martes, 5 de enero de 2016

Epístola vanguardista



Queridos hermanos:
    Reconozco que todo lo que leo sobre Cataluña, no me deja indiferente, aunque ganas dan de desenchufarse del tema y Dios dirá. Pero no puedo evitarlo. Jugando con las palabras puedo afirmar que, en principio, no me interesa el principado más que Andalucía, Extremadura, Asturias o Melilla, pues no es Cataluña ni más ni mejor que cualquier otra parte de España, esa nación maravillosa que muchos llaman “este país”. Y yo me considero más español que estepaiseño. Pero yo he vivido de niño allí. En Tarragona, cerca de la plaza de toros, mientras mi padre, impresor, era maestro de taller en la Universidad Laboral de aquella pequeña ciudad. La Rabassada, el campo de Marte, Sitges, Salou, las cuestas del Garraf… forman parte de mi infancia y  no puedo considerarlas extranjeras. No lo son.
 Más tarde, curso escolar 1978/79, que empezamos dictatoriales y terminamos constitucionales, mi primer destino definitivo como maestro, tras catorce meses y un día de vigilar una garita en La Coruña, me llevó forzoso a Viloví del Penedés, que aún no era Vilobí, pues Cataluña y otras regiones necesitaban entonces maestros, profesión mal pagada y poco estimada, escasamente atractiva en un lugar con tantas facultades universitarias como Barcelona. En lo que luego sería mi región, Castilla La Mancha, entonces no había ninguna universidad en las cinco provincias que ahora la forman. El alcalde, cuyo nombre recuerdo, aunque no lo cite, no ahorró decirme que preferían maestros catalanes y hasta puso ciertas pegas en firmarme la preceptiva toma de posesión. Tras largas colas varios días en la infinita calle Aragón de Barcelona, reclamé lo que, a la fuerza y contra mi voluntad, era mío y tomé posesión de esa escuela para cuyo desempeño había sido nombrado en el Boletín Oficial del Estado. Allí trabajé junto a un leonés, una murciana y un director de Tortosa durante un curso, pues era una escuela graduada con cuatro unidades, y lo llevé lo mejor que pude comiendo conejos a la brasa y bebiendo cava a quinientos kilómetros de mi familia, mi música y mis amigos. 
    Tuve suerte, pues a otros compañeros de profesión los enviaron a Basauri o a algún villorrio del país vasco, en una época en que a estos funcionarios allí desplazados les daban licencia de armas. O a Hierro o la Gomera, lugares tan maravillosos como apartados. Aunque a disgusto, había que entender que, como funcionario, pudieras ser destinado a donde tu país te necesitara. Hoy seríamos menos contentadizos. Y más visto lo visto.

    Yo vivía en Vilafranca, pues en Viloví, pueblecito muy cercano, no había en donde hacerlo. El autobús salía sobre las 7:30 de la madrugada y era mucha distancia para ir andando  a diario. Llegaba a las ocho menos veinte y cuando abría la escuela a las 9 ya me había tomado seis cafés y, la verdad, siempre estaba de los nervios en esos meses entre el alcalde y la cafeína. Ahora pienso que debí comprarme una bicicleta. Al final busqué un coche, y un alma caritativa me prestó un Renault 4L con tres marchas con el que no podías quitar la vista de la carretera ni las manos del volante pues tenía una querencia casi imbatible a irse al ribazo. Salvo algunos de fines de semana, todos los viernes me volvía a Albacete o a Alicante a ver a mi novia. 

     Recuerdo comparar las carreteras bien asfaltadas que unían los pequeños pueblecitos de nombres musicales y rimbombantes cuando autobuses pagados por la administración nos llevaban con nuestros alumnos a competiciones deportivas. O el día de San Jordi, cuando la Caixa de Estalvis de Cataluña nos regalaba, no recuerdo si rosa, pero al menos un hermoso libro sobre el románico catalán, o un juego de pluma y bolígrafo con motivo del día del maestro. Tal vez que la diferencia abismal entre esos pueblos, tales carreteras o tamaña prosperidad y las de muchos otros lugares de España en parte se haya suavizado, es algo que debamos hacernos perdonar.

    En cuanto pude abandoné definitivamente a Tarradellas,  a la sazón presidente de la recién recuperada Generalitat, que con el tiempo ha resultado ser el único presidente en verdad honorable de esa comunidad autónoma,  y me vine para mi tierra. En Alpera me recibieron infinitamente mejor y allí viví muchos años, hice muchos amigos y de ese pueblo maravilloso sigo guardando afectos y buenos recuerdos. En realidad, de Viloví tampoco los tengo malos, salvo cosas que el tiempo ha dejado en simples anécdotas. Viniendo de una garita, el cambio fue sustancialmente a mejor.

    No me sentí maltratado por Cataluña, si acaso por algunos de sus  dirigentes y otros inmigrantes conversos que ya apuntaban maneras. Nunca tuve problemas con la lengua salvo con algún cristiano nuevo, tal vez de mi tierra, que la utilizaba como un converso hace con la tajada de tocino, para mostrar ante los nativos la firmeza de su fe. Incluso en una especie de casino de Vilafranca, puedo recordar a un provocador suicida que vestía equipamiento oficial y bandera del Real Madrid cuando por las tardes retransmitían un partido de fútbol, como la final de Basilea, cuando el Barça venció por 4-3 al Dusseldorf. El madridista era consentido, aunque diana de toda clase de bromas, benévolos escarnios y comentarios jocosos, pero tolerado, no insultado. Hoy dudo que saliera vivo de allí.

    Vivos, pero a la fuerza, tuvieron que salir pocos años después de la región miles y miles de docentes que recibieron un telegrama de la Generalitat ya pujolista, conminándoles a pedir el traslado en un plazo de días a otros destinos fuera de la comunidad, pues no habían acreditado suficiente conocimiento de la lengua catalana, una condición impuesta y sobrevenida que hacía de Cataluña un coto laboral cerrado para los nativos. Una deportación estalinista perpetrada por neofascistas, una depuración étnico-cultural consentida, un abuso permitido que burlaba, entre otras muchas cosas, los principios constitucionales de libertad de residencia, de trabajo y de igualdad de derechos entre todos los españoles. Está claro que, ante la permisividad vergonzosa del gobierno central ante tal infamia, estos docentes se vieron indefensos y avasallados. Una más de las muchas cesiones que la compra-venta de votos en el parlamento nacional habían conseguido estos xenófobos supremacistas en su plan totalitario de segregar una parte de España, donde campar a sus anchas y avasallar a todo lo que sonara a español. Cuando escucho hablar de cumplir este o aquel principio de la Constitución por parte de una mayoría de mesetarios desentendidos, cuando no favorables a este proceso tan poco democrático, oscilo entre la risa, el llanto y la rabia. Llegué allí, como muchos otros, a la fuerza, cuando nos necesitaban. Cuando ya estorbaban a sus planes de depuración cultural y lingüística, de base etnicista y fondo económico, fueron arrojados sin contemplaciones de la región, donde vivían y trabajaban. El gobierno central y el resto del país estaba en otras cosas. Si se les permitió semejante deportación forzosa ¿qué límites se les pondrán? Me temo que ningunos, en todo caso, dependerán no de la justicia ni de la ley, sino de las conveniencias y debilidades de los partidos para sumar votos con que gobernar. Lo que no deja de ser pagar con los derechos vulnerados de los ciudadanos que los sucesivos gobiernos echan a las arenas del circo nacionalista, unas fieras ombliguistas y ensimismadas. Mientras se actúe desde el Estado de esta forma rendida ante estos dictadores "blandos" regionales, nadie hable de igualdad, de justicia, de Consitución y de otras garambainas.

Siempre he defendido a Cataluña, a su lengua, sus costumbres, sus canciones, su cultura y sus gentes, que siempre he diferenciado de sus lamentables gobernantes que, como buenos españoles, poco difieren de los del resto de España. Igual de mediocres, ladrones, soberbios, ineficaces y sectarios. El nacionalismo añade algo más de irracionalidad y engreimiento, si cabe.

    Como músico, siempre me ha llamado la atención, de forma irritante e incomprensible para mi, tengo que decir, que la gente soportara en bailes, emisoras, discotecas y demás lugares, una música en un inglés que le resultaba incomprensible, que nadie pareciera percatarse que la ópera estaba en italiano, en alemán o en swahili, pero mucha gente levantara inquieta la oreja al escuchar una hermosa canción de Lluis Llach, compuesta antes de perder el oremus ora de soñar y cantar viajes a Ítaca ora de que la barretina  de lana gris le apriete las meninges. España  nunca ha valorado la riqueza lingüística que tiene, ni defendido como propias todas las lenguas del Estado, error que los nacionalistas han resuelto demostrando, como buenos españoles, ser igual de irracionales y totalitarios, despreciando e intentando arrinconar una de las dos lenguas que tienen la inmensa suerte de poseer.

    De mi inicial simpatía y comprensión, los acontecimientos y ciertas opiniones y lemas, me han ido empujando al desconcierto, a la tibieza más tarde para terminar en una hostilidad defensiva. No puedo tolerar que se me llame ladrón, pues tienen en casa quien les robe a manos llenas, ni que se dé a entender que vivimos a su costa, que la palabra español sea allí un insulto en boca de algunos, —quiero pensar que son los menos—, que personajillos como Cucurrull, estiracen de la historia, otra de mis querencias, hasta un ridículo que, como signo de la altura intelectual de los impulsores del “proceso”, es la prueba definitiva de que no están en buenas manos. 

    La deslealtad de achacar las consecuencias de la actual crisis a la rémora que para Mas y sus secuaces supone la pertenencia a España, reuniendo el legítimo amor a la propio con el más mezquino y egoísta de los intereses económicos, recurriendo a maltratar las estadísticas como con la historia suelen hacer, es algo que será difícil de olvidar en momentos más prósperos. Tal vez en lo único en que lleven razón sea en que nunca nada volverá a ser lo que fue. Y malditos sean quienes han conseguido enfrentar a una parte de la sociedad contra otra en gran parte para evitar que sus latrocinios, evasiones y mordidas sean investigadas por la justicia española. Es imprescindible crear otra. El juez Vidal se ocupará del borrón y cuenta nueva mientras nosotros nos encargamos de entretener al personal con banderitas y manifestaciones, en hacer de cada día una fecha histórica, de cada voto el voto de tu vida, de cada acercamiento de la justicia a nuestras trápalas una afrenta a Cataluña, de cada problema derivado de nuestra gestión no mala, sino inexistente, otra nueva agresión de España. La histeria y la paranoia que antes solían conducir al psiquiátrico actualmente te pueden llevar al gobierno, pues hoy en día son dolencias indispensables para ser alguien en la Cataluña oficial.

viernes, 23 de octubre de 2015

Epístola turística


    Hubo una época en que los viajeros románticos acudían en peregrinación a España, que era el país del Oriente más a mano, para admirar sus ruinas y observar a sus pintorescos habitantes, asombrarse ante sus extrañas y primitivas costumbres y volver a Londres quemados por el sol ardiente y oliendo a ajo y aceite de oliva. Aún podían en aquellos tiempos satisfacer sus ansias de aventura recorriendo tortuosos caminos de cabras por Sierra Morena, que de otros no los había, con la esperanza de darse a vistas con algún aborigen ataviado como un bandolero. O visitar Mojácar y otros pueblos del sur para ver en las  calles retorcidas asomarse a los zaguanes y celosías a mujeres embozadas por sus lutos, sin tener que desplazarse a la lejana Arabia. Con suerte se tropezaban por esas serranías con un bandido de verdad que les aliviaba el peso de las alforjas y se alejaba mohíno en su mula con la faltriquera llena de billetes de su majestad británica que luego no le tomaban para pagar la cazalla. En las mal cuidadas y peor provistas fondas y casas de posta los arrieros aplazaban su atronadora partida de dominó, que arrancaba astillas de las mesas, para arrebatar a aquellos protoguiris los restos de calderilla de los bolsillos, utilizando armas de don Heraclio Fournier, premiadas en la Exposición Universal de París de 1889, a la sombra de un adefesio de hierros que en su momento no gustó.

    Los bandoleros han cambiado hoy en día las sierras abruptas por la comodidad de la corte y de otras villas de importancia en la costa. Desde allí dirigen bancos, empresas de electricidad y telefonía, carburantes y autopistas, entre otras lucrativas actividades reguladas, pues saben que para un forajido, la competencia es el fin del negocio. Se han comprado un traje de Armani, han cambiado el trabuco por un teléfono móvil y, fieles a sus costumbres y su amor a las alturas,  se refugian en las inaccesibles cumbres de las urbanas cordilleras de hormigón que previamente levantaron para, encaramados en tales cimas, como buitres acechar a sus presas. Desde los áticos roban de forma más pulcra y menos arriesgada a toda la población, teniendo a sueldo a quienes antes les perseguían y hoy gobiernan. Ni unos ni otros se ocultan de ello y cuando se retiran, son recogidos amorosamente.

    Desaparecidos del país aquellos tipos ya anticuados, muchos políticos de distinto pelaje han decidido reemplazar a esos castizos personajes para que España no pierda sus atractivos turísticos y han conseguido convertir la piel de toro en una continua performance. Por el momento la cosa funciona y hemos vuelto a batir record de visitantes foráneos.

    Han descubierto algunos caciques que en realidad, no hace falta gobernar, que la almendra del tema es tener entretenido al personal. Los más nuevos en la industria, empiezan por lo más fácil, como volver a cambiar los rótulos en las calles, pues borrar la mención a un general, aunque mandara tropas en la batalla de las Termópilas, es algo que siempre gusta a la peña. Siempre queda el recurso de quitarle el busto a Pemán, la calle a Muñoz Seca, la plaza a la misma España y dedicárselos a un actor con más méritos. Al menos más afín. No son necesarias brillantes ideas ni realizar reformas con molla. Si la cosa va mal y no cuadran las cuentas, que es lo suyo, siempre se puede echar la culpa al anterior mandamás diciendo que aún fue más inútil y más ladrón, cosa casi siempre cierta, pues más años tuvieron para depurar el sistema. Pero dando tiempo al tiempo, todo volverá a la normalidad y habrá más cambio de caras que de formas. Ya apuntan maneras.
  
   Aunque pudiera parecer ardua tarea para los decanos de la política el dar con algún nuevo producto que ofrecer a los votantes, no es así. Tienen caretas de recambio y nada les detiene, pues ideas nunca las tuvieron. En Macondo le prendían fuego al cine al ver redivivo al romano cuya muerte en el circo lloraron con sentidas lágrimas, reencarnado en cuidador de vacas de Texas en otra película. Pero nosotros tenemos mayores tragaderas y por promesa de renovación tomamos a rostros que hemos visto volverse azules en carteles electorales pegados a los muros, anuncios de otras vetustas y fracasadas formaciones concurrentes a los comicios de las últimas décadas, y damos por bueno su cambio de papel y de argumento. Lo de que te conocí ciruelo que esgrimen contra las tallas de los santos no es de aplicación a estas reconversiones industriales aplicadas a las formaciones políticas.

    Los más creativos, o más bien los más desesperados, apremiados por la justicia que les va acorralando, cuando las banderas ya no pueden tapar tanto, intentan huir del país con sus camarillas, que los dineros ya los tenían fuera, cosa por otra parte no nueva. Lo innovador, aunque tampoco lo es del todo, es querer llevarse consigo la parte del país que con tanta finura administraron durante décadas. Y esquilmaron. Hasta ahora les había funcionado el dar una verónica a la justicia y a las sospechas generales, escamotear en el último momento su cuerpo con grácil desplante y dejar las astas del Estado enfocadas a la indefensa patria que se quiere construir. Indigno ataque, se dirá desde el palco al respetable que por un momento duda ante la suerte. Luego en la televisión lo explicaremos mejor. Lo malo del sistema es que no puede aplicarse muchas veces, que al pueblo le ocurre como a esos toros resabiados y curtidos por engaños diarios en las fiestas de muchos villorios y aldeas, que escarmientan y acaban aprendiendo a ignorar el trapo y ya atinan al bulto. Hermosos países crearían estos trileros. Dinamarca ni Suecia, tan de su gusto, no se fundaron, según creo, sobre pilares tan débiles y con unos padres de la patria tan mediocres y pringados. Aunque el jefe de la oposición más parezca el novio.

   Aunque en principio destinadas al consumo local, a su propia supervivencia en la industria gubernativa, todas estas invenciones nacidas para confundir a los nativos, apartando su vista de la inoperancia y de la rapiña de quien los dirige, han acabado siendo un atractivo turístico, con lo que vuelvo al principio de mi escrito. Estos espectáculos, carísimos para nosotros pero gratuitos para los que vienen de fuera, complementan el sol, las playas y la gastronomía y el conjunto resulta irresistible para quien busca emociones nuevas y exotismo en lugares cercanos y relativamente seguros.

   ¿Cómo podría resistirse un Phileas Fogg actual a acudir a un duelo a muerte en el Bernabéu entre el general de infantería retirado, señor Monzón, y Willy Toledo? Cuando, mientras toma su té en el Reform Club de la calle Pall Mall de Londres,  lea el desafío en el periódico sale para España echando leches.
El alcalde de Ferrol, en traje de gran gala, en la recepción a los comandantes de las fuerzas de la Otan de visita a la ciudad
   Al llegar a España, tal vez como primer aterrizante en un aeropuerto de estrena, quizás apenado ante el desaliño de un indigente que le mueve a ser caritativo, se sorprenderá cuando le digan que le acaba de dar una limosna al alcalde de la ciudad. Si ve a una tía meando en plena calle mientras se hace un selfie, sorprendido por que no detengan a tan casposo e incívico personaje, su extrañeza se convertirá en pasmo cuando sepa que se trata de "Miss Bragas", la jefa de comunicación del ayuntamiento de Barcelona. Podrá incluso llevarse un meaner para el belén. Quien encaramado a una grúa tacha el rótulo de un polideportivo en que tan noble edificio se dedicaba al actual rey de España, no es un vándalo, sino un propio, mandado por la corporación municipal. Quien derriba el busto de un eminente escritor gaditano en Jerez de la Frontera, no es un iconoclasta yihadista, sino las actuales fuerzas vivas de la ciudad de la bodegas. Si le pilla por la zona, igual llega a tiempo a ver al Ayuntamiento de Cádiz en asamblea celebrada en una placita que huele a azahar mientras un cabestro en poder de las uvas se caga desde la tarima en los muertos de la Guardia Civil, respaldado por la sonrisa del alcalde. Si va al fútbol, podrá admirar similar gesto risueño en la jeta del representante del Estado en Cataluña, al lado del rey, mientras se silba al himno nacional. A su música que no a su letra, pues en siglos no ha habido acuerdo para dotarle de una que a nadie ofenda.

    Si atina a venir el 12 de octubre, día de la fiesta nacional, no hay en tan corto espacio lugar para relatar las maravillas que se ofrecerán a su vista. Variadísimas muestras y manifestaciones del orgullo patrio, de unidad y de honra a los antepasados que nos regalaron glorias tales como descubrir América. En cualquier otro país del mundo una historia como la nuestra, con más luces que sombras, sería valorada con orgullo. Aquí no. Prefieren algunos ir al cine a recrearse en la gloriosa historia de otros países y pasar la tarde admirando las hazañas de Buffalo Bill. No digamos de ir al desfile que conmemora la fiesta. Preferible es que en casa se quede quien se considere incapaz de mostrar a la bandera de todos más respeto que la cabra de la legión. Que muchos hay.

    Como nuestra cultura y nuestra historia es algo que, no obstante, no hay que desdeñar como imán para turistas, podrá asistir el guiri interesado en nuestro pasado a un congreso de historia catalana. En él se le corregirán errores que la historia ha dado por ciertos, y se le pondrá al día de los avances de la ciencia del pasado,  informándole de descubrimientos tales como la construcción de la Gran Pirámide de Keops por Jorditep, arquitecto catalán del tercer milenio a.C, según sesudas investigaciones del preclaro Cucurrull. La corona de  Castilla mediante costosos sobornos consiguió, tras raspar los jeroglíficos, tallar otros que en muros y pilares atribuyeran la obra a un tal Hemiunu.

    Si se desplaza a las ramblas de Barcelona a comprobar con sus propios sus ojos la supuesta ocupación militar que Cataluña sufre desde hace siglos, puede tener la rara suerte de ser sobrevolado por algunos aviones militares, obviamente invadiendo su propio país, como Romeva, miembro de la candidatura macedónico-frutal de Juntos pero no revueltos,  denunció hace poco ante Europa. Mala credencial es no tener sentido de Estado, pero también es grave carecer de los sentidos de la orientación ni del ridículo. Incluso, si el turista tiene el don de la oportunidad,  puede deleitarse con la contemplación de un barbilludo desfilante que, arropado con cuatrocientas majoretes de ambos sexos con sus varas, prietas las filas, marcha marcial hacia un juzgado. Si, mientras el turista espera que, entre los flashes, empiecen a echar el arroz al aire, le explican quiénes son y a qué van, posiblemente no lo creerá. En su país, más serio que el nuestro, sólo el ingresar en un psiquiátrico libraría a la comitiva munícipes contingentes de hacerlo en la cárcel. En todo caso dará por bien gastado lo que costó el billete de Ryanair y a su regreso al club de la calle Pall Mall les podrá contar a sus contertulio que España sigue siendo el Oriente, un país sin ley y que el exotismo y la sinrazón siguen vivos.

    Si ha preparado bien el viaje y es persona avisada, no dejará de sentarse en una terraza a tomarse una cerveza y unos pinchos cerca de un juzgado. El espectáculo es de balde. Casi da igual en qué ciudad se encuentre. Tal vez se sorprenda que quienes acuden esposados en su mayoría no son malcarados hampones con cicatrices de cuchilladas en el rostro y signos de malcrianza, demacrados por las penurias, sino encorbatados tesoreros de partidos políticos, expresidentes de comunidades autónomas, concejales y exministros, banqueros, cupletistas, jugadores de fútbol, a una antigua cabeza del banco mundial y a quien fue presidente de los empresarios del país. Incluso a una hermana del rey y su esposo.

    Si es observador agudo percibirá que España es un país que continuamente exige justicia, pero que se lamenta cuando ésta se aplica, intentando evitarlo en no pocas ocasiones. Don Quijote ya liberaba cautivos y nosotros seguimos compadeciéndonos del criminal cuando se le aplica la pena que sus desmanes merecen. No hay asesino o ladrón que no encuentre apoyos y conmiseraciones y la víctima siempre ha despertado simpatías entre el pueblo, mitad ignorante, mitad libertario. Que lo haga entre socios y conmilitones ya es menos de extrañar. La culpa es de la justicia, siempre inoportuna, siempre fastidiosa. Junto con la realidad son los grandes problemas de algunos dirigentes. Quien delinque no debería quejarse de que se judicialice su actuación. Lo peligroso es que no se hiciera.

    Muchos viven de ese victimismo y con él intentan tapar sus vergüenzas. Tanto es el descrédito que la autoridad ha cosechado a lo largo de nuestra historia que su ejercicio siempre es mirado con resquemor. De eso se aprovechan los más listos y sinvergüenzas. Estos últimos siempre reclaman acogerse a fuero propio, es decir, a la excepción, al trato de privilegio. Y normalmente lo consiguen. Tanto individuos como colectividades.

     Si no tiene a mano un juzgado, tal vez tenga suerte en los aledaños de algún ayuntamiento y vea escenas igualmente insólitas, con guardias civiles saliendo cargados de cajas de papeles, discos duros que no dio tiempo a borrar o a machacar, ediles esposados, mientras un policía local que es de la cuerda del alcalde acusado, que por eso lo tiene de jefe, denuncia a los coches de los guardias por mal estacionados. Torrente, el brazo tonto de la ley, actúa de nuevo. Si no tiene tal suerte, al menos verá cómo los regidores se entretienen en poner y quitar banderas, labor que a algunos lleva más tiempo que la administración del municipio, pues la honradez y la eficacia en la gestión es tema menor en los debates electorales. Es mejor un ladrón o un incompetente, incluso quien tenga ambas virtudes, pero de los nuestros. El ingenio local, normalmente sureño, dice de tales cosas que son para alquilar balcones.

      Más raro será que coincida con un barbado munícipe con foulard palestino que ejerce en sus ratos libres, que son los más, de bandido generoso, mientras sale con su tropa arrastrando unos carros con lo que han robado en el Mercadona para repartir entre los pobres. Lo ajeno.

     Desplazándose por autopistas de peaje como único usuario o en un tren ultrarrápido que acorta en muchos minutos la duración del viaje, permitiéndonos así prolongar media hora más la siesta, podrá recorrer la geografía nacional y visitar otros monumentos. Sería obligada visita la contemplación de un ascensor en medio de un bancal, que obviamente no llega a ningún sitio sino es a los infiernos, el costillar de un cetáceo antediluviano que iba para andamiaje de museo de la ciencia, obra inconclusa que se llevó los fondos que a la ciencia se le negaron, faraónicas obras por tamaño y estruendo, que no por solidez, y no al lado del Nilo, sino del Turia, que han empezado a descascarillarse de sus trencadises antes de que las hayamos pagado, que las levantamos fiadas. Podrá en Mallorca y otros lugares visitar algunos palacios, otrora casas solariegas de condeduques y marqueses, que hoy son vivienda de exconsejeros, concejales de urbanismo y expresidentes de la comunidad, aunque sólo puedan disfrutarlos en sus permisos penitenciarios. Eso demuestra la irreversible democratización de las costumbres. En algunos lugares afortunados, al volver un recodo en la calle puede toparse con un circuito de Fórmula 1, o al bajar a un sótano en Navalcarnero dar con unas grutas y galerías antiquísimas que el ayuntamiento acabó de edificar hace unos meses, minando el pueblo, en espera de verlas rebosantes de turistas.

    Si es viajero erudito, podrá investigar si en la Biblioteca Nacional se conserva el libro de santa Teresa de Jesús con márgenes envenenados con que Arrabal planeó matar a Franco mientras leyese sus páginas, ingenuo intento, pues a la pretendida víctima no se le conocía tal afición. Prefería su brazo incorrupto a los escritos de la santa, pero Arrabal consideraba que, de leer algún libro, sin duda sería ese. El partido comunista francés no lo veía tan claro y se truncó el plan. Además de que, en lo tocante a moradas, el general prefería las de Abd-el-Krim a las de la mística catalano-abulense. Igual encuentra en la sección de raros y curiosos la versión original del Quijote en catalán escrita por Miquel Servent, con glosas de Cucurrull.

    Cuando crea que ya lo ha visto todo, debe leer los periódicos y ver las televisiones, algunas de ellas dignas de estudio, por su mezcla de Goebbels y de Fofito. Aún llegará a tiempo de disfrutar del vídeo de Sonia Castedo, exalcaldesa de Alicante interpretando la copla “Paco, no me toques la seta”, en referencia al intento de quitar los hongos gigantes — 60.000 euros la cesta— que ella hizo plantar en la calle San Francisco, según unos para dar sombra, según otros, beneficios. Como verá la altura del discurso es excelsa.

    En fin, que mientras tengamos sol y semejante espectáculo no nos ha de faltar curro sirviendo cañas a los espectadores.

   Vale.

viernes, 10 de julio de 2015

Epístola consultiva, refrendataria, eclesiástica y pía.


 Queridos hermanos:

    Es tradición casi sin excepciones que los pueblos paguen por los errores de sus gobiernos y honren los compromisos adquiridos por ellos. Tal vez sea justo, al fin y al cabo los han elegido y mantenido en el poder. A veces hay científicos e historiadores metidos en política que, entre probetas y legajos, descubren que no es así, que las causas de sus desgracias vienen de fuera, hallazgo maravilloso por tranquilizador, pues les evita los esfuerzos de intentar solucionar sus problemas, que ahora viene a resultar que eran ajenos, fíjese usted. El enemigo exterior, la confabulación judeo-masónica, el opresor foráneo, es el fácil recurso al que suelen recurrir los caudillos, los nacionalismos y otros dictadorzuelos en ciernes para apuntalar su ejecutoria y hacer el caldo gordo para su causa, intentando unir a una feligresía diversa contra un enemigo común más supuesto que real. En el mejor caso se hace para distraer. En los casos peores se explica —o sugiere— que ese enemigo que debería estar en el exterior se encuentra dentro, entre nosotros. Lógicamente hay que aislarlo, desacreditarlo o anularlo si no entra en razón y se une a la causa. Lo que se llama darle muerte civil. No habría que buscar mucho para encontrar ejemplos más trágicos en los que se terminó prescindiendo del adjetivo, y la gramática tiene su importancia.

   Suponiendo que los electos no sean unos mangantes, lo que es mucho suponer, cualquier gobernante asume como primera misión una vez que alcanza el poder el hacer todo lo posible por conservarlo. Cuando digo todo lo posible no exagero. Casos hay en que no se privan de modificar a su gusto y conveniencia las leyes que sabiamente les impedían eternizar sus mandatos. No obstante un gobierno tiene unos límites en su ejercicio que le impiden derogar de la ley de la gravedad, pongamos por caso, promesa que no evitan quienes desde la oposición aspiran a arrebatarles la vara de mando. Tal vez lo de obviar la gravitación universal parezca un chascarrillo, una ocurrencia. Pues no, que hay otras leyes tan operativas e inmutables que se intentan soslayar, sobre todo en campaña electoral. En los casos más indecentes y desleales incluso se anuncia la intención de levitar, de no cumplir las leyes que se consideren inconvenientes. Inexplicablemente esas palabras, incluso puestas en práctica, no les llevan inmediatamente a la cárcel, como ocurriría en cualquier país democrático y civilizado. Al menos a la inhabilitación perpetua para el desempeño de cargos públicos.

    Cada partido tiene sus fieles, pues algunos de ellos son verdaderas religiones, con sus dogmas fuera de toda duda y discusión, predicados por profetas que bajan de sus sinaís con las tablas de los nuevos mandamientos que les han sido revelados, su conferencia episcopal e incluso su inquisición, sus herejes y sus cismas. Esta incondicional feligresía es la parte más preocupante del tinglado, al menos tan nefasta como los dirigentes a quienes defienden a capa y espada, que no a base de diálogo y razón. Estos guardianes de la fe son los que ponen las ramitas del nido donde crecerá la corrupción a base de justificarla y permitir su incubación desde que esta era huevo. Siempre es fácil encontrar alguien o algo peor para urdir una defensa, aunque ésta solo nos permita salvar la cara ante los incondicionales. Los esfuerzos y equilibrios que arguyen por defender a sus diáconos y hermanos en la fe llegan hasta el ridículo y el desprecio a la inteligencia. La ajena y la propia. Aunque resulta patético, los mantras repetidos una y otra vez por los acólitos adormecen sus magines, y solo desde fuera se puede percibir la falta de una mínima autocrítica entre los que forman parte de la secta.

   Por supuesto cada partido tiene sus libros canónicos establecidos en su particular concilio de Hipona,  sus padres de la iglesia y otros exégetas de referencia que en sus glosas y comentarios en la prensa afín no cuestionen los dogmas. Los feligreses procuran no abandonar ese entorno protector de unas ideas que tal vez no se tendrían de pie a la intemperie. El caso es no enfrentarse con discursos que les incomoden al poner en tela de juicio sus inmutables creencias. Ese círculo cerrado realimenta sus convicciones y hace percibir a quien las cuestiona como un enemigo. Por supuesto estúpido, mal informado e inexplicablemente incapaz de ver la luz que a ellos les deslumbra. Los resultados de las elecciones les sorprenden e irritan las más de las veces pues habían llegado a pensar que todo el mundo opinaba como ellos y sus conmilitones. Como deberían de hacer. Para padecer el síndrome de la Moncloa no es imprescindible vivir allí, que hay quien es capaz de desconectarse de la realidad desde cualquier sitio.

    Aunque dicen ser demócratas, sólo respetan a esa parte del pueblo que ha votado lo que ellos consideraban conveniente. El resto es despreciable, alienado, vendido a oscuros poderes, bien por interés, bien por ignorancia. En foros, tertulias o conversaciones en la barra del bar estos talibanes insultan y descalifican a quienes no dan en las urnas el poder a sus orates preferidos. Por supuesto ese mismo pueblo calificado de ignorante cuando opta por otras alternativas es tenido por sabio cuando atina a apoyar las nuestras. Con los jueces ocurre lo mismo. Intelectualmente no se puede ser más pobre. Moralmente, mejor no hablar.

    Como en toda religión no hay medias tintas. La fe no se puede repartir, la doctrina no se debe cuestionar, los dogmas no necesitan contrastarse con la realidad, tan molesta a veces. El mundo está poblado por buenos y malos, por fieles e infieles, por ángeles y demonios. Por supuesto los primeros en cada par son de los nuestros.

     La fe es cómoda. Nos evita pensar demasiado. El libro sagrado nos da todas las respuestas. Algunas pueden resultarnos poco razonables, chirriantes e incluso difícilmente defendibles. Pero toda religión tiene sus arcanos, impone sus ritos y a veces enfrenta a sus creyentes a misterios que mejor es no cuestionar. Menos aún a sus profetas.

     Lamento inmensamente escuchar o leer algunas opiniones de personas a las que tenía por razonables, entre ellas algunas que aprecio, aunque procuro no entrar demasiado al trapo. Incluso las consideraba inteligentes. Al analizar algunas tesis, que tanto el verbo como el nombre resultan excesivos pues los argumentos suelen ser breves y simples, uno reconoce inmediatamente qué variedad de alienígena ha abducido sus mentes. A su regreso del ignoto mundo al que sin duda los llevaron, ya no son reconocibles. Vaya en su descarga que la vida es confusa, cambiante, compleja y de difícil interpretación. Cuando han dado con una respuesta tan sencilla, con una solución tan evidente, con un profeta tan perfecto, con una taxonomía tan aquilatada que les permite poner aquí a los buenos, allá a los malos… En fin, cuando han vuelto a la Tierra con una fe tan afianzada y acrítica, es evidente que su caída del caballo les ha dejado muy perjudicada esa capacidad de razonar que se les suponía y que les debería haber sugerido que estaban equivocados al ser los únicos en dar con un arreglo tan fácil.

    Así veo y escucho con tanta pena como asombro que algunos se escandalizan de lo que nunca les escandalizó, mientras otros se ven obligados a defender lo que hasta ahora habían atacado con saña. Todo depende de quien sea el autor del twit. O de quien haya autorizado reabrir una mina de triste recordación, quien resulte ser el beneficiario de una ganancia dudosa o del uso ilícito de unas tarjetas, quien urda unos Eres criminales, quien incurra en el sospechoso nombramiento de un familiar cercano por parte de quien llegó a donde está por prometer no caer en tales indecencias. Depende de cuál sea el dios ante el que uno blasfema mientras enseña las tetas —mejor la cruz que la media luna o la estrella de David—, de en qué partido milite —vocablo amenazador— el ingresante en Soto del Real por tener las zarpas afiladas en exceso, de la filiación política de quien se fotografía meando en la vía pública, colmo de la casposidad, de la financiación ilegal del chiringuito, del maquillaje y aliño de las cuentas para escamotear unos euros a hacienda, muchos o pocos, que la decencia como el embarazo no admite grados, se tiene o no se tiene… Desde la televisión se nos reconviene sobre lo feo que está no pagar el IVA en un mensaje publicitario firmado por un gobierno que pagó la reforma de su sede con dinero negro. Desde otro palacio se indignan, algo que harían con razón si no fuera porque tienen sus sedes embargadas como fianza por los desfalfos de su partido, auspiciados o consentidos  por sus presidentes, antaño tenidos por honorables. Hay un relé en cada uno de estos fieles creyentes que se activa dependiendo del credo del autor del estímulo, abriendo o no el circuito de la indignación. Afortunadamente hay millones de personas que se abochornan de estos comportamientos. Y no votan a sus autores o se tapan la nariz al hacerlo. Por eso, quedarse en casa no es opción tan descabellada como algunos quieren argumentar. Además, si matemáticamente esto beneficiara a sus siglas considerarían legítimo y necesario lo que hoy descalifican.

    Siempre he pensado que la estupidez y el dogmatismo hacen mucho más daño que la maldad cuando se presenta sola. El malvado puede llegar a ver frenada o matizada su maldad por las posibles consecuencias de sus actos, que es capaz de anticipar. El tonto no, y al dogmático le da lo mismo, que la causa es la causa y lo primero lo primero.

    Aplicado lo anterior a Grecia y a los problemas de sus indefensos habitantes, es ilustrativo ver muchos de los argumentos esgrimidos en los últimos tiempos. Cuando digo indefensos ya tenemos la primera clave de bóveda. Cada uno habrá interpretado que tal indefensión se produce respecto a las maldades de poderes distintos. Unos obviamente al de los cicateros europeos que les han prestado demás, como avarientos mercachifles, y se empecinan en que les devuelvan lo prestado, y sálvese el que pueda. Entre los que tienen asegurada la salvación, que el agua nunca llega tan arriba,  se encuentran los que, habrá quien opine, son culpables de poner por delante del dinero ajeno la dignidad y el orgullo propios, de su nación y de sus conciudadanos, en quienes delegan el marrón de decidir cómo arreglar lo que ellos se habían comprometido a solucionar, ahora que se ven incapaces de levantar el prometido vuelo, tal vez por lo de la ley de la gravedad mentada.

    ¿Quién puede dudar del carácter democrático de un referéndum? Una consulta siempre se supone democrática, en muchas ocasiones mucho más que quienes la convocan. Lo será si lo que se decide concierne y afecta únicamente a quienes se permite votar en él. En caso contrario es más que dudoso que lo que unos decidan deba comprometer a quienes sin participar de los beneficios acordados, se vean obligados a costearlos o a sufrirlos. Esto es tan de aplicación en Grecia como en Cataluña. Como es previsible, a pesar del realizado en esa nación, que no gracias a él, se depondrán las armas y se alcanzará un acuerdo que sí o sí llevará consigo condonar gran parte de la deuda aún no perdonada o aplazada ad eternum, que viene a ser lo mismo, a la vez que se inundará con miles de millones de euros la depauperada economía griega. Si tal acuerdo se sometiera a referéndum entre los ciudadanos de los demás países que, al fin y al cabo son los que van a pagarlo, habría quien llamaría tal cosa agresión a Grecia, chantaje, prepotencia, abandono a su suerte… Además, también saldría que no. Por eso, mejor pagar y no preguntar al pueblo. Hemos elegido unos representantes y debemos dejarles acertar o equivocarse en nuestro nombre, sin grandilocuentes aspavientos ni rencor, pero con memoria. En las próximas elecciones juzgaremos su actuación y les permitiremos seguir o buscaremos quien mejor lo haga. Resulta tan democrático o más que un referéndum envenenado. Se somete a plebiscito la ratificación de un acuerdo; un desacuerdo no, que para eso están las encuestas, igualmente manipulables pero menos costosas y con menos peligros, en los casos que nos ocupan. Hace muchos años un banco me prestó un pastizal para comprarme una casa. Mi casa, que aún estoy pagando. Si en un referéndum se me planteara la disyuntiva, se me abriera la posibilidad de seguir pagando o no, claro lo tenían los del banco. Ahora bien, evidente caso de esclerosis facial sería intentar simultáneamente negociar con ellos otro crédito para comprarme un apartamento en la playa. Incluso aunque fuera para comer.

    Un chantaje es una situación en la que a alguien se le pone ante la tesitura de pasar por un aro que se le ofrece como única salida que evite unas consecuencias que se le avisan muy perjudiciales. Es lo injusto de lo que se exige, junto con la amenaza de lo que ocurrirá en caso de no aceptarlo, lo que constituye la maldad del chantaje. A mi modesto entender, entre Grecia y el resto de Europa el chantaje es mutuo, de pillo a pillo, pues ambos tienen riesgos e intereses, aunque no siempre sean los mismos, igual que compartidas son las culpas de haber llegado hasta aquí. Unos con la mala conciencia de haber impuesto unas medidas tan crueles como estériles. Otros con la de pretender seguir costeando una situación insostenible con dinero ajeno, sabiendo quien esto escribe que es un mal retrato de la situación, como todos los resúmenes. Por supuesto las víctimas han sido, son y serán los ciudadanos más indefensos. Los griegos y el resto de los europeos. Los ganadores siempre serán los bancos y las grandes corporaciones que nos trasladarán sus pérdidas. Lo trágico es que quienes nos representan, tanto en Grecia como en los demás países del euro, están a salvo de los peligros a que exponen a sus conciudadanos a veces teniendo en mente más su orgullo, su futuro político y el de sus partidos, que el bienestar que los ciudadanos que les pagan por defenderlos. Esto es de aplicación tanto a unos como a otros, pues en esta película se le olvidó al guionista incluir al bueno.

    La única verdadera revolución, a mi juicio, no sería la reedición de acreditados fracasos en otros lugares o momentos. Lo revolucionario hoy en día, tristeza da decirlo, serían la honradez, el control escrupuloso, la justicia, el esfuerzo, la inteligencia, la razón, la humanidad, el abandono de las posturas chulescas… Uno de los mayores males que un partido puede acarrear a la sociedad es permitir que lleguen a la política gentes que no merecían estar en ella, como es costumbre. Por eso es inevitable el desencanto. Comprobamos que la mediocridad y la caspa era y sigue siendo la norma, de los viejos y de los autodenominados nuevos partidos, cuyas huestes muestran caras más que conocidas por su anterior militancia en vetustas y poco exitosas organizaciones políticas que han abandonado dado el poco calor electoral que encontraban, presentadas a cara vista. Ya no se habla de la casta, pues tal país ha diluido mucho sus fronteras últimamente. Escribía hace tiempo que, como maestro, me resultaría imposible poner a mis alumnos como ejemplo a quienes nos gobiernan desde las alturas. Desde las bajuras sí que conozco, y muchos, pero no son tan populares como para arrastrar hacia la virtud a las masas. Afortunadamente ya no tengo ese problema dado que ya no tengo alumnos, porque seguiría sin encontrar modelo que proponer. Si alguien conoce alguno que me lo diga y razone. La antigüedad del mal no es descargo, justificación ni alivio, pues ese es el principal problema que nos aqueja. Con desesperación comprobamos que esto no tiene arreglo. España y yo somos así, señora