Mostrando entradas con la etiqueta partidos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta partidos. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de octubre de 2024

Epístola de la ideología vegetal

Stefano Mantuso y otros estudiosos aseguran que las plantas, de alguna manera, piensan. Amebas, paramecios y bacterias, vistos al microscopio, también muestran una movilidad y un comportamiento que responde a unos estímulos, incluso a una estrategia, algo parecido a pensar. Si una adelfa y hasta un estafilococo, aunque rudimentariamente, pueden pensar como parece, ¿cómo no va a pensar un militante de un partido, a pesar de que entre ellos bullen los que tan bien lo disimulan que no aparentan tener actividad mental autónoma alguna? Sin duda, algo deben de pensar por su cuenta. Y no me refiero a instintos, reflejos ni a los procesos mentales relacionados con hacerse los nudos de los zapatos, poner la lavadora o elegir una camisa. Es cierto que su militancia les evita y desacostumbra a entrar en honduras y finezas argumentales, también de la vacilación y las ponderaciones para, llegadas las elecciones, elegir a quién votar. Su carnet les ahorra la necesidad de meterse en arduos y vidriosos análisis acerca de quién lleva razón, qué es verdad y qué mentira, qué está bien y qué está mal, qué le conviene al país y que no, independientemente de lo que le convenga al gobierno de los suyos, o si esta o aquella ley o medida es un acierto, un disparate o una infamia, si este partido o personaje es aceptable como socio a pesar de ser un delincuente o un antisistema sectario, pinturero o indocumentado, falsario o golpista, hasta alguien que reparte los beneficios de la herencia con unos hombres de paz a los que las manos aún les huelen a pólvora. Las plantas buscan la luz, muchos militantes y acólitos el sol que más calienta, que suele alumbrar las alturas, el calor del poder y la compañía de los justos. En lo demás, argumentalmente y en cuanto a autocrítica, encefalograma plano.

Pensar contracorriente, en el foro y más en la parroquia, se vuelve un lastre y un peligro, fuente de incordios y pesombres, aunque esos problemas que a otros inquietan y ocupan, ellos los tienen solucionados. También los que se refieran al pasado, a la Historia. Sin dudas ni tibiezas, saben quiénes fueron y son los buenos y, por descarte, los malos, que siempre son los otros. No conciben los grises, que para el militante de izquierdas añoso siguen siendo maderos, aunque nunca corrieran delante de ellos, no siendo posible en unos por talante, en otros por edad, de forma que juegan a cazar fantasmas. Pero los recuerdos ajenos también cuentan, son tan operativos como los propios, que hay quien hereda un majuelo y quien una ideología, unos rencores, unos enemigos y unas fábulas. Para los de derechas más cafeteros, tampoco cabe la duda ni la reflexión, la verdad es una, inmutable, antigua y propia; entre ellos y los zurdos se encuentran los tibios, los melifluos, los cobardicas, esos a los que los extremistas de ambos bandos llaman equidistantes. En poco se diferencian, aunque es posible encontrar algún rescoldo de apego a la realidad en unos que ni brilla ni humea en los otros. Hay quien siempre ha abominado de ella viendo que el género humano y la Historia se han empeñado en contradecir sus planes, sus análisis y sus augurios. Hay ideologías que tal vez hubieran tenido éxito entre primates poco evolucionados y más gregarios, o en otro mundo habitado por especies unánimes y amorfas cercanas a lo vegetal o basadas en el silicio en lugar del carbono, sin sangre en las venas, ilusiones ni proyectos personales en el magín, hueros de ansias de individualidad ni consciencia de la posibilidad de la libertad.

Pero para ambos modos especulares de soberbia y de tribalismo, entre esos extremos berroqueños cercanos al integrismo que la gente normal (la mejor, la menos ruidosa y visceral, la más útil y numerosa, la que permite la convivencia y la alternancia en el poder) abomina, se hallan a su entender los mentados equidistantes, los que no se decantan con claridad hacia donde deben, los que no entregan su alma sin peros ni distingos a uno u otro bloque compacto de seguridades y prescripciones que conforman eso que con candor y exageración los creyentes políticos llaman ideología.

Ante eso no tiene sentido argumentar acerca de la inconveniencia, la maldad o la infamia de algunas leyes y decisiones, a menudo venales, lo que ya debería llevarnos a evitar ulteriores debates, estériles por atender a decisiones ya tomadas, mercadeadas en mostradores ajenos a la actividad parlamentaria, cuando no en foráneas guaridas y escondrijos de delincuentes huidos de la justicia. Han visto que el vértigo de tapar un disparate con una aberración y una aberración con un despropósito les va bien. No les pasa excesiva factura entre la feligresía. Perder, pierden todas las elecciones, pero mientras tengan con qué acudir al mercado del voto, aunque sea pagando en metálico, pueden ir comprando el cargo y el poder. Y, cosa admirable, nunca les ha faltado quien les defienda, hagan una cosa o su contraria, les mientan o les chuleen poniéndolos a defender lo que antes atacaban y de paso a hacer el ridículo. Siempre están allí, en número menguante, pero suficientes para reunir, previo pago, los votos justos (ni uno más ni uno menos), los apoyos interesados de otras minorías con proyectos también rechazados uno a uno por la población, para urdir unos gobiernos legítimos, sí, pero que más parecen un ornitorrinco (una aberración de la creación) que un águila o un caballo, animales bien diseñados, funcionales, hermosos y con fuste.

Pensar deben pensar, pero su pensamiento siempre se detiene antes de entrar en ese cerrado intocable que mantiene unida y segura a la tribu, enrabietada y confundida por el trampantojo de la llegada de los bárbaros, aunque tienen al enemigo más dentro que fuera. Las ideas, como las muelas, cuanto más firmes e inmóviles, mejor. La duda es debilidad, síntoma de falta de cuajo, rendija o herida por donde se infiltra el morbo patológico del error. Mejor desarrollar una buena costra que nos salve de la infección de la verdad.  Empiezas dudando de los tuyos y de sus dogmas y, de que das cuenta, te has descarriado, te has hecho un perdulario descastado, un traidor, un degenerado, un hereje, un desertor, un enemigo. Hasta un facha. Sería admisible, aunque con reservas, si esa evolución te hubiera acercado a la verdad, que es nuestra. Al revés no es de recibo. Nada hay peor que alguien que abandone la fe verdadera para adoptar cualquier otra, errada, hostil, maldita. Ya lo dice el Islam, tan liberal como ellos.

Pensar, eso que se hace en silencio y a solas, mirando al techo, a las olas, al fuego o a la pared durante un tiempo más o menos prolongado, cuestionándose los asuntos desde un poco antes de donde empiezan las convicciones, las creencias y la fe, a menudo reemplazadas por la adhesión y el interés, es algo menos habitual y extendido de lo que pudiera parecer. Eso de partir de cero es cosa de Descartes, un pirado. Hay quienes han vivido su vida entera, tomado decisiones, expresado opiniones con vehemencia, perdido amigos, votado, defendido y atacado ideologías, con la fe del carbonero, más espoleados por su entorno, su peña o su aldea, que por una reflexión personal que no todos han llevado a cabo, ni siquiera iniciado, no sea cosa qué. En otros, proclamas aparte, el mero interés ha servido como sucedáneo del pensamiento, lo suyo no ha pasado de malta ideológica, que te conocí ciruelo. Algunos han llegado muy lejos, muy arriba, con ese rigor mental, con un cerebro en barbecho, desfibrado, anémico y sin tono, que no son tiempos que premien la originalidad ni la disidencia precisamente. Ya tiene cada cual su periódico, su cadena de televisión, su partido y sus líderes que le explican las cosas sin engañarles, no como les ocurre a los contrarios que están en manos de manipuladores que les llenan la cabeza de fango, de bulos y de mentiras. Hay que impedir que el poder caiga en otras manos, sea como sea, nos dicen ellos con hechos, mientras reprochan a los contrarios que lo sugieran con palabras. No podemos ceder el mando. Podrían llegar a hacer lo que nosotros.

Si muchos pensaran, inevitablemente habrían llegado a la conclusión de que lo que los suyos han ido haciendo entre virajes, contradicciones y renuncias a unos principios tan proclamados como inexistentes, sería inadmisible hecho por otros, por los contrarios. Resultaría insufrible, entonces sí inmoral. Hablan a veces de hacer pedagogía, pero la única lección que la sociedad aprende rápidamente de ellos es la de la arbitrariedad impune, ese es el ejemplo, su herencia. Sientan jurisprudencia imprudente y peligrosa. En un futuro podrá ser usada en contra de su partido y de toda la sociedad, como se viene hoy haciendo, pues abiertas quedan las puertas que últimamente se han forzado sin más objetivo que el de conservar el poder. Cada institución colonizada, cada contrapeso desactivado, cada medida tomada porque sí, que ellos sabrán, aceptada sin pedir explicaciones ni razones (Sáhara, por ejemplo), cada nombramiento sectario o nepotista dado por bueno, cada comportamiento dudoso, abusivo, poco ejemplar o directamente delictivo relativizado y amparado por disculpatorias comparaciones con corruptos ajenos, de atenuantes a eximentes, cada pago a cambio de votos efectuado a delincuentes, golpistas o indeseables varios, que se metabolizan con tragaderas de dragón de Komodo, lleva al ridículo y a la vergüenza a los que intentan justificarlos ante los demás, dejando en la cuneta prestigios, trayectorias y coherencias. El tiempo pasará, las circunstancias serán otras, y muchos se habrán dejado demasiados pelos en la gatera. Todos. Y andarán desollados y en pelotas argumentales.

Muchas veces habíamos dicho con candidez que parte del problema (aparte de no saber cuáles son los problemas reales, entretenidos en los imaginarios o creados por ellos mismos) es que todo se lleva a las esencias, a los principios, aunque todos sepamos que es mera escenificación. Y como los principios no se pueden negociar, nos decían, sólo cabe la rigidez, la imposición, la rendición total del contrario. Ilusos, éramos unos ilusos. Luego hemos ido viendo que los más exitosos caudillos del gremio han superado esos dilemas renunciando a todo principio, moral o promesa, de forma que todo el campo es suyo, sin vallas, límites ni más fronteras que las que haya que ir levantando para parapetarse y para satisfacer a los desalmados de los que depende su permanencia en el poder.

Lo más triste y desilusionante ha sido ir viendo cómo, no sólo aquellos cuyo cargo, sueldo y bienestar dependían de su elasticidad moral y su actitud genuflexa, sino también sus acólitos, han ido desarrollando una inusitada capacidad de adaptación ética. Sus listones son de goma. Los más listos callan en espera del desenlace, algunos (pocos) suicidas más decentes critican, se oponen, salen del redil y se separan del rebaño sufriendo el ataque de mayorales y perros pastores de la finca. Otros, en el pelotón, mero bulto, sacuden el cencerro y se dejan oír a coro: de la noche a la mañana, han acabado viendo bueno lo que antes era malo, conveniente lo que consideraban inadmisible y muy puesto en razón lo que hasta el toque de corneta les resultaba inimaginable. Tal vez eso haya sido lo más doloroso y revelador. Tras las convicciones de que se presumía, no había nada, solo sectarismo tribal, sumisión acrítica, miseria moral. Y sálvese el que pueda, que algunos habrá. Pero no nos canten milongas.

Mis reproches no se dirigen a la izquierda más extrema y telarañosa. Esos no dan más de sí y nada cabe esperar de ellos pero, al menos, son coherentes en algunas pocas cosas, aunque su coherencia se limite a llevar siglo y medio defendiendo las mismas ideas, inmunes al fracaso y refractarios a la experiencia y a la realidad. Nunca han creado ni producido nada tangible, nada que se pueda comer. Sólo miseria, opresión y ruina económica y moral en los desgraciados países en los que han llegado a imponer su totalitarismo. Lógicamente me refiero a los ideólogos, unos señoritos, no a los que sí cultivan o fabrican todo lo que nos mantienen vivos a los demás, esos a los que los teóricos, haciendo gala a su nombre, teóricamente defienden, aunque no pierden ocasión para mostrarles su desdén y su desprecio. Unos gañanes sin maneras, les vienen a decir. Son enemigos de la creación de riqueza y del comercio, pero sus discursos de repartir, mientras quede, lo ajeno que a su pesar existe nunca han dejado de resultar agradables al oído, y aún les votan algunos despistados. Les acaba de rematar la necesidad de apuntarse a todos los bombardeos culturetas para engrosar el caldo, hoy aguado, de su olla ideológica. No hay movida que empiece por ‘anti-’, ‘des-’, o ‘contra-‘ a la que no se adhieran; liquidez, vacuidad, deconstrucción o hundimiento que no adopten con entusiasmo, ni ‘-ismo’ o vanguardia (en el sentido de último pero no mejor) a la que no se afilien, sea woke, elitista, urbanita o pinturera. Siempre están allí, en esas causas sustitutorias, a menudo vacuas y pasajeras, una forma de reconocer que a la hora de solucionar los verdaderos problemas no hay que contar con su ayuda, aunque nunca dejarán de decirnos, y de imponernos cuando y donde puedan, cómo hemos de pensar y vivir, en un largo inventario de prescripciones. Pero, para ellos, donde se ponga una buena demolición que se quiten las arquitecturas sólidas y estables.

Las plantas piensan flojo, pero son sensibles y tienen un plan en sus genes. Colonizar su entorno, apoderarse de él, estorbar a la competencia acaparando la luz, el agua y los nutrientes, envenenando si es necesario el bancal donde viven para acabar con sus rivales, extender sus raíces lo más posible, chuparlo todo, sin límites ni remilgos. No cabe esperar más de ellas. Y les va bien. Ese es el ejemplo, poco más hay que pensar. Y a la vista está.

 

lunes, 10 de julio de 2023

Epístola problemática

Hay personajes y colectivos que alardean de una infundada superioridad ética que, a falta de una ejecutoria personal que la acredite, heredarían de sus bisabuelos, ilusión que les exige poco pero que los obliga a sostener una interpretación sesgada y mohosa de la Historia. Esa versión acrítica, olvidadiza y autocomplaciente estiraza de los hechos pasados para salir siempre valorados como el bueno de la película, ángeles sin mancha, sin error. De paso empadronan en su bando, inventariando en su haber, todo cuanto de noble e inteligente ha dado el bancal de nuestro pasado, aunque gran parte de los involuntarios alistados como valedores de su superioridad se estarán revolviendo en sus tumbas al ver quiénes dicen ser sus herederos y continuadores. Y qué hacen y cómo lo hacen. También les lleva a concederse en exclusiva el derecho de utilizar tópicos, medias verdades y mentiras. Los demás, empezando por la prensa no afín, hacen campañas, normalmente pérfidas y tendenciosas; ellos simplemente informan, que suya es la verdad. Esos son los fundamentos de una pregonada superioridad que se alcanza por mera adscripción. Si estos fueron o son los buenos, que me apunten. Con esos mimbres exigen que los demás acepten y den por buenas sus prioridades, y consideren irrefutable su memoria, su relato y su versión. Rematan reservándose la potestad de elegir qué temas son importantes y cuáles no, qué asuntos suponen un problema grave y urgente y cuáles son accesorios. Es decir, suya es también la función de señalar la agenda, de pretender solucionar a lo Juan Palomo los problemas que ellos eligen, incluso los que crean, con alguna ocurrencia o receta de las muchas que contiene su telarañoso vademécum ideológico. 

Hasta sus supersticiones quieren hacer pasar por postulados. Su pensar, por llamar de alguna manera a su papel de meros ecos de un discurso unánime de autoría ajena, viene a resultar la ciencia oficial. Hablan ex-cátedra, con infalibilidad papal y, si les cuestionas sus santísimas trinidades, te miran raro, de lado, desde arriba y arqueando la ceja, como perdonándote la vida. De hecho, a muchos de ellos se les ha quedado la cara así, con ese gesto despreciativo y agrio del que se siente el más listo de la clase o el matón del patio. Esa forma tan peculiar de mirar de lado, entre mantis y camaleón, los ojos semicerrados, dispersos, opacos, serpentinos, les impide ver bien, tanto la realidad de las cosas como las miradas de asombro, por encima de las gafas y con los ojos de par en par, que ellos, a su vez, reciben de unos interlocutores a los que nunca escuchan. En realidad, tampoco te miran, enfocan varios metros detrás de los ojos del oponente, lo traspasan, aunque más lo obvian que lo radiografían. Les falta comprarse una peana con ruedas para que los arrastren en procesión por las aceras con la dignidad que merecen. Ridículo, cuando actúan o predican fuera de su parroquia.

Sería imposible que, como cada cual, no llevaran razón en ciertas cosas. Y la llevan. Pero no en todas, como quieren hacer creer. Y tienen dos problemas al respecto: primero, que suelen centrar sus esfuerzos y su propaganda precisamente en los temas en los que más les falta el consenso y la razón. Ni han gobernado para todos ni siquiera han intentado aparentarlo, más bien lo contrario. Suele ocurrir cuando se imponen el rencor, el revanchismo y el fondo autoritario a los ideales de igualdad y de libertad que hace tiempo abandonaron en el sector. Y segundo, que el suyo es un menú cerrado, sin opciones, que hay que embuchar completo, sin dejar sobras. Y se hace bola, a menos que tengas unas tragaderas fuera de lo común, de fakir, de boa constrictor, unas fauces que a base de práctica y sumisión acrítica ellos han conseguido hipertrofiar. El sapo de la reforma a medida de la malversación, por poner un caso entre muchos, un zampoño de las ciénagas, viscoso, emponzoñado y de un tamaño descomunal, fue engullido sin hacerle ascos ni supuso mayores problemas de garganchón o de estómago para la mayoría de la congregación. Como ese batracio era difícil de digerir, es ahora, cuando las elecciones, el momento en que se manifiestan los ardores, las nauseas y no pocas diarreas. Aunque ciertas particulares cagálisis actuales entre el gremio se deben más al miedo a los números que a la mala conciencia o a una penosa digestión.

Como hemos llegado a un punto en el que hay que argumentar lo obvio, para rebatir algunas de sus posturas más dogmáticas y equivocadas —pues suelen hacer suyas las ideas de los peores, los más zotes y fanáticos del sector— hay que ir al principio, al abc, a Adán y Eva, como al hablar con niños. Y claro, si te dicen que dos y dos son cinco, que el zorro ártico es un coleóptero o que el comunismo es libertad, no deberían pretender que les hables de logaritmos neperianos, de Linneo o de John Rawls. Al verte obligado a sacar los dedicos para contar números y patas o el mapa de señalar paraísos, el que pareces tonto eres tú. Si uno argumenta en una discusión que no es lo mismo libertad que libertinaje ya sabe que ha perdido la disputa y que le van a responder con risas. A pesar de llevar razón. Los tópicos son para su uso particular y al recitarlos se ponen muy serios. Como si les dices que los países, entre otras cosas, se pueden clasificar entre los que levantan muros para que no entren y los que los construyen para que no se escapen, siendo estos últimos los que los más fanáticos y peligrosos de ellos prefieren, habiendo llegado al desatino de tomarlos como ejemplo. Ya sabemos que hay tres clases de personas: las que saben contar y las que aún no. Y a mí, tanto tiempo tratando con niños, 38 en la escuela, me ha curado de espantos, curtido la paciencia y dado cierta práctica en contender con el 'yo no he sido', el recurso al llanto, el pensamiento mágico, la disonancia cognitiva, la maldad irresponsable del inocente y con el candor. No hasta el extremo de llegar a entender a Zapatero, es cierto, pero al menos me ha venido bien en algunos debates y pelarzas con personas que, a pesar de su edad, aún no parecen haber alcanzado el uso de razón.

Sus mantras, sus fijaciones y sus letanías, que a menudo chocan con el sentido común y a veces con los otros cinco (porque para ellos la realidad está equivocada, es un estorbo), se han ido constituyendo en un canon arduo y peligroso de acometer. A base de ser proclamados y repetidos, despachados a granel por colectivos que ejercen como lobby ideológico o por ese difuso pero agobiante runrún de lo correcto, lo woke, lo ‘progresista’ de liberal anglosajón, cuesta trabajo, hace falta valor para manifestarse en contra, señalar la desnudez y la vacuidad de muchas de sus propuestas, lo marginal de sus promotores, la irrelevancia para el común de algunos problemas que, a pesar de ser particulares, identitarios, discutibles o directamente inexistentes, intentan situar en los primeros lugares de la lista de las preocupaciones generales. De pronto, nos vemos, no enterados o curiosos, sino concernidos y ocupados por cosas que en forma alguna nos atañen, nos inquietan, ni forman parte de nuestra experiencia personal. Nos vemos braceando para escapar de las olas y corrientes originadas en las lejanas costas de la estupidez torturada y autoflagelante de las facultades de estudios sociales anglosajonas. Sin embargo, otros problemas, estos reales y sufridos por muchos, se nos señalan como inexistentes, estadísticamente irrelevantes o producto de la manipulación confabulada de oscuros y procelosos poderes e intereses.

La estadística, referida al número de personas afectadas por un determinado problema, se esgrime ahora sí, ahora no, según conviene. Unos problemas, de base más ideológica que científica, que a muy pocos afectan, se magnifican por su supuesta gravedad. Son esenciales, todos debiéramos implicarnos vitalmente en su solución, dejando aparte otras urgencias, independientemente de que sólo el 0,0001 % de la sociedad se vean afectados por ellos. Aquí el número no es el dato relevante. Sostener que cada problema es importante por sí mismo, aunque afectara a una sola persona, sería una ética aceptable si se aplicara en todos los temas y circunstancias, no según convenga, como se acostumbra. Normalmente, con respetar, vivir y dejar vivir, además de proporcionar reconocimiento y  protección legal a las minorías, es suficiente, pero sin llegar a parcelar la sociedad en tribus identitarias de víctimas enfrentadas. No hay que ocultar, pero tampoco emprender campañas para visibilizar, promover, incentivar, evangelizar, para intentar convertir de forma artificial un tema extremadamente minoritario en una de las principales preocupaciones de la mayoría. Ni lo es, ni lo será ni tiene porqué serlo. A menos que se haya convertido en el medio de vida de los que se dedican a la vez a su remedio y a su extensión.

Por contra, otros asuntos y situaciones que afectan a un mayor número de personas, que preocupan a casi todas las demás y que por sí mismas son muy graves, se intentan silenciar y menospreciar alegando ahora que se dan pocos casos como para llegar a convertirse en un problema común, grave y atendible. El número, mayor que en otros asuntos más oreados, pasa ahora a ser algo secundario, irrelevante, un dato prescindible, cuando no negado. Como la política neofranquista de persecución institucional del español en algunos territorios o, algo más nuevo y localizado, los casos de ocupaciones de viviendas. Son problemas que no existen, simple resultado de campañas de desinformación interesada, para enredar, atemorizar o para vender alarmas. El primer problema afecta a la mitad de la población de algunos territorios, en el segundo, si unos exageran su número, a otros casi 2.000 casos al año les parecen poco merecedores de medidas o de simple preocupación y, mientras no sea suya la casa tomada, siguen defendiendo que eso es un cuento de Cortázar.

Poco preocupan ciertos problemas reales y graves, como el separatismo supremacista y xenófobo dado por bueno, consentido y alentado. Menos que otros nimios que copan agendas, portadas y argumentarios. Y esos son los que, hasta el toque a rebato electoral, ya tarde, han acaparado el guion del gobierno, siendo su escaparate, su barniz y su perdición. La ineficacia, el despilfarro, la arbitrariedad y el clientelismo son lastres pesados que algunos partidos, que de nuevo sólo tenían y tienen el nombre, han venido más a agravar que a corregir. Pero, como la mentira, solo son abusos condenables cuando son ajenos. Son formas de corrupción, versiones menos escandalosas y perseguibles, más asumidas e ignoradas que la económica, que el robo directo, aunque nos cuestan mucho más. Podemos adornar ideológicamente esos comportamientos, buscarles una justificación, decir que son daños colaterales, menores, que lo importante son las buenas intenciones —recordad que hubo un tiempo en que fuimos honrados—, que, a pesar de los errores y disfunciones, todo lo hacemos por vuestro bien, por el pueblo. Hasta perjudicarlo en ocasiones en el altar de la propia ideología.

Todo es cuestión de énfasis, de proporción. La polarización no es cosa sólo de unos, sino de todos los extremistas, quedaría discutir los grados. La mejor España, la verdadera España, frente a la mala y la indeseable, nos dicen unos y otros. Cada cual apechugue con su parte de culpa, con las mentiras, los sectarismos y las provocaciones que promueven el enfrentamiento con la descalificación del contrario.

Lo que ya se sitúa fuera de lo soportable es ver a una sociedad enredada y enfrentada por unos problemas que no teníamos hasta la aparición en escena de algunos orates y chamanes, unos santos de ciruelo que muchos han tardado demasiado en reconocer. Y eso que eran bien visibles la corteza, los nudos y los brotes del tarugo de abeto siberiano en el que se talló el san Pablo. Como para esperar milagros. Ese viene a ser el verdadero y principal problema que nos paraliza a todos, nos enfrenta, nos encabrona y nos distrae, al paso que desnuda a sus promotores, precisamente las destilaciones y resinas de todo ese bosque de marginalidades vetustas, recuperadas por chamarileros de la política del basurero de la Historia, una vez más barnizadas y ofrecidas como nuevas entre sonrisas, envueltas en celofán para regalo, que han sido socios o sostén de este gobierno presidido por un personaje que se ha dejado lobotomizar a riesgo de acabar con su partido. Y, para cerrar el circulo, otro partido que, como reacción, ha ido recolectando los desbarres y disparates de esa peña de marginalidades heterogéneas e irreconciliables para urdir su programa especular. In medio virtus.

jueves, 8 de junio de 2023

Epístola electoral, educativa y varia

    En el timo de la estampita no conseguimos simpatizar con ninguno de los dos protagonistas, ni con el estafador que se hace el tonto, ni con el estafado, que no desaprovecha la oportunidad de sacar partido económico de la simulada tontez del timador. Se necesitan dos sinvergüenzas para que el engaño prospere. En la política a menudo nos pasa igual, aunque siempre nos toca hacer de engañados. Pero el negocio se mantiene gracias a las multitudes que se dejan engañar a gusto, siempre que sean los suyos los que les hacen quedar como necios. Los más cafeteros llegan aún más lejos y se dedican a buscar razones y argumentos para justificar los timos de sus sinvergüenzas preferidos, dejándose, si alguna vez los tuvieron, el prestigio y la vergüenza por el camino, cómplices y encubridores de lo peor del gremio. Ante las imprevistas próximas elecciones, parte del personal va a la cuerda de tender a coger de nuevo una pinza, mientras otros muchos votarán a gusto en ese juego imprevisible de simpatías, rechazos, miedos y esperanzas, recompensas y castigos.

    Un ejercicio que son incapaces de hacer los más incondicionales de alguna ideología o facción, los irrecuperables para la razón, es el de intentar pensar que fueran otros, los adversarios, los que incurrieran en lo que sus defendidos cometen. Les resultaría insoportable, una dictadura. Los que proclamaban en tiempos que no merecíamos un gobierno que nos mienta, obviamente se referían a que les mintiera uno ajeno y menos de su gusto. Al parecer, ahora sí lo merecemos, pues no se les ve especialmente ofendidos ni alarmados porque los propios les mintieran al prometer justo lo contrario de lo que han acabado haciendo desde el minuto uno. Si, aprovechando las inercias, los ejemplos, el desprecio a las formas y a los tiempos en el parlamento y en el gobierno, el ataque y apropiación de las instituciones, el desprecio y descalificación de una oposición que para ellos encarna el mal absoluto, en fin, si Feijoo atravesara todas las puertas que Sánchez ha abierto con poca prudencia, pensando que gobernar es un derecho no un encargo temporal, sin duda no se quedarían cortos a la hora de calificarlo. Hay actitudes y valores sólo exigibles al contrario, pues quien goza de la razón y de tan acreditada superioridad ética y moral, ni debe ni tiene necesidad alguna de rebajarse a cumplir esas formalidades molestas. Este gobierno de Sánchez, de extrema debilidad, presa fácil de sus socios y de unos apoyos que cobran al contado, ha perpetrado a veces por encargo, otras por dejación, leyes y decretos que repugnaban hasta a gran parte de sus votantes, incluso a algunos de sus alcaldes y barones territoriales, que recientemente recibieron en sus culos las patadas dirigidas a su secretario general.

    Sin ser capaz de escenificar siquiera una cortesía, al menos fingir un saber perder y aparentar un mínimo de respeto a la democracia, virtudes ajenas a nuestro presidente, considera una humillación impropia del césar el felicitar a los vencedores ajenos ni a los escasos propios que, a base de marcar diferencias, han sobrevivido al rechazo a un personaje y a algunas leyes y medidas políticas que confiaban hacer olvidar a tiempo. Y no. Creían amortizadas y tapadas cada cesión, cada venta y cada barbaridad por el estruendo de la siguiente, una traca in crescendo que les ha arrasado en las urnas, pagando justos —pero sumisos— por pecador. Ni siquiera ha funcionado la zanahoria económica, la patada adelante de endeudarse para contentar a los que al final, mejor bajo otro gobierno como es marca de la casa, acabarán amortizando con creces lo recibido, pagando deuda e intereses. Era de justicia.

    Como los dioses, cuando quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias, tal vez también sería de justicia económica, además de poética, que este mismo gobierno, y no otro, se viera obligado a hacer los recortes que inevitablemente será necesario hacer, cuando llegue la hora del crujir de dientes. Cuando Europa cierre el grifo, llame al orden y toque a cuadrar cuentas. Lo justo sería que Sánchez milagrosamente ganara las elecciones, aunque sólo fuera para no dejar en mal lugar a su empleado Tezanos. Tendría que apechugar con la deuda que con nuestro aval ha contraído —en parte para intentar ganar las elecciones—, con un panorama internacional y europeo que impondrá el fin de las barras libres, el inicio de los sacrificios, el rigor y los ajustes. Y, lo peor de todo, dentro del avispero que ha criado, de nuevo en manos y a merced de los mismos socios y alguno más, pero más radicalizados y rabiosos si cabe, que sabrán que quien preside el Consejo está a su servicio y que poca fuerza tendría para negarles nada. Lo que es más dudoso es que el país pueda sobrevivir a ese escenario.

    Si es un gobierno de otro signo el que tiene que apechugar con el marrón, ya tienen desde la oposición, que sería brava, la campaña siguiente hecha y las calles encendidas frente a tanta inevitable impiedad. En ese sentido, sería mejor que ellos administren los ajustes. Y que nos cuenten cómo se hace cuando Europa cierra el chorro del dinero abundante y gratis y pasa a ordenar que hasta aquí hemos llegado, cosa que le pasó a Rajoy tras las alegrías, las negaciones de la crisis, la irresponsabilidad indolente y el mutis por el foro de Zapatero. Rajoy no lo hizo bien, es cierto, incluso muy mal, aunque tampoco pudo hacerlo demasiado mejor dada la cruel postura de Europa, de Alemania y los países del norte, respecto a los del sur. Un cambio de actitud que ha marcado la diferencia. Y no hubiera estado demás entonces algo de la piedad actual, una protección que faltó hacia los más débiles y haber descartado aquella generosidad inasumible de tapar con dinero público el agujero negro de las cajas de ahorros que entre todo el gremio hundieron. Ya lo criticamos duramente en su día.

    La oposición ha pecado de ser incapaz de reconocer nada bueno en la labor del gobierno ahora en funciones. Y ni es justo decirlo, ni siquiera es posible errar en todo, ni los unos ni los otros. Paralelamente, el gobierno y su entorno no han hecho otra cosa que demonizar a sus oponentes, presentándolos con una caricatura que mezcla a Trump y Bolsonaro con Jack el destripador y el monstruo de las galletas. En contra de lo que se ha conseguido imponer como relato, el partido Popular ha apoyado con su voto buena parte de las iniciativas legislativas del gobierno saliente. Es cierto que se ha opuesto a las más vistosas, algunas de ellas meramente ideológicas, que rebasaban la capacidad de comprensión y la paciencia de gran parte de los ciudadanos, yendo hasta más allá de lo que la sociedad, hoy por hoy, considera razonable o admisible. Lo más chocante es que incluso en la reformilla laboral, que en eso quedó el cacareado anuncio de derogación de la ley del PP, anunciado entre grandes redobles de tambor, pero limitada a la hora de la verdad a ligeros y necesarios retoques, el partido Popular perdiera la ocasión de votar a favor, aplaudir como hizo la exministra que la había impulsado, y agradecer que después de tanto estruendo y descalificación, dieran por bueno casi todo lo establecido en la ley en cuestión. En otras leyes, se opuso e hizo bien, como bien hace al anunciar que las derogaría en caso de ganar, a la vez que suprimiría varios ministerios.

    Muchos de ellos nunca debieron pasar de ser una sección o una dirección general dentro de otro ministerio. Un derroche innecesario para financiar desvaríos y pagar apoyos. En Alemania, Francia, Gran Bretaña y otros países que ponen como modelo sólo cuando y en aquello que les conviene, se apañan bien con siete, diez o catorce ministerios, que son los que en España manteníamos hasta que Sánchez tuvo que convertir su gobierno en una oficina de colocación para dar cabida y mando a todas las familias de la peña, a los grupos y facciones que le sostenían para que, a su vez, estos tuvieran donde colocar, con sueldos tan desproporcionados como inmerecidos, las manadas de acólitos de las variadas curias de esa ‘izquierda a la izquierda del Psoe’.

    ‘La izquierda a la izquierda del Psoe’. Manda huevos la perífrasis eufemística y engañadora. Unos grupos variopintos que ningún ser pensante entiende por qué no llamamos extrema izquierda o izquierda radical, aunque ya sabemos, a base de que todos, obispos y feligreses, nos lo repitan como loros bien amaestrados, que extremismos y radicalismos son cosa exclusiva de la derecha. La extrema derecha y la derecha extrema, casi un palíndromo que es la letra de la última canción sacada al mercado por el director de esta banda destemplada y poco profesional, todo un éxito entre sus parroquianos, una canción del verano que no dejarán de cantar a coro en bolos, festejos y verbenas estivales, para risión de sus oponentes y del público en general. Unas derechas, ambas extremas y peligrosas que, sin que hasta la fecha hayan encontrado los científicos explicación para tan curioso fenómeno, no tienen enfrente ninguna izquierda que para estos sectarios y sus claques merezcan ese adjetivo. Vienen a ser como los vándalos, pero de extremos nada, unas almas de Dios, pura moderación. Tal vez populistas o peronistas, sería mejor decir, pues hasta dudamos que muchos de ellos se puedan considerar realmente de izquierdas viéndolos abrazados a los separatistas, lo más parecido al fascismo, con mando en plaza hoy en España.

    En cuanto a las leyes, nadie deroga tanto como promete, algo que ya pasó con Sánchez y este gobierno de patchwork político tan pinturero. Si alguien ha tenido por costumbre derogar las principales leyes y medidas del gobierno saliente, empezando siempre por las de educación, ha sido el Psoe, nunca el PP, invariablemente timorato y poco resolutivo. De que te descuides, Feijoo se te vuelve plurinacional y se lía a amistosos abrazos periféricos y pelillos a la mar. Al tiempo.

    Ven indigna y perversa la pretensión  inusitada y antidemocrática de derogar o retocar lo hecho por el gobierno anterior que se considere equivocado o pernicioso. Eso indica, además de caradura, la pretensión de embaucar acerca de los más elementales principios de la democracia y de la alternancia en el poder. Alguien pierde las elecciones y otro las gana precisamente como un encargo para que haga cambios en otra dirección para corregir lo que más rechazo produce de lo que los anteriores gobernantes hayan realizado y dispuesto. Para eso les votan los que les voten y, si son más, nada que decir. Luego, ya en terrenos del cinco, menos lobos, la reforma integral del piso queda en repintar las puertas y limpiar los cristales. Ahí están, por ejemplo, los mínimos retoques a la reforma laboral, nulos a la ley llamado mordaza, vigente y bien engrasada, las devoluciones en caliente, y tantas y tantas cosas que o podían soportarse ni un día más. En lo demás, han legislado, gastado y obrado como les ha parecido bien, llegando al inexplicado e inexplicable disparate del Sahara. El mismo derecho tendrían otros, cosa que no acaba de entrarles en la pelota a los que reprochan a los adversarios que parezcan reclamar el derecho a gobernar si ganan las elecciones. Un derecho que es poco discutible, y menos por parte del gobierno saliente, es el de hacer lo mismo que ellos legítimamente han hecho. Pero en el sentido contrario.

    Algunas leyes serían derogadas, otras corregidas y nadie lloraría por ello, salvo sus impulsores y sus reducidas feligresías. Sánchez derogó la ley de educación de Wert, sin duda mala. Pero no peor que la que la sustituyó, mejor incluso, pues proponía algunos cambios en la buena dirección, cierto que ya imposibles, una vez transferidas las competencias en educación, uno de los mayores errores de nuestra democracia. Pretendía con las reválidas elevar el control sobre los niveles y evitar grandes diferencias regionales entre ellos. Dos avisperos, la igualdad y la exigencia. ¡Vade retro! Mejor dejarlo como está y renunciar a esas antiguallas centralistas y reaccionarias.

    Hasta donde yo sé, desde la Logse, los escolares y estudiantes españoles han cursado sus estudios bajo leyes de educación socialistas. En realidad todas las reformas posteriores conservan el núcleo y la inspiración de esa ley a la que el tiempo, los remiendos posteriores y la misma evolución de la sociedad han ido desgastando los aciertos y acentuando los errores y las razonables imprevisiones. Como las leyes se deben juzgar por sus resultados, no por la propaganda ideológica de sus beatíficas introducciones, no necesito extenderme en el tema, salvo decir que la última de la lista excesiva de leyes de educación que venimos padeciendo, necesita, más que retoques, cambios de fondo, más prácticos y profesionales que ideológicos. Y no sería una reforma menor el alejar del asunto a los psicólogos y pedagogos de cámara, que mejor se dediquen a escribir novelas, pues su guion se centra en la innecesaria y habitual creatividad terminológica, de farragosidad creciente, el incremento de la burocracia, el desprecio de los contenidos y las habilidades básicas, la renuncia a la exigencia y a la excelencia, en aras de una suicida igualación a la baja, con apartamiento de la realidad de las aulas y desconocimiento de los arcanos de un oficio poco o nada valorado que se siente cada vez más alejado de los discursos y del fuego amigo de estos creativos planificadores de salón. No sé, y además ignoro, si aún estamos a tiempo de arreglar el desaguisado, cedido a las autonomías el mejor y tal vez único instrumento, junto con una fiscalidad redistributiva entre ciudadanos iguales, que permitiría al Estado, si ello se pretendiera, alimentar un sentimiento de pertenencia a un país y de inculcar a toda su población una serie mínima de conocimientos, aprecios, visiones, valores y experiencias compartidas. Un instrumento del que algunas comunidades hacen un uso amplio y sectario, centradas en construir país, es decir, en hacer nacer algo que no existe, diciendo que se intenta recuperar lo que nunca se tuvo a base de ir socavando los cimientos del único país real y necesario, el común, todo ello con el beneplácito y a menudo la complicidad estúpida de los que deberían evitarlo.

    Desde hace tiempo son tabú las palabras homogeneizar o igualar, salvo si se practican dentro de cada autonomía, todas ellas dedicadas , unas más que otras, a laminar diferencias de origen a base de tener por foráneo y ajeno todo lo que es común a los españoles, mientras se exageran, se abonan o se crean hechos diferenciales locales, para así crear catalanes, vascos, gallegos, valencianos, castellanos o andaluces, entre otros modelos de españoles sin otra patria común que su aldea, pues sabido es que de un riojano por poner un ejemplo, convendría sacar algo casi de una especie distinta que un extremeño o un ciudadano de Vic. La ley Wert contenía algunos elementos que iban bien encaminados, con el gran problema de que la dirección era la contraria a la que hoy predomina: cultivar diferencias, no el sentimiento necesario de comunidad compartido, bueno si regional, perverso si se refiere a la nación, la única que existe. Su labor se centra en promover la desigualdad entre españoles, en conocimientos, en pertenencias que se quieren exclusivas, incluso en el sindiós de divulgar historias locales falsas en detrimento de la común verdadera, a menudo basadas en leyendas, listas imaginarias de agravios entre vecinos, una Historia que, inventada de encargo por desequilibrados y dementes, parece, y en gran parte lo es, escrita por nuestros enemigos.

    La visión sobre sí mismos y sobre su país que gran parte de los españoles han asimilado durante sus estudios se parece más a lo que de nosotros, sus antiguos enemigos, se opina y enseña en Bélgica, en Holanda, en USA o en Gran Bretaña que a la realidad de nuestro pasado, siempre más positiva y honrosa que lo que en ciertos casos se inculca en algunas aulas y, de lejos, más noble y decente, por quijotesca, que la de esos críticos foráneos. Por no hablar de lo inconcebible del trato que el español, la lengua común, tiene en algunos territorios. No sé si hablar de persecución les parecerá a algunos exageración, pero deberían enterarse mejor y ajustar la romana ante algunas políticas lingüísticas claramente franquistas, pues nada hay peor que los que antes miran el quién que el qué. Aquí se trata simplemente de resucitar y reforzar la Alta Inspección del Estado, hoy maniatada, para que ponga algo de orden y concierto en el tema, un mínimo de igualdad entre sistemas educativos casi estancos, revisando libros de texto, contenidos, normativas de las consejerías y esas cosas y, algo muy importante: hacer que se cumpla la ley y las sentencias de los tribunales, si no es mucho pedir, que basta ya de la infamia de hacer la vista gorda con los desmanes y abusos nacionalistas como pago a unos votos.

    De todas formas, basta con ver la extensión y profundidad de los debates parlamentarios y sociales, la presencia en la prensa y en otros medios, y el desinterés general en la educación, para comprobar que no es ni ha sido en España un tema de especial relevancia ni motivo de preocupación, aunque sí de queja. Si acaso de apropiación de un terreno acotado donde cultivar identidades y hegemonías culturales e ideológicas. Y así nos va. La ley Trans, entre otras por el estilo, han merecido mayores pasiones, debates y enfrentamientos. Y afectará al 0,0001 de la población. Hay tiempo para ocuparse de todo, pero a cada tema se deberían dedicar el tiempo, la atención y los recursos que merecen. Para qué decir más.

    La ley de Memoria, primero histórica y luego democrática, es un ejemplo claro  de cómo hacer tragar la medicina amarga acompañándola de una cucharada de azúcar, como cantaba Mary Poppins. Cuando alguien defiende a capa y espada todos los apartados de esta ley, que tan pocos conocen en su integridad, siempre esgrime como parapeto y farol que deslumbre y engatuse el tema de los muertos en la cunetas y ¡ay del desalmado que se oponga a una ley que tiene ese tema penoso como divisa y salvaguarda! El truco es que ese asunto que, para nuestra vergüenza no se ha resuelto en tantos años de democracia, pues nadie lo consideró de especial urgencia ni encontró nunca el momento adecuado para hacerlo, ni rojos ni azules, es algo trágico que nada tiene que ver con la manipulación de la Historia y su reescritura para generalizar e imponer un relato de parte acerca de nuestro pasado común. La Historia la han escrito ya los historiadores, falta enseñarla con seriedad e ir incorporando lo que la ciencia histórica vaya en cada momento aportando. Crear e imponer un relato que se quiere único y común, algo claramente totalitario, necesitaría de unos consensos que ni existen ni hoy son aún posibles, que tiene cuajo la cosa. Interesadamente sacan a pasear momias y espíritus por las esquinas y entre fantasmas vivimos. La intención pudo ser loable, pero por lo que hemos ido viendo, sobre ese botín ideológico se han arrojado no pocos sectarios y algunos criminales que deberíamos mantener alejados de un tema tan delicado. Mala cosa es que Bildu haya condicionado en parte su redacción, permitiéndole alargar el franquismo hasta 1983, consiguiendo que penosísimos y sangrientos episodios que protagonizaron sus héroes encapuchados del tiro en la nuca, sea cosa olvidable y relativa, equiparable a la lucha del Estado contra los asesinos. Esas infamias son algo que según ellos ni estudio ni memoria necesita, no como otros eventos igualmente lamentables, pero mucho más lejanos, cuyos rescoldos al parecer conviene avivar y nunca dejar que se apaguen. Sí, en esa ley hay que entrar con la tijera.

    En cuanto a indultos, sedición, malversación, convocatoria ilegal de referéndum, bastaría con retomar y dar curso a las promesas de Sánchez cuando intentaba seducir a los votantes para, conseguido el voto, hacer justo lo contrario. Todo eso prometió recuperar, aparte de traer a Puigdemont a España de la oreja. Aunque este último punto mejor dejarlo. Está bien en Waterloo, donde la derrota, comiendo mejillones, diciendo paridas, impartiendo bendiciones, repartiendo — previo pago— carnets de patriota y viviendo a cuerpo de rey con los fondos que salen de los bolsillos de algunos amigos y de los de un país que considera ajeno y enemigo, pero buen pagador de traidores, golpistas y sinvergüenzas. Hace tiempo que va siendo como ese tío que yo tenía en Graná, que decía el refrán. Mejor dejarlo cocerse en su propia salsa, como los mejillones. Acabará siendo —ya lo es— objeto de peregrinación, será declarado de interés turístico, y algunos japoneses y unos pocos carlistas de Gerona acudirán a hacerse fotos con él, a dejar un donativo y a pedir su bendición, algún milagro, un cargo o un escapulario, que en fondo son unos meapilas, como buenos carlistas, violentos, ilusos y extemporáneos. No sería raro que, si fallan otros pactos y la cosa se les pone cruda, Junqueras se fuera también al eremitorio belga y fundaran juntos algo así como el Palmar de Troya, que ya lleva el Puchi la obra muy adelantada.

    La ley del sí es sí, tema estrella de la señora Montero de Perón, ya fue reformada a empujones de la sociedad por el mismo gobierno que, errando el cálculo de las consecuencias y reacciones sobre el desastre que inevitablemente tal chapuza había de provocar, la impulsó y aprobó. Como a todo lo legislado por las monjas morbosas de Igualdad acerca de la mujer, la familia y el género que niega el sexo, habría que pasarle el cepillo de desbastar, pues mucha de su verborrea y terminología raspa al oído y al sentido común, hasta a la misma ciencia, dada la impericia y fanatismo pinturero de esta parroquia. Sobra y ofende toda esa farfolla en neolengua orweliana que han esparcido por la legislación acerca de la progenitora gestante, la persona menstruante o el cónyuge supérstite, abstruso término notarial, así como las demás gilipolleces y desbarres que degradan figuras, conceptos y palabras hermosas como madre, mujer o viuda, al parecer ofensivas para las orejas de estas beguinas trastornadas. Sin duda necesario pulir los engendros legales en los que hayan incrustado jerga y doctrina de la secta, desde la ley Trans, hasta gran parte de lo referente a la mujer y la familia. Con hacerle caso a las feministas es suficiente, dejando a un lado las que son o quieren ser otra cosa, pero sobre todo, vivir de ello. No es que estos que vienen enviados por Trump a chafarles la guitarra amenacen con derogar y reformar. Simplemente ocurre que la gente que les votara, más o menos, suficiente o no, lo haría precisamente para eso.

    Reconforta comprobar que estos personajes tóxicos que para desgracia general y descrédito personal han llegado a formar parte desleal del gobierno, mamporreros al tiempo de otros iguales o peores, están llegando al final de sus carreras políticas, que tanta crispación, desatino y pérdida de las formas y del norte han aportado. Como un guerracivilismo que cínicamente atribuyen a los demás. De paso, han dejado al pie de los caballos al gobierno que les dejó campar a sus anchas por sus cotos de caza gubernativa. Todo se acaba pagando. Y faltan algunos plazos. Los criticamos desde que los acabamos de calar, que fue bien pronto, lo que no pocos reproches, descalificaciones e insultos nos ha acarreado de sus hoy desencantados parroquianos. Los que con más ardor que criterio y vergüenza les defendían, pues era el único clavo al que agarrarse, aunque ardiendo, han ido plegando velas. Su descrédito ya es general, y el rechazo que producen se ha ido extendiendo hasta alcanzar a los más cercanos, que hoy ya no quieren tocarlos ni con un palo. Primero se atrevieron a criticarlos los más listos y valientes, pocos; ahora todos, una vez comprobado que esta camarilla fanática y egocéntrica es un lastre. Están navaja en mano negociando la confección de las listas (pues nadie habla de programas ni proyectos) para procurar incrustarse en ellas, su única preocupación, la de asegurarse un medio y un nivel de vida que su acceso poco merecido a los cargos políticos les ha permitido conocer, algo ya irrenunciable que su escasa preparación y su toxicidad no les permitiría disfrutar en campo abierto. Desde aquí les deseo lo mejor en su vida privada, salud, éxito en sus carreras profesionales, tranquilidad, paz, que coman perdices incluso. Pero lejos del gobierno. Cuanto más lejos mejor.

 

lunes, 26 de septiembre de 2022

Epistolilla italiana, política y frutal

Italia y las orejas del lobo. Abundarán estos días escritos y peroratas, comentarios, memes y tuits, intentando desrazonar la desafección de los ciudadanos, que acaban votando a payasos, melones, actores o gañanes, buscando lo que menos se parezca a los actuales políticos, gremio empeñado en no dejar inexplorada ninguna ruta de la indecencia. No faltarán los que se refugien es eso de que la gente está engañada, manipulada, es muy torpe y se ha vuelto a equivocar, no han entendido los mensajes, votan contra sus intereses y tal y cual. Para cada partido el principal nicho e impulso de los menguantes votos son los errores ajenos.

 La abstención crece, en gran parte por el rechazo a los líderes, mejor caudillos, que son más rémoras que activos para sus partidos. Programas, promesas y compromisos, por estas que son cruces en campaña, se contradicen luego, papel mojado para reírse de unos votantes que creen tener presos, fraude que confían les saldrá electoralmente gratis. Y no.

 A VOX le dan más votos Irene Montero y Sánchez que Olona, y viceversa. En fin. Sigan cada uno viviendo su adolescencia, su mundo paralelo e irresponsable, su matrix; persistan en su agenda de moldeamiento social intentando llevarlos a donde no quieren ir, obsesionados en lo que a nadie más preocupa, procurando todos tener una justicia afín, discutan del sexo de los ángeles y las ángelas, identidades e identidadas, miren más al pasado que al futuro, aunque a Franco ya no se le puede desenterrar otra vez, los paraísos prometidos cada vez se ven más lejos e improbables, sigan haciendo depender la gobernanza de España de las manos sucias de socios y apoyos que quisieran verla deshecha. Estamos en guerra, en la puta ruina y entrampados hasta los ojos, las redundantes instituciones que bullen de asesores y parientes viven en el lujo y el derroche, que a nosotros no nos falte de ná', para el resto la nevera vacía y la casa sin barrer.

 Manténganse enfangados en sus guerras partidistas, paralizantes, destructivas, centradas en la propia supervivencia. Continúen polarizando, disolviendo, fragmentando, enredando y enfrentando, sigan comprando y vendiendo derechos, privilegios y desigualdades a cambio de apoyos, pagando con lo que es de todos, no suyo. No dejen de pensar que para ministro o cargo público cualquiera sirve, que basta con que sea de una peña necesaria para la investidura, que luego Dios dirá, o nómbrese al tonto del pueblo por cubrir un cupo o atender un acuerdo... Y luego extráñense. La culpa es de la gente, que es tonta. Pero, mientras tanto, háganselo ver.

 -o-o-o-o-o-

Leo ya en la prensa algunos primeros artículos, escritos con los pelos de punta, como asombrados de lo ya previsto, de los muchos análisis que habrá, mejores y peores, previsibles unos, otros más realistas, ninguno autocrítico. El anterior es el mío, con referencias a España, pero común a gran parte a muchos países occidentales, pues coincidimos en perdernos por las mismas rutas de la irrealidad, más atentos al envoltorio que al contenido del paquete. Al final, ganarán partidos caudillistas, que ya no hay de otros, simplemente sacando algo parecido a un programa rebuscando en los cubos de la basura de los demás, siempre rebosantes. Competencia entre excesos, pérdida de la centralidad, incapacidad para pactar unos mínimos con los más cercanos adversarios, por ser los que nos podrían sustituir, pero dispuestos a la rendición con armas y bagajes, capitulando con la entrega de lo que nunca se debería ceder ante los más extremos y electoralmente irrelevantes, convertidos en decisivos por caudillos con más ambición que principios. En el mundo, entre los que aún la conservan, la democracia para muchos se va convirtiendo en una pejiguera que, como sabemos, es cosa molesta y de poco provecho que acarrea muchos problemas y dificultades. No vamos bien, hermanos.

sábado, 26 de marzo de 2022

Epístola de san Cristóbal

Para mí un piquete en una huelga actual, aunque se le añada el inadecuado y falso adjetivo de informativo, es un acto de matonismo, pues simplemente se trata de imponer mediante la violencia aquello de lo que no se supo convencer con argumentos. Incluso a los que, por diversas circunstancias, no están en condiciones o disposición de seguirla. Me da lo mismo que ese chantaje de o haces lo que te digo o atente a las consecuencias, se haga en nombre de una reivindicación tenida por justa, pues está claro que no lo ven de igual forma los que solo a base de violencias y amenazas se ven forzados a someterse a lo que les imponen unos pocos. También me da lo mismo quién promueva o defienda esos abusos. Desde luego no es nadie que valore en nada la libertad, pues entiende que, como la opinión, la suya es la única defendible. Un dictadura pasajera y localizada, pero dictadura. Sea con banderas rojas, camisas pardas o metralletas de Chicago años 30. Algo mafioso, si hay violencia e intimidación. Déjame que te proteja contra ti mismo, que lo hago por tu bien. Frente a la capacidad y al derecho de dejar de trabajar y de cobrar, defendiendo lo que consideras que mereces, está la de otros colegas que lo ven de otra forma y que, si así lo consideran, tienen tanto derecho a que se les deje trabajar como a parar los que deciden no hacerlo. Ambas libertades son igualmente defendibles y la razón, de tenerla, en mi opinión, se pierde cuando se recurre a estos métodos intimidatorios que rozan, cuando no alcanzan, lo criminal.

Una huelga tradicional, un derecho irrenunciable, llevaba unos costes propios que echaban un pulso limpio a los ajenos. Yo no cobro, pero tú no ganarás con mi trabajo hasta que alcancemos un reparto más justo de los beneficios. De ese tira y afloja durante el que ambos perdían, se solía acabar con un mejor acuerdo que el anterior. Todo legítimo y razonable. A veces, patronos mafiosos alquilaban violencias para intimidar a los huelguistas. Y tampoco tienen cabida.

Reguladas en los países democráticos, suelen estar acompañadas del establecimiento de unos servicios mínimos, pues una huelga para mí legítima se hace contra quien te contrata, contra quien te paga, no contra la sociedad en su conjunto, intentando paralizar sectores especialmente sensibles, a ser posible todos. Y eso es harina de otro costal, para eso se necesita una huelga general, no sargento. Los que dicen ser defensores del interés común, de lo colectivo, si lo son de verdad, no pueden anteponer intereses sectoriales, corporativos, particulares o gremiales a los colectivos y generales, a menos que la huelga sea más política que laboral. Siempre hay inevitables molestias y perjuicios colaterales que se hacen sufrir a personas ajenas al conflicto de intereses que plantea una huelga. Se intenta evitar con estas regulaciones de mínimos que algunos, pocos o muchos, con razón o sin ella, tomen a la población como rehén. Llegamos así al chantaje, del peor, pues los más dañados son millones de ciudadanos que no tienen en sus manos la resolución del problema, capacidad de negociar ni posibilidad de dar o quitar razones.

Se cuenta con que hay molestias, pérdidas, trastornos y desarreglos que sufren multitud de actores que no tienen papel con frase en esa función. Pasa con las huelgas en los servicios públicos, trenes, controladores aéreos, educación, sanidad, transporte, y no se puede hacer una tortilla sin romper algún huevo. Pero todo tiene un límite. Hay sectores, a veces no muy numerosos, que pueden paralizar un país. Y se convierten en un arma política que todos, cada uno cuando le toca o le peta, intentan capitalizar.

Y ya sabemos, que cuando una cosa entra dentro del terreno de la política, un mundo religioso de buenos y malos, de santos y de herejes, de ellos y nosotros, ya se ha perdido toda posibilidad de razonar. Puede ocurrir, como ocurre hoy con la huelga de camioneros —y no digo que como ocurre siempre, aunque lo pienso—, que alguien pretenda sacar tajada electoral del problema, incluso que azuze el conflicto y confíe en que el malestar empuje a bastantes votantes hacia sus candidaturas. Sin duda ocurre esto, ahora y siempre. En un colectivo tan grande hay también intereses distintos, incluso enfrentados. Hay trabajadores del gremio que son obreros de una empresa. Hay muchos autónomos, hay empresarios de grandes flotas y hay plataformas que son las que captan los portes y los subcontratan a otras empresas menores o a transportistas autónomos. Y que abusan de su posición de dominio para imponer unos precios que recortan las ganancias de los trabajadores hasta límites de supervivencia.

Si unimos a todas esas circunstancias los desmesurados precios de los combustibles, llegamos a una situación en la que muchos de los que se pasan días y noches al volante, a miles de kilómetros de sus casas y sus familias, malviviendo y arriesgándose en las carreteras, cobran unos sueldos de miseria o, si son autónomos, trabajen a pérdidas. ¿Cómo no va ser legítimo y comprensible que en esas circunstancias se queden en su casa y dejen aparcado el camión? Lo que no lo es tanto es coger la navaja y rajar ruedas de los que han decidido trabajar, colapsar carreteras, salidas de polígonos industriales, puertos y fábricas. Eso es inadmisible. Granjas que ven agonizar a sus animales por falta de pienso, miles de litros de leche vertidos porque unos pocos no permiten que nadie vaya a recogerla, leche que va faltando en los supermercados cuando los almacenes están llenos, entre los problemas citados y el acaparamiento irracional de algunos mandrias. Fábricas que paran su actividad por falta de suministro de componentes, materias primas, envases, o por tener el almacén lleno sin posibilidad de hacer llegar sus productos a los consumidores. Si le sumamos que los costes de la electricidad y de las materias primas son prohibitivos, tenemos la tormenta perfecta. Podemos cargarnos la economía del país, que no anda para echar cohetes. Nunca hay razón parcial ni argumento que merezca tanto.

Eso nos lleva a buscar soluciones a muchas cosas a la vez. A los huelguistas, a las plataformas que gestionan y reparten los portes, al gobierno, a los partidos y a todo aquel que algo de cordura pueda aportar. El gobierno, lento hasta la desesperación, tarda once días en recibir a los portavoces de los más empecinados de los huelguistas. Por lo pronto, como primera providencia, nos cuenta que todos los camioneros son unos fascistas, empezando por los iniciales promotores y seguidores de la huelga, cuatro gatos. Ni es cierto ni ayuda nada decir tal disparate. Cuando ya se escuchaban demasiados maullidos, y no todos los maullantes podían ser unos fachas, tenemos que ir moderando el discurso que acabó encabronando al gremio entero, y con razón, y haciendo que, enfadados e insultados, se sumaran a la huelga muchos que no lo hicieron al principio. No digo que no se puede ser más torpe, porque todo es mejorable. Se ha hablado en España, y en todos sitios, hasta con terroristas y sediciosos, incluso se consideran aceptables animales de compañía. Ucrania acabará negociando con el Putin que hoy los masacra, de hecho ya lo está haciendo durante los bombardeos. Pero estos camioneros no son de recibo. Hasta ahí podíamos llegar. No están entre los representantes legítimos del gremio, donde sí están presentes precisamente los contratistas que han llevado a la ruina a la mayoría de los camioneros del país. Ahora se les recibe, casi dos semanas después, cuando ya nos estamos asomando al abismo. Las concesiones anunciadas y prometidas, que se pudieron y debieron hacer mucho antes, esperemos que satisfagan lo suficiente al gremio y calmen a gran parte de él, para que esto acabe antes de que el quebranto sea más trágico. Seguramente, como decía, ya habría terminado hace muchos días si no se hubiera criminalizado e insultado a gran parte de los camioneros, que malas son siempre las generalizaciones y peores las etiquetas.

Quién te ha visto y quién te ve. Con los papeles cambiados, unos y otros. Hace poco se despenalizaron los piquetes, pensando que nunca se habrían de utilizar contra los que así legislaban. Hoy se les vuelve en contra y ya no es lo mismo. Si echamos mano de hemereoteca, nos hinchamos de ver plumeros. Vemos a la izquierda en pleno, obispos y feligreses, descalificando a los huelguistas, cuestionando la legitimidad de la huelga, haciéndose cruces de los excesos y violencias, así como de las consecuencias de esta movilización que no fueron capaces de prever, de encauzar, ni de parar a tiempo, por ser cosa de fachas, no de trabajadores. Porque un trabajador como Dios manda y la Iglesia nos enseña debe ser de izquierdas. Y si no nos da la razón y se nos pone en contra, ni es de izquierdas e incluso cabe dudar de que sea un trabajador. Y, por el contrario, con asombro vemos a la derecha, paradójicamente, como defensores hoy del sagrado derecho a la huelga, incluso a la más extrema justificando a los piquetes y a los más encastillados y dudosos promotores del conflicto que, recibidos y atendidas muchas de sus reivindicciones, deciden seguir paralizando el país, salte o raje.

Llegados a este punto, a mi escaso juicio, no cabe otra cosa que pensar que aquí los más cargados de razón son gran parte de los camioneros, y me refiero a los que no tienen más partido que su familia y su camión, sin llegar a ser tan ingenuos como para pensar que entre ellos, y se ve claramente quiénes son, hay agitadores sorprendidos de la audiencia conseguida y que se ven en la política, si es que no están ya en ella. Tras las últimas negociaciones y medidas, la huelga debería haber acabado ya. Un gobierno se debe ganar con argumentos y en las urnas, no en las calles, que tan bien arden. Hay que deslindar, no decir gilipolleces y pensar que en otras circunstancias casi todos hubieran dicho y defendido exactamente lo contrario de lo que hoy dicen y defienden. Da vergüenza ajena leer y escuchar algunas de las cosas que se dicen y escriben, en las tribunas, en la prensa y en las redes sociales. Y se avergonzarán, y se arrepentirán, y negarán haber dicho lo dicho, cuando cambiados los papeles de la tragedia, tengan que, una vez más, justificar lo que hoy condenan. Y viceversa.

 

lunes, 21 de febrero de 2022

El retablo de Maese Pablo

—¡No puedo!, ¡No puedo! Exclamó airado Pablo mientras daba un fuerte puñetazo en la mesa. Alrededor, con caras apesadumbradas, su mano derecha, su mano izquierda y una pequeña corte de acólitos y asesores, entre ellos algunas de las mentes más brillantes de la política española, asentían con gravedad.

—Ya lo sabéis. Todo el mundo me conoce y sabe que yo no puedo con la corrupción; por pequeña que sea. Fue la excusa que dio pie a esa moción de censura que nos quitó el gobierno. Para dar aliento y mando en plaza a la pandilla de delincuentes que apoyan al gobierno de este trepa sin palabra ni vergüenza. La limpieza que emprendí en el partido apartó de cualquier puesto visible a todo resto de esa vieja guardia que, perpetrando o consintiendo corruptelas, llevó al partido al descrédito y a la ruina. No dejé, como sabéis, ni uno. España y el partido están por encima de cualquier otro interés o ambición personal. No podemos perdernos en estrategias, riñas de familia y eternizar este desangramiento del pulso con la Ayusa, cosa que me reprochan, como si hubiera otro remedio, si queremos mantener prístina e inmaculada nuestra marca. Toma aire y brama: ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Hay que darle la puntilla! Que si barrió en Madrid, que si tiene carisma, que si ella tiene más huevos que yo y que ella sí que puede con VOX, que si, cuando Iglesias dejó la vicepresidencia del gobierno y dijo ¡dejadme solo! retándola a un duelo singular, hizo tal ridículo que se tuvo que retirar del negocio, que si patatín que si patatán. ¡Engreída! Otro puñetazo en la mesa, que empieza a agrietarse. ¡Soberbia! Otro puñetazo. ¡Ingrata! Sale despedido el reloj, que se estampa en la cabeza a Egea, contento de que no le haya alcanzado ningún órgano vital ¡Corrupta! Eso es lo que es: una corrupta. Y por ahí sí que no paso. Nos cueste lo que nos cueste.

—¿Te refieres, jefe, con eso de la limpieza y la depuración a nuestros mentores y maestros de toda esta camada criada las Nuevas Generaciones? —dice uno. Siguen todos en nómina.

—¿Y Pío?, —incide otro. ¿Y Arenas, y Hernando? O Esperanza, Rajoy, y doscientos más. Llevan aquí desde que tomaron la primera comunión. Como nosotros.

Casado da otro puñetazo sobre la mesa y se levanta, tirando la silla. —¡Pero ostias!, ¿estáis aquí para ayudar o para joder aún más la marrana? ¡Que parecéis gilipollas! Lo cierto, como decía, es que no podemos consentir ningún caso más de corrupción, ni pequeño ni grande. Ni siquiera la duda o la sospecha. Aunque le afecte a la hijaputa esta. Más lo siento yo; es tristísimo tener que decir a la prensa, con el corazón partido, lo que no hemos tenido más remedio que explicar. La he criado en mis pechos, la propuse yo para ese cargazo y así me paga, moviéndome la silla. Pero ya lo dijo Bono, que de esto sabe: Bolsillos de cristal. Tenemos que tener, tienen que tener, los bolsillos de cristal. La mujer del césar…

—Es que —le interrumpe otro, hablando flojito— si este mont…, digo este caso de corrupción, tan gravísimo como excepcional en la casa, se lleva por delante a la Ayuso, detrás va el partido. Vamos todos a la puta calle. Yo no sé a qué os dedicabais vosotros antes; yo, la verdad, tengo crudo lo de incorporarme a la vida laboral, a mis años. Y del apartamento y el Audi aún me faltan años que pagar.

—Intereses espúreos. Los asuntos personales en el bar. Aquí se habla de principios. Lo primero es el poder… (se rasca tras la oreja) …ir por calle con la cabeza bien alta, —termina la frase mientras se mira las uñas. Todos amamos al partido, compañero, pero (elevando la barbilla) ¿Desde cuándo un político español pone por delante los intereses del partido a la verdad, a la honradez, a España, en definitiva? ¡Que le den por el culo al partido si lo que está en juego es la conciencia! ¡Zaaas! (Después de este puñetazo, la mesa empieza a resquebrajarse). ¡Me la cargo, por estas que me la cargo! ¡Salte o raje! El más tonto, puesto muy reñido en la sala, mira la mesa creyendo que a ella se refiere.

—Yo no veo esto claro —dice uno mientras se atusa una ceja—. Estas facturas y esos datos de Hacienda, que vosotros sabréis cómo habéis conseguido, quién las buscó y porqué... No sé, no sé. Lo único que pillo es para qué. Porque, lo del detective no acabó de cuajar, ¿verdad, Egea? ¿Quién coño os facilitó esos datos confidenciales? Egea le responde escupiéndole un hueso de aceituna que le acierta en todo el ojo. 

—¡Recoge el hueso, coño, que se va a escurrir alguien —ordena Casado. Joder, Teodoro, no ganamos para esguinces con tus putos huesos de oliva.

—Pablo, —le susurrra conciliador Egea a Casado arrimado al cartílago auditivo—, estamos rodeados de gilipollas. No dan una a derechas. Si salimos de esta con bien, hay que cambiar de equipo. Te dije que no había que elegirlos muy listos, pero nos hemos pasado.

—¿Habéis escuchado a Feijoo pedir cabezas. Y las más gordas, además, —pregunta Almeida, asomándose por la puerta que entreabre mientras pasaba por allí. A mí ya me estáis quitando de portavoz porque ya no sé qué decir y me da la risa. Me vais a arruinar la carrera, bandarras. Y cierra de un portazo.

—Mala cosa, jefe. Ya empiezan a huir las ratas.

—Pues espera a mañana, cuando vengan los barones a poner orden. Llevan todo el día afilando las navajas. Veremos. Como Feijoo se haya hartado de lluvia, nuestras horas son llegadas.

-o-o-o-o-

En la política pocas cosas son lo que parecen ser, aunque en esta ocasión la irresponsabilidad nos haya mostrado en directo, sin intermediarios, lo que han querido que veamos, jugando a la ruleta rusa. Algunos miran comiendo palomitas, pensando que Dios los ha venido a ver tras varias elecciones empeorando los resultados. Ni se habla de eso, ni de la pandemia, ni de la guerra, ni de los EREs, la independencia ya se olvidó, los socios languidecen esperando que la muerte sea dulce… Otros pensando que lo mejor es callar, que ya les van haciendo la campaña estos mandrias. Ya recogerán los despojos. Y otros pensando cómo sacar tajada de estos espectáculos, aunque ya no haya en sus partidos quien salga a cosechar.

—Adelanta elecciones generales, Pedro, ahora que están distraídos dándose ostias. Ponemos de lema “PSOE, 143 años de honradez”, y barremos.

—Calla, gilipollas. ¿Tú no eres de Sevilla, alma de cántaro? Ponle una vela a san Judas para que dejen a estos inútiles al mando. Como se anime Feijoo o la Ayuso con Cayetana, acabamos la mitad en el paro. No te digo si resucitan a Aznar, que tendríamos que llamar a González. Y si no vienen los socorros y estos panolis desaparecen, pintan bastos porque ya nos hemos encargado de engordar un enemigo peor. Reza, hermano, reza, porque a veces los dioses, para castigarnos, atienden nuestras plegarias.


miércoles, 24 de noviembre de 2021

Epístola del babuino

No solo no tienen ideas propias, sino que tampoco han entendido las ajenas, lo que aún es peor. Y las ideas son importantes, porque tienen consecuencias, lo que haría necesario que quienes gobiernan supieran de dónde provienen las que manejan, casi siempre como caricaturas, lecciones mal digeridas de conceptos no del todo comprendidos. Si las ideas que les inspiran son antiguas, cosa frecuente, al menos deberían valorar las consecuencias que tuvo su aplicación cuando eran nuevas. Analizar si las circunstancias en las que nacieron siguen teniendo algún parecido con las actuales. Como no lo tienen, deberían considerar si, para las que fueron causa y justificación de crímenes, dictaduras, hambrunas y guerras, hay algo en el presente que pudiera indicar que hoy serían más apropiadas y mejores, menos peligrosas de lo que en su momento resultaron ser. Todo indica que no.

Muchos filósofos fracasaron por su soberbia, por su afán de totalidad. Tras alumbrar una idea nueva y brillante, una teoría útil para explicar algo de mejor forma que hasta entonces se había conseguido, intentaron expandir el rango de aplicación de esa idea, tal vez acertada para interpretar ese algo concreto, haciéndola fracasar al pretender hacerla clave de bóveda de una explicación universal, válida para todo hecho, momento y situación. Por eso de que quien sólo tiene un martillo por todos sitios ve clavos que remachar. El lecho de Procusto, el afán de encajar en nuestro diseño maravilloso la realidad a martillazos. Ver que la realidad es un estorbo para muchos ya debería ser suficiente para no dejar nuestras vidas en sus manos.

Si ese afán de someterse a una teoría de amplio espectro, convertida en dogma y guion incuestionable, es trampa en la que caen pensadores a los que se les supone inteligencia, sabiduría, rigor y honradez intelectual, que ya es suponer, ¡qué cabe esperar de los que nunca han tenido un trato demasiado honrado con las ideas, siempre ajenas, siempre mal conocidas, sombras que luces lejanas proyectan en las paredes de su caverna? Sobre todo, porque la realidad queda fuera del alcance de sus propias luces, a menudo escasas. No es raro que esas ideas, razones y argumentos sean sobrevenidos, elegidos a posteriori porque pudieran ayudar a justificar y dar una base teórica que hiciera de armazón a sus planes e intereses, no menos que a sus frustraciones, rencores y manías, que eran previos. Sólo cabe pensar que Dios nos pille confesados cuando los escuchamos hablar de Historia, de memoria, de economía y, sobre todo, del ser humano, elemento de cierta importancia para que las grandes ideologías lleguen a ser algo más que utopías, pesadillas o simples disparates. Muchos de los que pusieron las bases de esas ideologías se revolverán en sus tumbas al ver en manos de qué cabezos, de qué babuinos ha quedado la aplicación del producto de sus esfuerzos y desvelos, ideas filtradas las más de las veces por la inercia del interés, la maldad, la ignorancia o el dogmatismo, actuando juntos o separados. No es raro que algunos malos discípulos, en cuyas manos está la Humanidad, terminen jugando a ser dioses, diseñando su particular gólem, un ser carente de alma, siempre más dependiente y sometido que los mortales de serie.

Lo anterior puede dar a entender que el que esto escribe considera que las ideas son algo importante para muchos de los que, acogidos a sagrado en la política, viven de ellas. No soy tan candoroso. Primero, porque resulta una exageración llamar ideas a ciertos vaporosos lemas que repiten a coro como una letanía. Segundo, porque igualmente podrían defender otras, diferentes o contrarias, pues les vemos cambiar de principios y adaptarse con tal rapidez a las conveniencias del momento que cuesta pensar que sus supuestas creencias sean algo más que remiendos ideológicos, ideas-veleta sometidas a los vientos favorables de las correcciones cambiantes y a sus propias ocurrencias, simple morralla ideológica para salir del paso. De hecho, sus posturas, que intentan hacer pasar por convicciones, suelen ser fruto de negociación, de chalaneo, una y otra vez corregidas sin que las urnas les penalicen excesivamente. Es más; lo harán una y otra vez. Tal es el disparate actual en que han degenerado algunos temas que, inevitablemente, la realidad y el hartazgo del personal los llevará a ir cambiando de discurso, corrigiendo, cuando no olvidando, lo que hoy con tanto fervor como intransigencia defienden. Y no hablo de la normal evolución que el tiempo, el estudio o la experiencia debe provocar en creencias y valoraciones, algo deseable. Se trata de que, entregadas sus almas a los oráculos de encuestas y estudios de opinión, van adaptando sus propuestas a las circunstancias y vaivenes del mercado, como el que reconvierte su industria y pasa de fabricar jaulas de grillo a misiles tierra-aire, que el caso es vender bien la mercancía, sea la que sea. Nadie resiste un repaso a las hemerotecas, que levantan acta de que en cada momento se dijo, se dice y se dirá lo que convenga, lo que nos lleva a concluir que, en realidad, creer, no creen en nada. Al pasar de los años (cuando no los meses) hemos visto partidos que del marxismo han pasado a la socialdemocracia, otros de socialdemócratas han devenido en liberales, para ir plegando velas ya demasiado tarde, según nos cuentan mientras van desapareciendo. Como otros que no saben si presumir de socialdemócratas o de comunistas, según días y foros. Como las palabras son tan baratas, más conviene husmear en sus amistades, referentes, cuáles son sus dictaduras favoritas, ver si han quitado o no el cartel de Lenin o de Franco de la pared, ponen la vela a Dios o al diablo, en fin, esas cosas menores. Algunos llevan cincuenta años viajando hacia el centro, como otros lo hacen en el tiempo, intentando llegar a la época de Felipe II. Ellos verán, aunque mientras lo acaban de ver o no, son tropa que tenemos a sueldo para llevarnos al desastre y al enfrentamiento mientras se ríen de nosotros.

A veces se ponen campanudos y nos hablan de los vientos de la Historia, de que el pueblo ha manifestado con tanta claridad como entusiasmo su deseo de apuntillar el bipartidismo, y bla,bla,bla. Lo cierto es que la actual exuberancia partidaria, producto más de desavenencias personales o territoriales que de diferencias doctrinarias de bulto, obliga a hilvanar gobiernos a base de sumar minorías precarias y abusadoras, sostenidos dando a sectas marginales, grupos políticos regionales o locales, que son electoralmente casi irrelevantes, poder de veto, viéndose obligados (y obligándonos a los ciudadanos) a tragar con sus condiciones, algunas de ellas inasumibles si la igualdad siguiera siendo un valor merecedor de defensa. Menos lobos. Los resultados electorales lo que muestran es rechazo y desencanto y lo que producen es una fragmentación que provoca una indeseable aunque legítima ingobernabilidad, todos estirazando para sacar la mayor tajada posible de un desdeñado bien común, concepto olvidado que hasta llega a ofender a no pocos.

Como no puede ser de otra manera, cada uno vota a quien quisiera ver gobernando, nunca desea ver desfigurado hasta el esperpento, por alianzas y contubernios, el programa por el que optó. No deja de ser un fraude, legítimo sí, legal también, pero que, a veces, roza la indecencia. Si acaso, tragándose su soberbia, deberían formar coalición aquellos partidos que hayan recabado la mayoría de los apoyos, número que no se alcanza muy lejos de la centralidad. En realidad uniría fuerzas y sectores menos distantes e insolubles que los que estamos viendo mezclados, que solo la agitación constante mantiene emulsionados, pero que nunca llegarán a ser miscibles. Y se nota. Y se padece. Democráticamente sería irreprochable, más fuerte y coherente y, desde luego, encogería a ciertos partidos minoritarios al peso que verdaderamente alcanzaron en las urnas, bien escaso, nunca determinante ni capaz, como ocurre, de arrancar concesiones claramente abusivas y discriminatorias entre territorios y ciudadanos. Hablando de ciudadanos, ¡Maldito Rivera y maldito Sánchez! que pudieron conformar un gobierno con mayoría absoluta que tantos disparates e inquietudes nos hubiera evitado. No son los vientos de la Historia los que nos han traído hasta aquí, ni siquiera en último término los deseos del electorado, sino las ambiciones, las fobias y los delirios fulanistas de los líderes que tenemos la desgracia de soportar. Amparados y ensalzados por sus cortes, curias, camarillas y parroquias, en exceso acríticas y enfervorecidas, se dedican a enfrentarse a adversarios personales externos e internos, más que a los problemas del país, que pasan a un segundo término, si no son directamente desatendidos. En los peores momentos, frente a los mayores retos, tenemos la peor clase política que nuestra democracia ha conocido, con algunos elementos cercanos al encefalograma plano. Y, en política, a todos los tontos les da por lo mismo.

Si fuésemos más inteligentes y agudos, los votantes no nos dejaríamos arrastrar por las funciones de tales luchadores de catch; miraríamos solo con deportivo interés sus peleas amañadas en la arena del parlamento o en las tertulias y debates, una lucha a menudo simulada, apuñalándose luego a base de tuits afilados, que ni matan ni engordan. Solo son reales sus pelarzas cuando dirimen sus puestos, su cupo de poder, espoleados por sus egos y sus ambiciones más que por otros afanes más nobles. Luego, ya del brazo, al bar a tomar unas copas, de alboroque una vez alcanzado un acuerdo, un nuevo equilibrio precario que les asegure el cargo un tiempo más. La cuenta siempre la pagan los mismos. Si estuviéramos más atentos en la puesta en escena de sus números, si prestáramos más atención a sus manos y menos a la verborrea con que nos engatusan y distraen, quedarían al descubierto los trucos de sus magias, a veces de simples trileros, y dejaríamos de polemizar defendiendo a quien no lo merece, que viene a ser a ninguno. Cesaríamos de reñir entre nosotros, azuzados por estos capitanes Araña y sus estrategias, y les haríamos saber que si siguen por estos derroteros los va a votar su señora madre, una santa, a pesar de su prole poco canonizable. Visto lo visto, que esto va de chantajes, proliferarán los partidúnculos locales, tal vez la única forma de que algunos territorios dejen de ser chuleados por los más determinantes electoralmente. Echaremos de menos el bipartidismo, pues más vale una mayoría absoluta de uno de los dos partidos principales, cosa que, al menos, nos garantizaría que nos gobierna una sola parcialidad, una sola locura, tal vez no maravillosa, pero coherente.

¿Estamos en manos de los mejores? Indudablemente no. Ni siquiera por gente dentro del rango de lo pasable, de lo admisible, que llamarles mediocres es hacerles favor. Y no me refiero solo a España y a hoy, que lo descrito es mal intemporal y ubicuo, siempre in crescendo. Es cierto que el desprestigio de la política, noble actividad hoy convertida en territorio en el que triunfan chamanes, vividores, aspirantes a dictadores, dogmáticos y algún que otro ladrón, cada día espanta y chocea de esa industria a los más decentes y capaces. Hay algunos abandonos que se agradecen: unos impulsados por la justicia que los pilló con el carrito de los helados, otros por batacazo electoral que les priva de su único valor: le votaban muchos, aunque era un orate. Y los más, expulsados por sus propios compañeros de partido, principal enemigo del político, que más hostilidad encuentra en el gremio quien más noble y competente es, salvo raras excepciones que no conozco.

Escribiendo estos desahogos, por asociación de ideas, he recordado una noticia curiosa que leí hace tiempo. La he buscado y, efectivamente, refleja la actual situación de la gobernanza en muchos lugares, mientras los ciudadanos más incautos viajan confiados en la capacidad y pericia de nuestros líderes, al menos en que hay alguien al frente vigilando la ruta. Mejor no pensar en ello. La reproduzco aquí, según nos la cuenta Javier Sanz:

«Jack era la mascota y asistente del guardagujas con amputación de dos piernas James Wide, que trabajaba para el servicio de trenes de Ciudad del Cabo-Port Elizabeth. James "Jumper" Wide era conocido por saltar entre vagones hasta un accidente en el que se cayó y perdió ambas piernas. Para ayudarlo en el desempeño de sus funciones, Wide compró el babuino llamado Jack en 1881 y lo entrenó para empujar su silla de ruedas y operar las señales de ferrocarril bajo supervisión.

Se inició una investigación oficial después de que un miembro preocupado del público informara que se observó a un babuino cambiando las señales de ferrocarril en Uitenhage, cerca de Port Elizabeth.

Después del escepticismo inicial, la empresa de ferrocarriles decidió contratar oficialmente a Jack una vez que se verificó su competencia en el trabajo.

Al babuino se le pagaban veinte centavos al día y media botella de cerveza a la semana. Se informa de que en sus nueve años de empleo en la compañía ferroviaria, Jack nunca cometió un solo error.

Después de nueve años de servicio, Jack murió de tuberculosis en 1890. El cráneo de Jack está en la colección del Museo Albany en Grahamstown.»