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lunes, 13 de noviembre de 2023

Epístola amnistiante


 Mi resumen del asunto este de los pactos, acuerdos y comercios de investidura es que, en realidad, lo que ha acabado comprando a precio de oro Sánchez, una mercancía averiada, de baratillo, que ahora nos intentan revender como si delicadísimas sedas del Oriente fuesen, consiste, además de la totalidad del falso relato independentista, que en otro dondedijedigo ahora hace suyo (pobre Illa), es el modus operandi institucional de lo peor de lo perpetrado los últimos años en Cataluña: el talante de sus dirigentes, su difícil trato con la verdad, sus fabulaciones y manejos con la historia y la memoria, y su desprecio a leyes, normas, jueces y sentencias. A las mentiras propias, suma ahora el doctor Sánchez las ajenas, que hace suyas. 

En Cataluña tienen esa habilidad, que no cabe atribuir a la mala suerte, de elegir para los gobiernos a los que o son listos, pero sinvergüenzas y ladrones, o a los más tontos, los tractorícolas, sin otra virtud conocida que ser unos paletos que les lamen la oreja a sus paisanos recreándose en plan narciso y creando hechos diferenciales, a la vez que un patrimonio personal.

Hasta el momento los políticos del procés eran perseguidos por sus delitos, ya sólo por los económicos tras el traje legal a medida de la anterior componenda. Ahora el relato viene a contarnos que lo eran por sus ideas. Condenados de forma turbia, se nos sugiere, algo que no vimos en los juicios, forma ahora cuestionada y pendiente de revisar precisamente por los reos. El lawfare, que así se llama a la prevaricación judicial en otros lares, es algo que aparece en el acuerdo con Junts pero no en el texto de la ley de amnistía. Es otro palabro abracadabrante y tendencioso para usar cuando no se tenga otra cosa mejor que decir, como esa chatarra de la equidistancia, con que tantos debates ha creído cerrar quien no encontraba mejor argumento, en el caso de dar con alguno. Si algún caso se ha dado, denúnciese y persígase en sede judicial, a la luz, no se sugiera en oscuros despachos. Intentar llevar al Parlamento el cuestionamiento de sentencias adversas, como Junts pretendía y el negociador del gobierno, en principio asumió, sería un paso más, tal vez el definitivo, en el vaciamiento del poder judicial, la separación de poderes y el mismo estado de derecho. Consideran que eso del lawfare, la supuesta prevaricación judicial, asombrosamente admitida por el gobierno de España en el pacto con Puigdemont publicado, sea sinónimo de esa otra entelequia que llaman judicialización de la política, cuyo antónimo real y tangible es la impunidad del gremio. Una infamia, un sindiós. Leo en el texto de la amnistía, publicado hace un momento, que evitan por fin las referencias a esa palabra, respondiendo a las quejas unánimes del poder judicial, lo que muestra que ese poder es nuestra última esperanza y que por eso es el principal enemigo a batir por delincuentes y aspirantes a dictadores.

Las actuaciones y la penosidad de los argumentos que aparecen en la gestación de estos desaguisados legales hacen dudar de virtudes y convicciones anteriormente escenificadas. Esto es algo de especial gravedad, demoledor para todos los reyes hoy desnudos que han vivido mucho tiempo mirando por encima del hombro y exhibiendo una superioridad moral que ahora vemos derrumbarse. Demasiado elásticos han resultado ser su ética y sus valores como para seguir pensando que tienen esas cosas. Predicando falsamente (¡No merecemos un gobierno que nos mienta, decían!) que, además de venir a acabar con una corrupción del gremio que ahora se santifica y se intenta perdonar retorciendo las leyes en los despachos, se buscaba la concordia y el llevarse bien, aunque han traído y generalizado la división en el resto del país copiando de sus interlocutores y apoyos el unilateralismo, su astucia y su desprecio a las leyes y a quien las trujo.

Han conseguido obligar a la mitad de la población a sacar las uñas para defenderse de estos abusos y desafueros. Una mitad de los españoles que no merece respeto ni consideración por su parte, que se obvia, se desprecia, se demoniza y se ataca. Una mitad que incluye al grueso de los jueces (todos menos parte de los colocados por ellos en las instituciones, seguramente en lucha interior con el derecho y con sus conciencias), fiscales, abogados del Estado, ferroviarios, Tribunal de Cuentas, inspectores y técnicos de Hacienda, diplomáticos, sin olvidar a gran parte de los dirigentes históricos de un Psoe del que hoy se avergüenzan, como a muchos que en tiempos les votamos nos ocurre. En fin, el armazón institucional del Estado en sintonía con muchísimos millones de españoles, más o menos la mitad, considerados el enemigo por quienes deberían gobernar para todos, algo que ni siquiera se les ha pasado nunca por la cabeza. Intentan de forma grosera, con concurso de la peña entregada que, como sus caudillos, parecen haber renunciado a unos principios que uno llega a dudar que tengan, y un batiburrillo de partidos, grupos, y facciones, variopintas y cada una de ellas marginal por separado, hacer pasar a media España por peligrosos fascistas.

El PNV, con menos estruendos, a la chita callando, siguen pasito a pasito marcando diferencias en lo que verdaderamente les preocupa: el dinero para ellos y sus votantes.Obsérvese cuán demoníaca astucia. El resto del país completa las pensiones de los de aquí, que con nuestras cotizaciones no alcanza porque son las más altas de España, pero, cuando las reciban, que el membrete de la transferencia dé a entender, como en todo, que los servicios y beneficios los paga el gobierno vasco. Sigamos construyendo islas de prosperidad insolidaria a escote y que paguen los de siempre, encima los malos, los centralistas, unos fachas. Nos van a quedar algunas comunidades muy chulas, que diría aquella de la sonrisa, pero en el sentido en que se usa esa palabra en las casas de lenocinio. El resto a pagar, a callar y a votar estos progresos. No se van, no, les pagamos para que se rebajen a seguir siendo españoles. De solidaridad, igualdad, progresismo y otras gilipolleces, hablaremos otro día, porque a muchísimos no les entra, no les entra.

Hablando de entrar, no entro yo en esa retórica de gobiernos ilegítimos, y menos ilegales, golpes de estado y demás exageraciones. Ni compro ese discurso del miedo que ha llevado a esta coalición tan pinturera e informe, ni tampoco el contrario, aunque, puestos a temer, habría mucho que hablar respecto a socios y apoyos indeseables, corruptos y peligrosos. Entre los buenísimos y los malísimos hay infinidad de términos medios, que el fanático reduce en dos bandos irreconciliables, presentados como insoportables, perversos. Por no hablar de derechas extremas y xenófobas incrustadas en eso que llaman el bloque progresista, que ya es abusar de las palabras. Pero si veo muchas cosas alarmantes, no existe ningún discurso de nadie que hable de un proyecto común asumible por una mayoría que sí comparte muchísimo más que los líderes que sufrimos, causantes de gran parte de nuestros peores males. Y no se salva ni cristo.

El país no se romperá, hay suficientes salvaguardas para evitarlo y los intentos de rotura serían inevitablemente muy traumáticos, incluso peligrosos. Demasiado. En el fondo, nadie tiene intención ni interés en abandonarlo, que entre el amor y el dinero, lo segundo es lo primero. Se vive demasiado bien de la queja, mimados y con el prestigio inmerecido de la supuesta víctima, del ofendido, siempre encontrando gracias a esas milongas quien te defienda, que su liebre lleva cada uno y abundan los que viven en la confusión. Y de ella. Mostrada descarnadamente la insolidaridad y el egoismo de algunos separatismos, la gente de Teruel, Zamora o Cáceres, y otras decenas de provincias, dejadas de la mano de Dios y de los gobiernos desde el tiempo de los romanos, se ponen a echar cuentas y eso, como es natural, abre escenarios poco esperanzadores en cuanto a la convivencia y la concordia entre territorios. Se ceba la queja, que se recompensa sea o no justa y hay gente que ya ha callado demasiado soportando los llantos y las quejas de los territorios adonde van sus dineros a parar, pues allí están las grandes industrias y proveedores de servicios.

Los nacionalistas vascos y catalanes no se irían de España ni aunque les empujaran, salvo algunos miles de dementes románticos, egoistas y fanatizados, abueletes soñadores y sus retoños pijos con el riñón bien cubierto. Pero las soluciones y acuerdos para este pacto que pronto se cometerá en nombre del progreso hacen un país más desigual e injusto y con instituciones y poderes amenazados.

La lección del autoperdón gremial de la corrupción, el gobierno y el mismo parlamento convertidos en una sastrería de trajes legales a medida de políticos que han delinquido, y el torcer el brazo a la justicia, son ejemplos funestos para el futuro, mala cosa siempre. NO parecen contemplar que otras manos podrían compartir en un futuro que intentan evitar tal amplitud de miras y puertas abiertas en este todo vale por la causa. El estado de derecho es mejor que ayer y peor que mañana. Y no se me diga eso de la renovación del CSPJ como piedra de toque de la decencia institucional que, siendo cierto, es tema ya demasiado recurrente que nadie, en el fondo, quiere arreglar. Arreglar digo, no colonizar. Por supuesto, es mi particular forma de ver las cosas, tal vez equivocada, pero de mi cosecha, no soy portavoz de nadie.

Aunque en las dudosas manifestaciones de estos días ante la sede de un partido, que no aportan nada más que crispación y excusa para permitirles intentar igualar a todos los que se les oponen y critican, tienen que enviar a diez o doce propios con cámara para conseguir encontrar a alguien con la bandera del aguilucho que mostrar en portadas y noticieros afines, símbolo que ellos necesitan mucho más que los peores manifestantes, los que la lían parda, una minoría exigua y violenta, fanática y extremista, rechazable y rechazada con abucheos por la mayoría de los quejosos asistentes. Las realizadas ayer son otra cosa, sin esas interferencias que tan bien vienen a los que estos gentíos les molestan si se reúnen en su contra. Pero es igual, seguirán diciendo a coro que en España hay diez o doce millones de fascistas, de hecho es gilipollez que leo a diario a semovientes que me ahorro calificar, pues cada día más, son muchos de ellos los que realmente parecen serlo.

Conseguido, chapeau, ya estamos nítidamente partidos en dos, dos Españas a la greña (afortunadamente mucho menos que los que las representan), que es lo que decían que querían solucionar en las dos Cataluñas existentes, también por el curioso y nada democrático sistema de ignorar a la mitad. O el caos o yo, que más vale caos propio en mano que ciento volando. ¡Sálvese el que pueda!, que la camarilla y yo ya hemos salvado el cargo, lo único importante, lo único en cuestión, milongas aparte. Ya os iréis enterando del precio, que vosotros lo vais a pagar. Ahora bien, en el pecado lleva la penitencia el presidente que si insomnios temía a causa del señor Iglesias (afortunadamente hoy fuera de la industria gubernativa, que no faltaba nadie más que él), no le arriendo las ganancias, porque pocas noches va a pegar ojo durante esta legislatura con semejantes compañías y dependencias. Desde luego, barato no nos va a salir.

Dicen haber desactivado el procés, cosa incierta; ya estaba moribundo por la aplicación de la ley, las sentencias judiciales y otros estorbos, el 155, y el propio ridículo de esa movida palaciega y elitista, que sólo con ver el cuajo mental y la catadura moral, por no hablar de la ineficiencia y mano rota de los protagonistas, ya se veía inevitable el fracaso del invento. Lo mejor hubiera sido dejarlos cocerse en su propia salsa y verlos apuñalarse entre ellos en disputa del botín hasta el día del final de la obra. A menos que algún irresponsable los resucitara momentos antes del entierro, cosa que ha venido a ocurrir gracias a la parte contratante de la segunda parte, un tahúr. Ni una palabra para un proyecto común que integre a todos los españoles, pues a ellos la mitad les sobran. Y a sus socios y apoyos, les sobran todos menos los de sus sectas o sus aldeas respectivas. Ya tenéis lo que buscabais, que no era concordia, tranquilidad, igualdad, solidaridad y justicia, hermosas palabras, sino mando en plaza, el BOE, el presupuesto y la oficina de colocación para la clientela, que de cualquier badulaque iletrado sacamos un subdirector general. Y la peña a aplaudir, a insultar al oponente, que argumentos pocos y flojitos, salvo el pues anda que tú y el que viene el lobo. Nos dice el oso pardo, mientras se afila las garras.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Epístola overtoniana


 Aconseja la prudencia contar hasta diez antes de lanzarse al ruedo de llegar a una conclusión y responder en situaciones en las que el enfado o el pasmo nos pudieran llevar a dejar al mando más al estómago que al magín. Es lo normal cuando nos hacen vivir en un mundo de palabras que poco se corresponden con los hechos, un callejón del Gato, un esperpento donde los espejos partidistas nos muestran una imagen deformada de la realidad. Se ha invertido el orden normal y conveniente de pensar, argumentar, deliberar, parlamentar, debatir, llegar a conclusiones y acuerdos y luego, sólo luego, obrar, para hacernos entrar en un torbellino de decisiones unilaterales a salto de mata, espoleados por urgencias que dan paso a imprevistas huidas hacia adelante que contradicen lo dicho y prometido. La superposición de despropósitos, cuando no abusos, siempre intentando tapar un escándalo con otro mayor, no nos da tiempo a digerir tanto sapo, aunque cierto es que han conseguido que la clientela haya llegado a tragarlos con gusto sin mayores problemas de ingesta y digestión. Por separado, cada uno de estos episodios hubiera sido un terremoto político, pero cuando los sapos bullen en la ciénaga como garbanzos en la olla, el personal no puede fijar la vista en ninguno por separado y pronto se le cruzan los ojos, desbordados y sin capacidad de atención ni tiempo para tanto. Si acaso, el debate —si es que hay algo que así pueda llamarse— se limita al postrero desaguisado y los anteriores quedan subsumidos, olvidados por unos y archivados por otros en espera de futuros ajustes de cuentas.

Dada la situación, contar hasta diez me parecía poca cosa para el caso y, antes de ponerme a escribir, mi conteo ya supera las seis cifras. Casi dos meses mordiéndome la lengua, con la que está cayendo. Pero esta tropa hace hablar a los toros de Guisando.

La necesidad del doctor Sánchez de buscar apoyos hasta debajo de las piedras —como textualmente nos amenazó— para volver a ser investido y formar gobierno le lleva a no poder prescindir de nadie de los que no sean del partido Popular o Vox. A base de minar debajo de las piedras, cavando y socavando sin respetar ni los cimientos, se va metiendo —y a todos con él— en un hoyo que se va acercando a los infiernos de la política. Aparte de su sumiso partido, ningún ser del inframundo político puede fallarle, a todos hay que satisfacer y pagar, a todos hay que dar por buenos. Algunos despistados hablan de nuevo Frente Popular, que así andamos de memoria y de conocimiento de la Historia. Poco acomodo hubieran tenido allí partidos de derechas, hasta de extrema derecha separatista, supremacistas infinitamente más cercanos al fascismo que aquellos a los que dicen combatir.

Resulta curioso, y trágico, que hayan conseguido atemorizar a gran parte del personal con la imaginaria o exagerada amenaza de una derecha y una extrema derecha, algo temible, puro fascismo, según nos cuentan, a los que acusan de tener una idea patrimonial del país, del gobierno y de las instituciones, mientras dan por sentado que nadie salvo ellos puede gobernar legítimamente y, sin pausa, van poniendo a su servicio a todas ellas. Al paso, intentan difuminar los extremismos propios, incorporados, así, al montón, a eso que voluntariosamente llaman bloque progresista, que no pocas derechas más cercanas al fascismo que PP y Vox integra, santifica y blanquea. Resulta un contubernio o amasijo coral informe que mantiene juntos pero no revueltos ingredientes que, en realidad, resultan radicalmente incompatibles, sólo unidos precariamente con la débil argamasa de sus intereses particulares. Saben que, si juntos van mal, a trompicones y a ningún sitio de provecho que no sea el particular, separados no son nada. O sacamos esto adelante tragando los sapos que sea menester —piensan todos ellos—, o cada cual a buscarse las habichuelas en otra industria —saben—.  Allí, como en un gabinete de curiosidades políticas y paleontológicas, se muestran y ofrecen especímenes variopintos, incluyendo algunos telarañosos fósiles ideológicos, herrumbrosas supervivencias de lo peor de los dos siglos pasados. Así, eso que tan eufemísticamente llaman bloque progresista —fíjate tú— alista e incorpora desde tribus que ellos y sus corifeos rotulan con el perifrástico embeleco de izquierda a la izquierda del Psoe, donde se arraciman desde totalitarios decimonónicos, maoístas, troskistas y antisistemas, algunos secuestradores y defensores de asesinos, hasta carlistones, requetés, meapilas, mafias regionales, malversadores, golpistas, y otras muestras de la carcundia patria.  Estos últimos, llave de la investidura, son más encuadrables en la derecha extrema que aquellos que señalan y utilizan como espantajos de la hispanibundia cavernícola, intentando hacer sentir un espanto que les haga a todos ellos parecer soportables. Desde luego son una buena muestra de lo que da la cepa hispana, aunque incorporen algunas variedades infectadas con la filoxera y otras miasmas políticas, de esas que los votantes, una por una, han rechazado estrepitosamente y que sólo arracimados en esa mescolanza pueden encontrar alguna posibilidad de supervivencia, aunque sea a costa de la del país.

Atribuyéndose méritos cosechados por la justicia, la ley, los tribunales, los votos y el hartazgo de los ciudadanos, dicen haber desactivado la amenaza separatista. Ese submundo ya era un pasacalles ridículo de gigantes y cabezudos desfilando ante un decorado de cartón piedra. Si acaso, han conseguido revitalizar el cadáver del santón de Waterloo, reedición del Palmar de Troya, cuando ya le estaban tomando medidas para su ataúd político e institucional. Los ves declamando sus lemas de palabras hinchadas con tan poca convicción como escasa vergüenza, que ni los suyos creen, dejando claro que ya se conforman con salvar los muebles, los suyos, los de la casa del Ampurdán, su patrimonio. Ya sólo buscan verse libres de los delitos por los que lógicamente les persigue una justicia que, a cambio de su apoyo, la parte contratante de la segunda parte desactiva con leyes a medida y anulando juicios y sentencias, algo de lo que más pronto que tarde habrán de arrepentirse. Se quiere hacer borrón y cuenta nueva de la malversación y la desobediencia al Constitucional, una vez desactivados arteramente otros delitos y desafueros aún más graves, pero de los que ya ni se habla. Por el menor de los que han cometido, cualquier otro ciudadano pararía en el trullo una buena temporada y no sería raro que de paso, queriéndolo o no, sea inevitable que esos perdones alcancen a otros delincuentes y sinvergüenzas del gremio. Veremos encaje de bolillos y tormento a las leyes en potro parlamentario. Si no fuese trágico sería una risión, un esperpento legal que muchos prestigios va a desportillar, tanto entre los actores como en la entregada claque.

No es la cárcel lo que les deseo, nada me da ni me quita verlos encerrados. Pero nunca libres e indultados sin juzgar, sin reconocer sus delitos ni asumir sus culpas, sin pedir perdón y, desde luego, inhabilitados para volver a la política en cargos de representación donde puedan seguir viviendo como califas de contar leyendas, prometer imposibles y tener al país ocupado y enfrentado con sus delirios, como desde hace demasiado tiempo ocurre. Son unos impresentables y, como la palabra indica, al menos la ley debería impedirles que, como delincuentes que son, sigan figurando en listas electorales, tomadas como escudo ante la justicia, para persistir en representarse a sí mismos. Bastante hemos soportado el abuso y el fraude de ley de incrustar como candidatos a personajes así, usando la representación política como parapeto que les salve de toda responsabilidad.

Lamentablemente, hay quien necesita sí o sí el voto de gente de esa calaña para ser presidente del gobierno y ese pequeño detalle hace ridículos ciertos discursos a posteriori que intentan argumentar que los pagos en especie a cambio de esos votos envenenados, la desactivación de la justicia para impedir que juzguen a estos delincuentes, son cosas que nos convienen a todos, cosas justas y necesarias que se harán por el bien del país y que nada tienen que ver con la investidura. Decir que, hasta necesitarlos, habían prometido que nunca cometerían tales desatinos es nostalgia de unos tiempos en los que uno creía aún que la palabra dada valía algo. Nadie da lo que no tiene, lo haya prometido o no. De forma que de vergüenza, de ética y respeto a la palabra nada cabe esperar.

Sobre la última ocurrencia, una salida de peón caminero sólo digerible por la parroquia más incondicional,  pienso que una cosa es hacer de la necesidad virtud y otra muy distinta renunciar a la virtud por una necesidad personal o partidista. El ejemplo es nefasto, tanto para la política como para la vida. La verdad es que poco ejemplares han sido nuestros próceres desde antiguo y, desde luego, a nadie se le ocurriría ponerlos como modelo en la casa ni en la escuela, lo que es mala cosa para la salud de un país. La lección moral que se deriva de ese relativismo, de esa liquidez huera muy cercana, cuando no reveladora de la falta de principios, es, en realidad, que resulta admisible renunciar a la ética en aras de la conveniencia. Es más, la moral, la idea de lo justo, como la ley y los tribunales, se diluyen, vienen a ser un estorbo, una barrera franqueable si la estrategia lo impone. La justicia, los tribunales, las sentencias, el propio estado de derecho, se convierten en obstáculos, en enemigos a batir, y grandes cosas escucharemos al coro parroquial en cuanto la justicia asome las uñas, algo inevitable y necesario. Se quiere vender que se hace para dar una satisfacción a Cataluña. Como se acostumbra en el sector, son unos más de los que han comprado la falacia nacionalista de que Cataluña son sólo los separatistas. Se les contenta estirazando de la ley, alimentando a la fiera para aplacarla un tiempo, porque hoy sus votos son necesarios, y se desprotege y se agravia al resto, a la mayoría de los catalanes. Lo demás son milongas y no cabe distraerse y perder el tiempo argumentando sobre si lo indigno es o no constitucional o conveniente.

Recordemos que el señor Puigdemont y sus secuaces son la quinta fuerza política del principado. Esquerra, la cuarta, si no me equivoco. Como vemos, menos lobos eso de hablar en nombre de Cataluña. Dar por buena esa suplantación de representatividad y someterse a sus exigencias, en contra de gran parte de la opinión pública, será para infinidad de españoles una indecencia provechosa para un partido y una persona, un intercambio de favores y pagos que permitirán formar un gobierno a gusto de muchos que hoy se tienen que tapar la nariz, mirar para otro sitio y silbar distraídamente. Pero seguirá pareciendo indecente a más de media España, como lo es para no pocos del mismo partido en que el sector en el poder y su feligresía aplauden con unanimidad norcoreana lo que sea menester. Al menos no argumenten, no insulten la inteligencia ajena recitando convicciones sobrevenidas e inesperadas, no apliquen la ventana de Overton para tenernos enredados debatiendo sobre si el canibalismo o el restablecimiento de la esclavitud serían de recibo si llegaran a ser pago necesario para una investidura. Sigan con su monólogo. Hay debates falsos que sólo con entrar en ellos ya se les da apariencia de plausibilidad, haciendo atendibles despropósitos y desafueros. Es mejor no participar en tal cosa. No hay deliberación o debate decente ni real cuando de antemano se sabe a qué conclusión hay que llegar sí o sí. Y por qué.

Esos a los que llaman fachas, más de la mitad de la población, sólo siguen opinando y diciendo lo que quienes así les insultan hasta hace días o semanas decían pensar, lo contrario de lo que ahora cacarean con fingida convicción. Aunque lo cierto es que el éxito ha sido el conseguir que sus acólitos renunciaran a la funesta manía de pensar hace ya mucho tiempo.

La Ventana de Overton



jueves, 27 de julio de 2023

¡Vae Victis! Epístola postelectoral

La anterior investidura de Sánchez, comparada con los pactos, acuerdos, intentos y cesiones que se avecinan y se intuyen, susto o muerte, viene a demostrar que, sea como sea la magnitud de un desastre, todo puede ir a peor. Conseguido. Cualquier caos es mejorable, es decir, mayor. No es que aquello fuera para echar cohetes, pero, dada la costumbre de seguir cavando para intentar salir del hoyo, veremos grandes cosas. No creo que nuestra capacidad de asombro pueda ya crecer tras el umbral de una legislatura accidentada que, entre volcanes, guerras, carestías y pestes medievales, está logrando, por fin, consolidar (imitando lo conseguido en Cataluña, mal modelo) la fractura de la sociedad española en dos bloques irreconciliables y estancos. Siempre a base de blanquear apoyos poco homologables y socios tan inconveniente como necesarios, mientras se demoniza a los hostiles a base de argumentario, insistencia y tremendismo guerracivilista. Del PP-Psoe pasamos al trifachito, de ahí a la extrema derecha y la derecha extrema, los fascistas, así al montón, sin que enfrente haya nada que pueda considerarse extremo, radical o rechazable. Hasta la extrema derecha separatista se considera 'progresista'. Se atemorizaba al personal con la vuelta a unos tiempos que, en realidad, sólo ellos, los cazafantasmas, recuerdan, incluso añoran. El sitio de Madrid era para Alberti, según nos contó, el recuerdo de una época feliz. De hecho, vivía en un palacio requisado y engordó no pocos kilos mientras el pueblo al que decía defender disfrazado con un mono azul, pero bien cortado, se moría de hambre. Siempre ha habido clases, más que memoria de lo cierto, aunque menos que de lo imaginado, siempre tan favorable, tan dulce, tan reconfortante. Y tan falso.

Si se trataba de dar aire y protagonismo a los separatismos como un mal necesario para alcanzar la masa crítica parlamentaria, el éxito ha sido total, aunque no pocos ni leves los daños. Dando carnés de demócrata a los que no lo han sido ni lo son, a la vez que se les niega a los que nunca han dejado de serlo, se ha conseguido catalanizar la política nacional, de la peor forma, más con la rauxa que con el seny. La astucia de la que presumía el irresponsable suicida político Artur Mas, gerifalte del país de los capitanes Araña, el estirazamiento y la creatividad interpretativa de las leyes, cuando no el desprecio y el incumplimiento, para adaptarlas a una realidad y a unos comportamientos que no caben dentro de ellas, el regate corto e inesperado, la apuesta arriesgada, el vértigo de acelerar, de correr hacia algún sitio, simplemente para no caerse de la bicicleta y luego Dios dirá. Se ha ido ampliando el horizonte de lo posible, dando por buenas cosas antes inimaginables, siempre mirando al abismo por la ventana de Overton. En fin, los eclesiásticos mamporreros de cámara, casi póstumamente como el Cid, van consiguiendo que hoy ya les parezca soportable, hasta conveniente, ver a los cristianos llamar a los almohades en su auxilio. Se negociará con el santón de Waterloo, un delincuente huido de la justicia al que sus menguantes acólitos veneran como los fundamentalistas persas al imán Jomeini cuando estaba en París. Su regreso bajo palio a Irán no aportó demasiados beneficios. Pero las parroquias sumisas y unánimes también lo darán por bueno, que la moral y la fe son cosas de frailes, de gente apocada, débil, encandilada por algún tipo de principios. La disonancia cognitiva ya viene de serie, es marca de la casa, sólo muy recientemente interesada por la verdad.

Porque lo que no hemos visto en la campaña es fe en algún credo comunal, unos principios ni una moral mínimamente compartidos. Vamos de herejía en herejía, de cisma en cisma, de ocurrencia en ocurrencia, espoleados por las urgencias partidistas del momento. No hay lugar para ese mínimo común entre diferentes que deje a salvo lo básico: la existencia de un país unido donde convivan solidariamente ciudadanos iguales ante la ley, cosa de fachas. Y no es posible porque, mientras se demoniza a los contrarios, renunciando definitivamente y ya sin máscaras a aspirar a la igualdad entre todos los españoles, se va del brazo, antes a la fuerza, hoy a gusto, de los que no se esconden para declarar que ellos trabajan únicamente para los suyos, para los conmilitones de su aldea y, si no les importa nada ni la opinión ni la libertad de los ciudadanos de su región que no les votan, qué esperar acerca de los conciudadanos de un país que consideran ajeno y quisieran ver deshecho. Cuesta encuadrar en la izquierda, incluso en la simple decencia, a los que dan el visto bueno, consienten y alientan a estos personajes, estas tribus y estos planes. Tal vez esos desarreglos morales, como la urdimbre y apoyo al procés, tengan una explicación más psiquiátrica que política. O es que trabajan para Putin.

La moral es líquida, el que alguna tenga, que hay quien ha demostrado que no. Se hace lo que conviene y luego se buscan argumentos y excusas de mal pagador. El aplauso está garantizado, que la parroquia fiel ya está acostumbrada a tragar sapos, incluso a pregonar luego sus virtudes gastronómicas. Primero costaba tragarlos, pero una vez que uno se acostumbra, acaban gustándote. ¡Vaya usted a saber qué nos harían comer los otros! De esa forma los programas ya son innecesarios, que bien claro ha quedado. La gente ha comprobado (y consentido) que lo prometido no compromete ni ata, que ya ni hace falta aparentar que alguna vez se pretendió cumplir la palabra dada, menos gobernar para todos. La banca se queda con todo. Vae victis, ¡Ay del vencido!, dolor al conquistado. La palabra, la promesa, qué antiguallas, qué sandeces.

Cuatro brindis al sol, un par de lemas, grandes lamentos, mirad compañeros, aunque parezca inconcebible, aquel aún es peor que yo. Algo temible, el fin de la democracia si ganan ellos. Pinturera, estéril, oportunista y vacua, provocadora en lo castizo, lenguaraz, dedicada exclusivamente a la provocación fácil, a meter el dedo en el ojo del progre, pero más democrática y respetuosa con las leyes que muchos de los que la descalifican, tenemos una extrema derecha en España que, trasplantada a Estados Unidos, por poner un ejemplo aunque hay más, sería aborrecida por excesivamente liberal. En cuanto a su defensa del estado del bienestar, sería allí revolucionaria. Socialistas peligrosos les llamarían, que allí tampoco andan demasiado finos con los marchamos ideológicos. No se atrevería Obama a proponer allí lo que aquí lo que llaman extrema derecha fascista, tal vez arrastrada por consensos ciudadanos definitivamente consolidados, tiene asumido y da por irrenunciable, aunque cuestione su funcionamiento o su extensión. La sanidad universal sin ir más lejos, las pensiones o el simple permiso por maternidad, cosas ni imaginables ni asumidas en un país en el que en algunos estados sigue siendo legal negar el evolucionismo en las escuelas. De las exquisitas destilaciones de sus decadentes campus de Estudios Sociales salen los desvaríos que aquí los más tontos defienden como progresías. Las censuras, cancelaciones y hasta prohibición de libros en bibliotecas y planes de estudios, obras teatrales, películas y cuadros que predica la religión woke son desmanes paralelos a los del extremismo contrario, estos bien vistos y alentados por esa peste de los que sólo para un lado miran y que tan pronto se espantan cuando les conviene. Y así les va y de paso al resto. Aunque siempre andamos enredados con las palabras y las etiquetas para demonizar o para blanquear partidos según los propios gustos y conveniencias, lo cierto es que la extrema izquierda nacional, esa que para muchos no parece existir, sólo tendría cabida al mando en Nicaragua, en Venezuela, en Corea del Norte y en similares paraísos tan de su gusto. Sin embargo, para muchos, sin que nadie consiga explicarse qué servidumbres mentales les tapan los ojos y las bocas, esos fósiles ideológicos patrios, de fondo y talante totalitarios, dicen representar la libertad, la modernidad y el progreso. La igualdad ni la nombran y siguen negándose a condenar o llamar dictaduras a los regímenes aborrecibles de su cuerda, que los más fanáticos tienen por modelo.

Como no hay programas, proyectos a largo ni a medio plazo, ideas ni éticas de las que debatir, según parece, recurrimos a la lucha singular. Al final, no teniendo gran cosa de sustancia de la que discutir se pelea por nimiedades, palabras y banderolas; el duelo a primera sangre de los caudillos sustituye a la batalla de ideas en campo abierto. Llegaremos al juicio de Dios. Nadie cuenta con un proyecto a largo plazo, y menos común, empezando por el de unir al país en lugar de dividirlo y enfrentarlo (promover la concordia no parece entrar dentro de los planes de nadie), y menos en los que se dedican de forma proclamada y pertinaz a dividirlo. Por ello, se anda a salto de mata, sólo cuenta un inmediato éxito electoral que, al precio que sea, permita mandar un tiempo en beneficio de los propios y en contra los ajenos, medio país, si no más. Un fulanismo sectario que no perdona el fracaso. No tenemos estadistas ni verdaderos líderes, ni buenos ni malos, sino caudillos charlatanes, hueros y soberbios, y no se ponen los científicos de acuerdo si eso es la causa o la consecuencia de que los dirigentes duren menos que las leyes de educación que perpetran, consiguiendo con esas y con algunas otras seguir perjudicando a la sociedad hasta después de perdido el mando. Los lugartenientes y liderzuelos de las distintas camarillas afilan sus cimitarras esperando asestar el último golpe si ven que el líder flaquea, que los caudillos son pasajeros, útiles sólo mientras nos ganen las batallas y el botín de los cargos, sacrificables en cuanto les tiemblen las piernas. Lo único que tienen todos en común es saber que el engaño y la astucia es la mejor estrategia para rendir la plaza. Que la gente no tiene memoria, o prefiere olvidar. Un caballo de Troya tampoco vendría mal y siempre hay mercenarios en alquiler.

Cada uno defiende su enseña en estas guerras feudales. No hay una bandera común que los una, y de paso a nosotros. Los peores luchan desde siempre para evitarlo, que ni la palabra España son capaces de pronunciar sin asco, para luego extrañarse de que a muchos españoles, mejores que tales fanáticos, les provoquen la misma repulsión que la bandera de todos les produce a ellos. Estado plurinacional, federalismos asimétricos, fueros medievales, autodeterminación que les permita separarse de sus vecinos, de los de la nación y los de su calle, promoción de supuestos hechos diferenciales hasta conseguir que existan, las lenguas como división excluyente, para acusar a las víctimas de opresores. Para hacérselo ver. La progresía local, las periféricas y especialmente la mesetaria. Mejor muchos señoríos que un solo reino, muchos jefes hay para tan pocos indios; la división crea taifas donde mandar todos, hasta los más nefastos. Ya los convenceremos de que son diferentes a los otros, al enemigo que hemos elegido para ellos. Bajo un estandarte colorido y alegre forman cuadrillas de raros uniformes, guerrilleros de tribus feroces y asilvestradas hasta ahora irreconciliables, sólo unidos y ansiosos por la promesa del reparto del botín si la cosa va bien, aunque ya contamos con que están en espera de ir desertando y dejando los flancos descubiertos en cuanto pinten bastos. Otro pendón ondea sobre los cascos de muchos que se preguntan qué hacen allí dirigidos por alguien tan poco de fiar, incluso cuál es la causa que se defiende. Enfrente, los infieles, que Dios y la razón están con nosotros, se dicen unos y otros. El caso es ser, si no mejores, al menos más, aunque la afinidad y el cemento que los une sea el interés por el botín, ya que poco más los une ideológicamente. Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos, aunque tal vez estemos en el caso de que ambos sean peores, encima necesitados de apoyos inclasificables, tribus de bárbaros. Los aldeanos miran desde lejos no sabiendo quién les conviene que venza, dudosos de que lo que se dirime sea otra cosa que las llaves del castillo, el poder y el disfrute de los placeres del mando. Sólo esperan que se decida a quién tienen que servir. Las curias siempre están dispuestas para el amén y preparadas para entonar el Te Deum.

miércoles, 16 de noviembre de 2022

Epístola de la sastrería legislativa


—¿Cómo le ponemos a esto, tito? 
—Sujétame el cubata mientras escribo:
"Trasposición de Directivas Europeas y otras disposiciones para la adaptación de la legislación penal al ordenamiento de la Unión Europea y, reforma de los delitos contra la integridad moral, desórdenes públicos y contrabando de armas de doble uso". Además, lo endosamos por el procedimiento de urgencia, así evitamos los informes del Consejo de Estado y del Consejo General del Poder Judicial, un trámite necesario
 cuando se trata de una Ley Orgánica, pero engorroso. Nos hacemos lo despistados y nos los saltamos, que capaces son de ponernos pegas los de las puñetas. Andamos con prisas y no estamos para ponernos puntillosos ni estupendos.
—¿Metemos también ahora lo de la malversación y de perdidos al río? De todas formas, nos van a decir de todo menos bonito y, ya de paso, nos evitamos el cante de indultar a Griñán y el marrón con el héroe de Waterloo.
—No, paciencia. Ya presentará allí una enmienda Asens, Rufián, Echenique o el que se acuerde y les dejamos completo el ajuar de trajes a medida de la temporada de otoño-invierno. Los patrones los trae Rufián; se los cortó mosén Junqueras, que hizo un cursillo en el trullo. En el Parlamento les quitamos los pespuntes para la segunda prueba, levanta la mano el jefe de los grupos que están en el ajo y se aprueban estas costuras en un pispás. De Balenciaga van a quedar. Pura democracia pret-a-porter. Allí no bala ninguna oveja a destiempo, menos sabiendo que se están empezando a hacer las listas. Y la oposición que rabie, unos fachas, unos totalitarios, gente irrespetuosa con la Constitución, con los procedimientos y con las formas. Ni poner los jueces que queremos nos dejan, fíjate tú. Los que nos tocan, esos que, antes o después, tendrán que escudriñar y aquilatar la legalidad de estas medidas tan convenientes y tan progresistas que vamos tomando. Y, de oportunas, ni te cuento.
—¿Tú crees que colará la cosa? —dice el otro.
—Pero alma de cántaro, ¿Quién nombra al fiscal? ¿Y al juez? ¿Quién te pone o te quita en las listas en las plazas de salir? Pues eso. Aquí no rechista ni el Tato. Los barones sollozarán sus ¡Ay, qué disgusto que tengo! de rigor, que están en campaña, pero se les pasa pronto. Cada uno tiene su papel en la obra, pero el libreto lo escribe el jefe.
—¿Tú, de verdad crees que con estas sastrerías se conformarán o tendremos que resucitar el Estatut anticonstitucional o dejarles hacer un referéndum?
—Tiempo al tiempo, ya se verá. Cada día tiene su propio afán, menos el presi, que siempre tiene el mismo. Y, hasta que no tengamos al Supremo y, sobre todo, al Constitucional en el saco, no podemos echarnos del todo al monte.
¿Verdad que está la cosa más tranquila, tito?
—Pues dónde va a parar. Hay que vivir el momento. 

Así lo ven o lo quieren ver, mientras otros pensamos que siempre es mal negocio intentar apaciguar al matón. Darle algo de carnaza para que vaya comiendo. Cuando se le acabe pedirá más y mejor, vista la debilidad del que se la suministra. Siempre se pone el ejemplo extremo de Hitler. Igual con Polonia se conforma. Mira qué tranquilo que se ha quedado mientras hace la digestión. Pero es un procedimiento equivocado el de aplazar el mal definitivo admitiendo de entrada uno por el momento menor, pero avisador de lo que viene después. La insaciabilidad del que saca a base de violencia o de chantaje lo que no le corresponde. Negociar con el que abusa ya es consentir el abuso, compartir los derechos de autor. Es más, supone abonarlo, dejarle crecer con un desentendimiento cuando no un apoyo cobarde y venal. No suele acabar bien. Con los separatistas nunca ha funcionado otra cosa que la justicia y la trena, aunque también son de cartera sensible.

No hay nada que negociar bajo esos chantajes. Esa actitud dialogante con el que impone el marco y anticipa como incuestionable el resultado de unas negociaciones que no lo son, no es tolerancia, no es equilibrio, es ganar tiempo para acabar perdiendo la partida, un tente mientras cobras para continuar recayendo por esta cuesta abajo de cesiones sin fin ni retorno que nunca aplacarán a una fiera insaciable. Es rendición anticipada, es cobardía, es debilidad, es infamia.

Se agrava la cosa al maquinar una negociación como entre iguales, ya en principio improcedente, en despachos y covachas, hurtando al Parlamento su papel deliberativo y legislador. Desde los parlamentarios que han de votar las leyes hasta algunos miembros del gobierno se enteran por la prensa de qué es lo que ‘libremente’ en las cámaras deberán aprobar. Lo que unas cuantas personas hayan acordado en un despacho. Una parodia burda de la democracia y del parlamentarismo para cometer una tropelía jurídica que martiriza las leyes en potro parlamentario. Luego acusarán a otros de debilitar el sistema, se quejarán de que han heredado una democracia imperfecta, lógica degeneración, gracias a estos farsantes, del perverso régimen del ’78, en cuya demolición con tanto celo trabajan. Pocos dudan ya de que nuestra democracia es hoy, gracias a estos irresponsables, mucho más imperfecta de la que heredaron. El estado de derecho establece unas limitaciones legales al ejercicio de los poderes. Desmantelar esas barreras según convenga no es cosa que pueda nombrarse con ninguna palabra positiva o agradable. Elija cada cual la que considere adecuada.

Confunden la siempre peligrosa razón de Estado con una mezquina y circunstancial razón de gobierno. De  este gobierno. O, peor aún, con las razones y necesidades de una ambición personal dependiente de estos contratos con sus socios y apoyos, ninguno de ellos especialmente interesado en nada que sea común y que garantice la pervivencia de una nación unida e igualitaria. La mesa de sus negociaciones es un mostrador. El de una tienda, una sastrería, un taller de corte y confección, donde todo el género está en venta, y ahora en período de rebajas. Lo que unos venden y otros compran no les pertenece a ellos, sino a ese pueblo al que desprecian y estabulan en corrales identitarios cada vez más estancos. Haciendo tratos con delincuentes no es de extrañar que los acuerdos sean más que cuestionables. Sin rubor se mercadea con una anunciada desjudicialización de la política, de la suya, la de los golpistas, un eufemismo (fracasado por transparente) de la impunidad que acuerdan. Luego vienen los argumentos, las razones, las excusas.

Esto ya estaba previsto, un precio que ven asumible porque era necesario para ellos, aunque perjudicial para el país. No nos insulten con fabulaciones y patrañas como es decir que se trata de armonizar nuestra legislación con la europea, o que simplemente desean poner al día figuras legales obsoletas y antañonas, que si tal y que si cual. Entrar a rebatir tales falacias y engaños sería elevarlos a la categoría de argumentos y razones, concederles una realidad que no tienen. No hay nada que argumentar, nada que rebatir. Todo es engaño, teatro, compra y venta. El Parlamento votará lo que se les lleve acordado en otros foros menos institucionales y así se dará un barniz democrático y un amparo legal al pactado desmantelamiento de las pocas defensas que al Estado le han dejado frente a sus enemigos, muchos de ellos sentados en esas mesas de contratación, algunos dirigiendo grupos o grupúsculos parlamentarios, facciones o familias.

Da vergüenza ajena ver cómo algunas personas que algún día nos merecieron respeto acuden sin rubor a defender estas infamias. En las alturas y en las bajuras, en la prensa y en los foros. El Sánchez Cuenca, como acostumbra, es para nota. Chatarra argumental rendida a la ideología e inmune a la razón. De ahí para abajo, suduáduá. Se les esperaba, como siempre; incluso es ocioso analizar sus ya previstos discursos de argumentario. Estos mariachis y palmeros ya lo hacen sin esfuerzo, sin sentirse ridículos al interpretar ajenas partituras y cacarear las homilías escritas por sus obispos. La práctica y la costumbre ayuda mucho y no se han llegado siquiera a plantear qué pensarían si otros fueran los que obrasen con este talante y perpetraran abusos similares. Muchas armas van a dejar al enemigo. Menos que argumentos con que condenar lo mismo que ahora aplauden, cuando sean otros los que hagan cosas similares, empezando por deshacer estas, aplicando las formas y la barra libre que los suyos han creado. Nada es para siempre y muchos deberían haber escarmentado, pillados por cepos que habían colocado para los demás.

Si fuese cierto algo de lo que aducen mientras cortan y cosen un traje legal a medida de los golpistas del procés, si tuvieran la menor intención de evitar futuros pronunciamientos, si el propósito de unos, facilitado por la dejación de otros, no fuera desarmar legalmente al Estado en lugar de reforzarlo como debieran, cosa que ni siquiera fingen pretender, es decir, si fuesen unos gobernantes decentes, recuperarían en primer lugar la figura de convocatoria ilegal de referéndum, oportunamente eliminada por el principal amplificador, si no creador de estos problemas, el expresidente Zapatero, de triste recordación. Eso, entre otras mil cosas incumplidas, nos prometieron hacer.

El Supremo juzgó con las leyes que le dieron. Las que le dejaron con las uñas cortadas. Y es cierto que los jueces carecían de figuras legales adecuadas al caso, dada la inactividad suicida del pasmarote de Rajoy y la creatividad de los separatistas para dar un golpe posmoderno, no necesitando recurrir a la violencia para ocupar un poder que ya ejercían. Fue su criminal desempeño, empezando por una prevaricación continuada durante años, lo se intentaba castigar, pues fue gravísimo y totalitario, aunque hoy trabajen del brazo gobierno y otros amparadores o representantes de los delincuentes en diluir y rebajar intenciones, hechos y delitos. Es la justicia quien se excedió, nos vienen a decir.

Por eso, si pretendieran desalentar y evitar, en lugar de hacer más amplias y menos riesgosas las puertas para futuras intentonas, redactarían figuras legales que se ajustaran a lo que es necesario prevenir y, en su caso, castigar con dureza. Y podrían encontrar modelos en esa Europa a la que tan falsamente apelan ahora para enjuiciar a los que intentaran de nuevo desgajar una parte del Estado por las bravas o a los que, con esas intenciones, vulneraran la Constitución, el Estatuto de Autonomía y otras leyes que entorpecen y limitan sus planes. Alta traición entre otras, con penas que llegan a la cadena perpetua. Inconcebible sería que en esos países que quieren hacer pasar por modelo, sólo cuando y en lo que les interesa, que un presidente de gobierno negociase, por su cuenta y de espaldas al parlamento, reformas legales que modificaran las leyes que protegen al Estado contra sus peores enemigos internos, y menos a cambio de apoyos parlamentarios traficados precisamente con los partidos que los representan. Unos partidos que, por cierto, en muchos de esos modélicos países estarían prohibidos por sus leyes.

Discutimos pues, sobre palabras, sobre relatos, sobre patrañas; porque los hechos están claros, todos los vimos, sea cual sea la figura legal con que aquí o en otros países se cataloguen. Sedición, desórdenes públicos, rebelión, golpe de estado, desvío de fondos públicos para financiar iniciativas particulares e ilegales, entre otras cosas. Todas ellas y algunas más se perpetraron y corta fue su condena para lo que, en mi opinión, merecían. No se trata de modificar leyes y tipificaciones por necesidad del país, sino por interés coyuntural de los que ahora intentan cambiarlas. Todos sabemos de qué va esto, para qué, por qué y para quiénes son los trajes. No se cambia la redacción de la figura de sedición. Se suprime y sustituye por otra menos gravosa que solamente se refiere a una ínfima parte de lo que estos sujetos cometieron. Eliminada la figura, perdonado queda el delito por inexistente tras el truco de magia. Y, por ende, también las penas. Et voilá. Ya hemos torcido el brazo a los tribunales, a las leyes y a la razón. Ya que los jueces no hacen lo que nosotros queremos que hagan, dejemos sin efecto sus resoluciones y sus sentencias. Ahora, envalentonados y metidos en harina, amortizados ya los indultos, ver cortarle las uñas al delito de malversación hará olvidar, al menos por el momento, los despropósitos anteriores, que el personal no da abasto a metabolizar el vértigo de sus abusos. Su tiempo y su memoria no dan para tanto. Se enfadarán con unas medidas que, en un ciclo perverso, harán olvidar las anteriores. Y si no, ya encontraremos la forma de explotar un error ajeno en un tema de postín para tener entretenido y encorajinado al personal con la oposición, olvidándose de nosotros mientras perpetramos estas reformas. La sanidad de Madrid, por poner un caso.

Adelantándonos a los acontecimientos, preparémonos para escuchar grandes cosas. Algunas serán difíciles de digerir (y aún más de defender) y entra dentro de lo posible que haya quien no pueda estirar tanto su desvergüenza. Como pretender distinguir en la malversación la que se hace por lucro personal o la atribuible a otras causas, distinción muy jesuítica, pero infame e interesada. Robar para mí es malo. Muy malo. Indudablemente. Pero pretender que juzguemos mejor robar para el partido, sea para financiar campañas, para abonar los bancales electorales o para financiar delitos, es cosa de mérito. Hace falta cuajo. En este gremio, ya de por sí muy comprensivo con sus propios desmanes, hay quien toca fondo día tras día. Y da pasos hacia atrás, como estos que se nos anuncian. Pero, al parecer, sólo detectamos el sentido real de la marcha los que no somos cangrejos progresistas. Como avance se nos presentará el retroceso y la parroquia así lo verá, dándose cuenta ahora de que precisamente eso es lo que llevaban años pensando. Es lo que vienen haciendo con medidas igualmente problemáticas. Amén, pues; me gusta y a otra cosa. Y facha el último.

Pudiera ser incluso que lo de la malversación sea cosa de francotiradores del amasijo societario, o un señuelo. Discutiendo sobre el globo sonda, nos entretenemos con lo que tal vez no se hará, dejando de indignarnos por lo que ya se ha hecho, que es excesivo e imperdonable. No hay tiempo para procesar tanto disparate y tal vez con demoníaca astucia (y no sería la primera vez) nos pastorean para que nos pongamos a pacer donde no hay hierba, distrayéndonos por el momento de la roturación de los rodales más enjundiosos. Hasta Feijoo dice que esta sería la gota que colmaría el vaso, cayendo en la trampa de entender y sugerir que aún cabe más, de no verlo chorrear desbordado desde hace ya mucho tiempo.

Si les llamamos trileros, más debieran de ofenderse por esa igualación los que ejercen tan engañosa industria por ferias, calles y plazas que estos personajes que una vez más intentan tomarnos por tontos. Si a su feligresía les parece bien que por imbéciles les tengan, con su pan se lo coman. Pero no nos pidan a los demás que comulguemos con tales ruedas de molino.

* Fotografía de Manuel Vázquez, en El País.
https://elpais.com/elpais/2016/03/16/eps/1458129917_864596.html


jueves, 12 de mayo de 2022

Epístola anaclética, mortadélica y filemónica


 Ya se sabe que el discutir con tontos o con sectarios nos pone en una situación en la que, vistos desde fuera, resulta al cabo difícil distinguir entre quien lo es y quien no. Y en qué medida. Necesariamente en ese escenario esperpéntico todos acabarán diciendo tópicos y sandeces, pues al entrar a algunos trapos, aceptado el marco, ya de antemano parece que has dado por bueno que en el tema haya, al menos, algo razonable que discutir y que los argumentos podrían tener sentido y cabida en esa diatriba innecesaria, sin realidad y sin solución. Tratar con sediciosos nos acerca a riesgos similares o peores, pues no se enfrentan argumentos, sino mentes, visiones y éticas distintas e incompatibles. En esas estamos con el último tema sacado a la palestra para encandilamiento del personal, para entretenerlo, para llenar la escena más de niebla que de luz. Los sediciosos del Principado, con sus eternas disputas internas por ver quién se queda con la finca, que no hay más, necesitan, a falta de éxitos y razón, escándalos. Escenificaciones en las que puedan paliar su insignificancia gracias a nuevos agravios, impostados según su táctica y su costumbre. La ineficacia, la doblez, el victimismo y la impostación son sus fuertes, su esencia. El descrédito y la indecencia han alcanzado en esa tribu tales cimas que solo un recurrente y fingido lloro victimista puede evitar que olvidemos que siguen allí, en sus trece, haciendo como que gobiernan, echando arena a los engranajes del Estado, pastando del presupuesto, y enredando. Apoyan —por usar un eufemismo— interesadamente al gobierno de la nación, que los necesita tanto como a la inversa, aunque solo sueltan la suficiente cuerda como para mantenerlo en precario, siempre dependiente, tambaleante, en deuda perpetua y sumiso hasta el ridículo y la rendición. En realidad, trabajan para empujarlo hacia el abismo, y a todos con él.

Elies Campo es uno de los diseñadores del Tsunami demócratico, enésimo invento de este submundo sedicioso y delincuencial, gent de pau que malversa recursos públicos para promover disturbios desde las instituciones, para sabotear carreteras y aeropuertos, incendiar contenedores y cortar vías públicas durante meses y, si se tercia, subcontratar para la causa mesnadas postsoviéticas; vamos un prenda. Ese sujeto es el miembro español de Citizen Lab, la organización que ha publicado a los cuatro vientos el supuesto espionaje con el software israelí Pegasus a los teléfonos de sesenta personas, casi todas ellas separatistas catalanes. Además de que, según parece, de Yhavé para abajo, si acaso, nadie se ha librado de estos escrutinios, ya desde el principio los expertos apuntaban a que ese personaje y su  informe habían exagerado la cifra de espiados, de por sí difícil de aquilatar, pues hay falsos positivos. Miel sobre hojuelas. Ya tenemos agravio, carga para las baterías, aire para respirar: ¡Nos persiguen, nos espían! Debemos de ser aún más importantes y peligrosos de lo que pensábamos, que no era poco. Debe de ser el gobierno español, el CNI. Los hemos pillado. Y eso que no nos dejaron fundar legalmente un espionaje de país, nuestro CNI de la señorita Pepis, que nos protegiera las espaldas espiando a nuestros enemigos, es decir al resto de España, para defender a Cataluña, es decir, a nosotros, los separatistas. Todo por la patria.

Conseguido. Ya no se habla y escribe nada más que de esto, que otros problemas no tenemos. Hemos dejado tambaleándose a la democracia española, declaman crecidos. Y todos entrando al trapo. El primero el gobierno, no por ser pillado en renuncio, sino porque sabe que Rufián, en su guerra partidista particular con los herederos de Pujol, tan ombliguistas y casposos como su patriarca, puede agitarle los palos del sombrajo gubernativo. Para aplacarlos, por seguir la tradición, hacen lo peor que podrían haber hecho y es meterse en tal avispero e intentar salir airosos del lance por el expediente de cuestionar el funcionamiento de unos servicios de información que ellos mismos dirigen y que se supone operan a sus órdenes. Si los jueces autorizan la intervención del teléfono de unos ciudadanos bajo sospecha de estar planeando delitos contra el Estado, es decir, de repetirlos, pues entre ellos hay algunos delincuentes más que presuntos, no cabe hablar de un espionaje ilegal y gratuito, sino del normal funcionamiento de los servicios de seguridad de un país que se defiende de sus enemigos. Externos e internos, que a veces andan del brazo.

Los llorantes piden que los servicios secretos dejen de ser secretos, que den explicaciones urbi et orbe, para regocijo de sus homólogos foráneos, que así se ahorran el trabajo de espiarnos. Nos espiamos a nosotros mismos y, en aras de la transparencia, publicamos en el BOE los objetivos y resultados de las pesquisas. Maravilloso. O dejamos formar parte de una comisión de secretos oficiales, donde no merecen ni deben de estar, a no pocos enemigos de la unidad del Estado y de nuestra democracia. La seguridad de España, cosa obvia para toda sesera en buen uso, no puede estar en manos de los que tienen como objetivo acabar con ella. No tienen más plan, aparte, claro está, de otro no sé si central o subalterno, aunque no menor, que es el de medrar y vivir como arzobispos a costa del imaginario conflicto. Esta parte del plan está conseguida y consolidada. Secretos oficiales. Tardó Rufián dos minutos en empezar a largar. Menos de lo esperado. Lealtad, la prevista, es decir, ninguna. Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible. ¿Cómo esperar ni pedir sentido de Estado a quien pretende acabar con él? Es lo que tiene acostarse con niños. De forma que ahí tenemos al gobierno, secándose las meadas y, por su mala cabeza, arrojándose a la misma los trastos entre ellos. Has sido tú. Y tú mas, se reprochan Robles y Bolaños. Ha sido el gobierno, rueden cabezas, exigen los socios. Oye, que tú también eres del gobierno, aunque no se note, visto lo poco que trabajáis, salvo como oposición.

A Sánchez, poco acertado y peor aconsejado, para intentar escabullirse y aplacar a sus socios dándoles carnaza que exhibir ante sus feligreses, no se le ocurre otra cosa más inconveniente que revelar que él y otros miembros del gobierno también fueron espiados. Desde hace un año, cosa que callaban como sería de ley en un país serio dirigido por personas sensatas y responsables. Un año chupándoles del teléfono gigas y gigas de información sensible, sin saber qué ni quién. Tapemos un error dudoso, aunque sea con uno seguro, dice el manual de supervivencia. No sé de qué os quejáis, rufianes. Si me espían a mí desde hace un año, ¿qué esperáis vosotros? Para acabar de arreglarlo, por las fechas y otros datos queda en el aire que podría haber sido Marruecos. Como el espionaje, además de para conocer los planes del enemigo, sirve para dar con informaciones comprometedoras que pudieran servir para tener en un puño al adversario, lo que en términos científicos se llama chantajear, ya tenemos arreglado el problema. Es decir, siguiendo el habitual proceder de esta tropa, hemos creado uno nuevo y mayor, una forma de solucionar, al menos tapar o postergar los problemas, que no deja de ser curiosa. No dan para más. Cuando su supervivencia en la industria gubernamental se tambalea no hay límites, dineros, instituciones, principios ni cabezas que no estén dispuestos a sacrificar.

Sesión parlamentaria que nunca debió de lidiarse en los terrenos del cinco a los que Sánchez y Bolaños llevaron el toro del espionaje, dejando el estoque en manos del astado. Ellos solos se complican la faena, que ni llegó a ser de aliño y que acabó pinchando en hueso, huyendo hacia la barrera y recibiendo varios avisos entre la bronca del respetable. Más pitos que aplausos, salvo los de la claque. Pañuelos pidiendo la oreja para Margarita Robles por parte de medio PSOE, PP, Ciudadanos y VOX. Pitos y pedorretas de socios de gobierno e investidura, incluso compañeros del partido. Otra vez vuelves. Sánchez, si defendiera lo que debiera defender, habría cortado el tema por lo sano al principio, en vez de tardías cabezas sacrificiales. Reniegan de lo único que han hecho bien. Porque, ¿Cómo no van a espiar a delincuentes, golpistas, sediciosos, orates que piden tropas a Rusia, criminales que organizan disturbios desde las instituciones, apreteu, apreteu, Tsunamis, Consells de la republiqueta, embajadas centradas en desprestigiar al país que las paga, y demás malas hierbas? ¿Qué culpa tenemos de la trampa de presentar a elecciones a delincuentes probados o en ciernes para parapetarse tras la inmunidad de los cargos de representación? Puigdemont y sus secuaces recurren al truco como hicieron Jesús Gil, Ruíz Mateos y Otegui, entre otros muchos mafiosos. Así lo dijo la ministra Robles a la siniestra republicana de Cataluña. No pensaba que pronto iba a tener que plegar velas y ofrecer en bandeja la cabeza cortada de la presidenta del CNI que defendió hasta casi cuando pudo. O tu cabeza o la mía.

Y lástima fuera. Poco han espiado si se han limitado a dieciocho. Esa era su obligación, esa era la necesidad, esa es la función de nuestros servicios de inteligencia, vigilar, anticiparse y desactivar los peligros internos, además de los exteriores. Y no hay nada más que explicar. Las escuchas se hicieron con autorización del Supremo, como debe de ser. Y punto gordo. A partir de ahí ya sabemos quién va a quejarse, quién va a intentar agarrarse a ese clavo para aparecer llorando en las portadas y quiénes, como costumbre, van a hacer de mariachis. Pero de ninguna forma debieron humillarse y colaborar con esta tropa levantisca en la escenificación de esta impostada indignación. Desde 2017 el CNI tiene el mandato de considerar que el independentismo es un conflicto activo. Es decir, objeto de sus atenciones. Nada más lógico y necesario ante lo hecho y ante el ‘lo volveremos a hacer’. De forma que demasiado ruido, demasiado teatro, aspavientos e impostura, demasiado protagonismo, todo ello injustificado alimento a ese mundo oscuro de hampones visionarios enquistados en unas instituciones catalanas puestas a su servicio en su lucha contra el Estado. El tema no da más de sí, salvo lo que los tribunales decidan, si es que ven tema punible, que no creo, en que, con su previa autorización, se monitoree a todo tipo de delincuentes y movimientos que puedan suponer, como es el caso, un peligro para España.

Espiar indepes. O socios. ¿Y qué remedio? Aunque luego vas por el mundo y nadie se fía de ti. Deben de extrañarse, si acaso, de que espíes a tus socios y apoyos, y no por el hecho en sí, sino al comprobar la calaña de los socios que te ves obligado a soportar y a espiar, que no son de recibo en los foros internacionales en los que por ellos se nos mira con recelo, como aliado dudoso. Harán lo propio, como ocurrirá aquí cuando algunos estén de cuerpo presente en esa Comisión de secretos oficiales, y necesariamente habrá que limitarse a hablar del tiempo, que el CNI, viendo el percal, cuente solo unos chascarrillos, como decía Tardá, el de Esquerra, que ya asistía a esos aquelarres de la inteligencia patria. Entre Amedo, Villarejo y los anacletos de turno, entre ellos los del pretendido CNI catalán, vamos arreglados. Ya el Perote marcaba la ruta, y se llevó del CSID un saco de papeles bien elegidos, lo que le costó el puesto a Narcis Serra y a García Vargas durante el Felipato, por hacer memoria. Algunos sólo pueden escuchar lo que pueda dejar de ser secreto, pues ellos ninguno son capaces de guardar, salvo los que pudieran sacarles los colores.

El espionaje, como la guerra, ya no son lo que eran. Antes, con menos artilugios, buscaban los planos del polvorín, las armas y la ubicación de cuarteles, fortines y murallas, el número y situación de las tropas, y demás datos sensibles. Informaciones que ahora puedes ver en la prensa, los portales de transparencia o en Google Maps. Vamos enviar estas y las otras armas a Ucrania. Van en el barco Isabel, del que se adjunta foto y descripción, anunciando que se dirige al puerto fulanico del Báltico. Con un par. Secreto, el de la fórmula de la Coca-Cola o en qué paraísos fiscales meten sus dineros los responsables de acabar con los paraísos fiscales, cosa que va para largo.

Metidos en harina, se le coge vicio a la cosa y se acaba uno espiando a sí mismo. ¡Huy, lo que dije! El tipo de información que acaban buscando muchos es aquella que se puede usar para chantajear al enemigo político, al oponente, al disidente. Eso dice Assens, otro socio de la cáscara amarga, que el rey Hassan tiene pillado a Sánchez con el Pegasus por salva sea la parte y de ahí lo del Sáhara. Cosas más raras se han visto. Eso lo dice un socio, ¿para qué tener enemigos declarados? Lo normal es encontrar cosa interna y menor, secretos de bragueta, de bolsillo o de malas compañías, anónimas o limitadas. A veces, espiando a dementes, encuentran acciones y planes tan disparatados que solo muestran precisamente lo precario de la salud mental y el mundo irreal en que viven los espiados. De Gila. Lo escuchado a los indepes más estrafalarios y perjudicados del perol debe de ser de Gila. Sería interesante que sigan pidiendo desclasificar esas escuchas, que nos íbamos a divertir.

Mochuelos, lechuzos, diablos cojuelos que desenrollan tejados y cielorrasos para ver qué se cuece en los domicilios de los sospechosos, que venimos a ser todos. No son necesarios tantos trabajos. Lo más chocante es que nadie esconde demasiados secretos. Información que antes se guardaba como oro en paño ahora se cede en aras de unos minutos de gloria, a costa de la privacidad y del ridículo. Se sabe demás, no de menos, aunque nunca lo importante. Porque resulta que lo que descubrimos es penoso, indigno, casposo o banal. Los secretos duran minutos. Siempre hay filtraciones. Son tan fantasmas y tan fanfarrones que no pueden callar, deben mostrar el alcance de su sabiduría, de su poder, consiguiendo justo lo contrario.

Hoy en día, y ya desde hace muchísimo tiempo, más se espían las patentes, los laboratorios y las industrias, militares y civiles, que otra cosa. Las universidades, especialmente sus departamentos de estudios culturales e identitarios, hoy predominantes, supongo que merecerán poca atención, salvo para estimular sus desvaríos. Es una forma barata y poco arriesgada de ayudar a que esas sociedades ombliguistas y caducas se cuezan en sus propios desatinos, desenfoques y correcciones. Algún dato filtrado si acaso que permita desactivar —cancelar en el neolenguaje— a los pocos que sigan pensando algo razonable. Por lo demás y en definitiva, dejarles hacer, que van bien. Ni Maquiavelo llegó tan lejos. Seguramente ni a los más conspicuos y retorcidos espías se les ocurre mejor forma de hacer daño al enemigo, que somos nosotros, las democracias occidentales, aplatanadas, hedonistas, autorreferenciales y a la deriva, simplemente procurar que no desviemos nuestra atención y el presupuesto desde estas excrecencias suicidas y pseudointelectuales hacia otras más productivas. No les estorbéis, que se destruyen solos, dirán con acierto. No hace falta desperdiciar ni un cartucho, ni un misil, ni recurrir a un desembarco de tropas anfibias, que eso, si acaso, viene después, cuando ya estén tiernos. Nada de eso por ahora, salvo seguir estimulando y difundiendo sus elucubraciones, su confusión, sus censuras y sus puritanismos, que ya contamos con la ayuda de esa quinta columna de nuevos reaccionarios, exquisitos y desnortados, que en aras del progreso les inducen a retroceder hacia los siglos del romanticismo y las revoluciones. Que sean ellos quienes les cuenten la buena vieja, que si la predicamos nosotros, nos ven asomar las orejas y les da la risa. Para informar hace falta disponer de alguna información sustancial y de una buena disposición para asimilarla. Desinformar es más fácil. Ni hacen falta datos ciertos ni relevantes y acerca de la buena predisposición de estos imbéciles para metabolizar y a difundir falsedades, bulos, indignaciones y sospechas, es cosa más que acreditada.

Es fundamental para los servicios de inteligencia foráneos y hostiles dar calor a los separatismos. No pongáis en ese departamento de agitación exterior a los más capaces; no derrochéis recursos ni inteligencia, siempre escasos, que no hacen falta; por definición, no cabe esperar que esos movimientos románticos estén dirigidos por los más listos, más pendientes del ombligo, del relato y del bolsillo que de las razones. Hurgad en la Historia, una distinta para cada sitio, momento y necesidad, un filón que siempre ofrece argumentos para enredar. Sólo deben saber nuestros agentes que toda división es buena. Debilita, confunde, enturbia, invierte recursos en mantener una cebada curia, en patrocinar rencores y en construir relatos disolventes; con ellos enfrentamos a una parte de la sociedad contra la otra y así nos dan el trabajo hecho. Si cuaja, a cosechar. Si no, tampoco hemos perdido tanto.

Lamento haber visto que este tema, sobredimensionado y en gran parte artificial, se intenta cerrar con la triste escena de la ministra Robles explicando, con una bandeja con la cabeza de la jefa del CNI en una mano y su cese —así lo llama el BOE— en la otra, mientras una boca y una cara que contradecían a sus palabras nos iban explicando con poco disimulada vergüenza que se trata de una simple sustitución, cosa rutinaria e intrascendente. ¡Cuánto del prestigio de la más valorada de este gobierno derrochado y sacrificado en unos pocos días en el altar del jefe! Ella, como todos, sabe que no hay cabeza que Sánchez no sea capaz de ofrecer para mantenerse en el gobierno. Igual que todos sabemos que hay bastantes mariachis para los que no hay ningún disparate presidencial y gubernamental que no estén dispuestos a justificar. Con menos éxito que ridículo, pero lo intentan.

*La foto incial es de Foto de librujula.publico.es.

lunes, 31 de mayo de 2021

Epístola indultante

Mis reflexiones acerca de los indultos a los presos del procés necesariamente entran más en el terreno de las quejas y las dudas que en el de las propuestas, pues hablamos de cosa hecha, no de un plan en el que quepa matizar o influir, algo siempre fuera de nuestros cortos alcances.

Lógicamente hay posturas enfrentadas acerca de ellos. Los que se oponen cuentan con razones y argumentos de peso. A mi juicio, más y mejores que quienes los defienden, que también tienen los suyos. Por su forma de hacerlo y lo peregrino de muchas de sus afirmaciones y razonamientos, estos últimos acaban por generar más dudas y oposición que convencimiento. Si renunciaran a la argumentación de baratillo conseguirían más apoyo entre la gente, menos estúpida y olvidadiza de lo que ellos piensan.

La torpeza y mendacidad de algunas declaraciones del gobierno (venganza, revancha) hacen que lo que podría haberse interpretado como una muestra de estiramiento respetuoso de la ley, de seguridad y confianza del Estado en sus fuerzas, aparezca como debilidad y desafuero. Puede aparentar una continuación del fracaso del Estado, de los gobiernos sucesivos, del cuerpo diplomático y de todas las instituciones a la hora de construir un discurso potente y legítimo para contrarrestar el relato, falso pero eficaz, de la parte nacionalista. Tanto dentro de Cataluña como internacionalmente, el discurso necesario por parte del Estado, cuando no inexistente, ha sido desmañado. Ha habido mucha torpeza. Algunas veces ni siquiera eso, solo inacción.

La izquierda más disolvente y vocinglera, como la derecha más extrema,  en exceso catacúmbrica a mi entender, también ayudan poco a que veamos las cosas, incluso los indultos, con calma y sensatez. Para defender los indultos cuestionan algunos la sentencia, la legitimidad y desarrollo del juicio, el tribunal, la entera justicia. Inexplicablemente del brazo de los separatistas intentan desacreditar, desactivar precisamente lo que nos ha salvado: la justicia, las fuerzas del orden público y el discurso oportuno y clarificador del rey. Alrededor de juicios, sentencias e indultos, continuamente se intenta presentar la ley, tanto como a sus intérpretes y ejecutores, como un enemigo a derribar, y para ellos sin duda lo es, como para todo aquel para quien las leyes sean un estorbo. La única forma de arreglarlo es nombrando ellos jueces más afines a sus ideas. De forma que el aspecto legal es central en el debate. La resolución del Supremo acerca de los indultos limita el alcance y reduce el campo de actuación del gobierno al terreno de la conveniencia, más que al de la justicia. Nada que rascar por ahí, aunque no pocos sigan con su raca-raca.

Durante la pandemia abundan los epidemiólogos; con la justicia ocurre igual, todos son desde hace un tiempo doctores constitucionalistas o penalistas. Si no, siempre hay un magistrado que escribió un libro, hizo un pregón o que vegeta rumiando sus rencores en los arrabales del gremio, que nos da la razón. El Supremo, como el Constitucional o el TSJC, son unos señores que pasaban por allí, parece ser, y que ya que andaban por esos andurriales fueron nombrados. Lo fueron por varios partidos. Es cosa que olvidan, como que sus fallos suelen ser unánimes.

Entre los argumentos que aportan, que más debilitan que refuerzan sus posturas, está el decir que la sedición es figura vetusta, como la rebelión. No es la antigüedad cosa que deslegitime inevitablemente una ley o una figura penal. En algunos estados de USA aun hoy se atienen algunas sentencias a lo dispuesto en las Partidas de Alfonso el Sabio, heredadas del México hijo del Virreinato de Nueva España. El asesinato es figura antigua, ya desde Hammurabi y, hasta donde yo sé, no hay proyectos para eliminar tan antañona prevención de los códigos de ningún país. Como argumento para achicar las trabas legales a la sedición y a otros delitos, no diremos que es flojito; es pura chatarra. Sin embargo, de forma tan paradójica como operativa y oportuna, actual y reluciente como moneda recién acuñada, brilla la ley que regula el indulto, que es de 1870, y que apela a la gracia regia. Este equivocado argumento, pendular a conveniencia, es más utilizado que honesto, traído por los pelos, hay que reconocer. En realidad, es de esas afirmaciones que ni siquiera son falsas.

Se equivocan gravemente, como siempre, los que para defender la conveniencia de los indultos intentan desacreditar la sentencia y a los magistrados que la redactaron. Es impecable, como lo fue el juicio. Y generosa, dada la gravedad de los hechos. No debe ir por ahí la cosa. Esos que disparatan poniendo en duda la calidad democrática y limpieza del juicio son los mismos que en el Parlament, en los manejos y abusos de la Generalitat y en la prensa que cobra un sueldo pagado por todos, pero de manos nacionalistas, nada vieron inquietante o merecedor de similares espantos. Su desinterés por la democracia es patente. Su opinión es poco relevante, van a otra cosa. Sin embargo, entre sus muletillas está esa del “no te oí yo decir…”

Dicen que este bondadoso trato, este pelillos a la mar, es propiciador del diálogo. Mal vamos. Nadie, por el mero hecho, aunque gravísimo, de quebrantar las leyes y usos de la democracia, de promover un levantamiento popular desde el poder para arramblar con la Constitución y el Estatut, merece que se negocie un armisticio en el que el independentismo derrotado trate de tú a tú con el Estado para vulnerar leyes, consolidar abusos y perpetrar otros nuevos. Más bien al contrario, deberían saber que los tratados con los que se cierra un conflicto llevan al perdedor a ceder más que a ganar. Y a pagar los platos rotos, los gastos e indemnizaciones de guerra. La tradición pastelera y rendida al chantaje ha ido dando por buena la perversidad de que ellos nunca han arriesgado nada. Sus apuestas no podían ser sino ganadoras. O llevaban a una nueva cesión del contrario, es decir, de la mayoría, o al menos se conservaban los avances conquistados. Hay que empezar a hacerles saber que estas aventuras deben de tener un coste. Que pueden perder parte de lo que ya tienen, posibilidad que nunca han contemplado, ni unos ni otros. Desde competencias indebidamente traspasadas, más viendo la deslealtad con la que se ejercen, hasta la misma autonomía, que podría ser intervenida durante un período suficientemente largo y con un alcance que permitiera desmontar la red clientelar, las estructuras educativas de hacer país, muestra de que no existe tal cosa, el control dictatorial de unos medios de comunicación públicos puestos a disposición de unos partidos contra la mitad de la población, o las embajadas dedicadas a corroer la imagen internacional de España. En realidad, hasta que en la Generalitat no haya un gobierno dispuesto y capaz de hacer esas cosas, no tiene arreglo la cuestión, todo son remiendos de tente mientras cobras. Eso de la conllevanza, que en catalán procesual se dice peix al cove.

Son precisamente ciertas defensas que leemos acerca de los indultos, como los anteriores sofismas, lo que acaba por hacerlos más difíciles de digerir. Argumentos de baratillo, datos falsos o equívocos, asunción de un relato victimista, de una particular y sesgada interpretación de la Historia, contradicción ideológica con que desde los arrabales de la izquierda se dan por buenas ideas que se oponen frontalmente al que antaño fue núcleo de su doctrina, lo que desvela más oportunismo y afán disgregador que racionalidad y aprecio por los valores de igualdad, justicia y solidaridad. Malos argumentos los que utilizan los que desean y proponen más una España de territorios diferentes que de ciudadanos iguales. Tendrían que ir haciéndoselo ver.

Hacer política. Sin duda. Los independentistas no han dejado de hacerla. Siguiendo de cerca a Maquiavelo y a Al Capone, eso sí. Los indultos, como la aplicación del 155, también son política y el mayor argumento a su favor lo ha proporcionado nada menos que Elisenda Paluzie, advirtiendo a la peña que su concesión los deja en pelotas argumentales ante ese mundo que les mira, aunque menos y peor de lo que quisieran. El Puchi queda en una posición surrealista, agarrado a la brocha del exilio pero sin esa escalera de agravios imaginarios haciendo de peldaños. Intentarán que este intento beatífico de no darles razones de queja pase por demostración de que les dan la razón, algo que también escucharemos en las bocas peor conectadas a los magines que se supone las dirigen. El fugitivo languidece en un limbo con nombre de derrota, huido demasiado lejos para que le alcancen estas medidas de gracia y vendrá resultando un gasto demasiado oneroso para las menguadas y divididas arcas indepes. Ya es un estorbo fantasmal hasta para los suyos.

Cuando se le pide al Estado que haga política se le viene a exigir que ceda, que negocie, que trate de tú a tú a quien no quiere ser nosotros. Efectivamente deberían hacer política. Es decir, apurar lo que su poder legítimo y las leyes pongan en sus manos para destruir el relato independentista y acorralarlos dejando de pensar que los pagos sucesivos, la independencia a cómodos plazos, la actitud franciscana hacia el hermano lobo, son la solución. Esperamos los gestos por la otra parte, lo que resultaría inédito, si es que se producen. Nunca estarán contentos. Sólo la independencia, etapa en la que iniciarían los lloros para reivindicar ampliar el espacio vital a sus paisos. Reclamarían nuevas e inventadas deudas históricas y, como ya anunciaron, no se sentirían concernidos por las deudas del Estado ni por ninguna otra obligación. Sus dirigentes son esencialmente deshonestos y chantajistas. Carne de psiquiátrico cuando no de presidio. Combatir esos delirios sería el marco, la base de partida para cualquier política. No caben estrategias de apaciguamiento, de ahí mis dudas acerca de la pertinencia, incluso del efecto balsámico de los indultos. De producirse, no será en los indultados. Nada es ni será nunca suficiente. Toda cesión pone la base para nuevas peticiones, así ha sido siempre y siempre les ha ido bien. Hay que cambiar el panorama, las reglas de la partida. Ellos también pueden perder, no hay que dar por buena la estrategia de que ellos nada arriesgan. Cuando pone uno en el tapete unas fichas, si la jugada sale mal se pierde lo apostado. Queda uno peor. Hay peligros que asumir. Un jugador que recoge lo ganado pero nunca paga las pérdidas se ve animado a multiplicar eternamente esas apuestas sin riesgos que los nacionalistas llevan decenios practicando. Es imprescindible hacerles entender que ellos también arriesgan algo, que esa partida amañada ya no da más de sí. Sería buena cosa ir retirando las competencias que se ejerzan de forma desleal, ilegal y perjudicial para sus administrados, aunque beneficien a algunos de ellos.

No hay necesidad de mesas de diálogo, otra cesión bastarda. Para eso se inventaron los parlamentos. Reunirse en privado con los dirigentes nacionalistas, representantes de menos de media Cataluña, tratando al Estado de tú a tú como fuerzas iguales en cuanto a legitimidad, no diré que es empezar mal, sino seguir a peor. Partiendo de la ruina hemos conseguido llegar a la miseria más absoluta.

Poniéndose uno en la posición de Maquiavelo, es decir bajando a su terreno, yo estaría a favor de los indultos. En el fondo, dañan gravemente al independentismo más radical y lo desarma internacionalmente, pues la acción de los gobiernos, desde antiguo escasa, rendida y vacilante, se ha limitado a una inactividad pusilánime, sin objetivos claros, siempre a la defensiva y deficiente en sus formas, que ha dejado el relato en manos de los enemigos de la democracia, presentes en todo el país. Estaría de acuerdo con muchos matices y condiciones. Con pedagogía y claridad, explicando las cosas sin tomarnos el pelo, como una muestra de fortaleza, no de debilidad. Pero hay muchos problemas que privan de gran parte de su virtualidad curativa a estos indultos. Primero por la persona que los impulsa, una veleta movida por los aires más tormentosos, las más de las veces en la dirección que conviene a él y a sus socios más que al país. Les resultará difícil convencer a los electores de que obran más por interés público que personal y partidista, algo que sería novedad. Sin duda, Sánchez debe de tener sus principios, aunque nadie sabe a ciencia cierta cuáles son, por cambiantes y porque su patológica falta de palabra le han privado de cualquier resto de credibilidad. Segundo, por su extrema torpeza, que es la opción más favorable a la hora de valorar el desvarío de calificar de venganza o revancha el cumplimiento de la sentencia de un tribunal en un juicio justo, que todo el mundo vio, como había visto y sufrido los hechos enjuiciados.

Aunque tendrán que ser aplicados de forma individual, adaptados a las condenas de cada uno para hacerlas extinguir, en realidad es un indulto colectivo, una amnistía grupal, un engendro legal. Doctores tiene la iglesia. Nos cuentan que es una forma de salir, como sea, (es decir, de cualquier forma) de un problema que nos creó el PP de Rajoy. Hace falta rostro, esclerosis facial y desmemoria. Hay que rebobinar más: hasta los 40 años de chantajes aceptados por PP y PSOE; también recordar a Maragall y a Zapatero, promotores principales del marrón, junto al igualmente desbordado Artur Mas. Mirar atrás ayuda poco, aunque siempre es necesario. Pero para ver cómo podemos corregir el rumbo sin perder los principios, quien algunos conserve. La culpa del crimen es del criminal, no cabe atribuirla a la víctima reprochándole no haber protegido suficientemente sus bienes o su vida. Casi todo el argumentario al que se recurre es mercancía averiada. Hay penuria argumental y, en no pocos casos y personajes, ruina moral. Son los riesgos de poner al futuro por testigo, cuando el pasado resulta poco amparador de las decisiones que se toman.

Esquerra y Junts se enfrentan a un horizonte judicial grave. Hay muchos juicios pendientes, con sus previsibles penas y, lo que no es menos gravoso, dineros que devolver y multas que pagar. Judicialización de la justicia, repetirán. Piden una amnistía general, lógico, a muchos les espera la cárcel, la ruina o ambas cosas. Consecuencia del procedimiento artero y habitual de acogerse a sagrado, de parapetarse tras los muros de la política, nombrando para cargos o incrustando en listas electorales a delincuentes para luego poder decir que se persigue a políticos, no a criminales, especies a veces indistinguibles en el principado. No hay ni habrá indulto para tantos. Algunos de ellos serán los mismos ahora indultados. Y el indulto no admite reincidencia, como los delitos que perdona.

El mejor y tal vez único argumento a considerar para conceder estos indultos con una pinza en la nariz y un Valium en la boca, es ver si convienen. No intentemos argumentar nada más porque la jodemos. Sólo podríamos tolerar, y con la nariz tapada, los indultos como un mensaje a Europa y a la parte de los catalanes seducidos por este montaje pero que aún conservan una rendija mental por donde se pudiera colar la razón. Es decir, los que no cobren de la industria indepe, que los que sí viven de ella son irrecuperables, al menos hasta que dejen de cobrar. Nada cabe esperar de ese mundo ensimismado, no les es posible plegar velas, reconocer que engañaron a todos. Hacer cierto que concederlos es demostrar la fortaleza del Estado requeriría mostrar y proteger esa fortaleza de la que presumen muchos que han trabajado más para debilitarlo que para reforzarlo. Poca robustez puede exhibir un país que tiene como socios y apoyos del gobierno a varios de sus peores enemigos. Desde luego no se hace más fuerte a un Estado desarmándolo jurídicamente, modificando figuras penales más para propiciar que para evitar delitos como los que se van a indultar. Reducir penas y despenalizar la convocatoria de un referéndum ilegal no deja de ser una curiosa forma de evitar que se produzcan otros. De las funciones del cumplimiento de las penas, ni se ha dado la reinserción, ligada al arrepentimiento, tampoco hay posibilidad de resarcir a la sociedad de los daños causados, y renunciamos para colmo al ejemplo y advertencia a navegantes. Legislar por encargo de la parte contratante de la segunda parte es lo que tiene. Los discursos con que se intenta sostener estas cosas, como vemos, son simple morralla argumental. Uno puede seguir tomando drogas, reconocer la propia impotencia para dejarlas, pero no argumentar acerca de su conveniencia. No argumenten, los indultos son más fáciles de conceder que de justificar. Su conveniencia, dudosa pero posible, hay que buscarla por otras veredas. Hay que recordar que estamos entre trileros.

Lo cierto es que más tiempo están en a calle que en la celda. Dada la blandura y laxitud con que cumplen las condenas, que en presidio les falta una pérgola y un estanque con nenúfares, a lo que se añade que pronto tendrán derecho a la libertad provisional y más cuando, tomadas las medidas que se anuncian, se les haga el traje ajustado a su talla por la revisión de la figura de la sedición. Las cosas así, tal vez le convenga al Estado mostrar generosidad, aparentar fuerza dando indultos. Decía el Quijote que «Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea por el peso de la dádiva, sino por el de la misericordia». Si entramos a considerar que tal generosidad sea un pago a cambio de apoyos, que en esta decisión hay más debilidad que fortaleza y otros condicionantes similares, llegamos a la melancolía. Sabemos que la vida no es justa, pero no busquemos argumentos para encontrar bondad y justicia en que nos caiga una teja que alguien ha dejado suelta. Se sufre y se aguanta si no hay otro remedio, pero no se dicen gilipolleces.

La coherencia, el respaldo de haber seguido con anterioridad una trayectoria sin meandros ni regates que buscando la ruta más cómoda en cada momento acaban por llevarnos a un mal sitio, así como la costumbre de honrar la palabra dada, hacen previsibles y fiables a las personas. Tal vez los independentistas hayan encontrado en Sánchez una cuña de su propia madera. Haciendo del defecto virtud, los que vienen años presumiendo de astucia y de bordear las leyes por la parte de fuera (en los mejores casos), pudieran acabar siendo los burladores burlados por alguien de su misma escuela de apuestas fuertes, pero más astuto y mejor tahúr que ellos, que ya reconocieron que iban de farol. Teniendo en cuenta que la gobernanza del principado, tras decenios a merced de orates tan alucinados como bien retribuidos, no ha ido haciendo sus levas precisamente entre los más listos, pudieran acabar cayendo en las trampas argumentales que hasta ahora tan buenos dividendos les han reportado. Incluso pusieron una pica en Flandes. Si esto va de relato, si estamos entre locos, si todo es ilusión como dijo el Supremo, quizás los indultos, infumables casi sismpre desde la decencia y la justicia, pudieran ser útiles para empezar a desportillar ese relato que ha calado en las mentes más perezosas de dentro y de fuera. Sería su única virtualidad positiva. Tal vez convenga otorgarlos aunque solo sea por joder. Para los afectados es pura homeopatía. No les sanarán. Es muy difícil, además, que nadie entienda algo cuando su sueldo depende de que no lo entienda. Y hay decenas de miles en esa situación. Nada cabe esperar de ellos. Pero los indultos podrían debilitar la ponzoña del relato nacionalista, siempre basado en el impostado victimismo. Que somos mejores que estos bandarras, es algo sabido, incluso por ellos mismos. Y con diferencia. Presumamos de bondad. Si hacer de san Francisco de Asís tampoco funciona, estaríamos en la peligrosa situación de que los cartuchos que nos quedan ya no son tan de fogueo, que es tal vez adonde los más indecentes nos quisieron llevar.

Debería ser un ultimátum expreso, no un paso más en el rosario de cesiones, un rosario más parecido al de la Aurora que al de la justicia. Dicen que volverán a repetirlo, aunque cada vez más solos y con menor convicción. Átense los machos tanto los que concederán el indulto como los que lo reciben. Si, a pesar de lo dudoso de su procedencia, ese mundo levantisco volviera a las andadas ya no podríamos seguir con los juegos florales. Deben saber, habría que demostrarles para que lo aprendan que, como hemos repetido antes, en una partida también se puede perder, que esta la han perdido ya y que la autonomía puede ser legalmente suspendida y no por unas semanas. Que no olvide nadie que las cárceles siguen existiendo.