Mostrando entradas con la etiqueta elecciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta elecciones. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de febrero de 2024

Epístola galaica

La victoria tiene cien padres, pero la derrota es huérfana. La frase es tan cierta como que el pueblo es sabio, libre y perspicaz cuando acierta a votarnos a nosotros, los buenos, pero estúpido, aborregado y torpe cuando se equivoca y vota a los contrarios, a los malos. Muchos personajes de la política nacional, siempre los más incapaces y fanáticos, pasan así del amor y el respeto al pueblo soberano al desprecio y al rechazo hacia la chusma manipulada, en sus cambiantes valoraciones y etiquetas según les va el negocio.

Las elecciones gallegas iban a ser un plebiscito que daría la puntilla a Feijoo y, a la vez, paso a un gobierno voluntariosamente tenido por progresista, comandado por una fuerza política nacionalista que iba a traer progresos tales como la inmersión lingüística —tan exitosa, justa, respetuosa y liberal como la catalana—, el triunfo de una ideología decimonónica con el disfraz de la piel de cordero habitual ya en este eterno carnaval de la política patria, en el que nadie es lo que dice ser, la creación de una policía autónoma, que hace mucha falta, el dinero sobra y crea empleo para la peña, al paso que la región ingresaría en el selecto club del chantaje al gobierno central, abuso antiguo, pero ya sin control gracias a nuestro amado presidente, que Dios guarde, si es posible en un lugar alejado de la Moncloa.

No se trata de irse de España —nadie quiere irse, mientras puedan seguir ordeñando el presupuesto, que hacer sumas y restas aún saben algunos de ellos, se trata de echar a España de sus territorios. A todo lo que huela a español, desde el toro de Domeq y las corridas, al ejército, la Policía Nacional o la Guardia Civil. Crudo lo tienen con la siesta, la tortilla de patatas, casi tanto como con la lengua común y la Historia compartidas —principales enemigos a batir, junto con la Constitución—, la mayoría de las costumbres, tradiciones y talantes, así como con un carácter y una forma de ser mucho más indistinguibles entre regiones de lo que ellos quisieran. Compartimos demasiados defectos —incluso algunas virtudes—, arraigados durante siglos de vida en común. Por eso su misión es inventar, negar la evidencia, reescribir la Historia, cultivar hechos diferenciales que no van más allá de la muñeira frente a la jota o la sardana, el ribeiro frente al jerez o los aguardientes locales. La verdad es que, para cimentar derechos, de la paella, el cocido madrileño, la fabada asturiana o la escudella i carn d’olla, poco hay que sacar. Son tan compartidas y comunes como las boinas, todas fabricadas ya en China. De ahí que usen la lengua vernácula como una bandera, un muro y un arma, no una preciosa herramienta de comunicación, sino una destilación del espíritu de los bancales, invento romántico alemán que tantas guerras y desgracias ha traído a nuestro continente. Cuando vamos, aunque sea a Portugal, y mira que nos parecemos, sabemos que hemos llegado a otro país, cosa que no ocurre vaya uno donde vaya dentro de España. Les jode, pero es así. Dentro de muchas provincias hay más diferencias que las que uno encuentra al visitar otras regiones, siendo las más relevantes las derivadas de comparar la ciudad con al mundo rural.   

Vemos los resultados en Galicia, en los que Sánchez ha sacrificado una vez más a su propio partido, dejándolo a los pies de los caballos al potenciar otro separatismo que impida la alternancia en el poder del gobierno central—presentando como indeseable y temible toda derecha no separatista—, gobernando a costa de abonar el problema más grave que tiene el país —a menudo más psiquiátrico y contable que político—, los nacionalismos localistas e insolidarios, cebando el abuso en lugar de intentar mitigarlo. Ahora, como pintan bastos, se dirá que no hay que leerlos en clave nacional, como se haría si hubieran salido oros, que el PP tiene dos escaños menos que en la anterior legislatura, que si esto, que si lo otro o el pues anda que tú. Aunque, para su disgusto, conserva una vez más la mayoría absoluta, teniendo más votos que toda la izquierda junta, única forma de gobernar para el PP, de ahí el muro que se esmeran en levantar. Si no le importa el país, menos le va a importar el partido, simple instrumento de su ambición, un juguete roto en sus manos. De Sumar y Podemos, una vez pasada la risa, sólo queda resaltar la sabiduría de los gallegos, que parecen conocerlos bien y les niegan representación en la Xunta, como a Vox. Ni suman, ni pueden, como he leído hoy por ahí. Podemos queda con menos votos que el Pacma, es decir, que no les han votado ni sus familias, tal vez ni ellos mismos, pues en ese sector, cada persona es un partido. Lo de Iglesias ya es caso aparte, que su parroquia sí que no es ya un partido sino un velatorio, y él, más que un líder episcopal, ya resulta una curiosidad, ceñuda y paranoica, pontificando y confabulando en su canal para sus contados feligreses y para risión general. Otro Palmar de Troya como el de Puigdemont. Queda declararlos a ambos dos de interés turístico y que vengan los japoneses a hacer fotos a estos brotes tan curiosos que produce la huerta política patria, con frutos que se pudren antes de estar en sazón.

Leyendo ciertos periódicos se huele la prisa por pasar página, la decepción, el enfado, hasta el asombro. Ni siquiera les ha dado resultado el enviar a las redes a los ovejos con más cuernas del rebaño a seguir difundiendo la antigua foto de Feijoo diciendo que el PP es el partido de los narcos. Entre otras cosas porque nombrar a los narcos en estos momentos, acaba trayendo al magín de los votantes episodios tan recientes y graves como poco honrosos para algunos miembros del gobierno, a pesar de que hayan intentado apagarlos pronto proscribiendo minutos de silencio en las instituciones, lutos y demás reconocimientos hacia los guardias civiles asesinados en la piragua con que Marlaska les dota para enfrentarse a la mafia de los traficantes de coca.

Ni siquiera ha influido la torpeza del ‘off the record' de Feijoo, dando pie a las arteras y falsas interpretaciones de sus declaraciones acerca de la amnistía, los indultos y las condiciones en que estos últimos serían de recibo, esto es, una vez juzgados los delincuentes golpistas por los tribunales, pedidos perdones y comprometidos a no volver a delinquir. Cosas muy distintas a la rendición sin condiciones del señor presidente, siempre faltando a palabras, promesas y simulando tener algunos principios, algo reñido con lo efímero de los que dice defender. Creían que lo tenían cogido por salva sea la parte con el curioso argumento de que vais a acabar siendo casi tan sinvergüenzas como nosotros somos. Acusar a Feijoo de mentir y faltar a su palabra, viniendo de sus bocas, es para nota. ¡Cómo están los cimborrios de algunos, los que dicen esas cosas y los que las aplauden! Los esfuerzos de los acólitos más fervorosos por ir adecuando sus creencias a los meandros y conveniencias del jefe y el arrojo con que se lanzan a la palestra a defenderlos, aparte de ridículos e ineficaces, son reveladores de la escasa firmeza de sus convicciones, pareja a la del jefe, con esa inquietud y esa zozobra intelectual y moral de no saber qué coño andará uno defendiendo la semana que viene. Lo que sea menester. No cabe mayor indignidad e insolvencia ética.

Visto el ejemplo, Salvador Illa debe de andar preocupado, pues su jefe pone por delante su personal permanencia en el poder a cualquier otra consideración. Para seguir al mando necesita unos nacionalismos fuertes, aunque su partido vea en ese proceso comprometida su supervivencia, pues sigue logrando que desde que él lo dirige, los socialistas —o lo que hoy sean— no hayan ganado nunca ningunas elecciones. Dejará tierra arrasada, enfrentamiento y división, todo peor que cuando llegó. ¡Viva el progreso y quien lo trujo!

 

lunes, 10 de julio de 2023

Epístola problemática

Hay personajes y colectivos que alardean de una infundada superioridad ética que, a falta de una ejecutoria personal que la acredite, heredarían de sus bisabuelos, ilusión que les exige poco pero que los obliga a sostener una interpretación sesgada y mohosa de la Historia. Esa versión acrítica, olvidadiza y autocomplaciente estiraza de los hechos pasados para salir siempre valorados como el bueno de la película, ángeles sin mancha, sin error. De paso empadronan en su bando, inventariando en su haber, todo cuanto de noble e inteligente ha dado el bancal de nuestro pasado, aunque gran parte de los involuntarios alistados como valedores de su superioridad se estarán revolviendo en sus tumbas al ver quiénes dicen ser sus herederos y continuadores. Y qué hacen y cómo lo hacen. También les lleva a concederse en exclusiva el derecho de utilizar tópicos, medias verdades y mentiras. Los demás, empezando por la prensa no afín, hacen campañas, normalmente pérfidas y tendenciosas; ellos simplemente informan, que suya es la verdad. Esos son los fundamentos de una pregonada superioridad que se alcanza por mera adscripción. Si estos fueron o son los buenos, que me apunten. Con esos mimbres exigen que los demás acepten y den por buenas sus prioridades, y consideren irrefutable su memoria, su relato y su versión. Rematan reservándose la potestad de elegir qué temas son importantes y cuáles no, qué asuntos suponen un problema grave y urgente y cuáles son accesorios. Es decir, suya es también la función de señalar la agenda, de pretender solucionar a lo Juan Palomo los problemas que ellos eligen, incluso los que crean, con alguna ocurrencia o receta de las muchas que contiene su telarañoso vademécum ideológico. 

Hasta sus supersticiones quieren hacer pasar por postulados. Su pensar, por llamar de alguna manera a su papel de meros ecos de un discurso unánime de autoría ajena, viene a resultar la ciencia oficial. Hablan ex-cátedra, con infalibilidad papal y, si les cuestionas sus santísimas trinidades, te miran raro, de lado, desde arriba y arqueando la ceja, como perdonándote la vida. De hecho, a muchos de ellos se les ha quedado la cara así, con ese gesto despreciativo y agrio del que se siente el más listo de la clase o el matón del patio. Esa forma tan peculiar de mirar de lado, entre mantis y camaleón, los ojos semicerrados, dispersos, opacos, serpentinos, les impide ver bien, tanto la realidad de las cosas como las miradas de asombro, por encima de las gafas y con los ojos de par en par, que ellos, a su vez, reciben de unos interlocutores a los que nunca escuchan. En realidad, tampoco te miran, enfocan varios metros detrás de los ojos del oponente, lo traspasan, aunque más lo obvian que lo radiografían. Les falta comprarse una peana con ruedas para que los arrastren en procesión por las aceras con la dignidad que merecen. Ridículo, cuando actúan o predican fuera de su parroquia.

Sería imposible que, como cada cual, no llevaran razón en ciertas cosas. Y la llevan. Pero no en todas, como quieren hacer creer. Y tienen dos problemas al respecto: primero, que suelen centrar sus esfuerzos y su propaganda precisamente en los temas en los que más les falta el consenso y la razón. Ni han gobernado para todos ni siquiera han intentado aparentarlo, más bien lo contrario. Suele ocurrir cuando se imponen el rencor, el revanchismo y el fondo autoritario a los ideales de igualdad y de libertad que hace tiempo abandonaron en el sector. Y segundo, que el suyo es un menú cerrado, sin opciones, que hay que embuchar completo, sin dejar sobras. Y se hace bola, a menos que tengas unas tragaderas fuera de lo común, de fakir, de boa constrictor, unas fauces que a base de práctica y sumisión acrítica ellos han conseguido hipertrofiar. El sapo de la reforma a medida de la malversación, por poner un caso entre muchos, un zampoño de las ciénagas, viscoso, emponzoñado y de un tamaño descomunal, fue engullido sin hacerle ascos ni supuso mayores problemas de garganchón o de estómago para la mayoría de la congregación. Como ese batracio era difícil de digerir, es ahora, cuando las elecciones, el momento en que se manifiestan los ardores, las nauseas y no pocas diarreas. Aunque ciertas particulares cagálisis actuales entre el gremio se deben más al miedo a los números que a la mala conciencia o a una penosa digestión.

Como hemos llegado a un punto en el que hay que argumentar lo obvio, para rebatir algunas de sus posturas más dogmáticas y equivocadas —pues suelen hacer suyas las ideas de los peores, los más zotes y fanáticos del sector— hay que ir al principio, al abc, a Adán y Eva, como al hablar con niños. Y claro, si te dicen que dos y dos son cinco, que el zorro ártico es un coleóptero o que el comunismo es libertad, no deberían pretender que les hables de logaritmos neperianos, de Linneo o de John Rawls. Al verte obligado a sacar los dedicos para contar números y patas o el mapa de señalar paraísos, el que pareces tonto eres tú. Si uno argumenta en una discusión que no es lo mismo libertad que libertinaje ya sabe que ha perdido la disputa y que le van a responder con risas. A pesar de llevar razón. Los tópicos son para su uso particular y al recitarlos se ponen muy serios. Como si les dices que los países, entre otras cosas, se pueden clasificar entre los que levantan muros para que no entren y los que los construyen para que no se escapen, siendo estos últimos los que los más fanáticos y peligrosos de ellos prefieren, habiendo llegado al desatino de tomarlos como ejemplo. Ya sabemos que hay tres clases de personas: las que saben contar y las que aún no. Y a mí, tanto tiempo tratando con niños, 38 en la escuela, me ha curado de espantos, curtido la paciencia y dado cierta práctica en contender con el 'yo no he sido', el recurso al llanto, el pensamiento mágico, la disonancia cognitiva, la maldad irresponsable del inocente y con el candor. No hasta el extremo de llegar a entender a Zapatero, es cierto, pero al menos me ha venido bien en algunos debates y pelarzas con personas que, a pesar de su edad, aún no parecen haber alcanzado el uso de razón.

Sus mantras, sus fijaciones y sus letanías, que a menudo chocan con el sentido común y a veces con los otros cinco (porque para ellos la realidad está equivocada, es un estorbo), se han ido constituyendo en un canon arduo y peligroso de acometer. A base de ser proclamados y repetidos, despachados a granel por colectivos que ejercen como lobby ideológico o por ese difuso pero agobiante runrún de lo correcto, lo woke, lo ‘progresista’ de liberal anglosajón, cuesta trabajo, hace falta valor para manifestarse en contra, señalar la desnudez y la vacuidad de muchas de sus propuestas, lo marginal de sus promotores, la irrelevancia para el común de algunos problemas que, a pesar de ser particulares, identitarios, discutibles o directamente inexistentes, intentan situar en los primeros lugares de la lista de las preocupaciones generales. De pronto, nos vemos, no enterados o curiosos, sino concernidos y ocupados por cosas que en forma alguna nos atañen, nos inquietan, ni forman parte de nuestra experiencia personal. Nos vemos braceando para escapar de las olas y corrientes originadas en las lejanas costas de la estupidez torturada y autoflagelante de las facultades de estudios sociales anglosajonas. Sin embargo, otros problemas, estos reales y sufridos por muchos, se nos señalan como inexistentes, estadísticamente irrelevantes o producto de la manipulación confabulada de oscuros y procelosos poderes e intereses.

La estadística, referida al número de personas afectadas por un determinado problema, se esgrime ahora sí, ahora no, según conviene. Unos problemas, de base más ideológica que científica, que a muy pocos afectan, se magnifican por su supuesta gravedad. Son esenciales, todos debiéramos implicarnos vitalmente en su solución, dejando aparte otras urgencias, independientemente de que sólo el 0,0001 % de la sociedad se vean afectados por ellos. Aquí el número no es el dato relevante. Sostener que cada problema es importante por sí mismo, aunque afectara a una sola persona, sería una ética aceptable si se aplicara en todos los temas y circunstancias, no según convenga, como se acostumbra. Normalmente, con respetar, vivir y dejar vivir, además de proporcionar reconocimiento y  protección legal a las minorías, es suficiente, pero sin llegar a parcelar la sociedad en tribus identitarias de víctimas enfrentadas. No hay que ocultar, pero tampoco emprender campañas para visibilizar, promover, incentivar, evangelizar, para intentar convertir de forma artificial un tema extremadamente minoritario en una de las principales preocupaciones de la mayoría. Ni lo es, ni lo será ni tiene porqué serlo. A menos que se haya convertido en el medio de vida de los que se dedican a la vez a su remedio y a su extensión.

Por contra, otros asuntos y situaciones que afectan a un mayor número de personas, que preocupan a casi todas las demás y que por sí mismas son muy graves, se intentan silenciar y menospreciar alegando ahora que se dan pocos casos como para llegar a convertirse en un problema común, grave y atendible. El número, mayor que en otros asuntos más oreados, pasa ahora a ser algo secundario, irrelevante, un dato prescindible, cuando no negado. Como la política neofranquista de persecución institucional del español en algunos territorios o, algo más nuevo y localizado, los casos de ocupaciones de viviendas. Son problemas que no existen, simple resultado de campañas de desinformación interesada, para enredar, atemorizar o para vender alarmas. El primer problema afecta a la mitad de la población de algunos territorios, en el segundo, si unos exageran su número, a otros casi 2.000 casos al año les parecen poco merecedores de medidas o de simple preocupación y, mientras no sea suya la casa tomada, siguen defendiendo que eso es un cuento de Cortázar.

Poco preocupan ciertos problemas reales y graves, como el separatismo supremacista y xenófobo dado por bueno, consentido y alentado. Menos que otros nimios que copan agendas, portadas y argumentarios. Y esos son los que, hasta el toque a rebato electoral, ya tarde, han acaparado el guion del gobierno, siendo su escaparate, su barniz y su perdición. La ineficacia, el despilfarro, la arbitrariedad y el clientelismo son lastres pesados que algunos partidos, que de nuevo sólo tenían y tienen el nombre, han venido más a agravar que a corregir. Pero, como la mentira, solo son abusos condenables cuando son ajenos. Son formas de corrupción, versiones menos escandalosas y perseguibles, más asumidas e ignoradas que la económica, que el robo directo, aunque nos cuestan mucho más. Podemos adornar ideológicamente esos comportamientos, buscarles una justificación, decir que son daños colaterales, menores, que lo importante son las buenas intenciones —recordad que hubo un tiempo en que fuimos honrados—, que, a pesar de los errores y disfunciones, todo lo hacemos por vuestro bien, por el pueblo. Hasta perjudicarlo en ocasiones en el altar de la propia ideología.

Todo es cuestión de énfasis, de proporción. La polarización no es cosa sólo de unos, sino de todos los extremistas, quedaría discutir los grados. La mejor España, la verdadera España, frente a la mala y la indeseable, nos dicen unos y otros. Cada cual apechugue con su parte de culpa, con las mentiras, los sectarismos y las provocaciones que promueven el enfrentamiento con la descalificación del contrario.

Lo que ya se sitúa fuera de lo soportable es ver a una sociedad enredada y enfrentada por unos problemas que no teníamos hasta la aparición en escena de algunos orates y chamanes, unos santos de ciruelo que muchos han tardado demasiado en reconocer. Y eso que eran bien visibles la corteza, los nudos y los brotes del tarugo de abeto siberiano en el que se talló el san Pablo. Como para esperar milagros. Ese viene a ser el verdadero y principal problema que nos paraliza a todos, nos enfrenta, nos encabrona y nos distrae, al paso que desnuda a sus promotores, precisamente las destilaciones y resinas de todo ese bosque de marginalidades vetustas, recuperadas por chamarileros de la política del basurero de la Historia, una vez más barnizadas y ofrecidas como nuevas entre sonrisas, envueltas en celofán para regalo, que han sido socios o sostén de este gobierno presidido por un personaje que se ha dejado lobotomizar a riesgo de acabar con su partido. Y, para cerrar el circulo, otro partido que, como reacción, ha ido recolectando los desbarres y disparates de esa peña de marginalidades heterogéneas e irreconciliables para urdir su programa especular. In medio virtus.

jueves, 8 de junio de 2023

Epístola electoral, educativa y varia

    En el timo de la estampita no conseguimos simpatizar con ninguno de los dos protagonistas, ni con el estafador que se hace el tonto, ni con el estafado, que no desaprovecha la oportunidad de sacar partido económico de la simulada tontez del timador. Se necesitan dos sinvergüenzas para que el engaño prospere. En la política a menudo nos pasa igual, aunque siempre nos toca hacer de engañados. Pero el negocio se mantiene gracias a las multitudes que se dejan engañar a gusto, siempre que sean los suyos los que les hacen quedar como necios. Los más cafeteros llegan aún más lejos y se dedican a buscar razones y argumentos para justificar los timos de sus sinvergüenzas preferidos, dejándose, si alguna vez los tuvieron, el prestigio y la vergüenza por el camino, cómplices y encubridores de lo peor del gremio. Ante las imprevistas próximas elecciones, parte del personal va a la cuerda de tender a coger de nuevo una pinza, mientras otros muchos votarán a gusto en ese juego imprevisible de simpatías, rechazos, miedos y esperanzas, recompensas y castigos.

    Un ejercicio que son incapaces de hacer los más incondicionales de alguna ideología o facción, los irrecuperables para la razón, es el de intentar pensar que fueran otros, los adversarios, los que incurrieran en lo que sus defendidos cometen. Les resultaría insoportable, una dictadura. Los que proclamaban en tiempos que no merecíamos un gobierno que nos mienta, obviamente se referían a que les mintiera uno ajeno y menos de su gusto. Al parecer, ahora sí lo merecemos, pues no se les ve especialmente ofendidos ni alarmados porque los propios les mintieran al prometer justo lo contrario de lo que han acabado haciendo desde el minuto uno. Si, aprovechando las inercias, los ejemplos, el desprecio a las formas y a los tiempos en el parlamento y en el gobierno, el ataque y apropiación de las instituciones, el desprecio y descalificación de una oposición que para ellos encarna el mal absoluto, en fin, si Feijoo atravesara todas las puertas que Sánchez ha abierto con poca prudencia, pensando que gobernar es un derecho no un encargo temporal, sin duda no se quedarían cortos a la hora de calificarlo. Hay actitudes y valores sólo exigibles al contrario, pues quien goza de la razón y de tan acreditada superioridad ética y moral, ni debe ni tiene necesidad alguna de rebajarse a cumplir esas formalidades molestas. Este gobierno de Sánchez, de extrema debilidad, presa fácil de sus socios y de unos apoyos que cobran al contado, ha perpetrado a veces por encargo, otras por dejación, leyes y decretos que repugnaban hasta a gran parte de sus votantes, incluso a algunos de sus alcaldes y barones territoriales, que recientemente recibieron en sus culos las patadas dirigidas a su secretario general.

    Sin ser capaz de escenificar siquiera una cortesía, al menos fingir un saber perder y aparentar un mínimo de respeto a la democracia, virtudes ajenas a nuestro presidente, considera una humillación impropia del césar el felicitar a los vencedores ajenos ni a los escasos propios que, a base de marcar diferencias, han sobrevivido al rechazo a un personaje y a algunas leyes y medidas políticas que confiaban hacer olvidar a tiempo. Y no. Creían amortizadas y tapadas cada cesión, cada venta y cada barbaridad por el estruendo de la siguiente, una traca in crescendo que les ha arrasado en las urnas, pagando justos —pero sumisos— por pecador. Ni siquiera ha funcionado la zanahoria económica, la patada adelante de endeudarse para contentar a los que al final, mejor bajo otro gobierno como es marca de la casa, acabarán amortizando con creces lo recibido, pagando deuda e intereses. Era de justicia.

    Como los dioses, cuando quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias, tal vez también sería de justicia económica, además de poética, que este mismo gobierno, y no otro, se viera obligado a hacer los recortes que inevitablemente será necesario hacer, cuando llegue la hora del crujir de dientes. Cuando Europa cierre el grifo, llame al orden y toque a cuadrar cuentas. Lo justo sería que Sánchez milagrosamente ganara las elecciones, aunque sólo fuera para no dejar en mal lugar a su empleado Tezanos. Tendría que apechugar con la deuda que con nuestro aval ha contraído —en parte para intentar ganar las elecciones—, con un panorama internacional y europeo que impondrá el fin de las barras libres, el inicio de los sacrificios, el rigor y los ajustes. Y, lo peor de todo, dentro del avispero que ha criado, de nuevo en manos y a merced de los mismos socios y alguno más, pero más radicalizados y rabiosos si cabe, que sabrán que quien preside el Consejo está a su servicio y que poca fuerza tendría para negarles nada. Lo que es más dudoso es que el país pueda sobrevivir a ese escenario.

    Si es un gobierno de otro signo el que tiene que apechugar con el marrón, ya tienen desde la oposición, que sería brava, la campaña siguiente hecha y las calles encendidas frente a tanta inevitable impiedad. En ese sentido, sería mejor que ellos administren los ajustes. Y que nos cuenten cómo se hace cuando Europa cierra el chorro del dinero abundante y gratis y pasa a ordenar que hasta aquí hemos llegado, cosa que le pasó a Rajoy tras las alegrías, las negaciones de la crisis, la irresponsabilidad indolente y el mutis por el foro de Zapatero. Rajoy no lo hizo bien, es cierto, incluso muy mal, aunque tampoco pudo hacerlo demasiado mejor dada la cruel postura de Europa, de Alemania y los países del norte, respecto a los del sur. Un cambio de actitud que ha marcado la diferencia. Y no hubiera estado demás entonces algo de la piedad actual, una protección que faltó hacia los más débiles y haber descartado aquella generosidad inasumible de tapar con dinero público el agujero negro de las cajas de ahorros que entre todo el gremio hundieron. Ya lo criticamos duramente en su día.

    La oposición ha pecado de ser incapaz de reconocer nada bueno en la labor del gobierno ahora en funciones. Y ni es justo decirlo, ni siquiera es posible errar en todo, ni los unos ni los otros. Paralelamente, el gobierno y su entorno no han hecho otra cosa que demonizar a sus oponentes, presentándolos con una caricatura que mezcla a Trump y Bolsonaro con Jack el destripador y el monstruo de las galletas. En contra de lo que se ha conseguido imponer como relato, el partido Popular ha apoyado con su voto buena parte de las iniciativas legislativas del gobierno saliente. Es cierto que se ha opuesto a las más vistosas, algunas de ellas meramente ideológicas, que rebasaban la capacidad de comprensión y la paciencia de gran parte de los ciudadanos, yendo hasta más allá de lo que la sociedad, hoy por hoy, considera razonable o admisible. Lo más chocante es que incluso en la reformilla laboral, que en eso quedó el cacareado anuncio de derogación de la ley del PP, anunciado entre grandes redobles de tambor, pero limitada a la hora de la verdad a ligeros y necesarios retoques, el partido Popular perdiera la ocasión de votar a favor, aplaudir como hizo la exministra que la había impulsado, y agradecer que después de tanto estruendo y descalificación, dieran por bueno casi todo lo establecido en la ley en cuestión. En otras leyes, se opuso e hizo bien, como bien hace al anunciar que las derogaría en caso de ganar, a la vez que suprimiría varios ministerios.

    Muchos de ellos nunca debieron pasar de ser una sección o una dirección general dentro de otro ministerio. Un derroche innecesario para financiar desvaríos y pagar apoyos. En Alemania, Francia, Gran Bretaña y otros países que ponen como modelo sólo cuando y en aquello que les conviene, se apañan bien con siete, diez o catorce ministerios, que son los que en España manteníamos hasta que Sánchez tuvo que convertir su gobierno en una oficina de colocación para dar cabida y mando a todas las familias de la peña, a los grupos y facciones que le sostenían para que, a su vez, estos tuvieran donde colocar, con sueldos tan desproporcionados como inmerecidos, las manadas de acólitos de las variadas curias de esa ‘izquierda a la izquierda del Psoe’.

    ‘La izquierda a la izquierda del Psoe’. Manda huevos la perífrasis eufemística y engañadora. Unos grupos variopintos que ningún ser pensante entiende por qué no llamamos extrema izquierda o izquierda radical, aunque ya sabemos, a base de que todos, obispos y feligreses, nos lo repitan como loros bien amaestrados, que extremismos y radicalismos son cosa exclusiva de la derecha. La extrema derecha y la derecha extrema, casi un palíndromo que es la letra de la última canción sacada al mercado por el director de esta banda destemplada y poco profesional, todo un éxito entre sus parroquianos, una canción del verano que no dejarán de cantar a coro en bolos, festejos y verbenas estivales, para risión de sus oponentes y del público en general. Unas derechas, ambas extremas y peligrosas que, sin que hasta la fecha hayan encontrado los científicos explicación para tan curioso fenómeno, no tienen enfrente ninguna izquierda que para estos sectarios y sus claques merezcan ese adjetivo. Vienen a ser como los vándalos, pero de extremos nada, unas almas de Dios, pura moderación. Tal vez populistas o peronistas, sería mejor decir, pues hasta dudamos que muchos de ellos se puedan considerar realmente de izquierdas viéndolos abrazados a los separatistas, lo más parecido al fascismo, con mando en plaza hoy en España.

    En cuanto a las leyes, nadie deroga tanto como promete, algo que ya pasó con Sánchez y este gobierno de patchwork político tan pinturero. Si alguien ha tenido por costumbre derogar las principales leyes y medidas del gobierno saliente, empezando siempre por las de educación, ha sido el Psoe, nunca el PP, invariablemente timorato y poco resolutivo. De que te descuides, Feijoo se te vuelve plurinacional y se lía a amistosos abrazos periféricos y pelillos a la mar. Al tiempo.

    Ven indigna y perversa la pretensión  inusitada y antidemocrática de derogar o retocar lo hecho por el gobierno anterior que se considere equivocado o pernicioso. Eso indica, además de caradura, la pretensión de embaucar acerca de los más elementales principios de la democracia y de la alternancia en el poder. Alguien pierde las elecciones y otro las gana precisamente como un encargo para que haga cambios en otra dirección para corregir lo que más rechazo produce de lo que los anteriores gobernantes hayan realizado y dispuesto. Para eso les votan los que les voten y, si son más, nada que decir. Luego, ya en terrenos del cinco, menos lobos, la reforma integral del piso queda en repintar las puertas y limpiar los cristales. Ahí están, por ejemplo, los mínimos retoques a la reforma laboral, nulos a la ley llamado mordaza, vigente y bien engrasada, las devoluciones en caliente, y tantas y tantas cosas que o podían soportarse ni un día más. En lo demás, han legislado, gastado y obrado como les ha parecido bien, llegando al inexplicado e inexplicable disparate del Sahara. El mismo derecho tendrían otros, cosa que no acaba de entrarles en la pelota a los que reprochan a los adversarios que parezcan reclamar el derecho a gobernar si ganan las elecciones. Un derecho que es poco discutible, y menos por parte del gobierno saliente, es el de hacer lo mismo que ellos legítimamente han hecho. Pero en el sentido contrario.

    Algunas leyes serían derogadas, otras corregidas y nadie lloraría por ello, salvo sus impulsores y sus reducidas feligresías. Sánchez derogó la ley de educación de Wert, sin duda mala. Pero no peor que la que la sustituyó, mejor incluso, pues proponía algunos cambios en la buena dirección, cierto que ya imposibles, una vez transferidas las competencias en educación, uno de los mayores errores de nuestra democracia. Pretendía con las reválidas elevar el control sobre los niveles y evitar grandes diferencias regionales entre ellos. Dos avisperos, la igualdad y la exigencia. ¡Vade retro! Mejor dejarlo como está y renunciar a esas antiguallas centralistas y reaccionarias.

    Hasta donde yo sé, desde la Logse, los escolares y estudiantes españoles han cursado sus estudios bajo leyes de educación socialistas. En realidad todas las reformas posteriores conservan el núcleo y la inspiración de esa ley a la que el tiempo, los remiendos posteriores y la misma evolución de la sociedad han ido desgastando los aciertos y acentuando los errores y las razonables imprevisiones. Como las leyes se deben juzgar por sus resultados, no por la propaganda ideológica de sus beatíficas introducciones, no necesito extenderme en el tema, salvo decir que la última de la lista excesiva de leyes de educación que venimos padeciendo, necesita, más que retoques, cambios de fondo, más prácticos y profesionales que ideológicos. Y no sería una reforma menor el alejar del asunto a los psicólogos y pedagogos de cámara, que mejor se dediquen a escribir novelas, pues su guion se centra en la innecesaria y habitual creatividad terminológica, de farragosidad creciente, el incremento de la burocracia, el desprecio de los contenidos y las habilidades básicas, la renuncia a la exigencia y a la excelencia, en aras de una suicida igualación a la baja, con apartamiento de la realidad de las aulas y desconocimiento de los arcanos de un oficio poco o nada valorado que se siente cada vez más alejado de los discursos y del fuego amigo de estos creativos planificadores de salón. No sé, y además ignoro, si aún estamos a tiempo de arreglar el desaguisado, cedido a las autonomías el mejor y tal vez único instrumento, junto con una fiscalidad redistributiva entre ciudadanos iguales, que permitiría al Estado, si ello se pretendiera, alimentar un sentimiento de pertenencia a un país y de inculcar a toda su población una serie mínima de conocimientos, aprecios, visiones, valores y experiencias compartidas. Un instrumento del que algunas comunidades hacen un uso amplio y sectario, centradas en construir país, es decir, en hacer nacer algo que no existe, diciendo que se intenta recuperar lo que nunca se tuvo a base de ir socavando los cimientos del único país real y necesario, el común, todo ello con el beneplácito y a menudo la complicidad estúpida de los que deberían evitarlo.

    Desde hace tiempo son tabú las palabras homogeneizar o igualar, salvo si se practican dentro de cada autonomía, todas ellas dedicadas , unas más que otras, a laminar diferencias de origen a base de tener por foráneo y ajeno todo lo que es común a los españoles, mientras se exageran, se abonan o se crean hechos diferenciales locales, para así crear catalanes, vascos, gallegos, valencianos, castellanos o andaluces, entre otros modelos de españoles sin otra patria común que su aldea, pues sabido es que de un riojano por poner un ejemplo, convendría sacar algo casi de una especie distinta que un extremeño o un ciudadano de Vic. La ley Wert contenía algunos elementos que iban bien encaminados, con el gran problema de que la dirección era la contraria a la que hoy predomina: cultivar diferencias, no el sentimiento necesario de comunidad compartido, bueno si regional, perverso si se refiere a la nación, la única que existe. Su labor se centra en promover la desigualdad entre españoles, en conocimientos, en pertenencias que se quieren exclusivas, incluso en el sindiós de divulgar historias locales falsas en detrimento de la común verdadera, a menudo basadas en leyendas, listas imaginarias de agravios entre vecinos, una Historia que, inventada de encargo por desequilibrados y dementes, parece, y en gran parte lo es, escrita por nuestros enemigos.

    La visión sobre sí mismos y sobre su país que gran parte de los españoles han asimilado durante sus estudios se parece más a lo que de nosotros, sus antiguos enemigos, se opina y enseña en Bélgica, en Holanda, en USA o en Gran Bretaña que a la realidad de nuestro pasado, siempre más positiva y honrosa que lo que en ciertos casos se inculca en algunas aulas y, de lejos, más noble y decente, por quijotesca, que la de esos críticos foráneos. Por no hablar de lo inconcebible del trato que el español, la lengua común, tiene en algunos territorios. No sé si hablar de persecución les parecerá a algunos exageración, pero deberían enterarse mejor y ajustar la romana ante algunas políticas lingüísticas claramente franquistas, pues nada hay peor que los que antes miran el quién que el qué. Aquí se trata simplemente de resucitar y reforzar la Alta Inspección del Estado, hoy maniatada, para que ponga algo de orden y concierto en el tema, un mínimo de igualdad entre sistemas educativos casi estancos, revisando libros de texto, contenidos, normativas de las consejerías y esas cosas y, algo muy importante: hacer que se cumpla la ley y las sentencias de los tribunales, si no es mucho pedir, que basta ya de la infamia de hacer la vista gorda con los desmanes y abusos nacionalistas como pago a unos votos.

    De todas formas, basta con ver la extensión y profundidad de los debates parlamentarios y sociales, la presencia en la prensa y en otros medios, y el desinterés general en la educación, para comprobar que no es ni ha sido en España un tema de especial relevancia ni motivo de preocupación, aunque sí de queja. Si acaso de apropiación de un terreno acotado donde cultivar identidades y hegemonías culturales e ideológicas. Y así nos va. La ley Trans, entre otras por el estilo, han merecido mayores pasiones, debates y enfrentamientos. Y afectará al 0,0001 de la población. Hay tiempo para ocuparse de todo, pero a cada tema se deberían dedicar el tiempo, la atención y los recursos que merecen. Para qué decir más.

    La ley de Memoria, primero histórica y luego democrática, es un ejemplo claro  de cómo hacer tragar la medicina amarga acompañándola de una cucharada de azúcar, como cantaba Mary Poppins. Cuando alguien defiende a capa y espada todos los apartados de esta ley, que tan pocos conocen en su integridad, siempre esgrime como parapeto y farol que deslumbre y engatuse el tema de los muertos en la cunetas y ¡ay del desalmado que se oponga a una ley que tiene ese tema penoso como divisa y salvaguarda! El truco es que ese asunto que, para nuestra vergüenza no se ha resuelto en tantos años de democracia, pues nadie lo consideró de especial urgencia ni encontró nunca el momento adecuado para hacerlo, ni rojos ni azules, es algo trágico que nada tiene que ver con la manipulación de la Historia y su reescritura para generalizar e imponer un relato de parte acerca de nuestro pasado común. La Historia la han escrito ya los historiadores, falta enseñarla con seriedad e ir incorporando lo que la ciencia histórica vaya en cada momento aportando. Crear e imponer un relato que se quiere único y común, algo claramente totalitario, necesitaría de unos consensos que ni existen ni hoy son aún posibles, que tiene cuajo la cosa. Interesadamente sacan a pasear momias y espíritus por las esquinas y entre fantasmas vivimos. La intención pudo ser loable, pero por lo que hemos ido viendo, sobre ese botín ideológico se han arrojado no pocos sectarios y algunos criminales que deberíamos mantener alejados de un tema tan delicado. Mala cosa es que Bildu haya condicionado en parte su redacción, permitiéndole alargar el franquismo hasta 1983, consiguiendo que penosísimos y sangrientos episodios que protagonizaron sus héroes encapuchados del tiro en la nuca, sea cosa olvidable y relativa, equiparable a la lucha del Estado contra los asesinos. Esas infamias son algo que según ellos ni estudio ni memoria necesita, no como otros eventos igualmente lamentables, pero mucho más lejanos, cuyos rescoldos al parecer conviene avivar y nunca dejar que se apaguen. Sí, en esa ley hay que entrar con la tijera.

    En cuanto a indultos, sedición, malversación, convocatoria ilegal de referéndum, bastaría con retomar y dar curso a las promesas de Sánchez cuando intentaba seducir a los votantes para, conseguido el voto, hacer justo lo contrario. Todo eso prometió recuperar, aparte de traer a Puigdemont a España de la oreja. Aunque este último punto mejor dejarlo. Está bien en Waterloo, donde la derrota, comiendo mejillones, diciendo paridas, impartiendo bendiciones, repartiendo — previo pago— carnets de patriota y viviendo a cuerpo de rey con los fondos que salen de los bolsillos de algunos amigos y de los de un país que considera ajeno y enemigo, pero buen pagador de traidores, golpistas y sinvergüenzas. Hace tiempo que va siendo como ese tío que yo tenía en Graná, que decía el refrán. Mejor dejarlo cocerse en su propia salsa, como los mejillones. Acabará siendo —ya lo es— objeto de peregrinación, será declarado de interés turístico, y algunos japoneses y unos pocos carlistas de Gerona acudirán a hacerse fotos con él, a dejar un donativo y a pedir su bendición, algún milagro, un cargo o un escapulario, que en fondo son unos meapilas, como buenos carlistas, violentos, ilusos y extemporáneos. No sería raro que, si fallan otros pactos y la cosa se les pone cruda, Junqueras se fuera también al eremitorio belga y fundaran juntos algo así como el Palmar de Troya, que ya lleva el Puchi la obra muy adelantada.

    La ley del sí es sí, tema estrella de la señora Montero de Perón, ya fue reformada a empujones de la sociedad por el mismo gobierno que, errando el cálculo de las consecuencias y reacciones sobre el desastre que inevitablemente tal chapuza había de provocar, la impulsó y aprobó. Como a todo lo legislado por las monjas morbosas de Igualdad acerca de la mujer, la familia y el género que niega el sexo, habría que pasarle el cepillo de desbastar, pues mucha de su verborrea y terminología raspa al oído y al sentido común, hasta a la misma ciencia, dada la impericia y fanatismo pinturero de esta parroquia. Sobra y ofende toda esa farfolla en neolengua orweliana que han esparcido por la legislación acerca de la progenitora gestante, la persona menstruante o el cónyuge supérstite, abstruso término notarial, así como las demás gilipolleces y desbarres que degradan figuras, conceptos y palabras hermosas como madre, mujer o viuda, al parecer ofensivas para las orejas de estas beguinas trastornadas. Sin duda necesario pulir los engendros legales en los que hayan incrustado jerga y doctrina de la secta, desde la ley Trans, hasta gran parte de lo referente a la mujer y la familia. Con hacerle caso a las feministas es suficiente, dejando a un lado las que son o quieren ser otra cosa, pero sobre todo, vivir de ello. No es que estos que vienen enviados por Trump a chafarles la guitarra amenacen con derogar y reformar. Simplemente ocurre que la gente que les votara, más o menos, suficiente o no, lo haría precisamente para eso.

    Reconforta comprobar que estos personajes tóxicos que para desgracia general y descrédito personal han llegado a formar parte desleal del gobierno, mamporreros al tiempo de otros iguales o peores, están llegando al final de sus carreras políticas, que tanta crispación, desatino y pérdida de las formas y del norte han aportado. Como un guerracivilismo que cínicamente atribuyen a los demás. De paso, han dejado al pie de los caballos al gobierno que les dejó campar a sus anchas por sus cotos de caza gubernativa. Todo se acaba pagando. Y faltan algunos plazos. Los criticamos desde que los acabamos de calar, que fue bien pronto, lo que no pocos reproches, descalificaciones e insultos nos ha acarreado de sus hoy desencantados parroquianos. Los que con más ardor que criterio y vergüenza les defendían, pues era el único clavo al que agarrarse, aunque ardiendo, han ido plegando velas. Su descrédito ya es general, y el rechazo que producen se ha ido extendiendo hasta alcanzar a los más cercanos, que hoy ya no quieren tocarlos ni con un palo. Primero se atrevieron a criticarlos los más listos y valientes, pocos; ahora todos, una vez comprobado que esta camarilla fanática y egocéntrica es un lastre. Están navaja en mano negociando la confección de las listas (pues nadie habla de programas ni proyectos) para procurar incrustarse en ellas, su única preocupación, la de asegurarse un medio y un nivel de vida que su acceso poco merecido a los cargos políticos les ha permitido conocer, algo ya irrenunciable que su escasa preparación y su toxicidad no les permitiría disfrutar en campo abierto. Desde aquí les deseo lo mejor en su vida privada, salud, éxito en sus carreras profesionales, tranquilidad, paz, que coman perdices incluso. Pero lejos del gobierno. Cuanto más lejos mejor.

 

lunes, 26 de septiembre de 2022

Epistolilla italiana, política y frutal

Italia y las orejas del lobo. Abundarán estos días escritos y peroratas, comentarios, memes y tuits, intentando desrazonar la desafección de los ciudadanos, que acaban votando a payasos, melones, actores o gañanes, buscando lo que menos se parezca a los actuales políticos, gremio empeñado en no dejar inexplorada ninguna ruta de la indecencia. No faltarán los que se refugien es eso de que la gente está engañada, manipulada, es muy torpe y se ha vuelto a equivocar, no han entendido los mensajes, votan contra sus intereses y tal y cual. Para cada partido el principal nicho e impulso de los menguantes votos son los errores ajenos.

 La abstención crece, en gran parte por el rechazo a los líderes, mejor caudillos, que son más rémoras que activos para sus partidos. Programas, promesas y compromisos, por estas que son cruces en campaña, se contradicen luego, papel mojado para reírse de unos votantes que creen tener presos, fraude que confían les saldrá electoralmente gratis. Y no.

 A VOX le dan más votos Irene Montero y Sánchez que Olona, y viceversa. En fin. Sigan cada uno viviendo su adolescencia, su mundo paralelo e irresponsable, su matrix; persistan en su agenda de moldeamiento social intentando llevarlos a donde no quieren ir, obsesionados en lo que a nadie más preocupa, procurando todos tener una justicia afín, discutan del sexo de los ángeles y las ángelas, identidades e identidadas, miren más al pasado que al futuro, aunque a Franco ya no se le puede desenterrar otra vez, los paraísos prometidos cada vez se ven más lejos e improbables, sigan haciendo depender la gobernanza de España de las manos sucias de socios y apoyos que quisieran verla deshecha. Estamos en guerra, en la puta ruina y entrampados hasta los ojos, las redundantes instituciones que bullen de asesores y parientes viven en el lujo y el derroche, que a nosotros no nos falte de ná', para el resto la nevera vacía y la casa sin barrer.

 Manténganse enfangados en sus guerras partidistas, paralizantes, destructivas, centradas en la propia supervivencia. Continúen polarizando, disolviendo, fragmentando, enredando y enfrentando, sigan comprando y vendiendo derechos, privilegios y desigualdades a cambio de apoyos, pagando con lo que es de todos, no suyo. No dejen de pensar que para ministro o cargo público cualquiera sirve, que basta con que sea de una peña necesaria para la investidura, que luego Dios dirá, o nómbrese al tonto del pueblo por cubrir un cupo o atender un acuerdo... Y luego extráñense. La culpa es de la gente, que es tonta. Pero, mientras tanto, háganselo ver.

 -o-o-o-o-o-

Leo ya en la prensa algunos primeros artículos, escritos con los pelos de punta, como asombrados de lo ya previsto, de los muchos análisis que habrá, mejores y peores, previsibles unos, otros más realistas, ninguno autocrítico. El anterior es el mío, con referencias a España, pero común a gran parte a muchos países occidentales, pues coincidimos en perdernos por las mismas rutas de la irrealidad, más atentos al envoltorio que al contenido del paquete. Al final, ganarán partidos caudillistas, que ya no hay de otros, simplemente sacando algo parecido a un programa rebuscando en los cubos de la basura de los demás, siempre rebosantes. Competencia entre excesos, pérdida de la centralidad, incapacidad para pactar unos mínimos con los más cercanos adversarios, por ser los que nos podrían sustituir, pero dispuestos a la rendición con armas y bagajes, capitulando con la entrega de lo que nunca se debería ceder ante los más extremos y electoralmente irrelevantes, convertidos en decisivos por caudillos con más ambición que principios. En el mundo, entre los que aún la conservan, la democracia para muchos se va convirtiendo en una pejiguera que, como sabemos, es cosa molesta y de poco provecho que acarrea muchos problemas y dificultades. No vamos bien, hermanos.

domingo, 10 de abril de 2022

Breve cínico

Creo que, como era de esperar, ha triunfado definitivamente la dulce ilusión de Walt Disney frente a la cruda realidad del Serengueti. No nos vengáis ahora a decir que la vida iba en serio, que las ideas tenían consecuencias. Si la realidad o la Historia nos abruman, contémoslas de otra forma menos inquietante, hechos alternativos, o un relato en el que salgamos favorecidos, que más importa el equilibrio emocional que la verdad. Siempre habrá a quién echarle la culpa de cualquier barbaridad y más sencillo y creíble resulta cuanto más lejana en el tiempo. Porque nosotros vamos bien, somos los buenos, siempre lo hemos sido. Somos decentes y empáticos; nuestras causas? y aquiescencias son las justas.
Hemos acertado al elegir, piensan casi todos los votantes del mundo. Donde no es necesario votar, donde están libres de estos trámites de la democracia, no tienen tamaño problema sobre su conciencia, pues en esos lugares siniestros, que no dejan de gustar a algunos, se empezó por abolir la conciencia, un rato antes o después que la misma verdad. En el resto del mundo se hace en nombre del votante lo que hay que hacer, la única política posible, nos dicen y les creemos. Si es a los nuestros a quienes les toca ejecutar lo que es menester, demos por buenas sus excusas y dejémosles hacer, que otros aún lo harían peor. Demos gracias a Dios por la suerte que hemos tenido de estar en sus manos, que ahora nos toca a nosotros redactar los ditirambos. Que obren, que hagan, que por nuestra parte nos conformamos con que no nos lo cuenten con demasiado detalle, con que nos dejen soñar, pensar que los principios aún siguen contando. Que hagan lo que quieran o lo que buena o malamente puedan. Pero que no nos despierten.
Si no fuese real esta visión tan pesimista, la promesa, la palabra dada seguiría valiendo algo, como lo es entre tratantes de ganado, cosa que en la política no ocurre. Incluso la realidad debe seguir la tendencia del vino que tiene Asunción, de preferir lo desnatado, descafeinado, desgrasado, lo sin sal ni azúcar, ni chicha ni limoná. Porque la realidad es dura, intensa, nos da ardor, nos perjudica, los hechos nos estorban, nos asustan. Y hasta ahí podíamos llegar. Por ejemplo, el Gobierno de Biden deporta en 2021 a 41.135 mexicanos más que Trump en su último año, pero es mejor, quién lo duda. El Sáhara y los saharauis, quién va a sufrir la inflación, quién pagará la deuda, qué guerras son más malas que otras, como las dictaduras, cuándo hay que defenderse y cuándo no, y mil cosas más. Bien. ¿Qué importan esos detalles menores? Haced lo que veáis que hay que hacer. Decidnos quién es el malo, los malos, los que tienen la culpa de todo, que así deduciremos que quien los señale debe de ser el bueno. Hemos conseguido ya lo más difícil: hemos transigido con lo aberrante, hemos normalizado la anormalidad. Incluso hemos desterrado tal palabra al desierto de la incorrección. Si alguien dice que se considera normal, ofende a cuarenta colectivos. No sufráis a cuenta. No os mortifiquéis en vano. Nada podemos entender, y menos influir, pobres de nosotros; ni siquiera se espera tal cosa. Haced, pero no nos lo contéis, que luego tenemos pesadillas.

Estas reflexiones, seguramente improcedentes y desacertadas, como en mí se acostumbra, salen de rumiar este artículo sobre los tiempos revueltos que vivimos, si es que hubo de otros, de Máriam Martínez-Bascuñán en El País:

Elecciones en Francia


 

sábado, 8 de mayo de 2021

Epístola de la corte. Y confección.

Vivimos desde hace años en una eterna campaña electoral. Y no es bueno porque en las campañas electorales todos acrecen de forma artificial las diferencias, pues ellas son lo que se enarbola, nunca lo que pudiera ser común. Todos los pavos reales deben desplegar el plumaje de su cola, aunque haya que añadirle extensiones. Siempre tienen algo de farsa, de teatro, influye más el reparto de actores que el guion y unos eligen al más guapo, otros a la más locuaz y desenvuelta y algunos al más bestia. En esta ocasión se ha rebasado el nivel disparatado ya habitual, de forma que me echo al monte, al río Tus, a no ver a nadie, ni escuchar noticias, leer prensa ni quemarme más la sangre. Sólo veo en la tv un rato los resultados de la noche electoral y las comparecencias de los líderes. Lamento el descalabro de Cs, me alegra el de Iglesias. Los madrileños han descartado, además de totalmente a Ciudadanos, a los dos extremos, Podemos y Vox, demostrando un cierto criterio al ser los menos votados. No suele ser recompensada la moderación, aunque cada uno paga ahora sus faltas. Esto no va de que esta o aquella persona o partido merecería mejores o peores resultados, pues se vota más contra alguien que a favor de otros. Si el marco establecido es irreal, poco importan hechos y talantes.

Nos querían despavoridos. A mí, como a todos, me habían amenazado los actuales profetas del apocalipsis con que al regreso a casa me encontraría con un Madrid y una España fascistas o bolcheviques. Sabía que esos disparates eran espantajos para distraer y asustar, pensaba que más ayudarían a chocear votantes que a atraerlos hacia los que aullaban tales proclamas, que eran casi todos. Sin embargo, plusmarca de participación, cosa que está bien. Tal vez el efecto de esos augurios dependería de cuál de esas dos falsas amenazas a la libertad pareciera más temible o verosímil al votante, aunque no creo que nadie las haya tomado demasiado en serio, ni siquiera sus promotores.  Ninguno de esos dos peligros era real, como ellos sabían mientras nos encandilaban con esos miedos. De paso se evitaba hablar de lo importante, como es costumbre, tal vez lo que casi todos prefieren tapar, pues nadie puede presumir ni de gestión ni de palabra. Y a quienes han hablado de algo real, tampoco es que se les haya hecho demasiado caso.

Como siempre, contados los votos, los más indecentes y sectarios de los perdedores concluyen que los electores son gilipollas. Los mismos que un día fueron y volverán a ser agudos, intuitivos y consecuentes, virtudes intermitentes que solo se encienden en el pueblo cuando acierta a votarnos. Nada comparado con lo que ya les habían dicho antes aquellos a los que la mayoría de los madrileños, en agradecimiento a los elogios, han decidido no votar: Madrid, un poblado desleal, amorfo y abusador de la riqueza patria aquejado de supuestas y sobrevenidas desmesuras identitarias, fascista, rebosante, según el comisario Tezanos, de tabernarios, de ignorantes alucinados que prefieren una caña y unos berberechos a unos servicios públicos adecuados, gobernado por quien yerra tanto si levanta hospitales públicos como si subvenciona privados; unos suicidas irresponsables, nazis latentes, que estaban cerca de crear campos de exterminio, como nos avisaba una ministra que como tantos otros no merece su cargo, que mucho abundan los de esa calaña sectaria en todos los barrios. Demasiados votos han obtenido tras agasajar de tal forma al electorado; indudablemente más de los que merecían vista la consideración en que los tienen. Poco favor le han hecho sus correligionarios al soso pardo, al buen fraile de Gabilondo, hasta empujarlo a decir algunas cosas que no debió decir en el fragor de la contienda electoral, frases y lemas que chirriaban al salir de su boca. La victoria tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana, de forma que dejaron solo al buen vasallo, que no tiene buen señor. Ahora convalece de arritmias de las que deseo sinceramente pronta y total recuperación. Ayuso le hizo una visita al hospital, no sé si acudiría alguien de su partido. Era el mejor de los suyos, y mejor que muchos de los que lo veían como enemigo pero posible socio, como también lo era Edmundo Bal, ambos pagando ahora muchas culpas ajenas y también algunas propias, que no solo de campaña electoral vive el hombre. No son la mesura ni la verdad valores en alza. Salva los muebles Más Madrid, el otro Podemos, mejor por haberse desprendido antes del lastre de Iglesias, menos caudillistas por escarmentados, menos insultantes con los electores equivocados, más posibilistas y que anuncian dedicarse ahora a solucionar problemas reales y posibles. Sin duda sería un buen itinerario, nuevo para ellos y para los demás en la política autonómica y nacional: pasos cortos, todos los posibles, y siempre en la buena dirección, lo que supone saber a dónde se va y requiere que ese lugar exista. Otros olvidaron esas minucias. O César o nada. Ahora deben dedicarse a la farándula, lo suyo. En realidad, nunca han hecho otra cosa.

De los más extremos era cosa de esperar, era su única baza, el miedo, y había que cargar las tintas. Pero Sánchez y sus oráculos se equivocaron al contribuir a plantear una confrontación a cara de perro en clave nacional, entre dos Españas, ignorando que hay otra numerosísima en medio, bastante harta ya de toda esta tropa de banderías enfrentadas, mezquinas y despreciativas del que piensa distinto. Con ello dejaban el campo abonado a Ayuso, que no ha tenido ni que despeinarse para arrasarlos hasta el ridículo en lo que habían planteado como una nueva e irreal batalla de Madrid. Un endeble neofrente popular a la greña, que nos salvaría de un fascismo que, salvo sus mentes delirantes, nadie veía venir por ninguna parte, resucitando el no pasarán. Otros nos asustaban con el fantasma de una revolución de octubre en mayo, amenaza que tampoco ha calado. Y, entretenidos en esas pesadillas, la realidad más prosaica ha pasado por encima de ambos desvaríos, de forma tan multitudinaria que, si se creen a sí mismos que no creo, hasta a ellos les debe extrañar que en Madrid ni en España haya tantísimos fascistas como ellos dicen ver, sin detectar a los que sí lo parecen y que tienen de socios o apoyos. Comunistas de verdad, es sabido que quedan seis o siete. Si de verdad creyeran que el fascio está ya aquí deberían de andar agolpándose en los aeropuertos rumbo a un país libre, según su criterio. Qué menos. Se quedan en este, ya un infierno los últimos 26 años de fascismo madrileño, según nos cuentan. También ellos saben que ni lo han sido ni lo son, pero puestos a delirar, no te quedes corto. Porque la parte donde sí hay algo parecido a lo que ellos denuncian, por extremista, xenófobo, descalificador del contrario y por intentonas separatistas tan ciertas como antidemocráticas, a ellos les causa poca alarma. Y esas malas compañías han sido algo decisivo. Lo han pagado de nuevo. Y hasta que no rectifiquen y suelten esas rémoras lo seguirán pagando en las urnas, merecidamente a mi escaso juicio. Si no se explican porqué no les han votado ni los suyos, que mediten sobre los lastres de sus socios y compañías.

Dejad que los niños se acerquen a mí. Venid a votar todos, hijos míos; también los de Vallecas, invocaban los que creen aun hoy en el determinismo ideológico de la cuenta corriente, los hombres del libro. Los ricos deben de votar a los ricos, los pobres a los pobres. Acudamos a llorar a las tertulias y mítines en taxi, al que nos subimos en la esquina por escenificar la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén, pero sin palmas. Y disfrazados de pobres a ver si así nos salen las cuentas, que la cosa pinta chunga, refiriéndose a las electorales, que de otras mejor lo dejaremos estar. No es que siendo de izquierda, incluso de extrema izquierda no merezcan vivir bien, universal y legítima aspiración que desborda ideologías, pero su discurso se urdió con los mimbres que se urdió, y esa cesta llevan colgando del brazo, qué se le va a hacer. Todo no se puede tener, barcos y honra, relato y contradicciones, la puta y la Ramoneta. Mostremos callos postizos y no olvidemos espolvorear por los lomos polvo de la dehesa, sin dejar de cepillarnos los pétalos de jazmín y las briznas del césped de alrededor de la piscina, que nuestros antiguos vecinos del barrio obrero se mosquean. Si tan sencilla fuera la cosa sobrarían las elecciones. Hay otras muchas motivaciones y sentimientos, legítimos por humanos, aunque no vengan en el manual o en el catecismo de la secta. Los condes y marqueses tienen todo el derecho a asociarse y defender los intereses de la aristocracia. También lo tendrían los carteristas, los arzobispos o los fontaneros. Pero siendo minorías exiguas poco futuro electoral tienen como grupo de presión decisivo. Hay que darles, eso sí, solo el peso que verdaderamente tienen, pero no cabe descalificarles y negarles el derecho a existir y a hablar. Es extremo al que se ha ido degenerando últimamente, llegando a escucharse propuestas de ilegalización o de cordones sanitarios. Acallar y cancelar al oponente es lo totalitario, más que dejarles hablar diciendo que los silenciables lo son. Menos que ellos. Es lo que ocurre con ciertos antifascistas que no hubieran desentonado al lado de Mussolini. Los madrileños han demostrado ser mejores sexadores de fascistas que los que de ellos les prevenían. Ahora, si rebobinan la jugada, podrían explicarse en parte por qué este año san Joderse cayó en martes.

El desprecio a eso que llaman el régimen del 78, algo a demoler para estos orates, es un equipaje muy pesado, muy grande, no cabe por muchas puertas. Una obsesión para un Iglesias que, sin que nadie le llevara la contra, reconoció ser un lastre para su partido, club de fans que desde hace demasiado tiempo fue quedando en cosa de familia, con escaso futuro tras haberlo fagocitado y asimilado a su persona. Lo que su talante no le permite reconocer es que el lastre no es él, su genio y figura, (que también, pues poco ayuda su dogmatismo y su soberbia), sino sus ideas. Sobre todo las que han dejado infame y eterna constancia en una nutridísima colección de vídeos y declaraciones, hemeroteca demoledora que nos lleva a ver con consuelo y alegría el inevitable fin de su carrera política. Sabemos por ella cuáles son sus referentes y modelos, sus amigos, sus emociones y sus miserias. Un espanto. Su despedida forzada, incapaz de ser un simple portavoz del menor grupo en la asamblea, es un alivio hasta para los suyos, si es que los hay, pues no ha habido señas de que él nunca considerara a nadie a su altura. Una ausencia que sosegará el ambiente, aunque lo más probable es que procure seguir enturbiándolo, ahora reconvertido en un Jiménez Losantos especular en el otro extremo, capitalizando su popularidad en algún medio afín, sea del Roures o de algún otro magnate mediático y ambos a hacer caja. Nada que decir, comparado con lo que él diría de cualquier otro en semejantes circunstancias, con su habitual romana que tan buenas pesadas arroja cuando es a él a quien sopesa. Ya se dará a vistas o a oídas tras girar la última puerta al salir. Sus forofos, que aún siguen agarrados a tal clavo ardiendo, aunque ahora colgados de la brocha ya sin esa escalera eclesial que los llevaría a los cielos, al menos seguirán durante unas semanas más con los juegos florales que hoy leemos. Señalarán algunas cucharadas de azúcar social que le atribuyen, pero pasará a la historia como crispador mayor del reino, personaje nefasto que en su estrategia de asalto a los cielos puso sobre el tapete algunos temas inoportunos, otros irreales y no pocos insustanciales o disparatados, meras fijaciones de una mente anclada en el siglo pasado, enturbiada por lecturas de libros de caballerías políticas y sociales, mal interpretadas y peor digeridas. ¿Qué habrá enseñado este señor en la universidad? Por Dios, pobres alumnos. Le deseo lo mejor en su vida privada, a él y a los suyos: paz, salud, sosiego, que disfrute de lo legítimamente ganado y que él haga lo propio con los demás, dejarles vivir sus vidas de acuerdo a sus posibilidades y gustos, a salvo ya de sus intentos de ingeniería social.

Los enemigos del 78 son los verdaderos perdedores de estas elecciones y espero que de todas las siguientes si no rectifican a tiempo. Las constituciones no son, en el fondo, otra cosa que los límites que un pueblo se autoimpone en evitación de calentones provocados por hogueras pasajeras y fugaces, siempre alimentadas por iluminados, que les empujaran a tomar decisiones viscerales e inconvenientes, a veces irreversibles, espoleados por situaciones o hechos concretos que enturbian las entendederas. Esas salvaguardas y barreras a la improvisación y al oportunismo son lo que impide, por poner un ejemplo, que se pudiera hacer un referéndum para reinstaurar la pena de muerte tras un atentado o un crimen especialmente insoportable. No procedería argumentar para convocarlo que muchos son los que lo piden. Sería un sofisma alegar que en eso consiste la democracia, que el número equivale en toda circunstancia a la razón; sería una indecencia plantear que ejecutar a los criminales reflejaría y daría satisfacción a la voluntad popular. En otros casos esos son los argumentos que se han puesto y se ponen encima de la mesa. Elucubrar sobre qué hacemos con nosecuántos cientos de miles o millones de personas que proponen algo ilegal, insolidario y disparatado, decir que alguna negociación habría que iniciar con ellos, que siempre es necesario el diálogo. Hasta el disparate de acudir a las cárceles a escuchar sus propuestas y condiciones. No sé si procede hacer lo mismo con los narcotraficantes, visto que negociar con algunos golpistas, incluso con antiguos asesinos sí es de recibo para ellos. Hemos escuchado que algo habrá que hacer con ciertas aspiraciones nacionalistas y que todos hemos de ceder en una democracia, aunque siempre los mismos. Demasiadas veces hemos soportado con indignación e impotencia esos argumentos falaces en las recurrentes intentonas separatistas, de discursos tan dulces para algunos oídos como amargos para la mayoría que elige su voto, sorprendiendo más a los propios que a los extraños. Obviar que luego esos devaneos, amistades y cesiones se pagan en las urnas, creer que se vota solo con la cartera es pensar que solo ellos tienen corazón, ideas, historia y sentimientos. La gente piensa, valora infinidad de cosas, intuye, escucha, compara y, sobre todo, vive y quiere que le dejen vivir. Los que intentan reglamentar cada minuto, cada faceta del comportamiento de la gente, de la cuna a la tumba, del comedor a la alcoba, de la conversación a las aficiones, los que airados les censuran desde el púlpito recriminándoles con desprecio su forma de expresarse, divertirse, de vivir y pensar, los que les llamaron ayer tabernarios, fascistas, imbéciles, desclasados, son los que hoy se quejan de que el personal no ha ido a lo esencial, no ha entendido el mensaje, ha votado al enemigo. Que la libertad estaba en juego era una exageración electoral, fuera dicho por unos o por otros. No se elegía entre fascismo y comunismo, entre libertad o esclavitud. Tal vez la gente, aunque otras tal vez no, tiene entendidas ciertas cosas demasiado bien. Las de sus problemas verdaderamente acuciantes, sus afanes y sus jornadas, pues lejos de ideologías y doctrinas, la vida no deja de ser unos días, pocos y la mitad de ellos es noche.

Demasiado tiempo nos han hecho perder como sociedad en discusiones bizantinas sobre temas no demasiado relevantes para el común, siempre menospreciado por ellos, cuya cercanía se invoca a la hora de votar para luego alejarse, volver a entretenerse y diluirse cada parroquia en sus fijaciones autorreferenciales, sus repúblicas o republiquetas, sus correcciones, sus identidades, sus agravios seculares eternamente en espera de reparación, sus mantras y otros temas de postín que no llenan la despensa. Y a Franco ya no se le puede volver a desenterrar, aunque siempre haya quien, no teniendo otra cosa más a mano, esgrima un fantasma y unos huesos que ya espesan poco el caldo, como han podido comprobar. Seguid, seguid así, que vais bien, como se ha visto en Madrid. Aunque siempre hay ocasión para corregir rumbo y plegar ciertas velas que recogen poco viento del que sopla en una dirección favorable y posible. Al menos hacia algún sitio.

Vale.


martes, 23 de marzo de 2021

Epístola de Linneo

    

—Los reptiles son unos animales, como ustedes… (Aquí una pausa para una fuerte chupada a la pipa curva cargada con picadura extra que despedía chispas y pavesas. Luego unas bufadas de humo fétido y espeso que sulfataban a la concurrencia y envolvían en nieblas las quejas de los alumnos).

 —¡Hombre, don Braulio! ¡Qué barbaridad! Y se habrá quedado usted tan ancho.

—Como ustedes saben —terminaba la frase nuestro profesor de Ciencias de 5º de bachiller en el 2. Y seguía paseándose por entre las mesas para repartir humo y ciencia. Nosotros respondíamos con risas aliviadas.

Así eran las clases de don Braulio, el Pipa por mal nombre, un excelente profesor con aspecto y atuendo de sabio inglés, despistado y con chaqueta de tweed, de esos que veíamos en las películas de la época, como el profesor de mineralogía Lidenbrock haciendo los preparativos para viajar al centro de la tierra metiéndose por la boca de un volcán en Islandia. En la película terminaban encaramados en una almadía deslizándose vertiginosamente por entre las cepas de la ladera del Estrómboli, escupidos por una erupción que no llega a chusmarrarlos.

Con quemaduras solo en la camisa y la corbata por las lavas y escorias de picadura extra que despedía su pipa volcánica, nuestro sabio aterrizó en nuestra clase de Ciencias, cosa que no es de extrañar pues compatibilizaba la docencia con su puesto de meteorólogo en la base aérea de los Llanos, cercana a la capital. ¿Qué oraje va a hacer mañana, don Braulio? Sol y moscas, o no olvidéis poneros el tapabocas que vais a coger un tabardillo para llegar al instituto. Había que atravesar, inclinados y luchando contra el viento, ese descampado siberiano y ventoso, entonces desprotegido y expuesto a la tramontana local, que desequilibra cuerpos y cabezas. Tenía don Braulio dos incisivos ligeramente levantados, una adaptación, una compuerta para mejor sujetar la pipa, que entonces se fumaba hasta en clase. En Magisterio, 1971 creo, nos dejaban hacerlo y el aula parecía un brumoso callejón de Londres. Que te sacaran a la pizarra a interrogarte y contestaras cigarrillo en mano daba una cierta seguridad y podrías disimular dudas u olvidos y rellenar los silencios con alguna calada nerviosa. Seguramente y como otros muchos cambios, este ha sido para bien, pero muestran que, salvo para la política, en aquellos años vivíamos una situación de desmierde cercano a la acracia libertaria. Berlanga más que inventar y exagerar tuvo que sujetarse, pues la realidad de la época contada tal cual rebasa con mucho lo creíble, por disparatada y surrealista. No eran nuestros institutos un melindroso y correcto campus de Standford, no.

Luego, ya vimos al principio que de eso iba la clase, nos proponía un animal y, echando mano del grueso tomo de don Salustio Alvarado, nuestro manual de Introducción a las Ciencias Naturales que aún conservo, lo clasificábamos según la taxonomía de Linneo. Un lagarto. Vamos a ver, reino animal, subreino metazoos, tipo cordados, clase vertebrados, orden reptiles, suborden lacertilia, familia squamata (escamosos), y especie lacerta lépida. Eso si el lagarto es ocelado, que si es el lagarto Jaén, el de la Malena, no sabría decir, que a este dragonzuelo no llegamos con don Braulio.

Con los contribuyentes se hace lo mismo: que si reino tal, clase cual, familia pascual, hasta llegar a lo de sapiens sapiens, que tiene tela. Es difícil clasificarlos, además de que, como algunos no se están quietos para mirarles bien sus partes, nos tenemos que limitar a observar cómo bullen, lo que hacen y cómo se explican. Por sus obras los conoceréis. Encontramos que las de unos especímenes son más evidentes que las de otros. No es lo mismo la facilidad con que se ven las de un albañil o un escultor que las del Excmo. Sr. Director General de Políticas Palanca para el cumplimiento de la Agenda 2030, por poner un caso. No sé si Arquímedes se habría dejado nombrar para el cargo.

Lo que dicen nuestros próceres y aspirantes, de sí mismos y de los demás, tiene escaso valor a efectos clasificatorios. Un científico no puede aquilatar guiado solo por trinos, gorjeos y arrumacos, y menos dejarse seducir por ellos. Escucha entre los juncos de la ribera piiirrrrituit, piiiirrrituit, dice ya está, un  pardillo, o una chocha va a ser, aparta las matas y se encuentra con un tío con una escopeta al hombro y un pito en la boca intentando engañar a los pajaricos. Para atraer votantes el sistema es muy similar. De forma zalamera, con sus cantos de sirena o de sireno, tweet a tweet van atrayendo a los semovientes hacia la urna y, de que se gilan, se la han metido doblá. Ahora aguanta cuatro años al ave. Y dale de comer, que esa clase de pájaros se alimentan de gambas de Palamós.

Clasificar es difícil, porque la fauna ofrece mucha variedad. Ya Oscar Ivá nos contaba hace decenios que, tras una expedición científica de varios años por el mundo, el informe concluía: «Hay la tira ‘nimalicos». Con la fauna política, caracterizada por su capacidad de mimetismo y enmascaramiento, aún se complica más la cosa. Los líderes políticos y sus hinchas nos confunden bajo sus pieles de cordero. Actúan como esos bichos que se disfrazan de hoja de árbol, de palito, o dibujan unos ojos falsos en los lomos o en las alas. Los hay que no se cantean hasta que ya es tarde para sus presas, como las mantis religiosas y algunas laicas: te confías y antes de que les veas las mandíbulas ya te han comido la cabeza. No respetan ni a la familia. Ni a la carnal ni a la política.

Como siempre, llamar a cada cosa por su nombre es esencial. Visto el poco acierto con que se clasifican a sí mismos y a los adversarios, unos criminales, deberíamos recuperar esas palabras, como tantas otras. ¡Hostias, tito, otro facha! ¡Por allí vuela una bandada de fascistas! ¿No hueles a azufre? —nos dice otro. Mira qué cacho de rabo le asoma a ese comunista por detrás de la trenka. ¡Uy, uy, uy, uy, este visigodo que acabamos de sacar de la excavación me parece que va a ser franquista, verás como sí! Pues se queda sin calle, por estas que son cruces.

Mejor haríamos en no dejarnos clasificar por estos Linneos. Recuperar el sentido de las etiquetas que utilizan tan arteramente. Así progresista sería quien haya producido algún tipo de progreso, no quien diga serlo, como conservador quien trabaja para mantener y mejorar lo bueno recibido, no por él sino por la sociedad entera, desechando lo malo, que no se trata de conservar solo privilegios personales o regionales. Decir liberal hoy es como decir bicho, que viene a ser no decir nada. Y hace falta reconocer a los liberales de verdad, tan escasos como necesarios. En general, acertaríamos rechazando divisiones con las que los aspirantes a pastorearnos nos quieren estabular en sus corralas antiguas, previo aborregamiento, para recuperar vuelos más altos y más libres.

Sean republicanos o monárquicos, gran parte de estos que nos dividen y nos enfrentan son zánganos que quieren ser reinas. Sólo se dedican a aumentar el número de pobladores de su colmena y acabar con las demás, siempre engordando con la jalea real, que para ellos reservan. Y pocos viajes echan para traer néctar y polen a la casa, entre otras cosas porque no saben dónde buscar, aunque pretendan dirigirnos, muchos de ellos a ninguna parte.

lunes, 15 de marzo de 2021

Breve sucesorio

 

¡Viva Cartagena! ¡Dejadme solo! En terrenos del cinco. O del circo. El gobierno mejora sensiblemente con esta decisión, Sánchez necesitará menos pastillas para conciliar el sueño, aunque Iglesias con una lengua aún más desatada, si cabe, va a poner los pelos de punta a la congregación. Todos se van a divertir en esta batalla de Madrid, con candidatos soberbios. Promete la cosa.

 No tiene que cambiar el tono, Él vive en eterna campaña electoral. Desde siempre se ha dedicado a venderse a sí mismo, no ha hecho nunca otra cosa. Ahora lo veremos en estado puro, catacúmbrico, épico, desmesurado. Las tendencias suicidas son cosa normal en tiempos de pestes y hambrunas.

 Siguiendo la tradición y por lo de la agenda digital, nombra heredera (ya que infanta no puede) para la vicepresidencia y para la candidatura de Podemos a las próximas generales, o tenientes coroneles. Como hizo Fraga o Aznar, entre muchos otros, por eso de diferenciarse de la casta. Luego vendrán los inscritos y las inscritas a firmar, que para eso están. O estaban. Indudablemente, le sustituye alguien mejor, pues entre su lista civil era imposible encontrar a nadie peor que él. En eso ganaremos.

Por lo pronto la presidenta de Madrid se ha apuntado el éxito de sacar a Iglesias del gobierno de España, que siempre es cosa de agradecer. Sánchez le debe una. Una vez más comprobamos que unas elecciones casi nunca van de programas, algo qde lo que ni se habla, sino de fulanismos, de máscaras, de personajes en el sentido del teatro griego. En las funciones preferimos los caracteres definidos, sin fisuras, siempre rígidos y caricaturescos. Y en las corridas nos gustan los toros bravos, los que bufan, los que rascan la arena con la pata de atrás con mirada asesina. Pobre Gabilondo. Sinceramente creo que es mejor persona que ninguno de los otros dos contendientes, ambos más del gusto del respetable, siempre amante de las emociones fuertes. Pero mucho han abonado los peores actores de esta peligrosa función el sectarismo, el exceso verbal, el frentismo y el disparate. 

 Iglesias le mandará a Errejón (el del Frente de Liberación de Judea) un twit en estos términos bíblicos:

 «…y le dijo: Agar, sierva de Sarai, ¿de dónde has venido y a dónde vas? Y ella le respondió: Huyo de la presencia de mi señora Sarai. Y el ángel del Señor le dijo: Vuelve a tu señora y sométete a su autoridad. El ángel del Señor añadió: Multiplicaré de tal manera tu descendencia que no se podrá contar por su multitud.»

 ¡La que has liao, pollito murciano!