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domingo, 28 de abril de 2024

Epístola sanchezca

No es un estadista. Para serlo hay que tener al menos algunas ideas claras, estables y consistentes acerca del Estado, que no puede ser el mero ámbito o instrumento de una ambición, incluso parcelable si fuera menester. Y, de tenerlas, no cabría en un estadista el adaptarlas para aliarse con los enemigos del propio Estado (que hasta que necesitó sus votos también eran los suyos), en aras de defenderse a sí mismo, no diremos su proyecto, porque nunca duró tal cosa más de unos meses o semanas, hasta el siguiente dondedijedigo. No podemos llamar proyecto a un recorrido caracoleante, contradictorio y voluble, compendio de cesiones y pagos, mera adaptación permanente y arbitraria de las ideas pregonadas y los planes prometidos al albur de la necesidad del momento o de imposiciones de sus socios y apoyos. Le da lo mismo adónde llegar, con quién ni contra quién, con tal de llegar él al frente.

Las circunstancias le han sido adversas, es cierto, aunque siempre lo son para todos. Una pandemia, un volcán, incendios, guerras y la herencia de los desmanes y desafueros de dirigentes levantiscos, desleales y pajareros que ha intentado desactivar temporalmente por el curioso sistema de darles la razón, rehabilitarlos y perdonar sus delitos, hacerlos socios o apoyarse en ellos, proporcionándoles de forma irresponsable un escalón más alto desde donde empezar por enésima vez su proyecto —este sí inmutable— de rotura del país. Llega a ir de la mano de extremistas de izquierda y de derecha, siempre que esta última sea separatista, la única buena, para hacer imposible una alternancia que diera paso, si así lo decidieran las urnas, a una derecha nacional que falsamente engloba sin distingos en lo que llama fachosfera, es decir, media España, los malos, donde no puede haber buena gente, como sólo ellos pueden ser. Un supuesto peligro frente al que hay que construir un muro, pues pensar que llegara a gobernar no sería malo, sino inimaginable, inadmisible. Curiosa forma de evitar la polarización, respetar al que piensa distinto y aplacar los ánimos, más viniendo de quien acusa al adversario de considerar suyo el poder e ilegítimo el contrario.

Si no se hubieran dado esas circunstancias anómalas él hubiera creado o escenificado otras también excepcionales, pues gobierna a base de golpes de efecto y prefiere andar al borde del abismo en su afán por pasar a la Historia. Es y se sabe incapaz de brillar en la normalidad, en la mera gestión de los problemas reales del día a día, a menudo desatendidos, más ocupado en otros, a veces irreales, pero de más prestancia y rentabilidad electoral a corto plazo, el único que tiene en mente y maneja. Sólo en el fragor de la batalla se podría ejercer de general y de estratega, en la paz y en la calma su grandeza se diluye, porque no existe, y él no puede rebajarse a gestionar la normalidad. Necesita un escenario de tensión, de enfrentamiento, cuanto más disparatado mejor —ya lo dejó dicho Zapatero, su mentor, maestro y más conspicuo defensor—, pues sólo en él tienen cabida sus efectos de magia, sus trucos, cabriolas y contradicciones. Y en el fondo sólo queda su ambición, su narcisismo endiosado, que procura rodearse de una tropa mediocre, sumisa y dependiente que le permita brillar por contraste. Para ello ha desmantelado el partido, se ha deshecho de toda contestación y alternativa, lastrando el futuro y malbaratando el pasado de una organización centenaria. Los más preclaros ejemplares de entre sus acólitos cercanos, su corte hoy pasmada, no desentonarían en Corea el Norte.

Tiene labia y fachada, ya que no ideas ni fondo. No se siente sujeto a ninguna ley o norma, tradición ni costumbre, promesa o compromiso y, como tantos otros, padece ese desarreglo que le lleva a ver y reprochar a los demás su propio comportamiento y actitud, creando en su imaginación enemigos a su medida, que luego presenta como de todos. Una enfermedad que ha contagiado a los suyos y a una parte de la sociedad. Desactiva a sus peores competidores haciéndose igual que ellos; combate las ideas contrarias haciéndolas suyas y cree superar los problemas diciendo que ya no lo son, convertidos en oportunidades y vías de escape, viendo deseable hoy lo que decía combatir ayer, demostrando que nunca ha creído en nada aparte de en la providencialidad de su persona. Es más un Napoleón que un Churchil, un aventurero que un estadista, un chamán que un médico, un populista que un demócrata, un caudillo que un presidente.

Forma parte de una de las peores cosechas de políticos que España ha tenido que soportar a lo largo de la Historia, que no es poco decir. Si enfrente hubiera habido una oposición inteligente y sólida, hace tiempo que tendría que haber dejado el oficio, pues poco habría que exagerar, y menos mentir, para desnudar y ganar en las urnas al personaje, a su tropa y a unos aliados tan poco de fiar.

A estas horas andará en palacio leyendo los auspicios en los posos del café, en el vuelo de los pájaros o en las vísceras de una cabra que se habrá hecho sacrificar. Hoy, día de san Prudencio de Tarazona, no parece que haya, en principio, malos augurios. Veremos mañana, día de san Pedro Mártir. Al menos su meditada decisión acabará con el martirio al que ha sometido a sus cercanos y feligreses, inquietos por saber si tendrán que adorar a este santo o a otro, en el caso de que conserven la peana. En todo caso, entre el amor y el dinero, lo segundo es lo primero.

Sólo él sabe en realidad de que va esto. Por supuesto no de la apertura de diligencias contra su esposa, cosa a la que nadie había dado suficiente recorrido ni entidad hasta que se les cuenta que el señor presidente las ve de gravedad suficiente como para plantearse si le merece la pena seguir en el cargo. Muchos han pasado ya por esto y por cosas peores. Hace pocos días su vicepresidenta disfrutaba desde la impunidad del banco azul acusando a Feijoo de haber dado una subvención a su mujer, a lo que Sánchez añadió que aún había más, que ya nos irían contando. No diremos que era un bulo, pues era un error en una noticia de prensa, la que a su impulso busca por allí, igual que hay otra, esta perversa y pagada por los fachas, que busca por allá. Pero no es lo mismo. ¡Cómo va a ser lo mismo, coño, que van por nosotros! ¡Meterse con la familia, nada menos que con la familia! —solloza Zapatero con el tonillo o soniquete que usa para mentir—. Precisamente los que defienden a la familia, algo que debería ser intocable, privado, una línea roja —añade. Claro está que me refiero a las nuestras, que los demás no tienen familia, honor ni corazoncito. ¡Hasta le han hecho llorar a Almodóvar, pobrecico mío! También dice que cada uno haga lo que pueda, poco o mucho, de una forma o de otra, lo que pueda. Lo mismo que dijo Aznar, aunque tampoco sea lo mismo.

Lo peor no es eso. Lo peor que que, desde salir a manifestarse hasta hacer lo que puedan, son cosas que se les pide a militantes, simpatizantes y público en general, para defender, nada más y nada menos, que a la democracia. No a Sánchez, ni al Psoe, ni al gobierno de coalición. No, a la democracia, que viene a ser lo mismo. No diremos que es una confusión, sino un disparate revelador de qué es la democracia para estos señores. La democracia son ellos, fuera de su parroquia no cabe buscarla. Llamarlo desvergüenza y despropósito es todo un ejercicio de contención.

La prensa canallesca viene publicando algunas informaciones que, al menos, merecerían haber recibido una explicación, que no se ha producido. Como en otros casos, más se reprocha la imprudencia, la falta de ética y de estética y lo dudoso de ciertos comportamientos por parte de quien está cercano al poder. Nadie habla de enriquecimiento personal ni le acusa, por ahora, de que esas cartas, recomendaciones y mediaciones con empresas, siempre cercanas a un tal Koldo, supongan un tráfico de influencias punible por la ley. Nos tranquiliza el señor presidente al decirnos a cara de perro que él, a pesar de todo, confía en la justicia. Nosotros también. De forma que todos tranquilos al respecto, menos los jueces que tengan que aplicarla en según qué casos.

Unas denuncias, para más inri, fundamentadas en recortes de noticias publicadas en la prensa. ¡Fíjate tú! Encima, de la prensa canallesca, la de la ultraderecha, como El Confidencial y The Objective. Seguramente olvidan que el Watergate también empezó por un "recorte de prensa". Como el caso Gal y el Gürtel y tantos otros. Para eso, entre otras cosas, está la prensa, para fiscalizar, cosa que con estas escenificaciones y veladas amenazas se quiere evitar por lo civil o por lo criminal, sobre todo en opinión de sus socios. La verdad o la mentira no dependen de la cercanía del medio que informa, al menos no siempre. El juez va llamando a los periodistas que firmaron esas informaciones, no bulos como repiten a coro, para que se reafirmen en ellas, cosa fácil porque, salvo una errónea, ya desmentida por el propio periódico que publicó la réplica de la afectada, las reuniones, contactos e intermediaciones, cartas firmadas recomendando a empresas luego generosa y merecidamente subvencionadas, son cosa cierta y probada. Lo que no lleva a pensar que sean delictivas, cosa que en otras familias, parejas, hermanos y parientes por parte de madre, se ha dado por supuesto. Quien a hierro mata a hierro muere, parece ser que han pensado en plan preventivo y, como primera providencia, antes de dar explicaciones, que parecen sencillas, se opta por esta astracanada, esta performance, este drama colectivo de un país en espera de los humores del señor presidente, que duda si le merece la pena seguir en el cargo ante tanta ingratitud. Muchos, por no ser menos, nos preguntamos si nos merece la pena tener de presidente a alguien así de imprevisible y adolescente.

Aunque la carta, más que al país o a la espantada militancia, está dedicada a los jueces, a la prensa y a una camarilla que, a su juicio, no ha puesto la suficiente carne en el asador para defender a su señora. Aunque también la ha recibido la prensa internacional. Al final, dada la irrelevancia de los motivos alegados, es universal la creencia de que tras el humo de estos fuegos fatuos, lo principal no se nos ha contado ni se nos contará. Y la imaginación es libre. 

Esta espantada inédita e improcedente le deja pocas salidas y ninguna airosa. O decir que todo ha sido un aberrunto pasajero, o pedir la confianza de la cámara, cosa con la que hasta ahora contaba, o dimitir. Sabe que decida lo que decida, sus fieles dirán que los oráculos han acertado, que eso es justo lo que había que hacer, por estas y aquellas razones, aunque elija la puerta que elija, él saldrá de esta situación esperpéntica peor que cuando nos metió en ella. También podría anunciar la convocatoria de elecciones cuando sea posible, es decir, en junio, pasados los comicios ya convocados y un año de su investidura. Él siempre ha confiado en los conejos que saca de la chistera, pero si ha llegado a pensar que esta escenificación obscena de sentimentalismo y fingida victimización le iba a reportar alguna clase de salida o beneficio, tal vez haya errado el tiro, que el problema de los magos y prestidigitadores es que, tras muchas funciones repetidas, se les conocen los trucos.

Mañana, antes y después de los redobles de tambor y tras una noche de insomnio de no pocos, a la hora imprevista, las fábricas y los talleres seguirán funcionando, las bibliotecas prestando libros, los trenes y camiones seguirán sus rutas de costumbre, los agricultores andarán en su labor, los sastres con sus paños y patrones, los repartidores en sus repartos, los artistas en sus artes, los alumnos en sus aulas y cada cual en lo suyo. A la vez, en otro mundo, rodeado de periodistas y parroquianos, observado por creyentes y gentiles, atentos los frikis de la política, algunos desocupados y bastantes jubilados, el señor presidente del gobierno de todas las Españas, la autoridad competente, cuando tenga a bien comparecer, nos dirá lo que va a ser. Y en el país, cada uno seguirá en su faena, salvo los damnificados por su decisión, que se preguntarán qué hay ahora de lo mío.

lunes, 21 de febrero de 2022

El retablo de Maese Pablo

—¡No puedo!, ¡No puedo! Exclamó airado Pablo mientras daba un fuerte puñetazo en la mesa. Alrededor, con caras apesadumbradas, su mano derecha, su mano izquierda y una pequeña corte de acólitos y asesores, entre ellos algunas de las mentes más brillantes de la política española, asentían con gravedad.

—Ya lo sabéis. Todo el mundo me conoce y sabe que yo no puedo con la corrupción; por pequeña que sea. Fue la excusa que dio pie a esa moción de censura que nos quitó el gobierno. Para dar aliento y mando en plaza a la pandilla de delincuentes que apoyan al gobierno de este trepa sin palabra ni vergüenza. La limpieza que emprendí en el partido apartó de cualquier puesto visible a todo resto de esa vieja guardia que, perpetrando o consintiendo corruptelas, llevó al partido al descrédito y a la ruina. No dejé, como sabéis, ni uno. España y el partido están por encima de cualquier otro interés o ambición personal. No podemos perdernos en estrategias, riñas de familia y eternizar este desangramiento del pulso con la Ayusa, cosa que me reprochan, como si hubiera otro remedio, si queremos mantener prístina e inmaculada nuestra marca. Toma aire y brama: ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Hay que darle la puntilla! Que si barrió en Madrid, que si tiene carisma, que si ella tiene más huevos que yo y que ella sí que puede con VOX, que si, cuando Iglesias dejó la vicepresidencia del gobierno y dijo ¡dejadme solo! retándola a un duelo singular, hizo tal ridículo que se tuvo que retirar del negocio, que si patatín que si patatán. ¡Engreída! Otro puñetazo en la mesa, que empieza a agrietarse. ¡Soberbia! Otro puñetazo. ¡Ingrata! Sale despedido el reloj, que se estampa en la cabeza a Egea, contento de que no le haya alcanzado ningún órgano vital ¡Corrupta! Eso es lo que es: una corrupta. Y por ahí sí que no paso. Nos cueste lo que nos cueste.

—¿Te refieres, jefe, con eso de la limpieza y la depuración a nuestros mentores y maestros de toda esta camada criada las Nuevas Generaciones? —dice uno. Siguen todos en nómina.

—¿Y Pío?, —incide otro. ¿Y Arenas, y Hernando? O Esperanza, Rajoy, y doscientos más. Llevan aquí desde que tomaron la primera comunión. Como nosotros.

Casado da otro puñetazo sobre la mesa y se levanta, tirando la silla. —¡Pero ostias!, ¿estáis aquí para ayudar o para joder aún más la marrana? ¡Que parecéis gilipollas! Lo cierto, como decía, es que no podemos consentir ningún caso más de corrupción, ni pequeño ni grande. Ni siquiera la duda o la sospecha. Aunque le afecte a la hijaputa esta. Más lo siento yo; es tristísimo tener que decir a la prensa, con el corazón partido, lo que no hemos tenido más remedio que explicar. La he criado en mis pechos, la propuse yo para ese cargazo y así me paga, moviéndome la silla. Pero ya lo dijo Bono, que de esto sabe: Bolsillos de cristal. Tenemos que tener, tienen que tener, los bolsillos de cristal. La mujer del césar…

—Es que —le interrumpe otro, hablando flojito— si este mont…, digo este caso de corrupción, tan gravísimo como excepcional en la casa, se lleva por delante a la Ayuso, detrás va el partido. Vamos todos a la puta calle. Yo no sé a qué os dedicabais vosotros antes; yo, la verdad, tengo crudo lo de incorporarme a la vida laboral, a mis años. Y del apartamento y el Audi aún me faltan años que pagar.

—Intereses espúreos. Los asuntos personales en el bar. Aquí se habla de principios. Lo primero es el poder… (se rasca tras la oreja) …ir por calle con la cabeza bien alta, —termina la frase mientras se mira las uñas. Todos amamos al partido, compañero, pero (elevando la barbilla) ¿Desde cuándo un político español pone por delante los intereses del partido a la verdad, a la honradez, a España, en definitiva? ¡Que le den por el culo al partido si lo que está en juego es la conciencia! ¡Zaaas! (Después de este puñetazo, la mesa empieza a resquebrajarse). ¡Me la cargo, por estas que me la cargo! ¡Salte o raje! El más tonto, puesto muy reñido en la sala, mira la mesa creyendo que a ella se refiere.

—Yo no veo esto claro —dice uno mientras se atusa una ceja—. Estas facturas y esos datos de Hacienda, que vosotros sabréis cómo habéis conseguido, quién las buscó y porqué... No sé, no sé. Lo único que pillo es para qué. Porque, lo del detective no acabó de cuajar, ¿verdad, Egea? ¿Quién coño os facilitó esos datos confidenciales? Egea le responde escupiéndole un hueso de aceituna que le acierta en todo el ojo. 

—¡Recoge el hueso, coño, que se va a escurrir alguien —ordena Casado. Joder, Teodoro, no ganamos para esguinces con tus putos huesos de oliva.

—Pablo, —le susurrra conciliador Egea a Casado arrimado al cartílago auditivo—, estamos rodeados de gilipollas. No dan una a derechas. Si salimos de esta con bien, hay que cambiar de equipo. Te dije que no había que elegirlos muy listos, pero nos hemos pasado.

—¿Habéis escuchado a Feijoo pedir cabezas. Y las más gordas, además, —pregunta Almeida, asomándose por la puerta que entreabre mientras pasaba por allí. A mí ya me estáis quitando de portavoz porque ya no sé qué decir y me da la risa. Me vais a arruinar la carrera, bandarras. Y cierra de un portazo.

—Mala cosa, jefe. Ya empiezan a huir las ratas.

—Pues espera a mañana, cuando vengan los barones a poner orden. Llevan todo el día afilando las navajas. Veremos. Como Feijoo se haya hartado de lluvia, nuestras horas son llegadas.

-o-o-o-o-

En la política pocas cosas son lo que parecen ser, aunque en esta ocasión la irresponsabilidad nos haya mostrado en directo, sin intermediarios, lo que han querido que veamos, jugando a la ruleta rusa. Algunos miran comiendo palomitas, pensando que Dios los ha venido a ver tras varias elecciones empeorando los resultados. Ni se habla de eso, ni de la pandemia, ni de la guerra, ni de los EREs, la independencia ya se olvidó, los socios languidecen esperando que la muerte sea dulce… Otros pensando que lo mejor es callar, que ya les van haciendo la campaña estos mandrias. Ya recogerán los despojos. Y otros pensando cómo sacar tajada de estos espectáculos, aunque ya no haya en sus partidos quien salga a cosechar.

—Adelanta elecciones generales, Pedro, ahora que están distraídos dándose ostias. Ponemos de lema “PSOE, 143 años de honradez”, y barremos.

—Calla, gilipollas. ¿Tú no eres de Sevilla, alma de cántaro? Ponle una vela a san Judas para que dejen a estos inútiles al mando. Como se anime Feijoo o la Ayuso con Cayetana, acabamos la mitad en el paro. No te digo si resucitan a Aznar, que tendríamos que llamar a González. Y si no vienen los socorros y estos panolis desaparecen, pintan bastos porque ya nos hemos encargado de engordar un enemigo peor. Reza, hermano, reza, porque a veces los dioses, para castigarnos, atienden nuestras plegarias.


jueves, 2 de diciembre de 2021

Epístola harta


Aquí tomando el último café y esparciendo las prendas de mi amor (de uno de mis amores) sobre la mesa, a ver si se me ocurre algo después de leer que Serrat inicia su última gira, tal vez lo más serio que he leído hoy en las noticias. Me niego a seguir intentando razonar (menos argumentar y debatir) sobre locuras como que se ponen en riesgo los presupuestos porque una banda de orates pretende que NETFLIX (una empresa privada y foránea, cuyos directivos seguramente ni saben dónde está España) doble al catalán el 6% de su producción, mientras otra parte de la peña aporta a nuestro bienestar la cuestión de si juzgamos ya al general Mola. O mejor todavía a Franco, que no hago otra cosa que pensar en ti. Y no se me ocurre nada bueno. Podían pedir que Apple quite la ñ de los teclados del principado, ya puestos, y que se deroguen el Fuero Juzgo y las Partidas, que ya es hora. Declarar un abuso, pedir perdón a los Omeyas y revertir la Toma de Granada, o desdescubrir América, por ahora no se le ha ocurrido a casi nadie.
Cuando lean estos alucinamientos por ahí fuera, si es que ya queda en esos mundos algún desocupado que nos preste atención, se harán cruces, se pellizcarán para creerlo. ¡Qué país más maravilloso en el que hay quien entiende que esos y otros desvaríos por el estilo están entre sus principales problemas! Somos un país de interés turístico. Creemos que vienen a las playas, a los museos y a comer y beber, que también, pero principalmente acuden a hacernos fotos, a ver con asombro qué clase de personas habitan un país así. Perplejos de que aun con políticos tan inútiles como belicosos y sectarios siga existiendo, de que alumbren las farolas, salga agua de los grifos, se coma y se beba tan bien y se paguen las nóminas.
Cuando yo era joven se hablaba del milagro alemán. Nada que ver con nosotros; nuestro milagro es mayor, inmenso, inexplicable. Hemos sobrevivido a algunas de las peores gobernanzas de la Historia, sin salvar a un pueblo que ha optado en no pocas disyuntivas por la peor de las opciones, aunque llevamos unos lustros que vamos a dejar en mantillas a Fernando VII, a las guerras carlistas y a Nerón. Hay una oposición, (varias), a la penosa altura del gobierno (incluso dentro de él) y de sus apoyos, chulos y muletas, lo que convierte el panorama político en un esperpento, una función teatral, en la que se nos dice que se legisla tal o cual cosa, pero que no cunda el pánico, que es para no hacer ni puto caso de la norma, que queda solo como ornato del BOE y por poder decir algo para salvar cada uno la cara ante su peña, mientras la foto del acuerdo, sin que se la partan. Un sindiós.
En fin. Despliego mis Daniel Smith, mis brochas y mis papeles. Un refugio, un placer, una evasión. Pruebo, mezclo, anoto, hago alguna acuarela a ver si sale lo que espero, pongo a Bach y a Serrat de fondo, espero la hora del martini y luego a seguir con las obras completas de Rafael Barrett, mi última adquisición.
El teatro político, que no para, función continua de despropósitos en el Callejón del Gato, sigue lejos, colgao de las alturas. Luego los que se hacen cruces son ellos cuando el recuento. ¿Cómo votarán esto o lo otro? —se preguntan liderzuelos y guruses. Hacéoslo mirar, pero pronto, que la cosa no da más de sí. Ni de fa sostenido.




sábado, 23 de octubre de 2021

Epístola divorciatoria


    Sin duda, un acierto algunas de las medidas económicas del gobierno que han ayudado a mucha gente a bandear mal que bien la actual crisis económica, coincidente y en gran parte derivada de la pandemia. Hay ocasiones en las que no hay más remedio que entramparse, como hay otras en la que no es posible hacerlo suficientemente, como ocurrió en la anterior. A la hora de repartir los méritos son tan evidentes como esperados los estirazones dentro de la yunta gubernamental, donde coexisten a duras penas, a veces torciendo los surcos, dos contrayentes (al menos) de familias secularmente enfrentadas que hoy, ya cada una por su parte, quieren escriturar bondades y escabullirse de las culpas. Aparte de los tipos de interés de la prima de riesgo, la diferencia esencial respecto a la crisis anterior ha sido la postura (y el dinero) de Europa, muy distinta esta vez, casi humana, opuesta a la que entonces perpetró cuando se defendió cualquier cosa menos a los países y ciudadanos que más lo necesitaban. Algunos de entre ellos difícilmente levantarán cabeza.

    Ni Zapatero ni Rajoy creo que disfrutaran aplicando medidas tan duras como las que ambos se vieron obligados a imponer. Se trataba de, arruinados y rebasados por la situación, dar traslado a la imposición de los guardianes de la caja europea, que el que paga manda. El primero, después de calibrarla mal y cuando ya le resultaba imposible negar una crisis agravada por el tiempo perdido en sus intentos por taparla, que demasiado le costó tanto verla a tiempo como emprender medidas ya a destiempo. El segundo, a la hora y en la forma de administrar la quiebra que recibió. Todo se pudo hacer mejor, tanto por desentenderse uno del problema hasta que se tenía ya un pie en el barranco, como por echar el otro a lomos de los más débiles los costes de la crisis. Aún me acuerdo del ¡que se jodan! Lo de las cajas de ahorros, tema en el que ni unos ni otros, ni nadie, pueden mirar a los ojos a los ciudadanos, fue un rescate indecente tras una ruina incubada por todos ellos, sin que se salve ni Dios. Lo que se empleó en intentar medio sanearlas para, ya solventes, regalarlas a los bancos, (todos ellos malos aunque se creó uno aún peor, si cabe), seguramente hubiera bastado para prestarles a los ciudadanos dinero suficiente para pagar sus hipotecas y devolverlo a Hacienda a largo plazo. Las cajas hubieran cobrado sus préstamos, los ciudadanos no hubieran perdido sus casas ni sus ahorros, y el dinero que pedimos prestado a Europa y que aún debemos, lo irían devolviendo en treinta o cuarenta años los rescatados, que así hubieran sido las personas, no las entidades que lo recibieron a fondo perdido y a las que nunca se obligará a devolver un dinero que era de todos. Un expolio de libro que empobreció a muchos e hizo más ricos a unos pocos. Pelillos a la mar, nos dicen. Si no fuera por la fortuna que nos costó y nos seguirá costando, la desaparición de las cajas sería motivo de alegría y contento. Una vez colonizadas por partidos y sindicatos, al menos han perdido un filón ajeno con el que financiar sus derroches, sus clientelas, sus inversiones tan alucinantes como improductivas y, a veces, hasta sus vicios,  a costa del común. De paso que desacreditaban para el futuro la conveniencia de una banca pública, donde seguir ejerciendo. Es la confusión entre lo público y lo que no lo es, esos dineros que algunos no se privan de decir que no son de nadie, como si fuera una mina encontrada en descampado que algunos elegidos (o electos) atesoran y explotan. En realidad lo es. Para poca salud, ninguna, ya te digo.

    Hoy contamos con pólvora del multicéfalo rey europeo, que es republicano. Ingentes cantidades de euros asumidos como deuda común, un adelanto de billetes que escupe la máquina y que, junto a otros motivos sobrevenidos,  ya va haciendo crecer la inflación. Aumentada en dos años de forma vertiginosa y desmesurada la deuda pública heredada, ya alarmante, esperemos que la prima de riesgo no se acerque ni de lejos a los valores inasumibles que entonces alcanzó, porque si eso ocurriera no tendríamos lágrimas bastantes. Decir esto puede ocasionar que te llamen agorero, catastrofista, incluso facha. Lo normal para un perro. Recemos. Pero sigamos dando con el mazo.

     Uno de los problemas es que ese dinero, siendo mucho, no será ni suficiente ni eterno, como algunos quieren pensar y hacer creer. Hay una parte del gobierno, la más populista, la peor, que parece soñar que sí, que nunca se va a acabar ni a devolver ese maná dinerario con el que piensan tapar agujeros y abonar la cosecha electoral. Si por ellos fuera, nada quedaría para algo sólido y productivo. No creo que en este caso digan como antaño que se trata de una deuda ilegítima, que su política económica consiste en que mientras tengas quien te dé, cuerpo no lo pases mal, tan dados ideológicamente a repartir la riqueza existente como incapaces de crearla.  

    La realidad es que el responsable de lo que se haga, bien o mal, será el presidente del gobierno, tan cierto como que la labor es de todo el ejecutivo. No es de recibo que sus socios, de deslealtad prevista y no defraudada, pretendan endosarle al Psoe el coste electoral de algunas medidas impopulares y amargas, que sin duda habrá que tomar, mientras cuelgan de su pared como trofeo las astas de los decretos más dulces. Ya ocurre esto desde el principio de sus bodas, que ni luna de miel tuvieron, más bien una feroz y descarnada oposición interna en su misma alcoba, nada sorpresiva dada la indecencia interesada de los padrinos. Incluso los más bandarras llegaron hace poco a sugerir la posibilidad de llamar a manifestación por el precio de la luz en contra del gobierno del que forman parte, como antes y por muchísimo menos pidieron hacerlo contra el que había, siempre instalados en la irresponsabilidad populista que busca culpables, no soluciones. Yo, simplemente pasaba por aquí, nos dirán. Hay que tenerlos cuadrados. Tanto ellos como la claque que invariablemente aplaude sus ocurrencias y luego las contrarias cuando rectifican. Servidumbres del sometimiento partidario o ideológico. La cuadratura del óvulo.

    Algunas de sus propuestas suenan bien, es cierto. Aunque, como Josep Pla ante las luces de Nueva York, cabría preguntarse: ¿I això, qui ho paga? A nadie le gusta pagar peajes, o un recibo de la luz desorbitado, ni impuestos, incluso trabajar. Mal se venden las promesas de ayunos y penitencias: los sangre, sudor y lágrimas de Churchil no ganan elecciones. Mucho más dulce y vendible es pregonar repartos, ayudas y subvenciones, para alquilar pisos o para consumo, rentas vitales generalizadas, incluso un cheque para gastar en cultura casualmente justo antes de votar. Unos dineros y ayudas que, por cierto, hasta ahora se le han negado al gremio. No sé si esa es la mejor forma de ayudar a la cultura, aunque seguro que sí lo es para recabar votos y apesebrar ilusos, tibios e indecisos.

    Los socios morganáticos se desentenderán si Europa obliga a pagar algún tipo de peaje en las autovías, como parece, o a modular las imprescindibles reformas laborales y sociales, a ir recortando el déficit una vez acabado el actual chorro dinerario, inevitablemente breve y coyuntural. A mí que me registren. ¡Si por mí fuera! Ya sabéis a quien hay que votar si queréis hacer eternas tales bonanzas momentáneas, aunque sigamos hipotecando a vuestros nietos, y el que venga detrás que arree. Siempre quedaría expropiar Iderdrola, el Santander o Inditex, dirán los más cafeteros. Europa pondría coto a desvaríos, pues no es esa su línea editorial. Obligará y controlará, dentro de lo posible, que esos fondos se dediquen a temas concretos y productivos, no a cultivar votantes. Si no, arreglados íbamos. Lo único claro es que lo que queda de Podemos, es decir los ministros, pues poco más hay en ese erial en el que hoy por hoy sólo se salva la camarada Yolanda, mientras se sujete, intentarán apuntarse la autoría de todas las medidas más azucaradas y de atribuir las más agrias y ásperas al resto del consejo, a su presidente y, en definitiva, al PP-PSOE, animal mitológico que no tardarán en resucitar en cuanto se deshaga la coalición al son de los clarines electorales. Si no antes. No creo que se atrevan a mentar a la casta una vez que ya forman parte de ella, aunque algo inventarán. Siempre quedará lo de los fachas y los franquistas, metidos en mitologías, fantasmagorias y resurrecciones. Leyes y tribunales también tendrán que taparse los oídos, que los ataques se recrudecerán por parte de quienes reconocen en esos poderes un enemigo. Sentencias y tribunales pueden, como todo, ser criticados. Ahora bien, siempre hay que desconfiar que quienes ven en la la ley y en la justicia un problema, un límite, un obstáculo a eliminar. Es discurso habitual y propio de hampones y dictadores.

    Por lo pronto, volviendo a los contrayentes, el que aportó menor dote ha ido haciendo tragar a su poco amado consorte no pocos sapos ideológicos, muchos de ellos reformas, leyes y discursos, no digamos tuits, que pronto habrá que matizar, pulir, incluso revertir, cosa que no solo ni necesariamente habrá que dejar para el PP si ganara o ganase los próximos comicios. Indudablemente ambos desposados se necesitan, aunque unos más que otros, sobre todo hasta aprobar los presupuestos. Tras esta boda concertada por el mero interés, celestinada por testigos y padrinos en el sentido siciliano del término, los dos riñen por ser la novia defraudada. Ganas se tienen, que eso de simular unidad acaba por pasar factura a la salud mental y a la credibilidad. Y al futuro en las urnas. La casa y los muebles, como la mayor parte de la dote electoral los pusieron unos, no otros. De ahí sus discusiones sobre las capitulaciones matrimoniales y por ver quién se queda con la tostadora y el pisito de la Moncloa.

    No es menor el problema que ahora tienen los parroquianos, los testigos, invitados y familiares de los dos contrayentes que, escenificando ser unos y a veces trinos, llevan una larga temporada prietas las filas, simulando, con una pinza en la nariz y en bloque, ser una familia que a base de sapos y silencios aparezca unida, dando por buena, a regañadientes y cara a la galería, cualquier ocurrencia de la coalición. Creen unos que eso hace el caldo gordo a los suyos; otros que permitirá sobrevivir a los propios, conscientes de que solos poco pintan. Deshecho el abrazo, de Judas por parte de unos y del oso por la de los otros, concedida por Rota la nulidad de este matrimonio de conveniencia por no consumado y contraído de mala fe, veremos ahora a los invitados al convite pensar que su regalo de bodas fue excesivo para los merecimientos. Tendrán ahora que discriminar algo más, apuntar mejor, no mezclar ni fingir sus amores, destapar desavenencias y rencores, rectificar no pocas opiniones, limitar sus apoyos solo a los suyos, que a ti te encontré en la calle, y aflorar las críticas a los que ya es posible y conveniente llamar ajenos. No se si llegan a los turrones. Resonarán los reproches tras el divorcio y veremos asomar por fin los puñales por encima de la mesa, reñir por las llaves del piso, la cuenta corriente, el coche y los niños. E intentando endosar culpas, deudas y desaciertos a la parte contratante de la segunda parte. De nuevo capuletos y montescos. Para ello los parientes de cada contrayente tendrán que desdecirse de gran parte de lo dicho, cosa que ni para ellos ni para sus lideres ha sido nunca un gran problema. Pero va a ser una descojonación ver a muchos recolocar las lindes entre buenos y malos, ser por fin solo de los suyos, decir de nuevo lo viejo que decían antes de que las circunstancias les espolearan a decir lo contrario de lo que siempre han pensado. Aunque de pensar no hablemos demasiado, que eso es cosa personal y no demasiado frecuente.

jueves, 15 de octubre de 2020

Epístola del derecho romano

    

    Cuando uno se pone a criticar algún comportamiento o decisión de nuestros políticos, estén en el gobierno, en la oposición, en el pacto o en esa otra oposición pintoresca y filibustera que parte del gobierno se hace a sí mismo, sufre inevitablemente el reproche de estar dando la razón a quien en esa ocasión queda fuera de la crítica. Otro gigante, Sancho. A por él. Por eso, según a quién se dirija, cualquier crítica debe ir precedida por una introducción justificativa que acredite tu derecho a discrepar, pocas veces reconocido. Si me planteas objeciones o matices, no digamos críticas duras, claro está que eres del enemigo. El pensamiento binario que empapa de sectarismo a los actuales actores políticos no va más allá de ubicar a los ciudadanos entre los buenos o los malos. Los primeros, lógicamente, son la primera persona del plural; los segundos, la tercera. El mundo está lleno, para su pesar, de regulares que, con su escasa y común finura clasificatoria y onomástica, en un bando entenderán como tabores de tropas africanas, por lo tanto, franquistas, de esos que ven infinitos más de los que quedan. Los otros nos creerán de los suyos, al menos hoy.

   No les entra en el magín que una inmensa mayoría no somos militantes ni de su partido ni de los que se le oponen. Les desconcierta la existencia de personas que se limitan a contemplar asombrados el grado extremo de ensimismamiento en que viven unos y otros, ese sectarismo avergonzante arropado por militancias ovejunas que se someten a dar por bueno y jalear todo lo que hagan y digan las curias de sus respectivas iglesias. Aunque su línea de pensamiento y acción dé giros y revueltas, cambie, pase de defender una cosa a proponer o perpetrar la contraria o renuncie a cumplir toda promesa hecha a la hora de pedir el voto. Para todos estos vainas, la razón es algo patrimonial, heredado por su familia política, como un título nobiliario. No es prenda que se gane y se pierda según cómo se obra en cada situación, que unas veces se tiene y otras no, y nunca entera. No, la razón es toda nuestra y fuera de nuestra razón queda la barbarie, sea facha o bolchevique.

   Funciona así en muchos de los temas, pero el de la independencia del poder judicial puede ser paradigmático. Se presenta como argumento encandilador precisamente lo que ni unos ni otros desean, la independencia de ese poder, pues todo lo que todos hicieron y hacen se encamina a eliminarla; toda reforma viene a aumentar sus desportillos, a dejarla cada vez más en manos de quien hoy puede abusar de una posición favorable y pasajera por la aritmética parlamentaria. Al hacerlo, lo que en realidad muestran es su deseo de utilizar la justicia, un poder cuya independencia marca la diferencia entre una democracia y una dictadura, para conseguir que el suyo sea lo menos pasajero posible. Cada una de las reformas perpetradas han ido empeorando sucesiva e invariablemente esa independencia que ningún partido defiende más que cuando está en la oposición, de forma que las grandes palabras y los encendidos discursos están demás. No consiguen con estos brillos retóricos deslumbrar a los ciudadanos que aún mantienen una costosa independencia de criterio y son lo suficientemente masoquistas para ir siguiendo esta novela negra ambientada bajo las luces del parlamento y en las sombras de los suburbios del hampa partidista. Una mayoría se desentiende, por aburrimiento, rechazo, asco o porque con sobrevivir ya tiene faena. La pandemia acerca estos comportamientos a lo criminal. Hace tiempo que gran parte de los ciudadanos dejaron de creer que la solución a sus problemas pueda llegar de tales irresponsables cuya única misión parece ser mantener el mando si lo tienen o conseguirlo cuando están en la oposición. Tal vez no haya más en sus cabezas. Nos miran como insectos.

   Sin duda un político debe intentar alcanzar el poder. Es condición para poder llevar a la práctica su programa, en el caso de existir algo que merezca tal nombre. Poco a poco, lo que acaba ocurriendo es que el medio se convierte en fin, no queda tiempo ni fuerzas para más. Hay que ganar, luego ya se verá. Al menos ganando todo se ve desde una posición más cómoda, el sillón es más blando, de paso que podemos recompensar a los que nos han ayudado a llegar hasta aquí, que dada nuestra incapacidad, han tenido mérito.

   Nuestros dirigentes se encuentran enredados en eso que se conoce como dilema del prisionero, aunque agravado porque lo que se juegan no sólo a los dos les afecta, sino a todo el país. Incluso a ellos en menor medida que a los que sufren sus desacuerdos. Dos personas pueden no cooperar incluso cuando al no hacerlo se perjudican las dos. Ahora vemos que incluso cuando todos somos los perjudicados. Un dislate no se tapa con otro. Y menos con una infamia. El bloqueo de la renovación de estas instituciones judiciales, defensor del pueblo, Consejo de TVE, por parte del PP, algo impresentable, no se corrige con un abuso aún mayor por parte del gobierno, como es el idear una estrategia más conveniente para sus propósitos indisimulados de asaltar estas instituciones, evitando preceptivos informes, procedimientos, retorciendo el espíritu de la ley, los equilibrios y todo lo que la Constitución había previsto para evitar que el poder judicial, y esos otros, fueran absorbidos por el ejecutivo, ni siquiera por el legislativo. Nos acercamos a Polonia, por no viajar al Caribe. Europa ya les ha visto asomar la oreja y ha avisado que la cosa empieza a oler mal.

   La estrategia previa de ir intentando en manada desacreditar el poder judicial, al que presentan hostil, dominado por los otros, cala entre la tropa, algo previsto y habitual, pero también entre parte de la población. Una población que ve cómo la justicia interesadamente puesta en duda acorrala la corrupción precisamente de aquellos a quienes se intenta presentar como dominadores de una judicatura colonizada y sin criterio. Vemos a quién se juzga, qué condenas reciben, qué casos ocupan la actualidad desde hace años. También, y paradójicamente, dejamos de ver en lugar protagonista, cuando no prescribiendo por distracciones y retrasos de la justicia, corrupciones inmensas, a veces impunes, perpetradas precisamente por los que se quejan de que quienes les deben juzgar están al servicio de sus oponentes, muchos de ellos ya en la cárcel. A Pujol y su clan no se les auguran tales padecimientos. Los socios del golpe posmoderno catalán también tienen cierto interés en influir en estas reformas y nombramientos y la liebre que llevan unos y otros es rápida, pero visible.  Que el socio levantisco del gobierno pase por ciertos problemas judiciales, aunque parapetado tras la inmunidad de sus cargos, tal vez explique ciertas prisas, como el procés catalán explicaba otras urgencias y abusos similares. Podrá explicar, pero nunca justificar que un indigno vicepresidente del gobierno oriente y amenace poco sutilmente a la judicatura, advirtiendo desde su alta posición institucional que sería inverosímil para él o los suyos el verse imputados en nada ni por nada, dejando a otros adláteres de viperina más suelta, si cabe, la misión de hacer declaraciones aún más inquietantes si llegaran a verse en el banquillo, como casi todo hijo de vecino bajo sospecha se ha visto y se ve. Ellos, como venimos diciendo, no tienen que acreditar ni demostrar ninguna decencia ni virtud, puesto que todas son suyas. Al menos eso creen y predican. El resto ya lo hace la fe de cada uno.

    El Partido Popular lanza a sus feligreses a justificar lo indefendible en periódicos, tertulias y foros, el bloqueo a una renovación a la que obliga la Constitución. El PSOE y Podemos hacen lo propio con su parroquia y los ponen a argumentar las bondades de arramblar con los últimos resquicios de independencia del poder judicial. Servidumbres y miserias de la militancia. Otros partidos y apoyos, a ver qué pescan, que las redes siempre les son favorables en las aguas revueltas. Indecencia contra infamia en la romana de la justicia, que la balanza es algo más moderno y preciso. Y la casa sin barrer. 

viernes, 2 de marzo de 2018

Espístola de la tragicomedia ¿Dónde está la bolita?




    Escribo esta epístola para intentar mitigar las inquietudes mostradas por algunos buenos amigos acerca de unas reflexiones que perpetré en Facebook tras sobrellevar atormentado la función plenaria que abría la temporada del Parlamento catalán, convertido en Teatro de la Comedia, de joseantonianas evocaciones. Lleno total. Cartel de no hay billetes y un público entregado. El libreto parece ser producto de una improbable colaboración de Jardiel Poncela, Cuerda y Berlanga, adaptando un texto original de Goebbels y Curzio Malaparte, con citas de Kafka y Maquiavelo, sutiles alusiones a Walter Scott, Samaniego y Calleja y regusto a la Venganza de don Mendo, todo ambientado en un patio de Monipodio con gradas y moqueta, con llorosa escenografía basada en el coro de los esclavos del Nabuco de Verdi. Molière hubiera sacado gran partido de estos tipos. A Wagner mejor dejarlo ahora.
     El estreno se llevó a escena bajo la dirección del debutante Roger Torrent, un manierista que mueve los cubiletes y escamotea la bolita según las enseñanzas de la escuela forcadeliana, que a Stanislavski no llegaron en el cursillo apresurado y urgente que recibió. Parte del elenco, las primeras figuras, se oculta agazapado tras presidiarias bambalinas, los que no andan de viaje de estudios por Flandes o Suiza, adecuadísimo lugar para refugio de anticapitalistas furibundos. A la mitad de los actores no les dan papel, aunque sean los preferidos del respetable, por lo que acaparan la escena los suplentes, comparsas y figurantes que declaman, gesticulan o bullen sin conseguir disimular las cuerdas que les dan vida en ese guiñol de cachiporra en que algunos con sus intervenciones van convirtiendo  los abundantísimos parlamentos que compensan en España el cierre de muchos teatros, dando trabajo a tantos y tantos comediantes e histriones de tercera fila.
     Se representa la obra con intérpretes de desdibujado carácter, más vehementes que convencidos, siempre sobreactuando, apuntados desde la concha por Puigdemont, sustanciado como voz en off por Skype desde su exilio de Waterloo. La claque y los actores con frase —por imposición del empresario— muestran bufandas o lacitos amarillos, superando antiguos miedos del mundo de la farándula hacia ese color. La actual proliferación de lazos, más variada que efectiva, agota el catálogo de Pantone y pocas opciones deja. No sé de qué color es el lazo para pedir la libertad de otro preso político, Ignacio González, expresidente de otra Comunidad, la de Madrid, que olvidó perpetrar un amago de golpe de estado encaramado a la Cibeles, cosa que hubiera marcado la diferencia. Lo habría elevado a la categoría de honorable preso político y no estaría ahora enfangado sólo en mezquinas cuestiones de robos, comisiones, chantajes y malversaciones en las cuentas públicas, cosa que tiene en común con estos presos del principado, pero privado el madrileño del lustre y pulimento que al delito dan las asonadas y las banderas.
     Llegan a temer mis amigos, conocedores de nuestra amena historia, que se esté jugando con fuego y que pudiéramos añadir otra muesca a la abundosa lista de nuestras guerras. Con afán de tranquilizarles, medito y concluyo que lo que no hay que hacer, a mi escaso juicio, es descartar ninguna posibilidad, meter la cabeza en el agujero y dar por sentado que hemos superado ciertas tendencias humanas en general y españolas en teniente coronel. Más miedo que los catalanes —y al bando levantisco me limito— me dan otros, aquí y allí. Hablo de esos irrresponsables de ambos extremos que parecen sentirse a gusto invocando al belicoso genio de la lámpara de épocas y escenarios que creíamos superados. Llego a pensar que no les importaría sacarlo del frasco. La historia nos podría enseñar muchas cosas, pues siempre nos ofrece buenas lecciones, pero algunos no van a clase ni abren libro alguno.
     Me inquieta ese gusto rancio, ese afán insano por parte de algunos de revivir casi con añoranza, de forma colectiva e institucional, lo peor de nuestra historia, intentando reescribirla, hacerla mejor de lo que fue, al menos para beatificar a los que ochenta años después siguen llamando "los suyos". Hoy, ya todos deberían ser los nuestros, asumiendo sus glorias y vergüenzas. Las historias personales y familiares, a menudo trágicas, todas me merecen respeto, pero la Historia es otra cosa. Me desconcierta que haya hoy en España más antifranquistas que cuando el dictador vivía y que esa historia, que tanto nos podría enseñar, se intente reescribir de forma que eliminemos sus posibles avisos, de forma parcial, maniquea y romántica, siempre ocultadora de cosas que a todos deberían avergonzarnos como país, no como bando. A todos nos atañe su infamia.
     Los catalanes, los de Tractoria que no los de Tabarnia, me preocupan por el perpetuo estado de inquietud que nos provocan, siempre ocultando dónde está la bolita, por el desbarajuste de la gobernanza, por distraernos de lo importante, por el desprecio a la ley que es además jaleado por otros indecentes hooligans de partidos mesetarios, mareados en el avispero de sus mareas, verdaderos clubs de fans, caudillistas, totalitarios y siempre pendientes de sacar de la agitación y en la calle lo que no pueden alcanzar de la argumentación y en el Parlamento, previo paso por las urnas. A estos les temo más. También a los melifluos, a los equidistantes, a los que en la obra comparecen embozados, malditos que vocean sin mostrar el rostro a la luz, sin llegar a veces a salir a escena, siempre en la tramoya, luchando entre bastidores a puñaladas por el manejo de los hilos e intentando adaptar el guión a su gusto. Y también, y no menos, a los que gobiernan, por llamar de alguna forma a lo que hacen. Lo increíble es que se sigan encendiendo las farolas, se recojan las basuras, se paguen las encogidas nóminas y el país, mal que bien, funcione, evidentemente a pesar suyo. A uno se le despierta la vena anarquista, viendo con no excesiva sorpresa que, como Italia, podemos aguantar sin gobierno en Cataluña y en la misma España, que les incluye, muchos meses y la cosa marcha igual o mejor. Al menos no se urden nuevas leyes, que demás hay, sin que las vigentes se cumplan las más de las veces, pues el acatarlas o no es algo opinable para no pocos. Tal vez deberíamos entregar el gobierno al Tribunal de las Aguas.
    También llega a preocupar que, tentado a debatir con estos botarates en sus muchas variedades, intentando argumentar, de pronto uno se encuentra arrastrado a su terreno y se vea a sí mismo como un imbécil, porque a ese nivel dialéctico, claramente subterráneo, uno acaba enredado en una pelarza verbal fuera de lugar y de tiempo. Una persona normal no puede debatir con un monofisista, un albigense o un totalitario convencido. Si encima el oponente ha leído dos o tres libros doctrinales, media docena de artículos de la secta y seiscientos tuits, es mejor dejarlo a tiempo. Llevas razón. Es penalti. Aunque estemos jugando al tenis. Avisados estáis.
     Los innumerables intentos sediciosos nacidos en Cataluña, cosa recurrente a lo largo de los siglos, siempre aprovechando con deslealtad épocas difíciles económica o socialmente, guerras o gobiernos débiles, han tenido poca épica y la poca que falsamente se les atribuye se les ha añadido después, que en su momento oscilaron entre lo patético y lo cómico. Más temería a Asturias en su revolución de 1934 o a Cartagena, cuyo cantón ofreció en 1873 más de un año de seria resistencia a un verdadero ejército, enarbolando el primer día bandera turca por no tener otra ni más roja ni más a mano, que a los cantamañanas que de vez en cuando se asoman al balcón de la Generalidad a cacarear la independencia durante unos minutos, gallos que, frente a dos docenas de guardias civiles, gastada la fuerza en banderas y proclamas, pliegan velas y van al trullo, la cabeza bajo el ala, con mansedumbre. Y a llorar otros sesenta años. Hay que evitar humillaciones innecesarias, abono de futuros victimismos, su único alimento, en la medida en que ellos dejen otra salida.
    Verlos temblar ante las puñetas y las togas me tranquiliza, me reconforta, pues muestra su verdadera talla, bien escasa, enana ante el poder del Estado y de la justicia. La talla del chulo de barrio cuando no tiene detrás matones que apuntalen su audacia. Su fanfarronería arrogante es poco arriesgada en lo personal, aunque muy aventurera, arrojada y combativa de forma delegada, enviando siempre a otros a recibir los palos. Son generales que pierden o ganan las batallas bajo el catre de campaña en una lejana colina, lejos de los tiros, protegidos como reyes por su guardia de corps, en el caso que nos ocupa formada por mossos pagados por todos pero al servicio de unos pocos. Inútiles como dirigentes, mimados por la intendencia que acaparan escatimándola a las tropas, cuyos chichones y mataduras poco les inquietan, siempre protegidos por una bandera o encastillados en las instituciones. Orondos budas abstraídos mirando su propio ombligo, riegan con euros ajenos ese jardín ensimismado, supremacista y subvencionado en el que crecen esteladas fabricadas en China en lugar de tomates y berenjenas del país, más nutritivas.
      Viendo que es el dinero lo que de verdad les preocupa, algo evidente dada su entrega en cuerpo y alma a eternizar su permanencia en puestos que les protejan, les salven de la cárcel y les permitan seguir disponiendo de las llaves de la caja, no veo que sean nada heroicos ni temibles. No imagino a Junqueras con canana terciada, de guerrillero montaraz, atrincherado al salir de misa. Más lo veo de abad de Montserrat o de Poblet. Tal vez nombrado embajador en el Vaticano hace unos años no hubiéramos llegado hasta este desquicie. Ya dedicó unos años a rastrear almogávares en su inmensa biblioteca. Más peligrosa es la estupidez de otros, esa jactanciosa y pregonada astucia que desarma al que juega limpio. Su impunidad, que apunta a otros culpables por incomparecencia en el campo de batalla, no su inexistente valentía, es lo que podría preocuparnos. No se les ve que estén dispuestos a arriesgar lo más mínimo su bienestar ni el de su familia, dicho sea en términos sicilianos. Siempre pastando en el presupuesto, desde hace siglos. Por eso rumian tanto y han inculcado en sus masas seguidoras ese comportamiento ovejuno, pecuario, siempre pendientes del perro del pastor, aunque les dirija al barranco. Pero eso nos enseña que los ladridos les paralizan más que las razones, que de todo se aprende.
     Cierto es también que a veces al césar se le van de las manos los esclavos y los gladiadores que creían controlar y surgen problemas imprevistos, que no hay que jugar con fuego ni armar a las masas, otra de las muchas lecciones de la historia nunca aprendidas, más que olvidadas. Afortunadamente tienen tanques John Deere, que no les han dejado comprar de otros. Si tuvieran un ejército sí que habría que echarse a temblar y sacar las escopetas. También ocurre, a Dios gracias, que tras su impostada unidad, interesada y frágil, en el palacio de la plaza de Sant Jaume, por cada César hay veinte Brutos. Con mayúscula, que en las calles hay algunos miles sin ella, y la ortografía a veces es decisiva. Los senadores que quitan y ponen Cómodos y Calígulas están en Pedralbes o Sant Gervasi contando sus denarios, con su toga y sus laureles, y las embarratinadas y esteladas turbas del foro y sus tietas, a las nueve en casa a cenar. El fin de semana a la villa de la playa o a las termas, los bárbaros de la CUP a la masía de papá, quitado el disfraz de plebeyo, atusado el flequillo a escuadra de la lucha y plegado el estandarte de Senatus Populusque Catalanicus y las fasces contra el muro, que en el fondo están muy romanizados. La buena alimentación, el audi y la calefacción central liman mucho los afanes revolucionarios. No digamos una jugosa nómina de la Gene, aunque no es menos cierto que tamaña generosidad presupuestaria hacia los afines sin tajo al que volver les hace peligrosos, pues matarían por no perder sus rentables e inmerecidas canonjías.
     Todo eso, aunque carísimo, ha sido soportable, llevadero hasta que se va alcanzando el punto crítico de fusión mental, mantenido y potenciado por el plutonio de TV3 y el uranio enriquecido entregado a la prensa afín y a esos colectivos sociales que hacen motu propio justo lo que se les ordena, lo que puede dar lugar a cualquier cosa. Ha habido momentos totalmente fuera de control en que hemos rozado el Chernobil cerebral y social. Ese es el único peligro, el número creciente de cerebros recalentados, distribuidos de forma uniforme por toda la Hispania, pues no sólo en la Tarraconense se dan estos trastornos, lo que nos lleva a pensar que la solución está más en el terreno de la psiquiatría que en el de la política.
     Creo que la justicia, ayudada por los cuerpos de seguridad, nuestras últimas defensas que, junto al rey, son nuestra línea Maginot, pues el siguiente cimborrio en altura del edificio estatal no es para echar cohetes, —al gobierno ni está ni se le espera— , debe darles una buena lección. El rey, diciendo lo único que debe y puede decir, lo que se espera que diga, irrita a algunos al despabilar con sus palabras oportunas a los tancredos y tentetiesos. A mi no me irrita, me tranquiliza y reconforta, tanto como perturba a los cómplices de estos supremacistas, único resto del verdadero fascismo en España. También a otras exquisitas cohortes de estéticos revolucionarios de salón que miran hacia otro lado y que, aun siendo republicanos, piden a los reyes una guillotinita de la señorita Pepis. 
     Habían llegado algunos españoles a olvidar que formaban parte de España. Los sempiternos e irresponsables mercadeos de votos les habían permitido funcionar de hecho como un virreinato prácticamente independiente, bajo el imperio del cónsul Augustus Georgeus Pujolus y señora, de la dinastía Claudia, como las ciruelas del Ampurdán, indómita zona de la Tarraconense, vivero de carlistas, alcornoques y peras limoneras, que por la boina se distinguen, con ese viento borde de la tramontana que tanto altera las mentes, como nos cuenta Josep Pla que era de allí. En las zonas rurales de Gerona la percepción de depender de un país común era nula. Habrá que hacérselo saber.