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lunes, 19 de febrero de 2024

Epístola galaica

La victoria tiene cien padres, pero la derrota es huérfana. La frase es tan cierta como que el pueblo es sabio, libre y perspicaz cuando acierta a votarnos a nosotros, los buenos, pero estúpido, aborregado y torpe cuando se equivoca y vota a los contrarios, a los malos. Muchos personajes de la política nacional, siempre los más incapaces y fanáticos, pasan así del amor y el respeto al pueblo soberano al desprecio y al rechazo hacia la chusma manipulada, en sus cambiantes valoraciones y etiquetas según les va el negocio.

Las elecciones gallegas iban a ser un plebiscito que daría la puntilla a Feijoo y, a la vez, paso a un gobierno voluntariosamente tenido por progresista, comandado por una fuerza política nacionalista que iba a traer progresos tales como la inmersión lingüística —tan exitosa, justa, respetuosa y liberal como la catalana—, el triunfo de una ideología decimonónica con el disfraz de la piel de cordero habitual ya en este eterno carnaval de la política patria, en el que nadie es lo que dice ser, la creación de una policía autónoma, que hace mucha falta, el dinero sobra y crea empleo para la peña, al paso que la región ingresaría en el selecto club del chantaje al gobierno central, abuso antiguo, pero ya sin control gracias a nuestro amado presidente, que Dios guarde, si es posible en un lugar alejado de la Moncloa.

No se trata de irse de España —nadie quiere irse, mientras puedan seguir ordeñando el presupuesto, que hacer sumas y restas aún saben algunos de ellos, se trata de echar a España de sus territorios. A todo lo que huela a español, desde el toro de Domeq y las corridas, al ejército, la Policía Nacional o la Guardia Civil. Crudo lo tienen con la siesta, la tortilla de patatas, casi tanto como con la lengua común y la Historia compartidas —principales enemigos a batir, junto con la Constitución—, la mayoría de las costumbres, tradiciones y talantes, así como con un carácter y una forma de ser mucho más indistinguibles entre regiones de lo que ellos quisieran. Compartimos demasiados defectos —incluso algunas virtudes—, arraigados durante siglos de vida en común. Por eso su misión es inventar, negar la evidencia, reescribir la Historia, cultivar hechos diferenciales que no van más allá de la muñeira frente a la jota o la sardana, el ribeiro frente al jerez o los aguardientes locales. La verdad es que, para cimentar derechos, de la paella, el cocido madrileño, la fabada asturiana o la escudella i carn d’olla, poco hay que sacar. Son tan compartidas y comunes como las boinas, todas fabricadas ya en China. De ahí que usen la lengua vernácula como una bandera, un muro y un arma, no una preciosa herramienta de comunicación, sino una destilación del espíritu de los bancales, invento romántico alemán que tantas guerras y desgracias ha traído a nuestro continente. Cuando vamos, aunque sea a Portugal, y mira que nos parecemos, sabemos que hemos llegado a otro país, cosa que no ocurre vaya uno donde vaya dentro de España. Les jode, pero es así. Dentro de muchas provincias hay más diferencias que las que uno encuentra al visitar otras regiones, siendo las más relevantes las derivadas de comparar la ciudad con al mundo rural.   

Vemos los resultados en Galicia, en los que Sánchez ha sacrificado una vez más a su propio partido, dejándolo a los pies de los caballos al potenciar otro separatismo que impida la alternancia en el poder del gobierno central—presentando como indeseable y temible toda derecha no separatista—, gobernando a costa de abonar el problema más grave que tiene el país —a menudo más psiquiátrico y contable que político—, los nacionalismos localistas e insolidarios, cebando el abuso en lugar de intentar mitigarlo. Ahora, como pintan bastos, se dirá que no hay que leerlos en clave nacional, como se haría si hubieran salido oros, que el PP tiene dos escaños menos que en la anterior legislatura, que si esto, que si lo otro o el pues anda que tú. Aunque, para su disgusto, conserva una vez más la mayoría absoluta, teniendo más votos que toda la izquierda junta, única forma de gobernar para el PP, de ahí el muro que se esmeran en levantar. Si no le importa el país, menos le va a importar el partido, simple instrumento de su ambición, un juguete roto en sus manos. De Sumar y Podemos, una vez pasada la risa, sólo queda resaltar la sabiduría de los gallegos, que parecen conocerlos bien y les niegan representación en la Xunta, como a Vox. Ni suman, ni pueden, como he leído hoy por ahí. Podemos queda con menos votos que el Pacma, es decir, que no les han votado ni sus familias, tal vez ni ellos mismos, pues en ese sector, cada persona es un partido. Lo de Iglesias ya es caso aparte, que su parroquia sí que no es ya un partido sino un velatorio, y él, más que un líder episcopal, ya resulta una curiosidad, ceñuda y paranoica, pontificando y confabulando en su canal para sus contados feligreses y para risión general. Otro Palmar de Troya como el de Puigdemont. Queda declararlos a ambos dos de interés turístico y que vengan los japoneses a hacer fotos a estos brotes tan curiosos que produce la huerta política patria, con frutos que se pudren antes de estar en sazón.

Leyendo ciertos periódicos se huele la prisa por pasar página, la decepción, el enfado, hasta el asombro. Ni siquiera les ha dado resultado el enviar a las redes a los ovejos con más cuernas del rebaño a seguir difundiendo la antigua foto de Feijoo diciendo que el PP es el partido de los narcos. Entre otras cosas porque nombrar a los narcos en estos momentos, acaba trayendo al magín de los votantes episodios tan recientes y graves como poco honrosos para algunos miembros del gobierno, a pesar de que hayan intentado apagarlos pronto proscribiendo minutos de silencio en las instituciones, lutos y demás reconocimientos hacia los guardias civiles asesinados en la piragua con que Marlaska les dota para enfrentarse a la mafia de los traficantes de coca.

Ni siquiera ha influido la torpeza del ‘off the record' de Feijoo, dando pie a las arteras y falsas interpretaciones de sus declaraciones acerca de la amnistía, los indultos y las condiciones en que estos últimos serían de recibo, esto es, una vez juzgados los delincuentes golpistas por los tribunales, pedidos perdones y comprometidos a no volver a delinquir. Cosas muy distintas a la rendición sin condiciones del señor presidente, siempre faltando a palabras, promesas y simulando tener algunos principios, algo reñido con lo efímero de los que dice defender. Creían que lo tenían cogido por salva sea la parte con el curioso argumento de que vais a acabar siendo casi tan sinvergüenzas como nosotros somos. Acusar a Feijoo de mentir y faltar a su palabra, viniendo de sus bocas, es para nota. ¡Cómo están los cimborrios de algunos, los que dicen esas cosas y los que las aplauden! Los esfuerzos de los acólitos más fervorosos por ir adecuando sus creencias a los meandros y conveniencias del jefe y el arrojo con que se lanzan a la palestra a defenderlos, aparte de ridículos e ineficaces, son reveladores de la escasa firmeza de sus convicciones, pareja a la del jefe, con esa inquietud y esa zozobra intelectual y moral de no saber qué coño andará uno defendiendo la semana que viene. Lo que sea menester. No cabe mayor indignidad e insolvencia ética.

Visto el ejemplo, Salvador Illa debe de andar preocupado, pues su jefe pone por delante su personal permanencia en el poder a cualquier otra consideración. Para seguir al mando necesita unos nacionalismos fuertes, aunque su partido vea en ese proceso comprometida su supervivencia, pues sigue logrando que desde que él lo dirige, los socialistas —o lo que hoy sean— no hayan ganado nunca ningunas elecciones. Dejará tierra arrasada, enfrentamiento y división, todo peor que cuando llegó. ¡Viva el progreso y quien lo trujo!

 

martes, 14 de marzo de 2023

Epístola de las beguinas


 Podrá ser indecisa, etérea e insustancial. No sé, y además ignoro, si podrá sacar del aire cosa con sustancia, conseguir materializar la nada, pura alquimia política. En la búsqueda de la piedra filosofal, intentando convertir en oro materiales innobles o vulgares, al menos partían de algo real, espeso, que no es el caso. Sería un extraño proceso de sublimación inversa, esto es, hacer pasar algo del estado gaseoso al sólido.

Pero Yolanda Díaz será gaseosa, pero no tonta, ambas cosas probadas, de forma que los conoce bien. Que no la acosen ni la acorralen que es capaz de llegar al extremo de plantearse la posibilidad de atreverse por fin a tomar una decisión, sin que sirva de precedente. Hasta podría llegar a no invitar a las beguinas al parto de los montes. Y es un mal enemigo para sus hasta ahora socios peronistas y lacasianos, no menos imaginativos y fantasiosos; una cuña de la misma o parecida madera, aunque más dura y curada, las que más daño hacen. Y tiene (o aparenta tener) lo que a sus enemigos y hasta ahora cofrades les falta: un talante menos eclesiástico y unos ocasionales ramalazos de sentido común que la hacen tan incompatible como insoportable para esos orates, unos interesados y desleales compañeros que la apuñalarán en cuanto puedan. Van mostrando ya las facas, sólo frenados, hasta ahora, porque Podemos no puede pinchar su salvavidas. La necesitan ellos mucho más que ella a lo que queda del invento: los restos mortales de unos ilusos asaltantes de cielos que no salen de la furia, el despropósito y la táctica de inmatriculación de causas de las que vivir y con las que medrar, que van desguazando y dejando hechas unos zorros, como todo lo que tocan. Lo llevan en la sangre. En qué estaría pensando el cardenal Iglesias cuando se le torció lo de ser papa y la nombró sucesora en lugar de su santa, pasando de sínodos y concilios, tan de su gusto. No ha conseguido la cuadratura de los círculos, pero sí su laminación.

¿Dónde irás que más valgas? Aún peor, donde valgas algo. Se dirimen muchos puestos y cargos, de esos de entre 60 y 110.000 eurillos al año por intentar imponer ocurrencias y desabarrar desde secretarías de estado o ministerios, el algodonoso modus vivendi alcanzado por la amplia pandilla. Ya no les queda otra cosa que defender y disputarán las canonjías con uñas y dientes. No es cuestión de que se resigne al paro (que trabajar es lo último, posibilidad que ni se les ha pasado nunca por la cabeza) toda esa curia ensimismada y nociva, desde la papisa Irene al cardenal primado Iglesias.

No, Yolanda Díaz tendrá, como todo quisque, sus limites, sus carencias y sus mochilas (le cuesta tomar decisiones y hacer algo casi tanto como a Rajoy), pero sabe que para Sumar hay que prescindir de los que ya sólo restan. Nos queda el divertimento de ir viendo reposicionarse a los hooligans que hasta ahora eran defensores indiscriminados de un totum revolutum, de un amasijo coral destemplado, forofos unánimes que tendrán que decantarse y desdecirse de gran parte de lo dicho, empezando a ver malos, perversos y hasta fachas, donde hasta ahora todos, cada uno y cada una, eran los más mejores. Y toda la tropa de cazafantasmas, sólo unida en intentar como último recurso resucitar al PP-PSOE, centrada en procurar destruirse mutuamente, labor en la que les deseamos el mayor de los éxitos.

Abundan los que agradecerán eternamente a Ayuso, aliada con la desmesurada ambición y la infundada autoestima de Iglesias, el haber librado a la política nacional de tal personaje, engreído y nefasto, ahora dedicado a la farándula tertuliana en las empresas mediáticas de Roures, otro vándalo. Con Yolanda puede pasar igual. Propios y extraños la aplaudirían si cosecha un éxito similar y nos libra de las beguinas de Desigualdad y de toda esa parroquia desquiciada de catequistas morbosas.

Hacen falta más gestores y menos frailes predicadores, apocalípticos y desintegrados, acogidos a sagrado en los conventos de la democracia, una fe en la que no creen y cuyos ritos desprecian. 

jueves, 24 de marzo de 2022

Epistolón taxonómico, desértico y memorioso

    En las películas del oeste el bueno siempre saca más rápido. El que agoniza en el suelo muere porque no lleva razón. Representa el mal; por eso fue más lento, de forma que bien está lo que bien acaba. Los dioses no permitirían que las cosas ocurriesen de otra forma, pensamos. Aunque no siempre conviene echar a Dios la culpa de los desafueros de unas criaturas de las que ni siquiera su omnipotencia consigue sacar partido. Porque hay que ver qué bonito que es ese tema del libre albedrío. Tal vez, más que de los dioses, se trate de los guionistas, que alguna liebre suelen llevar, pues, además de entretener, siempre nos intentan convencer de algo. Como muchos políticos —una profesión muy cercana, sin salirnos del mundo del espectáculo—, necesitan fabricar un relato que deforme y lubrique los hechos para hacerles pasar hasta por donde no caben. En los westerns, entre otras cosas, nos convencen de que los verdaderos malos eran los indios. Unos salvajes estos pieles rojas. La fuerza de las palabras, de las imágenes, que si se repiten lo suficiente acaban sobreponiéndose a las razones. Señalado el malo una y otra vez, si cuela, pasamos a ser los buenos. El que acusa, y a menudo la acusación suele tener mucho de autoexculpación preventiva, es el que saca más rápido y sus disparos dejan al otro muy perjudicado para responder. Por eso conviene poner en cuarentena los jucios sumarios sobre la maldad ajena, especialmente cuando la condena aporta algún beneficio al fiscal. Si nos presentaran a los apaches chapurreando un español raro y mestizo y persignándose al salir de la ermita con los dedos aún mojados de agua bendita, que eso hacían y así eran, a muchos nos daría más pena verlos morir. Porque no todas las muertes nos producen la misma desazón.

    Los guerreros antiguos, antes de entrar en batalla, intentaban leer los oráculos, la predisposición de los dioses a darles la victoria o a desentenderse del pleito y así condenarlos a perder vida y hacienda. En realidad, más que leer, dada la oscuridad de sus mensajes, creían descubrir en ellos un reflejo de sus propios deseos. Porque los de los dioses, como los del pueblo, son muy difíciles de descifrar, a menudo inquietantes, y es más fácil acabar escuchando en ellos nuestra propia voz, justo lo que deseábamos oír. Lo de los oráculos ha decaído mucho, desplazados por encuestas y profecías ayudadas a autocumplirse por los mismos profetas que las anuncian. Sin embargo, ese modo de pensar que consiste en tener decidido lo que hay que ver antes de mirar ha triunfado plenamente.

    Aquellas guerras eran de artesanía, flechazos, lanzadas lejanas y al final el cuerpo a cuerpo. Duraban poco y los contendientes, además de por número, ganaban o perdían por lo acertado de la estrategia, potenciada por la moral y el valor de sus tropas. Soldados enfrentados que contaban con armas similares, que se mataban o herían de uno en uno y tan de cerca como para ver la cara del enemigo, siempre tan parecida a la propia. Si las cosas salían mal y acababan encadenados como esclavos, intentando en la fila de cautivos no pisar los cadáveres de los que tuvieron peor —o mejor— suerte, tenían el consuelo de pensar que los dioses así lo habían querido. Hoy, descreídos y resabiados, más que intuir, sabemos que llegaron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. La Historia nos podría ayudar mucho, pues nos deja esas lecciones, siempre olvidadas. Aparte del eterno afán por adaptarla a gustos y conveniencias del momento pues, como todas, la tahona de la Historia hace el pan con la harina que le damos y todos quieren que el suyo salga blanco y tierno.

    La memoria es un líquido que se va acomodando a la forma del frasco donde cada persona o época la guarda. Siempre hay quienes recuerdan solo lo que otros quisieran hacer olvidar, mientras olvidan lo que sus contrarios pretenden fijar como memoria de todos. Hay muchas memorias, muchas historias. Mientras sigan vivas, como las palabras con que las contamos, seguirán cambiando, sea por avances de la ciencia histórica o por triunfo de relatos  de parte. Como en un árbol, unas frondas crecen y otras se secan, y pervive mientras las raíces sigan alimentadas por el suelo del presente, un hortelano que unas veces abona y otras poda, pero que siempre intenta guiar las ramas. La otra cara de esta moneda es el olvido, siempre en lucha con la memoria. No podemos recordar todo, ni todos lo mismo, y menos para siempre. La abundancia del hoy hace pronto olvidar las hambres del ayer; cada uno vivió la feria de una manera y así la recuerda y la cuenta. Una generación que solo ha conocido la paz descree de la posibilidad de que pueda haber una guerra, cosa de los bisabuelos, gente rústica, rara y violenta. Esa falsa idea del progreso como una línea continua, siempre ascendente, un camino hacia la perfección sin pausas ni retrocesos, es idea tan común como engañosa. Nada está garantizado, nada es eterno, nada es seguro y cierto, salvo la decadencia y la muerte. Hay regresiones y no son excepcionales las cosas y casos en los que avanzamos hacia atrás.

    Nos aplatanamos con las paces largas, hasta creerlas definitivas, algo tan deseable como incierto. Lo mejor es ser pacifista. Es lo más noble, lo más humano. Se llega a proponer hasta la renuncia a defenderse. No tiene más problema que, como conducir por la derecha, solo funciona si todos obran igual. Con solo uno que no comparta tan nobles principios circulatorios se lía parda en la autopista. Por muy pacifista que uno sea, si un kamikaze anda fuera de parva veríamos bien incluso que lo pararan con un misil antes de llegar a encontrarnos de frente con el conductor díscolo. Es cuestión de perspectiva, de detalles y de circunstancias, y a veces los buenos principios nos llevan a malos finales. La no violencia, como todos los principios, solo funcionan cuando son compartidos por todos. Incluso, sin salir del cerebro propio, vamos adaptando los buenos propósitos a la situación. Al salir de la consulta, si los análisis han salido bien, nos concedemos en el primer bar que encontramos lo que antes de conocer los resultados, que preveíamos adversos, habíamos evitado, incluso prometido no volver a catar. Promesas e intenciones de tanatorio. El miedo guarda la viña. Hasta que se pierde el miedo, y con él, a menudo, también el majuelo. Y de paso la vergüenza, incluso el oremus. Es mejor pasarse de prudente y saber que existen peligros y que, llegado el momento, habrá que enfrentarse a ellos con las armas que tengamos preparadas por si un casual.

    Por eso, cuando niños, en las películas de sesión doble, aún no maleados por los nihilismos o las deconstrucciones y relatividades de Foucault y otros vainas posmodernos, pataleábamos contentos y jaleábamos a los que acudían bien armados a hacer justicia, machacando a los que, entonces sin dudas, eran los malos. Hoy todo es más líquido, la verdad, la moral, la justicia y otras cosas importantes, hasta el punto de vivir en la contradicción de cultivar la irresponsabilidad individual y, a la vez, hacernos sentir culpables colectivos de los desastres y ataques que sufrimos. Hasta nos quieren hacer heredar culpabilidades retroactivas.

   Encandilados por un optimismo antropológico, un "to’ er mundo es güeno" que nos desarma, ocultamos la realidad, que es un espanto, hasta que ya es imposible y a veces tarde. Ni puto caso, colega; que se joda la realidad, a ver si van a venir los malditos datos y los hechos a estropearnos el relato. Mejor Walt Disney que el Serengueti. Luego si el cocodrilo le arranca un brazo al nene, que así son de bestias los animales, los de verdad, ya aprenderá en sus carnes que esas enormes lagartijas solo sonríen en las películas. Hasta entonces, mejor que no sufra. Solucionamos ese problema puntual buscando una palabra o una frase dulce que suene mejor que manco y arreglada la cosa. ¡A ver qué cuentos les dejas leer a las criaturas, que lo del lobo no le dejó dormir a gusto y me ha pegado la noche! ¡Se va a traumatizar! Nada de inquietarles, nada de abrumarles con los peligros de la vida, ya tendrán tiempo de padecer, de enterarse de lo que vale un peine. Y en ellas estamos. Así hemos llegado hasta aquí, yendo de la desenfadada e inconsciente alegría al llanto, por el camino de la confusión y del buenismo.

    Además, ahora la infancia dura mucho y la adolescencia prácticamente toda la vida. Ese desenfoque vital da lugar a que se pueda llegar a ministro, casi con el chupete aún en la boca, creyendo que se sigue de delegado de curso. O, con poco más de las cuatro reglas, a dirigir un país. Ahí tienes a Trump, a Maduro o a tantos otros primates empoderados, lejos y cerca. En este mundo de adolescentes talludos, airados y dueños de un rencor telarañoso en busca de culpables, no es necesario saber; el caso es explicarse uno, si no bien, al menos deprisa, acertando a decir lo que la audiencia desea escuchar. Aparentar, más rentable que ser; corroborar, reafirmar, mejor que dudar, pensar o descubrir. Más vale un gramo de imagen que dos toneladas de eficacia. Se puede salir airoso, aunque el orate no se explique, porque a la gente se le pide adhesión personal, pasión o enfado, no inteligencia ni asunción de un proyecto ni de unas ideas, porque no las hay. Enfado, victimismo, indignación, vana ilusión, para apuntalar lo que sin las emociones no se tendría en pie. Si hay quien sigue creyendo que la Tierra es plana ¿no te van a creer a ti si les dices que, por el hecho de nacer lo merecen todo, que no tienen culpa de nada y que nada se les exige, mientras callas que de ellos nada se espera tampoco? Con la emoción basta. Méntales lo malos que son esos o aquellos, aún peores que nosotros. Háblales de sus derechos, omite sus obligaciones. Lo importante es buscar un buen enemigo; si no lo hay se le inventa. Esos son; ahí los tenéis: unos extremistas, un peligro.

    Los primeros que hemos de aparentar creerlo somos nosotros, que el personal no detecta —incluso consiente— la mentira, pero intuye y rechaza la debilidad. Dudas, ninguna. ¿Para qué leer o atender a nada que nos haga dudar? ¿No sabemos ya que llevamos razón, que somos los buenos? Una nueva clase de aristocracia que, en lugar de los castillos y latifundios del marquesado, hereda títulos de superioridad moral, aunque la estirpe vaya degenerando. Con ellos basta. No tenemos que demostrar nada, que la razón ya nos viene de herencia, de casta. Hoy hay quien dice que es de esta o de otra corriente ideológica como quien dice que viene de los Alba, De la Cerda o de los Medinaceli. No faltaba más que, a estas alturas, necesitar hacernos preguntas o demostrar el valor que se nos supone. Las ideas hay que conservarlas, como las fincas, como las muelas. Para algunos son tan inmutables como los lemas y emblemas que antes las grandes familias grababan en escudos, estandartes y blasones. Muchos están convencidos de que ser progresista consiste básicamente en pensar y defender lo mismo que sus bisabuelos, incluso sus equivocaciones y sus desmanes. Y, si cuaja, cobrar deudas, reparaciones y recompensas por los agravios y derrotas que sufrieron, ciertas o imaginadas. Nunca ha sido cierto lo que la etimología nos indica cuando hablamos de aristocracia. No hay nada que nos lleve a pensar que alguna vez hayan gobernado los mejores, salvo excepciones que no conozco, pero al menos eso se pretendía aparentar. Ahora es la medianía, la democrática y destructiva igualación del que sabe con el que ignora, el que aporta lo que puede y debe con el insolidario que se desentiende del bienestar general, el que trabaja con el que se escaquea y el que se esfuerza con el que descansa. Igualar es lo deseable, pero estirando hacia arriba de los que están abajo, no propiciando un mundo de enanos envidiosos del que despunta, prestos a cercenar las gaitas que sobresalen.

    Los dogmas del clan, de la tribu, de la casta, son la venda cuando se infecta la cosa. No son un antibiótico, no curan, pero al menos tapan la llaga. Hay que estar seguro de la incomparable bondad de lo que se intenta vender. La mejor forma es no plantearse siquiera la posibilidad de que haya algo mejor ni más cierto. La gente huele la duda, la toma por tibieza y estás perdido. A la oposición de cabeza. La escalera para asaltar cielos no tiene como peldaños las verdades, sino las dulces promesas, las indignaciones y los miedos a lo que podría venir sin nosotros. Fuera medias tintas, sobran matices y otrosís, términos medios y considerandos; lejos quede la equidistancia, que la ecuanimidad no entusiasma, no vende. Ante los extremos no tiene nada que hacer y nosotros somos el extremo bueno. Salomón era un bandarra, a punto estuvo de partir en dos a la criaturica. Nosotros no tendríamos inconveniente en dejar que lo hiciera, el otro cederá. Y si no cede, ya le echaremos la culpa del crimen. De la destrucción nacerá lo nuevo, lo bueno. A menos, eso dice el manual.

    No hace falta demasiada ciencia. Igual que había libros con modelos para escribir cartas a la novia o plantillas de correspondencia comercial para llevar la tienda, con aprenderse ocho o diez lemas y frases para gritarlas muy deprisa con el ceño fruncido, ¿para qué más ciencia ni experiencia? Ya procurará el líder incendiario rodearse de otros tiernos infantes, gente de fiar, ni tan tontos como para no ser capaces de memorizar los lemas de la tribu, ni tan listos como para hacerle sombra a quien los nombró. El aplauso y el amén de la parroquia están garantizados. El caso, la almendra del tema es lo que decíamos: un buen enemigo. Bien dibujado. Un fascista de libro: Martínez el facha. Con su bigotillo, sus gafas de sol, su bandera de España con el aguilucho y su Seat 1500. Una vez que la gente ha aprendido quién es el enemigo, ya está el trabajo hecho. Arrojando indiscriminadamente a toda oposición a los abismos del extremismo, así, a granel, confundiendo e igualando a los extremistas con los que no lo son —los más de ellos—, nuestro propio fanatismo extremo pasará por cordura y moderación. Hasta algunos asesinos o golpistas pasarán así por buenas compañías, por socios convenientes, mientras alertamos de los lobos infiltrados en rebaño ajeno. Cuando el enemigo haga lo mismo —o menos— que nosotros, la feligresía verá con claridad que no es igual, que nuestros motivos son más nobles, nuestra fe más verdadera, que nuestros criminales son buena gente y que todo lo hacemos por su bien. Aunque les cueste entenderlo.

    Si los piquetes nos ayudan a alcanzar el poder son buenos; si actúan contra nosotros y amenazan con sacarnos de él, son perversos. Es de aplicación a manifestantes, acosos, escraches, huelgas y otras “legítimas y necesarias manifestaciones de la libertad y de la democracia”, decíamos. Con la reserva de que solo lo son si van contra el adversario. Si operan contra nosotros hace falta estar ciego para no ver que todos esos desmadres y algaradas son un contubernio, cosa de fascistas. Podría aplicarse igualmente señalando como demonios a populistas o a comunistas, según quien hable, es cierto, pues las dictaduras, aun siendo de signo distinto, obran y argumentan igual. En unos sitios la dictadura viene de la mano de Erdogán, en otros de Putin, y en otros de los Castros, los Maduros, los Ortegas o los Kin Jon-Uns. Todos ellos tienen quien los defienda, indicador muy útil para reconocer los verdaderos peligros, que pueden atacar por babor o por estribor. Cada uno de los extremismos se alarma de un modelo de tiranía, aunque la libertad sea su enemigo común. Sus afanes totalitarios y autocráticos los igualan, como la Historia nos muestra. Juega a su favor que cada vez son más difíciles de distinguir, que muy desportilladas andan las palabras y muy hueras las cabezas. El único criterio que funciona es rechazar enérgicamente a todos aquellos que argumenten en favor de alguna de las variedades de totalitarismo criminal que asolaron el mundo en el pasado y lo siguen haciendo en el presente. Porque para no pocos, solamente el fascismo fue y es rechazable. El comunismo no fue ni es mejor. Claro que el fascismo es nefando, pero eso no hace bueno ningún otro modelo de dictadura más de su gusto, alegando que, mientras no alcancen el poder, sus defensores se resignan a aparentar ser demócratas. Ninguno de ambos totalitarismos es compatible con la democracia.

    Lo malo de estas clasificaciones, tan interesadas como falsas, es que hace aumentar el número de los supuestos enemigos, esa masa indiscriminada y sin fuste que han venido inventando. La gente se puede preguntar si en verdad hay tantos fascistas. Si fuera cierto, que no lo es, como tampoco es real el respeto por la democracia de quienes así argumentan, habría que rendirse a la evidencia y, con el corazón en un puño, dejarles gobernar, sean lo que sean, pues habíamos quedado que eran las urnas las que legitimaban a los partidos, incluso cuando se hayan quitado el pasamontañas hace unos días o les hayan sacado de la cárcel sin cumplir sus condenas por sediciosos. De forma que —van reculando— vamos a moderar un discurso que se nos está volviendo en contra y pasemos a decir que los ciudadanos están engañados, mientras se nos ocurre algo. Todo menos ponernos a arreglar las cosas. No hay mejor forma para calmar indignaciones o descontentos y orillar extremismos que solucionando los problemas que los causan y desmontando con buenos argumentos los relatos que los sostienen. Pero nuestras recetas y nuestros lemas no dan para tanto. Neguemos la realidad, demonicemos a los ajenos, aunque sean más que los propios, y avisemos de que o nosotros o el caos.

    La Historia dice —y con verdad—, que un Franco agonizante y una camarilla acojonada por Marruecos, presionada y aleccionada por el imperio yanqui, vendió a los saharauis, que tenían carnet de identidad de españoles —que eso eran o al menos eso les hicimos creer—. También dirá la Historia con no menos acierto que, casi cincuenta años después, otros intereses y otros apremios hicieron que la traición fuese consumada por un gobierno formado por socialistas y comunistas, secundados por sus conmilitones, un amasijo populista y verborreico que, pasados los años, nadie recordará cómo se llamaba y menos cómo coño consiguieron llegar hasta allí. Desde luego no alcanzaron tales cielos prometiendo hacer casi nada de lo que acabaron haciendo o dando por bueno con su presencia.

    En tiempos de turbación no hacer mudanza, dijo san Ignacio, repitiendo el saber antiguo. Si no se quería tener abiertos dos frentes a la vez, creo que el jefe del ejecutivo, haciendo de su capa un sayo y sin encomendarse ni a Dios ni a la Virgen, con el giro sahariano más haya abierto uno nuevo que cerrado ninguno de los muchos que tenía y tiene, que hay que reconocer que a este gobierno parece que lo haya mirado un tuerto. Sobre lo de solucionar todos los problemas que sufrimos, muchos de ellos compartidos con Europa, no creo que puedan dar lecciones de previsión ni de eficacia. Unos se alegran de que este cúmulo de tragedias y catacumbres nos hayan encontrado con Sánchez y la compaña al frente. Tal vez lleven razón. A nadie más se le hubiera consentido hacer ni la mitad de lo que ellos han hecho y hacen. A todos estos problemas, unos sobrevenidos e inevitables, otros paliados (aplazados a base de deuda) y no pocos agravados, cuando no creados por los que venían a solucionar los existentes, habría que añadir el fuego de las calles que sin duda hubieran promovido los que hoy se quejan de la oposición que tienen. De los sindicatos, poco que decir, sus enfados o sus silencios oscilantes, según quien mande, los retratan. Cuando hoy desde el poder ven en el país protestas que suponen una mínima expresión de las que ellos por mucho menos habrían patrocinado, se alarman, ven fachas por todos sitios, manipulación y violencia. Un abuso que hay que reprimir, ¡A mí la guardia!, que los piquetes violentos que despenalizamos hace meses, ahora se usan contra nosotros. Y hasta ahí podíamos llegar. La calle es nuestra, que dijo Fraga, los separatistas y algunos más. ¡Quién te ha visto y quién te ve! El caso del abismo entre pasados y actuales discursos indignados sobre el precio de la luz, los abusos en los precios, los impuestos sobre la energía, la inflación, la pobreza energética de los más desfavorecidos, es tan paradigmático como vergonzoso.

    El cambio histórico sobre el Sáhara, del que ciudadanos, oposición, Parlamento, parte del gobierno y posiblemente Argelia nos tuvimos que enterar nada menos que por boca del rey de Marruecos, es, al menos por las formas, una irresponsabilidad, un abuso, propio más de un autócrata que del presidente de un país democrático. El fondo, simplemente por inexplicado, resulta inexplicable. Lo único claro, una vez más, podríamos decirlo en palabras de Muñoz Seca, en la Venganza de don Mendo:

«Y me anulo y me atribulo, y mi horror no dismulo,
pues aunque el nombre te asombre,
quien obra así tiene un nombre,
y ese nombre es el de... chulo.»

     Hay ciertos desacuerdos, sobre el Sáhara, sobre la guerra, sobre muchas cosas importantes, ante los que no basta con poner cara de enfado y seguir en el sillón ministerial. Se otorga y se comparte o no se sigue donde se firma lo que uno considera que va contra sus principios. Claro, para eso hace falta tener algunos, tan a menudo confundidos con los intereses, las estrategias y las ambiciones. Lo demás son milongas, excusas de mal pagador. Peor que cobrador de suculentas e irrenunciables nóminas, que fuera hace mucho frío y a ver dónde coño voy yo que más me quieran, ahora que ya todos me conocen. Aunque sería demasiado sencillo pensar que solo están allí por defender un buen sueldo. No es eso. Hay más, claro está; no mejor, pero hay otras cosas. Preferible el ridículo y la irrelevancia que la desaparición. Del ahora o nunca, viendo que va a ser que nunca, algo habrá que salvar, aunque aún no sepamos exactamente qué. Y menos con quién, que ya vivimos barbilla en hombro.

    Por todo eso, de vez en cuando, hay que reescribir la Historia que, contada tal cual, le pasa como a los cuentos, que asustan a los niños. Y como nos quiten las hojas del BOE que el cupo nos autoriza a escribir, miedo me dan los cronicones. Si no mienten, que no podrán mentir, en el inicio de esta traición al pueblo saharaui, aparecerán Franco, José Solis —la sonrisa del régimen—, y el gobierno de aquel entonces. Como colofón de la infamia aparecerá este otro gobierno, quien lo preside y quienes lo forman, partidos y personas. Todos y todas. Por acción o por omisión. Ellos verán, que los demás ya lo hemos visto.

 

domingo, 30 de agosto de 2020

Epístola presupuestaria


 La democracia, cuando nos movemos entre extremos, acaba consistiendo en que los ciudadanos eligen el tipo de equivocación que prefieren. Nombramos a alguien básicamente para que se equivoque en nuestro nombre, lo que nos hace despreciables, acertemos o votemos al equivocador inadecuado. Al menos esto último  piensan las distintas feligresías respecto a los votantes de las otras parroquias. Los pactos son mal vistos entre nosotros tal vez porque, con esas premisas, las coaliciones o los acuerdos vendrían a resultar una suma de equivocaciones. Cuando tras votar se hacen las cuentas y se ven las posibles concertaciones, en España siempre se da por descartado, por inverosímil, aquello que aglutinaría a una gran mayoría de los votantes. Nuestro carácter y nuestra historia no consideran posible ni ven legítima una alianza entre los dos partidos más votados, cosa que sí ocurre en otros países cuando la situación es grave. No se entendería entre muchos de nosotros ese tipo de acuerdo, pues la eterna campaña electoral en que vivimos y la misma forma de oposición que alternativamente han ejercido los dos grandes partidos a través de las décadas han sido en exceso agresivas y descalificadoras. Ya se han ocupado ellos, y aún más algunos nuevos partidos desde ambos extremos, en exacerbar los ánimos y en polarizar la sociedad hasta límites peligrosos. Cada partido ha presentado al otro no como una alternativa peor, cosa lógica, sino como un peligro, cosa exagerada. Hay grupos políticos de peso variable que intentan abrirse paso a codazos pintando aún la cosa más negra. Cordones sanitarios, fascismos o comunismos bolivarianos, catacumbres, fines del mundo y otros desastres vienen de la mano, se nos anuncia, de partidos que para ellos simplemente no deberían existir. Son los extremos, radicales de izquierda o de derecha, siempre desprendiendo un tufo totalitario que intentan disipar echándose aguas de colonia en la careta o sobre una piel prestada que sigue oliendo a chotuno. Son buitres políticos, se alimentan de la descomposición.

Pero si de verdad creemos que la democracia es más que una palabra, una capa de barniz (fina y fácil de perder), una estrategia de sometimiento incómodo y a ser posible temporal, que es lo que viene a ser para algunos grupos y personajes, no cabría argumentar ningún reparo democrático a que un acuerdo entre los partidos que aglutinan a las dos grandes mayorías de votantes se considerara mucho mejor que otro pacto que conceda un poder e influencia inmerecidas a grupos menores en cuanto a respaldo electoral. Incluso a grupos muy minoritarios, sobredimensionados por una ley electoral muy mejorable, como es la nuestra, que premia una implantación firme a nivel local o regional, aunque sea irrelevante a nivel nacional. A veces unos puñados de votos que conceden la preponderancia en una provincia o comunidad de escaños muy baratos, han permitido condicionar, por no decir lo que es, chantajear, a los sucesivos gobiernos de la nación. Un gobierno soportado por el 60% de los votantes podría ser cuestionado con otros argumentos, pero no tachándolo de poco democrático, pues no cabe pensar en otro que lo fuera más.

Llegados a ese punto, los lamentos de los grupos minoritarios que con pactos entre las mayorías, o simplemente con su acercamiento a posiciones de otros situados más al centro, verían reducida su influencia y su presencia en las instituciones a su verdadero peso en la sociedad, bastante más escaso del que pretenden y a veces consiguen. No tendrían más argumento al que recurrir que a esa creencia supersticiosa que les nubla la vista y que les lleva a pensar que son los reservorios de la ética, la razón y la justicia. Pensar así es mostrar su desprecio hacia los votantes, hacia la misma democracia, pues no otra cosa es el atribuirse a sí mismos unas credenciales y un peso que no está respaldado en las urnas. Teniendo el 14% de los votos, que aun no siendo pocos, les dejan como cuarta fuerza política, anuncian con deslealtad  y ya desde el gobierno que su presencia es la palanca de todo lo bueno que de él salga,  e intentan que su programa sea el principal condicionante en el núcleo de la acción del consejo de ministros, especialmente a la hora de encontrar soportes y confluencias para elaborar y aprobar unos presupuestos para todos, con lo que muestran que no han entendido nada. Ni quieren entender en qué consiste la democracia. Lo demás son leyendas propias de monedas en las que se afirmaba gobernar por la gracia de Dios. Desde luego la gracia de los votos no les dan para tanto.

El PSOE ganó las elecciones con 6.752.983 votos. El PP obtuvo 5.019.869. 3.640.063 fueron los cosechados por VOX, y 3.097.185 por Podemos-IU. Ciudadanos 1.637.540. Al PNV votaron en las últimas elecciones casi 350.000 personas, uno de sus mayores éxitos electorales, si no el mayor. Supone el 1,57% de los electores. Los de Esquerra el 3,71, y los transformistas onomásticos de Puigdemont y los suyos, el 2,19%. Bildu el 1,15. Saquen las cuentas y vean si la cosa da para seguir gozando durante decenios del poder desmesurado de decidir si soportar o derribar gobiernos, arrancar competencias inconvenientes o blindar privilegios insolidarios, teniendo su voto siempre en venta a un precio que varía según mercado y estación. ¿De dónde sacas, pa’ tanto como destacas?, que decía el cuplé. Algunos líderes son la chica del 17 del parlamento, derrochando un poder más chuleado que ganado. Hemos visto y vemos gobiernos que, más que un socio, parecen tener una querida. O varias, los más libidinosos. La erótica del poder.

Unidas Podemos prefiere que sea Esquerra quien ponga la tercera pata al taburete presupuestario, previo pago en especie, una especie en peligro que otros queremos protegida. Y esos otros, los que no queremos pagar tan elevado precio, vemos más deseable un acuerdo con Ciudadanos, a pesar de que nunca le perdonaremos habernos privado de disfrutar en esta situación crítica de un gobierno con mayoría absoluta, centrado en solucionar problemas, no en buscar hegemonías ideológicas o culturales, inmune a estirazones, compraventas, malas compañías, chantajes y discursos extremos casi alucinatorios, especialmente con la que está cayendo. Las medidas necesarias de protección  social, de reforzamiento de la sanidad y la educación, como otras especialmente imprescindibles hoy, no son defendidas sólo por ellos, ni pueden ser la cucharada de azúcar que endulce y tape el sabor de otros tragos que a la mayoría le resultarían amargos incluso con tal anestesia. Un gobierno que hubiera dejado en su verdadero lugar a personajes y grupos que hoy condicionan nuestro futuro, cuando su peso real está cercano a la irrelevancia. Ellos verán. Los vetos son peligrosos, sobre todo cuando no se está en condiciones de imponerlos. Luego, al no poder evitar lo inevitable, se te queda cara de tonto y, aunque la peña está acostumbrada a tragar cualquier sapo, incluso a simular y predicar que aprecian su sabor y textura, todo tiene un límite. Hacer apuestas que la cartera no respalda te puede sacar de la timba. Y fuera hace mucho frío.

De todas formas, los eclesiásticos van de farol. Ninguno de ellos renunció para ser ministro a su acta de diputado. Sospechan, temen, saben, que una vez aprobados los presupuestos que, como vemos con los de Montoro, pueden durar dos o tres años, dejarán no sólo de ser imprescindibles, sino necesarios, que deseables nunca lo han sido, lo que les bajará mucho los humos. De ahí su desesperada gesticulación jaleada por su claque unánime. Tal vez después de los presupuestos o haya menos gestos levantiscos y chulescos o los echen del gobierno. Las ganas de hacerlo cada vez son más indisimuladas. Cada discrepancia, retransmitida con premura, refuerza al PSOE más centrado y, salvo ante una peña tan incondicional como poco nutrida, desnuda a Podemos ante el resto de la sociedad. Su afinidad con Esquerra, necesaria para que en las inminentes elecciones catalanas no le ocurra a su marca blanca lo mismo que en Galicia o en el País Vasco, les resta carretadas de votos en el resto de España. En todo caso, pues tontos no son y se la ven venir, ya deben de estar escribiendo el nuevo relato, una novela negra tipo Le Carré, con turbias conspiraciones, espías dobles, bajos fondos y traiciones, un relato que, pase lo que pase, para ellos no puede tener un final a su gusto.

lunes, 25 de mayo de 2020

Epístola eclesiástica

Últimamente Pablo Iglesias ha bajado las revoluciones de su disco de vinilo. Así su voz, a menudo chillona, hecha al mitin y a la apresurada arenga frente a las tropas prestas para asaltar los cielos, se torna grave, pausada... y falsa. Incluso a veces, sin los agudos fruncimientos habituales de sus cejas, ya que un buen predicador debe de estar siempre enfadado, desde el púlpito muestra en la mano un pequeño misal constitucional mientras imparte doctrina. Nos sorprendía ese nuevo tono al principio del cambio, súbitamente acaecido cuando profesó los votos ministeriales, un compromiso prometido con reservas que le promovía a vicepresidente del gobierno de un país cuyo nombre le da asco pronunciar y cuya bandera le da repelús, según nos contaba antes de que de forma milagrosa se le apareciera Nuestra Señora de los Pactos. Votos menores. Antes estábamos hechos a que despachara sus peroratas en un tono exaltado y pajarero, facturando sus soflamas cuarteleras con un registro de contratenor y a esa velocidad que permite la repetición de la lección aprendida, del dogma inmutable, de la letanía que sale de la boca de un oficiante que no necesita pensar, sólo repetir machaconamente el artículo del catecismo que toque enseñar a la parroquia. Un estilo de oratoria vertiginosa, verborreica, que ha inculcado a todos los suyos. Y las suyas.

 Todos hemos asistido a algún funeral o a otra ceremonia religiosa o civil en la que el oficiante expide su homilía o declama su alocución en un tono funcionarial y desentendido, desganado por rutinario, soportado con incomodidad y rechazo por unos asistentes para los que la situación que da pie a la prédica es nueva, personal, imprevista y a veces trágica. Hoy acude a menudo este obispo gubernamental a la misa de pontifical en diócesis ajena, tenida por propia, quitando una y otra vez la palabra al ordinario, que aprieta mandíbulas y espera tiempo y ocasión de poder desterrar a este fray Gerundio levantisco a un curato lejano. Esta curia, sólo unida por la necesidad y la conveniencia, que no por el dogma, ya huele a cisma desde su primer conciliábulo, pues en un consistorio cardenalicio no cabe más que un papa. Uno de los dos, o ambos si ninguno de ellos afloja el abrazo del oso, acabará en Avignon o en Peñíscola, sin avenencia y sin futuro. Espero que no arramblen con el nuestro.

 Sus sufridos alumnos de la universidad ya conocerían bien ambos registros del personaje, de actor más que de docente. Toda su vida pública es representación; pero teatral no política. Desafortunadamente para él, como para muchos de los suyos, queda una incómoda y surtida colección de vídeos, declaraciones y entrevistas en la que nos muestra de forma cristalina qué es lo que verdaderamente piensa y siente, siempre opuesto a lo que ahora dice y hace. Sus comportamientos de hoy nos sugieren que, si el libreto anterior era sincero, toda su obra actual es fingida. Ha ido contradiciendo y malbaratando con sus hechos todas y cada una de las virtudes que con su talante inquisitorial exigía a los demás; ha caído en todas las trampas que había colocado para sus enemigos, miembros de una casta que combatía y desacreditaba hasta que pudo instalarse y pasar a formar confortablemente parte de ella. Le protegen hoy de los asedios que promovía y tanto le gustaban, jarabe democrático si son contra los demás, los agentes que sólo le emocionaban caídos en el suelo y recibiendo patadas; vive donde predicaba que los buenos no debían vivir, cobra lo que peroraba que un santo varón no debía cobrar y su movimiento, más que partido, ha hecho del nepotismo un código de conducta. Van a los cargos en parejas, como la Guardia Civil. Sus feligreses todo se lo perdonan, incluso cargan con la infamia de dar su visto bueno a la mudanza del jefe a mejor barrio. Amén.

 Sin duda la ciencia de gobernar es el arte de avanzar hacia los ideales serpenteando para adaptarse a las circunstancias, de moverse con la cautela que siempre conviene cuando se atraviesa terreno desconocido. Mal se compadecen el acierto y la oportunidad con la cerrazón de aplicar recetas aprendidas, siguiendo la ruta de un mapa antiguo y heredado que no contempla lo que ha cambiado el terreno desde que se dibujó para otros tiempos y otras geografías. Otras virtudes tiene, sin duda, este segundo Pablo Iglesias, aunque pocas veces son buenas las secuelas. Nadie carece totalmente de ellas, aunque su indudable inteligencia la guarde para otras situaciones. No puede presumir de ser modesto ni flexible, de ser capaz de cambiar la estrategia pergeñada cuando soñó el plan de batalla que le permitiría rendir el castillo. Su principal enemigo es igualmente terco, aunque es más fuerte que él. Y no se llama Sánchez o Casado; se llama realidad.

 Decir que Pablo Iglesias no es un buen socio no es descubrir nada. Ya lo sabíamos antes; incluso Pedro Sánchez, que ya anticipaba insomnios propios y ajenos. En realidad, no es un socio ni un aliado, sino un cabecilla rival, ambicioso y levantisco, que se ha unido a las tropas gubernamentales en busca tanto de supervivencia personal y política como de botín electoral. Sus sumisas mesnadas abandonarán el flanco que se les encargó defender cuando pinten bastos, pues otra es su guerra. Lo va haciendo ya cada día, dando lugar a que el gobierno tenga varias oposiciones fuera y una dentro, no menos agresiva, a la que encima no se puede desenmascarar como merece. Personalizo el problema en él, pues poco más ha dejado detrás ni al lado. Como todos los caudillos autoritarios no permite que a su sombra crezca un posible sucesor que no sea de la familia. Si acaso, una Evita de Perón. El macho alfa de la manada de lobos, vencido el competidor que le reta, le perdona la vida cuando le ve ofrecer su cuello rendido. Sabe el lobo hoy más fuerte que el segundo mejor debe vivir como sucesor, pues es el futuro de la manada. Iglesias no tiene tan amplias miras. Su manada es él, el resto ya son soldados sin cara. Los círculos se han ido haciendo oblongos, difusos, y han sido forzados a decir que sí tantas veces al amado líder que languidecen llevando una vida ectoplásmática, fantasmal, muy parecida a la inexistencia. Un instrumento y un parapeto ya tan inoperante como innecesario.

 Siguiendo la costumbre y maneras de todo caudillo, Iglesias es un fulanista que, como cualquier dictadorzuelo en potencia, se considera providencial, sólo sujeto al escrutinio de la historia, pues su reino no es de este mundo. Como otros, antiguos o actuales, sufren la alucinación de que obedecen a un mandato popular, son la voz del pueblo. Al menos lo fingen, pues contar los votos sí que deben saber y suponen el 12,84%, cuarta fuerza política. Magro respaldo para imponer su programa, atribuirse lo bueno y desentenderse de las medidas poco populares que todo gobierno debe tomar, a veces a disgusto y a contrapelo. La realidad manda, tiene la culpa y, sobre todo, estorba. ¿Quién es la realidad para contradecirme? Lo de la reforma laboral pagada a Bildu es uno de los muchos ejemplos de todo lo que venimos contando sobre falta de realismo, de lealtad y de unidad de acción, señal de ausencia total de estrategia, un aliño de probaturas dando palos de ciego sin acertar casi nunca en la cucaña. Por unos cochinos votos se olvida de toda negociación con las fuerzas sociales, empresarios y sindicatos, que ahora se niegan a hacer de comparsas y a ser moneda de cambio. Totalmente indecente abusar, dentro de los contactos previos a una nueva prolongación del Estado de Alarma, y aprovechar el trance para colar de rondón decisiones contrarias a la parte sensata del consejo de ministros, que casi se entera por la prensa. Afortunadamente le han parado los pies y esperemos que le animen a utilizarlos para retirarse a sus habitaciones. Esta situación excepcional no es algo que le autorice a tapar bocas y acallar conciencias, como quisiera. De la gestión de la pandemia ya hablaremos cuando toque, pues de los errores al respecto, muchos y graves, no sólo a Iglesias habrá que pedir cuentas.

 Unidas Podemos es un estorbo, un lastre para el gobierno. Lo fue desde el minuto uno. Si mala es su compañía, los números no dan siquiera para que al menos permitiera prescindir de otras aún peores. Queda maldecir a Albert Rivera que, con soberbia e irresponsabilidad equiparables a las de los dos socios de este gobierno semi bicefalo, capitidisminuido y en greña, impidió una solución que reflejara la irrelevancia de todos los extremos y que una inmensa mayoría considerábamos mejor, como el tiempo se va encargando de demostrar.

viernes, 11 de marzo de 2016

Epístola aclaratoria

Queridos hermanos. Creo que la presente será mi última epístola, al menos de las dedicadas a lo relacionado con la situación política, tema agrio y vidrioso. Mi registro habitual era el buen humor y lo que estamos viviendo no lo permite. Cumplo con ella una autoimpuesta obligación de decir lo que pienso, guste o no, para al menos no reconcomerme dentro de un tiempo por haberme callado ante algo que cada día encuentro más disparatado y lleno de peligros. Ya sabréis disculparme, tanto por un contenido que a algunos les resultará hiriente, como por su extensión.

Después de siglos mirados como insectos por nuestros gobiernos, de ser tratados como imbéciles, proceder acentuado en los últimos años en España, algo que es global, pues ni eso inventamos, uno se queda asombrado de que lo que intenta presentarse como solución, en realidad, venga a asentarse sobre una acentuación de ese menosprecio. También los presuntos y autonombrados salvadores siguen partiendo de la tesis de que los ciudadanos, sólo valorados en cuanto posibles votantes, seguimos siendo un rebaño manipulable y estúpido. En lugar de arreglo, tras defraudar las expectativas despertadas, ellos aportan otros nuevos problemas sin solucionar ninguno de los antiguos.

Pocas dudas tenía ya sobre la escasa enjundia de los nuevos aspirantes a gobernarnos, y para despejar incertidumbres o malentendidos, diré que me refiero a Podemos, que tras una ilusionante aparición, con sus mareas y sus mareos ya no pueden ocultar su complicidad y cercanía a mucho de lo que considero parte de lo más casposo y abyecto de lo que el mundo en general y también nuestra sociedad han parido en el pasado siglo. Me espanta verlos al lado del terrorismo, el chavismo, la demagogia más burda, evidenciando con su insoportable soberbia un pensamiento primario, excluyente y totalitario, contemporizando con otros integrismos a los que  no hacen ascos, al menos a sus dineros, lo que les lleva a condescender con aberraciones mayores que las que dicen venir a solucionar. 

Sabido es que las ciencias políticas, como la teología, no son ciencias duras, como la física o las matemáticas, pero coño, algo razonable se debe de aprender allí. Si un teólogo al licenciarse en la Pontificia de Salamanca saliera arriano, cátaro o monofisista dudaríamos de la excelencia y utilidad de sus estudios, algo que me ocurre a mí al escuchar a estos profesores de la Complutense que han aprendido —y lo que es peor, enseñado— más de Goebbels que de Montesquieu, más de Troski o Lenin que de Mandela, que ni se han molestado en leer a Ortega o a Unamuno y dudo que siquiera hayan oído hablar de Ganivet. Respecto a los problemas de España, todos ellos tenían una idea más clara y proponían cosas más razonables que estos asesores de Maduro, colofón profesional de su desvarío docente e ideológico. La arquitectura, ciencia más seria, no hubiera permitido titularse a quien aconsejara el regreso a las cuevas o sólo hubiera aprendido del oficio cómo conseguir clientes que les encargaran colmenas informes donde amontonar vecinos. Resumiendo, un descrédito para su especialidad, ya de por sí vidriosa, etérea y dogmática.
Si grave es su continua apelación más al rencor que a la ilusión, no hablemos de sus representaciones teatrales, muestra de su palmaria vacuidad intelectual y moral, cercana en no pocas ocasiones al ridículo. En sus filas, se arremolinan, junto a personas decentes y razonables, que son las menos, otras de diversas procedencias ideológicas, casi todas ellas trasnochadas y no puestas al día, activistas, okupas y algún que otro pendejo. Si dicen defender la unidad de España, la realidad es que los grupúsculos de la franquicia que conforma a Podemos en gran parte apoyan la disgregación, incluso justificando a quienes durante decenios intentaban promoverla con tiros en la nuca. La indignación que dio lugar al nacimiento de esta especie de aquelarre no puede amparar tanta arrogancia y estúpida agresividad.  Pablo Iglesias cada vez me recuerda más, tanto en sus intervenciones actuales como en los vídeos que no ha podido evitar que conozcamos, a José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, a su dialéctica de los puños y las pistolas y a sus mítines en el Teatro de la Comedia. Sicilia, año 36. Penoso. Mi conclusión es que, aparte de esa continua performance, detrás de esa puesta en escena que a veces mueve más al temor que a la esperanza, cuando no a la risa, poco más hay. Un ajuste de cuentas realizado por quien no sabe sumar. Más afán existe en arramblar, en destruir, en imponer su extremismo antediluviano, que de edificar, de avanzar sobre lo ya construido, que es mucho. La superación de la arquitectura actual, que puede no gustar, no es levantar una ermita visigoda.

Prácticamente todas mis epístolas anteriores se han dedicado a evidenciar que España no estaba en buenas manos, ni con este ni con el gobierno anterior, ya que la estupidez vacua es tan nociva como la maldad, que demasiados ladrones había en el poder y sus aledaños, que la mediocridad era la norma, que el interés particular y del partido —no de uno, de todos ellos— se ponía por delante del interés general. Que la crisis a la que tanto ayudaron entre todos a crecer, se afrontó de forma despiadada e insensible hacia el sufrimiento, la precariedad y el desamparo de parte no pequeña de la sociedad, como siempre la más débil. Una sociedad a la que han empobrecido para enriquecer a una minoría cercana y para financiar todos y cada uno de los partidos, salvo honrosas excepciones que no conozco.  

Esto no ha sido monopolio del Partido Popular, pues todo el que ha tocado poder, ha visto —y permitido— corromperse a parte de los suyos. En proporción al poder alcanzado, lo que no sirve de disculpa a nadie. No entraré en comparaciones sobre la cuantía de lo malversado, pero no puedo dejar de decir que somos proclives a medir con vara harto trucada, que la romana se usa de forma torticera y que tendemos a ser menos estrictos con los afines que con los contrarios, en lugar de pedir que cada palo aguante su vela. Que cada uno considere el grado de dureza con que ha criticado, si es que lo ha llegado a hacer, las rapiñas de aquellos con los que simpatiza, como primer ejercicio de autocrítica. Eso nos pone a todos en mal lugar, pues pocos han tenido la decencia de mirar con el mismo escrúpulo hacia todos lados. En el fondo, nuestros olvidos selectivos, nuestra defensa por acción u omisión, nuestra parcialidad, es lo que ha permitido que la corrupción haya llegado a mancharlo todo. 

Todo, pero no a todos, pues no es la primera vez que afirmo que la inmensa mayoría de los políticos, cargos públicos y miembros de los partidos son decentes. Tal vez peque de ingenuidad, pero sigo pensando igual. Muchos concejales de lo que estos ignaros llamaban ‘la casta’ se jugaron la vida —y muchos la perdieron— defendiendo aquello en que creían, algo que debería abrumar a quienes en esos mismos partidos se dedicaban mientras a robar. En todo caso, nos dieron más que nos darán nunca quienes les intentan desacreditar con sus demagogias para arrancar unos votos.

Aporto mis anteriores epístolas como aval, pues no puede decirse que no he sido duro con quien ahora manda. Y como el ataque a alguien suele interpretarse como defensa del contrario, pues ya Ortega y Gasset decía que la única razón que unos tienen es la que han perdido sus contrarios, escribo esta epístola para desengañar a quienes lo han valorado así. En absoluto. Que uno no quiera morir de cáncer de próstata no debe interpretarse como que desea hacerlo a causa de un tumor cerebral. En esa tesitura han colocado a los españoles quienes han capitalizado el descontento y la indignación para llevar el agua a su molino. Un molino antiguo, obsoleto, poco eficiente, que por romanticismo, ignorancia o pereza mental, muchos parecen ver deseable volver a poner en marcha. Cuando uno huye no suele mirar bien hacia dónde. No estoy entre ellos. Es duro abandonar una creencia, abjurar de una fe, pero espero que muchos de sus simpatizantes vayan siendo capaces de ver la verdadera cara de estos gurús.

Veo con asombro a muchas personas que tengo por inteligentes y leídas, a quienes además habría que presuponer un juicio que la edad suele proporcionar, aunque veo que no es cosa general, arrojarse empujados por la indignación en manos de estos personajes de forma increíblemente acrítica. Y asumen entero el kit de progresía que les ofrecen, de un progreso en mi opinión, mal entendido. No falta nada. Y a mí me espanta ese sometimiento mental y moral a un corpus doctrinario establecido, monolítico, sin fisuras. A un manual del buen rojo, en terminología que se han ocupado de resucitar, pues como primer logro, entre unos y otros han conseguido volver a partir España en dos, al menos están en ello con todas sus fuerzas. 

Facha es quien difiere en algo de las creencias de esta secta, y les llamaban casta antes de hacer glorioso ingreso en tal club, ya diluido, pues va resultando un movimiento con tintes religiosos, un asalto al cielo guiado por dogmas asumidos sin cribar, revelados —por enésima vez— por obispos laicos que imparten doctrina sacada de antañones incunables, hablando ex cátedra, iluminados de forma infalible por su particular espíritu santo que habita en la Complutense. En su capilla dan la bienvenida a Otegui, cómplice de secuestradores y de pistoleros que disparaban en la  nuca de quienes pensaban distinto. Unos demócratas, en fin. Y dan certificados de pureza de sangre desde una superioridad ética que dicen tener pero que no existe, pues como depositarios de las tablas de la ley e intérpretes de la divinidad, se permiten señalar a los que merecen la salvación y los que no. Sus mítines son autos de fe. Vuelta al siglo XVI presentada como avance. Lo más novedoso de su doctrina es del XIX.

Este bloque de creencias no permite fallar a ningún palo. Abarca desde el soporte a aberrantes sistemas políticos, a quienes ellos han asesorado y acompañado en su fracaso y cuyos resultados a la vista están, hasta la simpatía por asesinos y secuestradores con quienes están más dispuestos a pactar que con los partidos democráticos, evidencia de que ellos no lo son. Desde el apoyo a nacionalistas desaforados y okupas, colectivos ambos entre los que hay no pocos que considero simples delincuentes, hasta el repudio al ejército, la bandera, el himno o las fuerzas de orden público, a las corridas de toros o el apoyo a la pantomima risible de la primera comunión o el bautizo laicos. Una cosa más que razonable es que no te guste ver matar a un toro en la plaza, o asistir a las procesiones, o no ser creyente, defendiendo el laicismo de la sociedad; otra muy distinta es ir de comecuras y faltar al respeto a las creencias de millones de españoles. Éstas son creencias que si bien no comparto, no dejo de pensar que merecen respeto, no esa hostilidad tan infantil como dogmática. Que lleguen a la torpeza de gastar sus fuerzas y tiempo en desacreditarse atacando las procesiones de Sevilla, mostrar las tetas en una capilla, que no mezquita,  desairar a instituciones clave desde un antimilitarismo ingenuo y marginal o carnavalizar las cabalgatas de reyes, dice mucho de sus prioridades y fijaciones, a la vez que nos indica por dónde van los tiros. Hay que defender hasta que una acólita de la cuerda se mee en la calle camino de la concejalía que ocupa. No es ese el tipo de personas que merecemos tener al mando. Que otras tampoco lo sean no supone dejar de buscar opciones más presentables. No es que se resalten estos desatinos, simplemente sucede que poco más han hecho hasta el momento.

Se añade el menosprecio a la Constitución y a la Transición que la hizo posible, quizá la mejor época de nuestra historia, incluida la descalificación de políticos que muchos echamos de menos, sobre todo al compararlos con quienes ahora intentan desacreditarlos. Por supuesto, resucitemos la guerra civil, quitemos las calles a Jardiel Poncela, a Miura o a Muñoz Seca por haberse dejado fusilar por un matarife inadecuado, el busto a Pemán o la placa a los religiosos de 18 años asesinados en Madrid... Hagamos así justo lo que los otros hicieron igual de mal. No se trata de corregir errores, sino de caer en los mismos, haciendo un paréntesis de 75 años, salto atrás que poco ayuda a la convivencia. 

De que sus actuaciones teatrales van más dedicadas a dar gusto a la peña que a solucionar unos problemas que les preocupan menos de lo que quieren aparentar, pues es el poder y el control de la sociedad lo único que evidencian ansiar, es muestra lo que Iñaki Gabilondo calificaba de incongruencia, refiriéndose a un Iglesias en mangas de camisa ante el rey pero de frac en los Goyas. Yo más que incongruencia lo calificaría de estupidez, de falta de respeto a las instituciones, de postureo y de indignidad. Nunca votaría a nadie así. 

Quien me conoce sabe el poco significado que doy a la largura del pelo o a la indumentaria, pero alguien sin cortesía ni educación no puede representarme. Los fantasmas en los castillos escoceses, no en el Congreso de los Diputados y menos con mi voto. Para los más espesos aclaro que eso no supone alabanza a muchos de sus actuales ocupantes. Y allí, igual que en los ayuntamientos, parlamentos regionales, y a donde van llegando, a cobrar ovíparamente, ellos y sus parientes que llaman a asesorarles con sueldos de presidente de gobierno. Decir que donan parte de lo cobrado no me basta, pues igual me da que lo gasten directamente o vaya a sufragar a su partido o sus cadenas de televisión. Mejor bajarse el sueldo como prometieron hacer, o donarlo al Cotolengo o a Cáritas, lo demás son milongas y excusas de mal pagador. Y buen cobrador. No es que les pida más que a los otros, pero son ellos quienes llegaron donde están prometiendo hacer lo que ahora incumplen. Pusieron el listón muy alto y me jode que ahora pasen por debajo de él.

 Ya sé que para algunos dar mi opinión sobre estas cosas, que muchos ven sin atreverse a decir, menos a dejarlo escrito, me sitúa en eso que llaman ‘la caverna’, juicio que poco me preocupa, pues hay varias cavernas y resultan cajón de sastre donde, a falta de razones que oponer, algunos meten todo lo que les contradice. Por otra parte, puestos a ser sinceros,  poco aprecio y respeto me merecen quienes recurren a esa descalificación como único escape.  Este recurso tan sencillo evita buscar argumentos ni plantearse qué es lo que, en definitiva, viene uno a sostener con su voto. No estamos en tiempos de contemporizar, sino de pensar y de llamar a las cosas por su nombre, aunque eso nos violente algunas convicciones, en el caso de tenerlas. Mi solución ante los orígenes de los males que sufrimos, como son el sectarismo, la mediocridad, la corrupción, la falta de metas claras, justas y viables, la soberbia, la ambición personal y partidista, la indiferencia ante el desamparo de gran parte de la sociedad, se reduce a recuperar valores perdidos como la vergüenza, la honradez económica e intelectual, la independencia de la justicia, el control escrupuloso del gasto y de su justa redistribución, y sobre todo, inteligencia. Todo ello con la mayor de las libertades. Como se puede ver, la solución queda para mi muy lejos de lo que Podemos puede ofrecer. Descartados la impiedad y el totalitarismo, los dos extremos que se nos ofrecen, mis opciones se reducen a quedarme en mi casa en unas próximas elecciones o elegir a alguien más centrado. Política y mentalmente.

Es momento de razón más que de vísceras, cuando cada vez más, se intenta anteponer la revancha a la justicia, cuando el comportamiento se ve regido antes por el pensamiento rápido, por la respuesta instintiva, visceral, que por el pensar lento, reflexivo y ponderado. Nos estamos animalizando en nuestras reacciones y nuestro cerebro, quién aún lo tenga en uso, debería evitar que sus actos y palabras sean determinados por reflejos, como lo es la rodilla cuando se le golpea con una maza.

El dibujo de Pablo Iglesias es obra del genial ilustrador Ricardo Martínez.