martes, 23 de marzo de 2021

Epístola de Linneo

    

—Los reptiles son unos animales, como ustedes… (Aquí una pausa para una fuerte chupada a la pipa curva cargada con picadura extra que despedía chispas y pavesas. Luego unas bufadas de humo fétido y espeso que sulfataban a la concurrencia y envolvían en nieblas las quejas de los alumnos).

 —¡Hombre, don Braulio! ¡Qué barbaridad! Y se habrá quedado usted tan ancho.

—Como ustedes saben —terminaba la frase nuestro profesor de Ciencias de 5º de bachiller en el 2. Y seguía paseándose por entre las mesas para repartir humo y ciencia. Nosotros respondíamos con risas aliviadas.

Así eran las clases de don Braulio, el Pipa por mal nombre, un excelente profesor con aspecto y atuendo de sabio inglés, despistado y con chaqueta de tweed, de esos que veíamos en las películas de la época, como el profesor de mineralogía Lidenbrock haciendo los preparativos para viajar al centro de la tierra metiéndose por la boca de un volcán en Islandia. En la película terminaban encaramados en una almadía deslizándose vertiginosamente por entre las cepas de la ladera del Estrómboli, escupidos por una erupción que no llega a chusmarrarlos.

Con quemaduras solo en la camisa y la corbata por las lavas y escorias de picadura extra que despedía su pipa volcánica, nuestro sabio aterrizó en nuestra clase de Ciencias, cosa que no es de extrañar pues compatibilizaba la docencia con su puesto de meteorólogo en la base aérea de los Llanos, cercana a la capital. ¿Qué oraje va a hacer mañana, don Braulio? Sol y moscas, o no olvidéis poneros el tapabocas que vais a coger un tabardillo para llegar al instituto. Había que atravesar, inclinados y luchando contra el viento, ese descampado siberiano y ventoso, entonces desprotegido y expuesto a la tramontana local, que desequilibra cuerpos y cabezas. Tenía don Braulio dos incisivos ligeramente levantados, una adaptación, una compuerta para mejor sujetar la pipa, que entonces se fumaba hasta en clase. En Magisterio, 1971 creo, nos dejaban hacerlo y el aula parecía un brumoso callejón de Londres. Que te sacaran a la pizarra a interrogarte y contestaras cigarrillo en mano daba una cierta seguridad y podrías disimular dudas u olvidos y rellenar los silencios con alguna calada nerviosa. Seguramente y como otros muchos cambios, este ha sido para bien, pero muestran que, salvo para la política, en aquellos años vivíamos una situación de desmierde cercano a la acracia libertaria. Berlanga más que inventar y exagerar tuvo que sujetarse, pues la realidad de la época contada tal cual rebasa con mucho lo creíble, por disparatada y surrealista. No eran nuestros institutos un melindroso y correcto campus de Standford, no.

Luego, ya vimos al principio que de eso iba la clase, nos proponía un animal y, echando mano del grueso tomo de don Salustio Alvarado, nuestro manual de Introducción a las Ciencias Naturales que aún conservo, lo clasificábamos según la taxonomía de Linneo. Un lagarto. Vamos a ver, reino animal, subreino metazoos, tipo cordados, clase vertebrados, orden reptiles, suborden lacertilia, familia squamata (escamosos), y especie lacerta lépida. Eso si el lagarto es ocelado, que si es el lagarto Jaén, el de la Malena, no sabría decir, que a este dragonzuelo no llegamos con don Braulio.

Con los contribuyentes se hace lo mismo: que si reino tal, clase cual, familia pascual, hasta llegar a lo de sapiens sapiens, que tiene tela. Es difícil clasificarlos, además de que, como algunos no se están quietos para mirarles bien sus partes, nos tenemos que limitar a observar cómo bullen, lo que hacen y cómo se explican. Por sus obras los conoceréis. Encontramos que las de unos especímenes son más evidentes que las de otros. No es lo mismo la facilidad con que se ven las de un albañil o un escultor que las del Excmo. Sr. Director General de Políticas Palanca para el cumplimiento de la Agenda 2030, por poner un caso. No sé si Arquímedes se habría dejado nombrar para el cargo.

Lo que dicen nuestros próceres y aspirantes, de sí mismos y de los demás, tiene escaso valor a efectos clasificatorios. Un científico no puede aquilatar guiado solo por trinos, gorjeos y arrumacos, y menos dejarse seducir por ellos. Escucha entre los juncos de la ribera piiirrrrituit, piiiirrrituit, dice ya está, un  pardillo, o una chocha va a ser, aparta las matas y se encuentra con un tío con una escopeta al hombro y un pito en la boca intentando engañar a los pajaricos. Para atraer votantes el sistema es muy similar. De forma zalamera, con sus cantos de sirena o de sireno, tweet a tweet van atrayendo a los semovientes hacia la urna y, de que se gilan, se la han metido doblá. Ahora aguanta cuatro años al ave. Y dale de comer, que esa clase de pájaros se alimentan de gambas de Palamós.

Clasificar es difícil, porque la fauna ofrece mucha variedad. Ya Oscar Ivá nos contaba hace decenios que, tras una expedición científica de varios años por el mundo, el informe concluía: «Hay la tira ‘nimalicos». Con la fauna política, caracterizada por su capacidad de mimetismo y enmascaramiento, aún se complica más la cosa. Los líderes políticos y sus hinchas nos confunden bajo sus pieles de cordero. Actúan como esos bichos que se disfrazan de hoja de árbol, de palito, o dibujan unos ojos falsos en los lomos o en las alas. Los hay que no se cantean hasta que ya es tarde para sus presas, como las mantis religiosas y algunas laicas: te confías y antes de que les veas las mandíbulas ya te han comido la cabeza. No respetan ni a la familia. Ni a la carnal ni a la política.

Como siempre, llamar a cada cosa por su nombre es esencial. Visto el poco acierto con que se clasifican a sí mismos y a los adversarios, unos criminales, deberíamos recuperar esas palabras, como tantas otras. ¡Hostias, tito, otro facha! ¡Por allí vuela una bandada de fascistas! ¿No hueles a azufre? —nos dice otro. Mira qué cacho de rabo le asoma a ese comunista por detrás de la trenka. ¡Uy, uy, uy, uy, este visigodo que acabamos de sacar de la excavación me parece que va a ser franquista, verás como sí! Pues se queda sin calle, por estas que son cruces.

Mejor haríamos en no dejarnos clasificar por estos Linneos. Recuperar el sentido de las etiquetas que utilizan tan arteramente. Así progresista sería quien haya producido algún tipo de progreso, no quien diga serlo, como conservador quien trabaja para mantener y mejorar lo bueno recibido, no por él sino por la sociedad entera, desechando lo malo, que no se trata de conservar solo privilegios personales o regionales. Decir liberal hoy es como decir bicho, que viene a ser no decir nada. Y hace falta reconocer a los liberales de verdad, tan escasos como necesarios. En general, acertaríamos rechazando divisiones con las que los aspirantes a pastorearnos nos quieren estabular en sus corralas antiguas, previo aborregamiento, para recuperar vuelos más altos y más libres.

Sean republicanos o monárquicos, gran parte de estos que nos dividen y nos enfrentan son zánganos que quieren ser reinas. Sólo se dedican a aumentar el número de pobladores de su colmena y acabar con las demás, siempre engordando con la jalea real, que para ellos reservan. Y pocos viajes echan para traer néctar y polen a la casa, entre otras cosas porque no saben dónde buscar, aunque pretendan dirigirnos, muchos de ellos a ninguna parte.

domingo, 21 de marzo de 2021

Epístola de los sosos pardos

    Causa extrañeza que el PSOE reivindique la insipidez de su candidato, esgrimida como un valor incluso por el propio soso. Se agradece el realismo, la sinceridad, algo que contrasta con la tradicional exhibición en campaña de virtudes que se está muy lejos de tener. Un desfile de pavos reales. Pocos llegan a tal punto de objetividad y llaneza. Con los dedos de una oreja pueden contarse los que nos advierten a tiempo de sus carencias y limitaciones. Que sepáis que carezco de palabra, contad con que os defraudaré, que donde digo Digo, diré Diego, (hasta en el BOE); que no tengo ni pajolera idea de nada de lo que se necesitaría para ejercer el cargo que pretendo; os aviso de que soy tonto, me pierden los crustáceos y los buenos caldos pagados con cargo al presupuesto, habrías de saber que mi título o mi master son falsos como moneda de cuero, que prefiero el insomnio a estar en la oposición, que Fausto a mi lado era un vendedor aficionado, y así. Se agradecería, pero no es normal, no. Algún otro caso se ha dado de tamaña sinceridad: Estoy aquí para forrarme, cosa que se dijo off the record, aunque era observación ociosa.

    El profesor Gabilondo casi consiguió hacer una ley de educación cuando el ministerio del ramo ya era solo ilusión, como la capa del dómine, pues a base de ceder o subastar competencias a los virreinatos, renunció el Estado a tener alguna propia sobre la sustancia del asunto. El ministerio, huero y semifantasmal, ya asume su incompetencia para acometer reformas profundas y necesarias, limitándose a minucias, simples detalles y brindis al sol sin entrar en la almendra del tema. Empezando por la circunstancia consentida de que lo poco que puede legislar se lo pasan por el forro las consejerías de hacer país. El tal soso tiene otros muchos valores más sustanciales y vendibles que la reconocida insulsez, entre los que no son poca cosa su talante moderado y conciliador. Parece una buena persona el señor Gabilondo. Seguro que lo es, lo que viene a resultar un problema. Justo aquello que en el mundo actual la política rechaza. Hoy estamos en la inflazón de las identidades, los agravios, las reparaciones, las correciones y otras garambainas y dejamos campo abierto para que triunfe precisamente la fauna de los incorrectos: los monos aulladores, los cocodrilos llorones, los buitres encumbrados y las lombrices en su estiércol.

   Eso de que los mansos heredarán la tierra sería creíble, si acaso, en los tiempos bíblicos, aunque al final también se vieron defraudadas tales promesas electorales. Para más inri, nombrar a los mansos en la taurina España acarrea otras connotaciones negativas. Entre otras la de ofrecer poco juego en el ruedo y la de servir solo para sujetar los bríos excesivos de otros cornúpetas, en definitiva, para conducir a los más bravos, desquiciados y levantiscos al corral. No es tarea innecesaria ni baladí.  Mala imagen la del manso, tanto liminal como subliminal. Una vez, conduciendo lentamente, arrastrando una caravana en pleno agosto por una de las carreteras con más tráfico de Europa en espera de un hueco para salir de ella hacia la izquierda, el primero de la larga fila que me pudo adelantar me llamó manso, con una larga ‘o’ final agravada por el efecto Doppler. Es lo peor que me han dicho nunca en el volante. Que yo sepa. En otras circunstancias he recibido peores piropos.

   A don Vicente del Bosque, un santo varón, lo echaron del Madrid tras conseguir muchos títulos simplemente para fichar a otro entrenador más guapo, barbilludo y mediático, un Artur Mas de la pelota, pues en realidad y como ocurre en la política, el negocio está en vender camisetas. La imagen lo es todo en el mundo del espectáculo. Y ya no hay de otro. Dios, nuestro Señor, puso las cosas en su sitio y, seguramente para impartir justicia poética y como aviso a navegantes, hizo que el soso ganara un mundial y que haya que hacer memoria para recordar al más saleroso que sustituyó a Del Bosque en el vestuario del Madrid. Espero algo semejante en la política nacional. Habrá que esperar. Señor, dame paciencia. ¡Pero dámela ya! ¡Maldito Rivera!

   Es un tema muy bonito este del libre albedrío y las intervenciones del Deus ex machina que dé un giro a la trama, vaya que sí, pero (no sé si esto lo saben en Madrid) parece ser que en la política intervienen poco los cielos, a menos que Dios utilice las elecciones como uno más de su amplio repertorio de castigos, como las plagas de langosta, las epidemias y las hambrunas. Viendo la pandemia que padecemos, las penurias derivadas y los resultados de las elecciones desde hace ya tiempo, mucho debemos haber pecado.

    Podemos pensar que en este ambiente crispado que soportamos, más centrado en los caudillismos y en las formas (en la falta de ellas) que en las propuestas, poco sitio queda aparentemente para los mansos de espíritu, los que menos levantan la voz, esos pocos que ni insultan ni descalifican, que es la norma. En primer lugar, no todos han contribuido en igual medida a la crispación actual, que en sus extremos no es exagerado llamar guerracivilista, sobre todo por parte de los más rancios y prescindibles, aunque salerosos. Ya cada uno, según gustos, mira a un lado o a otro. En ambos extremos los encontrará. Estirando tanto de la cuerda, el hastío debería provocar que deje de vender el ruido de sus batallas, el lema agresivo, la exageración (ójala sea ahora, aunque no creo, pero llegará, sin duda) y una gran mayoría opte por la cordura y el sosiego, la monotonía sin sobresaltos de la normalidad democrática, del reforzamiento, en lugar del acoso a las instituciones, un espectáculo bochornoso e indigno; por la aburrida atención a las cosas de comer. Tal vez algún día descarten los electores con sus votos a los que sobran: los de la épica de las guerras, los asaltos a los cielos o a los infiernos; a los de los ruidos y las catacumbres, a los que llaman criminales a sus oponentes (con poco, mejores que ellos), los que en sus proyectos escorados y radicales, a babor y a estribor, no cuentan con medio país. Todos esos estorban, pues son el verdadero problema, el que impide solucionar todos los demás. Para ser buen político, como para todo lo valioso y perdurable, una base esencial es ser una buena persona, lo que, viendo el percal, (una pelea de osos, hienas y buitres), nos lleva a la desesperanza.

    Sin duda cada uno de estos personajes nocivos que turban nuestros sueños tiene sus planes y sus ideales, pero las más de las veces (si de verdad existen y son confesables) quedan tapados por los truenos y relámpagos que utilizan para atraer la atención y para reclutar fieles para su culto. Provocan tormentas y tempestades y a veces ya no saben salir de ellas. Hasta se encuentran a gusto entre nublos y pedriscos. Es su hábitat, su alimento, tal vez su único objetivo. Fuera de esas turbulencias no son nadie.

   Los mortales ya están hartos de sufrir las iras de los dioses (y de los humanos endiosados que se creen héroes), aburridos de sus magias, de recitar sus letanías, de dar por buenos sus desvaríos, del coste de los sacrificios en su honor y del mantenimiento del culto en sus altares. De esas deidades que a veces (cuando se ven obligados viendo que la fe en ellos decae y merma la parroquia) se dignan a bajar airados del Olimpo, bramando entre rayos y truenos, a complicar la vida a los mortales más que a hacerles más plácida y fácil la existencia. Esperemos que sea su batalla final. Ni tienen intención ni capacidad para arreglar los males, y no son pocos los que ellos provocaron, simple juego o experimento de dioses solitarios y aburridos que se creyeron omipotentes. Llegará el momento del imperio de los sosos, de los dioses pacíficos. Pasará el de Zeus tronador, amontonador de nubes, el del rayo en la mano, tan del gusto de iluminados y profetas, sus clérigos y adoradores.

lunes, 15 de marzo de 2021

Breve sucesorio

 

¡Viva Cartagena! ¡Dejadme solo! En terrenos del cinco. O del circo. El gobierno mejora sensiblemente con esta decisión, Sánchez necesitará menos pastillas para conciliar el sueño, aunque Iglesias con una lengua aún más desatada, si cabe, va a poner los pelos de punta a la congregación. Todos se van a divertir en esta batalla de Madrid, con candidatos soberbios. Promete la cosa.

 No tiene que cambiar el tono, Él vive en eterna campaña electoral. Desde siempre se ha dedicado a venderse a sí mismo, no ha hecho nunca otra cosa. Ahora lo veremos en estado puro, catacúmbrico, épico, desmesurado. Las tendencias suicidas son cosa normal en tiempos de pestes y hambrunas.

 Siguiendo la tradición y por lo de la agenda digital, nombra heredera (ya que infanta no puede) para la vicepresidencia y para la candidatura de Podemos a las próximas generales, o tenientes coroneles. Como hizo Fraga o Aznar, entre muchos otros, por eso de diferenciarse de la casta. Luego vendrán los inscritos y las inscritas a firmar, que para eso están. O estaban. Indudablemente, le sustituye alguien mejor, pues entre su lista civil era imposible encontrar a nadie peor que él. En eso ganaremos.

Por lo pronto la presidenta de Madrid se ha apuntado el éxito de sacar a Iglesias del gobierno de España, que siempre es cosa de agradecer. Sánchez le debe una. Una vez más comprobamos que unas elecciones casi nunca van de programas, algo qde lo que ni se habla, sino de fulanismos, de máscaras, de personajes en el sentido del teatro griego. En las funciones preferimos los caracteres definidos, sin fisuras, siempre rígidos y caricaturescos. Y en las corridas nos gustan los toros bravos, los que bufan, los que rascan la arena con la pata de atrás con mirada asesina. Pobre Gabilondo. Sinceramente creo que es mejor persona que ninguno de los otros dos contendientes, ambos más del gusto del respetable, siempre amante de las emociones fuertes. Pero mucho han abonado los peores actores de esta peligrosa función el sectarismo, el exceso verbal, el frentismo y el disparate. 

 Iglesias le mandará a Errejón (el del Frente de Liberación de Judea) un twit en estos términos bíblicos:

 «…y le dijo: Agar, sierva de Sarai, ¿de dónde has venido y a dónde vas? Y ella le respondió: Huyo de la presencia de mi señora Sarai. Y el ángel del Señor le dijo: Vuelve a tu señora y sométete a su autoridad. El ángel del Señor añadió: Multiplicaré de tal manera tu descendencia que no se podrá contar por su multitud.»

 ¡La que has liao, pollito murciano!


sábado, 6 de marzo de 2021

Epístola problemática

Aunque muchos son los problemas que tenemos hay unos que son más graves y urgentes que otros. Porque entre los que nos ocupan y encandilan, nos dividen y nos paralizan, suelen predominar los menos acuciantes, no pocas veces inoportunos, particulares, incluso ficticios. Tal vez uno de nuestros problemas más serios sea precisamente el empeño de empujarnos a poner el énfasis en estos últimos. Son más ideológicos, más simples y fáciles de enunciar y de entender por sus parroquias, más víscera y dogma que razón. No es necesario aportar las soluciones, entre otras cosas porque a veces no la tienen e incluso cabría plantearse si es cierto que el problema existe. De pronto nos encontramos enredados en diatribas acerca de falsas disyuntivas y sofismas, nuevos problemas, creados o imaginados por los que ni han sido ni serán nunca capaces de solucionar ninguno de los reales; dilemas y preocupaciones que no existían salvo en las cabezas y en el cerrado círculo de los que los plantean. O porque hacen gordo el caldo de su causa o, no menos a menudo, porque les permite vivir de ellos.

Lo malo es que nos centramos en debates estériles, a veces sobre hechos o asuntos muy laterales, teóricos, casi anecdóticos, desatendiendo los más reales, relevantes y comunes. Nunca enfocarán a lo que une, mejor a lo que divide y polariza, a lo que enfrenta a una mitad contra la otra, los buenos contra los malos. Nos dirán que somos así. No, son ellos, los dos bandos extremos y minoritarios de siempre, los que arrastran al resto, a la mayoría. Con unos problemas que son más suyos que generales nos colocan unas orejeras como a las caballerías para que miremos solo en la dirección que interesa al que nos las pone y ahí nos tienen dando vueltas a la noria haciéndonos creer que con ellos vamos a alguna parte. El siguiente paso es tapar por completo los ojos al animal, como a los caballos de lidia para que no vean venir al toro. Así llegamos a preocuparnos y a temer más lo que imaginamos, lo que ellos nos cuentan, que lo que realmente nos amenaza. Al final, ellos, los extremistas, los dos populismos, son nuestro gran problema. Y todo eso se hace con palabras, con lemas, con argumentos sencillos y redondos, incontestables en su simplicidad, con propuestas de bálsamos de Fierabrás y otras magias como solución a cuestiones complejas que necesitarían de acuerdos amplios más cercanos a lo real y a lo posible.

Con los ojos cegados y aturdidos por el griterío, por la oreja izquierda o por la derecha nos llegan estos mensajes que poco tienen que ver con lo que tenemos enfrente. En realidad, vengan de uno u otro extremo, el mensaje es muy similar, si no el mismo. Intercambiable, válido para un roto y para un descosido. Ahí, hablen unos o hablen otros extremos, aparecerán el no nos representan, la cosecha de indignaciones varias, unas ciertas, otras estimuladas, la invocación a brochazos de problemas ciertos para los que se sugieren difusas soluciones, siempre entorpecidas por el sistema, ese ente lejano y etéreo al que hay que combatir, siempre ajeno y confabulatorio. Es la gente, no la política, quien puede solucionarlo todo, nos dicen; sobran los farragosos trámites y formas de la democracia, se acaba sugiriendo. Alguien vendrá, alguien que no está entre vosotros, que os pondrá en vuestro sitio y que nos conducirá a la tierra prometida. La única diferencia entre uno y otro populismo es el elefante blanco al que sus conjuros invocan, al que se espera. Él nos dirá lo que tiene que pasar, lo que tiene que ser. Igual soy yo el caudillo que esperáis, vuestro mesías, vuestro salvador. Dadme el poder. Luego ya veremos.

Uno y otro de esos dos afanes totalitarios y especulares trazan una raya a partir de la cual empieza un mundo indiferenciado, proceloso, donde habita el enemigo. Es ese terreno mestizo, bastardo, tolerante, que ambos llaman o equidistante o cobarde, en el que vivimos la mayoría, en el que habita la democracia. Y ambos llevan razón, allí está su verdadero enemigo: la democracia que les gustaría destruir. Y están en ello.

  

 

jueves, 25 de febrero de 2021

Breve canino y cantor

Siempre me ha asombrado que, si dejar de ser perros, los haya de tantos tamaños, pelajes, genios y modelos. Unos lamen, acompañan, entienden, dan la pata hasta a quien no la merece, nos miran con la más noble de las miradas; casi todos. Otros (estos con estudios) ayudan y buscan al accidentado o al perdido, guían al ciego, protegen al rebaño. Unos pocos, muy pocos, los que tienen un cable pelado, por taras heredadas, por haberse criado en la mala compañia y ejemplo de un amo que los hace peores de lo que con otro hubieran sido, por falta de adiestramiento en una buena familia, se asilvestran, vuelven a la manada si pueden, gruñen, ladran sin venir a cuento, incluso muerden y matan.

 Ocurre con ellos como con las personas, aunque tienen menos culpa. Se da entre estas últimas la misma variedad, la que va del caniche al san bernardo, del galgo al podenco, del chihuahua al bulldog. Cada persona tiene su música, como cada perro su ladrar, según su cultura y grado de desarrollo evolutivo, que nadie puede dar más de lo que tiene. Aún quedan neandertales entre nosotros, y hombres de las cavernas degenerados que ya no pintan bisontes. Ni cantan, ni sacan notas del hueso o de la caña.

 Hay quien llega a tocar el violín como Paganini, la guitarra como Paco de Lucía o Martin Taylor, la batería como Dennis Chambers, el piano como List, el clarinete como Paquito D'Rivera, la trompeta como Wynton Marsalis o a cantar como Ella Fitzgerald. Sin llegar a esos extremos, que mucho hay que ser y hacer para acercarse siquiera, hay quien toca el bombo en la esforzada y digna banda de su pueblo, pone ritmo a la tonadilla con la botella de anís del mono o acompaña con sus palmas el cante o la copla. O se conforma con tocar la guitarra como yo. Cada uno hace lo que puede o sabe, que mucho cuesta en el arte llegar a hacer un poco.

 Lejos de ellos, muy lejos, están esos otros especímenes asilvestrados que quedan ya fuera de la música y casi de la especie humana. Como ocurre con los perros que muerden deshonrando a los que no, los que les ladran a los pájaros, envidiosos de no ser capaces de cantar como ellos, los perros peligrosos, es decir, los mal criados, los que tienen un mal dueño. No hay perro que no se parezca a su amo. También en eso se parecen a las personas.

Por sus obras los conoceréis. Y por sus ladridos.


martes, 23 de febrero de 2021

Breve artístico

 

Sería muy presuntuoso por mi parte considerarme un artista. Pero la nochevieja del 69 estaba tocando en un baile, un mes antes de cumplir 16 años en una nochevieja en el Hotel Central. Y hasta la última feria en que se pudo, hace dos años, cuando creo recordar fue la última vez que toqué en público. Aunque he vivido de otras cosas, la música ha sido mi vida. Al menos, lo mejor de ella.

Cincuenta años haciendo música en bolos, fiestas, bodas, auditorios, festivales, cafés y teatros. En ese ambiente he tenido la suerte de compartir escenario con muchas de las mejores y más valiosas personas que he conocido. Mis amigos músicos, siempre admirados, siempre admirables. Merecen, merecemos, mayor respeto que equiparar su oficio, su saber y sus producciones con las basuras de este babuino engreido y faltón, jaleado por un nutrido coro de otros primates poco evolucionados.

Miles y miles de horas de trabajo, estudio, ensayo, práctica, audición, esfuerzo, gastos en discos, guitarras y demás parafernalia. Todo ello, que es inmenso, para ser un músico del montón, nada ni nadie en ese mundo de la música, del arte, un lugar para elegidos, siempre mejores que yo. La pintura o la escritura son dos aficiones a las que también he dedicado muchísimo tiempo y esfuerzos, aún con peores resultados y logros. Demasiado para, desde mi modestísima aportación al arte, no sentirme insultado al escuchar que este niñato de encefalograma plano cultural, artístico y personal, es un "artista" encarcelado por sus canciones o sus letras. Tales cosas no existen en su caso, son, lo dicho, basura, lo único que hay en su cabeza.

Me asombran la mayor parte de las defensas que escucho y leo. Y me defraudan y me indignan quienes las firman. Para los que, visto lo visto, animan y jalean a los delincuentes y hacen de Nerón viendo arder Roma, mi desprecio más absoluto, son tan criminales como los de los adoquines y las teas reponiendo vestuario en las tiendas saqueadas o atacando sedes de periódicos o agrediendo a periodistas. Hasta el Palau de la Música. Sin duda estos personajes, algunos con tratamiento de Excelentísimo Señor, llevan otra liebre que la defensa de la libertad de expresión, algo que, como el arte, les importa un carajo. Siendo grave su actitud falsaria, y en algunos casos perversa, la otra opción es que tengan cabezas igualmente desamuebladas.

Nada hay peor para una buena causa que ser defendida con argumentos y métodos depravados y por las personas inadecuadas. La verdad sufre cuando es defendida con la mentira, como la libertad con la imposición. Si algo se apoya con la violencia, seguramente nos estamos equivocando de causa o de compañía. No solo de método.

domingo, 21 de febrero de 2021

Epístola luperca

 

Leo un artículo de Lluis Basset sobre Draghi y su discurso como nuevo jefe del gobierno italiano y... me da mucha envidia de Italia. Fíjate tú. Dice Draghi, que ya salvó el euro y ahora va a intentar salvar a su país con un gobierno de unidad nacional aquí tan necesario como, por ahora, inimaginable: “Sin Italia no hay Europa. Pero fuera de Europa hay menos Italia. No hay soberanía en la soledad. Solo hay el engaño de lo que somos, el olvido de lo que hemos sido y la negación de lo que podemos ser”. “Hoy la unidad no es una opción, la unidad es un deber. Pero es un deber guiado por lo que estoy seguro nos une a todos: el amor a Italia”.

Si alguien dice algo así en el parlamento estepaiseño o en los virreinales una de dos, o lo toman por loco o por facha. Seguramente se le supondrán ambas virtudes.

Como miembros de la misma familia que somos, primos hermanos mamones de Luperca, que siempre del Mediterráneo y luego de Roma venimos, se nos parecen los italianos en muchas cosas, pero son muy diferentes en otras. Están acostumbrados nuestros primos de leches remotas a cambiar de gobierno, incluso a vivir sin él, a tejer pactos aquí inverosílimes, a veces al filo de la navaja; a mezclar el agua con el aceite sin los grumos que aquí nos salen en estas mezclas difíciles. No le cogemos el punto a esos alliolis. Será porque usan nuestros próceres la mano del mortero para arrear porrazos al contrario, incluso al socio. Y ponen la cocina y el parlamento perdidos. Además, con el testuz lleno de chichones y mataduras no se piensa más que en devolver los golpes. Y en ello están gran parte del día y de los días.

 Tienen casi todo lo bueno y mucho de lo malo que aquí tenemos, empezando porque la justicia aún se imparte a base de latinajos. Y que nos gustan las calles, hasta el punto de que todos dicen que son suyas. La quemé porque era mía, puro machismo criminal. Como nosotros, tienen sus extremos y sus locuras, siempre muy creativos y ocurrentes. Sus payasos, será porque inventaron el circo, sus antisistemas incrustados en el sistema del que reniegan, pero cebados por él. Otros mamoncillos. Nada tienen que envidiar los nuestros a sus grillos y sus mantis, a sus fieras en sus circos, sus cigarras y sus hormigas, sus lobos y sus corderos, sus pavos reales y sus cotorras, sus buitres y sus cerdos, sus tenias, unas solitarias, otras societarias y arracimadas. Sin salir del reino animal tienen en el foro, como aquí, señoritos abonados al palco, imbéciles con balcones a la calle, xenófobos, cabrones con pintas, cantamañanas y abrazafarolas de uno y otro pelaje, con su verborrea, su desvergüenza y su canesú. Y, además, la mafia. Varias. Y allí están, los reyes del diseño, siempre unos artistas. Nos dicen, (Andreotti refiriéndose a nuestra política), que aquí manca finezza, y se quedan cortos. Aquí tenemos gerifaltes que son neurocirujanos operando con legona. Y algunos pacientes aplaudiendo la suerte y diciendo que con qué mejor

Pero cuando pintan bastos en Italia se ponen de acuerdo, a veces en el último segundo, ya asomados al barranco. Y se sacuden a los extremos, esos insectos dañinos que les caen en el hombro a las democracias, las parasitan, chupan de ellas todo lo que pueden, las infectan y las hacen peores, las cuestionan y las ponen en peligro. De palabra o de obra. Un hereje está bien en su secta, pero no en la conferencia episcopal.

En Italia se ponen a las cosas, ese consejo que un Ortega y Gasset escaldado dio a los argentinos en 1939. Aquí nuestras cosas vienen siendo el Hasél, el impostado e inexistente problema de los estudios de la infanta, o el inoportuno de si monarquía, república o directorio, si son presos podencos o políticos galgos, si nos vamos de la sede, como el que deja un hueso en un santuario creyendo dejar con él la artritis, si nuestra democracia es de recibo (o de albarán) o si la podemos estropear para que deje de serlo. Si la caja de estos era A o B y la de aquellos C o D, a ver quién está pagando la niñera,  si odiamos al que debemos de odiar o no atinamos al elegir, si nos ponemos de acuerdo en qué hay que olvidar y perdonar y lo que no; si al dar por bueno que alguien se crea Napoleón debemos también alojarlo en las Tullerías y luego enterrarlo en la iglesia de los Inválidos, si a esta ley le buscamos opositores porque no la hemos presentado nosotros, si Jack el destripador era o no era un hombre de paz, si la libertad de expresión se amplía a adoquines, teas y saqueos, si los okupas existen o es ilusión, si la violencia policial en los disturbios debe ser proporcional a la de los vándalos o si sería necesario y más razonable que fuera mayor, como poco disuasoria, a menos que queramos contemplar con interés deportivo quién gana, cuando está claro quién necesariamente tiene que ganar. Salvo los que se ponen en corto respecto a la democracia, que los hay, y bien situados, hasta excelentísimos. Si gastar millones de dineros públicos en financiar los desvaríos de mi secta,como viene ocurriendo decenios en Cataluña, es malversar, robar o es gasto corriente, si aquella asonada parlamentaria, entre surrealista y alucinatoria, fue golpe o gachapazo, si la justicia debe de ser independiente o lo suyo es que dependa de mí, etecé, etecé. Esas son nuestras cosas, una pequeña muestra de ellas. Las que nos entretienen. Estos son (o quieren que sean) nuestros dilemas, entre otros que, como decía el físico teórico Wolfgang Pauli acerca de algunos argumentos estrafalarios: ni siquiera son falsos.

 Siempre nos pilla el toro, y más desde que hay tanto antitaurino. O el virus. Uno porque corre mucho y ya no sabemos escurrir el bulto, otro por que no se le ve venir y porque hay más virus que mihuras y victorinos. Hay muchas cosas más gordas que tampoco vemos, ni queremos ver, ni ir ni venir ni caer. Por eso también nos pilla la nieve en una carretera que se nos avisó que quedaría bloqueada. Que vengan por mí, pero ya, que para eso está el Estado, el gobierno y la diputación. Si no el ayuntamiento. Para eso y para todo, que yo con nacer ya hice lo mío y de pagar impuestos, tampoco hay que pasarse. Pues anda este. El problema nacional durante la pandemia ha sido más el cierre de los bares que los muertos, para qué nos vamos a engañar. De todas formas casi todos eran viejos demás, aparte de que las pensiones se ponen en un Perú. No hay mal que por bien no venga, habrán pensado algunos jóvenes rumbo al botellón, si es que algo piensan. Afortunadamene la mayoría son mejor que eso. De infamia a infamia, como algunos no saben si este país es uno o trino, como ocurre con todo lo espiritual etéreo, volátil o licuable. Desde luego el país es exprimible, que el mundo tiende a lo líquido y no está demás ayudar al proceso. Y repartible, parcelable y escriturable, que el terruño es el terruño y a ti te encontré en la calle. Quedamos en tener autonomías, no autonosuyas, que los territorios también se inmatriculan, lo que no es raro dado el porte y carácter episcopal de algunos dirigentes meapilas y trabucaires de talante carlistón.

 En fin. Aunque no creo que fuera suya la frase, hubo un presidente de la diputación de Albacete que, apaletando el lenguaje tal vez para sugerir que era refrán, no idea suya, decía que “a gastar mientras haiga y cuando no haiga, a poner orden”. Cuando llegue el momento de hacer la raya y sacar cuentas, si por entonces hay en el gobierno alguien que recuerde cómo era eso de sumar llevando, que no llevamos camino con tanta y tan mala reforma educativa, no sé si estaremos ya a tiempo de poner orden, que vivimos de prestado desde hace ya demasiadas legislaturas. Y un país, como una familia o una empresa, puede pedir un préstamo para un gasto urgente, imprevisto, ocasional. Para financiar una inversión, una casa, una infraestructura, única deuda o hipoteca que se debería dejar como herencia. Pero no como modus vivendi para pagar las nóminas ni para comer. Si no ganamos ni para comer, hay que cerrar la boca y la industria. Y en esas están ya muchos, sin comerlo ni beberlo, que ni hay dónde ni con qué. Lo que no podemos es cerrar el país, aunque a no pocos le gustaría. Sigamos debatiendo de gilipolleces y dedicándonos a justificar paridas, o a rebatirlas, siempre según quién las diga, que el despertar va a ser crudo y la casa sigue sin barrer.