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jueves, 8 de junio de 2023

Epístola electoral, educativa y varia

    En el timo de la estampita no conseguimos simpatizar con ninguno de los dos protagonistas, ni con el estafador que se hace el tonto, ni con el estafado, que no desaprovecha la oportunidad de sacar partido económico de la simulada tontez del timador. Se necesitan dos sinvergüenzas para que el engaño prospere. En la política a menudo nos pasa igual, aunque siempre nos toca hacer de engañados. Pero el negocio se mantiene gracias a las multitudes que se dejan engañar a gusto, siempre que sean los suyos los que les hacen quedar como necios. Los más cafeteros llegan aún más lejos y se dedican a buscar razones y argumentos para justificar los timos de sus sinvergüenzas preferidos, dejándose, si alguna vez los tuvieron, el prestigio y la vergüenza por el camino, cómplices y encubridores de lo peor del gremio. Ante las imprevistas próximas elecciones, parte del personal va a la cuerda de tender a coger de nuevo una pinza, mientras otros muchos votarán a gusto en ese juego imprevisible de simpatías, rechazos, miedos y esperanzas, recompensas y castigos.

    Un ejercicio que son incapaces de hacer los más incondicionales de alguna ideología o facción, los irrecuperables para la razón, es el de intentar pensar que fueran otros, los adversarios, los que incurrieran en lo que sus defendidos cometen. Les resultaría insoportable, una dictadura. Los que proclamaban en tiempos que no merecíamos un gobierno que nos mienta, obviamente se referían a que les mintiera uno ajeno y menos de su gusto. Al parecer, ahora sí lo merecemos, pues no se les ve especialmente ofendidos ni alarmados porque los propios les mintieran al prometer justo lo contrario de lo que han acabado haciendo desde el minuto uno. Si, aprovechando las inercias, los ejemplos, el desprecio a las formas y a los tiempos en el parlamento y en el gobierno, el ataque y apropiación de las instituciones, el desprecio y descalificación de una oposición que para ellos encarna el mal absoluto, en fin, si Feijoo atravesara todas las puertas que Sánchez ha abierto con poca prudencia, pensando que gobernar es un derecho no un encargo temporal, sin duda no se quedarían cortos a la hora de calificarlo. Hay actitudes y valores sólo exigibles al contrario, pues quien goza de la razón y de tan acreditada superioridad ética y moral, ni debe ni tiene necesidad alguna de rebajarse a cumplir esas formalidades molestas. Este gobierno de Sánchez, de extrema debilidad, presa fácil de sus socios y de unos apoyos que cobran al contado, ha perpetrado a veces por encargo, otras por dejación, leyes y decretos que repugnaban hasta a gran parte de sus votantes, incluso a algunos de sus alcaldes y barones territoriales, que recientemente recibieron en sus culos las patadas dirigidas a su secretario general.

    Sin ser capaz de escenificar siquiera una cortesía, al menos fingir un saber perder y aparentar un mínimo de respeto a la democracia, virtudes ajenas a nuestro presidente, considera una humillación impropia del césar el felicitar a los vencedores ajenos ni a los escasos propios que, a base de marcar diferencias, han sobrevivido al rechazo a un personaje y a algunas leyes y medidas políticas que confiaban hacer olvidar a tiempo. Y no. Creían amortizadas y tapadas cada cesión, cada venta y cada barbaridad por el estruendo de la siguiente, una traca in crescendo que les ha arrasado en las urnas, pagando justos —pero sumisos— por pecador. Ni siquiera ha funcionado la zanahoria económica, la patada adelante de endeudarse para contentar a los que al final, mejor bajo otro gobierno como es marca de la casa, acabarán amortizando con creces lo recibido, pagando deuda e intereses. Era de justicia.

    Como los dioses, cuando quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias, tal vez también sería de justicia económica, además de poética, que este mismo gobierno, y no otro, se viera obligado a hacer los recortes que inevitablemente será necesario hacer, cuando llegue la hora del crujir de dientes. Cuando Europa cierre el grifo, llame al orden y toque a cuadrar cuentas. Lo justo sería que Sánchez milagrosamente ganara las elecciones, aunque sólo fuera para no dejar en mal lugar a su empleado Tezanos. Tendría que apechugar con la deuda que con nuestro aval ha contraído —en parte para intentar ganar las elecciones—, con un panorama internacional y europeo que impondrá el fin de las barras libres, el inicio de los sacrificios, el rigor y los ajustes. Y, lo peor de todo, dentro del avispero que ha criado, de nuevo en manos y a merced de los mismos socios y alguno más, pero más radicalizados y rabiosos si cabe, que sabrán que quien preside el Consejo está a su servicio y que poca fuerza tendría para negarles nada. Lo que es más dudoso es que el país pueda sobrevivir a ese escenario.

    Si es un gobierno de otro signo el que tiene que apechugar con el marrón, ya tienen desde la oposición, que sería brava, la campaña siguiente hecha y las calles encendidas frente a tanta inevitable impiedad. En ese sentido, sería mejor que ellos administren los ajustes. Y que nos cuenten cómo se hace cuando Europa cierra el chorro del dinero abundante y gratis y pasa a ordenar que hasta aquí hemos llegado, cosa que le pasó a Rajoy tras las alegrías, las negaciones de la crisis, la irresponsabilidad indolente y el mutis por el foro de Zapatero. Rajoy no lo hizo bien, es cierto, incluso muy mal, aunque tampoco pudo hacerlo demasiado mejor dada la cruel postura de Europa, de Alemania y los países del norte, respecto a los del sur. Un cambio de actitud que ha marcado la diferencia. Y no hubiera estado demás entonces algo de la piedad actual, una protección que faltó hacia los más débiles y haber descartado aquella generosidad inasumible de tapar con dinero público el agujero negro de las cajas de ahorros que entre todo el gremio hundieron. Ya lo criticamos duramente en su día.

    La oposición ha pecado de ser incapaz de reconocer nada bueno en la labor del gobierno ahora en funciones. Y ni es justo decirlo, ni siquiera es posible errar en todo, ni los unos ni los otros. Paralelamente, el gobierno y su entorno no han hecho otra cosa que demonizar a sus oponentes, presentándolos con una caricatura que mezcla a Trump y Bolsonaro con Jack el destripador y el monstruo de las galletas. En contra de lo que se ha conseguido imponer como relato, el partido Popular ha apoyado con su voto buena parte de las iniciativas legislativas del gobierno saliente. Es cierto que se ha opuesto a las más vistosas, algunas de ellas meramente ideológicas, que rebasaban la capacidad de comprensión y la paciencia de gran parte de los ciudadanos, yendo hasta más allá de lo que la sociedad, hoy por hoy, considera razonable o admisible. Lo más chocante es que incluso en la reformilla laboral, que en eso quedó el cacareado anuncio de derogación de la ley del PP, anunciado entre grandes redobles de tambor, pero limitada a la hora de la verdad a ligeros y necesarios retoques, el partido Popular perdiera la ocasión de votar a favor, aplaudir como hizo la exministra que la había impulsado, y agradecer que después de tanto estruendo y descalificación, dieran por bueno casi todo lo establecido en la ley en cuestión. En otras leyes, se opuso e hizo bien, como bien hace al anunciar que las derogaría en caso de ganar, a la vez que suprimiría varios ministerios.

    Muchos de ellos nunca debieron pasar de ser una sección o una dirección general dentro de otro ministerio. Un derroche innecesario para financiar desvaríos y pagar apoyos. En Alemania, Francia, Gran Bretaña y otros países que ponen como modelo sólo cuando y en aquello que les conviene, se apañan bien con siete, diez o catorce ministerios, que son los que en España manteníamos hasta que Sánchez tuvo que convertir su gobierno en una oficina de colocación para dar cabida y mando a todas las familias de la peña, a los grupos y facciones que le sostenían para que, a su vez, estos tuvieran donde colocar, con sueldos tan desproporcionados como inmerecidos, las manadas de acólitos de las variadas curias de esa ‘izquierda a la izquierda del Psoe’.

    ‘La izquierda a la izquierda del Psoe’. Manda huevos la perífrasis eufemística y engañadora. Unos grupos variopintos que ningún ser pensante entiende por qué no llamamos extrema izquierda o izquierda radical, aunque ya sabemos, a base de que todos, obispos y feligreses, nos lo repitan como loros bien amaestrados, que extremismos y radicalismos son cosa exclusiva de la derecha. La extrema derecha y la derecha extrema, casi un palíndromo que es la letra de la última canción sacada al mercado por el director de esta banda destemplada y poco profesional, todo un éxito entre sus parroquianos, una canción del verano que no dejarán de cantar a coro en bolos, festejos y verbenas estivales, para risión de sus oponentes y del público en general. Unas derechas, ambas extremas y peligrosas que, sin que hasta la fecha hayan encontrado los científicos explicación para tan curioso fenómeno, no tienen enfrente ninguna izquierda que para estos sectarios y sus claques merezcan ese adjetivo. Vienen a ser como los vándalos, pero de extremos nada, unas almas de Dios, pura moderación. Tal vez populistas o peronistas, sería mejor decir, pues hasta dudamos que muchos de ellos se puedan considerar realmente de izquierdas viéndolos abrazados a los separatistas, lo más parecido al fascismo, con mando en plaza hoy en España.

    En cuanto a las leyes, nadie deroga tanto como promete, algo que ya pasó con Sánchez y este gobierno de patchwork político tan pinturero. Si alguien ha tenido por costumbre derogar las principales leyes y medidas del gobierno saliente, empezando siempre por las de educación, ha sido el Psoe, nunca el PP, invariablemente timorato y poco resolutivo. De que te descuides, Feijoo se te vuelve plurinacional y se lía a amistosos abrazos periféricos y pelillos a la mar. Al tiempo.

    Ven indigna y perversa la pretensión  inusitada y antidemocrática de derogar o retocar lo hecho por el gobierno anterior que se considere equivocado o pernicioso. Eso indica, además de caradura, la pretensión de embaucar acerca de los más elementales principios de la democracia y de la alternancia en el poder. Alguien pierde las elecciones y otro las gana precisamente como un encargo para que haga cambios en otra dirección para corregir lo que más rechazo produce de lo que los anteriores gobernantes hayan realizado y dispuesto. Para eso les votan los que les voten y, si son más, nada que decir. Luego, ya en terrenos del cinco, menos lobos, la reforma integral del piso queda en repintar las puertas y limpiar los cristales. Ahí están, por ejemplo, los mínimos retoques a la reforma laboral, nulos a la ley llamado mordaza, vigente y bien engrasada, las devoluciones en caliente, y tantas y tantas cosas que o podían soportarse ni un día más. En lo demás, han legislado, gastado y obrado como les ha parecido bien, llegando al inexplicado e inexplicable disparate del Sahara. El mismo derecho tendrían otros, cosa que no acaba de entrarles en la pelota a los que reprochan a los adversarios que parezcan reclamar el derecho a gobernar si ganan las elecciones. Un derecho que es poco discutible, y menos por parte del gobierno saliente, es el de hacer lo mismo que ellos legítimamente han hecho. Pero en el sentido contrario.

    Algunas leyes serían derogadas, otras corregidas y nadie lloraría por ello, salvo sus impulsores y sus reducidas feligresías. Sánchez derogó la ley de educación de Wert, sin duda mala. Pero no peor que la que la sustituyó, mejor incluso, pues proponía algunos cambios en la buena dirección, cierto que ya imposibles, una vez transferidas las competencias en educación, uno de los mayores errores de nuestra democracia. Pretendía con las reválidas elevar el control sobre los niveles y evitar grandes diferencias regionales entre ellos. Dos avisperos, la igualdad y la exigencia. ¡Vade retro! Mejor dejarlo como está y renunciar a esas antiguallas centralistas y reaccionarias.

    Hasta donde yo sé, desde la Logse, los escolares y estudiantes españoles han cursado sus estudios bajo leyes de educación socialistas. En realidad todas las reformas posteriores conservan el núcleo y la inspiración de esa ley a la que el tiempo, los remiendos posteriores y la misma evolución de la sociedad han ido desgastando los aciertos y acentuando los errores y las razonables imprevisiones. Como las leyes se deben juzgar por sus resultados, no por la propaganda ideológica de sus beatíficas introducciones, no necesito extenderme en el tema, salvo decir que la última de la lista excesiva de leyes de educación que venimos padeciendo, necesita, más que retoques, cambios de fondo, más prácticos y profesionales que ideológicos. Y no sería una reforma menor el alejar del asunto a los psicólogos y pedagogos de cámara, que mejor se dediquen a escribir novelas, pues su guion se centra en la innecesaria y habitual creatividad terminológica, de farragosidad creciente, el incremento de la burocracia, el desprecio de los contenidos y las habilidades básicas, la renuncia a la exigencia y a la excelencia, en aras de una suicida igualación a la baja, con apartamiento de la realidad de las aulas y desconocimiento de los arcanos de un oficio poco o nada valorado que se siente cada vez más alejado de los discursos y del fuego amigo de estos creativos planificadores de salón. No sé, y además ignoro, si aún estamos a tiempo de arreglar el desaguisado, cedido a las autonomías el mejor y tal vez único instrumento, junto con una fiscalidad redistributiva entre ciudadanos iguales, que permitiría al Estado, si ello se pretendiera, alimentar un sentimiento de pertenencia a un país y de inculcar a toda su población una serie mínima de conocimientos, aprecios, visiones, valores y experiencias compartidas. Un instrumento del que algunas comunidades hacen un uso amplio y sectario, centradas en construir país, es decir, en hacer nacer algo que no existe, diciendo que se intenta recuperar lo que nunca se tuvo a base de ir socavando los cimientos del único país real y necesario, el común, todo ello con el beneplácito y a menudo la complicidad estúpida de los que deberían evitarlo.

    Desde hace tiempo son tabú las palabras homogeneizar o igualar, salvo si se practican dentro de cada autonomía, todas ellas dedicadas , unas más que otras, a laminar diferencias de origen a base de tener por foráneo y ajeno todo lo que es común a los españoles, mientras se exageran, se abonan o se crean hechos diferenciales locales, para así crear catalanes, vascos, gallegos, valencianos, castellanos o andaluces, entre otros modelos de españoles sin otra patria común que su aldea, pues sabido es que de un riojano por poner un ejemplo, convendría sacar algo casi de una especie distinta que un extremeño o un ciudadano de Vic. La ley Wert contenía algunos elementos que iban bien encaminados, con el gran problema de que la dirección era la contraria a la que hoy predomina: cultivar diferencias, no el sentimiento necesario de comunidad compartido, bueno si regional, perverso si se refiere a la nación, la única que existe. Su labor se centra en promover la desigualdad entre españoles, en conocimientos, en pertenencias que se quieren exclusivas, incluso en el sindiós de divulgar historias locales falsas en detrimento de la común verdadera, a menudo basadas en leyendas, listas imaginarias de agravios entre vecinos, una Historia que, inventada de encargo por desequilibrados y dementes, parece, y en gran parte lo es, escrita por nuestros enemigos.

    La visión sobre sí mismos y sobre su país que gran parte de los españoles han asimilado durante sus estudios se parece más a lo que de nosotros, sus antiguos enemigos, se opina y enseña en Bélgica, en Holanda, en USA o en Gran Bretaña que a la realidad de nuestro pasado, siempre más positiva y honrosa que lo que en ciertos casos se inculca en algunas aulas y, de lejos, más noble y decente, por quijotesca, que la de esos críticos foráneos. Por no hablar de lo inconcebible del trato que el español, la lengua común, tiene en algunos territorios. No sé si hablar de persecución les parecerá a algunos exageración, pero deberían enterarse mejor y ajustar la romana ante algunas políticas lingüísticas claramente franquistas, pues nada hay peor que los que antes miran el quién que el qué. Aquí se trata simplemente de resucitar y reforzar la Alta Inspección del Estado, hoy maniatada, para que ponga algo de orden y concierto en el tema, un mínimo de igualdad entre sistemas educativos casi estancos, revisando libros de texto, contenidos, normativas de las consejerías y esas cosas y, algo muy importante: hacer que se cumpla la ley y las sentencias de los tribunales, si no es mucho pedir, que basta ya de la infamia de hacer la vista gorda con los desmanes y abusos nacionalistas como pago a unos votos.

    De todas formas, basta con ver la extensión y profundidad de los debates parlamentarios y sociales, la presencia en la prensa y en otros medios, y el desinterés general en la educación, para comprobar que no es ni ha sido en España un tema de especial relevancia ni motivo de preocupación, aunque sí de queja. Si acaso de apropiación de un terreno acotado donde cultivar identidades y hegemonías culturales e ideológicas. Y así nos va. La ley Trans, entre otras por el estilo, han merecido mayores pasiones, debates y enfrentamientos. Y afectará al 0,0001 de la población. Hay tiempo para ocuparse de todo, pero a cada tema se deberían dedicar el tiempo, la atención y los recursos que merecen. Para qué decir más.

    La ley de Memoria, primero histórica y luego democrática, es un ejemplo claro  de cómo hacer tragar la medicina amarga acompañándola de una cucharada de azúcar, como cantaba Mary Poppins. Cuando alguien defiende a capa y espada todos los apartados de esta ley, que tan pocos conocen en su integridad, siempre esgrime como parapeto y farol que deslumbre y engatuse el tema de los muertos en la cunetas y ¡ay del desalmado que se oponga a una ley que tiene ese tema penoso como divisa y salvaguarda! El truco es que ese asunto que, para nuestra vergüenza no se ha resuelto en tantos años de democracia, pues nadie lo consideró de especial urgencia ni encontró nunca el momento adecuado para hacerlo, ni rojos ni azules, es algo trágico que nada tiene que ver con la manipulación de la Historia y su reescritura para generalizar e imponer un relato de parte acerca de nuestro pasado común. La Historia la han escrito ya los historiadores, falta enseñarla con seriedad e ir incorporando lo que la ciencia histórica vaya en cada momento aportando. Crear e imponer un relato que se quiere único y común, algo claramente totalitario, necesitaría de unos consensos que ni existen ni hoy son aún posibles, que tiene cuajo la cosa. Interesadamente sacan a pasear momias y espíritus por las esquinas y entre fantasmas vivimos. La intención pudo ser loable, pero por lo que hemos ido viendo, sobre ese botín ideológico se han arrojado no pocos sectarios y algunos criminales que deberíamos mantener alejados de un tema tan delicado. Mala cosa es que Bildu haya condicionado en parte su redacción, permitiéndole alargar el franquismo hasta 1983, consiguiendo que penosísimos y sangrientos episodios que protagonizaron sus héroes encapuchados del tiro en la nuca, sea cosa olvidable y relativa, equiparable a la lucha del Estado contra los asesinos. Esas infamias son algo que según ellos ni estudio ni memoria necesita, no como otros eventos igualmente lamentables, pero mucho más lejanos, cuyos rescoldos al parecer conviene avivar y nunca dejar que se apaguen. Sí, en esa ley hay que entrar con la tijera.

    En cuanto a indultos, sedición, malversación, convocatoria ilegal de referéndum, bastaría con retomar y dar curso a las promesas de Sánchez cuando intentaba seducir a los votantes para, conseguido el voto, hacer justo lo contrario. Todo eso prometió recuperar, aparte de traer a Puigdemont a España de la oreja. Aunque este último punto mejor dejarlo. Está bien en Waterloo, donde la derrota, comiendo mejillones, diciendo paridas, impartiendo bendiciones, repartiendo — previo pago— carnets de patriota y viviendo a cuerpo de rey con los fondos que salen de los bolsillos de algunos amigos y de los de un país que considera ajeno y enemigo, pero buen pagador de traidores, golpistas y sinvergüenzas. Hace tiempo que va siendo como ese tío que yo tenía en Graná, que decía el refrán. Mejor dejarlo cocerse en su propia salsa, como los mejillones. Acabará siendo —ya lo es— objeto de peregrinación, será declarado de interés turístico, y algunos japoneses y unos pocos carlistas de Gerona acudirán a hacerse fotos con él, a dejar un donativo y a pedir su bendición, algún milagro, un cargo o un escapulario, que en fondo son unos meapilas, como buenos carlistas, violentos, ilusos y extemporáneos. No sería raro que, si fallan otros pactos y la cosa se les pone cruda, Junqueras se fuera también al eremitorio belga y fundaran juntos algo así como el Palmar de Troya, que ya lleva el Puchi la obra muy adelantada.

    La ley del sí es sí, tema estrella de la señora Montero de Perón, ya fue reformada a empujones de la sociedad por el mismo gobierno que, errando el cálculo de las consecuencias y reacciones sobre el desastre que inevitablemente tal chapuza había de provocar, la impulsó y aprobó. Como a todo lo legislado por las monjas morbosas de Igualdad acerca de la mujer, la familia y el género que niega el sexo, habría que pasarle el cepillo de desbastar, pues mucha de su verborrea y terminología raspa al oído y al sentido común, hasta a la misma ciencia, dada la impericia y fanatismo pinturero de esta parroquia. Sobra y ofende toda esa farfolla en neolengua orweliana que han esparcido por la legislación acerca de la progenitora gestante, la persona menstruante o el cónyuge supérstite, abstruso término notarial, así como las demás gilipolleces y desbarres que degradan figuras, conceptos y palabras hermosas como madre, mujer o viuda, al parecer ofensivas para las orejas de estas beguinas trastornadas. Sin duda necesario pulir los engendros legales en los que hayan incrustado jerga y doctrina de la secta, desde la ley Trans, hasta gran parte de lo referente a la mujer y la familia. Con hacerle caso a las feministas es suficiente, dejando a un lado las que son o quieren ser otra cosa, pero sobre todo, vivir de ello. No es que estos que vienen enviados por Trump a chafarles la guitarra amenacen con derogar y reformar. Simplemente ocurre que la gente que les votara, más o menos, suficiente o no, lo haría precisamente para eso.

    Reconforta comprobar que estos personajes tóxicos que para desgracia general y descrédito personal han llegado a formar parte desleal del gobierno, mamporreros al tiempo de otros iguales o peores, están llegando al final de sus carreras políticas, que tanta crispación, desatino y pérdida de las formas y del norte han aportado. Como un guerracivilismo que cínicamente atribuyen a los demás. De paso, han dejado al pie de los caballos al gobierno que les dejó campar a sus anchas por sus cotos de caza gubernativa. Todo se acaba pagando. Y faltan algunos plazos. Los criticamos desde que los acabamos de calar, que fue bien pronto, lo que no pocos reproches, descalificaciones e insultos nos ha acarreado de sus hoy desencantados parroquianos. Los que con más ardor que criterio y vergüenza les defendían, pues era el único clavo al que agarrarse, aunque ardiendo, han ido plegando velas. Su descrédito ya es general, y el rechazo que producen se ha ido extendiendo hasta alcanzar a los más cercanos, que hoy ya no quieren tocarlos ni con un palo. Primero se atrevieron a criticarlos los más listos y valientes, pocos; ahora todos, una vez comprobado que esta camarilla fanática y egocéntrica es un lastre. Están navaja en mano negociando la confección de las listas (pues nadie habla de programas ni proyectos) para procurar incrustarse en ellas, su única preocupación, la de asegurarse un medio y un nivel de vida que su acceso poco merecido a los cargos políticos les ha permitido conocer, algo ya irrenunciable que su escasa preparación y su toxicidad no les permitiría disfrutar en campo abierto. Desde aquí les deseo lo mejor en su vida privada, salud, éxito en sus carreras profesionales, tranquilidad, paz, que coman perdices incluso. Pero lejos del gobierno. Cuanto más lejos mejor.

 

miércoles, 2 de febrero de 2022

Epístola tenística

Las declaraciones de Toni Nadal, tío y pigmalión deportivo y vital de Rafael Nadal, sí que serían buen tema para dar lugar a reflexiones y debates serios, en lugar de las memeces que, en gran parte, nos suelen ocupar. Sería muy largo hacerlas aquí, aunque a bote pronto, se me ocurren varios aspectos a considerar.

 Viendo que muchos elogios forzados se inician más o menos diciendo: "la verdad es que...", "hay que reconocer...", y otros atenuadores de la alabanza, uno percibe que su éxito se admite a regañadientes, con esfuerzo, con gran pesar, porque no hay otro puto remedio viendo los datos. Envidia al éxito, mal nacional, a lo que se le añaden reproches porque haga ondear la bandera equivocada o no hable en la lengua que algunos quisieran exclusiva, no aplauda los lemas de la parroquia, y otras miserias del sectario. Para ellos es un mal ejemplo, un espejo que los muestra en cueros vivos. Lo gris, lo mezquino, lo ovejuno, por contraste, siempre se siente agraviado por la excelencia ajena.

 Destaca por su ruindad aldeana Alfons Godall, típico producto del separatismo que, como suele ocurrir, muestra bien enraizadas todas las calamidades y miserias de la hispanibundia.  Vicepresidente del Barça con Laporta, considera que Nadal, la roja, como Fernando Alonso o el Madrid, y otros tantos mucho mejores y más decentes que él y los suyos, son enemigos del país, de su soñada república bananera. Son del país enemigo, dice. Si esos son sus enemigos, los de su parroquia, para qué seguir, salvo dar gracias por no contarnos entre los amigos de tal desecho humano ni entre los indios de su tribu. Por sus enemigos los conoceréis.

 Lo segundo es lo del esfuerzo. La exigencia vende poco. Si acaso algún partido en su programa pide algún sacrificio o aportación, siempre se refiere a aquellos a los que no considera sus posibles votantes. El esfuerzo corresponde a los demás, la cosecha a los nuestros. Una población a la que nada se pide y de la que nada se espera, un sentimiento fatal que acaba siendo recíproco. Por eso, cuando, gracias a estos dulces mensajes y a las críticas a los más privilegiados o exitosos, unas veces con razón y otras sin ella, pues entre sus virtudes está la de no conocer los matices ni las diferencias, cuando gracias a estos discursos más teatrales que interiorizados alcanzan un buen pasar, un nivel de rentas cercano al de las castas que criticaban, se cambian de barrio, calcan su modus vivendi, sus lujos y sus racaneos fiscales.

 Lo tercero es que Toni, el tío de Nadal, debería formar parte de las comisiones que redactan las leyes de educación, que hace decenios renunciaron a tan sanos principios como los que han llevado a Nadal a donde hoy lo vemos, los más con respeto y admiración, algunos con irritación, otros con desprecio y los peores, como enemigo.

 "La imprescindible escuela de la dificultad". Toni Nadal en El País

viernes, 20 de noviembre de 2020

Epístola de la educación subóptima

Con Gabilondo se perdió tal vez la única ocasión en la que se estuvo a punto de acordar una ley de educación consensuada, que en eso hubiera sido la primera. Esta nueva ley nace muerta, como difunta vino al mundo la de Wert. Ahora impongo yo, que ya te tocará a ti. El proyecto, la ambición, la idea única que las trae el mundo es derogar la ley anterior, incorporar meaditas para marcar como lobos los lindes ideológicos del terreno donde se educan los españoles. Mala cosa es que precisamente regular la educación esté en manos de muchos que ni la tienen ni la conocen, con lo que en la tramitación de las sucesivas reformas se habla casi de todo, menos de educación. Cada partido hace de su capa un sayo, impone, compra, vende, y publica en el BOE un texto que ya incorpora la necesidad de ser modificado en cuanto el gobierno de turno cambie. Leyes perpetradas con los días contados, ocho en cuarenta años, todo lo contrario de lo que la educación necesita, que es estabilidad, sosiego, recursos, (¿Ubi est la memoria económica?) y lo que le sobra son injerencias de banderías políticas.

 Pocos cambios. Los hay positivos; otros dudosos por inoportunos o innecesarios, no pocos irrelevantes y algunos otros indefendibles. Con seguridad lo más grave, rozando lo criminal, es vender el idioma común y degradarlo a lengua extranjera dentro de parte del territorio nacional. El resto, la mayor parte, sigue igual. Es decir, mal. La lengua castellana se sacrifica para ganar unos pocos votos y, no menos, para evitar recibir otros, gracias a Iglesias, mamporrero de esta demolición gradual de lo común. 

 Pierden los alumnos con necesidades educativas especiales y agoniza el castellano en algunas comunidades. También la educación concertada, aunque ya veremos. Falta leer la ley completa, que el proyecto, quitando los habituales brindis al sol y declaraciones altisonantes de estos textos, siempre reconfortantes para incautos, es endeble e inacabado. Dejadme los reglamentos, que decía aquel. Luego, los docentes, como siempre, volverán a verse enredados en su eterno tejer y destejer el bordado de Penélope, un premonitorio sudario para el rey Laertes, padre de Odiseo.

 No sería de extrañar que, también como se acostumbra, algún orate intente dejar su huella en terminologías y eufemismos, burocracias y protocolos, renombrando una vez más cosas que no conocen y que poco cambian, salvo para enredar, la actividad de una ley a otra en las aulas. A Dios gracias. Y a los docentes que, tras sobrevivir a pie de obra a docenas de ministros y al acostumbrado ping-pong legislativo, se pasan por el forro hasta donde pueden, que no es poco, gran parte de lo dispuesto en las reformas, haciéndolas así digeribles, al menos no tan nocivas como de los despachos salieron. Dado que nadie le pregunta nunca a los docentes qué les aconseja su experiencia acerca de estos temas, nunca se han sentido demasiado interesados ni concernidos por debates y medidas tan alejadas de su quehacer diario. Al contrario, viendo su ámbito y su quehacer tomado al asalto en las batallitas de los partidos, más rechazo que adhesión cosechan unos y otros entre el gremio, pues ambos acaban siendo el enemigo. Fuego amigo, en el mejor de los casos, como ya escribía aquí hace pocos años acerca de la ley Wert. Fue otro parto o aborto legislativo y, si alguna duda dejaba, los recortes en educación, agravados por la señora De Cospedal, muchos de ellos aún no revertidos por cierto, me espolearon a jubilarme echando leches. Con Dios.

La Lomloe, que parece apócope de niña pija, pues ya hay que rebuscar para bautizar leyes de educación en España, se llama nada más y nada menos que Ley Orgánica de Modificación de Ley Orgánica de Educación. La siguiente se llamará Ley Orgánica para Modificar la Modificación de la Ley Orgánica de Educación. LOMOMOLOE, o algo así. No sé dónde leí este epitafio que viene al pelo:

 Aquí jaz o mui illustre
Senhor João Mozinho Souza
Carvalho Silva de Andrada...
Sobra nombre o falta losa.

lunes, 5 de octubre de 2020

Epístola musical


 

A veces, para evitar fumarme otro cigarrillo, me echo un chicle a la boca. De hierbabuena o de sandía, según me da. Como suelo tener casi siempre música puesta, de que me doy cuenta me veo mascando al ritmo de lo que suena, dando dentelladas al compás que me marca la pieza. Si estoy escuchando una balada de Diana Krall o de Abbey Lincoln, algo que recomiendo hacer, la cosa va bien, pero cuando la batuta que maneja mis mandíbulas es un guitarrista de manouche es mejor tirar prudentemente el chicle a la papelera. Más de una vez me he mordido, movido por los vértigos de esos sones, la parte interna del carrillo, la de atrás de la lengua y el paladar porque no llego. Una cosa horrible.
Parece ser que incluso el ritmo cardíaco intenta acompasarse con la cadencia de lo que oímos. Si es así, el primer movimiento, allegro moderato, del concierto de Brandenburgo nº1 de Bach en fa mayor, BWV 1046, en realidad todo Bach, podría poner orden y curar las arritmias. Cuando me duelen mucho las piernas y los lomos recurro a ver el vídeo de la Vieja Trova Santiaguera interpretando "El paralítico". Infalible. Mejor que un nolotil.
Puede ser, aunque no se ponen de acuerdo los científicos al respecto, que la música escuchada también influya en el cariz de lo que vamos pensando. Si estás oyendo "I’m in the mood for love", sin duda no es igual que si lo que suena es "Va pensiero", el coro de los esclavos del Nabucco de Verdi, origen de no pocos lloros y ansias de independencia de algunos pueblos que se sienten oprimidos hasta la esclavitud, como ocurre en el Ampurdán. La música de fondo condiciona el estado de ánimo y moldea la acción del momento. Ya decían que escuchando a Wagner dan ganas de invadir Polonia, de igual forma que sabemos que los salmos, los himnos, la música de cornetas y tambores o una saeta desde un balcón, por poner unos ejemplos, nos ponen el cuerpo y la mente en distinta disposición, además de hacer a los oyentes sentirse parte de algo. Una marcha militar convierte a cientos o miles de soldados en una máquina, en un organismo infinitípedo, unánime y avasallador. En las ollas de cerámica ibérica ya podemos ver a un círculo de guerreros bailando una sardana al son de flautas dobles y panderos. También desfilando hacia la guerra precedidos por los músicos como los escoceses seguían a la gaita hacia la perdición, pero contentos.
Ayer por la mañana James Rhodes, aún en pijama y con su Steinway & sons Grand Piano, me amenizaba la mañana con Tchaikosvki. Bien, te pone en guardia, te despierta, pero diferente que si se hubiera arrancado por Debussy, lo que me hubiera impulsado a ir balanceándome a regar las orquídeas. Los directores de cine lo saben y en muchas ocasiones es la música quien crea el clima que las imágenes o las palabras por sí mismas no conseguirían transmitir. Casi todas las películas de miedo, si les quitas el sonido, se convertirían en comedias y nos reiríamos con ellas. A veces también ocurre con el sonido puesto. Efectivamente, si no existe esa correspondencia entre acción y música de fondo se puede llegar a lo cómico, cosa que ocurre en algunos discursos y declaraciones en las que se imposta un tonillo épico y una escenografía solemnes para declamar algo insustancial y de baratillo. Causa la misma impresión que las olas del mar sugeridas en el teatro por dos enormes sierras de cartón que oscilan en sentidos opuestos. Tomas nota, pero sabes que no te van a salpicar las aguas. Puigdemont y su tropa, entre sus muchas carencias, tienen la de no contar con un Elgar que les hubiera compuesto una Marcha de Pompa y Circunstancia. A veces pienso que la monarquía británica debe su permanencia a esta marcha y a God save the Queen o the King, (que no shave), según toque. Poco importa que Hændel hubiera robado la música y traducido el título del "Dieu sauve le Roi", compuesto por Jean Baptiste Lully para celebrar el éxito de una operación de fístula a Louis XVI.

    El LSD, según cuentan, permite escuchar sonidos cuadrados, o verdes, mezclando percepciones de sentidos distintos, lo que llamamos sinestesia. Tendría esto algo que ver con la forma en que la música ambiental nos condiciona para la acción que emprendemos, aunque pudiera parecer que nada tiene que ver una cosa con la otra, lo que oímos con lo que, con su escucha, nos pide el cuerpo leer, comer o visitar. Después, y menos durante la audición del aria "Ombra mai fu" del Xerxes de Haendel no hay quien se coma unos garbanzos con oreja. Cabello de ángel todo lo más. Muchos contribuyentes deben su venida al mundo a un bolero y muchas desgracias han ocurrido por los encorajinamientos inducidos por alguna copla excesivamente racial. Si elegimos un libro de la biblioteca, no elegiremos el mismo volumen si estamos escuchando a Liszt o reggaetón, aunque en el último caso no es previsible ver al semoviente en la tesitura de tener que elegir ningún libro de su biblioteca.
    La música envejece, como todo arte, como todo lo vivo. Como los vinos buenos, puede ganar con el tiempo. Hasta algunas cosas muertas envejecen, se desgastan, desgracia sobre desgracia, como las piedras. Pero sólo somos conscientes de ello cuando la piedra había sido labrada por manos humanas, que las otras hay quien piensa que Dios las hizo así y así siguen. Por una falsa concepción del progreso muchos tienden a pensar que todo se desarrolla, avanza, mejora. La experiencia nos debería enseñar que más cierto es que lo vivo se debilita con los años, degenera, muere. El olvido hace el resto, y resucita o certifica la defunción. No intento sugerir que la música actual o cualquier otro arte del momento sean despreciables comparados con lo anterior, pues mucha buena música, libros y otras obras se hacen hoy en día. Salvo los contados genios que en cada época descuellan, nada nos hace suponer que hoy no se interprete la música igual, incluso mejor, que nunca antes se había hecho; no es de razón pensar que hoy se escriba, esculpa o represente irremediablemente peor que en ese casi eterno "antes" se hacía. Por otra parte, siempre los más vetustos han hecho valoraciones semejantes pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor, algo cierto para cada individuo, una vez llegado a carcamal, si se refiere a su fortaleza y salud, pero falso cuando intentamos extender la nostalgia más allá de lo inevitable. No es justo confrontar en ningún terreno las obras del momento contra toda la producción anterior de la humanidad, durante siglos, milenios a veces. Sólo con la ciencia sucede, pues acumula todo conocimiento anterior y sobre él edifica. El arte no funciona así, especialmente porque, siendo incapaces de añadir un peldaño más a una escalera ascendente en el que el último escalón ya supone una excelencia alcanzable por muy pocos, hay quien intenta iniciar otra escalera nueva, renuncia a la herencia anterior, que se desprecia, podríamos decir que se olvida, si no fuera porque los promotores de algunas nuevas vanguardias no siempre estaban ni están en situación de olvidar lo que no han llegado a conocer.
Con el arte ocurre que lo antiguo era joven, mientras que lo nuevo es viejo, lo que nos confunde. Conforme nos vamos remontando hacia los siglos pasados nos encontramos con que las artes tienen menos antigüedad, menos tradición, menos escombros. Nuestros ojos añaden capas de barniz que oscurecen lo antiguo, como ocurre con los lienzos, que pocas veces podemos ver frescos, relucientes, sin veladuras, como los vieron sus coetáneos. Los bisontes de Altamira o los caballos de Lascaux no son, si vemos el asunto como realmente es, un arte antiguo sino naciente, en su infancia, producto de la juventud de la humanidad. Y desde luego hablar de mejor o peor sacaría los colores a gran parte de los artistas actuales. Un arte que conocimos ya perfecto, no una probatura. Cambiaría todo lo que he pintado por haber sido capaz de dibujar un bisonte, un ciervo o un arquero de esos que perviven en cuevas y abrigos, algo que ya alcanzó la perfección hace miles de años, insuperado, insuperable, asombroso.
Si admitimos que todo lo que escuchamos, leemos o contemplamos nos condiciona para bien o para mal, nos eleva o nos hunde en la miseria estética y desde allí se desparrama al resto de nuestra conciencia y nuestros actos, sólo cabe llegar a la conclusión de que hay que poner mejor música de fondo a nuestras vidas, rodearnos de cosas hermosas, ya que es decisiva la educación artística de las gentes. No es cosa baladí ampliar la calidad y cantidad de cualquier forma de arte en el ambiente, facilitar y promover el acceso a la cultura sea de forma pública o privada, literaria, musical, escénica o expositora. Hablar de gran cultura es sin duda pecar de elitista pero, al contrario que en otros campos, en el arte no siempre lo bueno, lo mejor, tiene por que ser más caro que lo infame, a veces es al revés. No es necesario tener un Rembrandt en la pared, ni un piano de cola en casa, pero un disco de Reggaetón vale igual, incluso más que uno de Mozart, Bach o Bill Evans. Es cuestión de esfuerzo, de aprendizaje, de ofrecerle a lo más grande que es capaz de hacer nuestra especie un tiempo y un esfuerzo similares a los que estamos dispuestos a dedicar al manual de instrucciones del mando a distancia.
    Resumiendo, lo conveniente sería hacer justo lo contrario de lo que se hace, y caigo en el excesivo optimismo de pensar que se hace algo. Habrá que empezar por pagar el rescate del ministro del ramo.

  Vale.


sábado, 22 de septiembre de 2012

Epístola de los ministros



Aquí estamos tomando un café en casa la mañana del sábado, leyendo la prensa y ojeando en internet la apabullante abundancia de mensajes, sugerencias, enlaces e imágenes que entran por las puertas que abrimos a más foros de lo que podemos atender. Entre mucha paja, hay algunas noticias, artículos y comentarios que merecen más atención. También algunas acuarelas maravillosas que nos iluminan la mañana. 
Laurentino Martí
http://www.laurentinomarti.net/p/aquarelles.html
 Doy con un artículo en el que se recogen las declaraciones del brasileño Chico Buarque, cuando era ministro de educación de su país. Respondiendo en una universidad norteamericana a una pregunta acerca de la internacionalización de la Amazonia, argumenta de forma brillante y razonable, es decir, le da una educadísima bofetada al mundo, que es el título con que el blog donde lo leo titula su comentario. Como la respuesta es larga y enjundiosa, proporciono el enlace, mejor que resumir algo en lo que nada sobra:
Comparto esa noticia en facebook y comento:
  “Quienes no hemos dejado con qué encender, quienes consumimos recursos naturales, propios y ajenos, a un ritmo insostenible, pedimos a quien aún tiene bosques y ríos limpios, territorios sin explotar, recursos que nosotros esquilmamos hace siglos, que los conserven en bien de la humanidad. —La humanidad a la que nos referimos somos nosotros—.
    Tal vez debería haberse hecho así, pero estamos poco legitimados para decir a estos países qué deben hacer en su propio territorio. Deben ser ellos quienes decidan, esperemos que mejor que lo hicimos nosotros.
   Este artículo sobre las declaraciones del ministro de educación de Brasil es muy esclarecedor. De paso. ¡Qué envidia de ministro de educación! Al menos por estas declaraciones, si su ministerio lo dirige con ideas parecidas a las que expresa aquí.
   Observo que he alcanzado un grado de incredulidad y recelo alarmantes. De todas formas, todo lo que dice lo comparto plenamente”.

Medito, matizo mi suspicacia y añado:

   “Olvidaba recordar que Chico Buarque es músico. Eso disipa parte de mis dudas. Siempre he creído que los sillones y los despachos tienen voz propia, una voluntad ectoplasmática que se impone y se apodera de las iniciales intenciones de quien ocupa el cargo.
   Reconforta escuchar a un ministro de educación interpretando una bossanova, en lugar de desacreditando a quienes debería defender”.

Añado un vídeo de un tema interpretado por el ministro de educación —el de Brasil, no el nuestro— 
:— (
Lamento informarme, después de haber leído ese artículo en varios lugares y escrito lo anterior, de que en Brasil tienen no uno, sino dos Chicos Buarque. Uno el ministro Cristiovão Buarque, otro el cantante Francisco Buarque de Hollanda, que comparten apellido y apodo. La foto incluída en el artículo corresponde al cantante, redondeando la confusión. La red tiene estas cosas. Decía que soy receloso y suspicaz pero veo que aún debo mejorar. La realidad ya es suficientemente rica y sorprendente como para que necesite de adornos y mitos urbanos o rurales. No fue, por tanto, el cantante quien hizo esas declaraciones sobre la Amazonia. Tampoco este ministro canta bossanovas. Una pena. El ministro que canta bossanovas es Gilberto Gil. Tal vez ese es el origen de la confusión. Parece ser que este anzuelo en que he picado es especie que se ha multiplicado en la red, con lo que, de todas formas, si en tantos lugares lo afirman, acabará siendo verdad.
 
Toquiño y Gilberto Gil, éste sí, Ministro de Cultura de Brasil (2003-2008)

 El resto de lo que digo allí creo que es cierto, al menos es mi opinión. Son los propios despachos, o sus amplios sillones y poltronas quienes al final deciden. De alguna forma para mí desconocida, se van impregnando de las ideas de los sucesivos ocupantes, gestándose entre las mullidas moquetas una especie de cerebro ectoplasmático que conserva y transmite opiniones inmutables, respuestas y valores que van engullendo los de los sucesivos ocupantes, reemplazando todos los ideales que defendían antes de tomar posesión del despacho, en el caso de existir. En realidad, ocurre al revés, no toman posesión, ellos son los posesos. Una persona normal no puede concebir que alguien acceda a un cargo con la intención de jorobar a sus administrados. La tozuda realidad nos muestra que, en la mayoría de los casos, así acaba ocurriendo.
Se nombra a un ministro para dirigir la función pública, pongo por caso y se estrena en el ansiado cargo arrojando una palada de basura en la cara y en el alma de aquellos a quienes va a dirigir, hablando con menosprecio y desdén de empleados públicos a los que, acto seguido, pedirá la colaboración y el entusiasmo necesarios para sacar adelante lo que se le ha encomendado administrar.
—“¡Se les ha acabado el cafelito a estos vagos de los funcionarios. Pues menudo soy yo!”. Eso como primera providencia. No se puede empezar peor. Todos sus esfuerzos posteriores por gestionar con éxito su parcela de poder son ya inútiles. No cabe mayor torpeza. Que su misión no era proteger y defender a sus funcionarios, que también, sino a quienes con sus impuestos les pagan por los servicios que de ellos reciben es algo que entiendo y comparto, pues así debe de ser. Pero ese inútil debería saber que también le pagan a él y que poco se consigue insultando y desprestigiando a quienes deben trabajar a sus órdenes y aplicar sus reformas, asumiendo añadidos esfuerzos y quitas en nóminas y pagas extras. 
Optando por echar más carnaza a hipotéticos votantes, entrega a sus indefensos subordinados a los leones. Los espectadores del circo donde son despedazadas estas víctimas inocentes no son capaces de caer en la cuenta de que, entre aplausos, están viendo morir a quienes mañana echarán de menos cuando necesiten de los servicios que hasta ayer les prestaron. Así es distraída la atención de los ciudadanos para evitar que lleguen a pensar lo suficiente para dar con los verdaderos culpables de la situación.
Prefiero un ministro de educación sacado de un escenario que de una tertulia. Un ministro del ramo debe defender la calidad de la educación, si esa es la palabra y el cargo que se repujó en la fina piel de la cartera que le entregaron, no dedicarse exclusivamente a cuadrar las cuentas. Para eso está el de Hacienda. De todas formas, a mi edad, ya he sobrevivido a nueve leyes de educación, decenas de efímeros ministros y demasiadas reformas o frustrados intentos de llevarlas a cabo. Sólo, haciendo un esfuerzo, consigo recordar cómo se llamaban algunos de ellos. De otros ni siquiera conseguí memorizar su nombre cuando estaban en activo. Viniendo de la alta y endogámica administración, cimas que nunca alcanza un funcionario, de los centros de estudios demoscópicos, de la concejalía de festejos de algún pueblecito de la costa, de la docencia en la universidad o de otros antros de perdición similares, no llegan a entender que una reforma educativa tarda muchos años en cuajar en las aulas donde almacenan alumnos de una edad que ellos no han conocido profesionalmente. 
Creen que sus taumaturgias harán aparecer benéficos espíritus y que nuevas realidades se crearán invocadas por los conjuros del B.O.E. Para ellos, una vez publicado el decreto o la norma, la situación ya está cambiada y el tema resuelto. Pasaré a la historia como un gran reformador, piensan. Craso error. Ni en educación ni en nada en lo que intervengan seres humanos funciona así la cosa. Tal vez incluso olviden que quienes aplicarán sus instrucciones, con entusiasmo directamente proporcional al aprecio y estima que el ministro haya sido capaz de mostrar hacia ellos y su trabajo, son seres humanos.
Al menos quien va a dirigir el trabajo de decenas de miles de individuos debería tener algunas nociones de cómo reaccionan éstos, de cómo se lidera un grupo. Carecen de la ciencia fundamental de quien debe tratar con personas, que tiene sencillos fundamentos, entre los que destacan el sentido común y el intentar ponerse en el lugar de los demás. Meterse en los zapatos del otro, que dirían los ingleses.
Imaginemos a un general encaramado en su brioso corcel, arengando en registro marcial y cuartelero a sus tropas para insuflarles ánimos antes de una batalla que se adivina cruenta y dudosa: —¡Hatajo de ineptos! Las vais a pasar putas y lo más seguro es que os maten, aunque merecido lo tenéis. Yo os dirigiré desde aquella colina que me ofrece fácil escapatoria si la cosa se os pone fea. Sé que habéis comido mal y que mal equipados y pertrechados os enfrentáis al enemigo, pero la cosa no da para más, que vacías están las arcas por gastos y dispendios que ahora no vienen al caso. Aunque poco cabe esperar de vosotros, luchad con brío y valor, para que los mandos nos repartamos cuantioso botín. Los que al final del día estén vivos, no esperen recompensa alguna, básteles con el honor que supone defender a la patria y el bienestar de quienes les dirigimos con tanto esfuerzo y riesgo. ¡Que Dios os proteja, hermanos!
Ninguna batalla se ha ganado así. Con los hábiles estrategas que nos dirigen, demos por perdidas cuantas guerras emprendamos. Si Publio Cornelio Escipión hubiera arengado a sus tropas en las guerras contra los cartagineses en la forma en nuestros ministros se dirigen hoy a los ciudadanos, parte de Europa hablaría lenguas derivadas del púnico en lugar del latín. Eso sí, el Vaticano estaría edificado cerca de Túnez.