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miércoles, 24 de noviembre de 2021

Epístola del babuino

No solo no tienen ideas propias, sino que tampoco han entendido las ajenas, lo que aún es peor. Y las ideas son importantes, porque tienen consecuencias, lo que haría necesario que quienes gobiernan supieran de dónde provienen las que manejan, casi siempre como caricaturas, lecciones mal digeridas de conceptos no del todo comprendidos. Si las ideas que les inspiran son antiguas, cosa frecuente, al menos deberían valorar las consecuencias que tuvo su aplicación cuando eran nuevas. Analizar si las circunstancias en las que nacieron siguen teniendo algún parecido con las actuales. Como no lo tienen, deberían considerar si, para las que fueron causa y justificación de crímenes, dictaduras, hambrunas y guerras, hay algo en el presente que pudiera indicar que hoy serían más apropiadas y mejores, menos peligrosas de lo que en su momento resultaron ser. Todo indica que no.

Muchos filósofos fracasaron por su soberbia, por su afán de totalidad. Tras alumbrar una idea nueva y brillante, una teoría útil para explicar algo de mejor forma que hasta entonces se había conseguido, intentaron expandir el rango de aplicación de esa idea, tal vez acertada para interpretar ese algo concreto, haciéndola fracasar al pretender hacerla clave de bóveda de una explicación universal, válida para todo hecho, momento y situación. Por eso de que quien sólo tiene un martillo por todos sitios ve clavos que remachar. El lecho de Procusto, el afán de encajar en nuestro diseño maravilloso la realidad a martillazos. Ver que la realidad es un estorbo para muchos ya debería ser suficiente para no dejar nuestras vidas en sus manos.

Si ese afán de someterse a una teoría de amplio espectro, convertida en dogma y guion incuestionable, es trampa en la que caen pensadores a los que se les supone inteligencia, sabiduría, rigor y honradez intelectual, que ya es suponer, ¡qué cabe esperar de los que nunca han tenido un trato demasiado honrado con las ideas, siempre ajenas, siempre mal conocidas, sombras que luces lejanas proyectan en las paredes de su caverna? Sobre todo, porque la realidad queda fuera del alcance de sus propias luces, a menudo escasas. No es raro que esas ideas, razones y argumentos sean sobrevenidos, elegidos a posteriori porque pudieran ayudar a justificar y dar una base teórica que hiciera de armazón a sus planes e intereses, no menos que a sus frustraciones, rencores y manías, que eran previos. Sólo cabe pensar que Dios nos pille confesados cuando los escuchamos hablar de Historia, de memoria, de economía y, sobre todo, del ser humano, elemento de cierta importancia para que las grandes ideologías lleguen a ser algo más que utopías, pesadillas o simples disparates. Muchos de los que pusieron las bases de esas ideologías se revolverán en sus tumbas al ver en manos de qué cabezos, de qué babuinos ha quedado la aplicación del producto de sus esfuerzos y desvelos, ideas filtradas las más de las veces por la inercia del interés, la maldad, la ignorancia o el dogmatismo, actuando juntos o separados. No es raro que algunos malos discípulos, en cuyas manos está la Humanidad, terminen jugando a ser dioses, diseñando su particular gólem, un ser carente de alma, siempre más dependiente y sometido que los mortales de serie.

Lo anterior puede dar a entender que el que esto escribe considera que las ideas son algo importante para muchos de los que, acogidos a sagrado en la política, viven de ellas. No soy tan candoroso. Primero, porque resulta una exageración llamar ideas a ciertos vaporosos lemas que repiten a coro como una letanía. Segundo, porque igualmente podrían defender otras, diferentes o contrarias, pues les vemos cambiar de principios y adaptarse con tal rapidez a las conveniencias del momento que cuesta pensar que sus supuestas creencias sean algo más que remiendos ideológicos, ideas-veleta sometidas a los vientos favorables de las correcciones cambiantes y a sus propias ocurrencias, simple morralla ideológica para salir del paso. De hecho, sus posturas, que intentan hacer pasar por convicciones, suelen ser fruto de negociación, de chalaneo, una y otra vez corregidas sin que las urnas les penalicen excesivamente. Es más; lo harán una y otra vez. Tal es el disparate actual en que han degenerado algunos temas que, inevitablemente, la realidad y el hartazgo del personal los llevará a ir cambiando de discurso, corrigiendo, cuando no olvidando, lo que hoy con tanto fervor como intransigencia defienden. Y no hablo de la normal evolución que el tiempo, el estudio o la experiencia debe provocar en creencias y valoraciones, algo deseable. Se trata de que, entregadas sus almas a los oráculos de encuestas y estudios de opinión, van adaptando sus propuestas a las circunstancias y vaivenes del mercado, como el que reconvierte su industria y pasa de fabricar jaulas de grillo a misiles tierra-aire, que el caso es vender bien la mercancía, sea la que sea. Nadie resiste un repaso a las hemerotecas, que levantan acta de que en cada momento se dijo, se dice y se dirá lo que convenga, lo que nos lleva a concluir que, en realidad, creer, no creen en nada. Al pasar de los años (cuando no los meses) hemos visto partidos que del marxismo han pasado a la socialdemocracia, otros de socialdemócratas han devenido en liberales, para ir plegando velas ya demasiado tarde, según nos cuentan mientras van desapareciendo. Como otros que no saben si presumir de socialdemócratas o de comunistas, según días y foros. Como las palabras son tan baratas, más conviene husmear en sus amistades, referentes, cuáles son sus dictaduras favoritas, ver si han quitado o no el cartel de Lenin o de Franco de la pared, ponen la vela a Dios o al diablo, en fin, esas cosas menores. Algunos llevan cincuenta años viajando hacia el centro, como otros lo hacen en el tiempo, intentando llegar a la época de Felipe II. Ellos verán, aunque mientras lo acaban de ver o no, son tropa que tenemos a sueldo para llevarnos al desastre y al enfrentamiento mientras se ríen de nosotros.

A veces se ponen campanudos y nos hablan de los vientos de la Historia, de que el pueblo ha manifestado con tanta claridad como entusiasmo su deseo de apuntillar el bipartidismo, y bla,bla,bla. Lo cierto es que la actual exuberancia partidaria, producto más de desavenencias personales o territoriales que de diferencias doctrinarias de bulto, obliga a hilvanar gobiernos a base de sumar minorías precarias y abusadoras, sostenidos dando a sectas marginales, grupos políticos regionales o locales, que son electoralmente casi irrelevantes, poder de veto, viéndose obligados (y obligándonos a los ciudadanos) a tragar con sus condiciones, algunas de ellas inasumibles si la igualdad siguiera siendo un valor merecedor de defensa. Menos lobos. Los resultados electorales lo que muestran es rechazo y desencanto y lo que producen es una fragmentación que provoca una indeseable aunque legítima ingobernabilidad, todos estirazando para sacar la mayor tajada posible de un desdeñado bien común, concepto olvidado que hasta llega a ofender a no pocos.

Como no puede ser de otra manera, cada uno vota a quien quisiera ver gobernando, nunca desea ver desfigurado hasta el esperpento, por alianzas y contubernios, el programa por el que optó. No deja de ser un fraude, legítimo sí, legal también, pero que, a veces, roza la indecencia. Si acaso, tragándose su soberbia, deberían formar coalición aquellos partidos que hayan recabado la mayoría de los apoyos, número que no se alcanza muy lejos de la centralidad. En realidad uniría fuerzas y sectores menos distantes e insolubles que los que estamos viendo mezclados, que solo la agitación constante mantiene emulsionados, pero que nunca llegarán a ser miscibles. Y se nota. Y se padece. Democráticamente sería irreprochable, más fuerte y coherente y, desde luego, encogería a ciertos partidos minoritarios al peso que verdaderamente alcanzaron en las urnas, bien escaso, nunca determinante ni capaz, como ocurre, de arrancar concesiones claramente abusivas y discriminatorias entre territorios y ciudadanos. Hablando de ciudadanos, ¡Maldito Rivera y maldito Sánchez! que pudieron conformar un gobierno con mayoría absoluta que tantos disparates e inquietudes nos hubiera evitado. No son los vientos de la Historia los que nos han traído hasta aquí, ni siquiera en último término los deseos del electorado, sino las ambiciones, las fobias y los delirios fulanistas de los líderes que tenemos la desgracia de soportar. Amparados y ensalzados por sus cortes, curias, camarillas y parroquias, en exceso acríticas y enfervorecidas, se dedican a enfrentarse a adversarios personales externos e internos, más que a los problemas del país, que pasan a un segundo término, si no son directamente desatendidos. En los peores momentos, frente a los mayores retos, tenemos la peor clase política que nuestra democracia ha conocido, con algunos elementos cercanos al encefalograma plano. Y, en política, a todos los tontos les da por lo mismo.

Si fuésemos más inteligentes y agudos, los votantes no nos dejaríamos arrastrar por las funciones de tales luchadores de catch; miraríamos solo con deportivo interés sus peleas amañadas en la arena del parlamento o en las tertulias y debates, una lucha a menudo simulada, apuñalándose luego a base de tuits afilados, que ni matan ni engordan. Solo son reales sus pelarzas cuando dirimen sus puestos, su cupo de poder, espoleados por sus egos y sus ambiciones más que por otros afanes más nobles. Luego, ya del brazo, al bar a tomar unas copas, de alboroque una vez alcanzado un acuerdo, un nuevo equilibrio precario que les asegure el cargo un tiempo más. La cuenta siempre la pagan los mismos. Si estuviéramos más atentos en la puesta en escena de sus números, si prestáramos más atención a sus manos y menos a la verborrea con que nos engatusan y distraen, quedarían al descubierto los trucos de sus magias, a veces de simples trileros, y dejaríamos de polemizar defendiendo a quien no lo merece, que viene a ser a ninguno. Cesaríamos de reñir entre nosotros, azuzados por estos capitanes Araña y sus estrategias, y les haríamos saber que si siguen por estos derroteros los va a votar su señora madre, una santa, a pesar de su prole poco canonizable. Visto lo visto, que esto va de chantajes, proliferarán los partidúnculos locales, tal vez la única forma de que algunos territorios dejen de ser chuleados por los más determinantes electoralmente. Echaremos de menos el bipartidismo, pues más vale una mayoría absoluta de uno de los dos partidos principales, cosa que, al menos, nos garantizaría que nos gobierna una sola parcialidad, una sola locura, tal vez no maravillosa, pero coherente.

¿Estamos en manos de los mejores? Indudablemente no. Ni siquiera por gente dentro del rango de lo pasable, de lo admisible, que llamarles mediocres es hacerles favor. Y no me refiero solo a España y a hoy, que lo descrito es mal intemporal y ubicuo, siempre in crescendo. Es cierto que el desprestigio de la política, noble actividad hoy convertida en territorio en el que triunfan chamanes, vividores, aspirantes a dictadores, dogmáticos y algún que otro ladrón, cada día espanta y chocea de esa industria a los más decentes y capaces. Hay algunos abandonos que se agradecen: unos impulsados por la justicia que los pilló con el carrito de los helados, otros por batacazo electoral que les priva de su único valor: le votaban muchos, aunque era un orate. Y los más, expulsados por sus propios compañeros de partido, principal enemigo del político, que más hostilidad encuentra en el gremio quien más noble y competente es, salvo raras excepciones que no conozco.

Escribiendo estos desahogos, por asociación de ideas, he recordado una noticia curiosa que leí hace tiempo. La he buscado y, efectivamente, refleja la actual situación de la gobernanza en muchos lugares, mientras los ciudadanos más incautos viajan confiados en la capacidad y pericia de nuestros líderes, al menos en que hay alguien al frente vigilando la ruta. Mejor no pensar en ello. La reproduzco aquí, según nos la cuenta Javier Sanz:

«Jack era la mascota y asistente del guardagujas con amputación de dos piernas James Wide, que trabajaba para el servicio de trenes de Ciudad del Cabo-Port Elizabeth. James "Jumper" Wide era conocido por saltar entre vagones hasta un accidente en el que se cayó y perdió ambas piernas. Para ayudarlo en el desempeño de sus funciones, Wide compró el babuino llamado Jack en 1881 y lo entrenó para empujar su silla de ruedas y operar las señales de ferrocarril bajo supervisión.

Se inició una investigación oficial después de que un miembro preocupado del público informara que se observó a un babuino cambiando las señales de ferrocarril en Uitenhage, cerca de Port Elizabeth.

Después del escepticismo inicial, la empresa de ferrocarriles decidió contratar oficialmente a Jack una vez que se verificó su competencia en el trabajo.

Al babuino se le pagaban veinte centavos al día y media botella de cerveza a la semana. Se informa de que en sus nueve años de empleo en la compañía ferroviaria, Jack nunca cometió un solo error.

Después de nueve años de servicio, Jack murió de tuberculosis en 1890. El cráneo de Jack está en la colección del Museo Albany en Grahamstown.»


lunes, 5 de abril de 2021

Epístola de los mariachis

 

Publica Félix Ovejero hoy en El Mundo un relato que cuenta el nacimiento, evolución, auge y decadencia (esperemos que no fatal) de Ciudadanos. Una tragedia griega. Todo muy ajustado a la realidad, a nuestra realidad nacional, pues no cabe esperar que los liderzuelos y partidos que surjan entre nosotros se comporten como suecos. Eso suponiendo que convendría que lo fueran, que también es mucho suponer.

 Igual que otro análisis que he leído esta mañana en Facebook, un antro de perdición, alertando de las características y evidentes peligros de VOX, que precisamente Podemos, un espejo de peligros no menos ciertos, vendría a evitar. Agárrate. Cambiando los nombres de los partidos, uno y otro análisis, seguirían en gran parte siendo válidos. Pululan en España partidos con más oportunismo que definición ideológica seria y viable, salvo en algunos de sus miembros que desilusionados abandonan proyectos creados o pronto convertidos en simple aprovechamiento de nichos de insatisfacción y cabreo, canalización de descontentos con promesas vagas, reconfortantes, a menudo dogmáticas o viscerales, y poco más.

 Poco más en lo ideológico, pero mucho en común: los partidos como mariachis de un líder que acaba siendo un lastre, como oficinas de colocación, carentes de una estructura en los territorios que se va llenando haciendo leva de trepas que igual estarían aquí que allá. De hecho eso hacen, cambiar de empresa, de modelo de negocio. A veces choceados por sus líderes, endiosados por la babosa y acrítica adoración de sus seguidores más cafeteros, que toíto te lo consiento, ¡qué grasia que tié mi niño! Caudillos siempre refractarios a toda compañía inteligente que pudiera volverse competencia. Los partidos como maquinarias para conseguir el poder, tal vez su único objetivo, que solo se alcanza en la medida en que puede crearse una red clientelar de cargos, carguillos y aspirantes a carguete, para pastar del presupuesto, que es lo suyo. Luego ya se verá dónde los metemos que hay veces que hay más sitio que inteligencia. De preparación para qué vamos a hablar. De hecho siempre estamos viendo a dónde nos lleva este sistema de recluta apresurada, que sólo pide sumisión al que los nombró.

Engordar para morir. Los programas siempre son algo secundario. O terciario. A veces un simple listado de ocurrencias, caprichos y rémoras ideológicas. Sin faltar la cucharada de azúcar que haga pasable la medicina.

 Si por esos azares de la política o de la ley electoral, la desorientación de los votantes lleva a esta tropa a tocar pelo gubernativo, en el nivel que sea, municipal, regional, incluso nacional, nos encontramos con personajes que serían incapaces de gestionar una mercería al cargo de una concejalía, una consejería o un ministerio. Cuestión de cupo, de satisfacer a las familias políticas que apoyan, y demás. ¿Tú de quién eres, niño? De Paca la bordadora. Pues nada, subdirector general.

 Escucharles da más vergüenza y temor que tranquilidad. Casi nadie cree estar en buenas manos, seguramente lo único en que los más estamos de acuerdo.

 Para mí lo trágico es que Ciudadanos era y es un partido necesario. Él u otro similar. Pero en España es imprescindible un partido de izquierda moderada (esa socialdemocracia a la que Ciudadanos renunció) intolerante con los nacionalismos. Una peste. Si buscan nichos ecológicos de votantes, aquí queda un inmenso bancal sin cultivar.

Reproduzco el artículo en los comentarios.


viernes, 20 de noviembre de 2020

Epístola de la educación subóptima

Con Gabilondo se perdió tal vez la única ocasión en la que se estuvo a punto de acordar una ley de educación consensuada, que en eso hubiera sido la primera. Esta nueva ley nace muerta, como difunta vino al mundo la de Wert. Ahora impongo yo, que ya te tocará a ti. El proyecto, la ambición, la idea única que las trae el mundo es derogar la ley anterior, incorporar meaditas para marcar como lobos los lindes ideológicos del terreno donde se educan los españoles. Mala cosa es que precisamente regular la educación esté en manos de muchos que ni la tienen ni la conocen, con lo que en la tramitación de las sucesivas reformas se habla casi de todo, menos de educación. Cada partido hace de su capa un sayo, impone, compra, vende, y publica en el BOE un texto que ya incorpora la necesidad de ser modificado en cuanto el gobierno de turno cambie. Leyes perpetradas con los días contados, ocho en cuarenta años, todo lo contrario de lo que la educación necesita, que es estabilidad, sosiego, recursos, (¿Ubi est la memoria económica?) y lo que le sobra son injerencias de banderías políticas.

 Pocos cambios. Los hay positivos; otros dudosos por inoportunos o innecesarios, no pocos irrelevantes y algunos otros indefendibles. Con seguridad lo más grave, rozando lo criminal, es vender el idioma común y degradarlo a lengua extranjera dentro de parte del territorio nacional. El resto, la mayor parte, sigue igual. Es decir, mal. La lengua castellana se sacrifica para ganar unos pocos votos y, no menos, para evitar recibir otros, gracias a Iglesias, mamporrero de esta demolición gradual de lo común. 

 Pierden los alumnos con necesidades educativas especiales y agoniza el castellano en algunas comunidades. También la educación concertada, aunque ya veremos. Falta leer la ley completa, que el proyecto, quitando los habituales brindis al sol y declaraciones altisonantes de estos textos, siempre reconfortantes para incautos, es endeble e inacabado. Dejadme los reglamentos, que decía aquel. Luego, los docentes, como siempre, volverán a verse enredados en su eterno tejer y destejer el bordado de Penélope, un premonitorio sudario para el rey Laertes, padre de Odiseo.

 No sería de extrañar que, también como se acostumbra, algún orate intente dejar su huella en terminologías y eufemismos, burocracias y protocolos, renombrando una vez más cosas que no conocen y que poco cambian, salvo para enredar, la actividad de una ley a otra en las aulas. A Dios gracias. Y a los docentes que, tras sobrevivir a pie de obra a docenas de ministros y al acostumbrado ping-pong legislativo, se pasan por el forro hasta donde pueden, que no es poco, gran parte de lo dispuesto en las reformas, haciéndolas así digeribles, al menos no tan nocivas como de los despachos salieron. Dado que nadie le pregunta nunca a los docentes qué les aconseja su experiencia acerca de estos temas, nunca se han sentido demasiado interesados ni concernidos por debates y medidas tan alejadas de su quehacer diario. Al contrario, viendo su ámbito y su quehacer tomado al asalto en las batallitas de los partidos, más rechazo que adhesión cosechan unos y otros entre el gremio, pues ambos acaban siendo el enemigo. Fuego amigo, en el mejor de los casos, como ya escribía aquí hace pocos años acerca de la ley Wert. Fue otro parto o aborto legislativo y, si alguna duda dejaba, los recortes en educación, agravados por la señora De Cospedal, muchos de ellos aún no revertidos por cierto, me espolearon a jubilarme echando leches. Con Dios.

La Lomloe, que parece apócope de niña pija, pues ya hay que rebuscar para bautizar leyes de educación en España, se llama nada más y nada menos que Ley Orgánica de Modificación de Ley Orgánica de Educación. La siguiente se llamará Ley Orgánica para Modificar la Modificación de la Ley Orgánica de Educación. LOMOMOLOE, o algo así. No sé dónde leí este epitafio que viene al pelo:

 Aquí jaz o mui illustre
Senhor João Mozinho Souza
Carvalho Silva de Andrada...
Sobra nombre o falta losa.

domingo, 28 de junio de 2020

Encíclica "Perversi difficile corriguntur"


   “Perversi difficile corriguntur et stultorum infinitus est numerus”, tradujo san Jerónimo de Estridón en el siglo V cuando trasladó la Biblia al latín desde su versión hebrea por orden de Dámaso I. El papa, no el torero ni el académico. No era exactamente eso lo que decía el Eclesiastés, que en su literalidad afirmaba que lo torcido no se puede enderezar y lo que falta no puede contarse. No está mal. La soberbia intelectual propia del oficio le llevó a no limitarse a intentar escribir como Dios, sino a pretender hacerlo mejor. Tamaña inmodestia no le impidió llegar a santo y, en su disculpa, hay que reconocer que decir que “los perversos difícilmente se enmiendan y que el número de los tontos es infinito” mejora el original, aunque se quede corto en su cálculo acerca del número de los tontos y pierda sonoridad en nuestro idioma, una degeneración más del latín. No tengo ni tiempo ni forma de contar los habitantes del planeta en el siglo V, y menos en los tiempos bíblicos, pero hablamos de unos pocos cientos de millones de individuos. Suponiendo que todos ellos fueran tontos, y muchas muestras han dejado de no serlo más que nosotros y algunas de que lo eran menos, aun así la masa total de estupidez sería también infinitamente menor que la que, por todos los indicios, alcanza en la actualidad.

    Muchos libros se han escrito intentando describirla con intención de evitarla, y a pesar de su abundancia y grosor no consiguen agotar el tema, al paso que fracasan en su intención. Menos lo hará este escrito, tanto por falta de espacio y de capacidad del analista, como por la inmensidad del objeto que se estudia.  

    Empecemos por lo obvio: la estupidez es virtud compatible con cualquier naturaleza, carácter, ocupación, doctrina o ideología. Es más, podríamos llegar a pensar que es condición imprescindible para la difusión de no pocas, y parte no despreciable en el contenido y origen de otras. Este desarreglo, que más podríamos llamar irracionalidad, pues así parece que nos ofende menos, es sustancia que abona y estimula la degeneración de cualquier idea, concepto o plan, un factor que multiplica los potenciales desenfoques y efectos perversos de todos ellos. Si en origen una idea no es mala ni cabría esperar de su aplicación consecuencias perniciosas, la imbecilidad acaba encontrando el camino y la manera de conseguirlas. En realidad, usamos este vocablo de tan amplio espectro por comodidad, aunque sus variadísimas formas de manifestarse podrían ser catalogadas con más tino hablando, según los casos, de distintas mezclas y combinaciones de ignorancia, falta de inteligencia, pereza, desapego hacia la realidad, debilidad mental, superstición, prejuicio, dogmatismo y otras virtudes en proporción variable. Unida a la maldad es algo sobrecogedor.

    Es cierto, la más noble de las ideas puede convertirse en aberrante cuando es interpretada o aplicada por la mente de un imbécil. Ya Cipolla nos ilustró acerca de cómo la estupidez puede ser —y de hecho es—, más peligrosa y nociva que la mera maldad, pues lleva a los más tontos a dañar a todos, incluso a sí mismos, sin alcanzar ningún beneficio personal, y menos ajeno. El que es simplemente malvado tiene ciertos límites pues, siendo capaz de anticipar las consecuencias de sus acciones, puede pisar el freno y detenerse a tiempo, antes de la catástrofe. La estupidez no tiene límites, frenos ni barreras; no ve los barrancos ni les teme; afecta tanto a individuos como a sociedades enteras y la Historia está llena de tragedias que desavisados estudiosos intentaron achacar a posteriori a otras causas más complejas e improbables, pues una de sus muchas manifestaciones es precisamente la de hacernos incapaces de verla como uno de los motores ubicuos y eternos de la andadura y de los fracasos de nuestra especie.

    La estupidez compartida, algo pegajoso que embadurna y atrapa con viscosidad de planta carnívora, es ingrediente que aparece en el origen de muchas de las realizaciones más desafortunadas, crueles e irracionales de la aventura humana, que hoy nos parecen absurdas, aunque no estemos demasiado lejos de reeditar algunas de ellas. Eterna y ubicua ha sido la irracionalidad estúpida, siempre en tensión con la inteligencia, que a veces consigue compensarla y muchas otras no. Se entra en terreno peligroso precisamente cuando la inteligencia y la discrepancia empiezan a molestar, cosa que hoy comienza a ocurrir. Sin referirse de forma expresa a esta variable, aunque sí a sus manifestaciones, Gibbon y Spengler, entre otros muchos, estudiaron y describieron sus efectos en la decadencia de algunas civilizaciones. Otros han rastreado su trayectoria y sus consecuencias, a veces trágicas, centrándose en el campo militar o en el académico, en la religión o en la ciencia, en la industria o en las artes. Hay tajo. No existe terreno o actividad en la que la estupidez no haya demostrado ser pieza relevante y actor principal. Lleno está el mundo de batallas perdidas, objetos inútiles y absurdos, costumbres y leyes inexplicables, países riquísimos arruinados, vergeles convertidos en desiertos, edificios desplomados, civilizaciones fracasadas y desaparecidas, doctrinas descabelladas o gestiones criminales defendidas por una amplísima y exquisita feligresía que ve como asumible en aras de la causa la lejana y ajena multitud de muertos de hambre rodeados de abundancia, similar a la que mantiene  bullendo en museos y bibliotecas no pocos libros y obras que quisieron pasar por arte, y así hasta completar una lista inmensa de despropósitos cuya exuberancia nos muestra a la estupidez en todo su esplendor. Sin duda, ha sido y es uno de los motores de la Historia.

    Como los vampiros, la estupidez no se refleja en los espejos, por eso tal vez siempre nos parece ajena. Aunque nadie estamos a salvo de ella, no resulta fatalmente perniciosa cuando es esporádica, si no, pocos quedarían vivos. Pero cuando se apodera de alguien ya no hay arreglo, es oficio que se ejerce 24 horas al día y es tanto más perjudicial cuanto más alto llega quien la padece. Hay muchas variedades, grados y campos de aplicación, y todos tenemos por qué callar. Cuando es tenue y solitaria puede pasar desapercibida, incluso pueden quedar desactivados algunos de sus peligros si se dirige a temas o actividades inocuas. Uno puede dedicar su vida a construir catedrales góticas a escala 1:1 con mondadientes, a criar anacondas en el piso o a cualquiera de esas actividades o conductas extremas que te pudieran hacer acreedor al premio Darwin, en reconocimiento de tu aportación a la mejora de la especie por el simple expediente de hacerse desaparecer sin descendencia. Mientras todo ello se sufra en silencio y en soledad, la cosa no va más allá. La sociedad actual puede permitirse esos lujos.

    Lo peor es cuando la estupidez se agremia, se arrebaña, se aúna en una causa común que destile y condense la suma de las estupideces individuales. Las ovejas, aunque sea poco, deben ser más tontas que el pastor, pues de otra forma se hacen librepensadoras y se desmandan. Eso nos lleva a otro de los principios que ni Erasmo, ni Musil, ni Paul Tabori, ni siquiera Murphy o Lawrence J. Peter ni otros estudiosos del tema, han llegado a concretar, hasta donde yo sé. Luego le buscaré un nombre al axioma; por lo pronto podríamos enunciarlo diciendo que para mantener vivas y unidas ciertas organizaciones es necesario que los seguidores sean más estúpidos que el líder, si cabe.

    A veces lo tienen difícil, pues el listón está alto, pero hay gente para todo, incluso los hay capaces de intentar aparentar mayor estulticia de la que les adorna. Así vemos que a menudo en la política actual, un mal sucedáneo, ocurre como en el salto con pértiga, que, aunque parezca imposible, siempre hay quien se las ingenia para saltar un centímetro más, hacia afuera del tiesto, como se acostumbra en el gremio. Estos avances son vertiginosos, de un día para otro, mientras que en el deporte se tarda muchos años, pues es cosa que requiere mucho esfuerzo y dedicación, mucho entrenamiento y estudio. El siglo pasado el listón en pértiga estaba cerca de los seis metros. Veinte años después se ha elevado unos veinte centímetros, a centímetro por año. La estadística nos indica que dentro de cinco siglos el listón se colocará a más de once metros de alto. Ya se buscarán las mañas, recurriendo a nuevas fibras para la vara o a la cirugía, incluso a la incrustación de proteínas o aminoácidos de pulga o de canguro en el ADN del saltante, pero todo apunta a esas elevaciones de listón. En política las previsiones no son tan optimistas ni la cirugía ofrece solución.

    La estupidez es más elástica que la pértiga, se estira y se estira, se dobla, se comba y se cimbrea, pero pocas veces se rompe. Cuando lo hace cambiamos de era, pues si ha alcanzado un tamaño ingente, una masa crítica ya incontrolable, su rotura produce efectos devastadores, en forma de revoluciones, genocidios o totalitarismos, episodios catastróficos siempre dirigidos por un demente, pero imposibles sin el soporte y aliento cómplice de la masa sometida. Por eso apuntaba al principio a la irracionalidad adobada por otros desarreglos como origen de estos disparates, pues hablar de estupidez banaliza sus formas extremas, las hace algo más cercano y casi asumible.

    Ese afán de superación, de ir más allá está presente en el deporte, competitivo por esencia, pero no debe extrañarnos que ninguna otra actividad se libre de entrar en retos y competiciones. Ni san Jerónimo pudo evitarlo. Citius, Altius, fortius… stultior. Aunque muchos campos, oficios e industrias han quedado fuera de ese eterno estiramiento hacia lo que, si no mejor, al menos es más gordo, más aparatoso o más descomunal, como buenos darwinistas, nos mantenemos en la ingenuidad de pensar que todo tiende a mejorar, a crecer, a perfeccionarse. Esa idea acerca del progreso que nos encandila y no pocas veces nos confunde, en sus últimas consecuencias, nos llevaría a pensar que ocurre igual con cosas que dejamos fuera de la ecuación. Por ejemplo, deberíamos sospechar que la estupidez crece, se desarrolla y se propaga con la misma rapidez y eficacia que otros avances, como la rueda, la enología o la altura de los edificios. Es de suponer, pues, que la estupidez ha avanzado con el paso de los siglos, se ha hecho mayor, ha colonizado terrenos hasta ahora vírgenes. Incluso que, como tantas otras cosas, ha visto acelerado su ritmo de crecimiento. No sé si esta visión tan pesimista es sostenible, pues mirando al pasado encontramos en lo tocante a irracionalidad algunas realizaciones aparentemente insuperables. Podemos llegar a la tranquilizadora conclusión de que, de forma generalizada, aún no hemos conseguido ser todos más tontos que nuestros antepasados, aunque estamos en ello. Por supuesto, no caigo en el error de cotejar individualidades. Si me comparo con Platón o con Bach, con las pintoras del paleolítico o con Leonardo da Vinci, dejo a nuestra época a la altura del betún. Si me compulso con un pastor de las estepas de hace dos mil años, de los hunos por ejemplo, en algunos aspectos pudiéramos llegar a pensar que algo hemos mejorado.

    Pero si en el pasado, en cualquier época, podemos ver despuntar cumbres de esporádica genialidad sobre la llanura de una masa desentendida, informe e irracional, hoy vemos paisaje semejante todos los días. Y lo sufrimos. Democracia, igualdad, paz, justicia, ecologismo, tolerancia… Cualquiera de esas ideas y valores, indudablemente benéficos, pasados por el filtro de una estupidez que los vacía de contenido, se pueden tornar perniciosos. Muchos son los ahuyentados cuando ven la igualdad que evitaría discriminaciones usada para crear nuevas desigualdades, la libertad censurada y limitada por libertarios, la paz defendida a hostias o la tolerancia acaparada y racionada por los intolerantes. Una defensa torpe y cerril, a menudo impostada y basada en argumentos equivocados, incluso de mentiras y errores que se sabe que lo son, pero que se esgrimen por hacer gordo el caldo de la causa, pueden llegar a hacer dudoso lo indudable, puesto en duda precisamente por llegarnos de bocas que usan lo falso para defender lo cierto, lo turbio para mostrar lo claro y lo ridículo para predicar lo serio. A menudo esta forma elemental y necia de actuar, perjudica seriamente aquello que tan mal se defiende, pues la oquedad de las mentes, la falsía, y la palmaria estupidez de los orates hacen que se cuestione hasta la ley de la gravedad si se explica como efecto de la acción de alienígenas.

    Buscando en las leyes de Murphy tampoco he encontrado descrito ni nombrado un axioma que existe y es el que podríamos enunciar diciendo que no hay teoría ni idea, por disparatada que llegue a ser, que no sea capaz de recabar defensores, a veces hasta el fanatismo. Cualquier propuesta, sea el terraplanismo, la oposición a las vacunas o la fe inquebrantable en la bondad humana, siempre encuentra clientes, pues hay millones de semovientes que se acogen a las doctrinas con la fe del carbonero, que no necesita ni pruebas ni el soporte de la realidad. Abundan gurús de blancas sayas y luengas barbas que se bajan del Rolls para ser jaleados y adorados por una multitud de sectarios famélicos a los que se les ha adoctrinado acerca de lo conveniente de vivir en la pobreza, cediendo rentas y patrimonios al líder y su cuadrilla, cuya altura de miras y santidad les hacen inmunes a la perniciosa influencia que la riqueza, sin duda, ejerce en el común de los fieles. Sin túnicas ni turbante, pero con semejante proceder y discurso, vemos a muchos profetas alcanzar altas magistraturas en países que nos tenemos por civilizados. Aupados por nuestros votos.

    Por lo pronto, la estupidez sideral de algunos defensores de causas nobles ahuyenta de ellas a las personas que conservan algo de sentido común y de capacidad crítica, hoy ovejas negras, o cosas peores. De esa forma, muchas causas no prosperan, no se generalizan, más por la perniciosa influencia de sus defensores que por los argumentos y oposición de los detractores. Gran parte de la dudosa razón que algunos tienen es la que se han agenciado recolectando parte de la que han  perdido los otros. La razón para el que barre, pues a menudo la poca que uno tiene la ha encontrado escarbando en el cubo de la basura del contrario. Por eso gran parte de las argumentaciones y reproches que escuchamos son de carácter negativo, basados en el rechazo más que en la propuesta. Cuando no se tienen ideas, o las que se tienen no se sostienen solas, es más fácil intentar apuntalarlas con los errores ajenos que basarlas en argumentaciones y propuestas propias, que llegan a ser prescindibles. Se recaban apoyos para la víbora blandiendo el espantajo de la ponzoña del alacrán. Aplicando las leyes de la economía del esfuerzo, como es más fácil, es más frecuente la critica que la propuesta. Si es mucho más sencillo, como ocurre en la mayoría de los casos, no es necesario hacer aportaciones positivas, planes ni propuestas con fuste, pues se alcanza el poder simplemente desnudando al contrario. Aunque el vencedor ande en carnes. Si uno es capaz de dirigir la atención hacia la estupidez y los errores del enemigo, ambos estadísticamente probables y acreditados con frecuencia, no es necesario contraponer inteligencia ni bondad propias, a menudo escasas y a veces ausentes.