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jueves, 28 de julio de 2022

Epístola disgustada


Cada vez dejo pasar más tiempo entre una epístola y la siguiente. No es por escasez de temas, más bien por falta de humor. Vamos de una catacumbre a otra, las siete plagas de Egipto, los cuatro jinetes del Apocalipsis, nos ha mirado un tuerto o tenemos un gafe por ahí. Poco campo para el buen humor, ni siquiera para el sarcasmo. Salvo excepciones, para mí estas epístolas son un refugiarse en la ironía para poder digerir ciertas cosas. No es que con ellas intente convencer de nada a nadie, dado que en política eso es un imposible metafísico, pues casi siempre contendemos con los que quieren que las cosas sean y no sean, a la vez, según autorías y conveniencias. Y menos cuando los asuntos tratados, unos curiosos, otros aberrantes, con frecuencia se centran en las miserias, engaños y desvaríos de una clase política que padecemos en un desesperante in crescendo.

Siendo así, el destinatario final de muchos de mis escritos sería precisamente un conjunto de encumbrados personajes que nunca van a leerlos, de forma que me dirijo a dos posibles y pequeños grupos de lectores. A saber: primero, los feligreses que, con más pasión que fuste y vergüenza, defienden de oficio cualquier abuso, disparate o desmán que perpetren los cardenales y obispos de su fe, a los que tienen entregada el alma. No digo la inteligencia, pues el grado de sumisión acrítica alcanzado es tan elevado que cabe dudar de que, en caso de existir, la ceguera sectaria haya permitido que tal facultad entre en juego. Por otra parte y en segundo aunque principal lugar, son destinatarios otros posibles lectores, por mí más apreciados, menos coriáceos, más reflexivos, a los que nada se descubre; nunca se cuenta nada que no sepan. Pero a veces sonreíamos, porque la ironía y el humor siempre se agradecen, hacen soportables ciertas situaciones y, sobre todo, es la mejor forma de destapar imposturas y falsas superioridades morales, a menudo tanto más reivindicadas cuanto más ausentes. Quien es de verdad superior en algo no necesita ser él mismo quien vaya proclamando sus virtudes a grandes voces por las esquinas, encaramándose en las hornacinas y peanas a falta de otros que los eleven a los altares. Cacarean en vano pues ya conocemos de antiguo lo huero de sus puestas.

De eso suelen ir mis epístolas. Nada solucionan, nada descubren. Si acaso ofrecen el consuelo de mostrar que no nos engañan. Al menos no a todos. Que muchos, no sé si los más, vemos la mano que saca la carta de la manga o escamotea la bolita, que los trucos y milagros del gremio solo funcionan dentro de cada parroquia. Que tal vez ni somos más listos ni más enterados, pero que nos gusta equivocarnos solos, con el riesgo de acertar (y viceversa), actitud siempre mejor que apadrinar y defender, con pasión digna de mejores causas, errores y abusos ajenos. Incluso llegar al colmo del ridículo y de la sumisión intelectual, como es el caso, tan frecuente como penoso, de ver a no pocos defender ideas en las que no creen. Al menos no creían en ellas hasta hace poco tiempo, a veces días. Incluso dejarán de defenderlas cuando a toque de corneta se les diga que ahora lo malo pasa de nuevo a ser bueno, lo inconveniente deseable y lo correcto inadecuado. Es lo que llevan tiempo haciendo, siguiendo y jaleando sumisos los meandros de un presidente a merced de los vientos y, a su vez, pastoreado por sus socios y apoyos. Pocas cosas tienen algunos de qué presumir, pero desde luego no de fuste. Son, además, desmemoriados salvo para episodios concretos, tienen lagunas, algunas de ellas voluntarias, lo que hace de su memoria algo poco de fiar, nada transvasable, por intermitente, parcial e interesada. Malas credenciales como para intentar imponer sus selectivos recuerdos y olvidos como memoria común. El mismo concepto de establecer por decreto una memoria oficial ya rechina y ofende a cualquier verdadero demócrata, es decir, no de la rama orwelliana.

Dado que el humor a menudo se edifica con los sillares de la estupidez y los escombros del ridículo ajenos, siempre hay tajo. Si sus consecuencias no fueran trágicas podríamos recrearnos eternamente con el hilarante, aunque descorazonador, espectáculo de ver como el sectarismo lamina el entendimiento, se desentiende de la verdad, desactiva virtudes como la modestia y el pudor, es refractario a la objetividad y hace perder el decoro, la razón y la vergüenza. Porque llega a ser cómico el terraplanismo político que a tantos lleva a defender lo indefendible, queriendo hacer pasar por razonables y convenientes hasta aquellos disparates y abusos con que nuestro presidente paga irreligiosamente a socios y apoyos, lo peor de cada casa. Corta es su mirada, falsa su palabra, hipotecado su criterio, esclava su voluntad y dudoso su futuro, como elección tras elección les muestran los recuentos.

Errar es humano, pero para llegar al desastre hace falta un ordenador. O una tribu, un arrebañamiento que sume los errores particulares y los quintaesencie, reste las inteligencias individuales, multiplique la magnitud del daño provocado y divida la sociedad en buenos y malos. Esto es, los míos y los demás, los otros, el enemigo.

Lee uno artículos con las opiniones de juristas, doctores, analistas, supuestas eminencias en sus respectivos campos, lumbreras que, cuando se adentran en el comentario político, entran a ese mundo por la estrecha puerta de la militancia o el dogmatismo. Y da pena leerlos. Pasan de la tesis doctoral a la hoja dominical, la prosa parroquial, bazofia sectaria. Tanto la estadística como los estudios sociales, no digamos el derecho o la política, son ámbitos caracterizados por una elasticidad que permite a sus santones prescindir del rigor exigible, emplear sus triquiñuelas y artificios dialécticos para, si no demostrar, al menos defender una cosa y su contraria. Cuentan siempre con que los suyos nacieron ya convencidos, aunque principalmente se dirigen a crear un estado de opinión que condicione a los compañeros de gremio que llegado el momento tendrán que decantarse, dando y quitando razones. Por eso los partidos riñen encarnizadamente por controlar los tribunales que habrán de juzgarles a ellos y a sus acciones. Y al final, esto es lo que se pretende, y tal vez en eso consistan para ellos esas artes y oficios donde más se premia a veces el oportunismo servil y la astucia que la independencia y la moral. Una moral que de esa liquidez se deriva, que no solo conserva la elasticidad de los mimbres con los que su cesta se trenza, sino que se diluye en las aguas cenagosas del pensamiento sectario. Aunque quizás eso de pensamiento sea una exageración por mi parte; si acaso estrategia, argumentario, lema, letanía y amén. Ya lo decía en otro escrito: es imposible militar en un partido, con carnet o sin él, y conservar la claridad de juicio, la imparcialidad. La verdad es que me cito mal, en realidad terminaba la frase diciendo que era imposible seguir pensando, que viene a ser lo mismo. Afecta este síndrome de forma dramática a quienes viven de ello, los que no tienen a donde volver que más valgan. Esos no pierden la claridad del juicio, sino todo él, si es que antes lo tenían. Esos matan, a veces más a los propios que a los ajenos. Las excepciones, que las hay, a la espera de tiempos mejores se refugian en el silencio, sabedores de que toda discrepancia se paga, acarrea la hostilidad y el descrédito entre la parroquia y atrae a las hienas y buitres que, como es sabido, se alimentan de cadáveres.

Ejemplo de esta derrota de la inteligencia frente al sectarismo, y hay miles, es un escrito perpetrado ayer por el más eminente que imparcial jurista Javier Pérez Royo acerca de la confirmación de la condena por el caso de los ERES andaluces. Dice, sin mover ni una de sus dos cejas de catedrático de derecho constitucional, que la potestad presupuestaria reside en el parlamento, nacional o regional. Los ERES solo pudieron nacer por la soberana potestad legislativa del parlamento andaluz. Ergo, qué responsabilidad cabe pedir a Chaves o a Griñán de esa decisión colegiada, y por ende ajena. Con un par. Obvia, a mi escaso juicio, tanto esa responsabilidad que se llama “in vigilando” como que no se juzgan los ERES, sino su fraudulenta aplicación, conocida, planificada y consentida; olvida otros casos de mal uso de fondos públicos en los que, siendo otros los culpables, se abrigaban menos dudas, no se entraba en esos considerandos y, sobre todo, que no es eso lo que se dirime ni condena, sino la delictiva aplicación posterior de esas ayudas multimillonarias que se usaron arteramente para mantener una masa crítica de clientes suficientes como para influir en los resultados electorales. Pudo hacerse bien, que es donde el doctor se queda. Pero se hizo mal, durante años, y con el reconocido conocimiento y visto bueno de los condenados y otros cargos en espera de sentencia, que es hasta donde el picapleitos no quiere llegar con sus otrosís. Ellos, (y otros, y otras), conocieron y autorizaron esos pagos improcedentes, a veces para regalar una jubilación anticipada a amigos, parientes y conmilitones que nunca habían trabajado en la empresa beneficiada por esos fondos, en el caso de existir. Incluso cabe dudar, conociendo a la peña, que hubieran trabajado alguna vez en otra. Su firma era imprescindible para perpetrar la malversación, su visto bueno a sabiendas del fraude, los hace prevaricadores. La implicación necesaria de toda la estructura que desatendió los avisos de ilegalidad de los interventores, los hace indecentes. Y, según la sentencia y el sentido común, culpables. A otros no sé si por lo mismo, no más, seguramente por menos, se les tildó de organización criminal. Un abogado debe defender hasta a un asesino en serie, es su trabajo. Pero lanzarse de oficio a la plaza pública a disculpar y justificar estos delitos es para nota. Y buena. Hay que hacer méritos, más de los que ya atesora, que no son pocos, que la judicatura ya sabemos que todos la quieren independiente. Sin duda fue y sigue siendo un buen candidato, aunque ya talludo, para el Supremo o el Constitucional, por parcial, poco ecuánime y nada independiente de los que no se debe depender, que de eso se trata y así los quieren. Justo como no deben ser.

No sé cuál portavoz, porque, dada la rápida evolución del criterio y de la voz a portar, acaba dándoles la risa tonta al leer lo que tienen que decir y hay que cambiarlos, va y dice que total solo fue malversación. Fíjate tú. El argumentario del partido manda decir que ninguno de ellos se llevó un euro al bolsillo. Ahí te espero, en la doctrina del bandido generoso. Ya se fallará sobre los piezas en que sí robaron hasta para coca y putas. Casi doscientas piezas separadas quedan por juzgar. Sin prisas, mientras van prescribiendo.

El paso siguiente a la equidistancia, un paso a peor, en lugar de intentar hacer pasar por iguales comportamientos diferentes, es pretender buscar diferencias donde no las hay. En realidad es una cuestión ontológica. Los nuestros siempre serán mejores, hagan lo que hagan. Aquí estamos nosotros para perdonarlos y para defenderlos. En último caso, siempre queda la absolución.

Cabría suponer que los que apoyaron una moción de censura porque su conciencia no les permitía dejar en el gobierno ni un día más al corrupto PP, obrarán en consecuencia al ver retratada en sentencia firme la catadura moral de algunos personajes relevantes y equipos del partido que pusieron en su lugar en busca de mayor decencia. Les llevaría a presentar otra moción de censura contra sí mismos, y a sus socios a apoyarla y echarlos y echarse del gobierno para dejar paso a otro de un partido menos corrupto. No es de esperar tal coherencia. Los que no soportaban ser gobernados por partidos con sombra de corrupción, son los mismos que exigían un gobierno y un presidente que no nos mientan, que no falten a su palabra. Toma tres tazas. Pero al menos no se engallen, no digan tonterías, no nos tomen el pelo, que ya va siendo gris. Feijoo y Juanma Moreno comentan la sentencia de forma tierna, comprensiva, versallesca llegando a franciscana, tal vez por no mentar la soga en casa del ahorcado, por lo del mort y el degollat. Seguramente ese es el tipo de oposición que decían querer tener. Es decir, blandita y mejor que la que en estos asuntos ellos practicaron siempre. Ni aun así. La portavoz intenta defenderse atacando, equivocándose en el tono, la ocasión y el contenido. Teatro, puro teatro maniqueo.

Ya dijo Pujol, al que tampoco faltan defensores, en ocasión solemne, con dedo enhiesto y amenazador, cejas en V y barbilla en alto, que desde aquel momento la dignidad era cosa suya, cuando el PSC, al necesitar sus votos en Madrit tuvo que envainarse su acusación del 3% de CIU, a pesar de que era tan cierta como falsa la decencia del prócer catalán, creador después de un garito para promover la ética en la política, que tiene pelendengues la cosa. Ahora tenemos el episodio de la Borrás, que también tiene quien le escriba, en su intento de llegar a marzo para abrocharse 4000 europios al mes de por vida por dos años de presidir esa jaula de grillos.

De forma que las cosas de la res publica te dejan para poco humor. Incluso cuando la imbecilidad avasalladora o suicida llega al mando en otros países, y sea Trump, Boris Johnson, Putin, Maduro o Bolsonaro, acaba dando poca risa porque también te afecta, pues la globalización no se limita a mercancías y manufacturas, normalmente las acompañan y a menudo las preceden la estupidez y la maldad, que, separadas o del brazo, tienen infinitas formas de manifestarse, desde la prepotencia y el egoismo hasta la imprevisión y la incompetencia, pasando por la mentira, el fanatismo y el desdén por el prójimo, para terminar invariablemente en algún modelo de afán totalitario.

Podría extender esta epístola o dedicarle otras a temas como la memoria llamada democrática, los TRANS, el yo si te creo, ejemplificado con descarnada claridad por Mónica Oltra, que así bailaba que yo la vi. Y de la mano de Valdoví. Pocas veces se ha escenificado con tal patético ridículo, entre saltos y risas falsas como moneda de cuero, hasta dónde ha degenerado la política, en manos de qué clase de personajes hemos dejado nuestras vidas. De cómo morir bailando por parejas. Otros que ya no suman, que los cuadernos de Rubio nos enseñan que la adición de ciertos sumandos arroja un resultado negativo. De la incomprensible e insultante mesa de negociación de tú a tú que reemplaza y calla al Parlamento para dar voz y poder a los validos de Sánchez y a los separatistas de Aragonés. Allí unos y otros a ellos solos se representan, desde luego no a mí ni a otros millones de ciudadanos, y solo sus particulares intereses y futuros defienden, no los comunes, trapicheando para “desjudicializar” la política catalana y “blindar” el idioma, frases que ponen los pelos de punta. ¡Por Dios, qué concepto tienen estos señores de lo que es la democracia, la representación popular o la independencia de los poderes del Estado! Lo vemos en la pactada y cómplice inacción del gobierno ante decretos e instrucciones que incumplen una vez más las sentencias de los tribunales sobre el destierro del español en aulas, patios y cursos de verano del principado. Otro pago con derechos ajenos. Pero bueno, el PSC ya se sabe, nunca está claro con quién va, que es lo mejor que podemos decir de ellos, aunque se adivina. El PSOE ya es solo un decorado, una ciudad del oeste vacía donde se ruedan las películas con guiones que se escriben en la Moncloa, funciones en las que los ajenos a la camarilla más cercana y acrítica hacen de extras sin frase. Un papelón. Como se ve, temas hay, esos y muchos otros, que esto es un sinvivir. Hace calor, pero la sensación térmica es varios grados más de lo que marca el termómetro, con los acaloramientos añadidos por las pelarzas inducidas por el gremio del que hablamos.

La corrupción llegó hasta donde llegó precisamente porque siempre ha habido correligionarios, parroquianos y mariachis dispuestos a relativizar, a hacer comparaciones pretendidamente exculpatorias, cuando no a negar las corrupciones propias. Todas esas cacareadoras gallinas de los desmanes ajenos y ciegas a los propios han incubado el huevo de estos y otros latrocinios. Y vemos que aún siguen en ello.

Los partidos predominantes intentan hacer de los otros una patología, una enfermedad crónica, ni curar ni matar a los enemigos que les apoyan, a los que quisieran absorber o destruir, pero que necesitan imperiosamente para completar los números. Matarlos lo justo. Dejarles que entren en el mundo del poder, pero con poco poder. Si acaso dejándoles incrustar en la legislación algún disparate que les haga sentirse vivos e influyentes. Lo malo, tras decenios de estos mercadeos entre trileros, multiplicados en la actualidad, que a la fuerza ahorcan, es que la legislación y la sociedad quedan hechas unos zorros. A la igualdad hace tiempo que se renunció, y con ella a la justicia.

viernes, 2 de marzo de 2018

Espístola de la tragicomedia ¿Dónde está la bolita?




    Escribo esta epístola para intentar mitigar las inquietudes mostradas por algunos buenos amigos acerca de unas reflexiones que perpetré en Facebook tras sobrellevar atormentado la función plenaria que abría la temporada del Parlamento catalán, convertido en Teatro de la Comedia, de joseantonianas evocaciones. Lleno total. Cartel de no hay billetes y un público entregado. El libreto parece ser producto de una improbable colaboración de Jardiel Poncela, Cuerda y Berlanga, adaptando un texto original de Goebbels y Curzio Malaparte, con citas de Kafka y Maquiavelo, sutiles alusiones a Walter Scott, Samaniego y Calleja y regusto a la Venganza de don Mendo, todo ambientado en un patio de Monipodio con gradas y moqueta, con llorosa escenografía basada en el coro de los esclavos del Nabuco de Verdi. Molière hubiera sacado gran partido de estos tipos. A Wagner mejor dejarlo ahora.
     El estreno se llevó a escena bajo la dirección del debutante Roger Torrent, un manierista que mueve los cubiletes y escamotea la bolita según las enseñanzas de la escuela forcadeliana, que a Stanislavski no llegaron en el cursillo apresurado y urgente que recibió. Parte del elenco, las primeras figuras, se oculta agazapado tras presidiarias bambalinas, los que no andan de viaje de estudios por Flandes o Suiza, adecuadísimo lugar para refugio de anticapitalistas furibundos. A la mitad de los actores no les dan papel, aunque sean los preferidos del respetable, por lo que acaparan la escena los suplentes, comparsas y figurantes que declaman, gesticulan o bullen sin conseguir disimular las cuerdas que les dan vida en ese guiñol de cachiporra en que algunos con sus intervenciones van convirtiendo  los abundantísimos parlamentos que compensan en España el cierre de muchos teatros, dando trabajo a tantos y tantos comediantes e histriones de tercera fila.
     Se representa la obra con intérpretes de desdibujado carácter, más vehementes que convencidos, siempre sobreactuando, apuntados desde la concha por Puigdemont, sustanciado como voz en off por Skype desde su exilio de Waterloo. La claque y los actores con frase —por imposición del empresario— muestran bufandas o lacitos amarillos, superando antiguos miedos del mundo de la farándula hacia ese color. La actual proliferación de lazos, más variada que efectiva, agota el catálogo de Pantone y pocas opciones deja. No sé de qué color es el lazo para pedir la libertad de otro preso político, Ignacio González, expresidente de otra Comunidad, la de Madrid, que olvidó perpetrar un amago de golpe de estado encaramado a la Cibeles, cosa que hubiera marcado la diferencia. Lo habría elevado a la categoría de honorable preso político y no estaría ahora enfangado sólo en mezquinas cuestiones de robos, comisiones, chantajes y malversaciones en las cuentas públicas, cosa que tiene en común con estos presos del principado, pero privado el madrileño del lustre y pulimento que al delito dan las asonadas y las banderas.
     Llegan a temer mis amigos, conocedores de nuestra amena historia, que se esté jugando con fuego y que pudiéramos añadir otra muesca a la abundosa lista de nuestras guerras. Con afán de tranquilizarles, medito y concluyo que lo que no hay que hacer, a mi escaso juicio, es descartar ninguna posibilidad, meter la cabeza en el agujero y dar por sentado que hemos superado ciertas tendencias humanas en general y españolas en teniente coronel. Más miedo que los catalanes —y al bando levantisco me limito— me dan otros, aquí y allí. Hablo de esos irrresponsables de ambos extremos que parecen sentirse a gusto invocando al belicoso genio de la lámpara de épocas y escenarios que creíamos superados. Llego a pensar que no les importaría sacarlo del frasco. La historia nos podría enseñar muchas cosas, pues siempre nos ofrece buenas lecciones, pero algunos no van a clase ni abren libro alguno.
     Me inquieta ese gusto rancio, ese afán insano por parte de algunos de revivir casi con añoranza, de forma colectiva e institucional, lo peor de nuestra historia, intentando reescribirla, hacerla mejor de lo que fue, al menos para beatificar a los que ochenta años después siguen llamando "los suyos". Hoy, ya todos deberían ser los nuestros, asumiendo sus glorias y vergüenzas. Las historias personales y familiares, a menudo trágicas, todas me merecen respeto, pero la Historia es otra cosa. Me desconcierta que haya hoy en España más antifranquistas que cuando el dictador vivía y que esa historia, que tanto nos podría enseñar, se intente reescribir de forma que eliminemos sus posibles avisos, de forma parcial, maniquea y romántica, siempre ocultadora de cosas que a todos deberían avergonzarnos como país, no como bando. A todos nos atañe su infamia.
     Los catalanes, los de Tractoria que no los de Tabarnia, me preocupan por el perpetuo estado de inquietud que nos provocan, siempre ocultando dónde está la bolita, por el desbarajuste de la gobernanza, por distraernos de lo importante, por el desprecio a la ley que es además jaleado por otros indecentes hooligans de partidos mesetarios, mareados en el avispero de sus mareas, verdaderos clubs de fans, caudillistas, totalitarios y siempre pendientes de sacar de la agitación y en la calle lo que no pueden alcanzar de la argumentación y en el Parlamento, previo paso por las urnas. A estos les temo más. También a los melifluos, a los equidistantes, a los que en la obra comparecen embozados, malditos que vocean sin mostrar el rostro a la luz, sin llegar a veces a salir a escena, siempre en la tramoya, luchando entre bastidores a puñaladas por el manejo de los hilos e intentando adaptar el guión a su gusto. Y también, y no menos, a los que gobiernan, por llamar de alguna forma a lo que hacen. Lo increíble es que se sigan encendiendo las farolas, se recojan las basuras, se paguen las encogidas nóminas y el país, mal que bien, funcione, evidentemente a pesar suyo. A uno se le despierta la vena anarquista, viendo con no excesiva sorpresa que, como Italia, podemos aguantar sin gobierno en Cataluña y en la misma España, que les incluye, muchos meses y la cosa marcha igual o mejor. Al menos no se urden nuevas leyes, que demás hay, sin que las vigentes se cumplan las más de las veces, pues el acatarlas o no es algo opinable para no pocos. Tal vez deberíamos entregar el gobierno al Tribunal de las Aguas.
    También llega a preocupar que, tentado a debatir con estos botarates en sus muchas variedades, intentando argumentar, de pronto uno se encuentra arrastrado a su terreno y se vea a sí mismo como un imbécil, porque a ese nivel dialéctico, claramente subterráneo, uno acaba enredado en una pelarza verbal fuera de lugar y de tiempo. Una persona normal no puede debatir con un monofisista, un albigense o un totalitario convencido. Si encima el oponente ha leído dos o tres libros doctrinales, media docena de artículos de la secta y seiscientos tuits, es mejor dejarlo a tiempo. Llevas razón. Es penalti. Aunque estemos jugando al tenis. Avisados estáis.
     Los innumerables intentos sediciosos nacidos en Cataluña, cosa recurrente a lo largo de los siglos, siempre aprovechando con deslealtad épocas difíciles económica o socialmente, guerras o gobiernos débiles, han tenido poca épica y la poca que falsamente se les atribuye se les ha añadido después, que en su momento oscilaron entre lo patético y lo cómico. Más temería a Asturias en su revolución de 1934 o a Cartagena, cuyo cantón ofreció en 1873 más de un año de seria resistencia a un verdadero ejército, enarbolando el primer día bandera turca por no tener otra ni más roja ni más a mano, que a los cantamañanas que de vez en cuando se asoman al balcón de la Generalidad a cacarear la independencia durante unos minutos, gallos que, frente a dos docenas de guardias civiles, gastada la fuerza en banderas y proclamas, pliegan velas y van al trullo, la cabeza bajo el ala, con mansedumbre. Y a llorar otros sesenta años. Hay que evitar humillaciones innecesarias, abono de futuros victimismos, su único alimento, en la medida en que ellos dejen otra salida.
    Verlos temblar ante las puñetas y las togas me tranquiliza, me reconforta, pues muestra su verdadera talla, bien escasa, enana ante el poder del Estado y de la justicia. La talla del chulo de barrio cuando no tiene detrás matones que apuntalen su audacia. Su fanfarronería arrogante es poco arriesgada en lo personal, aunque muy aventurera, arrojada y combativa de forma delegada, enviando siempre a otros a recibir los palos. Son generales que pierden o ganan las batallas bajo el catre de campaña en una lejana colina, lejos de los tiros, protegidos como reyes por su guardia de corps, en el caso que nos ocupa formada por mossos pagados por todos pero al servicio de unos pocos. Inútiles como dirigentes, mimados por la intendencia que acaparan escatimándola a las tropas, cuyos chichones y mataduras poco les inquietan, siempre protegidos por una bandera o encastillados en las instituciones. Orondos budas abstraídos mirando su propio ombligo, riegan con euros ajenos ese jardín ensimismado, supremacista y subvencionado en el que crecen esteladas fabricadas en China en lugar de tomates y berenjenas del país, más nutritivas.
      Viendo que es el dinero lo que de verdad les preocupa, algo evidente dada su entrega en cuerpo y alma a eternizar su permanencia en puestos que les protejan, les salven de la cárcel y les permitan seguir disponiendo de las llaves de la caja, no veo que sean nada heroicos ni temibles. No imagino a Junqueras con canana terciada, de guerrillero montaraz, atrincherado al salir de misa. Más lo veo de abad de Montserrat o de Poblet. Tal vez nombrado embajador en el Vaticano hace unos años no hubiéramos llegado hasta este desquicie. Ya dedicó unos años a rastrear almogávares en su inmensa biblioteca. Más peligrosa es la estupidez de otros, esa jactanciosa y pregonada astucia que desarma al que juega limpio. Su impunidad, que apunta a otros culpables por incomparecencia en el campo de batalla, no su inexistente valentía, es lo que podría preocuparnos. No se les ve que estén dispuestos a arriesgar lo más mínimo su bienestar ni el de su familia, dicho sea en términos sicilianos. Siempre pastando en el presupuesto, desde hace siglos. Por eso rumian tanto y han inculcado en sus masas seguidoras ese comportamiento ovejuno, pecuario, siempre pendientes del perro del pastor, aunque les dirija al barranco. Pero eso nos enseña que los ladridos les paralizan más que las razones, que de todo se aprende.
     Cierto es también que a veces al césar se le van de las manos los esclavos y los gladiadores que creían controlar y surgen problemas imprevistos, que no hay que jugar con fuego ni armar a las masas, otra de las muchas lecciones de la historia nunca aprendidas, más que olvidadas. Afortunadamente tienen tanques John Deere, que no les han dejado comprar de otros. Si tuvieran un ejército sí que habría que echarse a temblar y sacar las escopetas. También ocurre, a Dios gracias, que tras su impostada unidad, interesada y frágil, en el palacio de la plaza de Sant Jaume, por cada César hay veinte Brutos. Con mayúscula, que en las calles hay algunos miles sin ella, y la ortografía a veces es decisiva. Los senadores que quitan y ponen Cómodos y Calígulas están en Pedralbes o Sant Gervasi contando sus denarios, con su toga y sus laureles, y las embarratinadas y esteladas turbas del foro y sus tietas, a las nueve en casa a cenar. El fin de semana a la villa de la playa o a las termas, los bárbaros de la CUP a la masía de papá, quitado el disfraz de plebeyo, atusado el flequillo a escuadra de la lucha y plegado el estandarte de Senatus Populusque Catalanicus y las fasces contra el muro, que en el fondo están muy romanizados. La buena alimentación, el audi y la calefacción central liman mucho los afanes revolucionarios. No digamos una jugosa nómina de la Gene, aunque no es menos cierto que tamaña generosidad presupuestaria hacia los afines sin tajo al que volver les hace peligrosos, pues matarían por no perder sus rentables e inmerecidas canonjías.
     Todo eso, aunque carísimo, ha sido soportable, llevadero hasta que se va alcanzando el punto crítico de fusión mental, mantenido y potenciado por el plutonio de TV3 y el uranio enriquecido entregado a la prensa afín y a esos colectivos sociales que hacen motu propio justo lo que se les ordena, lo que puede dar lugar a cualquier cosa. Ha habido momentos totalmente fuera de control en que hemos rozado el Chernobil cerebral y social. Ese es el único peligro, el número creciente de cerebros recalentados, distribuidos de forma uniforme por toda la Hispania, pues no sólo en la Tarraconense se dan estos trastornos, lo que nos lleva a pensar que la solución está más en el terreno de la psiquiatría que en el de la política.
     Creo que la justicia, ayudada por los cuerpos de seguridad, nuestras últimas defensas que, junto al rey, son nuestra línea Maginot, pues el siguiente cimborrio en altura del edificio estatal no es para echar cohetes, —al gobierno ni está ni se le espera— , debe darles una buena lección. El rey, diciendo lo único que debe y puede decir, lo que se espera que diga, irrita a algunos al despabilar con sus palabras oportunas a los tancredos y tentetiesos. A mi no me irrita, me tranquiliza y reconforta, tanto como perturba a los cómplices de estos supremacistas, único resto del verdadero fascismo en España. También a otras exquisitas cohortes de estéticos revolucionarios de salón que miran hacia otro lado y que, aun siendo republicanos, piden a los reyes una guillotinita de la señorita Pepis. 
     Habían llegado algunos españoles a olvidar que formaban parte de España. Los sempiternos e irresponsables mercadeos de votos les habían permitido funcionar de hecho como un virreinato prácticamente independiente, bajo el imperio del cónsul Augustus Georgeus Pujolus y señora, de la dinastía Claudia, como las ciruelas del Ampurdán, indómita zona de la Tarraconense, vivero de carlistas, alcornoques y peras limoneras, que por la boina se distinguen, con ese viento borde de la tramontana que tanto altera las mentes, como nos cuenta Josep Pla que era de allí. En las zonas rurales de Gerona la percepción de depender de un país común era nula. Habrá que hacérselo saber.