Mostrando entradas con la etiqueta neolengua. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta neolengua. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de mayo de 2025

Del latín y las neolenguas

 

Mi comentario, divagador, elucubrante, largo y desparramado, a un artículo de Lola Pons en El País, que habla algo del Vaticano y más del latín y de la diferencia entre haber y tener. Siempre está bien escudriñar en el desportillado significado de las palabras, armas peligrosas:
«El lenguaje, siempre el lenguaje. El poder de las palabras y las palabras del poder. Controlar el lenguaje es estabular el pensamiento, como bien saben todos los totalitarismos, antiguos y nuevos, activos o anhelados. Siempre me han gustado los artículos de prensa, luego recopilados en libros como los de Lázaro Carreter o Álex Grijelmo, que se ocupan de señalarnos malos usos de las palabras. A veces por ignorancia, a menudo como forma de moldear la realidad a gusto del que las manipula y corrompe. La guerra por las palabras anticipa y a veces decide las ulteriores batallas por el poder. Perdidas las palabras, quedamos desarmados en contiendas por eso que llamamos el relato y que hoy sustituye a la realidad. Orwell se relee ahora más que nunca, no sin razón y provecho.
Con los separatismos, siempre xenófobos y supremacistas, los capitaneados por asesinos, por recogedores de nueces, por astutos o por trileros, perdimos casi siempre esas guerras. Y seguimos de derrota en derrota. No sin la colaboración de otras fuerzas y personajes no mucho mejores, fuimos dando por buenas sus palabras, sus eufemismos, sus engaños. Y así seguimos. Sin duda, una de las pocas revoluciones pendientes y necesarias es la de recuperar el verdadero valor de las palabras, única forma de reivindicar lo obvio, lo cierto. A las palabras habría que llevarlas al dique seco cada cierto tiempo para hacerles lo mismo que a los barcos: quitarles las rémoras que se les pegan y les chupan significado, librarlas de adherencias y miasmas, como esos gusanos que los marinos llaman 'broma' que se pegan al fondo para lastrarlo y arruinarlo poco a poco. Con esa limpieza, que dejaría las palabras con el brillo de las monedas recién acuñadas, luciría de nuevo el apego a la realidad frente al relato, a la verdad frente a la superstición y la fábula, a los resultados y realidades frente a las vacuas promesas en mundos mejores por venir o paraísos perdidos que restaurar, que hacer grandes de nuevo, embelecos de los que tantos han vivido para desgracia de sociedades enteras que han padecido sus delirios y recetas.
Hay ideas y valores sólidos y ciertos que se han ido volviendo inseguros y acuosos al paso que lo hacían las palabras que los nombran. Usamos las mismas palabas, pero ya no significan lo mismo, sobre todo en ciertas bocas. Así es imposible entenderse, siquiera debatir en buena lid. Ya hemos perdido si aceptamos y damos por bueno en el debate político, ni siquiera en la conversación, que, sin que se le rebata inmediatamente, alguien nos hable de recuperar lo que nunca tuvo, de volver a ser lo que nunca fue, de reconstruir países más soñados que reales, de la conveniencia de restaurar plurinacionalidades austrohúngaras, cuando no feudales, en aras del progreso y la justicia, la igualdad o la convivencia, ni de admitir que alguien pueda cobrar por fin lo que nunca le ha debido nadie, de que las fijaciones vetustas y fracasadas de algunos puedan ser presentadas como proyecto de progreso. Lo necesario es volver a llamar progresista sólo a quien realmente con sus acciones, que no con sus discursos, haya contribuido de alguna forma al progreso social, técnico, científico, económico o moral, reduciendo así drásticamente el número de los que amparados por tal palabro se engallan y se encaraman a la peana. Por su fruto se conoce al árbol. (San Lucas 6,44).
Esa palaba encandila, deslumbra, ciega. Las ideas no son avanzadas por su mera novedad (si es que siquiera son nuevas, que lo que no es tradición suele ser plagio), sino cuando permiten un verdadero avance. Ni son retrógradas todas las que son tradicionales, como no es lo mismo un mueble viejo que uno antiguo, a menos que queramos renunciar a todo lo que miles de años de progreso acumulado, de ensayo y error, de aciertos y fracasos de gente casi siempre mejor que nosotros, nos han traído hasta aquí. Se llama experiencia, y hay que filtrar, sopesar y valorar, que no es de razón repudiar un corpus sólido y funcional de valores, saberes, usos y costumbres que han acreditado su utilidad, bondad y valor por su permanencia. Es cierto que también han pervivido errores, supersticiones y desatinos. Un verdadero conservador no es un carcamal que vive en un pasado que quisiera eterno e inmutable; es el que va transformando lo existente para mejorarlo, el que hace reformas para que perdure lo que merece la pena ser conservado, que no es todo. No el que se complace en la ruina de la casa, sino el que la consolida, limpia y adecenta. La sabiduría consiste seguramente en saber discriminar qué hay que conservar y qué no y, desde luego, no es virtud de los que prefieren las demoliciones indiscriminadas y luego ya se verá. Dios y las urnas nos libren de tales orates y vendehumos.
Hemos escuchado (sin la oposición y el rechazo que merecían) emplear palabras y conceptos como ‘el pueblo’ por unos de mi pueblo, mandato popular por mi santa voluntad, democracia por imposición y trilerismo, reparación por privilegio económico injustificable, regeneración por mera alternancia en el protagonismo de abusos y corrupciones, asalto a los cielos por vertiginoso acomodo y disfrute amoral de las mieles del poder, colaborar a la gobernabilidad por pastar también del presupuesto (eso unos, otros mediante chantajes cuando hay quien por mandar se vende), memoria democrática general por memoria propia y particular, tendenciosa por definición y necesidad, deuda histórica, (debida a territorios también históricos, que los demás, los deudores y paradójicamente más pobres, no lo son, creados por Dios más tarde para reparar un olvido) por insolidaridad secular, agravio por frustración de aspiraciones desmedidas e ilusorias, listas legendarias de los reyes de territorios que ni fueron nunca independientes ni pasaron de condado… Esa entelequia morganática de la corona catalano-aragonesa, curiosamente presente en el imaginario de la izquierda republicana del principado, como fuente de derecho. Por no hablar de quien da la batalla por ganada antes de librarla consiguiendo que muchos acepten sus etiquetas para sí mismos y para todos los demás, en su mundo y en su mente maniquea de buenos y malos. A sí vemos hoy nombrarse antifascistas a muchos fascistas redomados, que nada hubieran desentonado como camisas negras de Mussolini.
Hay grandes verdades que se han banalizado interesadamente hasta que para muchos se han visto reducidas a tópicos sin valor. Queda hablar de los esperpentos del momento, del desmán o del desafuero de hoy, pero sacar a relucir principios, valores y respetos, parece remontarse a un pasado superado e indeseable. Ya está este Viriato —braman algunos— con la matraca del respeto a las formas y a las normas, con antiguallas como la lealtad, la honradez, la ecuanimidad, el honrar la palaba dada y esos estorbos. Pero hay que recordar lo olvidado, aunque parezca cosa de Pero Grullo, no dejar de repetir lo obvio, aunque irrite a quien le estorba y esgrimir la realidad aunque desespere a quien le contradice. Y no dejar de proclamar lo que uno cree verdad, arriesgándose a equivocarse por sí mismo antes que defender los errores de la tribu, sus pasajeras verdades. La vida es demasiado corta para tener la paciencia de esperar a que, con su habitual inconsistencia, en alguno de sus meandros acaben recalando en algo parecido a la razón. Eso sí, siguiendo la doctrina oficial del movimiento, mientras te llamarán facha y los más comedidos y faltos de argumentos, equidistante, creyendo que han dicho algo.
Leyendo este artículo he pensado que tal vez la solución sería recuperar el latín, sus viejas palabras, abuelas de las nuestras, que aún están limpias de las resquebrajaduras, revoques y desportillos de nuestros tiempos.

viernes, 29 de marzo de 2024

Epístola palabrera y vocabularia

Habría que meterse en muchas honduras y filosofías para analizar la fe que muchos (y no los mejores) tienen en el poder de las palabras para transformar la realidad de forma rápida y casi mágica para adaptarla a su relato. Hay muchos que, como yo, creen que lo mejor que podemos hacer con ellas es dejarlas vivir por su cuenta, pues no tienen dueño ni pastor al ser una destilación secular de la sociedad. Dejar que signifiquen lo que venían significando y no jugar con las cosas de entenderse para amparar desvaríos, cobijar falacias, enmascarar ideas de difícil digestión, malversar conceptos para camuflar realidades incómodas, imponer visiones, rebautizar todo aquello que los tergiversadores son incapaces de transformar, y demás perversiones del lenguaje de sus tribus, una neolengua que intentan imponer como primer paso para conseguir la hegemonía ideológica, antesala del poder absoluto e indiscutido que tanto les gusta. Vacían el significado de muchas palabras, a menudo las más importantes, que quedan hueras y desabridas, para rellenarlas con interesadas y novedosas significaciones y sugerencias, hasta llegar a que nadie sepa ya a qué nos referimos cuando hablamos de libertad, de igualdad o de democracia, de legalidad, de concordia o de justicia. Las palabras, nacidas para entendernos, son usadas para confundir y enredar, para dividir y para enfrentar, para estabular identidades, para esconder o modelar la realidad, con un uso entre tautológico y performativo, pero siempre engañador.

Ya la constitución de 1812, la Pepa, establecía con más ingenuidad que efecto, que el amor a la Patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles, y asimismo el ser justos y benéficos. Dicho y hecho, unos santos varones y hembras, como desde entonces hemos podido comprobar. Ese artículo, estrictamente aplicado, habría llevado a presidio a gran parte de la población, lo que ciertamente hubiera evitado muchos males. Como resultaría arduo, costoso y problemático, se acaba optando por poner la cárcel fuera, encerrar al personal en una celda mental que usa las palabras como barrotes.

Hay muchos orates y chamanes que viven en un perpetuo hágase la luz, confiando en que sus conjuros y abracadabras modifiquen la realidad, creando una nueva. Usan las palabras como encantamientos o polvos mágicos, como especias y aderezos que disimulen lo indigesto, insípido y diluido de su caldo ideológico, un cocimiento de su cocina adanista que tiene por ingredientes la demolición de toda costumbre, uso o tradición de un pueblo al que desprecian, la falta de respeto a las leyes y la descalificación de los que las aplican, la renuncia a la verdad y el desdén a la palabra dada, el desprecio por las formas, su falta de sustancia, sus grumos y la falta de limpieza con que se ha cocinado el guiso. Ni las manos se han lavado. No es raro que estas cocciones y adobos lleguen a ser infecciosos, pura salmonela verbal que acaba afectando al cerebro de los que se habitúan a alimentarse con ellos en el recogimiento de sus conventos.

Derecho a decidir, así a granel, eufemismo que enmascara el inexistente derecho de autodeterminación; voluntad o mandato popular, como carta blanca para el mesías de turno que se considera su único intérprete y depositario; restablecer o recuperar, para referirse a conseguir lo que nunca se tuvo, a volver a ser por fin lo que nunca antes se fue; llamar nación a lo que sólo es una pequeña parte de la única existente, plurinacionalidad por disgregación, federalismo asimétrico por institucionalizar la desigualdad y el privilegio entre ciudadanos antes iguales, referirse a los bancales o a las lenguas como sujetos de derechos que se arrebatan a las personas, decir que se persigue la concordia dividiendo al país en dos bandos irreconciliables separados por un muro que ponga a unos, los condenados, a la derecha y otros, los salvos, a la izquierda de Sánchez, un dios menor encastillado en su olimpo monclovita; el ver como mayor expresión de la democracia y respeto a la voluntad popular el hacer ley de las aspiraciones y desvaríos de grupos marginales electoralmente, es decir hacer suyos a cambio de apoyos parte de programas ajenos y antes combatidos que han sido rechazados mayoritariamente en las urnas, creyendo que cincuenta hombres forman un ciempiés en el que quien acaba mandando no es la cabeza, sino los pies que andan cada uno hacia un sitio diferente. La cabeza, con tal de marchar delante, se deja llevar y ni le preocupa la ruta ni se molesta en mirar hacia dónde le empujan los de atrás. ¿Qué podría salir mal?

No he entrado en escritos anteriores a argumentar en contra de algunas leyes y medidas porque hacerlo sería aparentar que realmente se debate algo, cuando ya está todo el pescado vendido, metáfora muy apropiada para el caso. No cabe el argumento, ni a favor ni en contra, cuando estamos ante una simple e indecente transacción de impunidades a cambio de permanencia en el gobierno. Como no hay nada más, todo lo que se pudiera añadir sobra, como el discurso urdido a posteriori por los promotores y defensores de tales desafueros. No cabe jugar con las palabras, aunque poco más pueden hacer para defender sus súbitos cambios de rumbo y sus rendiciones, siguiendo los pasos y el guion de la ventana de Overton. Hacemos lo que nos conviene o se nos impone, lo que nos parecía inconcebible y prometimos que nunca haríamos, y luego ya se nos ocurrirá alguna explicación. La parroquia ya está acostumbrada y los acólitos también han perdido la vergüenza. Con su pan se la coman y las urnas dirán, cuando toque.

Tal vez una de las palabras más equívocas, maquiavélicas y arteras de las que se nos imponen y que muchos nos negamos a dar por buenas, sea la de progresista. Aquí tendríamos un problema de petición de principio. Cualquier discusión en la que se admita sin rechazo ese señuelo es estéril por tramposa. Porque exige dar a una de las partes la razón de antemano, incluso antes de enunciar su idea o su propuesta. Si en Tebas lo dicen, en Tebas lo deben de saber. Roma locuta, causa finita. Si nosotros somos el progreso, los buenos, claro queda todos los demás sois los malos, los enemigos de avances y mejoras. Todo aquello que a nosotros, los ‘progresistas’, se nos pase por el magín, por definición, es lo acertado, la luz, lo benéfico, lo moral, lo conveniente, lo que traerá el progreso, como nuestros títulos indican. A los otros os queda el error, la oscuridad, la mala intención, la estupidez, la incultura, la indecencia y la maldad. Pensamiento religioso en estado puro: la fe verdadera frente al error culpable de los idólatras, la gente del libro frente a los paganos. 

Sobran argumentos, datos, realidades, medias tintas y matices. La verdad es una e indivisible, y la tengo yo, de forma que poco queda que debatir. En cualquier conversación en la que aparezca ese embeleco habría que parar y preguntar a quien se ampara en esa capa cuándo, cuánto, cómo y en qué ha contribuido al progreso. Tanto la persona que habla como la ideología que defiende y representa, por supuesto refiriéndonos a los resultados. A los éxitos y a los fracasos, a las consecuencias, no a las teorías, los discursos y las palabras. Quedaría claro quién en la historia, con sus luces y sus sombras, ha dado lugar a espacios de libertad, de justicia y de progreso cierto y verdadero y quien, contradiciendo a sus dulces palabras y promesas invariablemente incumplidas, ha creado infiernos de opresión, miseria e injusticia. Si nos referimos al fascismo, al de verdad, una inmensa mayoría, que casi se acerca a la totalidad, lo rechaza con abominación. Sin embargo, otra ideología igualmente totalitaria y criminal, más paralela que opuesta, aún parece que puede engallarse y mostrar nombre, símbolos y proyectos sin vergüenza, dedicándose a veces con relativo éxito a intentar retocar una Historia de la que no tienen ningún motivo, ni uno solo, para estar orgullosos. Sólo pueden recordar sin sonrojo aquellos cortos episodios en que algunos antecesores dejaron de ser lo que siempre han sido, efímeros aciertos que precisamente es lo único que sus sucesores hoy les reprochan y procurar corregir. Cuidando las palabras, poniendo pie en pared cuando nos quieran engatusar con ellas, evitaríamos tener que seguir hablando por hablar, enredados y perdidos en las nieblas de un debate teológico de imposible resolución.

Sólo faltaba el sindiós de los nuevos puritanismos, las palabras de las tribus identitarias, de los populismos de uno y otro lado, lo woke y lo política y supuestamente correcto. Ahora ya estamos todos.

 

martes, 28 de febrero de 2023

Epistolilla pendular

 

Siempre he creído que el laicismo es un avance de la civilización, algo propio de las sociedades avanzadas, libres y democráticas. Para mí el laicismo no está reñido con el respeto a las creencias individuales, todo lo contrario, es una libertad a proteger.

 Simplemente es exigible que el estado no haga suyas esas u otras creencias y evite, en consecuencia, que nadie intente que las leyes se ajusten a ellas. Ahora bien, eso es también de aplicación a las nuevas religiones, a todas esas ideologías que, desde ambos extremos, pretenden hoy obrar como las religiones tradicionales hicieron y hacen donde y hasta donde se les permita. Las sectas ideológicas o identitarias deberían sujetarse al refrán cervantino del debajo de mi capa al rey mato, pero la sociedad no debería consentir que consigan imponer sus criterios en las leyes, como palabra de Dios, fuera de toda desobediencia y contestación. Al final, muchos se conforman con cambiar de clérigos.

 Leo que en Canadá se intenta imponer un curso de reeducación al psicólogo y académico Jordan Peterson, cuyas opiniones, más que defendibles, chocan con ciertos desvaríos de la llamada cultura woke, en este caso, las más extremas políticas de género. Y se me ponen los pelos como escarpias. Eso de reeducar, dado en Ontario por bueno como castigo o solución, tiene tufos de triste recordación, aunque a muchos, precisamente las nuevas curias, siempre les hayan gustado esos aromas del oriente.

 Me alegra haber leído en otro lugar que Alfaguara, quien tiene en España los derechos sobre la obra de Roald Dahl, de acuerdo con los herederos, no censurará sus textos para acomodarlos a la hipócrita, engreída y casposa moralina de las nuevas correcciones que, ovejunamente, imitamos del mundo anglosajón.

 Una editorial inglesa, también de acuerdo con sus herederos, que por vender a todo se avienen, acuerda revisar los libros de Roald Dhal para podarlos de inconveniencias e incorreciones y, de esa forma, acomodarlos a los tiempos. Es decir, estupidizar esos libros que han entusiasmado a niños y niñas, tanto como a los adultos, durante varias generaciones. En sus libros ya no habrá gente gorda, ni nadie podrá tener cara de caballo, ni siquiera padre o madre, sino progenitores, los niños leerán Orgullo y Prejuicio de Jane Austin en lugar de Jack London. No es la primera vez que sucede un disparate semejante. Incluso de mayor gravedad, como el despido de docentes, la eliminación de libros en bibliotecas, cuadros en museos o películas en las plataformas, llegando a la cancelación de creadores díscolos o al olvido de clásicos que hace dos mil años eran machistas, belicosos y racistas. Derribo de estatuas, cambio de nombre de instituciones dedicadas a próceres de un pasado que se pretende corregir borrando supuestas incorrecciones, de la imposición del algodonamiento del lenguaje y de las ideas, en evitación de afrentas y ansiedades entre los miembros más frágiles de minorías y grupos que se sienten victimizados.

 De esta forma absurda e improcedente, damos a una minoría, los predicadores de la religión woke, un poder de censura que acertadamente y con grandes conflictos costó siglos arrebatar a otras religiones, por cierto mucho más mayoritarias que estos movimientos neopuritanos. Les damos una patente de corso para modelar la corrección de la forma de expresarse ciudadanos y autores para que no ofendan a los menos, mientras, en aras de la libertad de expresión, damos por buenas ofensas gravísimas a las creencias y valores de los más. Los mismos que ven de recibo que en una televisión pública catalana un supuesto cómico y descerebrado indudable diga que quisiera que se la chupe la reina de España, se espantan porque en un libro se diga que una bibliotecaria tiene cara de caballo, está gorda o es negra. Presidentes de esa región pudieron decir que los andaluces son gente a medio hacer, con graves déficits intelectuales o culturales, que el resto de los españoles somos bestias inmundas, personas con defectos genéticos que podrían con su mestizaje con los aborígenes del principado hacer degenerar la raza. De esto no hay que espantarse, que ellos nos irán diciendo de qué tenemos que hacerlo. Eso demuestra que en realidad no defienden lo que dicen defender, ni la corrección, ni el respeto al otro, al diferente propio ni al igual foráneo, ni a nadie. La igualdad es un valor indeseable. Quieren hacer visible lo que les gusta y hacer desaparecer lo que no, quieren imponer su valoración moral de conductas y de ideas, bueno si es propio, malo si ajeno. En fin, ya sabemos que cuando el diablo no tiene nada que hacer con el rabo mata moscas, pero la enfermiza obsesión por controlar y moldear la sociedad a su gusto que caracteriza a la izquierda más casposa, estéril y dañina, además de mostrar su congénita incapacidad para contender con éxito con los verdaderos problemas, que enuncian y describen a veces con acierto, pero nunca pasan de ahí, revela, si falta hacía, su naturaleza totalitaria y controladora. Si se les permitiera, toda la sociedad sería obligada a hacer, ver, leer, hablar, pensar, recordar y apreciar todo aquello que ellos consideran adecuado, fuera quedarían las llamas del infierno. Del infierno de la libertad, pues su problema es que no conciben una sociedad libre, aman las dictaduras aunque evitan vivir en ellas si no es al mando y se convierten en una curia retrógrada que se viste con las estolas de un progresismo que les es ajeno.

Lo único, en cierta forma, esperanzador es que, cuando se llega al disparate, punto que rebasamos hace ya mucho tiempo, no queda más camino que desandar parte de lo andado en la mala dirección, encima tenida por suma de las correcciones, y ya se va atreviendo bastante gente a decir lo que ya pensaban y callaban por no desentonar con el coro unánime y ovejuno que vienen entonando los más tontos desde hace ya muchas lunas.

 Edificios muy altos, pero asentados en cimientos débiles y construidos con malos materiales, acaban cayendo inevitablemente, a veces por el soplo del viento, cuando les llega la hora. Un criminal que no dejó ningún delito sin cometer, como Al Capone, sólo pudo ser detenido por evadir impuestos, el menor de sus crímenes. Después del pelo largo viene el corto, tras los pantalones de campana, se van estrechando hasta impedir la circulación en las canillas. En aras de la novedad y la sorpresa, tan a menudo confundidas con el progreso, la moda —argumental o indumentaria— necesita pendulear, ir de un extremo al otro. Suele ser cuando se llega al extremo, alcanzado el nivel de lo incómodo, lo peregrino y disparatado, cayendo en lo risible y lo dañino, cuando empieza el cambio hacia la otra dirección.

 En el pensar ocurre lo mismo. Eso en el caso de que se piense, pues hay más ecos que pensantes. Hay quienes dan por buenas, hasta por indiscutibles, ideas y posturas que ni siquiera se habían llegado a plantear en su ya larga vida. Se indignan, manotean y escenifican espantos hoy, por lo que hasta ayer ni se les había ocurrido. Critican y censuran hoy lo que han dicho, hecho y leído durante toda su vida. Lo hasta ahora lateral o irrelevante, se torna central e irrenunciable, lo minoritario o marginal se quiere hacer común y multitudinario y lo antes dudoso deviene en indiscutible. Como es natural, tan súbitas conversiones y sobrevenidas seguridades no pueden responder a otra cosa que a buscar el calor de la compañía numerosa y que creen dominante, a ser posible con el barniz de la vanguardia, que tanto rejuvenece. Más escenificación y fingimiento que convicción hay en esas evoluciones y muchos de los que hoy defienden una cosa con ardor hipócrita, dentro de poco defenderá la contraria, si eso es lo que se impone en su grupo de referencia. Dejarse llevar por la corriente siempre es más cómodo que bracear en contra y, cuando no sopla el viento, hasta la veleta tiene carácter.

 No es raro que, sobre todo a ciertas alturas de la vida, tras haber puesto tanta carne en el asador, de haber dicho tantas cosas con tanta superficial convicción, después de haber comprado tantas papeletas para esa rifa, cueste mucho trabajo plegar velas. Sobre todo por la cara de tonto que se te queda al reconocer para los adentros que has sido presa de la moda o de la creencia de la tribu en que ahora era la nuestra. Yendo muchos para allá parecía menos probable que no acabáramos llegando a algún sitio, si acaso al siglo XIX, como les está ocurriendo.

 No hay que echar las campanas al vuelo, que estos son pequeños éxitos de la razón y del sentido común contra la moda censora que promueve la neolengua, algo tan viejo. Pero es cierto que va en la buena dirección. Varios artículos he leído estos días indicando que el péndulo ha llegado al fin de su recorrido y que empieza a regresar hacia el equilibrio, esperemos que no hacia el otro extremo. Había que llegar hasta el desvarío, el abuso, la sinrazón, para que algo como los textos de Roald Dhal, un asunto menor comparado con infinidad de disparatates y locuras, supusiera un punto de inflexión. Pudiera ser. Al menos han hablado muchos que hasta ahora otorgaban callando. Pero hay multitud aún agarrados a la brocha sin ver que su escalera va desapareciendo, si es que alguna vez existió. Y para algunos esa escalera era the starway to heaven de Led Zeppelin, esa escalera al cielo que imaginaron, creyendo que es oro todo lo que reluce.