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lunes, 31 de mayo de 2021

Epístola indultante

Mis reflexiones acerca de los indultos a los presos del procés necesariamente entran más en el terreno de las quejas y las dudas que en el de las propuestas, pues hablamos de cosa hecha, no de un plan en el que quepa matizar o influir, algo siempre fuera de nuestros cortos alcances.

Lógicamente hay posturas enfrentadas acerca de ellos. Los que se oponen cuentan con razones y argumentos de peso. A mi juicio, más y mejores que quienes los defienden, que también tienen los suyos. Por su forma de hacerlo y lo peregrino de muchas de sus afirmaciones y razonamientos, estos últimos acaban por generar más dudas y oposición que convencimiento. Si renunciaran a la argumentación de baratillo conseguirían más apoyo entre la gente, menos estúpida y olvidadiza de lo que ellos piensan.

La torpeza y mendacidad de algunas declaraciones del gobierno (venganza, revancha) hacen que lo que podría haberse interpretado como una muestra de estiramiento respetuoso de la ley, de seguridad y confianza del Estado en sus fuerzas, aparezca como debilidad y desafuero. Puede aparentar una continuación del fracaso del Estado, de los gobiernos sucesivos, del cuerpo diplomático y de todas las instituciones a la hora de construir un discurso potente y legítimo para contrarrestar el relato, falso pero eficaz, de la parte nacionalista. Tanto dentro de Cataluña como internacionalmente, el discurso necesario por parte del Estado, cuando no inexistente, ha sido desmañado. Ha habido mucha torpeza. Algunas veces ni siquiera eso, solo inacción.

La izquierda más disolvente y vocinglera, como la derecha más extrema,  en exceso catacúmbrica a mi entender, también ayudan poco a que veamos las cosas, incluso los indultos, con calma y sensatez. Para defender los indultos cuestionan algunos la sentencia, la legitimidad y desarrollo del juicio, el tribunal, la entera justicia. Inexplicablemente del brazo de los separatistas intentan desacreditar, desactivar precisamente lo que nos ha salvado: la justicia, las fuerzas del orden público y el discurso oportuno y clarificador del rey. Alrededor de juicios, sentencias e indultos, continuamente se intenta presentar la ley, tanto como a sus intérpretes y ejecutores, como un enemigo a derribar, y para ellos sin duda lo es, como para todo aquel para quien las leyes sean un estorbo. La única forma de arreglarlo es nombrando ellos jueces más afines a sus ideas. De forma que el aspecto legal es central en el debate. La resolución del Supremo acerca de los indultos limita el alcance y reduce el campo de actuación del gobierno al terreno de la conveniencia, más que al de la justicia. Nada que rascar por ahí, aunque no pocos sigan con su raca-raca.

Durante la pandemia abundan los epidemiólogos; con la justicia ocurre igual, todos son desde hace un tiempo doctores constitucionalistas o penalistas. Si no, siempre hay un magistrado que escribió un libro, hizo un pregón o que vegeta rumiando sus rencores en los arrabales del gremio, que nos da la razón. El Supremo, como el Constitucional o el TSJC, son unos señores que pasaban por allí, parece ser, y que ya que andaban por esos andurriales fueron nombrados. Lo fueron por varios partidos. Es cosa que olvidan, como que sus fallos suelen ser unánimes.

Entre los argumentos que aportan, que más debilitan que refuerzan sus posturas, está el decir que la sedición es figura vetusta, como la rebelión. No es la antigüedad cosa que deslegitime inevitablemente una ley o una figura penal. En algunos estados de USA aun hoy se atienen algunas sentencias a lo dispuesto en las Partidas de Alfonso el Sabio, heredadas del México hijo del Virreinato de Nueva España. El asesinato es figura antigua, ya desde Hammurabi y, hasta donde yo sé, no hay proyectos para eliminar tan antañona prevención de los códigos de ningún país. Como argumento para achicar las trabas legales a la sedición y a otros delitos, no diremos que es flojito; es pura chatarra. Sin embargo, de forma tan paradójica como operativa y oportuna, actual y reluciente como moneda recién acuñada, brilla la ley que regula el indulto, que es de 1870, y que apela a la gracia regia. Este equivocado argumento, pendular a conveniencia, es más utilizado que honesto, traído por los pelos, hay que reconocer. En realidad, es de esas afirmaciones que ni siquiera son falsas.

Se equivocan gravemente, como siempre, los que para defender la conveniencia de los indultos intentan desacreditar la sentencia y a los magistrados que la redactaron. Es impecable, como lo fue el juicio. Y generosa, dada la gravedad de los hechos. No debe ir por ahí la cosa. Esos que disparatan poniendo en duda la calidad democrática y limpieza del juicio son los mismos que en el Parlament, en los manejos y abusos de la Generalitat y en la prensa que cobra un sueldo pagado por todos, pero de manos nacionalistas, nada vieron inquietante o merecedor de similares espantos. Su desinterés por la democracia es patente. Su opinión es poco relevante, van a otra cosa. Sin embargo, entre sus muletillas está esa del “no te oí yo decir…”

Dicen que este bondadoso trato, este pelillos a la mar, es propiciador del diálogo. Mal vamos. Nadie, por el mero hecho, aunque gravísimo, de quebrantar las leyes y usos de la democracia, de promover un levantamiento popular desde el poder para arramblar con la Constitución y el Estatut, merece que se negocie un armisticio en el que el independentismo derrotado trate de tú a tú con el Estado para vulnerar leyes, consolidar abusos y perpetrar otros nuevos. Más bien al contrario, deberían saber que los tratados con los que se cierra un conflicto llevan al perdedor a ceder más que a ganar. Y a pagar los platos rotos, los gastos e indemnizaciones de guerra. La tradición pastelera y rendida al chantaje ha ido dando por buena la perversidad de que ellos nunca han arriesgado nada. Sus apuestas no podían ser sino ganadoras. O llevaban a una nueva cesión del contrario, es decir, de la mayoría, o al menos se conservaban los avances conquistados. Hay que empezar a hacerles saber que estas aventuras deben de tener un coste. Que pueden perder parte de lo que ya tienen, posibilidad que nunca han contemplado, ni unos ni otros. Desde competencias indebidamente traspasadas, más viendo la deslealtad con la que se ejercen, hasta la misma autonomía, que podría ser intervenida durante un período suficientemente largo y con un alcance que permitiera desmontar la red clientelar, las estructuras educativas de hacer país, muestra de que no existe tal cosa, el control dictatorial de unos medios de comunicación públicos puestos a disposición de unos partidos contra la mitad de la población, o las embajadas dedicadas a corroer la imagen internacional de España. En realidad, hasta que en la Generalitat no haya un gobierno dispuesto y capaz de hacer esas cosas, no tiene arreglo la cuestión, todo son remiendos de tente mientras cobras. Eso de la conllevanza, que en catalán procesual se dice peix al cove.

Son precisamente ciertas defensas que leemos acerca de los indultos, como los anteriores sofismas, lo que acaba por hacerlos más difíciles de digerir. Argumentos de baratillo, datos falsos o equívocos, asunción de un relato victimista, de una particular y sesgada interpretación de la Historia, contradicción ideológica con que desde los arrabales de la izquierda se dan por buenas ideas que se oponen frontalmente al que antaño fue núcleo de su doctrina, lo que desvela más oportunismo y afán disgregador que racionalidad y aprecio por los valores de igualdad, justicia y solidaridad. Malos argumentos los que utilizan los que desean y proponen más una España de territorios diferentes que de ciudadanos iguales. Tendrían que ir haciéndoselo ver.

Hacer política. Sin duda. Los independentistas no han dejado de hacerla. Siguiendo de cerca a Maquiavelo y a Al Capone, eso sí. Los indultos, como la aplicación del 155, también son política y el mayor argumento a su favor lo ha proporcionado nada menos que Elisenda Paluzie, advirtiendo a la peña que su concesión los deja en pelotas argumentales ante ese mundo que les mira, aunque menos y peor de lo que quisieran. El Puchi queda en una posición surrealista, agarrado a la brocha del exilio pero sin esa escalera de agravios imaginarios haciendo de peldaños. Intentarán que este intento beatífico de no darles razones de queja pase por demostración de que les dan la razón, algo que también escucharemos en las bocas peor conectadas a los magines que se supone las dirigen. El fugitivo languidece en un limbo con nombre de derrota, huido demasiado lejos para que le alcancen estas medidas de gracia y vendrá resultando un gasto demasiado oneroso para las menguadas y divididas arcas indepes. Ya es un estorbo fantasmal hasta para los suyos.

Cuando se le pide al Estado que haga política se le viene a exigir que ceda, que negocie, que trate de tú a tú a quien no quiere ser nosotros. Efectivamente deberían hacer política. Es decir, apurar lo que su poder legítimo y las leyes pongan en sus manos para destruir el relato independentista y acorralarlos dejando de pensar que los pagos sucesivos, la independencia a cómodos plazos, la actitud franciscana hacia el hermano lobo, son la solución. Esperamos los gestos por la otra parte, lo que resultaría inédito, si es que se producen. Nunca estarán contentos. Sólo la independencia, etapa en la que iniciarían los lloros para reivindicar ampliar el espacio vital a sus paisos. Reclamarían nuevas e inventadas deudas históricas y, como ya anunciaron, no se sentirían concernidos por las deudas del Estado ni por ninguna otra obligación. Sus dirigentes son esencialmente deshonestos y chantajistas. Carne de psiquiátrico cuando no de presidio. Combatir esos delirios sería el marco, la base de partida para cualquier política. No caben estrategias de apaciguamiento, de ahí mis dudas acerca de la pertinencia, incluso del efecto balsámico de los indultos. De producirse, no será en los indultados. Nada es ni será nunca suficiente. Toda cesión pone la base para nuevas peticiones, así ha sido siempre y siempre les ha ido bien. Hay que cambiar el panorama, las reglas de la partida. Ellos también pueden perder, no hay que dar por buena la estrategia de que ellos nada arriesgan. Cuando pone uno en el tapete unas fichas, si la jugada sale mal se pierde lo apostado. Queda uno peor. Hay peligros que asumir. Un jugador que recoge lo ganado pero nunca paga las pérdidas se ve animado a multiplicar eternamente esas apuestas sin riesgos que los nacionalistas llevan decenios practicando. Es imprescindible hacerles entender que ellos también arriesgan algo, que esa partida amañada ya no da más de sí. Sería buena cosa ir retirando las competencias que se ejerzan de forma desleal, ilegal y perjudicial para sus administrados, aunque beneficien a algunos de ellos.

No hay necesidad de mesas de diálogo, otra cesión bastarda. Para eso se inventaron los parlamentos. Reunirse en privado con los dirigentes nacionalistas, representantes de menos de media Cataluña, tratando al Estado de tú a tú como fuerzas iguales en cuanto a legitimidad, no diré que es empezar mal, sino seguir a peor. Partiendo de la ruina hemos conseguido llegar a la miseria más absoluta.

Poniéndose uno en la posición de Maquiavelo, es decir bajando a su terreno, yo estaría a favor de los indultos. En el fondo, dañan gravemente al independentismo más radical y lo desarma internacionalmente, pues la acción de los gobiernos, desde antiguo escasa, rendida y vacilante, se ha limitado a una inactividad pusilánime, sin objetivos claros, siempre a la defensiva y deficiente en sus formas, que ha dejado el relato en manos de los enemigos de la democracia, presentes en todo el país. Estaría de acuerdo con muchos matices y condiciones. Con pedagogía y claridad, explicando las cosas sin tomarnos el pelo, como una muestra de fortaleza, no de debilidad. Pero hay muchos problemas que privan de gran parte de su virtualidad curativa a estos indultos. Primero por la persona que los impulsa, una veleta movida por los aires más tormentosos, las más de las veces en la dirección que conviene a él y a sus socios más que al país. Les resultará difícil convencer a los electores de que obran más por interés público que personal y partidista, algo que sería novedad. Sin duda, Sánchez debe de tener sus principios, aunque nadie sabe a ciencia cierta cuáles son, por cambiantes y porque su patológica falta de palabra le han privado de cualquier resto de credibilidad. Segundo, por su extrema torpeza, que es la opción más favorable a la hora de valorar el desvarío de calificar de venganza o revancha el cumplimiento de la sentencia de un tribunal en un juicio justo, que todo el mundo vio, como había visto y sufrido los hechos enjuiciados.

Aunque tendrán que ser aplicados de forma individual, adaptados a las condenas de cada uno para hacerlas extinguir, en realidad es un indulto colectivo, una amnistía grupal, un engendro legal. Doctores tiene la iglesia. Nos cuentan que es una forma de salir, como sea, (es decir, de cualquier forma) de un problema que nos creó el PP de Rajoy. Hace falta rostro, esclerosis facial y desmemoria. Hay que rebobinar más: hasta los 40 años de chantajes aceptados por PP y PSOE; también recordar a Maragall y a Zapatero, promotores principales del marrón, junto al igualmente desbordado Artur Mas. Mirar atrás ayuda poco, aunque siempre es necesario. Pero para ver cómo podemos corregir el rumbo sin perder los principios, quien algunos conserve. La culpa del crimen es del criminal, no cabe atribuirla a la víctima reprochándole no haber protegido suficientemente sus bienes o su vida. Casi todo el argumentario al que se recurre es mercancía averiada. Hay penuria argumental y, en no pocos casos y personajes, ruina moral. Son los riesgos de poner al futuro por testigo, cuando el pasado resulta poco amparador de las decisiones que se toman.

Esquerra y Junts se enfrentan a un horizonte judicial grave. Hay muchos juicios pendientes, con sus previsibles penas y, lo que no es menos gravoso, dineros que devolver y multas que pagar. Judicialización de la justicia, repetirán. Piden una amnistía general, lógico, a muchos les espera la cárcel, la ruina o ambas cosas. Consecuencia del procedimiento artero y habitual de acogerse a sagrado, de parapetarse tras los muros de la política, nombrando para cargos o incrustando en listas electorales a delincuentes para luego poder decir que se persigue a políticos, no a criminales, especies a veces indistinguibles en el principado. No hay ni habrá indulto para tantos. Algunos de ellos serán los mismos ahora indultados. Y el indulto no admite reincidencia, como los delitos que perdona.

El mejor y tal vez único argumento a considerar para conceder estos indultos con una pinza en la nariz y un Valium en la boca, es ver si convienen. No intentemos argumentar nada más porque la jodemos. Sólo podríamos tolerar, y con la nariz tapada, los indultos como un mensaje a Europa y a la parte de los catalanes seducidos por este montaje pero que aún conservan una rendija mental por donde se pudiera colar la razón. Es decir, los que no cobren de la industria indepe, que los que sí viven de ella son irrecuperables, al menos hasta que dejen de cobrar. Nada cabe esperar de ese mundo ensimismado, no les es posible plegar velas, reconocer que engañaron a todos. Hacer cierto que concederlos es demostrar la fortaleza del Estado requeriría mostrar y proteger esa fortaleza de la que presumen muchos que han trabajado más para debilitarlo que para reforzarlo. Poca robustez puede exhibir un país que tiene como socios y apoyos del gobierno a varios de sus peores enemigos. Desde luego no se hace más fuerte a un Estado desarmándolo jurídicamente, modificando figuras penales más para propiciar que para evitar delitos como los que se van a indultar. Reducir penas y despenalizar la convocatoria de un referéndum ilegal no deja de ser una curiosa forma de evitar que se produzcan otros. De las funciones del cumplimiento de las penas, ni se ha dado la reinserción, ligada al arrepentimiento, tampoco hay posibilidad de resarcir a la sociedad de los daños causados, y renunciamos para colmo al ejemplo y advertencia a navegantes. Legislar por encargo de la parte contratante de la segunda parte es lo que tiene. Los discursos con que se intenta sostener estas cosas, como vemos, son simple morralla argumental. Uno puede seguir tomando drogas, reconocer la propia impotencia para dejarlas, pero no argumentar acerca de su conveniencia. No argumenten, los indultos son más fáciles de conceder que de justificar. Su conveniencia, dudosa pero posible, hay que buscarla por otras veredas. Hay que recordar que estamos entre trileros.

Lo cierto es que más tiempo están en a calle que en la celda. Dada la blandura y laxitud con que cumplen las condenas, que en presidio les falta una pérgola y un estanque con nenúfares, a lo que se añade que pronto tendrán derecho a la libertad provisional y más cuando, tomadas las medidas que se anuncian, se les haga el traje ajustado a su talla por la revisión de la figura de la sedición. Las cosas así, tal vez le convenga al Estado mostrar generosidad, aparentar fuerza dando indultos. Decía el Quijote que «Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea por el peso de la dádiva, sino por el de la misericordia». Si entramos a considerar que tal generosidad sea un pago a cambio de apoyos, que en esta decisión hay más debilidad que fortaleza y otros condicionantes similares, llegamos a la melancolía. Sabemos que la vida no es justa, pero no busquemos argumentos para encontrar bondad y justicia en que nos caiga una teja que alguien ha dejado suelta. Se sufre y se aguanta si no hay otro remedio, pero no se dicen gilipolleces.

La coherencia, el respaldo de haber seguido con anterioridad una trayectoria sin meandros ni regates que buscando la ruta más cómoda en cada momento acaban por llevarnos a un mal sitio, así como la costumbre de honrar la palabra dada, hacen previsibles y fiables a las personas. Tal vez los independentistas hayan encontrado en Sánchez una cuña de su propia madera. Haciendo del defecto virtud, los que vienen años presumiendo de astucia y de bordear las leyes por la parte de fuera (en los mejores casos), pudieran acabar siendo los burladores burlados por alguien de su misma escuela de apuestas fuertes, pero más astuto y mejor tahúr que ellos, que ya reconocieron que iban de farol. Teniendo en cuenta que la gobernanza del principado, tras decenios a merced de orates tan alucinados como bien retribuidos, no ha ido haciendo sus levas precisamente entre los más listos, pudieran acabar cayendo en las trampas argumentales que hasta ahora tan buenos dividendos les han reportado. Incluso pusieron una pica en Flandes. Si esto va de relato, si estamos entre locos, si todo es ilusión como dijo el Supremo, quizás los indultos, infumables casi sismpre desde la decencia y la justicia, pudieran ser útiles para empezar a desportillar ese relato que ha calado en las mentes más perezosas de dentro y de fuera. Sería su única virtualidad positiva. Tal vez convenga otorgarlos aunque solo sea por joder. Para los afectados es pura homeopatía. No les sanarán. Es muy difícil, además, que nadie entienda algo cuando su sueldo depende de que no lo entienda. Y hay decenas de miles en esa situación. Nada cabe esperar de ellos. Pero los indultos podrían debilitar la ponzoña del relato nacionalista, siempre basado en el impostado victimismo. Que somos mejores que estos bandarras, es algo sabido, incluso por ellos mismos. Y con diferencia. Presumamos de bondad. Si hacer de san Francisco de Asís tampoco funciona, estaríamos en la peligrosa situación de que los cartuchos que nos quedan ya no son tan de fogueo, que es tal vez adonde los más indecentes nos quisieron llevar.

Debería ser un ultimátum expreso, no un paso más en el rosario de cesiones, un rosario más parecido al de la Aurora que al de la justicia. Dicen que volverán a repetirlo, aunque cada vez más solos y con menor convicción. Átense los machos tanto los que concederán el indulto como los que lo reciben. Si, a pesar de lo dudoso de su procedencia, ese mundo levantisco volviera a las andadas ya no podríamos seguir con los juegos florales. Deben saber, habría que demostrarles para que lo aprendan que, como hemos repetido antes, en una partida también se puede perder, que esta la han perdido ya y que la autonomía puede ser legalmente suspendida y no por unas semanas. Que no olvide nadie que las cárceles siguen existiendo.

sábado, 30 de enero de 2021

Epistolilla exiliada


 A veces una frase o un titular provoca reacciones y comentarios enfrentados, unos más ajustados que otros a lo dicho. Estas pelarzas dejan a un lado lo que hay detrás, antes y después, las ideas, antecedentes y consecuencias que reflejan y provocan unas declaraciones concretas. En ocasiones estas ideas aún son peores que las frases que motivan la polémica, aunque, al menos, dejan al desnudo a personajillos que inexplicablemente ocupan un lugar más protagonista del que que sus merecimientos y capacidad permitirían en un ambiente menos polarizado, en parte gracias a ellos.

 Han sabido sacar oro de legítimos descontentos e indignaciones, aunque es cierto que al precio de crear otros de igual calado. Cierto es que se les va acabando el filón a la par que muestran plumeros insaumibles por la mayoría. Hasta por los suyos, si es que ellos tienen suyos, aparte de su círculo reducido y endogámico. Por cada cucharada de azúcar social que haga digerible el amargor de sus manías y dogmas, que van en el lote, meten de rondón problemas en el debate y medidas en el BOE que carecen del suficiente apoyo social. No hay que confundir ser decisivo con llevar razón en todo. Es perverso que la capacidad de brindar (o vender) apoyos tan escasos como imprescindibles haga determinantes a ciertos personajes y grupos. Tanto Iglesias como algunos partidos periféricos. Un democrático reconocimiento de su verdadero peso, cercano a la irrelevancia, reduciendo su capacidad de influencia y chantaje, arreglaría, y arreglará, ciertas derivas. Entre ellas la de pasasitar memorias, personajes y la misma Historia, que son de todos, no solamente suyos.

 Afortunadamente, en algunos temas cada vez se les hace menos caso en el gobierno. Mientras sigan en él, entenderemos que, aunque se quejen, responden de lo hecho, que es pago asumible, no cabe cobrar y figurar por hacer lo contrario de lo que piensas. O tal vez sí, si era el sillón el verdadero programa.

 Este artículo va un poco más allá de si el Puchi y sus secuaces son exiliados políticos, que claro está que ni por el forro. Compararlos, ni de lejos, con los de la República, ya es desvarío y alucinación.

https://www.elespanol.com/opinion/tribunas/20210130/exiliados-presos-politicos-espana/555064498_12.html?fbclid=IwAR0LKQYPQafAkD9P3kYwlGrW945vpOfWF_alOIQIc7UJGNt4jkBwQjd8MhU

martes, 28 de enero de 2020

Epístola judicial



     Se nos dice que la justicia no debe suplantar a la política, un buen consejo acompañado de beatíficas demandas de diálogo. Hay bastante de cierto en esas afirmaciones, pues una sociedad con salud democrática debe intentar solucionar sus problemas por medio del acuerdo político. Si malo es judicializar la política, algo inevitable cuando precisamente pisotean las leyes los dirigentes encargados de aplicarlas, peor es el extremo opuesto, esto es, politizar la justicia hasta diluir un contrapoder imprescindible. Estas y otras cosas nos llevan a añorar aquel consenso de una época pasada que no pocos quieren desacreditar, tanto en sus formas como en sus logros, precisamente en un momento en el que las formas se han perdido por parte de todos y en el que las ejecutorias y las propuestas vienen a ser, por parte de muchos partidos y activistas disfrazados de políticos, precisamente todo aquello que desmonte esos consensos que nos han proporcionado el período de paz y prosperidad más largo de nuestra historia. Afortunadamente, los que redactaron la Constitución y el pueblo que tan mayoritariamente la aprobó, procuraron blindar ese marco de convivencia contra pasajeros y ocasionales calentones, dificultando que pudiera ser modificada sin un acuerdo mayoritario, hoy imposible. Para los planes de algunos resulta un obstáculo, como la justicia. El tercero parece ser el Rey.

     En no pocos temas la única razón que algunos tienen es la que han perdido los demás, y se reprocha al contrario la apropiación de lo que debería ser común, aunque se trate de algo que quien tan amargamente se lamenta abandonó previamente. No hace falta ser un lince para pensar que la adopción de posturas ideológicas maximalistas en aquellos temas sobre los cuales no existe un claro acuerdo en la sociedad no es la forma de propiciar acuerdos básicos, espacios comunes que quedaran fuera del debate, que en la actualidad siempre resulta agrio y basado en la descalificación total del oponente y en la parcelación de la sociedad en minorías, unas víctimas de las otras, todos en deuda con ellass y todos agraviados por los demás. Hoy no importa nada el pensar, por eso se practica poco. Lo importante es ser. Una vez uno decide o sabe qué es, lo demás viene ya dado y pensado y ya sabemos quiénes son los nuestros y quién el enemigo. La única identidad en entredicho es la común, la de pertenencia a un Estado, idea bajo sospecha, tanto como sus símbolos y su nombre, cosa de fachas. La verdad es mía, completa, sin matices, sin posibilidad de cesiones pues, siendo cuestión de principios, llegamos a aquello que no se puede negociar, precisamente los principios. Esto ocurre incluso cuando quienes obran así, es decir casi todos, presenten muchos síntomas de no tenerlos, por las propias trayectorias en unos casos o por ver en otros la facilidad con que en el transcurso de días se pasa a defender lo que previamente se atacó, y viceversa. Será curioso dentro de unos años ver la firmeza de algunas convicciones hoy irrenunciables, aunque recientemente sobrevenidas, una vez la tendencia imperante las sustituya por otras que se adoptarán y defenderán con semejante ardor religioso. Pedir diálogo desde esa actitud encastillada, en la que casi todo es innegociable, es invocar un principio de autoridad superado hace siglos, un mandato supremo, la causa, que lleva a la imposición de una verdad revelada ante la que sólo cabe arrodillarse y rezar. Ver el parlamento actual donde integrismos varios, en tono crispado y barriobajero, vociferan y excomulgan al contrario, desbarrando más que argumentando de forma destemplada acerca de todo menos de lo que interesa, da pocas esperanzas. En la sociedad se propaga el desenfoque y, aunque nada arreglemos, andamos muy entretenidos y encandilados con los señuelos de unos y de otros.

     Igual que ocurre entre particulares, los desacuerdos irresolubles acaban dirimiéndose ante la justicia, más cuando alguna de las partes se ha saltado la ley y ha incurrido en delitos para imponer su postura. La ley y la justicia son la última ratio, cuando todo lo demás ha fracasado. Los estados aún tienen una ultima ratio más dolorosa, recurso extremo aunque no inusual, según la Historia propia y ajena nos muestra. Hasta eso llegan a invocar algunos. La justicia es una solución civilizada cuando las partes no han mostrado un grado suficiente de civilización, y a nadie debe extrañar que sean los tribunales quienes decidan la solución que más se ajuste a lo previsto en nuestras leyes. Aunque algunas sean viejas, conviene recordar que en algunas zonas antes españolas de Estados Unidos no es insólito el recurso a las Partidas de Alfonso el Sabio, heredadas del pasado mejicano, donde siguen en vigor en aquellos aspectos en los que no han sido expresamente derogadas. Paradójicamente entre nosotros, desde posiciones que se dicen progresistas, se acaban defendiendo fueros y privilegios medievales, a la vez que se rechazan por antañonas algunas leyes que vienen a resultar incómodas para la ocasión. Como propuesta territorial deseable se llega a proponer algo que recuerda al feudalismo.

     Es la ley algo que algunos respetan cuando suponen que está de su parte, que les dará la razón. Entonces las leyes se ven justas y quienes las aplican resultan imparciales funcionarios que se limitan a ajustar a ellas sus decisiones. No es así cuando pintan bastos, pues entonces las leyes pasan a ser residuos del pasado, antiguallas incapaces de dar solución a nuevos retos, no pocas veces provocados por el imaginativo trilerismo con que algunos intentan sortearlas. Igualmente, los jueces, antes justos, pasan a ser marionetas dirigidas por las manos del oponente que propuso sus nombramientos. Como fueron propuestos tanto por unos como por otros, al compás de los vaivenes de la política y gracias a un sistema que se repudia cuando creemos que, estando en la oposición,  nos perjudica pero que se mantiene y acentúa cuando ya en el gobierno nos beneficia, estas quejas y lamentos vienen a decir que bien está que el poder judicial esté en manos de los que llevamos razón.

     La ley, como su aplicación, ha de ser justa, no oportuna ni conveniente, en el peor de los sentidos de ambas palabras, el del oportunismo o de la conveniencia sometida a intereses de parte o a las urgencias del momento. Que nadie, ni antes ni ahora, desea ni promueve la independencia de la justicia es un hecho, un lastre que, como las Diputaciones y otras cosas, sólo son mal vistas hasta que puedes tenerlas en tus manos. De ahí el sonrojo al leer o escuchar los argumentarios con que se intenta barnizar ciertas decisiones y proyectos. Tres veces he leído en las últimas semanas referencias al Arte de la Guerra, de Sun Tsu. Mala cosa es tomar ejemplo de sus principios, ni de los de Maquiavelo, pues todo vale en la guerra, dicen y, parece ser, que también el el gobierno o en la oposición.

     Hay que reformar el Código Penal, nos dicen, algo de lo que se dieron cuenta ayer, recordándonos a esas emisoras de radio que, complaciendo una amable petición, dedicaban una canción a un oyente. Reforma con dedicatoria, votada, si llega a aprobarse que esperemos que no, precisamente por aquellos a quienes, torciendo la mano a leyes, juicios y sentencias, esa reforma dudosa y acomodaticia vendría a perdonar. Mal precedente que menosprecia de forma ligera y burda a leyes y tribunales y deja indefenso al Estado, a propuesta de quienes ahora miran con lupa y escrupulosidad otras sentencias que no les agradan. Hace falta mucho sometimiento ideológico y más cinismo que vergüenza para defender algo así. Pero ahí están, intentando argumentar lo indefendible, contándonos que se trata de figuras delictivas obsoletas, por antiguas, aunque lo sean menos que las de robo o asesinato, por ahora no cuestionadas. Sería razonable pensar, si su obsolescencia fuera el motivo real de su reforma suavizadora, un traje a medida, que serán sustituidas por otras que persiguieran de forma más adecuada delitos no previstos por las leyes actuales. Antiguamente, un golpe de estado suponía tomar el control de las instituciones clave de gobierno, además de aeropuertos, fronteras y medios de comunicación. Lógicamente quien ya dirige tales cosas no tiene necesidad de tomarlas por la fuerza. Lo del Parlament y la declaración interrupta de la independencia catalana fue un tipo de golpe de estado efectivamente no previsto por sus novedosas formas en nuestra legislación actual. No cabe pensar que la intención de la reforma sea la de redefinirlo para evitar que estos delitos se vuelvan a cometer, más bien parece lo contrario. Si el delito de sedición se ve anticuado y de dudosa aplicación en este caso, como el de rebelión, sin duda serán sustituidos por otros tipos penales tendentes a prevenir y, en su caso, castigar, pronunciamientos similares, cegando las puertas que las actuales leyes dejaban candorosamene semiabiertas. Sánchez anunció en campaña electoral que recuperaría la figura de convocatoria ilegal de referéndum, suprimida por su partido bajo el mandato de Zapatero. Si eso hubiera sido dicho y refrendado con un apretón de manos por un tratante de ganado, ninguna duda quedaría al respecto, pero las promesas de Sánchez no llegan a inspirar tales niveles de confianza. De sus socios y apoyos mejor no hablar.

     Se nos dice que se trata de acomodar nuestras leyes a las de nuestro entorno. En primer lugar, cada país sabe de qué pie cojea, conoce su Historia y, parece ser que, con la excepción de algunos de nosotros sospechosamente temerarios, sabe de qué necesita protegerse con sus leyes, a menos que la intención sea la de no hacerlo. En segundo lugar, precisamente en nuestro entorno europeo abundan los países en los que intentos de independencia similares están prohibidos sin dudas ni resquicios que pudieran dejar impunes intentos tan penosos y estrambóticos como los que aquí sufrimos, y que dejan fuera de la ley los partidos o los programas electorales que los propusieren. En tercero, de producirse, serían calificados como alta traición, vetusta e incuestionada figura legal, y castigados con penas que llegarían a la cadena perpetua. En su reforma que homologue nuestras leyes con las de Alemania, Francia, Italia o Estados Unidos y con casi todos los países a quienes parece ser que deberíamos parecernos, tal vez nuestro gobierno siga esos caminos, aunque todo nos lleva a pensar que más se trata de desarmar que de armar al Estado frente a quienes atentaron y anuncian que atentarán contra él, es decir, contra todos. Este proceder de los reformadores anda cercano a la complicidad.

     Lo malo de legislar en caliente, tomando la ley por canción dedicable, es que contando de antemano con la tradicional deslealtad y astucia de los que motivan estas reflexiones y estas reformas legislativas, se abren peligrosas puertas. En lugar de intentar evitar que se vuelva a producir lo que, por imprevisto, ha mostrado los resquicios y abierto algunas costuras en nuestra legislación y nuestra convivencia, nos hacemos de forma suicida un descosido que los haga más fáciles y menos castigados.

     Como uno es un descreído, tal vez la almendra del tema sea que todo esto también resulte ser una patraña, que el plan consista en dibujar el trampantojo de una pista de aterrizaje donde pudiera tomar tierra el esperado traidor, el que cuente por fin a los suyos que todo fue un engaño. Si es así, pudiera resultar un éxito, pues ya se ha conseguido que los de Junqueras y los de Puigdemont saquen los cuchillos que mantenían ocultos en la liga, en el refajo o en la barretina, que de todo hay en la viña del Señor. Lo perverso es que se nos antoje como opción más deseable la mentira y el engaño. Al menos a eso ya estamos acostumbrados.

martes, 5 de enero de 2016

Epístola vanguardista



Queridos hermanos:
    Reconozco que todo lo que leo sobre Cataluña, no me deja indiferente, aunque ganas dan de desenchufarse del tema y Dios dirá. Pero no puedo evitarlo. Jugando con las palabras puedo afirmar que, en principio, no me interesa el principado más que Andalucía, Extremadura, Asturias o Melilla, pues no es Cataluña ni más ni mejor que cualquier otra parte de España, esa nación maravillosa que muchos llaman “este país”. Y yo me considero más español que estepaiseño. Pero yo he vivido de niño allí. En Tarragona, cerca de la plaza de toros, mientras mi padre, impresor, era maestro de taller en la Universidad Laboral de aquella pequeña ciudad. La Rabassada, el campo de Marte, Sitges, Salou, las cuestas del Garraf… forman parte de mi infancia y  no puedo considerarlas extranjeras. No lo son.
 Más tarde, curso escolar 1978/79, que empezamos dictatoriales y terminamos constitucionales, mi primer destino definitivo como maestro, tras catorce meses y un día de vigilar una garita en La Coruña, me llevó forzoso a Viloví del Penedés, que aún no era Vilobí, pues Cataluña y otras regiones necesitaban entonces maestros, profesión mal pagada y poco estimada, escasamente atractiva en un lugar con tantas facultades universitarias como Barcelona. En lo que luego sería mi región, Castilla La Mancha, entonces no había ninguna universidad en las cinco provincias que ahora la forman. El alcalde, cuyo nombre recuerdo, aunque no lo cite, no ahorró decirme que preferían maestros catalanes y hasta puso ciertas pegas en firmarme la preceptiva toma de posesión. Tras largas colas varios días en la infinita calle Aragón de Barcelona, reclamé lo que, a la fuerza y contra mi voluntad, era mío y tomé posesión de esa escuela para cuyo desempeño había sido nombrado en el Boletín Oficial del Estado. Allí trabajé junto a un leonés, una murciana y un director de Tortosa durante un curso, pues era una escuela graduada con cuatro unidades, y lo llevé lo mejor que pude comiendo conejos a la brasa y bebiendo cava a quinientos kilómetros de mi familia, mi música y mis amigos. 
    Tuve suerte, pues a otros compañeros de profesión los enviaron a Basauri o a algún villorrio del país vasco, en una época en que a estos funcionarios allí desplazados les daban licencia de armas. O a Hierro o la Gomera, lugares tan maravillosos como apartados. Aunque a disgusto, había que entender que, como funcionario, pudieras ser destinado a donde tu país te necesitara. Hoy seríamos menos contentadizos. Y más visto lo visto.

    Yo vivía en Vilafranca, pues en Viloví, pueblecito muy cercano, no había en donde hacerlo. El autobús salía sobre las 7:30 de la madrugada y era mucha distancia para ir andando  a diario. Llegaba a las ocho menos veinte y cuando abría la escuela a las 9 ya me había tomado seis cafés y, la verdad, siempre estaba de los nervios en esos meses entre el alcalde y la cafeína. Ahora pienso que debí comprarme una bicicleta. Al final busqué un coche, y un alma caritativa me prestó un Renault 4L con tres marchas con el que no podías quitar la vista de la carretera ni las manos del volante pues tenía una querencia casi imbatible a irse al ribazo. Salvo algunos de fines de semana, todos los viernes me volvía a Albacete o a Alicante a ver a mi novia. 

     Recuerdo comparar las carreteras bien asfaltadas que unían los pequeños pueblecitos de nombres musicales y rimbombantes cuando autobuses pagados por la administración nos llevaban con nuestros alumnos a competiciones deportivas. O el día de San Jordi, cuando la Caixa de Estalvis de Cataluña nos regalaba, no recuerdo si rosa, pero al menos un hermoso libro sobre el románico catalán, o un juego de pluma y bolígrafo con motivo del día del maestro. Tal vez que la diferencia abismal entre esos pueblos, tales carreteras o tamaña prosperidad y las de muchos otros lugares de España en parte se haya suavizado, es algo que debamos hacernos perdonar.

    En cuanto pude abandoné definitivamente a Tarradellas,  a la sazón presidente de la recién recuperada Generalitat, que con el tiempo ha resultado ser el único presidente en verdad honorable de esa comunidad autónoma,  y me vine para mi tierra. En Alpera me recibieron infinitamente mejor y allí viví muchos años, hice muchos amigos y de ese pueblo maravilloso sigo guardando afectos y buenos recuerdos. En realidad, de Viloví tampoco los tengo malos, salvo cosas que el tiempo ha dejado en simples anécdotas. Viniendo de una garita, el cambio fue sustancialmente a mejor.

    No me sentí maltratado por Cataluña, si acaso por algunos de sus  dirigentes y otros inmigrantes conversos que ya apuntaban maneras. Nunca tuve problemas con la lengua salvo con algún cristiano nuevo, tal vez de mi tierra, que la utilizaba como un converso hace con la tajada de tocino, para mostrar ante los nativos la firmeza de su fe. Incluso en una especie de casino de Vilafranca, puedo recordar a un provocador suicida que vestía equipamiento oficial y bandera del Real Madrid cuando por las tardes retransmitían un partido de fútbol, como la final de Basilea, cuando el Barça venció por 4-3 al Dusseldorf. El madridista era consentido, aunque diana de toda clase de bromas, benévolos escarnios y comentarios jocosos, pero tolerado, no insultado. Hoy dudo que saliera vivo de allí.

    Vivos, pero a la fuerza, tuvieron que salir pocos años después de la región miles y miles de docentes que recibieron un telegrama de la Generalitat ya pujolista, conminándoles a pedir el traslado en un plazo de días a otros destinos fuera de la comunidad, pues no habían acreditado suficiente conocimiento de la lengua catalana, una condición impuesta y sobrevenida que hacía de Cataluña un coto laboral cerrado para los nativos. Una deportación estalinista perpetrada por neofascistas, una depuración étnico-cultural consentida, un abuso permitido que burlaba, entre otras muchas cosas, los principios constitucionales de libertad de residencia, de trabajo y de igualdad de derechos entre todos los españoles. Está claro que, ante la permisividad vergonzosa del gobierno central ante tal infamia, estos docentes se vieron indefensos y avasallados. Una más de las muchas cesiones que la compra-venta de votos en el parlamento nacional habían conseguido estos xenófobos supremacistas en su plan totalitario de segregar una parte de España, donde campar a sus anchas y avasallar a todo lo que sonara a español. Cuando escucho hablar de cumplir este o aquel principio de la Constitución por parte de una mayoría de mesetarios desentendidos, cuando no favorables a este proceso tan poco democrático, oscilo entre la risa, el llanto y la rabia. Llegué allí, como muchos otros, a la fuerza, cuando nos necesitaban. Cuando ya estorbaban a sus planes de depuración cultural y lingüística, de base etnicista y fondo económico, fueron arrojados sin contemplaciones de la región, donde vivían y trabajaban. El gobierno central y el resto del país estaba en otras cosas. Si se les permitió semejante deportación forzosa ¿qué límites se les pondrán? Me temo que ningunos, en todo caso, dependerán no de la justicia ni de la ley, sino de las conveniencias y debilidades de los partidos para sumar votos con que gobernar. Lo que no deja de ser pagar con los derechos vulnerados de los ciudadanos que los sucesivos gobiernos echan a las arenas del circo nacionalista, unas fieras ombliguistas y ensimismadas. Mientras se actúe desde el Estado de esta forma rendida ante estos dictadores "blandos" regionales, nadie hable de igualdad, de justicia, de Consitución y de otras garambainas.

Siempre he defendido a Cataluña, a su lengua, sus costumbres, sus canciones, su cultura y sus gentes, que siempre he diferenciado de sus lamentables gobernantes que, como buenos españoles, poco difieren de los del resto de España. Igual de mediocres, ladrones, soberbios, ineficaces y sectarios. El nacionalismo añade algo más de irracionalidad y engreimiento, si cabe.

    Como músico, siempre me ha llamado la atención, de forma irritante e incomprensible para mi, tengo que decir, que la gente soportara en bailes, emisoras, discotecas y demás lugares, una música en un inglés que le resultaba incomprensible, que nadie pareciera percatarse que la ópera estaba en italiano, en alemán o en swahili, pero mucha gente levantara inquieta la oreja al escuchar una hermosa canción de Lluis Llach, compuesta antes de perder el oremus ora de soñar y cantar viajes a Ítaca ora de que la barretina  de lana gris le apriete las meninges. España  nunca ha valorado la riqueza lingüística que tiene, ni defendido como propias todas las lenguas del Estado, error que los nacionalistas han resuelto demostrando, como buenos españoles, ser igual de irracionales y totalitarios, despreciando e intentando arrinconar una de las dos lenguas que tienen la inmensa suerte de poseer.

    De mi inicial simpatía y comprensión, los acontecimientos y ciertas opiniones y lemas, me han ido empujando al desconcierto, a la tibieza más tarde para terminar en una hostilidad defensiva. No puedo tolerar que se me llame ladrón, pues tienen en casa quien les robe a manos llenas, ni que se dé a entender que vivimos a su costa, que la palabra español sea allí un insulto en boca de algunos, —quiero pensar que son los menos—, que personajillos como Cucurrull, estiracen de la historia, otra de mis querencias, hasta un ridículo que, como signo de la altura intelectual de los impulsores del “proceso”, es la prueba definitiva de que no están en buenas manos. 

    La deslealtad de achacar las consecuencias de la actual crisis a la rémora que para Mas y sus secuaces supone la pertenencia a España, reuniendo el legítimo amor a la propio con el más mezquino y egoísta de los intereses económicos, recurriendo a maltratar las estadísticas como con la historia suelen hacer, es algo que será difícil de olvidar en momentos más prósperos. Tal vez en lo único en que lleven razón sea en que nunca nada volverá a ser lo que fue. Y malditos sean quienes han conseguido enfrentar a una parte de la sociedad contra otra en gran parte para evitar que sus latrocinios, evasiones y mordidas sean investigadas por la justicia española. Es imprescindible crear otra. El juez Vidal se ocupará del borrón y cuenta nueva mientras nosotros nos encargamos de entretener al personal con banderitas y manifestaciones, en hacer de cada día una fecha histórica, de cada voto el voto de tu vida, de cada acercamiento de la justicia a nuestras trápalas una afrenta a Cataluña, de cada problema derivado de nuestra gestión no mala, sino inexistente, otra nueva agresión de España. La histeria y la paranoia que antes solían conducir al psiquiátrico actualmente te pueden llevar al gobierno, pues hoy en día son dolencias indispensables para ser alguien en la Cataluña oficial.