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jueves, 8 de agosto de 2024

Epístola tributaria y repartidera


 Así, por casualidad, muchos políticos, periodistas y opinantes acaban de caer en la cuenta de que del problema gravísimo que Sánchez, socios y apoyos nos crean al pretender pagar otra investidura con la cesión de los impuestos a Cataluña y que sálvese el que pueda, tiene la culpa Madrit. Una vez recibida la orden del día, cada feligrés en la parroquia intenta buscarle el fuste a la consigna como buenamente puede, es decir, de mala manera y con escaso éxito. Conclusión unánime: Madrid nos roba. Ese es el lema y el problema. Y, claro, hay que darle una solución a esa injusticia. Y, de paso, otra pura casualidad, nos votan al Illa.

Madrid es capital de España desde que así lo decidió un tal Felipe II en 1586, salvo unos breves intervalos. Pero es ahora, fíjate tú, cuando descubrimos con pasmo que el efecto capitalidad resulta perverso. Es un efecto real, es un beneficio, del que gozan en bastante medida todas las capitales de cada comunidad autónoma. Por contra, acarrea no pocos gastos e incomodidades. Cuando lleguen las elecciones autonómicas, que vayan a Madrit a explicarles lo abusones que son. Y luego a llorar, como siempre. ¡Serán gilipollas, que han vuelto a darle una mayoría absoluta a la Ayuso, con lo mala que es!

Por otra parte, nos cuentan que es injusto que las empresas se vayan donde les parezca oportuno. Era mejor cuando Franco decidía que la SEAT a Martorell (Barcelona), que en Cartagena o en Málaga no van a saber montar coches, ni tienen puerto. Maltrato secular a Cataluña, se lamentan, ahora agravado, como nos ilustran los que saben, con la competencia desleal por el dumping fiscal que Madrid practica para atraerlas. Competencia desleal le llaman los paladines de la lealtad. Castilla-La Mancha, como otras, procura atraer a su territorio limítrofe todas las empresas ubicadas en Madrid que puede engatusar a base de tratarlas bien, mejor que Madrid. Todos lo intentan, cada cual con las armas que tiene, que son demasiado diferentes como para que se queje quien tiene tantas como el que más. Si hay comunidades que han conseguido con sus políticas ahuyentarlas más que atraerlas, con su pan se lo coman y al rincón de pensar. El uso artero y egoísta que algunas comunidades han hecho de su poder delegado ha llevado a todos a la competencia, no a la colaboración entre españoles, que ellas intentan hacer desiguales y recelosos del vecino. No se trata de vivir mejor que antes, se conforman con intentar vivir mejor que los demás, siempre con el impulso aldeano de la comparación con el villorrio vecino.

Creamos las Comunidades Autónomas, que fueron adquiriendo más y más competencias, por lo civil o por lo criminal, para sumarse a algunas que nunca debieron ser transferidas. Y cada investidura, presupuesto o ley necesita de algún otro traspaso o pago en especie, sea razonable, justo, o ninguna de las dos cosas, como es el caso.

Todo tiene un precio. No nos quejemos si, además del País Vasco, Navarra y Cataluña, las demás comunidades se buscan la vida en legítima defensa, pues lo que se ha cebado es el incentivo perverso de que sólo recibe buen trato, mejor que los demás, quien tiene el poder de imponerlo. ¡Ay de las zonas despobladas, envejecidas y dejadas de la mano de Dios desde los romanos! Ya sabemos con qué transparencia y generosidad se negocia la pírrica aportación vasca y navarra al fondo común. En términos científicos, son nuestros chulos. Y no hay puta bastante para otro más. Las negociaciones con los separatistas, ya vemos que se hacen a punta de pistola. O me das esto o no te voto. Y, si dan con la persona adecuada, se les concede lo que sea menester, salte o raje.

Tanto Cataluña como el País vasco son deficitarias a la hora de atender el pago de las pensiones, siendo las suyas, como sus sueldos en activo, de las más altas de España. Los jubilados catalanes reciben 4.000 millones más cada año de lo que cubren las cotizaciones de los trabajadores en activo en su comunidad. Madrid tiene en ese apartado un superávit de 3.000, con lo que cubre sus propias pensiones y aporta ese exceso de cotizaciones a la caja común. Esta caja común, a diferencia de la recaudación de los impuestos, no se cuestiona. Es más, se evita hablar de ella. Ahora sí que es buena y necesaria la solidaridad entre territorios. Es decir, que las pensiones de sus ciudadanos sean atendidas con cargo a las cotizaciones de todos los españoles, completadas cada año de forma creciente con los impuestos de todos y la deuda española que cada año se contrae para poder pagarlas. No respetan más leyes que la de la gravedad y la del embudo. Y a los ‘progresistas’ les parece todo un avance. Saben que no lo es, pero mentir cada vez les cuesta menos trabajo, viendo al jefe.

Eso, antes o después, sobre todo si alguien quisiera abrir el melón constitucional para reformar la estructura territorial, como por la puerta trasera y desde hace una semana pretenden hacernos confederales a hostias, puede dar lugar a que aparezcan reivindicaciones imprevistas y molestísimas para los defensores de ese invento falaz de la plurinacionalidad. Igual se encuentran con una ola imparable de deseos recentralizadores de algunas competencias cuya cesión ha creado más problemas que beneficios al conjunto y se han usado en contra del Estado y la mayoría de los españoles, creando unos de primera y otros de segunda.

Cada Comunidad tiene transferidas unas competencias que, salvo Cataluña, ejerce dentro de la ley como mejor cree conveniente. En las elecciones los ciudadanos juzgan y eligen gestiones y talantes. Esas competencias incluyen la regulación y recaudación de algunos impuestos y tramos de IRPF. Lo recaudado y lo recibido del Estado lo gasta en lo que responde a lo que considera sus necesidades prioritarias. En eso consistía la autonomía ¿no? A todas y cada una hay críticas razonables y merecidas que hacer. A Madrid, sin duda, también. Pero si alguna considera prioritario gastar miles y miles de millones en unas cadenas de radio y televisión afines para propagar la causa separatista, subvencionar periódicos comprensivos y complacientes, ir creando organismos paralelos a los del Estado para colocar a la peña e ir haciendo una republiqueta por la puerta de atrás o malgastar en embajadas inútiles lo que para lo necesario les falta, que no intenten pasarnos a escote esas cuentas a los demás. Todo eso posiblemente supere el presupuesto total de alguna pequeña comunidad autónoma. Los catalanes sabrán a quiénes votan y para qué.

Ni se les pasa por el cimborrio pensar que hay unas comunidades mejor gestionadas que otras. Y alguna sencillamente sin gestión alguna, que están en otras cosas, haciendo país y destruyendo nación, la única que hay, dejando el palabrerío aparte.

Pero la culpa es de Madrid, que de nuevo es la que más dinero aporta al fondo común que compensa de alguna forma desigualdades de origen, tres veces más que nadie. Incluso la malversación que rodea la intentona del procés ha recibido el beneplácito de un gobierno que llegó prometiendo acabar con la corrupción ajena, para acabar aportando la propia y modificando a medida la figura legal que la castigaba para pagar otros votos. Varias leyes han mercadeado para cambiar apoyos por impunidad. Hay muchas formas de corrupción y, como vemos, la peor no es la económica, sino la política e institucional que comete este gobierno. 

No es lo mismo prestar atención médica, educativa, dependencia, comunicaciones, etc. a una población envejecida y dispersa que en una gran urbe. Eso viene a reforzar la idea de la irrenunciable necesidad de que Madrid, Cataluña, Baleares y, en general, las regiones más ricas y pobladas, aporten lo que aportan o más, nunca menos. No somos tan candorosos como para creer que este desmán favorecerá a todos, y menos que los separatistas arrancan este acuerdo para disponer, en proporción a los demás, de menos fondos, al contrario. Es algo indefendible, por mucho que la tropa del cencerro se empeñe en defender hoy lo que nunca se les había pasado por la cabeza, y menos aún que fuera posible consentir.

La solución, se nos cuenta también a coro unánime, es ceder toda la recaudación de impuestos a Cataluña y ya, si eso, aportarán algo si los demás se portan bien. Es decir, intentan presentar como una necesidad nacional, algo justo y conveniente para todos, lo que, como todos sabemos y ellos también, no es otra cosa que el último pago de otra investidura. Al parecer, siendo costumbre, la infamia es menor por ser ya la marca de la casa.

No existe ninguna justificación decente para todo lo que se les ha venido concediendo a cambio de votos en el Congreso, incumpliendo promesas, desdiciéndose una y otra vez, forzando las leyes o reformándolas a medida. Ahora, además, tendremos que pagar entre todos cada ley que haya que negociar en Cataluña. Cero votos la moción, por mi parte. Todos sabemos que si las circunstancias lo imponen y la parte contratante de la segunda parte carece de líneas rojas y de algunas otras cosas, que con esos bueyes tenemos que arar, ordeñarán la vaca hasta que aguante, sea justo o injusto, como lo es lo que ahora se les concede. No cabe esperar de los nacionalistas lealtad, generosidad ni el más mínimo sentido de justicia redistributiva. Ni siquiera solidaridad, que es como se quiere llamar a la justicia. Nunca la han tenido, ni ellos ni sus antepasados. Lo suyo es suyo y de lo común, lo que puedan arrebañar. Un robo cometido solos o en compañía de otros. Todo queda entre 'progresistas', lo que para muchos es un consuelo. Y para el resto, la inmensa mayoría, un retrato fiel de ese sector.

 

lunes, 20 de noviembre de 2023

Epistolilla mural

 

En las Cortes de Cádiz, discutiendo acerca de la Ley de Imprenta, unos defendían la libertad de prensa, los liberales, otros preferían limitarla, controlarla. A estos últimos se les llamó "los serviles". Con la igualdad y otras minucias ocurría lo mismo. Hoy, dejando aparte los discursos, los lemas, los relatos y los alucinantes preámbulos de algunas leyes en las que se ha llegado a atacar a la oposición desde el BOE, sería un tema muy bonito, como el del libre albedrío de Amanece que no es poco, deslindar quién defiende y quién no la libertad, la igualdad, la solidaridad, la separación de poderes, el respeto a la ley y otras cosas importantes. Y, sobre todo, quiénes son hoy los serviles.

 También habría que dejar aparte las ventanas de Overton, las disonancias cognitivas, los tópicos y las superioridades morales imaginarias de no pocos hooligans de la política. Pocas lecciones pueden dar. Desde sus reductos y sus burbujas, procurando su abrigo, que pocos se atreven a salir de allí a opinar, pontifican y predican a su entregada peña, atribuyendo a los demás sus propias miserias. Dividen, demonizan y enfrentan, mientras acusan a los demás de polarizar y de deshumanizar al adversario. Ya nos han dicho que para conseguir esa concordia que falsamente dicen perseguir, algo buscado, al parecer, sólo con delincuentes, van a hacer un muro y el señor presidente colocará un ladrillo más, aunque no el primero, pues llevan ya años levantando el tabique con los planos de algún animoso antecesor.

 —¡Pum, pum! ¿Quién es?
—El gusano y el ciempiés. (Y el Puigdemont).
—Abre la muralla.
—Pum, pum, quién es?
—La igualdad, la justicia y la ley.
—Cierra la muralla.

 Un muro no como el de Trump en México ni como el de Berlín, pero un muro. Tras él quedará «la derecha», aislada, como debe de ser, un peligro, pues hay que evitar a cualquier precio que se pudiera producir ni ahora ni nunca una indeseable alternancia, haya que pactar con Dios o con el diablo para evitarlo.

Así, a este lado del muro, descojonándose de risa a coro con el doctor Sánchez, quedarán los buenos y los regulares, incluso alguno malo, para qué engañarnos, pero ahora de los suyos, que a todos nos ha costado un Perú su compra; al otro lado el peligro fascista, así, al montón. ¡Por Dios, —se dicen— que no nos falte algún exaltado tan fanático como nosotros en alguna manifestación, que se nos jode el relato del miedo!

 Algunos decían con la boca pequeña que envidiaban una derecha homologable con la europea, sin ser capaces de entrar en sutilezas ni acertar a poner un ejemplo. Algo diferente a este contubernio atroz que dicen tener enfrente, un hatajo de fascistas. Una masa de descerebrados desafectos al régimen al que sólo falta llamar confabulación judeo-masónica, aunque todo se andará al paso que vamos. Lo de crear el cargo de presidentísimo aún no se les ha ocurrido, al menos decirlo. De la casta eran, el PP-Psoe que etiquetaban los más rabiosos y pintureros, hoy socios imprescindibles, esos pocos restos que ya hace tiempo que huelen a cadaverina; tras el abrazo de Judas y las cuarenta monedas de la nómina, se pasó al trifachito, luego a la extrema derecha y a la derecha extrema. Y en esas estamos. Mentían, como siempre. Sería un ejercicio inquietante para tales analistas el preguntarse con qué izquierda es homologable la que ellos representan. No se lo diré porque hay verdades que duelen y, en el fondo, a algunos, aunque no a demasiados, los aprecio. Me pondré un zócalo de ron para que se me serenen los ímpetus.

 Tras ese muro en construcción imaginado para dividir el país si no lo está ya, se van ubicando millones de españoles que hace poco tiempo se hubieran quedado en el otro. Pero a muchos en sus filas, incluso a destacadísimos militantes, hasta no hace mucho altos cargos socialistas, ya les da vergüenza tragar ciertos sapos y seguir diciendo a coro que saben bien y pasan a engrosar el rebaño de los fachas, según los sexadores del partido y la compaña. Vergüenza ética e intelectual que se llama. Gran parte de los socialistas callan. Algunos de los albañiles y canteros más cafeteros, que no les suelen votar pero se agarran a ellos como lapas para tocar pelo gubernativo, en un derroche burdo de disonancia cognitiva, falta de sutileza y desdén, a quienes no les apoyan en las urnas les llaman serviles, sumisos, ignorantes, cortitos, poco leídos, energúmenos, que lo de fachas ya nos da la risa floja a todos. Y se lo achacan entre balidos haciendo resonar el gangarro. Como originales tampoco son, siempre recurren a los tradicionales y manidos lamentos porque “los pobres, unos gilipollas desclasados, no votan ya a la izquierda”. Por algo será, alguna culpa tendrá en tal deserción eso que siguen llamando izquierda sin serlo, aparte de que a los pobres lo que les falta es dinero, pero muchos sí tienen neuronas y la vergüenza que a quienes se lo reprochan les falta. Una vez que se da por bueno que hay que votar a la contra de alguien que se perciba como un peligro para la democracia, ¿de qué se extrañan? ¿Tiene hoy la democracia en España  mayores enemigos que ellos y sus socios y apoyos? Eso es lo que ha llevado hasta a Leguina y a varias docenas más a taparse la nariz y proponer que se vote contra el que fue su partido hasta que lo expulsaron por discrepar. ¿Cómo puede funcionar y no desmoronarse un país en manos así?, se preguntan, refiriéndose a cualesquiera que no sean las propias. Hay que evitarlo a cualquier coste. Como han quedado en que somos tontos, no nos daremos cuenta del tocomocho. Lo malo es que sí que nos damos y cada vez somos más los que nos hacemos esa misma pregunta respecto a la suyas.

Para su desgracia, me refiero a la de estos fanáticos con retrogusto totalitario que no frecuentan el espejo, a este lado del muro donde quisieran ver aislada a esa media España que desprecian y demonizan, reprochando a sus adversarios lo que ellos cometen, queda una parte relevante de la inteligencia, del decoro, de la moderación, de la institucionalidad y del respeto a la separación de poderes, a las leyes y a las instituciones. También de las organizaciones civiles, asociaciones profesionales, gran parte de los jueces, fiscales, abogados del Estado, Tribunal de Cuentas, funcionarios de Hacienda y multitud de contribuyentes, ferroviarios, gremios y colectivos varios. No diré que toda la inteligencia que reflexiona, no soy como ellos, pero sí muy numerosa, si no mayoritaria, está en esta chusma, a su pesar. 

Siendo muchos, es cierto que, además de fachas, somos cortitos, sólo decimos verdades de Pero Grullo, pero no nos gusta que nos chuleen ni nos engañen. Dicen que leemos poco, que hasta analfabetos se atreve a llamarnos algún bandarra con anteojeras, aunque está claro que hace tiempo que mejores cosas y, a veces, hasta pensamos. Sólo Ovejero es mejor que todos ellos juntos. Y Trapiello, y Reverte, y Félix de Azúa, Daniel Gascón, Dudda, Françescs de Carreras, Pablo de Lora, Boadella, Escohotado y muchos miles más. Por eso procuran no leer nada que pudiera inquietar su 'convicciones inamovibles' y, cada vez más a menudo, indefendibles sin apuntalarse la cara. Sobre todo cuando, tras una vida de pétrea incuestionabilidad, las cambian por las contrarias cuando así conviene o se les manda, hasta hacer dudar de que alguna vez hayan tenido algo parecido a convicciones. La única operativa es la de que sólo ellos deben mandar, por la gracia de Dios o por la del diablo. Y claro, limitándose a rumiar en la parroquia y a leer sólo sus códices y sermones, entre telarañas y robines, no pensarán representar la vanguardia de la intelectualidad.

 Difícil gobernar en contra y a la contra de media España, curiosa forma de promover la concordia nacional, como curioso es un progresismo que consiste en pactar con carlistones, meapilas y xenófobos insolidarios, entre otros forajidos, para retrotraernos políticamente muchos decenios. A menudo por volverse obispos prescriptores de una moralina vacua que, a pesar de que crea más rechazo que adhesión, tan terca como inútilmente, intentan imponer a base de decretos-ley. Por no mentar la acreditada lealtad de sus apoyos y socios, en cuyas manos quedan, tan firme como la palabra de la parte contratante de la segunda parte. Presumen de ser capaces de llegar a acuerdos y pactos con cualquiera, en la peor de las acepciones de pacto y de cualquiera. Pero ni intentarlo con quien les ha ganado en las urnas, es decir, con quien representa la moderación de muchos millones de españoles más que las exiguas y extremadas minorías separatistas que les han vendido sus votos a cambio de imponer a la sociedad desvaríos, sueños y abusos que, encima, resultan incompatibles entre sí. Para esos millones que no les votan, después de asegurarles con hechos y con palabras que no gobiernan ni gobernarán para ellos, ahora un muro. Como para no resistirse. Los hijos de la Gran Bretaña, cuando había fuertes temporales que impedían navegar a la isla desde Calais, decían que el continente había quedado aislado. Pues eso. 

Sólo nos queda la esperanza de que Dios, escribiendo recto en reglones torcidos, le conceda a nuestro amado presidente esa capacidad que hasta él se consideraba imposible de alcanzar y mantener, y acabe engañando también a sus socios y apoyos, consiguiendo pasar a la Historia por haber sido el primero en engañar a todos siempre.

jueves, 28 de julio de 2022

Epístola disgustada


Cada vez dejo pasar más tiempo entre una epístola y la siguiente. No es por escasez de temas, más bien por falta de humor. Vamos de una catacumbre a otra, las siete plagas de Egipto, los cuatro jinetes del Apocalipsis, nos ha mirado un tuerto o tenemos un gafe por ahí. Poco campo para el buen humor, ni siquiera para el sarcasmo. Salvo excepciones, para mí estas epístolas son un refugiarse en la ironía para poder digerir ciertas cosas. No es que con ellas intente convencer de nada a nadie, dado que en política eso es un imposible metafísico, pues casi siempre contendemos con los que quieren que las cosas sean y no sean, a la vez, según autorías y conveniencias. Y menos cuando los asuntos tratados, unos curiosos, otros aberrantes, con frecuencia se centran en las miserias, engaños y desvaríos de una clase política que padecemos en un desesperante in crescendo.

Siendo así, el destinatario final de muchos de mis escritos sería precisamente un conjunto de encumbrados personajes que nunca van a leerlos, de forma que me dirijo a dos posibles y pequeños grupos de lectores. A saber: primero, los feligreses que, con más pasión que fuste y vergüenza, defienden de oficio cualquier abuso, disparate o desmán que perpetren los cardenales y obispos de su fe, a los que tienen entregada el alma. No digo la inteligencia, pues el grado de sumisión acrítica alcanzado es tan elevado que cabe dudar de que, en caso de existir, la ceguera sectaria haya permitido que tal facultad entre en juego. Por otra parte y en segundo aunque principal lugar, son destinatarios otros posibles lectores, por mí más apreciados, menos coriáceos, más reflexivos, a los que nada se descubre; nunca se cuenta nada que no sepan. Pero a veces sonreíamos, porque la ironía y el humor siempre se agradecen, hacen soportables ciertas situaciones y, sobre todo, es la mejor forma de destapar imposturas y falsas superioridades morales, a menudo tanto más reivindicadas cuanto más ausentes. Quien es de verdad superior en algo no necesita ser él mismo quien vaya proclamando sus virtudes a grandes voces por las esquinas, encaramándose en las hornacinas y peanas a falta de otros que los eleven a los altares. Cacarean en vano pues ya conocemos de antiguo lo huero de sus puestas.

De eso suelen ir mis epístolas. Nada solucionan, nada descubren. Si acaso ofrecen el consuelo de mostrar que no nos engañan. Al menos no a todos. Que muchos, no sé si los más, vemos la mano que saca la carta de la manga o escamotea la bolita, que los trucos y milagros del gremio solo funcionan dentro de cada parroquia. Que tal vez ni somos más listos ni más enterados, pero que nos gusta equivocarnos solos, con el riesgo de acertar (y viceversa), actitud siempre mejor que apadrinar y defender, con pasión digna de mejores causas, errores y abusos ajenos. Incluso llegar al colmo del ridículo y de la sumisión intelectual, como es el caso, tan frecuente como penoso, de ver a no pocos defender ideas en las que no creen. Al menos no creían en ellas hasta hace poco tiempo, a veces días. Incluso dejarán de defenderlas cuando a toque de corneta se les diga que ahora lo malo pasa de nuevo a ser bueno, lo inconveniente deseable y lo correcto inadecuado. Es lo que llevan tiempo haciendo, siguiendo y jaleando sumisos los meandros de un presidente a merced de los vientos y, a su vez, pastoreado por sus socios y apoyos. Pocas cosas tienen algunos de qué presumir, pero desde luego no de fuste. Son, además, desmemoriados salvo para episodios concretos, tienen lagunas, algunas de ellas voluntarias, lo que hace de su memoria algo poco de fiar, nada transvasable, por intermitente, parcial e interesada. Malas credenciales como para intentar imponer sus selectivos recuerdos y olvidos como memoria común. El mismo concepto de establecer por decreto una memoria oficial ya rechina y ofende a cualquier verdadero demócrata, es decir, no de la rama orwelliana.

Dado que el humor a menudo se edifica con los sillares de la estupidez y los escombros del ridículo ajenos, siempre hay tajo. Si sus consecuencias no fueran trágicas podríamos recrearnos eternamente con el hilarante, aunque descorazonador, espectáculo de ver como el sectarismo lamina el entendimiento, se desentiende de la verdad, desactiva virtudes como la modestia y el pudor, es refractario a la objetividad y hace perder el decoro, la razón y la vergüenza. Porque llega a ser cómico el terraplanismo político que a tantos lleva a defender lo indefendible, queriendo hacer pasar por razonables y convenientes hasta aquellos disparates y abusos con que nuestro presidente paga irreligiosamente a socios y apoyos, lo peor de cada casa. Corta es su mirada, falsa su palabra, hipotecado su criterio, esclava su voluntad y dudoso su futuro, como elección tras elección les muestran los recuentos.

Errar es humano, pero para llegar al desastre hace falta un ordenador. O una tribu, un arrebañamiento que sume los errores particulares y los quintaesencie, reste las inteligencias individuales, multiplique la magnitud del daño provocado y divida la sociedad en buenos y malos. Esto es, los míos y los demás, los otros, el enemigo.

Lee uno artículos con las opiniones de juristas, doctores, analistas, supuestas eminencias en sus respectivos campos, lumbreras que, cuando se adentran en el comentario político, entran a ese mundo por la estrecha puerta de la militancia o el dogmatismo. Y da pena leerlos. Pasan de la tesis doctoral a la hoja dominical, la prosa parroquial, bazofia sectaria. Tanto la estadística como los estudios sociales, no digamos el derecho o la política, son ámbitos caracterizados por una elasticidad que permite a sus santones prescindir del rigor exigible, emplear sus triquiñuelas y artificios dialécticos para, si no demostrar, al menos defender una cosa y su contraria. Cuentan siempre con que los suyos nacieron ya convencidos, aunque principalmente se dirigen a crear un estado de opinión que condicione a los compañeros de gremio que llegado el momento tendrán que decantarse, dando y quitando razones. Por eso los partidos riñen encarnizadamente por controlar los tribunales que habrán de juzgarles a ellos y a sus acciones. Y al final, esto es lo que se pretende, y tal vez en eso consistan para ellos esas artes y oficios donde más se premia a veces el oportunismo servil y la astucia que la independencia y la moral. Una moral que de esa liquidez se deriva, que no solo conserva la elasticidad de los mimbres con los que su cesta se trenza, sino que se diluye en las aguas cenagosas del pensamiento sectario. Aunque quizás eso de pensamiento sea una exageración por mi parte; si acaso estrategia, argumentario, lema, letanía y amén. Ya lo decía en otro escrito: es imposible militar en un partido, con carnet o sin él, y conservar la claridad de juicio, la imparcialidad. La verdad es que me cito mal, en realidad terminaba la frase diciendo que era imposible seguir pensando, que viene a ser lo mismo. Afecta este síndrome de forma dramática a quienes viven de ello, los que no tienen a donde volver que más valgan. Esos no pierden la claridad del juicio, sino todo él, si es que antes lo tenían. Esos matan, a veces más a los propios que a los ajenos. Las excepciones, que las hay, a la espera de tiempos mejores se refugian en el silencio, sabedores de que toda discrepancia se paga, acarrea la hostilidad y el descrédito entre la parroquia y atrae a las hienas y buitres que, como es sabido, se alimentan de cadáveres.

Ejemplo de esta derrota de la inteligencia frente al sectarismo, y hay miles, es un escrito perpetrado ayer por el más eminente que imparcial jurista Javier Pérez Royo acerca de la confirmación de la condena por el caso de los ERES andaluces. Dice, sin mover ni una de sus dos cejas de catedrático de derecho constitucional, que la potestad presupuestaria reside en el parlamento, nacional o regional. Los ERES solo pudieron nacer por la soberana potestad legislativa del parlamento andaluz. Ergo, qué responsabilidad cabe pedir a Chaves o a Griñán de esa decisión colegiada, y por ende ajena. Con un par. Obvia, a mi escaso juicio, tanto esa responsabilidad que se llama “in vigilando” como que no se juzgan los ERES, sino su fraudulenta aplicación, conocida, planificada y consentida; olvida otros casos de mal uso de fondos públicos en los que, siendo otros los culpables, se abrigaban menos dudas, no se entraba en esos considerandos y, sobre todo, que no es eso lo que se dirime ni condena, sino la delictiva aplicación posterior de esas ayudas multimillonarias que se usaron arteramente para mantener una masa crítica de clientes suficientes como para influir en los resultados electorales. Pudo hacerse bien, que es donde el doctor se queda. Pero se hizo mal, durante años, y con el reconocido conocimiento y visto bueno de los condenados y otros cargos en espera de sentencia, que es hasta donde el picapleitos no quiere llegar con sus otrosís. Ellos, (y otros, y otras), conocieron y autorizaron esos pagos improcedentes, a veces para regalar una jubilación anticipada a amigos, parientes y conmilitones que nunca habían trabajado en la empresa beneficiada por esos fondos, en el caso de existir. Incluso cabe dudar, conociendo a la peña, que hubieran trabajado alguna vez en otra. Su firma era imprescindible para perpetrar la malversación, su visto bueno a sabiendas del fraude, los hace prevaricadores. La implicación necesaria de toda la estructura que desatendió los avisos de ilegalidad de los interventores, los hace indecentes. Y, según la sentencia y el sentido común, culpables. A otros no sé si por lo mismo, no más, seguramente por menos, se les tildó de organización criminal. Un abogado debe defender hasta a un asesino en serie, es su trabajo. Pero lanzarse de oficio a la plaza pública a disculpar y justificar estos delitos es para nota. Y buena. Hay que hacer méritos, más de los que ya atesora, que no son pocos, que la judicatura ya sabemos que todos la quieren independiente. Sin duda fue y sigue siendo un buen candidato, aunque ya talludo, para el Supremo o el Constitucional, por parcial, poco ecuánime y nada independiente de los que no se debe depender, que de eso se trata y así los quieren. Justo como no deben ser.

No sé cuál portavoz, porque, dada la rápida evolución del criterio y de la voz a portar, acaba dándoles la risa tonta al leer lo que tienen que decir y hay que cambiarlos, va y dice que total solo fue malversación. Fíjate tú. El argumentario del partido manda decir que ninguno de ellos se llevó un euro al bolsillo. Ahí te espero, en la doctrina del bandido generoso. Ya se fallará sobre los piezas en que sí robaron hasta para coca y putas. Casi doscientas piezas separadas quedan por juzgar. Sin prisas, mientras van prescribiendo.

El paso siguiente a la equidistancia, un paso a peor, en lugar de intentar hacer pasar por iguales comportamientos diferentes, es pretender buscar diferencias donde no las hay. En realidad es una cuestión ontológica. Los nuestros siempre serán mejores, hagan lo que hagan. Aquí estamos nosotros para perdonarlos y para defenderlos. En último caso, siempre queda la absolución.

Cabría suponer que los que apoyaron una moción de censura porque su conciencia no les permitía dejar en el gobierno ni un día más al corrupto PP, obrarán en consecuencia al ver retratada en sentencia firme la catadura moral de algunos personajes relevantes y equipos del partido que pusieron en su lugar en busca de mayor decencia. Les llevaría a presentar otra moción de censura contra sí mismos, y a sus socios a apoyarla y echarlos y echarse del gobierno para dejar paso a otro de un partido menos corrupto. No es de esperar tal coherencia. Los que no soportaban ser gobernados por partidos con sombra de corrupción, son los mismos que exigían un gobierno y un presidente que no nos mientan, que no falten a su palabra. Toma tres tazas. Pero al menos no se engallen, no digan tonterías, no nos tomen el pelo, que ya va siendo gris. Feijoo y Juanma Moreno comentan la sentencia de forma tierna, comprensiva, versallesca llegando a franciscana, tal vez por no mentar la soga en casa del ahorcado, por lo del mort y el degollat. Seguramente ese es el tipo de oposición que decían querer tener. Es decir, blandita y mejor que la que en estos asuntos ellos practicaron siempre. Ni aun así. La portavoz intenta defenderse atacando, equivocándose en el tono, la ocasión y el contenido. Teatro, puro teatro maniqueo.

Ya dijo Pujol, al que tampoco faltan defensores, en ocasión solemne, con dedo enhiesto y amenazador, cejas en V y barbilla en alto, que desde aquel momento la dignidad era cosa suya, cuando el PSC, al necesitar sus votos en Madrit tuvo que envainarse su acusación del 3% de CIU, a pesar de que era tan cierta como falsa la decencia del prócer catalán, creador después de un garito para promover la ética en la política, que tiene pelendengues la cosa. Ahora tenemos el episodio de la Borrás, que también tiene quien le escriba, en su intento de llegar a marzo para abrocharse 4000 europios al mes de por vida por dos años de presidir esa jaula de grillos.

De forma que las cosas de la res publica te dejan para poco humor. Incluso cuando la imbecilidad avasalladora o suicida llega al mando en otros países, y sea Trump, Boris Johnson, Putin, Maduro o Bolsonaro, acaba dando poca risa porque también te afecta, pues la globalización no se limita a mercancías y manufacturas, normalmente las acompañan y a menudo las preceden la estupidez y la maldad, que, separadas o del brazo, tienen infinitas formas de manifestarse, desde la prepotencia y el egoismo hasta la imprevisión y la incompetencia, pasando por la mentira, el fanatismo y el desdén por el prójimo, para terminar invariablemente en algún modelo de afán totalitario.

Podría extender esta epístola o dedicarle otras a temas como la memoria llamada democrática, los TRANS, el yo si te creo, ejemplificado con descarnada claridad por Mónica Oltra, que así bailaba que yo la vi. Y de la mano de Valdoví. Pocas veces se ha escenificado con tal patético ridículo, entre saltos y risas falsas como moneda de cuero, hasta dónde ha degenerado la política, en manos de qué clase de personajes hemos dejado nuestras vidas. De cómo morir bailando por parejas. Otros que ya no suman, que los cuadernos de Rubio nos enseñan que la adición de ciertos sumandos arroja un resultado negativo. De la incomprensible e insultante mesa de negociación de tú a tú que reemplaza y calla al Parlamento para dar voz y poder a los validos de Sánchez y a los separatistas de Aragonés. Allí unos y otros a ellos solos se representan, desde luego no a mí ni a otros millones de ciudadanos, y solo sus particulares intereses y futuros defienden, no los comunes, trapicheando para “desjudicializar” la política catalana y “blindar” el idioma, frases que ponen los pelos de punta. ¡Por Dios, qué concepto tienen estos señores de lo que es la democracia, la representación popular o la independencia de los poderes del Estado! Lo vemos en la pactada y cómplice inacción del gobierno ante decretos e instrucciones que incumplen una vez más las sentencias de los tribunales sobre el destierro del español en aulas, patios y cursos de verano del principado. Otro pago con derechos ajenos. Pero bueno, el PSC ya se sabe, nunca está claro con quién va, que es lo mejor que podemos decir de ellos, aunque se adivina. El PSOE ya es solo un decorado, una ciudad del oeste vacía donde se ruedan las películas con guiones que se escriben en la Moncloa, funciones en las que los ajenos a la camarilla más cercana y acrítica hacen de extras sin frase. Un papelón. Como se ve, temas hay, esos y muchos otros, que esto es un sinvivir. Hace calor, pero la sensación térmica es varios grados más de lo que marca el termómetro, con los acaloramientos añadidos por las pelarzas inducidas por el gremio del que hablamos.

La corrupción llegó hasta donde llegó precisamente porque siempre ha habido correligionarios, parroquianos y mariachis dispuestos a relativizar, a hacer comparaciones pretendidamente exculpatorias, cuando no a negar las corrupciones propias. Todas esas cacareadoras gallinas de los desmanes ajenos y ciegas a los propios han incubado el huevo de estos y otros latrocinios. Y vemos que aún siguen en ello.

Los partidos predominantes intentan hacer de los otros una patología, una enfermedad crónica, ni curar ni matar a los enemigos que les apoyan, a los que quisieran absorber o destruir, pero que necesitan imperiosamente para completar los números. Matarlos lo justo. Dejarles que entren en el mundo del poder, pero con poco poder. Si acaso dejándoles incrustar en la legislación algún disparate que les haga sentirse vivos e influyentes. Lo malo, tras decenios de estos mercadeos entre trileros, multiplicados en la actualidad, que a la fuerza ahorcan, es que la legislación y la sociedad quedan hechas unos zorros. A la igualdad hace tiempo que se renunció, y con ella a la justicia.