sábado, 9 de septiembre de 2017

Espístola Esperpéntica



A muchos ya les pasó, a otros les está ocurriendo ahora mismo, aunque a todos ellos demasiado tarde. Mientras aún hay quien permanece en una voluntaria inopia, los más se dan cuenta ahora que han sido Odiseos subyugados por la música de unos cantos de sirena, cuya letra no entendieron, en su viaje a Ítaca. Las cuerdas que les sujetaban al palo mayor, las de la ley, para su mal fueron rechazadas. Esta vez no fue Brecht —tan de nuestro gusto, aunque apócrifo—, quien les advirtió y siempre hay que atender a los versos del oráculo más que elucubrar sobre si el oficiante de los augurios es de Delfos o de Dodona. Les está pasando como a las langostas cuando las cuecen a fuego lento. Mientras van entrando en calor no les desagrada, incluso disfrutan. Cuando empieza a molestarles ya no pueden evitar ser cocidas. En la fauna de nuestras costas, al lado de las excelsas gambas de Palamós, la mejor muestra de langosta política es Convergencia. Lo que queda de ella, que es mucho más de lo que quedará pronto. Y algunos crustáceos convergentes, los que no se coma el pulpo de la CUP, con sus Tarascas, terminarán su andanza bien cocidos en su propio jugo en la olla de Soto del Real. O mejor la de San Cugat del Vallés. Por ladrones, no por mártires de la patria, como ellos quisieran. Fingían ser tiburones, pero eran caballas.

Creo que fue Pío Cabanillas quien dijo que si los españoles escucharan lo que se trata en los consejos de ministros se agolparían en los aeropuertos. La noticia o la ley ya guisadas, incluso a la luz de los taquígrafos de los parlamentos en sus actas, ofrecen un producto bien envasado, pulcro, a veces hasta apetitoso. Al menos digerible. Para desgracia de los levantiscos dirigentes de Cataluña, la televisión nos ha mostrado en toda su crudeza cómo se hacen las morcillas legislativas independentistas. En otros tiempos las hubiéramos visto colgadas en la prensa o en el BOE, ya puestas a secar, pero esta vez nos ha sido dado verles agitar las ollas de sangre, hemos olido a cebolla y contemplado como la Forcadell, girando el rodillo parlamentario, embutía esa sanguinolenta masa grumosa en las tripas culeras, aún malolientes, sin tiempo ni intención de limpiarlas de su anterior contenido. Muy educativo y esclarecedor.

Sobre esa receta, como en todo, hay gustos. En toda España, por no desentonar de un entorno que ejerce una presión insoportable para los más débiles u obtusos, parecen muchos sentirse obligados a mantener la postura opuesta a la de Rajoy aun cuando sólo mostrara sus preferencias gastronómicas o dijera en qué día estamos, pues en el presidente personifican razonablemente su rechazo a las políticas que se han desarrollado en España y que también con razón pueden ser combatidas, tanto como otras de anteriores gobiernos. Un obstáculo a derribar si quieren disponer del BOE, pues ningún partido tiene entre sus prioridades hacer un país mejor para sus ciudadanos, centrados en ganar las próximas elecciones o en partirlo, como primera providencia. Para no perder el lustre progre que esa entelequia del derecho a decidir creen que les confiere, tanto como para no dar argumentos al enemigo y dejar meridianamente claro su alejamiento de don Tancredo, llegan al extremo de, por no darle en nada la razón a Rajoy, oponerse a esa misma razón en las escasas ocasiones en que el presidente la lleva. Como es en caso de Cataluña. Aunque sea una razón ajena, la que ha encontrado abandonada por los sediciosos. 

Quienes denuncian falta de diálogo en el tema de la sedición catalana deberían explicarse un poco mejor, igual que los que proponen reformas constitucionales o lamentan echar en falta ofertas que deberían haber sido hechas a Cataluña para frenar su insaciable y secular deseo de ser mejor tratados que el resto de los españoles, como por su superioridad les corresponde. Deberían decirnos qué es lo que se debería haber quitado a algunos, aclarando también a quiénes, para contentar a Más o a Junqueras. Qué reformas habría que hacer en la Constitución en ese sentido; aquilatar, a ojo de buen cubero, en cuántas naciones habría que partir España para dejar a todos satisfechos; delimitar hasta dónde llega eso del derecho a decidir y establecer quiénes son los titulares de tal derecho y por qué unos lo tienen y otros no, en el dudoso caso de existir. Pero no nos lo dicen. Sólo dicen que falta diálogo, que el gobierno central es inamovible, tal vez por contraste con la leal flexibilidad y buena voluntad del de la Generalitat. Malos y buenos. Se impone la equidistancia que llega a compadreo con los secesionistas en los casos más graves.

La boba e imperante necesidad autoasumida de no fallar a ningún palo para aparentar ser como uno debe de ser, como la tribu de los buenos espera que se sea, lleva a una sospechosa unanimidad de ideas en un grupo creciente de personas afortunadas que siempre saben quién lleva razón, qué está bien y qué está mal. Incluso son los únicos que saben lo que verdaderamente pasó en nuestra historia. Llegan a descender, mostrando su talante, a terrenos que creíamos superados, como establecer qué libros hay que leer y cuáles no, pues cada Iglesia tiene su Index Librorum Prohibitorum. En ningún caso a Javier Marías, a Reverte, a Arcadi Espada, a Vargas Llosa ni a Cela, un censor. A Semprún sólo lo que escribió de joven, que luego se nos torció, como nos pasó con Tamames, Juaristi o Escohotado. Mejor a Verstrynge, que éste acabó enderezándose. En la Complutense había unos que tienen la lista buena, la de los que evitan la prosa cipotuda, aunque en algunos casos no recomiendan leer sus biografías. También nos dirán a qué equipo de fútbol es admisible apoyar, o si la afición a los toros —que no comparto— es compatible con la inteligencia. Si las fiestas de moros y cristianos, la semana santa o la cabalgata de Reyes son algo permisible, que el anticlericalismo más infantil y fuera de lugar y de época es ítem para no fallar, solo tolerantes ante el Islam. Como ocurre con la bandera, el himno, el antimilitarismo, o la misma palabra España y gran parte de su historia, descubrimiento de América incluido, cosas de franquistas. En los peores casos discriminan entre buenos y malos muertos. La lista es inmensa, asfixiante, y llega a abarcarlo todo. Fuera de ellos sólo queda la ignorancia, la caspa, los fachas: Torrente en todo su esplendor. Torrente es España para ellos, aunque en nada se reconocen en uno y otra, extranjeros en su patria. Todos los que nos atrevamos a sugerir algunas objeciones a su dogma somos Torrente. Faltaría rodar la película de los ocho apellidos progres, aunque muchos no me parecen capaces de digerir el vernos todos retratados en parte, ya que nuestra sociedad sería una mezcla de los dos guiones, con ciudadanos que se mueven en el rango comprendido entre Torrente y Willy Toledo, dos espantajos extremos, aunque el primero tiene la ventaja sobre el segundo de no ser real. Más allá está el hombre de Neanderthal, en sus peores individuos. Pero eso sólo está al alcance de los que somos capaces de reírnos de nosotros mismos.

Se otorgan con estos títulos y criterios las credenciales de corrección y unos y otros clasifican y etiquetan a su gusto a todo el personal. Aquellos con quien nos gustaría poder estar recurren mucho últimamente al término facha, endosando a todo adversario un fascismo algo diluido, carpetovetónico, siempre ajeno a ellos y que igual vale para un roto que para un descosido. A veces lo aplican a algunos que lo son menos que ellos mismos y, al menos, tienen el mérito de habernos descubierto, si falta hacía, que hay fachas de izquierdas. De derechas ya lo sabíamos. No me molesto en explicar que mi postura no está en ninguno de esos extremos.

La lista se va incrementando y, la verdad, da vergüenza reproducirla aquí, por larga y por absurda. Sólo merecería la pena desgranar el listado para ver que, en la mayor parte de los casos, los incluidos son de mucho más mérito y valor que los que tan burdamente intentan desacreditarlos. Lo cierto es que en no pocas ocasiones el descrédito es tiro por la culata que hiere al desacreditador, un enano ante la altura del que intentan incluir en esa lista negra. Paco Martínez Soria fue un gran cómico y una gran persona, respetado, entre otras cosas, porque nunca pretendió equipararse a Fernando Lázaro Carreter, académico de la Lengua que le escribía los guiones. Platón y yo, dos. Casualmente Javier Marías ocupó la silla R, vacante tras la muerte de Lázaro Carreter.

Hubo una época en que Albert Boadella y otros muchos podían hacer su trabajo en Cataluña. Un trabajo que en gran medida se basaba en reírse de sí mismos y de su entorno, de poner en evidencia a las personas y los hechos que él ya veía que nos iban llevando a donde estamos ahora. Se podía reír entonces de los que asistían a sus representaciones, de los que estaban dentro del teatro, él incluido. Esa libertad se acabó. Igual que antaño tuvo que huir de España escapándose de la cárcel, llegó para él el momento de abandonar Cataluña cuando ya sólo se soportaban las risas y críticas a los de fuera, a los que no asistían a sus funciones; tuvo que irse de allí agobiado por una censura institucional y social cada vez menos sutil y más feroz por parte de un nacionalismo excluyente que iba copando y pudriendo una sociedad que en tiempos fue abierta y cosmopolita. Esa que daba tanta envidia entonces como pena produce en la actualidad por el apaletamiento y aldeanismo de una parte de sus miembros. 

Lleva parte de razón Jordi Ibáñez cuando critica a Boadella. Y toda en el resto de lo que dice. Acierta al decir que debemos ser cuidadosos cuando decimos “los catalanes”. Hay que discriminar. Él, Boadella, tiene la disculpa de que lo es, pero unos y otros debemos evitar meter a todos en el mismo saco, algo que supondría negar la tesis que defendemos muchos: que los que han perdido la cabeza y la razón, a veces en pro de la cartera, son los dirigentes y la extensísima red de personas que viven como el maharajá de Kapurthala vendiendo ilusiones o reescribiendo el pasado, los medios de información a sueldo, prácticamente todos, entre esas promesas de crear un país mejor que desmienten con cada actuación y con cada disparate, mostrando que lo que van pergeñando es una república bananera basada en el supremacismo y en el desprecio a quien piensa distinto, que son los más, pues nadie negará que desde la Plaza de Sant Jaume, 4, se gobierna poco y mal, sólo sobre un tema, y siempre contra más de la mitad de los catalanes. Gran parte de esas actuaciones van dirigidas a intentar librar de la cárcel a muchos próceres, por ladrones más que por levantiscos. De la deslealtad al resto de España no hablemos ahora, que ya habrá momentos para recordárselo. Huelga decir que no solo en Cataluña ocurren estas cosas, que españoles somos todos.

Y lo que es mucho peor y les diferencia es que allí han promovido y logrado el silencio, un silencio espeso y temeroso. Posiblemente hoy Cataluña, como antes fue el País Vasco, sea el único lugar de España en el que antes de hablar hay que mirar hacia atrás, algo que los que tenemos cierta edad habíamos olvidado. El único lugar en el que en la mesa familiar hay temas que mejor no sacar a relucir, ni entre amigos, si queremos conservarlos. No digamos si somos funcionarios, tenemos una empresa que de alguna forma pudiera tener relaciones comerciales con la administración, o podríamos solicitar cualquier tipo de subvención.

No se puede ni debe hacer un referéndum no sólo porque es ilegal, que lo es, sino porque sería ilegítimo e injusto. Aunque tal vez sería deseable ver de una vez por todas la decisión mayoritaria del conjunto de los catalanes, más razonables que quienes los dirigen, informan y manipulan. Desde luego esta situación puede dar lugar a que el referéndum llegue a ser un deseo nacional para expulsarlos del país y dejarlos a la intemperie, en manos de esos caudillos, que van reproduciendo maneras de triste recordación. Pero los catalanes, gran parte de ellos, no se merecen eso, como no merecen la soledad —cierto que silenciosa— en la que hemos dejado a quienes viven allí sin tragar con esa dictadura en construcción, a quienes no piensan como los que dirigen la comunidad, robando a veces y viviendo siempre en la opulencia más escandalosa, mientras dejan de gobernar y, puestas por delante sus ambiciones personales, llevan a la ruina económica y moral a Cataluña, muestra inequívoca de su españolismo. La crítica, el comentario dolido, por otra parte, tienen siempre algo de elogio, pues sólo se preocupa uno por aquello que aprecia, que estima, por aquello que desea que fuera a mejor. Como es mi caso respecto a Cataluña.

Después de Évole y Fernando Morán, algunos de los últimos de la lista, sin duda otro nuevo candidato a facha para la peña es Joan Coscubiela, que fue secretario general de Comisiones Obreras en Cataluña durante 12 años y parlamentario del grupo Iniciativa per Catalunya-Verds, y que es en la actualidad el brillante portavoz de Catalunya Sí que es Pot, la franquicia de Podemos en esa Comunidad Autónoma. Al menos lo era hasta ayer, porque tan razonable se mostró defendiendo la democracia que seguramente dejará de serlo muy pronto. Todo eso frente a los cabizbajos miembros del gobierno de la Generalitat, que no eran capaces de mirarle a los ojos. Diosdado Cabello, disfrazado de Carme Forcadell, miraba el cogote del parlamentario en uso de la palabra mientras ella iba despachando desde el mostrador de la mesa presidencial la Ley Habilitante con la urgencia que impone la falta de razón. Y de vergüenza. Ni siquiera fueron capaces de leer en la tribuna, menos de respetar, los informes jurídicos de sus propios letrados del Parlament o del Consejo de Garantías Estatuarias de Cataluña,  que no de Madrit, que les habían advertido de la total ilegalidad de lo que allí se estaba imponiendo a media Çataluña y a toda España, callando a la oposición. 

Demasiada razón y suficiente vergüenza como para desagradar a parte del caleidoscópico grupo que representa, pues más hace lo primero que lo segundo, para decir que lo del Parlament era una farsa, un acto bucanero y autoritario que deja sin sus derechos a todos los parlamentarios de la oposición y, con ellos, a más de la mitad de Cataluña y a todo el resto de España, mostrando el verdadero rostro totalitario e irrespetuoso con la discrepancia de ese pretendido estado risueño, tolerante e integrador cuya creación, entre sonrisas y astucias, vienen anunciando ya demasiado tiempo como para que un Estado serio les hubiera consentido llegar hasta este grado de demencia y aplastamiento del que piensa de forma distinta a ellos. 

Arropado por los aplausos de todo el espectro político, menos los separatistas, algunos de ellos en su propio grupo, les vino a decir, les sugirió, que lo que, a toda prisa y sin respeto a leyes, reglamentos, informes jurídicos, formas ni razones, vienen montando es simplemente una dictadura de libro, y agrada ver que, por fin, incluso con posiciones muy enfrentadas, queda un buen rescoldo democrático en Cataluña, que no todo es silencio y sumisión, que ha pasado el momento de callar para sobrevivir, de dar por digeribles tamañas ruedas de molino ideológicas y de intentar ordeñar vacas que ya no dan más leche.

Fue todo un placer escuchar a Iceta decir que le daba vergüenza no tener más remedio que recurrir a un tribunal de fuera de Cataluña, al Constitucional, en busca de protección ante el totalitarismo de los que dentro de su Comunidad, en su mismo Parlamento, le avasallan, precisamente los que tienen el mandato delegado del Estado para defender los derechos de los catalanes y que, desde la Generalitat y el Parlament, utilizan para impedirle ejercerlos. A él y a la mitad de los catalanes.

El mundo nos mira. Poco y para descojonarse. Algunos periódicos catalanes dicen desear que no miren mucho, tanto a una manifestación más contra el rey y el gobierno de España que contra los terroristas, olvidados los muertos ya desde un rato antes de la mani, como a las últimas sesiones del Parlament, esas 48 horas negras en las que el secesionismo ha mostrado su cara, perdiendo la máscara falsamente amable que, en su infinita autoestima, habían ido construyendo durante años. No se puede pedir respeto a la propia identidad desde el desprecio a todas las ajenas.

En su afán por mirar hacia atrás, siempre acusando a Castilla de sus males, casualmente olvidan que entre ellos, mandando, están algunos descendientes de los últimos traficantes de esclavos de Europa, explotadores de caña en Cuba y de cacao en Guinea, bodegueros de ron y mistelas, vendedores de indianas en el Imperio español y de tejidos al resto de España en régimen de monopolio, que van hoy del brazo de los herederos de esos pistoleros anarquistas que perseguían a sus abuelos a tiros por las calles de Barcelona defendiéndose de los sicarios que los primeros, con menos valor, habían contratado. Carlistas con Iphone y curas trabucaires con página web, antiguos republicanos al lado de acomodados burgueses cuyos padres con tanto entusiasmo —en la cartera, sucursal del cerebro o a la inversa—, aclamaban a Franco después de la guerra en las Ramblas, donde luego sus descendientes tuvieron un meublé (los de Franco). Beatos montañeros de Montserrat junto a comecuras furibundos, honorables ladrones en coche oficial, antes banqueros haciendo peña con antisistemáticos pendejos y bandarras similares, haciendo cuando toca de majoretes para acompañar a los próceres hasta el juzgado... Y, en medio, por otras calles, la sufrida procesión del silencio de gran parte de una población extraviada en este esperpento que espera a su Valle Inclán para ser contado, faltos de Josep Pla, Gaziel, Vivens-Vives, Tarradellas y otras muestras del buen sentido perdido. Queda la posibilidad de que Eduardo Mendoza se lance a escribir la segunda parte de la Ciudad de los Prodigios, con Jordi Mayor i Detall de protagonista.

Vale.

sábado, 5 de agosto de 2017

Epístola censora e inquisitorial



El arte, como máxima expresión de la sensibilidad y pensamiento humanos, debe, al menos, conservar la capacidad de incomodar, de ofrecer una visión alternativa. Debe tener el derecho, aunque no la obligación, de hacerlo. La literatura, el teatro, la pintura, la música, la poesía, son manifestaciones que pierden mucho cuando renuncian a provocar una cierta inquietud, cuando se limitan a abundar en la forma habitual y consolidada de ver las cosas por parte del grupo al que van dirigidas. Ya el hecho de que sean destinadas a unos sí y a otros no, de que hayan sido creadas para dar satisfacción a un grupo, sea una élite o una chusma, limita por no decir que elimina la necesaria universalidad del arte. Explicar aquí que a esa universalidad se puede llegar desde lo más local sería ofender a mis lectores, si los hubiere.
     Se da la circunstancia de que algunos creen que es suficiente con incomodar, con provocar, para que cualquier cosa sea tenida por arte, lo que ha inundado de bodrios el mercado del que viven culturetas y especuladores. Y no, la provocación, el escándalo o el ataque a las creencias, sentimientos o visones ajenas no garantizan que el producto que los origina sea arte, por más que atribuirse que lo sea pretende a veces proporcionar un paraguas protector ante posibles críticas. ¡Ah, se siente! ¡El arte no debe de tener límites! El humor, siempre que no se dirija contra mí, tampoco. Un oído educado agradece la disonancia, siempre que se limite a aportar la sal y la pimienta en una estructura tonal armónicamente sólida y familiar. La educación musical amplía el rango de disonancias que uno es capaz de admitir con disfrute, pero tiene un límite. En la vida real, una excesiva acumulación de disonancias interpretativas, algo muy frecuente hoy en día, es muestra de que no se tiene ni puta idea de música vital, económica o política. Ruido y postura. Hasta la sepultura.
     Si eso ocurre con los artistas, para qué hablar del resto de los mortales. Nos ocurre con la libertad como con algunos aparatos cuya tecnología nos rebasa, que no somos capaces de usar más que una ínfima parte de sus recursos. A veces las épocas más sombrías de nuestra historia, incluso aquellas en que a la ruina y descomposición del país se agregaba la nada amable vigilancia de la Santa Inquisición, han dado lugar a un florecimiento general de las artes, a un siglo de oro. La inteligencia asumiendo riesgos para desbrozar veredas llenas de malezas y pedruscos hasta llegar a campo abierto. Ha habido épocas de censura en las que unos creaban calladamente mientras otros más escandalosos se lamentaban de los obstáculos insalvables que esa losa suponía para parir su obra. Cuando la censura desapareció muchos perdieron tal excusa mostrando que en realidad nada tenían que decir. En esas estamos ahora.
      Y estamos en esas no porque no exista censura, que sí que existe y de la peor. No es una censura institucional, política, pues aunque nos quejemos de los torpes intentos de leyes mordaza que pretenden poner puertas al campo, la censura más perversa es la que nos autoimponemos, lo que ha dado lugar a que hayamos permitido que la parte más desocupada, inculta, infantilizada y estúpida de la sociedad nos imponga sus limitaciones y miserias, se dedique a vigilar la ortodoxia de la tribu y a destrozar en las redes a cualquiera que se haya arriesgado tímidamente a discrepar, empeñados en perseguir, cuadrante en mano, cualquier atisbo de disidencia, a poner a los pies de los caballos a cualquiera que se atreva a cuestionar una sola línea de su catecismo. Somos una sociedad contradictoria que admite las agresiones más salvajes e incívicas contra valores, creencias e ideas muy extendidas, atentados para los que siempre hay quien encuentre una justificación, mientras volvemos a un puritanismo propio de los Amish. Nos harían un gran favor botando un May Flower y yéndose a fundar una colonia a alguna acogedora bahía de Canadá.
      Resumiéndolo mucho nos quieren volver tolerantes hacia cualquier cosa, algunas francamente aberrantes, excepto hacia el pensamiento. Hacia el pensamiento libre, el que tiene dudas, contradicciones, el que se sale de parva, el que se atreve a decir que eso que tienen por incuestionable, aquello que ni se puede nombrar, sólo lo es para ellos, para menos de los que esos talibanes creen. Desde luego para mí no lo es. Deben acostumbrarse de nuevo a la libertad que niegan a los demás y que administran como exclusivamente propia, deben rebobinar personalmente varios siglos, leer y valorar el esfuerzo y el sacrificio con que otros nos habían dejado como herencia el derecho a poder decir lo que uno piensa, recuperar una tolerancia de la que hablan sin saber en qué consiste y dejar de tocarnos los cojones. No solo tenemos el derecho, sino la obligación, de poner en duda cualquier cosa. Eso tan sencillo, admitido en las sociedades en los momentos en que han sido libres, está ahora puesto en cuestión. Algunos están más concienciados en otorgar la libertad de imprenta a alguna tribu ignota del Amazonas que en dejar que su vecino opine como tenga a bien.
    Somos actores a los que sólo se nos permite reírnos de los que están fuera del teatro, lo más fácil. Reírse, incomodar a los que asisten a la función, verdadera misión y valor del teatro, la literatura y el arte en general, es hoy en día algo temerario. Cada uno en su burbuja.
     En este ambiente espeso y cutre uno llega a decantarse del lado de quienes defienden algo que no nos gusta, sólo por no estar junto a quienes les atacan con odio irracional. O de temer más a algunos apoyos cerriles que a quienes nos contradicen con educación y buenos argumentos. Más tenemos que aprender de los segundos que de los primeros.
     Me encanta la gente imprevisible, los que te sorprenden con una opinión aparentemente discordante, incluso contradictoria con su habitual línea editorial. Saber de antemano qué va a opinar alguien de un tema, de un artículo o de una noticia, desmerece mucho al que con sus opiniones viene a confirmar escrupulosamente lo previsto. Le hace perder valor ante mis ojos. Hacer un cuadrante con los temas sensibles, las esperadas correcciones mentales, políticas y sociales, donde ir poniendo crucecitas para ver por dónde respira el personal, para constatar hasta qué punto fulano o zutano se ajusta al kit de pensamiento de la peña, de ésta o de la otra, es algo poco recomendable por descorazonador y destructor de respetos. Aplicárselo a uno mismo puede resultar demoledor. La excesiva coherencia, el percibir en magín ajeno un bloque sin fisuras, una doctrina sin espacio para dudas, incluso incorrecciones, es índice de escasa actividad mental autónoma. Es el retrato de alguien aburrido, incapaz de sorprender, normalmente privado de sentido del humor y, en definitiva, poco recomendable.
     Porque, con todos mis respetos, la verdad sea dicha, según para qué plan y por poner un caso, la madre Teresa de Calcuta, podría llegar a ser una compañía poco recomendable en algunos momentos.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Epístola clínica



Abundan en las redes sociales recetas que, de manera infame, dicen curar el cáncer con zumo de limón y canela. La desesperación puede llevar a algunos a agarrarse a este clavo ardiendo, aunque a quien su buena salud física le permite conservar igual de sano el juicio le resulte difícil comprender cómo alguien puede llegar a confiar en esas soluciones tan sencillas para una enfermedad contra la que miles de los mejores científicos del mundo, pasito a pasito, arañan esperanzas reales desentrañando los caprichos de un aminoácido perdido en una doble espiral. 

     Para otros problemas, no menos complejos, nos proponen soluciones parecidas, sencillas y rotundas. Desde la homeopatía política en forma de inacción o tancredismo, a las cirugías sociales más agresivas que proponen la amputación y el bombardeo radiactivo, si bien en esta escuela de cirujanos gustan de aplicar estos tratamientos menos a ellos mismos que a los demás. Unos piensan que hay que dejar a la naturaleza aliarse con el tiempo, que entre ambos todo lo acaban curando, mientras otros creen que hay que cortar por lo sano.

     Entre una y otra terapia, ambas extremas, no es raro que el común de los mortales se ponga en manos de quien le proponga las soluciones más fáciles, incapaces de comprender las complejas ni de apechugar con las desagradables. Canela y limón, a cerrar los ojos y a confiar en el chamán. Incluso pudiendo elegir, solemos optar antes por quien nos propone tratamientos más amables y llevaderos que por quien nos pone a rigurosa dieta o dice de cortarnos una mano. Por eso resulta arriesgado que el paciente se recete a sí mismo. Puede elegir cirujano, pero no cabe pedirle que decida el tratamiento. En cuanto a la salud, con buen criterio, nuestros afanes democráticos terminan una vez elegido el especialista que nos vaya a tratar, mejor que hacer un referéndum entre la familia y los amigos a ver si cortamos o no. En todo caso, debemos cambiar de médico si el elegido nos lleva a dudar o muestra signos de incapacidad pero, una vez hemos puesto nuestra vida en sus manos, hay que dejarle actuar. Y pedirle cuentas. Pero nunca dejaría que una asamblea me abriera en canal.

     En todo caso, el aire de los tiempos valora menos la ciencia que el chamanismo, de forma que los aspirantes a hechicero de la tribu encuentran el campo ya estercolado, no solo metafóricamente, y procuran desacreditar todo lo que hasta hace poco nos había mantenido con una salud llevadera, incluso lo que en tiempos nos la había hecho envidiable. Echan pestes tanto de los otros cirujanos como de sus pacientes, de sus gustos musicales, de sus escasas y vacuas lecturas, de su irresponsabilidad votando, cercana a la vesanía, no sin parte de razón. Sin embargo afirman que preguntar a estos supuestos dementes por asuntos sobre los que tanto han trabajado para mantenerlos confusos resulta lo mejor, siempre que acierten, sinónimo para ellos de coincidencia con su criterio. Una relación directa entre el médico y el enfermo, que elige tratamiento, sin los obstáculos y engorros de tener en cuenta la realidad, la ciencia, la experiencia o segundas opiniones.

     La mayoría de las personas recurrimos a la ciencia médica cuando tenemos un problema de salud. Hay excepciones de iluminados que, contra la razón médica y la evidencia, no vacunan a sus hijos; otros que por sus creencias reveladas por un hechicero errado rechazan las transfusiones de sangre o alimentan a sus bebés con raras leches y los someten a dietas extrañas hasta que se les mueren en los brazos. Otros toman infinitesimales dosis de la nada disuelta en copiosas garrafas de agua limpia para intentar curar sus males, que la cabeza también hace mucho. Mucho bien y mucho mal, hasta el punto que para numerosos contribuyentes el cerebro es un estorbo, un órgano hostil, un error de la evolución causa de muchos de sus males. La naturaleza, en su sabiduría, lo desactiva en estos casos y deja a otras vísceras al mando del semoviente. Pero son los menos. La mayoría se rinde ante la verdad de la ciencia que, a base de ensayos y errores, ha ido dando tras miles de años con soluciones basadas en el guión real de la vida. La evolución va dejando por el camino a quienes confían en el limón y la canela, incluso en la hierbabuena. Con las sociedades ocurre igual y grandes imperios murieron enfermos por confiar en medicinas elegidas más por su fácil administración y agradable sabor que por su eficacia, resistiéndose como gato panza arriba a someterse a un tratamiento adecuado, aunque a veces resultase molesto y fuese a contracorriente.

     Y les ocurre así porque con la política el problema descrito se acentúa. La ciencia tiende a seguir un camino ascendente; las creencias, las doctrinas y los principios van y vienen, suben y bajan, incluso desaparecen reemplazados por otros no necesariamente superiores. Si bien nadie se dejaría hoy colgar de los pies mientras le pinchan los ojos para expulsar los malos humores ni permitiría que le pusieran media docena de sanguijuelas a chuparle la sangre agarradas a las canillas, prácticas abandonadas por haber sido probada su ineficacia y sinrazón, no hacemos ascos a remedios económicos y organizativos anteriormente descartados por la sociedad, con base y resultados tan nefastos como los abandonados usos médicos de épocas pretéritas. Esa diferencia permite que pervivan y proliferen las sanguijuelas políticas y sociales.

     Viven en y de la política y sus aledaños económicos, es decir de nosotros, de los incautos y, junto a gente noble y honrada, hay entre ellas demasiados vendedores de crecepelos y bálsamos de Fierabrás, de ungüentos que todo lo curan y de dispensadores de canelas y limones recién exprimidos, además de no pocos ladrones. Como ocurría con las antiguas sangrías, sus soluciones cada vez nos dejan peor, más débiles y expuestos a mayores males, pues no es estirar la metáfora el decir que, a su manera, nos siguen sangrando. Nos parasitan las tenias, delatadas por su avaricia, y otros bichos que se conforman con menos, como liendres piojos y ácaros. Todos estos compensan con su enorme abundancia el hecho de que chupan menos, resultando por su gran número igual de nocivos a la larga, aunque a la corta podamos ver alguna pulga, liendre o gorgojo dando lecciones de su superioridad ética, pregonándose como inocuos, incluso benéficos, aunque ya apuntando maneras de tenia en proceso de incubación. No es de extrañar que, puestos a elegir, muchos opten por soportar los quebrantos de una tenia antes que vivir sometidos a un cerebro enfermo, presentadas como únicas alternativas posibles, aunque, en contra de lo que nos quieran decir, existan otras opciones más saludables. Lo trágico es que esas otras opciones que habían ido hasta ahora compensando nuestros desarreglos se debiliten, incluso desaparezcan luchando con infecciones internas, o bien dudando entre volverse tenias o perder el juicio, a su vez, viendo la buena acogida de estas terapias hasta ahora ajenas.

     La biología nos enseña que cada célula, virus o bacteria consiente la presencia de sus iguales, incluso los busca y colabora con ellos. Por el contrario considera hostil todo lo diferente. Lo rodea de glóbulos blancos, lo rechaza y aísla y, si puede, lo elimina. A veces en dudosa coalición con bacterias, retrovirus y otras miasmas, que contra el enemigo todo vale. Incluso llega a suceder que, astutamente engañada por corpúsculos adversos de membrana tal vez forrada de lanas de cordero nanométricas, una célula se pase de desconfiada, degenere en una especie de xenofobia celular extrema y paradójica y se rechace a sí misma en un proceso autoinmune. En política se conoce a este fenómeno como no saber si somos de los nuestros, dolencia ya descrita por el biólogo Cabanillas.

     El colmo absoluto e indecente de la sinrazón es cuando una pierna, viendo que el organismo del que forma parte pasa por momentos de fiebres y achaques, decide irse. Desgajarse contra la opinión y el interés del resto del cuerpo y de lo más de la pierna, de rodilla para abajo, aunque mal se va a ningún sitio sin pie, que sin cerebro hace ya tiempo que deambulan. No se llega ni a Andorra, tan de su gusto. Rebuscan en la literatura científica, rastrean casos de supervivencia de piernas autodeterminadas, las intuyen en los cuentos de Calvino, (Italo, no el hereje suizo) o las crea su gabinete de alucinados alquimistas de la historia, amparados legalmente por el no menos perturbado juez Vidal y espiritualmente por el abad de Monserrat, otro bandarra. Al menos darán siglos de trabajo a los estudiosos del derecho, ya expertos en el arte de torcerlo, aunque nunca hasta estos extremos. Estos delirantes Tejeros con barretina, pocos, pero más ambiciosos, van viendo como la justicia les acorrala, más por sus delitos económicos que por su carácter golpista, que también, lo que aumenta su urgencia por escapar. Mal tratamiento tienen sus males, un desarreglo hormonal que les hace confundir sus delirios con la realidad, les provoca una confusión mental que les trastoca los conceptos y las palabras hasta convertir sus argumentos en pruebas de cargo en un juicio que llegará, esperemos que pronto. Con esos mimbres avanzan en la construcción de un anacrónico e improbable estado totalitario que dé estatuto legal a lo que ya practican, la confusión de la ley con sus intereses y sus delirios, ignorada cuando no coincide con ellos, como ignorados son más de la mitad de los catalanes. Sobre la educación y la prensa nada han tenido que inventar, ya Goebbels dejó un modelo difícilmente mejorable que desde hace decenios aplican a rajatabla.

     No queda títere con cabeza. Ni Hipócrates ni Galeno, Demóstenes o Monstesquieu nos amparan. Tal vez quepa atribuir a la inmensa ignorancia de quienes nos gobiernan y de quienes aspiran a hacerlo este sindiós. Y a su estupidez y ambición, que la maldad sola no da para tanto.

    Vale.

lunes, 20 de junio de 2016

Epístola reflexionatriz



    No nos representan. Buen lema, aunque falso. El gran problema es que sí lo hacen. Los partidos que hemos tenido y que tenemos nos representan a la perfección, casi como en un espejo, incluidos los autodenominados nuevos, que más lo son por el nombre de su aglutinadora franquicia de tribus irreconciliables que a duras penas se muestran unidas mientras convenga, que por las vetustas ideas de cada una de ellas. Ni Velázquez nos representaría mejor. Nos clavan, pues son nuestro reflejo, son nosotros mismos. Los partidos que hubo, hay y habrá en España no pueden ser de otra forma, porque emanan de nosotros, en ellos cristalizan todas nuestras virtudes y nuestros defectos, empezando por nuestra secular capacidad disgregadora que algunos vienen ahora a acentuar, siguiendo por nuestra habilidad para elegir todo aquello que nos perjudica y terminando con eternizar a nuestros dirigentes en el poder más por sectarismo que por conveniencia. Solemos optar menos por quienes pudieran solucionar los problemas que por aquellos que los agravan, los hacen perpetuos e irresolubles o, lo que es peor, crean otros nuevos sin resolver los antiguos, que es para mí el resumen de la propuesta de los capitalizadores del justo descontento que vivimos.
    Todas esas cosas que rechazamos, que ahora nos indignan y espantan, como si fuesen nuevas, son el reflejo de nuestra sociedad, de todos nosotros, empezando por la corrupción y por la inoperancia, siguiendo por el fraude, la picaresca y la listura, por el amiguismo y por el desprestigio del esfuerzo, siempre arrinconado por la aspiración de un éxito fácil y rápido, milagroso, de dar por supuesto un bienestar que del primero al último creemos merecer por nación, aunque olvidemos contraponer qué debemos aportar cada uno, sin excepciones, para hacerlo posible.
    Que España, a veces en sus gobiernos, algunas comunidades y no pocos ayuntamientos, durante lustros haya sido gobernada con criterios y usos similares a los de la mafia calabresa no sería explicable sin una inmensa y cerril complicidad por parte de la sociedad, acrítica con los afines, consentidora por facciones de todo lo que los suyos hagan, tan voceadora de los errores ajenos como tapadera de los propios. Un sociedad en gran parte silente, cobarde, cómplice y culpable, hasta la vergüenza y la indignidad. De otra forma no se podría explicar la infamia de lo ocurrido con el desentendimiento, cuando no con el apoyo, hacia los crímenes de Eta en el País Vasco, que ahora unos quieren olvidar a cambio de unos votos, o en una Cataluña esquilmada durante una generación por una nutrida banda mafiosa envuelta en una bandera que se ha apoderado del 3% de la pasta y del 100% de los resortes de esa sociedad, hoy en día la menos libre de España, que yerra acerca de quién le roba y oprime, una Andalucía socialista en la que algunos dirigentes no desmerecen en sus formas y actos con los desmanes económicos de otros del Partido Popular en Valencia o en Madrid, o la ineficacia generalizada y derrochadora, creadora de infinidad de observatorios, empresas, chiringuitos y tugurios donde colocar a los de la peña disfrazados de funcionarios, sumidero de unos dineros que en todos los lugares se han negado a cosas verdaderamente necesarias. Han obrado con nuestro desentendido permiso, con nuestro visto bueno, una y otra vez refrendado en las urnas.
    Descartada la opción de deportarnos en masa a nosotros mismos para repoblar la nación con daneses, australianos, suecos de Ikea o habitantes de otros felices países de esos que tanto nos parecen gustar, hemos de reconocer que el simple cambio de caras no va a solucionar el problema. Y menos si encima esas caras se presentan ocultas por caretas que hagan pasar lo viejo por nuevo, lo sectario por integrador o lo violento de las actitudes de fondo por sonrisas tan tranquilizadoras como falsas. No es momento de camaleones ni de esconderse en tintas de calamar.
    Poco hay de nuevo en ellos salvo la corbata y el catálogo de muebles. A falta de experiencia con que valorar a un partido inédito, o nos fiamos de los augurios mirando las tripas de una cabra o recurrimos a examinar las compañías, los héroes o los modelos y referentes de quienes se presentan como única solución.  En realidad nos proponen rechazar a todos los partidos ya existentes, ofreciendo sus generosos brazos para acogernos a todos en la huida, que entre sus volubles ideales los hay para todos los gustos.    
    Que su verdadero ideal es un partido único, es algo evidente. Sus compañías a la vista están, Otegui y Bódalo, okupas y manipuladores de las redes, entre otras malvas. Sus héroes y referentes también, de Chávez y Maduro a Tsipras, Perón o Lenin. Sus modelos, aunque ellos se embosquen tras los pinos de Escandinavia en su programa catálogo, están más cerca del Olimpo, de las palmeras del trópico o del petróleo, obviando graves aspectos de esos modélicos paraísos que nos invitan a no tener en cuenta, en parte por haber ellos asesorado y colaborado en tales desastres. Y no gratis.
    Un hecho indiscutible es que ningún otro partido de la actualidad cuenta entre sus más acérrimos seguidores con ejemplares tan acríticos, sectarios y viscerales como ellos. En todos los hay, pero en Podemos abundan alarmantemente. He escuchado a simpatizantes de todos los partidos reconocer, incluso criticar errores del suyo propio. En Podemos se pueden contar con los dedos de una oreja quienes alcanzan tales cimas de la autocrítica. Menos a admitir las objeciones que otros hagamos, enviándonos inmediatamente a la caverna, tachándonos de fachas o de imbéciles sujetos a un argumentario sugerido. De todas formas tampoco en eso iban a ser novedosos y mantienen la costumbre nacional de atribuir a los demás los defectos propios.
    Resumiendo, como somos como somos y tenemos lo que tenemos no hay que esperar que nos portemos como suecos. Hay mucho aprovechable en los partidos existentes, mayoritariamente compuestos por gente decente como no me canso de repetir, pues todos ellos han defendido muchas cosas razonables, han sido artífices de impagables logros de la sociedad  y defienden valores irrenunciables que muchos no queremos poner en juego. No creo que Podemos vaya a regenerar nada. De hecho el cotarro ya lo están regenerando a hostias legales entre la Guardia Civil, la Policía y los tribunales. La prensa escrita y audiovisual colabora involuntariamente, pues aunque ampara y calla las infamias de sus afines, no duda en proclamar a cuatro columnas las de los opuestos. Hay que reconocer que hay cosas que no se podrán repetir en el grado en que hasta ahora hemos consentido, pues algo hemos aprendido muchos ciudadanos, aunque no todos. 
    Hay quienes vuelven a apostar por delegar en un caudillo, reinciden en personalizar las soluciones, lo que es el origen de nuestros problemas. Es un error antiguo y recurrente. El remedio es poner a gobernar a personas sin manual ni dogma, que legislen menos y se centren en resolver los verdaderos problemas de la gente y de la sociedad con honradez, prudencia y eficacia, cumpliendo y haciendo cumplir las leyes, cosa inusual. Pero, sobre todo y por si acaso, bien vigilados. Por la Guardia Civil, la Policía y la Justicia. Aunque, oh, maravilla, tampoco sorprende demasiado que sean los nuevos actores de la comedia política, estos socialdemócratas recientemente conversos a tal fe, quienes aspiran a controlar a los que deberían controlarlos a ellos y a los demás, haciéndonos perder nuestra única esperanza. Mal empezamos a la hora de pedir ministerios y competencias. Motivo suficiente para no darles el gobierno. No está demás decir aquí que guardias y policías, junto con el ejército y la monarquía, son las instituciones más respetadas y valoradas por los españoles. Sé que esto molesta y solivianta a muchos, pero la realidad es así de cruda.

   ¡Tenemos todos mucha pesombre, dejadme solo ante este toro y veréis qué faena le endiño!  ¡Confiad en mí, que hay que echar a este gobierno como sea, poneos en nuestras manos, que algo se nos ocurrirá!

    Desde luego lo que por ahora se les va ocurriendo es poco tranquilizador, a pesar de lo variado y cambiante de sus ocurrencias, aparte de buenas palabras, vacías por fingidas o por ajenas al mundo real. En lo de echar a este gobierno podemos coincidir, ya que Rajoy no se decide a echar lastre por la borda, a él el primero, y nos hacen perder toda esperanza con la guinda simbólica de blindar a Rita Barberá, todo un suicidio político en plena lucha electoral, muestra de sus mochilas, complicidades y ataduras. En eso de acuerdo, pero si quieren echarlos a patadas para ponerse ellos, su único programa real, no pueden pedirle a los españoles que les ayuden a echarlos dando las patadas al gobierno en sus propios culos. Javier Marías nos ilustra al respecto explicándonos que nunca debería uno decir que algo no puede ir a peor. Esa posibilidad existe, aunque se vista de seda.

   ¡Asoma la patita por debajo de la puerta! ¡Ay, qué garras que tiene bajo las lanas ese corderito socialdemócrata! ¡Por Dios, qué dientes! ¡Y el que va de pastor se parece mucho a Otegui, el pacificador! ¡Quita, quita, que me la urden!

    El comunismo, que ni los alemanes hicieron funcionar, no debería esconderse pues no es malo per se, porque predique cosas injustas, que no lo hace, sino porque olvida la naturaleza humana, egoísta, parcial y tendente a poner por delante la propia supervivencia y el bienestar de la prole y la tribu. Aunque nos llene de vergüenza que hayamos tenido que levantar muros para que no entre nadie, tampoco debemos olvidar la ideología de los regímenes que durante más de un siglo han tenido que levantar otros para que los ciudadanos no se les escapen hacia el infierno capitalista.  
    Hay noticias que nos hacen regresar a la realidad, una realidad en la que un niño, en cuya visión del mundo animal ha influido más Walt Disney que la National Geographic, es arrastrado como merienda a la ciénaga por un caimán en Florida, en un parque de Disney, su instructor. Si hubiera sido ilustrado de cómo es la vida y el mundo real viendo documentales del Serengueti no habría ido a darle miguitas de pan a aquella hermosísima y descomunal salamanquesa tan simpática o a aquel osito Yogui con unas uñas tan largas.
    Esa visión romántica, buenista  y falsa del mundo y de la historia nos hace también indefensos ante las continuas manipulaciones de nuestros orates. Hay quien se ha criado con un poster del Che Guevara en la pared del dormitorio, colocada allí por su padre, muy progre y concienciado. Tal vez si su idealista progenitor hubiera leído más y mejor no hubiera dejado dormir a la criatura al amparo de un asesino compulsivo, un pistolero que disfrutaba descerrajando tiros en la cabeza a sus enemigos, como no dejó de contarnos relamiéndose de placer. Con la Constitución de Cádiz, ocurre otro tanto, pues entre otras lindezas regateaba la ciudadanía a los españoles descendientes de africanos (es decir a los tataranietos y choznos de los esclavos negros que allí llevamos), que eran de los pocos que en aquellos momentos de descomposición del imperio español estaban de nuestra parte y luchaban a nuestro lado contra los que allí tampoco los consideraban iguales. Ellos y nosotros perdimos. Sin embargo, La Pepa nos consideraba justos y benéficos, con obligación de ser felices. Con las dos repúblicas ha ocurrido igual y la ignorancia y la parcialidad han querido hacerlas pasar por algo mucho mejor de lo que fueron.
    Me considero un escéptico, un descreído, con un ligero baño libertario y anarquista, pero no del de poner bombas, sino del de temer como a vara verde a la abusiva intromisión del estado en nuestra vida privada, el de abominar de ese afán ultrarregulador de tenerlo todo establecido, reglado, legislado y, a ser posible, prohibido. En eso no sé si temer más a unos que a otros, pues es síntoma de totalitarismo de ambos extremos.
    Claro está, tras lo dicho, que habrá que votar con la nariz bien tapada, pues en esta ocasión ni me planteo quedarme en casa, ni lo aconsejo. Imposible estar de acuerdo con el pasado ni con las intenciones que vemos en los partidos y, aún peor, con las que se ocultan, aunque se traslucen. Es penoso el nivel de las propuestas, improvisadas, oportunistas, reñidas con la realidad en su mayor parte, unas por irrealizables, otras por no ser deseable su realización, y con un tufo de falsedad, de ocultamiento y de manipulación demagógica en casi todos los casos. Ahora bien, una vez tapadas las narices, habrá que decidir si nos huele peor el robo, la mala administración o el asesinato, si nos repugna más Bárcenas u Otegui y los de Hipercor, Chaves o Chávez, la policía o los que parten la cara a un oponente político, incendian coches y contenedores o rompen escaparates. O si queremos dividir el país en trocitos para mayor abundancia de cargos que repartir o intentamos apoyar a quienes claramente lo defienden unido. Si damos por bueno que unos okupas de la cuerda se instalen en el piso vacío que no conseguimos quitarnos de encima, quien lo tenga, y de paso les pagamos a escote la luz, el agua, el teléfono y el aire acondicionado como en Barcelona. Con un par. Yo aspiro a llegar algún día a no mantener sinvergüenzas, ni de arriba ni de abajo, ni de diestra ni de siniestra, que en todos sitios los hay. Y los habrá.
    Al final, habrá que dejarse las pesombres para mejor ocasión y considerar si en los partidos que se nos ofrecen, y que unos intentan destruir, no habrá algo bueno que valorar, que creo que sí. No existe una diferencia entre vieja o nueva política, sino entre política y mercadotecnia. También veo necesario recompensar a los que, teatros aparte, han intentado llegar a acuerdos, PSOE y Ciudadanos, algo que se nos dice que pidió y pide la sociedad. Otra falsedad más. Hay votantes y partidos que tienen tanta voluntad de acuerdos y equilibrios como un agujero negro.
    Para mí está claro en esta ocasión que, salvo sustitución de sus cúpulas, me resulta imposible confiar en dos de ellos, empezando por las afueras a diestra y a siniestra de la oferta, es decir, PP e IU-Podemos. Me quedan, con sus virtudes y defectos, los dos del centro. Haciendo cuentas con los restos, según nos manda la ley d’Hont, sopesaré la utilidad de mi voto, para intentar que no gobierne gracias a él ninguno de los partidos que más me desagradan.

   Que el Señor nos ilumine, hermanos.