viernes, 20 de diciembre de 2013

Epístola del desembarco de Normandía


Queridos hermanos:

     Cuando Dios dijo “Hágase el panadero” o “Hágase el herrero”, por poner un caso, sin duda su liebre llevaba. Nadie pone en tela de juicio el acierto de tales providencias. Sin embargo sobre el momento en que añadió —“Hágase el funcionario”, abundan los que, rozando la blasfemia, dudan de que nuestro Señor anduviera acertado. Si bien hay general acuerdo en que estos últimos cobran de más y trabajan de menos, tal unánime certidumbre se va quebrando al ponderar lo crecido de su número, tenido por desmesurado cuando se censaban en la barra del bar, pero exiguo cuando ahora te dicen en el hospital que te operarán dentro de un par de años, que tu hijo en la escuela será instruido por un señor de marrón, distinto cada hora, mientras se incorpora la seño que está malita, o que esa cola no es para escuchar a Bruce Springsteen, sino para presentar unos papeles en tal ventanilla al único funcionario que, tras los ajustes realizados, queda para atender al público, eso sí, ante la atenta mirada y supervisión de seis jefes. Tal vez se trate de unos papeles que ellos ya tienen, si no es que se los hemos tenido que pedir antes para poder entregárselos después a ellos mismos… Es difícil escapar a la tentación de enfadarnos precisamente con el de la ventanilla por tal proceder de la administración o por la escasez de personal, pues es la única cara visible del invento, sin intentar ponernos en su lugar, que más es de víctima que de verdugo. En cuanto al exceso de funcionarios, es más un tema taxonómico que cuantitativo, algo que tal vez Linneo hubiera podido desbrozar a tiempo.
     Sólo cabe pensar que la Administración ha decidido crear en cada ministerio, consejería o delegación un negociado con la única misión de confundir, de mantener siempre inquietos, desorientados y confusos a sus administrados, tal vez para, ocupados así en resolver los problemas que ellos mismos les crean, como el resto de los ciudadanos, los funcionarios se distraigan y encandilen corriendo tras una liebre falsa, quehacer que les llene el tiempo y les impida pensar, aunque tenga como indeseada consecuencia el impedirles dedicarse a trabajar y a solucionar los asuntos del día a día. Yerran si creen que no nos queda tiempo para reconocer el origen de ciertas situaciones. Con ello concentran y dan estatuto legal y organizativo a algo que, disperso y repartido, ya existía de forma inevitable, aunque llevadera. Desgraciadamente este negociado de la confusión, presente en todos los organismos, parece ser el departamento más eficaz en todos ellos, para desesperación de los sectores más técnicos y profesionales de la estructura de las distintas administraciones.
     Después de casi ocho lustros en esta industria, la docente en mi caso, habiendo sobrevivido a más ministros de los que puedo recordar y a un número de leyes de educación suficientes para un continente, aunque excesivas para un solo país,  uno creía que nada nuevo podría surgir, que nuestra capacidad de sorpresa ya estaba colmada, que algo tan importante y serio como la educación, pero a la vez tan sencillo, no permitía grandes novedades. Error. Sacar a los ministros de educación de entre las vociferantes e ineducadas tertulias de algunos infames programas de televisión, en lugar de buscar entre cualificados miembros de la profesión, que los hay a montones, da lugar a situaciones como la que actualmente vivimos que, siendo benévolos, cabría calificar de inquietante. Menester es reconocer que destacar, para mal, entre el resto de ministros del Consejo, no deja de tener su mérito. Ignorados y ninguneados desde las alturas, los niveles medios e inferiores de la administración, es decir, el sector técnico y profesional, es la parte del gremio que intenta aportar la cordura y sensatez que corrijan, en la medida de lo posible, las insensateces y ocurrencias que, como nublos y pedriscos, de las alturas caen, y permiten que mal que bien, esto funcione.  
     A los que tal guerra nos ha colocado en primera línea, a quienes en las últimas piezas de nuestra profesional verbena nos ha tocado bailar con la más fea, nos vemos acosados por todos los frentes. Últimamente también recibimos fuego amigo y, desacreditados y arrojados a los pies de los caballos por quienes deberían defendernos, no queda más que, a quienes nuestra avanzada edad nos lo permita, abandonar el barco, bajarnos a medio, pisar el billete y retirarnos antes de que sea demasiado tarde y hasta esa puerta se nos cierre. Tras tantos años esperábamos, y creo que nos habíamos ganado, un final más apacible y con menos sorpresas, siempre indeseables en un sistema educativo, que debía tener como cimientos la estabilidad y la cordura, no la ocurrencia, la improvisación, ni la revancha. Es la educación terreno para el acuerdo, la mesura, no la confrontación o el experimento.
     Nunca te acostarás sin aprender alguna cosa inútil, en palabras de fray Sven de Escandinavia o, según las más castizas palabras de mi abuela Leopoldina, oriunda de Paterna del Madera, en ningún sitio ocurren tantas cosas como en el mundo. Cuando las cosas sencillas se complican tanto, cosa que cada día ocurre con más frecuencia, siempre viene a mi magín el desembarco de Normandía. Es inevitable quitarse la boina ante tal alarde organizativo cuando observo las complicaciones, a mi entender excesivas, con que vienen a desarrollarse las actividades previsiblemente normales de una escuela con cuatrocientos alumnos. Cruzar el canal y poner en una playa a la misma hora a treinta y seis divisiones de soldados, cientos de miles de personas,  sin que se enteren los alemanes, cada uno con su fusil y su bocata, conseguir que todas las lanchas lleguen a su hora al mismo sitio, cargadas de gasoil, ordenados los obuses, con todos los permisos y revisiones al día…Admirable.
     —“Sargento mío, que se me ha olvidado la escopeta”, dice uno.
     —“El destructor no ha pasado la ITV”, advierte otro.
   —“Mi general, que el apoyo aéreo nos está bombardeando a nosotros mismos”.
    —“Que se ha calado el portaviones, que ya veníamos diciendo que no le entra la primera y rascaba la marcha atrás, que todo se deja para última hora, que el de riesgos laborales no ve la cosa clara, y que en el convenio no decía nada de trabajar por la noche, mi cabo… En fin, como valoraba el capitán Cabanillas en Bétera en las milis de los setenta al pasar revista a la tropa: —“La próxima la perdemos”. Lo malo es que perder la guerra de la educación es mucho perder.
     Bueno, pero hoy iniciamos las vacaciones, tan largas como inmerecidas según muchos, aunque, y a la vista está, tal vez insuficientes para permitirnos conservar el equilibrio mental que nuestros discípulos y algunos de sus progenitores nos van royendo año tras año, mes a mes, semana a semana, día a día, hora tras hora, minuto a minuto, con la guinda de que cada vez se echa más en falta el reconocimiento profesional que creo que merecemos. Aunque el panorama es similar en los demás sectores de lo público y de lo privado, me sirve de esperanzador consuelo el pensar que un país que consiguió sobrevivir al mandato de Fernando VII, raro será que no supere la bíblica plaga de los dos últimos gobiernos con que nuestro Señor nos hace penar nuestras faltas, que muchas debieron ser.

Vale.

jueves, 18 de julio de 2013

Epístola escandinava

     Leo que un estadounidense, tras despertar de un coma, ha olvidado el inglés materno y habla sólo en sueco. No sé, y además ignoro, si “hacerse el sueco” tiene en ese extraño país las mismas connotaciones que entre nosotros, aunque lo dudo, pues de ser así, nadie se habría alarmado. Todo lo más, le hubieran diagnosticado lo que el psiquiatra de Forges comunica a su paciente tendido en el diván: —“No es que a usted no le comprenda nadie. Usted es que es francés, mon chéri”. Reconozco que lo más parecido a un sueco que conozco es Fray Sven de Escandinavia, finlandés él y, trabajando estadísticamente con una muestra tan pequeña no me atrevo a seguir esa línea de investigación para intentar exprimir la frase.
     Algunos estudiosos buscan el origen de la expresión en la actitud de antiguos marinos procedentes de Suecia llegados a nuestras costas quienes, escudándose en el desconocimiento del idioma local, intentaban irse sin pagar las copas, a las que tienen cierta afición, lo que considero una explicación muy traída por los pelos. Otros, más benévolos, indican que estos visitantes, no entendiendo la lengua de los nativos, les contestaban a todo que sí, lo que tal vez explique el ya rancio aprecio local por el turismo sueco. Últimamente han aprendido mucho y, sobre todo desde que compartimos moneda, se muestran más descontentadizos y respondones.
   Más improbable aún es la leyenda que atribuye el origen del dicho a la fingida torpeza idiomática de un embajador sueco al que su rey había encargado dilatar, entorpecer y, en todo caso, evitar la ayuda militar solicitada a Suecia por Napoleón. Menos verosímil aún es intentar empadronar en  Sueca, Valencia, a los suecos aludidos.

     Otros atribuyen el origen de esta frase a “soccus”, palabra latina que designaba una especie de pantufla que usaban los cómicos en el teatro romano. De ahí derivarían “zueco” y “zoquete”, lo que nos acerca a “hacerse el tonto, el torpe”, con lo que ya vamos entrando en terrenos del cinco, aunque otros buscan la procedencia de “zoquete” en la palabra árabe “suqât”, deshecho, objeto inútil, pues no es la etimología ciencia exacta. Eran los soccus un calzado plano, distinto a los coturnos, que daban altura a los actores serios, los que aparecían en las tragedias. Por tanto estaríamos hablando también de una cuestión de elevación, física y moral, con la que se resalta la grandeza o la insignificancia del actor y de lo que representa.

    Vaya en contra de estas últimas y ampliamente aceptadas explicaciones el razonamiento de que me parece muy peregrino hacer navegar una palabra durante tantos siglos para hacerla encallar en el cercano XIX, en cuyas playas aparece varada por vez primera.

    Hipótesis más reciente y descabellada es la que relaciona la frase con la dificultad de entender las instrucciones para el montaje de los muebles de Ikea. Entre otros motivos, hay investigadores que, no sin cierta razón, descartan esta propuesta por el hecho de que tal maldad, como hemos dicho, se utiliza desde mediados del siglo XIX, mucho tiempo antes de que existieran muebles, incluso albóndigas de esa marca nórdica.

     Una explicación con más fuste, que si “non è vera, è ben trovata”, aportada por don Pancracio Celdrán Gomáriz en su “Diccionario de frases y dichos populares”, atribuye el dicho al subterfugio utilizado por algunos barcos ingleses que mostraban bandera sueca para poder acercarse al Puerto de Santa María en las épocas en que la pérfida Albión estaba en guerra con España, como si suecos fuesen, a hacer “jerezada”, que así debiera denominarse la acción de aprovisionarse de toneles de vino de Jerez, tan de su gusto.

   Fernando Álvarez Montalbán, profesor de español en la universidad de Upsala quien, con argumentos bien cimentados, defiende la tesis anterior, nos recomienda renunciar al uso de este estereotipo cultural, políticamente incorrecto, a la vez que nos ilustra de que ya en 1841, Manuel Bretón de los Herreros, en su obra teatral de premonitorio título, “Dios los cría y ellos se juntan”, recoge la frase:
CIRIACO:       (Alto) ¡Balbino!
BALBINO:    ¡Tía Macaria!
MACARIA:    (Aparte a Ciriaco) ¿A qué pronuncias su nombre?  Valía más hacerse el sueco.
  También nos deleita con unos versos recogidos en la antología de “Cantares y refranes geográficos de España”, de Gabriel María Vergara Marín (1906), en los que se nos advierte:
“Dos súbditos pierde España
Cuando se presta dinero.
El que lo da se hace inglés
Y el que debe se hace sueco”.
   Lo que está claro es que hacerse el sueco viene a significar que alguien se hace el sordo, escurre el bulto, se niega a darse por aludido, intentando escapar con un fingido o real desentendimiento de algo que le afecta y que le debiera preocupar, evitando así dar mayores explicaciones o asumir responsabilidades. Sea cual fuere el origen de la expresión, hacerse el sueco es frase que usamos cuando alguien intenta descaradamente salirse por la tangente, irse de chiquitas al aparentar que la cosa no va con él —o con ella—.

     Según el DRAE, la mencionada suplantación de nacionalidad equivale a “desentenderse de algo, fingir que no se entiende". Se  intenta con ello evitar una situación incómoda, bien por timidez, discreción, modestia o, las más de las veces, por desfachatez. En Argentina y Uruguay dirían “hacerse el sota”.

    Tal forma de proceder, a la larga, no suele dar buenos resultados, pues una mala explicación siempre es mejor que ninguna y quien espera ansioso ser sacado de dudas, si alguna abrigare, puede llegar a interpretar que quien se hace el tonto por tontos y obtusos nos toma a los demás, y eso está muy feo. Además, el candor que se intenta aparentar no casa bien con el retorcimiento de los colmillos que nuestros suecos nativos han llegado a desarrollar, a juego con sus garras.

     Tal vez que los Estados Unidos sean un país joven permite que se pasmen sus ciudadanos por cualquier nimiedad, como sucede en el caso que nos ocupa. Entre nosotros, ya hechos a estas dolencias, no nos sorprende que no uno, sino miles de sujetos, a veces corporaciones enteras, aquí y allá, quién sabe si aquejados por el mal de altura propio de las cumbres que habitan, no sólo amanezcan haciéndose el sueco sin coma que pudiera justificar tal desarreglo idiomático, sino que con él convivan y medren a nuestra costa. Es mal común entre nosotros, que ya no distinguimos a nuestros dirigentes de los turistas de Escandinavia, salvo por el traje de los primeros. Aunque con ambos colectivos tenemos serios problemas de comprensión, cuando se dan con quienes vienen a dejarse su dinero son más llevaderos y asumibles que con los que entre nosotros están para llevárselo calentito. 

sábado, 25 de mayo de 2013

Encíclica "Stupefactus sumus"

  Cuando, semidormido en mi jergón, saco un pie por fuera de la frazada, que algunos días ya va haciendo calor en mi celda, sus dedos refulgen en la penumbra como cinco puntitos fluorescentes de un reloj grande y de horas desordenadas. La batería del móvil se me recarga sola y no tengo que dar la luz del pasillo pues, luminiscente como los gorrinos de fray Adolfino, renqueo por él como una enorme luciérnaga con garrote. El microondas echa chispas cuando me acerco, aunque no lo necesito porque, a mi contacto, el café se me calienta solo en la taza. Adenauer, mi gato, se hincha electrizado, convirtiéndose en una especie de pompón con rabo y ojos  desorbitados cuando no puede evitar pasar por mi lado. Últimamente entre la estática del carrito, disimulado andador, y yo vamos echando chispas y pequeños rayos por el supermercado, como un Zeus venido a menos. Tantas radiografías, resonancias magnéticas e inyecciones de isótopos entre los dedos de los pies, sin duda tormento malayo aplicado a la medicina, me van convirtiendo en una pila humana, un almacén de energía que no llega a mis piernas. Pronto, me temo, deberé recargarme en ese Velázquez tubular, pintor en negativo de ternillas y osamentas.
 
    No es éste, sin embargo, el motivo principal de mi silencio. Débese mi sequía epistolar a que su habitual tono asombrado y caústico se ha visto desbordado por la desmesura de la realidad. La ironía de mis escritos, su punto exagerado, su humor negro y su sarcasmo no pueden competir con la exuberancia del despropósito nacional, cercano al surrealismo. Mi imaginación no da para tanto. Busco inspiración en Kafka y en Lovecraft  pero, confrontando sus pesadillas con lo que hoy vivimos, más me parecen escritos de Andersen o de los hermanos Grimm. Además de dar el finiquito a logros más sustanciales, la realidad actual va a acabar con la novela de aventuras, la de terror, la policíaca y la del oeste. Hasta con la picaresca, pues las hazañas de José María el Tempranillo, Sir Francis Drake, Rinconete y Cortadillo, Alí-Babá, Billy el Niño o los bucaneros del Caribe nos parecen hoy candorosos cuentos de hadas. No es de extrañar que algunos barbados vividores intenten resucitar cerca de Sierra Morena la figura del bandido generoso.

    Si Kafka, Lovecraft o Tolkien se hubieran dedicado a la crónica política o económica, incapaces hubieran sido sus retorcidas mentes de alumbrar algo tan tremendo y desquiciado como lo que en los periódicos como real leemos, sin que ya ni siquiera nos extrañe o escandalice. Quien defiende que, entre otras cosas, los hospitales públicos han de pasar a manos privadas olvida decir, mientras intenta convencernos de las bondades del invento, que, perpetrado el desafuero, las manos privadas a quienes como negocio se entrega lo que hasta ese momento era servicio público, serán las suyas. A  sus propias manos y a sus propios bolsillos. Indecente.  Y Sin embargo, parece ser que la ley y la justicia nada tienen que decir al respecto.
    Peor es cuando sí que dicen. Lógico parece que pongamos un pisito a quien nos gobierna. No satisfechos con ello, generosos lo alojamos en un palacio, con su servidumbre, guardia e intendencia a nuestro cargo. Hasta ahí parece casi soportable. Abonarle mensualmente dietas para costear lo que ya le hemos pagado en especie parece un abuso. Sin embargo los tribunales lo ven adecuado, en ese caso y en miles de otros similares. Juanpalomo ordena y manda, dispone y legisla, decreta, y cobra. También nombra a quien ha de juzgar si ha obrado bien. En una anterior epístola recomendaba a nuestros dirigentes el estudio de la obra de Rubio “Sumar llevando”. Hoy veo conveniente sugerirles leer los escritos en los que un tal Montesquieu decía algo al respecto.

    Mi intención de hacer reflexionar desde la sonrisa provocada por la exageración o el cambio de punto de vista, con que se glosaban los sucesos del momento, es incapaz de igualar el desvarío que en la actualidad vivimos. Cárdeno y dolorido tengo el brazo, con más cardenales que un cónclave vaticano, pues hay que pellizcarse continuamente para comprobar que uno no está inmerso en una perpetua pesadilla. Sabido es que el fuego a veces se combate con fuego, pero aquí es normal intentar apagar con gasolina los incendios que van arrasando nuestro bienestar. Creo que buscan aumentar nuestra confusión, pues mejor se roban las carteras en los líos y tumultos que en situaciones más claras y ordenadas. 

    Como último e infalible recurso, lejos de las olas del Mediterráneo que me pudieran servir de inspiración o consuelo, me lanzo a navegar por los mares literarios de Quevedo. Echo el ancla en una página en la que el escritor recriminaba a la diosa Fortuna con estas sabias palabras:
“Quéjanse que das a los delitos lo que se debe a los méritos, y los premios de la virtud al pecado; que encaramas en los tribunales a los que habías de subir a la horca, que das las dignidades a los que habías de quitar las orejas, y que empobreces y abates a quien debieras enriquecer”.

¡Virgen del verbo divino! Tomo tierra y abandono la navegación, que como consuelo no acaba hoy de funcionar, pues constato que los siglos han pasado en balde y que ni siquiera somos novedosos y originales en cuanto a desgobierno e injusta administración.                                        
    Vuelvo al triste presente y mis reflexiones me llevan a concluir que no hay que atribuir a la maldad lo que pueda justificar la estupidez, siendo esta última todavía más abundante y profunda, y no sabría sopesar cuál de esas cualidades nos resulta más dañina. Pasamos de una panglossiana y hueca inanidad, sonriente, irresponsable y derrochadora —cuando no sopla el viento, hasta la veleta tiene carácter—, al gesto grave de una desdeñosa y prepotente indiferencia hacia el sufrimiento de los ciudadanos. —¡Que se jodan!—. Su destructiva ineficacia y su inmoralidad son equiparables. Han reducido el ya tradicionalmente escaso debate de temas de estado a un defensivo y miserable “¡Pues anda que tú!”.  No dudo de que desde ambos perniciosos extremos se haya actuado en conciencia. Como tampoco dudo de que obrar en conciencia puede ser perverso y demoledor cuando el obrante carece de ella, como es el caso. Nos quieren llevar hacia una tierra prometida que más asusta que ilusiona y los hechos que más nos preocupan no se nos presentan como indeseadas consecuencias pasajeras, sino como el objetivo perseguido por nuestros gobernantes. Hacer algo a conciencia, tiene otros inquietantes significados de los que la Historia nos proporciona numerosos y trágicos ejemplos tales como la demolición de Cartago por Roma, sembrando de sal sus campos y emponzoñando sus fuentes, o la ruina de Numancia. Trabajos diabólicamente bien hechos. Hay muchos más. 

    Gobernados, como viene siendo habitual, por incapaces, no sabemos, pues, si debe inquietarnos más que fracasen en el logro de sus propósitos o que consigan alcanzarlos. Ilusionante escenario. Dejando aparte la angustiosa situación económica a que entre los bancos, los gobiernos y las oposiciones de todos los niveles, nacional, autonómico y municipal, nos han conducido, que no ha sido la sufrida población la causante, hay muchos objetivos que me resulta imposible compartir y mucho menos apoyar.

    El infortunio propio se digiere peor si frente a él se nos exhibe la obscena prosperidad que disfruta quien colabora en provocar nuestra miseria y de ella se beneficia, cuando no es su causa directa. Deben de saber que la palabra convence, pero el ejemplo arrastra, pero no están dispuestos a compartir con nosotros las penitencias. No hay que confundir las consecuencias económicas con la incidencia moral. El chocolate del loro, aunque en principio irrelevante, pasa a ser oneroso e inasumible gasto cuando mantenemos cientos de miles de loros, cacatúas y cotorras. Además los loros nacionales y autonómicos no se conforman con unas pocas pipas. Todo es poco. Quienes legislan y gobiernan hoy, mañana están al frente de las empresas a las que antes decían vigilar y que previamente fueron del estado. Tal vez para liquidar los Paradores Nacionales, buque insignia de uno de los pocos sectores que aún funcionan, pues con el sol, la historia y la gastronomía todavía no han podido, aunque están en ello, colocamos a la sufrida exseñora de uno de los nuestros y le asignamos un sueldo tres veces superior al del presidente del gobierno. Que vean que no somos rencorosos. Cuando acabe el trabajo ya los comprará baratos otro amigo. Tal vez en el mismo foro y como siguiente providencia se propone mantener trabajando al personal hasta los 68 años, que esto no nos cuadra. Los hijos no tendrán trabajo, pero tal vez sus nietos sí. Así se llevan muy mal las apreturas de cinturón.

    Para desatascar juzgados y tribunales, despójase el lobo de las lanas con que de cordero se disfrazaba para poner un precio a la justicia, vuelta así inaccesible para quien, llevando razón, no tenga bienes con que hacer valer su derecho. Curiosa forma de solucionar el problema. No estando quien esto escribe muy puesto en derecho comparado, ignora si esta perversión de la justicia, que prácticamente la hace desaparecer, es común en los países decentes o es otra ocurrencia nacional.

    Creamos un banco malo al que regalamos las casas que los otros bancos —no mejores, por cierto— han ido arrebatando a quienes no pueden devolver los créditos que con tanta alegría les concedieron. Para pagarles esas casas desahuciadas o de difícil venta, se pide un crédito inmenso que los contribuyentes pagaremos, bien sea en dinero o en salud. Entre los paganos estarán los propios desahuciados. A la presidenta de esa joya de banco acuerdan que le paguemos 33.000 euros al mes. Es decir 51,13 veces el salario mínimo establecido. Se argumentará que no es el esfuerzo, sino la eficacia y responsabilidad lo que se le recompensa, aunque prácticamente todo el sector ha estado dirigido por inútiles o mangantes a los que ninguna responsabilidad se les ha exigido por arruinar los bancos cuya gestión les encomendaron, sin olvidar, de paso, asegurarse holgadamente el porvenir a nuestra costa. Insoportable. 

    Quienes han sufrido estas lindezas en sus carnes han dado en la costumbre de acudir a atosigar a los culpables a las puertas de sus casas. No me gusta ni el hecho ni la palabra que lo nombra, pues huyo de masas y algaradas. Reconozco, no obstante, que, en su caso, limitarse a gritar y mostrar una pancarta es un alarde de moderación. Añade algunas sombras a mi opinión sobre este tipo de manifestaciones la ubicua presencia en muchas de ellas de alguna veleta política, con gran fondo de armario, en constante evolución de ideas y opiniones, lo que nos confirma que nunca tuvo ni unas ni otras. Gran favor haría a la credibilidad de estos grupos permaneciendo en su casa.

    Los que dirigen a quienes hoy deberían sancionar tales desmanes, fueron y siguen siendo nombrados por el entorno de aquellos a quienes deben juzgar. Se explica la benevolencia de algunos de ellos. Son los díscolos nuestra última esperezanza.  Agobiados por tanta faena, prescriben los más de los delitos y debemos soportar que, sobreseídos los casos, se engallen tales rufianes proclamando como inocencia su injusto escape de los abusos que perpetraron, a través de los resquicios de unas leyes que ellos mismos urdieron, aplicada por los jueces o fiscales que ellos también nombraron. En este totum revolutum consiste para ellos la separación de poderes.

    Dada su indistinta e invariable cortedad de miras, no más allá de unos próximos comicios, la ineficacia en la gestión y administración, el nepotismo, la estulticia, el alejamiento del sentir de los gobernados, la indecencia y  la avaricia común a muchos de nuestros dirigentes actuales, pasados y futuribles, entre las ofertas políticas que se nos ofrecen tal vez haya que, tapándonos la nariz, optar por quienes, al menos, conserven algunos rescoldos de humanidad. Ante este “Sálvese el que pueda”, resumen de la gobernanza actual, el cinismo, la desconfianza y la propia supervivencia se imponen como ideología, pues ya no sabemos si somos de los nuestros. 
 
    No alcanza mi pesimismo a tener a todos por iguales, —pues los hay peores—, a considerar general la extensión de la infección descrita. La honradez, la inteligencia y la eficacia hacen poco ruido. Existen tales virtudes y son más abundantes de lo que pudiéramos pensar, pero son tapadas por el estruendo de la minoría que ha utilizado el noble desempeño de la representación popular para su propio enriquecimiento. Llevarán al sistema a su agonía si no dejan de mostrar más celo en disimular y negar el hedor de sus manzanas podridas que en defender la justicia y el bienestar de quienes los eligieron. Poco deben de amar las banderas que hacen ondear quienes las usan como señuelo, tapadera y escudo para sus rapiñas. Me es indiferente si un ladrón viste traje liso o a rayas, aunque preferiría verlos lucir las rayas blancas y negras de los penados de los chistes. Mucho se equivocan quienes esgrimen que el ataque va dirigido a su bandera pues, aunque tal vez no aprecien el símil taurino, no ignoran que el toro no persigue al trapo, mero engaño que esconde, escamotea y protege el cuerpo del torero. Son todos ellos los únicos que pueden llevar a cabo esa necesaria labor de limpieza, cada uno en su convento, para evitar que otro tipo de saneamientos más enérgicos les arroyen. Tapar y justificar la herejía de algunos frailes pone en peligro el crédito y la misma supervivencia de toda la orden. No vale el “ya arreglaremos después cuentas en casa, entre nosotros”. Tal vez dentro de poco ya no haya cuentas que arreglar, lo que solucionaría algunos conflictos, pues no se riñe cuando ya nada queda por repartir.
Vale

domingo, 28 de abril de 2013

Espístola de San Agatópodo



Queridos hermanos: 

   Hoy 4 de abril, día de san Agatópodo, -el de buen pie, de buen andar-, diácono de Macedonia arrojado al mar con una piedra al cuello en tiempos del coemperador Marco Aurelio Valerio Maximiano Hercúleo, que hay que tener cuajo, he recibido un sobre con membrete y sello de la administración. Poco me ha faltado para ser presa del pánico, pues tales vitelas no suelen trasladar buenas noticias. Abandonada la costumbre de enviarme mensualmente un papiro con la nómina, hábito que tras 36 años me había hecho perder mi antiguo miedo cerval hacia las misivas de ellos procedentes, la última comunicación oficial que se me hizo llegar en papel era para nombrarme abad del cenobio. 
   Era ésta una noticia agridulce, pues si bien me libraba de la penosa necesidad de peregrinar renqueante, con un cayado en la mano como Moisés para subir al Sinaí,  por sus celdas, escaleras y dependencias, del claustro, no del Sinaí, carente el convento del inasumible dispendio de un ascensor, a la vez que aumentaba mis pingües ganancias hasta el punto de casi alcanzar para pagar el recibo de la luz. A cambio, me han arrebatado la paz, a veces la placidez del sueño, y siempre el tiempo, las ganas y la inspiración para escribir epístolas a la congregación, como solía, o recopilar la historia del hermano convento de San Odón de la Muela. No se me escapa que algunos miembros de la orden comparten mi pesadumbre por tal nombramiento, unos por piedad y afecto hacia mi persona, otros por motivos diferentes que no es éste lugar ni momento de analizar.
   Se ha impuesto en mi caso el sabio criterio de poner al frente del negocio a quien, por su avanzada edad, poco ha de durar en el cargo, sin que su carácter agrio o excesiva longevidad hagan necesario matarlo, caso extremo al que otras santas instituciones han debido recurrir hasta llegar a esta época incierta en la que hasta los papas se jubilan.  Siendo remota la posibilidad de un ERE en el Vaticano, aunque para Dios nada hay imposible, permanecen los papas a salvo del riesgo de verse impedidos de hacerlo, quedando fuera de la jurisdicción de nuestro reino, tan rígido con quienes se han dejado la piel durante decenios en el tajo como laxo en permitir tempranos retiros que sirvan para hacer más prósperas las empresas de sus amigos o familiares. Llevado el sistema hasta sus últimos refinamientos, al menos por el momento, pues todo es susceptible de perfección y amejoramiento, han llegado a jubilar antes de hora a amigos y cofrades, permitiéndoles, para más inri, descansar de oficios y faenas que nunca ejercieron, autorizándoles a abandonar tajos en los que nunca antes habían movido un esparto, no sin antes cobrar crecidas indemnizaciones por ser despedidos de empresas que ni siquiera conocen, en el caso de existir. Pese a lo imaginativo del país y de quienes lo dirigen,  debo de haberlo soñado, pues mi mente se resiste a dar por cierto y real que algunos sinvergüenzas, ubicuos hasta el milagro, hayan sido jubilados no de una, sino de varias empresas. Tan exuberante alarde de creatividad contable y organizativa no se aplica a aumentar la prosperidad de los súbditos, sino la propia, cosa lógica, pues no cabe esperar que solucionen nuestros problemas quienes, de todos los colores políticos y, cierto es que con ayuda, han demostrado un desmedido afán en crearlos y hacerlos perpetuos.
   Vuelvo al manuscrito. A algunos les moverá al pasmo el saber que he recibido con cierta alegría el nombramiento, esta vez no de director de un colegio, sino de minusválido, dando marchamo oficial y legal a mi evidente incapacidad. No he recibido adhesivo que lo proclame, como el que facilitan al pasar la ITV, en este caso tal vez por no haber sido mi organismo capaz de superarla con éxito. Y bien que lo siento. Como es natural no me alegro de mis dolores ni de mis dificultades para andar, a veces hasta para tenerme de pie, y menos me entusiasma la realidad de que pasear suponga un martirio, no uno de mis placeres, ahora perdido.
   Son mis pares, pues, Quevedo, Shakespeare, el rey nazarí Muhammad X el Cojo, Lord Byron, sir Walter Scott,  y la innúmera lista de cojos, mancos  y tullidos que han dado lustre a la historia. Aunque no creo que de mi humilde persona quepa esperar tales aportaciones, al menos podré abandonar el carruaje cerca del destino al que voy. Hasta ahora, aunque llegue al lugar donde he dejado el coche arrastrándome a cuatro patas, como pintan reptando hacia su espejismo a los que se pierden en el desierto, tómase la escena por fingimiento si un papel no lo acredita. Siempre me ha llamado la atención que la administración llegue a pedir a algunos de sus administrados una fe de vida, para demostrar que quien vocifera y se encarama por las paredes de la oficina donde tal estupidez se le solicita,  aún respira. El encefalograma plano es opcional. No se me escapa que de no hacerse así, pasaría como en Egipto, donde tal vez momificaran a los difuntos para seguir sus deudos cobrando la pensión en su nombre. No dejaremos de reconocer que los súbditos, tras siglos de desgobierno y de mala administración, cuando alguna ha habido, han desarrollado por darwiniana adaptación mecanismos de supervivencia que les permitan esquivar abusos evidentes. Cuando se ve la alegría y despropósito con que se gasta lo que del producto de nuestros esfuerzos nos arrebatan, no querrán que respondamos como un escandinavo ante tales requisas.
   Bueno, pues ya soy cojo de censo. Desde hoy, día de san Agatópodo. ¡Manda huevos! Tengo que averiguar si Nostradamus dejó dicho algo sobre mí.
Andar con prisas es de pobres y de gentes sin clase. El caminar pausado, intentando mantener recta la espalda, aporta elegancia, distinción y galanura. No hablemos del efecto teatral de un bastón bien elegido, con su cabeza de cobra. Quienes te quieren, te cuidan y protegen más, si cabe; muchos te abren las puertas y te recogen del suelo, ahora tan lejano, lo que se nos cae. Cuando se pierde un sentido o una capacidad, la naturaleza suele compensar aguzando otra hasta ahora latente o a medio uso. Espero ansioso y expectante notar algún cambio positivo en mi organismo. Tal vez ya no necesite wifis, me vuelva luminiscente, levite o pinte mejor.  Ya os contaré. Por ahora conformémonos con aparcar donde antes nos estaba vedado.
 
Vale.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Epístola de los ministros



Aquí estamos tomando un café en casa la mañana del sábado, leyendo la prensa y ojeando en internet la apabullante abundancia de mensajes, sugerencias, enlaces e imágenes que entran por las puertas que abrimos a más foros de lo que podemos atender. Entre mucha paja, hay algunas noticias, artículos y comentarios que merecen más atención. También algunas acuarelas maravillosas que nos iluminan la mañana. 
Laurentino Martí
http://www.laurentinomarti.net/p/aquarelles.html
 Doy con un artículo en el que se recogen las declaraciones del brasileño Chico Buarque, cuando era ministro de educación de su país. Respondiendo en una universidad norteamericana a una pregunta acerca de la internacionalización de la Amazonia, argumenta de forma brillante y razonable, es decir, le da una educadísima bofetada al mundo, que es el título con que el blog donde lo leo titula su comentario. Como la respuesta es larga y enjundiosa, proporciono el enlace, mejor que resumir algo en lo que nada sobra:
Comparto esa noticia en facebook y comento:
  “Quienes no hemos dejado con qué encender, quienes consumimos recursos naturales, propios y ajenos, a un ritmo insostenible, pedimos a quien aún tiene bosques y ríos limpios, territorios sin explotar, recursos que nosotros esquilmamos hace siglos, que los conserven en bien de la humanidad. —La humanidad a la que nos referimos somos nosotros—.
    Tal vez debería haberse hecho así, pero estamos poco legitimados para decir a estos países qué deben hacer en su propio territorio. Deben ser ellos quienes decidan, esperemos que mejor que lo hicimos nosotros.
   Este artículo sobre las declaraciones del ministro de educación de Brasil es muy esclarecedor. De paso. ¡Qué envidia de ministro de educación! Al menos por estas declaraciones, si su ministerio lo dirige con ideas parecidas a las que expresa aquí.
   Observo que he alcanzado un grado de incredulidad y recelo alarmantes. De todas formas, todo lo que dice lo comparto plenamente”.

Medito, matizo mi suspicacia y añado:

   “Olvidaba recordar que Chico Buarque es músico. Eso disipa parte de mis dudas. Siempre he creído que los sillones y los despachos tienen voz propia, una voluntad ectoplasmática que se impone y se apodera de las iniciales intenciones de quien ocupa el cargo.
   Reconforta escuchar a un ministro de educación interpretando una bossanova, en lugar de desacreditando a quienes debería defender”.

Añado un vídeo de un tema interpretado por el ministro de educación —el de Brasil, no el nuestro— 
:— (
Lamento informarme, después de haber leído ese artículo en varios lugares y escrito lo anterior, de que en Brasil tienen no uno, sino dos Chicos Buarque. Uno el ministro Cristiovão Buarque, otro el cantante Francisco Buarque de Hollanda, que comparten apellido y apodo. La foto incluída en el artículo corresponde al cantante, redondeando la confusión. La red tiene estas cosas. Decía que soy receloso y suspicaz pero veo que aún debo mejorar. La realidad ya es suficientemente rica y sorprendente como para que necesite de adornos y mitos urbanos o rurales. No fue, por tanto, el cantante quien hizo esas declaraciones sobre la Amazonia. Tampoco este ministro canta bossanovas. Una pena. El ministro que canta bossanovas es Gilberto Gil. Tal vez ese es el origen de la confusión. Parece ser que este anzuelo en que he picado es especie que se ha multiplicado en la red, con lo que, de todas formas, si en tantos lugares lo afirman, acabará siendo verdad.
 
Toquiño y Gilberto Gil, éste sí, Ministro de Cultura de Brasil (2003-2008)

 El resto de lo que digo allí creo que es cierto, al menos es mi opinión. Son los propios despachos, o sus amplios sillones y poltronas quienes al final deciden. De alguna forma para mí desconocida, se van impregnando de las ideas de los sucesivos ocupantes, gestándose entre las mullidas moquetas una especie de cerebro ectoplasmático que conserva y transmite opiniones inmutables, respuestas y valores que van engullendo los de los sucesivos ocupantes, reemplazando todos los ideales que defendían antes de tomar posesión del despacho, en el caso de existir. En realidad, ocurre al revés, no toman posesión, ellos son los posesos. Una persona normal no puede concebir que alguien acceda a un cargo con la intención de jorobar a sus administrados. La tozuda realidad nos muestra que, en la mayoría de los casos, así acaba ocurriendo.
Se nombra a un ministro para dirigir la función pública, pongo por caso y se estrena en el ansiado cargo arrojando una palada de basura en la cara y en el alma de aquellos a quienes va a dirigir, hablando con menosprecio y desdén de empleados públicos a los que, acto seguido, pedirá la colaboración y el entusiasmo necesarios para sacar adelante lo que se le ha encomendado administrar.
—“¡Se les ha acabado el cafelito a estos vagos de los funcionarios. Pues menudo soy yo!”. Eso como primera providencia. No se puede empezar peor. Todos sus esfuerzos posteriores por gestionar con éxito su parcela de poder son ya inútiles. No cabe mayor torpeza. Que su misión no era proteger y defender a sus funcionarios, que también, sino a quienes con sus impuestos les pagan por los servicios que de ellos reciben es algo que entiendo y comparto, pues así debe de ser. Pero ese inútil debería saber que también le pagan a él y que poco se consigue insultando y desprestigiando a quienes deben trabajar a sus órdenes y aplicar sus reformas, asumiendo añadidos esfuerzos y quitas en nóminas y pagas extras. 
Optando por echar más carnaza a hipotéticos votantes, entrega a sus indefensos subordinados a los leones. Los espectadores del circo donde son despedazadas estas víctimas inocentes no son capaces de caer en la cuenta de que, entre aplausos, están viendo morir a quienes mañana echarán de menos cuando necesiten de los servicios que hasta ayer les prestaron. Así es distraída la atención de los ciudadanos para evitar que lleguen a pensar lo suficiente para dar con los verdaderos culpables de la situación.
Prefiero un ministro de educación sacado de un escenario que de una tertulia. Un ministro del ramo debe defender la calidad de la educación, si esa es la palabra y el cargo que se repujó en la fina piel de la cartera que le entregaron, no dedicarse exclusivamente a cuadrar las cuentas. Para eso está el de Hacienda. De todas formas, a mi edad, ya he sobrevivido a nueve leyes de educación, decenas de efímeros ministros y demasiadas reformas o frustrados intentos de llevarlas a cabo. Sólo, haciendo un esfuerzo, consigo recordar cómo se llamaban algunos de ellos. De otros ni siquiera conseguí memorizar su nombre cuando estaban en activo. Viniendo de la alta y endogámica administración, cimas que nunca alcanza un funcionario, de los centros de estudios demoscópicos, de la concejalía de festejos de algún pueblecito de la costa, de la docencia en la universidad o de otros antros de perdición similares, no llegan a entender que una reforma educativa tarda muchos años en cuajar en las aulas donde almacenan alumnos de una edad que ellos no han conocido profesionalmente. 
Creen que sus taumaturgias harán aparecer benéficos espíritus y que nuevas realidades se crearán invocadas por los conjuros del B.O.E. Para ellos, una vez publicado el decreto o la norma, la situación ya está cambiada y el tema resuelto. Pasaré a la historia como un gran reformador, piensan. Craso error. Ni en educación ni en nada en lo que intervengan seres humanos funciona así la cosa. Tal vez incluso olviden que quienes aplicarán sus instrucciones, con entusiasmo directamente proporcional al aprecio y estima que el ministro haya sido capaz de mostrar hacia ellos y su trabajo, son seres humanos.
Al menos quien va a dirigir el trabajo de decenas de miles de individuos debería tener algunas nociones de cómo reaccionan éstos, de cómo se lidera un grupo. Carecen de la ciencia fundamental de quien debe tratar con personas, que tiene sencillos fundamentos, entre los que destacan el sentido común y el intentar ponerse en el lugar de los demás. Meterse en los zapatos del otro, que dirían los ingleses.
Imaginemos a un general encaramado en su brioso corcel, arengando en registro marcial y cuartelero a sus tropas para insuflarles ánimos antes de una batalla que se adivina cruenta y dudosa: —¡Hatajo de ineptos! Las vais a pasar putas y lo más seguro es que os maten, aunque merecido lo tenéis. Yo os dirigiré desde aquella colina que me ofrece fácil escapatoria si la cosa se os pone fea. Sé que habéis comido mal y que mal equipados y pertrechados os enfrentáis al enemigo, pero la cosa no da para más, que vacías están las arcas por gastos y dispendios que ahora no vienen al caso. Aunque poco cabe esperar de vosotros, luchad con brío y valor, para que los mandos nos repartamos cuantioso botín. Los que al final del día estén vivos, no esperen recompensa alguna, básteles con el honor que supone defender a la patria y el bienestar de quienes les dirigimos con tanto esfuerzo y riesgo. ¡Que Dios os proteja, hermanos!
Ninguna batalla se ha ganado así. Con los hábiles estrategas que nos dirigen, demos por perdidas cuantas guerras emprendamos. Si Publio Cornelio Escipión hubiera arengado a sus tropas en las guerras contra los cartagineses en la forma en nuestros ministros se dirigen hoy a los ciudadanos, parte de Europa hablaría lenguas derivadas del púnico en lugar del latín. Eso sí, el Vaticano estaría edificado cerca de Túnez.

jueves, 16 de agosto de 2012

Epístola del Sur

    “Rubias gentes me tienen compasión”, nos cantaba Vainica Doble allá por los años 70. Menos piadosos se han vuelto ahora nuestros vecinos, actuales socios capitalistas de la empresa España. No les cuadran hoy las cuentas, recuperan sus dineros, de paso se llevan los nuestros y nos hacen un ERE. Tan grises y sombríos como las tierras en donde viven, no perdonan la luz y la alegría del sur, de los PIIGS, como cariñosamente nos llaman.
    Leo que un bárbaro de la actual Germania nos explica cómo aprendió a odiarnos. Su cuadrada mente asimiló tal ciencia en su visita a Hispania en 1988, recuperando la más rancia tradición de los anglosajones románticos que en el XIX visitaban nuestro país y otros del Oriente, pues allí nos ubicaban, deslumbrados por la Córdoba y Granada árabes y tan puestos en Geografía como sus hijos americanos que ignoran dónde coño paran los países que invaden. Nos encuentra groseros e irrespetuosos, siendo el teutón, como sus palabras muestran, persona que derrocha amabilidad y respeto por donde va, y más cuando se rebaja a desplazarse a un país de camareros a su servicio.
    El mafioso americano Sheldon Adelson quiere que adaptemos nuestras leyes a sus gustos y a las necesidades de su negocio. El indeseable turista alemán que en unos pocos días aprendió a odiarnos, pues son muy aplicados en el estudio, seguramente diluidos sus pensamientos y su percepción en un par de cubos de cerveza, nos examina también como la finca que se piensa comprar pues, para ellos, estamos en liquidación. En Italia no lo ocultan, y estando como estamos en plenas rebajas, ponen a la venta palacios y castillos, las joyas de la abuela, para devolver sus deudas.
   Algún corsario de la city contará los florines ganados aposentado en el castillo Orsini, en el Lacio. En el fondo, admiran y ansían lo que algunos dicen despreciar.
   Cuando regresan a sus umbríos países después de pasar en el sur los pocos días de su existencia dignos de ser vividos, muestran a los parientes, amigos y vecinos, aún con la piel del color del marisco recién cocido, las fotos de  las playas donde se han bañado y requemado, la bulliciosa vida de las calles y el encanto de los pueblos y ciudades que visitaron, los innúmeros pinchos devorados, las tascas donde se han emborrachado y, en definitiva, un mundo más alegre y vital, más feliz que el suyo propio. Pero ahora deben regresar a su país, afligidos, para ahorrar y poder permitirse volver a pasar unos pocos días en ese arruinado país de risueños irresponsables. Por eso nos odian durante el resto del año.
   Sufren porque algo, entre las brumas que enturbian sus mentes, les inquieta al sugerirles que esas personas alegres y derrochonas, que se pasan la vida en las calles, que disfrutan todos los días de su vida de paisajes, tradiciones y placeres que ellos sólo pueden superficialmente apreciar los pocos días del año en que los cambian por los tenebrosos parajes que habitan, esas mismas insensatas personas, son los descendientes de quienes les civilizaron, llenaron de significado y belleza muchas de las palabras que usan, edificaron esos monumentos que, a trozos como el friso del Partenón, roban cuando pueden y cuyos ancestros, alrededor del Mediterráneo, destilaron a lo largo de muchos siglos la ciencia de saber comer, beber, conversar y, en definitiva, vivir. No se debería despreciar a las personas cuyas obras y cultura envidias.
    Ese engreimiento y soberbia de quien, en el fondo, se sabe inferior en cuanto al más importante de los saberes, el de vivir, es apuntalado por la incultura y el interés, y es filtro que no les permite discriminar entre pueblos y gobiernos.   
   Esas personas a las que me refiero, la minoría más estúpida e intolerante de entre los millones que nos visitan, nos odian no porque pongamos en peligro su bienestar con nuestro despilfarro. Nos odian porque los aborígenes de los paraísos que visitan vivivimos mejor que ellos. Y vivimos mejor y somos más felices no por ser más ricos, que no lo somos, sino por siglos de práctica, sobreviviendo a merced de dirigentes tan nefastos como los suyos, tanto pasados como presentes.
   Lo que escribo, es decir, lo que pienso, está tan lejos del chauvinismo como de la xenofobia. Bienvenidos sean quienes nos visitan o se quedan aquí a vivir sin mirarnos ni por encima ni desde abajo, sino a la altura de la vista, como iguales. Pero sin faltar.

   Vale.


No hay nada tan fácil que no se pueda hacer mal:

En este vídeo podéis ver a Vainica Doble ejecutando, en la peor de sus acepciones, el tema mencionado. En el vídeo uno espera que, en cualquier momento, aparezca una pareja de la guardia civil a detener al bajo. Como la grabación de la ejecución fue interrumpida, no es de descartar que tal hecho se produjera en su momento:
Mejor, escuchad el tema en Spotify.

sábado, 11 de agosto de 2012

Epístola del HARA-KIRI


eo que el gobierno de Japón ha tenido que dimitir y convocar a los ciudadanos a las urnas tras una moción de censura presentada por siete partidos en la cámara alta, dominada por la oposición, después de haber superado en la baja una moción de confianza.
   El motivo de esta grave decisión, normal en Japón y otros países más afortunados y sanos moralmente que el nuestro, ha sido el incumplimiento de UNA promesa electoral, pues elevaron los impuestos al consumo (el IVA), algo que habían prometido no hacer.
   Y yo medito, reflexiono y me digo: ¡Qué envidia! Mi envidia no es sólo porque tal motivo, aquí diluido en un infinito mar de indecencias, lleve a dimitir a un gobierno. Eso ya es mucho. Indica un nivel ético y moral muy por encima del que pueden acreditar muchos de quienes han gobernado y gobiernan en España y en sus comunidades o ayuntamientos. Mis reflexiones me llevan un poco más allá. Lo que más envidio es que, frente a un gobierno que incumple una promesa de su programa, existan siete partidos con la suficiente autoridad moral y la conciencia bastante limpia como para poder exigirle que dimita por ello.
   Llevadas a España estas reflexiones se me saltan las lágrimas. ¿Quién podría hacer aquí tal cosa? ¿Quién tendría suficiente credibilidad y respaldo moral, no desmentidos por su anterior ejecutoria, para poder lanzar la primera piedra?
    ¿Vendría lanzada desde Valencia? En un hipotético juicio para depurar sus responsabilidades, tan exigible como impensable entre nosotros, la acusación contaría con sólidas pruebas de hormigón, no siendo las más escandalosas de ellas un aeropuerto con menos tráfico aéreo que Marte, una televisión con un presupuesto solo algo menor que algunas otras comunidades y, como consecuencia de cientos de chanchullos así, una deuda que nunca podrán pagar.
  ¿O vendría arrojada con tino por las manos de quienes acaban de dejar el gobierno de un país al que han llevado a la ruina y que se agazapan ahora, amordazados por su nefasta gestión anterior, no menos culpable que el consentir que los demás les superaran en derroche? ¿O tirarían desde Andalucía una piedra mientras son jaleados por los amigos y clientes a los que estos hipotéticos lanzadores prejubilaron de forma ilegal, falsa, indigna y lesiva para el interés común, puesto siempre muy detrás del propio? 
   Tal vez llegara la primera piedra desde Cataluña, lanzada con ira entre lágrimas de cocodrilo por supuestas víctimas del acoso económico al que el gobierno central les somete al no pagar las deudas que ellos mismos contrajeron. No echarán la culpa al gobierno anterior de su comunidad, también lapidable, que es quien con su despilfarro y clientelismo ha llevado a la antes próspera Cataluña a una situación tan ruinosa como la de las otras comunidades. No. Al tripartito ni nombrarlo que, al fin y al cabo, son de los suyos; la culpa es del resto de España, que les chulea.
   No se esperan piedras desde Castilla-La Mancha, Murcia, Baleares, ni de ninguna otra comunidad, con parecidos expedientes a las anteriores. Algunas podrían enviar una china, pero no tan grande como para hacer daño. Navarra y el país vasco tampoco lanzarían losas ni guijarros, quietos y procurando que en este momento económicamente desesperado para el resto nadie se acuerde de ellos, tan calentitos como están al abrigo de sus privilegios históricos, es decir, de una injusta discriminación positiva que, para más inri, viene de antiguo, renovados sólo muy recientemente y ahora llamados “cupo” o “concierto”, de forma más aséptica y musical..
    Tampoco están algunos mimados sindicatos estatales para participar en tal pedrea. Como bomberos, policías, médicos o maestros, no son sino otros funcionarios más de las distintas administraciones que con dinero público pagan sus sueldos, sus instalaciones y sus gastos. Con estos mimbres no es raro que se nos haya desfondado el cesto.
   Las decisiones políticas más importantes del país, desde su misma estructura hasta la aprobación de muchas de sus leyes, ha sido producto del chalaneo, del chantaje, de lo que aunque eufemísticamente presentado como negociación y consenso, siempre necesarios, no ha sido en muchos casos más que el indigno intercambio de los votos necesarios para seguir cada uno en su sillón. Las contraprestaciones a estos apoyos parlamentarios suelen traducirse en más dinero para quien los proporciona, un aumento en la porción de tarta para unos, en detrimento de la ración que a otros comensales debería corresponder, sin que se salve ni el niño, que está creciendo. 
    Más dinero público ha ido a tapar bocas que baches de las carreteras u otros agujeros contables. Al amigo le damos más por amigo, al adversario, para que como amigo nos trate. No se han inventado las circunferencias de 1600 grados, pongo por caso, que pocos me parecen para que cuadre el reparto de la tarta nacional,  y ya nos dejaron dicho en Babilonia que una circunferencia como Baal manda debe tener sólo 360. Por eso, he escrito anteriormente que una cartilla de Rubio, del número 2, la de sumar llevando, es ciencia que debería exigirse a quienes pretendan llevarnos las cuentas, no seguir llevándose de ellas.
   Vuelvo al ejemplo de Japón, con que iniciaba mis reflexiones. Señores diputados, nacionales y autonómicos, gestores de entes y empresas tapadera de sus deudas y refugio de sus parientes y paniaguados, exdirigentes y altos cargos de cajas de ahorros, consejos de administración de los antiguos monopolios malbaratados cuando pasaron a privadas y conocidas manos, que con tales puestos y sueldos ahora les recompensan, asesores todos, de ayuntamientos, ministerios y consejerías, por favor, haced lo que en la tierra del Sol Naciente hace tiempo que, con mucho menos motivo ya habrían hecho: ¡Dadnos una satisfacción y haceos el hara-kiri!