martes, 13 de diciembre de 2022

Tres libros y una moraleja


Uno va formando su opinión, entre otras formas, reflexionando acerca de opiniones y análisis aparecidos en la prensa, comentarios en las redes, noticiarios y tertulias, aunque es raro coincidir totalmente con el contenido de ninguna de estas cosas. En todas le acaba uno encontrando un pero. O varios. Más peso en mis opiniones tiene la lectura de algunos libros, procuro que  bien elegidos, donde, de forma más pausada y profunda, se argumenta más y se manipula y evangeliza menos. Aunque también con ellos conviene adoptar una postura crítica y descreída, los libros que prefiero suelen estar menos atados al suceso del día, y escarban más en las causas y en los procesos, dando claves más sólidas para interpretar los acontecimientos, que no siempre son demasiado novedosos ni originales. Todo ha pasado antes o en otro sitio. Por eso, conocer la Historia, la de verdad, no las fábulas acomodadas a una ideología o a un relato interesado, es esencial para comprender lo que ocurre en el presente.

En mis escritos suelo recurrir poco a la cita. Y nada a la reproducción de pasajes largos de los libros que he ido leyendo y que, a veces han inspirado o guiado lo que pienso y escribo. Haremos una excepción. Tres libros:

1.- «Literatura y totalitarismo». Escrito en mayo de 1941, ensayo incluido en «El poder y la palabra. Diez ensayos sobre el lenguaje, política y verdad», Debate, 2017, de George Orwell:

 […] «Sin embargo, hay varias diferencias fundamentales entre el totalitarismo y todas las ortodoxias del pasado, tanto en Europa como en Oriente. La más importante es que las ortodoxias del pasado no cambiaban, al menos no lo hacían rápidamente. En la Europa medieval, la Iglesia dictaba lo que debíamos creer, pero al menos nos permitía conservar las mismas creencias desde el nacimiento hasta la muerte. No nos decía que creyésemos una cosa el lunes y otra distinta el martes. Y lo mismo puede decirse más o menos de cualquier ortodoxo cristiano, hindú, budista o musulmán hoy en día. En cierto modo, sus pensamientos están restringidos, pero viven toda su vida dentro del mismo marco de pensamiento. Nadie se inmiscuye en sus emociones.

 Pues bien, con el totalitarismo ocurre exactamente lo contrario. La peculiaridad del Estado totalitario es que, si bien controla el pensamiento, no lo fija. Establece dogmas incuestionables y los modifica de un día para otro. Necesita dichos dogmas, pues precisa una obediencia absoluta por parte de sus súbditos, pero no puede evitar los cambios, que vienen dictados por las necesidades de la política del poder. Se afirma infalible y, al mismo tiempo, ataca al mismo concepto de verdad objetiva. Por poner un ejemplo obvio y radical, hasta septiembre de 1939 todo alemán tenía que contemplar el bolchevismo ruso con horror y aversión, y desde septiembre de 1939 tiene que contemplarlo con admiración y afecto. Si Rusia y Alemania entran en guerra, como bien podría ocurrir en los próximos años, tendrá lugar otro cambio igualmente violento. La vida emocional de los alemanes, sus afinidades y sus odios, tiene que revertirse de la noche a la mañana cuando ello sea necesario.» […]

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 2.- «La ventana de Overton», novela de Glenn Beck, basada en este concepto.  Aunque la lectura de esa novela es muy recomendable, mostrando un ejemplo de su aplicación en Estados Unidos, podemos encontrar en la Wikipedia o en otros portales una descripción resumida de los pasos de ese proceso de manipulación. Igual nos resulta familiar. Por ejemplo, aquí: https://actualidad.rt.com/sociedad/view/125437-legalizar-overton-eutanasia-incesto

Cómo legalizar cualquier fenómeno, desde la eutanasia hasta el canibalismo?
Publicado:

En la actual sociedad de la tolerancia, que no tiene ideales fijos y, como resultado, tampoco una clara división entre el bien y el mal, existe una técnica que permite cambiar la actitud popular hacia conceptos considerados totalmente inaceptables.

Esta técnica, llamada 'la ventana Overton' y que consiste en una secuencia concreta de acciones con el fin de conseguir el resultado deseado, "puede ser más eficaz que la carga nuclear como arma para destruir comunidades humanas", opina el columnista Evgueni Gorzhaltsán.
 
En su artículo en el portal Adme, pone el ejemplo radical de cómo convertir en aceptable la idea de legalizar el canibalismo paso a paso, desde la fase en que se considera una acción repugnante e impensable, completamente ajena a la moral pública, hasta convertirse en una realidad aceptada por la conciencia de masas y la ley. Eso no se consigue mediante un lavado de cerebro directo, sino en técnicas más sofisticadas que son efectivas gracias a su aplicación coherente y sistemática sin que la sociedad se dé cuenta del proceso, cree Gorzhaltsán.

Primera etapa: de lo impensable a lo radical

Obviamente, actualmente la cuestión de la legalización del canibalismo se encuentra en el nivel más bajo de aceptación en la 'ventana de posibilidades' de Overton, ya que la sociedad lo considera como un fenómeno absurdo e impensable, un tabú. 

Para cambiar esa percepción, se puede, amparándose en la libertad de expresión, trasladar la cuestión a la esfera científica, pues para los científicos normalmente no hay temas tabú. Por lo tanto, es posible celebrar, por ejemplo, un simposio etnológico sobre rituales exóticos de las tribus de la Polinesia y discutir la historia del tema de estudio y obtener declaraciones autorizadas sobre el canibalismo, garantizando así la transición de la actitud negativa e intransigente de la sociedad a una actitud más positiva.

Simultáneamente, hay que crear algún grupo radical de caníbales, aunque exista solo en Internet, que seguramente será advertido y citado por numerosos medios de comunicación. Como resultado de la primera etapa de Overton, el tabú desaparece y el tema inaceptable empieza a discutirse. 

Segunda etapa: de lo radical a lo aceptable  

En esta etapa, hay que seguir citando a los científicos, argumentando que uno no puede blindarse a tener conocimientos sobre el canibalismo, ya que si alguna persona se niega a hablar de ello será considerado un hipócrita intolerante.  

Al condenar la intolerancia, también es necesario crear un eufemismo para el propio fenómeno para disociar la esencia de la cuestión de su denominación, separar la palabra de su significado. Así, el canibalismo se convierte en 'antropofagia', y posteriormente en 'antropofilia'. 

Paralelamente, se puede crear un precedente de referencia, histórico, mitológico, contemporáneo o simplemente inventado, pero lo más importante es que sea legitimado, para que pueda ser utilizado como prueba de que la antropofilia en principio puede ser legalizada.   

Tercera etapa: de lo aceptable a lo sensato 

Para esa etapa, es importante promover ideas como las siguientes: "el deseo de comer personas está genéticamente justificado", "a veces una persona tiene que recurrir a eso, si se dan circunstancias apremiantes" o "un hombre libre tiene el derecho de decidir qué come".  

Los adversarios reales a esos conceptos, es decir, la gente de a pie que no quiere ser indiferente al problema, intencionadamente se convierten para la opinión pública en enemigos radicales cuyo papel es representar la imagen de psicópatas enloquecidos, oponentes agresivos de la antropofilia que llaman a quemar vivos a los caníbales, junto con otros representantes de las minorías.
 
Expertos y periodistas en esta etapa demuestran que durante la historia de la humanidad siempre hubo ocasiones en que las personas se comían unas a otras, y que eso era normal.   

Cuarta etapa: de lo sensato a lo popular

Los medios de comunicación, con la ayuda de personas conocidas y políticos, ya hablan abiertamente de la antropofilia. Este fenómeno empieza a aparecer en películas, letras de canciones populares y videos. En esta etapa, comienza a funcionar también la técnica que supone la promoción de las referencias a las personajes históricos destacados que practicaban la antropofilia. 

Para justificar a los partidarios de la legalización del fenómeno se puede recurrir a la humanización de los criminales mediante la creación de una imagen positiva de ellos diciendo, por ejemplo, que ellos son las víctimas, ya que la vida las obligó a practicar la antropofilia.  

Quinta etapa: de lo popular a lo político

Esta categoría supone ya empezar a preparar la legislación para legalizar el fenómeno. Los grupos de presión se consolidan en el poder y publican encuestas que supuestamente confirman un alto porcentaje de partidarios de la legalización del canibalismo en la sociedad. En la conciencia pública se establece un nuevo dogma: "La prohibición de comer personas está prohibida."  

Esta es una técnica típica del liberalismo que funciona debido a la tolerancia como pretexto para la proscripción de los tabúes. Durante la última etapa del 'movimiento de las ventanas' de Overton de lo popular a lo político, la sociedad ya ha sufrido una ruptura, pues las normas de la existencia humana se han alterado o han sido destruidas con la adopción de las nuevas leyes.

Gorzhaltsán concluye que el concepto de las 'ventanas de posibilidades', inicialmente descrito por Joseph Overton, puede extrapolarse a cualquier fenómeno y es especialmente fácil de aplicar en una sociedad tolerante en la que la llamada libertad de expresión se ha convertido en la deshumanización y donde ante nuestros ojos se eliminan uno tras otro todos los límites que protegen a la sociedad del abismo de la autodestrucción.

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3.- El tercer libro es el de Eccce Temelkuran, «Cómo perder un país. Los siete pasos de la democracia a la dictadura», donde se analiza el caso de la Turquía de Erdogán, como ejemplo del proceder de los populismos, tanto de derechas como de izquierdas, para ir apoderándose de todos los resortes de un país´, apelando a un supuesto “pueblo real” del que el dictador en ciernes se presenta como intérprete, apropiándose paulatinamente de sus instituciones, empezando por la justicia, después de su concienzudo descrédito y acoso.

«Nos previene y anuncia «la desesperación de comprender que sus tácticas venían a ser como jugar al ajedrez contra una paloma, por tomar prestada la expresión que alguien utilizó en cierta ocasión para describir lo que suponía debatir sobre la evolución con un creacionista: la paloma derribará todas las piezas, se cagará en el tablero, y luego saldrá volando, atribuyéndose orgullosa la victoria y dejándote a ti la tarea de tener que limpiar la mierda. Por algo Garri Kaspárov, el excampeón mundial de ajedrez, abandonó Rusia para irse a vivir al extranjero después de jugar una espantosa partida con Putin.»

Aunque el libro versa principalmente sobre el caso turco, de cómo una democracia fue convertida en una dictadura por métodos repetidos en sitios y lugares distintos, aunque no todos tienen el cuajo de simular un golpe de estado, urdido contra sí mismo, bombardeando el palacio presidencial, lógicamente estando él ausente, y así tener excusa para meter en la cárcel a los supuestos culpables. Esto es, a toda la oposición civil, militar, judicial y religiosa. Genial. Pero ya señala que este populismo de derechas es calcado a cualquier otro, de izquierdas, laico, religioso o mediopensionista.»

 Copio el índice y unos párrafos:

1. Crea un movimiento
2. Trastoca la lógica y atenta contra el lenguaje
3. Elimina la vergüenza: en el mundo de la posverdad...
4. Desmantela los mecanismos judiciales y políticos.
5. Diseña tu propio ciudadano
6. Deja que se rían ante el horror.
7. Construye tu propio país

 «El nombre de Hugo Chávez ya formaba parte de la galería «Grandes Populistas». Criminalizaba todas las voces críticas calificándolas de enemigas del pueblo real, al tiempo que afirmaba ser no solo el único representante de toda la nación, sino la propia nación. Obviamente, también inventaba relatos interesados que convertía en la historia oficial, infantilizando a toda una nación y haciendo de la inteligencia humana básica un crimen contra el «proceso», esto es, la transformación generalizada del país a su supuesto socialismo, o más bien a cierta versión de este adaptada por el propio Chávez. El embajador parecía un niño cansado que solo quería llegar al final de la historia para irse a la cama. En ese momento yo ignoraba que poco tiempo después lidiar con esa clase de cuentos de hadas pasaría a convertirse en moneda corriente en Turquía, y que nos veríamos obligados a demostrar que lo que todo el mundo había visto con sus propios ojos en realidad había sucedido.

 «Se dice que el continente americano fue descubierto por Colón en 1492. En realidad, en 1178, trescientos catorce años antes de Colón, ya habían llegado eruditos musulmanes al continente americano. En sus memorias, Cristóbal Colón menciona la existencia de una mezquita en lo alto de una colina, en la costa de Cuba.»

 El 15 de noviembre de 2014, el presidente Erdogan contó esta historia en un encuentro de líderes musulmanes latinoamericanos. Al día siguiente, periodistas de todo el mundo informaron sobre la grandilocuente aportación del presidente turco a la historia, ocultando sus sonrisitas burlonas detrás de frases corteses que insinuaban confiadamente: «Es evidente que no ocurrió así, pero eso usted ya lo sabe.»

 Ni el Brexit ni Trump habían sucedido aún, así que los periodistas occidentales ignoraban que sus sonrisas se convertirían en rictus cuando la racionalidad se revelara impotente no solo frente a los disparates de un solo hombre, sino también frente a los hipnotizados ojos de millones de personas que se los creían. De habérselo preguntado, los venezolanos o los turcos podrían haber descrito a aquellos periodistas el camino de desesperación que lleva de una mezquita en lo alto de una colina cubana a lo alto de una colina de Ankara donde los disparates se convierten en la historia oficial y una nación entera sucumbe al agotamiento. También podrían haberles explicado cómo la máquina populista, decidida a infantilizar el lenguaje político y destruir la razón, empieza su trabajo diciendo: «¡Sabemos muy bien quién es Sócrates! ¡Ya no podéis seguir engañándonos sobre ese malvado!» Y ahora el lector se preguntará: «¡Un momento! ¿Quién ha hablado para nada de Sócrates?»

 «Con el populismo en auge en toda Europa, de vez en cuando afrontamos el reto de tener que hacer frente a las posturas populistas en el discurso público. En este taller los participantes aprenden a defender con éxito sus ideas frente a los argumentos populistas. Mediante ejercicios prácticos y técnicas concretas, los participantes aprenden a evaluar mejor los argumentos populistas, a identificar rápidamente sus puntos fuertes y débiles, a formular sus propios argumentos de manera concisa y a enfrentarse de manera segura y constructiva a las personas con puntos de vista populistas.»

`...] «Cuando las personas como nuestro anarquista posestructuralista vieron que se estaban convirtiendo en la infantería de la democracia, supervisando el proceso de votación y recuento, de inmediato empezaron a olerse que había gato encerrado. O más bien empezaron a oler a cebolla: un olor fuerte y repugnante, uno que tal vez sintieran que no podían pero debían soportar. Al final de este capítulo, y con suerte antes de que su propio país, estimado lector, tenga que soportar un hedor similar, entenderá por qué el olor a cebolla es parte integrante de la democracia. Si no puede tolerar su olor, entonces puede que esté en peligro de perder el mal menor –el imperfecto triunvirato formado por la democracia, el sistema y el estado– a cambio de un régimen autoritario.

Cuando Recep Tayyip Erdogan llegó por primera vez al escenario político, quienes seguían la política de partidos desde una segura distancia teórica experimentaron una especie de deleite cínico, no muy distinto del que sintieron sus homólogos en Hungría, Gran Bretaña y Estados Unidos cuando empezaron a surgir sus propios populistas. El AKP de Erdogan desafiaba constantemente al poder establecido con tácticas de choque basadas en asestar golpes inesperados: atacar a prominentes figuras del Estado hasta entonces consideradas intocables; desechar las opiniones de consenso o amagar con retirarse de los acuerdos internacionales... Todo esto imprimió una vigorizante sacudida al conjunto del sistema político y supuso una llamada de atención para los políticos de todos los colores. En todos los canales de televisión, los representantes del AKP dejaban sin habla a las más distinguidas figuras del sistema con su atrevido rechazo a las convenciones políticas, mientras la sensación de asombro que causaban no hacía sino ensanchar aún más su desafiante sonrisa populista. La táctica era sencilla: hacer una declaración explosiva durante el debate, sembrar la confusión o iniciar un enfrentamiento entre los políticos del centro-derecha y el centro-izquierda establecidos, atacar los frágiles equilibrios del país, y regodearse en el caos antes de terminar el debate declarando que ninguna de las partes estaba en sintonía con las demandas del pueblo real, y que las demandas de la calle hacía tiempo que se hallaban desconectadas de la percepción política del sistema.

Mientras este cabaret enturbiaba el debate político, ciertos cínicos izquierdistas se quedaban pegados a sus televisores disfrutando del espectáculo de contemplar cómo aquellos individuos provincianos de poca monta desmantelaban el sistema tanto tiempo respetado, cuando no temido. «La periferia finalmente está haciéndose con el poder del centro» era un análisis de moda en ese momento, como lo sería en Estados Unidos después de un año de administración Trump o en Gran Bretaña tras el referéndum del Brexit. Había en ello, obviamente, un atisbo de celos: la izquierda confiaba en que sería ella la que llevara a cabo ese acto revolucionario. Muchos de sus miembros estaban tan enamorados de la destrucción política que tardaron varios años en plantear la cuestión crucial: «¿Con qué vais a reemplazar el sistema?» Y cuando finalmente se acordaron de formular la pregunta, todos los años desperdiciados en aquel voyerismo político se los llevó el viento, dejándolos frente a las verdaderas consecuencias de sus desesperadas expectativas. Baste recordar todos los comentarios publicados tras el referéndum del Brexit en las redes sociales por personas jóvenes y cultas cuyo mensaje se reducía simplemente a: «¡No sabía que esta votación iba a tomarse en serio!» Cuando la nueva generación de flâneurs de la política quiso darse cuenta de que sus votos tenían consecuencias más serias que los «Me gusta» de Facebook, su nueva vida no europea ya estaba siendo moldeada por la política de la vida real, del mismo modo que en Turquía nuestra vida se ha visto configurada por el conjunto de valores de los conservadores provincianos.

Žižek llegó casi dos décadas tarde al debate con su creencia de que un organismo político antidemocrático podría favorecer de algún modo la construcción de una democracia mejor. Pero en Turquía la cuestión había quedado solventada muy pronto mediante prácticas autoritarias, y cuando los nuevos «ciudadanos militantes» que hacían trabajo de campo se encontraron cara a cara con los entusiastas partidarios del líder, quedó claro que sería casi imposible cambiar sus convicciones o canalizar sus frustraciones para crear una democracia mejor. Los cínicos izquierdistas también descubrieron que no bastan las buenas maneras y la moderación para evitar una pelea a puñetazos –a veces literalmente– cuando uno se enfrenta a los matones de un líder autoritario para los que todo vale.

Durante las elecciones de 2015 en Turquía, nuestro anarquista posestructuralista y ciudadano militante, junto con todos los que teorizaban y creían que existe un fondo político que tocar, tuvieron que lidiar físicamente con los simpatizantes del gobierno que intentaban meter votos falsos en las urnas. Creyeron que aquello era lo más bajo que se podía caer... hasta que experimentaron el referéndum de 2017 sobre la ampliación de poderes del gobierno tras el fallido golpe de Estado. Tras presentarse una vez más como voluntarios para supervisar los comicios, no tardarían en llegar a la deprimente conclusión de que esta vez el fraude electoral era aún más descarado que la anterior. Aunque los voluntarios supervisaron meticulosamente el proceso de votación, cuando empezó el recuento y quedó claro que Erdogan no iba a ganar, la Junta Electoral Superior cambió la ley electoral en cuestión de una hora tras las presiones del propio líder, y los manifiestos votos falsos en favor de Erdogan se declararon válidos.

La oposición comprendió entonces que, con todos los poderes del Estado en manos del régimen autoritario, aun en el caso de que hubiera un nuevo despertar político resultaba casi imposible detener aquella marea haciendo uso de su comportamiento político habitual. Se precipitaban más allá del nuevo fondo político y moral, algo inimaginable hasta que sucedió realmente. Y en cuanto a nuestro anarquista posestructuralista, como la mitad del país que votó contra Erdogan en el referéndum que lo convirtió en el único gobernante de Turquía, sintió que ese último golpe era su muerte. Poco imaginaba que la «otra vida» que le esperaba sería aún peor.»

[...] «Al igual que en Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, en Turquía ya era demasiado tarde para enfriar el entusiasmo de los partidarios de Erdogan y decirles que se estaba sorteando al Estado y su sistema legal, y que eso sentaría un nuevo precedente en la práctica política que permitiría a los líderes ejercer un poder ilimitado siempre que lo desearan. La ironía de esta historia es que en los tres días que pasé en el Foro Skoll y en la Cumbre de Mujeres del Mundo escuché en repetidas ocasiones pronunciar la misma frase a mucha gente: «Bueno, no le dejarán hacer eso.»

Por razones que no soy capaz de comprender, muchas personas permanecen ciegas al hecho de que sus líderes, dondequiera que se sitúen en el espectro político, se molestan cada vez menos en buscar consenso o aprobación. Por aquellas mismas fechas Trump atacaba a la CIA y al FBI, reemplazando a funcionarios de alto nivel en ambos organismos y rechazando la investigación bipartita del FBI sobre la connivencia de Rusia en su campaña electoral. No era difícil imaginar una habitación, en algún lugar de los oscuros pasillos de la sede central de la CIA, en el corazón mismo del sistema estadounidense, donde varios agentes se decían lo mismo unos a otros: «No le dejarán...» El hábito de concebir a nuestras instituciones como entes poderosos y abstractos, y olvidar que en realidad están formadas por personas que podrían estar demasiado paralizadas para reaccionar, es un fallo habitual cuando nos enfrentamos al autoritarismo, incluso entre los directivos de esas mismas instituciones.

El punto de inflexión crucial en el largo proceso de desmantelamiento del aparato del Estado y los mecanismos legales no es la implantación de cuadros formados por obedientes y leales miembros del partido o de la propia familia, como mucha gente tiende a pensar. La vuelta de tuerca que permite a los líderes jugar a voluntad con este aparato se inicia cuando estos empiezan a socavarlo para crear la sensación de que es superfluo. En un abrir y cerrar de ojos se filtran al debate público toda una serie de preguntas que tienen el potencial de alterar las reglas del juego: «¿De verdad necesitamos esas instituciones?»; «¿De verdad necesitamos seis puestos de alto nivel en el Departamento de Estado»?; «¿Acaso no llevan vacantes más de un año y las cosas han seguido funcionando sin ellos?»; «¿Para qué sirve el Parlamento británico si no es necesario ni siquiera cuando se decide cometer un acto de guerra?».

Al crear esta percepción generalizada del carácter superfluo del Estado gracias a una enérgica maquinaria propagandística y al apoyo de las masas devotas que confían en la caridad del partido, paralelamente el líder populista empieza a reforzar la idea de que su poder y el de sus partidarios son de hecho mayores que los del sistema. En el tiempo que transcurre antes de que este último responda o reaccione ante el desgaste provocado por el líder en el sistema legal surge un nuevo sentimiento generalizado: «Resulta», empieza a pensar la gente, «que lo que considerábamos un poder fundamental nunca ha sido más que un tigre de papel.» ¡Incluso la CIA, el FBI y el Tribunal Supremo! Es como si el líder, al jugar constantemente con estas instituciones, transmitiera de manera indirecta un mensaje a las masas: «Ya veis, el palacio del poder está vacío. Entremos y tomemos el control.» Lo importante en esos primeros intentos de restar autoridad a dichas instituciones no son los cambios reales, los nuevos nombramientos, o el hecho de que las decisiones como bombardear Siria sean acertadas o erróneas, sino más bien la creación de la percepción pública de que el aparato del Estado está condenado al fracaso y hace mucho que debería haber sido expoliado por el pueblo real. A partir de ahí, las siguientes elecciones se convierten en una mera formalidad, una simple cuestión de aprobar el derecho del líder a seguir manejando el país y distribuyendo la riqueza pública expoliada entre sus partidarios. Y ello porque, para seguir regalando el botín político a las masas, el líder también debe mantener la maquinaria electoral funcionando ininterrumpidamente: las elecciones permiten reorganizar la manada y dar esperanza a nuevos individuos o grupos de que ahora podrían ganar el premio gordo y beneficiarse de la riqueza estatal.» 

[...] «Es obvio que la impotencia de la racionalidad y del lenguaje ante la retorcida lógica del populismo ya ha creado una considerable demanda en el mercado político, y, como consecuencia, hoy se están enseñando técnicas de razonamiento defensivo que parecen propias de las artes marciales. El curso consiste en dos jornadas de talleres, y se invita a los asistentes a aportar sus propias experiencias personales, sin duda exasperantes. Si yo asistiera al curso con mi bagaje de dieciséis años de experiencia turca, propondría humildemente, a riesgo de que Aristóteles se revolviera en su tumba, iniciar esa guía de argumentación populista para principiantes planteando el famoso silogismo aristotélico «Todos los humanos son mortales; Sócrates es humano; luego Sócrates es mortal»:

ARISTÓTELES: Todos los humanos son mortales.

POPULISTA: Esa es una afirmación totalitaria.

ARISTÓTELES: ¿No cree que todos los humanos son mortales?

POPULISTA: ¿Me está interrogando? Solo porque nosotros no seamos ciudadanos como usted, sino gente, ya somos ignorantes, ¿es eso? Puede que lo seamos, pero sabemos cómo es la vida real.

ARISTÓTELES: Eso es irrelevante.

POPULISTA: Por supuesto que para usted es irrelevante. Durante años usted y los de su clase han gobernado este lugar, diciendo que el pueblo es irrelevante.

ARISTÓTELES: Por favor, responda a mi pregunta.

POPULISTA: El pueblo real de este país piensa de otro modo. Nuestra respuesta no se encuentra en ningún papiro elitista.

ARISTÓTELES: (Silencio.)

POPULISTA: Demuéstrelo. Demuéstreme que todos los humanos son mortales.

ARISTÓTELES: (Sonrisa nerviosa.)

POPULISTA: ¿Lo ve? No puede demostrarlo. (Sonrisa burlona de autoconfianza, un rasgo distintivo que se exhibirá constantemente para molestar a Aristóteles.) Está bien. Lo que nosotros entendemos de la democracia es que todas las ideas pueden verse representadas en el espacio público, y todas merecen igual respeto. Los dioses afirman...

ARISTÓTELES: Eso no es una idea, es un hecho. Y aquí estamos hablando de humanos mortales.

POPULISTA: Si por usted fuera, mataría a todo el mundo para demostrar que todos los humanos son mortales, como lo haría su predecesor.

ARISTÓTELES: Eso no conduce a nada.

POPULISTA: Por favor, termine de exponer su pensamiento, porque yo tengo cosas importantes que decir.

ARISTÓTELES: (Suspiro.) Todos los humanos son mortales; Sócrates es humano...

POPULISTA: Tengo que interrumpirle.

ARISTÓTELES: ¿Perdón?

POPULISTA: Bueno, tengo que hacerlo. Hoy en día, gracias a nuestro líder, está perfectamente claro quién es Sócrates. ¡Sabemos muy bien quién es Sócrates! ¡Ya no pueden seguir engañándonos sobre ese malvado!

ARISTÓTELES: ¿Bromea?

POPULISTA: Para nosotros esto no es ninguna broma, señor Aristóteles, aunque para usted pueda serlo. Sócrates es un fascista. Mi gente finalmente ha comprendido la verdad, la auténtica verdad. Al final el perro enseña los dientes. Ya no pueden seguir engañando a la gente. Iba usted a decir: «Luego Sócrates es mortal», ¿verdad? Estamos hartos de sus mentiras.

ARISTÓTELES: Está usted rechazando los fundamentos de la lógica.

POPULISTA: Yo respeto sus creencias.

ARISTÓTELES: Esto no es una creencia; es lógica.

POPULISTA: Yo respeto su lógica, pero usted no respeta la mía. Ese es hoy el gran problema en Grecia.

Este es un sencillo ejemplo de la lógica populista básica que, con variaciones, se emplea actualmente en muchos países. Sin embargo, incluso en esta conversación ficticia hay al menos cinco falacias según las reglas generales del debate racional, las reglas fundamentales de la lógica que llevamos siglos utilizando en nuestra vida cotidiana, aunque no sepamos una palabra de latín:

1. Argumentum ad hominem (refutar un argumento atacando personalmente al adversario en lugar de refutar la esencia de su argumento): Usted y los de su clase han gobernado...

2. Argumentum ad ignorantiam (apelar a la ignorancia afirmando que una proposición es verdadera porque aún no ha sido refutada): ¿Lo ve? No puede demostrar que todos los humanos son mortales.

3. Argumentum ad populum (suponer que una proposición es verdadera simplemente porque mucha gente la cree): El pueblo real de este país piensa de otro modo.

4. Reductio ad absurdum (intentar probar o refutar un argumento tratando de mostrar que conduce a una conclusión absurda): Mataría a todo el mundo para demostrar que todos los humanos son mortales.

5. Razonamiento ad-hoc (explicar por qué algo determinado puede ser en sustitución de un argumento acerca de por qué es): La democracia consiste en respetar las ideas, así que respete la mía.

jueves, 8 de diciembre de 2022

Epístola de la malversació

Todos los partidos, salvo los que aún no han tenido ni poder ni tiempo suficiente, han acabado enmerdados por una corrupción endémica en la eterna rebusca de fondos para sufragar sus gastos de campañas, de funcionamiento o de abonado de los bancales electorales. Y algo para el que reparte. La prevaricación, la malversación, la mordida, la comisión a cambio de adjudicación de obra pública, han acabado siendo una parte relevante de sus fuentes de financiación. Los casos Filesa, el famoso 3% de Convergencia y sus herederos y epígonos con pseudónimo, el caso Gürtel (punta de un iceberg que en algunas regiones llegó a ser el modus vivendi), el escandaloso y desmesurado caso de los EREs andaluces, forman parte de una lista mucho mayor, pues estos pocos pero aparatosos ejemplos de comportamiento mafioso han ido difuminando otros cientos o miles de delitos más pequeños y locales. Al PP, en la sentencia sobre un caso menor comparado con los anteriores, ocurrido en un ayuntamiento madrileño, se le acristianó como organización criminal, lo que es usado como inútil argumento para pretender que los demás robos y partidos no lo fueron. El manido y reconfortante y tu más y el pues anda que tú.

El mismo Partido Popular —cosa que le honra como otras lo deshonran— agravó la figura de malversación en su reforma del código penal en 2015 quitando en la valoración de ese delito el artero distingo de si el dinero malversado acabó, todo o en parte, en los bolsillos del malversador o de un tercero, o si tenía un fin que ahora se quiere hacer ver como más honroso y perdonable. Esto es, reducir penas e inhabilitaciones siempre que se robe con el benemérito objetivo de financiar al partido, a apesebrar o sobornar votantes, financiar un golpe de estado posmoderno o a crear organismos semiclandestinos al servicio exclusivo de una facción, inútiles o redundantes, donde bullan conspicuos conspiradores que trabajen en la oscuridad para crear un estado paralelo e ilegal. Parasitar un presupuesto público que se pone al servicio exclusivo del partido que gobierna y lo administra, a menudo fuera de la ley, sólo en beneficio de sus partidarios y de sus delirios. Si se roba para fines tan nobles y altruistas, la cosa cambia. Dónde va a parar. Es por el bien de la causa, del partido, en definitiva y en último término, del pueblo —tontos, que es por vuestro bien— y obligados por su inequívoco mandato, sin maldad se resignan a meter la mano en la caja.

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—Reconoce que nos hacen decir unas cosas… No sé yo, no sé yo. A mí, la verdad, es que ya me va empezando a dar algo de vergüenza defender algunas de ellas, que todo esto queda grabado y uno nunca sabe qué tendrá que acabar defendiendo y justificando. Cuando los demás sigan nuestro ejemplo, nos va a dar la risa tonta al reprochárselo. Y la gente es muy crédula, pero todo tiene unos límites. Algunas noches cenando, hasta en mi casa me miran raro, y algunos conocidos me escrutan de reojo, o se cruzan a la otra acera al verme venir. Cuando la moción de censura de Sánchez íbamos diciendo que era por la corrupción del PP. Y muchos hasta se lo creyeron. Ahora toca defender lo contrario, a entrar en matices y excusas de mal pagador, y empujar a la parroquia a aplaudir casi lo mismo que entonces le hicimos abuchear. La verdad es que lo mismo no, peor; porque estas malversaciones que ahora casi santificamos fueron cometidas para financiar un golpe de estado, palaciego si, posmoderno, también. Pero golpe. Oye, que ya me va dando cosa escucharme y verme interpretar este papelón.

—Joder, que pareces el Page o Lambán. Ya no te digo Guerra o Leguina. No te reconcomas. Y debe de ser una sensación nueva para ti eso de la vergüenza y el reparo, si mal no te conozco. Te creía más jesuítico. Tú acuérdate de Arzalluz. O de esos que decían que siempre se preguntaban entre lágrimas qué hubiera hecho el Chávez. Tú como el Maduro, lo que diga el pajarraco. De todas formas, son cosas del oficio, muy duro y sacrificado, a menudo incomprendido.

—Una medalla nos tenían que dar, oye, no el baldón de una condena como vulgares ladrones —dice otro de la mesa de negociación, análisis y estrategia, recolocándose la barretina. Y encima inhabilitarnos y echarnos del convite —añade. Que somos ladrones, es cosa que queda fuera de toda discusión, para qué vamos a engañarnos. Ahora bien, no nos humillemos a nosotros mismos comparando los nuestros con los delitos comunes. Todos somos del gremio, por el amor de Dios, políticos, y perro no muerde a perro. Es más, nen, mira lo que te digo: o me reformas esto de la malversación ahora mismo, y de perdidos al río, o te va a votar tu santa madre. Lo de la sedición tampoco te ha dolido tanto, al entrar con la vaselina de nuestros votos, y la gente está en otras cosas, gracias a Dios. 

—Bueno, quillo, no te pongas así, que ya ves que nos vamos ocupando de ello. Hacemos lo que podemos, que dijo Rajoy. El asunto es tener distraido al respetable. ¿Qué te voy a contar? Tenemos una carpeta llena de episodios, cuentos y chascarrillos para que, llegado el momento, entren al trapo y se encandilen. Casos gravísimos de chistes de machistas, si es menester resucitamos algunos franquistas, del siglo pasado o del XV, que ya mostraban aguiluchos, yugos y flechas; episodios de periodistas y presentadores desafectos, del monstruo del lago Ness y, en caso desesperado, le encargamos otra ley a Irene o a Belarra y, con el inevitable pifostio, tenemos a la prensa, las redes y el personal absortos y a la greña dos o tres meses. De que se den cuenta estamos acantonados. Con las otras leyes ha funcionado de puta madre, tito. 

—El caso es que, volviendo al tema, colegas, he llegado a pensar, no creáis, que cuando se cruza la línea, aunque sea con buena fin, ya la has jodido. Siempre aparece el ladrón que roba al ladrón, el sinvergüenza que supera al jefe, el encargado de la caja b que, viendo pasar las bolsas de billetes por delante de la jeta, se engolosina y acaba quedándose con la parte del león. Y aquí el partido poniendo la cara y cargando con la mala fama y con los juicios. ¡Cuánta ingratitud!
—Además, ¿cómo va a ser lo mismo robar para un partido de derechas que para uno 'progresista'? Y, si se es separatista qué te voy a contar. Unos santos. A ver cómo nos las arreglamos para salvar al Griñán y no al Bárcenas, sí a Pujol, a Junqueras y sus secuaces y no al bigotes.
—Hay que hilar fino, tío.
—Pues se busca un jurista experto, un sofista, un leguleyo mercenario más retorcido que escrupuloso y, si le sale bien el encaje de bolillos y cuela, lo metemos en el Supremo o en el Constitucional. De paso, en su momento, se ocuparía de dar por bueno lo que ahora vayamos hilvanando con su ayuda. No se va a llevar la contra a sí mismo.
—Ya tenemos allí unos cuantos de esos, es verdad. Hay que tener más que los otros, que todo sea por la independencia del poder judicial.

—Otra opción, si la cosa se pone chunga y no salen las cuentas, es no meterse en distingos y otrosís y salvar a toda la cofradía de Monipodio, a los nuestros y a los ajenos.
—Sí, así se aprueba el esperpento por unanimidad, por estas que son cruces. ¿Pero, la gente qué va a decir?
—Mira, alma de cántaro: La gente no dice esta boca es mía. Ya lo ves. Y al coro ya lo tenemos ensayando las nuevas funciones, los violines y el guitarrón afinados y los trajes de charro en el tinte. Les salen las rancheras de nácar, con sus suduases y lalalarises bien compactos y afinados. Y, a la gente que le den, que nos van las habichuelas en ello.
—Que le sigan dando, querrás decir.
—Pues eso.

—Pero no te confíes, que nos han eliminado del Mundial de fútbol antes de lo previsto sin habernos dado lugar a cortarle las uñas a la malversación y ya hay quien ha tenido tiempo de leer las noticias en algún periódico de la caverna, o se equivoca buscando canal y acaba viéndonos en el Parlamento zurciendo leyes, que es un espectáculo poco edificante. El volcán no lleva trazas de reavivarse, pero igual, Dios lo quiera, nos cae otra filomena, nos salva un terremoto o acude en nuestro socorro una nube de langosta, no hay que perder la esperanza. Igual a algún gilipollas se le ocurre enviar sobres con lenguas de gato, dan un golpe de Estado en Alemania o el Putin tira alguna bomba atómica en Ucrania. Dios dirá. Ya ocurrirá algo de estruendo y aparato. Y si no, ya se nos ocurrirá a nosotros. Porque como le dejemos al personal tiempo para pensar y considerar la situación y estas reformas, estamos perdidos. Siempre nos quedará la Ayuso.

—A la Ayuso mejor dejadla, ni me la mientes. Lagarto, lagarto. Seguid con lo de la sanidad y eso; sólo la de Madrid, claro está. De darle, ni agua, pero no os confiéis. No encontramos quien quiera presentarse contra ella, salvo algún tercerón desesperado. Mira los pelos que se dejó Iglesias en la gatera, que parece otro. Un gallo desplumao, un águila matá a cañazos. Un Sansón que ha quedado para vestir santos zurdos entre las ruinas de su templo hundido. A vender crecepelos ideológicos a sueldo del Roures. Ahora están bordando el manto de Santa Cristina, y no sé si se atreverán a beatificar al peruano del gorro.
—Si ese peazo Bolivar temblón ha dado un golpe de estado, aunque sea a sí mismo, es que es de derechas, a mí que no me jodan. O será que lo acosaba la justicia fascista.
—Sí. Eso debe ser. Una de dos.
—Por cierto, lo del Castillo este, eso de suspender la Constitución y pasarse las leyes por el arco de triunfo para hacer otras a su gusto no deja de ser lo mismo que  lo del Puigdemont y su banda de frenopáticos. No ha habido tampoco ni un tiro, pero lo van a acusar de traición, rebelión, golpe de estado...
—Es que ellos no tienen que fingir que armonizan sus leyes con las peores de los demás. A la media hora, en la cárcel y creo que va a estar allí algunas horas más. Dicen que le piden veinte años a la sombra.
—A mí, lo que más me ha gustado es que el Parlamento lo ha destituido por «manifiesta incapacidad moral». Me gusta esa figura. Oye, y ahora que estamos de reformas penales ¿podríamos poner eso en el código?
—¿Tú, es que eres gilipollas?

—Lo que más me preocupa es que al jefe se le ha ido la mano y, si es que juntamos despojos bastantes para recoser otro Frankenstein, no va a dejar nada que darles ni venderles para la próxima legislatura. Nos queda lo del referéndum o resucitar la parte anticonstitucional del Estatut para negociar la investidura. Ya hemos endosado al Constitucional la jueza del partido que fue quién lo asesoró. Siempre podríamos transferirles el Museo del Prado. Luego ya habrá que pagarles los votos en metálico.
—O darles Castellón 
y desviar para allá el Ebro el Tajo-Segura y luego les compramos el agua
—Pero cuatro años son muchos años, muchas leyes, muchos decretos, muchos apaciguamientos y la teta no da para más.
—Machista.
—Si podemos seguir convenciendo a la gente de que la oposición aún es peor que nosotros, si cabe, salimos para España.
—Facha.
—El caso es que sigamos gobernando y que no falte santa nómina bendita, aunque tengamos que ver al jefe como Cristo, entre dos ladrones.
—Lo malo es que con dos no hay bastante.
—Bueno, pero hay muchos más. Será por delincuentes. El poder une mucho y Dios aprieta, pero no suelta.

—Amén.

 


martes, 6 de diciembre de 2022

Epístola semántica y constitucional

 

Hemos disfrutado en tiempos mejores de políticos muy cultos, educados y leídos, y bien que se notaba, en sus discursos y en sus comportamientos. La mayor parte de los actuales deberían leer más y mejor. Al menos algo. Eso, el que sepa leer con un razonable nivel de comprensión, que no faltan indicios que dan pie a la duda. Pero si se lanzan al vacío, que elijan bien. Dejarse unos de sobar y subrayar el Arte de la guerra de Sun Tzu y a Maquiavelo; otros, las prosas de martillo pilón del partido, ya llenas de telarañas, y todos ellos dejar a un lado sus melifluos libros de marketing y de autoayuda, es decir, esa amalgama de todo lo vano y peregrino con cuyos posos han ido asentando y apelmazando su común confusión, llenando de grumos y gasones su pensar, para pasar a estudiar seriamente algo de filosofía y de Historia. De la de verdad. Aquilatar qué es el bien y qué el mal, destilar algunos criterios éticos, hoy ausentes de algunas zigzagueantes ejecutorias, interiorizar el imperativo categórico, el principio de no contradicción, destorcer cada cual sus disonancias cognitivas, aprender a hacer silogismos y desaprender el manual de construir falacias, compartido libro de cabecera. Si no pueden prescindir del exabrupto en sus teatrillos de cachiporrra parlamentarios, al menos consulten obras sobre el arte de insultar, que ni eso saben hacer con elegancia. Cuando un número relevante de ellos, gracias a la lectura reposada, hayan alcanzado cierta costumbre y tolerancia hacia la verdad y la inteligencia, deberían ponerse a leer lo que escribieron los antiguos, cuando el mundo era joven, cuando las palabras estaban más nuevas, menos desportilladas por el uso y aún significaban lo que deben significar. Sin remontarnos dos o tres mil años, buscar libros de escritores que aún tengan un trato honrado con las palabras. Cuando Josep Pla dice que algo es importante, el adjetivo parece de estrena, brilla como moneda recién acuñada y te transmite la idea de que realmente lo es. Está muy por encima de la estruendosa vacuidad al uso.

 Partiendo de un nivel de ruido y de vileza tan elevados como los que desde hace un tiempo sufrimos, se hacía inevitable llegar a la desmesura que hoy llena el foro con el estruendo y la explosión verbal, traspasando sus pirotecnias el umbral de lo soportable y de lo admisible. Sus furores y sus inculturas —la general y la democrática— les obligan a recurrir en el fragor de sus pelarzas a palabras descomunales, hiperbólicas, desmesuradas, esa artillería verbal barriobajera que, ya de entrada, renuncia a convencer a nadie y se limita a alimentar los bajos instintos de la parroquia, una verborrea interjectiva y patibularia que sólo busca ofender y descalificar a sus enemigos. Al menos amedrentarlos con salvas estruendosas, pero sin el plomo que aportan la razón y la verdad. Es el mero retumbar de la tinaja hueca o de las ruedas del carro sin carga, que hacen tanto más ruido cuanto más vacíos están. Vocearán más fuerte cuanto menos tengan que decir. Cuanta más razón les falte, mayores serán sus gritos. Por sus rebuznos los conoceréis.

 A la hora de argumentar flaquean, entran en terreno desconocido, hostil, y se encuentran sin armas. Por eso escuchamos esas bazofias léxicas, esas chatarras y baratijas semánticas e ideológicas en boca de nuestros próceres, luego replicadas por sus huestes y corifeos. Todos los discursos y relatos de los peores y más nocivos del gremio están construidos sobre conceptos falseados y líquidos, vacíos o malversados: derecho a decidir, mandato popular, federalismo asimétrico, plurinacionalidad, derechos históricos, hechos diferenciales, equidistancias, culturas y odios surtidos y variados, franquismos, fascismos, comunismos y demás entelequias. Si se atuvieran a la palabra precisa y cabal, nadie hablaría de recuperar lo que nunca tuvo, de recordar lo que nunca sucedió y de olvidar lo que sí, falseando lo que fueron y lo que son, lo que fuimos y lo que somos, comprometiendo lo que podríamos y deberíamos ser. Como decía aquel: hoy ni el pollo sabe a pollo ni el conejo a conejo. Han conseguido que las más nobles y valiosas ideas se difuminen y tambaleen al haber devaluado previamente el significado de las palabras que las nombran, desparejando vocablos y conceptos: democracia, sexo, género, discriminación, igualdad, independencia judicial, respaldo popular, identidad, y una larga lista de monedas léxicas falsificadas, de palabras de baja ley, en las que el vaciamiento de significado se quiere extender hasta a realidades y conceptos como padre, madre, hombre o mujer. Y va a ser que no. Rebasados largamente y desde hace tiempo los límites de la razón y del diccionario, no queda sino impostura y vacuidad, que llevan al descrédito y al rechazo.

 Seguramente si leyeran más y mejor, después de comprarse un diccionario y un manual de urbanidad (un tratado de las buenas y perdidas maneras, algo que desconocen), empezarían a ser útiles, al menos no perniciosos como ahora son, y la sociedad estaría en las cosas en vez de distraída con las pelarzas artificiales que ellos y sus delirios programan como entretenimiento que tape su incapacidad para solucionar los verdaderos problemas. Ellos sólo tienen uno: ganar las próximas elecciones. Ni tienen tiempo ni capacidad para más. Pero el resto tenemos otras cuestiones y otras incertidumbres, muchos problemas, más graves y desatendidos. Y, afortunadamente, otro idioma y otras prioridades.

 Cuando ellos, al dedicarse a estudiar y a pensar en lugar de a tirarse los trastos a la cabeza —que en algunos no parece ser un órgano vital ni demasiado influyente— en esta perpetua y cansina pelea de matones de barrio revolcándose en el barro electoral, consiguieran llegar a distinguir lo esencial y prioritario de lo accesorio y circunstancial, a separar las necesidades y aspiraciones de la mayoría de sus fijaciones marginales y sus ansias de imponer sus relatos y de pasar a la Historia (cosa que algún prócer, con su habitual soberbia, afirma haber conseguido, algo cierto, aunque ni cómo ni no por lo que se figura, sino por sus mentiras y a la altura de Fernando VII o de Nerón), dejarían de marcar una agenda surrealista de temas que solo a algunos de ellos preocupaban hasta que, a base de propaganda distractora, consiguen convencer a sus parroquias de que esta o aquella es la locura que ahora toca. Dejaríamos de enredarnos en machacar a un presentador o a un artista hostil o simplemente chabacano, de debatir sobre el sexo de los ángeles y de las ángelas, de perseguir supuestos fantasmas del castillo (franquistas ectoplasmáticos) y momias descompuestas, de dedicar más tiempo a rememorar la batalla de las Termópilas que a barrer hoy la casa, y nos dedicaríamos, si ellos nos dejaran, más a construir y a unir que a derrumbar y separar.

 Dejarían de empantanarnos hasta acabar ahogados en sus meandros éticos, haciéndonos atravesar las aguas fangosas e irracionales que rodean aquellos obstáculos que son incapaces de remover y superar. Al río no le importa si su final es otro río, un lago o el mar, a algún sitio se llegará. No tiene un destino decidido, nada es mejor o peor, caer por una catarata, desaparecer sumido en el subsuelo o desembocar en el mar para disolverse y perder su nombre y su ser. No obedecen (los ríos y algunos próceres, especialmente los separatistas) a otras leyes que a la de la gravedad y a la del mínimo esfuerzo. Esa es su constitución y a sus normas se atienen. Ese caracolear sin un rumbo demasiado claro, propio del que no sabe adónde va, pero quiere llegar el primero, ser el que conduzca al pueblo de Dios hacia una tierra prometida que no sabe dónde está, ni siquiera si existe, confiando en el maná providencial, o heredado o prestado, deseando que la travesía sea larga, mejor eterna, porque solo la desesperación y la duda de los demás les mantendrá al frente del éxodo, del movimiento hacia ninguna parte. Constantemente avisan de los enemigos y peligros que acechan tras los cerros, reales o supuestos, pues eso une a las gentes que les siguen y las ata a estos falsos profetas mientras duren los miedos que ellos anuncian y provocan. Con ello se conforman, sólo a eso aspiran estos pastores, a estabular los rebaños. Si por casualidad llegaran a algún sitio no sabrían qué hacer, pues nunca han sabido administrar la normalidad, carecen de un plan para la paz, el trabajo y la concordia.

 Entre tanta polvareda, perdimos a don Beltrán. Las palabras y los significados son los instrumentos del pensamiento, del debate y de la razón. Desvirtuarlos es hacer imposible la deliberación racional, que queda sin armas e instrumentos. Privados de símbolos, mitos, Historia y valores comunes (con la lengua aún no han podido del todo), negado o puesto en duda todo aquello que nos podría y debiera unir, y desafiladas las herramientas del debate y el argumento, queda el lema, la víscera y el sometimiento a las supuestas correcciones e identidades en promoción. Llegado a ese punto, es normal que nos veamos entretenidos y pastoreados hacia lo trivial y lo imaginado, hacia lo accesorio y lo frívolo, quedando desatendido lo importante y lo cierto. Las cosas ya no se clasifican por su importancia real, en buenas y malas, en mejores y peores, en convenientes o indeseables. Ni siquiera en reales e imaginarias, todo da igual. Hay temas que dan votos y otros que no, esa es su única fe de vida. La realidad se puede acomodar a las necesidades. Y los votos, los escaños son cheques al portador. Con ellos se compra y por ellos se vende. Y no hay más. No hay que tener razón, sino poder. Sólo importa el peso que dan los escaños, magnificado o reducido por una injusta ley electoral. Si Jack el destripador tuviera en sus manos el voto decisivo, él acabaría marcando la agenda e imponiendo su relato, comprando su inmunidad, que es lo que hoy, más que nunca, estamos padeciendo.

 Para que no nos llamen equidistantes los que ni tienen argumentos propios ni entienden los ajenos, aunque es otra de las muchas cosas que hace tiempo que nos dan lo mismo, dejemos claro que no todos son iguales. Sí lo son en lo anteriormente expuesto, pero hay una diferencia esencial: Para algunos, que no para todos, la ley es su peor enemigo. Una vez que nada significa nada, si ya nadie espera ni exige que las promesas sean cumplidas, cuando ya se puede mentir sin coste haciendo justo lo contrario de lo que prometiste hacer, solo los tribunales, la Constitución y las leyes ponen coto a esos comportamientos indecentes, preludio de otros peores, ya decididamente autoritarios, a los que se pudiera acabar degenerando. Si, como hemos argumentado, ya de nada valen las palabras ni las promesas, sólo queda desconfiar y repudiar a todo aquel que descalifique las leyes y a los que las aplican. Ese es el baremo, la última frontera.

 Los enemigos de la Constitución son nuestros enemigos, los enemigos de nuestra democracia, porque las constituciones se hicieron precisamente para proteger los derechos de los ciudadanos frente al poder, para impedir los abusos de los gobernantes. Tanto como para proteger al pueblo de sí mismo, de pasajeros e inducidos acaloramientos que pudieran desmontar esas contrapesos y controles de forma irreversible. Trump dice que se suprima la Constitución y que se le restituya la presidencia que le han arrebatado las urnas, según sus delirios. Erdogán empezó desacreditando a la justicia y a los demás poderes e instituciones que se le oponían, hasta controlarlos todos. Entonces llega la reforma constitucional a medida. El recurso del método. Por eso tiene la Constitución tantos enemigos que la cuestionan, esa es la causa por la que intentan desacreditarla: para así arramblar con lo único que obstaculiza sus ambiciones y sus instintos totalitarios.

 Hoy es el día de la Constitución. Sin disimulos, sus peores enemigos no encuentran nada que celebrar y contribuyen con su ausencia al decoro de los actos conmemorativos. VOX acude a ver izar la bandera en la calle, pero no al resto de discursos y confraternizaciones dentro de la cámara. Un aquí sí, pero allí no, especular al de Podemos. Hoy en las Cortes es inevitable la sonrisa, la distensión, incluso sería posible el abrazo. Mejor no participar en esos excesos. Para evitar, según dicen, celebrar la efeméride de la aprobación de la Constitución al lado de los que en su opinión (y en la mía) la vulneran, hacen piña con los que desde sus taifas la desprecian y la rechazan. Mal negocio, mal mensaje, sin duda. Un gran error, a mi juicio, pues sus propuestas pueden ser vistas con agrado o desagrado, pero ninguna —hasta ahora— se aparta un milímetro de lo dispuesto en la constitución; incluso en sus intenciones de modificarla siempre han anunciado que, en todo caso y momento, se atendrían a la ley, cosa que les diferencia de otros, sustancialmente y para mejor. Por eso se equivocan hoy. Los demás ausentes llevan equivocados y retratados ya desde hace muchos años.

 No es necesario extenderse en defensa de nuestra Carta Magna, pues es algo constante en mis escritos y epístolas. Ha hecho posible el período más largo de paz, libertad y prosperidad que España ha conocido y, a pesar de que no pocos han trabajado en contra, echando corrupción, insolidaridad, disgregación, abusos institucionales y otras arenas, cuando no muertos, en los engranajes, es la única constitución que hemos tenido no redactada contra nadie. Aunque ingenua hasta la debilidad, desgraciadamente no militante y confiada en exceso en los que en ningún momento de nuestra historia han sido leales con la nación, lo que de forma recurrente nos ha llevado a consecuencias indeseables y disgregadoras. Dejarle la llave de la casa es una confianza que no todos los vecinos de la finca merecen. El Título VIII abría demasiadas puertas, todas ellas traspasadas, haciendo posibles algunas de las competencias transferidas de forma suicida, entre ellas la de educación, que deberían ser revertidas, a mi juicio, en una futura reforma, como un reforzamiento de las defensas de la propia Constitución, justo lo contrario de lo que desde hace tiempo, y ahora especialmente, se está perpetrando. La redacción del Título VIII es algo que más a gusto hubieran firmado Sabino Arana o Companys que el mismo Azaña.

 Sí conviene señalar las contradicciones de los que alardean de su relevante —decisiva llegan a decir— contribución a la redacción de un texto que hoy en gran parte rechazan, lo que no les impide reprochar a los que hoy más la defienden una supuesta tibieza cuando se aprobó. Llegan, difundiendo un bulo confeccionado mediante la manipulación y sustitución de carteles electorales de la época, sembrado por el exministro Ábalos, según parece, a propagar por las redes coralmente el infundio de que Alianza Popular defendió el no en el referéndum del '78, cosa falsa de toda falsedad, sin negar su pasada tibieza. Otro capítulo de esa Historia que quisieran reescribir en el BOE con la fidelidad a los hechos que les caracteriza. Sería, en todo caso, un ejemplo de lógica y acertada evolución positiva. También los habido a peor, pues hay casos de degeneración, como los sufridos por los que se apuntan hoy los tantos que, en su opinión, ganaron los líderes de sus partidos durante la transición, pero igualmente ahora les enmiendan la plana y hacen justo lo contrario de lo único bueno que sus antiguos dirigentes realmente hicieron. Cuestionan los acuerdos que sus antecesores firmaron, deshacen los abrazos que dieron y recibieron, resucitan las memorias y rencores que aquellos en común acordaron olvidar y desandan el camino recorrido en la buena dirección por políticos y partidos más nobles, decentes, tolerantes y democráticos que sus herederos, un legado de paz y concordia que algunos fanáticos y olvidadizos sucesores desprecian y tratan de demoler. Batet alude ahora mismo en su discurso a una suma de generosidades. Justo lo contrario de lo que hoy vivimos, un compendio de egoísmos irreconciliables, añado yo.

 Olvidan lo principal en sus análisis. A todos los principales protagonistas de aquel abrazo que llevó a la constitución de 1978 les separaban muchas cosas, pero gracias a una memoria aún fresca y que, como protagonistas, nadie les podía todavía manipular, les unían dos sentimientos comunes: el miedo y la vergüenza. Miedo a dar lugar, si se revivieran antiguos maximalismos, a que se llegara a repetir lo que todos ellos habían vivido, ocasionado y protagonizado. Se abrazaron avergonzados por ese pasado común que acabó en tragedia, abochornados por los excesos y crímenes en los que algunos habían participado o sido cómplices, o ellos en primera persona o los suyos, los de todos. Su intención era superar la historia, no corregirla ni reescribirla, y menos reanudar antiguos ajustes de cuentas. Contra lo que hoy nos quieren contar, deformando a su gusto un pasado para ellos elástico, la generosa amnistía, palabra de la misma raíz que amnesia, fue a sus antecesores a quienes más benefició, empezando por los terroristas de ETA, que recibieron un perdón inmerecido e inútil, fruto de una esperanzada apuesta, como siempre defraudada. Sin embargo, sus crímenes, algunos aún no resueltos y todavía homenajeados, es cosa menor, algo que hay que olvidar, ya pasado, no operativo, cuyo recuerdo y mención reprochan los, —ahora y en esto otro— memoriosos e indecentes herederos y cómplices, que ochenta años después aún rastrean franquistas por las esquinas. Para hacérselo ver.

 Los ataques a la convivencia, a la igualdad, a la libertad y a otros valores que la Constitución intentaba proteger, son atacados desde muchos flancos. Y, como analizaba en la primera parte de esta epístola, uno de los principales campos de batalla es el de los relatos, apuntalados por el fraude en los significados, en los conceptos y las palabras con las que nos entendemos y con cuyo apropiamiento y malversación los peores intentan hacer imposible el debate honrado, la deliberación democrática, el entendimiento y la misma existencia de lo común. Pues, en el fondo, ese es el principal enemigo a abatir: lo común, empezando por las palabras y la lengua. Luego viene la desmembración del territorio. Aceptaron en la Constitución el pulpo de las nacionalidades como animal de compañía y con los trileros no se puede jugar ni con su bolita ni con sus palabras. Das por bueno hablar del vino del país y de que te descuidas intentan sacar un estado de la botella, como un genio antiguo y airado. Por eso hay que tener cuidado con las palabras de garrafón.

 

miércoles, 16 de noviembre de 2022

Epístola de la sastrería legislativa


—¿Cómo le ponemos a esto, tito? 
—Sujétame el cubata mientras escribo:
"Trasposición de Directivas Europeas y otras disposiciones para la adaptación de la legislación penal al ordenamiento de la Unión Europea y, reforma de los delitos contra la integridad moral, desórdenes públicos y contrabando de armas de doble uso". Además, lo endosamos por el procedimiento de urgencia, así evitamos los informes del Consejo de Estado y del Consejo General del Poder Judicial, un trámite necesario
 cuando se trata de una Ley Orgánica, pero engorroso. Nos hacemos lo despistados y nos los saltamos, que capaces son de ponernos pegas los de las puñetas. Andamos con prisas y no estamos para ponernos puntillosos ni estupendos.
—¿Metemos también ahora lo de la malversación y de perdidos al río? De todas formas, nos van a decir de todo menos bonito y, ya de paso, nos evitamos el cante de indultar a Griñán y el marrón con el héroe de Waterloo.
—No, paciencia. Ya presentará allí una enmienda Asens, Rufián, Echenique o el que se acuerde y les dejamos completo el ajuar de trajes a medida de la temporada de otoño-invierno. Los patrones los trae Rufián; se los cortó mosén Junqueras, que hizo un cursillo en el trullo. En el Parlamento les quitamos los pespuntes para la segunda prueba, levanta la mano el jefe de los grupos que están en el ajo y se aprueban estas costuras en un pispás. De Balenciaga van a quedar. Pura democracia pret-a-porter. Allí no bala ninguna oveja a destiempo, menos sabiendo que se están empezando a hacer las listas. Y la oposición que rabie, unos fachas, unos totalitarios, gente irrespetuosa con la Constitución, con los procedimientos y con las formas. Ni poner los jueces que queremos nos dejan, fíjate tú. Los que nos tocan, esos que, antes o después, tendrán que escudriñar y aquilatar la legalidad de estas medidas tan convenientes y tan progresistas que vamos tomando. Y, de oportunas, ni te cuento.
—¿Tú crees que colará la cosa? —dice el otro.
—Pero alma de cántaro, ¿Quién nombra al fiscal? ¿Y al juez? ¿Quién te pone o te quita en las listas en las plazas de salir? Pues eso. Aquí no rechista ni el Tato. Los barones sollozarán sus ¡Ay, qué disgusto que tengo! de rigor, que están en campaña, pero se les pasa pronto. Cada uno tiene su papel en la obra, pero el libreto lo escribe el jefe.
—¿Tú, de verdad crees que con estas sastrerías se conformarán o tendremos que resucitar el Estatut anticonstitucional o dejarles hacer un referéndum?
—Tiempo al tiempo, ya se verá. Cada día tiene su propio afán, menos el presi, que siempre tiene el mismo. Y, hasta que no tengamos al Supremo y, sobre todo, al Constitucional en el saco, no podemos echarnos del todo al monte.
¿Verdad que está la cosa más tranquila, tito?
—Pues dónde va a parar. Hay que vivir el momento. 

Así lo ven o lo quieren ver, mientras otros pensamos que siempre es mal negocio intentar apaciguar al matón. Darle algo de carnaza para que vaya comiendo. Cuando se le acabe pedirá más y mejor, vista la debilidad del que se la suministra. Siempre se pone el ejemplo extremo de Hitler. Igual con Polonia se conforma. Mira qué tranquilo que se ha quedado mientras hace la digestión. Pero es un procedimiento equivocado el de aplazar el mal definitivo admitiendo de entrada uno por el momento menor, pero avisador de lo que viene después. La insaciabilidad del que saca a base de violencia o de chantaje lo que no le corresponde. Negociar con el que abusa ya es consentir el abuso, compartir los derechos de autor. Es más, supone abonarlo, dejarle crecer con un desentendimiento cuando no un apoyo cobarde y venal. No suele acabar bien. Con los separatistas nunca ha funcionado otra cosa que la justicia y la trena, aunque también son de cartera sensible.

No hay nada que negociar bajo esos chantajes. Esa actitud dialogante con el que impone el marco y anticipa como incuestionable el resultado de unas negociaciones que no lo son, no es tolerancia, no es equilibrio, es ganar tiempo para acabar perdiendo la partida, un tente mientras cobras para continuar recayendo por esta cuesta abajo de cesiones sin fin ni retorno que nunca aplacarán a una fiera insaciable. Es rendición anticipada, es cobardía, es debilidad, es infamia.

Se agrava la cosa al maquinar una negociación como entre iguales, ya en principio improcedente, en despachos y covachas, hurtando al Parlamento su papel deliberativo y legislador. Desde los parlamentarios que han de votar las leyes hasta algunos miembros del gobierno se enteran por la prensa de qué es lo que ‘libremente’ en las cámaras deberán aprobar. Lo que unas cuantas personas hayan acordado en un despacho. Una parodia burda de la democracia y del parlamentarismo para cometer una tropelía jurídica que martiriza las leyes en potro parlamentario. Luego acusarán a otros de debilitar el sistema, se quejarán de que han heredado una democracia imperfecta, lógica degeneración, gracias a estos farsantes, del perverso régimen del ’78, en cuya demolición con tanto celo trabajan. Pocos dudan ya de que nuestra democracia es hoy, gracias a estos irresponsables, mucho más imperfecta de la que heredaron. El estado de derecho establece unas limitaciones legales al ejercicio de los poderes. Desmantelar esas barreras según convenga no es cosa que pueda nombrarse con ninguna palabra positiva o agradable. Elija cada cual la que considere adecuada.

Confunden la siempre peligrosa razón de Estado con una mezquina y circunstancial razón de gobierno. De  este gobierno. O, peor aún, con las razones y necesidades de una ambición personal dependiente de estos contratos con sus socios y apoyos, ninguno de ellos especialmente interesado en nada que sea común y que garantice la pervivencia de una nación unida e igualitaria. La mesa de sus negociaciones es un mostrador. El de una tienda, una sastrería, un taller de corte y confección, donde todo el género está en venta, y ahora en período de rebajas. Lo que unos venden y otros compran no les pertenece a ellos, sino a ese pueblo al que desprecian y estabulan en corrales identitarios cada vez más estancos. Haciendo tratos con delincuentes no es de extrañar que los acuerdos sean más que cuestionables. Sin rubor se mercadea con una anunciada desjudicialización de la política, de la suya, la de los golpistas, un eufemismo (fracasado por transparente) de la impunidad que acuerdan. Luego vienen los argumentos, las razones, las excusas.

Esto ya estaba previsto, un precio que ven asumible porque era necesario para ellos, aunque perjudicial para el país. No nos insulten con fabulaciones y patrañas como es decir que se trata de armonizar nuestra legislación con la europea, o que simplemente desean poner al día figuras legales obsoletas y antañonas, que si tal y que si cual. Entrar a rebatir tales falacias y engaños sería elevarlos a la categoría de argumentos y razones, concederles una realidad que no tienen. No hay nada que argumentar, nada que rebatir. Todo es engaño, teatro, compra y venta. El Parlamento votará lo que se les lleve acordado en otros foros menos institucionales y así se dará un barniz democrático y un amparo legal al pactado desmantelamiento de las pocas defensas que al Estado le han dejado frente a sus enemigos, muchos de ellos sentados en esas mesas de contratación, algunos dirigiendo grupos o grupúsculos parlamentarios, facciones o familias.

Da vergüenza ajena ver cómo algunas personas que algún día nos merecieron respeto acuden sin rubor a defender estas infamias. En las alturas y en las bajuras, en la prensa y en los foros. El Sánchez Cuenca, como acostumbra, es para nota. Chatarra argumental rendida a la ideología e inmune a la razón. De ahí para abajo, suduáduá. Se les esperaba, como siempre; incluso es ocioso analizar sus ya previstos discursos de argumentario. Estos mariachis y palmeros ya lo hacen sin esfuerzo, sin sentirse ridículos al interpretar ajenas partituras y cacarear las homilías escritas por sus obispos. La práctica y la costumbre ayuda mucho y no se han llegado siquiera a plantear qué pensarían si otros fueran los que obrasen con este talante y perpetraran abusos similares. Muchas armas van a dejar al enemigo. Menos que argumentos con que condenar lo mismo que ahora aplauden, cuando sean otros los que hagan cosas similares, empezando por deshacer estas, aplicando las formas y la barra libre que los suyos han creado. Nada es para siempre y muchos deberían haber escarmentado, pillados por cepos que habían colocado para los demás.

Si fuese cierto algo de lo que aducen mientras cortan y cosen un traje legal a medida de los golpistas del procés, si tuvieran la menor intención de evitar futuros pronunciamientos, si el propósito de unos, facilitado por la dejación de otros, no fuera desarmar legalmente al Estado en lugar de reforzarlo como debieran, cosa que ni siquiera fingen pretender, es decir, si fuesen unos gobernantes decentes, recuperarían en primer lugar la figura de convocatoria ilegal de referéndum, oportunamente eliminada por el principal amplificador, si no creador de estos problemas, el expresidente Zapatero, de triste recordación. Eso, entre otras mil cosas incumplidas, nos prometieron hacer.

El Supremo juzgó con las leyes que le dieron. Las que le dejaron con las uñas cortadas. Y es cierto que los jueces carecían de figuras legales adecuadas al caso, dada la inactividad suicida del pasmarote de Rajoy y la creatividad de los separatistas para dar un golpe posmoderno, no necesitando recurrir a la violencia para ocupar un poder que ya ejercían. Fue su criminal desempeño, empezando por una prevaricación continuada durante años, lo se intentaba castigar, pues fue gravísimo y totalitario, aunque hoy trabajen del brazo gobierno y otros amparadores o representantes de los delincuentes en diluir y rebajar intenciones, hechos y delitos. Es la justicia quien se excedió, nos vienen a decir.

Por eso, si pretendieran desalentar y evitar, en lugar de hacer más amplias y menos riesgosas las puertas para futuras intentonas, redactarían figuras legales que se ajustaran a lo que es necesario prevenir y, en su caso, castigar con dureza. Y podrían encontrar modelos en esa Europa a la que tan falsamente apelan ahora para enjuiciar a los que intentaran de nuevo desgajar una parte del Estado por las bravas o a los que, con esas intenciones, vulneraran la Constitución, el Estatuto de Autonomía y otras leyes que entorpecen y limitan sus planes. Alta traición entre otras, con penas que llegan a la cadena perpetua. Inconcebible sería que en esos países que quieren hacer pasar por modelo, sólo cuando y en lo que les interesa, que un presidente de gobierno negociase, por su cuenta y de espaldas al parlamento, reformas legales que modificaran las leyes que protegen al Estado contra sus peores enemigos internos, y menos a cambio de apoyos parlamentarios traficados precisamente con los partidos que los representan. Unos partidos que, por cierto, en muchos de esos modélicos países estarían prohibidos por sus leyes.

Discutimos pues, sobre palabras, sobre relatos, sobre patrañas; porque los hechos están claros, todos los vimos, sea cual sea la figura legal con que aquí o en otros países se cataloguen. Sedición, desórdenes públicos, rebelión, golpe de estado, desvío de fondos públicos para financiar iniciativas particulares e ilegales, entre otras cosas. Todas ellas y algunas más se perpetraron y corta fue su condena para lo que, en mi opinión, merecían. No se trata de modificar leyes y tipificaciones por necesidad del país, sino por interés coyuntural de los que ahora intentan cambiarlas. Todos sabemos de qué va esto, para qué, por qué y para quiénes son los trajes. No se cambia la redacción de la figura de sedición. Se suprime y sustituye por otra menos gravosa que solamente se refiere a una ínfima parte de lo que estos sujetos cometieron. Eliminada la figura, perdonado queda el delito por inexistente tras el truco de magia. Y, por ende, también las penas. Et voilá. Ya hemos torcido el brazo a los tribunales, a las leyes y a la razón. Ya que los jueces no hacen lo que nosotros queremos que hagan, dejemos sin efecto sus resoluciones y sus sentencias. Ahora, envalentonados y metidos en harina, amortizados ya los indultos, ver cortarle las uñas al delito de malversación hará olvidar, al menos por el momento, los despropósitos anteriores, que el personal no da abasto a metabolizar el vértigo de sus abusos. Su tiempo y su memoria no dan para tanto. Se enfadarán con unas medidas que, en un ciclo perverso, harán olvidar las anteriores. Y si no, ya encontraremos la forma de explotar un error ajeno en un tema de postín para tener entretenido y encorajinado al personal con la oposición, olvidándose de nosotros mientras perpetramos estas reformas. La sanidad de Madrid, por poner un caso.

Adelantándonos a los acontecimientos, preparémonos para escuchar grandes cosas. Algunas serán difíciles de digerir (y aún más de defender) y entra dentro de lo posible que haya quien no pueda estirar tanto su desvergüenza. Como pretender distinguir en la malversación la que se hace por lucro personal o la atribuible a otras causas, distinción muy jesuítica, pero infame e interesada. Robar para mí es malo. Muy malo. Indudablemente. Pero pretender que juzguemos mejor robar para el partido, sea para financiar campañas, para abonar los bancales electorales o para financiar delitos, es cosa de mérito. Hace falta cuajo. En este gremio, ya de por sí muy comprensivo con sus propios desmanes, hay quien toca fondo día tras día. Y da pasos hacia atrás, como estos que se nos anuncian. Pero, al parecer, sólo detectamos el sentido real de la marcha los que no somos cangrejos progresistas. Como avance se nos presentará el retroceso y la parroquia así lo verá, dándose cuenta ahora de que precisamente eso es lo que llevaban años pensando. Es lo que vienen haciendo con medidas igualmente problemáticas. Amén, pues; me gusta y a otra cosa. Y facha el último.

Pudiera ser incluso que lo de la malversación sea cosa de francotiradores del amasijo societario, o un señuelo. Discutiendo sobre el globo sonda, nos entretenemos con lo que tal vez no se hará, dejando de indignarnos por lo que ya se ha hecho, que es excesivo e imperdonable. No hay tiempo para procesar tanto disparate y tal vez con demoníaca astucia (y no sería la primera vez) nos pastorean para que nos pongamos a pacer donde no hay hierba, distrayéndonos por el momento de la roturación de los rodales más enjundiosos. Hasta Feijoo dice que esta sería la gota que colmaría el vaso, cayendo en la trampa de entender y sugerir que aún cabe más, de no verlo chorrear desbordado desde hace ya mucho tiempo.

Si les llamamos trileros, más debieran de ofenderse por esa igualación los que ejercen tan engañosa industria por ferias, calles y plazas que estos personajes que una vez más intentan tomarnos por tontos. Si a su feligresía les parece bien que por imbéciles les tengan, con su pan se lo coman. Pero no nos pidan a los demás que comulguemos con tales ruedas de molino.

* Fotografía de Manuel Vázquez, en El País.
https://elpais.com/elpais/2016/03/16/eps/1458129917_864596.html