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jueves, 27 de octubre de 2022

Epístola censora y cancelatriz


RR.SS.

   Podríamos pensar que son malos tiempos para mentirosos, aunque siempre suelen ser peores para los sinceros. Gracián decía que el mentiroso tiene dos males: ni cree ni es creído, y de paso les recomendaba para ejercer el oficio el tener buena memoria. Añado yo que, al menos, alguna más que aquellos a los que engañan. Pero eran otros tiempos y otro el rigor de aquellos caballeros de negro.

Hoy hay una inmensa tolerancia (incluso rendida predisposición) ante la mentira, amplísimas tragaderas y medio nos enteramos de demasiadas cosas como para recordarlas todas, que los Funes no abundan. En ningún sitio pasan tantas cosas como en el mundo, que decía mi abuela Leopoldina. De forma que cada uno recuerda lo que puede, hasta donde alcanza, lo que Dios le dio a entender y, más a menudo, lo que le conviene, que muchos expurgan los recuerdos como las lentejas.

Debería predominar lo olvidado, que pocas cosas hay dignas y dulces de recordar, pero, para desgracia de embusteros y falsarios, todo queda hoy grabado, registrado; se hace eterno y notorio lo que nació para efímero y reservado. Cualquier conversación particular, producida en un ámbito muy reducido y privado puede difundirse, a veces pasado el tiempo, a menudo parcialmente y siempre obviando el contexto, situación y alcance de lo dicho. Se conservará para el futuro un inmenso banco de mentiras.

La verdad es que nadie resistiría (ni resiste) esos escrutinios, ninguno está siempre acertado ni a salvo de haber dejado escapar algún disparate, falsedad o inconveniencia en algún momento. En broma o en serio, con ironía o con una mano en la Biblia, tranquilo o airado, sereno o en poder de las uvas, por provocar o con convencimiento, ante estos o ante los otros, de joven o de viejo, en la barra de un bar o en un congreso de filosofía de la moral, hablando o por escrito, entre risas o llorando. Nunca deberían, por otra parte, tenerse en cuenta las palabras o frases cometidas durante la conversación con un tonto, un fanático o un nacionalista. Menos con alguien que sea todas esas cosas y algunas más. Siempre el nivel de un debate estará a la altura del peor y más desequilibrado de sus participantes y hay quien hace hablar, y mal, a los toros de Guisando.

   Nunca falta un mandria con un móvil y una cámara. Todo queda, todo se difunde, todo se utiliza. Si acaso, lo único que alguna vez resultó seguro, no comprometedor, era el silencio. Ahora tampoco eso. Siempre quedará el reproche del no te oí yo decir entonces, del que calla otorga, del hay silencios cómplices y demás pruebas de cargo. No hay cosa peor que dejar huellas. Por eso una presa es más fácil cuantas más ha dejado. Hoy son vídeos, conversaciones grabadas, twits y comentarios en las redes. Peor lo tienen quienes dejaron una obra escrita o reproducible por cualquier medio, hoy a merced de desocupados exégetas rastreadores de incorrecciones y de otros que sitúan el debate en el pasado, desde un presente que no saben manejar.

   Las leyes y penas no se pueden aplicar con carácter retroactivo, que cambian los tiempos y con ellos los criterios y los valores. Poco a poco o a perchones, de forma tanto más súbita cuanto menos firmes sean, pues quien carece de ellos es quien menos se resiste al cambio. Incluso de forma venal. Sin embargo, a lo más sólido y deslumbrante que nos han dejado los siglos como herencia les aplicamos un presentismo y una retroactividad moral que la ley positiva en vigor no consiente aplicar ni a un asesinato. Como no estoy muy al día en derecho, no sé si hablar de ley natural resultará ofensivo para alguien, teniendo en cuenta que hay que andar con ojo y atarse los machos antes de decir que algo es natural o normal. El romano sé que está vigente en espíritu, como lo están las Partidas de Alfons el Sabut en algunas zonas de los Estados Unidos de Norteamérica del Norte, antes provincias españolas.

   Cambian las circunstancias y con ellas las ideas y los principios que siempre, en cada momento, se consideraron inmutables, y les siguen los criterios que terminarán por acomodar a los tiempos la moral y las leyes. Son cambios lentos. Y mala cosa cuando no lo son. Hoy no reconocemos el derecho de conquista, salvo si el conquistador es invencible o resulta demasiado peligroso, que entonces sí, que no siempre la paz viene del brazo de la razón y la justicia. Pero, salvo algún perturbado, no reprochamos a los persas o a los asirios, ni a los visigodos o a los almohades y a tantos otros, que se apropiaran por las bravas de países enteros, saqueando y esclavizando a los que, pensando lo mismo que ellos, esa vez les vinieron mal dadas. Hoy por ti, mañana por mí, pensaban unos y otros. Paciencia y barajar. Salvo cuando nos referimos a nuestra propia Historia, tema en el que los más obtusos y desinformados se muestran justicieros inmisericordes y quisieran aplicar a los difuntos, muchos siglos a posteriori, el código penal vigente y lo recogido en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Hernán Cortés al Tribunal de la Haya, por eso de los crímenes imprescriptibles, concepto bastante relativo, de aplicación selectiva, opinable y dudosa, además de imposible. Pero así andan las cabezas. No todos son tan ilusos, pues hay entre los pobladores de esos dos extremos de la política que bordean y a veces traspasan las lindes de la locura, quienes llevan otra liebre, la de apuntalar ideologías y visiones que necesitan cimentar sus variopintas y disparatadas interpretaciones con tan vaporosos y remotos antecedentes, convenientemente cernidos y sazonados.

   Con razón o sin ella, vemos que soportan inmerecidos o desproporcionados descréditos, padecen ostracismo o sufren las condenas de esta puesta al día del Santo Oficio que hoy llaman cancelación, personajes como Woody Allen o J.K. Rowling, entre una copiosa lista de damnificados por la estupidez reinante. Se exige a los contemporáneos una total sumisión autocensora y adocenada, una ejemplaridad calvinista, mientras que con los antecesores, casi todos de la cáscara amarga, se procura identificar al autor con sus personajes, sacarlo a rastras de su tiempo y su circunstancia, a menudo más libres y, en ciertas cosas, menos tiquismiquis que los actuales, para comparecer ante el tribunal de las nuevas correcciones. Tienen la ventaja los vivos citados de que aún bullen, conservan la voz y la pluma para defenderse, y además el consuelo que cita la autora de la saga de Harry Potter, que mucho bien ha hecho a la iniciación y al gusto por la lectura, tanto que hay quien considera muy conveniente quemar sus libros. Dice la escritora que no le gustan esos ataques, pero que cada vez que recibe el cheque con los derechos de autor en su castillo, se le alivia mucho el disgusto.

    Peor lo tienen los muertos, desde Homero, un puto machista belicoso, Kipling, un imperialista sanguinario, Neruda, un mal padre, Marx un mantenido o Picasso, un maltratador. La lista es infinita, total, nadie queda fuera por una u otra culpa o flaqueza, cierta o supuesta. Me imagino que a estos también les da lo mismo ya. Más debería preocuparnos a los vivos haber dejado al mando del tamtam y el timón de la galera a los que andan con la brújula averiada, reconocerles la autoridad para marcar el ritmo y la dirección de nuestros gustos y de nuestros juicios. Yo no tengo el consuelo ese del cheque rebosante de libras esterlinas de la Rowling, pero también procuro desde mi celda pasarme por el arco de triunfo las tablas de la ley de tantos y tantos botarates, tan fanáticos como poco ilustrados, sean orgánicos, inorgánicos, de derechas, de izquierdas, de aquí o del más allá. Y menos del campus de Standford y de otros algodonosos antros elitistas, guarderías de las reblandecidas y tiernas mentes de los retoños del imperio, que desde hace decenios nos iluminan las rutas del progreso. Luego las “vanguardias progresistas”, ubicuas propagadoras de esta peste neocorrecta, reprochan retóricamente a los obreros votar a la derecha, a la populista o a la montaraz que, a su vez, también tienen sus cancelados y sus bestias negras. Que se lo hagan ver unos y otros, que resultan tal para cual. «La metad del mundo se está riendo de la otra metad, con necedad de todos», que decía Gracián. Nunca voy a cancelar de mi biblioteca por consejo o imposición de tales acémilas, más o menos ilustrados, a gente excepcional, única, mejores que los que hoy los censuran, cuyas obras han remontado contra vientos y mareas los embates de los siglos, cada uno con sus lunáticos, sus inquisidores, sus obispos, sus intransigencias, sus quemas, sus censuras y sus represiones. No sospechaban que, tras centurias de lucha y progreso hacia la libertad, iban a acabar chocando con los mismos perros con distintos collares. Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros.

   En realidad, son controversias de salón. Diatribas insustanciales y pasajeras, artificiales, aunque no inocuas. Que algunos proscriban la lectura de ciertos libros a sus feligresías no deja de ser chocante y peregrino, pues la mayoría de sus cofrades no tocan un libro ni con un palo. Pero a los predispuestos a leer, que son los menos, y a las mentes más débiles, que son las más, si les diere por leer algo, estas curias prescriptoras, con sus mezquinos raseros, les podrían privar de lo excelente para hacerles revolcarse en lo efímero y circunstancial, normalmente banal y prescindible, mera autoayuda voluntariosa y falaz, destinada a un olvido en el que se apagarán definitivamente los nuevos censores con sus libelos y recomendaciones. Obra, lo que se dice obra, van a dejar poca. Este siglo, como el pasado, como todos los anteriores, añadirá algunos escasos monumentos a un canon secular muy exigente, verdaderamente democrático, pues solo el aprecio numeroso y mantenido de los lectores salva unas contadas maravillas de las erosiones del tiempo y de los embates de críticos sectarios, analfabetos, orates y demagogos, siempre comidos por la envidia y el rencor propios del mediocre.

   Y ya no hablamos de crítica literaria o artística, a menudo reemplazada por publicidad de encargo, más o menos encubierta, y casi siempre interesada e injusta, sino del desconcierto de unos tiempos que, según Umberto Eco, dan voz y espacio público a una inmensa manada de imbéciles, que se sienten autorizados para prescribir y para censurar. Y su criterio, si es que es suyo, tiene poco fuste, siempre centrados en sus ingenierías sociales, cosa no nueva, por otra parte. Lo que es más novedoso es la insustancialidad casposa y ovejuna de los prescriptores. En sus juicios, lo cierto, lo relevante, todo lo útil, elevado y razonable, si entra dentro de lo que pudiéramos llamar normal, palabra peligrosa y en desuso en la actualidad, queda eclipsado y sustituido por lo que pudiera resultar anómalo, disparatado, sorprendente, o mejor escandaloso y conflictivo. Prácticamente a algunas peñas no les interesa otra cosa. Es su alimento, como fustigar es su oficio.

   Necesitan oscurecer todo lo ajeno para que se perciban sus luces mortecinas y desfallecientes, para mostrar algún reluzor entre las penumbras que quisieran crear a su alrededor. Aman la mediocridad y odian la excelencia, inalcanzable para ellos. Sólo rebajando lo que destaca y se eleva creen poder aparentar altura. Como las plantas, desde las rosas a los cardos, medran sobre el estiércol.  Sus ojos enfocan a la mancha, a la mota de polvo, tal vez única, en una repisa o en una tela por lo demás limpias. O en una biografía. El terciopelo les acaba arañando la mano, siempre encuentran alguna fibra al bies, algún pespunte fuera de parva que les raspa, les hiere, les ofende. Practican una delicadeza bárbara. Nadie merece la salvación salvo ellos. Pero para tasarlos en lo que realmente valen hay que mirar sus santos y sus profetas, sus ídolos y sus referentes. En todos los demás, vivos o muertos, encuentran hoy, vistos a través de la lente de sus novedosas y pujantes moralinas y censuras, algún pecado mortal que arruine su trayectoria, que oscurezca o borre cualquier otra aportación, que lo descalifique. Ya nunca verán películas de este ni leerán libros de aquel. Jamás volverán a escuchar las canciones de la otra ni a admirar las pinturas de aquel impresentable. Y estos nuevos oscurantistas harán lo posible, hasta donde su poder alcance, para que nadie lo haga.

Su rigor rencoroso no deja espacio al reconocimiento ni a la gratitud por lo recibido, por lo disfrutado. No renuncian a la herencia, pero la vituperan con la saña envidiosa del que se sabe incapaz de mantenerla y menos de acrecentarla. Siempre hay un pero, siempre hay un reproche, una tara imperdonable. A base de no mirarse, tan memoriosos para unas cosas como olvidadizos de otras, pues sus recuerdos selectivos se vigorizan con los rabillos de pasa de la conveniencia, llegan a tenerse por perfectos, por encima del bien y del mal. En los demás nunca falta un yerro o un defecto, una caída, un desacierto o un descuido que desequilibre en su fina balanza el plato de los méritos, siempre livianos, frente al peso de las culpas. No necesitan recurrir al potro para arrancar la confesión de sus reos, pues sus procesos son sumarios, expeditivos, sin eventual recurso ni posibilidad de defensa. Conocemos más sus sentencias que sus fundamentos y sus argumentaciones. Son los tiempos los que te condenan, no yo. Te has puesto contra nuestra verdad, que es la del momento, atacas nuestros dogmas, eres un peligro que hay que acallar o erradicar. Te atizaremos con la tea del descrédito, los fieles se avergonzarán de ti y pocos se atreverán a defenderte y ponerse en contra de los vientos dominantes.

Esta tropa siempre se alista para las batallas ganadas, se apunta a las causas fáciles de defender, las que se sostienen solas, pero huyendo de matices que exploren sus bordes más borrosos, esos donde habita la duda y que pudieran dar pie a deliberaciones y tomas de postura más comprometidas. En la batalla se esconden en la masa, nunca se sitúan en las alas, donde la lucha es más feroz y decisiva. Nunca los verás rondar por esas fronteras. Sus límites les vienen dados. Hasta aquí podemos llegar sin mayores riesgos. El sentir con los menos y hablar con los más, también de Gracián, que remata diciendo que «antes loco con todos que cuerdo a solas». Siempre hay un número suficiente de creyentes que saldrán en tu apoyo, mientras no seas puntilloso o pejiguero ni te aventures a sacar los pies del tiesto. Lo mejor es acudir  siempre en defensa del vencedor, que a moro muerto gran lanzada. No importa que no sepas lo que dices ni el porqué o las consecuencias de lo que defiendes. No te importe contradecirte, aunque debes procurar cambiar de opinión con el resto del coro, a tiempo y nunca el primero, que la soledad no evidencie tu voz destemplada. Acógete (mejor dilúyete) en la masa, escondido en ella, que el número te ampare, ya que no una razón que, si existe, se te escapa. Pero tú no has llegado hasta allí razonando, inédito el caletre, sino asintiendo, sumándote al grupo de más bulto. Si tantos lo dicen, razón deben llevar, como las moscas. Además, son los buenos, los míos. Por eso estoy con ellos, porque parece que hoy son más. Si tienen errores y cometen desmanes es por necesidad. Seguro que les duele. Tampoco es cosa de restregarse por el fango y mostrar los trapos sucios, dar armas al enemigo. A diferencia de los otros, cuya esencia es la maldad, una persistencia en el error que solo una patología puede explicar.

La única enseñanza provechosa que de estos personajes podemos aprender es tomar por costumbre leer, ver y escuchar precisamente lo que intentan prohibirnos, lo que ellos odian. Seguramente tenga algunos fallos la regla, pero, así a ojo de buen cubero, funciona. Nos garantiza un alto porcentaje de acierto. Al menos evitaremos ser como ellos.

-o-o-o-o-

Fábula escrita en Venezuela en el siglo XIX por Víctor Manuel Pérez Perozo,
aunque la podría haber escrito hoy mismo:

 EL ASNO MANIFESTANTE

Entre ¡mueras!, ¡abajo!, silbatinas
y cáscaras de papa y de banano,
patos, gansos, conejos y gallinas
arrastran al marrano.

De paso, un asno acércase al cortejo
e inquiere a un pato viejo:
—¡Quién es? ¿Por qué le tratan de ese modo?
—No sé; Lo ignoro todo.

—¿Y a ti qué mal te ha hecho?
—Ninguno; lo veo hoy por vez primera.
—No tienes, pues, derecho
a ensañarte con él de esa manera.

El diálogo a esta altura,
indignado el palmípedo murmura:
—¡Estúpido, borrico,
mientras lo insultan todos en la calle
quiere que yo me calle,
como si no tuviese tambien pico!

¿De seguro el borrico con gran pena
se alejó de la escena?
¡No tal! A poco rato,
con cara de asesino,
y más furor que el pato,
también echaba ¡mueras! al cochino.

 

martes, 15 de febrero de 2022

Epístola genial y vocabularia

 

«El genio del idioma», «La seducción de las palabras», «Palabras moribundas», «Defensa apasionada del idioma español»… Estos son algunos de los libros, todos de recomendable lectura, en los que Álex Grijelmo, entre otras muchas cosas, nos habla del «genio del idioma», que viene a ser el criterio colectivo, tan misterioso como inapelable, del conjunto de los que emplean una lengua como herramienta de comunicación. Ese genio es quien al final dictamina, quien decide si acoge o rechaza, quien, con sabiduría antigua, acaba sentenciando a los vocablos o expresiones de varia procedencia que surgen o que invaden, permitiendo a unos pervivir, condenando a otros a desaparecer en el caldero siempre en ebullición de una lengua viva. Nadie tiene mando en esa plaza. Nada hay más democrático que una lengua, un mundo en referéndum perpetuo que a lo largo de los siglos va eligiendo unas soluciones, mientras rechaza otras. Sobran imposiciones, arbitrios, proyectos de ley o campañas evangelizadoras. No funcionan; el genio, que somos todos a una, es inmune a esos manejos. Cientos de millones de hablantes acaban defendiendo lo que es suyo, lo que es de todos, frente a gustos, manías o pretendidas correcciones particulares de unos pocos. El lenguaje debe de ser capaz de expresar tanto lo correcto como lo que no lo es, lo santo y lo perverso, y es espejo, no pintor. Hable usted como quiera y deje a los demás hacer lo propio. Los usuarios darán su veredicto colegiado, adoptando unas formas y usos y despreciando otros. Y que gane el mejor.

Es muy tranquilizador ver cómo funciona una lengua a la larga, superando riesgos y retos ocasionales. Ese genio es el que da por buenas palabras como cefalópodo mientras rechaza cabezópodo. Bueno es platirrino o bocachancla, malo planijétido o monohuévido. Nos permite construir neologismos recurriendo a los abuelos de la lengua, el latín y el griego, solos o mezclados. Pero no bendice bodas entre una aristocrática palabra de los ancestros con otra plebeya, incluso de las que florecieron cuando nuestro idioma era todavía algo nuevo, en formación, pero ya apuntaba maneras de devenir sólido y diferenciado. En otros casos se muestra más liberal, pues suele tener manga ancha con la ciencia y la tecnología, con la poesía y con la aldea, pero sin salirse de sus manías, que suelen ser norma. Es el mismo duendecillo terco que lleva siglos sin permitir la aparición de nuevos verbos terminados en -er (muy pocos han brotado una vez consolidado el idioma), ninguno en -ir, pocos y antiquísimos. Si se crea un nuevo verbo, el neologismo acabará invariablemente en -ar. De las tres conjugaciones, sólo queda disponible la primera. Podría aparecer una mente original que quisiera romper esa norma y parir la palabra “cliqueer” o “cliqueír”. Sería inútil, el martinico es muy taimado y por ahí no pasa. Cuando empezó a utilizarse en los ordenadores un nuevo artilugio señalador, ese ratón que, perdida la cola, ya nadie llama “mouse”, se extendió el uso de “cliquear”. Los que propusieron esa palabra, sin antes buscar en nuestro idioma otra mejor que pudiera reciclarse para ese significado, perdieron la guerra y acabó venciendo “pinchar”. Como ocurrirá con “pen-drive”, para el que ya vamos buscando sustituto castizo. El tiempo y los usuarios decidirán si, al final, nos quedamos con lápiz USB, chupete, archivo externo, o vaya usted a saber. Lo de USB tiene menos arreglo, pudiéramos pensar, pues quien inventa bautiza, pero seguramente memoria iría bien. Tampoco conviene ponerse a estrujarse la cabeza en ello, pues el geniecillo abrazará a una sola palabra, mejor que dos, cuando a alguien se le ocurra. Y se le ocurrirá.

Es el mismo genio, cierto que lento, que desterró del uso palabras como speaker, interviuvar o outside, para acabar imponiendo locutor, entrevistar o fuera de juego. Tarda tiempo, pero va limpiando. Y es el genio, es decir, el sujeto colectivo de los hablantes, no la Academia, quien limpia, quien decide, quien busca y a veces encuentra términos propios, de los que llamamos patrimoniales si han evolucionado dentro del meollo de nuestra lengua desde el latín vulgar, u otras incorporaciones antiguas, ya sin uso o con otro distinto hasta ahora, para sustituir esos barbarismos. Como el afortunadísimo reciclaje de la palabra azafata, que del árabe as-safat, cesto, pasó al castellano azafate con igual significado, para terminar nombrando azafata a la dama que llevaba a la reina el azafate de la costura, con los reales hilos, el dedal real y las no menos regias agujas. Y de ahí a los aviones de Iberia. La academia, por su parte, es simple notario, aunque muchos le pidan que ejerza de juez o de creador.

No pocos de esos anglicismos se quedan a vivir entre nosotros, una vez los vestimos con un traje local. No hemos encontrado nada mejor que túnel, vagón, yarda, líder o récord, entre otros cientos o miles de palabras para cuyos conceptos asociados no teníamos ni hemos encontrado aún nada mejor. A los angloparlantes les ocurre igual y para ciertas cosas han adoptado no pocas de nuestras palabras: fiesta, amigo, suave, caballero, señorita, latino, sierra, burro, patio, bravo, maestro, plaza, olé, tapas, gusto, sangría, paella, arena, barrio, cafetería, aficionado, guerrilla, liberal, solo, vigilante, bonanza, lolita, macho, mosquito, hombre, siesta, hasta la vista, mi casa es tu casa… Incluso cojones. ¡Manda huevos!

Lo que ofende o perjudica no es que un idioma tome de otro palabras de las que carece para designar algo nuevo o porque ofrecen matices que uno no consigue encontrar, por el momento, en ninguna palabra de su lengua. Eso es bueno, antiguo e inevitable, enriquece unos idiomas tomando prestados, sin intención de devolverlos, aciertos lingüísticos ajenos. Siempre ha ocurrido y ocurrirá así, solo que va cambiando la lengua de prestigio de la que se van tomando. El castellano desde hace más de mil años, desde su nacimiento, fue incorporando durante siglos cientos y cientos de hermosísimas palabras árabes que ya son parte constitutiva y esencial, además de singularidad y ornato de nuestra lengua. La ciencia siempre recurre a las lenguas clásicas; las novedades tecnológicas, hoy, al inglés. La desgracia no es que importemos las palabras, sino que tengamos que comprar además los inventos, las ideas, los artilugios que así, en su idioma, nombró quien los invento y nos los vende. El que inventen ellos sale carísimo.

Lo malo son los palabros innecesarios (y a veces malsonantes para nuestros oídos), y ninguna necesidad tenemos de estropear el idioma utilizando coach por entrenador, bullying por acoso, mail por correo, kit por lote o equipo, followers por seguidores, link por enlace, online por “a distancia”, meeting por encuentro (ya adoptamos mitin para una reunión pública de carácter político), crowfounding por colecta o financiación colectiva, ranking por clasificación, newsletter por boletín, streaming por en directo, o influencer por gilipollas mediático. Cuando se llega el extremo de ir salpicando cada frase con un anglicismo de forma innecesaria, más que otra cosa revela las miserias del hablante, el ridículo afán de darse lustre (pisto, que decimos en La Mancha), de aparentar ser persona de mundo, políglota y cosmopolita, cuando más se retrata como snob o petrimetre, por usar adjetivos foráneos ya bien aclimatados que, por coherencia con lo escrito, dejaremos en cursi y pedante, ridículo y pretencioso. Dígamelo todo en inglés, por favor, lúzcase si puede, pero no me someta al tormento de esa mezcolanza patética.

En otras ocasiones se usa el anglicismo como eufemismo. Siendo mala la realidad a nombrar, una palabra foránea, a medias entendida si acaso, parece dulcificar lo crudo o abusivo de lo que así se escamotea a la comprensión: riders, call center, fakenews, co-living, job-hopping, usados por no nombrar en castellano castizo lo que en verdad son, de una forma que todos entiendan: distintas formas de precariedad, de abuso, de avasallamiento, de presentar como normal y deseable el vivir realquilado o dar por natural o pasable la mentira. Lo malo es que, como se lamenta Grijelmo "en apenas medio siglo el inglés ha colocado tantas palabras en las bocas de los hispanohablantes como el árabe en ocho centurias". Y eso resulta un innecesario e injustificable servilismo lingüístico.

Antes o después, el genio del idioma nos obliga a llamar a cada cosa por su nombre. Si no puedo alquilar una casa, menos comprarla, y tengo que resignarme a realquilar una habitación, llamarle a esa situación co-living, quedará más bonito, pero no mejora mi situación ni la ajena. Y no es exactamente convivir, que hay matices que la diferencian de un co-vivir, juntos pero no revueltos, con derecho a cocina. Llamar nesting a quedarnos en casa, en el nido, nada aporta, salvo que esa palabra no nos cuenta si se hace por gusto, obligación, necesidad, confinamiento o arresto domiciliario. En fin, cuando no se quieren nombrar las cosas en román paladino, de una forma que todos las entiendan, si se ampara uno en tales encandilamientos léxicos, es señal de que alguna liebre se lleva en mente.

Acabará el geniecillo dándoles en el testuz a los amantes del alargamiento innecesario de las palabras, no sólo a los que eligen la más rebuscada de las disponibles, sino a los que añaden sílabas innecesarias creyendo que la palabra más luenga, campanuda y descomunal es mejor que la más breve y concisa. Hay quien cuantifica las monedas del bolsillo, creyendo que resultarán ser más que si simplemente las cuenta; le parece más de temer la peligrosidad que el peligro, o cree que diciendo intencionalidad borra la posibilidad de que sus intenciones sean malas. Como decimos, al final, el genio del idioma se acaba imponiendo. Como su longevidad le hace un ser sin prisas, a veces nos pone nerviosos, creyendo que se ha desentendido del problema. ¡Señor, dame paciencia! ¡Pero dámela ya!.

A algunos les ocurre esto de los nervios, entre otras cosas, con los excesos del lenguaje inclusivo, empezando por el repetido y cansino desdoblamiento de género, cuando de él se abusa hasta la parodia. No hablemos de desafueros como el niños, niñas y niñes, o el infumable tod@s, engendros condenados al fracaso, al olvido. Serán algo extraño, harán sonreír dentro de un tiempo incluso a los que hoy aún no lo ven así, que no son demasiados. Ese genio del idioma (al contrario de lo que a mí, goloso de las palabras, me ocurre), ama la brevedad, la concisión, odia el alargamiento innecesario, la perífrasis, la redundancia, la repetición. Y, se quiera o no, es muy tradicional este duende taimado, siempre reacio a desprenderse de vetustos estereotipos y prejuicios, este martinico de la lengua que no gusta de peregrinos inventos  ni ocurrencias, ni siquiera de algunas que, siendo razonables, además serían convenientes. Pero necesita tiempo, pues el tiempo a menudo nos lleva a olvidar ciertos problemas antes de habernos puesto a encontrarles una improbable solución; lo que viene a demostrar que no eran tal problema. Gran parte de las palabras que la Academia reconoce, tal vez con precipitación, acabarán languideciendo, criando telarañas en el diccionario. No desaparecerán del uso generalizado, porque nunca lo alcanzarán, y en pocos lustros sonarán a jerga minoritaria, a moda ya antigua. Y habrá que señalar al lado de su definición su carácter de vulgarismo, de palabra ya inusual, propia de un momento, un lugar o una tribu concreta. Bien está que figuren en las páginas del diccionario, que para eso está, para buscar los usos de palabras a veces poco frecuentes, pero etiquetadas como de uso poco recomendable para un habla o escritura llanas, pero de un cierto nivel cultural, entendible por una mayoría de los cientos de millones que hablan nuestro maravilloso idioma. Que, afortunadamente, está a salvo de cualquier ataque y, a largo plazo, también de ocurrencias, postureos e inventos de las diferentes tribus, aunque no de estos molestos sarpullidos temporales.

jueves, 23 de diciembre de 2021

Epístola navideña

    Ataviado con una sudadera de la Universidad de Illinois, gorra de béisbol con larga visera y zapatillas de tenis fluorescentes, el taxista mexicano acaba de recibir por Twitter la proclama de algún luminoso pensador patrio, quien sostiene que la Navidad es nociva porque no se trata de una fiesta de origen prehispánico “y es ajena a nuestra idiosincrasia”. Un avasallamiento más de los conquistadores que arramblaron con nuestros benévolos dioses, sustituyendo su culto por estas idolatrías foráneas, hoy reducidas a una orgía de consumo patrocinada y abonada por el capitalismo colonialista. Un monstruo hambriento y uniformador que impone costumbres, necesidades y celebraciones para luego sacar buena renta de nuestros inducidos excesos. El susodicho chófer, recién concienciado por las palabras del activista sobre ese desmán cultural, ve venir a un cliente cargado de bolsas de regalos y se ve obligado a reprocharle su claudicación ante los males que acaba de descubrir, vía revelación hertziana.

    El alienado cliente se defiende de los reproches del taxista evangelizador respondiendo que, como su atuendo, tampoco el taxi ni el teléfono por el que se le alecciona son prehispánicos, ni es de suponer fueran usados por los aztecas mientras cursaban improbables estudios en la mentada universidad.

    Leo lo anterior, contado con más detalle, en un artículo de prensa escrito desde México en el que también se nos relata otro episodio en un mercadillo rotulado de cooperativo y solidario, que no navideño, aunque aprovechador del rebufo consumista de estos fastos, en el que se ofrecen productos sostenibles, nada baratos pero tan naturales como los gorgojos que a menudo albergan, mermeladas orgánicas y extrañas artesanías: lámparas, tallas, tapices y otros objetos decorativos étnicos, a veces suntuarios, a veces hermosos, otras horripilantes. Justo lo que un niño desearía encontrar al abrir el paquete. Todo sea por no hacer el caldo gordo al capitalismo y a la mercantilización de las tradiciones. Añade algún otro caso similar de vacuos postureos ideológicos, devaluados por las contradicciones de los posturales. Hasta aquí el artículo, firmado por Antonio Ortuño.

    Hubo una época, no sé si mejor, en la que, sin teléfonos móviles, radios, ni otros inventos de presencia continua y absorbente, la gente tenía muchos momentos en los que se encontraba a solas con el silencio, lo que algunos aprovechaban para pensar. No es que todos llegaran en sus meditaciones a las alturas de Zubiri o de Platón, no; pero el quedarse a solas consigo mismos hacía posible que algunos consiguieran destilar algunas opiniones propias sobre esto y aquello. No cabe suponer que eso necesariamente los llevara al acierto, cosa que rara vez alcanzamos, pero al menos se equivocaban solos, sus errores eran propios y, ante cualquier mensaje u opinión ajena, entraba dentro de lo posible que tuvieran algún reparo o argumento de su cosecha que aducir. Desaparecido el silencio, con él se han perdido también las armas que ofrecía la reflexión que éste favorecía, el propio pensamiento, dejándonos abrumados e indefensos ante un mundo abarrotado de ruidos y mensajes contradictorios que embotan nuestros sentidos y enturbian nuestra razón. De esa forma abundan los que hoy alcanzan la madurez, la jubilación o la tumba sin haber dedicado en su vida cinco minutos seguidos a pensar. Es más fácil así que cualquier mensaje se dé por bueno, que, arrastrados por la corriente, las opiniones se asuman de forma ovejuna. Las ideas ya nos llegan masticadas, hasta digeridas, simples lemas avalados por una multitud, amorfa pero acogedora. Fuera de ese abrigo tribal hace mucho frío. Casi siempre vienen en colección encuadernada, que las desgracias nunca llegan solas. Los más inermes las van acomodando en la estantería, seguros y confortados por el color de sus lomos, que no desentona con los que ya tenían, no la vayamos a joder.

    Se me ocurre pensar que aquí aún somos más complicados que lo que leo en ese escrito sobre México y la Navidad, puesta allí en cuestión por algunos garcías y lópeces por no ser celebración prehispánica, sino una “novedad” impuesta y foránea. Total y además, solo llevan 500 años celebrándola. Es mucho estirar del tiempo, de la Historia, del relato y de otras cosas importantes.

    En Europa debería resultar más difícil e improbable que nosotros,  julius, claudias y carolus, romanos de centésima generación, o marías y esteres, joseses, isaacs o jesuses, es decir, judíos culturales de enésima, comprásemos algunos de esos argumentos, a menos que se caiga en el autorrechazo o el olvido, que no poco de eso hay. De forma que se buscan otras razones para tropezar en lo mismo, pero peor. España, como parte de la civilización occidental por Geografía y por Historia, cuya base es cristiana, no escapa de ver asomar las mismas orejas con reproches y lamentos comunes, junto a algunos más locales. Aún quedan comecuras y enemigos del comercio, de los de Escohotado y de otros. Los hay que todavía no han asimilado la batalla de Lepanto, la toma de Granada, ni siquiera el decreto del 380 del emperador Teodosio. Si no llega a ser por este último, tal vez nuestra cultura derivaría del culto a Mitra, igual que si no hubiese sido por Lepanto y por el batallar de los reinos cristianos peninsulares de la edad Media, gran parte de Europa vestiría chilaba, por quedarnos en el mal menor. Somos hijos del pasado, cada uno del suyo. Ingratos y olvidadizos, pero hijos; a veces desabridos y descastados que, aún instalados con comodidad en la casa solariega y malbaratado el legado recibido, no pocos pretenden al cabo rechazar una herencia en la que no ven más que deudas. Quejosos de la raspa de un pez del que no dejaron ni dejan de comer sus mollas.

    Entre los argumentos en contra de llamar Navidad a estas fiestas, lo que no impide cobrar la paga extra solsticial, echarse un puente y cebarse a turrones, están tanto su original (aunque debilitado) carácter religioso —¡vade retro! —, como el evidente aprovechamiento comercial común en cualquier otra celebración. Lo que entraría dentro del terreno de lo milagroso es que existiera algo en nuestra sociedad de lo que no se intentara sacar provecho, pues hasta los revolucionarios se han desafilado mucho los dientes y venden hoy sudaderas, camisetas y gorras con sus marcas, lemas y proclamas. Se han dado casos en que su franquicia ha triunfado, que hay mucho mercado para la revolución entre los que han tenido la suerte de no vivir ninguna. El revolucionario es amante de los uniformes —textiles y mentales—, lo que, si cuaja, les permite sacar a bolsa la empresa y forrarse, causando de paso baja en la causa antisistema que inspiró los mensajes de sus exitosos productos.

    Un amigo de la tertulia virtual —que no virtuosa— de facebook se declara mitraico, que no equinoccial. Una medida muy prudente. No esperaba menos de él. Como aquello de Aceros de Llodio. Igual me hago, fíjate tú. A mi escaso juicio y puestos a adorar, el sol es una de las cosas más razonables a las que ha adorado la humanidad. No creó la vida, pero la hace posible, la mantiene. Bien por las Saturnales, que también vienen al caso y al momento. Al menos no dejemos de celebrar que existen el sol, el mar, el fuego, los pájaros y los árboles y, quien en ello crea, de agradecerlo a quien los trujo. Incluso las cepas y sus derivados, que lo de Baco no era moco de pavo. Como se ve, dentro de mi descreimiento casi infinito de todo lo humano y lo divino, soy más de animismos y panteísmos. Lo que es cierto es que esto es un sindiós y casi nada amanece por donde debe.

    En el carácter sagrado, ya desde antiguo, de estas fechas y estos cultos, solares en su origen, está claro el reciclaje por parte de pueblos y religiones distintas, a veces sucesivas, de mitos y creencias asociados de forma eterna, invariable y ubicua a una vida humana siempre condicionada por los ciclos naturales del sol, la luna, las estaciones, las cosechas, con ritos propiciatorios o de agradecimiento, mucho más antiguos que las religiones conocidas, pasadas o actuales. Y también es eterno que donde se reúne mucha gente, por celebración religiosa o profana, hay tenderetes, hay comercio, hay compras, ventas, ofrendas y regalos. Estos son los actuales sacrificios, y cierto es que en ellos y a toque de corneta quemamos un dinero, que a veces no tenemos, para hacer una ofrenda, regalando tanto lo que les gusta o necesitan como lo que no a personas queridas o cercanas; incluso convenientes mini sobornos a otras menos queridas, abonando el terreno que se quiere cosechar. Poderoso caballero, ahora y siempre. Bastaría con cerrar la boca golosa y tirar la tarjeta de crédito a un pozo, para así no comer ni gastar demás. Desconectar de paso el teléfono para evitar recibir ni enviar molestísimas felicitaciones, quien de ellas se queja.

    De entender todo lo anterior, admitiendo como cierto y lamentable el envilecimiento y mercantilización de todo lo espiritual, a seguir la consigna de desear felices fiestas para evitar decir Feliz Navidad va un trecho postural y neocorrecto que no voy a recorrer. Es desvarío que se nos recomienda cometer desde algunas instituciones europeas, despropósito que encuentra el terreno abonado en la dogmática confusión de algunos nacionales, que creyentes de las nuevas religiones laicas, descreídos de todas, desraizados, autoodiantes, mansos o desocupados hay en todos sitios. Lo que se pide es renunciar, se sea o no creyente, a un elemento básico y generador de nuestra civilización. Conclusión, dicho sea en términos científicos: no voy a hacer ni puto caso. Como a tantas otras cosas de la liquidez (o liquidación) actual. Y no me refiero a la económica, bastante escasa, al menos por mis partes. Hemos llegado a un punto en el que se nos quiere convencer de que las únicas costumbres, creencias, efemérides y celebraciones que, en aras del respeto y convivencia entre las distintas culturas, debemos evitar y proscribir, son las propias de la nuestra. Cero votos la moción.

    ¡Feliz Navidad!, pues. Y un abrazo.