso justificando a quienes durante decenios intentaban promoverla con tiros en la nuca. La indignación que dio lugar al nacimiento de esta especie de aquelarre no puede amparar tanta arrogancia y estúpida agresividad.  Pablo Iglesias cada vez me recuerda más, tanto en sus intervenciones actuales como en los vídeos que no ha podido evitar que conozcamos, a José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, a su dialéctica de los puños y las pistolas y a sus mítines en el Teatro de la Comedia. Sicilia, año 36. Penoso. Mi conclusión es que, aparte de esa continua performance, detrás de esa puesta en escena que a veces mueve más al temor que a la esperanza, cuando no a la risa, poco más hay. Un ajuste de cuentas realizado por quien no sabe sumar. Más afán existe en arramblar, en destruir, en imponer su extremismo antediluviano, que de edificar, de avanzar sobre lo ya construido, que es mucho. La superación de la arquitectura actual, que puede no gustar, no es levantar una ermita visigoda.

Prácticamente todas mis epístolas anteriores se han dedicado a evidenciar que España no estaba en buenas manos, ni con este ni con el gobierno anterior, ya que la estupidez vacua es tan nociva como la maldad, que demasiados ladrones había en el poder y sus aledaños, que la mediocridad era la norma, que el interés particular y del partido —no de uno, de todos ellos— se ponía por delante del interés general. Que la crisis a la que tanto ayudaron entre todos a crecer, se afrontó de forma despiadada e insensible hacia el sufrimiento, la precariedad y el desamparo de parte no pequeña de la sociedad, como siempre la más débil. Una sociedad a la que han empobrecido para enriquecer a una minoría cercana y para financiar todos y cada uno de los partidos, salvo honrosas excepciones que no conozco.  

Esto no ha sido monopolio del Partido Popular, pues todo el que ha tocado poder, ha visto —y permitido— corromperse a parte de los suyos. En proporción al poder alcanzado, lo que no sirve de disculpa a nadie. No entraré en comparaciones sobre la cuantía de lo malversado, pero no puedo dejar de decir que somos proclives a medir con vara harto trucada, que la romana se usa de forma torticera y que tendemos a ser menos estrictos con los afines que con los contrarios, en lugar de pedir que cada palo aguante su vela. Que cada uno considere el grado de dureza con que ha criticado, si es que lo ha llegado a hacer, las rapiñas de aquellos con los que simpatiza, como primer ejercicio de autocrítica. Eso nos pone a todos en mal lugar, pues pocos han tenido la decencia de mirar con el mismo escrúpulo hacia todos lados. En el fondo, nuestros olvidos selectivos, nuestra defensa por acción u omisión, nuestra parcialidad, es lo que ha permitido que la corrupción haya llegado a mancharlo todo. 

Todo, pero no a todos, pues no es la primera vez que afirmo que la inmensa mayoría de los políticos, cargos públicos y miembros de los partidos son decentes. Tal vez peque de ingenuidad, pero sigo pensando igual. Muchos concejales de lo que estos ignaros llamaban ‘la casta’ se jugaron la vida —y muchos la perdieron— defendiendo aquello en que creían, algo que debería abrumar a quienes en esos mismos partidos se dedicaban mientras a robar. En todo caso, nos dieron más que nos darán nunca quienes les intentan desacreditar con sus demagogias para arrancar unos votos.

Aporto mis anteriores epístolas como aval, pues no puede decirse que no he sido duro con quien ahora manda. Y como el ataque a alguien suele interpretarse como defensa del contrario, pues ya Ortega y Gasset decía que la única razón que unos tienen es la que han perdido sus contrarios, escribo esta epístola para desengañar a quienes lo han valorado así. En absoluto. Que uno no quiera morir de cáncer de próstata no debe interpretarse como que desea hacerlo a causa de un tumor cerebral. En esa tesitura han colocado a los españoles quienes han capitalizado el descontento y la indignación para llevar el agua a su molino. Un molino antiguo, obsoleto, poco eficiente, que por romanticismo, ignorancia o pereza mental, muchos parecen ver deseable volver a poner en marcha. Cuando uno huye no suele mirar bien hacia dónde. No estoy entre ellos. Es duro abandonar una creencia, abjurar de una fe, pero espero que muchos de sus simpatizantes vayan siendo capaces de ver la verdadera cara de estos gurús.

Veo con asombro a muchas personas que tengo por inteligentes y leídas, a quienes además habría que presuponer un juicio que la edad suele proporcionar, aunque veo que no es cosa general, arrojarse empujados por la indignación en manos de estos personajes de forma increíblemente acrítica. Y asumen entero el kit de progresía que les ofrecen, de un progreso en mi opinión, mal entendido. No falta nada. Y a mí me espanta ese sometimiento mental y moral a un corpus doctrinario establecido, monolítico, sin fisuras. A un manual del buen rojo, en terminología que se han ocupado de resucitar, pues como primer logro, entre unos y otros han conseguido volver a partir España en dos, al menos están en ello con todas sus fuerzas. 

Facha es quien difiere en algo de las creencias de esta secta, y les llamaban casta antes de hacer glorioso ingreso en tal club, ya diluido, pues va resultando un movimiento con tintes religiosos, un asalto al cielo guiado por dogmas asumidos sin cribar, revelados —por enésima vez— por obispos laicos que imparten doctrina sacada de antañones incunables, hablando ex cátedra, iluminados de forma infalible por su particular espíritu santo que habita en la Complutense. En su capilla dan la bienvenida a Otegui, cómplice de secuestradores y de pistoleros que disparaban en la  nuca de quienes pensaban distinto. Unos demócratas, en fin. Y dan certificados de pureza de sangre desde una superioridad ética que dicen tener pero que no existe, pues como depositarios de las tablas de la ley e intérpretes de la divinidad, se permiten señalar a los que merecen la salvación y los que no. Sus mítines son autos de fe. Vuelta al siglo XVI presentada como avance. Lo más novedoso de su doctrina es del XIX.

Este bloque de creencias no permite fallar a ningún palo. Abarca desde el soporte a aberrantes sistemas políticos, a quienes ellos han asesorado y acompañado en su fracaso y cuyos resultados a la vista están, hasta la simpatía por asesinos y secuestradores con quienes están más dispuestos a pactar que con los partidos democráticos, evidencia de que ellos no lo son. Desde el apoyo a nacionalistas desaforados y okupas, colectivos ambos entre los que hay no pocos que considero simples delincuentes, hasta el repudio al ejército, la bandera, el himno o las fuerzas de orden público, a las corridas de toros o el apoyo a la pantomima risible de la primera comunión o el bautizo laicos. Una cosa más que razonable es que no te guste ver matar a un toro en la plaza, o asistir a las procesiones, o no ser creyente, defendiendo el laicismo de la sociedad; otra muy distinta es ir de comecuras y faltar al respeto a las creencias de millones de españoles. Éstas son creencias que si bien no comparto, no dejo de pensar que merecen respeto, no esa hostilidad tan infantil como dogmática. Que lleguen a la torpeza de gastar sus fuerzas y tiempo en desacreditarse atacando las procesiones de Sevilla, mostrar las tetas en una capilla, que no mezquita,  desairar a instituciones clave desde un antimilitarismo ingenuo y marginal o carnavalizar las cabalgatas de reyes, dice mucho de sus prioridades y fijaciones, a la vez que nos indica por dónde van los tiros. Hay que defender hasta que una acólita de la cuerda se mee en la calle camino de la concejalía que ocupa. No es ese el tipo de personas que merecemos tener al mando. Que otras tampoco lo sean no supone dejar de buscar opciones más presentables. No es que se resalten estos desatinos, simplemente sucede que poco más han hecho hasta el momento.

Se añade el menosprecio a la Constitución y a la Transición que la hizo posible, quizá la mejor época de nuestra historia, incluida la descalificación de políticos que muchos echamos de menos, sobre todo al compararlos con quienes ahora intentan desacreditarlos. Por supuesto, resucitemos la guerra civil, quitemos las calles a Jardiel Poncela, a Miura o a Muñoz Seca por haberse dejado fusilar por un matarife inadecuado, el busto a Pemán o la placa a los religiosos de 18 años asesinados en Madrid... Hagamos así justo lo que los otros hicieron igual de mal. No se trata de corregir errores, sino de caer en los mismos, haciendo un paréntesis de 75 años, salto atrás que poco ayuda a la convivencia. 

De que sus actuaciones teatrales van más dedicadas a dar gusto a la peña que a solucionar unos problemas que les preocupan menos de lo que quieren aparentar, pues es el poder y el control de la sociedad lo único que evidencian ansiar, es muestra lo que Iñaki Gabilondo calificaba de incongruencia, refiriéndose a un Iglesias en mangas de camisa ante el rey pero de frac en los Goyas. Yo más que incongruencia lo calificaría de estupidez, de falta de respeto a las instituciones, de postureo y de indignidad. Nunca votaría a nadie así. 

Quien me conoce sabe el poco significado que doy a la largura del pelo o a la indumentaria, pero alguien sin cortesía ni educación no puede representarme. Los fantasmas en los castillos escoceses, no en el Congreso de los Diputados y menos con mi voto. Para los más espesos aclaro que eso no supone alabanza a muchos de sus actuales ocupantes. Y allí, igual que en los ayuntamientos, parlamentos regionales, y a donde van llegando, a cobrar ovíparamente, ellos y sus parientes que llaman a asesorarles con sueldos de presidente de gobierno. Decir que donan parte de lo cobrado no me basta, pues igual me da que lo gasten directamente o vaya a sufragar a su partido o sus cadenas de televisión. Mejor bajarse el sueldo como prometieron hacer, o donarlo al Cotolengo o a Cáritas, lo demás son milongas y excusas de mal pagador. Y buen cobrador. No es que les pida más que a los otros, pero son ellos quienes llegaron donde están prometiendo hacer lo que ahora incumplen. Pusieron el listón muy alto y me jode que ahora pasen por debajo de él.

 Ya sé que para algunos dar mi opinión sobre estas cosas, que muchos ven sin atreverse a decir, menos a dejarlo escrito, me sitúa en eso que llaman ‘la caverna’, juicio que poco me preocupa, pues hay varias cavernas y resultan cajón de sastre donde, a falta de razones que oponer, algunos meten todo lo que les contradice. Por otra parte, puestos a ser sinceros,  poco aprecio y respeto me merecen quienes recurren a esa descalificación como único escape.  Este recurso tan sencillo evita buscar argumentos ni plantearse qué es lo que, en definitiva, viene uno a sostener con su voto. No estamos en tiempos de contemporizar, sino de pensar y de llamar a las cosas por su nombre, aunque eso nos violente algunas convicciones, en el caso de tenerlas. Mi solución ante los orígenes de los males que sufrimos, como son el sectarismo, la mediocridad, la corrupción, la falta de metas claras, justas y viables, la soberbia, la ambición personal y partidista, la indiferencia ante el desamparo de gran parte de la sociedad, se reduce a recuperar valores perdidos como la vergüenza, la honradez económica e intelectual, la independencia de la justicia, el control escrupuloso del gasto y de su justa redistribución, y sobre todo, inteligencia. Todo ello con la mayor de las libertades. Como se puede ver, la solución queda para mi muy lejos de lo que Podemos puede ofrecer. Descartados la impiedad y el totalitarismo, los dos extremos que se nos ofrecen, mis opciones se reducen a quedarme en mi casa en unas próximas elecciones o elegir a alguien más centrado. Política y mentalmente.

Es momento de razón más que de vísceras, cuando cada vez más, se intenta anteponer la revancha a la justicia, cuando el comportamiento se ve regido antes por el pensamiento rápido, por la respuesta instintiva, visceral, que por el pensar lento, reflexivo y ponderado. Nos estamos animalizando en nuestras reacciones y nuestro cerebro, quién aún lo tenga en uso, debería evitar que sus actos y palabras sean determinados por reflejos, como lo es la rodilla cuando se le golpea con una maza.

El dibujo de Pablo Iglesias es obra del genial ilustrador Ricardo Martínez.