viernes, 13 de junio de 2014

Epístola postelectoral

 

Queridos hermanos:

     Me acuso de que he vuelto a leer la prensa. Leo estupefacto, y que Dios me perdone por usar estas palabras, que putas y narcos van a ayudarnos a reducir el déficit, aportando una subida del 4,5% al PIB. Sin duda merecen el Príncipe de Asturias por tan sustancial contribución a la economía del reino. Inquieta saber que nos gastamos en coca y putas más que en sanidad y educación, y que si contáramos la aportación del tabaco y el alcohol, nos salíamos de cuentas. Los caminos del Señor son inescrutables, y en manos de la divina providencia ha quedado la tarea de cuadrar el balance. Brindaba mi padre diciendo “Dios, que es justo y nos mantiene, en su infinita bondad, si aquí bebiendo nos tiene, será porque nos conviene. Hágase su voluntad.

     También me sorprende conocer que a la coronación del nuevo rey Felipe no irá ni su padre, algo que sin duda argumentarán en Izquierda Unida para justificar que ellos no acudirán tampoco, aunque sus respectivas ausencias creo que tienen diferentes motivos. En realidad, ninguna de esas presencias resulta imprescindible, ni siquiera relevante, para la validez y el lustre del acto. Adiós Madrid, que te quedas sin gente. Pero la coherencia no deja de ser un valor respetable, y en este caso, el no ir es una postura coherente y merecedora de respeto, cosa casi inaudita en una formación política. Cierto es que se hubiera agradecido una decisión igual de consecuente al ponderar la posibilidad de negarse a estar presentes como cómplices en los consejos de administración de los bancos, entes y chiringuitos que nos han llevado a la ruina, donde se repartía una buena pasta a la que no hacían ascos, que la coherencia está bien, pero una cuenta corriente como Dios manda tampoco es moco de pavo. A ver si no van a poder tener un audi más que los ricos de siempre. Pero ahora hay que echar meaditas como los lobos, marcar bien el territorio, que los de Podemos se nos están subiendo a las barbas y nos arrebatan la clientela. A mi modesto entender, ya es tarde para amojonar la finca, para recuperar unas lindes tan removidas después de decenios de compadreo, de arrojar de sus filas a los mejores, cosa que no ayuda a diferenciarlos de los demás. No pongas cara de santo, que te conocí ciruelo. Un partido político no es una empresa que saca al mercado nuevos productos según las preferencias y demandas de potenciales compradores. ¿O sí? Visto que las jaulas de grillo ya no se venden con la alegría de antaño, fabriquemos portaaviones, concluye el avispado empresario. Todo es cuestión de voluntad y un poco de I+D.

     'Podemos' nunca va a gobernar, pero es sanísima la inquietud que está llegando a transmitir a las cúpulas de los partidos de siempre, que ven cómo les agitan los palos del sombrajo, cómo este tío de la soguetilla hace que se tambaleen edificios que se creían construidos con egipcia durabilidad y consistencia, poniendo en peligro muchas poltronas. Les debe de tranquilizar el ver que ya riñen entre ellos, lo que les acerca a la normalidad y les muestra vulnerables. Los que creían que un partido de una sola persona era ámbito inmune a riñas y repartos, ven que las bases, hasta ahora etéreas y ectoplasmáticas, van tomando cuerpo y, una vez sustanciadas, se ponen levantiscas ante las listas cerradas con las que la Nomenklatura, que de ellas abominaba hasta hace sólo unos días, quiere garantizarse butacas de primera fila. A ver si nos van a usurpar el sillón estos parias sin estudios que vociferan en las asambleas. Que ya nos vamos encastando. No debemos olvidar que todos los partidos que nazcan entre nosotros no pueden evitar el insoslayable y sustancial problema de estar formados por españoles, incluso en las comunidades que afirman no serlo, y bien que se nota, y que haber sido amantados por una misma teta marca mucho. Somos hermanos de leche. De mala leche, por más señas. En España siempre ha habido más mamones que tetas y apartar a un ternero de las ubres que le nutren es trabajo baladí comparado con arrebatar su despacho o su escaño a quien lleva en él varios decenios. Un trabajo de Hércules. Hay que cortarle la soguetilla a este niñato, a ver si pierde las fuerzas, se dicen los de diestra y los de siniestra. Y en ello están. Los de fuera y ahora también los de dentro. ¡A cubierto, que vienen los nuestros!

     Yo opino que hay de dar cancha a la utopía, que hay que decir cómo deberían de ser las cosas, con arreglo a los principios de la justicia y del sentido común, aunque se puedan considerar difícilmente alcanzables por el momento. Si sólo aspiramos a lo que naturalmente vendrá, a la mezquindad de lo posible, evitando romper el huevo para hacer la tortilla, no resultaría explicable cómo hemos pasado de un hacha musteriense a un cohete espacial. Lleva años alcanzarlo, y malas son las prisas o las improvisaciones o emprender senderos que a ningún sitio llevan, pero hay que tener en el horizonte un ideal que merezca la pena.


    Tan grande es mi fe en la bondad y rectitud de la mayoría de las personas, de una en una, como inmenso mi resquemor ante el comportamiento de esas bondadosas individualidades cuando se arrebañan, se diluyen y amparan en una masa informe, convertida en irracional, manipulable y donde el espíritu del grupo se impone a los individuos, usurpándoles toda capacidad crítica. Llevados por un instinto animal que, como a las aves y los peces, les impulsan a ir por donde marcha el primero, adopta el enjambre o el cardumen unas formas, a veces inquietantes, que los individuos no llegan a percibir desde dentro. Hay que mirar desde lejos y desde fuera, para constatar esa verdadera forma. Considero una asamblea como un foro manipulable por quien más vocea, arropado por una claque tan ruidosa como demagógica, donde pocas veces son los argumentos y las razones quienes acaban imponiéndose, arramblados por la víscera, por los ardores y calentamientos de la ocasión, alimentados por expertos calefactores. En ellas todo se suele acordar por aclamación, no siendo usual que se recurra al voto secreto. No espero que las soluciones a nuestros problemas nazcan o se acuerden en una asamblea popular. Sería bonito, pero no.


     La democracia se basa en el respeto a las decisiones adoptadas por la mayoría. Tanta obligación tienen las mayorías de conceder espacio y protección a las minorías, que en ningún caso deben ser avasalladas por la ley de los números, como las minorías de ser conscientes de que lo son, de su intrínseca incapacidad para imponer su criterio a unos ciudadanos que en las urnas les han puesto en el lugar que han considerado conveniente, negándoles el derecho, la legitimidad y el mandato de aplicar sus propuestas. El pueblo nunca se equivoca. Ese es el principio de la democracia. Fuera de lugar están esas recriminaciones a quienes se han decantado por distintas opciones a las que el opinante prefiere. En mi idea de no discutir más que conmigo mismo, no respondo a esas descalificaciones, a esos insultos a millones de ciudadanos que han decidido votar a opciones diferentes a las que eligió libremente el que les reprende. Me asustan esos oráculos de Delfos que desde los foros enjuician a quienes se han equivocado al no votar lo que ellos ven tan claro, fuera de toda duda, a los que votan en blanco o a los que, simplemente, se quedan en sus domicilios. Cada votante vota o deja de votar lo que le sale de sus santos cojones, en términos científicos, y no faltaría más que tener que justificarse uno antes estos imanes que ex cátedra nos recriminan por no coincidir con sus análisis. Todos llevamos un dictador dentro, pero que estos totalitarios intransigentes, de todo signo, den clases de democracia al cuerpo electoral, ninguneando el criterio de millones de votantes por no haber sacado de su situación residual a quienes piensan como ellos, o de no darles el apoyo que una vez tuvieron y que creen seguir mereciendo, es algo que deberían hacerse ver. Yo ya me cuido de no dejar mi voto en compañía de los mansos cabestros con cencerro que lo quieren conducir a su corral contra mi voluntad, aunque a música celestial suenen algunas de sus propuestas. Ya no me valen las palabras. Otros, no lastrados áun por su pasado, por inéditos, ya que por ahora el valor sólo se les supone, lanzan propuestas que muestran su angelical desprecio por la realidad. Ni harto de whisky doy mi voto para que por el hecho de ser español se cobre un sueldo, dejando fuera de consideración la aportación que al bien común haya hecho el perceptor. Faltan siglos para eso, decencia, honradez, dineros y, sobre todo, repoblar con marcianos la península, a ver si esta vez hay más suerte.

      Últimamente discuto mucho conmigo mismo. Me llevo la contra, me rebato los argumentos, me quito la razón y me la vuelvo a dar. Me enfado conmigo mismo y luego me perdono, porque a mis años hace ya mucho tiempo que conseguí llevarme bien con mi persona. Cuando era joven e ingenuo llegué casi al enfado discutiendo con amigos sobre política. Hoy lamento haber puesto en peligro esas valiosísimas amistades defendiendo a quien el tiempo ha demostrado que no lo merecía. He tardado muchísimos años en resignarme a que, en realidad, siempre es el dinero lo que se dirime aunque, oculto bajo el disfraz de hermosísimas palabras e ideas que nos mantengan encandilados: la libertad, la democracia, la justicia, el pueblo. De risa. Discutíamos hasta no hace mucho sobre la derecha, el centro, la izquierda y la madre que los parió. Me produce cansancio y vergüenza recordarlo ahora,  aunque reconozco que algunos merecían que sobre ellos se discutiese, pero que últimamente ya es otra cosa. No hay color. En estos tiempos ya no entro a debatir sobre Anasagasti, Rajoy, Mas, Rubalcaba o Pablo Iglesias. El tiempo que todo pone en su sitio, menos los objetos de mi mesa, ha reconocido la grandeza de unos pocos de aquellos, aunque en su difícil momento fueran tenidos por tahúres del Mississipi, ha arrojado a un merecido olvido a unos, entre ellos a quienes así le calificaban, ha evidenciado la miseria de otros, la vacuidad risueña de alguna confluencia planetaria, la mediocridad de sus corifeos y coriguapas… Hoy nos avergüenza ver el acomodo de casi todos en bien remunerados consejos de administración, a los que aportan su nombre, su pasado, su extinto prestigio y su inexistente futuro político. Y la capacidad de influencia que todavía conservan, por la que tan generosamente se les paga.

      Si por defender a  tales próceres me niego a entrar en terrenos del cinco, ¿qué decir de personajillos como Bárcenas, el bandido generoso de Sierra Morena, Amaiur y otros de tal calaña, que han bajado el listón hasta el crimen y la delincuencia y cómo perder el tiempo glosando a los que degradan el discurso a un tono y altura propios de la taberna, de la barra del bar llena de copas, donde todo disparate encuentra acomodo? Se trata de delincuencia, no de acción política o gestión poco acertada: Desde los ERES o la rapiña de los fondos de formación de Andalucía, hasta las Aguas de Valencia, Terra Mística, pasando por el aeropuerto de Castellón —¡Mira que aeropuerto tan bonito que se ha hecho el abuelo!—, a las ITV catalanas, al Palau, el 5% de mordida, el rescate bancario, la socialización de las deudas… El país y sus comunidades se han gestionado con criterios equiparables a la mafia siciliana. Y no se salva ni Dios.

       ¿Cómo defender la democracia parlamentaria reconociendo lo anterior? Pues sí. No hay otra forma. Y también es necesario defender a los partidos y a los sindicatos, mayoritariamente poblados, que no capitaneados, por gente honrada. Atacarlos, sugerir su sustitución por caudillos más o menos amables y elocuentes, es un suicidio. Ya sabemos bastante de eso. Es necesario sanear esas formaciones, algo que sólo desde dentro es posible hacer. Que dejen de defender a sus corruptas cúpulas, eviten poner manos en el fuego en defensa de acreditados ladrones, arrojando fuera de la vida pública a quienes han llegado a ella para hacerse de oro, a los mesías que embarcan hacia terra incognita a los ciudadanos cuya prosperidad deberían procurar en lugar de obviar la realidad y sus retos acuciantes, para hacerse ellos un hueco en la historia con la llegada a la tierra prometida. Incapaces de enfrentarse a los problemas del día a día intentan encubrirlos con una bandera, hasta cuando sea posible. Cada vez que hablan ciertos orates del gobierno y aledaños, nace una docena de independentistas. Cada vez que se habla de república y se dejan caer nombres como Aznar o González, como futuribles presidentes, o uno se inquieta ante la posibilidad de que sean otros como Rajoy, Zapatero o Cayo Lara, nacen cien monárquicos. ¡Virgencica, que me quede como estoy!

    El problema es que, como Ortega y Gasset si no recuerdo mal dijo, la única razón que unos tienen es la que han perdido los demás. Cuando uno se permite poner en cuestión el fondo o las formas de un político o de un partido, se entiende que se está defendiendo al contrario. O conmigo o contra mí. Ya hemos vivido, leído y reflexionado lo suficiente como para entregarnos con armas y bagajes al primero que nos regale el oído. Ni al segundo. Estos recelos, este descreimiento, que en mi caso es universal, no deben interpretarse como resignación, como complacencia ante una situación demencial, injusta y que necesita de un saneamiento urgente.

     Yo, más que programa, pediría a los partidos concurrentes a unos comicios que me cuenten la historia de España, pues su versión de los hechos nos revelaría la enjundia y solidez de su proyecto. Sería un psicoanálisis que arrancara desde lo más recóndito de sus magines su verdadero talante, mostrando la consistencia o endeblez de su juicio, sus inconfesas intenciones, puestas de relieve bajo la forma de una exigible visión y análisis de nuestro presente, pasado e inquietante futuro. Viene esto al caso porque leo que, viéndose sobrados de presupuesto, el gobierno vasco acaba de encargar una historia del país vasco a un grupo de trabajo. Al caballo lo creó Dios, y vió que era hermoso. El camello fue encargado a una comisión. Oye, las patas del proyecto me parecen cortas, pon un par de palmos más,. El otro: —“Una chepa se me antoja poco, cáscale otra. Aquí unos ojazos. Los dientes los hemos subcontratado… Resultas: un adefesio. Me congratula que no oculten que será una historia de encargo, pues los retratos de encargo ya se sabe que son el antecedente del Photoshop, que borra verrugas, manchas, imperfecciones, cicatrices y te muestra más presentable. ¡Cómo sería de feo Carlos III y los demás Borbones o sus decrépitos antecesores de la casa de Austria cuando no mandaron ejecutar a los pintores de la corte que plasmaron tales jetas sobre un lienzo! Me  veo a esta comisión pagada por el gobierno vasco discutiendo con Cucurrull, preclaro erudito de la ANC, subvencionada a su vez por la Generalitat catalana, sobre si San Ignacio de Loyola nació en Azpeitia o en San Feliu de Gixols, como tan rigurosísimo historiador sostiene. Por lo menos, garantizado tenemos el descojone.

    Después de tantos años, tantos libros leídos y tanto estudiar nuestro pasado ¿cómo entrar en debate con quienes deben de estar muy avergonzados de su historia cuando creen necesario inventar otra? Todos los deseos, las aspiraciones y los proyectos, tanto individuales como colectivos me parecen legítimos y defendibles de forma pacífica y racional. Pero también honrada y sin engaños.

     Si uno cree llevar la razón, ¿porqué intentar apuntalarla con falsedades risibles evidenciando la poca solidez del edificio? ¿Cómo entender que quien abomina del pasado común, del idioma del Imperio, desentendiéndose del descubrimiento de América o del tradicional catolicismo nacional, pasee por la cuerda floja de la Historia para censar en Granollers a Colón, en Pedralbes a Santa Teresa de Jesús, en Sitges a San Ignacio de Loyola y hasta al mismo Cervantes, en realidad un tal Servent que, según los fehacientes datos que obran en poder de Cucurrull, en catalán escribió el Quijote? Américo Vespucio en realidad era Aymerich Despuig, vecino de Olot. Por cierto, el condado de Aymerich fue título creado por un tal Felipe V de Bourbon, dato que aporto al Cucurrull por si le resulta útil en sus investigaciones. Otrosí ocurre con las élites dominantes en el norte que también, y sin caer en la cuenta, reivindican ser tataranietos de los padres de un país del que abominan, al empadronar en sus lares ancestrales y a beneficio de inventario a quienes eran y se sentían españoles, aunque eso les duela.  Cuantas más diferencias buscan, más evidencias encuentran de su inexistencia, más iguales se reconocen, teniendo estos dirigentes que llegar al delirio y al ridículo de intentar sepultar o falsear los datos que delatan el poco fondo de los cimientos con que intentan sustentar la romántica invención con que llevan engañando a sus pueblos durante decenios. Aunque creo que todos los habitantes de España somos bastante iguales, algunos peores, al menos hay regiones menos paranóicas, que no le echamos la culpa al vecino, que no renegamos de nuestra historia y que bastante tenemos con sobrevivir, objetivo al que los dirigentes de otras comunidades han renunciado. Las banderas hacen un caldo muy poco sustancioso y, a lo largo de esa historia que se va adaptando a los gustos e intereses del momento, han la sido causa de más desgracias y quebrantos que de paz y alegrías.

     Una causa defendida de tal forma, con tales desvaríos, necesariamente lleva al desaliento a quienes pudieran verla con simpatía, pues les va haciendo pasar de su defensa al matiz, y de los matices al rechazo, pues tanta pobreza intelectual, tal oportunismo infantil, da idea de la talla de quienes encabezan el proyecto, por llamarlo de alguna forma, del ingente poderío de sus magines, de su falta de escrúpulos intelectuales, de la endeblez de sus principios y fundamentos, si es que los hay, y en definitiva de una inmensa falta de respeto a la inteligencia ajena. Pobre criatura sería la que con estos comadrones llegara al mundo para ser luego dirigida y administrada por tan excelsos pensadores que, envueltos en una bandera, ponen en un segundo lugar la prosperidad de sus ciudadanos, única misión  que justifica su existencia y su sueldo.

     El mundo actual no concede espacio ni tiempo para argumentos o razonamientos largos, por ello felicito a quienes hayan leído hasta aquí, si es que se da algún caso. Triunfan las frases breves y redondas, las citas y los eslóganes, brillantes, escuetos, tan bien construidos como incapaces de reflejar la compleja realidad. Vivimos en un mundo de titulares,  sin análisis, sin matices. Hablamos en mayúsculas, ex cátedra, Twitter es el libro de estilo, pues 140 caracteres son hoy suficientes para cualquier argumentación, tal vez mostrando el límite de la capacidad de atención y de comprensión de los cerebros actuales. No está el personal para leer ensayos, pero el mundo no se arregla con un folleto de autoayuda. Los debates televisivos, unica fuente de información de los más, son un guirigay de varios mítines superpuestos, sin diálogo ni argumentos, donde nadie escucha a nadie. Se grita para la audiencia a la que se acaricia los oídos con aquello que quiere escuchar, buscando el aplauso fácil del público, no rebatir con fundamento las ideas del adversario, por llamar de alguna forma al contenido de semejantes y huecas verborreas… No olvidemos que con estos mimbres se forma el cesto de la actual opinión pública. Y así nos va.

     Todos queremos que el mundo y la sociedad en que vivimos cambie. Pero queremos que otros sean quienes la hagan cambiar. Yo, por mi parte, intento razonar, pues sólo la razón puede sacarnos de esto. Hacerlo e intentar difundirlo es mi modesta aportación.

      Entre las cosas esenciales que hay que regenerar es el lenguaje, ámbito en el que ya hemos perdido demasiadas guerras. No es tema baladí. No debemos consentir que con altisonantes palabras utilizadas de forma equívoca o falsa se nos encandile, se nos escamotee la realidad. Repito que todas las aspiraciones individuales o colectivas, pueden ser defendidas dentro de la ley y el respeto. Incluso las que aspiran a cambiar la ley, algo legítimo y necesario. Mientras esta no se cambie, a ella debemos sujetarnos. En ningún caso podemos admitir que un uso interesado del lenguaje ampare el delito, el incumplimiento de las leyes, algo tanto más exigible a aquellos que han jurado defender la legalidad que soporta su mandato y por cuyo ejercicio cobran. Y no poco.

Perdida la guerra del lenguaje con el terrorismo, cuyos apoyos, muchas veces desde las mismas instituciones, nos intentaron hacer tragar inmensas ruedas de molino,  a veces con éxito, debemos evitar que, por sanidad lingüística e intelectual, sea suplantado el significado de ‘obtener’, ‘alcanzar’ o ‘conseguir’, por el muy distinto de‘recuperar’, pues nadie puede recuperar lo que nunca tuvo, a nadie en particular le puedan haber robado lo que es de todos, no transigir con que se denomine invasión a un episodio de una guerra europea que fue de sucesión, en la que los tatarabuelos de quienes hoy se lamentan apostaron a caballo perdedor, por cierto luchando en el mismo bando que aquellos en los que personalizan hoy al supuesto invasor. Haber pedido muerte. Hay que leer más y hacer menos caso a los paranoicos e incultos cucurrules del cuarto milenio de la historia, lo que evitaría caer en la interesada falsedad de llamar y tener por rey a quien  fue conde y que cuando escuchemos la palabra 'nacional', sepamos que nos estamos refiriendo a la nación, no a una parte de ella.  Los equilibrios y consensos constitucionales, minusvalorando el poder de las palabras, jugaron peligrosamente con el significado y peso de algunas de ellas. Es imprescindible ir acotando su sentido, pues las palabras no solo describen o enuncian la realidad, muchas veces la modifican o crean una nueva. Vivimos en un constante “Hágase la luz”, pero ya debemos demasiados recibos y hay demasiada gente que recuerda perfectamente lo que nunca ocurrió.


Vale.


viernes, 20 de diciembre de 2013

Epístola del desembarco de Normandía


Queridos hermanos:

     Cuando Dios dijo “Hágase el panadero” o “Hágase el herrero”, por poner un caso, sin duda su liebre llevaba. Nadie pone en tela de juicio el acierto de tales providencias. Sin embargo sobre el momento en que añadió —“Hágase el funcionario”, abundan los que, rozando la blasfemia, dudan de que nuestro Señor anduviera acertado. Si bien hay general acuerdo en que estos últimos cobran de más y trabajan de menos, tal unánime certidumbre se va quebrando al ponderar lo crecido de su número, tenido por desmesurado cuando se censaban en la barra del bar, pero exiguo cuando ahora te dicen en el hospital que te operarán dentro de un par de años, que tu hijo en la escuela será instruido por un señor de marrón, distinto cada hora, mientras se incorpora la seño que está malita, o que esa cola no es para escuchar a Bruce Springsteen, sino para presentar unos papeles en tal ventanilla al único funcionario que, tras los ajustes realizados, queda para atender al público, eso sí, ante la atenta mirada y supervisión de seis jefes. Tal vez se trate de unos papeles que ellos ya tienen, si no es que se los hemos tenido que pedir antes para poder entregárselos después a ellos mismos… Es difícil escapar a la tentación de enfadarnos precisamente con el de la ventanilla por tal proceder de la administración o por la escasez de personal, pues es la única cara visible del invento, sin intentar ponernos en su lugar, que más es de víctima que de verdugo. En cuanto al exceso de funcionarios, es más un tema taxonómico que cuantitativo, algo que tal vez Linneo hubiera podido desbrozar a tiempo.
     Sólo cabe pensar que la Administración ha decidido crear en cada ministerio, consejería o delegación un negociado con la única misión de confundir, de mantener siempre inquietos, desorientados y confusos a sus administrados, tal vez para, ocupados así en resolver los problemas que ellos mismos les crean, como el resto de los ciudadanos, los funcionarios se distraigan y encandilen corriendo tras una liebre falsa, quehacer que les llene el tiempo y les impida pensar, aunque tenga como indeseada consecuencia el impedirles dedicarse a trabajar y a solucionar los asuntos del día a día. Yerran si creen que no nos queda tiempo para reconocer el origen de ciertas situaciones. Con ello concentran y dan estatuto legal y organizativo a algo que, disperso y repartido, ya existía de forma inevitable, aunque llevadera. Desgraciadamente este negociado de la confusión, presente en todos los organismos, parece ser el departamento más eficaz en todos ellos, para desesperación de los sectores más técnicos y profesionales de la estructura de las distintas administraciones.
     Después de casi ocho lustros en esta industria, la docente en mi caso, habiendo sobrevivido a más ministros de los que puedo recordar y a un número de leyes de educación suficientes para un continente, aunque excesivas para un solo país,  uno creía que nada nuevo podría surgir, que nuestra capacidad de sorpresa ya estaba colmada, que algo tan importante y serio como la educación, pero a la vez tan sencillo, no permitía grandes novedades. Error. Sacar a los ministros de educación de entre las vociferantes e ineducadas tertulias de algunos infames programas de televisión, en lugar de buscar entre cualificados miembros de la profesión, que los hay a montones, da lugar a situaciones como la que actualmente vivimos que, siendo benévolos, cabría calificar de inquietante. Menester es reconocer que destacar, para mal, entre el resto de ministros del Consejo, no deja de tener su mérito. Ignorados y ninguneados desde las alturas, los niveles medios e inferiores de la administración, es decir, el sector técnico y profesional, es la parte del gremio que intenta aportar la cordura y sensatez que corrijan, en la medida de lo posible, las insensateces y ocurrencias que, como nublos y pedriscos, de las alturas caen, y permiten que mal que bien, esto funcione.  
     A los que tal guerra nos ha colocado en primera línea, a quienes en las últimas piezas de nuestra profesional verbena nos ha tocado bailar con la más fea, nos vemos acosados por todos los frentes. Últimamente también recibimos fuego amigo y, desacreditados y arrojados a los pies de los caballos por quienes deberían defendernos, no queda más que, a quienes nuestra avanzada edad nos lo permita, abandonar el barco, bajarnos a medio, pisar el billete y retirarnos antes de que sea demasiado tarde y hasta esa puerta se nos cierre. Tras tantos años esperábamos, y creo que nos habíamos ganado, un final más apacible y con menos sorpresas, siempre indeseables en un sistema educativo, que debía tener como cimientos la estabilidad y la cordura, no la ocurrencia, la improvisación, ni la revancha. Es la educación terreno para el acuerdo, la mesura, no la confrontación o el experimento.
     Nunca te acostarás sin aprender alguna cosa inútil, en palabras de fray Sven de Escandinavia o, según las más castizas palabras de mi abuela Leopoldina, oriunda de Paterna del Madera, en ningún sitio ocurren tantas cosas como en el mundo. Cuando las cosas sencillas se complican tanto, cosa que cada día ocurre con más frecuencia, siempre viene a mi magín el desembarco de Normandía. Es inevitable quitarse la boina ante tal alarde organizativo cuando observo las complicaciones, a mi entender excesivas, con que vienen a desarrollarse las actividades previsiblemente normales de una escuela con cuatrocientos alumnos. Cruzar el canal y poner en una playa a la misma hora a treinta y seis divisiones de soldados, cientos de miles de personas,  sin que se enteren los alemanes, cada uno con su fusil y su bocata, conseguir que todas las lanchas lleguen a su hora al mismo sitio, cargadas de gasoil, ordenados los obuses, con todos los permisos y revisiones al día…Admirable.
     —“Sargento mío, que se me ha olvidado la escopeta”, dice uno.
     —“El destructor no ha pasado la ITV”, advierte otro.
   —“Mi general, que el apoyo aéreo nos está bombardeando a nosotros mismos”.
    —“Que se ha calado el portaviones, que ya veníamos diciendo que no le entra la primera y rascaba la marcha atrás, que todo se deja para última hora, que el de riesgos laborales no ve la cosa clara, y que en el convenio no decía nada de trabajar por la noche, mi cabo… En fin, como valoraba el capitán Cabanillas en Bétera en las milis de los setenta al pasar revista a la tropa: —“La próxima la perdemos”. Lo malo es que perder la guerra de la educación es mucho perder.
     Bueno, pero hoy iniciamos las vacaciones, tan largas como inmerecidas según muchos, aunque, y a la vista está, tal vez insuficientes para permitirnos conservar el equilibrio mental que nuestros discípulos y algunos de sus progenitores nos van royendo año tras año, mes a mes, semana a semana, día a día, hora tras hora, minuto a minuto, con la guinda de que cada vez se echa más en falta el reconocimiento profesional que creo que merecemos. Aunque el panorama es similar en los demás sectores de lo público y de lo privado, me sirve de esperanzador consuelo el pensar que un país que consiguió sobrevivir al mandato de Fernando VII, raro será que no supere la bíblica plaga de los dos últimos gobiernos con que nuestro Señor nos hace penar nuestras faltas, que muchas debieron ser.

Vale.

jueves, 18 de julio de 2013

Epístola escandinava

     Leo que un estadounidense, tras despertar de un coma, ha olvidado el inglés materno y habla sólo en sueco. No sé, y además ignoro, si “hacerse el sueco” tiene en ese extraño país las mismas connotaciones que entre nosotros, aunque lo dudo, pues de ser así, nadie se habría alarmado. Todo lo más, le hubieran diagnosticado lo que el psiquiatra de Forges comunica a su paciente tendido en el diván: —“No es que a usted no le comprenda nadie. Usted es que es francés, mon chéri”. Reconozco que lo más parecido a un sueco que conozco es Fray Sven de Escandinavia, finlandés él y, trabajando estadísticamente con una muestra tan pequeña no me atrevo a seguir esa línea de investigación para intentar exprimir la frase.
     Algunos estudiosos buscan el origen de la expresión en la actitud de antiguos marinos procedentes de Suecia llegados a nuestras costas quienes, escudándose en el desconocimiento del idioma local, intentaban irse sin pagar las copas, a las que tienen cierta afición, lo que considero una explicación muy traída por los pelos. Otros, más benévolos, indican que estos visitantes, no entendiendo la lengua de los nativos, les contestaban a todo que sí, lo que tal vez explique el ya rancio aprecio local por el turismo sueco. Últimamente han aprendido mucho y, sobre todo desde que compartimos moneda, se muestran más descontentadizos y respondones.
   Más improbable aún es la leyenda que atribuye el origen del dicho a la fingida torpeza idiomática de un embajador sueco al que su rey había encargado dilatar, entorpecer y, en todo caso, evitar la ayuda militar solicitada a Suecia por Napoleón. Menos verosímil aún es intentar empadronar en  Sueca, Valencia, a los suecos aludidos.

     Otros atribuyen el origen de esta frase a “soccus”, palabra latina que designaba una especie de pantufla que usaban los cómicos en el teatro romano. De ahí derivarían “zueco” y “zoquete”, lo que nos acerca a “hacerse el tonto, el torpe”, con lo que ya vamos entrando en terrenos del cinco, aunque otros buscan la procedencia de “zoquete” en la palabra árabe “suqât”, deshecho, objeto inútil, pues no es la etimología ciencia exacta. Eran los soccus un calzado plano, distinto a los coturnos, que daban altura a los actores serios, los que aparecían en las tragedias. Por tanto estaríamos hablando también de una cuestión de elevación, física y moral, con la que se resalta la grandeza o la insignificancia del actor y de lo que representa.

    Vaya en contra de estas últimas y ampliamente aceptadas explicaciones el razonamiento de que me parece muy peregrino hacer navegar una palabra durante tantos siglos para hacerla encallar en el cercano XIX, en cuyas playas aparece varada por vez primera.

    Hipótesis más reciente y descabellada es la que relaciona la frase con la dificultad de entender las instrucciones para el montaje de los muebles de Ikea. Entre otros motivos, hay investigadores que, no sin cierta razón, descartan esta propuesta por el hecho de que tal maldad, como hemos dicho, se utiliza desde mediados del siglo XIX, mucho tiempo antes de que existieran muebles, incluso albóndigas de esa marca nórdica.

     Una explicación con más fuste, que si “non è vera, è ben trovata”, aportada por don Pancracio Celdrán Gomáriz en su “Diccionario de frases y dichos populares”, atribuye el dicho al subterfugio utilizado por algunos barcos ingleses que mostraban bandera sueca para poder acercarse al Puerto de Santa María en las épocas en que la pérfida Albión estaba en guerra con España, como si suecos fuesen, a hacer “jerezada”, que así debiera denominarse la acción de aprovisionarse de toneles de vino de Jerez, tan de su gusto.

   Fernando Álvarez Montalbán, profesor de español en la universidad de Upsala quien, con argumentos bien cimentados, defiende la tesis anterior, nos recomienda renunciar al uso de este estereotipo cultural, políticamente incorrecto, a la vez que nos ilustra de que ya en 1841, Manuel Bretón de los Herreros, en su obra teatral de premonitorio título, “Dios los cría y ellos se juntan”, recoge la frase:
CIRIACO:       (Alto) ¡Balbino!
BALBINO:    ¡Tía Macaria!
MACARIA:    (Aparte a Ciriaco) ¿A qué pronuncias su nombre?  Valía más hacerse el sueco.
  También nos deleita con unos versos recogidos en la antología de “Cantares y refranes geográficos de España”, de Gabriel María Vergara Marín (1906), en los que se nos advierte:
“Dos súbditos pierde España
Cuando se presta dinero.
El que lo da se hace inglés
Y el que debe se hace sueco”.
   Lo que está claro es que hacerse el sueco viene a significar que alguien se hace el sordo, escurre el bulto, se niega a darse por aludido, intentando escapar con un fingido o real desentendimiento de algo que le afecta y que le debiera preocupar, evitando así dar mayores explicaciones o asumir responsabilidades. Sea cual fuere el origen de la expresión, hacerse el sueco es frase que usamos cuando alguien intenta descaradamente salirse por la tangente, irse de chiquitas al aparentar que la cosa no va con él —o con ella—.

     Según el DRAE, la mencionada suplantación de nacionalidad equivale a “desentenderse de algo, fingir que no se entiende". Se  intenta con ello evitar una situación incómoda, bien por timidez, discreción, modestia o, las más de las veces, por desfachatez. En Argentina y Uruguay dirían “hacerse el sota”.

    Tal forma de proceder, a la larga, no suele dar buenos resultados, pues una mala explicación siempre es mejor que ninguna y quien espera ansioso ser sacado de dudas, si alguna abrigare, puede llegar a interpretar que quien se hace el tonto por tontos y obtusos nos toma a los demás, y eso está muy feo. Además, el candor que se intenta aparentar no casa bien con el retorcimiento de los colmillos que nuestros suecos nativos han llegado a desarrollar, a juego con sus garras.

     Tal vez que los Estados Unidos sean un país joven permite que se pasmen sus ciudadanos por cualquier nimiedad, como sucede en el caso que nos ocupa. Entre nosotros, ya hechos a estas dolencias, no nos sorprende que no uno, sino miles de sujetos, a veces corporaciones enteras, aquí y allá, quién sabe si aquejados por el mal de altura propio de las cumbres que habitan, no sólo amanezcan haciéndose el sueco sin coma que pudiera justificar tal desarreglo idiomático, sino que con él convivan y medren a nuestra costa. Es mal común entre nosotros, que ya no distinguimos a nuestros dirigentes de los turistas de Escandinavia, salvo por el traje de los primeros. Aunque con ambos colectivos tenemos serios problemas de comprensión, cuando se dan con quienes vienen a dejarse su dinero son más llevaderos y asumibles que con los que entre nosotros están para llevárselo calentito. 

sábado, 25 de mayo de 2013

Encíclica "Stupefactus sumus"

  Cuando, semidormido en mi jergón, saco un pie por fuera de la frazada, que algunos días ya va haciendo calor en mi celda, sus dedos refulgen en la penumbra como cinco puntitos fluorescentes de un reloj grande y de horas desordenadas. La batería del móvil se me recarga sola y no tengo que dar la luz del pasillo pues, luminiscente como los gorrinos de fray Adolfino, renqueo por él como una enorme luciérnaga con garrote. El microondas echa chispas cuando me acerco, aunque no lo necesito porque, a mi contacto, el café se me calienta solo en la taza. Adenauer, mi gato, se hincha electrizado, convirtiéndose en una especie de pompón con rabo y ojos  desorbitados cuando no puede evitar pasar por mi lado. Últimamente entre la estática del carrito, disimulado andador, y yo vamos echando chispas y pequeños rayos por el supermercado, como un Zeus venido a menos. Tantas radiografías, resonancias magnéticas e inyecciones de isótopos entre los dedos de los pies, sin duda tormento malayo aplicado a la medicina, me van convirtiendo en una pila humana, un almacén de energía que no llega a mis piernas. Pronto, me temo, deberé recargarme en ese Velázquez tubular, pintor en negativo de ternillas y osamentas.
 
    No es éste, sin embargo, el motivo principal de mi silencio. Débese mi sequía epistolar a que su habitual tono asombrado y caústico se ha visto desbordado por la desmesura de la realidad. La ironía de mis escritos, su punto exagerado, su humor negro y su sarcasmo no pueden competir con la exuberancia del despropósito nacional, cercano al surrealismo. Mi imaginación no da para tanto. Busco inspiración en Kafka y en Lovecraft  pero, confrontando sus pesadillas con lo que hoy vivimos, más me parecen escritos de Andersen o de los hermanos Grimm. Además de dar el finiquito a logros más sustanciales, la realidad actual va a acabar con la novela de aventuras, la de terror, la policíaca y la del oeste. Hasta con la picaresca, pues las hazañas de José María el Tempranillo, Sir Francis Drake, Rinconete y Cortadillo, Alí-Babá, Billy el Niño o los bucaneros del Caribe nos parecen hoy candorosos cuentos de hadas. No es de extrañar que algunos barbados vividores intenten resucitar cerca de Sierra Morena la figura del bandido generoso.

    Si Kafka, Lovecraft o Tolkien se hubieran dedicado a la crónica política o económica, incapaces hubieran sido sus retorcidas mentes de alumbrar algo tan tremendo y desquiciado como lo que en los periódicos como real leemos, sin que ya ni siquiera nos extrañe o escandalice. Quien defiende que, entre otras cosas, los hospitales públicos han de pasar a manos privadas olvida decir, mientras intenta convencernos de las bondades del invento, que, perpetrado el desafuero, las manos privadas a quienes como negocio se entrega lo que hasta ese momento era servicio público, serán las suyas. A  sus propias manos y a sus propios bolsillos. Indecente.  Y Sin embargo, parece ser que la ley y la justicia nada tienen que decir al respecto.
    Peor es cuando sí que dicen. Lógico parece que pongamos un pisito a quien nos gobierna. No satisfechos con ello, generosos lo alojamos en un palacio, con su servidumbre, guardia e intendencia a nuestro cargo. Hasta ahí parece casi soportable. Abonarle mensualmente dietas para costear lo que ya le hemos pagado en especie parece un abuso. Sin embargo los tribunales lo ven adecuado, en ese caso y en miles de otros similares. Juanpalomo ordena y manda, dispone y legisla, decreta, y cobra. También nombra a quien ha de juzgar si ha obrado bien. En una anterior epístola recomendaba a nuestros dirigentes el estudio de la obra de Rubio “Sumar llevando”. Hoy veo conveniente sugerirles leer los escritos en los que un tal Montesquieu decía algo al respecto.

    Mi intención de hacer reflexionar desde la sonrisa provocada por la exageración o el cambio de punto de vista, con que se glosaban los sucesos del momento, es incapaz de igualar el desvarío que en la actualidad vivimos. Cárdeno y dolorido tengo el brazo, con más cardenales que un cónclave vaticano, pues hay que pellizcarse continuamente para comprobar que uno no está inmerso en una perpetua pesadilla. Sabido es que el fuego a veces se combate con fuego, pero aquí es normal intentar apagar con gasolina los incendios que van arrasando nuestro bienestar. Creo que buscan aumentar nuestra confusión, pues mejor se roban las carteras en los líos y tumultos que en situaciones más claras y ordenadas. 

    Como último e infalible recurso, lejos de las olas del Mediterráneo que me pudieran servir de inspiración o consuelo, me lanzo a navegar por los mares literarios de Quevedo. Echo el ancla en una página en la que el escritor recriminaba a la diosa Fortuna con estas sabias palabras:
“Quéjanse que das a los delitos lo que se debe a los méritos, y los premios de la virtud al pecado; que encaramas en los tribunales a los que habías de subir a la horca, que das las dignidades a los que habías de quitar las orejas, y que empobreces y abates a quien debieras enriquecer”.

¡Virgen del verbo divino! Tomo tierra y abandono la navegación, que como consuelo no acaba hoy de funcionar, pues constato que los siglos han pasado en balde y que ni siquiera somos novedosos y originales en cuanto a desgobierno e injusta administración.                                        
    Vuelvo al triste presente y mis reflexiones me llevan a concluir que no hay que atribuir a la maldad lo que pueda justificar la estupidez, siendo esta última todavía más abundante y profunda, y no sabría sopesar cuál de esas cualidades nos resulta más dañina. Pasamos de una panglossiana y hueca inanidad, sonriente, irresponsable y derrochadora —cuando no sopla el viento, hasta la veleta tiene carácter—, al gesto grave de una desdeñosa y prepotente indiferencia hacia el sufrimiento de los ciudadanos. —¡Que se jodan!—. Su destructiva ineficacia y su inmoralidad son equiparables. Han reducido el ya tradicionalmente escaso debate de temas de estado a un defensivo y miserable “¡Pues anda que tú!”.  No dudo de que desde ambos perniciosos extremos se haya actuado en conciencia. Como tampoco dudo de que obrar en conciencia puede ser perverso y demoledor cuando el obrante carece de ella, como es el caso. Nos quieren llevar hacia una tierra prometida que más asusta que ilusiona y los hechos que más nos preocupan no se nos presentan como indeseadas consecuencias pasajeras, sino como el objetivo perseguido por nuestros gobernantes. Hacer algo a conciencia, tiene otros inquietantes significados de los que la Historia nos proporciona numerosos y trágicos ejemplos tales como la demolición de Cartago por Roma, sembrando de sal sus campos y emponzoñando sus fuentes, o la ruina de Numancia. Trabajos diabólicamente bien hechos. Hay muchos más. 

    Gobernados, como viene siendo habitual, por incapaces, no sabemos, pues, si debe inquietarnos más que fracasen en el logro de sus propósitos o que consigan alcanzarlos. Ilusionante escenario. Dejando aparte la angustiosa situación económica a que entre los bancos, los gobiernos y las oposiciones de todos los niveles, nacional, autonómico y municipal, nos han conducido, que no ha sido la sufrida población la causante, hay muchos objetivos que me resulta imposible compartir y mucho menos apoyar.

    El infortunio propio se digiere peor si frente a él se nos exhibe la obscena prosperidad que disfruta quien colabora en provocar nuestra miseria y de ella se beneficia, cuando no es su causa directa. Deben de saber que la palabra convence, pero el ejemplo arrastra, pero no están dispuestos a compartir con nosotros las penitencias. No hay que confundir las consecuencias económicas con la incidencia moral. El chocolate del loro, aunque en principio irrelevante, pasa a ser oneroso e inasumible gasto cuando mantenemos cientos de miles de loros, cacatúas y cotorras. Además los loros nacionales y autonómicos no se conforman con unas pocas pipas. Todo es poco. Quienes legislan y gobiernan hoy, mañana están al frente de las empresas a las que antes decían vigilar y que previamente fueron del estado. Tal vez para liquidar los Paradores Nacionales, buque insignia de uno de los pocos sectores que aún funcionan, pues con el sol, la historia y la gastronomía todavía no han podido, aunque están en ello, colocamos a la sufrida exseñora de uno de los nuestros y le asignamos un sueldo tres veces superior al del presidente del gobierno. Que vean que no somos rencorosos. Cuando acabe el trabajo ya los comprará baratos otro amigo. Tal vez en el mismo foro y como siguiente providencia se propone mantener trabajando al personal hasta los 68 años, que esto no nos cuadra. Los hijos no tendrán trabajo, pero tal vez sus nietos sí. Así se llevan muy mal las apreturas de cinturón.

    Para desatascar juzgados y tribunales, despójase el lobo de las lanas con que de cordero se disfrazaba para poner un precio a la justicia, vuelta así inaccesible para quien, llevando razón, no tenga bienes con que hacer valer su derecho. Curiosa forma de solucionar el problema. No estando quien esto escribe muy puesto en derecho comparado, ignora si esta perversión de la justicia, que prácticamente la hace desaparecer, es común en los países decentes o es otra ocurrencia nacional.

    Creamos un banco malo al que regalamos las casas que los otros bancos —no mejores, por cierto— han ido arrebatando a quienes no pueden devolver los créditos que con tanta alegría les concedieron. Para pagarles esas casas desahuciadas o de difícil venta, se pide un crédito inmenso que los contribuyentes pagaremos, bien sea en dinero o en salud. Entre los paganos estarán los propios desahuciados. A la presidenta de esa joya de banco acuerdan que le paguemos 33.000 euros al mes. Es decir 51,13 veces el salario mínimo establecido. Se argumentará que no es el esfuerzo, sino la eficacia y responsabilidad lo que se le recompensa, aunque prácticamente todo el sector ha estado dirigido por inútiles o mangantes a los que ninguna responsabilidad se les ha exigido por arruinar los bancos cuya gestión les encomendaron, sin olvidar, de paso, asegurarse holgadamente el porvenir a nuestra costa. Insoportable. 

    Quienes han sufrido estas lindezas en sus carnes han dado en la costumbre de acudir a atosigar a los culpables a las puertas de sus casas. No me gusta ni el hecho ni la palabra que lo nombra, pues huyo de masas y algaradas. Reconozco, no obstante, que, en su caso, limitarse a gritar y mostrar una pancarta es un alarde de moderación. Añade algunas sombras a mi opinión sobre este tipo de manifestaciones la ubicua presencia en muchas de ellas de alguna veleta política, con gran fondo de armario, en constante evolución de ideas y opiniones, lo que nos confirma que nunca tuvo ni unas ni otras. Gran favor haría a la credibilidad de estos grupos permaneciendo en su casa.

    Los que dirigen a quienes hoy deberían sancionar tales desmanes, fueron y siguen siendo nombrados por el entorno de aquellos a quienes deben juzgar. Se explica la benevolencia de algunos de ellos. Son los díscolos nuestra última esperezanza.  Agobiados por tanta faena, prescriben los más de los delitos y debemos soportar que, sobreseídos los casos, se engallen tales rufianes proclamando como inocencia su injusto escape de los abusos que perpetraron, a través de los resquicios de unas leyes que ellos mismos urdieron, aplicada por los jueces o fiscales que ellos también nombraron. En este totum revolutum consiste para ellos la separación de poderes.

    Dada su indistinta e invariable cortedad de miras, no más allá de unos próximos comicios, la ineficacia en la gestión y administración, el nepotismo, la estulticia, el alejamiento del sentir de los gobernados, la indecencia y  la avaricia común a muchos de nuestros dirigentes actuales, pasados y futuribles, entre las ofertas políticas que se nos ofrecen tal vez haya que, tapándonos la nariz, optar por quienes, al menos, conserven algunos rescoldos de humanidad. Ante este “Sálvese el que pueda”, resumen de la gobernanza actual, el cinismo, la desconfianza y la propia supervivencia se imponen como ideología, pues ya no sabemos si somos de los nuestros. 
 
    No alcanza mi pesimismo a tener a todos por iguales, —pues los hay peores—, a considerar general la extensión de la infección descrita. La honradez, la inteligencia y la eficacia hacen poco ruido. Existen tales virtudes y son más abundantes de lo que pudiéramos pensar, pero son tapadas por el estruendo de la minoría que ha utilizado el noble desempeño de la representación popular para su propio enriquecimiento. Llevarán al sistema a su agonía si no dejan de mostrar más celo en disimular y negar el hedor de sus manzanas podridas que en defender la justicia y el bienestar de quienes los eligieron. Poco deben de amar las banderas que hacen ondear quienes las usan como señuelo, tapadera y escudo para sus rapiñas. Me es indiferente si un ladrón viste traje liso o a rayas, aunque preferiría verlos lucir las rayas blancas y negras de los penados de los chistes. Mucho se equivocan quienes esgrimen que el ataque va dirigido a su bandera pues, aunque tal vez no aprecien el símil taurino, no ignoran que el toro no persigue al trapo, mero engaño que esconde, escamotea y protege el cuerpo del torero. Son todos ellos los únicos que pueden llevar a cabo esa necesaria labor de limpieza, cada uno en su convento, para evitar que otro tipo de saneamientos más enérgicos les arroyen. Tapar y justificar la herejía de algunos frailes pone en peligro el crédito y la misma supervivencia de toda la orden. No vale el “ya arreglaremos después cuentas en casa, entre nosotros”. Tal vez dentro de poco ya no haya cuentas que arreglar, lo que solucionaría algunos conflictos, pues no se riñe cuando ya nada queda por repartir.
Vale

domingo, 28 de abril de 2013

Espístola de San Agatópodo



Queridos hermanos: 

   Hoy 4 de abril, día de san Agatópodo, -el de buen pie, de buen andar-, diácono de Macedonia arrojado al mar con una piedra al cuello en tiempos del coemperador Marco Aurelio Valerio Maximiano Hercúleo, que hay que tener cuajo, he recibido un sobre con membrete y sello de la administración. Poco me ha faltado para ser presa del pánico, pues tales vitelas no suelen trasladar buenas noticias. Abandonada la costumbre de enviarme mensualmente un papiro con la nómina, hábito que tras 36 años me había hecho perder mi antiguo miedo cerval hacia las misivas de ellos procedentes, la última comunicación oficial que se me hizo llegar en papel era para nombrarme abad del cenobio. 
   Era ésta una noticia agridulce, pues si bien me libraba de la penosa necesidad de peregrinar renqueante, con un cayado en la mano como Moisés para subir al Sinaí,  por sus celdas, escaleras y dependencias, del claustro, no del Sinaí, carente el convento del inasumible dispendio de un ascensor, a la vez que aumentaba mis pingües ganancias hasta el punto de casi alcanzar para pagar el recibo de la luz. A cambio, me han arrebatado la paz, a veces la placidez del sueño, y siempre el tiempo, las ganas y la inspiración para escribir epístolas a la congregación, como solía, o recopilar la historia del hermano convento de San Odón de la Muela. No se me escapa que algunos miembros de la orden comparten mi pesadumbre por tal nombramiento, unos por piedad y afecto hacia mi persona, otros por motivos diferentes que no es éste lugar ni momento de analizar.
   Se ha impuesto en mi caso el sabio criterio de poner al frente del negocio a quien, por su avanzada edad, poco ha de durar en el cargo, sin que su carácter agrio o excesiva longevidad hagan necesario matarlo, caso extremo al que otras santas instituciones han debido recurrir hasta llegar a esta época incierta en la que hasta los papas se jubilan.  Siendo remota la posibilidad de un ERE en el Vaticano, aunque para Dios nada hay imposible, permanecen los papas a salvo del riesgo de verse impedidos de hacerlo, quedando fuera de la jurisdicción de nuestro reino, tan rígido con quienes se han dejado la piel durante decenios en el tajo como laxo en permitir tempranos retiros que sirvan para hacer más prósperas las empresas de sus amigos o familiares. Llevado el sistema hasta sus últimos refinamientos, al menos por el momento, pues todo es susceptible de perfección y amejoramiento, han llegado a jubilar antes de hora a amigos y cofrades, permitiéndoles, para más inri, descansar de oficios y faenas que nunca ejercieron, autorizándoles a abandonar tajos en los que nunca antes habían movido un esparto, no sin antes cobrar crecidas indemnizaciones por ser despedidos de empresas que ni siquiera conocen, en el caso de existir. Pese a lo imaginativo del país y de quienes lo dirigen,  debo de haberlo soñado, pues mi mente se resiste a dar por cierto y real que algunos sinvergüenzas, ubicuos hasta el milagro, hayan sido jubilados no de una, sino de varias empresas. Tan exuberante alarde de creatividad contable y organizativa no se aplica a aumentar la prosperidad de los súbditos, sino la propia, cosa lógica, pues no cabe esperar que solucionen nuestros problemas quienes, de todos los colores políticos y, cierto es que con ayuda, han demostrado un desmedido afán en crearlos y hacerlos perpetuos.
   Vuelvo al manuscrito. A algunos les moverá al pasmo el saber que he recibido con cierta alegría el nombramiento, esta vez no de director de un colegio, sino de minusválido, dando marchamo oficial y legal a mi evidente incapacidad. No he recibido adhesivo que lo proclame, como el que facilitan al pasar la ITV, en este caso tal vez por no haber sido mi organismo capaz de superarla con éxito. Y bien que lo siento. Como es natural no me alegro de mis dolores ni de mis dificultades para andar, a veces hasta para tenerme de pie, y menos me entusiasma la realidad de que pasear suponga un martirio, no uno de mis placeres, ahora perdido.
   Son mis pares, pues, Quevedo, Shakespeare, el rey nazarí Muhammad X el Cojo, Lord Byron, sir Walter Scott,  y la innúmera lista de cojos, mancos  y tullidos que han dado lustre a la historia. Aunque no creo que de mi humilde persona quepa esperar tales aportaciones, al menos podré abandonar el carruaje cerca del destino al que voy. Hasta ahora, aunque llegue al lugar donde he dejado el coche arrastrándome a cuatro patas, como pintan reptando hacia su espejismo a los que se pierden en el desierto, tómase la escena por fingimiento si un papel no lo acredita. Siempre me ha llamado la atención que la administración llegue a pedir a algunos de sus administrados una fe de vida, para demostrar que quien vocifera y se encarama por las paredes de la oficina donde tal estupidez se le solicita,  aún respira. El encefalograma plano es opcional. No se me escapa que de no hacerse así, pasaría como en Egipto, donde tal vez momificaran a los difuntos para seguir sus deudos cobrando la pensión en su nombre. No dejaremos de reconocer que los súbditos, tras siglos de desgobierno y de mala administración, cuando alguna ha habido, han desarrollado por darwiniana adaptación mecanismos de supervivencia que les permitan esquivar abusos evidentes. Cuando se ve la alegría y despropósito con que se gasta lo que del producto de nuestros esfuerzos nos arrebatan, no querrán que respondamos como un escandinavo ante tales requisas.
   Bueno, pues ya soy cojo de censo. Desde hoy, día de san Agatópodo. ¡Manda huevos! Tengo que averiguar si Nostradamus dejó dicho algo sobre mí.
Andar con prisas es de pobres y de gentes sin clase. El caminar pausado, intentando mantener recta la espalda, aporta elegancia, distinción y galanura. No hablemos del efecto teatral de un bastón bien elegido, con su cabeza de cobra. Quienes te quieren, te cuidan y protegen más, si cabe; muchos te abren las puertas y te recogen del suelo, ahora tan lejano, lo que se nos cae. Cuando se pierde un sentido o una capacidad, la naturaleza suele compensar aguzando otra hasta ahora latente o a medio uso. Espero ansioso y expectante notar algún cambio positivo en mi organismo. Tal vez ya no necesite wifis, me vuelva luminiscente, levite o pinte mejor.  Ya os contaré. Por ahora conformémonos con aparcar donde antes nos estaba vedado.
 
Vale.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Epístola de los ministros



Aquí estamos tomando un café en casa la mañana del sábado, leyendo la prensa y ojeando en internet la apabullante abundancia de mensajes, sugerencias, enlaces e imágenes que entran por las puertas que abrimos a más foros de lo que podemos atender. Entre mucha paja, hay algunas noticias, artículos y comentarios que merecen más atención. También algunas acuarelas maravillosas que nos iluminan la mañana. 
Laurentino Martí
http://www.laurentinomarti.net/p/aquarelles.html
 Doy con un artículo en el que se recogen las declaraciones del brasileño Chico Buarque, cuando era ministro de educación de su país. Respondiendo en una universidad norteamericana a una pregunta acerca de la internacionalización de la Amazonia, argumenta de forma brillante y razonable, es decir, le da una educadísima bofetada al mundo, que es el título con que el blog donde lo leo titula su comentario. Como la respuesta es larga y enjundiosa, proporciono el enlace, mejor que resumir algo en lo que nada sobra:
Comparto esa noticia en facebook y comento:
  “Quienes no hemos dejado con qué encender, quienes consumimos recursos naturales, propios y ajenos, a un ritmo insostenible, pedimos a quien aún tiene bosques y ríos limpios, territorios sin explotar, recursos que nosotros esquilmamos hace siglos, que los conserven en bien de la humanidad. —La humanidad a la que nos referimos somos nosotros—.
    Tal vez debería haberse hecho así, pero estamos poco legitimados para decir a estos países qué deben hacer en su propio territorio. Deben ser ellos quienes decidan, esperemos que mejor que lo hicimos nosotros.
   Este artículo sobre las declaraciones del ministro de educación de Brasil es muy esclarecedor. De paso. ¡Qué envidia de ministro de educación! Al menos por estas declaraciones, si su ministerio lo dirige con ideas parecidas a las que expresa aquí.
   Observo que he alcanzado un grado de incredulidad y recelo alarmantes. De todas formas, todo lo que dice lo comparto plenamente”.

Medito, matizo mi suspicacia y añado:

   “Olvidaba recordar que Chico Buarque es músico. Eso disipa parte de mis dudas. Siempre he creído que los sillones y los despachos tienen voz propia, una voluntad ectoplasmática que se impone y se apodera de las iniciales intenciones de quien ocupa el cargo.
   Reconforta escuchar a un ministro de educación interpretando una bossanova, en lugar de desacreditando a quienes debería defender”.

Añado un vídeo de un tema interpretado por el ministro de educación —el de Brasil, no el nuestro— 
:— (
Lamento informarme, después de haber leído ese artículo en varios lugares y escrito lo anterior, de que en Brasil tienen no uno, sino dos Chicos Buarque. Uno el ministro Cristiovão Buarque, otro el cantante Francisco Buarque de Hollanda, que comparten apellido y apodo. La foto incluída en el artículo corresponde al cantante, redondeando la confusión. La red tiene estas cosas. Decía que soy receloso y suspicaz pero veo que aún debo mejorar. La realidad ya es suficientemente rica y sorprendente como para que necesite de adornos y mitos urbanos o rurales. No fue, por tanto, el cantante quien hizo esas declaraciones sobre la Amazonia. Tampoco este ministro canta bossanovas. Una pena. El ministro que canta bossanovas es Gilberto Gil. Tal vez ese es el origen de la confusión. Parece ser que este anzuelo en que he picado es especie que se ha multiplicado en la red, con lo que, de todas formas, si en tantos lugares lo afirman, acabará siendo verdad.
 
Toquiño y Gilberto Gil, éste sí, Ministro de Cultura de Brasil (2003-2008)

 El resto de lo que digo allí creo que es cierto, al menos es mi opinión. Son los propios despachos, o sus amplios sillones y poltronas quienes al final deciden. De alguna forma para mí desconocida, se van impregnando de las ideas de los sucesivos ocupantes, gestándose entre las mullidas moquetas una especie de cerebro ectoplasmático que conserva y transmite opiniones inmutables, respuestas y valores que van engullendo los de los sucesivos ocupantes, reemplazando todos los ideales que defendían antes de tomar posesión del despacho, en el caso de existir. En realidad, ocurre al revés, no toman posesión, ellos son los posesos. Una persona normal no puede concebir que alguien acceda a un cargo con la intención de jorobar a sus administrados. La tozuda realidad nos muestra que, en la mayoría de los casos, así acaba ocurriendo.
Se nombra a un ministro para dirigir la función pública, pongo por caso y se estrena en el ansiado cargo arrojando una palada de basura en la cara y en el alma de aquellos a quienes va a dirigir, hablando con menosprecio y desdén de empleados públicos a los que, acto seguido, pedirá la colaboración y el entusiasmo necesarios para sacar adelante lo que se le ha encomendado administrar.
—“¡Se les ha acabado el cafelito a estos vagos de los funcionarios. Pues menudo soy yo!”. Eso como primera providencia. No se puede empezar peor. Todos sus esfuerzos posteriores por gestionar con éxito su parcela de poder son ya inútiles. No cabe mayor torpeza. Que su misión no era proteger y defender a sus funcionarios, que también, sino a quienes con sus impuestos les pagan por los servicios que de ellos reciben es algo que entiendo y comparto, pues así debe de ser. Pero ese inútil debería saber que también le pagan a él y que poco se consigue insultando y desprestigiando a quienes deben trabajar a sus órdenes y aplicar sus reformas, asumiendo añadidos esfuerzos y quitas en nóminas y pagas extras. 
Optando por echar más carnaza a hipotéticos votantes, entrega a sus indefensos subordinados a los leones. Los espectadores del circo donde son despedazadas estas víctimas inocentes no son capaces de caer en la cuenta de que, entre aplausos, están viendo morir a quienes mañana echarán de menos cuando necesiten de los servicios que hasta ayer les prestaron. Así es distraída la atención de los ciudadanos para evitar que lleguen a pensar lo suficiente para dar con los verdaderos culpables de la situación.
Prefiero un ministro de educación sacado de un escenario que de una tertulia. Un ministro del ramo debe defender la calidad de la educación, si esa es la palabra y el cargo que se repujó en la fina piel de la cartera que le entregaron, no dedicarse exclusivamente a cuadrar las cuentas. Para eso está el de Hacienda. De todas formas, a mi edad, ya he sobrevivido a nueve leyes de educación, decenas de efímeros ministros y demasiadas reformas o frustrados intentos de llevarlas a cabo. Sólo, haciendo un esfuerzo, consigo recordar cómo se llamaban algunos de ellos. De otros ni siquiera conseguí memorizar su nombre cuando estaban en activo. Viniendo de la alta y endogámica administración, cimas que nunca alcanza un funcionario, de los centros de estudios demoscópicos, de la concejalía de festejos de algún pueblecito de la costa, de la docencia en la universidad o de otros antros de perdición similares, no llegan a entender que una reforma educativa tarda muchos años en cuajar en las aulas donde almacenan alumnos de una edad que ellos no han conocido profesionalmente. 
Creen que sus taumaturgias harán aparecer benéficos espíritus y que nuevas realidades se crearán invocadas por los conjuros del B.O.E. Para ellos, una vez publicado el decreto o la norma, la situación ya está cambiada y el tema resuelto. Pasaré a la historia como un gran reformador, piensan. Craso error. Ni en educación ni en nada en lo que intervengan seres humanos funciona así la cosa. Tal vez incluso olviden que quienes aplicarán sus instrucciones, con entusiasmo directamente proporcional al aprecio y estima que el ministro haya sido capaz de mostrar hacia ellos y su trabajo, son seres humanos.
Al menos quien va a dirigir el trabajo de decenas de miles de individuos debería tener algunas nociones de cómo reaccionan éstos, de cómo se lidera un grupo. Carecen de la ciencia fundamental de quien debe tratar con personas, que tiene sencillos fundamentos, entre los que destacan el sentido común y el intentar ponerse en el lugar de los demás. Meterse en los zapatos del otro, que dirían los ingleses.
Imaginemos a un general encaramado en su brioso corcel, arengando en registro marcial y cuartelero a sus tropas para insuflarles ánimos antes de una batalla que se adivina cruenta y dudosa: —¡Hatajo de ineptos! Las vais a pasar putas y lo más seguro es que os maten, aunque merecido lo tenéis. Yo os dirigiré desde aquella colina que me ofrece fácil escapatoria si la cosa se os pone fea. Sé que habéis comido mal y que mal equipados y pertrechados os enfrentáis al enemigo, pero la cosa no da para más, que vacías están las arcas por gastos y dispendios que ahora no vienen al caso. Aunque poco cabe esperar de vosotros, luchad con brío y valor, para que los mandos nos repartamos cuantioso botín. Los que al final del día estén vivos, no esperen recompensa alguna, básteles con el honor que supone defender a la patria y el bienestar de quienes les dirigimos con tanto esfuerzo y riesgo. ¡Que Dios os proteja, hermanos!
Ninguna batalla se ha ganado así. Con los hábiles estrategas que nos dirigen, demos por perdidas cuantas guerras emprendamos. Si Publio Cornelio Escipión hubiera arengado a sus tropas en las guerras contra los cartagineses en la forma en nuestros ministros se dirigen hoy a los ciudadanos, parte de Europa hablaría lenguas derivadas del púnico en lugar del latín. Eso sí, el Vaticano estaría edificado cerca de Túnez.