martes, 15 de febrero de 2022
Epístola genial y vocabularia
Es muy tranquilizador ver cómo funciona una lengua a la larga, superando riesgos y retos ocasionales. Ese genio es el que da por buenas palabras como cefalópodo mientras rechaza cabezópodo. Bueno es platirrino o bocachancla, malo planijétido o monohuévido. Nos permite construir neologismos recurriendo a los abuelos de la lengua, el latín y el griego, solos o mezclados. Pero no bendice bodas entre una aristocrática palabra de los ancestros con otra plebeya, incluso de las que florecieron cuando nuestro idioma era todavía algo nuevo, en formación, pero ya apuntaba maneras de devenir sólido y diferenciado. En otros casos se muestra más liberal, pues suele tener manga ancha con la ciencia y la tecnología, con la poesía y con la aldea, pero sin salirse de sus manías, que suelen ser norma. Es el mismo duendecillo terco que lleva siglos sin permitir la aparición de nuevos verbos terminados en -er (muy pocos han brotado una vez consolidado el idioma), ninguno en -ir, pocos y antiquísimos. Si se crea un nuevo verbo, el neologismo acabará invariablemente en -ar. De las tres conjugaciones, sólo queda disponible la primera. Podría aparecer una mente original que quisiera romper esa norma y parir la palabra “cliqueer” o “cliqueír”. Sería inútil, el martinico es muy taimado y por ahí no pasa. Cuando empezó a utilizarse en los ordenadores un nuevo artilugio señalador, ese ratón que, perdida la cola, ya nadie llama “mouse”, se extendió el uso de “cliquear”. Los que propusieron esa palabra, sin antes buscar en nuestro idioma otra mejor que pudiera reciclarse para ese significado, perdieron la guerra y acabó venciendo “pinchar”. Como ocurrirá con “pen-drive”, para el que ya vamos buscando sustituto castizo. El tiempo y los usuarios decidirán si, al final, nos quedamos con lápiz USB, chupete, archivo externo, o vaya usted a saber. Lo de USB tiene menos arreglo, pudiéramos pensar, pues quien inventa bautiza, pero seguramente memoria iría bien. Tampoco conviene ponerse a estrujarse la cabeza en ello, pues el geniecillo abrazará a una sola palabra, mejor que dos, cuando a alguien se le ocurra. Y se le ocurrirá.
Es el mismo genio, cierto que lento, que desterró del uso palabras como speaker, interviuvar o outside, para acabar imponiendo locutor, entrevistar o fuera de juego. Tarda tiempo, pero va limpiando. Y es el genio, es decir, el sujeto colectivo de los hablantes, no la Academia, quien limpia, quien decide, quien busca y a veces encuentra términos propios, de los que llamamos patrimoniales si han evolucionado dentro del meollo de nuestra lengua desde el latín vulgar, u otras incorporaciones antiguas, ya sin uso o con otro distinto hasta ahora, para sustituir esos barbarismos. Como el afortunadísimo reciclaje de la palabra azafata, que del árabe as-safat, cesto, pasó al castellano azafate con igual significado, para terminar nombrando azafata a la dama que llevaba a la reina el azafate de la costura, con los reales hilos, el dedal real y las no menos regias agujas. Y de ahí a los aviones de Iberia. La academia, por su parte, es simple notario, aunque muchos le pidan que ejerza de juez o de creador.
No pocos de esos anglicismos se quedan a vivir entre nosotros, una vez los vestimos con un traje local. No hemos encontrado nada mejor que túnel, vagón, yarda, líder o récord, entre otros cientos o miles de palabras para cuyos conceptos asociados no teníamos ni hemos encontrado aún nada mejor. A los angloparlantes les ocurre igual y para ciertas cosas han adoptado no pocas de nuestras palabras: fiesta, amigo, suave, caballero, señorita, latino, sierra, burro, patio, bravo, maestro, plaza, olé, tapas, gusto, sangría, paella, arena, barrio, cafetería, aficionado, guerrilla, liberal, solo, vigilante, bonanza, lolita, macho, mosquito, hombre, siesta, hasta la vista, mi casa es tu casa… Incluso cojones. ¡Manda huevos!
Lo que ofende o perjudica no es que un idioma tome de otro palabras de las que carece para designar algo nuevo o porque ofrecen matices que uno no consigue encontrar, por el momento, en ninguna palabra de su lengua. Eso es bueno, antiguo e inevitable, enriquece unos idiomas tomando prestados, sin intención de devolverlos, aciertos lingüísticos ajenos. Siempre ha ocurrido y ocurrirá así, solo que va cambiando la lengua de prestigio de la que se van tomando. El castellano desde hace más de mil años, desde su nacimiento, fue incorporando durante siglos cientos y cientos de hermosísimas palabras árabes que ya son parte constitutiva y esencial, además de singularidad y ornato de nuestra lengua. La ciencia siempre recurre a las lenguas clásicas; las novedades tecnológicas, hoy, al inglés. La desgracia no es que importemos las palabras, sino que tengamos que comprar además los inventos, las ideas, los artilugios que así, en su idioma, nombró quien los invento y nos los vende. El que inventen ellos sale carísimo.
Lo malo son los palabros innecesarios (y a veces malsonantes para nuestros oídos), y ninguna necesidad tenemos de estropear el idioma utilizando coach por entrenador, bullying por acoso, mail por correo, kit por lote o equipo, followers por seguidores, link por enlace, online por “a distancia”, meeting por encuentro (ya adoptamos mitin para una reunión pública de carácter político), crowfounding por colecta o financiación colectiva, ranking por clasificación, newsletter por boletín, streaming por en directo, o influencer por gilipollas mediático. Cuando se llega el extremo de ir salpicando cada frase con un anglicismo de forma innecesaria, más que otra cosa revela las miserias del hablante, el ridículo afán de darse lustre (pisto, que decimos en La Mancha), de aparentar ser persona de mundo, políglota y cosmopolita, cuando más se retrata como snob o petrimetre, por usar adjetivos foráneos ya bien aclimatados que, por coherencia con lo escrito, dejaremos en cursi y pedante, ridículo y pretencioso. Dígamelo todo en inglés, por favor, lúzcase si puede, pero no me someta al tormento de esa mezcolanza patética.
En otras ocasiones se usa el anglicismo como eufemismo. Siendo mala la realidad a nombrar, una palabra foránea, a medias entendida si acaso, parece dulcificar lo crudo o abusivo de lo que así se escamotea a la comprensión: riders, call center, fakenews, co-living, job-hopping, usados por no nombrar en castellano castizo lo que en verdad son, de una forma que todos entiendan: distintas formas de precariedad, de abuso, de avasallamiento, de presentar como normal y deseable el vivir realquilado o dar por natural o pasable la mentira. Lo malo es que, como se lamenta Grijelmo "en apenas medio siglo el inglés ha colocado tantas palabras en las bocas de los hispanohablantes como el árabe en ocho centurias". Y eso resulta un innecesario e injustificable servilismo lingüístico.
Antes o después, el genio del idioma nos obliga a llamar a cada cosa por su nombre. Si no puedo alquilar una casa, menos comprarla, y tengo que resignarme a realquilar una habitación, llamarle a esa situación co-living, quedará más bonito, pero no mejora mi situación ni la ajena. Y no es exactamente convivir, que hay matices que la diferencian de un co-vivir, juntos pero no revueltos, con derecho a cocina. Llamar nesting a quedarnos en casa, en el nido, nada aporta, salvo que esa palabra no nos cuenta si se hace por gusto, obligación, necesidad, confinamiento o arresto domiciliario. En fin, cuando no se quieren nombrar las cosas en román paladino, de una forma que todos las entiendan, si se ampara uno en tales encandilamientos léxicos, es señal de que alguna liebre se lleva en mente.
Acabará el geniecillo dándoles en el testuz a los amantes del alargamiento innecesario de las palabras, no sólo a los que eligen la más rebuscada de las disponibles, sino a los que añaden sílabas innecesarias creyendo que la palabra más luenga, campanuda y descomunal es mejor que la más breve y concisa. Hay quien cuantifica las monedas del bolsillo, creyendo que resultarán ser más que si simplemente las cuenta; le parece más de temer la peligrosidad que el peligro, o cree que diciendo intencionalidad borra la posibilidad de que sus intenciones sean malas. Como decimos, al final, el genio del idioma se acaba imponiendo. Como su longevidad le hace un ser sin prisas, a veces nos pone nerviosos, creyendo que se ha desentendido del problema. ¡Señor, dame paciencia! ¡Pero dámela ya!.
A algunos les ocurre esto de los nervios, entre otras cosas, con los excesos del lenguaje inclusivo, empezando por el repetido y cansino desdoblamiento de género, cuando de él se abusa hasta la parodia. No hablemos de desafueros como el niños, niñas y niñes, o el infumable tod@s, engendros condenados al fracaso, al olvido. Serán algo extraño, harán sonreír dentro de un tiempo incluso a los que hoy aún no lo ven así, que no son demasiados. Ese genio del idioma (al contrario de lo que a mí, goloso de las palabras, me ocurre), ama la brevedad, la concisión, odia el alargamiento innecesario, la perífrasis, la redundancia, la repetición. Y, se quiera o no, es muy tradicional este duende taimado, siempre reacio a desprenderse de vetustos estereotipos y prejuicios, este martinico de la lengua que no gusta de peregrinos inventos ni ocurrencias, ni siquiera de algunas que, siendo razonables, además serían convenientes. Pero necesita tiempo, pues el tiempo a menudo nos lleva a olvidar ciertos problemas antes de habernos puesto a encontrarles una improbable solución; lo que viene a demostrar que no eran tal problema. Gran parte de las palabras que la Academia reconoce, tal vez con precipitación, acabarán languideciendo, criando telarañas en el diccionario. No desaparecerán del uso generalizado, porque nunca lo alcanzarán, y en pocos lustros sonarán a jerga minoritaria, a moda ya antigua. Y habrá que señalar al lado de su definición su carácter de vulgarismo, de palabra ya inusual, propia de un momento, un lugar o una tribu concreta. Bien está que figuren en las páginas del diccionario, que para eso está, para buscar los usos de palabras a veces poco frecuentes, pero etiquetadas como de uso poco recomendable para un habla o escritura llanas, pero de un cierto nivel cultural, entendible por una mayoría de los cientos de millones que hablan nuestro maravilloso idioma. Que, afortunadamente, está a salvo de cualquier ataque y, a largo plazo, también de ocurrencias, postureos e inventos de las diferentes tribus, aunque no de estos molestos sarpullidos temporales.
miércoles, 11 de noviembre de 2020
Epístola vehicular
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Los territorios no tienen derechos. Sólo los ciudadanos pueden tenerlos, no los bancales ni las regiones. Las lenguas no tienen el derecho de ser habladas. Ni nadie a imponer que se hablen ni que no. Son los ciudadanos los que tienen (o deberían tener) el derecho a expresarse en la que quieran o puedan. Reclamar el de ser educado en la lengua que escuchaste alrededor de la cuna, ya es mucho pedir. Cualquier política de imposición en ese terreno, sea la franquista o la de la actual administración catalana, —es decir, la misma— no puede dejar de ser valorada como un abuso con tufo a totalitarismo uniformador. Al parecer, hay una uniformidad indeseable, que abarca todo aquello que quiera ser salvado como común, como cemento que una las distintas gentes y territorios de un país, el nuestro, el de todos. Enfrente hay otra ya más noble, más defendible, esto es, la forzada homogeneidad que lamine las diferencias dentro de cada virreinato. Con las banderas ocurre igual.
¡Viva la diferencia!, pero sólo si es la nuestra. Cataluña
lleva decenios malgobernada por unos fanáticos empeñados en esa obra de
ingeniería social que llaman “construir país”, algo que sólo se puede hacer con
los escombros del único que existe y que cobija a las diferentes comunidades
autónomas. Dudoso invento que cada día muestra más lo frágil de sus costuras, pues
pudiendo ser una buena idea, se hizo a estirazones, y no era diseño que pudiera
funcionar cuando desapareció la débil ligazón de aquellos consensos entre gente
más decente y preparada que la que desde hace lustros soportamos al mando. La
deslealtad secular de algunos territorios debió de ser prevista, incorporando salvaguardas que impidieren aventuras ya intentadas, hoy ya es
tarde. Y el único país existente aquí, la única nación, España, paradójicamente es la única puesta en duda, de nombre impronunciable para los mesetarios y
periféricos desnortados que apoyan estos desafueros supremacistas que hablan de
plurinacionalidad y de la autodeterminación de los pueblos y las aldeas. Menos
de los suyos, que bien se guardarán los de Barcelona de declararse independientes
de Damasco.
Que los promotores de este intento planificado de escriturar
parte del territorio nacional a su nombre sean una pequeña élite acomodada,
ombliguista y xenófoba, con aromas racistas, una especie de extrema derecha
corrupta y excluyente, sea cual sea la denominación que le pongan al producto,
no es óbice, cortapisa ni valladar —Forges dixit— para resultar apoyados por
otros que dicen ser de izquierdas. Lógicamente de la peor y más extremada de las izquierdas
posibles, esas que abominan de reformar la casa y ven mejor arramblar con el
edificio para hacer un chamizo medieval con lo que quede de sus piedras. Será
peor, pero suyo. Trasladan a la estructura del Estado, que quieren débil si es
que quieren Estado, ese instinto fragmentador que les lleva a subdividirse
eternamente en Frentes Populares de Judea, permutando cinco o seis palabras
para bautizar sus infinitas sectas. Intuyen, saben, que sólo en los ríos
revueltos, en la descomposición y en el conflicto tienen ocasión de pescar
algo. Cuando las aguas son claras se les reconoce demasiado bien ya desde
lejos. Cuanto más turbias y enfangadas mejor.
Lo que los separatistas han puesto encima de la mesa como
elemento diferenciador, la almendra de su derecho a ser un nuevo país, siempre ha
sido la lengua. Luego te ponen como ejemplo Bélgica o Suiza, o Canadá. Un solo
pueblo, una sola lengua. ¿Quién dice esto hoy? Lo de la lengua del imperio era
de Nebrija, era lema de la época de los Reyes Católicos, algo en parte intentado
recuperar por Franco, con poco o nulo éxito. No es Vox quien lo dice ahora, aunque a
algunos de ellos sin duda les gustaría; hoy son otros populistas, los Jordis, los Torras,
los Puigdemonts y los Mas. E Iglesias y el converso Rufián, que todo tocino es
poco para mostrar la firmeza de la nueva fe, que de algo hay que vivir bien. Principios,
los justos, no como Sánchez que los tiene todos, eso sí, unos días unos y otros
los contrarios. No, no son los llamados centralizadores, sino los separatistas,
quienes proclaman y aplican tan progresista y conciliador lema en la política
local y en la enseñanza. El castellano, hasta ahora residual, aunque lo fuera
ilegalmente, con este bodrio legal ya será lengua extranjera en la escuela
catalana, por fin. Ahora con todo derecho. Como el inglés, el italiano o el
alemán, el mismo número de horas, pero peor visto, que ni en el recreo debería
usarse. Dos horas semanales en primaria, tres en secundaria y dos en
bachillerato. Sin embargo, ese es el idioma agresor, el que intenta imponerse,
lo que son las cosas o quieren que sean estas mentes calenturientas. Con esta modificación
legal de encargo, pago que santifica los desaires nacionalistas a las
sentencias del Constitucional y las del TSJC, hasta harán difícil el único
recurso actual para reclamar tus derechos lingüísticos en la escuela, ese
miserable 25%, que es acudir a los tribunales. De todo ello tanto el PP como el
PSOE son culpables, por acción o dejación durante decenios, por la recurrente compra
de votos pagando con los menguantes derechos de todos. No le echaré la culpa a
ERC, que vende a buen precio sus votos y gana otra piedra para su obra, arrebatada como siempre a los cimientos de la casa común; tampoco
a Iglesias, mediador y tratante del acuerdo entre payos para la venta de esta
burra legislativa, pues de él y de los suyos nada cabe esperar, ni en esto ni
en nada. El alboroque lo celebrarán juntos. En el PSOE, el pagador en el trato, se escuchan rechinar
algunos dientes, hay quejas acalladas por el sillón en juego, los que razonan
en contra pasan a la lista negra y las navajas están preparadas. Esperemos que
los vaivenes parlamentarios no obliguen a algunos a hacer el ridículo una vcz
más con sus dondedijedigos.
En los estériles debates de las redes se suelen leer cosas peregrinas, no las llamaremos argumentos. En realidad, muchos de los debatientes lo que vienen a decir es que si lo hacen los suyos, bien hecho estará, tanto como si hubiesen hecho lo contrario. Lo que da la cepa, no hay que esperar más. Los más listos y decentes, que los hay, o callan o mantienen una postura tibia, como desentendida, se van por las ramas viéndolas venir, por si hubiera mañana que defender lo contrario y enumeran algunas obviedades sobre la hermosura de las lenguas, la necesidad de respetarlas, algo que nadie discute o alegan que ninguna está prohibida, cosa que nadie afirma. Otros, bastante menos inteligentes, intentan argumentar, y recurren al mismo tono agraviado y lloroso de aquellos que en definitiva vienen a defender. Los que reclaman que el 25 % de la enseñanza que reciben sus hijos sea en castellano son para ellos los malos de la película. Y los que los defendemos también, unos fachas, resignados y ya hechos a recoger y abonar algunas flores que van tirando los que se autodenominan progresistas. Presentan estos últimos a los que se oponen a este engendro legal como si los perjudicados fuesen los abusadores, los que oprimen lingüísticamente a los que quisieran que en Cataluña sólo se hable catalán. Pero la verdad es que los que con su ayuda quitan derechos son los tractorícolas, los verdaderos fachas catalanes, los carlistoides paletos que proclaman desde balcones y despachos oficiales “un sol poble, una sola lengua”, no los otros.
Ni el catalán ni es castellano corren peligro en Cataluña.
Ninguna de las dos lenguas está expuesta a desaparecer en el uso voluntario que
de ellas hagan los ciudadanos. El debate no es lingüístico, sino de hegemonía cultural
y política. Se prohíbe la posibilidad de rotular en las calles en castellano,
incluso se multa a quien lo hace en el cartel de su propio negocio, las comunicaciones
desde y hacia las administraciones solamente se permiten en catalán, el exigido
dominio de la lengua vernácula filtra y tapona la llegada de indeseables e
indeseados funcionarios carpetovetónicos y en la escuela no se habla otra
lengua que no sea la catalana, salvo en las dos horas dedicadas a la Lengua
castellana… Si todas esas anomalías democráticas suponen la normalidad en Cataluña,
difícil es presentar a los castellanohablantes, la gran mayoría, siendo el castellano la lengua materna del 56,2% de los catalanes, como
los que intentan imponer su lengua frente a la catalana, que se quiere hacer
pasar por la agredida, por la necesitada de protección. Ha costado cuarenta
años, pero por fin gracias a estos desalmados de distinto pelaje el castellano
tendrá legalmente el trato y consideración de lengua extranjera, gracias a este
artefacto legal vergonzoso que ERC intenta cobrar por su apoyo a los
presupuestos, con Podemos de mamporrero y la peña de la izquierda mesetaria
dando palmas. Esperemos que el Parlamento impida que se perpetre este
desafuero, aunque pocas esperanzas hay.
Desde balcones y despachos de una administración centrada
en eso que llaman “la construcción nacional”se repetía y repite el lema “Un sol
poble, una sola lengua”, la catalana, que el castellano es jerga de los charnegos
invasores y otras gentes de mal vivir. Hoy, gracias a estos irresponsables
políticos, están un paso más cerca de conseguir su objetivo.
Son los más desfavorecidos los que pagarán el pato, al
precio de acabar teniendo escaso dominio del castellano, pues habrá que ir a
colegios de pago para alcanzar el que sería de ley conseguir en un centro
público. Los promotores del invento llevan a su prole al colegio británico o al
liceo francés, donde enseñan bien el español, que el catalán ya lo llevan de
serie. La izquierda apoya aquí a los más solventes, más a Anna que a Ana, menos a
Arturo que a Artur y más a los Puigdemont que a los Gómez. De paso, estos
inmigrantes de nueva o vieja estirpe, si el castellano es su lengua materna,
habrán interiorizado en la escuela y en la calle que la suya es una lengua
importada, ajena al territorio en que nacieron y viven, lo que les llevará a asumir que son ciudadanos de segunda, parte de esa chusma mesetaria hambrienta y analfabeta,
la tropa de una invasión programada por Franco como algunos han llegado a
escupirles, charnegos que deberían ir olvidando hasta en casa su lengua si
quieren integrarse en ese parque temático nacionalista en eterna construcción.
De todas formas es inútil. Su lengua es la materna para un 56,2% de los
catalanes, la podrán esconder en casa, pero sus apellidos les delatarán. Nunca
seréis de los nuestros, sois gent de fora, Los García, Martínez, Sánchez,
Gutiérrez, esos que enumeraba con sorna Boadella, y que son los más frecuentes
en Cataluña, como en el resto de España, nunca podrán competir para los puestos de postín con los Puig i Casademont,
Formiguera i Margall, o Major i Detall.
