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martes, 16 de julio de 2024

Epístola celebrativa

 

El domingo pasado fue un día extraordinario para España. Alcaraz vence en Wimbledon, la roja en Alemania. Dos triunfos muy importantes a los que ya estamos demasiado acostumbrados. Es decir, que fue un día muy malo para los que son españoles a su pesar, como el Filomeno de Torrrente Ballester, aborígenes de esos que llevan el pasaporte y el DNI del reino de España como los penitenciados por la Inquisición llevaban el sambenito. No hace falta trapo ni cucurucho que los delate, ya se les ve venir, se les conoce por la jeta descompuesta ante una felicidad y una unión que les ofende y les aparta. No han faltado, como era de esperar, personajes de la farándula política que, con sus anteojeras de rigor, han intentado arrimar a su sardina ideológica un ascua que era de todos. Muchas estupideces hemos tenido que escuchar y leer, como se acostumbra. Por cierto, eché de menos una representación del más alto nivel en Wimbledon, del gobierno y de la casa real.

Los que tienen mando en plaza entre esas parroquias y sectas cismáticas, procuraron, hasta donde pudieron, dificultar tales celebraciones y previsibles alegrías, de forma que hubo obispados en los que los creyentes tuvieron que seguir las liturgias del fútbol en sus casas o en el bar de la esquina, si es que allí se atrevían a encender la televisión, no vaya a ser que se deje caer algún propio del ayuntamiento y los cruja, porque esa traición a la causa de la tribu no es de recibo. Otros, más inteligentes y menos asilvestrados, se rindieron a la evidencia y se atrevieron —o resignaron— a poner pantallas gigantes hasta en la misma Plaza de Cataluña en Barcelona, dando lugar a que se llenara de odiosas banderas de España, toda una provocación para la CUP, para el Lluis Llach, Puigdemones y demás illuminati. Otegui, un santo varón, no se une a la celebración, porque ni es su país, ni su himno ni su rey —según nos cuenta confundiendo, como acostumbran, el deseo con la realidad—, con lo que nos honra a la mayoría, contenta de, al menos in pectore, no compartir con tal personaje siniestro ni la vecindad ni, si me apuras, la especie, pues su falta de humanidad, entre otras cosas importantes, es cosa acreditada. Puta selección, puta España, junto con otras pintadas, sin faltar las cruces gamadas tan de su gusto, acusando de traidores a Mikel Merino y a Oyarzabal, hijo de una vecina del Elorrio de las pintadas que tuvo la desfachatez de marcar para España el gol definitivo en la final. Los promotores de estos respetuosísimos mensajes luego ayudan en Madrit a legislar acerca de los delitos de odio, que ya sabemos que hay quien odia a quien no debe y que esas cosas hay que dejar que las legisle quien de ello entiende.

Bueno, pues quitando a algunos desnortados que, si acaso, sólo celebran los goles que han marcado los de su pueblo, como el Atleti, España, una vez más, se ha llenado de banderas, esta vez rojas y gualdas, las de todos, las únicas que molestan a los que hoy sufren viendo plazas abarrotadas de gente contenta tarareando un himno que sigue sin tener letra, para hacer imposible que se cante y porque sería imposible el acuerdo de ponerle una que a nadie ofendiera. Y ocurre así aunque no es la letra lo que pudiera ofenderles, que pocos himnos nacionales, regionales o locales hay que se puedan cantar sin rubor, por cursis, agresivos o ripiosos, a los que estos aldeanos no hacen ascos, sino porque saben la importancia que para los sentimientos de pertenencia y de unión tienen los símbolos, los himnos, la Historia compartida. Provocan sentimientos que los peores de entre nosotros procuran extirpar en el común por todos los medios.

Cada autonomía los tiene, pues muchos defienden las partes y pocos y flojo el todo. Incluso alguna tiene por bandera la de un partido, el PNV, una apropiación que a nadie espanta; otras cantan himnos agresivos, marciales, llenos de hoces y guadañas, dejando la calle llena de sangre cuando se desgañitan cantándolo, que es un primor. «¡Buen golpe de hoz!, ¡Buen golpe de hoz, defensores de la tierra!», toda una oda a la convivencia que cantan con su cara más beatífica pacíficos patriotas e instituciones locales en el Principado.

 De Historia común, para qué vamos a hablar. Se da la desconcertante circunstancia de que cada territorio de España, hoy autónomo, a pesar de haber estado unidos desde hace muchos siglos (con gran beneficio de los eternos dinamitadores de la unidad), tiene una historia local y particular honrosísima, inmaculada, sin tacha ni borrón, en gran parte inventada, mientras que la Historia que juntos han protagonizado resulta una vergüenza, algo abominable, una sucesión de infamias, genocidios y rapiñas que para qué te vamos a contar. España fue un país de genocidas y esclavistas, nos cuentan horrorizados y escurriendo el bulto. Innegable que de estos últimos también los hubo aquí, negreros españoles de Cataluña y del País Vasco, que en Jaén o en Ciudad Real hubo pocos, pero eso mejor no contárselo a los niños de la aldea, que luego tienen pesadillas por las noches.

Seguramente ya es demasiado tarde, tras decenios de cesiones y compraventas de votos, para corregir esa deriva disgregadora que elimina entre los españoles de las distintas regiones y comunidades todo aquello que fue y es común, lo que nos mantuvo unidos, esa serie de símbolos, ideas, recuerdos y valores que cualquier otro país procura transmitir cuidadosamente a sus ciudadanos desde la infancia.

La política de muchas comunidades ha tenido como eje el costosísimo monocultivo de diferencias, por semilla o esqueje, por dejar de regar las plantas que consideran invasivas, abonar y potenciar las endémicas, crear algunas ex novo o, como hablamos de especies con patas, expulsar mediante la violencia, la amenaza y la extorsión, a los ejemplares discordantes, como se hizo durante decenios en el País Vasco. Decenas de miles de ciudadanos tuvieron que emigrar para conservar sus vidas. Trabajo de laboratorio, ingeniería social que trabaja para torcerle la mano a la naturaleza y a la historia para conseguir ejemplares adaptados a su idea de cómo deben ser los productos uniformes de la huerta que cultivan y explotan. Buscan provocar mutaciones que hagan aflorar hechos diferenciales, a base de podas, exposición a las radiaciones nacionalistas y otros métodos de injerencias en la evolución natural, que ven poco favorable para su causa. Aplicando las técnicas de Mendel con los guisantes o los ganaderos de bravo con sus reses, se incentiva todo aquello que se quiere dominante, es decir, la diferencia, grande o pequeña, imaginaria o real, irrelevante o de sustancia. Por otra parte, se va intentando hacer recesivo, debilitar hasta su desaparición, si fuera posible, todo aquello que desde hace mil años hemos tenido en común, que es casi todo. No cabe en un plan que trata a la población como ganado el proteger, al menos respetar, la bandera común, el himno, la monarquía, ni dejar a su aire costumbres, hábitos y creencias compartidas, pues al bicho de la unidad hay que matarlo de pequeño.

Y viene el fútbol o el tenis a joder la marrana autóctona. Como las canciones, libros y películas que se disfrutan de igual forma y en la misma lengua común en todo el país, los éxitos, las alegrías y los disfrutes acuden a unirse a la tortilla de patatas, el chorizo y la paella para hacer que, al menos unos ratos, caigamos en la cuenta de que todos somos españoles, demasiado parecidos para su gusto, cuando no iguales como gotas de agua. Porque en esto sólo se puede ser igual o peor. Mala cosa.

Aunque algunos parezcan desconocerlo, empecinados en celebrar derrotas y usarlas como guion y pegamento de sus rentables lamentos, todos sabemos que la victoria tiene cien padres, pero la derrota es huérfana, que los éxitos unen mucho, pues todos los sentimos nuestros y ajenos los fracasos. Y estos éxitos que a los aldeanos enfadan llevan a una mayoría a ondear banderas que otro día evitamos mostrar, porque miles de sectarios amantes de la disgregación nos han casi convencido de que los símbolos comunes son cosa de fachas. Si encima, escuchan a miles de personas, para más inri en una plaza de toros, cantar a grandes voces nuestro himno nacional sin letra, se les hunden los palos del sombrajo. Los amargados no soportan la felicidad ajena, sobre todo cuando comprueban que ellos son la minoría, la marginalidad, la excepción. Muchos negarán que se les ponen los pelos de punta, pero nadie duda de que son más los que se emocionan al escuchar el himno en estas ocasiones que los estepaiseños a los que les sale un sarpullido viendo a la mayoría unidos y contentos bajo la bandera de todos.


sábado, 6 de febrero de 2016

Epístola memoriosa




En España siempre hemos intentado corregir los errores, los agravios, incluso los crímenes acaecidos en nuestra historia perpetrando otros que salden las siempre insatisfechas cuentas pendientes. Obramos de forma pendular, sin estados intermedios, matices ni equilibrio. Dar la vuelta a la tortilla en frase castiza. Si esto se hace con descuido suele requemarse su exterior por una u otra cara. El interior, la mayor parte del invento, permanece invariable, es decir crudo, sea la cara o la cruz de la tortilla lo que se chuscarre. Es decisión de quien tiene la sartén por el mango, pues la tortilla no suele opinar, siendo parte muy afectada y el interior, que supone su mayoría, aún es más improbable que se manifieste. Es lo malo de los excesivos ardores, de la llama viva, pues el fuego lento y el pausado cocimiento es algo propio de los buenos cocineros. Y de las buenas ideas o de las obras duraderas.

Juzgamos episodios pretéritos —analizar es palabra excesiva y fuera de lugar entre nosotros— con criterios de clan, de tribu, de facción, como ocurre de forma grotesca con la toma de Granada en 1492, con el descubrimiento de América y con otros miles de hechos de nuestra historia, en cuya interpretación se condensa la estupidez nacional. 

Aunque pasiones y fobias aún nos impidan interpretar de forma adecuada acontecimientos más recientes, debería al menos extrañarnos el hecho de que seis siglos no nos basten para asumir aquellos más lejanos como algo pasado, imposible de valorar con criterios actuales por parte de los habitantes de España, país invertebrado que lleva veinte siglos sin techar el edificio, cuestionando eternamente las trazas de la casa común, removiendo sus cimientos y tirando y volviendo a levantar las paredes. Por eso cuesta tanto poner la bandera en el techo de la obra. Tampoco sabemos qué pedir a la banda que toque para celebrar la inauguración.

Metidos en obras y reformas, discurro que hermoso sinónimo de albañil es alarife. Ambas palabras son árabes. ‘Al-banni’ era pronunciación dialectal andalusí del árabe clásico ‘al-banna, pues ‘banna’ significa construir. Así el albañil era “el constructor”. El alarife, ‘al-arif”, era “el experto”, el maestro de obras. Aixa, un rifeño con el que tuve el placer y el honor de cenar una nochebuena, insólita historia que no viene al caso, disfrutando de una larga conversación que, sin vino ni cava por parte suya, vino a derivar hacia las alcachofas, alcántaras, alcantarillas, alcalás, abencerrajes y berenjenas. No es cierto que la cara sea el espejo del alma, pues la suya era en verdad difícil pero encubría un interior sabio y delicado. Me decía con voz dulce y pausada, arrastrando las eses, que los rifeños fama tienen de ser buenos albañiles y que era habitual que antaño vinieran reclutados a construir esos monumentos que hoy nos encandilan y deslumbran en Andalucía y otros lugares. No es descabellado pensar que “alarife” venga a ser como rifeño, aunque doctores tiene la iglesia, en este caso la mezquita o la madrasa.

Viene esta erudita digresión al caso pues pienso que, junto con las acequias y tantas otras buenas cosas, nos trajeron la palabra “cabila” y su carga vital, y sé que los vocablos permanecen si con ellos llega algo nuevo, algo para lo que no teníamos nombre, sea cosa, fruto o sentir. O los hablantes los adoptan porque matizan, reconforman o refuerzan algo preexistente. Con estos bereberes, o con las élites sirias o árabes de la misma Arabia que les espoleaban, nos vinieron la alcurnia, la aldea y la alquería, las alfaguaras y las alfadías —cohechos o sobornos—. Algunas de esas cosas y costumbres arraigaron fuertemente, en verdad, por fuerza de alfanje o de buen grado, por resultar muy convenientes para algunos. Comparecieron, pues, las aceñas, el alféizar, los albotaires, labor de azulejos con que decorar las bóvedas, se rebautizaron las acémilas, vinieron el ‘siqal’, instrumento para pulir o bruñir del que sale “acicalar”, el azimut para orientarse, las adarajas y los ademes, los adoquines y ajimeces, el alacet, —fundamento o base de un edificio que es palabra árabe conservada en Aragón—, los alambores o alaroces, —largueros que dividen el hueco de una ventana o puerta, como alamudes son las barras de hierro que las aseguraban—. Les acompañaron albacaras, —torreones o recintos murados—, albayaldes,  alacenas, albahacas y ajonjolís, entre otros miles de hermosas palabras.

Si bien lo de la albahaca y los alcahuetes, las alcachofas o el ajonjolí es para alegrarse, y no digamos las alcantarillas, las acequias y los alboroques, los alborozos o las albricias, lo de las cabilas lo es menos. Se le sumó ese sentimiento teocrático semítico, judío e islámico, que cede a la religión y a la creencia indiscutida el timón de la sociedad, y nos dejaron no solo la palabra cabila, sino bien arraigada la impronta que nos contagió su carácter de grupúsculos de individuos indómitos errando por el desierto, hostiles frente a quien no pertenezca al clan, despojándonos de la superficial capa de sometimiento al bien común y  de respeto a la ley que nos impusieron los romanos. De nuestros ancestros iberos heredamos la defensa incondicional de los caudillos por parte de su banda, llegando al sacrificio. Donde arribaron los fenicios quedó la avaricia, el egoísmo del comerciante y su carácter emprendedor. El resultado de tal combinación de genes y tradiciones es inquietante y a la vista está. No somos españoles, pues ni se sabe qué es serlo, somos cabileños, tribales, disgregadores, recelosos del vecino, egoístas, dados a separarnos en taifas a mayor gloria del reyezuelo que, en interés propio y de su reducida corte, consigue hacerse con el mando de un pedazo de país. No cabe lamentarse de lo malcriado que nos ha salido el niño y achacarlo a las sucesivas olas poblacionales que se han ido instalando en la península, pues genéticamente somos un pueblo muy sano precisamente gracias a este trasiego secular de cromosomas. Si de griegos, fenicios o romanos, árabes y bizantinos, vikingos o franceses, hubiéramos ido tomando parte de lo bueno, que mucho había, seríamos casi perfectos, como por azares de la genética nacen algunos solitarios ejemplares de la fauna nacional, cuya cabeza nos apresuramos a cortar.

Es menester que todo hecho pasado se juzgue con el filtro temporal que le sitúe en su contexto. Pero para eso hace falta cultura, conocimientos, tiempo e interés en el estudio, informarse de qué pensaban nuestros antepasados, en qué creían, cómo vivían en la época y sociedad que produjo aquello que hoy tan duramente juzgamos. Algo muy lejos del alcance de la ciencia e intención de la mayor parte de los contemporáneos.

Por eso tengo por muy conveniente el estudio de la historia, no menos la de las palabras o la de las ideas que la de los hechos, muchas veces iluminados más por el arte que por los cronicones. Una obra literaria, un cuadro, un romance, una canción popular, una obra de teatro, suelen aportar más luz que la Historia cuando ésta se escribe con cercanía temporal y vital a los hechos referidos. La autoría de la historia escrita siempre se ha atribuido, no sin razón, a los vencedores, que suelen ser quienes encargan su redacción y no suelen ceder al enemigo la pluma. Acostumbra referirse esta historia tan parcial al recuento de las batallas y el elogio de los personajes de los que ella ha decidido dejar memoria, como nobles si vencedores, como villanos si derrotados. Lo peor de este tipo de crónica es que olvida a las personas normales, a los que quedaron con las tripas de fuera en los gloriosos campos de batalla que encumbraron a carniceros como Napoleón a la categoría de héroes nacionales. Lo vidrioso y escurridizo del estudio del pasado hace que eso mismo pueda servir de ejemplo de lo contrario de lo que antes se argumentó, pues ha habido derrotados como el citado sardo de Waterloo que se han salvado inexplicablemente en un juicio en el que los testigos que declararon a su favor en realidad fueron sus víctimas.

La lima del tiempo también es parcial pues mantiene en pie palacios, templos y castillos, murallas y otras obras de aparato, mientras arrambla con las chozas que habitaron quienes levantaron las anteriores maravillas y se deslomaron trabajando para mantener los lujos de sus moradores. Redondea la suerte que el arte tiende más a perpetuar la memoria de los que disfrutaron de estas obras de piedra que la de los canteros que vivieron en cobertizos de paja mientras labraban los sillares ajenos. Los cuadros, libros, romances y crónicas que han perdurado, lógicamente retratan y nos hablan más de los primeros que de los segundos. Lo que hoy vemos en los museos es el menaje de hogar de los poderosos, el adorno de sus casas, su vanidad hecha materia por artesanos a sueldo, que sólo hoy consideramos artistas.

Hay algo de fatalista en esta visión de la historia que parece dejar la responsabilidad de los aconteceres de nuestro pasado en las fuerzas geológicas y en impulsos biológicos propios de la evolución de la especie humana, enfoque que se complementa con la atribución de los cambios al impulso individual de personas providenciales, pues no se puede obviar que no pocas convulsiones del pasado nacieron en un lugar e instante concretos incubadas por la voluntad e impulso de unas pocas personas, muy pocas y casi siempre movidas por sueños e intereses que en parte les eran ajenos. El aire de los tiempos, sin que nos detengamos a averiguar quién los soplaba. 

Inexplicablemente, aun cuando las más de las opciones elegidas eran gravosas para el común,  solían ser en su momento asumidas por la población, siempre irreflexiva, siempre ciega ante la verborrea de elocuentes orates que les empujan hacia su perdición. La misma población que, también siempre, termina por pagar los platos rotos, pues la vajilla de palacio no se suele desportillar, si acaso cambia de mesas y de dueños con el paso de las dinastías. Tener estas decisiones sin vuelta atrás por algo natural, inevitable, que no pudo ser de otra forma, es perverso. Las masas, cuidadosamente mantenidas en la ignorancia, suelen participar en esta perversidad, encandiladas por la engañosa grandeza de las empresas que les sugieren o imponen los caudillos de turno, por la autoridad de esos jefecillos tribales que les arengan con lengua de serpiente, esos que desde la colina encaramados a un caballo o bajo una sombrilla les ven morir en defensa de la patria. Si la cosa se pone fea para la tropa, ya llegarán a un pacto de familia con los que desde la otra colina ven boquear a los suyos con deportivo interés.

A causa de las reflexiones anteriores miro con cierto resquemor lo que hoy algunos llaman memoria histórica, disconforme con el término usado, metiéndome a sabiendas en un nuevo jardín, como me suele ocurrir. Un pleonasmo, una redundancia. La historia es memoria y los adjetivos innecesarios suelen restar, más que añadir y siempre confunden. No se debería haber incluido bajo ese inadecuado título el tema de la búsqueda y recuperación de los restos de personas asesinadas por unos o por otros, antes, durante y después de nuestra trágica guerra llamada civil, que aún yacen en las cunetas y al lado de las tapias de los cementerios. Vergüenza debería producirnos que esto no se haya hecho antes por parte del Estado, en lugar de dificultar y poner trabas, ya que no ayuda, a que sus familiares lo hagan por fin.

Buscar por las cunetas los restos de españoles asesinados por otros españoles es una mínima reparación, noble y necesaria, imprescindible, que hace tiempo debería haberse realizado. Otro tipo de ejercicios de memoria histórica, afán que en ambos bandos, por desgracia renacientes, se ha despertado tal vez con mejor intención que oportunidad, se me antoja selectiva, miserable, mezquina, me deja regusto a cabila, a odio tribal, a venganza de tutsis y hutus, a pobreza intelectual y moral de un ajuste de cuentas que hace aflorar de nuevo lo peor de nosotros, me sabe a mentira, a intento por ambas partes de ocultar algo que avergüenza a quienes selectivamente pretenden eliminar del recuerdo y de la historia aquello que no cuadra con su versión de penosos episodios de un momento de nuestra historia en que hubo muchos sujetos que fueron peores, pero pocos buenos, salvo muy honrosas y escasas excepciones, como la del último alcalde republicano de Madrid. Es justo lo contrario de lo que decía tal ley que venía a evitar.

En lo restante, poco hay que hacer. Entrar sin delicadeza en un juego de memorias y desmemorias, visto lo anteriormente expuesto, es en mi opinión contraproducente pues cada uno intenta reelaborar la historia a su gusto, resaltando o descartando con una memoria selectiva, también adjetivada, los hechos que a cada uno interesan. Cierto es que sobrado tiempo ha tenido la parte levantisca de la contienda para honrar a sus muertos y de hacer olvidar, cuando no intentar deshonrar, a los ajenos. Pero la solución no es obrar con igual sectarismo que ellos con carácter retroactivo. Poco hay que reescribir. Quien no sabe más del tema es que no ha hecho nada por enterarse, ya que las fuentes son diversas, fiables y abundantes. Los muertos en el frente cabe atribuirlos a quien inició la guerra. Los asesinatos de civiles no, y me resisto a clasificarlos en justos e injustos, como algunos hoy pretenden hacer en función del bando de los asesinos. Sus autores fueron unos desalmados, unos deshechos humanos, vergüenza eterna para España, vistieran de azul o de rojo; igual de miserables estiraran el brazo o levantaran el puño, y tan lejos estoy de quienes justifican a unos como de quien lo hace con los otros. Una chusma indistinguible. Huyo de nadie que se asemeje a tales basuras de la historia nacional.

Por eso, nadando contra corriente, no me puedo callar ante cosas que leo en la prensa hoy en día. Si es que queda alguna calle dedicada al último caudillo de una larga lista que parece buscar sucesor, años ha que debería haber desaparecido, igual que cualquier otra referencia que pudiera entenderse como ensalzamiento de algo que no debiera haber ocurrido. Nadie debería quejarse de ello. De ahí a quitarle la calle a Muñoz Seca, autor de la Venganza de don Mendo, por ser un asesinado de derechas, el busto a Pemán por adicto al régimen de Franco en una España en la que una gran parte lo era o fingía serlo para llegar hasta hoy vivos, aunque algunos presenten hoy credenciales de lucha y enfrentamiento a la dictadura más falsas que un billete de trece euros.

Retirar la placa dedicada a 8 carmelitas de 18 a 23 años asesinados, como en Madrid se ha perpetrado, es precisamente un miserable ejercicio de desmemoria selectiva, de manipulación del pasado para evitar que se recuerde lo que incomoda a quien ordena quitar la placa que constata un crimen que quien así obra parece justificar. Es sostener que hubo muertes defendibles, excusables y otras que no lo fueron. No es un sano y necesario ejercicio de memoria, noble afán de restaurar el recuerdo de aquello que no queremos que acabe en el olvido, bien como ejemplo, bien como escarmiento, algo que deseamos evitar que vuelva a suceder, sino, en mi modesta opinión, supone un burdo ejercicio de ignorancia con regusto a revancha y a desprecio hacia los sentimientos y valores de millones de ciudadanos. Justo lo injusto que con sus padres o sus abuelos hicieron. Así ya todos somos iguales. Para ese viaje no necesitábamos setenta y cinco años de alforjas. Como siempre, nos faltan mandelas y nos sobran robespierres. Quienes en Francia quitaron un rey por el expeditivo procedimiento de separarlo de su cabeza fueron los mismos que instalaron pocos años después en su palacio a un emperador.

La transición española, con sus aciertos y desaciertos, es tal vez uno de los pocos episodios de los que los españoles podemos estar orgullosos. Por eso estoy justo enfrente de quienes hoy intentan desacreditarlo. Afortunadamente en aquellos momentos contábamos en España con mejores políticos que los actuales, tanto los viejos como los nuevos, pues eran más prudentes y leídos y menos desmemoriados y soberbios, y dudo mucho que los personajillos que hoy copan las portadas y las pantallas sean capaces de acordar ni de imponer una constitución mejor que la que hoy tenemos. La situación únicamente permite escasos retoques tan necesarios como insuficientes para conciliar unas ambiciones personales y territoriales y saciar hambres que hacen necesarias tartas de 600 grados. Y ya nos dejaron dicho en Mesopotamia y en Egipto que una tarta como Isis o Baal mandan tiene que tener 360º. Una pena, pero es así.

sábado, 25 de mayo de 2013

Encíclica "Stupefactus sumus"

  Cuando, semidormido en mi jergón, saco un pie por fuera de la frazada, que algunos días ya va haciendo calor en mi celda, sus dedos refulgen en la penumbra como cinco puntitos fluorescentes de un reloj grande y de horas desordenadas. La batería del móvil se me recarga sola y no tengo que dar la luz del pasillo pues, luminiscente como los gorrinos de fray Adolfino, renqueo por él como una enorme luciérnaga con garrote. El microondas echa chispas cuando me acerco, aunque no lo necesito porque, a mi contacto, el café se me calienta solo en la taza. Adenauer, mi gato, se hincha electrizado, convirtiéndose en una especie de pompón con rabo y ojos  desorbitados cuando no puede evitar pasar por mi lado. Últimamente entre la estática del carrito, disimulado andador, y yo vamos echando chispas y pequeños rayos por el supermercado, como un Zeus venido a menos. Tantas radiografías, resonancias magnéticas e inyecciones de isótopos entre los dedos de los pies, sin duda tormento malayo aplicado a la medicina, me van convirtiendo en una pila humana, un almacén de energía que no llega a mis piernas. Pronto, me temo, deberé recargarme en ese Velázquez tubular, pintor en negativo de ternillas y osamentas.
 
    No es éste, sin embargo, el motivo principal de mi silencio. Débese mi sequía epistolar a que su habitual tono asombrado y caústico se ha visto desbordado por la desmesura de la realidad. La ironía de mis escritos, su punto exagerado, su humor negro y su sarcasmo no pueden competir con la exuberancia del despropósito nacional, cercano al surrealismo. Mi imaginación no da para tanto. Busco inspiración en Kafka y en Lovecraft  pero, confrontando sus pesadillas con lo que hoy vivimos, más me parecen escritos de Andersen o de los hermanos Grimm. Además de dar el finiquito a logros más sustanciales, la realidad actual va a acabar con la novela de aventuras, la de terror, la policíaca y la del oeste. Hasta con la picaresca, pues las hazañas de José María el Tempranillo, Sir Francis Drake, Rinconete y Cortadillo, Alí-Babá, Billy el Niño o los bucaneros del Caribe nos parecen hoy candorosos cuentos de hadas. No es de extrañar que algunos barbados vividores intenten resucitar cerca de Sierra Morena la figura del bandido generoso.

    Si Kafka, Lovecraft o Tolkien se hubieran dedicado a la crónica política o económica, incapaces hubieran sido sus retorcidas mentes de alumbrar algo tan tremendo y desquiciado como lo que en los periódicos como real leemos, sin que ya ni siquiera nos extrañe o escandalice. Quien defiende que, entre otras cosas, los hospitales públicos han de pasar a manos privadas olvida decir, mientras intenta convencernos de las bondades del invento, que, perpetrado el desafuero, las manos privadas a quienes como negocio se entrega lo que hasta ese momento era servicio público, serán las suyas. A  sus propias manos y a sus propios bolsillos. Indecente.  Y Sin embargo, parece ser que la ley y la justicia nada tienen que decir al respecto.
    Peor es cuando sí que dicen. Lógico parece que pongamos un pisito a quien nos gobierna. No satisfechos con ello, generosos lo alojamos en un palacio, con su servidumbre, guardia e intendencia a nuestro cargo. Hasta ahí parece casi soportable. Abonarle mensualmente dietas para costear lo que ya le hemos pagado en especie parece un abuso. Sin embargo los tribunales lo ven adecuado, en ese caso y en miles de otros similares. Juanpalomo ordena y manda, dispone y legisla, decreta, y cobra. También nombra a quien ha de juzgar si ha obrado bien. En una anterior epístola recomendaba a nuestros dirigentes el estudio de la obra de Rubio “Sumar llevando”. Hoy veo conveniente sugerirles leer los escritos en los que un tal Montesquieu decía algo al respecto.

    Mi intención de hacer reflexionar desde la sonrisa provocada por la exageración o el cambio de punto de vista, con que se glosaban los sucesos del momento, es incapaz de igualar el desvarío que en la actualidad vivimos. Cárdeno y dolorido tengo el brazo, con más cardenales que un cónclave vaticano, pues hay que pellizcarse continuamente para comprobar que uno no está inmerso en una perpetua pesadilla. Sabido es que el fuego a veces se combate con fuego, pero aquí es normal intentar apagar con gasolina los incendios que van arrasando nuestro bienestar. Creo que buscan aumentar nuestra confusión, pues mejor se roban las carteras en los líos y tumultos que en situaciones más claras y ordenadas. 

    Como último e infalible recurso, lejos de las olas del Mediterráneo que me pudieran servir de inspiración o consuelo, me lanzo a navegar por los mares literarios de Quevedo. Echo el ancla en una página en la que el escritor recriminaba a la diosa Fortuna con estas sabias palabras:
“Quéjanse que das a los delitos lo que se debe a los méritos, y los premios de la virtud al pecado; que encaramas en los tribunales a los que habías de subir a la horca, que das las dignidades a los que habías de quitar las orejas, y que empobreces y abates a quien debieras enriquecer”.

¡Virgen del verbo divino! Tomo tierra y abandono la navegación, que como consuelo no acaba hoy de funcionar, pues constato que los siglos han pasado en balde y que ni siquiera somos novedosos y originales en cuanto a desgobierno e injusta administración.                                        
    Vuelvo al triste presente y mis reflexiones me llevan a concluir que no hay que atribuir a la maldad lo que pueda justificar la estupidez, siendo esta última todavía más abundante y profunda, y no sabría sopesar cuál de esas cualidades nos resulta más dañina. Pasamos de una panglossiana y hueca inanidad, sonriente, irresponsable y derrochadora —cuando no sopla el viento, hasta la veleta tiene carácter—, al gesto grave de una desdeñosa y prepotente indiferencia hacia el sufrimiento de los ciudadanos. —¡Que se jodan!—. Su destructiva ineficacia y su inmoralidad son equiparables. Han reducido el ya tradicionalmente escaso debate de temas de estado a un defensivo y miserable “¡Pues anda que tú!”.  No dudo de que desde ambos perniciosos extremos se haya actuado en conciencia. Como tampoco dudo de que obrar en conciencia puede ser perverso y demoledor cuando el obrante carece de ella, como es el caso. Nos quieren llevar hacia una tierra prometida que más asusta que ilusiona y los hechos que más nos preocupan no se nos presentan como indeseadas consecuencias pasajeras, sino como el objetivo perseguido por nuestros gobernantes. Hacer algo a conciencia, tiene otros inquietantes significados de los que la Historia nos proporciona numerosos y trágicos ejemplos tales como la demolición de Cartago por Roma, sembrando de sal sus campos y emponzoñando sus fuentes, o la ruina de Numancia. Trabajos diabólicamente bien hechos. Hay muchos más. 

    Gobernados, como viene siendo habitual, por incapaces, no sabemos, pues, si debe inquietarnos más que fracasen en el logro de sus propósitos o que consigan alcanzarlos. Ilusionante escenario. Dejando aparte la angustiosa situación económica a que entre los bancos, los gobiernos y las oposiciones de todos los niveles, nacional, autonómico y municipal, nos han conducido, que no ha sido la sufrida población la causante, hay muchos objetivos que me resulta imposible compartir y mucho menos apoyar.

    El infortunio propio se digiere peor si frente a él se nos exhibe la obscena prosperidad que disfruta quien colabora en provocar nuestra miseria y de ella se beneficia, cuando no es su causa directa. Deben de saber que la palabra convence, pero el ejemplo arrastra, pero no están dispuestos a compartir con nosotros las penitencias. No hay que confundir las consecuencias económicas con la incidencia moral. El chocolate del loro, aunque en principio irrelevante, pasa a ser oneroso e inasumible gasto cuando mantenemos cientos de miles de loros, cacatúas y cotorras. Además los loros nacionales y autonómicos no se conforman con unas pocas pipas. Todo es poco. Quienes legislan y gobiernan hoy, mañana están al frente de las empresas a las que antes decían vigilar y que previamente fueron del estado. Tal vez para liquidar los Paradores Nacionales, buque insignia de uno de los pocos sectores que aún funcionan, pues con el sol, la historia y la gastronomía todavía no han podido, aunque están en ello, colocamos a la sufrida exseñora de uno de los nuestros y le asignamos un sueldo tres veces superior al del presidente del gobierno. Que vean que no somos rencorosos. Cuando acabe el trabajo ya los comprará baratos otro amigo. Tal vez en el mismo foro y como siguiente providencia se propone mantener trabajando al personal hasta los 68 años, que esto no nos cuadra. Los hijos no tendrán trabajo, pero tal vez sus nietos sí. Así se llevan muy mal las apreturas de cinturón.

    Para desatascar juzgados y tribunales, despójase el lobo de las lanas con que de cordero se disfrazaba para poner un precio a la justicia, vuelta así inaccesible para quien, llevando razón, no tenga bienes con que hacer valer su derecho. Curiosa forma de solucionar el problema. No estando quien esto escribe muy puesto en derecho comparado, ignora si esta perversión de la justicia, que prácticamente la hace desaparecer, es común en los países decentes o es otra ocurrencia nacional.

    Creamos un banco malo al que regalamos las casas que los otros bancos —no mejores, por cierto— han ido arrebatando a quienes no pueden devolver los créditos que con tanta alegría les concedieron. Para pagarles esas casas desahuciadas o de difícil venta, se pide un crédito inmenso que los contribuyentes pagaremos, bien sea en dinero o en salud. Entre los paganos estarán los propios desahuciados. A la presidenta de esa joya de banco acuerdan que le paguemos 33.000 euros al mes. Es decir 51,13 veces el salario mínimo establecido. Se argumentará que no es el esfuerzo, sino la eficacia y responsabilidad lo que se le recompensa, aunque prácticamente todo el sector ha estado dirigido por inútiles o mangantes a los que ninguna responsabilidad se les ha exigido por arruinar los bancos cuya gestión les encomendaron, sin olvidar, de paso, asegurarse holgadamente el porvenir a nuestra costa. Insoportable. 

    Quienes han sufrido estas lindezas en sus carnes han dado en la costumbre de acudir a atosigar a los culpables a las puertas de sus casas. No me gusta ni el hecho ni la palabra que lo nombra, pues huyo de masas y algaradas. Reconozco, no obstante, que, en su caso, limitarse a gritar y mostrar una pancarta es un alarde de moderación. Añade algunas sombras a mi opinión sobre este tipo de manifestaciones la ubicua presencia en muchas de ellas de alguna veleta política, con gran fondo de armario, en constante evolución de ideas y opiniones, lo que nos confirma que nunca tuvo ni unas ni otras. Gran favor haría a la credibilidad de estos grupos permaneciendo en su casa.

    Los que dirigen a quienes hoy deberían sancionar tales desmanes, fueron y siguen siendo nombrados por el entorno de aquellos a quienes deben juzgar. Se explica la benevolencia de algunos de ellos. Son los díscolos nuestra última esperezanza.  Agobiados por tanta faena, prescriben los más de los delitos y debemos soportar que, sobreseídos los casos, se engallen tales rufianes proclamando como inocencia su injusto escape de los abusos que perpetraron, a través de los resquicios de unas leyes que ellos mismos urdieron, aplicada por los jueces o fiscales que ellos también nombraron. En este totum revolutum consiste para ellos la separación de poderes.

    Dada su indistinta e invariable cortedad de miras, no más allá de unos próximos comicios, la ineficacia en la gestión y administración, el nepotismo, la estulticia, el alejamiento del sentir de los gobernados, la indecencia y  la avaricia común a muchos de nuestros dirigentes actuales, pasados y futuribles, entre las ofertas políticas que se nos ofrecen tal vez haya que, tapándonos la nariz, optar por quienes, al menos, conserven algunos rescoldos de humanidad. Ante este “Sálvese el que pueda”, resumen de la gobernanza actual, el cinismo, la desconfianza y la propia supervivencia se imponen como ideología, pues ya no sabemos si somos de los nuestros. 
 
    No alcanza mi pesimismo a tener a todos por iguales, —pues los hay peores—, a considerar general la extensión de la infección descrita. La honradez, la inteligencia y la eficacia hacen poco ruido. Existen tales virtudes y son más abundantes de lo que pudiéramos pensar, pero son tapadas por el estruendo de la minoría que ha utilizado el noble desempeño de la representación popular para su propio enriquecimiento. Llevarán al sistema a su agonía si no dejan de mostrar más celo en disimular y negar el hedor de sus manzanas podridas que en defender la justicia y el bienestar de quienes los eligieron. Poco deben de amar las banderas que hacen ondear quienes las usan como señuelo, tapadera y escudo para sus rapiñas. Me es indiferente si un ladrón viste traje liso o a rayas, aunque preferiría verlos lucir las rayas blancas y negras de los penados de los chistes. Mucho se equivocan quienes esgrimen que el ataque va dirigido a su bandera pues, aunque tal vez no aprecien el símil taurino, no ignoran que el toro no persigue al trapo, mero engaño que esconde, escamotea y protege el cuerpo del torero. Son todos ellos los únicos que pueden llevar a cabo esa necesaria labor de limpieza, cada uno en su convento, para evitar que otro tipo de saneamientos más enérgicos les arroyen. Tapar y justificar la herejía de algunos frailes pone en peligro el crédito y la misma supervivencia de toda la orden. No vale el “ya arreglaremos después cuentas en casa, entre nosotros”. Tal vez dentro de poco ya no haya cuentas que arreglar, lo que solucionaría algunos conflictos, pues no se riñe cuando ya nada queda por repartir.
Vale

jueves, 16 de agosto de 2012

Epístola del Sur

    “Rubias gentes me tienen compasión”, nos cantaba Vainica Doble allá por los años 70. Menos piadosos se han vuelto ahora nuestros vecinos, actuales socios capitalistas de la empresa España. No les cuadran hoy las cuentas, recuperan sus dineros, de paso se llevan los nuestros y nos hacen un ERE. Tan grises y sombríos como las tierras en donde viven, no perdonan la luz y la alegría del sur, de los PIIGS, como cariñosamente nos llaman.
    Leo que un bárbaro de la actual Germania nos explica cómo aprendió a odiarnos. Su cuadrada mente asimiló tal ciencia en su visita a Hispania en 1988, recuperando la más rancia tradición de los anglosajones románticos que en el XIX visitaban nuestro país y otros del Oriente, pues allí nos ubicaban, deslumbrados por la Córdoba y Granada árabes y tan puestos en Geografía como sus hijos americanos que ignoran dónde coño paran los países que invaden. Nos encuentra groseros e irrespetuosos, siendo el teutón, como sus palabras muestran, persona que derrocha amabilidad y respeto por donde va, y más cuando se rebaja a desplazarse a un país de camareros a su servicio.
    El mafioso americano Sheldon Adelson quiere que adaptemos nuestras leyes a sus gustos y a las necesidades de su negocio. El indeseable turista alemán que en unos pocos días aprendió a odiarnos, pues son muy aplicados en el estudio, seguramente diluidos sus pensamientos y su percepción en un par de cubos de cerveza, nos examina también como la finca que se piensa comprar pues, para ellos, estamos en liquidación. En Italia no lo ocultan, y estando como estamos en plenas rebajas, ponen a la venta palacios y castillos, las joyas de la abuela, para devolver sus deudas.
   Algún corsario de la city contará los florines ganados aposentado en el castillo Orsini, en el Lacio. En el fondo, admiran y ansían lo que algunos dicen despreciar.
   Cuando regresan a sus umbríos países después de pasar en el sur los pocos días de su existencia dignos de ser vividos, muestran a los parientes, amigos y vecinos, aún con la piel del color del marisco recién cocido, las fotos de  las playas donde se han bañado y requemado, la bulliciosa vida de las calles y el encanto de los pueblos y ciudades que visitaron, los innúmeros pinchos devorados, las tascas donde se han emborrachado y, en definitiva, un mundo más alegre y vital, más feliz que el suyo propio. Pero ahora deben regresar a su país, afligidos, para ahorrar y poder permitirse volver a pasar unos pocos días en ese arruinado país de risueños irresponsables. Por eso nos odian durante el resto del año.
   Sufren porque algo, entre las brumas que enturbian sus mentes, les inquieta al sugerirles que esas personas alegres y derrochonas, que se pasan la vida en las calles, que disfrutan todos los días de su vida de paisajes, tradiciones y placeres que ellos sólo pueden superficialmente apreciar los pocos días del año en que los cambian por los tenebrosos parajes que habitan, esas mismas insensatas personas, son los descendientes de quienes les civilizaron, llenaron de significado y belleza muchas de las palabras que usan, edificaron esos monumentos que, a trozos como el friso del Partenón, roban cuando pueden y cuyos ancestros, alrededor del Mediterráneo, destilaron a lo largo de muchos siglos la ciencia de saber comer, beber, conversar y, en definitiva, vivir. No se debería despreciar a las personas cuyas obras y cultura envidias.
    Ese engreimiento y soberbia de quien, en el fondo, se sabe inferior en cuanto al más importante de los saberes, el de vivir, es apuntalado por la incultura y el interés, y es filtro que no les permite discriminar entre pueblos y gobiernos.   
   Esas personas a las que me refiero, la minoría más estúpida e intolerante de entre los millones que nos visitan, nos odian no porque pongamos en peligro su bienestar con nuestro despilfarro. Nos odian porque los aborígenes de los paraísos que visitan vivivimos mejor que ellos. Y vivimos mejor y somos más felices no por ser más ricos, que no lo somos, sino por siglos de práctica, sobreviviendo a merced de dirigentes tan nefastos como los suyos, tanto pasados como presentes.
   Lo que escribo, es decir, lo que pienso, está tan lejos del chauvinismo como de la xenofobia. Bienvenidos sean quienes nos visitan o se quedan aquí a vivir sin mirarnos ni por encima ni desde abajo, sino a la altura de la vista, como iguales. Pero sin faltar.

   Vale.


No hay nada tan fácil que no se pueda hacer mal:

En este vídeo podéis ver a Vainica Doble ejecutando, en la peor de sus acepciones, el tema mencionado. En el vídeo uno espera que, en cualquier momento, aparezca una pareja de la guardia civil a detener al bajo. Como la grabación de la ejecución fue interrumpida, no es de descartar que tal hecho se produjera en su momento:
Mejor, escuchad el tema en Spotify.