lunes, 8 de febrero de 2021

Epístola léxica y jardinera

Lo mejor que puede uno hacer en la situación política y mediática actual en España es dejar de meterse en jardines artificiales. De esos jardines cuadriculados de caminos ya trazados, con su laberinto incluido y donde cada flor y cada mata ha sido puesta a mayor gloria y gusto del jardinero que los urdió. Dedicar nuestro tiempo, pensamiento y argumentaciones solo a problemas reales, serios y generales. No perder ni tiempo ni fuerzas en leer, analizar, y menos a discutir de tantos y tantos temas menores que se nos ponen encima de la mesa, seguramente para encandilarnos con ellos y conseguir que olvidemos otros más relevantes. Nada nuevo.. Con la que está cayendo, mejor desconectar de ciertos asuntos y dilemas, unos por amortizados, aunque resucitados con oportunismo, otros por artificiosos y no pocos por demenciales.

Suelen aparecer las noticias como las cerezas, arracimadas. Unas provocan la aparición de las otras, con coincidencia en el tiempo, en un intento general del gremio por compensar, difuminar o tapar cada banda sus vergüenzas haciendo aflorar al unísono las ajenas. Poco importa si hay que resucitar temas ya amortizados, personajes fantasmales, ideales o afanes muy mionoritarios, juicios ya sentenciados o antojos con olor a naftalina. Muchos temas más actuales, unos muy graves, algunos reveladores y otros bochornosos, quedan sospechosamente en el tintero, fuera del foco o intencionadamente silenciados. Depende del partido, del canal o del periodista. Si se trata del contrario, nos remontamos a Adán, pero nuestra historia y nuestra responsabilidad empieza a contar desde cuando nosotros digamos. Faltaría más. La memoria es lo que tiene, que por ser algo necesariamente personal es acomodaticia y benévola con el pasado del recordante y los suyos.  Así, hay pasados eternos, los ajenos, que nunca prescriben ni caducan, mientras otros —los nuestros— son pretéritos guadiana, que intermitentemente afloran o se soterran, según el lustre que cada episodio aporte a la construcción de la leyenda propia, que siempre debe quedar apañadita, lustrosa y sin mancha. Siempre hay un matiz, un sucedáneo de argumento para dar a entender que, haciendo lo mismo, cuando son los míos está bien, pero cuando lo hacen otros está mal. Sin mover una ceja gracias a la esclerosis facial. Estando disponibles versiones opuestas de cada cosa, ya cada tribu elige la editorial que en sus publicaciones más refuerza sus opiniones y sus simpatías. Una que se limitara a difundir la mera verdad no vendería una escoba.

Tal vez merezca la pena refugiarse en la filosofía, sobre todo en la última, la que se centra en el lenguaje, en las palabras, que acaban siendo la única realidad operativa. Simplemente con desbrozar el lenguaje político e ideológico, que está menos en las cosas que en las hegemonías tendentes a escriturar temas, ideas y valores, ya estaríamos empezando a clarificar la situación. Desenmascarar eufemismos interesados, malversaciones semánticas, falacias y sofismas creo que es lo único útil y razonable que podemos hacer. Es inútil intentar debatir, argumentar, mostrar razones y realidades. Ambas cosas hace tiempo que poco cuentan, se han rendido frente a los sentimientos y las creencias, no pocas veces supersticiosas, que hoy reinan casi sin oposición. Se llega a un punto tal de empecinamiento en defender cualquier cosa que marque la diferencia entre los nuestros y los otros, con razón o sin ella, que no merece la pena entrar en pelarzas estériles pues, sabiendo de antemano que es imposible convencer a nadie de nada, al menos sería deseable que unos se escuchen a otros y que todos dejen de actuar como creyentes en defensa de la única fe verdadera. La suya. Fuera de ella y su catecismo todo es herejía, error y confusión, si no patología. Con su pan se lo coman, junto con sus letanías.

Simplemente entrar en discusión sobre algunos supuestos problemas, que solo lo son para los que los plantean, a veces después de haberlos creado, ya es empezar mal. Supone reconocer que el problema existe realmente tal como ellos lo presentan, algo dudoso. Mejor dejarles cocerse en su propia salsa, pues son controversias escolásticas, bizantinas, siempre apartadas de lo que afecta y preocupa al común, que son las urgencias de la vida real, que precisamente hoy no dejan espacio para mucho más. Dada la propia irrealidad de no pocos debates, el carácter académico o sectario de muchas de las cuestiones que mantienen entretenida a la feligresía, pronto aparecen las herejías, los otrosís, los intentos de quedarse con el invento, las divisiones y los cismas. Lo mejor es reírse desde fuera, pero no mojar en ese plato envenenado.

Demasiadas guerras hemos perdido ya, la razón y nosotros, por no mantener afiladas las armas del debate, pues casi siempre las batallas que nos llevaron a anteriores rendiciones eran palabras cuyo significado cedimos. Eran nuestras fortalezas, nuestros fortines, las murallas que mantenían a salvo el raciocinio y la posibilidad de dar con la verdad. Defendamos las que quedan e intentemos recuperar las perdidas, al menos no utilizándolas en nuestros argumentos ni aceptándolas en los ajenos. Exiliados, presos políticos, memoria histórica en lo que se refiera a recordar u olvidar selectivamente y por decreto, como se quiere fijar en los cronicones y manuales, cuando no en el BOE. Valores republicanos no siempre defendidos ni procurados por los que no se sienten monárquicos, lucha para nombrar los crímenes de mafias terroristas, recuperar por conseguir lo que nunca se tuvo, corona catalano-aragonesa en lugar de Corona de Aragón, única que existió en esos territorios condales, deudas históricas discriminatorias basadas en una historia interesadamente incierta que recuerda lo no ocurrido tanto como esconde lo que sí para justificar seguir esquilmando a los que debemos concluir que ni tenemos historia ni los derechos que de ella derivan otros; dar por bueno que se haga pasar todo lo antiguo o tradicional por periclitado y pernicioso, desde una idea a una costumbre o una ley, pues admitido tal dislate se presenta como necesario reformar la sedición o la rebelión para adaptar tales figuras legales más a situaciones y delincuentes concretos que a los tiempos, con un argumento que no se extiende al asesinato, más antiguo. La lista sería casi infinita, pues pocas palabras (y los conceptos que reflejan) quedan que no hayan sido desportilladas y tergiversadas. Hay antifascistas claramente más fascistas que aquellos a quienes dicen combatir, memorias que mucho tienen de olvido, liberales que no lo son, como izquierdistas que tampoco. Antifranquistas sobrevenidos y extemporáneos ya sin ningún hueso que echar al caldo, ciertos comunistas nostálgicos que respecto al desacreditado y enmohecido afán de la dictatura del proletariado muestran más simpatías hacia la primera que hacia el segundo, Progresistas que, como los cangrejos, creen avanzar andando hacia atrás, conservadores que arramblan con monumentos, murallas y edificios de antaño, con humedales, bosques y todo lo que ponga por delante si con ello llenan la bolsa. No, no fueron los anarquistas con sus bombas los que echaron abajo las murallas y puertas monumentales que rodeaban las poblaciones, ni los que devastaron los primores de los centros históricos de pueblos, villas y ciudades para amontonar en sus solares ladrillos en masas tan informes como lucrativas. En las fotos los vemos con chaqué y sombrero de copa sonriendo entre los escombros. Eran los progresistas de la época.

Liberación, igualdad, derecho a decidir, pero solo para unos, que no para otros; museo nacional de una región, defensa de una lengua laminando la que es común, Cataluña o los catalanes para referirse a parte de ellos, los vascos y los españoles en lugar de los vascos y los demás españoles, autodeterminación de los pueblos y las aldeas, plurinacionalidad, problema catalán que lo es más entre catalanes que nacional, mandato popular, la voz del pueblo tomada por la mía o por la de unos de mi pueblo, judicializar la política por ejnuiciar a un político que delinque, hacer pasar la independencia de un poder a hacerlo depender de mí, Transición por régimen del 78, llamar genéricas a las relaciones sexuales, etcétera, etcétera. Mal cesto se puede hacer con mimbres dejados pudrir y deshilachados. ¿Cómo entenderse cuando las palabras, como en Alicia en el País de las Maravillas, significan lo que quiere el que las usa, el que manda o el que quiere mandar? El Perú de nuestra cultura occidental tal vez se jodió o empezó a hacerlo en el Romanticismo, cuando se dio prevalencia al deseo, a la intuición y a la voluntad personal, al culto a la identidad, a la ilusión y a lo etéreo frente a lo real, lo cierto y lo tangible. Y ya no han dejado estas falacias y perversiones de estar ahí, sobre todo en muchas mentes e ideologías, más cuando se confunden con intereses, si es que hay o ha habido alguna que no sea un constructo que justifica y favorece a quien la diseña o adopta.

Leo últimamente acerca de un proyecto de ley de esos que, presentándose como solución a un problema, crea otros mayores, como es costumbre en los que nacen en tales magines. No es que venga a adaptar las normas legales a situaciones no por muy minoritarias menos dolorosas, hasta ahora olvidadas, que necesitan un amparo normativo que termine con una discriminación o un agravio. Eso está bien, para eso nacen o se cambian las leyes, para dar carta de naturaleza y solución a nuevos u olvidados problemas, cuando hay consensos mayoritarios tanto sobre la existencia del problema como sobre la posible solución. Lo que ya está peor es ir más allá del problema y de lo que el consenso social permite y aconseja. Se aprovecha para estirar de una sociedad que se quiere modelar hacia la dirección deseada por una ínfima parte de ella, con diseño e imposición por parte de quien inexplicablemente se cree con el poder de hacerlo, una especie de mandato divino, lo que tiene no poco de sectario. Se elabora un discurso a gusto de la peña y en una estrategia de libro se eligen unas palabras que crean una nueva realidad, no que la describen, como debe de ser su función; ambas cosas se incorporan inmediatamente al catecismo de la parroquia y ahí están, todos conversos a ideas que, siendo ya talludos, nunca antes tuvieron. Ni imaginaron siquiera. Y lo que es peor, tema cerrado. Roma locuta, causa finita. Nadie, ni dentro ni fuera del consejo de ministros y ministras, se atreva a disentir, matizar ni corregir a la papisa Irenea que, dada su infalibilidad, es anatema atacar sus dogmas. A la hogueras del descrédito con el hereje. Empezando por la Lidia Falcó, una advenediza a esto del feminismo.

Pero no, aunque insistan y pontifiquen, cuando uno nace no se le "adjudica" un sexo, simplemente se constata el que la criatura presenta. Ya que no respetamos a la naturaleza, a la ciencia ni a la ontología, al menos respetemos las palabras, que por ellas se empieza a respetar a las personas. A partir de ahí, ya podemos argumentar. Si queremos llegar a soluciones verdaderas y correctas no usemos palabras inadecuadas y mentideras. Y así con todo. 



2 comentarios:

  1. Querido Pepe, como siempre, casi perfecto —y digo "casi" porque entiendo que la perfección, caso de existir Dios, sería un atributo exclusivamente divino—. Interesante lo que describes de Cataluña —vivo aquí, conozco el tema de primera mano— o lo de las diatribas de los que confunden sexo con género —estoy leyendo un libro muy interesante al respeto: «Deshumanizando al varón», de Daniel Jiménez— pero sí quisiera dar una opción a tu propuesta de "Tal vez merezca la pena refugiarse en la filosofía"; porque, si bien estoy cada día más convencido de que ceder el significado de las palabras a otros es el error más tremendo que puede comentarse en un estado de "guerra cultural" como el que vivimos, otra alternativa que he encontrado es disfrutar de la Belleza. Acercarme —iba a escribir "refugiarme", que también— al arte: deleitarme con la pintura, la arquitectura, la música, la danza. Y añadir nuevas técnicas, procesos, disciplinas. La cocina, por ejemplo. Pero esto es ya otra historia. Un placer leerte y reflexionar al respecto, como siempre, Gracias, Pepe.

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    1. Muchas gracias, una vez más, querido Ferdinandus. Por tu paciencia para leerme y por comentar mis escritos aportando siempre otros puntos de vista para seguir reflexionando. O por tus sugerencias sobre ideas o lecturas, que muchas me has descubierto. Tomo nota de ese libro. Sobre nuestros "refugios", qué te voy a contar. La vida nos la dan los libros, la guitarra, los pinceles, las tintas la naturaleza y la amistad, cada uno busca la suya, pues lo que hay fuera cada vez va importando menos. Si no tuviéramos hijos yo creo que me iba a pasar el día riendo. Y releyendo a Quevedo. No me resisto a recordar esto:

      Retirado en la paz de estos desiertos,
      Con pocos, pero doctos libros juntos,
      Vivo en conversación con los difuntos,
      Y escucho con mis ojos a los muertos.

      Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
      O enmiendan, o fecundan mis asuntos;
      Y en músicos callados contrapuntos
      Al sueño de la vida hablan despiertos.

      Las Grandes Almas que la Muerte ausenta,
      De injurias de los años vengadora,
      Libra, ¡oh gran Don Josef!, docta la Imprenta.

      En fuga irrevocable huye la hora;
      Pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
      Que en la lección y estudios nos mejora.

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