lunes, 24 de mayo de 2021

Epístola del zoco

 

Seguimos con los "equidistantes", palabra de moda. Facha pierde puestos, vista la batalla de Madrid. El trifachito y la foto de Colón son prehistoria, pues hay en la escena nuevos tríos, cuartetos y otras fotos peores. La casta, yace enterrada, tras incorporar a los que usaban el palabro como arma arrojadiza.

No es que niegue que existen los que presumen de ser equidistantes, teniéndolo por virtud; lo que ocurre es que creo que esa palabra, como tantas otras, a base de arrojarla a cabezas ajenas se ha desportillado y ya no va de la mano del concepto a que se refería cuando se empleaba en un ambiente menos polarizado en el que, sin ser sinónimos, su significado podía acercarse al de ecuánime. Todo ronda, a mi escaso juicio, alrededor de esa creencia, no sé si cierta, de que en el medio está la virtud. In medio veritas. A veces te puede poner en modo Pilatos.

Funciona para algunas cosas. Como punto de partida en la búsqueda de un equilibrio que pida argumentos y renuncias a dos partes enfrentadas puede valer. En otras es puro chalaneo. Como Brian en el zoco regateando el precio de una barba postiza. Dicen que los principios no se negocian, lo que explicaría que en algunos terrenos triunfen los que no los tienen.

 Como suele ocurrir, de poco vale discutir sobre significados, pues, cuando las palabras se arrojan con intención de descalificar al oponente, previamente se las ha vaciado de contenido alguno. Como revisionista, facha o patriota, entre otras muchas. Hasta la misma democracia, pasando por libertad, igualdad, mandato o voluntad popular y otros nobles conceptos. Destaca entre ellos por su vacuidad eso del derecho a decidir, mercancía averiada. En todos los asuntos y dilemas no es posible negociar un término medio, esperando encontrar allí la razón y la justicia. Entre la vida y la muerte no existe tal punto de encuentro, el término medio no es la enfermedad, como entre el abrazo y el asesinato no lo es un tiro en la pierna.

Es cierto que hay quien pretende situarse a sí mismo en un término medio, sugiriendo que en el centro lo podemos encontrar del brazo de la ética y la razón, y que allí nos esperan. No siempre las encontraremos en la mitad de cualquier trayecto, sencillamente porque hay cosas frente a las que uno no puede ser neutral. No se puede ser equidistante entre el asesino y su víctima, entre el que abusa y el que sufre los abusos.

Lo que pervierte el uso descalificador de esa palabra (para ellos viene a significar enemigo camuflado) es que los que la malversan así suelen ser ellos mismos equidistantes, precisamente en temas en los que nadie puede serlo sin tener que apuntalarse la cara. Previamente deben renunciar a las ideas de igualdad, justicia, democracia, y otras cosas poco negociables, de esas que admiten poco regateo.

Por poner un ejemplo, muchas personas que son tachadas de equidistantes con el reproche de crear imaginarios extremos para así presentarse como centrados, en realidad molestan a sus acusadores precisamente por su falta de equidistancia, por situarse claramente en un lado. Suelen venir los reproches de equidistancia de esa izquierda extrema, no por violenta, sino por dogmática y posturera, esa que está acabando con la verdadera izquierda, la de los valores republicanos de igualdad, justicia y solidaridad, ente otros muchos. Aunque en su confusión argumental y vital, crean o digan defenderlos.

Su comprensión hacia los separatistas catalanes puede resultar buena balanza para medir equidistancias. Aquí es donde no cabe el chalaneo, la búsqueda del término medio, la negociación de lo innegociable. Es decir, la equidistancia. Y aquí precisamente es donde los reprochadores son equidistantes, cayendo en lo que con poco fundamento acusan a otros, pues muestran su poco fuste y su impostura. Los que dan por buenos abusos supremacistas que arrasan con toda idea de igualdad ante la ley, de redistribución solidaria de la riqueza, de los impuestos aportados por personas, no por territorios, los que según su declarada ideología debieran mejor defender el internacionalismo y la difuminación de las fronteras, son los que apoyan el aldeanismo que levanta unas nuevas a costa de privar de los derechos de ciudadanía a sus vecinos en razón de su apellido y su procedencia. No menos que por su nivel económico. Los impuestos de los territorios ricos para los ricos de allí, a los pobres que los zurzan. Además de que estas gents de fora, esas cohortes de garcías, de Fernández, Pérez, Gómez son unas bestias con taras genéticas que no hablan la lengua de la republiqueta. Ni aunque la hablen o sus abuelos nacieran aquí.

Aquí si hay que ser equidistante, a su parecer. Esa equidistancia esgrimida para descalificar a otros se torna ahora virtud si la ejercen ellos, cuando no toca. Ante estos señores del procés sí que todos deben ceder, buscar un acuerdo que a todos satisfaga, al menos a los quejosos. Aunque el punto de encuentro, uno más en el trayecto, lo sea de partida para nuevos descontentos y demandas en un bucle de impostados y eternos agravios, deudas y reparaciones por satisfacer. Hay que buscar ese punto de encuentro, o mejor ir directamente al que los que no llevan razón han marcado en el suelo. Cero votos la moción. Ahora la búsqueda del equilibrio, ni para ti ni para mí, nos obliga a negociar con quien quiere continuar abusando de sus conciudadanos, hasta el punto de levantar una frontera que proteja una prosperidad que no quieren compartir, menos en épocas de crisis, momentos en que secularmente aparecen estos movimientos insolidarios de tinte étnico, de aldeanismo supremacista.

Viene a resultar que el equidistante, además cuando no puede uno serlo, es el que utiliza esa palabra para descalificar precisamente a quien no lo es, a quien pone sus argumentos y su voluntad claramente en uno de los platos de la balanza. Sin dudas, búsqueda de equilibrios injustos ni cesiones al sedicioso. Como siempre, su superioridad moral les permite manejar la romana, manipular el fiel de la báscula. Nunca han necesitado argumentos, pues las cosas de la fe no los requieren. Si ven que no los encuentran para rebatir los ajenos y hacer de padrinos en una boda morganática, o mejor en un divorcio, está la tradición de recurrir a un bautizo: revisionista, equidistante, desclasado, o directamente fascista.

El recurso del método. Pero tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe. Las palabras se gastan, pero los argumentos también. Hay nervios porque ven que sus soflamas y valoraciones, estos ataques ad hominem más que a las ideas, sólo encuentran eco ya en parroquias cada vez más reducidas. De ahí su desconcierto. La crítica ya está en casa, ya viene de los nuestros, estamos rodeados de herejes en nuestra propia capilla. Si seguimos así nos vamos a quedar solos, vamos de la excomunión al cisma en nuestro sempiterno auto de fe y las elecciones no pintan bien. Nos advierten de que hay uno que circula en la carretera en sentido contrario, pero son todos. ¿No pudiera ser que los equivocados seamos nosotros?

 


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