domingo, 21 de febrero de 2021

Epístola luperca

 

Leo un artículo de Lluis Basset sobre Draghi y su discurso como nuevo jefe del gobierno italiano y... me da mucha envidia de Italia. Fíjate tú. Dice Draghi, que ya salvó el euro y ahora va a intentar salvar a su país con un gobierno de unidad nacional aquí tan necesario como, por ahora, inimaginable: “Sin Italia no hay Europa. Pero fuera de Europa hay menos Italia. No hay soberanía en la soledad. Solo hay el engaño de lo que somos, el olvido de lo que hemos sido y la negación de lo que podemos ser”. “Hoy la unidad no es una opción, la unidad es un deber. Pero es un deber guiado por lo que estoy seguro nos une a todos: el amor a Italia”.

Si alguien dice algo así en el parlamento estepaiseño o en los virreinales una de dos, o lo toman por loco o por facha. Seguramente se le supondrán ambas virtudes.

Como miembros de la misma familia que somos, primos hermanos mamones de Luperca, que siempre del Mediterráneo y luego de Roma venimos, se nos parecen los italianos en muchas cosas, pero son muy diferentes en otras. Están acostumbrados nuestros primos de leches remotas a cambiar de gobierno, incluso a vivir sin él, a tejer pactos aquí inverosílimes, a veces al filo de la navaja; a mezclar el agua con el aceite sin los grumos que aquí nos salen en estas mezclas difíciles. No le cogemos el punto a esos alliolis. Será porque usan nuestros próceres la mano del mortero para arrear porrazos al contrario, incluso al socio. Y ponen la cocina y el parlamento perdidos. Además, con el testuz lleno de chichones y mataduras no se piensa más que en devolver los golpes. Y en ello están gran parte del día y de los días.

 Tienen casi todo lo bueno y mucho de lo malo que aquí tenemos, empezando porque la justicia aún se imparte a base de latinajos. Y que nos gustan las calles, hasta el punto de que todos dicen que son suyas. La quemé porque era mía, puro machismo criminal. Como nosotros, tienen sus extremos y sus locuras, siempre muy creativos y ocurrentes. Sus payasos, será porque inventaron el circo, sus antisistemas incrustados en el sistema del que reniegan, pero cebados por él. Otros mamoncillos. Nada tienen que envidiar los nuestros a sus grillos y sus mantis, a sus fieras en sus circos, sus cigarras y sus hormigas, sus lobos y sus corderos, sus pavos reales y sus cotorras, sus buitres y sus cerdos, sus tenias, unas solitarias, otras societarias y arracimadas. Sin salir del reino animal tienen en el foro, como aquí, señoritos abonados al palco, imbéciles con balcones a la calle, xenófobos, cabrones con pintas, cantamañanas y abrazafarolas de uno y otro pelaje, con su verborrea, su desvergüenza y su canesú. Y, además, la mafia. Varias. Y allí están, los reyes del diseño, siempre unos artistas. Nos dicen, (Andreotti refiriéndose a nuestra política), que aquí manca finezza, y se quedan cortos. Aquí tenemos gerifaltes que son neurocirujanos operando con legona. Y algunos pacientes aplaudiendo la suerte y diciendo que con qué mejor

Pero cuando pintan bastos en Italia se ponen de acuerdo, a veces en el último segundo, ya asomados al barranco. Y se sacuden a los extremos, esos insectos dañinos que les caen en el hombro a las democracias, las parasitan, chupan de ellas todo lo que pueden, las infectan y las hacen peores, las cuestionan y las ponen en peligro. De palabra o de obra. Un hereje está bien en su secta, pero no en la conferencia episcopal.

En Italia se ponen a las cosas, ese consejo que un Ortega y Gasset escaldado dio a los argentinos en 1939. Aquí nuestras cosas vienen siendo el Hasél, el impostado e inexistente problema de los estudios de la infanta, o el inoportuno de si monarquía, república o directorio, si son presos podencos o políticos galgos, si nos vamos de la sede, como el que deja un hueso en un santuario creyendo dejar con él la artritis, si nuestra democracia es de recibo (o de albarán) o si la podemos estropear para que deje de serlo. Si la caja de estos era A o B y la de aquellos C o D, a ver quién está pagando la niñera,  si odiamos al que debemos de odiar o no atinamos al elegir, si nos ponemos de acuerdo en qué hay que olvidar y perdonar y lo que no; si al dar por bueno que alguien se crea Napoleón debemos también alojarlo en las Tullerías y luego enterrarlo en la iglesia de los Inválidos, si a esta ley le buscamos opositores porque no la hemos presentado nosotros, si Jack el destripador era o no era un hombre de paz, si la libertad de expresión se amplía a adoquines, teas y saqueos, si los okupas existen o es ilusión, si la violencia policial en los disturbios debe ser proporcional a la de los vándalos o si sería necesario y más razonable que fuera mayor, como poco disuasoria, a menos que queramos contemplar con interés deportivo quién gana, cuando está claro quién necesariamente tiene que ganar. Salvo los que se ponen en corto respecto a la democracia, que los hay, y bien situados, hasta excelentísimos. Si gastar millones de dineros públicos en financiar los desvaríos de mi secta,como viene ocurriendo decenios en Cataluña, es malversar, robar o es gasto corriente, si aquella asonada parlamentaria, entre surrealista y alucinatoria, fue golpe o gachapazo, si la justicia debe de ser independiente o lo suyo es que dependa de mí, etecé, etecé. Esas son nuestras cosas, una pequeña muestra de ellas. Las que nos entretienen. Estos son (o quieren que sean) nuestros dilemas, entre otros que, como decía el físico teórico Wolfgang Pauli acerca de algunos argumentos estrafalarios: ni siquiera son falsos.

 Siempre nos pilla el toro, y más desde que hay tanto antitaurino. O el virus. Uno porque corre mucho y ya no sabemos escurrir el bulto, otro por que no se le ve venir y porque hay más virus que mihuras y victorinos. Hay muchas cosas más gordas que tampoco vemos, ni queremos ver, ni ir ni venir ni caer. Por eso también nos pilla la nieve en una carretera que se nos avisó que quedaría bloqueada. Que vengan por mí, pero ya, que para eso está el Estado, el gobierno y la diputación. Si no el ayuntamiento. Para eso y para todo, que yo con nacer ya hice lo mío y de pagar impuestos, tampoco hay que pasarse. Pues anda este. El problema nacional durante la pandemia ha sido más el cierre de los bares que los muertos, para qué nos vamos a engañar. De todas formas casi todos eran viejos demás, aparte de que las pensiones se ponen en un Perú. No hay mal que por bien no venga, habrán pensado algunos jóvenes rumbo al botellón, si es que algo piensan. Afortunadamene la mayoría son mejor que eso. De infamia a infamia, como algunos no saben si este país es uno o trino, como ocurre con todo lo espiritual etéreo, volátil o licuable. Desde luego el país es exprimible, que el mundo tiende a lo líquido y no está demás ayudar al proceso. Y repartible, parcelable y escriturable, que el terruño es el terruño y a ti te encontré en la calle. Quedamos en tener autonomías, no autonosuyas, que los territorios también se inmatriculan, lo que no es raro dado el porte y carácter episcopal de algunos dirigentes meapilas y trabucaires de talante carlistón.

 En fin. Aunque no creo que fuera suya la frase, hubo un presidente de la diputación de Albacete que, apaletando el lenguaje tal vez para sugerir que era refrán, no idea suya, decía que “a gastar mientras haiga y cuando no haiga, a poner orden”. Cuando llegue el momento de hacer la raya y sacar cuentas, si por entonces hay en el gobierno alguien que recuerde cómo era eso de sumar llevando, que no llevamos camino con tanta y tan mala reforma educativa, no sé si estaremos ya a tiempo de poner orden, que vivimos de prestado desde hace ya demasiadas legislaturas. Y un país, como una familia o una empresa, puede pedir un préstamo para un gasto urgente, imprevisto, ocasional. Para financiar una inversión, una casa, una infraestructura, única deuda o hipoteca que se debería dejar como herencia. Pero no como modus vivendi para pagar las nóminas ni para comer. Si no ganamos ni para comer, hay que cerrar la boca y la industria. Y en esas están ya muchos, sin comerlo ni beberlo, que ni hay dónde ni con qué. Lo que no podemos es cerrar el país, aunque a no pocos le gustaría. Sigamos debatiendo de gilipolleces y dedicándonos a justificar paridas, o a rebatirlas, siempre según quién las diga, que el despertar va a ser crudo y la casa sigue sin barrer.


lunes, 8 de febrero de 2021

Epístola léxica y jardinera

Lo mejor que puede uno hacer en la situación política y mediática actual en España es dejar de meterse en jardines artificiales. De esos jardines cuadriculados de caminos ya trazados, con su laberinto incluido y donde cada flor y cada mata ha sido puesta a mayor gloria y gusto del jardinero que los urdió. Dedicar nuestro tiempo, pensamiento y argumentaciones solo a problemas reales, serios y generales. No perder ni tiempo ni fuerzas en leer, analizar, y menos a discutir de tantos y tantos temas menores que se nos ponen encima de la mesa, seguramente para encandilarnos con ellos y conseguir que olvidemos otros más relevantes. Nada nuevo.. Con la que está cayendo, mejor desconectar de ciertos asuntos y dilemas, unos por amortizados, aunque resucitados con oportunismo, otros por artificiosos y no pocos por demenciales.

Suelen aparecer las noticias como las cerezas, arracimadas. Unas provocan la aparición de las otras, con coincidencia en el tiempo, en un intento general del gremio por compensar, difuminar o tapar cada banda sus vergüenzas haciendo aflorar al unísono las ajenas. Poco importa si hay que resucitar temas ya amortizados, personajes fantasmales, ideales o afanes muy mionoritarios, juicios ya sentenciados o antojos con olor a naftalina. Muchos temas más actuales, unos muy graves, algunos reveladores y otros bochornosos, quedan sospechosamente en el tintero, fuera del foco o intencionadamente silenciados. Depende del partido, del canal o del periodista. Si se trata del contrario, nos remontamos a Adán, pero nuestra historia y nuestra responsabilidad empieza a contar desde cuando nosotros digamos. Faltaría más. La memoria es lo que tiene, que por ser algo necesariamente personal es acomodaticia y benévola con el pasado del recordante y los suyos.  Así, hay pasados eternos, los ajenos, que nunca prescriben ni caducan, mientras otros —los nuestros— son pretéritos guadiana, que intermitentemente afloran o se soterran, según el lustre que cada episodio aporte a la construcción de la leyenda propia, que siempre debe quedar apañadita, lustrosa y sin mancha. Siempre hay un matiz, un sucedáneo de argumento para dar a entender que, haciendo lo mismo, cuando son los míos está bien, pero cuando lo hacen otros está mal. Sin mover una ceja gracias a la esclerosis facial. Estando disponibles versiones opuestas de cada cosa, ya cada tribu elige la editorial que en sus publicaciones más refuerza sus opiniones y sus simpatías. Una que se limitara a difundir la mera verdad no vendería una escoba.

Tal vez merezca la pena refugiarse en la filosofía, sobre todo en la última, la que se centra en el lenguaje, en las palabras, que acaban siendo la única realidad operativa. Simplemente con desbrozar el lenguaje político e ideológico, que está menos en las cosas que en las hegemonías tendentes a escriturar temas, ideas y valores, ya estaríamos empezando a clarificar la situación. Desenmascarar eufemismos interesados, malversaciones semánticas, falacias y sofismas creo que es lo único útil y razonable que podemos hacer. Es inútil intentar debatir, argumentar, mostrar razones y realidades. Ambas cosas hace tiempo que poco cuentan, se han rendido frente a los sentimientos y las creencias, no pocas veces supersticiosas, que hoy reinan casi sin oposición. Se llega a un punto tal de empecinamiento en defender cualquier cosa que marque la diferencia entre los nuestros y los otros, con razón o sin ella, que no merece la pena entrar en pelarzas estériles pues, sabiendo de antemano que es imposible convencer a nadie de nada, al menos sería deseable que unos se escuchen a otros y que todos dejen de actuar como creyentes en defensa de la única fe verdadera. La suya. Fuera de ella y su catecismo todo es herejía, error y confusión, si no patología. Con su pan se lo coman, junto con sus letanías.

Simplemente entrar en discusión sobre algunos supuestos problemas, que solo lo son para los que los plantean, a veces después de haberlos creado, ya es empezar mal. Supone reconocer que el problema existe realmente tal como ellos lo presentan, algo dudoso. Mejor dejarles cocerse en su propia salsa, pues son controversias escolásticas, bizantinas, siempre apartadas de lo que afecta y preocupa al común, que son las urgencias de la vida real, que precisamente hoy no dejan espacio para mucho más. Dada la propia irrealidad de no pocos debates, el carácter académico o sectario de muchas de las cuestiones que mantienen entretenida a la feligresía, pronto aparecen las herejías, los otrosís, los intentos de quedarse con el invento, las divisiones y los cismas. Lo mejor es reírse desde fuera, pero no mojar en ese plato envenenado.

Demasiadas guerras hemos perdido ya, la razón y nosotros, por no mantener afiladas las armas del debate, pues casi siempre las batallas que nos llevaron a anteriores rendiciones eran palabras cuyo significado cedimos. Eran nuestras fortalezas, nuestros fortines, las murallas que mantenían a salvo el raciocinio y la posibilidad de dar con la verdad. Defendamos las que quedan e intentemos recuperar las perdidas, al menos no utilizándolas en nuestros argumentos ni aceptándolas en los ajenos. Exiliados, presos políticos, memoria histórica en lo que se refiera a recordar u olvidar selectivamente y por decreto, como se quiere fijar en los cronicones y manuales, cuando no en el BOE. Valores republicanos no siempre defendidos ni procurados por los que no se sienten monárquicos, lucha para nombrar los crímenes de mafias terroristas, recuperar por conseguir lo que nunca se tuvo, corona catalano-aragonesa en lugar de Corona de Aragón, única que existió en esos territorios condales, deudas históricas discriminatorias basadas en una historia interesadamente incierta que recuerda lo no ocurrido tanto como esconde lo que sí para justificar seguir esquilmando a los que debemos concluir que ni tenemos historia ni los derechos que de ella derivan otros; dar por bueno que se haga pasar todo lo antiguo o tradicional por periclitado y pernicioso, desde una idea a una costumbre o una ley, pues admitido tal dislate se presenta como necesario reformar la sedición o la rebelión para adaptar tales figuras legales más a situaciones y delincuentes concretos que a los tiempos, con un argumento que no se extiende al asesinato, más antiguo. La lista sería casi infinita, pues pocas palabras (y los conceptos que reflejan) quedan que no hayan sido desportilladas y tergiversadas. Hay antifascistas claramente más fascistas que aquellos a quienes dicen combatir, memorias que mucho tienen de olvido, liberales que no lo son, como izquierdistas que tampoco. Antifranquistas sobrevenidos y extemporáneos ya sin ningún hueso que echar al caldo, ciertos comunistas nostálgicos que respecto al desacreditado y enmohecido afán de la dictatura del proletariado muestran más simpatías hacia la primera que hacia el segundo, Progresistas que, como los cangrejos, creen avanzar andando hacia atrás, conservadores que arramblan con monumentos, murallas y edificios de antaño, con humedales, bosques y todo lo que ponga por delante si con ello llenan la bolsa. No, no fueron los anarquistas con sus bombas los que echaron abajo las murallas y puertas monumentales que rodeaban las poblaciones, ni los que devastaron los primores de los centros históricos de pueblos, villas y ciudades para amontonar en sus solares ladrillos en masas tan informes como lucrativas. En las fotos los vemos con chaqué y sombrero de copa sonriendo entre los escombros. Eran los progresistas de la época.

Liberación, igualdad, derecho a decidir, pero solo para unos, que no para otros; museo nacional de una región, defensa de una lengua laminando la que es común, Cataluña o los catalanes para referirse a parte de ellos, los vascos y los españoles en lugar de los vascos y los demás españoles, autodeterminación de los pueblos y las aldeas, plurinacionalidad, problema catalán que lo es más entre catalanes que nacional, mandato popular, la voz del pueblo tomada por la mía o por la de unos de mi pueblo, judicializar la política por ejnuiciar a un político que delinque, hacer pasar la independencia de un poder a hacerlo depender de mí, Transición por régimen del 78, llamar genéricas a las relaciones sexuales, etcétera, etcétera. Mal cesto se puede hacer con mimbres dejados pudrir y deshilachados. ¿Cómo entenderse cuando las palabras, como en Alicia en el País de las Maravillas, significan lo que quiere el que las usa, el que manda o el que quiere mandar? El Perú de nuestra cultura occidental tal vez se jodió o empezó a hacerlo en el Romanticismo, cuando se dio prevalencia al deseo, a la intuición y a la voluntad personal, al culto a la identidad, a la ilusión y a lo etéreo frente a lo real, lo cierto y lo tangible. Y ya no han dejado estas falacias y perversiones de estar ahí, sobre todo en muchas mentes e ideologías, más cuando se confunden con intereses, si es que hay o ha habido alguna que no sea un constructo que justifica y favorece a quien la diseña o adopta.

Leo últimamente acerca de un proyecto de ley de esos que, presentándose como solución a un problema, crea otros mayores, como es costumbre en los que nacen en tales magines. No es que venga a adaptar las normas legales a situaciones no por muy minoritarias menos dolorosas, hasta ahora olvidadas, que necesitan un amparo normativo que termine con una discriminación o un agravio. Eso está bien, para eso nacen o se cambian las leyes, para dar carta de naturaleza y solución a nuevos u olvidados problemas, cuando hay consensos mayoritarios tanto sobre la existencia del problema como sobre la posible solución. Lo que ya está peor es ir más allá del problema y de lo que el consenso social permite y aconseja. Se aprovecha para estirar de una sociedad que se quiere modelar hacia la dirección deseada por una ínfima parte de ella, con diseño e imposición por parte de quien inexplicablemente se cree con el poder de hacerlo, una especie de mandato divino, lo que tiene no poco de sectario. Se elabora un discurso a gusto de la peña y en una estrategia de libro se eligen unas palabras que crean una nueva realidad, no que la describen, como debe de ser su función; ambas cosas se incorporan inmediatamente al catecismo de la parroquia y ahí están, todos conversos a ideas que, siendo ya talludos, nunca antes tuvieron. Ni imaginaron siquiera. Y lo que es peor, tema cerrado. Roma locuta, causa finita. Nadie, ni dentro ni fuera del consejo de ministros y ministras, se atreva a disentir, matizar ni corregir a la papisa Irenea que, dada su infalibilidad, es anatema atacar sus dogmas. A la hogueras del descrédito con el hereje. Empezando por la Lidia Falcó, una advenediza a esto del feminismo.

Pero no, aunque insistan y pontifiquen, cuando uno nace no se le "adjudica" un sexo, simplemente se constata el que la criatura presenta. Ya que no respetamos a la naturaleza, a la ciencia ni a la ontología, al menos respetemos las palabras, que por ellas se empieza a respetar a las personas. A partir de ahí, ya podemos argumentar. Si queremos llegar a soluciones verdaderas y correctas no usemos palabras inadecuadas y mentideras. Y así con todo. 



lunes, 1 de febrero de 2021

Epístola ingenua

 


    Uno de los recursos literarios más apropiados para la crítica de las irracionalidades y supersticiones arraigadas en una sociedad, un gremio o una ideología, es la de crear un personaje dotado de una mirada inocente, virgen, externa. Sea la ingenuidad infantil de Mafalda, la del Pequeño Nicolas (el de Goscigny, no aquel bandarra imberbe infiltrado en los salones políticos demostrando que si él era un oportunista vacuo, el cuajo y fuste de los demás no iba mucho más allá), el marciano perplejo de Sin noticias de Gurb de Mendoza, o el Ingenuo de Voltaire, por poner unos ejemplos. Todos ellos estaban dotados de esa candorosa simpleza, pero limpia e inteligente, que atribuye Mark Twain a su yanqui de Connecticut, republicano y protestante que, tras un golpe en la cabeza, hace aparecer en la corte del rey Arturo en el siglo VI, lugar y época utilizadas como espejo de lo propio.

 Mirar desde fuera permite a esa mirada supuestamente cándida mostrar sus colmillos retorcidos, que no son otros que los de la realidad, para triturar con ellos muchas de las cosas que damos por supuestas, esas que la costumbre no nos deja ver hasta qué grado son falsas, absurdas, incluso disparatadas. Esa ingenuidad supone atenerse a una razón incontaminada por la tradición, la autoridad o los prejuicios. Por eso un ingenuo dogmático, que no pocos incautos así hay, vive en una eterna contradicción. Recurriendo a la ironía, la mirada virginal desprovista de los lastres y artificios de la asumida corrección de la costumbre o la moda, se atreve a cuestionar muchas de esas losas que aplastan a la lógica y que, como decíamos, solo por el amor y el respeto a lo inveterado y consuetudinario, incluso a lo inútil, se mantienen operativas a veces siglo tras siglo, aun siendo irracionales y perniciosas.

 Toda esta larga introducción, (la brevedad tampoco es mi campo), es para justificar mi atrevimiento para opinar de virus o de economía, ya que en mi caso la falta de ingenuidad, carencia propia, más por vejez que por inteligencia, se ve compensada por mi total ignorancia de los arcanos del asunto. Asumo de antemano que se me diga ¡Ay, alma de cántaro! No es nada excepcional mi caso, pues es frecuente que los semovientes se enfrenten a noticias, tratos, incluso a programas políticos con iguales armas, una mezcla de candor e ignorancia, lo que les arroja a los barrancos del engaño. Todo es cuestión de engatusar a cada uno según su gusto, pastorear rebaños de afines con promesas de verdes prados, haciéndoles reafirmarse en sus errores, empujados por su guía suavemente hacia el despeñadero al que ya se dirigían por propio convencimiento, que por y para eso se habían arrebañado. El resultado es una procesión cantando salmos hacia los leones del circo, pero a gusto, convencidos y sin apartar la vista del frente, del cogote del que les precede, que él sabrá a dónde vamos.

 Si mi formación científica es lamentable, mis saberes económicos se pueden resumir en la certeza de que por la plata baila el mono, que decía el merengue de Wilfrido Vargas, siendo en Hispanoamérica el mono aludido por tal copla una persona inmadura, sin voluntad propia y que es manipulada fácilmente por placeres efímeros. Al final, y al principio, ninguna persona o ideología hace ascos al papel moneda, pues en el fondo todos sabemos que el dinero no da la felicidad, sobre todo si se tiene poco. Qué ocurre si se tiene mucho es algo que mantenemos en el terreno de las hipótesis. También me rijo por el axioma inapelable de que quien gasta más de lo que gana, debe. Y que quien debe depende de quien le presta, como corolario. Intuyo que, salvo fiado o incautado, es imposible repartir lo que previamente no se creó o produjo, sobre todo eternamente. Mi ciencia económica termina con la que proporcionan los cuadernos de Rubio de sumar y restar llevando. Con este bagaje, creo acreditar suficiente ingenuidad y extrañamiento al acercarme al tema.

 De la pandemia hemos aprendido algo de virus, que también tienen su economía. Aunque abundan los conspiranoicos que en todo ven complejas maquinaciones de fuerzas ocultas que urden nuestra ruina y tejen nuestra impotente desesperación, a veces tanto en la economía como en las infecciones víricas no hay inteligencia ni intención concertadas. Sus proteínas y su estructura conforman un solo propósito, sin que en ellos exista conciencia alguna que les capacite para hacer planes. Esa intención única e irracionada es la de multiplicarse; únicamente eso: sobrevivir para reproducirse. Para ello cambian, mutan cuando chocan con una pared que no pueden ver, degenerando para morir o mejorando sus posibilidades de encontrar una salida. No hay planificación ni más objetivo existencial que el de dejar suficiente descendencia. Podrían ser beneficiosos y, en lugar de provocar una neumonía, tal vez alguna variedad o mutación llegara a sintetizar azúcar a partir de la luz, haciendo nacer una raza de contribuyentes dulces, clorofílicos y verdosos. No sigo poniendo ejemplos para no mostrar que mis carencias biológicas son equiparables a las económicas. Pero la idea es esa, a veces no hay plan concertado, sólo afán de supervivencia individual; no existe confabulación, cooperación ni destino, sino simple caos, azar, aunque constreñidos por los límites de lo posible, dada la química de la vida. El menos interesado en acabar con la especie que le cobija es el propio virus. Una variedad que matara a todos los que le podrían hospedar moriría con ellos. Le conviene no ser letal en todos los casos. Es reconfortante ver que no les saldría a cuenta obrar así.

 En la economía ocurre otro tanto, a mi escaso juicio, salvo que sus virus con patas, traje y corbata, tienden más a la acumulación que a la mera supervivencia. El sindiós que padecemos y que nos chupa la sangre tiene unos límites, pues también debe mantener vivos el número suficiente de manos para fabricar y de bolsillos que compren lo fabricado. Algunos de los bienes con los que se trafica son etéreos, cercanos a lo metafísico. Cierto es que cabe suponer que la cosa está dirigida en sus acciones individuales por algunas inteligencias o ingenios algo superiores a los de los virus y que, en el caso de los chupópteros monetarios, hay jerarquías, planes e intenciones. El comportamiento de algunos actores económicos es en parte parecido a los víricos, en lo parasitario y en lo de acabar dando siempre con una vía de salida, mutar para seguir chupando. Aunque en este caso, a diferencia de los virus, chupones y chupados sean de la misma especie. Pero no hay un plan, una conspiración. Hay muchas, todas ellas en principio individuales, por eso del gen egoísta de Richard Dawkins, lo que iguala a todo lo que bulle, al virus y al ciudadano. Luego se producen, a veces casualmente por confluencia de intereses y estrategias, coaliciones, simbiosis y alianzas, ocasionales o perpetuas, como las hormigas pastorean pulgones o los hongos gorronean el jugo de las raíces. Hay cosas que están en la naturaleza, más cruel que lo que Disney enseña a los niños, para su perdición y la de ciertas ideologías utópicas. Eran más educativos los cuentos tradicionales, si por educación entendemos preparar a los tiernos infantes para enfrentarse a un mundo real donde los unos se comen a los otros. Y hay sangre.

 Cherchez la femme, decían aquellos, y atinados iban por eso de las tetas y las carretas. Como los que desentrañan crímenes y fechorías buscan quién se beneficia del entierro, quién hereda, pues si no siempre se llevaría las culpas el mayordomo, que nunca deja de estar en el ajo.

 España está en venta. Se están desmontando desde hace tiempo los mayores grupos industriales, como lo era Criteria, de la Caixa. Sectores estratégicos como la energía, la imprenta, incluso la alimentación, van a manos foráneas por cuatro perras. Santillana, nuestra Oxford University Press, mascarón de proa de una lengua que podría ser pujante industria, una multitud de editoriales vetustas fue malbaratada por Prisa a cambio de 465 millones. A manos finlandesas, que andan solventes. La propia Prisa, editora de El País está en almoneda. Para llorar. Como la luz, la información de masas, (varias cadenas de televisión) están en manos italianas, y no de las más limpias, como las de Berlusconi. Ya habían comprado a precio de saldo empresas eléctricas, gasísticas y otras que nos empobrecen y esquilman, pues sus manos no buscan prosperidad general ni eficiencia, sino beneficios a cualquier coste ajeno. La lista sería larga, por desgracia, pues vendemos desde las galletas, las bodegas y las minas, hasta el aceite a nuestros competidores. Las joyas de la abuela.

 Los dirigentes de esas compañías conducidas al saldo, siempre en rebajas de enero, con contratos blindados condicionados al precio de sus acciones, no a la fortaleza real de la empresa y a los beneficios de la producción, juegan a la ruleta de la bolsa y maniobran para salir forrados de esas corporaciones o bancos que malvenden sin ser suyos, en lugar de esposados, como correspondería. Son admirados como modelos de éxito, para más inri, pues antes reverenciamos con no declarada envidia el pelotazo que el éxito legítimo. Los pocos que no obran así, cabezas que sobresalen en ese mar sembrado de piratas, son decapitados por una envidia más difícil de ocultar y por el integrismo ideológico. Inditex, Mercadona, Corte Inglés y poco más. Leña al mono, incluso al que baila cuando toca. Hay más de los otros, más Florentinos y March, Botines y Entrecanales, Reynés y similares gestores y pseudoempresarios zalameros con el que manda, banqueros y especuladores, menos visibles a veces, aunque más cercanos al poder que los anteriores. Más cenas de negocios y enredos paga Florentino que Amancio y es revelador conocer con quién comparte palco y mantel. Algunos aún más cándidos que yo se asombrarían.

 Veremos si ciertas operaciones de venta de lo invendible en un estado serio tienen o no la venia para ser perpetradas. Entre el nacionalícese y el bueno está, hay un término medio. Si bien lo primero no debería ser anatema, salvo por el espanto de pensar a qué amigo, siempre un inútil, se encomendaría la gestión de lo expropiado, también está la posibilidad de impedir que ciertos sectores estratégicos caigan en las manos indebidas, más por indecentes que por foráneas, que también. Luego nos quejamos de que siempre nos quedará servir cañas, que es lo nuestro. Pero el modelo se mantiene, si no se empeora, pues se habla y se critica más que se hace y se destruye más que se crea, que siempre resulta más fácil y más rápido. Y el gobierno, las oposiciones y yo, con estos pelos. Seguramente será mi declarada candidez, pero compruebo que nos están sacando la piel a tiras y no quisiera llegar a pensar que también nos toman el pelo.

 

sábado, 30 de enero de 2021

Epistolilla exiliada


 A veces una frase o un titular provoca reacciones y comentarios enfrentados, unos más ajustados que otros a lo dicho. Estas pelarzas dejan a un lado lo que hay detrás, antes y después, las ideas, antecedentes y consecuencias que reflejan y provocan unas declaraciones concretas. En ocasiones estas ideas aún son peores que las frases que motivan la polémica, aunque, al menos, dejan al desnudo a personajillos que inexplicablemente ocupan un lugar más protagonista del que que sus merecimientos y capacidad permitirían en un ambiente menos polarizado, en parte gracias a ellos.

 Han sabido sacar oro de legítimos descontentos e indignaciones, aunque es cierto que al precio de crear otros de igual calado. Cierto es que se les va acabando el filón a la par que muestran plumeros insaumibles por la mayoría. Hasta por los suyos, si es que ellos tienen suyos, aparte de su círculo reducido y endogámico. Por cada cucharada de azúcar social que haga digerible el amargor de sus manías y dogmas, que van en el lote, meten de rondón problemas en el debate y medidas en el BOE que carecen del suficiente apoyo social. No hay que confundir ser decisivo con llevar razón en todo. Es perverso que la capacidad de brindar (o vender) apoyos tan escasos como imprescindibles haga determinantes a ciertos personajes y grupos. Tanto Iglesias como algunos partidos periféricos. Un democrático reconocimiento de su verdadero peso, cercano a la irrelevancia, reduciendo su capacidad de influencia y chantaje, arreglaría, y arreglará, ciertas derivas. Entre ellas la de pasasitar memorias, personajes y la misma Historia, que son de todos, no solamente suyos.

 Afortunadamente, en algunos temas cada vez se les hace menos caso en el gobierno. Mientras sigan en él, entenderemos que, aunque se quejen, responden de lo hecho, que es pago asumible, no cabe cobrar y figurar por hacer lo contrario de lo que piensas. O tal vez sí, si era el sillón el verdadero programa.

 Este artículo va un poco más allá de si el Puchi y sus secuaces son exiliados políticos, que claro está que ni por el forro. Compararlos, ni de lejos, con los de la República, ya es desvarío y alucinación.

https://www.elespanol.com/opinion/tribunas/20210130/exiliados-presos-politicos-espana/555064498_12.html?fbclid=IwAR0LKQYPQafAkD9P3kYwlGrW945vpOfWF_alOIQIc7UJGNt4jkBwQjd8MhU

lunes, 25 de enero de 2021

Epístola vírica, filoménica y cumpleañera

 

Solía escribir todos los años por estas fechas una epístola con motivo de mi cumpleaños y el de mi blog. Diez años el último, bastantes más el fraile que celebra el uno y escribe y pinta el otro, aunque creo que el 2020 no cuenta, por no vivido. Con un buen humor que hoy casi me resulta extraño, mis escritos estaban redactados desde un cenobio imaginario que entonces no sospechaba que iba a ser una realidad obligada poco tiempo después. Y ya no va sabiendo uno qué rezar ni a qué santo encomendarse. Desde ese retiro escribo hoy, desde mi scriptorium, rodeado de papeles, tintas y vitelas, plumas y pinceles. Pocos salmos se escuchan en mi celda, guitarras y micros en barbecho, como tantas otras cosas. La congregación se ha dispersado, cada beguina o begardo en su eremitorio y así no hay manera de concordar antífonas y gregorianos. Que el Señor nos perdone, pero el coro va a sonar de pena cuando Él nos junte otra vez. Mucho debimos pecar cuando nos envía una plaga tras otra, alternada con tempestades que han llegado a desgajar los árboles que me gusta pintar. Falta la langosta, aunque mejor no dar ideas, que con lo que hay la de la guadaña está haciendo su agosto. Dicen que año de nieves, año de bienes. Imagino que no teniendo latifundio los bienes vendrán de rebote, aunque la prosperidad ajena siempre debe alegrar pues, igual que sus males, algo nos salpica a todos, que no hay que olvidar que cada uno tenemos un surco al servicio de nuestra despensa. Pero hasta segar, todo es hierba y ni siquiera ha brotado aún.

Cambiando de tercio, no he llegado, ni mucho menos, a echar de menos mis anteriores trabajos con los catecúmenos, y menos viendo que hoy se da clase en neveras con ventanas abiertas, pupilos y dómines equipados como para una expedición al Ártico, y muy perjudicada la motricidad fina, incluso la gorda, las pizarras con chuzos y los pupitres con reguillo. No sé si hubiera conseguido entender y aguantar ese gentío arriesgado en el aula sin tener dónde tomar en el recreo un cortado para evitar cercanías, aglomeraciones y contagios. Este virus es muy juguetón y selectivo, al parecer, va infectando por donde le señala el BOE y mantiene un extraño respeto por la educación, infinitamente mayor que el que por ella tienen gobiernos y ciudadanos, habitualmente tan parcos en agradecimientos como generosos en reproches. Acostumbrados a dar lecciones y a tomarlas, no es raro que en estas circunstancias extrañas y llenas de riesgos el gremio, como otros, esté dando una lección, destinada como se acostumbra al olvido pasado el trance. Lo único que añoro del oficio, de sus ritmos y sus cosas, aparte de la compañía y la conversación de mis colegas, es que partía el tiempo con la espera periódica y gozosa de unas vacaciones que permitieran recuperar la salud mental dentro de lo posible. Hoy atravesamos un día continuo y largo, casi sin referencias ni variaciones dignas de mención, pues solo la nieve desde la ventana o en las noticias nos recuerdan que estamos en invierno y dudo que este año podamos ir a ver los almendros en flor, a menos que se pueda ir a los cerros en metro, que entonces sí.

Nos han encerrado en casa dejándonos en las garras de las noticias, como en una jaula de tigres y aquí estamos agazapados en un rincón con la silla y el látigo a ver si las mantenemos a raya, que no sé si perjudican más los virus o las nuevas, que ni siquiera lo son. Como hoy todo es verdad, cualquier cosa y su contraria, intentaremos elegir bien a qué carta quedarnos. Por lo pronto, he iniciado los fastos celebratorios de mi cumpleaños haciéndome un análisis de sangre. Siempre me tomaba un cortao sujetándome el algodón para que no me saliera un cardenal, primado ni castrense, en la bisagra del brazo. Hoy ni eso. Seguramente el infierno de Dante lo era más porque allí no había bares para que se refrescara la condenación ni para pegar la hebra y hacer tertulia. Los españoles nos imaginamos el cielo con un bar en cada nube. He aprovechado para llevar el coche al taller para que le cambien los amortiguadores, que algo amortiguarán, y ver las esquinas y las aceras sin mesas, sillas y sombrillas resulta deprimente. Si no el fin del mundo, al menos el fin de un mundo más amable. Esperemos que todo rebulla pronto y que cuanto antes dé con nosotros la expedición del doctor Balmis. Mientras tanto se recomienda no bufar.

Vale.


lunes, 11 de enero de 2021

Epístola periodística


 Un crítico musical puede estar acostumbrado a diseccionar una interpretación para ver si Karl Richter es quien dio con el tempo exacto de los Conciertos de Brandeburgo, si I Musici grabó la mejor versión de la Primavera de Vivaldi o, incluso, si Eleanor Rigby hubiera sido lo mismo sin el arreglo del doble cuarteto de cuerdas de George Martin. Y se puede lucir comentando creaciones de tal altura.

Si, por las circunstancias, se viera obligado a hacer su trabajo acerca de las ejecuciones (musicales) de un rapero, sobre las interpretaciones de la rondalla del hogar de pensionistas del barrio o la Tuna de Teológicas, tal vez no quepa pedirle igual brillantez a sus crónicas.
Es lo que tienen la crítica y el periodismo, como tantas otras cosas. O tienen la rara suerte de que el medio y las audiencias les permitan dedicarse a filosofar, a trabajar sobre un campo concreto y especializado o a hacer crónicas literarias no ligadas a los eventos del día a día, o deberán volar más bajo para ponerse a la escasa altura de la política, con lo que sus crónicas difícilmente podrán alcanzar una grandeza de la que carece la realidad que reflejan. Si lo retratado es penoso, puedes escribir Los Miserables, El Buscón o novela negra, pero si lo que tienes que hacer es una crónica política de la actualidad para llenar la columna, difícilmente podrás librarte de la caspa que retratas. Los ingredientes suelen condicionar decisivamente el guiso. Si son pasables, puede salir algo interesante. Si están putrefactos, ya entra dentro del terreno de lo milagroso sacar algo digerible.
Iñaki Gabilondo deja el comentario diario de la política española. Habla de empacho y de hartazgo. "Creo que sé defender mis opiniones, pero cada vez me cuesta más tenerlas, cada vez me cuesta más afinarlas. El enconamiento partidista y la superpolarización han construido moldes de respuesta rápida, argumentarios para la exaltación, pero no me van, francamente. Para sumarse al día a día de una lucha tan encarnizada hacen falta unas fuerzas que yo ya no tengo y una fe que flaquea", ha reconocido.
Pobres periodistas. Y me refiero a la gran mayoría de ellos, pues hay otros, muy pocos, que merecen menos lástima. Por soberbia, abuso de su poder de influencia, no pocas veces puesto al servicio de bando, complicidad y, sobre todo, por sus silencios. Callar es a veces su mayor mercancía. Otros, usan la información como Al Capone su revólver. Acabo de leer el imprescindible “El hijo del chófer”, de Jordi Amat, sobre Alfons Quintà, uno de los periodistas más influyentes de la Transición, un psicópata que dio un giro a su carrera pasando de destapar a Pujol y a su Banca Catalana desde El País, a dirigir la creación de la televisión autonómica a las órdenes del capo Jordi. Dos criminales, aunque sólo Quintà llegó al asesinato. Tal para cual. No todos son Gabilondo. Ni todos los músicos son Vivaldi.

martes, 8 de diciembre de 2020

Epístola magdaleniense

 

Que algo no resulte peligroso no significa que sea admisible. Que no sea penalmente perseguible no equivale a que no merezca otra clase de condenas y valoraciones. Me refiero a los chats de unos militares retirados en los que, sin duda envueltos en vapores de ginebra y agazapados en el carácter privado de sus conversaciones, subiendo los más cafeteros de ellos la puja del más desaforado de los comentarios anteriores, algunos se van acalorando hasta llegar a la conclusión de que fusilar a veintiséis millones de españoles dejaría un país niquelado para los supervivientes. Los que ellos consideran los suyos, los buenos españoles, los únicos que merecen vivir. Seguramente eliminar a todos aún dejaría un mejor paisaje, que los ríos, cerros y los bosques poco nos iban a echar de menos. Muerto el perro, se acabó la rabia, borrando la vida se acaba con la posibilidad de infección. Si morimos todos, se acabó la pandemia. No deja de ser una solución.

Es difícil, por muchas críticas que uno haya dicho y escrito de este gobierno, (como antes había hecho con los anteriores), que una persona normal cuando dice nosotros se vea del brazo de estos trabucaires. Si algo hubiera de cierto en sus ideas, pues nunca falta en ningunas, sus concluiones los descalifican. La política, en última (o primera) instancia, empieza por evitar que los problemas y las discrepancias se resuelvan a tiros. Llegados a ese punto ya no se habla de política, sino del regreso a un pasado de luchas tribales, de exterminios, de golpes de hacha de sílex en la cabeza del contrario o sospechoso de serlo. Ya no hablamos de ideas predemocráticas sino anteriores a la civilización, superadas por ella. Quien habla así debería ver sustituidas sus medallas por un hueso atravesado en la nariz y acongoja saber que tales aborígenes han tenido mando en plaza y miles de soldados armados a sus órdenes. También muestran su cobardía, hablan hoy, cuando se saben impunes, algo nada original, amparados en su edad y en su retiro, aunque una probable falta de riego no rebaja la gravedad de sus frases, que los más de su quinta razonan y sienten mejor. 

Seguramente el carácter privado de sus excesos y demencias les evite los problemas que acarrearía el haberlas publicado en otros medios y todo quedará como disparates de tabernarios en poder de las uvas, que ese es su registro y su nivel, aunque agravado por su oficio y sus antiguos desempeños. Esa cosecha del ’63 vemos que se echó a perder en parte, que el exceso de ventilación arruina vinos y caletres, aunque no es de suponer que de estas uvas concretas pudiera salir nada mejor, pues en el mismo año cada bancal da frutos distintos. Convivían armados de sus hachas magdalenienses con otros congéneres más evolucionados y mejor armados, sobre todo mental y moralmente. Incluso puede ser que algunos de estos neandertales participaran en misiones que honran al mismo ejército que ellos ahora desprestigian. Afortunadamente no representan ni al ejército ni al país. Al menos ayudan a saber, si falta hacía, que los que dicen que esos son de los nuestros, no son de los míos. No es poca cosa, en esta época tan propicia a las crisis de identidad y al disparate ideológico, donde pululan varias especies que deberían ya estar extintas por obsoletas e inadaptadas. Cierto es que otros modelos de fósiles andantes exhiben los plumajes vistosos de los dinosaurios ya en degeneración y quieran pasar por productos últimos de la evolución.

No haremos aquí un repaso de casos que pudieran compararse con este, ya hubo y habrá lugar para ello, ni tasaremos gravedades ni viabilidades de otras sugerencias o amenazas escuchadas, de la idea o deseo de darle gusto al gatillo o a la guillotina eliminando enemigos ideológicos, que no pocos hemos leído en banderías opuestas. Nunca cabe disculpa, menos adhesión. Siempre hemos condenado todas estas canalladas, vengan de rapero, cantante o activista, con cargo o sin él. En ningún caso, en ninguna circunstancia y en ningún foro tienen cabida. La libertad de expresión no ampara estos dislates, hablen de uno, de diez o de millones; quienes en broma o en serio, sobrios o borrachos, envalentonados por el ambiente o por la compaña, hablan de eliminar a quienes su talante y su odio les llevan a considerar que están demás, todos ellos merecen la misma valoración, el desprecio, por ser parte de la misma mierda, esa que ha hecho trágica nuestra historia en demasiados momentos. Como la de tantos otros pueblos, pues el pensamiento totalitario, siempre carente de los frenos de la humanidad y de la capacidad de admitir la discrepancia, habita en muchas cabezas pero siempre acaba mostrando el mismo rostro.