lunes, 24 de febrero de 2020

Epístola artística, nacionalista y agrícola

Nacionalismo es palabra que, como todas las que acaban en -ismo, suena a exageración. Evoca este sufijo a esos efímeros manifiestos de ciertos movimientos artísticos desaforados, a cualquiera de los muchos que han aparecido alrededor de una mesa de mármol y de los vapores de unas copas de absenta, argumentaciones más grandilocuentes que razonables, más exculpatorias que constructivas. Suelen tales genios despreciar una tradición cuya excelencia les reta, cuya exquisitez les humilla, pues sus carencias les impiden igualar o mejorar los usos y técnicas del oficio que el tiempo ha ido alambicando y, a veces, caen en delirios tendentes a ganar por vía argumentativa el prestigio y el beneficio que su obra por sí sola no merece, con un programa basado en el desprecio a todo lo que los redactores del manifiesto se saben incapaces de hacer. Ni en arte ni en nada, nadie puede dar lo que no tiene.

Que los abajo firmantes desconocen los arcanos de la perspectiva, despreciémosla. Si su falta de oficio hace irreconocibles los monigotes que pintan, renunciemos a la figuración, a la copia vil de la realidad. Que la búsqueda morosa de las sutilezas cromáticas es algo fuera del alcance de su escasa ciencia, rindamos culto al color tal como sale del tubo. Hagamos lo que hagamos, siempre habrá quien se avergüence de no comprender lo incomprensible y de no descifrar en nuestras creaciones un mensaje en realidad inexistente y que, como con el traje del emperador, dedique largos párrafos a revender un humo por el que el crítico en el fondo intuye que ha pagado en exceso. Nadie está dispuesto a reconocer que es un panoli y en ese coto cerrado y elitista unos se amparan en otros. Ocurre en todas las burbujas. El tiempo acaba poniendo a cada uno en su sitio y, a la larga, mucho es lo olvidado y poco lo que permanece.

Esta forma falaz de pensar y proceder puede ser aplicada a cualquier arte, industria o actividad. También, y especialmente, a la política, donde circula impunemente la falsa moneda y se nos da gato por liebre. Cuando las palabras se van vaciando de significado, tanto en los discursos políticos como es norma en las presentaciones, catálogos y críticas de arte, mera verborrea tanto más hueca cuanto más retumbante, vamos apartándonos de la realidad, perdemos pie y empezamos a meternos en terreno pantanoso. Y en el fondo de todo pantano ideológico hay siempre un totalitarismo, con lo que entramos en terrenos del cinco.

Viene a deducirse del discurso de muchos, aunque no atinados, que hay un nacionalismo perverso y otros que no lo son tanto. Les parece el nacionalismo cosa asumible a estos finos analistas cuando el nacionalista carece de nación, aunque para ponerle los cimientos a la obra recurra a la fábula, a la tergiversación de la Historia, a la deformación interesada de la realidad y se dedique a sembrar odios y a buscar enemigos entre sus compatriotas, presentados como un obstáculo para su independencia y su prosperidad. Ahí os quedáis los pobres, que además oléis mal y tenéis taras genéticas. Para muchos siniestros, poco que objetar, sobre todo si el autor de esas finezas y sus secuaces tienen los votos que les son imprescindibles para llegar al gobierno.

Sin embargo, cuando la nación realmente existente durante siglos intenta sobrevivir a esos desgajamientos insolidarios e ilegales, recurrentes intentos oportunistas siempre procedentes de sus partes más prósperas, y se resiste a dar por bueno que se arramble con una construcción colectiva, compleja y secular, caemos en un nacionalismo bajo sospecha. Es malo el nacionalismo español, nos dicen, aunque sea algo casi limitado hoy al mero deseo de no permitir que la nación existente desaparezca. Los menos escrupulosos buscarán debajo de las piedras de la Historia esos excesos que llegan hasta el presente para mostrar el carácter opresivo y uniformador de nuestro país, perversión de origen mesetario, la zona opresora que esquilma al resto. Los menos sofisticados, simplemente dirán que eso de España, su bandera, sus símbolos, Historia y valores, son cosa de franquistas. Dense por contestados estos últimos, que ya está bien de hundirse en tales simas dialécticas intentando razonar con quien ni lo merece ni sería capaz de entender un argumento de tres líneas. Esos son irrecuperables. Que lean y luego vuelvan. Hay quienes han sido y son incapaces de proponer una sola idea que pueda abonar un imprescindible sentimiento de pertenencia a una empresa común, aunque sí muchas para desunir lo unido, tantas como para dar por buenos los argumentos y deseos disgregadores de las partes, siempre más defendibles que los de aquellos que quieren preservar el todo.

No hay que exigir que una bandera o un himno ponga al ciudadano los pelos como escarpias, cosa reservada para cuando ganamos un mundial de fútbol, pero no se debe perder de vista que una sociedad se construye y hermana alrededor de ideas simbolizadas por trapos o canciones, relatos y leyendas, mitos y recuerdos, que pasan a ser algo más cuando representan la siempre problemática unión en una empresa colectiva, algo que no se discute en los países que admiramos. Precisamente eso es lo cuestionado entre nosotros de forma invariable, lo compartido, siempre de forma interesada. Lo común carece para muchos del prestigio de lo local, de lo particular. Llega a suceder que la única de las banderas del Estado que necesita justificación y que recibe pitos, ataques y suspicacias es la nacional, la de todos. No ocurre así con ninguna de las regionales, tenidas por intocables símbolos de la libertad y de la unión, esa sí innegociable, de cualquiera de las partes de un todo siempre puesto en duda. Aunque haya casos en que la bandera regional fuera en origen la de un partido, como la ikurriña que fue creada por el PNV. Incluso la estelada, bandera de una bandería, no de una comunidad autónoma, se ve como algo inocuo por parte precisamente de los que se ven agredidos por la enseña nacional. Una bandera, la estelada, que divide y señala, que ofende a la mitad y cuya presencia en balcones oficiales ya muestra hasta qué punto hemos permitido que se llegue.

Desde que se inició la Transición, más bien desde la Constitución de 1978, no ha dejado de estar sobre la mesa la demanda insaciable de transferencias, proceso inacabable de desmantelamiento del Estado, que cedió de forma suicida competencias como la de educación que, salvo en su lado administrativo, nunca debió entregar a zonas de España de acreditada y añeja deslealtad. Hay llaves que se pueden dejar a un vecino y a otros no.
Las transferencias menos convenientes, a las que el Estado no ha dejado de resistirse, han sido siempre moneda de cambio para la formación de los sucesivos gobiernos, en un chalaneo que cuarenta años después sigue perpetrándose. Y además fuera del Parlamento, como sería menester. No es de recibo que la compra-venta de cosas tan esenciales siempre se acuerde en mesas privadas y los ciudadanos y la oposición se vayan enterando por la prensa.
Hoy tocan las cárceles, en Cataluña vemos para qué, y en el País vasco la seguridad social; para Navarra la sustitución de la Guardia Civil de Tráfico y así a cada cada uno de estos prósperos y oprimidos territorios, en función de la necesidad de sus votos para mantener un gobierno que paga sus días con lo que es de todos. Al menos lo era. La justicia afortunadamente sigue sin transferirse, gracias al Constitucional. Algunos dirán que estas cesiones no suponen un peligro para la fortaleza y permanencia del Estado. Y se equivocan. Poco a poco, cesión a cesión, venta a venta, cobro a cobro, cada vez hay más ciudadanos en España que en su día a día creen vivir ya en un país independiente, con sus fueros viejos y su clero al frente, ganando por fin las guerras carlistas con carácter retroactivo. Nunca van a solucionar esos españoles un problema, gestionar una ayuda o recibir un servicio a una ventanilla que muestre un símbolo del Estado, que sería mostrar una realidad que así se esconde, la verdad escamoteada de que es el Estado quien se los proporciona. Ha sido su ayuntamiento o su comunidad quien le ayuda. El Estado queda para cobrar los impuestos, para juzgar los delitos y para dar los disgustos. Prefieren, en cambio, ser ellos quienes multen a los conductores imprudentes antes de permitir que en sus carreteras pueda verse un tricornio, símbolo por antonomasia de lo español. Como los toros de Domeq, salvando las distancias. Si lo que hay que salvar son vidas, ya irán con gorras de tela y, además, dirán como dicen algunos consellers, que siempre viene bien en caso de catástrofe la ayuda de los países vecinos.

Hay leyes que es necesario cambiar por ser antiguas, se nos cuenta. Incluso los más sofistas llegan a argumentar que los que votaron la actual Constitución o han muerto o son ya viejos. Sin duda los fueros medievales navarros o vascos, o el derecho civil catalán, aún en vigor en parte, son más recientes y fueron votados por los tractorícolas de la estelada, esos que siguen cortando calles, acccesos y autopistas cuando les parece bien y ni siquiera son ya noticia.

Sin embargo los agricultores que lo hacen con más motivo, menos trastorno y sin violencia, son tachados de carcamales de la derechona, terratenientes latifundistas, y son elevados todos ellos a la condición de duques del olivo triste. Incluso por el sindicalista del foulard, impresentable personaje capaz de desacreditar a una izquierda en la medida en que esta última sea incapaz de desmarcarse del primero. Come gambas y calla, botarate. No han visto, al parecer, las manifestaciones y cortes de carreteras en Alemania y en Bruselas en un momento en que se negocian a la baja las ayudas a la agricultura, todos ellos sin duda unos franquistas capitaneados por el Duque de Alba que vuelve a Flandes a plantar una pica que le faltó. Tampoco parecen caer en que los olivareros están hoy intentando dar salida a su reciente cosecha de aceite y ven que en algunos supermercados se vende por menos de lo que a ellos les cuesta producirlo; que abonos, gasóleo, seguros agrarios, salarios y otros suministros suben mientras su producción se deprecia ante las importaciones de países a los que compramos tomates a cambio de que sujeten a los inmigrantes o con los que nos hemos comprometido a consumir sus frutos o sus pescados a cambio de contrapartidas sobre actividades industriales que se desarrollan en zonas más pobladas de España, vivero de votos y con mayor capacidad de amargar la vida a los gobernantes. Incluso de echarlos. No, leeremos que se trata de un improcedente asomar la oreja a destiempo, que vaya ocurrencia ir a manifestarse cuando gobiernan los nuestros, los “progresistas”. Los agricultores, las zonas rurales en general, tal vez sean conservadores, aunque pudiera ser que en los discursos de una izquierda urbanita y posturera no encuentren ningún argumento para dejar de serlo, pues no hay nada en su forma de vida y en muchos de sus valores que no sean cuestionados por muchas almas bellas que se la cogen con papel de fumar y no paran de renegarles. 
En realidad, aunque la sinrazón está muy repartida y la razón escasea, hay un problema de fondo en la polarización actual. Unos creen tener derecho incuestionable a gestionar la cosa pública, argumentando que las cuentas les salen mejor, aunque no digan quién paga el pato, que por cierto suelen ser los mismos mande quien mande. Otros, con la capa del emperador de su autootorgada e inexistente superioridad moral, nunca dejan de considerar que ser conservador es una patología, no una forma legítima de ver las cosas. Tan legítima y razonable como la contraria.

Epístola psicológica


   Suelo en facebook entrar a ciertos trapos, a muy pocos, pues sin mesa de mármol y café los debates pierden mucho. Aquellos a los que llevo la contra pueden considerar mis objeciones como una muestra de respeto, pues es tiempo que no dedico a cualquier persona ni opinión. A veces es una entrada o sugerencia mía la que da origen a debates más o menos largos, más o menos sustanciosos, como es el caso de esa frase con que se abre este artículo, y luego lamento que ese esfuerzo y esas reflexiones queden allí perdidas. A veces, alguna de estas epístolas ha sido redactada como respuesta a alguna opinión estimulante, de forma que es bueno que aquí queden.

    Esa cita resaltaba el problema de que las ideas sean refractarias a la realidad, y contestanto a un comentario en el que reconocíamos que es algo que a todos nos sucede, veo que me sale una respuesta que es una reflexión demasiado larga para dejarla escondida allí. Contesto ahora, pues, con mi brevedad habitual.
-o-o-o-o-o-o-o-
    Creo que sí, todos somos así, unos más que otros, efectivamente. Gran parte de los militantes o los forofos defensores de unos u otros partidos lo son especialmente. De una forma desesperante y sin arreglo. Almas sometidas, inteligencias (grandes, pequeñas o nulas) entregadas a la justificación acrítica de cualquier cosa. No dar armas al enemigo. Mejor no entrar en ese teatro, que es lo que cada día hago más, callarme, salvo cuando callar duele demasiado, pues te toman por tonto al pensar que no hay posible contestación.

    Ni se escucha para entender, sólo para rebatir indefectiblemente, ni se admite de antemano la posibilidad de que el otro tenga algo de razón, que siempre la tiene en parte, ni se argumenta para convencer al oponente, sino para reafirmarse uno mismo. Esa forma de no dejar resquicios, de estar de acuerdo en todo con lo que de cada uno espera su grupo de referencia, muestra en el fondo debilidad, la idea de que si dejas grietas se te desmorona un invento que sabes dudoso. Las ideas como muelas que no deben moverse. Caemos en un diálogo de sordos. Como, si acaso, escuchamos más para responder que para comprender la postura contraria, tras cada argumento del contertulio, cada cual sigue con su letanía por donde iba.

    Además el argumento no es nunca convincente, pues las ideas, que salen de los sentimientos o de la adscripción a la tribu protectora más que de una reflexión personal, (que pocas veces se produce), son así refractarias a los datos y a la realidad. Cada uno rastrea noticias, libros, artículos, memes y argumentos que le den la razón y desprecia o pasa por alto todo lo demás. En la burbuja se está calentito.

    Creo que hay que hacer más un acercamiento psicológico (a veces psiquiátrico) de por qué se tienen (tenemos) ciertas ideas y la causa de esa forma de defensa que no se para ante lo incierto ni ante lo peligroso. El pensamiento conservador casi siempre ha sido dogmático, el de algunas izquierdas antiguas, no las que cayeron y caen en totalitarismos dictatoriales que no son las menos, valoraban la crítica, el ir un poco por libre y desentonar. Hoy ya no, son igualmente ovejunas, piensan y actúan en bloque y en nada se diferencian los reaccionarios de izquierdas de los de derechas, puro clericalismo. Unas momias ambos. No hay más que ver qué acaban defendiendo. Caen las orillas de unos y otros en extremismos dogmáticos que se alimentan mutuamente. Por ejemplo el empeño de cierta derecha por hacer problema de ideas y posturas ya metabolizadas por la sociedad, una vuelta al pasado, o la postura desconcertante del "progresismo" acerca del pronunciamiento insolidario y elitista que ha sido el procés de Cataluña. O las desafortunadísimas declaraciones del líder de la UGT, que mejor estaría exterminando gambas y otros crustáceos, que es lo suyo, que ofendiendo a los agricultores. Todo sea por la causa. Una vergüenza. Y la izquierda más entregada, presta a lucir argumentario para salir apoyando lo indefendible. Ridículo y penoso. No conocen, se conoce, más agricultor que el duque de Alba y los Domecq. En el lado opuesto y con mimbres similares, damos con el pin parental y todos entretenidos. De oca o oca, ahora toca la Iglesia y las inmatriculaciones, que lo de Franco ya no da más de sí, no lo podemos desenterrar otra vez, y a la peña hay que darle tema y alimento. ¿Podría alguien tratar de algo que interese y preocupe a la mayoría?

    Lo del acercamiento psicológico no lo digo por hacer una frase. Algo había estudiado de psicología en la carrera, pero ahora he vuelto a leer cosas nuevas, por ejemplo sobre la construcción del pensamiento moral en los niños, y todos los estudios muestran que las ideas éticas y morales se forjan desde una adhesión afectiva, emocional. La reflexión viene después, siempre al servicio de justificar lo que ya habíamos elegido. Llevaba razón Hume, el razonamiento como esclavo de las pasiones. Es decir, pensamos para darnos la razón a posteriori, pues nuestras razones salen de las tripas y de las del grupo de pertenencia, un filtro coloreado del que es casi imposible desprenderse. Cerebros de derechas y de izquierdas, simplificándolo mucho, idea que vengo rumiando desde un café con mi querido y admirado maestro, Daniel Sáncuez Ortega, que me la sugirió.

   Luego está la peculiar forma que tenemos de entender la democracia. El pueblo ha dicho que... (Póngase aquí exactamente lo que nosotros pensamos, que casi nunca es lo que el pueblo ha dicho). Si prácticamente, tanto en Cataluña como en el resto de España o en el Reino Unido, la población está partida mitad por mitad, el ganador o la coalición más o menos hilvanada debería saber que lo ideal, aunque inasumible, sería reconocer que imponer su programa máximo va en contra de la opinión de la mitad de los votantes, (o del 90%, como vemos en casos de decisiones a propuesta de quien sólo obtuvo el 10% de los votos, no digamos de una minoría regional, mínima pero decisiva). Todos deberíamos ser más modestos y democráticos. Pero ahí entra eso de la superioridad ética. No sólo hemos ganado, aunque sea por los pelos y encaramados a otros, la ética y la razón están en nuestro bando, que el resto o son unos fachas o, si fuera al contrario, unos antisistema que vienen a destruírlo todo. Ni agua para ellos. Nombremos para cada puesto el sujeto a mano de pensamiento más extremo y sectario en el tema, que hay que marcar paquete ideológico y, a falta de dinero, centrémonos en medidas baratas pero de postín. Creemos la ilusión de que avanzamos, aunque gran parte de los ciudadanos se queden atrás, no se sientan concernidos por nuestras propuestas, sentidas como una agresión a quien piensa distinto, la otra mitad. Tenemos a nuestro favor, piensan, que hemos conseguido que nuestras ideas sean indiscutibles y deben ser adoptadas en su integridad, sin críticas, sin matices ni dudas. Luego, cuando otros ganen, no tendrán más remedio que hacer lo mismo, intentar desmontar imposiciones, que aquí se viene a sufrir por turnos.

Han conseguido entre todos desmontar en pocos años lo edificado en decenios, con sus enfrentamientos y descalificaciones y a menudo poniendo sobre la mesa y como problema temas que creíamos ya superados. O enfrentando entre sí variados grupos de víctimas, dividiendo así a la sociedad y desentendidos cuando no atacando cualquier símbolo, recuerdo o idea que pudiera servir de unión. Imperdonable. De nuevo estamos partidos en dos. Gobierne quien gobierne, la mitad del país pensará que se gobierna en su contra. De ellos depende mostrar que no es así.

martes, 28 de enero de 2020

Epístola judicial



     Se nos dice que la justicia no debe suplantar a la política, un buen consejo acompañado de beatíficas demandas de diálogo. Hay bastante de cierto en esas afirmaciones, pues una sociedad con salud democrática debe intentar solucionar sus problemas por medio del acuerdo político. Si malo es judicializar la política, algo inevitable cuando precisamente pisotean las leyes los dirigentes encargados de aplicarlas, peor es el extremo opuesto, esto es, politizar la justicia hasta diluir un contrapoder imprescindible. Estas y otras cosas nos llevan a añorar aquel consenso de una época pasada que no pocos quieren desacreditar, tanto en sus formas como en sus logros, precisamente en un momento en el que las formas se han perdido por parte de todos y en el que las ejecutorias y las propuestas vienen a ser, por parte de muchos partidos y activistas disfrazados de políticos, precisamente todo aquello que desmonte esos consensos que nos han proporcionado el período de paz y prosperidad más largo de nuestra historia. Afortunadamente, los que redactaron la Constitución y el pueblo que tan mayoritariamente la aprobó, procuraron blindar ese marco de convivencia contra pasajeros y ocasionales calentones, dificultando que pudiera ser modificada sin un acuerdo mayoritario, hoy imposible. Para los planes de algunos resulta un obstáculo, como la justicia. El tercero parece ser el Rey.

     En no pocos temas la única razón que algunos tienen es la que han perdido los demás, y se reprocha al contrario la apropiación de lo que debería ser común, aunque se trate de algo que quien tan amargamente se lamenta abandonó previamente. No hace falta ser un lince para pensar que la adopción de posturas ideológicas maximalistas en aquellos temas sobre los cuales no existe un claro acuerdo en la sociedad no es la forma de propiciar acuerdos básicos, espacios comunes que quedaran fuera del debate, que en la actualidad siempre resulta agrio y basado en la descalificación total del oponente y en la parcelación de la sociedad en minorías, unas víctimas de las otras, todos en deuda con ellass y todos agraviados por los demás. Hoy no importa nada el pensar, por eso se practica poco. Lo importante es ser. Una vez uno decide o sabe qué es, lo demás viene ya dado y pensado y ya sabemos quiénes son los nuestros y quién el enemigo. La única identidad en entredicho es la común, la de pertenencia a un Estado, idea bajo sospecha, tanto como sus símbolos y su nombre, cosa de fachas. La verdad es mía, completa, sin matices, sin posibilidad de cesiones pues, siendo cuestión de principios, llegamos a aquello que no se puede negociar, precisamente los principios. Esto ocurre incluso cuando quienes obran así, es decir casi todos, presenten muchos síntomas de no tenerlos, por las propias trayectorias en unos casos o por ver en otros la facilidad con que en el transcurso de días se pasa a defender lo que previamente se atacó, y viceversa. Será curioso dentro de unos años ver la firmeza de algunas convicciones hoy irrenunciables, aunque recientemente sobrevenidas, una vez la tendencia imperante las sustituya por otras que se adoptarán y defenderán con semejante ardor religioso. Pedir diálogo desde esa actitud encastillada, en la que casi todo es innegociable, es invocar un principio de autoridad superado hace siglos, un mandato supremo, la causa, que lleva a la imposición de una verdad revelada ante la que sólo cabe arrodillarse y rezar. Ver el parlamento actual donde integrismos varios, en tono crispado y barriobajero, vociferan y excomulgan al contrario, desbarrando más que argumentando de forma destemplada acerca de todo menos de lo que interesa, da pocas esperanzas. En la sociedad se propaga el desenfoque y, aunque nada arreglemos, andamos muy entretenidos y encandilados con los señuelos de unos y de otros.

     Igual que ocurre entre particulares, los desacuerdos irresolubles acaban dirimiéndose ante la justicia, más cuando alguna de las partes se ha saltado la ley y ha incurrido en delitos para imponer su postura. La ley y la justicia son la última ratio, cuando todo lo demás ha fracasado. Los estados aún tienen una ultima ratio más dolorosa, recurso extremo aunque no inusual, según la Historia propia y ajena nos muestra. Hasta eso llegan a invocar algunos. La justicia es una solución civilizada cuando las partes no han mostrado un grado suficiente de civilización, y a nadie debe extrañar que sean los tribunales quienes decidan la solución que más se ajuste a lo previsto en nuestras leyes. Aunque algunas sean viejas, conviene recordar que en algunas zonas antes españolas de Estados Unidos no es insólito el recurso a las Partidas de Alfonso el Sabio, heredadas del pasado mejicano, donde siguen en vigor en aquellos aspectos en los que no han sido expresamente derogadas. Paradójicamente entre nosotros, desde posiciones que se dicen progresistas, se acaban defendiendo fueros y privilegios medievales, a la vez que se rechazan por antañonas algunas leyes que vienen a resultar incómodas para la ocasión. Como propuesta territorial deseable se llega a proponer algo que recuerda al feudalismo.

     Es la ley algo que algunos respetan cuando suponen que está de su parte, que les dará la razón. Entonces las leyes se ven justas y quienes las aplican resultan imparciales funcionarios que se limitan a ajustar a ellas sus decisiones. No es así cuando pintan bastos, pues entonces las leyes pasan a ser residuos del pasado, antiguallas incapaces de dar solución a nuevos retos, no pocas veces provocados por el imaginativo trilerismo con que algunos intentan sortearlas. Igualmente, los jueces, antes justos, pasan a ser marionetas dirigidas por las manos del oponente que propuso sus nombramientos. Como fueron propuestos tanto por unos como por otros, al compás de los vaivenes de la política y gracias a un sistema que se repudia cuando creemos que, estando en la oposición,  nos perjudica pero que se mantiene y acentúa cuando ya en el gobierno nos beneficia, estas quejas y lamentos vienen a decir que bien está que el poder judicial esté en manos de los que llevamos razón.

     La ley, como su aplicación, ha de ser justa, no oportuna ni conveniente, en el peor de los sentidos de ambas palabras, el del oportunismo o de la conveniencia sometida a intereses de parte o a las urgencias del momento. Que nadie, ni antes ni ahora, desea ni promueve la independencia de la justicia es un hecho, un lastre que, como las Diputaciones y otras cosas, sólo son mal vistas hasta que puedes tenerlas en tus manos. De ahí el sonrojo al leer o escuchar los argumentarios con que se intenta barnizar ciertas decisiones y proyectos. Tres veces he leído en las últimas semanas referencias al Arte de la Guerra, de Sun Tsu. Mala cosa es tomar ejemplo de sus principios, ni de los de Maquiavelo, pues todo vale en la guerra, dicen y, parece ser, que también el el gobierno o en la oposición.

     Hay que reformar el Código Penal, nos dicen, algo de lo que se dieron cuenta ayer, recordándonos a esas emisoras de radio que, complaciendo una amable petición, dedicaban una canción a un oyente. Reforma con dedicatoria, votada, si llega a aprobarse que esperemos que no, precisamente por aquellos a quienes, torciendo la mano a leyes, juicios y sentencias, esa reforma dudosa y acomodaticia vendría a perdonar. Mal precedente que menosprecia de forma ligera y burda a leyes y tribunales y deja indefenso al Estado, a propuesta de quienes ahora miran con lupa y escrupulosidad otras sentencias que no les agradan. Hace falta mucho sometimiento ideológico y más cinismo que vergüenza para defender algo así. Pero ahí están, intentando argumentar lo indefendible, contándonos que se trata de figuras delictivas obsoletas, por antiguas, aunque lo sean menos que las de robo o asesinato, por ahora no cuestionadas. Sería razonable pensar, si su obsolescencia fuera el motivo real de su reforma suavizadora, un traje a medida, que serán sustituidas por otras que persiguieran de forma más adecuada delitos no previstos por las leyes actuales. Antiguamente, un golpe de estado suponía tomar el control de las instituciones clave de gobierno, además de aeropuertos, fronteras y medios de comunicación. Lógicamente quien ya dirige tales cosas no tiene necesidad de tomarlas por la fuerza. Lo del Parlament y la declaración interrupta de la independencia catalana fue un tipo de golpe de estado efectivamente no previsto por sus novedosas formas en nuestra legislación actual. No cabe pensar que la intención de la reforma sea la de redefinirlo para evitar que estos delitos se vuelvan a cometer, más bien parece lo contrario. Si el delito de sedición se ve anticuado y de dudosa aplicación en este caso, como el de rebelión, sin duda serán sustituidos por otros tipos penales tendentes a prevenir y, en su caso, castigar, pronunciamientos similares, cegando las puertas que las actuales leyes dejaban candorosamene semiabiertas. Sánchez anunció en campaña electoral que recuperaría la figura de convocatoria ilegal de referéndum, suprimida por su partido bajo el mandato de Zapatero. Si eso hubiera sido dicho y refrendado con un apretón de manos por un tratante de ganado, ninguna duda quedaría al respecto, pero las promesas de Sánchez no llegan a inspirar tales niveles de confianza. De sus socios y apoyos mejor no hablar.

     Se nos dice que se trata de acomodar nuestras leyes a las de nuestro entorno. En primer lugar, cada país sabe de qué pie cojea, conoce su Historia y, parece ser que, con la excepción de algunos de nosotros sospechosamente temerarios, sabe de qué necesita protegerse con sus leyes, a menos que la intención sea la de no hacerlo. En segundo lugar, precisamente en nuestro entorno europeo abundan los países en los que intentos de independencia similares están prohibidos sin dudas ni resquicios que pudieran dejar impunes intentos tan penosos y estrambóticos como los que aquí sufrimos, y que dejan fuera de la ley los partidos o los programas electorales que los propusieren. En tercero, de producirse, serían calificados como alta traición, vetusta e incuestionada figura legal, y castigados con penas que llegarían a la cadena perpetua. En su reforma que homologue nuestras leyes con las de Alemania, Francia, Italia o Estados Unidos y con casi todos los países a quienes parece ser que deberíamos parecernos, tal vez nuestro gobierno siga esos caminos, aunque todo nos lleva a pensar que más se trata de desarmar que de armar al Estado frente a quienes atentaron y anuncian que atentarán contra él, es decir, contra todos. Este proceder de los reformadores anda cercano a la complicidad.

     Lo malo de legislar en caliente, tomando la ley por canción dedicable, es que contando de antemano con la tradicional deslealtad y astucia de los que motivan estas reflexiones y estas reformas legislativas, se abren peligrosas puertas. En lugar de intentar evitar que se vuelva a producir lo que, por imprevisto, ha mostrado los resquicios y abierto algunas costuras en nuestra legislación y nuestra convivencia, nos hacemos de forma suicida un descosido que los haga más fáciles y menos castigados.

     Como uno es un descreído, tal vez la almendra del tema sea que todo esto también resulte ser una patraña, que el plan consista en dibujar el trampantojo de una pista de aterrizaje donde pudiera tomar tierra el esperado traidor, el que cuente por fin a los suyos que todo fue un engaño. Si es así, pudiera resultar un éxito, pues ya se ha conseguido que los de Junqueras y los de Puigdemont saquen los cuchillos que mantenían ocultos en la liga, en el refajo o en la barretina, que de todo hay en la viña del Señor. Lo perverso es que se nos antoje como opción más deseable la mentira y el engaño. Al menos a eso ya estamos acostumbrados.

sábado, 12 de octubre de 2019

Epístola del 12 de octubre


Como hoy en día las grúas son menos frecuentes que hace unos años en nuestro paisaje urbano no sé, y además ignoro, si sigue viva la tradición de colocar una bandera nacional al tiempo y al lado de la última teja de un edificio que se ha terminado de levantar con bien. En algunas partes de España estoy seguro que hace decenios que dejó de hacerse y en las demás seguramente también, para no ofender a quienes en la bandera nacional ven una afrenta, un recuerdo de una dictadura a la que paradójicamente cedieron y siguen atribuyendo todos los símbolos comunes los pretendidos sucesores de quienes, orgullosos de llamarse españoles, tenían a honra defenderlos. Lo común es discutido, sospechoso, pues se ha preferido volcar las adhesiones en lo local y en lo identitario, y se ha consolidado en el imaginario patrio la idea perversa de que sólo las banderas regionales o de partido son admisibles y pueden ser exhibidas sin ser tildado de facha. Se prefiere parcelar la sociedad en cuñas identitarias, enfrentadas y estancas, que llevan más a la disgregación que a un más conveniente sentimiento de unidad que se combate como peligrosamente igualador. La igualdad no es un valor en alza hoy en día, aunque se intente aparentar que sigue siendo un objetivo deseable.

    Cada sociedad destila —y necesita— unos mitos fundacionales que generen la cohesión mínima y cimenten una idea básica de pertenencia a una empresa colectiva, a un país común, algo imprescindible para la pervivencia de esa sociedad. Estos mitos, en todas las naciones actuales, tienen mucho de discutible, en unas más y en otras menos y, aunque toman la Historia como base, no pocas veces la idealizan, le quitan aristas, o directamente la inventan, cosa muy frecuente. Una pervivencia romántica. No pocas tradiciones y caracteres nacionales que se tienen por ancestrales no van más allá del siglo XIX. Desde los kilt escoceses, como otras costumbres "seculares" inventadas hace poco más de un siglo, hasta las referencias a batallas, a condes disfrazados de reyes, así como a variopintos personajes y hechos supuestamente heroicos, seminales, a veces malinterpretados o no ocurridos, que dieran origen y carácter a una nación o a quienes aspiran a serlo. Otros, dado el prestigio actual de la víctima, prefieren ver en una derrota el origen de su tribu y de las pertinentes reclamaciones presentes por los agravios sufridos en el pasado. El agravio, aunque sea irreal, proporciona la ventaja de que une mucho y además establece quién es de los nuestros a la vez que señala al enemigo, al culpable de nuestros males pasados y presentes. La víctima, persona o pueblo, siempre espera reparación y acaban convirtiendo la Historia en una notaría. De suponer que alguien nace heredando el derecho a una reparación se deduce que otros vienen al mundo con la obligación de hacerse cargo de la cuenta, sea moral o económica. Aunque los sufragáneos hayan de ser los trastataranietos o bichoznos de los supuestos victimarios, siempre quedan cuentas pendientes. La Historia como libro de contabilidad, con su debe y su haber, aunque cada uno reclame el importe del segundo concepto tanto como se distrae acerca del primero.
   Leo con interés el comentario en las redes de un amigo por el que siento ese respeto que merece todo aquel que te permite estar en desacuerdo en cosas importantes sin que mis matices o argumentos en contra de sus opiniones acarreen una descalificación por su parte. Hoy es cosa rara tal actitud, que en reciprocidad mantengo con él. Con otros que no salen del bucle, he llegado a adoptar como respuesta la que Cantinflas dio a un entrevistador impertinente: “Dese usted por contestado”. Habla este amigo de que España está basada en la actualidad en dos mitos fundacionales, a saber, la Reconquista y el descubrimiento de América, hechos de rabiosa antigüedad, pues hoy se cumplen 527 años del fin de una y del inicio de la otra. A su entender, ambos hitos son en cierta forma dudosos e improcedentes; uno por no ser cierta la versión de 800 años de una guerra contra el moro que conformara tanto la nación como su carácter, forjado en esa lucha de nosotros contra los otros. Es cierto, no fue ni tan generalizada y permanente la lucha como quieren unos ni de tan almibarada convivencia intercultural como sugieren otros. Como muchos libros hay sobre el tema, nada que argumentar, consúltense, salvo decir que sobre tal diatriba comparto con matices el enfoque del último presidente de la República en el exilio, don Claudio Sánchez Albornoz, cuyos artículos aún se podían leer en La Vanguardia —entonces titulada Española— a inicios de la Transición. Estos matices vendrían de que me cuesta trabajo considerar español a Alfonso X el Sabio o a Álvarez de Córdoba y no darle el mismo pasaporte a Averroes, a Maimónides o a Boabdil. Pocos viven hoy en Estados Unidos cuyos ancestros lleven en el país la cuarta parte de lo que esos “otros” llevaban viviendo en lo que entonces anunciaba acabar siendo España. No eran extranjeros.
    Sobre el descubrimiento de América tampoco procede entrar en debates estériles, pues no suelen basarse en hechos sino en sentires. Pero a mi entender tampoco cabe discutir que fue uno de los más importantes acontecimientos de la Historia de la humanidad y que cambió su rumbo y el nuestro de forma definitiva, iniciando una nueva era. Que ese encuentro era algo inevitable admite poca discusión. Que los protagonistas, para suerte de los descubiertos, fueron españoles aún la admite menos y que es difícil entender nuestro país sin América, su descubrimiento y su colonización tampoco. Y viceversa. Por tanto nada tiene de mitológico el hecho aunque, igual que ocurre con eso que llamamos “reconquista”, sí pudiera tenerlo hablando de mito como idea de referencia que moldee el concepto que tenemos de nosotros y nos proporcione el sentimiento de haber participado históricamente en unas empresas comunes, como un pueblo, una nación. Podríamos haber elegido otros sucesos decisivos, como la batalla de Lepanto o ese momento en que pudimos ser casi franceses, regidos por José I, hermano de Napoleón.
    Hay quien pensó entonces y quien piensa hoy que hubiera sido mejor, lo que no es descabellado, pues peor que con Fernando VII es imposible que nos hubiera ido. Pero el pueblo prefirió las cadenas, ese mismo pueblo que se enfrentó con heroísmo suicida a las tropas francesas. Algunos olvidan generosamente esa equivocada decisión popular, pues siguen pensando que el pueblo no sólo tiene siempre razón, sino que siempre la tuvo. Yo soy algo más descreído y pesimista al respecto. Entre las luces que venían de Francia y las sombras nacionales, la ignorante y fanatizada sabiduría popular eligió a su gusto, como sucede a menudo, haciendo más caso a las vísceras que a la conveniencia. Otros aún argumentan que con los Omeyas también nos hubiera ido mejor que con los Reyes Católicos, otro hito fundacional patrio que tampoco conviene poner encima de la mesa en opinión de algunos. Seguramente por los mismos que parecen añorar una vuelta a la situación previa a esa pareja real que forjó la unidad de España, un valor para unos, lastre para otros, recuperar un paisaje de barones y marqueses poderosos enseñoreados de amplios territorios semiindependientes estirazando del poder y de los recursos. Unos predios aún hoy reclamados, con el prestigio que da la diferencia, aunque sea impostada, con el aval de los fueros antiguos, agitando banderas de facción, éstas bien vistas y buenas para ondear y machacar si se tercia la cabeza del vecino. Vamos, que como proyecto nacional de progreso poco menos que se propone recuperar el feudalismo, llámese Estado Libre Asociado, plan Ibarreche, o federalismo asimétrico, plan Maragall. Ya sé que en esto, como en otras cosas, mantenemos un respetuoso y total desacuerdo. Pero como me dijo otro buen amigo común, discrepamos en mil cosas, pero estamos de acuerdo en cien mil.
    Muchos celebramos sin tantas reservas la efeméride del 12 de octubre por lo que tuvo de decisivo, incluso de benéfico, a nuestro escaso juicio, no por festejar una supuesta raza, ya que pocas naciones pueden presumir de una Historia de mezcla de genes como nosotros. Indudablemente lo de la fiesta de la raza es idea amparada por el franquismo, aunque de origen argentino, como tampoco hay dudas acerca de que, sólo desde ambos extremos del arco ideológico se mantiene el recuerdo de estas ideas periclitadas y en absoluto operativas. Curiosamente, suelen desde uno de esos extremos pasar por alto los únicos pero peligrosos coqueteos con la idea de raza que subsisten en España, los de los descendientes de Sabino Arana y de otros calcos actuales y nefastos como el señor Torra. Es decir, el País Vasco y Cataluña. Como en todo movimiento religioso, vemos que hay quien tiene una fe que le habilita para establecer el dogma y mantener la ortodoxia, señalar herejes, excomulgar y ejercer los demás privilegios y usos eclesiásticos, también puede otorgar bulas y repartir indulgencias. Hay mucho obispo sin mitra suelto por ahí.
    Faltaría pedir a quien renuncia a estos mitos, a su entender sin fundamento ni valor, que proponga otros mejores. Que indique qué ideas, momentos de la Historia y valores compartidos pudieran ser los que sirvieran de imán que aglutinara y uniera a nuestro país, si es que no prefieren verlo dividido. Se propone como idea de patria lo que viene a ser un canto a los logros de la socialdemocracia, pues no fue otra la ideología que en muchos países más se ha acercado a conseguirlos y mantenerlos. Curiosamente se propone como elenco de aspiraciones y valores que den contenido a la idea de patria todo aquello que precisamente la ideología que les orienta nunca ha logrado, ni de lejos, donde han tenido la desgracia de padecerla.
     Si empezaba por un símbolo, la bandera, termino con otro, el himno. El nuestro es en el mundo tal vez el único que hay que tararear pues no tiene letra. Nunca hemos llegado a acordar una que satisfaga a todos. Esta imposibilidad tal vez sea lo que mejor nos retrate y simbolice.
    Y, por último, cuando hablamos de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, tanto la Guardia Civil, cuerpo al que desde aquí felicito en el día de su patrona, la policía Nacional, como el Ejército, de ninguna forma puedo estar de acuerdo en que se les tilde de “dispositivos represivos”, otro tic, otra rémora ideológica fuera de lugar y de tiempo. Esperemos otra inundación para que estos dispositivos represivos nos salven de la corriente, aunque algunos, como el barón de Münchausen pretendan sacarse de la ciénaga tirándose de la coleta.

martes, 2 de abril de 2019

Epístola mutante


A menudo procuro leer artículos científicos y algunas obras de divulgación, pues siempre reconforta saber que hay personas que trabajan para conservar y reparar el mundo y la vida, aunque por desgracia no tantas como las empeñadas en destruir ambas cosas y por hacer todo más difícil, inhumano e injusto. Algunos de estos trabajos versan sobre avances médicos y, en su conjunto, se puede constatar que se ha avanzado mucho en la parte mecánica, en el hardware —la cirugía pisa al terreno de lo milagroso—, mientras otras cosas aparentemente más sencillas dentro del apartado de chapa y pintura, como curar un sarpullido, parece que se resisten más. La programación del sistema por ahora es indescifrable. Y no será porque no se le dedican recursos, aunque más se intenta combatir la caída del pelo o el exceso de peso que males más graves pero menos rentables, pues la salud no deja de ser una industria. Le han dejado que llegue a serlo.
    Entre mis continuos asombros, que soy de letras, me paro hoy en una noticia en la que se explican algunos avances en el terreno de los trasplantes, injertos y cultivos de órganos o tejidos. Una mezcla de medicina y agricultura, como se trasluce del vocabulario utilizado. En estos terrenos viene a resultar determinante, como en toda clase de bancales, el tema del riego, el reto de alimentar esos planteles una vez trasplantados al organismo de un contribuyente. Podemos fabricar piel, incluso versiones cada vez más complejas de algunos órganos. También tomarlos prestados de otros animales a los que previamente se les hace degenerar incrustándoles genes humanos. Lo que entra por la boca es, salvo excepciones, bien recibido, al menos tolerado a corto plazo y según dosis. Incluso algunas cosas totalmente aberrantes, como el humo del tabaco, destilados alcohólicos de berzas, tubérculos y otras piltrafas, el porridge —desayuno inglés propio de tornajo—, las pizzas de piña, y hasta gin-tonics con menestra de verduras, inexplicablemente, no producen un feroz rechazo. Sin embargo, el mismo trozo de gorrino que por vía oral nos alimenta es algo que nuestro organismo repudia como cosa ajena si se nos injerta para sustituir alguna válvula o tubo averiados. Incluso podemos comer morcillas aunque no provengan de un marrano con O negativo, si ese es nuestro grupo sanguíneo, pero no inyectarnos sus ingredientes. Caprichos de la biología.
    Se puede implantar una tubería reutilizando una vena o arteria propia por donde discurra la sangre que irrigue la nueva plantación, pero imposible resulta incorporar a la red la esencial urdimbre de venillas y capilares que lleguen hasta el último rincón de la huerta. Hasta ahí no alcanza aún nuestra ingeniería biológica. Mirando estos científicos con cierta envidia la facilidad con que la naturaleza construye estas estructuras en una pámpana o en la más miserable de las plantas, una ofensa para ellos, han decidido intentar apropiarse para alimentar y oxigenar sus cultivos de la estructura capilar de una vulgar hoja de espinaca. Eliminan con detergentes las células carnosas para dejar un esqueleto reticulado por el que discurran los fluidos. Después le endosan unas células cardíacas y se obra el milagro de que el resultado sea un entramado reticular de tejido de corazón humano. Este sistema circulatorio mitad de planta, mitad de ciudadano, incluso late durante semanas alimentando las células de ese incipiente corazón de persona, que es lo que se pretendía. Un éxito parcial tan inquietante como prometedor pues estas retículas son de celulosa, algo que el organismo no rechaza. Cuando la celulosa se presenta en hojas encuadernadas y llenas de letras sí que produce aversión y disgusto en algunos organismos poco evolucionados, que huyen de ellas como de la peste en una reacción autoinmune refractaria al saber. Por ahora nadie ha conseguido implantarle en el cimborrio a un semoviente el temario de las oposiciones.
    Este sistema de esquejes y regadíos se puede emplear para otros órganos, aunque cambiando de planta según la parte del organismo que se quiera replicar. Han probado con perejil, con raíces de cacahuete, según leo, y ahora van a por el brócoli y la coliflor para sustituir el tejido más esponjoso de los pulmones. En Ottawa han utilizado células de manzana para ser rellenadas de tejido cervical. Sin discusión, —añado yo de mi cosecha—, inyectándole neuronas la nuez hará de cerebro para quien de él tenga necesidad,  pues su forma es la que tiene el de todas las gentes, incluso su tamaño el de no pocas. Se abre una huerta de posibilidades y todo apunta a que este pacto entre el reino animal y el vegetal podría solucionar los problemas ya descritos que tiene la actual bioingeniería.
    Como siempre ocurre, estas metáforas ahora posibles y reales ya fueron anticipadas por la intuición de los poetas que hablaban de bocas de fresa, tez de aceituna, ojos almendrados, mejillas de piel de melocotón al tacto con la color de los pétalos de rosa, del cimbreo cual junco con que se mueve la amada o de la polinización cruzada, tema preferente. En “Amanece que no es poco” ya vimos un bancal del que brotan señores con traje y un huertano que habla a su calabaza como si fuera un pariente mientras lía su caldo de gallina.
    También esta simbiosis con la flora es tema trillado por la sabiduría popular, que a la cabeza llamó coco o calabaza, cuando no almendra o melón, que nuez bautizó a la nuez, al corazón dio el alias de patata y adjetivó de sarmentosas a las manos nervudas. Habló el pueblo de mentes en barbecho, de malas cosechas refiriéndose a algunas generaciones o dinastías, de terrenos baldíos, manzanas podridas, frutas vanas, garbanzos negros, árboles torcidos, de la necesidad de guías y tutores y de otras muchas enseñanzas de un mundo más cercano a la tierra que el que hoy vivimos. De alguna forma ya había imaginado una eterna orgía huertana de pepinos y setas, de la coyunda de nabos con brevas o figas, sin olvidar plátanos, habas ni pepitas. Ya nos había advertido de que el arbolito desde chiquitito se endereza, y siempre se habló de piel trigueña y pelo pajizo, de panocha o de azafrán, igual que se usaron características de frutos y semillas para describir el color de los ojos, de la piel e incluso el carácter. Es un cardo o una malva. O un lechuguino. Canela en rama. O no es trigo limpio.
    Por lo dicho acerca de la celulosa resulta, según avanzan los científicos, que se podrían usar fibras vivas de madera para reconstruir huesos. Sospecho que cada uno según sus conveniencias y posibilidades: lustrosas caobas o sándalos olorosos, ébanos oscuros y amarantos violáceos para gentes con posibles, chopo y pino para los desfavorecidos; sabina para los que saben, cepas para los que beben; palosanto para los guitarristas, roble americano para los bodegueros; nogal para los serios y naranjo para los alegres; tilo para los nerviosos y canelo para los tranquilos; raíz de olivo para los viejos retorcidos y cortezudos, sequoia para los jugadores de basket, limonero para los agrios y peral para los dulces, contrachapado para los más miserables… En fin, como ahora con las cómodas y los armarios.
    Todo esto abre muchas posibilidades a la evolución, siempre dispuesta a explorar nuevas vías, unas más prometedoras o exitosas en sus productos que otras, como podemos ver en las calles y en las listas electorales, pero todas inquietantes, unas y otros. Lo primero será que el aparato digestivo aprenda a no digerirse a sí mismo. Conseguido eso, por nuestras venas reemplazadas por esqueletos de lechugas, grelos o espinacas, fluirán los habituales glóbulos rojos y blancos al lado de otros nuevos, verdes de distintos tonos, como contabilizarán los análisis de savia. Si no se acierta con la especie adecuada en los injertos algunos vecinos tendrán corteza en lugar de piel, y los más bestias desarrollarán corcho, cumpliendo la profecía anunciada por quienes les llamaban alcornoques. Unos florecerán por abril, otros vivirán un eterno barbecho y no pocos echarán raíces. Con la edad los nudos de las articulaciones habrán de ser podados pues de ellos surtirán ramas atormentadas. A las gentes del norte y de la montaña les crecerá musgo en los hombros y olerán a moho, mientras que los pobladores del más afortunado y florido sur desprenderán aromas de azahar y a su alrededor revolotearán mariposas buscando desovar en sus frondas.
    Seremos una especie híbrida, un brote verde en la estirpe de los sapiens. Además de vacunar, habremos de sulfatar a los niños, pues será necesario inmunizarlos contra el mildiu, el gorgojo de la patata, la xilella fastidiosa de los almendros, el picudo de las palmeras y la grafiosis de los olmos. Se usarán invernaderos en lugar de incubadoras y acabaremos hechos compost. También habrá quien deje de ir a trabajar en ocasiones porque tenga filoxera o esté en flor, algún análisis de savia bruta le haya detectado hiperclorofilemia, de la mala, o haya tenido que ir al podólogo a que le corten las raíces o a donde le poden unos brotes que, con la hojarasca, le tapen la vista. Los ancianos seremos atacados por la carcoma y los melancólicos se agostarán en agosto. A los más ardientes se le declararán tales incendios en la zona de los vacíos que no habrá Almax que les alivie, siendo necesario recurrir al extintor. Nos recetarán suplementos de nitrato de Chile y habrá que evitar tumbarse en la hierba a dormir la siesta bajo un árbol, por no agarrar.
    Cuando digamos que no se le pueden pedir peras al olmo, que de tal palo tal astilla o que de árbol enfermizo no esperes fruto rollizo, habrá que cuidar quién nos escucha, por no ofender a la familia. Decir que en terreno de sequío, no pongas árbol de río, será tenido por xenófobo y, en general, a la casi infinita lista actual de correcciones habrá que añadir las inconveniencias referidas al reino vegetal, ahora emparentado, aun quien sea republicano.
    En lugar de tatuajes, muchos lomos y brazos lucirán arduas tallas a gubia y primorosas labores de taracea, como un bargueño o el agujero de una guitarra. Ponerse al sol será cosa poco recomendable pues reseca la corteza y podría llevar a la ignición. A cambio nos podremos hidratar, incluso nutrir, con pediluvios. En lugar de Nivea nos untaremos con Politus y nos afeitaremos segándonos las brozas con una especie de cortacéspedes a pilas quien no se atreva a hacerlo con guadaña, que es lo suyo.
    Tal vez vegetarianos relajados y flexívoros no hagan ascos, incluso le tomen afición a esta carne clorofilada, ni chicha ni limoná, que cada vez se parecerá más al tofu, incorporando a sus semejantes al menú. Espero no vivir para verlo.
    Vale.

viernes, 15 de febrero de 2019

Epístola desocupada


    Muchas personas cuando alcanzan la jubilación, más o menos desportilladas tras una larga y a menudo monótona vida laboral, pues casi no hay de otras, se encuentran con el problema de llenar su tiempo, a ser posible de forma gratificante y con sentido. En realidad, aunque sea entonces cuando se manifiesta un  problema aparentemente nuevo, sobrevenido, sucede que la novedosa ausencia de obligaciones que antes les llenaban el tiempo y la mente, que no la vida, es lo que ahora deja al descubierto una carencia  que siempre existió. La falta de aficiones e intereses con suficiente contenido, algo compensado por las obligaciones que ahora les faltan, era algo que había convertido sus ocios en simples momentos de espera hasta volver a los expedientes o a las clases, a los albaranes, a las herramientas o al mostrador de la tienda. Ocio y negocio. No esperaban con ansia tener tiempo libre, o tal vez sí, pero cuando éste llegaba se limitaban a matarlo, una de las expresiones más crudas de nuestro idioma, tanto como la realidad que refleja, la locura de malgastar sin cuidado lo único que nunca podremos reponer, de no dar valor al único y menguante recipiente de todo lo valioso.
    Siempre queda pasear, jugar al mus o mirar obras, dicho sea por decreciente orden de conveniencia. Ordenados por ese mismo criterio, también puede uno viajar, aprender chino, leer el periódico o exiliarse en el sofá tras suscribirse a Netflix. Metidos en tecnologías, y siempre de mejor a peor, dedicarse a poner fotos de gatos en Facebook o, también allí o en Twitter, discutir e insultar si se tercia  a medio mundo defendiendo al otro medio. Yo me estoy quitando.  No dejan todas ellas de ser actividades convenientes y recomendables, con distintos grados de nobleza, salvo esta última de entrar en debates de la política tomada como religión, pues hace que suba la tensión, se acentúen las arrugas del entrecejo y conduce a perder amigos, en el caso de que alguno nos quede si hemos llegado a ese punto. Hay no pocos casos en los que algunos, enredados en la nube perversa y aparentemente protectora que estos medios digitales van urdiendo a nuestro alrededor, se sienten amparados y ocultos por sus brumas y vapores para desde allí desbarrar impunemente. Así llegan a quedar algodonosamente aislados dentro un grupo extremo de opiniones monolíticas, presas de un algoritmo pensado para la manipulación publicitaria e ideológica que rastreando afinidades, uso perverso de la estadística, les hace elementos de un coro destemplado que salmodia eternamente una sola canción. La escasez del repertorio limita al corifeo a caer en una de estas dos conclusiones: o que todo el mundo piensa igual que él y su reducido grupo, salvo algún esporádico gilipollas, sin duda facha o maoísta o, lo que es peor, que el entero mundo está en contra suya, cayendo en manías persecutorias que le hacen verse presa de turbias conspiraciones, ora de Trump, ora de Putin, según el talante de cada cual, pasada de moda la judeomasónica. Estos usan ese anonimato como trinchera o parapeto para desde allí pegar tiros verbales.
    Todos los nobles pasatiempos relacionados hasta ahora, sin intentar agotar las infinitas posibilidades que para desquiciarse ofrece el mercado, pueden resultar suficientes para ser todo lo feliz que se puede ser, dependiendo de cada cual, pero a menudo no bastan, lo que lleva a muchos a la melancolía. En casos extremos se llega a echar de menos el trabajo y llegados a ese punto es recomendable buscar asistencia profesional.
    Hay otras salidas, sin duda más útiles y benéficas, como apuntarse a alguna de las beneméritas organizaciones que ayudan a personas con problemas, bancos de alimentos, protectoras de animales u otras que se dedican a ayudar y acompañar a ancianos o a reconfortar enfermos, vamos, intentar arrimar el hombro a alguna causa noble y necesaria para la que hasta ahora no encontrábamos ocasión, como siempre nos ocurre a todos con lo importante. Lo he dejado para el final para no mezclar la matanza del tiempo con estas otras formas de darle vida, sin duda mejor opción. Queda descubrirse.
    Menos conveniente, a mi escaso juicio, es encauzar las siempre deseables ansias de arreglar el mundo hacia esas posturas rejuvenecedoras con que algunos recuperan unos largamente postergados afanes revolucionarios que nunca antes se tuvieron, cuando era edad, momento y ocasión. Suele ir aparejado este desarreglo hormonal, vital e ideológico, que les hace difícil distinguir causas de efectos y deslindar el ayer del hoy, a un desmedido afán por recordar lo que no sucedió, recuperar lo que nunca se tuvo y, no contentos con endulzar sus recuerdos, quieren hacer lo propio con los ajenos. A los 70 años uno puede hacerse vegetariano, incluso cosas más raras, pero nunca piloto de Iberia. Unos reescriben la historia para dar lustre a sus idealizadas o inventadas batallitas, otros se creen el Che con garrota y otros se hacen nacionalistas, algo que si de joven es ruta errada, encallar en tal playa a la vejez es para alquilar balcones. En Olot o en el Bonillo. Vaya en descargo de los del Bonillo que van de broma. Todo esto sea dicho, como es natural, con un admisible margen de error por mis partes.
    El trabajo diario, a veces frustrante, normalmente repetitivo y siempre obligado para los más, pues no todos podemos ser Bouvard, Pécuchet o la duquesa de Medinaceli, aunque pueda ser algo que hagamos a gusto, incluso lleguemos a pensar que sirve para algo, inevitablemente queda contaminado por la necesidad. No podemos dejar de acudir cada mañana al tajo, además demasiado temprano. Tal vez cuando lo que hoy te apetecería era acercarte al Ebro, o al Júcar a pescar cangrejos. Son expediciones hidrológicas y fluviales que no convendría dejar para después, para cuando te jubiles. Quizás entonces no tendrás fuerzas para acercarte a la orilla o ya te sienten mal los cangrejos, especialmente si se guisan como mandan los cánones, es decir, friticos con tomate, abundante pimienta y una cayena. Sin que falte un porrón de clarete de la Manchuela ni la concurrencia de un pan de Los Pocicos apuñalado con una navaja albaceteña de los hermanos Expósito. Placeres de dioses, que hay que disfrutar antes de llegar a la cuenta de que son infinitos los ofrecidos por la vida a los que, siempre demasiado pronto para su gusto, el contribuyente habrá de renunciar, más por la salud que por el precio. Malo y triste es comprender ya a destiempo que venimos teniendo por eternas cosas que no lo son, que por resultarnos accesibles  y cotidianas consideramos poco valiosas y que en el mejor de los casos, nuestro dinero podría comprar más tarde si de cosas se trata, cuando ya ni las necesitemos ni nos apetezcan, que aún es peor. Casi todo lo que más felicidad es capaz de procurarnos, especialmente aquellas cosas y presencias cuya pérdida en un breve momento siempre inesperado pueden acabar con ella, resultan ser gratuitas. Vengan con nosotros de fábrica o te conocí en la calle, las tenemos muy cerca, las vemos todos los días y a veces no les devolvemos el saludo. Resumiendo, habría que pensar siempre de esa forma en que sólo pensamos en los velatorios y que olvidamos al poco de salir de allí, dejando atrás lo que nunca volveremos a tener y que nos pareció que era para siempre. Para rebajar gradualmente el nivel de la tragedia, diremos que con un riñón o una pierna, con una casa en el pueblo e incluso con un pisto manchego, ocurre igual que con un pariente o un amigo, aunque sean amores distintos. Dicen que la naturaleza es sabia y que antes de quitarnos la vida nos quita las ganas de vivir, algo que me alivia saber, pues parafraseando a los hambrientos pupilos del licenciado Cabra, que decían que "si el comer poco alarga la vida, no he de morir nunca", si por ganas de vivir es, vamos para eternos. Igual ocurre con esas informaciones en las que se nos dice que la cerveza, el vino tinto o la cúrcuma, entre otras muchas cosas, alargan la vida a tanto por dosis, lo que echando cuentas me hace prever una duración de siglos para algunas amistades y para mí mismo, cosa que me agrada. Por contra hay otras que nos roban días de vida a cada contacto, se nos anuncia, con lo que muchos deben llevar muertos algunos lustros aunque aún bullan por las calles.
    No son mucho de fiar estas premoniciones dietéticas o libatorias, pues en otros lugares diferentes se nos dice lo contrario, de forma que lo que aquí te mata, allá te cura. Sólo se trata como siempre, deduzco, de elegir bien las lecturas. Sin caer en la simplificación del problema que supone pensar que lo que no mata engorda, llego a dos conclusiones, a saber: Una, que dado mi tonelaje, pocas viandas como que maten y muchas de las otras. Y dos, que comprobando, ya incrédulo, lo cambiante de las opiniones de la ciencia me resulta irresoluble el problema médico y moral de esos incautos que murieron, como ahora sabemos, no por comer sardinas, aceite de oliva, buen pan y vino tinto, una vez convencidos de lo pernicioso de tales maravillas, sino que la palmaron por no saber a tiempo que pocos años más tarde serían el bálsamo de Fierabrás. Claramente murieron por error cuando no les tocaba, por mal aconsejados, pues según la ciencia actual no debieron hincar el pico en el momento en el que a ello les empujó la ignorancia del momento,  espichándola por no dejar en mal lugar a la ciencia que inspiraba a quienes les marcaban la dieta. Los medícos deberían tener comandos que fueran apuntillando a los que viven por error según sus previsiones, dejando su saber en entredicho. La confianza es esencial en esa industria y no debe dejarse que cuatro indocumentados siembren la duda viviendo cuando ya no deben.
    Están en el mismo caso de aquellos que murieron excomulgados y enviados a arder en los infiernos, tras ensayarlo en la plaza, por haber defendido de forma herética cosas que hoy sabemos ciertas. No sé si las rehabilitaciones y perdones decretados siglos después por los herederos de quienes les condenaron tienen aparejada la virtualidad retroactiva de, una vez apagados los fuegos, resarcirles de los siglos de quemazón en los abismos del averno. No sé si en esos tugurios del submundo, no regidos por las leyes físicas de la superficie, se da la posibilidad de desquemar lo quemado, de dessufrir lo sufrido y de descabrear al enfadado. Unas palmadas en el cogote del chusmarrado y venga vamos, exagerado, que tampoco ha sido para tanto, les dirá Pedro Botero. Pero el Papa es infalible salvo cuando se equivoca y Alá es el más sabio, asertos que sin duda consolarán a los chamuscados que ahora se perdonan.
    Volviendo a problemas menos hondos, como era el de cómo ocupar el tiempo si uno ve que le sobra, y siempre intentando ayudar, yo sugeriría como primera providencia sacarse el carnet de la biblioteca más próxima, lugar donde desde hace siglos se prestan mundos, aventuras y vidas, algo que muchos ya llevaban haciendo a lo largo de los años, conscientes de que la suya, si se centraba en lo laboral, no era para echar cohetes. Pocas lo son, en realidad, pues se pueden contar con los dedos de una oreja los que han llevado una existencia como la de Indiana Jones, ni es menester llegar a tales extremos, pues casi siempre es conveniente buscar el más deseable término medio. Y digo casi siempre porque entre un abrazo y un asesinato, el término medio sería un par de puñaladas, por lo que no en todos los casos las equidistancias son de recibo.
    Si sugiero los libros en primer lugar es porque en ellos está todo, cualquier interés previo, activo o latente, cualquier campo del saber o de la acción, de la ciencia o del arte. Desde un libro podemos visitar el infierno sin salir del cielo, y viceversa. No propongo ni sugiero que no haya que completar esa dieta espiritual con otras actividades físicas y artísticas, ni mucho menos, pero sin caer en la actual exigencia de profesionalizar las aficiones. Si no se habían hecho  pinitos en la música, la pintura, la escritura o el cultivo de orquídeas, por poner unos ejemplos, tal vez no quepa pretender ahora llegar a ser un genio en esas actividades, cosa innecesaria. Incluso los que empezamos a tocar la guitarra, dibujar o leer de forma compulsiva mientras íbamos alcanzando el uso de razón, en la escasa medida en que lo hemos alcanzado, si cuando teníamos 16 ó 18 años no conseguimos ser unos genios en ninguna de esas cosas ya quedaba claro que nunca lo seríamos. No por eso había que dejarlas, pues nuestra normalidad no impide que hayamos llegado a hacer alguna de ellas a un nivel decente y suficiente para encontrar en su ejercicio muchas satisfacciones. La competición es con nosotros mismos y si, cada día, o cada lustro, conseguimos hacer las cosas un poco mejor de lo que antes éramos capaces, ya vamos bien. No hay que entrar en torneos ni sentirnos frustrados porque vemos que hay muchos que lo hacen mejor. Preferible es intentar aprender de ellos y sentir orgullo ajeno si es que están en nuestro entorno inmediato. Si no hacer nada es malo, sufrir porque hay quien hace mejor lo que nosotros hacemos regular aún es mucho peor. La envidia es más nociva y frustrante que la inactividad o la falta de intereses, llegando a ser destructiva y paralizante en casos extremos, aunque no infrecuentes.
    Leed, malditos, empezad a aprender a hacer algo que siempre os hubiera gustado saber hacer, no toméis pesombre y, contradiciendo a la Universidad de Cervera, caed en la funesta manía de pensar, cosa que se puede hacer desde el sofá. Y, sobre todo, reenviar este escrito a alguien que necesite leerlo más que vosotros pues, si lo habéis recibido, es que sois mis amigos y si sois mis amigos es que estos consejos os sobran.