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viernes, 13 de junio de 2025

Día Nacional de la Caída del Guindo

Supongo que por todo esto, que ya era imposible de tapar y que ahora conocemos gracias a esa UCO que intentaron desacreditar antes de que se abriera la caja de los truenos, esos medios que, una vez leído el informe ese que no existía, ¡Oh, maravilla!, han tenido que plegar velas, corregir rumbo y rendirse a la evidencia. Una evidencia que ya venían destapando ciertos periódicos, molestos por veraces, que el gobierno, la sincronizada y la parroquia llamaban pseudomedios, fábricas de bulos, máquinas del fango y demás imaginativas excusas de mal pagador. Hemos descubierto, entre otras cosas, que muchos 'bulos' eran ciertos. A 'El Ojete', (neandertal dixit) le deberían pedir perdón, tanto el ministro de las obras públicas, los trenes, los puentes y las carreteras de donde han salido tantas mordidas, como los mariachis y turiferarios que prendían incienso y se santiguaban al oír nombrar a este periódico. Llevan meses y meses investigando y destapando algunas de las corrupciones que ahora se hacen evidentes e innegables. Intentaron de forma chapucera y desesperada desacreditar también a la UCO, que iba sabiendo ya demasiado y llegando a la almendra, y a los jueces, a esos que se meten donde no deben. Prensa, justicia y la Guardia Civil, siempre considerados enemigos por toda clase de delincuentes. Seguramente esa estrategia que ahora queda clara y desactivada la urdió, solo o con ayuda de otros, en aquellos famosos cinco días de permiso por asuntos propios, el señor presidente, que se las veía venir. Queda enterrado el relato de la conspiración, de la campaña coordinada de bulos, ese acoso injustificado de fachas con toga, pseudomedios y cloacas, un invento hoy se les vuelve en contra. Lo de la bomba lapa fue el último y desesperado intento de arrojar humo, una mentira, colosal y vergonzosa, que debiera haber puesto fin a muchas carreras ministeriales y periodísticas.

No, no son dos o tres sinvergüenzas que pasaban por la sede del partido, unos señores de marrón, que diría Gila, como alguno dice y quisiera pensar. Uno de estos torrentes fue el actor que interpretó el discurso de investidura, un convencido y sincero azote de la corrupción. El otro prenda, entre mordida y mordida, ha sido el mamporrero de los pactos, componendas y contratos de sastrería legislativa de su jefe con Junts, Esquerra o Bildu, aquí o en Ginebra. No era ná' lo del ojo. El núcleo duro del invento. Eran dos sucesivos Secretarios de Organización del Partido Socialista, nada más y nada menos, que vaya ojo para echar cluecas. Toda esa 'organización' cabía en un Peugeot. Y sí lo organizaron bien, sí. Y el Secretario General se va a llorar a Ferraz, pues la corrupción es cosa del partido, dice o sugiere, no del gobierno. Flaco favor le hace, además de añadir otra mentira a su larga lista. Las obras las otorgan los ministerios del gobierno, no el partido y, nadie salvo él tiene culpa de la confusión que su colonización de todo produce. Veremos hasta dónde abarca la organización criminal de la que se les acusa. Hacen falta manadas de altos cargos, dirigentes y funcionarios, conchabados para manipular concesiones de obra pública. Y no, llorar no es suficiente, hay que limpiar la casa y desalojar algunos inquilinos, si no a todos. Esto ya lo hemos vivido, con los mismos o con otros protagonistas. Y les hemos escuchado a unos y a otros decir lo mismo, reaccionar mal y cuando ya no había otro remedio. El retrato queda hecho y el resto es cosa de la justicia.

Lo más demoledor de la situación no es lo que ya sabemos, ni siquiera lo que seguramente acabaremos sabiendo. Lo peor para ellos es que algunos periodistas, no todos, han recordado de pronto que lo son. Han vislumbrado la posibilidad de que este gobierno dure menos de lo previsto y, claro, hay que huir a tiempo. Bienvenidos a la sobrevenida decencia los que se van acercando a ella, aunque sea por cálculo y conveniencia. El resto es irrecuperable para la verdad y la democracia, de la mano de algunos parroquianos que siguen con sus memes y peroratas. Los acólitos más fervorosos intentan relativizar, menguar o tapar estos gravísimos casos de corrupción, esa que venían a corregir, primera de sus mentiras, engaño fundacional. La corrupción existió, existe y existirá, porque siempre han existido también y antes los que, viniendo de los suyos, la consienten o la perdonan. Y no vale ni el tú más ni el nosotros menos. La justicia, como digo, dirá si la dejan, que esa es otra.


lunes, 12 de mayo de 2025

Filtraciones, goteras y recalos

 

A raíz de las filtraciones de las conversaciones entre el señor presidente y su exmano derecha, el antes todopoderoso ministro Ábalos, uña y carne, según Page, se monta la de dios es cristo. Presidentes autonómicos despreciados, tratados de forma iracunda, chulesca, perdiendo los papeles, (Lambán dixit) tomados por delegados de gobierno, intentando acallar sus críticas por lo civil o por lo criminal en la toma de un partido que un día tuvo un funcionamiento interno democrático, hoy convertido en un club de fans. Pero, al final, todo se acaba sabiendo. Al parecer, ya se ocupa Ábalos de que se sepa, una estrategia personal desesperada para reducir daños en las investigaciones acerca de la corrupción suya y, ¡ay!, ajena, cercana, amplia, ya conocida o por conocer, también según Page. A algunos prendas les gustaba Andorra, a otros Suiza y a otros la República Dominicana. Mucho turista en el gremio. No es raro que los jueces sean hoy su peor problema, su peor enemigo. Siempre lo son de los que se saltan la ley, por amor al poder o al papel moneda.
Hay que seguir la prensa y, sobre todo, las redes sociales, para ver los nervios y el fanatismo desatado de esbirros, feligreses y activistas orgánicos o por libre. Voy guardando opiniones, comentarios, argumentarios, memes, bulos, acusaciones, falsedades y exageraciones de los acólitos más zarrapastrosos, de la casa o del barrio. Y, la verdad, me llegan a sorprender, no me gusta la caca que hace el nene. No diré que están cruzando líneas rojas, porque hay sujetos que nunca las han tenido. Y, lógicamente, con esa campaña de desinformación provocan una crispación desmesurada e improcedente en sus parroquias no poco arrebañadas y entre los más cafres de sus contrarios, sectarios de su misma calaña, de mentalidades paralelas. Hay cosas que nunca deberían haber dicho y tiempo tendrán los extremistas de arrepentirse. En España, como en todos sitios tenemos muchos problemas. Pero el principal, el mas grave, es el de los personajes que deberían ocuparse de solucionarlos y que más miran por su futuro que por el del país. El de sus claques tampoco es problema menor.
Trump dijo que podría disparar a alguien en la Quinta Avenida y le seguirían votando. Otros no lo dicen, pero lo piensan. Y no sin razón.

jueves, 1 de septiembre de 2022

Epístola descreída y corrupcional

«A mí no me deis, pero ponedme donde haya», que decía aquel. No se sabe con certeza quién fue aquel, porque más son los que lo piensan y practican que los que lo van pregonando. Grandes fortunas se acumularon ya desde la antigüedad gracias a cargos donde el sueldo, a veces inexistente, se complementaba con «lo que afanar pudiere». Si te nombraban cónsul, pontífice, gobernador o virrey, ya se contaba con que al abandonar el cargo el titular regresaba a casa (ya convertida en palacio) más rico de lo que de ella salió. A veces, obscenamente rico. Dado que, cada uno en la medida de su situación y alcances, tenía la aspiración común de acceder a uno de esos beneficios, prebendas o bicocas, que a veces se podían comprar y vender, patentes de corso sobre los caudales públicos o privados que los vientos del cargo hiciesen navegar hasta sus garras, nadie protestaba. Sobre todo, de entre los que podrían hacer escuchar sus quejas, pues esos y su ambición también estaban a la cola para algún día poder hacer lo mismo.

Las antiguas monarquías eran patrimoniales. Aún quedan algunas que de alguna forma lo son, como también algunas repúblicas. Por la gracia de Dios, decían, eran dueños de vidas y haciendas en un reino que venía a ser una finca particular de la que se subarrendaban parcelas en usufructo. Sin títulos similares expedidos por las alturas, otras formas de gobierno, con parecidas cortes o camarillas y también con un ejército que, puestos a la malas, venía a ser la última razón y fuente de derecho, se llegaba y llega a situaciones similares. El asunto y el problema no es el modelo, sino la condición humana que, dejada a sus anchas, tiende a la corrupción y hace que la avaricia, el nepotismo y la maldad, entre otras virtudes envueltas en indiferencia ante el sufrimiento ajeno, hagan del mundo un vivero de abusos e injusticias. Podemos decir que ha sido algo universal y eterno el que una élite, sea civil, eclesiástica o militar, haya exprimido al resto de la población, a los pecheros, paganos o sufragáneos, hasta donde se podía y a veces hasta más allá. Sin necesidad de acometer grandes estudios ni averiguaciones podemos establecer que lo normal, independientemente de los discursos teóricos, jurídicos o teológicos que nunca han faltado para justificar ese sindiós, las más de las sociedades se han dividido en una mayoría que trabajaba y las pasaba como el que se tragó el paraguas, a veces en poder del hambre viva, mientras un pequeño número de privilegiados, disfrutando de un lujo oriental, sufría de gota y colesterol por unos excesos que, como sus abusos, llegaban a cotas de inmoralidad notables. Como a veces se les ha ido la mano y les han acabado haciendo el cuello, se ha aprendido que no conviene estirar de la cuerda hasta el punto de rotura y, a resultas, la cosa se ha ido moderando, en unos sitios más que en otros, de forma que en las sociedades más avanzadas y democráticas los partidos más relevantes, con algunas diferencias, matices y grados de convicción, han asumido ciertos consensos básicos sobre lo que se ha venido en llamar estado del bienestar. Conseguidos por ese término medio que conocemos por socialdemocracia, consolidan (aunque nada es para siempre y Alá es el más sabio), incluso superan, antiguas reivindicaciones de sus ancestros ideológicos, avances que hoy dejan a los más extremos sin discurso. Por eso, para tener clientela y razón de ser, suelen aprovechar ocasionales y razonables descontentos y justas indignaciones para ponerse al frente de demandas para las que ellos no suelen tener solución, incapacidad que no han perdido ocasión de demostrar allí donde han tenido la desgracia de ser seducidos por sus cantos de sirena. Como ellos lo saben, y los demás también, se tienen que centrar hoy en aspiraciones más etéreas e ideológicas, a menudo menos compartidas. Con ellas intentan modelar la sociedad a su gusto, aunque sea a ostias, previa fragmentación en tribus identitarias que enfrentan entre sí, incluso entre do, para tener clientela y campo de acción. Cuando alguien es incapaz de saber cómo funciona el motor suele centrarse en cuestionar el color de la pintura del coche. Lo malo es que pretendan dirigir el taller.

Estos valles de lágrimas que perviven a lo largo de los milenios, cierto que en unos se lloró más y en otros menos, se han intentado hacer llevaderos con la promesa, hasta donde yo sé eternamente incumplida, de un futuro mundo perfecto, un paraíso postergado, más alcanzable en la otra vida que en esta en clave religiosa, más para las generaciones futuras que para las vivas, en clave descreída. Aunque a veces lo que han heredado es la ruina de sus abuelos. —Mirad, hermosos míos, os espera el cielo. Vuestros padecimientos aquí serán recompensados en el más allá. Tanto más cuanto más sufráis a cuenta ahora. Paciencia, pues, y no envidiéis a quien aquí y ahora vive mejor, que Dios sabrá el porqué de estas pasajeras diferencias. Ya sabéis lo del ojo de la aguja y el camello. Al final, todos calvos. Ahora, al tajo. Por lo civil, no me atrevo a decir laico, viene a ser lo mismo: Proletarios, las vais a pasar canutas cuando nos comamos lo del reparto. Pero sabemos que vuestros hijos o vuestros nietos vivirán en un mundo de una abundancia tal que de todo sobrará. Nadie tendrá necesidad de acaparar, pues (la verdad es que no sabemos cómo) vivirán en un paraíso con ríos de leche y miel. Sin obligaciones ni agobios, sin envidias, guerras ni pelarzas; paseando por amenas praderas, pescando, persiguiendo mariposas y cogiendo flores en una sociedad sin clases ni diferencias. Nosotros, la dirigencia, como avanzadilla, vamos a empezar a vivir bien ya y os lo vamos contando, que por ahora la cosa no da para todos y a lo mejor no es para tanto y no es oro todo lo que reluce.

En toda estructura jerárquicamente organizada el trabajo busca los niveles inferiores. Justo al contrario que la riqueza que, por algún principio físico al parecer inmutable y de difícil entendimiento, obra al revés. Al que mora en lo más alto de la pirámide le podemos llamar rey, presidente, caudillo o duce. Es igual. Él y su abundantísima parentela y camarilla harán de hojas y de flores. Abajo estarán las raíces gobernándoselas como puedan para agenciar agua y nutrientes escarbando entre la tierra, como mineros vegetales, para permitir el esplendor de las frondas de las alturas, las que ven la luz y saben. Luego, durante y después, vendrán los discursos, las promesas y las justificaciones. Pero la cosa va así. La humanidad, por ahora, solo ha conseguido atemperar en algunos momentos y lugares esas diferencias. Pero las patatas siempre están enterradas y las hojas al solano, criando venenos y rencores. En los tomates, siendo también solanáceas, ocurre al revés y son los frutos los que medran y respiran. En el mar y en el Serengueti ya sabemos lo de los peces grandes y chicos, y lo de los leones y los ñus. La naturaleza es muy sabia, pero, salvo Walt Disney y demás incautos, nadie con dos dedos de frente ha dicho que no sea cruel. En ella no rige nada que se parezca a nuestro concepto de justicia. Más bien es indiferente, y la indiferencia es el máximo refinamiento de la crueldad.

Yo, que no soy cruel, pero tampoco ingenuo, procuro engañarme con otras cosas. Y no soy nada roussoniano. No comparto su ilusoria creencia en la bondad del buen salvaje, del hombre dejado a sus once vicios, como antaño se inventariaban; aunque ahora hay muchos más, simples variaciones o refinamientos de los antiguos. De la bondad de la mujer tampoco pongo la mano en el fuego, que ninguna se sienta agraviada, pero tampoco salvada por el genérico. Hay quien, no sin argumentos atendibles, apunta a que los siete pecados capitales son el sostén de la vida y de una sociedad que colapsaría sin ellos. A pesar de que la lujuria, la avaricia, la gula y demás, tengan una innegable mala fama, el hecho de que sin lujuria se acababa la especie está fuera de toda discusión, y en ello estamos. Sin estos pecados, y hasta en el pecado es recomendable la moderación, la existencia sería un fracaso, un fraude, un aburrimiento, lo que ha llevado a no pocos a pensar que, en lo tocante a buenas compañías, entre el cielo y el infierno habría mucho que hablar. Sin pulir, un contribuyente es una bestia parda, un cabrón con pintas, al que la educación y la vida en sociedad a duras penas consiguen suavizar sus lijas genéticas. Si alguien es materialista y, en consecuencia, darwiniano social, bueno está, que allá cada uno, pero al menos debería ser coherente. Lo digo por lo de las peras del olmo. Con esos mimbres se va abocetando una teoría, una ideología política, incluso un plan; y luego, viéndolo fracasar una y otra vez, ya no saben a quién y a qué echarle la culpa. Hay utópicas construcciones políticas que han querido mantener una lechería con lagartos. El papel y la teoría todo lo aguantan, pero leche dan poca. Ni las lagartas. Tienen a su favor la engañifa de que encausan a los demás por sus resultados, pero ellos exigen ser juzgados por sus palabras, a menudo hueras.

La corrupción está latente en nuestra genética, ya activa de vivos, y por ende en la sociedad. El gen egoísta, libro de Richard Dawkins, ya explicaba en 1976 que el gen es bicho que va a lo suyo y, aunque tengamos muchísimos, no están ahí buyendo para hacer amigos, sino que somos una simple (aunque complicada) herramienta para que ellos sobrevivan. Somos su pensión. De hecho, compiten entre sí para medrar hasta conseguir reproducirse, salte o raje y que gane el mejor. —¡Es que no piensas en otra cosa, Manolo!, reniegan en cuanto se juntan dos cromosomas X a los Y, unos sátiros rijosos. Y, como la evolución de los genes es cosa de una lentitud exasperante, no cabe suponer que cincuenta años después del libro hayamos avanzado mucho. Incluso nada hace pensar que no estemos evolucionando a peor, pues hace tiempo que la evolución biológica ha delegado en la cultural, ha externalizado el servicio y la cultura ha demostrado que no puede acabar ni con la muela del juicio ni con el dolor de lomos, salvo recurriendo a la violencia quirúrgica. Que muchos ejemplares de la especie están degenerando, y con ellos no pocas sociedades, es un hecho que también admite poca discusión, a la vista está, que a los hechos me remito. Un neandertal, al lado de algunos especímenes contemporáneos, incluso de los que tienen mando en plaza, es todo un gentleman. Compararlos con Aristóteles podría llevarnos a la depresión. Un ancestral grupo de cazadores recolectores resultaría versallesco comparado con algunos consejos de ministros y casi todos los de administración. Y sin duda más expertos y competentes con lo que se llevan entre manos.

Para producirse la corrupción precisa lugar, objeto y ocasión adecuados, pues la tentación siempre sobrevuela por determinados nichos ecológicos. Igual que no cabe buscar renacuajos donde no hay agua, el corrupto acude donde abunda el dinero. Aunque para Dios nada hay imposible, es más fácil que se produzca en ciudad que en despoblado o en un desierto, salvo si tiene petróleo o gas, que entonces me callo. Eso es para nacer, que para que se extienda y prolifere la corrupción necesita un ambiente adecuado de tolerancia y comprensión, que es su caldo de cultivo, su conditio sine qua non. Es menester que en la sociedad encuentre quien la oculte o la ampare, si no moriría por falta de oxígeno.

Incluso hay corrupciones sistémicas que parecen planificadas hasta su último detalle. No, no me refiero a los paraísos fiscales, que eso viene después. Tenía en mente el tráfico de drogas. Tenemos unas que son legales y otras que no lo son. Tampoco es que haya razones especiales para algunas de esas diferencias de trato. Escohotado lo explicó bien. A veces las prohibiciones más agravan que solucionan ciertos problemas, por eso son de temer los que, aparte de prohibir cosas (solo las que a ellos les molestan, los vicios, gustos y costumbres que les son ajenos), poco más se les ocurre. Declaramos ilegales unas drogas y, como ocurrió en la ley seca en USA, el alcohol pasa a la clandestinidad, se elabora de cualquier forma llegando a ser aún más perjudicial. Y, ¡oh maravilla!, lo que antes se vendía bajo control por unos centavos en bares, colmados y licorerías, se convierte en un rentabilísimo tráfico ilegal y semioculto en manos de la mafia. Ponemos entonces miles de policías y jueces a combatir el problema que nos hemos creado y que hace obscenamente ricos a unos traficantes que ahora recaudan multiplicado por mil el dinero que antes iba a las arcas públicas, después de regar miles de economías particulares. Un pan con unas tortas. En Japón hacen estos días campañas para incentivar el consumo de alcohol entre los jóvenes, alarmantemente abstemios, con grave quebranto de la hacienda pública. Entre el amor y el dinero, lo segundo es lo primero. De la salud para qué vamos a hablar. Los policías y jueces que contienden con esos traficantes para los que hemos creado un mercado multimillonario rodeado de violencia, muerte y miseria, ven pasar ante sus ojos mercancías tentadoramente lucrativas y sus manos acarician sacos de billetes como para asar una vaca, que decía la madre de otro aquel. La carne es débil y la nómina no es muy fuerte y, claro, alguno se corrompe. Pero en este caso un policía corrupto es detenido por otro policía decente, como son prácticamente todos, y juzgado por un juez que también lo es, algo que ocurre salvo en escasísimas ocasiones. Eso resulta reconfortante, se mancha la persona, no el gremio y la gente aplaude y duerme tranquila. No ocurre igual en todos los ámbitos.

Los partidos políticos necesitan dinero. En todos sitios y a todas horas. Y no poco, porque vivimos desde hace años en eterna campaña electoral. Hay países donde las donaciones privadas son legales, aunque más o menos controladas. De forma que es un mal menor conocer quién financia a cada partido. Cada uno ya piensa por qué y para qué. Mal está, pero se sabe. Nos ponemos estupendos y limitamos drásticamente esas aportaciones, esos pagos a cuenta. Prácticamente los prohibimos, lo que no quiere decir que no existan. Dejando aparte esos pagos dudosos de las puertas giratorias, que no se sabe si recompensan lo ya hecho o financian y apalabran lo por hacer, las elecciones dan poder, permiten acceder a la gestión del dinero público, tarro de miel siempre rodeado de moscas golosas. Aunque hay algunos impacientes desalmados que directamente se lo embolsan, algo torpe que no tiene mucho recorrido, pues acaban en el trullo antes o después, la almendra del asunto es cómo usar parte de ese dinero en cebar una clientela para comparecer a las elecciones con alguna ventaja. Uno puede intentar favorecer económicamente a posibles votantes, financiarse una tropa dependiente con ese dinero que, según algunos bandarras, no es de nadie. Y tenemos los EREs de Andalucía. Podemos conceder obra pública a cambio de mordidas, comisiones o pagos en especie, cosa también peliaguda, porque antes o después se sabe y pasa lo que pasa; por no señalar que siempre se queda pegado algo en los bolsillos de quien administra esa caja B, C o D. Y ahí está el Bárcenas y la Gürtel. Hay otras variedades, más sofisticadas, aunque no menos inmorales y perversas. Colocar a toda la parentela y a la peña, aunque no sepan hacer la o con un canuto, no deja de ser un comportamiento nada ejemplar que a casi nadie espanta, y que evidente y lamentablemente resulta legal. Denunciar que derrochar y dilapidar la pólvora del rey en gastos más que dudosos e improductivos supone una forma no penada de corrupción es anatema. Lo dejaremos así porque no hay quorum, pero tal vez sea la peor y más dañina de todas las formas de corrupción económica y administrativa. Porque hoy no tratamos de otras peores, las que llevan a militantes y coristas a la complicidad de defender a sus Oltras, Puigdemones, fugitivos de la justicia, sediciosos, golpistas, incluso a secuestradores y asesinos.

Una administración puede regar con dinero público, vía subvenciones, pagos por publicidad institucional y otras prebendas a medios de comunicación afines. Incluso puede comprar la afinidad de los que aún no lo son. Si alguno no se vende y va por libre, que se han dado casos, nos quejamos amargamente de sus campañas contra nosotros. Directamente pueden dedicar un presupuesto que supera al de algunos departamentos o consejerías a apesebrar un conglomerado de cabeceras de prensa, cadenas de radio y televisión puestos al servicio, incluso a la esclavitud, del partido en el gobierno. Es hacer que la sociedad, vía impuestos, nos financie una gigantesca y permanente agencia de publicidad al servicio del partido, no de quien la paga. Es decir, dinero público utilizado por una facción o coalición para defender sus particulares intereses y para atacar a los contrarios, llegando a considerar enemigos a la mitad o más de los ciudadanos a los que se ofende, ridiculiza y desacredita, para más inri, con su propio dinero. Sin duda es un refinamiento de la corrupción poco perseguido, es el abuso perfecto. Pero para alcanzar esas cimas hay que ser separatista y tener cogidos a los sucesivos gobiernos por salva sea la parte.

Como ya habíamos dicho, para que estas corrupciones puedan ser algo más que casos excepcionales, inevitables, pero inmediatamente detectados y condenados, se necesitaría que los conmilitones y simpatizantes de los corruptos los denunciasen, cosa que entraría dentro del terreno de lo milagroso, no que los defiendan y justifiquen, como hasta ahora viene ocurriendo. Esos discursos dirigidos a las parroquias propias en los que se viene a decir que el corrupto propio es buena gente, que tampoco fue para tanto, que los demás aún son peores, que hay que ver qué pena que metan en la cárcel a este buen hombre, que fue nuestro compañero, tesorero, presidente o secretario, un bandido generoso que a tantos y tantos benefició, que todo lo hacía por el partido… No vamos a tener más remedio que indultarlo. Luego, las peñas, las parroquias, los mariachis, todos en manada, prietas las filas, cada uno a defender a los suyos, que viene ser justificar, dar por bueno lo malversado. La sociedad, con tal ejemplo por parte de quien debería haber evitado esos desmanes, hace otro tanto, al menos la parte más incondicional de los partidos afectados, mientras que la menos cafetera mira a unos y a otros, como en el tenis, sin ser capaz de ver las diferencias abismales que los militantes ven y proclaman y con las que atizan al enemigo. En fin. El huevo de la corrupción necesita un nido. Y el nido se trenza con estos mimbres. Tanta confianza en la bondad humana para acabar concluyendo que no damos más de sí. Ni siquiera los elegidos, y menos algunos electos.

sábado, 25 de mayo de 2013

Encíclica "Stupefactus sumus"

  Cuando, semidormido en mi jergón, saco un pie por fuera de la frazada, que algunos días ya va haciendo calor en mi celda, sus dedos refulgen en la penumbra como cinco puntitos fluorescentes de un reloj grande y de horas desordenadas. La batería del móvil se me recarga sola y no tengo que dar la luz del pasillo pues, luminiscente como los gorrinos de fray Adolfino, renqueo por él como una enorme luciérnaga con garrote. El microondas echa chispas cuando me acerco, aunque no lo necesito porque, a mi contacto, el café se me calienta solo en la taza. Adenauer, mi gato, se hincha electrizado, convirtiéndose en una especie de pompón con rabo y ojos  desorbitados cuando no puede evitar pasar por mi lado. Últimamente entre la estática del carrito, disimulado andador, y yo vamos echando chispas y pequeños rayos por el supermercado, como un Zeus venido a menos. Tantas radiografías, resonancias magnéticas e inyecciones de isótopos entre los dedos de los pies, sin duda tormento malayo aplicado a la medicina, me van convirtiendo en una pila humana, un almacén de energía que no llega a mis piernas. Pronto, me temo, deberé recargarme en ese Velázquez tubular, pintor en negativo de ternillas y osamentas.
 
    No es éste, sin embargo, el motivo principal de mi silencio. Débese mi sequía epistolar a que su habitual tono asombrado y caústico se ha visto desbordado por la desmesura de la realidad. La ironía de mis escritos, su punto exagerado, su humor negro y su sarcasmo no pueden competir con la exuberancia del despropósito nacional, cercano al surrealismo. Mi imaginación no da para tanto. Busco inspiración en Kafka y en Lovecraft  pero, confrontando sus pesadillas con lo que hoy vivimos, más me parecen escritos de Andersen o de los hermanos Grimm. Además de dar el finiquito a logros más sustanciales, la realidad actual va a acabar con la novela de aventuras, la de terror, la policíaca y la del oeste. Hasta con la picaresca, pues las hazañas de José María el Tempranillo, Sir Francis Drake, Rinconete y Cortadillo, Alí-Babá, Billy el Niño o los bucaneros del Caribe nos parecen hoy candorosos cuentos de hadas. No es de extrañar que algunos barbados vividores intenten resucitar cerca de Sierra Morena la figura del bandido generoso.

    Si Kafka, Lovecraft o Tolkien se hubieran dedicado a la crónica política o económica, incapaces hubieran sido sus retorcidas mentes de alumbrar algo tan tremendo y desquiciado como lo que en los periódicos como real leemos, sin que ya ni siquiera nos extrañe o escandalice. Quien defiende que, entre otras cosas, los hospitales públicos han de pasar a manos privadas olvida decir, mientras intenta convencernos de las bondades del invento, que, perpetrado el desafuero, las manos privadas a quienes como negocio se entrega lo que hasta ese momento era servicio público, serán las suyas. A  sus propias manos y a sus propios bolsillos. Indecente.  Y Sin embargo, parece ser que la ley y la justicia nada tienen que decir al respecto.
    Peor es cuando sí que dicen. Lógico parece que pongamos un pisito a quien nos gobierna. No satisfechos con ello, generosos lo alojamos en un palacio, con su servidumbre, guardia e intendencia a nuestro cargo. Hasta ahí parece casi soportable. Abonarle mensualmente dietas para costear lo que ya le hemos pagado en especie parece un abuso. Sin embargo los tribunales lo ven adecuado, en ese caso y en miles de otros similares. Juanpalomo ordena y manda, dispone y legisla, decreta, y cobra. También nombra a quien ha de juzgar si ha obrado bien. En una anterior epístola recomendaba a nuestros dirigentes el estudio de la obra de Rubio “Sumar llevando”. Hoy veo conveniente sugerirles leer los escritos en los que un tal Montesquieu decía algo al respecto.

    Mi intención de hacer reflexionar desde la sonrisa provocada por la exageración o el cambio de punto de vista, con que se glosaban los sucesos del momento, es incapaz de igualar el desvarío que en la actualidad vivimos. Cárdeno y dolorido tengo el brazo, con más cardenales que un cónclave vaticano, pues hay que pellizcarse continuamente para comprobar que uno no está inmerso en una perpetua pesadilla. Sabido es que el fuego a veces se combate con fuego, pero aquí es normal intentar apagar con gasolina los incendios que van arrasando nuestro bienestar. Creo que buscan aumentar nuestra confusión, pues mejor se roban las carteras en los líos y tumultos que en situaciones más claras y ordenadas. 

    Como último e infalible recurso, lejos de las olas del Mediterráneo que me pudieran servir de inspiración o consuelo, me lanzo a navegar por los mares literarios de Quevedo. Echo el ancla en una página en la que el escritor recriminaba a la diosa Fortuna con estas sabias palabras:
“Quéjanse que das a los delitos lo que se debe a los méritos, y los premios de la virtud al pecado; que encaramas en los tribunales a los que habías de subir a la horca, que das las dignidades a los que habías de quitar las orejas, y que empobreces y abates a quien debieras enriquecer”.

¡Virgen del verbo divino! Tomo tierra y abandono la navegación, que como consuelo no acaba hoy de funcionar, pues constato que los siglos han pasado en balde y que ni siquiera somos novedosos y originales en cuanto a desgobierno e injusta administración.                                        
    Vuelvo al triste presente y mis reflexiones me llevan a concluir que no hay que atribuir a la maldad lo que pueda justificar la estupidez, siendo esta última todavía más abundante y profunda, y no sabría sopesar cuál de esas cualidades nos resulta más dañina. Pasamos de una panglossiana y hueca inanidad, sonriente, irresponsable y derrochadora —cuando no sopla el viento, hasta la veleta tiene carácter—, al gesto grave de una desdeñosa y prepotente indiferencia hacia el sufrimiento de los ciudadanos. —¡Que se jodan!—. Su destructiva ineficacia y su inmoralidad son equiparables. Han reducido el ya tradicionalmente escaso debate de temas de estado a un defensivo y miserable “¡Pues anda que tú!”.  No dudo de que desde ambos perniciosos extremos se haya actuado en conciencia. Como tampoco dudo de que obrar en conciencia puede ser perverso y demoledor cuando el obrante carece de ella, como es el caso. Nos quieren llevar hacia una tierra prometida que más asusta que ilusiona y los hechos que más nos preocupan no se nos presentan como indeseadas consecuencias pasajeras, sino como el objetivo perseguido por nuestros gobernantes. Hacer algo a conciencia, tiene otros inquietantes significados de los que la Historia nos proporciona numerosos y trágicos ejemplos tales como la demolición de Cartago por Roma, sembrando de sal sus campos y emponzoñando sus fuentes, o la ruina de Numancia. Trabajos diabólicamente bien hechos. Hay muchos más. 

    Gobernados, como viene siendo habitual, por incapaces, no sabemos, pues, si debe inquietarnos más que fracasen en el logro de sus propósitos o que consigan alcanzarlos. Ilusionante escenario. Dejando aparte la angustiosa situación económica a que entre los bancos, los gobiernos y las oposiciones de todos los niveles, nacional, autonómico y municipal, nos han conducido, que no ha sido la sufrida población la causante, hay muchos objetivos que me resulta imposible compartir y mucho menos apoyar.

    El infortunio propio se digiere peor si frente a él se nos exhibe la obscena prosperidad que disfruta quien colabora en provocar nuestra miseria y de ella se beneficia, cuando no es su causa directa. Deben de saber que la palabra convence, pero el ejemplo arrastra, pero no están dispuestos a compartir con nosotros las penitencias. No hay que confundir las consecuencias económicas con la incidencia moral. El chocolate del loro, aunque en principio irrelevante, pasa a ser oneroso e inasumible gasto cuando mantenemos cientos de miles de loros, cacatúas y cotorras. Además los loros nacionales y autonómicos no se conforman con unas pocas pipas. Todo es poco. Quienes legislan y gobiernan hoy, mañana están al frente de las empresas a las que antes decían vigilar y que previamente fueron del estado. Tal vez para liquidar los Paradores Nacionales, buque insignia de uno de los pocos sectores que aún funcionan, pues con el sol, la historia y la gastronomía todavía no han podido, aunque están en ello, colocamos a la sufrida exseñora de uno de los nuestros y le asignamos un sueldo tres veces superior al del presidente del gobierno. Que vean que no somos rencorosos. Cuando acabe el trabajo ya los comprará baratos otro amigo. Tal vez en el mismo foro y como siguiente providencia se propone mantener trabajando al personal hasta los 68 años, que esto no nos cuadra. Los hijos no tendrán trabajo, pero tal vez sus nietos sí. Así se llevan muy mal las apreturas de cinturón.

    Para desatascar juzgados y tribunales, despójase el lobo de las lanas con que de cordero se disfrazaba para poner un precio a la justicia, vuelta así inaccesible para quien, llevando razón, no tenga bienes con que hacer valer su derecho. Curiosa forma de solucionar el problema. No estando quien esto escribe muy puesto en derecho comparado, ignora si esta perversión de la justicia, que prácticamente la hace desaparecer, es común en los países decentes o es otra ocurrencia nacional.

    Creamos un banco malo al que regalamos las casas que los otros bancos —no mejores, por cierto— han ido arrebatando a quienes no pueden devolver los créditos que con tanta alegría les concedieron. Para pagarles esas casas desahuciadas o de difícil venta, se pide un crédito inmenso que los contribuyentes pagaremos, bien sea en dinero o en salud. Entre los paganos estarán los propios desahuciados. A la presidenta de esa joya de banco acuerdan que le paguemos 33.000 euros al mes. Es decir 51,13 veces el salario mínimo establecido. Se argumentará que no es el esfuerzo, sino la eficacia y responsabilidad lo que se le recompensa, aunque prácticamente todo el sector ha estado dirigido por inútiles o mangantes a los que ninguna responsabilidad se les ha exigido por arruinar los bancos cuya gestión les encomendaron, sin olvidar, de paso, asegurarse holgadamente el porvenir a nuestra costa. Insoportable. 

    Quienes han sufrido estas lindezas en sus carnes han dado en la costumbre de acudir a atosigar a los culpables a las puertas de sus casas. No me gusta ni el hecho ni la palabra que lo nombra, pues huyo de masas y algaradas. Reconozco, no obstante, que, en su caso, limitarse a gritar y mostrar una pancarta es un alarde de moderación. Añade algunas sombras a mi opinión sobre este tipo de manifestaciones la ubicua presencia en muchas de ellas de alguna veleta política, con gran fondo de armario, en constante evolución de ideas y opiniones, lo que nos confirma que nunca tuvo ni unas ni otras. Gran favor haría a la credibilidad de estos grupos permaneciendo en su casa.

    Los que dirigen a quienes hoy deberían sancionar tales desmanes, fueron y siguen siendo nombrados por el entorno de aquellos a quienes deben juzgar. Se explica la benevolencia de algunos de ellos. Son los díscolos nuestra última esperezanza.  Agobiados por tanta faena, prescriben los más de los delitos y debemos soportar que, sobreseídos los casos, se engallen tales rufianes proclamando como inocencia su injusto escape de los abusos que perpetraron, a través de los resquicios de unas leyes que ellos mismos urdieron, aplicada por los jueces o fiscales que ellos también nombraron. En este totum revolutum consiste para ellos la separación de poderes.

    Dada su indistinta e invariable cortedad de miras, no más allá de unos próximos comicios, la ineficacia en la gestión y administración, el nepotismo, la estulticia, el alejamiento del sentir de los gobernados, la indecencia y  la avaricia común a muchos de nuestros dirigentes actuales, pasados y futuribles, entre las ofertas políticas que se nos ofrecen tal vez haya que, tapándonos la nariz, optar por quienes, al menos, conserven algunos rescoldos de humanidad. Ante este “Sálvese el que pueda”, resumen de la gobernanza actual, el cinismo, la desconfianza y la propia supervivencia se imponen como ideología, pues ya no sabemos si somos de los nuestros. 
 
    No alcanza mi pesimismo a tener a todos por iguales, —pues los hay peores—, a considerar general la extensión de la infección descrita. La honradez, la inteligencia y la eficacia hacen poco ruido. Existen tales virtudes y son más abundantes de lo que pudiéramos pensar, pero son tapadas por el estruendo de la minoría que ha utilizado el noble desempeño de la representación popular para su propio enriquecimiento. Llevarán al sistema a su agonía si no dejan de mostrar más celo en disimular y negar el hedor de sus manzanas podridas que en defender la justicia y el bienestar de quienes los eligieron. Poco deben de amar las banderas que hacen ondear quienes las usan como señuelo, tapadera y escudo para sus rapiñas. Me es indiferente si un ladrón viste traje liso o a rayas, aunque preferiría verlos lucir las rayas blancas y negras de los penados de los chistes. Mucho se equivocan quienes esgrimen que el ataque va dirigido a su bandera pues, aunque tal vez no aprecien el símil taurino, no ignoran que el toro no persigue al trapo, mero engaño que esconde, escamotea y protege el cuerpo del torero. Son todos ellos los únicos que pueden llevar a cabo esa necesaria labor de limpieza, cada uno en su convento, para evitar que otro tipo de saneamientos más enérgicos les arroyen. Tapar y justificar la herejía de algunos frailes pone en peligro el crédito y la misma supervivencia de toda la orden. No vale el “ya arreglaremos después cuentas en casa, entre nosotros”. Tal vez dentro de poco ya no haya cuentas que arreglar, lo que solucionaría algunos conflictos, pues no se riñe cuando ya nada queda por repartir.
Vale