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miércoles, 2 de febrero de 2022

Epístola tenística

Las declaraciones de Toni Nadal, tío y pigmalión deportivo y vital de Rafael Nadal, sí que serían buen tema para dar lugar a reflexiones y debates serios, en lugar de las memeces que, en gran parte, nos suelen ocupar. Sería muy largo hacerlas aquí, aunque a bote pronto, se me ocurren varios aspectos a considerar.

 Viendo que muchos elogios forzados se inician más o menos diciendo: "la verdad es que...", "hay que reconocer...", y otros atenuadores de la alabanza, uno percibe que su éxito se admite a regañadientes, con esfuerzo, con gran pesar, porque no hay otro puto remedio viendo los datos. Envidia al éxito, mal nacional, a lo que se le añaden reproches porque haga ondear la bandera equivocada o no hable en la lengua que algunos quisieran exclusiva, no aplauda los lemas de la parroquia, y otras miserias del sectario. Para ellos es un mal ejemplo, un espejo que los muestra en cueros vivos. Lo gris, lo mezquino, lo ovejuno, por contraste, siempre se siente agraviado por la excelencia ajena.

 Destaca por su ruindad aldeana Alfons Godall, típico producto del separatismo que, como suele ocurrir, muestra bien enraizadas todas las calamidades y miserias de la hispanibundia.  Vicepresidente del Barça con Laporta, considera que Nadal, la roja, como Fernando Alonso o el Madrid, y otros tantos mucho mejores y más decentes que él y los suyos, son enemigos del país, de su soñada república bananera. Son del país enemigo, dice. Si esos son sus enemigos, los de su parroquia, para qué seguir, salvo dar gracias por no contarnos entre los amigos de tal desecho humano ni entre los indios de su tribu. Por sus enemigos los conoceréis.

 Lo segundo es lo del esfuerzo. La exigencia vende poco. Si acaso algún partido en su programa pide algún sacrificio o aportación, siempre se refiere a aquellos a los que no considera sus posibles votantes. El esfuerzo corresponde a los demás, la cosecha a los nuestros. Una población a la que nada se pide y de la que nada se espera, un sentimiento fatal que acaba siendo recíproco. Por eso, cuando, gracias a estos dulces mensajes y a las críticas a los más privilegiados o exitosos, unas veces con razón y otras sin ella, pues entre sus virtudes está la de no conocer los matices ni las diferencias, cuando gracias a estos discursos más teatrales que interiorizados alcanzan un buen pasar, un nivel de rentas cercano al de las castas que criticaban, se cambian de barrio, calcan su modus vivendi, sus lujos y sus racaneos fiscales.

 Lo tercero es que Toni, el tío de Nadal, debería formar parte de las comisiones que redactan las leyes de educación, que hace decenios renunciaron a tan sanos principios como los que han llevado a Nadal a donde hoy lo vemos, los más con respeto y admiración, algunos con irritación, otros con desprecio y los peores, como enemigo.

 "La imprescindible escuela de la dificultad". Toni Nadal en El País

martes, 24 de noviembre de 2020

Epístola califal

Comiendo en la Explanada de Alicante, para envidia del califa.

Abd al-Rahmán ibn Muhámmad Abul-Mujtarrif, llamado al-Nāṣir li-dīn Allah por los musulmanes y Abderramán III por los cristianos, comendador de los creyentes, vencedor en cien batallas y constructor de Medina Azahara, primer califa omeya de la rica Córdoba, ornamento del mundo, la ciudad más refinada y opulenta de occidente en su época, que a ningún exceso o crueldad renunció en ninguno de sus setenta años de vida, tras cincuenta de reinado y ya próximo a la muerte hizo recuento de los días en que había sido feliz a lo largo de su existencia: catorce.
Quizás siempre le atormentara su origen mestizo, evidenciado por su pelo rojo y sus ojos azules heredados de Muzayna, su madre cristiana, vascona como lo fue su abuela Onneca, hija de Fortún Garcés, y causa de que, a sus espaldas en la mezquita y en el zoco, sus súbditos le llamaran Sanchuelo. Seguramente la alegría de las victorias se viera empañada por volver al palacio con las sedas manchadas de sangre enemiga, que en tres cuartas partes era la suya, y es posible que la derrota de Simancas pesara en su ánimo más que todas ellas. A veces el vino de la vida se agría por pequeñas cosas y tal vez el primer recorrido por los jardines y salones de su mayor capricho, Medina Azahara, fuera amargado por alguna piedrecilla en su babucha o se viera contrariado por el error o el descuido de algún alarife o tallador de yeserías. Es posible que lamentara el naufragio de algún barco de los que traían desde lejanos países los mármoles y maderas que había deseado para su medina, o que el agua de las fuentes no brotara hasta la altura deseada en la alberca de los arrayanes. Es probable que en el harén percibiera más sumisión y temor que amor y aprecio, y que la sospecha y el miedo a la traición no le dejaran disfrutar de banquetes y recepciones, siembre barba en hombro y sin nadie a quien llamar amigo. Las crónicas dicen de él que fue de carácter cortés, benévolo y generoso,​ inteligente y perspicaz,​ con intensos escrúpulos morales, aunque dado a los placeres. Esas virtudes no le frenaron de ejecutar a su propio hijo, como su padre había muerto a manos de su tío. Eso lo muestra además como amante y respetuoso con las tradiciones. Bendita la rama que al tronco sale.

Cuanto más extenso, rico y refinado era su reino, más temía perderlo, pues su prosperidad y sus lujos multiplicaban sus enemigos en la tierra y los miedos en su mente. Incluso llegó a correr el rumor de que en la lejana Bagdad habían levantado un minarete más alto que el de su mezquita. Cualquier goce era apagado por la inquietud y nada estaba a la altura de sus merecimientos.
Le faltó frecuentar la derrota y tal vez sufrir la humillación de la enfermedad, atravesar como sus antepasados la aridez del desierto, conocer la privación y soportar la escasez. Tal vez unos días encerrado en las mazmorras que guardaba para sus enemigos le hubieran permitido descubrir más momentos felices al repasar su larga vida. Al menos le hubieran enseñado que no cabe esperar una felicidad eternamente quieta a sus pies, como un esclavo, pues no es pájaro que pueda vivir enjaulado, más bien es balanza que necesita ambos platos para que, con el contrapeso, el fiel muestre el peso cierto y real de los días.

Sin ser califa, uno recuerda muchos más de catorce días felices, muchísimos más que los infelices. Años enteros. Será que nos conformamos con poco o que hemos tenido mucha suerte. O será la pandemia.