sábado, 21 de junio de 2025

De la moral cuántica


Un conocimiento razonable de la Historia, el esfuerzo o la costumbre de dar a las palabras el sentido que realmente tienen, la capacidad de observación suficiente como para haber aprendido de la realidad unos axiomas difícilmente opinables, el respeto a los principios básicos de la física, la economía, la lógica y la psicología, todo ello son elementos que no resultan malos cimientos para llegar a unas conclusiones con ciertas posibilidades de plausibilidad. Desde luego permiten enfrentarte bien armado con lemas y relatos que no respetan ni el principio de no contradicción. Cuando enfrente tienes a alguien, persona o ideología, que quiere hacerte creer que son posibles a la vez una cosa y su contraria, muy rendido has de tener el cacumen para dar por bueno el embeleco. Ya conocemos personajes muy influyentes que viven en esas contradicciones, que gozan de una ética cuántica, inexplicable para los simples mortales, que a ellos les permite estar en dos lugares a la vez. Y no estar locos. 

Haber llegado muy arriba no impide que el arribista sea un rastacuero, antes bien, la carencia de principios estables y la falta de compromiso con la verdad más ayudan a medrar que lo dificultan. Eso sí, hace falta una corte de acólitos cuya prosperidad y posición dependan de su capacidad para mutar o, al menos, de fingir que su pensamiento va acompasándose a la ruta y a los virajes del jefe que lo nombró y lo mantiene. Gran parte de la labor de esta curia es, a partir de esa rendición ética e intelectual, trabajar para convencer a un número suficiente de parroquianos de que ahora es blanco lo que antes era negro. A los que no se acaban de convencer, se les compra, que los pagos no salen de su patrimonio. Cuando mayor sea el número de dependientes y más vayan aumentando los elementos cuya prosperidad o supervivencia dependan de las alturas de un poder que se quiere omnímodo, más posibilidades habrá de conservarlo. Puro socialismo del peor. 

El de esas dictaduras que tanto gustaban a los peores del sector y que, con mayor o menor disimulo, cada día gustan más a toda la parroquia. Es triste y descorazonador comprobar que muchos de los elementos que van vaciando de contenido las democracias hasta dejar de serlo, son bien recibidos si son los propios los que rebasan los listones. En realidad, son legión hoy en día los que no tendrían inconveniente en vivir en una dictablanda como la de Primo de Rivera si el dictador fuera de los suyos. Hizo carreteras, saneó la economía, puso orden en las cosas, un orden a nuestro gusto. Ha habido dictadores que han hecho cosas, que otros ni eso. Con esos argumentos no es raro que cada vez haya mas gente que no haga ascos a la posibilidad de emular a China o a la Rusia de Putin, dejando aparte los que desde siempre han dado por buenas las dictaduras de los de su ideología, sea Cuba, Venezuela o Nicaragua. En Bolivia, Morales pudo ser un violador, pero era de los nuestros, de los buenos, un antiimperialista, un antifascista. Con eso, incluso sólo con decirlo, basta y sobra.


viernes, 13 de junio de 2025

Día Nacional de la Caída del Guindo

Supongo que por todo esto, que ya era imposible de tapar y que ahora conocemos gracias a esa UCO que intentaron desacreditar antes de que se abriera la caja de los truenos, esos medios que, una vez leído el informe ese que no existía, ¡Oh, maravilla!, han tenido que plegar velas, corregir rumbo y rendirse a la evidencia. Una evidencia que ya venían destapando ciertos periódicos, molestos por veraces, que el gobierno, la sincronizada y la parroquia llamaban pseudomedios, fábricas de bulos, máquinas del fango y demás imaginativas excusas de mal pagador. Hemos descubierto, entre otras cosas, que muchos 'bulos' eran ciertos. A 'El Ojete', (neandertal dixit) le deberían pedir perdón, tanto el ministro de las obras públicas, los trenes, los puentes y las carreteras de donde han salido tantas mordidas, como los mariachis y turiferarios que prendían incienso y se santiguaban al oír nombrar a este periódico. Llevan meses y meses investigando y destapando algunas de las corrupciones que ahora se hacen evidentes e innegables. Intentaron de forma chapucera y desesperada desacreditar también a la UCO, que iba sabiendo ya demasiado y llegando a la almendra, y a los jueces, a esos que se meten donde no deben. Prensa, justicia y la Guardia Civil, siempre considerados enemigos por toda clase de delincuentes. Seguramente esa estrategia que ahora queda clara y desactivada la urdió, solo o con ayuda de otros, en aquellos famosos cinco días de permiso por asuntos propios, el señor presidente, que se las veía venir. Queda enterrado el relato de la conspiración, de la campaña coordinada de bulos, ese acoso injustificado de fachas con toga, pseudomedios y cloacas, un invento hoy se les vuelve en contra. Lo de la bomba lapa fue el último y desesperado intento de arrojar humo, una mentira, colosal y vergonzosa, que debiera haber puesto fin a muchas carreras ministeriales y periodísticas.

No, no son dos o tres sinvergüenzas que pasaban por la sede del partido, unos señores de marrón, que diría Gila, como alguno dice y quisiera pensar. Uno de estos torrentes fue el actor que interpretó el discurso de investidura, un convencido y sincero azote de la corrupción. El otro prenda, entre mordida y mordida, ha sido el mamporrero de los pactos, componendas y contratos de sastrería legislativa de su jefe con Junts, Esquerra o Bildu, aquí o en Ginebra. No era ná' lo del ojo. El núcleo duro del invento. Eran dos sucesivos Secretarios de Organización del Partido Socialista, nada más y nada menos, que vaya ojo para echar cluecas. Toda esa 'organización' cabía en un Peugeot. Y sí lo organizaron bien, sí. Y el Secretario General se va a llorar a Ferraz, pues la corrupción es cosa del partido, dice o sugiere, no del gobierno. Flaco favor le hace, además de añadir otra mentira a su larga lista. Las obras las otorgan los ministerios del gobierno, no el partido y, nadie salvo él tiene culpa de la confusión que su colonización de todo produce. Veremos hasta dónde abarca la organización criminal de la que se les acusa. Hacen falta manadas de altos cargos, dirigentes y funcionarios, conchabados para manipular concesiones de obra pública. Y no, llorar no es suficiente, hay que limpiar la casa y desalojar algunos inquilinos, si no a todos. Esto ya lo hemos vivido, con los mismos o con otros protagonistas. Y les hemos escuchado a unos y a otros decir lo mismo, reaccionar mal y cuando ya no había otro remedio. El retrato queda hecho y el resto es cosa de la justicia.

Lo más demoledor de la situación no es lo que ya sabemos, ni siquiera lo que seguramente acabaremos sabiendo. Lo peor para ellos es que algunos periodistas, no todos, han recordado de pronto que lo son. Han vislumbrado la posibilidad de que este gobierno dure menos de lo previsto y, claro, hay que huir a tiempo. Bienvenidos a la sobrevenida decencia los que se van acercando a ella, aunque sea por cálculo y conveniencia. El resto es irrecuperable para la verdad y la democracia, de la mano de algunos parroquianos que siguen con sus memes y peroratas. Los acólitos más fervorosos intentan relativizar, menguar o tapar estos gravísimos casos de corrupción, esa que venían a corregir, primera de sus mentiras, engaño fundacional. La corrupción existió, existe y existirá, porque siempre han existido también y antes los que, viniendo de los suyos, la consienten o la perdonan. Y no vale ni el tú más ni el nosotros menos. La justicia, como digo, dirá si la dejan, que esa es otra.


sábado, 7 de junio de 2025

Index

Es natural que la actual curia socialista haya incluido a The Objetctive en el primer lugar de su Index Librorum Prohibitorum. ¡Vade retro, Satanás! También, en esa lógica de pertenencia religiosa, se sigue que los acólitos hayan aceptado el ‘sea anatema’ prescrito y abominen de lo que allí se publica. Los ves persignarse a la vez que reprochan e intentan descalificar a los infieles que lo leen y manifiestan su acuerdo con algunas de las opiniones heréticas que en ese medio se publican. No es que se pongan a rebatir datos y argumentos, no; eso sería arduo, aparte de que requiere tenerlos mejores, que no suele ser el caso. El ministro Puente lo llama, con su habitual elegancia de neandertal, “El Ojete”, la parroquia se ríe y el problema queda resuelto y las críticas desactivadas. Al menos, eso creen.

Antonio Caño fue despedido fulminantemente de El País a raíz de un artículo premonitorio que —troppo vero— describía con demasiado acierto y crudeza el perfil de un político que ya apuntaba maneras. Se quedó corto. Le siguieron otros, empezando por Juan Luis Cebrián, su director, luego Savater y una lista no corta de sus más destacados colaboradores, de Ovejero a Trapiello, siempre molestos. Hoy, como ha ocurrido con algunos de los mejores periodistas del país, algunos de los citados escriben en The Objective. Un lujo. No se les rebate. Es difícil hacerlo. Mucho menos que intentar descalificarlos por el medio en el que publican: les mueve el rencor, añoran sus pasados momentos de gloria y su anterior influencia, están al servicio de las fuerzas oscuras, son unos fachas. Ese es el argumentario. No es necesario señalar en qué se equivocan, qué datos falsean, qué mentiras cuentan. No, simplemente escriben donde no deben. Son unos apóstatas. En realidad lo que se les pide es que se callen, que no importunen.

Gran parte de la anterior dirigencia del partido ha manifestado su rechazo a algunas de las leyes y medidas con las que Sánchez ha ido pagando (con lo que era de todos) los votos que en cada momento iba necesitando, dado que perdió las elecciones y necesita ir haciendo un continuo encaje de bolillos de cesiones a chantajes, pagos, equilibrios, engaños, regates, promesas de pillo a pillo y balones adelante. Indultos, amnistía, blanqueamiento de delincuentes, condonación de deuda a los que usaron el dinero de todos en financiar un proyecto partidista y delictivo, financiación singular para los más privilegiados y desleales, palacete por aquí, cesiones de competencias que deberían seguir siendo exclusivas del Estado por allá, modificación del código penal para eliminar el delito de sedición, reforma a medida del delito de malversación… Lo que en cada momento haya sido menester, barra libre. A los reproches a esa deriva, a los casos de corrupción o al recurso a las cloacas para intentar amordazar bocas, se unen algunos dirigentes actuales, como Page o Lambán, poco dispuestos a recibir en su culo las patadas merecidas por su jefe, o Madina, que hace unas declaraciones mostrando una decencia a la que el partido no nos tiene acostumbrados. Les dan por todos los lados, incluso arriman la tea de socarrar herejes muchos que para hacerlo abandonan su silencio habitual, cómplice y vergonzoso.

Los párrocos se ponen de los nervios y cada uno en su capilla lanza sermones apocalípticos y condenatorios: ¡Arderéis en los infiernos, malditos! El señor-ito no perdona los pecados de soberbia, de desacato, de desobediencia, de falta de lealtad. Lealtad entendida en el sentido estalinista, concepto que, si lo buscas en Google, se explica así: «La "lealtad estalinista" se refiere a la adhesión incondicional al líder y las políticas de Iósif Stalin, así como al culto a la personalidad que se desarrolló en torno a él. Implica la completa subordinación a la voluntad del estado y la represión de cualquier disidencia o pensamiento crítico".

 

miércoles, 4 de junio de 2025

De la Libertad de prensa

Lucha política, guerras culturales, batallas por el relato o contiendas electorales. La buena política, esa que tanto se echa de menos hoy, arte que, como la diplomacia, tiene por objetivo último evitar que los contribuyentes recurran a las escopetas, asume cuando pintan bastos el marco y el lenguaje bélico en sus estrategias y en sus campañas, tanto más cuanto peores son sus protagonistas. Estos generalotes civiles leen más a Sun Tzu y a Maquiavelo y a sus Artes de la Guerra que a Orwell, Anna Harendt, a Luther King o al mismo san Francisco de Asís. No escarmientan, no me estudian. Y no pocas veces esas guerrillas ideológicas promovidas y abonadas por estos miserables han llevado a enfrentamientos reales de unos países con sus vecinos o, lo que es peor, de compatriotas entre sí.

Aunque es frase que han usado muchos, fue Esquilo quien dijo por primera vez eso de que la verdad es la primera víctima de la guerra. También lo es en la paz cuando el debate político va ganando temperatura y las palabras que más fuerte se escuchan son las de los peores, los más indecentes, los más irresponsables, los más extremos y apocalípticos, los personajes más ambiciosos y carentes de principios. Una de las causas de la pérdida del rumbo es la desesperación, el acorralamiento que puede llevar al desafuero, al despropósito, al abuso, ruta hacia el extremismo y el caos. Hay que apartarse de los juicios y declaraciones de los profetas y evangelistas más recalentados, sean de quien sean y estén donde estén, que a veces están muy arriba. Las frases del Tenorio de Zorrilla parecen hoy un programa de gobierno:

Por donde quiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé,
y a las mujeres vendí.

Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.

Completado con el reproche de Quevedo a la diiosa Fortuna:

«Quéjanse que das a los delitos lo que se debe a los méritos, y los premios de la virtud al pecado; que encaramas en los tribunales a los que habías de subir a la horca, que das las dignidades a los que habías de quitar las orejas, y que empobreces y abates a quien debieras enriquecer.»

Un arma entre las preferidas de muchos jerarcas del gremio es la desinformación, el intento de confundir tanto a sus enemigos como al grueso de la población. Suele ser parte de su estrategia el mentir, ocultar, deformar los hechos, difundir infundios, embustes y patrañas, desacreditar al contrario hasta presentarlo como inhumano, encaramarse en la peana como el único salvador posible. Hacerse con el control o la dependencia sumisa de los medios de comunicación afines, es el primer objetivo estratégico, las primeras colinas y puentes que hay que tomar para imponerse en el terreno en disputa, que es el relato, no la verdad. La prensa adversa, la que cuestiona actos y desvela embustes, eso que ahora llaman bulos si son ajenos, pasa a ser uno de los principales enemigos a batir para el irresponsable y el falaz. Otro son los jueces.

Hubo un tiempo en que una dictadura podía cerrar un periódico, incluso volar su edificio, como hicieron con el diario Madrid. Hoy, no por falta de ganas, eso aún resulta imposible, pero vemos cómo se ataca con desvergüenza a los medios que no se someten servilmente a los dictados de un poder que se quiere indiscutido, inmune a todo control y crítica. Un poder que se intenta conservar a cualquier precio y usando cualquier arma, sin hacer prisioneros. Sería buen tema el de la financiación de los medios, vía subvenciones o publicidad, que les pueden llevar a la prosperidad o a la asfixia, según grado de docilidad y entrega a la causa.

Escribía Orwell en plena guerra civil española, a la que había acudido como voluntario a defender la república y la libertad, con tanta ingenuidad como poco tino, pues intentó hacerlo nada menos que desde las filas del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), antes de alcanzar el uso de razón y de salir huyendo, más amenazado por los de su bando que por los del contrario. Huyó del leninismo de sus compañeros y de sus purgas purificadoras, no de Franco:

“… en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente (…) y en Londres vi periódicos que repetían estas mentiras e intelectuales entusiastas que articulaban superestructuras sentimentales alrededor de acontecimientos que jamás habían tenido lugar”.

“Si algo deprimente me ha enseñado esta guerra es que la prensa de izquierdas es tan falsa y deshonesta como la de derechas”.

Como vemos, Orwell era lo que hoy los más tontos y extremistas llamarían un equidistante. Y es todo un reto plantearse en qué periódico o medio hubiera aparecido o escrito Orwell hoy en España. Desde luego no en algunos de los preferidos por nuestro presidente y su curia. Antes en The Objective que en El Plural, por ejemplo.


viernes, 30 de mayo de 2025

De las buenas noticias

(Ilustración: 'Los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo' (1862), cuadro de Antonio Gisbert Pérez (réplica en el Museo del Prado).
Mis estáticos paseos matutinos por las avenidas y los callejones de la prensa, nacional y extranjera, me dan pocas alegrías. Es terreno casi intransitable. Mejor ponerse a cuidar las plantas. O se refugia uno en el arte, la pintura, la música o la literatura para buscar contento. Creyendo hablar de política, en realidad, ha acabado uno de crítico teatral. Y eso que las obras estrenadas en las últimas temporadas son de poco fuste. Unas de capa y espada, calderonianas; otras sainetes de corrala o de patio de vecinos, comedias de costumbres o adaptaciones de novelas picarescas. Hasta abunda el teatrillo de guiñol, con sus títeres, sus marionetas, sus brujas y sus tarascas, sus gigantes, demonuelos, bandidos y piratas. Vamos de malos plagios del ‘Médico de su honra’ a 'El mejor alcalde, el rey', de las nuevas adaptaciones de 'La Celestina' a ‘El sí de las niñas’, del ‘Aguacil alguacilado’ a los nuevos episodios de ‘El Pícaro’. Los separatistas están en horas bajas y ya hace que no estrenan ningún auto sacramental ni ninguna mala copia de los 'Sueños de una noche de verano' de Shakespeare. Malos los guionistas; peor el elenco de actores y figurantes, si cabe. Muy de tercera fila, simples malditos vociferando y buscándose la vida, desechos de tienta del oficio para sus marionetas y teatrillos de cachiporra. El único que cumple y da la talla es el apuntador, elemento principal de todas los libretos que se estrenan en la villa y corte y luego se representan en provincias. Un dolor este mundo de la escena. En tiempos se contrataba a la claque para aplaudir mercenariamente desde el gallinero lo escrito para el respetable. Incluso para el público. Hoy ya se escribe directamente para la claque, que llena y acapara las butacas del teatro, mientras la gente normal pasa de largo. Demos gracias por ello.
Aparte de la ciencia, con sus avances y progresos, estos sí sólidos y reales, poco encuentra uno en los papeles y mentideros que le levante el ánimo, salvo algunos artículos serios, de esos que no lee nadie, no sea cosa qué. Ya estamos acostumbrados a que sea la cola la que mueve al perro y a que el apuntador haya salido de su concha y lo veamos sin tapujos pulular soplando los parlamentos en la oreja de todos los actores y actorcillos con frase en la obra. Se consigue así convertir en loros, papagayos y cotorras a los nunca mejor llamados ‘portavoces’, dando por hecho que, más que propia y original, se trata de la voz de su amo, acreditada marca británica de grabaciones discográficas, creada en 1901. Podrían recurrir a sus servicios, grabar en vinilo el argumentario y ya tenían el trabajo de portavocía y prensa sincronizada hecho para toda la legislatura, ahorrando de paso trabajo y vergüenzas a la feligresía recacareadora. No ha sido posible, dado lo voluble de las ideas, planes y principios de los dueños de la voz. Lo grabado no valdría más que para unas pocas horas. Días, si acaso, y saben que cuanto menos quede grabado o escrito, mejor para prestigio y honor del gremio de la dramaturgia gubernamental y opositora.
Pues bien, hay dos noticias que me han levantado hoy el ánimo. Entran ambas dentro del terreno de lo milagroso. La una: los municipios de la Cerdaña, gobernados al cien por cien por munícipes independentistas, han solicitado que no se lleven a la Guardia Civil de sus pueblos. Este insospechado ataque de conocimiento se argumenta con la necesidad de dejar en buenas y fiables manos la seguridad de los vecinos, de sus vidas y haciendas, en un terreno fronterizo, montañoso, dado al trasiego de contrabandos, más de drogas, armas y billetes que de quesos, y a las nuevas formas del bandolerismo. De paso, los guardias del Seprona seguirán cuidando y protegiendo como se debe a osos, abetos y matojos, a los escasos ejemplares del desmán de los Pirineos y a los propios contribuyentes que completan la variadísima fauna local del principado.
La otra noticia es que Castilla-La Mancha, mi región y la del Quijote, la del vino y la del queso, de los llanos y de los montes, de los secanos y de los humedales, de la ironía, la resignación y la retranca, ha dado a luz un nuevo Estatuto de Autonomía. La mayor parte de los vecinos de la comarca no habían tenido siquiera noticia del embarazo, por plácido y silencioso. Nadie lo esperaba, nadie lo pidió y casi nadie se opone, que no sé si es buena cosa, pero, al menos, no montamos trifostios, no pedimos volver al feudalismo, no lloramos ni tomamos como fundacional la derrota de las Comunidades en Villalar en 1521, ni damos golpes de estado de resultas. Hay territorios que se llaman a sí mismos históricos, esos que Dios y los gobiernos desde los romanos trataron con mayor generosidad. Llegan estos llorones mimados a hablar de deudas. Al parecer, aún les debemos algo. Mejor será para ellos que no echemos cuentas y lo dejaremos aquí.
Ha sido un parto sin dolor, sin gritos ni bascas, lo que ya es para general contento. Lo inverosímil del caso, lo que será recordado por romances y cronicones, será la inaudita unanimidad y el total acuerdo entre los dos principales partidos, Psoe y PP, esos que acuden con navaja de Albacete y la boca sin lavar a las sesiones del Congreso. Para su aprobación en el Congreso de los Diputados, cogidos de la mano, intervendrán en su presentación y defensa Page, presidente de la región y mosca cojonera del señor Sánchez, el líder de la oposición, del PP, y la portavoz del grupo socialista. ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!
Tras recibir luz verde en el Pleno, la reforma estatutaria continuará con una segunda fase de tramitación a nivel estatal en las Cortes Generales. La unanimidad la rompe el voto en contra de Vox. Ellos sabrán, aunque es posible que tampoco. Otros, esos que tan eufemísticamente dicen estar a la izquierda de la izquierda de la izquierda, pero sin acercarse aún al extremo (que debe de caer por Corea del Norte), no se oponen. No pueden, porque la sabiduría de los rústicos labriegos de La Mancha les negó representación. Gracias a Dios, al sentido común y a la experiencia, desde los Comuneros, que eran los tiempos en que procedía tenerlos, tampoco tenemos separatistas entre los productos de nuestras huertas y majuelos, lo que en parte explica la paz que reina en el lugar, una de las regiones más sosegadas y sensatas de España, y en esta cámara, igualmente poco poblada. Bastan 35 escaños para representar dos o tres opiniones y sobran la mitad, para qué rellenarla de pasivos culiparlantes, pero cobrantes activos, esos que vemos que sobran y bullen en otros establecimientos y negocios similares. Menos ruido y menos gasto. Miel sobre hojuelas, postre de sartén típica del lugar. Y la miel, de los romeros y tomillos de la Alcarria o de los cerros y bosques innúmeros que nos adjudicaron en 1833 (tal vez porque no los quería nadie) cuando se crearon las provincias actuales que, por lo que toca a Albacete, fue seguramente en una borrachera del consejo de ministros.
Page, por parte del PSOE; el presidente del PP en la región, Paco Núñez; y la portavoz del Grupo Parlamentario Socialista, Ana Isabel Abengózar, han sido las personas elegidas por las Cortes regionales para presentar y defender el nuevo Estatuto de Autonomía ante el Congreso de los Diputados. Tomando la frase que Cervantes dedicó a la batalla de Lepanto, podemos decir que se trata de «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros». A ver si aprenden en otros andurriales.

© José Garrido Herráez. Albacete, mayo de 2025.

viernes, 16 de mayo de 2025

Epístola tribal

 


En la Transición, para apuntillar a La Codorniz y hacerle la competencia a Hermano Lobo, se creó El Papus, revista de humor aún más contestataria y ácrata, donde publicaba sus viñetas el genial Oscar Ivá, azote de ese proceso de evolución política que a muchos se les antojaba corto y teatral. Lo curioso es que quien promovió y financió tan contestaria y anarquizante publicación fue el Excmo. Sr. Conde de Godó, grande de España y dueño de la Vanguardia que, por aquel entonces dejó de llamarse ‘española’. Como suele ocurrir, ser contestario vende y siempre acaba apareciendo una empresa, un grupo de amigos de la universidad o un falso profeta que consigue medrar y vivir poniendo a su nombre indignaciones y descontentos ajenos.

Recuerdo muchas de esas viñetas y lamento no haber guardado los Hermanos Lobos, Papus y Jueves de entonces. Nunca ha habido nada parecido, aunque hayan intentado resucitar esta última cabecera para vivir de rentas inmerecidas. A su lado los humoristas de hoy son insulsas hermanas de la caridad, además de bastante faltos de gracia, ingenio e independencia.

En una de esas viñetas gloriosas, Oscar Ivá relataba con sus dibujos desganados de personajes encogidos e insignificantes, pero de palabras descomunales, cómo los responsables de una expedición científica para explorar flora y fauna del mundo, costosísima y de varios años de duración, elevan sus conclusiones: “Hay la tira ‘nimalicos”.

Si hubieran recorrido mares y tierras para buscar variedades y tribus humanas, habrían dado también con un número desmesurado de esas subespecies del sapiens. Infinitamente más que países. Hay la tira de tribus. Étnicas, culturales, religiosas, ideológicas, políticas, lingüísticas o de carácter variopinto, grupos humanos unidos por diversas afinidades, no limitadas por fronteras. Esas características, ideas, preferencias o manías que les unen y conforman una identidad, a veces a martillazos, suelen basarse en las diferencias, reales, supuestas o mitológicas que les separan de todas las demás. Ser mormón, motero, coleccionista de sellos, pelirrojo, criollo, tañedor de cítara, hablante de una lengua minoritaria o militante acérrimo de un partido, de la afinidad te puede llevar razonablemente a un sentimiento de pertenencia y de solidaridad dentro del grupo. Algunos pierden el oremus y dan el paso en falso de creerse colectivamente únicos, especiales, mejores que los demás. Miembros de un pueblo elegido, que nadie se integra en un grupo para predicar su inferioridad ni para reivindicar su común estupidez.

La identidad que les une y diferencia del resto, les hace creerse mejores que los otros, y suele tomarse como fuente de derechos, dando pie a la demanda de reparaciones, pues casi siempre en sus mitologías fundacionales suele encontrarse un agravio, una pérdida, una derrota. Se unen alrededor de una queja compartida. Estas tribus artificiales, a menudo ocurrencia de profetas que se erigen en la voz y albacea del invento, vienen a llenar muchos vacíos en la autoestima y en la misma vida de los ‘aborígenes’ que integra. Es reconfortante verse acogido a un grupo para saberse mejor que los demás, diferente. Incluso perseguido, algo que realimenta y fortalece la cohesión y la fe y, sobre todo, da algo de sentido a quienes para su vida no han encontrado cosa mejor. Nos lo enseña la sociología de las sectas, las religiosas y las laicas, pues muchas de estas agrupaciones que hemos llamado hasta ahora tribus, son en realidad sectas.

Se presenta el problema de que en cada individuo sueles convivir varias de esas identidades. Uno puede ser hombre o mujer, militante de un partido o de otro, seguidor del Madrid o del Barça, ser cazador o trabajar en una protectora de animales, vegano o amante de la dieta paleolítica, conservador o anarquista, moro o cristiano, taurino o antitaurino, deportista o sedentario. Ninguna de esas opciones es incompatible entre sí, ni con la condición de listo o de imbécil, de cojo, ambidextro o tantas otras opciones circunstanciales.

Casi todas las tribus de verdad, esas que han quedado apartadas del resto de la humanidad, se creen los únicos seres humanos verdaderos. Y recelan, temen o rechazan a los intrusos, esos animales inquietantemente parecidos a ellos, pero a los que niegan la humanidad. De hecho, gran parte de los nombres con que esos grupos aislados se denominan a sí mismos vienen a significar “los hombres”, “los humanos”, una identidad excluyente que no entiende que fuera de su tribu pueda existir algo equivalente. Como los caníbales de la isla Sentinel, si alguien se acerca, lo más razonable que puede hacerse con los inhumanos invasores, es comérselos.

No hace falta irse al Índico ni a las selvas amazónicas para ver eso. En el amasijo podrido de la antigua Unión Soviética perviven tribus muy similares, aunque estos indígenas conduzcan coches o algunos vistan camisetas del Real Madrid. Lo que hace tres mil años era la Cólquida para los griegos, la tierra mitológica donde los argonautas robaron el vellocino de oro, hoy se llama Abjasia. Fueron dominados por los griegos, cuando sus habitantes se llamaban ‘abalsgoi’. De ellos hablaron Estrabón y Plinio. Fueron sometidos por romanos, bizantinos, persas y sasánidas, después por los zares rusos, los soviéticos y actualmente por Georgia, una subcontrata del zar Putin, aunque viven una ficción de independencia. Su forma de gobierno es la de república semipresidencialista unitaria, cágate lorito, aunque la presidencia esté vacante sine die, como el cargo de primer ministro. ¿Para qué disimular? Abjasia, pues, que así se llama el invento, está habitada por los pobres abjasios, como es natural y su nombre indica. Y Abjasia significa en su idioma, hoy y desde que se tiene noticia, “País de los seres humanos”.

Las ideologías y partidos políticos resultan algo no muy diferente a las demás tribus, con sus chamanes, sus mitologías, sus ritos y sus memorias fantasiosas, casos perdidos cuando al tribalismo político se le une el fanatismo nacionalista. Sectas perfectas. No les falta de nada. Muchos nacionalismos de triste recordación han negado también la humanidad a los que no eran de su etnia, parte del invento. Así parece más admisible acabar con ellos. Otros nacionalistas actuales, desacreditado el racismo explícito por criminal, lo atenúan en sus mensajes y dogmas, aunque no se privan de intentar amojonar su territorio de caza y a señalar intrusos deshumanizados. Ellos son los elegidos, el pueblo de Dios, y los otros, los de fuera, esa especie invasora, son ejemplares degenerados, perros rabiosos, una infección que pone en riesgo la genética y las esencias de la tribu. No hablo de un aborigen con un hueso atravesado en la nariz bailando la danza de la lluvia o practicando los ritos de iniciación y pertenencia a la comunidad a los que someten a los niños para pasar a ser gente. No, esas infamias son palabras de indígenas cercanos, de tribus locales, como Pujol o Torra, que el traje no civiliza, sólo disfraza, y mejor les iría el hueso que les fue el cargo.

Guardo con celo recortes de prensa, lemas, memes y otras pruebas de cargo difundidas por los más vainas y descerebrados de los activistas en redes de algunas de las tribus políticas que padecemos. Como siempre, cuanto más tonto es alguien, más se acoge a cualquier denominación de origen que lo ennoblezca, que, al menos nominalmente, supla sus carencias, y recurre a la tautología de que una palabra le dé las virtudes o los méritos que sabe que le faltan. ¡Hágase la luz! Y las luces se hicieron, pero lejos de estos acémilas engreídos, tan faltos de ellas.

La pertenencia a una secta, el calor del grupo, el disfrute de una identidad o de una marca con lustre a los que se pertenece por mera declaración, les ocupa todo el cerebro y les engalla. Uno es lo que dice ser, disparate que ha llegado a ser ley entre nosotros. Merced a una simple declaración uno pasa a convertirse en lo que se le pase por el magín ¿Por qué no declararme progresista? ¿Qué menos? Soy maravilloso, pues. Progresista, o de izquierdas, igual que podrían ser del Ku-klux-Klan, de la Gestapo o del soviet supremo. Palabras como conjuros que hacen de tarima o de hoyo. Te elevan o te hunden. Nadie presume o busca prestigio al decirse conservador o de derechas. Incluso es frecuente ver que lo niegan quienes lo son. El caso para muchos es ser de alguien o de algún lugar, siempre de los buenos, de los elegidos, de los verdaderos humanos. Es una especie de título aristocrático. Hay quien presume de dónde nació o de la tribu a la que pertenece, quien se quiere revestir con virtudes ajenas, reales o supuestas. Su valía viene determinada por la simple adscripción, se han apuntado en el club correcto, lo que viene a decir que, puestos a buscar, nada mejor que esa pertenencia han encontrado en ni para su persona, nada propio de qué envanecerse. Su tribu es la de los verdaderos seres humanos. Fuera está la inhumanidad, la barbarie, el error, los fachas y esas cosas.

Me enteré por uno de estos memes que conservo que ser de izquierdas es una condición de excelencia y beatitud que sólo se alcanza tras grandes esfuerzos, meditaciones y estudios. De Kant para arriba. Para ser de derechas, ya nos lo dicen, con ser ignorante y estar orgulloso de serlo es suficiente. Se nos supone analfabetos, pues me incluyo en el grupo inmenso que quisieran desacreditar, aunque no sea más que por no pertenecer a un club que admite a gente tan cerril como ellos. No cabe ser más gilipollas. Los especímenes que crean y difunden tales especies, poniendo esa sandez para ellos reconfortante en boca de Mary Shelley, que nunca dijo tal cosa y a la que obviamente ni han leído ni saben quién es, demuestran justamente lo contrario de lo que querían acreditar. Concedamos que, tanto en la derecha como en la izquierda, por fortuna, hay gente más lista, reflexiva, leída y culta que tales cabestros y cabestras y que otros tantos desechos de tienta de su mismo hierro, fanáticos que muestran un despotismo poco o nada ilustrado. Díme de qué presumes. Lo dicho, pobre gente que intenta elevarse, ser alguien, colgándose galones ajenos.
Aunque se organicen y salmodien a coro las letanías de su parroquia para hacer más ruido y parecer multitud, las tribus extremistas resultan ser una parte pequeña de la sociedad. La peor. Es la sonoridad de las tinajas vacías. Sus fragores espantan y atemorizan a veces, pero son como esos bailes rituales y agresivos los de los maoríes, puro aspaviento y estruendo. A veces, por incomparecencia del contrario, se hacen los amos del cotarro y no conciben que nadie pueda tener otra fe y otras ideas. Pero sí que los hay, y son la mayoría, y de gente mejor.

Todos los extremistas, en su fanatismo tribal, acaban por pensar que no cabe ser más que de los suyos o de otro grupo contrario, el de los enemigos. La realidad es que existe una mayoría a la que ignoran si no es para insultarla, que es la que interpone entre ambos extremos irracionales su cordura y su aspiración a la ecuanimidad, a veces desentendida, perezosa, poco combativa. Sería esa tercera España a la que se le niega la existencia, esa enorme masa de personas no militantes, la que mira hacia todos lados y habla flojo o calla, sufriendo los abusos y desatinos de los extremos, pero que es la que siempre decide las elecciones. Su voto no es cautivo, sino variable, por eso Ciudadanos pudo ser la fuerza mayoritaria en Cataluña para luego desaparecer, allí y en el resto de España. Hizo lo mismo con otros grupos emergentes, una vez comprobada su inanidad y lo vano de sus predicaciones. Fue quien dio mayorías absolutas al Psoe y luego se las quitó para dárselas al PP. Acabarán hartándose de la fragmentación chantajista y destructiva y descartarán marginalidades oportunistas. Esto es algo que no pueden llegar a entender los que hipotecaron su criterio y su voto a un partido, al que votarán haga lo que haga, al que defenderán con razón o sin ella, con grave quebranto de su credibilidad y su consideración, con tal de que no manden los contrarios, a los que profesan un odio africano.

Viene a resultar, creo, que las elecciones las acaban decidiendo esos a los que los extremistas de todo pelaje llaman equidistantes, no pudiéndoles llamar nada peor. Los que utilizan argumentos, mejores o peores, pero propios, los que irritan a los sectarios al mirar para ambos lados con asombro e indignación, a los que son más de partido que de ideas, a esos que han demostrado que les dan lo mismo unas que otras con tal de que manden los suyos, aunque nadie sepa ya para qué.

En resumen: Hay la tira ‘nimalicos.




lunes, 12 de mayo de 2025

Filtraciones, goteras y recalos

 

A raíz de las filtraciones de las conversaciones entre el señor presidente y su exmano derecha, el antes todopoderoso ministro Ábalos, uña y carne, según Page, se monta la de dios es cristo. Presidentes autonómicos despreciados, tratados de forma iracunda, chulesca, perdiendo los papeles, (Lambán dixit) tomados por delegados de gobierno, intentando acallar sus críticas por lo civil o por lo criminal en la toma de un partido que un día tuvo un funcionamiento interno democrático, hoy convertido en un club de fans. Pero, al final, todo se acaba sabiendo. Al parecer, ya se ocupa Ábalos de que se sepa, una estrategia personal desesperada para reducir daños en las investigaciones acerca de la corrupción suya y, ¡ay!, ajena, cercana, amplia, ya conocida o por conocer, también según Page. A algunos prendas les gustaba Andorra, a otros Suiza y a otros la República Dominicana. Mucho turista en el gremio. No es raro que los jueces sean hoy su peor problema, su peor enemigo. Siempre lo son de los que se saltan la ley, por amor al poder o al papel moneda.
Hay que seguir la prensa y, sobre todo, las redes sociales, para ver los nervios y el fanatismo desatado de esbirros, feligreses y activistas orgánicos o por libre. Voy guardando opiniones, comentarios, argumentarios, memes, bulos, acusaciones, falsedades y exageraciones de los acólitos más zarrapastrosos, de la casa o del barrio. Y, la verdad, me llegan a sorprender, no me gusta la caca que hace el nene. No diré que están cruzando líneas rojas, porque hay sujetos que nunca las han tenido. Y, lógicamente, con esa campaña de desinformación provocan una crispación desmesurada e improcedente en sus parroquias no poco arrebañadas y entre los más cafres de sus contrarios, sectarios de su misma calaña, de mentalidades paralelas. Hay cosas que nunca deberían haber dicho y tiempo tendrán los extremistas de arrepentirse. En España, como en todos sitios tenemos muchos problemas. Pero el principal, el mas grave, es el de los personajes que deberían ocuparse de solucionarlos y que más miran por su futuro que por el del país. El de sus claques tampoco es problema menor.
Trump dijo que podría disparar a alguien en la Quinta Avenida y le seguirían votando. Otros no lo dicen, pero lo piensan. Y no sin razón.