martes, 5 de abril de 2016

Epístola oftalmológica




na cárcel o el noble edificio del colegio de Escuelas Pías de Albacete, son ejemplos de construcciones panópticas, sin que tal enunciado suponga ningún tipo de comparación entre ambas instituciones. Su diseño va encaminado a facilitar la vigilancia, pues desde un lugar concreto del edificio es posible contemplar la totalidad del espacio. Presuponen la intención de verlo todo, de que nada escape al escrutinio de los que dirigen tales empresas.

A pesar de las bondades de tal actitud e intención, no es lo normal. Todo lo contrario. En otros campos de la vida cotidiana está más extendida la mirada heterótópica, en palabra de Foucault, o hemióptica, término oftalmológico que designa las consecuencias de la hemianopsia, enfermedad que provoca la falta de visión o ceguera que afecta únicamente a la mitad del campo visual. Visión heterotópica entiendo que sería aquella que se empecina en mirar hacia otro sitio cuando algo nos incomoda, estirazando del concepto. Siempre para un mismo y único lado, como hacen la sota de bastos y las demás figuras de la baraja española, como dando a entender que no cabe esperar que la suerte nos mire de frente.

La ciencia siempre viene en nuestro auxilio, si no para permitirnos entender las cosas, al menos para ponerles nombres raros que den a entender que las entendemos. Ya es cuestión del entendimiento de cada cual. No sé si se me entiende.

Es muy común ser selectivos en nuestros escrutinios, escorarnos en nuestra observación, ora hacia la derecha, ora hacia la izquierda. Merced a este ingeniosísimo proceder no se nos inquieta la conciencia y podemos seguir confiando en quien solíamos hacerlo, continuar teniendo por buenos y honrados a nuestros afines, a pesar de que den muestras evidentes de ser unos bellacos, cosa que sí perciben quienes su dolencia no les impide mirar hacia ese lado. Lo malo es que una patología paralela y especular les dificulta a estos últimos el otear hacia el lado contrario.

Tal vez la prensa y las cadenas de televisión, los periodistas en general —y sálvese el que pueda, si es que alguno puede hacerlo—, sean el mejor ejemplo de este hemiscópico proceder. No vea usted la sexta si quiere enterarse por boca del Wyoming de que en Andalucía al parecer se malversaron algunos que otros miles de millones entre Eres fraudulentos y cursos de formación ficticios o sobrefinanciados. Sería algo que supera con mucho su capacidad visual hemipléjica y sectorizada. De igual forma no espere usted que Maruhenda le ilustre sobre el bucanero proceder de Bárcenas, Rita Barberá, el bigotes y tantos otros del partido al que con opuesto afán defiende el mentado periodista. Los ejemplos son infinitos. Los pareceres y veredictos de estos mercenarios de la opinión son más previsibles que merecedores de crédito.

Independientemente de la gracia que puedan tener, que algunos la tienen y otros no, su extrema e invariable parcialidad produce vergüenza ajena. Para estar medianamente informado menester resulta escudriñar varios periódicos y perder el tiempo buscando algo de información entre la basura dominante en todas y cada una de las cadenas, con excepción del canal cocina y los dedicados a emitir documentales del Serengueti, si es que no es siempre el mismo. En parte de la prensa escrita aún es posible leer algunas cosas razonables e inteligentes. Buscando mucho.

No es algo que todo el mundo tenga tiempo ni ganas de hacer, siendo más común, para no soliviantar las certidumbres, ver o leer únicamente aquello que ya sabemos que nos va a agradar, aquello que coincida con lo que pensamos o apreciamos de antemano, no sea que se nos remueva alguna creencia y la vayamos a joder, que algunos toman las ideas por muelas. No buscamos información, sino realimentar nuestras convicciones. Esto agrava la citada enfermedad de la vista hasta llegar a los extremos en que estamos. No hay manera de leer o escuchar algo medianamente razonable y objetivo en los medios usuales destinados a cosechar audiencias; todo en ellos es propaganda goebbeliana que algunos en las redes se encargan luego de multiplicar, inmersos en una empantanada estupidez producto de las resultantes visiones sesgadas que se han hecho imperantes, dando lugar a una sociedad partida en sectores ideológicamente irreconciliables, salvo una escasa minoría que contracorriente se esfuerza por conservar el buen juicio.

Hay teorías físicas o astronómicas que necesitan de una especial alineación de los astros, una favorabilísima confluencia planetaria o un tino y fortuna inusitados al enfocar el telescopio, para poder confirmar o descartar lo que hasta entonces era una suposición. En lo relativo a calibrar la agudeza y amplitud de nuestro campo visual, buscando zonas ciegas, a veces ocurren hechos que permitirían autodiagnosticarnos las graves dolencias visuales a que nos referíamos antes. Y son graves porque de lo afinado de nuestra visión, a veces interesada o perezosamente parcial, depende la interpretación correcta de la realidad, pues terminamos por no ser conscientes de que vemos las cosas no como son, sino como queremos verlas. Yo sé que los folios son rectangulares, aunque entre mi astigmatismo y yo los percibamos algo desbarajustados. Mentalmente corrijo ese descuadre y la cosa no va más allá.

Si bien esos quebrantos son admitidos sin mayores problemas cuando atañen a lo orgánico, nos cuesta horrores reconocer que necesitamos gafas que corrijan nuestras desviaciones perceptivas en lo tocante a la ética o a la justicia, por lo que no debemos desaprovechar las escasas ocasiones en que los astros se nos ponen a tiro. Y esto acaba de ocurrir.

Más de diez millones de documentos han cruzado el canal de Panamá y llegan flotando hasta nosotros. En ellos podemos encontrar personas que mantienen empresas falsas o inoperantes, cuentas corrientes opacas, dineros puestos fuera del alcance del fisco, unos legítimamente adquiridos —es un suponer— y otros no tanto. Hay para todos.

Se deja con el culo al aire a cientos, miles de personas que, según la lista, han creído conveniente contratar los servicios de un eficiente bufete de abogados panameño —de uno solo de los miles que hay en el mundo—, despacho que les proporciona testaferros, crea empresas consistentes en una carpeta, sin sede ni empleados, oculta patrimonios en las Islas Vírgenes, en las del Canal o Caimán, Gibraltar, Antillas, Andorra, Suiza, y otros paradisíacos lugares fuera del alcance tanto de los inspectores fiscales como del común de los mortales, a quienes estas cosas nos acentúan la cara de tonto.

Encontramos en esta primera entrega a primeros ministros elegidos gracias a su convincente y justa despotricación contra los abusos del capital, de los bancos, de los inmisericordes mercados, como el de Islandia, Sigmundur David Gunnlaugsson, paladín del enfrentamiento a tales poderes perversos. Leo mientras esto escribo que acaba de dimitir, en un último gesto de decencia, inusual entre nosotros. También jeques que nada tienen que justificar pues no necesitan ser elegidos, como el de Qatar, accionista del Corte Inglés; gobiernos enteros especializados en detectar el peculiar y picante olor a azufre de los demonios del capitalismo, como el de Venezuela, aunque incapaces de oler su propia mierda, o mandatarios de países como Finlandia que creíamos vacunados contra esta enfermedad. Unos nos sorprenden más, como el padre de Cameron o el hijo del Secretario General de la ONU; otros menos, como Putin y su entorno, o Macri, el rey de Arabia Saudí, el presidente de Ucrania, Platini, colaboradores de Marie Le Pen, parientes del presiente chino, el secretario del rey Mohamed VI de Marruecos… Si el mal no es general, al menos es teniente coronel y afecta a muchos gobernantes de los que tendrían en su mano acabar con estos paraisos fiscales, lo que garantiza su pervivencia.

En todo caso, hay donde elegir. Centrándonos en España, nos encontramos por el momento, pues se anuncia la ampliación del elenco, a Pilar de Borbón, hermana del rey emérito, a Pedro Almodóvar, a Micalea Domeq, esposa del exministro Arias Cañete, a Messi y a Iván Zamorano, jugadores del Barça y del Madrid, respectivamente, a Oleguer Pujol, Imanol Arias, Alex Crivillé, las empresas hoteleras Meliá, Rius y Martinón, a nietos de Franco… Pronto aparecerán más.

Ya había claras muestras de que nuestra sociedad está gravemente afectada por las dolencias oftalmológicas descritas, pues hay quien se inquieta más por ver un partido financiado por una empresa española que otro que recibiría bajo manga fondos de angelicales gobiernos como los de Venezuela o Irán. Rumor o maldad de la caverna para unos, evidencia para otros, dado que mientras trabajaban en consolidar la prosperidad del régimen en el despacho de al lado del de Chávez, un hecho, tenían la vista puesta en extender su exitosa política por nuestro país, un suponer. Las ideas hipotecan aún más que el dinero. O sea que la visión hemióptica ya se daba. Con Bárcenas o Rita Barberá ocurría igual. Contar todos los casos, a diestra y a siniestra, haría esta epístola no oftalmológica, sino eterna.

Pero vamos al experimento científico que esta especial alineación astral y panameña nos permite. Mientras vamos conociendo a más turistas numismáticos observemos nuestra disposición a encontrar disculpas para unos y no para otros o a intentar cuantificar la indecencia, que de existir no tiene grados, sino capacidad de manifestarse. Que cada uno se descubra, si no defendiendo, al menos contemporizando al justificar —no nombrarlo sería lo mismo— al del Madrid y no al del Barça, a buscar argumentos que permitan considerar más decente a Almodóvar que a Pilar de Borbón, o a Pujol que a Chávez y así sucesivamente. Nos ahorraremos una visita a Afflelou, pues será clara prueba de que tenemos mirada heterotópica, padecemos de hemianopsia, serias dolencias por otra parte asociadas a la esclerosis facial.

Como aparecerán más casos y personas, de aquí y de allá, que el dinero ni tiene color ni ideología, espero ansioso las noticias, los comentarios selectivamente indignados en las redes, con sus interpretaciones, silencios, olvidos y demás manifestaciones de los desarreglos visuales del personal. Un descojone.

viernes, 11 de marzo de 2016

Epístola aclaratoria

Queridos hermanos. Creo que la presente será mi última epístola, al menos de las dedicadas a lo relacionado con la situación política, tema agrio y vidrioso. Mi registro habitual era el buen humor y lo que estamos viviendo no lo permite. Cumplo con ella una autoimpuesta obligación de decir lo que pienso, guste o no, para al menos no reconcomerme dentro de un tiempo por haberme callado ante algo que cada día encuentro más disparatado y lleno de peligros. Ya sabréis disculparme, tanto por un contenido que a algunos les resultará hiriente, como por su extensión.

Después de siglos mirados como insectos por nuestros gobiernos, de ser tratados como imbéciles, proceder acentuado en los últimos años en España, algo que es global, pues ni eso inventamos, uno se queda asombrado de que lo que intenta presentarse como solución, en realidad, venga a asentarse sobre una acentuación de ese menosprecio. También los presuntos y autonombrados salvadores siguen partiendo de la tesis de que los ciudadanos, sólo valorados en cuanto posibles votantes, seguimos siendo un rebaño manipulable y estúpido. En lugar de arreglo, tras defraudar las expectativas despertadas, ellos aportan otros nuevos problemas sin solucionar ninguno de los antiguos.

Pocas dudas tenía ya sobre la escasa enjundia de los nuevos aspirantes a gobernarnos, y para despejar incertidumbres o malentendidos, diré que me refiero a Podemos, que tras una ilusionante aparición, con sus mareas y sus mareos ya no pueden ocultar su complicidad y cercanía a mucho de lo que considero parte de lo más casposo y abyecto de lo que el mundo en general y también nuestra sociedad han parido en el pasado siglo. Me espanta verlos al lado del terrorismo, el chavismo, la demagogia más burda, evidenciando con su insoportable soberbia un pensamiento primario, excluyente y totalitario, contemporizando con otros integrismos a los que  no hacen ascos, al menos a sus dineros, lo que les lleva a condescender con aberraciones mayores que las que dicen venir a solucionar. 

Sabido es que las ciencias políticas, como la teología, no son ciencias duras, como la física o las matemáticas, pero coño, algo razonable se debe de aprender allí. Si un teólogo al licenciarse en la Pontificia de Salamanca saliera arriano, cátaro o monofisista dudaríamos de la excelencia y utilidad de sus estudios, algo que me ocurre a mí al escuchar a estos profesores de la Complutense que han aprendido —y lo que es peor, enseñado— más de Goebbels que de Montesquieu, más de Troski o Lenin que de Mandela, que ni se han molestado en leer a Ortega o a Unamuno y dudo que siquiera hayan oído hablar de Ganivet. Respecto a los problemas de España, todos ellos tenían una idea más clara y proponían cosas más razonables que estos asesores de Maduro, colofón profesional de su desvarío docente e ideológico. La arquitectura, ciencia más seria, no hubiera permitido titularse a quien aconsejara el regreso a las cuevas o sólo hubiera aprendido del oficio cómo conseguir clientes que les encargaran colmenas informes donde amontonar vecinos. Resumiendo, un descrédito para su especialidad, ya de por sí vidriosa, etérea y dogmática.
Si grave es su continua apelación más al rencor que a la ilusión, no hablemos de sus representaciones teatrales, muestra de su palmaria vacuidad intelectual y moral, cercana en no pocas ocasiones al ridículo. En sus filas, se arremolinan, junto a personas decentes y razonables, que son las menos, otras de diversas procedencias ideológicas, casi todas ellas trasnochadas y no puestas al día, activistas, okupas y algún que otro pendejo. Si dicen defender la unidad de España, la realidad es que los grupúsculos de la franquicia que conforma a Podemos en gran parte apoyan la disgregación, incluso justificando a quienes durante decenios intentaban promoverla con tiros en la nuca. La indignación que dio lugar al nacimiento de esta especie de aquelarre no puede amparar tanta arrogancia y estúpida agresividad.  Pablo Iglesias cada vez me recuerda más, tanto en sus intervenciones actuales como en los vídeos que no ha podido evitar que conozcamos, a José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, a su dialéctica de los puños y las pistolas y a sus mítines en el Teatro de la Comedia. Sicilia, año 36. Penoso. Mi conclusión es que, aparte de esa continua performance, detrás de esa puesta en escena que a veces mueve más al temor que a la esperanza, cuando no a la risa, poco más hay. Un ajuste de cuentas realizado por quien no sabe sumar. Más afán existe en arramblar, en destruir, en imponer su extremismo antediluviano, que de edificar, de avanzar sobre lo ya construido, que es mucho. La superación de la arquitectura actual, que puede no gustar, no es levantar una ermita visigoda.

Prácticamente todas mis epístolas anteriores se han dedicado a evidenciar que España no estaba en buenas manos, ni con este ni con el gobierno anterior, ya que la estupidez vacua es tan nociva como la maldad, que demasiados ladrones había en el poder y sus aledaños, que la mediocridad era la norma, que el interés particular y del partido —no de uno, de todos ellos— se ponía por delante del interés general. Que la crisis a la que tanto ayudaron entre todos a crecer, se afrontó de forma despiadada e insensible hacia el sufrimiento, la precariedad y el desamparo de parte no pequeña de la sociedad, como siempre la más débil. Una sociedad a la que han empobrecido para enriquecer a una minoría cercana y para financiar todos y cada uno de los partidos, salvo honrosas excepciones que no conozco.  

Esto no ha sido monopolio del Partido Popular, pues todo el que ha tocado poder, ha visto —y permitido— corromperse a parte de los suyos. En proporción al poder alcanzado, lo que no sirve de disculpa a nadie. No entraré en comparaciones sobre la cuantía de lo malversado, pero no puedo dejar de decir que somos proclives a medir con vara harto trucada, que la romana se usa de forma torticera y que tendemos a ser menos estrictos con los afines que con los contrarios, en lugar de pedir que cada palo aguante su vela. Que cada uno considere el grado de dureza con que ha criticado, si es que lo ha llegado a hacer, las rapiñas de aquellos con los que simpatiza, como primer ejercicio de autocrítica. Eso nos pone a todos en mal lugar, pues pocos han tenido la decencia de mirar con el mismo escrúpulo hacia todos lados. En el fondo, nuestros olvidos selectivos, nuestra defensa por acción u omisión, nuestra parcialidad, es lo que ha permitido que la corrupción haya llegado a mancharlo todo. 

Todo, pero no a todos, pues no es la primera vez que afirmo que la inmensa mayoría de los políticos, cargos públicos y miembros de los partidos son decentes. Tal vez peque de ingenuidad, pero sigo pensando igual. Muchos concejales de lo que estos ignaros llamaban ‘la casta’ se jugaron la vida —y muchos la perdieron— defendiendo aquello en que creían, algo que debería abrumar a quienes en esos mismos partidos se dedicaban mientras a robar. En todo caso, nos dieron más que nos darán nunca quienes les intentan desacreditar con sus demagogias para arrancar unos votos.

Aporto mis anteriores epístolas como aval, pues no puede decirse que no he sido duro con quien ahora manda. Y como el ataque a alguien suele interpretarse como defensa del contrario, pues ya Ortega y Gasset decía que la única razón que unos tienen es la que han perdido sus contrarios, escribo esta epístola para desengañar a quienes lo han valorado así. En absoluto. Que uno no quiera morir de cáncer de próstata no debe interpretarse como que desea hacerlo a causa de un tumor cerebral. En esa tesitura han colocado a los españoles quienes han capitalizado el descontento y la indignación para llevar el agua a su molino. Un molino antiguo, obsoleto, poco eficiente, que por romanticismo, ignorancia o pereza mental, muchos parecen ver deseable volver a poner en marcha. Cuando uno huye no suele mirar bien hacia dónde. No estoy entre ellos. Es duro abandonar una creencia, abjurar de una fe, pero espero que muchos de sus simpatizantes vayan siendo capaces de ver la verdadera cara de estos gurús.

Veo con asombro a muchas personas que tengo por inteligentes y leídas, a quienes además habría que presuponer un juicio que la edad suele proporcionar, aunque veo que no es cosa general, arrojarse empujados por la indignación en manos de estos personajes de forma increíblemente acrítica. Y asumen entero el kit de progresía que les ofrecen, de un progreso en mi opinión, mal entendido. No falta nada. Y a mí me espanta ese sometimiento mental y moral a un corpus doctrinario establecido, monolítico, sin fisuras. A un manual del buen rojo, en terminología que se han ocupado de resucitar, pues como primer logro, entre unos y otros han conseguido volver a partir España en dos, al menos están en ello con todas sus fuerzas. 

Facha es quien difiere en algo de las creencias de esta secta, y les llamaban casta antes de hacer glorioso ingreso en tal club, ya diluido, pues va resultando un movimiento con tintes religiosos, un asalto al cielo guiado por dogmas asumidos sin cribar, revelados —por enésima vez— por obispos laicos que imparten doctrina sacada de antañones incunables, hablando ex cátedra, iluminados de forma infalible por su particular espíritu santo que habita en la Complutense. En su capilla dan la bienvenida a Otegui, cómplice de secuestradores y de pistoleros que disparaban en la  nuca de quienes pensaban distinto. Unos demócratas, en fin. Y dan certificados de pureza de sangre desde una superioridad ética que dicen tener pero que no existe, pues como depositarios de las tablas de la ley e intérpretes de la divinidad, se permiten señalar a los que merecen la salvación y los que no. Sus mítines son autos de fe. Vuelta al siglo XVI presentada como avance. Lo más novedoso de su doctrina es del XIX.

Este bloque de creencias no permite fallar a ningún palo. Abarca desde el soporte a aberrantes sistemas políticos, a quienes ellos han asesorado y acompañado en su fracaso y cuyos resultados a la vista están, hasta la simpatía por asesinos y secuestradores con quienes están más dispuestos a pactar que con los partidos democráticos, evidencia de que ellos no lo son. Desde el apoyo a nacionalistas desaforados y okupas, colectivos ambos entre los que hay no pocos que considero simples delincuentes, hasta el repudio al ejército, la bandera, el himno o las fuerzas de orden público, a las corridas de toros o el apoyo a la pantomima risible de la primera comunión o el bautizo laicos. Una cosa más que razonable es que no te guste ver matar a un toro en la plaza, o asistir a las procesiones, o no ser creyente, defendiendo el laicismo de la sociedad; otra muy distinta es ir de comecuras y faltar al respeto a las creencias de millones de españoles. Éstas son creencias que si bien no comparto, no dejo de pensar que merecen respeto, no esa hostilidad tan infantil como dogmática. Que lleguen a la torpeza de gastar sus fuerzas y tiempo en desacreditarse atacando las procesiones de Sevilla, mostrar las tetas en una capilla, que no mezquita,  desairar a instituciones clave desde un antimilitarismo ingenuo y marginal o carnavalizar las cabalgatas de reyes, dice mucho de sus prioridades y fijaciones, a la vez que nos indica por dónde van los tiros. Hay que defender hasta que una acólita de la cuerda se mee en la calle camino de la concejalía que ocupa. No es ese el tipo de personas que merecemos tener al mando. Que otras tampoco lo sean no supone dejar de buscar opciones más presentables. No es que se resalten estos desatinos, simplemente sucede que poco más han hecho hasta el momento.

Se añade el menosprecio a la Constitución y a la Transición que la hizo posible, quizá la mejor época de nuestra historia, incluida la descalificación de políticos que muchos echamos de menos, sobre todo al compararlos con quienes ahora intentan desacreditarlos. Por supuesto, resucitemos la guerra civil, quitemos las calles a Jardiel Poncela, a Miura o a Muñoz Seca por haberse dejado fusilar por un matarife inadecuado, el busto a Pemán o la placa a los religiosos de 18 años asesinados en Madrid... Hagamos así justo lo que los otros hicieron igual de mal. No se trata de corregir errores, sino de caer en los mismos, haciendo un paréntesis de 75 años, salto atrás que poco ayuda a la convivencia. 

De que sus actuaciones teatrales van más dedicadas a dar gusto a la peña que a solucionar unos problemas que les preocupan menos de lo que quieren aparentar, pues es el poder y el control de la sociedad lo único que evidencian ansiar, es muestra lo que Iñaki Gabilondo calificaba de incongruencia, refiriéndose a un Iglesias en mangas de camisa ante el rey pero de frac en los Goyas. Yo más que incongruencia lo calificaría de estupidez, de falta de respeto a las instituciones, de postureo y de indignidad. Nunca votaría a nadie así. 

Quien me conoce sabe el poco significado que doy a la largura del pelo o a la indumentaria, pero alguien sin cortesía ni educación no puede representarme. Los fantasmas en los castillos escoceses, no en el Congreso de los Diputados y menos con mi voto. Para los más espesos aclaro que eso no supone alabanza a muchos de sus actuales ocupantes. Y allí, igual que en los ayuntamientos, parlamentos regionales, y a donde van llegando, a cobrar ovíparamente, ellos y sus parientes que llaman a asesorarles con sueldos de presidente de gobierno. Decir que donan parte de lo cobrado no me basta, pues igual me da que lo gasten directamente o vaya a sufragar a su partido o sus cadenas de televisión. Mejor bajarse el sueldo como prometieron hacer, o donarlo al Cotolengo o a Cáritas, lo demás son milongas y excusas de mal pagador. Y buen cobrador. No es que les pida más que a los otros, pero son ellos quienes llegaron donde están prometiendo hacer lo que ahora incumplen. Pusieron el listón muy alto y me jode que ahora pasen por debajo de él.

 Ya sé que para algunos dar mi opinión sobre estas cosas, que muchos ven sin atreverse a decir, menos a dejarlo escrito, me sitúa en eso que llaman ‘la caverna’, juicio que poco me preocupa, pues hay varias cavernas y resultan cajón de sastre donde, a falta de razones que oponer, algunos meten todo lo que les contradice. Por otra parte, puestos a ser sinceros,  poco aprecio y respeto me merecen quienes recurren a esa descalificación como único escape.  Este recurso tan sencillo evita buscar argumentos ni plantearse qué es lo que, en definitiva, viene uno a sostener con su voto. No estamos en tiempos de contemporizar, sino de pensar y de llamar a las cosas por su nombre, aunque eso nos violente algunas convicciones, en el caso de tenerlas. Mi solución ante los orígenes de los males que sufrimos, como son el sectarismo, la mediocridad, la corrupción, la falta de metas claras, justas y viables, la soberbia, la ambición personal y partidista, la indiferencia ante el desamparo de gran parte de la sociedad, se reduce a recuperar valores perdidos como la vergüenza, la honradez económica e intelectual, la independencia de la justicia, el control escrupuloso del gasto y de su justa redistribución, y sobre todo, inteligencia. Todo ello con la mayor de las libertades. Como se puede ver, la solución queda para mi muy lejos de lo que Podemos puede ofrecer. Descartados la impiedad y el totalitarismo, los dos extremos que se nos ofrecen, mis opciones se reducen a quedarme en mi casa en unas próximas elecciones o elegir a alguien más centrado. Política y mentalmente.

Es momento de razón más que de vísceras, cuando cada vez más, se intenta anteponer la revancha a la justicia, cuando el comportamiento se ve regido antes por el pensamiento rápido, por la respuesta instintiva, visceral, que por el pensar lento, reflexivo y ponderado. Nos estamos animalizando en nuestras reacciones y nuestro cerebro, quién aún lo tenga en uso, debería evitar que sus actos y palabras sean determinados por reflejos, como lo es la rodilla cuando se le golpea con una maza.

El dibujo de Pablo Iglesias es obra del genial ilustrador Ricardo Martínez.

sábado, 6 de febrero de 2016

Epístola memoriosa




En España siempre hemos intentado corregir los errores, los agravios, incluso los crímenes acaecidos en nuestra historia perpetrando otros que salden las siempre insatisfechas cuentas pendientes. Obramos de forma pendular, sin estados intermedios, matices ni equilibrio. Dar la vuelta a la tortilla en frase castiza. Si esto se hace con descuido suele requemarse su exterior por una u otra cara. El interior, la mayor parte del invento, permanece invariable, es decir crudo, sea la cara o la cruz de la tortilla lo que se chuscarre. Es decisión de quien tiene la sartén por el mango, pues la tortilla no suele opinar, siendo parte muy afectada y el interior, que supone su mayoría, aún es más improbable que se manifieste. Es lo malo de los excesivos ardores, de la llama viva, pues el fuego lento y el pausado cocimiento es algo propio de los buenos cocineros. Y de las buenas ideas o de las obras duraderas.

Juzgamos episodios pretéritos —analizar es palabra excesiva y fuera de lugar entre nosotros— con criterios de clan, de tribu, de facción, como ocurre de forma grotesca con la toma de Granada en 1492, con el descubrimiento de América y con otros miles de hechos de nuestra historia, en cuya interpretación se condensa la estupidez nacional. 

Aunque pasiones y fobias aún nos impidan interpretar de forma adecuada acontecimientos más recientes, debería al menos extrañarnos el hecho de que seis siglos no nos basten para asumir aquellos más lejanos como algo pasado, imposible de valorar con criterios actuales por parte de los habitantes de España, país invertebrado que lleva veinte siglos sin techar el edificio, cuestionando eternamente las trazas de la casa común, removiendo sus cimientos y tirando y volviendo a levantar las paredes. Por eso cuesta tanto poner la bandera en el techo de la obra. Tampoco sabemos qué pedir a la banda que toque para celebrar la inauguración.

Metidos en obras y reformas, discurro que hermoso sinónimo de albañil es alarife. Ambas palabras son árabes. ‘Al-banni’ era pronunciación dialectal andalusí del árabe clásico ‘al-banna, pues ‘banna’ significa construir. Así el albañil era “el constructor”. El alarife, ‘al-arif”, era “el experto”, el maestro de obras. Aixa, un rifeño con el que tuve el placer y el honor de cenar una nochebuena, insólita historia que no viene al caso, disfrutando de una larga conversación que, sin vino ni cava por parte suya, vino a derivar hacia las alcachofas, alcántaras, alcantarillas, alcalás, abencerrajes y berenjenas. No es cierto que la cara sea el espejo del alma, pues la suya era en verdad difícil pero encubría un interior sabio y delicado. Me decía con voz dulce y pausada, arrastrando las eses, que los rifeños fama tienen de ser buenos albañiles y que era habitual que antaño vinieran reclutados a construir esos monumentos que hoy nos encandilan y deslumbran en Andalucía y otros lugares. No es descabellado pensar que “alarife” venga a ser como rifeño, aunque doctores tiene la iglesia, en este caso la mezquita o la madrasa.

Viene esta erudita digresión al caso pues pienso que, junto con las acequias y tantas otras buenas cosas, nos trajeron la palabra “cabila” y su carga vital, y sé que los vocablos permanecen si con ellos llega algo nuevo, algo para lo que no teníamos nombre, sea cosa, fruto o sentir. O los hablantes los adoptan porque matizan, reconforman o refuerzan algo preexistente. Con estos bereberes, o con las élites sirias o árabes de la misma Arabia que les espoleaban, nos vinieron la alcurnia, la aldea y la alquería, las alfaguaras y las alfadías —cohechos o sobornos—. Algunas de esas cosas y costumbres arraigaron fuertemente, en verdad, por fuerza de alfanje o de buen grado, por resultar muy convenientes para algunos. Comparecieron, pues, las aceñas, el alféizar, los albotaires, labor de azulejos con que decorar las bóvedas, se rebautizaron las acémilas, vinieron el ‘siqal’, instrumento para pulir o bruñir del que sale “acicalar”, el azimut para orientarse, las adarajas y los ademes, los adoquines y ajimeces, el alacet, —fundamento o base de un edificio que es palabra árabe conservada en Aragón—, los alambores o alaroces, —largueros que dividen el hueco de una ventana o puerta, como alamudes son las barras de hierro que las aseguraban—. Les acompañaron albacaras, —torreones o recintos murados—, albayaldes,  alacenas, albahacas y ajonjolís, entre otros miles de hermosas palabras.

Si bien lo de la albahaca y los alcahuetes, las alcachofas o el ajonjolí es para alegrarse, y no digamos las alcantarillas, las acequias y los alboroques, los alborozos o las albricias, lo de las cabilas lo es menos. Se le sumó ese sentimiento teocrático semítico, judío e islámico, que cede a la religión y a la creencia indiscutida el timón de la sociedad, y nos dejaron no solo la palabra cabila, sino bien arraigada la impronta que nos contagió su carácter de grupúsculos de individuos indómitos errando por el desierto, hostiles frente a quien no pertenezca al clan, despojándonos de la superficial capa de sometimiento al bien común y  de respeto a la ley que nos impusieron los romanos. De nuestros ancestros iberos heredamos la defensa incondicional de los caudillos por parte de su banda, llegando al sacrificio. Donde arribaron los fenicios quedó la avaricia, el egoísmo del comerciante y su carácter emprendedor. El resultado de tal combinación de genes y tradiciones es inquietante y a la vista está. No somos españoles, pues ni se sabe qué es serlo, somos cabileños, tribales, disgregadores, recelosos del vecino, egoístas, dados a separarnos en taifas a mayor gloria del reyezuelo que, en interés propio y de su reducida corte, consigue hacerse con el mando de un pedazo de país. No cabe lamentarse de lo malcriado que nos ha salido el niño y achacarlo a las sucesivas olas poblacionales que se han ido instalando en la península, pues genéticamente somos un pueblo muy sano precisamente gracias a este trasiego secular de cromosomas. Si de griegos, fenicios o romanos, árabes y bizantinos, vikingos o franceses, hubiéramos ido tomando parte de lo bueno, que mucho había, seríamos casi perfectos, como por azares de la genética nacen algunos solitarios ejemplares de la fauna nacional, cuya cabeza nos apresuramos a cortar.

Es menester que todo hecho pasado se juzgue con el filtro temporal que le sitúe en su contexto. Pero para eso hace falta cultura, conocimientos, tiempo e interés en el estudio, informarse de qué pensaban nuestros antepasados, en qué creían, cómo vivían en la época y sociedad que produjo aquello que hoy tan duramente juzgamos. Algo muy lejos del alcance de la ciencia e intención de la mayor parte de los contemporáneos.

Por eso tengo por muy conveniente el estudio de la historia, no menos la de las palabras o la de las ideas que la de los hechos, muchas veces iluminados más por el arte que por los cronicones. Una obra literaria, un cuadro, un romance, una canción popular, una obra de teatro, suelen aportar más luz que la Historia cuando ésta se escribe con cercanía temporal y vital a los hechos referidos. La autoría de la historia escrita siempre se ha atribuido, no sin razón, a los vencedores, que suelen ser quienes encargan su redacción y no suelen ceder al enemigo la pluma. Acostumbra referirse esta historia tan parcial al recuento de las batallas y el elogio de los personajes de los que ella ha decidido dejar memoria, como nobles si vencedores, como villanos si derrotados. Lo peor de este tipo de crónica es que olvida a las personas normales, a los que quedaron con las tripas de fuera en los gloriosos campos de batalla que encumbraron a carniceros como Napoleón a la categoría de héroes nacionales. Lo vidrioso y escurridizo del estudio del pasado hace que eso mismo pueda servir de ejemplo de lo contrario de lo que antes se argumentó, pues ha habido derrotados como el citado sardo de Waterloo que se han salvado inexplicablemente en un juicio en el que los testigos que declararon a su favor en realidad fueron sus víctimas.

La lima del tiempo también es parcial pues mantiene en pie palacios, templos y castillos, murallas y otras obras de aparato, mientras arrambla con las chozas que habitaron quienes levantaron las anteriores maravillas y se deslomaron trabajando para mantener los lujos de sus moradores. Redondea la suerte que el arte tiende más a perpetuar la memoria de los que disfrutaron de estas obras de piedra que la de los canteros que vivieron en cobertizos de paja mientras labraban los sillares ajenos. Los cuadros, libros, romances y crónicas que han perdurado, lógicamente retratan y nos hablan más de los primeros que de los segundos. Lo que hoy vemos en los museos es el menaje de hogar de los poderosos, el adorno de sus casas, su vanidad hecha materia por artesanos a sueldo, que sólo hoy consideramos artistas.

Hay algo de fatalista en esta visión de la historia que parece dejar la responsabilidad de los aconteceres de nuestro pasado en las fuerzas geológicas y en impulsos biológicos propios de la evolución de la especie humana, enfoque que se complementa con la atribución de los cambios al impulso individual de personas providenciales, pues no se puede obviar que no pocas convulsiones del pasado nacieron en un lugar e instante concretos incubadas por la voluntad e impulso de unas pocas personas, muy pocas y casi siempre movidas por sueños e intereses que en parte les eran ajenos. El aire de los tiempos, sin que nos detengamos a averiguar quién los soplaba. 

Inexplicablemente, aun cuando las más de las opciones elegidas eran gravosas para el común,  solían ser en su momento asumidas por la población, siempre irreflexiva, siempre ciega ante la verborrea de elocuentes orates que les empujan hacia su perdición. La misma población que, también siempre, termina por pagar los platos rotos, pues la vajilla de palacio no se suele desportillar, si acaso cambia de mesas y de dueños con el paso de las dinastías. Tener estas decisiones sin vuelta atrás por algo natural, inevitable, que no pudo ser de otra forma, es perverso. Las masas, cuidadosamente mantenidas en la ignorancia, suelen participar en esta perversidad, encandiladas por la engañosa grandeza de las empresas que les sugieren o imponen los caudillos de turno, por la autoridad de esos jefecillos tribales que les arengan con lengua de serpiente, esos que desde la colina encaramados a un caballo o bajo una sombrilla les ven morir en defensa de la patria. Si la cosa se pone fea para la tropa, ya llegarán a un pacto de familia con los que desde la otra colina ven boquear a los suyos con deportivo interés.

A causa de las reflexiones anteriores miro con cierto resquemor lo que hoy algunos llaman memoria histórica, disconforme con el término usado, metiéndome a sabiendas en un nuevo jardín, como me suele ocurrir. Un pleonasmo, una redundancia. La historia es memoria y los adjetivos innecesarios suelen restar, más que añadir y siempre confunden. No se debería haber incluido bajo ese inadecuado título el tema de la búsqueda y recuperación de los restos de personas asesinadas por unos o por otros, antes, durante y después de nuestra trágica guerra llamada civil, que aún yacen en las cunetas y al lado de las tapias de los cementerios. Vergüenza debería producirnos que esto no se haya hecho antes por parte del Estado, en lugar de dificultar y poner trabas, ya que no ayuda, a que sus familiares lo hagan por fin.

Buscar por las cunetas los restos de españoles asesinados por otros españoles es una mínima reparación, noble y necesaria, imprescindible, que hace tiempo debería haberse realizado. Otro tipo de ejercicios de memoria histórica, afán que en ambos bandos, por desgracia renacientes, se ha despertado tal vez con mejor intención que oportunidad, se me antoja selectiva, miserable, mezquina, me deja regusto a cabila, a odio tribal, a venganza de tutsis y hutus, a pobreza intelectual y moral de un ajuste de cuentas que hace aflorar de nuevo lo peor de nosotros, me sabe a mentira, a intento por ambas partes de ocultar algo que avergüenza a quienes selectivamente pretenden eliminar del recuerdo y de la historia aquello que no cuadra con su versión de penosos episodios de un momento de nuestra historia en que hubo muchos sujetos que fueron peores, pero pocos buenos, salvo muy honrosas y escasas excepciones, como la del último alcalde republicano de Madrid. Es justo lo contrario de lo que decía tal ley que venía a evitar.

En lo restante, poco hay que hacer. Entrar sin delicadeza en un juego de memorias y desmemorias, visto lo anteriormente expuesto, es en mi opinión contraproducente pues cada uno intenta reelaborar la historia a su gusto, resaltando o descartando con una memoria selectiva, también adjetivada, los hechos que a cada uno interesan. Cierto es que sobrado tiempo ha tenido la parte levantisca de la contienda para honrar a sus muertos y de hacer olvidar, cuando no intentar deshonrar, a los ajenos. Pero la solución no es obrar con igual sectarismo que ellos con carácter retroactivo. Poco hay que reescribir. Quien no sabe más del tema es que no ha hecho nada por enterarse, ya que las fuentes son diversas, fiables y abundantes. Los muertos en el frente cabe atribuirlos a quien inició la guerra. Los asesinatos de civiles no, y me resisto a clasificarlos en justos e injustos, como algunos hoy pretenden hacer en función del bando de los asesinos. Sus autores fueron unos desalmados, unos deshechos humanos, vergüenza eterna para España, vistieran de azul o de rojo; igual de miserables estiraran el brazo o levantaran el puño, y tan lejos estoy de quienes justifican a unos como de quien lo hace con los otros. Una chusma indistinguible. Huyo de nadie que se asemeje a tales basuras de la historia nacional.

Por eso, nadando contra corriente, no me puedo callar ante cosas que leo en la prensa hoy en día. Si es que queda alguna calle dedicada al último caudillo de una larga lista que parece buscar sucesor, años ha que debería haber desaparecido, igual que cualquier otra referencia que pudiera entenderse como ensalzamiento de algo que no debiera haber ocurrido. Nadie debería quejarse de ello. De ahí a quitarle la calle a Muñoz Seca, autor de la Venganza de don Mendo, por ser un asesinado de derechas, el busto a Pemán por adicto al régimen de Franco en una España en la que una gran parte lo era o fingía serlo para llegar hasta hoy vivos, aunque algunos presenten hoy credenciales de lucha y enfrentamiento a la dictadura más falsas que un billete de trece euros.

Retirar la placa dedicada a 8 carmelitas de 18 a 23 años asesinados, como en Madrid se ha perpetrado, es precisamente un miserable ejercicio de desmemoria selectiva, de manipulación del pasado para evitar que se recuerde lo que incomoda a quien ordena quitar la placa que constata un crimen que quien así obra parece justificar. Es sostener que hubo muertes defendibles, excusables y otras que no lo fueron. No es un sano y necesario ejercicio de memoria, noble afán de restaurar el recuerdo de aquello que no queremos que acabe en el olvido, bien como ejemplo, bien como escarmiento, algo que deseamos evitar que vuelva a suceder, sino, en mi modesta opinión, supone un burdo ejercicio de ignorancia con regusto a revancha y a desprecio hacia los sentimientos y valores de millones de ciudadanos. Justo lo injusto que con sus padres o sus abuelos hicieron. Así ya todos somos iguales. Para ese viaje no necesitábamos setenta y cinco años de alforjas. Como siempre, nos faltan mandelas y nos sobran robespierres. Quienes en Francia quitaron un rey por el expeditivo procedimiento de separarlo de su cabeza fueron los mismos que instalaron pocos años después en su palacio a un emperador.

La transición española, con sus aciertos y desaciertos, es tal vez uno de los pocos episodios de los que los españoles podemos estar orgullosos. Por eso estoy justo enfrente de quienes hoy intentan desacreditarlo. Afortunadamente en aquellos momentos contábamos en España con mejores políticos que los actuales, tanto los viejos como los nuevos, pues eran más prudentes y leídos y menos desmemoriados y soberbios, y dudo mucho que los personajillos que hoy copan las portadas y las pantallas sean capaces de acordar ni de imponer una constitución mejor que la que hoy tenemos. La situación únicamente permite escasos retoques tan necesarios como insuficientes para conciliar unas ambiciones personales y territoriales y saciar hambres que hacen necesarias tartas de 600 grados. Y ya nos dejaron dicho en Mesopotamia y en Egipto que una tarta como Isis o Baal mandan tiene que tener 360º. Una pena, pero es así.