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jueves, 29 de octubre de 2020

Epístola bélicosa y frenopática

 

Ya tenía bastante la justicia, entre los estirazones a sus puñetas, su forzada dedicación a encausar a muchos conmilitones de los que estirazan y a intentar arreglar problemas o apagar incendios que esos mismos o provocan o son incapaces de solucionar. Además ahora vamos a convertir los tribunales en consultorios psiquiátricos.

Las sentencias del procés y de Trapero, como otras que afectan a todos los partidos salvo excepciones que no conozco, son contadas por cada uno como la feria, según les va, valoradas según se acostumbra, justas si favorables, indignas cuando pintan bastos. Ahora llegamos a la guinda, las detenciones de la camarilla de Puigdemont en lo que parece un episodio de Amanece que no es poco, el de la invasión, aderezado, como es costumbre en la casa, con el uso de cuantiosos fondos públicos para financiar sus delirios. El juicio parecerá un guion de Berlanga o de Cuerda.

Seguramente no hay forma de evitarles a los togados el papelón, porque de forma fatal el guion de la película y los diálogos de cada proceso acaban acercándose dialécticamente al nivel de los hechos y personajes que se enjuician. Y viendo discutir a un listo con un tonto, a un loco con un cuerdo, al cabo de un rato es difícil distinguirlos. Un juicio acaba adaptándose al nivel del juzgado y aunque se trate de un criminal, se le supone un cierto raciocinio. Tal vez por ello sea hora de tratar el tema independentista desde un punto de vista psiquiátrico, seguramente la única forma racional de abordar los hechos.

Los acusados, pueden pagar, deben pagar si así se demuestra, por los robos continuados de dineros detraídos de necesidades reales y urgentes para financiar los desvaríos y sueños de escriturar a nombre del cártel la finca catalana que ya tienen decenios en usufructo. Lógicamente las leyes nada tendrán previsto para estos desajustes frenopáticos, como ocurrió en juicios anteriores donde se juzgaba una ilusión, un sueño irrealizable, según decía la sentencia. Muy caro y peligroso pero, al fin y al cabo, todo era ilusión, teatro, circo y encantamiento. Nadie puede prever la vesanía de alguien que quisiera beberse el Júcar para secar la comarca o robar un término municipal echando viajes con camiones llenos de la tierra de los bancales hasta llevársela toda. Sí debería estar contemplado el penar todo gasto inútil, no digamos nocivo para la conviviencia. Embajadas para desacreditar al Estado pagadas por los impuestos de todos, o los fondos desviados para mantenimiento del loco de Waterloo y su corte a cuerpo de rey, o la creación de una agencia espacial para lanzar cohetes. Todo pirotecnia.

¿Qué figura legal podrían tener nuestros códigos para quien reclamare la presencia de mercenarios de un país ajeno y lejano para sustituir una ocupación que sus desarreglos mentales les hacen figurar cometida por parte de sus compatriotas? Nadie puede creer que Putin estuviera dispuesto a asumir la deuda catalana y a enviar 10.000 soldados para apoyar la república bananera soñada por estos dementes. Lo malo es que ellos sí; no sólo lo creían posible, sino también deseable. Tratado el tema en un juicio, necesariamente será algo surrealista y su desarrollo y su sentencia puestos en cuestión. El juez Calatayud, ya acostumbrado a tratar con adolescentes revoltosos, les mandaría unas pastillas y los pondría a trabajar en un andamio. O dirimir la cosa en un duelo singular entre Puchi y un Goliat estatal, y luego ya al trullo. La embajada rusa contesta con sorna que pocos son diez mil para tamaña epopeya. Eso bastaba en la Anábasis, Ciro contra Artajerjes, cosa que ya añado yo.

No es para menos la ironía rusa. Si esas peticiones existieron, bueno sería saberlo y a qué nivel llegaron los contactos, aunque uno imagina una escena de Torrente. Meras confabulaciones entre hampones, de fijo agravados por el vodka sus desarreglos mentales, porque si se enteraran en el palacio de Putin que sus servicios secretos tratan en esos términos con estos pobres incautos alucinados, destierran a toda la legación diplomática a Siberia. No sé si Gorvachov, al que meten en el ajo, se molestará en descender hasta estos pantanos ni para desmentir la fábula, pues lo más posible debió ser que estos sujetos acabaron dando con algún mafioso espabilado que viera ocasión de sacar algún provecho de esta tropa que les pedía tropas. Al menos, reírse. Como la demanda de un par de regimientos  dejaría petrificados y mudos a los rusos, con su silencio los tractorícolas se animaron a añadir que, de paso, nos pagáis la deuda, total unos cientos de miles de millones. A cambio, la neonata república, una potencia mundial, daría por buena la anexión de Crimea y os enviaría un par de garrafas de ratafía de la del Torra. Y aquí paz y después gloria. Todo se andará, todo se andará, nos dicen en el Kremlin, —contestaron ya casi repuestos aunque aún perplejos. No es raro que, como estos mataharis nos cuentan, Puigdemont, al conocer el calado y enjundia de la operación, se cagara en las bragas. [sic]. Si se lo cuentan a la Marta Rovira aún estaría llorando. Junqueras ya andaba encargando mil misas con Tedeum a los dominicos de Montserrat y Mas un traje militar de Armani, con media arroba de medallas. La sorna de la embajada rusa es explicable y los únicos informes que llevaría a Moscú la valija serían para describir lo propicio de que metieran en las redes más mensajes para enredar el cotarro si es que se podía enredar más, que veían el río revuelto y que eso de andar como pollos sin cabeza en Cataluña hoy ya no es una metáfora. Pero nada de contar con esta pandilla tan poco seria ni para beber vodka. Que en cuestiones de religión mejor no meterse y que nada de considerar la posibilidad de apoyar una hipotética republiqueta regida por tales descerebrados narcisistas y avariciosos. Hasta los enemigos conviene que sean serios. Lo dicho, un descojone moscovita.

Lo malo es que aquí también nos lo tomásemos a broma. No sugiero que lleguemos al nivel de demencia de esa gran familia siciliana que desgobierna el Principado, pues sería arduo y estéril obligar a un tribunal a diagnosticar su patología. Como esto de los 10.000 hijos de san Putin desfilando por la Diagonal es sólo un sueño de perturbados mentales, procede hacérselo ver, si acaso, por un tribunal médico, de esos que valoran el grado de responsabilidad que cabe atribuir a un psicópata. Todo se deberá limitar en lo penal, lo que no sería poco, a lo real, a la pela, a pedir responsabilidades por usar millones de euros públicos para financiar disturbios, quemas de calles, sabotajes y otros desmanes acuáticos. Especialmente grave si se hace, como se hizo, desde la propia cúpula de la administración autonómica. Si eso no la convierte en organización criminal, que venga Dios y lo vea.

Lo más penoso no es que sus secuaces, red clientelar y masas hipnotizadas por el péndulo independentista les den la razón. Gran parte de esa tropa vive de esto. Lo peor será ver desde otros lares a los tontos de siempre, los útiles y los inútiles, desviar la atención, una forma de colaborar, intentándonos convencer cuando estos hechos alucinatorios lleguen a los tribunales que quien está en duda precisamente son los jueces, no los delincuentes juzgados. Es lo que llevamos soportando ya muchos años. Sólo por sus robos, que robos son, y desmesuradamente cuantiosos como corresponde a los discípulos de Pujol, ya merecían estar en la cárcel tantos o más años que el bigotes o el Bárcenas, que han robado menos y en otros aspectos son menos peligrosos para la convivencia que los dirigentes separatistas. Y me refiero a los políticos presos por los juicios del procés, que bien están donde están, y más cuanto mejor vamos conociendo los planes y actos de ese entorno claramente mafioso y alucinatorio. La locura es más peligrosa que condenable y no se cura en la cárcel, pero sólo, como decía, un traslado al psiquiátrico debería sacarlos de ella.