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sábado, 7 de junio de 2025

Index

Es natural que la actual curia socialista haya incluido a The Objetctive en el primer lugar de su Index Librorum Prohibitorum. ¡Vade retro, Satanás! También, en esa lógica de pertenencia religiosa, se sigue que los acólitos hayan aceptado el ‘sea anatema’ prescrito y abominen de lo que allí se publica. Los ves persignarse a la vez que reprochan e intentan descalificar a los infieles que lo leen y manifiestan su acuerdo con algunas de las opiniones heréticas que en ese medio se publican. No es que se pongan a rebatir datos y argumentos, no; eso sería arduo, aparte de que requiere tenerlos mejores, que no suele ser el caso. El ministro Puente lo llama, con su habitual elegancia de neandertal, “El Ojete”, la parroquia se ríe y el problema queda resuelto y las críticas desactivadas. Al menos, eso creen.

Antonio Caño fue despedido fulminantemente de El País a raíz de un artículo premonitorio que —troppo vero— describía con demasiado acierto y crudeza el perfil de un político que ya apuntaba maneras. Se quedó corto. Le siguieron otros, empezando por Juan Luis Cebrián, su director, luego Savater y una lista no corta de sus más destacados colaboradores, de Ovejero a Trapiello, siempre molestos. Hoy, como ha ocurrido con algunos de los mejores periodistas del país, algunos de los citados escriben en The Objective. Un lujo. No se les rebate. Es difícil hacerlo. Mucho menos que intentar descalificarlos por el medio en el que publican: les mueve el rencor, añoran sus pasados momentos de gloria y su anterior influencia, están al servicio de las fuerzas oscuras, son unos fachas. Ese es el argumentario. No es necesario señalar en qué se equivocan, qué datos falsean, qué mentiras cuentan. No, simplemente escriben donde no deben. Son unos apóstatas. En realidad lo que se les pide es que se callen, que no importunen.

Gran parte de la anterior dirigencia del partido ha manifestado su rechazo a algunas de las leyes y medidas con las que Sánchez ha ido pagando (con lo que era de todos) los votos que en cada momento iba necesitando, dado que perdió las elecciones y necesita ir haciendo un continuo encaje de bolillos de cesiones a chantajes, pagos, equilibrios, engaños, regates, promesas de pillo a pillo y balones adelante. Indultos, amnistía, blanqueamiento de delincuentes, condonación de deuda a los que usaron el dinero de todos en financiar un proyecto partidista y delictivo, financiación singular para los más privilegiados y desleales, palacete por aquí, cesiones de competencias que deberían seguir siendo exclusivas del Estado por allá, modificación del código penal para eliminar el delito de sedición, reforma a medida del delito de malversación… Lo que en cada momento haya sido menester, barra libre. A los reproches a esa deriva, a los casos de corrupción o al recurso a las cloacas para intentar amordazar bocas, se unen algunos dirigentes actuales, como Page o Lambán, poco dispuestos a recibir en su culo las patadas merecidas por su jefe, o Madina, que hace unas declaraciones mostrando una decencia a la que el partido no nos tiene acostumbrados. Les dan por todos los lados, incluso arriman la tea de socarrar herejes muchos que para hacerlo abandonan su silencio habitual, cómplice y vergonzoso.

Los párrocos se ponen de los nervios y cada uno en su capilla lanza sermones apocalípticos y condenatorios: ¡Arderéis en los infiernos, malditos! El señor-ito no perdona los pecados de soberbia, de desacato, de desobediencia, de falta de lealtad. Lealtad entendida en el sentido estalinista, concepto que, si lo buscas en Google, se explica así: «La "lealtad estalinista" se refiere a la adhesión incondicional al líder y las políticas de Iósif Stalin, así como al culto a la personalidad que se desarrolló en torno a él. Implica la completa subordinación a la voluntad del estado y la represión de cualquier disidencia o pensamiento crítico".

 

viernes, 3 de mayo de 2024

Epístola de la libertad de prensa

Parece una obviedad reprochable (y reprochada) decir que los gobiernos no están para juzgar a la justicia o para controlar a la prensa, sino que es justamente al revés. Las constituciones se escriben y aprueban para defender a los ciudadanos, no a los gobiernos. También sería una verdad de Perogrullo decir que no se puede proclamar que se persigue la igualdad, mientras se dan por buenas, se promueven y se consolidan desigualdades interterritoriales o basadas en identidades, cuando se quieren combatir los bulos ajenos difundiendo los propios, o cuando se dice defender a la prensa intimidándola. Si alguien te preguntara acerca de qué o cómo eres respecto a algunas opciones vitales, responder que tú te consideras normal (estadísticamente, sin entrar en valoraciones), te lleva directamente a los infiernos. Sí, lo único verdaderamente revolucionario en estos tiempos es aspirar a la normalidad, a la recuperación del significado de las palabras, la moderación, el sentido común y la ecuanimidad.

Lo penoso de la situación que nos hacen vivir es que se haga necesario argumentar, discutir y soportar ser llamado facha, en compañía de la mitad de los españoles, por exponer lo obvio, por llamar a cada cosa por su nombre y atrevernos a decir que, sin dudas razonables, hay unas cosas mejores que otras. Me refiero a la igualdad, la paz, la democracia, la pluralidad, el respeto al contrario, el mérito, el valor del esfuerzo, la separación de poderes o las libertades, entre ellas la de prensa, junto a otros valores deseables frente a sus contrarios. Partiendo del indiscutido principio de no contradicción, ese que dice que no pueden ser verdad a la vez una cosa y su contraria, es imposible que algunos de ellos, por mucho que se proclamen con palabras, sean defendidos por los que con sus actos los menoscaban o procuran hacerlos imposibles. Para este este tipo de mentes sólo operan a su satisfacción en el mundo dos leyes, la de la gravedad y la del embudo. Nada me parece justo en siendo contra mi gusto.

La Verdad, escrita con mayúsculas, aparte de un periódico de Murcia, así en abstracto es cosa muy escurridiza. Tanto como la realidad, siempre vidriosa y poliédrica, con demasiadas caras para que una misma persona pueda contemplarlas todas a la vez. El que está enfrente o al lado ve otras, tan ciertas y reales como las que nos es dado observar a cada uno de nosotros. Se impone la modestia, la duda, la tolerancia, una cierta relatividad, el respeto al que ve las cosas de otra forma. Y sobran los dogmas, las afirmaciones incuestionables y las descalificaciones.

Sólo la pluralidad de puntos de vista da lugar a descripciones más ajustadas a la realidad. No basta con un solo libro o un solo periódico. Ya sabemos que el mismo suceso, contado por diferentes testigos, a menudo parecen cosas distintas y que en el mismo partido, unos ven el penalti y los contrarios no. Realmente unos no lo ven, otros se niegan a verlo. Si entramos en el tema de las memorias y los recuerdos, la verdad aún es más elástica y manipulable. Es el conjunto de visiones lo que mejor nos puede acercar a ella, frente a la mirada única. Y es la pluralidad de criterios y la discrepancia el abanico que mejor puede recoger esa diversidad que se dice defender, aunque ciertos supuestos defensores pretendan limitarla si se refiere a las opiniones ajenas, siempre molestas, que se quisieran unánimes. Defender la pluralidad no supone creer que todos lleven razón. Y menos en todo lo que piensen y sostengan. Claro está que todos creemos llevarla, cosa que no puede ser, y además es imposible. Es justo y necesario admitir que más que una razón, hay razones, y que la única forma de conciliarlas es el contraste de pareceres, el compromiso con la verdad, el reconocimiento de la parte de razón que, sin duda, defiende el otro con tanto derecho, convicción y honradez como nosotros. Para eso parece condición imprescindible que, al menos, reconozcamos al contrario el derecho a defender lo que defiende, y previamente el de existir, sin más límites que los que la ley establezca, remilgos estos que no cabe esperar de ningún fanático de un signo o del opuesto, por mucho que predique, pontifique o escenifique. El pensamiento totalitario no da para más.

Una consecuencia que podríamos deducir de esas premisas es que, cuanto más monolítico, definitivo e incuestionable sea el corpus de creencias y postulados de una ideología o del partido político que la defiende, a veces una herencia incuestionada, más alejado estará de la realidad y de la posibilidad de acertar, perdida toda posibilidad de adaptación y rectificación. Cuanto más rígido, estrambótico y autoritario sea su talante y su programa, menos posibilidades tendrían de recabar clientela ideológica, a menos que se trabaje a fondo para manipular su memoria y moldear su percepción de la realidad. Y menos capacitada estará su ideología con este talante totalitario para la convivencia y el acuerdo, hasta que al final, puede verse convertida en una religión.

Como en todas las religiones, los creyentes, los fieles, los militantes, tendrán que refugiarse en la fe del carbonero, hacerse a defender los misterios que no comprenden y someterse a la obediencia ciega a un principio de autoridad fuera de toda duda y contestación. Siempre acaba apareciendo un papa al que se le reconocerá infalibilidad, y al creyente ya sólo le queda someterse, aprenderse el catecismo, respetar los dogmas, ajustar vida y pensamiento a la doctrina, participar en las liturgias, repetir las letanías y evitar que su pensar y su obrar le saquen del carril hasta correr el riesgo de ser excomulgado. Y, claro, entre sus obligaciones está el combatir a los descreídos, herejes y relapsos. Los peores enemigos para ellos son los renegados de la fe, los conversos a otras creencias, los que ya piensan por su cuenta.

El único antídoto conocido y eficaz contra los integrismos e ideologías totalitarias, sea cual sea su signo, grado o alcance, es la cultura, la información diversa y veraz, el contraste libre de opiniones y puntos de vista, el debate abierto, limpio y sincero. También es imprescindible la existencia de contrapesos en las instituciones y de independencia y respeto a las leyes y a quienes las aplican. Sin eso, nos deslizamos poco a poco hacia la arbitrariedad, el abuso, la imposición, y por fin hacia la dictadura. Dura o blanda, de las mayorías o de una minoría, unipersonal o colectiva, con elecciones o sin ellas, que de todo hay en la viña del señor.

El colofón o la moraleja sería que hay que desconfiar de todo aquel que sistemáticamente descalifique a sus adversarios, les niegue el derecho a defender lo que defienden, incluso a existir. O el que siembre dudas acerca de esos contrapoderes que son las barreras que la sociedad construye para defenderse de intentos indeseables de abusar del poder, siempre delegado y pasajero, de hacerlo inmune al control o a la crítica, de apropiarse de él, de dificultar con malas artes, hasta hacer imposible o siquiera imaginable una alternancia en su ejercicio. Me refiero, claro está, a los ataques interesados al poder judicial y a la prensa. Se puede y se debe criticar, incluso castigar, un artículo difamatorio, una noticia intencionadamente falsa, o una sentencia injusta o arbitraria, incluso señalar a una individualidad que traspasa lo que la ley permite a los periodistas o exige a los jueces. Hay sinvergüenzas, incluso delincuentes, en todos los gremios y colectivos. La ley lo tiene previsto, pone límites a los excesos y abusos y establece penas para castigarlos. Cuando se produzcan desafueros son los juzgados los que deben de poner remedio. No caben las censuras previas, las limitaciones arbitrarias a la libertad de expresión, las sentencias extrajudiciales, las penas de telediario ni el no reconocimiento de la presunción de inocencia.

Por tanto, no son de recibo las campañas interesadas de descrédito de jueces o periódicos intentando igualar y meter en el mismo saco a la inmensa mayoría de los que ejercen con decencia unos contrapoderes imprescindibles, igualando a todos con la excepcionalidad reprobable de alguno de sus peores miembros. Es decir, no se puede defender la verdad mintiendo ni combatir los bulos haciendo circular otros. Al final acaba oliendo mal esta actitud, propia del que tiene algo que temer de los poderes que desacredita e intenta controlar y someter. El principio del proceso es la intimidación. De igual forma, no se puede predicar, y menos exigir la concordia y el respeto, insultado y demonizando a los adversarios precisamente desde el púlpito de un cargo público, intentar expulsarlos del paraíso de la democracia, construyendo un muro alrededor del jardín de su edén sectario, donde pretenden instalarse aislados y al mando los autonombrados elegidos de Dios.

Lea en la Wikipedia quien no tenga a mano un buen libro de Historia la ley de Defensa de la República, que habilitaba al gobierno para suspender las libertades públicas sin intervención judicial, también la de prensa, lo que permitió censurar artículos, cerrar periódicos y otras lindezas democráticas, por supuesto en defensa de la única libertad que entienden y defienden: la suya. No hay duda que hay quien tiene en la cabeza algo así, y no se esconde para proponerlo pues, de esa Segunda República que unos pocos quisieran reeditar, sólo parecen interesados en replicar sus errores, renunciando a sus aciertos.

Debatir opiniones, contradecirlas, intentar rebatirlas con datos y argumentos es una actividad tan legítima como necesaria, otra cosa es denigrar indiscriminadamente a las personas que las defienden o a los medios que las publican. Porque, una vez denigradas, todo es posible de justificar con esa sola falsedad. Cualquier apropiación partidista de instituciones clave, esas que se crearon para actuar como contrapoderes, acaba justificándose con el argumento artero de que peor estarían en manos de la oposición. Y los que previamente habían comprado el producto de la maldad radical del adversario, tan insoportable que haría inadmisible la alternancia en el poder, dan su visto bueno a esta deriva iliberal.

Que circulan y se publican bulos, es cierto y difícilmente evitable, salvo haciendo un destrozo en la libertad de expresión y de información, es decir, de prensa, de imprenta, logros centenarios. Pero no lo es que la mayor parte de las noticias publicadas sobre la cuestión que más ha preocupado a Sánchez y provocado su astracanada lo sean. Lo perverso es ampararse en que los bulos existen (también los suyos, como sabemos) para hacerse inmune a las críticas, desacreditar en bloque a toda la prensa, especialmente a la digital, primer paso para intentar condicionarla, atemorizarla, si fuera posible controlarla, cuando no prohibirla selectivamente, como, sin reparos ni medias tintas, le piden sus socios de la extrema izquierda. Y la carne es débil. Hoy, día de san Ángel de Sicilia y de san Teodoro obispo, es también el día de la Libertad de Prensa. Gran cosa que todos los demócratas debemos defender, por nuestro bien.

 En realidad, el fondo del asunto, la intención de recientes aspavientos, teatralizaciones y alarmas, me temo que pudiera ser el intento de presentar una situación tan grave, tan extremadamente peligrosa para la democracia, que haga primero cuestionables, luego paso a paso, posibles, razonables, admisibles, necesarias, imprescindibles y, al final, vitales y urgentes, posibles ocurrencias para someter prensa y judicatura, vistos por algunos como sus peores enemigos, junto con la verdad. No hay más remedio que actuar, vienen a decir. La ventana de Overton. El peligro cierto para la democracia, según lo veo, es simular que la democracia se defiende así, sobre todo una vez nos han hecho saber que ellos y sólo ellos son la democracia. Llegados a ese punto y a ese discurso irreal y sectario, tal vez el principal peligro para la democracia lleguen a ser los que dicen y pretenden actuar así para protegerla.

 Como decíamos al principio respecto a las constituciones, la libertad de prensa existe para proteger a los gobernados y no a los gobernantes.

jueves, 27 de octubre de 2022

Epístola censora y cancelatriz


RR.SS.

   Podríamos pensar que son malos tiempos para mentirosos, aunque siempre suelen ser peores para los sinceros. Gracián decía que el mentiroso tiene dos males: ni cree ni es creído, y de paso les recomendaba para ejercer el oficio el tener buena memoria. Añado yo que, al menos, alguna más que aquellos a los que engañan. Pero eran otros tiempos y otro el rigor de aquellos caballeros de negro.

Hoy hay una inmensa tolerancia (incluso rendida predisposición) ante la mentira, amplísimas tragaderas y medio nos enteramos de demasiadas cosas como para recordarlas todas, que los Funes no abundan. En ningún sitio pasan tantas cosas como en el mundo, que decía mi abuela Leopoldina. De forma que cada uno recuerda lo que puede, hasta donde alcanza, lo que Dios le dio a entender y, más a menudo, lo que le conviene, que muchos expurgan los recuerdos como las lentejas.

Debería predominar lo olvidado, que pocas cosas hay dignas y dulces de recordar, pero, para desgracia de embusteros y falsarios, todo queda hoy grabado, registrado; se hace eterno y notorio lo que nació para efímero y reservado. Cualquier conversación particular, producida en un ámbito muy reducido y privado puede difundirse, a veces pasado el tiempo, a menudo parcialmente y siempre obviando el contexto, situación y alcance de lo dicho. Se conservará para el futuro un inmenso banco de mentiras.

La verdad es que nadie resistiría (ni resiste) esos escrutinios, ninguno está siempre acertado ni a salvo de haber dejado escapar algún disparate, falsedad o inconveniencia en algún momento. En broma o en serio, con ironía o con una mano en la Biblia, tranquilo o airado, sereno o en poder de las uvas, por provocar o con convencimiento, ante estos o ante los otros, de joven o de viejo, en la barra de un bar o en un congreso de filosofía de la moral, hablando o por escrito, entre risas o llorando. Nunca deberían, por otra parte, tenerse en cuenta las palabras o frases cometidas durante la conversación con un tonto, un fanático o un nacionalista. Menos con alguien que sea todas esas cosas y algunas más. Siempre el nivel de un debate estará a la altura del peor y más desequilibrado de sus participantes y hay quien hace hablar, y mal, a los toros de Guisando.

   Nunca falta un mandria con un móvil y una cámara. Todo queda, todo se difunde, todo se utiliza. Si acaso, lo único que alguna vez resultó seguro, no comprometedor, era el silencio. Ahora tampoco eso. Siempre quedará el reproche del no te oí yo decir entonces, del que calla otorga, del hay silencios cómplices y demás pruebas de cargo. No hay cosa peor que dejar huellas. Por eso una presa es más fácil cuantas más ha dejado. Hoy son vídeos, conversaciones grabadas, twits y comentarios en las redes. Peor lo tienen quienes dejaron una obra escrita o reproducible por cualquier medio, hoy a merced de desocupados exégetas rastreadores de incorrecciones y de otros que sitúan el debate en el pasado, desde un presente que no saben manejar.

   Las leyes y penas no se pueden aplicar con carácter retroactivo, que cambian los tiempos y con ellos los criterios y los valores. Poco a poco o a perchones, de forma tanto más súbita cuanto menos firmes sean, pues quien carece de ellos es quien menos se resiste al cambio. Incluso de forma venal. Sin embargo, a lo más sólido y deslumbrante que nos han dejado los siglos como herencia les aplicamos un presentismo y una retroactividad moral que la ley positiva en vigor no consiente aplicar ni a un asesinato. Como no estoy muy al día en derecho, no sé si hablar de ley natural resultará ofensivo para alguien, teniendo en cuenta que hay que andar con ojo y atarse los machos antes de decir que algo es natural o normal. El romano sé que está vigente en espíritu, como lo están las Partidas de Alfons el Sabut en algunas zonas de los Estados Unidos de Norteamérica del Norte, antes provincias españolas.

   Cambian las circunstancias y con ellas las ideas y los principios que siempre, en cada momento, se consideraron inmutables, y les siguen los criterios que terminarán por acomodar a los tiempos la moral y las leyes. Son cambios lentos. Y mala cosa cuando no lo son. Hoy no reconocemos el derecho de conquista, salvo si el conquistador es invencible o resulta demasiado peligroso, que entonces sí, que no siempre la paz viene del brazo de la razón y la justicia. Pero, salvo algún perturbado, no reprochamos a los persas o a los asirios, ni a los visigodos o a los almohades y a tantos otros, que se apropiaran por las bravas de países enteros, saqueando y esclavizando a los que, pensando lo mismo que ellos, esa vez les vinieron mal dadas. Hoy por ti, mañana por mí, pensaban unos y otros. Paciencia y barajar. Salvo cuando nos referimos a nuestra propia Historia, tema en el que los más obtusos y desinformados se muestran justicieros inmisericordes y quisieran aplicar a los difuntos, muchos siglos a posteriori, el código penal vigente y lo recogido en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Hernán Cortés al Tribunal de la Haya, por eso de los crímenes imprescriptibles, concepto bastante relativo, de aplicación selectiva, opinable y dudosa, además de imposible. Pero así andan las cabezas. No todos son tan ilusos, pues hay entre los pobladores de esos dos extremos de la política que bordean y a veces traspasan las lindes de la locura, quienes llevan otra liebre, la de apuntalar ideologías y visiones que necesitan cimentar sus variopintas y disparatadas interpretaciones con tan vaporosos y remotos antecedentes, convenientemente cernidos y sazonados.

   Con razón o sin ella, vemos que soportan inmerecidos o desproporcionados descréditos, padecen ostracismo o sufren las condenas de esta puesta al día del Santo Oficio que hoy llaman cancelación, personajes como Woody Allen o J.K. Rowling, entre una copiosa lista de damnificados por la estupidez reinante. Se exige a los contemporáneos una total sumisión autocensora y adocenada, una ejemplaridad calvinista, mientras que con los antecesores, casi todos de la cáscara amarga, se procura identificar al autor con sus personajes, sacarlo a rastras de su tiempo y su circunstancia, a menudo más libres y, en ciertas cosas, menos tiquismiquis que los actuales, para comparecer ante el tribunal de las nuevas correcciones. Tienen la ventaja los vivos citados de que aún bullen, conservan la voz y la pluma para defenderse, y además el consuelo que cita la autora de la saga de Harry Potter, que mucho bien ha hecho a la iniciación y al gusto por la lectura, tanto que hay quien considera muy conveniente quemar sus libros. Dice la escritora que no le gustan esos ataques, pero que cada vez que recibe el cheque con los derechos de autor en su castillo, se le alivia mucho el disgusto.

    Peor lo tienen los muertos, desde Homero, un puto machista belicoso, Kipling, un imperialista sanguinario, Neruda, un mal padre, Marx un mantenido o Picasso, un maltratador. La lista es infinita, total, nadie queda fuera por una u otra culpa o flaqueza, cierta o supuesta. Me imagino que a estos también les da lo mismo ya. Más debería preocuparnos a los vivos haber dejado al mando del tamtam y el timón de la galera a los que andan con la brújula averiada, reconocerles la autoridad para marcar el ritmo y la dirección de nuestros gustos y de nuestros juicios. Yo no tengo el consuelo ese del cheque rebosante de libras esterlinas de la Rowling, pero también procuro desde mi celda pasarme por el arco de triunfo las tablas de la ley de tantos y tantos botarates, tan fanáticos como poco ilustrados, sean orgánicos, inorgánicos, de derechas, de izquierdas, de aquí o del más allá. Y menos del campus de Standford y de otros algodonosos antros elitistas, guarderías de las reblandecidas y tiernas mentes de los retoños del imperio, que desde hace decenios nos iluminan las rutas del progreso. Luego las “vanguardias progresistas”, ubicuas propagadoras de esta peste neocorrecta, reprochan retóricamente a los obreros votar a la derecha, a la populista o a la montaraz que, a su vez, también tienen sus cancelados y sus bestias negras. Que se lo hagan ver unos y otros, que resultan tal para cual. «La metad del mundo se está riendo de la otra metad, con necedad de todos», que decía Gracián. Nunca voy a cancelar de mi biblioteca por consejo o imposición de tales acémilas, más o menos ilustrados, a gente excepcional, única, mejores que los que hoy los censuran, cuyas obras han remontado contra vientos y mareas los embates de los siglos, cada uno con sus lunáticos, sus inquisidores, sus obispos, sus intransigencias, sus quemas, sus censuras y sus represiones. No sospechaban que, tras centurias de lucha y progreso hacia la libertad, iban a acabar chocando con los mismos perros con distintos collares. Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros.

   En realidad, son controversias de salón. Diatribas insustanciales y pasajeras, artificiales, aunque no inocuas. Que algunos proscriban la lectura de ciertos libros a sus feligresías no deja de ser chocante y peregrino, pues la mayoría de sus cofrades no tocan un libro ni con un palo. Pero a los predispuestos a leer, que son los menos, y a las mentes más débiles, que son las más, si les diere por leer algo, estas curias prescriptoras, con sus mezquinos raseros, les podrían privar de lo excelente para hacerles revolcarse en lo efímero y circunstancial, normalmente banal y prescindible, mera autoayuda voluntariosa y falaz, destinada a un olvido en el que se apagarán definitivamente los nuevos censores con sus libelos y recomendaciones. Obra, lo que se dice obra, van a dejar poca. Este siglo, como el pasado, como todos los anteriores, añadirá algunos escasos monumentos a un canon secular muy exigente, verdaderamente democrático, pues solo el aprecio numeroso y mantenido de los lectores salva unas contadas maravillas de las erosiones del tiempo y de los embates de críticos sectarios, analfabetos, orates y demagogos, siempre comidos por la envidia y el rencor propios del mediocre.

   Y ya no hablamos de crítica literaria o artística, a menudo reemplazada por publicidad de encargo, más o menos encubierta, y casi siempre interesada e injusta, sino del desconcierto de unos tiempos que, según Umberto Eco, dan voz y espacio público a una inmensa manada de imbéciles, que se sienten autorizados para prescribir y para censurar. Y su criterio, si es que es suyo, tiene poco fuste, siempre centrados en sus ingenierías sociales, cosa no nueva, por otra parte. Lo que es más novedoso es la insustancialidad casposa y ovejuna de los prescriptores. En sus juicios, lo cierto, lo relevante, todo lo útil, elevado y razonable, si entra dentro de lo que pudiéramos llamar normal, palabra peligrosa y en desuso en la actualidad, queda eclipsado y sustituido por lo que pudiera resultar anómalo, disparatado, sorprendente, o mejor escandaloso y conflictivo. Prácticamente a algunas peñas no les interesa otra cosa. Es su alimento, como fustigar es su oficio.

   Necesitan oscurecer todo lo ajeno para que se perciban sus luces mortecinas y desfallecientes, para mostrar algún reluzor entre las penumbras que quisieran crear a su alrededor. Aman la mediocridad y odian la excelencia, inalcanzable para ellos. Sólo rebajando lo que destaca y se eleva creen poder aparentar altura. Como las plantas, desde las rosas a los cardos, medran sobre el estiércol.  Sus ojos enfocan a la mancha, a la mota de polvo, tal vez única, en una repisa o en una tela por lo demás limpias. O en una biografía. El terciopelo les acaba arañando la mano, siempre encuentran alguna fibra al bies, algún pespunte fuera de parva que les raspa, les hiere, les ofende. Practican una delicadeza bárbara. Nadie merece la salvación salvo ellos. Pero para tasarlos en lo que realmente valen hay que mirar sus santos y sus profetas, sus ídolos y sus referentes. En todos los demás, vivos o muertos, encuentran hoy, vistos a través de la lente de sus novedosas y pujantes moralinas y censuras, algún pecado mortal que arruine su trayectoria, que oscurezca o borre cualquier otra aportación, que lo descalifique. Ya nunca verán películas de este ni leerán libros de aquel. Jamás volverán a escuchar las canciones de la otra ni a admirar las pinturas de aquel impresentable. Y estos nuevos oscurantistas harán lo posible, hasta donde su poder alcance, para que nadie lo haga.

Su rigor rencoroso no deja espacio al reconocimiento ni a la gratitud por lo recibido, por lo disfrutado. No renuncian a la herencia, pero la vituperan con la saña envidiosa del que se sabe incapaz de mantenerla y menos de acrecentarla. Siempre hay un pero, siempre hay un reproche, una tara imperdonable. A base de no mirarse, tan memoriosos para unas cosas como olvidadizos de otras, pues sus recuerdos selectivos se vigorizan con los rabillos de pasa de la conveniencia, llegan a tenerse por perfectos, por encima del bien y del mal. En los demás nunca falta un yerro o un defecto, una caída, un desacierto o un descuido que desequilibre en su fina balanza el plato de los méritos, siempre livianos, frente al peso de las culpas. No necesitan recurrir al potro para arrancar la confesión de sus reos, pues sus procesos son sumarios, expeditivos, sin eventual recurso ni posibilidad de defensa. Conocemos más sus sentencias que sus fundamentos y sus argumentaciones. Son los tiempos los que te condenan, no yo. Te has puesto contra nuestra verdad, que es la del momento, atacas nuestros dogmas, eres un peligro que hay que acallar o erradicar. Te atizaremos con la tea del descrédito, los fieles se avergonzarán de ti y pocos se atreverán a defenderte y ponerse en contra de los vientos dominantes.

Esta tropa siempre se alista para las batallas ganadas, se apunta a las causas fáciles de defender, las que se sostienen solas, pero huyendo de matices que exploren sus bordes más borrosos, esos donde habita la duda y que pudieran dar pie a deliberaciones y tomas de postura más comprometidas. En la batalla se esconden en la masa, nunca se sitúan en las alas, donde la lucha es más feroz y decisiva. Nunca los verás rondar por esas fronteras. Sus límites les vienen dados. Hasta aquí podemos llegar sin mayores riesgos. El sentir con los menos y hablar con los más, también de Gracián, que remata diciendo que «antes loco con todos que cuerdo a solas». Siempre hay un número suficiente de creyentes que saldrán en tu apoyo, mientras no seas puntilloso o pejiguero ni te aventures a sacar los pies del tiesto. Lo mejor es acudir  siempre en defensa del vencedor, que a moro muerto gran lanzada. No importa que no sepas lo que dices ni el porqué o las consecuencias de lo que defiendes. No te importe contradecirte, aunque debes procurar cambiar de opinión con el resto del coro, a tiempo y nunca el primero, que la soledad no evidencie tu voz destemplada. Acógete (mejor dilúyete) en la masa, escondido en ella, que el número te ampare, ya que no una razón que, si existe, se te escapa. Pero tú no has llegado hasta allí razonando, inédito el caletre, sino asintiendo, sumándote al grupo de más bulto. Si tantos lo dicen, razón deben llevar, como las moscas. Además, son los buenos, los míos. Por eso estoy con ellos, porque parece que hoy son más. Si tienen errores y cometen desmanes es por necesidad. Seguro que les duele. Tampoco es cosa de restregarse por el fango y mostrar los trapos sucios, dar armas al enemigo. A diferencia de los otros, cuya esencia es la maldad, una persistencia en el error que solo una patología puede explicar.

La única enseñanza provechosa que de estos personajes podemos aprender es tomar por costumbre leer, ver y escuchar precisamente lo que intentan prohibirnos, lo que ellos odian. Seguramente tenga algunos fallos la regla, pero, así a ojo de buen cubero, funciona. Nos garantiza un alto porcentaje de acierto. Al menos evitaremos ser como ellos.

-o-o-o-o-

Fábula escrita en Venezuela en el siglo XIX por Víctor Manuel Pérez Perozo,
aunque la podría haber escrito hoy mismo:

 EL ASNO MANIFESTANTE

Entre ¡mueras!, ¡abajo!, silbatinas
y cáscaras de papa y de banano,
patos, gansos, conejos y gallinas
arrastran al marrano.

De paso, un asno acércase al cortejo
e inquiere a un pato viejo:
—¡Quién es? ¿Por qué le tratan de ese modo?
—No sé; Lo ignoro todo.

—¿Y a ti qué mal te ha hecho?
—Ninguno; lo veo hoy por vez primera.
—No tienes, pues, derecho
a ensañarte con él de esa manera.

El diálogo a esta altura,
indignado el palmípedo murmura:
—¡Estúpido, borrico,
mientras lo insultan todos en la calle
quiere que yo me calle,
como si no tuviese tambien pico!

¿De seguro el borrico con gran pena
se alejó de la escena?
¡No tal! A poco rato,
con cara de asesino,
y más furor que el pato,
también echaba ¡mueras! al cochino.

 

jueves, 29 de septiembre de 2022

A vueltas con la equidistancia

Leo dos artículos sobre The New York Public Library y otras bibliotecas públicas estadounidenses que piden ayuda económica para enfrentarse judicialmente a censuras y denuncias por permitir la lectura de libros que los trumpistas, integristas religiosos, neofascistas y asimiliados, entre otras malas hierbas, encuentran peligrosos y censurables, condenándolos a la hoguera o al olvido. Ambos artículos, bastante similares, llevan razón. Pero no toda, pues olvidan o pasan de puntillas sobre las censuras y cancelaciones —no menos numerosas, absurdas ni mejores— que otros perpetran y que, al parecer, no merecen repulsa, ni siquiera mención. Suele ocurrir. Nos ocurre a todos; nuestros silencios son más reveladores que nuestros estruendos. 

Los primeros abominan hasta de Harry Potter, de cualquier obra en la que se aborden con libertad temas para ellos rechazables o espinosos, como el racismo, la homosexualidad, las ortodoxias religiosas, incluso la ciencia pues, al final, la realidad, la verdad, la discrepancia y, en especial, la mentada libertad, son los enemigos peores de todo integrismo, por esencia autoritarios y censores. Los nuevos puritanos neocorrectos, por sus partes, se espantan hasta de las obras de escritores y filósofos que son los pilares de nuestra cultura y de nuestro pensamiento. Desde Platón a Shakespeare, de Homero a Kipling, a Borges o a Horacio Quiroga, hasta Tintín. Para estos censores autodenominados “progresistas”, de la subespecie “woke”, en neolengua, no menos inquisitoriales que sus adversarios paralelos, poco de la literatura antigua, clásica o moderna, culta o popular, sería hoy de recibo ideológico. Ni los cuentos de hadas. Odiseo era un machista. Como su hijo, que hace tres mil años mandaba a Penélope, su madre, callar estando entre hombres y retirarse a sus habitaciones a atender sus obligaciones y sus cosas. No digamos los personajes bíblicos, los autores medievales, renacentistas o de cualquier siglo pasado y gran parte de los contemporáneos, pues nadie se salva de esta quema. ¿Qué otra cosa podrían haber sido sino incorrectos, racistas y machistas, cuando, como todos, hasta los que hoy se lo reprochan, anteayer aún lo eran? 

Buscan antiguas tribus y culturas que pudieran presentar como matriarcales para revelarnos cuándo se jodió el Perú de la humanidad con el “heteropatriarcado”, hasta el momento actual en que, por fin y gracias a esta ilusa tropa, se va a alcanzar la Arcadia feliz que ellos dicen inaugurar y cuyos desvaríos, alucinaciones y excesos quisieran imponer, junto con su ignorancia intransigente. Son adanistas y a la vez apocalípticos. Se consideran la alfa y la omega. Nada hubo válido y sensato antes de ellos y no encontrarán sucesores a su altura, por lo que conviene dejar definitivamente cerrados todos los temas. Su corrección es la corrección final, tan perfecta que, tras ellos, no hay que esperar cambios ni mejoras. Para ellos sólo resultaría encomiable y admisible la literatura «woke» (despierta, alerta), comprometida con los valores del momento, siempre efímeros y variables, contra lo que ellos piensan. Despierta, alerta hacia unas cosas y dormida y rendida ante otras. Lo malo es que a mí la literatura comprometida, será por la palabra, siempre me sugiere que ha sido escrita por compromiso. Es decir, por obligación, por agradar, por sometimiento a una causa o un dogma en boga, de forma no siempre acertada ni coherente. El tiempo, si le dejan, pone cada cosa en su sitio, por eso conviene huir del presentismo al juzgar lo pasado o nos quedamos solos, tambaleantes y en cueros. Hemos llegado al punto de dar por bueno que lo más avanzado y "progresista" sea el sometimiento y la acomodación a un dogma incuestionable, el remar a favor de los vientos. Curiosa vanguardia. Acomodación a su lecho de Procusto. Acomodar viene del latín 'accomodare', colocar algo de un modo que se ajuste a una forma o espacio previo. Modus, modo, de ahí moda. De la calidad ni hablemos. Poco o nada quedará de lo que hoy se escribe bajo esos impulsos y condicionantes.

Cruzan la calle cuidándose de mirar si viene un coche por la derecha. Y hacen bien. Peor obran al dejar de mirar también hacia el otro lado, exponiéndose a morir atropellados, y no por el carro del fascismo, sino por el de la razón. No sé con certeza quién decía eso de que cuando escuchaba la palabra cultura se echaba la mano a la pistola, pues unos la atribuyen a Goebbels y otros a Millán Astray. Al menos metafóricamente, siguen existiendo millones de semovientes que reaccionan igual ante otros estímulos. A mí me pasa con algunas palabras. Unas, nobles y deseables, han sido malversadas y casi vaciadas del significado original y compartido, como libertad, igualdad, independencia del poder judicial, separación de poderes, poner las urnas, negociación, o voluntad popular. Otras o nacieron vacías o se han ido llenando del serrín que ocupa muchas cabezas. Cuando escucho morrallas y bisuterías léxicas de tan baja ley como capitalismo heteropatriarcal, derecho a decidir, mandato popular, facha, progresista, apropiación cultural, desjudicializar, el pueblo real, identidad, hechos diferenciales, racializado, blindar competencias e incompetencias y, especialmente, equidistante, me echo inmediatamente de forma refleja la mano a proteger la cartera de las ideas y los significados. Con esas herramientas desafiladas el debate serio y limpio se enfanga, acaba resultando imposible saber de qué se habla.

Equidistancia. Sin duda la hay, siempre la ha habido. Y es censurable. El verdadero equidistante, menos abundante tal vez de los que algunos contabilizan y censan, paradójicamente sin ser capaces de percibir que ellos a veces caen en el defecto que critican, es alguien que se engaña a sí mismo y quiere engañar a los demás. Es un simulador que intenta tapar su parcialidad bajo la capa de una ecuanimidad de la que a menudo carece. No siempre el término medio es aceptable. Sería dar por bueno que te quiebren una pierna, si eso resulta el término medio entre un insulto y un asesinato. Sería una falsa y extrema equidistancia.

En último término, todo el que generaliza en exceso lo acaba siendo. La cumbre de la equidistancia es: «Todos los políticos son iguales». Además de no ser cierta, esa frase invariablemente viene a intentar esconder que los suyos son peores. Y, más peligroso aún, en el fondo se sugiere que están demás, como los partidos, una de esas creaciones imperfectas que están en la esencia de la democracia, que es lo que en realidad se ataca. Esta pose, uno de las muchos trajes de la impostura, usada hasta por los peores de los equidistantes censados, viene a ser como el declararse apolítico cuando y donde los tuyos mandan, equivalente durante el franquismo a ser de la derecha más afecta y satisfecha, o ser un estalinista cómodamente integrado en el sistema y a gusto en la Rusia de Stalin. No se puede ser tal cosa. Tampoco equidistante ante cualquier otra dictadura.

El problema con tal palabro, como ocurre con tantos otros, es que últimamente se usa mucho —y de forma artera—para intentar desactivar por la vía del descrédito a quien mira a los dos lados de la calle antes de cruzarla. Es proceder habitual de los que, huyendo del argumento y del espejo, usan y abusan de un adjetivo tan vidrioso y versátil, malversando su significado y su utilidad. Su único sentido apropiado y justo, como antes hemos apuntado, sería emplearlo para referirse a aquellos que, queriendo defender a los suyos y no encontrando argumentos, buscan en los contrarios algo que pudiera asemejarse a los desmanes de los propios, un parapeto para poder decir que todos son iguales, creyendo así que haber logrado un pretendido encandilamiento que haga pasar por buenos y decentes a los que no lo son. A los suyos. Ese es el único uso legítimo que reconozco a esta palabra usada contra alguien. Lo que la envilece y vacía de todo valor y significado es que sus más asiduos usuarios ni siquiera llegan a ser equidistantes, y menos ecuánimes, algo a lo que desde siempre han renunciado ser.

Los que así defienden sus opiniones y adhesiones, escudados en ese reproche fraudulento, esgrimiendo la chatarra dialéctica de la equidistancia como argumento, pretenden quedar ellos y sus ideas fuera de toda comparación, como algo impoluto, evidente, incuestionable. Ven, a veces con acierto, los peligros de un lado, el que está frente a ellos. Pero ahí acaba su capacidad y su intención de examen. Como los vampiros, tienen una relación conflictiva con la luz y con los espejos y evitan mirarse en ellos por si no les gusta la imagen que les devuelven. Parten de la imposibilidad metafísica de que en su mente o en su parroquia pudiera cobijarse el mal, el error o el abuso. Para ellos, si son de izquierdas, se puede cruzar la calle con seguridad mirando sólo hacia la diestra, ningún peligro puede aparecer por la siniestra. Y viceversa. Y los extremistas de ambos bandos mueren atropellados por la realidad, al menos argumentalmente, y tanto su credibilidad como su ética quedan aplastadas, sólo reconocidas dentro de sus parroquias de lisiados morales.

Uno lee estos artículos sobre la persecución de libros por parte de la extrema derecha en USA. Y se indigna, claro, pues lo que cuentan es indignante, peligroso y cierto. Los que, sin más reflexión ni duda, se quedan ahí, reconfortados al comprobar que están en el lado bueno, son los que acusarán de equidistantes a los que, dando ese paso más que ellos se prohíben, reflexionemos y dudemos, sospechando que por el otro extremo pudieran amenazarnos peligros semejantes. Hacerlo te convierte en su enemigo, aunque se contengan y sólo te tilden de equidistante. Así arguyen muchos de los que ni eso están dispuestos a ser, limitándose a ser simplemente sectarios. En sus variedades, no excluyentes, de tuertos, hemiópticos, escleróticos faciales, banderizos, parciales o tramposos. De la peor y más absurda de las trampas, que es la que uno se hace al solitario. Sin la figura del abogado del diablo la nómina de canonizados sería innumerable. Por eso en algunas parroquias laicas abundan tanto los santos que no lo fueron, adorados por feligresías que tampoco lo son, y en esas capillas minoritarias y estancas se siguen venerando muchos 
ángeles caídos, súcubos y demonuelos.

Leí un libro muy revelador acerca del largo y casi amigable descenso de Turquía de la mano de Erdogán a los abismos del totalitarismo: «Cómo perder un país», de Ece Temelkuran. Y se ponen los pelos de punta al reconocer lemas, hechos, mantras, estrategias y procesos que resultan familiares y cercanos, para, aprovechando sus libertades, sus fisuras y sus debilidades, ir haciendo degenerar una democracia, tal vez imperfecta,  hasta convertirla en una perfecta dictadura. Cuenta la deriva totalitaria de Erdogán, su paulatino y plebiscitario acaparamiento de todos los poderes, contrapoderes y controles, puestos en entredicho hasta su descrédito, antesala de su supresión, para convertirse en un sátrapa de la misma ralea que Putin, Trump, Maduro, Ortega, la dinastía castrista, el líder surcoreano que no me merece el esfuerzo de buscar su nombre, o el dictador que reina en China. El proceso de Erdogán, como otros, es básicamente hacer que el pueblo se comporte como las langostas, confiadas y hasta contentas cuando el agua se va poniendo tibia, hasta el punto de no retorno de la ebullición que las cuece. Demasiado familiares me resultan ciertos reproches, descalificaciones y aspavientos hacia instituciones clave. Como la continuada erosión de su independencia, el afán de controlarlo todo, incluyendo los contrapoderes que están precisamente para controlarlos a ellos. La ley y la justicia son nuestra línea Maginot, la última defensa. Desconfiemos de quienes las cuestionan, desacreditan e intentan escriturar a su nombre. 

Me importan poco los libros de cabecera de los autócratas in péctore, si resultan ser mamoncillos ideológicos de Mao, de Stalin, de Hitler o de Mussolini. Hablamos de dictadores totalitarios y señalar paridad entre ellos no creo que resulte ser un equivocado y estéril ejercicio de equidistancia, sino rendirse a las evidencias que nos obligan a permanecer alertas. No hacerlo, tratar de dar con tranquilizadoras diferencias que hagan mejores a unos que a otros es el rasgo que iguala a quienes de entre esos criminales defienden a unos sí y a otros no. Se encontrarían a gusto en cualquiera de esos paraísos de los amantes del pensamiento único, de la organización férrea que esclaviza y supedita una sociedad a una ideología, para mí igualmente perversas e indeseables, pero que ellos consiguen diferenciar hasta el punto de encontrar defendibles las de su gusto. Lo que me espanta de muchos cazadores de equidistantes, así, a bulto, a los que no siempre llaman fachas aunque piensen que lo son todos los que piensan distinto, es que, en el fondo y a veces también en la superficie, no conciben ni admiten la discrepancia. Si pueden, tratan de imponer sus visiones y de censurar o prohibir las ajenas. Y, como decía Muñoz Seca en «La venganza de don Mendo»:

`[...] «Y me anulo y me atribulo
y mi horror no disimulo,
pues, aunque el nombre te asombre,
quien obra así tiene un nombre,
y ese nombre es el de …chulo.»

   Lamentablemente, tal vez no sean la chulería o la soberbia el único ni el mayor de sus defectos. Y, esa es la diferencia, señores, una diferencia que algunos cazadores de equidistantes y de fascistas, sólo en casa ajena, son incapaces de entender, y menos de ejercer. Gentes como ellos son las que desde dentro hacen posible la pervivencia de esos regímenes abominables y a sus caudillos. Desde fuera los blanquean, los quieren presentar como baluartes y paladines anticapitalistas y antifascistas, como sus opuestos con las dictaduras de derechas, amparables por su anticomunismo, por tanto, regímenes más deseables que las democracias en las que viven, critican y desprecian. Nunca entenderán nada, menos soportarán que les muestran las vergüenzas, que muchas son, aunque no decimos con ello que sean los únicos que tienen que rectificar. No aciertan con la palabra y yerran con el tiro, se equivocan de adversario, si es que tienen otro que no sea la libertad, pues ponen en la diana a los que no somos defensores ni de las dictaduras parafascistas ni de las comunistoides, como tampoco de este capitalismo feroz e inhumano, cuya maldad es tan evidente que se critica solo. Repudiar la dictadura castrista no equivale, como ellos quisieran hacer creer, a dar por buena la de Pinochet, aunque ellos sí lo hagan invirtiendo los términos de esa comparación.  Ocurre que, a nosotros, a los que, con mayor o menor acierto, intentamos pensar, discernir, comparar, a diferencia de los extremistas del pensamiento único, se nos exigen preámbulos, considerandos y explicaciones previas, explícitas renuncias a Satanás, que hagan perdonables nuestras reflexiones. Ellos nacen perdonados y avalados por la Historia. Al menos eso quieren pensar y hacer creer, demostrando que o no la conocen o que les estorba y contradice. Nuestro rechazo visceral a toda dictadura nos hace recelar de ellos, de sus referentes y amigos y de su ideal de sociedad, como nos ocurre con su descalificación de la monarquía parlamentaria, que, sin despertarnos excesivos entusiasmos, no vemos en ellos una alternativa. Escohotado los retrató y definió con acierto en su monumental obra “Los enemigos del comercio”. También son los enemigos del matiz, de la moderación y, a menudo, de la libertad y del pensamiento.

 


miércoles, 18 de noviembre de 2020

Epístola de abrigo

 

    Es difícil que prohibiendo la mala literatura o la peor de las músicas se consiguiese dirigir la atención general hacia las buenas. Más probable es que se creara rechazo hacia unas y otras, si no es que, por llevar la contra a las imposiciones, lo peor de cada arte se viera promocionado por una publicidad inmerecida. Las cabezas funcionan así, las de los censores y las de los que se ven tratados con un paternalismo condescendiente en el mejor de los casos y totalitario en el peor.

    Igual que ocurre con las artes pasa con las ideas. Ni hay que censurarlas ni publicar en el BOE una lista de las adecuadas. Lo que hay que hacer es educar y facilitar el acceso a las serias, a las que tienen enjundia y fuste, dar datos ciertos y herramientas para poder interpretarlos para elegir libremente. El censor, el impositor de ideas, siempre lleva una liebre ideológica ajena a criterios de calidad, incluso de certeza. Su campo de trabajo es el de lo conveniente, lo cómodo para el poder, no el de lo cierto, algo agravado por el hecho invariable de que suele ser más ignorante que aquellos a los que quiere estabular el gusto y el criterio. Aunque su intención fuese buena, si es que puede serlo, inevitablemente recabará críticas de los más ilustrados y reflexivos, de forma que acaba dirigiendo sus ataques a estos enemigos cerrando el círculo perverso. La estupidez y la vacuidad suelen atravesar esas cribas. La censura, si es que alguna puede haber bienintencionada o necesaria, siempre termina combatiendo la excelencia y promoviendo un conformismo ovejuno.

    Lo malo se combate ofreciendo y facilitando el acceso a algo mejor. El error y el delito con buenos ejemplos y buenas leyes, nunca buscando causas remotas que los diluyan en la normalidad y acaben por justificarlos. Dejando aparte que lo que es bueno para unos puede parecer malo a otros, y es normal que así suceda, cada sociedad ha ido dando con un mínimo acuerdo sobre ciertos valores compartidos y la Historia nos enseña que las sociedades se han derrumbado a la vez que caían esos acuerdos básicos que a lo largo del tiempo mantenían una cohesión y un sentido de pertenencia imprescindibles. Esos pactos, símbolos e ideas compartidas permiten y amparan la defensa de causas no comunes, incluso las minoritarias, siempre que no lleguen a cuestionar la misma existencia de la sociedad que también a ellas proteje. Cuando en una sociedad lo común pierde un prestigio que se va cediendo a lo particular, incluso a lo tribal, va cavando su tumba. Que algunos, incluso vicepresidiendo el gobierno nacional, hagan peña con los que proclaman que vienen con la pala a hacer mayor la fosa, no es cosa defendible. Muchos países, tal vez los mejores, desde luego los más sólidos y democráticos, directamente prohíben este tipo de sepultureros. Que nosotros no sólo los permitamos, sino que los financiemos y concedamos inmunidad parlamentaria, es un rasgo suicida y un elemento más de los que nos llevan a ser un país de interés turístico, interesante, pero con un porvenir incierto. Nuestro futuro  directamente pasa por darles solo el poder que realmente les corresponde, pues son electoralmente irrelevantes. Numéricamente lo son, pero nuestras leyes dan más mando a veces al grumete que al capitán. Algunas minorías locales, con la complicidad de lo peor de cada casa política del resto del país, se intentan apropiar de unos territorios, también de unas ideas y de unas causas, que utilizan para fragmentar y para dividir. En los programas, no digamos en los comportamientos de algunos partidos y personajes, se defienden no pocas causas innobles e injustas, amparadas por la tolerancia, tal vez excesiva, de nuestro marco legal, con una constitución que dice no ser combatiente, eufemismo que evita decir que se quiso indefensa.

    Hay otras causas nobles y justas cuya asunción generalizada se ve dificultada tanto por la forma equivocada de defenderlas como por tener la mala suerte de caer en manos de las personas inadecuadas, algunas ya mentadas. Me refiero a esa clase de vagabundos buscavidas de la política que dan con una causa o con una idea como el que se encuentra una cartera en la boca del metro. Podrían haber encontrado otra, pero ven que esa está llena de billetes y para qué buscar más. Devolverla a su dueño, buscar a quién pertenece de verdad, y debería ser de todos, ni se les pasa por la cabeza. De forma que se apropian de lo que no es suyo, aunque argumentan que toda propiedad es un robo en un alarde de coherencia propio de esa clase de polillas, y se quedan con los cuartos.

    Cuando alguien, una persona o un grupo, se apropia de un símbolo, una idea o de una causa, ya está pervirtiendo su potencial virtud. No intentará repartir el hallazgo, extender los beneficios, al contrario, procurará encontrar razones para excluir del reparto a los que no sean de su cofradía de Monipodio ideológico. Esto es nuestro, que hacéis aquí defendiendo lo que nosotros. Buscad otra cartera. Los otros dan por perdida ese billetero, uvas verdes desde entonces, pero siempre encuentran otra para obrar igual.

    Si a esa mentalidad tribal con tendencia a escriturar la virtud y la ética a nombre de su comunidad de bienes ideológicos, unimos que la indecencia y la estupidez suele rondar por tal modelo de cabezas, ya tenemos una combinación peligrosa. Incluso si ven que los billetes de la cartera son falsos como moneda de cuero, si el primero ha colado y han conseguido endosárselo a algún incauto, ya no tienen freno. Sus feligreses son los primeros en dar por buena la mercancía y pasan a extenderla por los mercados. Llegan a convencerse que sus cromos son billetes de curso legal, o al menos dicen estar convencidos de su validez, y van ofreciéndolos y pregonándolos cada vez con mayor osadía. Como en todos los timos, al timado, si percibe el fraude, le cuesta admitir para sus adentros que es imbécil y lo que hace es procurar ir desprendiéndose del género y aumentar la extensión del engaño. En economía se sabe —lo explica la ley de Gresham— que la moneda falsa expulsa a la buena y que si circulan las dos pronto predominan las falsas, las de chapa, y van desapareciendo las de oro. Con las ideas ocurre otro tanto, muchas hay que presumen de un valor facial muy alejado del verdadero, que en este mercado de las ideologías se debería medir por la proporción de verdad en la aleación, no por los aplausos de la parroquia. Al final lo que circula es morralla ideológica, lemas, argumentarios y simplezas.

   Vemos circular muchas monedas ideológicas de baja ley por las tabernas, por los mercadillos y, lo que es peor, en muchas tribunas en las manos de lidercillos y próceres que han tropezado con una cartera y bien viven de ella hasta que les dure. Podría haber sido cualquier otra. Charlatanes de la política, vendiendo mantas y regalando peines encaramados en las instituciones, con verborrea propia de Ramonet, que pronto compran los cebos conchabados para animar al público a dar por bueno el género. Aunque su causa sea mala la intentarán vender como oro fino y, si buena fuere, mala cosa es que una buena causa se manche mezclada en malas manos con este tipo de calderilla, pues una mayoría piensa que viendo la choza se conoce al pastor. Y también que conociendo al pastor se deduce la salud del rebaño y la pureza del queso. Estos vividores de la política defienden las causas indignas y manchan y desprestigian las virtuosas. Son una peste.

Ramonet, el charlatán de las mantas

martes, 21 de julio de 2020

Epístola censora y floral



Abundan los que no leen prensa o escuchan noticiero que no sea afín a sus ideas. Así se anticipan al peligro de que alguien les lleve la contra, cosa inaceptable e inútil, pues forman parte de esos grupos privilegiados que han conseguido atesorar todas las certezas, todas la verdades. De leer libros sospechosos de sostener doctrinas contrarias, tenidas por heréticas y perseguibles, para qué hablar. La fe de un buen cristiano peligra leyendo el Corán o el Talmud. Los Index Librorum et Periodistorum Prohibitorum de cada peña son más amplios que el de la Iglesia en la edad media. Inabarcable es la lista de excomulgados que van dejando a su paso, ora como fachas, ora como comunistas bolivarianos, según el entender y talante de cada feligresía desde ambos extremos. 

    Mirando tales excesos especulares, un bando basa su autoridad y su razón en el aprecio incondicionado por la seguridad y en una tradición mal entendida, para la que todo cambio es malo; otro en el monopolio de una pregonada e inexistente superioridad moral y en la idea de que todo cambio es a mejor, junto a su gusto por los ríos revueltos. Cada uno lee su catecismo y las glosas de los obispos y predicadores que mantienen su ortodoxia, que la herejía es muy mala, la carne es débil y el maligno siempre acecha. Quien evita la ocasión, evita el peligro.

    Hay que evitar riesgos, pues. Sobre todo cuando de alguna forma se es consciente de una debilidad que no se puede reconocer ante los demás. Se evita leer noticias ni tesis que contradigan o cuestionen las ideas propias, que así las intentan proteger los que alguna tienen, tratando de mantenerlas fijas como muelas. Los que no tienen ninguna, que no son pocos, procuran resguardar sus caletres sin cosa que contamine el vacío, siempre confortable.

    Como si de una delicada orquídea se tratase, mantienen su pensar a salvo de aires inusuales, que presuponen fríos y contaminados. No se arriesgan a toparse con insectos, hongos o bacterias que comprometan su vigor. En realidad, esa actitud, en exceso prudente, muestra que quienes así obran conocen la debilidad de sus argumentos, la fragilidad de sus convicciones, el peligro que correrían en caso de ser contrastadas con otras que temen tanto como desconocen, aunque de antemano las desprecien. Lo cierto, también triste y empobrecedor, es que, salvo los más soberbios e irrecuperables, muchos no se fían de sí mismos y de su capacidad para resistir envites ante los que se ven faltos de defensas argumentativas, de anticuerpos dialécticos, de razones que les amurallen frente ataques que otros, mejor armados de razones, sí son capaces de resistir. Rehúyen el debate e intentan usar descalificaciones e insultos como fungicida. Los más listos y atrevidos de entre ellos saben que en el medio natural, en la realidad cruda y salvaje, sólo sobreviven las plantas que superan esos contactos retadores. Fuera del invernadero las más débiles, las que no se avienen a las razones de la situación, mueren. Medran y crecen las fuertes, las que plantan cara y consiguen resistir las condiciones y riesgos de la situación real, a veces cambiante y que exige adaptación y flexibilidad para encontrar un nuevo equilibrio.

    Con las ideas pasa lo mismo que con las orquídeas y otras plantas frágiles y enfermizas. Muchas, por su debilidad natural, por ser semillas resecas y antañonas, poco viables en los campos del presente, o por ser esquejes de plantas exóticas y tropicales que no soportan los fríos locales, sólo perviven en ciertos invernaderos mentales, en esos ambientes artificialmente protegidos que crean una burbuja alrededor de visiones que no sobrevivirían a la intemperie de un debate abierto, como le sucede a la orquídea en un bancal de secano. Es el aislamiento irracional de la secta, inmune a la opinión ajena, a lo cierto, a lo sensato, lo que puede dar lugar a las ideas enquistadas, absurdas, alucinadas que, más pronto que tarde llevan a la perdición a sus acólitos.

    No se determinan a hacerle un análisis de sangre a su credo anémico no vaya a ser que muestre que le falta hierro, anticuerpos, glóbulos blancos, sustancia. Las propias ideas deberían someterse a un chequeo y ser contrastadas con las ajenas, con las discordantes, pues ese es el reactivo que nos indica si su salud va bien. Si se pudieran meter las ideas en un tubo de ensayo y ser expuestas a estos contrastes, tal vez el médico, informe en mano, levantaría la vista por encima de sus gafas y nos miraría en silencio a los ojos durante unos segundos interminables. En el peor de los casos diría —Huy, huy, huy, huy, huy… y nos pondría un tratamiento de choque. Vitaminas en forma de lecturas adecuadas, minerales en cápsulas conversacionales fuera del círculo acostumbrado, un ejercicio necesario, pero no habitual según muestran los análisis; oligoelementos que se dosificarían en párrafos de lectura amarga y desabrida, sin la cucharada de azúcar habitual. Tal vez alguna vacuna teórica, si la hay, alguna pócima lógica inyectable o un cocimiento intelectual en forma de supositorio que enfrentara a nuestro sobreprotegido juicio con el reto del pensamiento alternativo. Algunos casos desesperados necesitarían de una solución quirúrgica; en los más extremos incluso una lobotomía o una extirpación de algunas parcelas del córtex, región del cerebro que genera la conciencia del entorno y de uno mismo.

    Lo malo es que ese proceder de avestruz, la cabeza hundida en un agujero ideológico, lleva a sobresaltos, sorpresas, incluso a muertes súbitas. Privadas o electorales. Cuando se nos muere una idea duele. El daño es proporcional a su importancia y, como en las plantas, no es lo mismo que el gorgojo acabe con unas hojas o una rama lateral, que el rayo llegue a desgajar el tronco o a la raíz. Cuando la planta es vieja y el mal está tan extendido y arraigado que ya se ha apoderado de todo su ser, no queda más que cortar o tirar para adelante mientras se pueda. Una persona tiene difícil modificar, y menos prescindir, de una creencia que ha sido el tronco leñoso y endurecido que le ha mantenido de pie, que ha sido el sostén del alma, su armazón religioso, político o vital. Si uno ha devenido cactus, las raíces se pudrirían trasplantadas de un día para otro a un terreno precisamente por una desacostumbrada riqueza del suelo y abundancia de agua. Las plantas hay que aclimatarlas. A algunas les basta con una inusitada corriente de aire para morir, aunque sea aire limpio y fresco. Hay que ir poco a poco, leyendo lo no leído, escuchando lo no escuchado para ir probando a pensar lo impensable hasta alcanzar la cima de cuestionarse lo incuestionable, siempre disfrazado de correcto. Es necesario correr el riesgo de equivocarse. Al final se trata de optar por la libertad intelectual de andar recto frente al fácil sometimiento de abandonarse a la corriente, dejarse llevar por los meandros que serpentean rodeando las correcciones cambiantes, dejar de dar rodeos intentando sortearlas, aunque haya que esquivar los tiros de los que, secos y encaramados en ellas, quieren que mueras en el intento de atravesar el terreno pantanoso de doctrinas mechadas de correcciones impuestas.

    Siendo mala esta actitud, si se limitaran a sí mismos, si permanecieran encerrados en el corral que construyen, el problema sería suyo. Con su pan se lo coman. Peor es lo que ocurre. Su afán censor y proselitista, su talante eclesiástico, les llevan a intentar meternos a todos los demás en su redil, nos quieren mantener dentro de los límites que su cerrazón intelectual y moral establece. No sólo les desconcierta y sorprende que alguien —incluso una mayoría— piense diferente sobre este tema o aquel, es decir que no piense lo que hay que pensar; llegan a indignarse simplemente porque alguien se atreva a plantear dudas u objeciones a lo que para ellos ya es dogma inmutable. Hay temas que quieren intocables, ya cerrados, verdades de la fe sobre las que ni la ciencia ni la opinión ajena tiene nada que decir. Precisamente en muchos de aquellos problemas o ideas acerca de los que existe conflicto, divergencia, debate, es decir, lo no compartido por todos, todo aquello en lo que no sabemos qué acabaremos pensando dentro de un tiempo, ni cuál será la corrección siguiente, tal vez contraria a la actual, pero con seguridad defendida por los mismos con igual ardor.

    La ciencia avanza porque todo su conocimiento es provisional, casi todo lo que hoy es verdad podría dejar de serlo algún día, y con ello se cuenta. No ofende una teoría o una hipótesis alternativa, que se intenta rebatir con argumentos, con datos, si es posible hacerlo. Si no, se acepta, se incorpora al corpus, siempre de forma provisional. Nuestros nuevos inquisidores, calvinistas o papales, nos retrotraen a tiempos y formas anteriores al libre examen. Exigen adhesión inquebrantable a su oscurantismo arrebañado, van persiguiendo Galileos que dicen que sin embargo se mueve, pues toda discrepancia es herejía, la duda debilidad de la fe, y la oposición frontal una patología que requiere, al menos, reeducación, si no hoguera. Estamos hablando del pensamiento totalitario.

sábado, 5 de agosto de 2017

Epístola censora e inquisitorial



El arte, como máxima expresión de la sensibilidad y pensamiento humanos, debe, al menos, conservar la capacidad de incomodar, de ofrecer una visión alternativa. Debe tener el derecho, aunque no la obligación, de hacerlo. La literatura, el teatro, la pintura, la música, la poesía, son manifestaciones que pierden mucho cuando renuncian a provocar una cierta inquietud, cuando se limitan a abundar en la forma habitual y consolidada de ver las cosas por parte del grupo al que van dirigidas. Ya el hecho de que sean destinadas a unos sí y a otros no, de que hayan sido creadas para dar satisfacción a un grupo, sea una élite o una chusma, limita por no decir que elimina la necesaria universalidad del arte. Explicar aquí que a esa universalidad se puede llegar desde lo más local sería ofender a mis lectores, si los hubiere.
     Se da la circunstancia de que algunos creen que es suficiente con incomodar, con provocar, para que cualquier cosa sea tenida por arte, lo que ha inundado de bodrios el mercado del que viven culturetas y especuladores. Y no, la provocación, el escándalo o el ataque a las creencias, sentimientos o visones ajenas no garantizan que el producto que los origina sea arte, por más que atribuirse que lo sea pretende a veces proporcionar un paraguas protector ante posibles críticas. ¡Ah, se siente! ¡El arte no debe de tener límites! El humor, siempre que no se dirija contra mí, tampoco. Un oído educado agradece la disonancia, siempre que se limite a aportar la sal y la pimienta en una estructura tonal armónicamente sólida y familiar. La educación musical amplía el rango de disonancias que uno es capaz de admitir con disfrute, pero tiene un límite. En la vida real, una excesiva acumulación de disonancias interpretativas, algo muy frecuente hoy en día, es muestra de que no se tiene ni puta idea de música vital, económica o política. Ruido y postura. Hasta la sepultura.
     Si eso ocurre con los artistas, para qué hablar del resto de los mortales. Nos ocurre con la libertad como con algunos aparatos cuya tecnología nos rebasa, que no somos capaces de usar más que una ínfima parte de sus recursos. A veces las épocas más sombrías de nuestra historia, incluso aquellas en que a la ruina y descomposición del país se agregaba la nada amable vigilancia de la Santa Inquisición, han dado lugar a un florecimiento general de las artes, a un siglo de oro. La inteligencia asumiendo riesgos para desbrozar veredas llenas de malezas y pedruscos hasta llegar a campo abierto. Ha habido épocas de censura en las que unos creaban calladamente mientras otros más escandalosos se lamentaban de los obstáculos insalvables que esa losa suponía para parir su obra. Cuando la censura desapareció muchos perdieron tal excusa mostrando que en realidad nada tenían que decir. En esas estamos ahora.
      Y estamos en esas no porque no exista censura, que sí que existe y de la peor. No es una censura institucional, política, pues aunque nos quejemos de los torpes intentos de leyes mordaza que pretenden poner puertas al campo, la censura más perversa es la que nos autoimponemos, lo que ha dado lugar a que hayamos permitido que la parte más desocupada, inculta, infantilizada y estúpida de la sociedad nos imponga sus limitaciones y miserias, se dedique a vigilar la ortodoxia de la tribu y a destrozar en las redes a cualquiera que se haya arriesgado tímidamente a discrepar, empeñados en perseguir, cuadrante en mano, cualquier atisbo de disidencia, a poner a los pies de los caballos a cualquiera que se atreva a cuestionar una sola línea de su catecismo. Somos una sociedad contradictoria que admite las agresiones más salvajes e incívicas contra valores, creencias e ideas muy extendidas, atentados para los que siempre hay quien encuentre una justificación, mientras volvemos a un puritanismo propio de los Amish. Nos harían un gran favor botando un May Flower y yéndose a fundar una colonia a alguna acogedora bahía de Canadá.
      Resumiéndolo mucho nos quieren volver tolerantes hacia cualquier cosa, algunas francamente aberrantes, excepto hacia el pensamiento. Hacia el pensamiento libre, el que tiene dudas, contradicciones, el que se sale de parva, el que se atreve a decir que eso que tienen por incuestionable, aquello que ni se puede nombrar, sólo lo es para ellos, para menos de los que esos talibanes creen. Desde luego para mí no lo es. Deben acostumbrarse de nuevo a la libertad que niegan a los demás y que administran como exclusivamente propia, deben rebobinar personalmente varios siglos, leer y valorar el esfuerzo y el sacrificio con que otros nos habían dejado como herencia el derecho a poder decir lo que uno piensa, recuperar una tolerancia de la que hablan sin saber en qué consiste y dejar de tocarnos los cojones. No solo tenemos el derecho, sino la obligación, de poner en duda cualquier cosa. Eso tan sencillo, admitido en las sociedades en los momentos en que han sido libres, está ahora puesto en cuestión. Algunos están más concienciados en otorgar la libertad de imprenta a alguna tribu ignota del Amazonas que en dejar que su vecino opine como tenga a bien.
    Somos actores a los que sólo se nos permite reírnos de los que están fuera del teatro, lo más fácil. Reírse, incomodar a los que asisten a la función, verdadera misión y valor del teatro, la literatura y el arte en general, es hoy en día algo temerario. Cada uno en su burbuja.
     En este ambiente espeso y cutre uno llega a decantarse del lado de quienes defienden algo que no nos gusta, sólo por no estar junto a quienes les atacan con odio irracional. O de temer más a algunos apoyos cerriles que a quienes nos contradicen con educación y buenos argumentos. Más tenemos que aprender de los segundos que de los primeros.
     Me encanta la gente imprevisible, los que te sorprenden con una opinión aparentemente discordante, incluso contradictoria con su habitual línea editorial. Saber de antemano qué va a opinar alguien de un tema, de un artículo o de una noticia, desmerece mucho al que con sus opiniones viene a confirmar escrupulosamente lo previsto. Le hace perder valor ante mis ojos. Hacer un cuadrante con los temas sensibles, las esperadas correcciones mentales, políticas y sociales, donde ir poniendo crucecitas para ver por dónde respira el personal, para constatar hasta qué punto fulano o zutano se ajusta al kit de pensamiento de la peña, de ésta o de la otra, es algo poco recomendable por descorazonador y destructor de respetos. Aplicárselo a uno mismo puede resultar demoledor. La excesiva coherencia, el percibir en magín ajeno un bloque sin fisuras, una doctrina sin espacio para dudas, incluso incorrecciones, es índice de escasa actividad mental autónoma. Es el retrato de alguien aburrido, incapaz de sorprender, normalmente privado de sentido del humor y, en definitiva, poco recomendable.
     Porque, con todos mis respetos, la verdad sea dicha, según para qué plan y por poner un caso, la madre Teresa de Calcuta, podría llegar a ser una compañía poco recomendable en algunos momentos.