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martes, 6 de septiembre de 2022

Epistolilla conmemorativa y recordatoria

 

Hace ahora cinco años del inolvidable esperpento totalitario de las sesiones del Parlament. Desde la tejerada y salvando las distancias, es decir, los mancillados tricornios y los tiros, no habíamos visto nada equiparable en sede parlamentaria. Un episodio triste y dramático que miraron con condescendiente indiferencia, cuando no con simpatía cómplice, seguida de silencio vergonzante y después de imposible olvido, muchos amantes de la Historia y del recuerdo, siempre tan puntillosos con las garantías y observancias constitucionales por parte de los demás como olvidadizos en cuanto a ellos se refiere. No suelen andar muy finos acerca de qué convendría recordar y qué no, aunque pretendan escribir su relato en nuestras memorias. Algunos, empezando por los separatistas, vienen a resumir en la frase «poner las urnas» toda aquella pequeña y frustrada revolución de aromas xenófobos y totalitarios orquestada e inducida desde unas instituciones levantiscas pagadas por todos pero al exclusivo servicio de los delirios de unos pocos, supurados en aquellas sesiones para la historia de la infamia, con la culminación del golpe palaciego, esa declaración de independencia con record Guiness con sus 8 segundos, 8, de republiqueta bananera independiente de Damasco. Les ha frenado más su propio ridículo que la acción de los gobiernos centrales, empezando por la del indolente tentetieso de Rajoy que, al menos, tuvo un momento de coraje aplicando el 155, aunque mucho después de lo que hubiera debido hacerlo. También influyó decisivamente (incluso en Rajoy) el mensaje del rey, cuya eficacia, acierto y oportunidad recabó tanta inquina entre espumarajos por parte de los que hubieran preferido ver triunfar el golpe. A partir de ahí, partida de trileros y mercachifles, cosa no nueva, una ópera grandilocuente, una tragedia interpretada por cómicos, una función que llega al tutti final, con el coro cantándole a los protagonistas, —sujetadme, que me conozco:

Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

Poco cabe argumentar y debatir con los que así ven la cosa. Debe ser cuestión hormonal, ideológica, o psicológica, vaya usted a saber. Pero salen de fes distintas e irreconciliables. Al menos tengo claro quien está del lado de la ley, de la Constitución, de la igualdad, de la democracia, de la libertad y de muchas otras cosas importantes. Esos hechos, al parecer, vienen bien a determinados proyectos y ambiciones, unas más confesables que otras, les hacen el caldo gordo, como todas las situaciones embarradas y fangosas, únicas en las que creen que pueden pescar con facilidad algún pescado agonizante que echar a su puchero. En aguas limpias lo tienen peor, que los peces les ven venir.

En fin. Ven golpes de estado detrás de todas las esquinas, menos en las de su barrio y nada hay que se pueda argumentar, pues no va la cosa de derechos ni de verdades, sino de ambiciones, ideológicas en unos, económicas en otros, con diferentes proporciones en algunas mezclas y coupages, que de todo hay en la viña del señor.

Por eso es tan ansiado el control del poder judicial, porque antes o después tendrá que establecer hasta dónde dan de sí y de no la Constitución y las leyes, si ciertas cosas se pueden considerar moneda de pago, incluso si hay que reclamar la devolución de lo mal cobrado y peor vendido en pasadas transacciones. Y hay que tener los peones allí. Y no hay más. No nos pongamos estupendos perorando acerca de una indeseada independencia de un poder judicial que se quiere controlado.

Hace cinco años escribí varias epístolas comentando estos hechos, lógicamente bajo mi punto de vista, no sé si acertado, pero desde luego no sometido a otros límites ni intereses que lo que estimo que es bueno para mi país y lo que creo que lo pone en peligro de supervivencia. Tengo claro cuáles son los principales problemas de fondo, ajenos a las graves e inevitables coyunturas pasajeras que afectan hoy a Europa y al mundo, y también quienes son los peores enemigos del Estado, que hay varios y están dentro, como suele ocurrir. Bueno, también tenemos algún orate fugado a Waterloo, donde las derrotas.

 


lunes, 31 de mayo de 2021

Epístola indultante

Mis reflexiones acerca de los indultos a los presos del procés necesariamente entran más en el terreno de las quejas y las dudas que en el de las propuestas, pues hablamos de cosa hecha, no de un plan en el que quepa matizar o influir, algo siempre fuera de nuestros cortos alcances.

Lógicamente hay posturas enfrentadas acerca de ellos. Los que se oponen cuentan con razones y argumentos de peso. A mi juicio, más y mejores que quienes los defienden, que también tienen los suyos. Por su forma de hacerlo y lo peregrino de muchas de sus afirmaciones y razonamientos, estos últimos acaban por generar más dudas y oposición que convencimiento. Si renunciaran a la argumentación de baratillo conseguirían más apoyo entre la gente, menos estúpida y olvidadiza de lo que ellos piensan.

La torpeza y mendacidad de algunas declaraciones del gobierno (venganza, revancha) hacen que lo que podría haberse interpretado como una muestra de estiramiento respetuoso de la ley, de seguridad y confianza del Estado en sus fuerzas, aparezca como debilidad y desafuero. Puede aparentar una continuación del fracaso del Estado, de los gobiernos sucesivos, del cuerpo diplomático y de todas las instituciones a la hora de construir un discurso potente y legítimo para contrarrestar el relato, falso pero eficaz, de la parte nacionalista. Tanto dentro de Cataluña como internacionalmente, el discurso necesario por parte del Estado, cuando no inexistente, ha sido desmañado. Ha habido mucha torpeza. Algunas veces ni siquiera eso, solo inacción.

La izquierda más disolvente y vocinglera, como la derecha más extrema,  en exceso catacúmbrica a mi entender, también ayudan poco a que veamos las cosas, incluso los indultos, con calma y sensatez. Para defender los indultos cuestionan algunos la sentencia, la legitimidad y desarrollo del juicio, el tribunal, la entera justicia. Inexplicablemente del brazo de los separatistas intentan desacreditar, desactivar precisamente lo que nos ha salvado: la justicia, las fuerzas del orden público y el discurso oportuno y clarificador del rey. Alrededor de juicios, sentencias e indultos, continuamente se intenta presentar la ley, tanto como a sus intérpretes y ejecutores, como un enemigo a derribar, y para ellos sin duda lo es, como para todo aquel para quien las leyes sean un estorbo. La única forma de arreglarlo es nombrando ellos jueces más afines a sus ideas. De forma que el aspecto legal es central en el debate. La resolución del Supremo acerca de los indultos limita el alcance y reduce el campo de actuación del gobierno al terreno de la conveniencia, más que al de la justicia. Nada que rascar por ahí, aunque no pocos sigan con su raca-raca.

Durante la pandemia abundan los epidemiólogos; con la justicia ocurre igual, todos son desde hace un tiempo doctores constitucionalistas o penalistas. Si no, siempre hay un magistrado que escribió un libro, hizo un pregón o que vegeta rumiando sus rencores en los arrabales del gremio, que nos da la razón. El Supremo, como el Constitucional o el TSJC, son unos señores que pasaban por allí, parece ser, y que ya que andaban por esos andurriales fueron nombrados. Lo fueron por varios partidos. Es cosa que olvidan, como que sus fallos suelen ser unánimes.

Entre los argumentos que aportan, que más debilitan que refuerzan sus posturas, está el decir que la sedición es figura vetusta, como la rebelión. No es la antigüedad cosa que deslegitime inevitablemente una ley o una figura penal. En algunos estados de USA aun hoy se atienen algunas sentencias a lo dispuesto en las Partidas de Alfonso el Sabio, heredadas del México hijo del Virreinato de Nueva España. El asesinato es figura antigua, ya desde Hammurabi y, hasta donde yo sé, no hay proyectos para eliminar tan antañona prevención de los códigos de ningún país. Como argumento para achicar las trabas legales a la sedición y a otros delitos, no diremos que es flojito; es pura chatarra. Sin embargo, de forma tan paradójica como operativa y oportuna, actual y reluciente como moneda recién acuñada, brilla la ley que regula el indulto, que es de 1870, y que apela a la gracia regia. Este equivocado argumento, pendular a conveniencia, es más utilizado que honesto, traído por los pelos, hay que reconocer. En realidad, es de esas afirmaciones que ni siquiera son falsas.

Se equivocan gravemente, como siempre, los que para defender la conveniencia de los indultos intentan desacreditar la sentencia y a los magistrados que la redactaron. Es impecable, como lo fue el juicio. Y generosa, dada la gravedad de los hechos. No debe ir por ahí la cosa. Esos que disparatan poniendo en duda la calidad democrática y limpieza del juicio son los mismos que en el Parlament, en los manejos y abusos de la Generalitat y en la prensa que cobra un sueldo pagado por todos, pero de manos nacionalistas, nada vieron inquietante o merecedor de similares espantos. Su desinterés por la democracia es patente. Su opinión es poco relevante, van a otra cosa. Sin embargo, entre sus muletillas está esa del “no te oí yo decir…”

Dicen que este bondadoso trato, este pelillos a la mar, es propiciador del diálogo. Mal vamos. Nadie, por el mero hecho, aunque gravísimo, de quebrantar las leyes y usos de la democracia, de promover un levantamiento popular desde el poder para arramblar con la Constitución y el Estatut, merece que se negocie un armisticio en el que el independentismo derrotado trate de tú a tú con el Estado para vulnerar leyes, consolidar abusos y perpetrar otros nuevos. Más bien al contrario, deberían saber que los tratados con los que se cierra un conflicto llevan al perdedor a ceder más que a ganar. Y a pagar los platos rotos, los gastos e indemnizaciones de guerra. La tradición pastelera y rendida al chantaje ha ido dando por buena la perversidad de que ellos nunca han arriesgado nada. Sus apuestas no podían ser sino ganadoras. O llevaban a una nueva cesión del contrario, es decir, de la mayoría, o al menos se conservaban los avances conquistados. Hay que empezar a hacerles saber que estas aventuras deben de tener un coste. Que pueden perder parte de lo que ya tienen, posibilidad que nunca han contemplado, ni unos ni otros. Desde competencias indebidamente traspasadas, más viendo la deslealtad con la que se ejercen, hasta la misma autonomía, que podría ser intervenida durante un período suficientemente largo y con un alcance que permitiera desmontar la red clientelar, las estructuras educativas de hacer país, muestra de que no existe tal cosa, el control dictatorial de unos medios de comunicación públicos puestos a disposición de unos partidos contra la mitad de la población, o las embajadas dedicadas a corroer la imagen internacional de España. En realidad, hasta que en la Generalitat no haya un gobierno dispuesto y capaz de hacer esas cosas, no tiene arreglo la cuestión, todo son remiendos de tente mientras cobras. Eso de la conllevanza, que en catalán procesual se dice peix al cove.

Son precisamente ciertas defensas que leemos acerca de los indultos, como los anteriores sofismas, lo que acaba por hacerlos más difíciles de digerir. Argumentos de baratillo, datos falsos o equívocos, asunción de un relato victimista, de una particular y sesgada interpretación de la Historia, contradicción ideológica con que desde los arrabales de la izquierda se dan por buenas ideas que se oponen frontalmente al que antaño fue núcleo de su doctrina, lo que desvela más oportunismo y afán disgregador que racionalidad y aprecio por los valores de igualdad, justicia y solidaridad. Malos argumentos los que utilizan los que desean y proponen más una España de territorios diferentes que de ciudadanos iguales. Tendrían que ir haciéndoselo ver.

Hacer política. Sin duda. Los independentistas no han dejado de hacerla. Siguiendo de cerca a Maquiavelo y a Al Capone, eso sí. Los indultos, como la aplicación del 155, también son política y el mayor argumento a su favor lo ha proporcionado nada menos que Elisenda Paluzie, advirtiendo a la peña que su concesión los deja en pelotas argumentales ante ese mundo que les mira, aunque menos y peor de lo que quisieran. El Puchi queda en una posición surrealista, agarrado a la brocha del exilio pero sin esa escalera de agravios imaginarios haciendo de peldaños. Intentarán que este intento beatífico de no darles razones de queja pase por demostración de que les dan la razón, algo que también escucharemos en las bocas peor conectadas a los magines que se supone las dirigen. El fugitivo languidece en un limbo con nombre de derrota, huido demasiado lejos para que le alcancen estas medidas de gracia y vendrá resultando un gasto demasiado oneroso para las menguadas y divididas arcas indepes. Ya es un estorbo fantasmal hasta para los suyos.

Cuando se le pide al Estado que haga política se le viene a exigir que ceda, que negocie, que trate de tú a tú a quien no quiere ser nosotros. Efectivamente deberían hacer política. Es decir, apurar lo que su poder legítimo y las leyes pongan en sus manos para destruir el relato independentista y acorralarlos dejando de pensar que los pagos sucesivos, la independencia a cómodos plazos, la actitud franciscana hacia el hermano lobo, son la solución. Esperamos los gestos por la otra parte, lo que resultaría inédito, si es que se producen. Nunca estarán contentos. Sólo la independencia, etapa en la que iniciarían los lloros para reivindicar ampliar el espacio vital a sus paisos. Reclamarían nuevas e inventadas deudas históricas y, como ya anunciaron, no se sentirían concernidos por las deudas del Estado ni por ninguna otra obligación. Sus dirigentes son esencialmente deshonestos y chantajistas. Carne de psiquiátrico cuando no de presidio. Combatir esos delirios sería el marco, la base de partida para cualquier política. No caben estrategias de apaciguamiento, de ahí mis dudas acerca de la pertinencia, incluso del efecto balsámico de los indultos. De producirse, no será en los indultados. Nada es ni será nunca suficiente. Toda cesión pone la base para nuevas peticiones, así ha sido siempre y siempre les ha ido bien. Hay que cambiar el panorama, las reglas de la partida. Ellos también pueden perder, no hay que dar por buena la estrategia de que ellos nada arriesgan. Cuando pone uno en el tapete unas fichas, si la jugada sale mal se pierde lo apostado. Queda uno peor. Hay peligros que asumir. Un jugador que recoge lo ganado pero nunca paga las pérdidas se ve animado a multiplicar eternamente esas apuestas sin riesgos que los nacionalistas llevan decenios practicando. Es imprescindible hacerles entender que ellos también arriesgan algo, que esa partida amañada ya no da más de sí. Sería buena cosa ir retirando las competencias que se ejerzan de forma desleal, ilegal y perjudicial para sus administrados, aunque beneficien a algunos de ellos.

No hay necesidad de mesas de diálogo, otra cesión bastarda. Para eso se inventaron los parlamentos. Reunirse en privado con los dirigentes nacionalistas, representantes de menos de media Cataluña, tratando al Estado de tú a tú como fuerzas iguales en cuanto a legitimidad, no diré que es empezar mal, sino seguir a peor. Partiendo de la ruina hemos conseguido llegar a la miseria más absoluta.

Poniéndose uno en la posición de Maquiavelo, es decir bajando a su terreno, yo estaría a favor de los indultos. En el fondo, dañan gravemente al independentismo más radical y lo desarma internacionalmente, pues la acción de los gobiernos, desde antiguo escasa, rendida y vacilante, se ha limitado a una inactividad pusilánime, sin objetivos claros, siempre a la defensiva y deficiente en sus formas, que ha dejado el relato en manos de los enemigos de la democracia, presentes en todo el país. Estaría de acuerdo con muchos matices y condiciones. Con pedagogía y claridad, explicando las cosas sin tomarnos el pelo, como una muestra de fortaleza, no de debilidad. Pero hay muchos problemas que privan de gran parte de su virtualidad curativa a estos indultos. Primero por la persona que los impulsa, una veleta movida por los aires más tormentosos, las más de las veces en la dirección que conviene a él y a sus socios más que al país. Les resultará difícil convencer a los electores de que obran más por interés público que personal y partidista, algo que sería novedad. Sin duda, Sánchez debe de tener sus principios, aunque nadie sabe a ciencia cierta cuáles son, por cambiantes y porque su patológica falta de palabra le han privado de cualquier resto de credibilidad. Segundo, por su extrema torpeza, que es la opción más favorable a la hora de valorar el desvarío de calificar de venganza o revancha el cumplimiento de la sentencia de un tribunal en un juicio justo, que todo el mundo vio, como había visto y sufrido los hechos enjuiciados.

Aunque tendrán que ser aplicados de forma individual, adaptados a las condenas de cada uno para hacerlas extinguir, en realidad es un indulto colectivo, una amnistía grupal, un engendro legal. Doctores tiene la iglesia. Nos cuentan que es una forma de salir, como sea, (es decir, de cualquier forma) de un problema que nos creó el PP de Rajoy. Hace falta rostro, esclerosis facial y desmemoria. Hay que rebobinar más: hasta los 40 años de chantajes aceptados por PP y PSOE; también recordar a Maragall y a Zapatero, promotores principales del marrón, junto al igualmente desbordado Artur Mas. Mirar atrás ayuda poco, aunque siempre es necesario. Pero para ver cómo podemos corregir el rumbo sin perder los principios, quien algunos conserve. La culpa del crimen es del criminal, no cabe atribuirla a la víctima reprochándole no haber protegido suficientemente sus bienes o su vida. Casi todo el argumentario al que se recurre es mercancía averiada. Hay penuria argumental y, en no pocos casos y personajes, ruina moral. Son los riesgos de poner al futuro por testigo, cuando el pasado resulta poco amparador de las decisiones que se toman.

Esquerra y Junts se enfrentan a un horizonte judicial grave. Hay muchos juicios pendientes, con sus previsibles penas y, lo que no es menos gravoso, dineros que devolver y multas que pagar. Judicialización de la justicia, repetirán. Piden una amnistía general, lógico, a muchos les espera la cárcel, la ruina o ambas cosas. Consecuencia del procedimiento artero y habitual de acogerse a sagrado, de parapetarse tras los muros de la política, nombrando para cargos o incrustando en listas electorales a delincuentes para luego poder decir que se persigue a políticos, no a criminales, especies a veces indistinguibles en el principado. No hay ni habrá indulto para tantos. Algunos de ellos serán los mismos ahora indultados. Y el indulto no admite reincidencia, como los delitos que perdona.

El mejor y tal vez único argumento a considerar para conceder estos indultos con una pinza en la nariz y un Valium en la boca, es ver si convienen. No intentemos argumentar nada más porque la jodemos. Sólo podríamos tolerar, y con la nariz tapada, los indultos como un mensaje a Europa y a la parte de los catalanes seducidos por este montaje pero que aún conservan una rendija mental por donde se pudiera colar la razón. Es decir, los que no cobren de la industria indepe, que los que sí viven de ella son irrecuperables, al menos hasta que dejen de cobrar. Nada cabe esperar de ese mundo ensimismado, no les es posible plegar velas, reconocer que engañaron a todos. Hacer cierto que concederlos es demostrar la fortaleza del Estado requeriría mostrar y proteger esa fortaleza de la que presumen muchos que han trabajado más para debilitarlo que para reforzarlo. Poca robustez puede exhibir un país que tiene como socios y apoyos del gobierno a varios de sus peores enemigos. Desde luego no se hace más fuerte a un Estado desarmándolo jurídicamente, modificando figuras penales más para propiciar que para evitar delitos como los que se van a indultar. Reducir penas y despenalizar la convocatoria de un referéndum ilegal no deja de ser una curiosa forma de evitar que se produzcan otros. De las funciones del cumplimiento de las penas, ni se ha dado la reinserción, ligada al arrepentimiento, tampoco hay posibilidad de resarcir a la sociedad de los daños causados, y renunciamos para colmo al ejemplo y advertencia a navegantes. Legislar por encargo de la parte contratante de la segunda parte es lo que tiene. Los discursos con que se intenta sostener estas cosas, como vemos, son simple morralla argumental. Uno puede seguir tomando drogas, reconocer la propia impotencia para dejarlas, pero no argumentar acerca de su conveniencia. No argumenten, los indultos son más fáciles de conceder que de justificar. Su conveniencia, dudosa pero posible, hay que buscarla por otras veredas. Hay que recordar que estamos entre trileros.

Lo cierto es que más tiempo están en a calle que en la celda. Dada la blandura y laxitud con que cumplen las condenas, que en presidio les falta una pérgola y un estanque con nenúfares, a lo que se añade que pronto tendrán derecho a la libertad provisional y más cuando, tomadas las medidas que se anuncian, se les haga el traje ajustado a su talla por la revisión de la figura de la sedición. Las cosas así, tal vez le convenga al Estado mostrar generosidad, aparentar fuerza dando indultos. Decía el Quijote que «Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea por el peso de la dádiva, sino por el de la misericordia». Si entramos a considerar que tal generosidad sea un pago a cambio de apoyos, que en esta decisión hay más debilidad que fortaleza y otros condicionantes similares, llegamos a la melancolía. Sabemos que la vida no es justa, pero no busquemos argumentos para encontrar bondad y justicia en que nos caiga una teja que alguien ha dejado suelta. Se sufre y se aguanta si no hay otro remedio, pero no se dicen gilipolleces.

La coherencia, el respaldo de haber seguido con anterioridad una trayectoria sin meandros ni regates que buscando la ruta más cómoda en cada momento acaban por llevarnos a un mal sitio, así como la costumbre de honrar la palabra dada, hacen previsibles y fiables a las personas. Tal vez los independentistas hayan encontrado en Sánchez una cuña de su propia madera. Haciendo del defecto virtud, los que vienen años presumiendo de astucia y de bordear las leyes por la parte de fuera (en los mejores casos), pudieran acabar siendo los burladores burlados por alguien de su misma escuela de apuestas fuertes, pero más astuto y mejor tahúr que ellos, que ya reconocieron que iban de farol. Teniendo en cuenta que la gobernanza del principado, tras decenios a merced de orates tan alucinados como bien retribuidos, no ha ido haciendo sus levas precisamente entre los más listos, pudieran acabar cayendo en las trampas argumentales que hasta ahora tan buenos dividendos les han reportado. Incluso pusieron una pica en Flandes. Si esto va de relato, si estamos entre locos, si todo es ilusión como dijo el Supremo, quizás los indultos, infumables casi sismpre desde la decencia y la justicia, pudieran ser útiles para empezar a desportillar ese relato que ha calado en las mentes más perezosas de dentro y de fuera. Sería su única virtualidad positiva. Tal vez convenga otorgarlos aunque solo sea por joder. Para los afectados es pura homeopatía. No les sanarán. Es muy difícil, además, que nadie entienda algo cuando su sueldo depende de que no lo entienda. Y hay decenas de miles en esa situación. Nada cabe esperar de ellos. Pero los indultos podrían debilitar la ponzoña del relato nacionalista, siempre basado en el impostado victimismo. Que somos mejores que estos bandarras, es algo sabido, incluso por ellos mismos. Y con diferencia. Presumamos de bondad. Si hacer de san Francisco de Asís tampoco funciona, estaríamos en la peligrosa situación de que los cartuchos que nos quedan ya no son tan de fogueo, que es tal vez adonde los más indecentes nos quisieron llevar.

Debería ser un ultimátum expreso, no un paso más en el rosario de cesiones, un rosario más parecido al de la Aurora que al de la justicia. Dicen que volverán a repetirlo, aunque cada vez más solos y con menor convicción. Átense los machos tanto los que concederán el indulto como los que lo reciben. Si, a pesar de lo dudoso de su procedencia, ese mundo levantisco volviera a las andadas ya no podríamos seguir con los juegos florales. Deben saber, habría que demostrarles para que lo aprendan que, como hemos repetido antes, en una partida también se puede perder, que esta la han perdido ya y que la autonomía puede ser legalmente suspendida y no por unas semanas. Que no olvide nadie que las cárceles siguen existiendo.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Epístola vehicular

Busque el García

Los territorios no tienen derechos. Sólo los ciudadanos pueden tenerlos, no los bancales ni las regiones. Las lenguas no tienen el derecho de ser habladas. Ni nadie a imponer que se hablen ni que no. Son los ciudadanos los que tienen (o deberían tener) el derecho a expresarse en la que quieran o puedan. Reclamar el de ser educado en la lengua que escuchaste alrededor de la cuna, ya es mucho pedir. Cualquier política de imposición en ese terreno, sea la franquista o la de la actual administración catalana, —es decir, la misma— no puede dejar de ser valorada como un abuso con tufo a totalitarismo uniformador. Al parecer, hay una uniformidad indeseable, que abarca todo aquello que quiera ser salvado como común, como cemento que una las distintas gentes y territorios de un país, el nuestro, el de todos. Enfrente hay otra ya más noble, más defendible, esto es, la forzada homogeneidad que lamine las diferencias dentro de cada virreinato. Con las banderas ocurre igual.

¡Viva la diferencia!, pero sólo si es la nuestra. Cataluña lleva decenios malgobernada por unos fanáticos empeñados en esa obra de ingeniería social que llaman “construir país”, algo que sólo se puede hacer con los escombros del único que existe y que cobija a las diferentes comunidades autónomas. Dudoso invento que cada día muestra más lo frágil de sus costuras, pues pudiendo ser una buena idea, se hizo a estirazones, y no era diseño que pudiera funcionar cuando desapareció la débil ligazón de aquellos consensos entre gente más decente y preparada que la que desde hace lustros soportamos al mando. La deslealtad secular de algunos territorios debió de ser prevista, incorporando salvaguardas que impidieren aventuras ya intentadas, hoy ya es tarde. Y el único país existente aquí, la única nación, España, paradójicamente es la única puesta en duda, de nombre impronunciable para los mesetarios y periféricos desnortados que apoyan estos desafueros supremacistas que hablan de plurinacionalidad y de la autodeterminación de los pueblos y las aldeas. Menos de los suyos, que bien se guardarán los de Barcelona de declararse independientes de Damasco.

Que los promotores de este intento planificado de escriturar parte del territorio nacional a su nombre sean una pequeña élite acomodada, ombliguista y xenófoba, con aromas racistas, una especie de extrema derecha corrupta y excluyente, sea cual sea la denominación que le pongan al producto, no es óbice, cortapisa ni valladar —Forges dixit— para resultar apoyados por otros que dicen ser de izquierdas. Lógicamente de la peor y más extremada de las izquierdas posibles, esas que abominan de reformar la casa y ven mejor arramblar con el edificio para hacer un chamizo medieval con lo que quede de sus piedras. Será peor, pero suyo. Trasladan a la estructura del Estado, que quieren débil si es que quieren Estado, ese instinto fragmentador que les lleva a subdividirse eternamente en Frentes Populares de Judea, permutando cinco o seis palabras para bautizar sus infinitas sectas. Intuyen, saben, que sólo en los ríos revueltos, en la descomposición y en el conflicto tienen ocasión de pescar algo. Cuando las aguas son claras se les reconoce demasiado bien ya desde lejos. Cuanto más turbias y enfangadas mejor.

Lo que los separatistas han puesto encima de la mesa como elemento diferenciador, la almendra de su derecho a ser un nuevo país, siempre ha sido la lengua. Luego te ponen como ejemplo Bélgica o Suiza, o Canadá. Un solo pueblo, una sola lengua. ¿Quién dice esto hoy? Lo de la lengua del imperio era de Nebrija, era lema de la época de los Reyes Católicos, algo en parte intentado recuperar por Franco, con poco o nulo éxito. No es Vox quien lo dice ahora, aunque a algunos de ellos sin duda les gustaría; hoy son otros populistas, los Jordis, los Torras, los Puigdemonts y los Mas. E Iglesias y el converso Rufián, que todo tocino es poco para mostrar la firmeza de la nueva fe, que de algo hay que vivir bien. Principios, los justos, no como Sánchez que los tiene todos, eso sí, unos días unos y otros los contrarios. No, no son los llamados centralizadores, sino los separatistas, quienes proclaman y aplican tan progresista y conciliador lema en la política local y en la enseñanza. El castellano, hasta ahora residual, aunque lo fuera ilegalmente, con este bodrio legal ya será lengua extranjera en la escuela catalana, por fin. Ahora con todo derecho. Como el inglés, el italiano o el alemán, el mismo número de horas, pero peor visto, que ni en el recreo debería usarse. Dos horas semanales en primaria, tres en secundaria y dos en bachillerato. Sin embargo, ese es el idioma agresor, el que intenta imponerse, lo que son las cosas o quieren que sean estas mentes calenturientas. Con esta modificación legal de encargo, pago que santifica los desaires nacionalistas a las sentencias del Constitucional y las del TSJC, hasta harán difícil el único recurso actual para reclamar tus derechos lingüísticos en la escuela, ese miserable 25%, que es acudir a los tribunales. De todo ello tanto el PP como el PSOE son culpables, por acción o dejación durante decenios, por la recurrente compra de votos pagando con los menguantes derechos de todos. No le echaré la culpa a ERC, que vende a buen precio sus votos y gana otra piedra para su obra, arrebatada como siempre a los cimientos de la casa común; tampoco a Iglesias, mediador y tratante del acuerdo entre payos para la venta de esta burra legislativa, pues de él y de los suyos nada cabe esperar, ni en esto ni en nada. El alboroque lo celebrarán juntos. En el PSOE, el pagador en el trato, se escuchan rechinar algunos dientes, hay quejas acalladas por el sillón en juego, los que razonan en contra pasan a la lista negra y las navajas están preparadas. Esperemos que los vaivenes parlamentarios no obliguen a algunos a hacer el ridículo una vcz más con sus dondedijedigos.

En los estériles debates de las redes se suelen leer cosas peregrinas, no las llamaremos argumentos. En realidad, muchos de los debatientes lo que vienen a decir es que si lo hacen los suyos, bien hecho estará, tanto como si hubiesen hecho lo contrario. Lo que da la cepa, no hay que esperar más. Los más listos y decentes, que los hay, o callan o mantienen una postura tibia, como desentendida, se van por las ramas viéndolas venir, por si hubiera mañana que defender lo contrario y enumeran algunas obviedades sobre la hermosura de las lenguas, la necesidad de respetarlas, algo que nadie discute o alegan que ninguna está prohibida, cosa que nadie afirma. Otros, bastante menos inteligentes, intentan argumentar, y recurren al mismo tono agraviado y lloroso de aquellos que en definitiva vienen a defender. Los que reclaman que el 25 % de la enseñanza que reciben sus hijos sea en castellano son para ellos los malos de la película. Y los que los defendemos también, unos fachas, resignados y ya hechos a recoger y abonar algunas flores que van tirando los que se autodenominan progresistas. Presentan estos últimos a los que se oponen a este engendro legal como si los perjudicados fuesen los abusadores, los que oprimen lingüísticamente a los que quisieran que en Cataluña sólo se hable catalán. Pero la verdad es que los que con su ayuda quitan derechos son los tractorícolas, los verdaderos fachas catalanes, los carlistoides paletos que proclaman desde balcones y despachos oficiales “un sol poble, una sola lengua”, no los otros.

Ni el catalán ni es castellano corren peligro en Cataluña. Ninguna de las dos lenguas está expuesta a desaparecer en el uso voluntario que de ellas hagan los ciudadanos. El debate no es lingüístico, sino de hegemonía cultural y política. Se prohíbe la posibilidad de rotular en las calles en castellano, incluso se multa a quien lo hace en el cartel de su propio negocio, las comunicaciones desde y hacia las administraciones solamente se permiten en catalán, el exigido dominio de la lengua vernácula filtra y tapona la llegada de indeseables e indeseados funcionarios carpetovetónicos y en la escuela no se habla otra lengua que no sea la catalana, salvo en las dos horas dedicadas a la Lengua castellana… Si todas esas anomalías democráticas suponen la normalidad en Cataluña, difícil es presentar a los castellanohablantes, la gran mayoría, siendo el castellano la lengua materna del 56,2% de los catalanes, como los que intentan imponer su lengua frente a la catalana, que se quiere hacer pasar por la agredida, por la necesitada de protección. Ha costado cuarenta años, pero por fin gracias a estos desalmados de distinto pelaje el castellano tendrá legalmente el trato y consideración de lengua extranjera, gracias a este artefacto legal vergonzoso que ERC intenta cobrar por su apoyo a los presupuestos, con Podemos de mamporrero y la peña de la izquierda mesetaria dando palmas. Esperemos que el Parlamento impida que se perpetre este desafuero, aunque pocas esperanzas hay.

Desde balcones y despachos de una administración centrada en eso que llaman “la construcción nacional”se repetía y repite el lema “Un sol poble, una sola lengua”, la catalana, que el castellano es jerga de los charnegos invasores y otras gentes de mal vivir. Hoy, gracias a estos irresponsables políticos, están un paso más cerca de conseguir su objetivo.

Son los más desfavorecidos los que pagarán el pato, al precio de acabar teniendo escaso dominio del castellano, pues habrá que ir a colegios de pago para alcanzar el que sería de ley conseguir en un centro público. Los promotores del invento llevan a su prole al colegio británico o al liceo francés, donde enseñan bien el español, que el catalán ya lo llevan de serie. La izquierda apoya aquí a los más solventes, más a Anna que a Ana, menos a Arturo que a Artur y más a los Puigdemont que a los Gómez. De paso, estos inmigrantes de nueva o vieja estirpe, si el castellano es su lengua materna, habrán interiorizado en la escuela y en la calle que la suya es una lengua importada, ajena al territorio en que nacieron y viven, lo que les llevará a asumir que son ciudadanos de segunda, parte de esa chusma mesetaria hambrienta y analfabeta, la tropa de una invasión programada por Franco como algunos han llegado a escupirles, charnegos que deberían ir olvidando hasta en casa su lengua si quieren integrarse en ese parque temático nacionalista en eterna construcción. De todas formas es inútil. Su lengua es la materna para un 56,2% de los catalanes, la podrán esconder en casa, pero sus apellidos les delatarán. Nunca seréis de los nuestros, sois gent de fora, Los García, Martínez, Sánchez, Gutiérrez, esos que enumeraba con sorna Boadella, y que son los más frecuentes en Cataluña, como en el resto de España, nunca podrán competir para los puestos de postín con los Puig i Casademont, Formiguera i Margall, o Major i Detall.



viernes, 2 de marzo de 2018

Espístola de la tragicomedia ¿Dónde está la bolita?




    Escribo esta epístola para intentar mitigar las inquietudes mostradas por algunos buenos amigos acerca de unas reflexiones que perpetré en Facebook tras sobrellevar atormentado la función plenaria que abría la temporada del Parlamento catalán, convertido en Teatro de la Comedia, de joseantonianas evocaciones. Lleno total. Cartel de no hay billetes y un público entregado. El libreto parece ser producto de una improbable colaboración de Jardiel Poncela, Cuerda y Berlanga, adaptando un texto original de Goebbels y Curzio Malaparte, con citas de Kafka y Maquiavelo, sutiles alusiones a Walter Scott, Samaniego y Calleja y regusto a la Venganza de don Mendo, todo ambientado en un patio de Monipodio con gradas y moqueta, con llorosa escenografía basada en el coro de los esclavos del Nabuco de Verdi. Molière hubiera sacado gran partido de estos tipos. A Wagner mejor dejarlo ahora.
     El estreno se llevó a escena bajo la dirección del debutante Roger Torrent, un manierista que mueve los cubiletes y escamotea la bolita según las enseñanzas de la escuela forcadeliana, que a Stanislavski no llegaron en el cursillo apresurado y urgente que recibió. Parte del elenco, las primeras figuras, se oculta agazapado tras presidiarias bambalinas, los que no andan de viaje de estudios por Flandes o Suiza, adecuadísimo lugar para refugio de anticapitalistas furibundos. A la mitad de los actores no les dan papel, aunque sean los preferidos del respetable, por lo que acaparan la escena los suplentes, comparsas y figurantes que declaman, gesticulan o bullen sin conseguir disimular las cuerdas que les dan vida en ese guiñol de cachiporra en que algunos con sus intervenciones van convirtiendo  los abundantísimos parlamentos que compensan en España el cierre de muchos teatros, dando trabajo a tantos y tantos comediantes e histriones de tercera fila.
     Se representa la obra con intérpretes de desdibujado carácter, más vehementes que convencidos, siempre sobreactuando, apuntados desde la concha por Puigdemont, sustanciado como voz en off por Skype desde su exilio de Waterloo. La claque y los actores con frase —por imposición del empresario— muestran bufandas o lacitos amarillos, superando antiguos miedos del mundo de la farándula hacia ese color. La actual proliferación de lazos, más variada que efectiva, agota el catálogo de Pantone y pocas opciones deja. No sé de qué color es el lazo para pedir la libertad de otro preso político, Ignacio González, expresidente de otra Comunidad, la de Madrid, que olvidó perpetrar un amago de golpe de estado encaramado a la Cibeles, cosa que hubiera marcado la diferencia. Lo habría elevado a la categoría de honorable preso político y no estaría ahora enfangado sólo en mezquinas cuestiones de robos, comisiones, chantajes y malversaciones en las cuentas públicas, cosa que tiene en común con estos presos del principado, pero privado el madrileño del lustre y pulimento que al delito dan las asonadas y las banderas.
     Llegan a temer mis amigos, conocedores de nuestra amena historia, que se esté jugando con fuego y que pudiéramos añadir otra muesca a la abundosa lista de nuestras guerras. Con afán de tranquilizarles, medito y concluyo que lo que no hay que hacer, a mi escaso juicio, es descartar ninguna posibilidad, meter la cabeza en el agujero y dar por sentado que hemos superado ciertas tendencias humanas en general y españolas en teniente coronel. Más miedo que los catalanes —y al bando levantisco me limito— me dan otros, aquí y allí. Hablo de esos irrresponsables de ambos extremos que parecen sentirse a gusto invocando al belicoso genio de la lámpara de épocas y escenarios que creíamos superados. Llego a pensar que no les importaría sacarlo del frasco. La historia nos podría enseñar muchas cosas, pues siempre nos ofrece buenas lecciones, pero algunos no van a clase ni abren libro alguno.
     Me inquieta ese gusto rancio, ese afán insano por parte de algunos de revivir casi con añoranza, de forma colectiva e institucional, lo peor de nuestra historia, intentando reescribirla, hacerla mejor de lo que fue, al menos para beatificar a los que ochenta años después siguen llamando "los suyos". Hoy, ya todos deberían ser los nuestros, asumiendo sus glorias y vergüenzas. Las historias personales y familiares, a menudo trágicas, todas me merecen respeto, pero la Historia es otra cosa. Me desconcierta que haya hoy en España más antifranquistas que cuando el dictador vivía y que esa historia, que tanto nos podría enseñar, se intente reescribir de forma que eliminemos sus posibles avisos, de forma parcial, maniquea y romántica, siempre ocultadora de cosas que a todos deberían avergonzarnos como país, no como bando. A todos nos atañe su infamia.
     Los catalanes, los de Tractoria que no los de Tabarnia, me preocupan por el perpetuo estado de inquietud que nos provocan, siempre ocultando dónde está la bolita, por el desbarajuste de la gobernanza, por distraernos de lo importante, por el desprecio a la ley que es además jaleado por otros indecentes hooligans de partidos mesetarios, mareados en el avispero de sus mareas, verdaderos clubs de fans, caudillistas, totalitarios y siempre pendientes de sacar de la agitación y en la calle lo que no pueden alcanzar de la argumentación y en el Parlamento, previo paso por las urnas. A estos les temo más. También a los melifluos, a los equidistantes, a los que en la obra comparecen embozados, malditos que vocean sin mostrar el rostro a la luz, sin llegar a veces a salir a escena, siempre en la tramoya, luchando entre bastidores a puñaladas por el manejo de los hilos e intentando adaptar el guión a su gusto. Y también, y no menos, a los que gobiernan, por llamar de alguna forma a lo que hacen. Lo increíble es que se sigan encendiendo las farolas, se recojan las basuras, se paguen las encogidas nóminas y el país, mal que bien, funcione, evidentemente a pesar suyo. A uno se le despierta la vena anarquista, viendo con no excesiva sorpresa que, como Italia, podemos aguantar sin gobierno en Cataluña y en la misma España, que les incluye, muchos meses y la cosa marcha igual o mejor. Al menos no se urden nuevas leyes, que demás hay, sin que las vigentes se cumplan las más de las veces, pues el acatarlas o no es algo opinable para no pocos. Tal vez deberíamos entregar el gobierno al Tribunal de las Aguas.
    También llega a preocupar que, tentado a debatir con estos botarates en sus muchas variedades, intentando argumentar, de pronto uno se encuentra arrastrado a su terreno y se vea a sí mismo como un imbécil, porque a ese nivel dialéctico, claramente subterráneo, uno acaba enredado en una pelarza verbal fuera de lugar y de tiempo. Una persona normal no puede debatir con un monofisista, un albigense o un totalitario convencido. Si encima el oponente ha leído dos o tres libros doctrinales, media docena de artículos de la secta y seiscientos tuits, es mejor dejarlo a tiempo. Llevas razón. Es penalti. Aunque estemos jugando al tenis. Avisados estáis.
     Los innumerables intentos sediciosos nacidos en Cataluña, cosa recurrente a lo largo de los siglos, siempre aprovechando con deslealtad épocas difíciles económica o socialmente, guerras o gobiernos débiles, han tenido poca épica y la poca que falsamente se les atribuye se les ha añadido después, que en su momento oscilaron entre lo patético y lo cómico. Más temería a Asturias en su revolución de 1934 o a Cartagena, cuyo cantón ofreció en 1873 más de un año de seria resistencia a un verdadero ejército, enarbolando el primer día bandera turca por no tener otra ni más roja ni más a mano, que a los cantamañanas que de vez en cuando se asoman al balcón de la Generalidad a cacarear la independencia durante unos minutos, gallos que, frente a dos docenas de guardias civiles, gastada la fuerza en banderas y proclamas, pliegan velas y van al trullo, la cabeza bajo el ala, con mansedumbre. Y a llorar otros sesenta años. Hay que evitar humillaciones innecesarias, abono de futuros victimismos, su único alimento, en la medida en que ellos dejen otra salida.
    Verlos temblar ante las puñetas y las togas me tranquiliza, me reconforta, pues muestra su verdadera talla, bien escasa, enana ante el poder del Estado y de la justicia. La talla del chulo de barrio cuando no tiene detrás matones que apuntalen su audacia. Su fanfarronería arrogante es poco arriesgada en lo personal, aunque muy aventurera, arrojada y combativa de forma delegada, enviando siempre a otros a recibir los palos. Son generales que pierden o ganan las batallas bajo el catre de campaña en una lejana colina, lejos de los tiros, protegidos como reyes por su guardia de corps, en el caso que nos ocupa formada por mossos pagados por todos pero al servicio de unos pocos. Inútiles como dirigentes, mimados por la intendencia que acaparan escatimándola a las tropas, cuyos chichones y mataduras poco les inquietan, siempre protegidos por una bandera o encastillados en las instituciones. Orondos budas abstraídos mirando su propio ombligo, riegan con euros ajenos ese jardín ensimismado, supremacista y subvencionado en el que crecen esteladas fabricadas en China en lugar de tomates y berenjenas del país, más nutritivas.
      Viendo que es el dinero lo que de verdad les preocupa, algo evidente dada su entrega en cuerpo y alma a eternizar su permanencia en puestos que les protejan, les salven de la cárcel y les permitan seguir disponiendo de las llaves de la caja, no veo que sean nada heroicos ni temibles. No imagino a Junqueras con canana terciada, de guerrillero montaraz, atrincherado al salir de misa. Más lo veo de abad de Montserrat o de Poblet. Tal vez nombrado embajador en el Vaticano hace unos años no hubiéramos llegado hasta este desquicie. Ya dedicó unos años a rastrear almogávares en su inmensa biblioteca. Más peligrosa es la estupidez de otros, esa jactanciosa y pregonada astucia que desarma al que juega limpio. Su impunidad, que apunta a otros culpables por incomparecencia en el campo de batalla, no su inexistente valentía, es lo que podría preocuparnos. No se les ve que estén dispuestos a arriesgar lo más mínimo su bienestar ni el de su familia, dicho sea en términos sicilianos. Siempre pastando en el presupuesto, desde hace siglos. Por eso rumian tanto y han inculcado en sus masas seguidoras ese comportamiento ovejuno, pecuario, siempre pendientes del perro del pastor, aunque les dirija al barranco. Pero eso nos enseña que los ladridos les paralizan más que las razones, que de todo se aprende.
     Cierto es también que a veces al césar se le van de las manos los esclavos y los gladiadores que creían controlar y surgen problemas imprevistos, que no hay que jugar con fuego ni armar a las masas, otra de las muchas lecciones de la historia nunca aprendidas, más que olvidadas. Afortunadamente tienen tanques John Deere, que no les han dejado comprar de otros. Si tuvieran un ejército sí que habría que echarse a temblar y sacar las escopetas. También ocurre, a Dios gracias, que tras su impostada unidad, interesada y frágil, en el palacio de la plaza de Sant Jaume, por cada César hay veinte Brutos. Con mayúscula, que en las calles hay algunos miles sin ella, y la ortografía a veces es decisiva. Los senadores que quitan y ponen Cómodos y Calígulas están en Pedralbes o Sant Gervasi contando sus denarios, con su toga y sus laureles, y las embarratinadas y esteladas turbas del foro y sus tietas, a las nueve en casa a cenar. El fin de semana a la villa de la playa o a las termas, los bárbaros de la CUP a la masía de papá, quitado el disfraz de plebeyo, atusado el flequillo a escuadra de la lucha y plegado el estandarte de Senatus Populusque Catalanicus y las fasces contra el muro, que en el fondo están muy romanizados. La buena alimentación, el audi y la calefacción central liman mucho los afanes revolucionarios. No digamos una jugosa nómina de la Gene, aunque no es menos cierto que tamaña generosidad presupuestaria hacia los afines sin tajo al que volver les hace peligrosos, pues matarían por no perder sus rentables e inmerecidas canonjías.
     Todo eso, aunque carísimo, ha sido soportable, llevadero hasta que se va alcanzando el punto crítico de fusión mental, mantenido y potenciado por el plutonio de TV3 y el uranio enriquecido entregado a la prensa afín y a esos colectivos sociales que hacen motu propio justo lo que se les ordena, lo que puede dar lugar a cualquier cosa. Ha habido momentos totalmente fuera de control en que hemos rozado el Chernobil cerebral y social. Ese es el único peligro, el número creciente de cerebros recalentados, distribuidos de forma uniforme por toda la Hispania, pues no sólo en la Tarraconense se dan estos trastornos, lo que nos lleva a pensar que la solución está más en el terreno de la psiquiatría que en el de la política.
     Creo que la justicia, ayudada por los cuerpos de seguridad, nuestras últimas defensas que, junto al rey, son nuestra línea Maginot, pues el siguiente cimborrio en altura del edificio estatal no es para echar cohetes, —al gobierno ni está ni se le espera— , debe darles una buena lección. El rey, diciendo lo único que debe y puede decir, lo que se espera que diga, irrita a algunos al despabilar con sus palabras oportunas a los tancredos y tentetiesos. A mi no me irrita, me tranquiliza y reconforta, tanto como perturba a los cómplices de estos supremacistas, único resto del verdadero fascismo en España. También a otras exquisitas cohortes de estéticos revolucionarios de salón que miran hacia otro lado y que, aun siendo republicanos, piden a los reyes una guillotinita de la señorita Pepis. 
     Habían llegado algunos españoles a olvidar que formaban parte de España. Los sempiternos e irresponsables mercadeos de votos les habían permitido funcionar de hecho como un virreinato prácticamente independiente, bajo el imperio del cónsul Augustus Georgeus Pujolus y señora, de la dinastía Claudia, como las ciruelas del Ampurdán, indómita zona de la Tarraconense, vivero de carlistas, alcornoques y peras limoneras, que por la boina se distinguen, con ese viento borde de la tramontana que tanto altera las mentes, como nos cuenta Josep Pla que era de allí. En las zonas rurales de Gerona la percepción de depender de un país común era nula. Habrá que hacérselo saber.

martes, 5 de enero de 2016

Epístola vanguardista



Queridos hermanos:
    Reconozco que todo lo que leo sobre Cataluña, no me deja indiferente, aunque ganas dan de desenchufarse del tema y Dios dirá. Pero no puedo evitarlo. Jugando con las palabras puedo afirmar que, en principio, no me interesa el principado más que Andalucía, Extremadura, Asturias o Melilla, pues no es Cataluña ni más ni mejor que cualquier otra parte de España, esa nación maravillosa que muchos llaman “este país”. Y yo me considero más español que estepaiseño. Pero yo he vivido de niño allí. En Tarragona, cerca de la plaza de toros, mientras mi padre, impresor, era maestro de taller en la Universidad Laboral de aquella pequeña ciudad. La Rabassada, el campo de Marte, Sitges, Salou, las cuestas del Garraf… forman parte de mi infancia y  no puedo considerarlas extranjeras. No lo son.
 Más tarde, curso escolar 1978/79, que empezamos dictatoriales y terminamos constitucionales, mi primer destino definitivo como maestro, tras catorce meses y un día de vigilar una garita en La Coruña, me llevó forzoso a Viloví del Penedés, que aún no era Vilobí, pues Cataluña y otras regiones necesitaban entonces maestros, profesión mal pagada y poco estimada, escasamente atractiva en un lugar con tantas facultades universitarias como Barcelona. En lo que luego sería mi región, Castilla La Mancha, entonces no había ninguna universidad en las cinco provincias que ahora la forman. El alcalde, cuyo nombre recuerdo, aunque no lo cite, no ahorró decirme que preferían maestros catalanes y hasta puso ciertas pegas en firmarme la preceptiva toma de posesión. Tras largas colas varios días en la infinita calle Aragón de Barcelona, reclamé lo que, a la fuerza y contra mi voluntad, era mío y tomé posesión de esa escuela para cuyo desempeño había sido nombrado en el Boletín Oficial del Estado. Allí trabajé junto a un leonés, una murciana y un director de Tortosa durante un curso, pues era una escuela graduada con cuatro unidades, y lo llevé lo mejor que pude comiendo conejos a la brasa y bebiendo cava a quinientos kilómetros de mi familia, mi música y mis amigos. 
    Tuve suerte, pues a otros compañeros de profesión los enviaron a Basauri o a algún villorrio del país vasco, en una época en que a estos funcionarios allí desplazados les daban licencia de armas. O a Hierro o la Gomera, lugares tan maravillosos como apartados. Aunque a disgusto, había que entender que, como funcionario, pudieras ser destinado a donde tu país te necesitara. Hoy seríamos menos contentadizos. Y más visto lo visto.

    Yo vivía en Vilafranca, pues en Viloví, pueblecito muy cercano, no había en donde hacerlo. El autobús salía sobre las 7:30 de la madrugada y era mucha distancia para ir andando  a diario. Llegaba a las ocho menos veinte y cuando abría la escuela a las 9 ya me había tomado seis cafés y, la verdad, siempre estaba de los nervios en esos meses entre el alcalde y la cafeína. Ahora pienso que debí comprarme una bicicleta. Al final busqué un coche, y un alma caritativa me prestó un Renault 4L con tres marchas con el que no podías quitar la vista de la carretera ni las manos del volante pues tenía una querencia casi imbatible a irse al ribazo. Salvo algunos de fines de semana, todos los viernes me volvía a Albacete o a Alicante a ver a mi novia. 

     Recuerdo comparar las carreteras bien asfaltadas que unían los pequeños pueblecitos de nombres musicales y rimbombantes cuando autobuses pagados por la administración nos llevaban con nuestros alumnos a competiciones deportivas. O el día de San Jordi, cuando la Caixa de Estalvis de Cataluña nos regalaba, no recuerdo si rosa, pero al menos un hermoso libro sobre el románico catalán, o un juego de pluma y bolígrafo con motivo del día del maestro. Tal vez que la diferencia abismal entre esos pueblos, tales carreteras o tamaña prosperidad y las de muchos otros lugares de España en parte se haya suavizado, es algo que debamos hacernos perdonar.

    En cuanto pude abandoné definitivamente a Tarradellas,  a la sazón presidente de la recién recuperada Generalitat, que con el tiempo ha resultado ser el único presidente en verdad honorable de esa comunidad autónoma,  y me vine para mi tierra. En Alpera me recibieron infinitamente mejor y allí viví muchos años, hice muchos amigos y de ese pueblo maravilloso sigo guardando afectos y buenos recuerdos. En realidad, de Viloví tampoco los tengo malos, salvo cosas que el tiempo ha dejado en simples anécdotas. Viniendo de una garita, el cambio fue sustancialmente a mejor.

    No me sentí maltratado por Cataluña, si acaso por algunos de sus  dirigentes y otros inmigrantes conversos que ya apuntaban maneras. Nunca tuve problemas con la lengua salvo con algún cristiano nuevo, tal vez de mi tierra, que la utilizaba como un converso hace con la tajada de tocino, para mostrar ante los nativos la firmeza de su fe. Incluso en una especie de casino de Vilafranca, puedo recordar a un provocador suicida que vestía equipamiento oficial y bandera del Real Madrid cuando por las tardes retransmitían un partido de fútbol, como la final de Basilea, cuando el Barça venció por 4-3 al Dusseldorf. El madridista era consentido, aunque diana de toda clase de bromas, benévolos escarnios y comentarios jocosos, pero tolerado, no insultado. Hoy dudo que saliera vivo de allí.

    Vivos, pero a la fuerza, tuvieron que salir pocos años después de la región miles y miles de docentes que recibieron un telegrama de la Generalitat ya pujolista, conminándoles a pedir el traslado en un plazo de días a otros destinos fuera de la comunidad, pues no habían acreditado suficiente conocimiento de la lengua catalana, una condición impuesta y sobrevenida que hacía de Cataluña un coto laboral cerrado para los nativos. Una deportación estalinista perpetrada por neofascistas, una depuración étnico-cultural consentida, un abuso permitido que burlaba, entre otras muchas cosas, los principios constitucionales de libertad de residencia, de trabajo y de igualdad de derechos entre todos los españoles. Está claro que, ante la permisividad vergonzosa del gobierno central ante tal infamia, estos docentes se vieron indefensos y avasallados. Una más de las muchas cesiones que la compra-venta de votos en el parlamento nacional habían conseguido estos xenófobos supremacistas en su plan totalitario de segregar una parte de España, donde campar a sus anchas y avasallar a todo lo que sonara a español. Cuando escucho hablar de cumplir este o aquel principio de la Constitución por parte de una mayoría de mesetarios desentendidos, cuando no favorables a este proceso tan poco democrático, oscilo entre la risa, el llanto y la rabia. Llegué allí, como muchos otros, a la fuerza, cuando nos necesitaban. Cuando ya estorbaban a sus planes de depuración cultural y lingüística, de base etnicista y fondo económico, fueron arrojados sin contemplaciones de la región, donde vivían y trabajaban. El gobierno central y el resto del país estaba en otras cosas. Si se les permitió semejante deportación forzosa ¿qué límites se les pondrán? Me temo que ningunos, en todo caso, dependerán no de la justicia ni de la ley, sino de las conveniencias y debilidades de los partidos para sumar votos con que gobernar. Lo que no deja de ser pagar con los derechos vulnerados de los ciudadanos que los sucesivos gobiernos echan a las arenas del circo nacionalista, unas fieras ombliguistas y ensimismadas. Mientras se actúe desde el Estado de esta forma rendida ante estos dictadores "blandos" regionales, nadie hable de igualdad, de justicia, de Consitución y de otras garambainas.

Siempre he defendido a Cataluña, a su lengua, sus costumbres, sus canciones, su cultura y sus gentes, que siempre he diferenciado de sus lamentables gobernantes que, como buenos españoles, poco difieren de los del resto de España. Igual de mediocres, ladrones, soberbios, ineficaces y sectarios. El nacionalismo añade algo más de irracionalidad y engreimiento, si cabe.

    Como músico, siempre me ha llamado la atención, de forma irritante e incomprensible para mi, tengo que decir, que la gente soportara en bailes, emisoras, discotecas y demás lugares, una música en un inglés que le resultaba incomprensible, que nadie pareciera percatarse que la ópera estaba en italiano, en alemán o en swahili, pero mucha gente levantara inquieta la oreja al escuchar una hermosa canción de Lluis Llach, compuesta antes de perder el oremus ora de soñar y cantar viajes a Ítaca ora de que la barretina  de lana gris le apriete las meninges. España  nunca ha valorado la riqueza lingüística que tiene, ni defendido como propias todas las lenguas del Estado, error que los nacionalistas han resuelto demostrando, como buenos españoles, ser igual de irracionales y totalitarios, despreciando e intentando arrinconar una de las dos lenguas que tienen la inmensa suerte de poseer.

    De mi inicial simpatía y comprensión, los acontecimientos y ciertas opiniones y lemas, me han ido empujando al desconcierto, a la tibieza más tarde para terminar en una hostilidad defensiva. No puedo tolerar que se me llame ladrón, pues tienen en casa quien les robe a manos llenas, ni que se dé a entender que vivimos a su costa, que la palabra español sea allí un insulto en boca de algunos, —quiero pensar que son los menos—, que personajillos como Cucurrull, estiracen de la historia, otra de mis querencias, hasta un ridículo que, como signo de la altura intelectual de los impulsores del “proceso”, es la prueba definitiva de que no están en buenas manos. 

    La deslealtad de achacar las consecuencias de la actual crisis a la rémora que para Mas y sus secuaces supone la pertenencia a España, reuniendo el legítimo amor a la propio con el más mezquino y egoísta de los intereses económicos, recurriendo a maltratar las estadísticas como con la historia suelen hacer, es algo que será difícil de olvidar en momentos más prósperos. Tal vez en lo único en que lleven razón sea en que nunca nada volverá a ser lo que fue. Y malditos sean quienes han conseguido enfrentar a una parte de la sociedad contra otra en gran parte para evitar que sus latrocinios, evasiones y mordidas sean investigadas por la justicia española. Es imprescindible crear otra. El juez Vidal se ocupará del borrón y cuenta nueva mientras nosotros nos encargamos de entretener al personal con banderitas y manifestaciones, en hacer de cada día una fecha histórica, de cada voto el voto de tu vida, de cada acercamiento de la justicia a nuestras trápalas una afrenta a Cataluña, de cada problema derivado de nuestra gestión no mala, sino inexistente, otra nueva agresión de España. La histeria y la paranoia que antes solían conducir al psiquiátrico actualmente te pueden llevar al gobierno, pues hoy en día son dolencias indispensables para ser alguien en la Cataluña oficial.