viernes, 10 de julio de 2015

Epístola consultiva, refrendataria, eclesiástica y pía.


 Queridos hermanos:

    Es tradición casi sin excepciones que los pueblos paguen por los errores de sus gobiernos y honren los compromisos adquiridos por ellos. Tal vez sea justo, al fin y al cabo los han elegido y mantenido en el poder. A veces hay científicos e historiadores metidos en política que, entre probetas y legajos, descubren que no es así, que las causas de sus desgracias vienen de fuera, hallazgo maravilloso por tranquilizador, pues les evita los esfuerzos de intentar solucionar sus problemas, que ahora viene a resultar que eran ajenos, fíjese usted. El enemigo exterior, la confabulación judeo-masónica, el opresor foráneo, es el fácil recurso al que suelen recurrir los caudillos, los nacionalismos y otros dictadorzuelos en ciernes para apuntalar su ejecutoria y hacer el caldo gordo para su causa, intentando unir a una feligresía diversa contra un enemigo común más supuesto que real. En el mejor caso se hace para distraer. En los casos peores se explica —o sugiere— que ese enemigo que debería estar en el exterior se encuentra dentro, entre nosotros. Lógicamente hay que aislarlo, desacreditarlo o anularlo si no entra en razón y se une a la causa. Lo que se llama darle muerte civil. No habría que buscar mucho para encontrar ejemplos más trágicos en los que se terminó prescindiendo del adjetivo, y la gramática tiene su importancia.

   Suponiendo que los electos no sean unos mangantes, lo que es mucho suponer, cualquier gobernante asume como primera misión una vez que alcanza el poder el hacer todo lo posible por conservarlo. Cuando digo todo lo posible no exagero. Casos hay en que no se privan de modificar a su gusto y conveniencia las leyes que sabiamente les impedían eternizar sus mandatos. No obstante un gobierno tiene unos límites en su ejercicio que le impiden derogar de la ley de la gravedad, pongamos por caso, promesa que no evitan quienes desde la oposición aspiran a arrebatarles la vara de mando. Tal vez lo de obviar la gravitación universal parezca un chascarrillo, una ocurrencia. Pues no, que hay otras leyes tan operativas e inmutables que se intentan soslayar, sobre todo en campaña electoral. En los casos más indecentes y desleales incluso se anuncia la intención de levitar, de no cumplir las leyes que se consideren inconvenientes. Inexplicablemente esas palabras, incluso puestas en práctica, no les llevan inmediatamente a la cárcel, como ocurriría en cualquier país democrático y civilizado. Al menos a la inhabilitación perpetua para el desempeño de cargos públicos.

    Cada partido tiene sus fieles, pues algunos de ellos son verdaderas religiones, con sus dogmas fuera de toda duda y discusión, predicados por profetas que bajan de sus sinaís con las tablas de los nuevos mandamientos que les han sido revelados, su conferencia episcopal e incluso su inquisición, sus herejes y sus cismas. Esta incondicional feligresía es la parte más preocupante del tinglado, al menos tan nefasta como los dirigentes a quienes defienden a capa y espada, que no a base de diálogo y razón. Estos guardianes de la fe son los que ponen las ramitas del nido donde crecerá la corrupción a base de justificarla y permitir su incubación desde que esta era huevo. Siempre es fácil encontrar alguien o algo peor para urdir una defensa, aunque ésta solo nos permita salvar la cara ante los incondicionales. Los esfuerzos y equilibrios que arguyen por defender a sus diáconos y hermanos en la fe llegan hasta el ridículo y el desprecio a la inteligencia. La ajena y la propia. Aunque resulta patético, los mantras repetidos una y otra vez por los acólitos adormecen sus magines, y solo desde fuera se puede percibir la falta de una mínima autocrítica entre los que forman parte de la secta.

   Por supuesto cada partido tiene sus libros canónicos establecidos en su particular concilio de Hipona,  sus padres de la iglesia y otros exégetas de referencia que en sus glosas y comentarios en la prensa afín no cuestionen los dogmas. Los feligreses procuran no abandonar ese entorno protector de unas ideas que tal vez no se tendrían de pie a la intemperie. El caso es no enfrentarse con discursos que les incomoden al poner en tela de juicio sus inmutables creencias. Ese círculo cerrado realimenta sus convicciones y hace percibir a quien las cuestiona como un enemigo. Por supuesto estúpido, mal informado e inexplicablemente incapaz de ver la luz que a ellos les deslumbra. Los resultados de las elecciones les sorprenden e irritan las más de las veces pues habían llegado a pensar que todo el mundo opinaba como ellos y sus conmilitones. Como deberían de hacer. Para padecer el síndrome de la Moncloa no es imprescindible vivir allí, que hay quien es capaz de desconectarse de la realidad desde cualquier sitio.

    Aunque dicen ser demócratas, sólo respetan a esa parte del pueblo que ha votado lo que ellos consideraban conveniente. El resto es despreciable, alienado, vendido a oscuros poderes, bien por interés, bien por ignorancia. En foros, tertulias o conversaciones en la barra del bar estos talibanes insultan y descalifican a quienes no dan en las urnas el poder a sus orates preferidos. Por supuesto ese mismo pueblo calificado de ignorante cuando opta por otras alternativas es tenido por sabio cuando atina a apoyar las nuestras. Con los jueces ocurre lo mismo. Intelectualmente no se puede ser más pobre. Moralmente, mejor no hablar.

    Como en toda religión no hay medias tintas. La fe no se puede repartir, la doctrina no se debe cuestionar, los dogmas no necesitan contrastarse con la realidad, tan molesta a veces. El mundo está poblado por buenos y malos, por fieles e infieles, por ángeles y demonios. Por supuesto los primeros en cada par son de los nuestros.

     La fe es cómoda. Nos evita pensar demasiado. El libro sagrado nos da todas las respuestas. Algunas pueden resultarnos poco razonables, chirriantes e incluso difícilmente defendibles. Pero toda religión tiene sus arcanos, impone sus ritos y a veces enfrenta a sus creyentes a misterios que mejor es no cuestionar. Menos aún a sus profetas.

     Lamento inmensamente escuchar o leer algunas opiniones de personas a las que tenía por razonables, entre ellas algunas que aprecio, aunque procuro no entrar demasiado al trapo. Incluso las consideraba inteligentes. Al analizar algunas tesis, que tanto el verbo como el nombre resultan excesivos pues los argumentos suelen ser breves y simples, uno reconoce inmediatamente qué variedad de alienígena ha abducido sus mentes. A su regreso del ignoto mundo al que sin duda los llevaron, ya no son reconocibles. Vaya en su descarga que la vida es confusa, cambiante, compleja y de difícil interpretación. Cuando han dado con una respuesta tan sencilla, con una solución tan evidente, con un profeta tan perfecto, con una taxonomía tan aquilatada que les permite poner aquí a los buenos, allá a los malos… En fin, cuando han vuelto a la Tierra con una fe tan afianzada y acrítica, es evidente que su caída del caballo les ha dejado muy perjudicada esa capacidad de razonar que se les suponía y que les debería haber sugerido que estaban equivocados al ser los únicos en dar con un arreglo tan fácil.

    Así veo y escucho con tanta pena como asombro que algunos se escandalizan de lo que nunca les escandalizó, mientras otros se ven obligados a defender lo que hasta ahora habían atacado con saña. Todo depende de quien sea el autor del twit. O de quien haya autorizado reabrir una mina de triste recordación, quien resulte ser el beneficiario de una ganancia dudosa o del uso ilícito de unas tarjetas, quien urda unos Eres criminales, quien incurra en el sospechoso nombramiento de un familiar cercano por parte de quien llegó a donde está por prometer no caer en tales indecencias. Depende de cuál sea el dios ante el que uno blasfema mientras enseña las tetas —mejor la cruz que la media luna o la estrella de David—, de en qué partido milite —vocablo amenazador— el ingresante en Soto del Real por tener las zarpas afiladas en exceso, de la filiación política de quien se fotografía meando en la vía pública, colmo de la casposidad, de la financiación ilegal del chiringuito, del maquillaje y aliño de las cuentas para escamotear unos euros a hacienda, muchos o pocos, que la decencia como el embarazo no admite grados, se tiene o no se tiene… Desde la televisión se nos reconviene sobre lo feo que está no pagar el IVA en un mensaje publicitario firmado por un gobierno que pagó la reforma de su sede con dinero negro. Desde otro palacio se indignan, algo que harían con razón si no fuera porque tienen sus sedes embargadas como fianza por los desfalfos de su partido, auspiciados o consentidos  por sus presidentes, antaño tenidos por honorables. Hay un relé en cada uno de estos fieles creyentes que se activa dependiendo del credo del autor del estímulo, abriendo o no el circuito de la indignación. Afortunadamente hay millones de personas que se abochornan de estos comportamientos. Y no votan a sus autores o se tapan la nariz al hacerlo. Por eso, quedarse en casa no es opción tan descabellada como algunos quieren argumentar. Además, si matemáticamente esto beneficiara a sus siglas considerarían legítimo y necesario lo que hoy descalifican.

    Siempre he pensado que la estupidez y el dogmatismo hacen mucho más daño que la maldad cuando se presenta sola. El malvado puede llegar a ver frenada o matizada su maldad por las posibles consecuencias de sus actos, que es capaz de anticipar. El tonto no, y al dogmático le da lo mismo, que la causa es la causa y lo primero lo primero.

    Aplicado lo anterior a Grecia y a los problemas de sus indefensos habitantes, es ilustrativo ver muchos de los argumentos esgrimidos en los últimos tiempos. Cuando digo indefensos ya tenemos la primera clave de bóveda. Cada uno habrá interpretado que tal indefensión se produce respecto a las maldades de poderes distintos. Unos obviamente al de los cicateros europeos que les han prestado demás, como avarientos mercachifles, y se empecinan en que les devuelvan lo prestado, y sálvese el que pueda. Entre los que tienen asegurada la salvación, que el agua nunca llega tan arriba,  se encuentran los que, habrá quien opine, son culpables de poner por delante del dinero ajeno la dignidad y el orgullo propios, de su nación y de sus conciudadanos, en quienes delegan el marrón de decidir cómo arreglar lo que ellos se habían comprometido a solucionar, ahora que se ven incapaces de levantar el prometido vuelo, tal vez por lo de la ley de la gravedad mentada.

    ¿Quién puede dudar del carácter democrático de un referéndum? Una consulta siempre se supone democrática, en muchas ocasiones mucho más que quienes la convocan. Lo será si lo que se decide concierne y afecta únicamente a quienes se permite votar en él. En caso contrario es más que dudoso que lo que unos decidan deba comprometer a quienes sin participar de los beneficios acordados, se vean obligados a costearlos o a sufrirlos. Esto es tan de aplicación en Grecia como en Cataluña. Como es previsible, a pesar del realizado en esa nación, que no gracias a él, se depondrán las armas y se alcanzará un acuerdo que sí o sí llevará consigo condonar gran parte de la deuda aún no perdonada o aplazada ad eternum, que viene a ser lo mismo, a la vez que se inundará con miles de millones de euros la depauperada economía griega. Si tal acuerdo se sometiera a referéndum entre los ciudadanos de los demás países que, al fin y al cabo son los que van a pagarlo, habría quien llamaría tal cosa agresión a Grecia, chantaje, prepotencia, abandono a su suerte… Además, también saldría que no. Por eso, mejor pagar y no preguntar al pueblo. Hemos elegido unos representantes y debemos dejarles acertar o equivocarse en nuestro nombre, sin grandilocuentes aspavientos ni rencor, pero con memoria. En las próximas elecciones juzgaremos su actuación y les permitiremos seguir o buscaremos quien mejor lo haga. Resulta tan democrático o más que un referéndum envenenado. Se somete a plebiscito la ratificación de un acuerdo; un desacuerdo no, que para eso están las encuestas, igualmente manipulables pero menos costosas y con menos peligros, en los casos que nos ocupan. Hace muchos años un banco me prestó un pastizal para comprarme una casa. Mi casa, que aún estoy pagando. Si en un referéndum se me planteara la disyuntiva, se me abriera la posibilidad de seguir pagando o no, claro lo tenían los del banco. Ahora bien, evidente caso de esclerosis facial sería intentar simultáneamente negociar con ellos otro crédito para comprarme un apartamento en la playa. Incluso aunque fuera para comer.

    Un chantaje es una situación en la que a alguien se le pone ante la tesitura de pasar por un aro que se le ofrece como única salida que evite unas consecuencias que se le avisan muy perjudiciales. Es lo injusto de lo que se exige, junto con la amenaza de lo que ocurrirá en caso de no aceptarlo, lo que constituye la maldad del chantaje. A mi modesto entender, entre Grecia y el resto de Europa el chantaje es mutuo, de pillo a pillo, pues ambos tienen riesgos e intereses, aunque no siempre sean los mismos, igual que compartidas son las culpas de haber llegado hasta aquí. Unos con la mala conciencia de haber impuesto unas medidas tan crueles como estériles. Otros con la de pretender seguir costeando una situación insostenible con dinero ajeno, sabiendo quien esto escribe que es un mal retrato de la situación, como todos los resúmenes. Por supuesto las víctimas han sido, son y serán los ciudadanos más indefensos. Los griegos y el resto de los europeos. Los ganadores siempre serán los bancos y las grandes corporaciones que nos trasladarán sus pérdidas. Lo trágico es que quienes nos representan, tanto en Grecia como en los demás países del euro, están a salvo de los peligros a que exponen a sus conciudadanos a veces teniendo en mente más su orgullo, su futuro político y el de sus partidos, que el bienestar que los ciudadanos que les pagan por defenderlos. Esto es de aplicación tanto a unos como a otros, pues en esta película se le olvidó al guionista incluir al bueno.

    La única verdadera revolución, a mi juicio, no sería la reedición de acreditados fracasos en otros lugares o momentos. Lo revolucionario hoy en día, tristeza da decirlo, serían la honradez, el control escrupuloso, la justicia, el esfuerzo, la inteligencia, la razón, la humanidad, el abandono de las posturas chulescas… Uno de los mayores males que un partido puede acarrear a la sociedad es permitir que lleguen a la política gentes que no merecían estar en ella, como es costumbre. Por eso es inevitable el desencanto. Comprobamos que la mediocridad y la caspa era y sigue siendo la norma, de los viejos y de los autodenominados nuevos partidos, cuyas huestes muestran caras más que conocidas por su anterior militancia en vetustas y poco exitosas organizaciones políticas que han abandonado dado el poco calor electoral que encontraban, presentadas a cara vista. Ya no se habla de la casta, pues tal país ha diluido mucho sus fronteras últimamente. Escribía hace tiempo que, como maestro, me resultaría imposible poner a mis alumnos como ejemplo a quienes nos gobiernan desde las alturas. Desde las bajuras sí que conozco, y muchos, pero no son tan populares como para arrastrar hacia la virtud a las masas. Afortunadamente ya no tengo ese problema dado que ya no tengo alumnos, porque seguiría sin encontrar modelo que proponer. Si alguien conoce alguno que me lo diga y razone. La antigüedad del mal no es descargo, justificación ni alivio, pues ese es el principal problema que nos aqueja. Con desesperación comprobamos que esto no tiene arreglo. España y yo somos así, señora

viernes, 27 de febrero de 2015

Epístola evolutiva


Queridos hermanos:


    Leo en El País de hoy que el cerebro humano es una máquina hecha con piezas recicladas. Concretamente cita el artículo de Daniel Mediavilla a McGyver, que construía un lanzamisiles con cosas que tenía a mano o compradas en la ferretería del pueblo, para salir del paso y enfrentarse a un ejército. A partir de ahí, medito que la evolución ha ido reaprovechando cachos de lagarto, cuarto y mitad de la sesera de un mono antiguo, cables medio pelados de oso obsoleto, pero aún utilizables, tuberías, tendones y desagües de este o aquel animalico, hormonas y aminoácidos en buen uso de semovientes de la sabana… Un ojo de aquí, un dedo gordo oponible de allá, un espinazo enderezado deprisa y corriendo, que aún nos duele, un puñado de muelas mal calculado que ha habido después que adaptar a la época arrancando con tenazas las sobrantes, un rabo no presente por una decisión de última hora. Pudimos haber tenido plumas, incluso alas, lo que nos habría ahorrado mucho dinero en ropa y arruinado la cuenta de resultados de British Airways… En fin, dejemos la cosa como está que, por otra parte, es la única opción, aunque las decisiones que nos han dado ser y forma fueran tomadas para salir del paso, apremiadas las especies por las apreturas del momento.

    No es que tales componentes fueran lo mejor imaginable, ni siquiera eran buenos en muchos casos, llegando a rozar lo chapucero. En su momento fueron útiles, lo mejor que ofrecía el mercado y la estación y, al menos, no eran incompatibles con la vida. Los prototipos carentes de boca, los esbozos sin culo, los diseños más avanzados que se adelantaban a la moda y tendencias del momento, fueron modelos que se vendieron muy mal y dejaron de fabricarse. Saber que somos un collage compuesto a base de residuos tomados por la naturaleza en el basurero de las eras geológicas explica muchas cosas.

    Tal vez incluso la combinación de piezas no sea la idónea. A mí, sin ir más lejos se me ocurren varias innovaciones que mejorarían sustancialmente mi organismo. Y no me refiero a estirar pellejos, reducir narices o ponerme morros, algo que puede ser necesidad o caprichoso narcisismo, vanidad, sobra de dinero, pero no evolución. Hay quienes visitan con frecuencia el quirófano para corregir algunas de esas infamias corpóreas recibidas de fábrica o las excrecencias que la evolución o el tiempo han puesto en su jeta o en su barriga. El cerebro sin embargo, la parte que tienen más dañada, no recibe tales atenciones y arreglos, aunque hay a quien una lobotomía haría mucho bien. Seguramente con media sesera serían la mitad de gilipollas que con toda y, dado el uso poco brillante que hacen de la CPU, incluso podrían prescindir totalmente del cerebro, error evidente de la evolución y origen de la mayor parte de nuestros problemas.




   El texto que analiza la evolución del cerebro humano se acompaña con una imagen que recrea el aspecto de un neandertal vestido con traje, pelo recortado con tupé poniendo toldo a una mirada ceñuda que me resulta inquietantemente familiar ya que me recuerda de forma alarmante a algún pariente. Tal vez sea en la calle o en la barra de un bar donde me haya cruzado con un espécimen parecido, o viendo algún vídeo del Estado Islámico, un partido de fútbol, un combate de boxeo o el Nombre de la Rosa. Tal vez ese mirar que me inquieta lo haya entrevisto en el rostro de algún tertuliano de los que acuden a esos aquelarres vociferantes en la televisión a decirnos a quiénes deberíamos votar y porqué.

    Tampoco hay nada que nos lleve a pensar que esos avíos y puestas al día, que aun siendo imperfectos suponían un cierto avance, hayan sido algo general. Ni siquiera teniente coronel. La pervivencia en algunos miembros de nuestra especie de ciertos comportamientos de los saurios, de los instintos de los carroñeros o de  los depredadores de la sabana, de algunas costumbres y gustos de los chimpancés, de la chulería del pavo real, o de la vacuidad de la oratoria del papagayo o la cotorra nos hacen pensar que nuestro caletre es el compendio de retazos de seres vivos que mejor estarían en un zoo que puestos al mando de nuestro comportamiento. Somos como esas colchas de patchwork, pero compuestos con retales de la fauna ancestral. Ya desde antiguo mitos y fábulas han puesto rostro animal a tipos y comportamientos humanos.

    Por eso la inhumanidad hace acto de presencia con más frecuencia de lo deseable en la ejecutoria de nuestra especie. No toda ella evoluciona al unísono. La usual labor de la evolución se encomienda hoy en día a la cultura, a la civilización y a la industria, ya que hay cosas que no admiten espera en este mundo de prisas y carreras. Si nos estorba una muela, no esperamos a que la evolución termine su faena y la haga desaparecer. Vamos a que nos la arranquen, pues vemos que la cosa va para largo y que no trabaja la mentada evolución con carácter retroactivo. Si naciste con muela del juicio te aguantas, que este modelo es así. Tal vez los machos de la especie tuvieran en el pasado remoto un huevo del juicio. Si dos ya suponen a veces un problema difícil de gestionar, pues suelen competir con ese cerebro de retales para tomar el mando de la situación, —con éxito en la mayor parte de las ocasiones —, imagínense ustedes con tres. La bicefalia es ruta abandonada en la evolución y no funciona bien con los contribuyentes ni con los partidos. Evolucionamos culturalmente, aprendemos habilidades o nos compramos gadgets que suplen nuestra falta de zarpas, colmillos en condiciones, caparazón, o la mata de pelo de un zorro polar. De buenas piernas para correr para qué hablar. A mí una tortuga con mal genio me daba alcance y fin.  Es el cerebro lo que nos pone al frente de la creación y ya hemos visto que no es para echar cohetes. Quirófanos, fármacos y ortopedias alargan nuestra vida, nos permiten seguir bullendo con unas condiciones físicas que en un pasado no tan remoto hubieran llevado a nuestros parientes a abandonarnos en un cruce de caminos a ver si pasaba por allí alguien que conociera arreglo o, de forma más expeditiva, reintegrarnos a la madre naturaleza dejándonos tirados en un cerro para que a través de las fauces de un lobo o de un oso hiciéramos nuestro reingreso al ciclo. Criar malvas es la versión poética.

    Por eso me inquieta la foto del ancestro con traje, porque sugiere que esa vía que se creía fallida y extinta, en realidad nunca desapareció, que sigue entre nosotros. En los casos más benignos nos roba, pues las enzimas de la justicia y de la honradez no les fluyen a  muchos por las cañerías orgánicas a causa una ancestral carencia hereditaria. En otros casos, de gravedad aún más inquietante, un desarreglo hormonal congénito les lleva a echar meaditas identitarias en el territorio que intentan amojonar para reservar a su camada o a su jauría el derecho a seguir depredando en la zona, sin intrusión de otros carnívoros. Esta dolencia heredada les desarrolla enormemente la imaginación, llevándoles a recordar lo que nunca ha sucedido, les impulsa a recuperar lo que nunca tuvieron y les aboca finalmente a una paranoia que les hace imaginarse acechados por ladrones que desde todos sitios les arrebatan su patrimonio. Curiosamente su patología les dificulta percibir a los mangantes no imaginarios que simulan dirigir la manada y les tienen distraídos vigilando las veredas, mientras ellos se comen lo mejor de la pieza.

    Entre los casos irrecuperables encontramos especímenes que, en fallidas probaturas de otros momentos de la evolución, desarrollaron formas organizativas poco exitosas que llevaron a sus tribus a la miseria y a la más atroz de las injusticias. Son incapaces de rendirse ante la evidencia de su propia obsolescencia, de reconocer que lo que sugieren como arreglo es volver atrás para retomar vías que fueron necesariamente abandonadas por no llevar a ningún sitio. Ellos intentan vestir con disfraces de las últimas pasarelas su realidad cutre y antañona y aprovechan momentos de hambruna y confusión para volver a proponer el regreso a una arcadia feliz que solo habita en su imaginación. Como no pueden desdecirse de lo que dicho queda, afortunadamente el registro fósil nos muestra su verdadero esqueleto y nos los revela como realmente son, una vía muerta de la evolución cuyos últimos supervivientes malviven en paradisíacos reductos pasando hambre rodeados de la abundancia. No espero que el hombre de Neandertal se dé a vistas para resolver nuestros problemas actuales. Aunque se presente con careta de sapiens la largura de sus brazos destapa su antigua estirpe.

    El caso más extremo de pervivencia entre nosotros de ejemplares de los inicios del pleistoceno hay que buscarlo en lo que otrora fue la cuna de la cultura y la civilización. En Mesopotamia vemos hoy con espanto a especímenes que no han llegado a culminar todas las etapas de la hominización. Queman vivos, degüellan o crucifican a los miembros de otras variedades más avanzadas de la especie, queman sus bibliotecas, destrozan estatuas y restos milenarios de esas culturas que les son ajenas, pues ellos ninguna propia tienen, evidenciando que ocupan una tierra que no es la suya. Que hace miles de años ya era habitada por otra raza superior, que era culta, inquieta, civilizada y más desarrollada mental y socialmente que los cabestros que hoy destruyen tales rastros, seguramente para evitar comparaciones que evidencien el grado de su decadencia y su barbarie.

    Esto es caso aparte que confirma mis consideraciones anteriores. Si contemplamos los bisontes de Altamira o los caballos de Lascaux, entre otras muchas creaciones de esos a quienes llamamos los hombres de las cavernas, a veces con el displicente distanciamiento de quien habla de un pariente tonto, vemos que sopas con honda nos dan desde sus tumbas a nosotros, sus evolucionados —o degenerados— descendientes. Si visitamos ciertos museos, vemos el vaso de agua de a 20.000 europios de Arco, la habitación llena de escombros que exhibimos en Venecia, las patrañas de Damien Hirst y otras logros del genio actual, hemos de reconocer que efectivamente tales creadores, quienes les admiran, les compran y les adulan, tienen un cable pelao. Cosas de la evolución de que hablábamos. Los cangrejos seguramente también están convencidos de que andan hacia adelante.

    Mal arreglo tienen los casos extremos. En el último de ellos y me vuelvo al Oriente, seguiremos mirando y soltando lágrimas de cocodrilo, cogiéndonosla con papel de fumar y hablando de alianzas de civilizaciones. Si ello es posible, que deseable seguro que lo es, sólo puede producirse entre civilizaciones, como tal frase indica. La civilización no se puede aliar, ni debería contemporizar siquiera, con la barbarie. No haremos nada hasta que ya el problema esté muy cerca, aunque sigamos negándonos a reconocer que ya está dentro. Al final tendrán que ir los yanquis go home a arreglarlo, que es lo que suele ocurrir. Y el arreglo va ser crudo. Sé que hay otras visiones del asunto, visiones que olvidan quien puso centenares de miles de muertos propios en la lejana Europa para quitarnos de encima a otra demencia similar, mientras que muchos europeos alojaban en sus palacios a los nazis de Hitler, sacándoles los mejores vinos a la mesa. Muchos europeos, que hoy en día seguimos sin saber si somos de los nuestros, dirán luego que el imperialismo intervencionista tal y cual, que si hay petróleo, que mire usted… Palabras. No se me escapan los intereses, muchas veces perversos, que concurren en estos problemas, pero entre el blanco y el negro hay muchos grises y nuestro gris cada día es más oscuro.


Vale.



 

domingo, 25 de enero de 2015

Epístola añosa




Queridos hermanos.

     Doce meses hace que os dirigía una epístola conmemorativa de mi sexagésimo cumpleaños. Rápido pasa el tiempo, que unas veces se porta como aliado y las más como enemigo, de forma que de nuevo son mis días. Si toro fuese, de sesenta y una hierbas se diría que soy y hace muchos decenios que habría dejado de  ser añojo. Ni siquiera utrero o cuatreño. Más cercanos y parejos estamos ya del elefante y la tortuga, de la ballena y del olivo. Y no sólo por añosos, sino por gordos, lentos y retorcidos. Ya no encuentra uno palabras favorables para catalogar la edad que va alcanzando, cercana a la del Júcar. La verdad es que, llegado a este número absurdo de años que ni es redondo ni propicio a milenarismos o cábalas, más barbechos que hierbas hemos tenido ocasión de ver últimamente, pues si mi particular paisaje ofrece más grises y cardos que verdes y flores, no les arriendo a los más jóvenes las ganancias de las últimas vendimias del majuelo en que vivimos. Los dioses no nos son propicios desde que han cambiado las inclemencias del Olimpo por la comodidad de despachos más acogedores desde donde atosigar a los mortales.

    Tampoco añade el número sesenta y uno beneficios tales como poder dejar de trabajar, que era la irrepetible ventaja del anterior aniversario, aunque cierto es que te permite seguir dedicado al dolce far niente, a hacer sólo las cosas que te interesan, con una calma y parsimonia que es más necesidad que gusto. Pero los optimistas no nos dejamos derribar la moral por sesenta y un tacos Myrga, aunque Discépolo nos ponga encima de la mesa de su tango la frase de “fiera venganza la del tiempo, que te hace ver deshecho cuanto uno amó”. No es verdad. Muchas de las cosas y personas que uno quiere siguen muy vivas, aunque cierto es que no todas, pues la vida viene a ser una constante pérdida. Cuando uno pasa lista comprueba desconsolado que muchos ya no acudirán nunca a clase, por poner un símil de mi antigua dedicación. Hay que levantar la vista al cielo, contar las estrellas, las pocas que nuestra escasa visión alcanza a distinguir, darnos cuenta de nuestra insignificancia y concluir que las cosas no es que sean buenas ni malas. Simplemente son así.

    De mi antigua profesión quedan los amigos, los compañeros, el saludo, al fin agradecido, de muchos de mis antiguos alumnos, miles de recuerdos… Pero algo se debió de romper en los últimos tiempos pues, como vaticinaba hace un año, no la echo de menos. Me asombro a mí mismo al releerme, pero la escuela ya no es para mí mucho más que un edificio. Me tendrían que hacer volver a punta de pistola. Se me invita —junto a la última cosecha de jubilados del gremio— a un acto en Guadalajara en homenaje a nuestros dilatados años de servicios en la educación. No voy a acudir. Cuidados, respeto y agradecimientos menester son en vida, mejor que flores al muerto. Los actos huecos y las campañas de dignificación de la profesión docente no son bienvenidos si proceden de quienes han hecho cuanto en su mano estaba por arrebatar tal dignidad a nuestro oficio. No sería necesario tener que recuperar lo que nunca debería haberse dejado perder. Mi memoria ha sufrido menos quebrantos que mi osamenta y he escuchado en los últimos años valoraciones que, como el resto de mis colegas, no creo merecer. Junto con hechos, más graves aún que las palabras, que han menoscabado el valor y la eficacia de mi trabajo y de mi esfuerzo durante 38 años. Si Roma no pagaba a los traidores, yo no celebro retrocesos.

    Mejor me dedico a pintar acuarelas, a viajar con mi santa y a tocar la guitarra con mis amigos. De paso cenamos juntos y nos tomamos una copa. Santa, amigos y yo, que las acuarelas sólo beben un poco de agua. La guitarra, ni eso. Compruebo, y perdóneseme la inmodestia, que en ambas cosas progreso. En la guitarra veo que toco casi como antes, aunque eso no sea para echar cohetes. Con los pinceles la mejora es más evidente, cosa previsible, pues un docente sabe que, partiendo de unas facultades normales, lo demás es tiempo, trabajo y método. Con mi habitual atrevimiento, en mi blog difundo mis averiguaciones y probaturas con nuevos pigmentos, papeles y pinceles, plumillas, tintas y carbones, pues un buen maestro, algo que sin duda soy —y van dos—, es capaz de enseñar hasta lo que  no sabe. Continúo con el blog ante el hecho de que en 600.000 ocasiones, hasta la fecha, alguien ha encontrado interesante lo que en él se cuenta. Sólo me faltan benévolos mecenas que hagan posibles esas probaturas, pues no puedo seguir gastando mil euros al año en tubos de acuarela. 

    Sobrepasado por la realidad, hace tiempo que no escribo epístolas ni encíclicas que comenten la actualidad. Un horror. Moros y cristianos nos afligen y mis desvaríos literarios no pueden competir con la perversa exuberancia de un mundo gobernado por buitres y dementes. La prensa parece estar siempre en 28 de diciembre y leo que Putin, como remedio a la catacumbre, baja el precio del vodka, que un Maduro desbordado por su incompetencia, consciente de sus escasos alcances y seguramente aconsejado por su pajarico, se encomienda a Dios, en cuyas manos delega la tarea de reponer los lineales de los supermercados vacíos, que los bancos se cobran unos a otros por dejarse prestar el exceso de dinero que se les amontona, antes de ofrecerlo con un razonable interés a quien lo necesita. Compruebo también que, gracias a mi apellido sefardí, ya puedo solicitar la nacionalidad española; me entero de que Agatha Christie le escribió una obra de teatro a La Camboria, esposa de Lauren Postigo, y de que debería de estar muy contento de que no se haya encontrado petróleo en Canarias. Se me informa de que en la corte del rey Arturo, Mas y Junqueras, con la que está cayendo en parte gracias a su gestión no ya mala, sino inexistente, siguen vivos y a lo suyo,  de que cambiando en Egipto una pera que iluminaba la vitrina del museo donde reposa en la actualidad el finado, le han desgajado las barbas a Tutankamon, unas barbas que llevaba 4000 años sin afeitarse y, lo que es peor, que se las han vuelto a pegar con resina epoxi en plan Mr. Bean. De que en cuanto a no pagar los impuestos, falsear las cuentas, esconder cobros y facturas y tomarnos el pelo presumiendo de cristalinos bolsillos, hasta el más tonto o bisoño hace relojes, que eso se aprende pronto, de que en la mente de algunos falsos profetas es compatible vender bonos patrióticos, cobrar mordidas, llevarse el botín a Andorra y dirigir mientras una fundación que promueva la ética. En lo que respecta a la indecente financiación ilegal de todos y cada uno de los partidos, está peor visto que te dé la pasta gansa una empresa constructora que ser financiado por Irán o Venezuela, seguramente a cambio de algo más inquietante que la concesión de una obra. La afinidad ideológica, la justificación o el silencio ante ciertas cosas, por ejemplo lo serían… Valencia mira a Andalucía, La Mancha a Madrid, Extremadura a Cataluña y sus pobladores les miramos a todos ellos. Atónitos ante tanta cara dura que no son capaces de reconocer en sí mismos.

     Como optimista nato, siempre había creído que la civilización iba de menos a más, incluso con sus altibajos, zonas de sombra, injusticias y tragedias. Hoy tengo más que serias dudas al respecto viendo que algunos nos proponen avanzar hacia atrás. Sociedades que en pleno siglo XXI ya habían conseguido llegar al XVII se obstinan en retroceder a la edad media. Otros, incluso entre nosotros, van más allá e intentan recuperar la tribu, la aldea fortificada del neolítico, el cuchillo de obsidiana para hacer sacrificios con que agradar a los dioses… Se recupera el perfil más perverso y dañino de las religiones y, en medio del derrumbe, algunos orates sacan del baúl pendones y fronteras, si no como solución, al menos como interesado y egoísta apartamiento que ilusione, o al menos distraiga al personal. Momentos más prósperos llegarán para recordárselo. Mal arreglo es recurrir a estas otras causas de la mayoría de las tragedias que tanto abundan en la historia. En realidad esos estandartes y amojonamientos son  engañosas metáforas del oro, del interés económico y del poder. 

    ¿Qué decir? La lejanía o la saturación de tantas pesadillas nos impermeabilizan, nos hacen insensibles y terminan por paralizarnos. Hacemos de la tragedia ajena, aunque a veces cercana, un espectáculo que se recoge en una foto que se comparte y comenta en la red. Todo se nos ha ido de las manos y algunos intentan recuperar el mando diciendo que to’ el mundo es bueno. ¡Mire! La desesperación hace posible que como novedosas soluciones se presenten doctrinas obsoletas, etiquetadas con animosos vocablos que eviten mostrar la verdadera cara de lo que una adecuada taxonomía política haría hoy en día impresentable. Por sus amigos los conoceréis. Desconfío de quien abomina y oculta su verdadera identidad, de quien evita presentarse con su nombre real, pues ellos y casi todos los demás sabemos que tal es sinónimo de ruina, falta de libertad e injusticia. Tanta o más que la que se quiere combatir. No estoy pues por la faena. Soy anciano pero no iluso.

    A pesar de mi acaloramiento por una situación que me indigna, reconozco que me veo rebasado e impotente. Que mi edad y mis menguadas fuerzas me llevan más al patio de butacas que al escenario, al que solo subo a cantar. Ya solo pido que me dejen en paz, intentar ser feliz y hacer felices a los que me rodean. Mantener en paz una hectárea a mi alrededor y, al menos, no apoyar ni colaborar con lo que considero injusto. Tal vez si, siendo poco ambiciosos, —si es que esto es no serlo—, todos hiciéramos otro tanto, conseguiríamos cubrir los 510.101.000 km2  de superficie de nuestro planeta. Y sobraba gente.

    Vale.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Epístola claustrofóbica




Queridos hermanos.
Un año más el curso inexorable de los astros nos ha transportado vertiginoso hasta Septiembre, por una acelerada e impensable cuesta abajo en sus elipses durante el verano. Modera desde ahora su paso el sol, burro de noria de los cielos, para ascender a paso lento hasta un nuevo año, donde renovará sus bríos. Breves se antojaron los días del descanso, tanto como largos se harán los que ahora empiezan. Paciencia, hermanos.

Pero esas rutas siderales por las que discurre el tiempo me han depositado este año en una playa, desde donde os escribo a la sombra de las palmeras, libando un helado y espumeante brebaje de abadía, cosa inaudita para mí y para mi organismo en estas fechas pues, hasta que he colgado los hábitos, el planeta cada septiembre hacía su parada para que me apeara en la puerta de una escuela. Era conducido allí cada año para que accediera a su interior y, como ganador de la liga, atravesara el paseíllo formado por los padres con un discípulo en la mano y en su mirada más alivio y rencor tras dos meses de ausencia que estima y agradecimiento por el resto del año intentando colaborar con ellos en la educación de sus vástagos, no sin oposición por sus partes en ciertos casos.

El otro tipo de fuego amigo que la escuela soporta, es el de la propia administración educativa, sucursal de la de la hacienda del reino, cuyos más altos dirigentes no se determinan a enfrentarse a ella y a hacer valer la importancia de la escuela pública. Tal vez porque no creen ni aprecian aquello para cuya defensa, mantenimiento y promoción han sido nombrados. Como maestro, secretario, jefe de estudios o director de dos centros, que todas esas cosas he sido, además de imbécil, siempre he percibido a la administración educativa como de los míos. De hecho, en su ausencia, la administración era yo. Una ayuda, pues, un soporte. Exigente, como debe de ser, pero navegando en la misma dirección, aunque cierto es que los remos a nosotros se nos encomendaran. También es lógico que así sea.

Pero ahora el del tam-tam se ha pasado de exigencia. Su ritmo no se compadecía con mis fuerzas y la resistencia de las olas. Los remos no se reponen y cada día se da peor de comer en este barco que boga dando tumbos no se sabe muy bien hacia qué puerto. Si hubiera que poner símiles agrícolas, más a juego que el mar con estos secanos en que vivimos, la administración, al menos sus altas instancias, despierta en la actualidad en un docente las mismas sensaciones y esperanzas que un nublo para un agricultor. Y eso no es bueno. Podríamos decir que han dejado la educación en barbecho.

Aunque mis piernas hoy, lamentablemente, no sean mi punto fuerte, aún me funcionan algo mejor que a una cepa. Lo suficiente para alejarme de esta industria, cuyo negociado de confundir resultar ser el más eficiente, haciendo que los demás se contradigan o paralicen, y que los docentes se mantengan inquietos y desconcertados, justo lo contrario de lo que la docencia requiere.

Mientras yo medito, los catecúmenos forran sus libros, afilan lápices y urden maldades, ansiosos por volver a las aulas y reencontrarse con sus compañeros y su seño, con la alegría que les permite la inconsciencia propia de la edad. Sus maestros se mesan los cabellos entre tilas y buenos propósitos, pidiendo ansiosos al incorporarse a las aulas el informe de bajas y daños, pues la administración, como un submarino alemán, no descansa en verano. Pronto tendrán por enésima vez que retomar la redacción de peregrinos códices y programas, eterna tela de Penélope que disponga los antiguos hilos en formas más del gusto del ministro de turno, que Dios confunda, si es que su confusión admite mejoras.

Si curiosos abren los discípulos sus nuevos libros, pues nuevos han de ser para recoger en sus ilustradas páginas los evidentes avances de las ciencias y el conocimiento en nuestra región, verán muchas cosas que tal vez consuelen el escocimiento que de entrada su compra ha producido en las bolsas a sus progenitores. Madres e hijas, padres e hijos comprobarán perplejos que, en los nuevos textos que a los obsoletos vienen a sustituir, ríos y mares, lagos y cerros permanecen donde tenían por costumbre, que sumas, restas, multiplicaciones y repartos son resueltos como desde hace siglos solían serlo, salvo ciertas creativas y perversas interpretaciones solo utilizables por bancos y gobiernos. Que las plantas persisten en buscar la luz y el agua, que las sierpes siguen sin tener patas, que mi mamá me mima, que el bicarbonato y el limón bullen en sus bodas, que cuando llueve nos mojamos, que romano sigue siendo el puente por el que vadeamos el río en el pueblo, que si hubiese sido levantado por nuestras punteras constructoras con él hubieran arramblado las aguas hace siglos. También podrán comprobar que nuestro idioma poco ha cambiado desde Nebrija, y menos, y nunca para bien, desde Quevedo, que las cartillas de Rubio siguen preservando los arcanos de la denigrada ortografía y que entre Doña María Moliner y la Real Academia pulen y conservan aquello que nos permite entendernos cuando tenemos intención de hacerlo, pues el tiempo y el mal uso interesado han limado las palabras, despojándolas de su valor y significado convenidos, con grave menoscabo de tales instrumentos de la la lógica y la razón.

Aunque nuevos sean los libros que nos enseñan nuestro pasado, afortunadamente comprobarán aliviados que, al menos en estas tierras, Colón sigue siendo el descubridor de América, Fleming el de la penicilina, Stephenson el del tren y que todavía no se le discute al hombre de las cavernas la invención del fuego. La falta de presupuesto tal vez haya sido cortapisa e impedimento para reclutar eminentes investigadores que pusieran al día la historia local, como otras comunidades más solventes han podido permitirse, contando así con eminencias tales como  Carles Camps, ingeniero químico que entre sus probetas ha dado con evidencias de tergiversaciones históricas tales que le obligaron a crear la Fundació d’Estudis Històrics de Catalunya para, entre otras muchas cosas, demostrar de manera no solo indubitable, sino además sin ningún género de dudas, que Tartesos, como su nombre proclama, se hallaba en Tortosa, o del preclaro Cucurrull que nos libra de antiguos errores, al destapar que San Ignacio de Loyola era de San Feliu de Guixols, o cuestionar el origen de Cervantes, pues no se ponen de acuerdo si fue en Santa Coloma del Gramanet o en Lequeitio donde vio sus primeras luces, y si Colón salió de Palos de Moguer o de copas. Nunca podremos perdonar a nuestra administración regional escatimar fondos que hubieran permitido acarrear para el terruño algunos de estos preclaros ancestros que empadronados en otras comunidades más inquietas pasarán a la historia. Sin quererlo han evitado la vergüenza de que al buscar sobre la historia local, youtube y Google nos muestren los resultados de nuestras pesquisas mezclados con las atribuciones extraterrestres de la autoría de las pirámides de Egipto, el Machu Picchu o las piedras de Stonhenge, como en otras recreaciones de la historias autonómicas va sucediendo. Que el Señor les perdone.

Sin embargo, nuevos libros serán necesarios para impartir las enseñanzas de una historia aquí invariable por indiscutida, no teniendo que aleccionar para construir país, aunque imaginario fuere, como en otros lares acontece, enseñando a sus alevines que el primer homínido que adoptó la posición erguida lo hizo para así mejor cortar troncos en Amurrio, o que el arroz con leche es invento nacido en el delta del Ebro. Todo sea a mayor gloria y provecho de las editoriales, que recrean y editan una historia al gusto de cada cliente. Estando las dos más poderosas de ellas en unas solas manos, más poderosas aún, viene a resultar que de unas mismas prensas salen historias locales que se contradicen entre sí, incluso entre fa sostenido y no enmendado, adecuadas a los delirios de los diferentes virreinatos.

Mi apartamiento de la industria educativa, que en eso se quiere convertir mi antigua y noble profesión, me lleva a no saber y además a ignorar si se sigue teniendo por necesaria una asignatura que enseñe a los niños a llevarse bien, a ser justos y honrados y a mostrarles la bondad de nuestras leyes y de quienes las guisan y aplican. Tal vez viendo que los oportunos ejemplos que pusiesen rostro a tales virtudes debían ser aportados por la Atenas de Pericles o por algunas ignotas tribus del Amazonas, se haya optado por eliminarla del curriculum, viéndose así señalados y con el culo al aire los últimos responsables de su permanencia en las aulas. La palabra convence, pero el ejemplo arrastra y poco hay en la sociedad que en la escuela por ejemplar pueda ser mostrado hoy en día. 

Encomendar a la escuela la educación de su alumnado en unos valores no presentes en sus casas, la calle o en la televisión, que es realmente el suelo donde hunde las raices su criterio en construcción, es tarea ímproba y surrealista, y una sociedad que no puede proponer por modelo a quienes la dirigen no muestra sino su propia decadencia. La escuela siempre ha transmitido estos deseados e ideales valores, durante todas las horas del día, no enmarcados en una materia y un horario. ¿Qué es si no una escuela? Estos bienintencionados, un suponer, intentos legislativos no son sino el endose a la escuela, un ámbito sano y plural, de las paranoias y la mala conciencia de la sociedad, en especial de quienes la dirigen y administran. 

Por eso se equivocan gravemente quienes descalifican y denigran a aquellos en cuyas manos ponen a los hijos de un país. O les escatiman los recursos para hacer su trabajo en las mejores condiciones. Los docentes son los que modulan y dan vida, o muerte, a las reformas educativas, las pulen, las hacen digeribles, y de ellas expurgan todo intento de adoctrinamiento. Afortunadamente los niños aprenden de sus vivencias, no de los discursos, y cuando son mayores tratan a los demás como han sido tratados, piensan y se expresan en la forma en que lo han visto hacer, y acaban creyendo en aquello que han vivido como ejemplo benéfico y constructivo. Si así no fuera, todas las personas de mi edad seríamos falangistas y en el mes de mayo correríamos en masa con flores a María. Que madre nuestra es.

Vale.