sábado, 18 de noviembre de 2023

Del pasar a la Historia

 Hace tiempo Sánchez verbalizaba su confianza en pasar a la Historia. Con tantas como abriga, no debería dedicar tiempo a esa ambición, pues es de lo poco que tiene asegurado. Es cosa que todo presidente tiene garantizada. Ahí está la lista de los reyes godos, de los que nadie sabría decir quién fue bueno, si alguno lo fue, qué hizo cada uno de ellos, si es que algo hizo, cuanto tiempo reinó, ni quién lo mató para sucederle. Esas relaciones no dejan huecos: detrás de un rey o un presidente de gobierno viene otro, como un martes tras cada lunes, a menos que algún acontecimiento inesperado interrumpa la serie por un tiempo, para luego continuar con algún tipo de decíamos ayer. En cada época hay muchos que se dicen que esto no puede seguir así, a menos que continúe, pero la vida siempre persiste, la sociedad siempre encuentra una forma de proseguir, para adelante o para atrás. Vengan días y vengan ollas, otros vendrán que buenos nos harán, y esas cosas.

 Otro cantar es lo que la Historia diga de cada uno. La seria, la científica, se extiende y profundiza más, analiza, valora, entra en detalle, sopesa ejecutorias, causas, consecuencias, promesas, cumplimientos, talantes... Pero para el común es otra cosa; bueno es si la mayoría consigue recordar tras pocos años algo que decir de cada uno de los pasados próceres y mandamases, esos que en nuestro nombre decidieron en cada momento, bien o mal, que arreglaron algo o estropearon cosas que aún estamos intentando recomponer. Unos dejan un jardín, si no en flor, al menos con brotes viables; otros un erial, un bancal sembrado de sal; unos un país unido, otros roto, que no es mala piedra de toque. Del primer presidente de la I República, el barcelonés Estanislao Figueras, sólo se recuerda, si acaso, el episodio en el que dijo: "Señores, voy a serles franco, estoy hasta los cojones de todos nosotros", mientras compraba un billete para irse a vivir a París y allá os las compongáis, mandrias. A veces irse es la mayor aportación que algunos pueden hacer a la decencia y a la concordia nacional. Hasta Iglesias lo entendió, cierto es que ayudado, mejor espoleado, por un fracaso electoral en Madrid de unas dimensiones que su soberbia no pudo soportar.

 Lo que en su momento dijeran los propios y los extraños de cada uno de ellos, los cronistas oficiales, incluso la prensa, poco queda salvo como material para los especialistas, cuando no como risión general y descrédito de los firmantes. Al final, el tiempo va colocando a cada uno más o menos en el lugar que merece. Fernando VII, no pasó a la Historia precisamente con el apodo que el pueblo —siempre sabio dicen los que de ello entienden— le daba cuando vivo: "el Deseado". Ha pasado más como el rey felón que como modelo a seguir, a pesar de su declaración «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional; y mostrando a la Europa un modelo de sabiduría, orden y perfecta moderación en una crisis que en otras naciones ha sido acompañada de lágrimas y desgracias, hagamos admirar y reverenciar el nombre Español, al mismo tiempo que labramos para siglos nuestra felicidad y nuestra gloria». (Palacio de Madrid, 10 de marzo de 1820). Eso se lo dirás a todas, opinaban entonces algunos, como otros pensamos hoy de otros personajes, de sus declaraciones, de sus promesas y de sus teatros.

 Aunque se puedan recordar, para escarnio a menudo, no son las frases o las declaraciones, sino los hechos y los procederes lo que el alambique del tiempo acaba destilando. Para su desgracia. De forma que Sánchez lo tiene crudo. A la Historia pasará, puede estar tranquilo. Más inquieto debería estar por el cómo. Algunos lo recordarán, aparte de como el presidente con menos palabra desde el neolítico, por esta risa, ese rictus, por estas carcajadas destempladas y fuera de lugar, un desenmascaramiento, algo penoso e inolvidable que refleja mejor que nada este esperpento.

En su «Historia Universal de la Infamia» Borges teje catorce relatos, «ejecutados», según él entre 1933 y 1934. La fecha le impidió, a pesar de su clarividencia de ciego, anticipar algunos ejemplos de igual mérito a los que entonces incluyó en el libro, con títulos y arquetipos que hoy vendrían al caso: proveedor de iniquidades, impostor inverosímil, incívico maestro de ceremonias, brujo postergado, por falto de palabra y vano en sus promesas, atroz redentor, el tintorero enmascarado, entre otros.

 En el «Arte de injuriar», incluido en su «Historia de la eternidad» explora, sin pretender agotarlas, las formas del insulto. Una de ellas es, en una enumeración, el contagio por las palabras cercanas, ya que inevitablemente hay compañías que manchan, también en el trato entre palabras. Cita a Swift y a su Gulliver, cuando en su conclusión dice: «No me fastidia el espectáculo de un abogado, de un ratero, de un coronel, de, un tonto, de un lord, de un tahúr, de un político, de un rufián. Ciertas palabras, en esa buena enumeración, están contaminadas por las vecinas.» Hay quien, más que injuriarse, se retrata a sí mismo con sus compañías, acabando por enlodarse de forma recíproca.

 Hay cargos y títulos que honran. Como personas que hacen grandes los cargos que desempeñan o los títulos y premios que reciben. También personas que manchan y menoscaban los que ostentan o ejercen. Escribe Borges: «Un alfabeto convencional del oprobio define también a los polemistas. El título señor, de omisión imprudente o irregular en el comercio oral de los hombres, es denigrativo cuando lo estampan. Doctor es otra aniquilación. Mencionar los sonetos cometidos por el doctor Lugones, equivale a medirlos mal para siempre, a refutar cada una de sus metáforas. A la primera aplicación de doctor, muere el semidiós y queda un. vano caballero argentino que usa cuellos postizos de papel y se hace rasurar día por medio y puede fallecer de una interrupción en las' vías respiratorias. Queda la central e incurable futilidad de todo ser humano.»

 Algunos trabajan incansablemente, nos cuentan, para pasar a la Historia. Aunque sea a la de la Infamia, en la que hay que reconocer que tienen un puesto asegurado. Se puede ser tonto, que tantos ha habido y hay que se puede intentar pasar desapercibido si no se está en un cargo demasiado expuesto al escrutinio. Lo imperdonable es pretender medrar y vivir de tomar por tontos a todos los demás. Como es el caso al que nos referimos.

Como mentiroso, encontrará poca competencia pues, a las falsas promesas, por estas que son cruces, dondedijedigos y mentiras propias, suma ahora el doctor Sánchez las ajenas, que hace suyas y se atreve a llevarlas hasta a la introducción de las leyes. Leyendo los relatos históricos, los funambulismos, los sofismas y los eufemismos del pacto con Junts (que ha venido a tapar el acordado con el PNV, no mejor) uno no sale de su asombro. Y se hace una idea de por dónde va a discurrir la legislatura. Dios nos pille confesados.


lunes, 13 de noviembre de 2023

Epístola amnistiante


 Mi resumen del asunto este de los pactos, acuerdos y comercios de investidura es que, en realidad, lo que ha acabado comprando a precio de oro Sánchez, una mercancía averiada, de baratillo, que ahora nos intentan revender como si delicadísimas sedas del Oriente fuesen, consiste, además de la totalidad del falso relato independentista, que en otro dondedijedigo ahora hace suyo (pobre Illa), es el modus operandi institucional de lo peor de lo perpetrado los últimos años en Cataluña: el talante de sus dirigentes, su difícil trato con la verdad, sus fabulaciones y manejos con la historia y la memoria, y su desprecio a leyes, normas, jueces y sentencias. A las mentiras propias, suma ahora el doctor Sánchez las ajenas, que hace suyas. 

En Cataluña tienen esa habilidad, que no cabe atribuir a la mala suerte, de elegir para los gobiernos a los que o son listos, pero sinvergüenzas y ladrones, o a los más tontos, los tractorícolas, sin otra virtud conocida que ser unos paletos que les lamen la oreja a sus paisanos recreándose en plan narciso y creando hechos diferenciales, a la vez que un patrimonio personal.

Hasta el momento los políticos del procés eran perseguidos por sus delitos, ya sólo por los económicos tras el traje legal a medida de la anterior componenda. Ahora el relato viene a contarnos que lo eran por sus ideas. Condenados de forma turbia, se nos sugiere, algo que no vimos en los juicios, forma ahora cuestionada y pendiente de revisar precisamente por los reos. El lawfare, que así se llama a la prevaricación judicial en otros lares, es algo que aparece en el acuerdo con Junts pero no en el texto de la ley de amnistía. Es otro palabro abracadabrante y tendencioso para usar cuando no se tenga otra cosa mejor que decir, como esa chatarra de la equidistancia, con que tantos debates ha creído cerrar quien no encontraba mejor argumento, en el caso de dar con alguno. Si algún caso se ha dado, denúnciese y persígase en sede judicial, a la luz, no se sugiera en oscuros despachos. Intentar llevar al Parlamento el cuestionamiento de sentencias adversas, como Junts pretendía y el negociador del gobierno, en principio asumió, sería un paso más, tal vez el definitivo, en el vaciamiento del poder judicial, la separación de poderes y el mismo estado de derecho. Consideran que eso del lawfare, la supuesta prevaricación judicial, asombrosamente admitida por el gobierno de España en el pacto con Puigdemont publicado, sea sinónimo de esa otra entelequia que llaman judicialización de la política, cuyo antónimo real y tangible es la impunidad del gremio. Una infamia, un sindiós. Leo en el texto de la amnistía, publicado hace un momento, que evitan por fin las referencias a esa palabra, respondiendo a las quejas unánimes del poder judicial, lo que muestra que ese poder es nuestra última esperanza y que por eso es el principal enemigo a batir por delincuentes y aspirantes a dictadores.

Las actuaciones y la penosidad de los argumentos que aparecen en la gestación de estos desaguisados legales hacen dudar de virtudes y convicciones anteriormente escenificadas. Esto es algo de especial gravedad, demoledor para todos los reyes hoy desnudos que han vivido mucho tiempo mirando por encima del hombro y exhibiendo una superioridad moral que ahora vemos derrumbarse. Demasiado elásticos han resultado ser su ética y sus valores como para seguir pensando que tienen esas cosas. Predicando falsamente (¡No merecemos un gobierno que nos mienta, decían!) que, además de venir a acabar con una corrupción del gremio que ahora se santifica y se intenta perdonar retorciendo las leyes en los despachos, se buscaba la concordia y el llevarse bien, aunque han traído y generalizado la división en el resto del país copiando de sus interlocutores y apoyos el unilateralismo, su astucia y su desprecio a las leyes y a quien las trujo.

Han conseguido obligar a la mitad de la población a sacar las uñas para defenderse de estos abusos y desafueros. Una mitad de los españoles que no merece respeto ni consideración por su parte, que se obvia, se desprecia, se demoniza y se ataca. Una mitad que incluye al grueso de los jueces (todos menos parte de los colocados por ellos en las instituciones, seguramente en lucha interior con el derecho y con sus conciencias), fiscales, abogados del Estado, ferroviarios, Tribunal de Cuentas, inspectores y técnicos de Hacienda, diplomáticos, sin olvidar a gran parte de los dirigentes históricos de un Psoe del que hoy se avergüenzan, como a muchos que en tiempos les votamos nos ocurre. En fin, el armazón institucional del Estado en sintonía con muchísimos millones de españoles, más o menos la mitad, considerados el enemigo por quienes deberían gobernar para todos, algo que ni siquiera se les ha pasado nunca por la cabeza. Intentan de forma grosera, con concurso de la peña entregada que, como sus caudillos, parecen haber renunciado a unos principios que uno llega a dudar que tengan, y un batiburrillo de partidos, grupos, y facciones, variopintas y cada una de ellas marginal por separado, hacer pasar a media España por peligrosos fascistas.

El PNV, con menos estruendos, a la chita callando, siguen pasito a pasito marcando diferencias en lo que verdaderamente les preocupa: el dinero para ellos y sus votantes.Obsérvese cuán demoníaca astucia. El resto del país completa las pensiones de los de aquí, que con nuestras cotizaciones no alcanza porque son las más altas de España, pero, cuando las reciban, que el membrete de la transferencia dé a entender, como en todo, que los servicios y beneficios los paga el gobierno vasco. Sigamos construyendo islas de prosperidad insolidaria a escote y que paguen los de siempre, encima los malos, los centralistas, unos fachas. Nos van a quedar algunas comunidades muy chulas, que diría aquella de la sonrisa, pero en el sentido en que se usa esa palabra en las casas de lenocinio. El resto a pagar, a callar y a votar estos progresos. No se van, no, les pagamos para que se rebajen a seguir siendo españoles. De solidaridad, igualdad, progresismo y otras gilipolleces, hablaremos otro día, porque a muchísimos no les entra, no les entra.

Hablando de entrar, no entro yo en esa retórica de gobiernos ilegítimos, y menos ilegales, golpes de estado y demás exageraciones. Ni compro ese discurso del miedo que ha llevado a esta coalición tan pinturera e informe, ni tampoco el contrario, aunque, puestos a temer, habría mucho que hablar respecto a socios y apoyos indeseables, corruptos y peligrosos. Entre los buenísimos y los malísimos hay infinidad de términos medios, que el fanático reduce en dos bandos irreconciliables, presentados como insoportables, perversos. Por no hablar de derechas extremas y xenófobas incrustadas en eso que llaman el bloque progresista, que ya es abusar de las palabras. Pero si veo muchas cosas alarmantes, no existe ningún discurso de nadie que hable de un proyecto común asumible por una mayoría que sí comparte muchísimo más que los líderes que sufrimos, causantes de gran parte de nuestros peores males. Y no se salva ni cristo.

El país no se romperá, hay suficientes salvaguardas para evitarlo y los intentos de rotura serían inevitablemente muy traumáticos, incluso peligrosos. Demasiado. En el fondo, nadie tiene intención ni interés en abandonarlo, que entre el amor y el dinero, lo segundo es lo primero. Se vive demasiado bien de la queja, mimados y con el prestigio inmerecido de la supuesta víctima, del ofendido, siempre encontrando gracias a esas milongas quien te defienda, que su liebre lleva cada uno y abundan los que viven en la confusión. Y de ella. Mostrada descarnadamente la insolidaridad y el egoismo de algunos separatismos, la gente de Teruel, Zamora o Cáceres, y otras decenas de provincias, dejadas de la mano de Dios y de los gobiernos desde el tiempo de los romanos, se ponen a echar cuentas y eso, como es natural, abre escenarios poco esperanzadores en cuanto a la convivencia y la concordia entre territorios. Se ceba la queja, que se recompensa sea o no justa y hay gente que ya ha callado demasiado soportando los llantos y las quejas de los territorios adonde van sus dineros a parar, pues allí están las grandes industrias y proveedores de servicios.

Los nacionalistas vascos y catalanes no se irían de España ni aunque les empujaran, salvo algunos miles de dementes románticos, egoistas y fanatizados, abueletes soñadores y sus retoños pijos con el riñón bien cubierto. Pero las soluciones y acuerdos para este pacto que pronto se cometerá en nombre del progreso hacen un país más desigual e injusto y con instituciones y poderes amenazados.

La lección del autoperdón gremial de la corrupción, el gobierno y el mismo parlamento convertidos en una sastrería de trajes legales a medida de políticos que han delinquido, y el torcer el brazo a la justicia, son ejemplos funestos para el futuro, mala cosa siempre. NO parecen contemplar que otras manos podrían compartir en un futuro que intentan evitar tal amplitud de miras y puertas abiertas en este todo vale por la causa. El estado de derecho es mejor que ayer y peor que mañana. Y no se me diga eso de la renovación del CSPJ como piedra de toque de la decencia institucional que, siendo cierto, es tema ya demasiado recurrente que nadie, en el fondo, quiere arreglar. Arreglar digo, no colonizar. Por supuesto, es mi particular forma de ver las cosas, tal vez equivocada, pero de mi cosecha, no soy portavoz de nadie.

Aunque en las dudosas manifestaciones de estos días ante la sede de un partido, que no aportan nada más que crispación y excusa para permitirles intentar igualar a todos los que se les oponen y critican, tienen que enviar a diez o doce propios con cámara para conseguir encontrar a alguien con la bandera del aguilucho que mostrar en portadas y noticieros afines, símbolo que ellos necesitan mucho más que los peores manifestantes, los que la lían parda, una minoría exigua y violenta, fanática y extremista, rechazable y rechazada con abucheos por la mayoría de los quejosos asistentes. Las realizadas ayer son otra cosa, sin esas interferencias que tan bien vienen a los que estos gentíos les molestan si se reúnen en su contra. Pero es igual, seguirán diciendo a coro que en España hay diez o doce millones de fascistas, de hecho es gilipollez que leo a diario a semovientes que me ahorro calificar, pues cada día más, son muchos de ellos los que realmente parecen serlo.

Conseguido, chapeau, ya estamos nítidamente partidos en dos, dos Españas a la greña (afortunadamente mucho menos que los que las representan), que es lo que decían que querían solucionar en las dos Cataluñas existentes, también por el curioso y nada democrático sistema de ignorar a la mitad. O el caos o yo, que más vale caos propio en mano que ciento volando. ¡Sálvese el que pueda!, que la camarilla y yo ya hemos salvado el cargo, lo único importante, lo único en cuestión, milongas aparte. Ya os iréis enterando del precio, que vosotros lo vais a pagar. Ahora bien, en el pecado lleva la penitencia el presidente que si insomnios temía a causa del señor Iglesias (afortunadamente hoy fuera de la industria gubernativa, que no faltaba nadie más que él), no le arriendo las ganancias, porque pocas noches va a pegar ojo durante esta legislatura con semejantes compañías y dependencias. Desde luego, barato no nos va a salir.

Dicen haber desactivado el procés, cosa incierta; ya estaba moribundo por la aplicación de la ley, las sentencias judiciales y otros estorbos, el 155, y el propio ridículo de esa movida palaciega y elitista, que sólo con ver el cuajo mental y la catadura moral, por no hablar de la ineficiencia y mano rota de los protagonistas, ya se veía inevitable el fracaso del invento. Lo mejor hubiera sido dejarlos cocerse en su propia salsa y verlos apuñalarse entre ellos en disputa del botín hasta el día del final de la obra. A menos que algún irresponsable los resucitara momentos antes del entierro, cosa que ha venido a ocurrir gracias a la parte contratante de la segunda parte, un tahúr. Ni una palabra para un proyecto común que integre a todos los españoles, pues a ellos la mitad les sobran. Y a sus socios y apoyos, les sobran todos menos los de sus sectas o sus aldeas respectivas. Ya tenéis lo que buscabais, que no era concordia, tranquilidad, igualdad, solidaridad y justicia, hermosas palabras, sino mando en plaza, el BOE, el presupuesto y la oficina de colocación para la clientela, que de cualquier badulaque iletrado sacamos un subdirector general. Y la peña a aplaudir, a insultar al oponente, que argumentos pocos y flojitos, salvo el pues anda que tú y el que viene el lobo. Nos dice el oso pardo, mientras se afila las garras.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Epístola overtoniana


 Aconseja la prudencia contar hasta diez antes de lanzarse al ruedo de llegar a una conclusión y responder en situaciones en las que el enfado o el pasmo nos pudieran llevar a dejar al mando más al estómago que al magín. Es lo normal cuando nos hacen vivir en un mundo de palabras que poco se corresponden con los hechos, un callejón del Gato, un esperpento donde los espejos partidistas nos muestran una imagen deformada de la realidad. Se ha invertido el orden normal y conveniente de pensar, argumentar, deliberar, parlamentar, debatir, llegar a conclusiones y acuerdos y luego, sólo luego, obrar, para hacernos entrar en un torbellino de decisiones unilaterales a salto de mata, espoleados por urgencias que dan paso a imprevistas huidas hacia adelante que contradicen lo dicho y prometido. La superposición de despropósitos, cuando no abusos, siempre intentando tapar un escándalo con otro mayor, no nos da tiempo a digerir tanto sapo, aunque cierto es que han conseguido que la clientela haya llegado a tragarlos con gusto sin mayores problemas de ingesta y digestión. Por separado, cada uno de estos episodios hubiera sido un terremoto político, pero cuando los sapos bullen en la ciénaga como garbanzos en la olla, el personal no puede fijar la vista en ninguno por separado y pronto se le cruzan los ojos, desbordados y sin capacidad de atención ni tiempo para tanto. Si acaso, el debate —si es que hay algo que así pueda llamarse— se limita al postrero desaguisado y los anteriores quedan subsumidos, olvidados por unos y archivados por otros en espera de futuros ajustes de cuentas.

Dada la situación, contar hasta diez me parecía poca cosa para el caso y, antes de ponerme a escribir, mi conteo ya supera las seis cifras. Casi dos meses mordiéndome la lengua, con la que está cayendo. Pero esta tropa hace hablar a los toros de Guisando.

La necesidad del doctor Sánchez de buscar apoyos hasta debajo de las piedras —como textualmente nos amenazó— para volver a ser investido y formar gobierno le lleva a no poder prescindir de nadie de los que no sean del partido Popular o Vox. A base de minar debajo de las piedras, cavando y socavando sin respetar ni los cimientos, se va metiendo —y a todos con él— en un hoyo que se va acercando a los infiernos de la política. Aparte de su sumiso partido, ningún ser del inframundo político puede fallarle, a todos hay que satisfacer y pagar, a todos hay que dar por buenos. Algunos despistados hablan de nuevo Frente Popular, que así andamos de memoria y de conocimiento de la Historia. Poco acomodo hubieran tenido allí partidos de derechas, hasta de extrema derecha separatista, supremacistas infinitamente más cercanos al fascismo que aquellos a los que dicen combatir.

Resulta curioso, y trágico, que hayan conseguido atemorizar a gran parte del personal con la imaginaria o exagerada amenaza de una derecha y una extrema derecha, algo temible, puro fascismo, según nos cuentan, a los que acusan de tener una idea patrimonial del país, del gobierno y de las instituciones, mientras dan por sentado que nadie salvo ellos puede gobernar legítimamente y, sin pausa, van poniendo a su servicio a todas ellas. Al paso, intentan difuminar los extremismos propios, incorporados, así, al montón, a eso que voluntariosamente llaman bloque progresista, que no pocas derechas más cercanas al fascismo que PP y Vox integra, santifica y blanquea. Resulta un contubernio o amasijo coral informe que mantiene juntos pero no revueltos ingredientes que, en realidad, resultan radicalmente incompatibles, sólo unidos precariamente con la débil argamasa de sus intereses particulares. Saben que, si juntos van mal, a trompicones y a ningún sitio de provecho que no sea el particular, separados no son nada. O sacamos esto adelante tragando los sapos que sea menester —piensan todos ellos—, o cada cual a buscarse las habichuelas en otra industria —saben—.  Allí, como en un gabinete de curiosidades políticas y paleontológicas, se muestran y ofrecen especímenes variopintos, incluyendo algunos telarañosos fósiles ideológicos, herrumbrosas supervivencias de lo peor de los dos siglos pasados. Así, eso que tan eufemísticamente llaman bloque progresista —fíjate tú— alista e incorpora desde tribus que ellos y sus corifeos rotulan con el perifrástico embeleco de izquierda a la izquierda del Psoe, donde se arraciman desde totalitarios decimonónicos, maoístas, troskistas y antisistemas, algunos secuestradores y defensores de asesinos, hasta carlistones, requetés, meapilas, mafias regionales, malversadores, golpistas, y otras muestras de la carcundia patria.  Estos últimos, llave de la investidura, son más encuadrables en la derecha extrema que aquellos que señalan y utilizan como espantajos de la hispanibundia cavernícola, intentando hacer sentir un espanto que les haga a todos ellos parecer soportables. Desde luego son una buena muestra de lo que da la cepa hispana, aunque incorporen algunas variedades infectadas con la filoxera y otras miasmas políticas, de esas que los votantes, una por una, han rechazado estrepitosamente y que sólo arracimados en esa mescolanza pueden encontrar alguna posibilidad de supervivencia, aunque sea a costa de la del país.

Atribuyéndose méritos cosechados por la justicia, la ley, los tribunales, los votos y el hartazgo de los ciudadanos, dicen haber desactivado la amenaza separatista. Ese submundo ya era un pasacalles ridículo de gigantes y cabezudos desfilando ante un decorado de cartón piedra. Si acaso, han conseguido revitalizar el cadáver del santón de Waterloo, reedición del Palmar de Troya, cuando ya le estaban tomando medidas para su ataúd político e institucional. Los ves declamando sus lemas de palabras hinchadas con tan poca convicción como escasa vergüenza, que ni los suyos creen, dejando claro que ya se conforman con salvar los muebles, los suyos, los de la casa del Ampurdán, su patrimonio. Ya sólo buscan verse libres de los delitos por los que lógicamente les persigue una justicia que, a cambio de su apoyo, la parte contratante de la segunda parte desactiva con leyes a medida y anulando juicios y sentencias, algo de lo que más pronto que tarde habrán de arrepentirse. Se quiere hacer borrón y cuenta nueva de la malversación y la desobediencia al Constitucional, una vez desactivados arteramente otros delitos y desafueros aún más graves, pero de los que ya ni se habla. Por el menor de los que han cometido, cualquier otro ciudadano pararía en el trullo una buena temporada y no sería raro que de paso, queriéndolo o no, sea inevitable que esos perdones alcancen a otros delincuentes y sinvergüenzas del gremio. Veremos encaje de bolillos y tormento a las leyes en potro parlamentario. Si no fuese trágico sería una risión, un esperpento legal que muchos prestigios va a desportillar, tanto entre los actores como en la entregada claque.

No es la cárcel lo que les deseo, nada me da ni me quita verlos encerrados. Pero nunca libres e indultados sin juzgar, sin reconocer sus delitos ni asumir sus culpas, sin pedir perdón y, desde luego, inhabilitados para volver a la política en cargos de representación donde puedan seguir viviendo como califas de contar leyendas, prometer imposibles y tener al país ocupado y enfrentado con sus delirios, como desde hace demasiado tiempo ocurre. Son unos impresentables y, como la palabra indica, al menos la ley debería impedirles que, como delincuentes que son, sigan figurando en listas electorales, tomadas como escudo ante la justicia, para persistir en representarse a sí mismos. Bastante hemos soportado el abuso y el fraude de ley de incrustar como candidatos a personajes así, usando la representación política como parapeto que les salve de toda responsabilidad.

Lamentablemente, hay quien necesita sí o sí el voto de gente de esa calaña para ser presidente del gobierno y ese pequeño detalle hace ridículos ciertos discursos a posteriori que intentan argumentar que los pagos en especie a cambio de esos votos envenenados, la desactivación de la justicia para impedir que juzguen a estos delincuentes, son cosas que nos convienen a todos, cosas justas y necesarias que se harán por el bien del país y que nada tienen que ver con la investidura. Decir que, hasta necesitarlos, habían prometido que nunca cometerían tales desatinos es nostalgia de unos tiempos en los que uno creía aún que la palabra dada valía algo. Nadie da lo que no tiene, lo haya prometido o no. De forma que de vergüenza, de ética y respeto a la palabra nada cabe esperar.

Sobre la última ocurrencia, una salida de peón caminero sólo digerible por la parroquia más incondicional,  pienso que una cosa es hacer de la necesidad virtud y otra muy distinta renunciar a la virtud por una necesidad personal o partidista. El ejemplo es nefasto, tanto para la política como para la vida. La verdad es que poco ejemplares han sido nuestros próceres desde antiguo y, desde luego, a nadie se le ocurriría ponerlos como modelo en la casa ni en la escuela, lo que es mala cosa para la salud de un país. La lección moral que se deriva de ese relativismo, de esa liquidez huera muy cercana, cuando no reveladora de la falta de principios, es, en realidad, que resulta admisible renunciar a la ética en aras de la conveniencia. Es más, la moral, la idea de lo justo, como la ley y los tribunales, se diluyen, vienen a ser un estorbo, una barrera franqueable si la estrategia lo impone. La justicia, los tribunales, las sentencias, el propio estado de derecho, se convierten en obstáculos, en enemigos a batir, y grandes cosas escucharemos al coro parroquial en cuanto la justicia asome las uñas, algo inevitable y necesario. Se quiere vender que se hace para dar una satisfacción a Cataluña. Como se acostumbra en el sector, son unos más de los que han comprado la falacia nacionalista de que Cataluña son sólo los separatistas. Se les contenta estirazando de la ley, alimentando a la fiera para aplacarla un tiempo, porque hoy sus votos son necesarios, y se desprotege y se agravia al resto, a la mayoría de los catalanes. Lo demás son milongas y no cabe distraerse y perder el tiempo argumentando sobre si lo indigno es o no constitucional o conveniente.

Recordemos que el señor Puigdemont y sus secuaces son la quinta fuerza política del principado. Esquerra, la cuarta, si no me equivoco. Como vemos, menos lobos eso de hablar en nombre de Cataluña. Dar por buena esa suplantación de representatividad y someterse a sus exigencias, en contra de gran parte de la opinión pública, será para infinidad de españoles una indecencia provechosa para un partido y una persona, un intercambio de favores y pagos que permitirán formar un gobierno a gusto de muchos que hoy se tienen que tapar la nariz, mirar para otro sitio y silbar distraídamente. Pero seguirá pareciendo indecente a más de media España, como lo es para no pocos del mismo partido en que el sector en el poder y su feligresía aplauden con unanimidad norcoreana lo que sea menester. Al menos no argumenten, no insulten la inteligencia ajena recitando convicciones sobrevenidas e inesperadas, no apliquen la ventana de Overton para tenernos enredados debatiendo sobre si el canibalismo o el restablecimiento de la esclavitud serían de recibo si llegaran a ser pago necesario para una investidura. Sigan con su monólogo. Hay debates falsos que sólo con entrar en ellos ya se les da apariencia de plausibilidad, haciendo atendibles despropósitos y desafueros. Es mejor no participar en tal cosa. No hay deliberación o debate decente ni real cuando de antemano se sabe a qué conclusión hay que llegar sí o sí. Y por qué.

Esos a los que llaman fachas, más de la mitad de la población, sólo siguen opinando y diciendo lo que quienes así les insultan hasta hace días o semanas decían pensar, lo contrario de lo que ahora cacarean con fingida convicción. Aunque lo cierto es que el éxito ha sido el conseguir que sus acólitos renunciaran a la funesta manía de pensar hace ya mucho tiempo.

La Ventana de Overton



jueves, 7 de septiembre de 2023

Epistolilla de Waterloo

Un gobierno que se dice progresista que, para repetir su mandato sea cual sea el precio a pagar, se rinde, da por bueno y hasta hace suyo todo aquello que, mintiendo, como sus socios, nos dijeron que venían a combatir. Promesas, declaraciones de intenciones y argumentos, por cambiantes y elásticas, más parecen una farsa que un proyecto. Un programa que se va haciendo sobre la marcha al albur de las necesidades. Era cosa que no cabría esperar de un partido que fuera verdaderamente de izquierdas que, en la mayoría de los asuntos, ya no es el caso del Psoe. No era cierta su repulsa a la corrupción, bandera ondeada cuando la moción de censura a Rajoy. Aceptable y asumible les resulta ahora la corrupción endémica de los herederos de Pujol, ya veremos si no incluso la de esta familia siciliana, que llega hasta hoy, en parte perdonada por las reformas legales a medida. Un nuevo sapo que es menester tragar a cambio de los votos que necesitan para seguir gobernando, pues ese es su único y verdadero programa, siendo el para qué cosa secundaria. Pelillos a la mar. Hoy por ti y mañana por mí.

Cosa menor resulta también el supremacismo fascistoide de una extrema derecha insoportablemente xenófoba hacia sus propios conciudadanos, separatista y golpista; la renuncia a toda idea de igualdad entre los ciudadanos, la consolidación y agravamiento de privilegios regionales amparados en fueros extemporáneos, reliquias del antiguo régimen y leyendas que embellecen un relato falaz. Resultado: la ruina definitiva de la separación de poderes. Profunda regeneración democrática supone el torcer la mano a la justicia y revocar de forma artera sus sentencias como parte del pago por los votos que necesita. Como el desprecio a las leyes y a los tribunales que las aplican hasta que consigan controlarlos y ponerlos a su servicio sin disimulos, supeditando todo aquello que conforma un estado de derecho a las ensoñaciones de minorías electoralmente marginales pero ahora necesarias para asegurarse una investidura, lo único importante. Sánchez ya está más cerca de Erdogan que de ser un demócrata cabal. Sus juristas de cabecera, pocos pero tan iluminados como sumisos, dicen con ellos que el poder del parlamento es omnímodo, es decir no limitado por ley alguna, que todo acuerdo parlamentario es constitucional. Sobran otros controles, siempre molestos para los aspirantes a dictador. Tomemos nota para cuando otros tengan mayoría y llegue la hora de los lamentos. Demasiadas puertas van abriendo y todas llevan a mal sitio.

 Luego, para rematar, entra en escena la sonrisa del régimen, la José Solís de la Marcha Verde separatista que, ejerciendo de mamporrera, va a Waterloo a capitular. Mientras, las tertulias, los informativos y los debates están ocupados ya dos meses en otras cosas mucho más relevantes y de sustancia, asuntos de tetas, besos y el júrgol. Me gusta como bala la ovejita. Los coros de la copla los hace la peña. 

Felipe González y Alfonso Guerra comparecen tratando de salvar los muebles de un partido que ya no reconocen, rechazando esta deriva hacia ningún sitio, que Guerra califica de infamia a la vez que a Puigdemont de gánster. Dinosaurios, momias, reliquias de otros tiempos. Sin duda más decentes, tiempos y personas. No son los únicos, pero tampoco suficientes para reconducir este partido imprescindible hacia la democracia, el respeto a la ley y a emprender consensos y pactos más asumibles y presentables. No los hay peores que los que los que hoy por hoy Sánchez y su camarilla dan por buenos. 

jueves, 27 de julio de 2023

¡Vae Victis! Epístola postelectoral

La anterior investidura de Sánchez, comparada con los pactos, acuerdos, intentos y cesiones que se avecinan y se intuyen, susto o muerte, viene a demostrar que, sea como sea la magnitud de un desastre, todo puede ir a peor. Conseguido. Cualquier caos es mejorable, es decir, mayor. No es que aquello fuera para echar cohetes, pero, dada la costumbre de seguir cavando para intentar salir del hoyo, veremos grandes cosas. No creo que nuestra capacidad de asombro pueda ya crecer tras el umbral de una legislatura accidentada que, entre volcanes, guerras, carestías y pestes medievales, está logrando, por fin, consolidar (imitando lo conseguido en Cataluña, mal modelo) la fractura de la sociedad española en dos bloques irreconciliables y estancos. Siempre a base de blanquear apoyos poco homologables y socios tan inconveniente como necesarios, mientras se demoniza a los hostiles a base de argumentario, insistencia y tremendismo guerracivilista. Del PP-Psoe pasamos al trifachito, de ahí a la extrema derecha y la derecha extrema, los fascistas, así al montón, sin que enfrente haya nada que pueda considerarse extremo, radical o rechazable. Hasta la extrema derecha separatista se considera 'progresista'. Se atemorizaba al personal con la vuelta a unos tiempos que, en realidad, sólo ellos, los cazafantasmas, recuerdan, incluso añoran. El sitio de Madrid era para Alberti, según nos contó, el recuerdo de una época feliz. De hecho, vivía en un palacio requisado y engordó no pocos kilos mientras el pueblo al que decía defender disfrazado con un mono azul, pero bien cortado, se moría de hambre. Siempre ha habido clases, más que memoria de lo cierto, aunque menos que de lo imaginado, siempre tan favorable, tan dulce, tan reconfortante. Y tan falso.

Si se trataba de dar aire y protagonismo a los separatismos como un mal necesario para alcanzar la masa crítica parlamentaria, el éxito ha sido total, aunque no pocos ni leves los daños. Dando carnés de demócrata a los que no lo han sido ni lo son, a la vez que se les niega a los que nunca han dejado de serlo, se ha conseguido catalanizar la política nacional, de la peor forma, más con la rauxa que con el seny. La astucia de la que presumía el irresponsable suicida político Artur Mas, gerifalte del país de los capitanes Araña, el estirazamiento y la creatividad interpretativa de las leyes, cuando no el desprecio y el incumplimiento, para adaptarlas a una realidad y a unos comportamientos que no caben dentro de ellas, el regate corto e inesperado, la apuesta arriesgada, el vértigo de acelerar, de correr hacia algún sitio, simplemente para no caerse de la bicicleta y luego Dios dirá. Se ha ido ampliando el horizonte de lo posible, dando por buenas cosas antes inimaginables, siempre mirando al abismo por la ventana de Overton. En fin, los eclesiásticos mamporreros de cámara, casi póstumamente como el Cid, van consiguiendo que hoy ya les parezca soportable, hasta conveniente, ver a los cristianos llamar a los almohades en su auxilio. Se negociará con el santón de Waterloo, un delincuente huido de la justicia al que sus menguantes acólitos veneran como los fundamentalistas persas al imán Jomeini cuando estaba en París. Su regreso bajo palio a Irán no aportó demasiados beneficios. Pero las parroquias sumisas y unánimes también lo darán por bueno, que la moral y la fe son cosas de frailes, de gente apocada, débil, encandilada por algún tipo de principios. La disonancia cognitiva ya viene de serie, es marca de la casa, sólo muy recientemente interesada por la verdad.

Porque lo que no hemos visto en la campaña es fe en algún credo comunal, unos principios ni una moral mínimamente compartidos. Vamos de herejía en herejía, de cisma en cisma, de ocurrencia en ocurrencia, espoleados por las urgencias partidistas del momento. No hay lugar para ese mínimo común entre diferentes que deje a salvo lo básico: la existencia de un país unido donde convivan solidariamente ciudadanos iguales ante la ley, cosa de fachas. Y no es posible porque, mientras se demoniza a los contrarios, renunciando definitivamente y ya sin máscaras a aspirar a la igualdad entre todos los españoles, se va del brazo, antes a la fuerza, hoy a gusto, de los que no se esconden para declarar que ellos trabajan únicamente para los suyos, para los conmilitones de su aldea y, si no les importa nada ni la opinión ni la libertad de los ciudadanos de su región que no les votan, qué esperar acerca de los conciudadanos de un país que consideran ajeno y quisieran ver deshecho. Cuesta encuadrar en la izquierda, incluso en la simple decencia, a los que dan el visto bueno, consienten y alientan a estos personajes, estas tribus y estos planes. Tal vez esos desarreglos morales, como la urdimbre y apoyo al procés, tengan una explicación más psiquiátrica que política. O es que trabajan para Putin.

La moral es líquida, el que alguna tenga, que hay quien ha demostrado que no. Se hace lo que conviene y luego se buscan argumentos y excusas de mal pagador. El aplauso está garantizado, que la parroquia fiel ya está acostumbrada a tragar sapos, incluso a pregonar luego sus virtudes gastronómicas. Primero costaba tragarlos, pero una vez que uno se acostumbra, acaban gustándote. ¡Vaya usted a saber qué nos harían comer los otros! De esa forma los programas ya son innecesarios, que bien claro ha quedado. La gente ha comprobado (y consentido) que lo prometido no compromete ni ata, que ya ni hace falta aparentar que alguna vez se pretendió cumplir la palabra dada, menos gobernar para todos. La banca se queda con todo. Vae victis, ¡Ay del vencido!, dolor al conquistado. La palabra, la promesa, qué antiguallas, qué sandeces.

Cuatro brindis al sol, un par de lemas, grandes lamentos, mirad compañeros, aunque parezca inconcebible, aquel aún es peor que yo. Algo temible, el fin de la democracia si ganan ellos. Pinturera, estéril, oportunista y vacua, provocadora en lo castizo, lenguaraz, dedicada exclusivamente a la provocación fácil, a meter el dedo en el ojo del progre, pero más democrática y respetuosa con las leyes que muchos de los que la descalifican, tenemos una extrema derecha en España que, trasplantada a Estados Unidos, por poner un ejemplo aunque hay más, sería aborrecida por excesivamente liberal. En cuanto a su defensa del estado del bienestar, sería allí revolucionaria. Socialistas peligrosos les llamarían, que allí tampoco andan demasiado finos con los marchamos ideológicos. No se atrevería Obama a proponer allí lo que aquí lo que llaman extrema derecha fascista, tal vez arrastrada por consensos ciudadanos definitivamente consolidados, tiene asumido y da por irrenunciable, aunque cuestione su funcionamiento o su extensión. La sanidad universal sin ir más lejos, las pensiones o el simple permiso por maternidad, cosas ni imaginables ni asumidas en un país en el que en algunos estados sigue siendo legal negar el evolucionismo en las escuelas. De las exquisitas destilaciones de sus decadentes campus de Estudios Sociales salen los desvaríos que aquí los más tontos defienden como progresías. Las censuras, cancelaciones y hasta prohibición de libros en bibliotecas y planes de estudios, obras teatrales, películas y cuadros que predica la religión woke son desmanes paralelos a los del extremismo contrario, estos bien vistos y alentados por esa peste de los que sólo para un lado miran y que tan pronto se espantan cuando les conviene. Y así les va y de paso al resto. Aunque siempre andamos enredados con las palabras y las etiquetas para demonizar o para blanquear partidos según los propios gustos y conveniencias, lo cierto es que la extrema izquierda nacional, esa que para muchos no parece existir, sólo tendría cabida al mando en Nicaragua, en Venezuela, en Corea del Norte y en similares paraísos tan de su gusto. Sin embargo, para muchos, sin que nadie consiga explicarse qué servidumbres mentales les tapan los ojos y las bocas, esos fósiles ideológicos patrios, de fondo y talante totalitarios, dicen representar la libertad, la modernidad y el progreso. La igualdad ni la nombran y siguen negándose a condenar o llamar dictaduras a los regímenes aborrecibles de su cuerda, que los más fanáticos tienen por modelo.

Como no hay programas, proyectos a largo ni a medio plazo, ideas ni éticas de las que debatir, según parece, recurrimos a la lucha singular. Al final, no teniendo gran cosa de sustancia de la que discutir se pelea por nimiedades, palabras y banderolas; el duelo a primera sangre de los caudillos sustituye a la batalla de ideas en campo abierto. Llegaremos al juicio de Dios. Nadie cuenta con un proyecto a largo plazo, y menos común, empezando por el de unir al país en lugar de dividirlo y enfrentarlo (promover la concordia no parece entrar dentro de los planes de nadie), y menos en los que se dedican de forma proclamada y pertinaz a dividirlo. Por ello, se anda a salto de mata, sólo cuenta un inmediato éxito electoral que, al precio que sea, permita mandar un tiempo en beneficio de los propios y en contra los ajenos, medio país, si no más. Un fulanismo sectario que no perdona el fracaso. No tenemos estadistas ni verdaderos líderes, ni buenos ni malos, sino caudillos charlatanes, hueros y soberbios, y no se ponen los científicos de acuerdo si eso es la causa o la consecuencia de que los dirigentes duren menos que las leyes de educación que perpetran, consiguiendo con esas y con algunas otras seguir perjudicando a la sociedad hasta después de perdido el mando. Los lugartenientes y liderzuelos de las distintas camarillas afilan sus cimitarras esperando asestar el último golpe si ven que el líder flaquea, que los caudillos son pasajeros, útiles sólo mientras nos ganen las batallas y el botín de los cargos, sacrificables en cuanto les tiemblen las piernas. Lo único que tienen todos en común es saber que el engaño y la astucia es la mejor estrategia para rendir la plaza. Que la gente no tiene memoria, o prefiere olvidar. Un caballo de Troya tampoco vendría mal y siempre hay mercenarios en alquiler.

Cada uno defiende su enseña en estas guerras feudales. No hay una bandera común que los una, y de paso a nosotros. Los peores luchan desde siempre para evitarlo, que ni la palabra España son capaces de pronunciar sin asco, para luego extrañarse de que a muchos españoles, mejores que tales fanáticos, les provoquen la misma repulsión que la bandera de todos les produce a ellos. Estado plurinacional, federalismos asimétricos, fueros medievales, autodeterminación que les permita separarse de sus vecinos, de los de la nación y los de su calle, promoción de supuestos hechos diferenciales hasta conseguir que existan, las lenguas como división excluyente, para acusar a las víctimas de opresores. Para hacérselo ver. La progresía local, las periféricas y especialmente la mesetaria. Mejor muchos señoríos que un solo reino, muchos jefes hay para tan pocos indios; la división crea taifas donde mandar todos, hasta los más nefastos. Ya los convenceremos de que son diferentes a los otros, al enemigo que hemos elegido para ellos. Bajo un estandarte colorido y alegre forman cuadrillas de raros uniformes, guerrilleros de tribus feroces y asilvestradas hasta ahora irreconciliables, sólo unidos y ansiosos por la promesa del reparto del botín si la cosa va bien, aunque ya contamos con que están en espera de ir desertando y dejando los flancos descubiertos en cuanto pinten bastos. Otro pendón ondea sobre los cascos de muchos que se preguntan qué hacen allí dirigidos por alguien tan poco de fiar, incluso cuál es la causa que se defiende. Enfrente, los infieles, que Dios y la razón están con nosotros, se dicen unos y otros. El caso es ser, si no mejores, al menos más, aunque la afinidad y el cemento que los une sea el interés por el botín, ya que poco más los une ideológicamente. Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos, aunque tal vez estemos en el caso de que ambos sean peores, encima necesitados de apoyos inclasificables, tribus de bárbaros. Los aldeanos miran desde lejos no sabiendo quién les conviene que venza, dudosos de que lo que se dirime sea otra cosa que las llaves del castillo, el poder y el disfrute de los placeres del mando. Sólo esperan que se decida a quién tienen que servir. Las curias siempre están dispuestas para el amén y preparadas para entonar el Te Deum.

lunes, 10 de julio de 2023

Epístola problemática

Hay personajes y colectivos que alardean de una infundada superioridad ética que, a falta de una ejecutoria personal que la acredite, heredarían de sus bisabuelos, ilusión que les exige poco pero que los obliga a sostener una interpretación sesgada y mohosa de la Historia. Esa versión acrítica, olvidadiza y autocomplaciente estiraza de los hechos pasados para salir siempre valorados como el bueno de la película, ángeles sin mancha, sin error. De paso empadronan en su bando, inventariando en su haber, todo cuanto de noble e inteligente ha dado el bancal de nuestro pasado, aunque gran parte de los involuntarios alistados como valedores de su superioridad se estarán revolviendo en sus tumbas al ver quiénes dicen ser sus herederos y continuadores. Y qué hacen y cómo lo hacen. También les lleva a concederse en exclusiva el derecho de utilizar tópicos, medias verdades y mentiras. Los demás, empezando por la prensa no afín, hacen campañas, normalmente pérfidas y tendenciosas; ellos simplemente informan, que suya es la verdad. Esos son los fundamentos de una pregonada superioridad que se alcanza por mera adscripción. Si estos fueron o son los buenos, que me apunten. Con esos mimbres exigen que los demás acepten y den por buenas sus prioridades, y consideren irrefutable su memoria, su relato y su versión. Rematan reservándose la potestad de elegir qué temas son importantes y cuáles no, qué asuntos suponen un problema grave y urgente y cuáles son accesorios. Es decir, suya es también la función de señalar la agenda, de pretender solucionar a lo Juan Palomo los problemas que ellos eligen, incluso los que crean, con alguna ocurrencia o receta de las muchas que contiene su telarañoso vademécum ideológico. 

Hasta sus supersticiones quieren hacer pasar por postulados. Su pensar, por llamar de alguna manera a su papel de meros ecos de un discurso unánime de autoría ajena, viene a resultar la ciencia oficial. Hablan ex-cátedra, con infalibilidad papal y, si les cuestionas sus santísimas trinidades, te miran raro, de lado, desde arriba y arqueando la ceja, como perdonándote la vida. De hecho, a muchos de ellos se les ha quedado la cara así, con ese gesto despreciativo y agrio del que se siente el más listo de la clase o el matón del patio. Esa forma tan peculiar de mirar de lado, entre mantis y camaleón, los ojos semicerrados, dispersos, opacos, serpentinos, les impide ver bien, tanto la realidad de las cosas como las miradas de asombro, por encima de las gafas y con los ojos de par en par, que ellos, a su vez, reciben de unos interlocutores a los que nunca escuchan. En realidad, tampoco te miran, enfocan varios metros detrás de los ojos del oponente, lo traspasan, aunque más lo obvian que lo radiografían. Les falta comprarse una peana con ruedas para que los arrastren en procesión por las aceras con la dignidad que merecen. Ridículo, cuando actúan o predican fuera de su parroquia.

Sería imposible que, como cada cual, no llevaran razón en ciertas cosas. Y la llevan. Pero no en todas, como quieren hacer creer. Y tienen dos problemas al respecto: primero, que suelen centrar sus esfuerzos y su propaganda precisamente en los temas en los que más les falta el consenso y la razón. Ni han gobernado para todos ni siquiera han intentado aparentarlo, más bien lo contrario. Suele ocurrir cuando se imponen el rencor, el revanchismo y el fondo autoritario a los ideales de igualdad y de libertad que hace tiempo abandonaron en el sector. Y segundo, que el suyo es un menú cerrado, sin opciones, que hay que embuchar completo, sin dejar sobras. Y se hace bola, a menos que tengas unas tragaderas fuera de lo común, de fakir, de boa constrictor, unas fauces que a base de práctica y sumisión acrítica ellos han conseguido hipertrofiar. El sapo de la reforma a medida de la malversación, por poner un caso entre muchos, un zampoño de las ciénagas, viscoso, emponzoñado y de un tamaño descomunal, fue engullido sin hacerle ascos ni supuso mayores problemas de garganchón o de estómago para la mayoría de la congregación. Como ese batracio era difícil de digerir, es ahora, cuando las elecciones, el momento en que se manifiestan los ardores, las nauseas y no pocas diarreas. Aunque ciertas particulares cagálisis actuales entre el gremio se deben más al miedo a los números que a la mala conciencia o a una penosa digestión.

Como hemos llegado a un punto en el que hay que argumentar lo obvio, para rebatir algunas de sus posturas más dogmáticas y equivocadas —pues suelen hacer suyas las ideas de los peores, los más zotes y fanáticos del sector— hay que ir al principio, al abc, a Adán y Eva, como al hablar con niños. Y claro, si te dicen que dos y dos son cinco, que el zorro ártico es un coleóptero o que el comunismo es libertad, no deberían pretender que les hables de logaritmos neperianos, de Linneo o de John Rawls. Al verte obligado a sacar los dedicos para contar números y patas o el mapa de señalar paraísos, el que pareces tonto eres tú. Si uno argumenta en una discusión que no es lo mismo libertad que libertinaje ya sabe que ha perdido la disputa y que le van a responder con risas. A pesar de llevar razón. Los tópicos son para su uso particular y al recitarlos se ponen muy serios. Como si les dices que los países, entre otras cosas, se pueden clasificar entre los que levantan muros para que no entren y los que los construyen para que no se escapen, siendo estos últimos los que los más fanáticos y peligrosos de ellos prefieren, habiendo llegado al desatino de tomarlos como ejemplo. Ya sabemos que hay tres clases de personas: las que saben contar y las que aún no. Y a mí, tanto tiempo tratando con niños, 38 en la escuela, me ha curado de espantos, curtido la paciencia y dado cierta práctica en contender con el 'yo no he sido', el recurso al llanto, el pensamiento mágico, la disonancia cognitiva, la maldad irresponsable del inocente y con el candor. No hasta el extremo de llegar a entender a Zapatero, es cierto, pero al menos me ha venido bien en algunos debates y pelarzas con personas que, a pesar de su edad, aún no parecen haber alcanzado el uso de razón.

Sus mantras, sus fijaciones y sus letanías, que a menudo chocan con el sentido común y a veces con los otros cinco (porque para ellos la realidad está equivocada, es un estorbo), se han ido constituyendo en un canon arduo y peligroso de acometer. A base de ser proclamados y repetidos, despachados a granel por colectivos que ejercen como lobby ideológico o por ese difuso pero agobiante runrún de lo correcto, lo woke, lo ‘progresista’ de liberal anglosajón, cuesta trabajo, hace falta valor para manifestarse en contra, señalar la desnudez y la vacuidad de muchas de sus propuestas, lo marginal de sus promotores, la irrelevancia para el común de algunos problemas que, a pesar de ser particulares, identitarios, discutibles o directamente inexistentes, intentan situar en los primeros lugares de la lista de las preocupaciones generales. De pronto, nos vemos, no enterados o curiosos, sino concernidos y ocupados por cosas que en forma alguna nos atañen, nos inquietan, ni forman parte de nuestra experiencia personal. Nos vemos braceando para escapar de las olas y corrientes originadas en las lejanas costas de la estupidez torturada y autoflagelante de las facultades de estudios sociales anglosajonas. Sin embargo, otros problemas, estos reales y sufridos por muchos, se nos señalan como inexistentes, estadísticamente irrelevantes o producto de la manipulación confabulada de oscuros y procelosos poderes e intereses.

La estadística, referida al número de personas afectadas por un determinado problema, se esgrime ahora sí, ahora no, según conviene. Unos problemas, de base más ideológica que científica, que a muy pocos afectan, se magnifican por su supuesta gravedad. Son esenciales, todos debiéramos implicarnos vitalmente en su solución, dejando aparte otras urgencias, independientemente de que sólo el 0,0001 % de la sociedad se vean afectados por ellos. Aquí el número no es el dato relevante. Sostener que cada problema es importante por sí mismo, aunque afectara a una sola persona, sería una ética aceptable si se aplicara en todos los temas y circunstancias, no según convenga, como se acostumbra. Normalmente, con respetar, vivir y dejar vivir, además de proporcionar reconocimiento y  protección legal a las minorías, es suficiente, pero sin llegar a parcelar la sociedad en tribus identitarias de víctimas enfrentadas. No hay que ocultar, pero tampoco emprender campañas para visibilizar, promover, incentivar, evangelizar, para intentar convertir de forma artificial un tema extremadamente minoritario en una de las principales preocupaciones de la mayoría. Ni lo es, ni lo será ni tiene porqué serlo. A menos que se haya convertido en el medio de vida de los que se dedican a la vez a su remedio y a su extensión.

Por contra, otros asuntos y situaciones que afectan a un mayor número de personas, que preocupan a casi todas las demás y que por sí mismas son muy graves, se intentan silenciar y menospreciar alegando ahora que se dan pocos casos como para llegar a convertirse en un problema común, grave y atendible. El número, mayor que en otros asuntos más oreados, pasa ahora a ser algo secundario, irrelevante, un dato prescindible, cuando no negado. Como la política neofranquista de persecución institucional del español en algunos territorios o, algo más nuevo y localizado, los casos de ocupaciones de viviendas. Son problemas que no existen, simple resultado de campañas de desinformación interesada, para enredar, atemorizar o para vender alarmas. El primer problema afecta a la mitad de la población de algunos territorios, en el segundo, si unos exageran su número, a otros casi 2.000 casos al año les parecen poco merecedores de medidas o de simple preocupación y, mientras no sea suya la casa tomada, siguen defendiendo que eso es un cuento de Cortázar.

Poco preocupan ciertos problemas reales y graves, como el separatismo supremacista y xenófobo dado por bueno, consentido y alentado. Menos que otros nimios que copan agendas, portadas y argumentarios. Y esos son los que, hasta el toque a rebato electoral, ya tarde, han acaparado el guion del gobierno, siendo su escaparate, su barniz y su perdición. La ineficacia, el despilfarro, la arbitrariedad y el clientelismo son lastres pesados que algunos partidos, que de nuevo sólo tenían y tienen el nombre, han venido más a agravar que a corregir. Pero, como la mentira, solo son abusos condenables cuando son ajenos. Son formas de corrupción, versiones menos escandalosas y perseguibles, más asumidas e ignoradas que la económica, que el robo directo, aunque nos cuestan mucho más. Podemos adornar ideológicamente esos comportamientos, buscarles una justificación, decir que son daños colaterales, menores, que lo importante son las buenas intenciones —recordad que hubo un tiempo en que fuimos honrados—, que, a pesar de los errores y disfunciones, todo lo hacemos por vuestro bien, por el pueblo. Hasta perjudicarlo en ocasiones en el altar de la propia ideología.

Todo es cuestión de énfasis, de proporción. La polarización no es cosa sólo de unos, sino de todos los extremistas, quedaría discutir los grados. La mejor España, la verdadera España, frente a la mala y la indeseable, nos dicen unos y otros. Cada cual apechugue con su parte de culpa, con las mentiras, los sectarismos y las provocaciones que promueven el enfrentamiento con la descalificación del contrario.

Lo que ya se sitúa fuera de lo soportable es ver a una sociedad enredada y enfrentada por unos problemas que no teníamos hasta la aparición en escena de algunos orates y chamanes, unos santos de ciruelo que muchos han tardado demasiado en reconocer. Y eso que eran bien visibles la corteza, los nudos y los brotes del tarugo de abeto siberiano en el que se talló el san Pablo. Como para esperar milagros. Ese viene a ser el verdadero y principal problema que nos paraliza a todos, nos enfrenta, nos encabrona y nos distrae, al paso que desnuda a sus promotores, precisamente las destilaciones y resinas de todo ese bosque de marginalidades vetustas, recuperadas por chamarileros de la política del basurero de la Historia, una vez más barnizadas y ofrecidas como nuevas entre sonrisas, envueltas en celofán para regalo, que han sido socios o sostén de este gobierno presidido por un personaje que se ha dejado lobotomizar a riesgo de acabar con su partido. Y, para cerrar el circulo, otro partido que, como reacción, ha ido recolectando los desbarres y disparates de esa peña de marginalidades heterogéneas e irreconciliables para urdir su programa especular. In medio virtus.

jueves, 8 de junio de 2023

Epístola electoral, educativa y varia

    En el timo de la estampita no conseguimos simpatizar con ninguno de los dos protagonistas, ni con el estafador que se hace el tonto, ni con el estafado, que no desaprovecha la oportunidad de sacar partido económico de la simulada tontez del timador. Se necesitan dos sinvergüenzas para que el engaño prospere. En la política a menudo nos pasa igual, aunque siempre nos toca hacer de engañados. Pero el negocio se mantiene gracias a las multitudes que se dejan engañar a gusto, siempre que sean los suyos los que les hacen quedar como necios. Los más cafeteros llegan aún más lejos y se dedican a buscar razones y argumentos para justificar los timos de sus sinvergüenzas preferidos, dejándose, si alguna vez los tuvieron, el prestigio y la vergüenza por el camino, cómplices y encubridores de lo peor del gremio. Ante las imprevistas próximas elecciones, parte del personal va a la cuerda de tender a coger de nuevo una pinza, mientras otros muchos votarán a gusto en ese juego imprevisible de simpatías, rechazos, miedos y esperanzas, recompensas y castigos.

    Un ejercicio que son incapaces de hacer los más incondicionales de alguna ideología o facción, los irrecuperables para la razón, es el de intentar pensar que fueran otros, los adversarios, los que incurrieran en lo que sus defendidos cometen. Les resultaría insoportable, una dictadura. Los que proclamaban en tiempos que no merecíamos un gobierno que nos mienta, obviamente se referían a que les mintiera uno ajeno y menos de su gusto. Al parecer, ahora sí lo merecemos, pues no se les ve especialmente ofendidos ni alarmados porque los propios les mintieran al prometer justo lo contrario de lo que han acabado haciendo desde el minuto uno. Si, aprovechando las inercias, los ejemplos, el desprecio a las formas y a los tiempos en el parlamento y en el gobierno, el ataque y apropiación de las instituciones, el desprecio y descalificación de una oposición que para ellos encarna el mal absoluto, en fin, si Feijoo atravesara todas las puertas que Sánchez ha abierto con poca prudencia, pensando que gobernar es un derecho no un encargo temporal, sin duda no se quedarían cortos a la hora de calificarlo. Hay actitudes y valores sólo exigibles al contrario, pues quien goza de la razón y de tan acreditada superioridad ética y moral, ni debe ni tiene necesidad alguna de rebajarse a cumplir esas formalidades molestas. Este gobierno de Sánchez, de extrema debilidad, presa fácil de sus socios y de unos apoyos que cobran al contado, ha perpetrado a veces por encargo, otras por dejación, leyes y decretos que repugnaban hasta a gran parte de sus votantes, incluso a algunos de sus alcaldes y barones territoriales, que recientemente recibieron en sus culos las patadas dirigidas a su secretario general.

    Sin ser capaz de escenificar siquiera una cortesía, al menos fingir un saber perder y aparentar un mínimo de respeto a la democracia, virtudes ajenas a nuestro presidente, considera una humillación impropia del césar el felicitar a los vencedores ajenos ni a los escasos propios que, a base de marcar diferencias, han sobrevivido al rechazo a un personaje y a algunas leyes y medidas políticas que confiaban hacer olvidar a tiempo. Y no. Creían amortizadas y tapadas cada cesión, cada venta y cada barbaridad por el estruendo de la siguiente, una traca in crescendo que les ha arrasado en las urnas, pagando justos —pero sumisos— por pecador. Ni siquiera ha funcionado la zanahoria económica, la patada adelante de endeudarse para contentar a los que al final, mejor bajo otro gobierno como es marca de la casa, acabarán amortizando con creces lo recibido, pagando deuda e intereses. Era de justicia.

    Como los dioses, cuando quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias, tal vez también sería de justicia económica, además de poética, que este mismo gobierno, y no otro, se viera obligado a hacer los recortes que inevitablemente será necesario hacer, cuando llegue la hora del crujir de dientes. Cuando Europa cierre el grifo, llame al orden y toque a cuadrar cuentas. Lo justo sería que Sánchez milagrosamente ganara las elecciones, aunque sólo fuera para no dejar en mal lugar a su empleado Tezanos. Tendría que apechugar con la deuda que con nuestro aval ha contraído —en parte para intentar ganar las elecciones—, con un panorama internacional y europeo que impondrá el fin de las barras libres, el inicio de los sacrificios, el rigor y los ajustes. Y, lo peor de todo, dentro del avispero que ha criado, de nuevo en manos y a merced de los mismos socios y alguno más, pero más radicalizados y rabiosos si cabe, que sabrán que quien preside el Consejo está a su servicio y que poca fuerza tendría para negarles nada. Lo que es más dudoso es que el país pueda sobrevivir a ese escenario.

    Si es un gobierno de otro signo el que tiene que apechugar con el marrón, ya tienen desde la oposición, que sería brava, la campaña siguiente hecha y las calles encendidas frente a tanta inevitable impiedad. En ese sentido, sería mejor que ellos administren los ajustes. Y que nos cuenten cómo se hace cuando Europa cierra el chorro del dinero abundante y gratis y pasa a ordenar que hasta aquí hemos llegado, cosa que le pasó a Rajoy tras las alegrías, las negaciones de la crisis, la irresponsabilidad indolente y el mutis por el foro de Zapatero. Rajoy no lo hizo bien, es cierto, incluso muy mal, aunque tampoco pudo hacerlo demasiado mejor dada la cruel postura de Europa, de Alemania y los países del norte, respecto a los del sur. Un cambio de actitud que ha marcado la diferencia. Y no hubiera estado demás entonces algo de la piedad actual, una protección que faltó hacia los más débiles y haber descartado aquella generosidad inasumible de tapar con dinero público el agujero negro de las cajas de ahorros que entre todo el gremio hundieron. Ya lo criticamos duramente en su día.

    La oposición ha pecado de ser incapaz de reconocer nada bueno en la labor del gobierno ahora en funciones. Y ni es justo decirlo, ni siquiera es posible errar en todo, ni los unos ni los otros. Paralelamente, el gobierno y su entorno no han hecho otra cosa que demonizar a sus oponentes, presentándolos con una caricatura que mezcla a Trump y Bolsonaro con Jack el destripador y el monstruo de las galletas. En contra de lo que se ha conseguido imponer como relato, el partido Popular ha apoyado con su voto buena parte de las iniciativas legislativas del gobierno saliente. Es cierto que se ha opuesto a las más vistosas, algunas de ellas meramente ideológicas, que rebasaban la capacidad de comprensión y la paciencia de gran parte de los ciudadanos, yendo hasta más allá de lo que la sociedad, hoy por hoy, considera razonable o admisible. Lo más chocante es que incluso en la reformilla laboral, que en eso quedó el cacareado anuncio de derogación de la ley del PP, anunciado entre grandes redobles de tambor, pero limitada a la hora de la verdad a ligeros y necesarios retoques, el partido Popular perdiera la ocasión de votar a favor, aplaudir como hizo la exministra que la había impulsado, y agradecer que después de tanto estruendo y descalificación, dieran por bueno casi todo lo establecido en la ley en cuestión. En otras leyes, se opuso e hizo bien, como bien hace al anunciar que las derogaría en caso de ganar, a la vez que suprimiría varios ministerios.

    Muchos de ellos nunca debieron pasar de ser una sección o una dirección general dentro de otro ministerio. Un derroche innecesario para financiar desvaríos y pagar apoyos. En Alemania, Francia, Gran Bretaña y otros países que ponen como modelo sólo cuando y en aquello que les conviene, se apañan bien con siete, diez o catorce ministerios, que son los que en España manteníamos hasta que Sánchez tuvo que convertir su gobierno en una oficina de colocación para dar cabida y mando a todas las familias de la peña, a los grupos y facciones que le sostenían para que, a su vez, estos tuvieran donde colocar, con sueldos tan desproporcionados como inmerecidos, las manadas de acólitos de las variadas curias de esa ‘izquierda a la izquierda del Psoe’.

    ‘La izquierda a la izquierda del Psoe’. Manda huevos la perífrasis eufemística y engañadora. Unos grupos variopintos que ningún ser pensante entiende por qué no llamamos extrema izquierda o izquierda radical, aunque ya sabemos, a base de que todos, obispos y feligreses, nos lo repitan como loros bien amaestrados, que extremismos y radicalismos son cosa exclusiva de la derecha. La extrema derecha y la derecha extrema, casi un palíndromo que es la letra de la última canción sacada al mercado por el director de esta banda destemplada y poco profesional, todo un éxito entre sus parroquianos, una canción del verano que no dejarán de cantar a coro en bolos, festejos y verbenas estivales, para risión de sus oponentes y del público en general. Unas derechas, ambas extremas y peligrosas que, sin que hasta la fecha hayan encontrado los científicos explicación para tan curioso fenómeno, no tienen enfrente ninguna izquierda que para estos sectarios y sus claques merezcan ese adjetivo. Vienen a ser como los vándalos, pero de extremos nada, unas almas de Dios, pura moderación. Tal vez populistas o peronistas, sería mejor decir, pues hasta dudamos que muchos de ellos se puedan considerar realmente de izquierdas viéndolos abrazados a los separatistas, lo más parecido al fascismo, con mando en plaza hoy en España.

    En cuanto a las leyes, nadie deroga tanto como promete, algo que ya pasó con Sánchez y este gobierno de patchwork político tan pinturero. Si alguien ha tenido por costumbre derogar las principales leyes y medidas del gobierno saliente, empezando siempre por las de educación, ha sido el Psoe, nunca el PP, invariablemente timorato y poco resolutivo. De que te descuides, Feijoo se te vuelve plurinacional y se lía a amistosos abrazos periféricos y pelillos a la mar. Al tiempo.

    Ven indigna y perversa la pretensión  inusitada y antidemocrática de derogar o retocar lo hecho por el gobierno anterior que se considere equivocado o pernicioso. Eso indica, además de caradura, la pretensión de embaucar acerca de los más elementales principios de la democracia y de la alternancia en el poder. Alguien pierde las elecciones y otro las gana precisamente como un encargo para que haga cambios en otra dirección para corregir lo que más rechazo produce de lo que los anteriores gobernantes hayan realizado y dispuesto. Para eso les votan los que les voten y, si son más, nada que decir. Luego, ya en terrenos del cinco, menos lobos, la reforma integral del piso queda en repintar las puertas y limpiar los cristales. Ahí están, por ejemplo, los mínimos retoques a la reforma laboral, nulos a la ley llamado mordaza, vigente y bien engrasada, las devoluciones en caliente, y tantas y tantas cosas que o podían soportarse ni un día más. En lo demás, han legislado, gastado y obrado como les ha parecido bien, llegando al inexplicado e inexplicable disparate del Sahara. El mismo derecho tendrían otros, cosa que no acaba de entrarles en la pelota a los que reprochan a los adversarios que parezcan reclamar el derecho a gobernar si ganan las elecciones. Un derecho que es poco discutible, y menos por parte del gobierno saliente, es el de hacer lo mismo que ellos legítimamente han hecho. Pero en el sentido contrario.

    Algunas leyes serían derogadas, otras corregidas y nadie lloraría por ello, salvo sus impulsores y sus reducidas feligresías. Sánchez derogó la ley de educación de Wert, sin duda mala. Pero no peor que la que la sustituyó, mejor incluso, pues proponía algunos cambios en la buena dirección, cierto que ya imposibles, una vez transferidas las competencias en educación, uno de los mayores errores de nuestra democracia. Pretendía con las reválidas elevar el control sobre los niveles y evitar grandes diferencias regionales entre ellos. Dos avisperos, la igualdad y la exigencia. ¡Vade retro! Mejor dejarlo como está y renunciar a esas antiguallas centralistas y reaccionarias.

    Hasta donde yo sé, desde la Logse, los escolares y estudiantes españoles han cursado sus estudios bajo leyes de educación socialistas. En realidad todas las reformas posteriores conservan el núcleo y la inspiración de esa ley a la que el tiempo, los remiendos posteriores y la misma evolución de la sociedad han ido desgastando los aciertos y acentuando los errores y las razonables imprevisiones. Como las leyes se deben juzgar por sus resultados, no por la propaganda ideológica de sus beatíficas introducciones, no necesito extenderme en el tema, salvo decir que la última de la lista excesiva de leyes de educación que venimos padeciendo, necesita, más que retoques, cambios de fondo, más prácticos y profesionales que ideológicos. Y no sería una reforma menor el alejar del asunto a los psicólogos y pedagogos de cámara, que mejor se dediquen a escribir novelas, pues su guion se centra en la innecesaria y habitual creatividad terminológica, de farragosidad creciente, el incremento de la burocracia, el desprecio de los contenidos y las habilidades básicas, la renuncia a la exigencia y a la excelencia, en aras de una suicida igualación a la baja, con apartamiento de la realidad de las aulas y desconocimiento de los arcanos de un oficio poco o nada valorado que se siente cada vez más alejado de los discursos y del fuego amigo de estos creativos planificadores de salón. No sé, y además ignoro, si aún estamos a tiempo de arreglar el desaguisado, cedido a las autonomías el mejor y tal vez único instrumento, junto con una fiscalidad redistributiva entre ciudadanos iguales, que permitiría al Estado, si ello se pretendiera, alimentar un sentimiento de pertenencia a un país y de inculcar a toda su población una serie mínima de conocimientos, aprecios, visiones, valores y experiencias compartidas. Un instrumento del que algunas comunidades hacen un uso amplio y sectario, centradas en construir país, es decir, en hacer nacer algo que no existe, diciendo que se intenta recuperar lo que nunca se tuvo a base de ir socavando los cimientos del único país real y necesario, el común, todo ello con el beneplácito y a menudo la complicidad estúpida de los que deberían evitarlo.

    Desde hace tiempo son tabú las palabras homogeneizar o igualar, salvo si se practican dentro de cada autonomía, todas ellas dedicadas , unas más que otras, a laminar diferencias de origen a base de tener por foráneo y ajeno todo lo que es común a los españoles, mientras se exageran, se abonan o se crean hechos diferenciales locales, para así crear catalanes, vascos, gallegos, valencianos, castellanos o andaluces, entre otros modelos de españoles sin otra patria común que su aldea, pues sabido es que de un riojano por poner un ejemplo, convendría sacar algo casi de una especie distinta que un extremeño o un ciudadano de Vic. La ley Wert contenía algunos elementos que iban bien encaminados, con el gran problema de que la dirección era la contraria a la que hoy predomina: cultivar diferencias, no el sentimiento necesario de comunidad compartido, bueno si regional, perverso si se refiere a la nación, la única que existe. Su labor se centra en promover la desigualdad entre españoles, en conocimientos, en pertenencias que se quieren exclusivas, incluso en el sindiós de divulgar historias locales falsas en detrimento de la común verdadera, a menudo basadas en leyendas, listas imaginarias de agravios entre vecinos, una Historia que, inventada de encargo por desequilibrados y dementes, parece, y en gran parte lo es, escrita por nuestros enemigos.

    La visión sobre sí mismos y sobre su país que gran parte de los españoles han asimilado durante sus estudios se parece más a lo que de nosotros, sus antiguos enemigos, se opina y enseña en Bélgica, en Holanda, en USA o en Gran Bretaña que a la realidad de nuestro pasado, siempre más positiva y honrosa que lo que en ciertos casos se inculca en algunas aulas y, de lejos, más noble y decente, por quijotesca, que la de esos críticos foráneos. Por no hablar de lo inconcebible del trato que el español, la lengua común, tiene en algunos territorios. No sé si hablar de persecución les parecerá a algunos exageración, pero deberían enterarse mejor y ajustar la romana ante algunas políticas lingüísticas claramente franquistas, pues nada hay peor que los que antes miran el quién que el qué. Aquí se trata simplemente de resucitar y reforzar la Alta Inspección del Estado, hoy maniatada, para que ponga algo de orden y concierto en el tema, un mínimo de igualdad entre sistemas educativos casi estancos, revisando libros de texto, contenidos, normativas de las consejerías y esas cosas y, algo muy importante: hacer que se cumpla la ley y las sentencias de los tribunales, si no es mucho pedir, que basta ya de la infamia de hacer la vista gorda con los desmanes y abusos nacionalistas como pago a unos votos.

    De todas formas, basta con ver la extensión y profundidad de los debates parlamentarios y sociales, la presencia en la prensa y en otros medios, y el desinterés general en la educación, para comprobar que no es ni ha sido en España un tema de especial relevancia ni motivo de preocupación, aunque sí de queja. Si acaso de apropiación de un terreno acotado donde cultivar identidades y hegemonías culturales e ideológicas. Y así nos va. La ley Trans, entre otras por el estilo, han merecido mayores pasiones, debates y enfrentamientos. Y afectará al 0,0001 de la población. Hay tiempo para ocuparse de todo, pero a cada tema se deberían dedicar el tiempo, la atención y los recursos que merecen. Para qué decir más.

    La ley de Memoria, primero histórica y luego democrática, es un ejemplo claro  de cómo hacer tragar la medicina amarga acompañándola de una cucharada de azúcar, como cantaba Mary Poppins. Cuando alguien defiende a capa y espada todos los apartados de esta ley, que tan pocos conocen en su integridad, siempre esgrime como parapeto y farol que deslumbre y engatuse el tema de los muertos en la cunetas y ¡ay del desalmado que se oponga a una ley que tiene ese tema penoso como divisa y salvaguarda! El truco es que ese asunto que, para nuestra vergüenza no se ha resuelto en tantos años de democracia, pues nadie lo consideró de especial urgencia ni encontró nunca el momento adecuado para hacerlo, ni rojos ni azules, es algo trágico que nada tiene que ver con la manipulación de la Historia y su reescritura para generalizar e imponer un relato de parte acerca de nuestro pasado común. La Historia la han escrito ya los historiadores, falta enseñarla con seriedad e ir incorporando lo que la ciencia histórica vaya en cada momento aportando. Crear e imponer un relato que se quiere único y común, algo claramente totalitario, necesitaría de unos consensos que ni existen ni hoy son aún posibles, que tiene cuajo la cosa. Interesadamente sacan a pasear momias y espíritus por las esquinas y entre fantasmas vivimos. La intención pudo ser loable, pero por lo que hemos ido viendo, sobre ese botín ideológico se han arrojado no pocos sectarios y algunos criminales que deberíamos mantener alejados de un tema tan delicado. Mala cosa es que Bildu haya condicionado en parte su redacción, permitiéndole alargar el franquismo hasta 1983, consiguiendo que penosísimos y sangrientos episodios que protagonizaron sus héroes encapuchados del tiro en la nuca, sea cosa olvidable y relativa, equiparable a la lucha del Estado contra los asesinos. Esas infamias son algo que según ellos ni estudio ni memoria necesita, no como otros eventos igualmente lamentables, pero mucho más lejanos, cuyos rescoldos al parecer conviene avivar y nunca dejar que se apaguen. Sí, en esa ley hay que entrar con la tijera.

    En cuanto a indultos, sedición, malversación, convocatoria ilegal de referéndum, bastaría con retomar y dar curso a las promesas de Sánchez cuando intentaba seducir a los votantes para, conseguido el voto, hacer justo lo contrario. Todo eso prometió recuperar, aparte de traer a Puigdemont a España de la oreja. Aunque este último punto mejor dejarlo. Está bien en Waterloo, donde la derrota, comiendo mejillones, diciendo paridas, impartiendo bendiciones, repartiendo — previo pago— carnets de patriota y viviendo a cuerpo de rey con los fondos que salen de los bolsillos de algunos amigos y de los de un país que considera ajeno y enemigo, pero buen pagador de traidores, golpistas y sinvergüenzas. Hace tiempo que va siendo como ese tío que yo tenía en Graná, que decía el refrán. Mejor dejarlo cocerse en su propia salsa, como los mejillones. Acabará siendo —ya lo es— objeto de peregrinación, será declarado de interés turístico, y algunos japoneses y unos pocos carlistas de Gerona acudirán a hacerse fotos con él, a dejar un donativo y a pedir su bendición, algún milagro, un cargo o un escapulario, que en fondo son unos meapilas, como buenos carlistas, violentos, ilusos y extemporáneos. No sería raro que, si fallan otros pactos y la cosa se les pone cruda, Junqueras se fuera también al eremitorio belga y fundaran juntos algo así como el Palmar de Troya, que ya lleva el Puchi la obra muy adelantada.

    La ley del sí es sí, tema estrella de la señora Montero de Perón, ya fue reformada a empujones de la sociedad por el mismo gobierno que, errando el cálculo de las consecuencias y reacciones sobre el desastre que inevitablemente tal chapuza había de provocar, la impulsó y aprobó. Como a todo lo legislado por las monjas morbosas de Igualdad acerca de la mujer, la familia y el género que niega el sexo, habría que pasarle el cepillo de desbastar, pues mucha de su verborrea y terminología raspa al oído y al sentido común, hasta a la misma ciencia, dada la impericia y fanatismo pinturero de esta parroquia. Sobra y ofende toda esa farfolla en neolengua orweliana que han esparcido por la legislación acerca de la progenitora gestante, la persona menstruante o el cónyuge supérstite, abstruso término notarial, así como las demás gilipolleces y desbarres que degradan figuras, conceptos y palabras hermosas como madre, mujer o viuda, al parecer ofensivas para las orejas de estas beguinas trastornadas. Sin duda necesario pulir los engendros legales en los que hayan incrustado jerga y doctrina de la secta, desde la ley Trans, hasta gran parte de lo referente a la mujer y la familia. Con hacerle caso a las feministas es suficiente, dejando a un lado las que son o quieren ser otra cosa, pero sobre todo, vivir de ello. No es que estos que vienen enviados por Trump a chafarles la guitarra amenacen con derogar y reformar. Simplemente ocurre que la gente que les votara, más o menos, suficiente o no, lo haría precisamente para eso.

    Reconforta comprobar que estos personajes tóxicos que para desgracia general y descrédito personal han llegado a formar parte desleal del gobierno, mamporreros al tiempo de otros iguales o peores, están llegando al final de sus carreras políticas, que tanta crispación, desatino y pérdida de las formas y del norte han aportado. Como un guerracivilismo que cínicamente atribuyen a los demás. De paso, han dejado al pie de los caballos al gobierno que les dejó campar a sus anchas por sus cotos de caza gubernativa. Todo se acaba pagando. Y faltan algunos plazos. Los criticamos desde que los acabamos de calar, que fue bien pronto, lo que no pocos reproches, descalificaciones e insultos nos ha acarreado de sus hoy desencantados parroquianos. Los que con más ardor que criterio y vergüenza les defendían, pues era el único clavo al que agarrarse, aunque ardiendo, han ido plegando velas. Su descrédito ya es general, y el rechazo que producen se ha ido extendiendo hasta alcanzar a los más cercanos, que hoy ya no quieren tocarlos ni con un palo. Primero se atrevieron a criticarlos los más listos y valientes, pocos; ahora todos, una vez comprobado que esta camarilla fanática y egocéntrica es un lastre. Están navaja en mano negociando la confección de las listas (pues nadie habla de programas ni proyectos) para procurar incrustarse en ellas, su única preocupación, la de asegurarse un medio y un nivel de vida que su acceso poco merecido a los cargos políticos les ha permitido conocer, algo ya irrenunciable que su escasa preparación y su toxicidad no les permitiría disfrutar en campo abierto. Desde aquí les deseo lo mejor en su vida privada, salud, éxito en sus carreras profesionales, tranquilidad, paz, que coman perdices incluso. Pero lejos del gobierno. Cuanto más lejos mejor.