viernes, 24 de abril de 2020

Epístola bélica y darwiniana

Ir adaptándose paso a paso, de forma acompasada al ritmo de una realidad cambiante, nos puede llevar casi imperceptiblemente a acomodarnos a una situación que si hubiera sido trastornada de una sola vez, se nos haría insoportable e incomprensible. Es el mismo mecanismo por el que el cuerpo puede hacerse tolerante a los venenos. Las pequeñas dosis, repetidas, te van inmunizando poco a poco y de que das cuenta te muerden las cobras y ni te enteras. También se ha aplicado a veces en los bancales. Vas moviendo cada dos meses un poco el mojón, cambiando las lindes, y de que se dan cuenta es tuya media provincia. La breve duración de nuestras vidas no nos permite cometer argucias y engaños que pasarían desapercibidos si tuviéramos tiempo y paciencia para perpetrarlos con lentitud geológica. El primer pez de secano tardó eras en gobernarse unas patas. Cuestión de lentitud y disimulo, que la vida no gusta de revoluciones, sino de cambios lentos, que no despierten sospechas. Todo consiste en moverse poco a poco, imperceptiblemente, como la araña que intenta hacerse el longuis para que no le arranque la cabeza la mantis en cuanto, al verla bullir, sepa que está viva.

Leo que un enfermo que ingresó en febrero aquejado de coronavirus antes de que él conociera ni su existencia ni sus riesgos, despierta de un coma después de casi dos meses y sale por la puerta del hospital a otro mundo diferente al que conoció antes de enfermar. Así, de una. Decía mi abuela, y con razón, que no te envíe Dios todo aquello que eres capaz de soportar. A veces puede enviar los castigos o los avisos de sopetón, en forma de terremoto o volcán que te sepulte bajo sus cenizas. O te envía otra catástrofe que tenga más a mano, como a Trump o a Bolsonaro, igual que a nosotros nos castigó con Fernando VII. Por variar, pues su repertorio es infinito, en otras ocasiones va tensando poco a poco el arco de nuestra resistencia y dosifica las puyas, como en el caso de las siete plagas de Egipto. Tal vez las leyes supremas que rigen el universo, después de milenios de debate filosófico y científico, sean las de Murphy. Todo puede ir a peor, hasta un punto que a cualquiera parecería insoportable si le dieran un guión ineludible de los futuros acontecimientos que le iban a cambiar la vida. O que se la iban a quitar. El cerebro, como le ocurre al resto del organismo con picaduras, pócimas y bebedizos, está mejor preparado para soportar mudanzas en dosis homeopáticas que a enfrentarse a cambios de aquí te pillo y aquí te mato. Unas gotas de lo nuevo se nos dan mezcladas con una garrafa de agua de lo habitual y, casi sin darnos cuenta, nos acaba sentando bien el cianuro potásico o acabamos sin libertad de prensa sin notar especial amargura. Incluso el cianuro nos llega a saber bien, a almendras amargas como el mazapán. Por eso uno de los peligros, y no el menor, es que encandilados en la búsqueda urgente de antídotos y remedios para las nuevas ponzoñas, acabemos inmunizados frente a las picaduras de las serpientes autóctonas, que nos acechaban desde antiguo, y ya no las notemos.

¿Para qué leer ciencia ficción si puedo leer en el periódico que Trump, —"el malo", zafio y tramposo, de la novela del oeste—, recomienda tratar el coronavirus con una inyección de desinfectante o con luz solar? Sin duda habrá quien le haga caso y, aunque soy menos darwinista en lo social que en lo natural, será una aplicación positiva de esa teoría, que librará a la especie humana de la aportación genética de especímenes capaces de dejar descendientes tan estúpidos. Sin duda su desaparición por el simple expediente de sulfatarse por vía intravenosa mejora la especie. O igual en lugar de morir aparece una nueva variedad humana inmune al gorgojo de la patata, muy de aplicación en el caso que nos ocupa, el de Trump, pues su cabeza tiene más células de solanácea que neuronas. De estas últimas, las justas para no cagarse en los desfiles. Quien no tiene nada más que un martillo sólo ve clavos por todas partes. Igual que habrá quien convoque una manifestación o una rogativa contra el virus, es raro que no haya Trump enviado a los marines a combatirlos a cañonazos. Aunque sí se ha recurrido al ejército en otros lugares, cosa que se ha hecho de forma acertada y pacífica, no siempre su ayuda ha sido bien recibida por parte de ciertos orates.

Hay a quien no le gusta la terminología bélica utilizada para explicar nuestra lucha contra este virus que mata a unos mientras mantiene al resto atrincherado, escuchando silbar a las balas y proyectiles que no atinan y les sobrevuelan volando. Algunos representantes de estos críticos, tradicional e infantilmente antimilitaristas, comparecen —ahora sí— respaldados por tres generales luciendo medallas y cumpliendo órdenes, a veces poco claras o acertadas, por ser benévolos. Es escena que, paradójicamente, irrita a algunos parroquianos de los que la promueven, pero que les resultaría insoportable si fueran otros los comparecientes y los responsables. Y a más de uno les resulta tan incomprensible verse hoy donde están que actúan como si estuviesen aún en la oposición o tras la pancarta, no privándose de atacar desde una vicepresidencia a un poder del Estado, el judicial, por una sentencia que afecta a alguien cercano y que no es de su gusto. Eso lleva a muchos otros a ver igualmente incomprensible que tales personajes estén allí encaramados, tan alejados de su capacidad y sus merecimientos, al entender de la otra parroquia.

Nuestro país siempre ha tenido varias romanas para medir comportamientos, actitudes y resultados, lo que resta mucha credibilidad a nuestras alternantes dirigencias y oposiciones, que no suelen en sus argumentaciones ir más allá del a mí que me registren, la herencia recibida, el yo no he sido y el pues anda que tú. Las respectivas feligresías se limitan a repetir esos mantras. Un nivelazo.
Nadie dudará, a pesar de esas correcciones estilísticas apuntadas, que la guerra es la mejor metáfora para imaginar lejanamente las batallas que se libran en nuestro interior. Caballos de Troya de tamaño infinitesimal, mínimo, que se infiltran agazapados, engañando inicialmente a los centinelas y aprovechando las vigas y los clavos de las casas donde se guarecen los desprevenidos defensores para fabricar nuevas armas contra ellos. Otras veces les arrebatan las que tenían almacenadas para la defensa y las emplean para redoblar el ataque. Se disfrazan, sembrando la confusión entre las tropas defensoras, que acaban combatiendo entre ellas. En fin, un sindiós.

Uno de los peligros de este ataque, como en todas las guerras, es que falle la intendencia, causa de la mayor parte de las derrotas. Hay que mantener las tropas alimentadas y bien pertrechadas, por lo que conviene tener llenos los almacenes, dispuestas las armaduras, planchados los uniformes, afiladas las lanzas y engrasadas las escopetas antes de que se produzca el asalto y nos pille desprevenidos. Las murallas se construyen antes, no durante el ataque cuya fuerza no se valoró adecuadamente, cuando ya no hay gran cosa que hacer salvo amontonar piedras desordenadas intentando tapar grietas y agujeros que ya se conocían. Cuando llega el crujir de dientes es cuando se ve el temple de la tropa y de los generales. La tropa debe obedecer hasta los errores, hasta las órdenes que le parecen disparadadas, hasta el sacrificio. Los generales no pueden ganar las guerras sin contar con precisión a los atacantes, engañándose a ellos mismos y a los demás sobre su número y fortaleza. También de las bajas. Dejar a los heridos abandonados a su suerte o no honrar a los caídos desmoraliza y pone a la tropa y a la población en contra. Sobran en el Estado Mayor los que pretendieren pasar el embate bajo el catre de campaña en una lejana colina, ocupados y preocupados en acumular inmerecidas medallas que les lleven a asumir el mando cuando todo pase. Hay que vigilar que tales aliados no deserten y dejen desguarnecido un flanco a medio zafarrancho. Un ejército avanza al paso del más lento de sus soldados, decía Napoleón. Olvidó decir que el acierto de las decisiones adoptadas suele estar limitado por la incompetencia y la cerrazón del más necio de entre los que las deciden.


martes, 14 de abril de 2020

Epístola indignada y sanitaria

    Llevo escribiendo epístolas con mis opiniones aquí y en mi blog Desconcertatus desde hace bastantes años. Suficientes para haber sufrido a distintos gobiernos, que he criticado en todo aquello que a mi entender había de criticable. Por ineficacia o incapacidad, por indecencia o rapacidad, por desconocimiento de aquello de lo que uno se hace responsable, porque a los cargos se accede más por amistad, parentesco, cupo o sumisión que por capacidad o por méritos, por actuar con desdén hacia problemas que afectan a muchos, casi siempre a los mismos. Incluso por maldad. Recuerdo aún el ¡que se jodan! que se escuchó en sede parlamentaria. Hemos escuchado y sufrido cosas que deberían haber bastado para acabar con algunas carreras políticas de todos los bandos. Si por algo se caracteriza nuestro ambiente político es por la total incapacidad de cargos, militantes y simpatizantes de un partido para admitir los errores de los suyos. Tan grande como la de reconocer los aciertos ajenos. Son mundos paralelos, encerrados en sí mismos, autocomplacientes, sumisos incubadores del huevo de la corrupción y del nepotismo, males que ven en los demás y tapan en su propia casa.

    En fin, abundan en la política los que no merecen estar en ella, y no sé si nosotros merecemos que lo estén, seguramente sí, pues los elegimos. Y es necesario decirlo, criticarlo, denunciarlo.

   Yo no escribo para hacer amigos, más bien para dormir tranquilo. Y no podría hacerlo si callara cuando leo infamias, locuras conspiratorias de interesado enunciado, indecencias y descalificaciones crueles e infundadas más allá de lo que la crítica a la acción política debería consentir.
Decir, siquiera sugerir, ideas como que lo que está ocurriendo pudiera ser una conspirativa estrategia de eliminar a miles de personas, de viejos, una eutanasia permitida o buscada, supera todo límite como para que uno calle.

    No me considero un cerebro en un frasco, ni presumo de una imposible imparcialidad, ni creo llevar razón en mis posturas y críticas, pero lo que escribo y opino lo hago de buena fe, después de meditarlo y siempre procurando no demonizinar a quien piensa distinto.

    No, no puedo callarme, no puedo dar por bueno lo que considero indecente.
He visto al ministro de sanidad llorar en una foto sentado en el Congreso. Seguramente soy un sentimental, pero los detalles de humanidad me pueden, pues cada vez son más escasos. Son más reveladores que las palabras y que los discursos. Le tengo lástima, al frente de sanidad, un ministerio despreciado por quienes querían otros de más lustre y peso político. Sé que este ministro ha hecho todo lo que estaba en sus manos, lo posible, limitado por unas circunstancias y unos condicionantes sobre los que sí cabría hacer algunas objeciones. No es momento. No es esa foto algo que me haya hecho cambiar ninguna de mis opiniones, y mantengo y mantendré mis críticas, siempre constructivas, ya que siempre se pudo hacer mejor, aunque nunca he dejado de reconocer la extrema dificultad de acertar en este trance desmesurado. Pero para poder criticar a un gobierno es necesario mirar a todos lados, no obviar los reproches que la oposición también merece, y viceversa, algo que muy pocos hacen. Tanto unos como otros. Todos andan centrados en la redacción y difusión de listas de errores y crímenes ajenos a la vez que invariablemente callan y ocultan los propios. Indecente.

    Si se quiere crear un clima en el que sean posibles los acuerdos, sobran muchas descalificaciones y ataques personales por parte de todos. No, no son los míos los buenos y los malos los otros, ni está toda la razón en manos de unos y ninguna en las de los demás. Las personas mantenemos opiniones distintas sobre temas concretos, a veces contradictorias, a veces con dudas, unas con razón, otras sin ella. Esto ocurre con las que piensan no con las que hacen de eco. Esas se adhieren a un bloque compacto de ideas, a un kit ideológico que no admite fisuras ni tibiezas. Por eso es imposible militar en un partido y seguir pensando. La militancia o la entrega a una “causa” impiden argumentar contra una idea sin descalificar a la persona que la defiende.

    En la grave situación que vivimos se puede dudar de tiempos, eficacia, recursos, pero no de las intenciones. Eso es un límite entre la decencia y la mezquindad, entre la crítica y el fanatismo. Yo no formo ni puedo formar parte de eso.
 

martes, 7 de abril de 2020

Epístola conventual


    Un chino que se hizo un carpaccio de pangolín o una sopa de morceguillo, —que Confucio le confunda—, ha obligado a medio mundo a acogerse a la Regla de San Benito. Creyentes y descreídos, fieles y gentiles, se recluyen ahora en sus conventos. Algunos entran en el Carmelo, en una clausura que no consiente más que recibir por el torno las viandas y remedios que hoy nos mantienen vivos. Según sus talantes se adscriben los cristianos a las órdenes de su gusto, y así hay carmelitas descalzos o con espuelas, frailes trabucaires con canana y otros dedicados a cantar salmos en los balcones para animar a los creyentes. No falta quien, más entre los sueltos que entre los encerrados, se crea reencarnación de la Monja Alférez o del Cura Merino, pastor de su parroquia de merinas, que las churras siguen a otros profetas y mosenes. También anda algún freire a la jineta de brioso alazán, vigilando las fronteras de la patria y de los caletres. De todo hay en la viña del Señor.

    Fuera de los claustros quedan legos y monjes que curan a los enfermos o que cultivan la huerta, que alimentan o protegen a la congregación recluida en sus cenobios; arrieros que acarrean las viandas, otros que limpian y desinfectan las calles, recogen las basuras o llevan a la celda de todo lo que los confinados necesitan, así como muchas cosas que no. Son los que ahora reconocemos como imprescindibles, aunque antes ocuparan en el ágora y en el templo los lugares más apartados y oscuros.
    Aplaudidos hoy desde balcones y celosías, mañana volverán a las últimas filas que siempre ocuparon en estima y en recompensa. Los últimos, por unas semanas, son los primeros. Nuestros héroes, nuestros salvadores, vienen a ser una tropa variopinta de oficios, algunos tenidos por menores, que en realidad no han hecho nada más y nada menos que lo que venían haciendo desde siempre: cumplir con su obligación con los recursos y reconocimientos que todos les escatimamos hasta que han mostrado ser nuestra salvación. Al menos, por unos días, la realidad pone sobre la mesa qué y quién era importante en el convento, si el abad o el cillerero, si el deán, el refitolero o el sochrante, y hasta qué punto cada uno venía cumpliendo con su obligación o era necesaria su función, si es que alguna tenía, que más nos hemos dedicado a la liturgia que a cuidar la enfermería y abastecer la botica. 
    Hablar de responsabilidad siempre es tema vidrioso, aunque llegará el momento de reconocer que en parte era de todos y cada uno de nosotros, sobre todo in vigilando, aunque cada cual en proporción a su papel en una sociedad que hace aguas, con no pocos agujeros hechos por los que la dirigen (o dirigieron) con mucho menos acierto y previsión de la que hoy quieren aparentar. Llegan a pretender que la mascarilla sea bozal y la lealtad silencio. Casi todos en el reino y en los virreinatos olvidaron retejar y llenar despensas, almacenes y boticas antes de que llegaran unas lluvias que hoy nos encuentran menos protegidos de lo que hubiera sido menester. Cierto es que hay tempestades que ninguna pared ni techumbre podría haber resistido y que las pestes suelen llevar a los hospicios y hospitales más peregrinos y enfermos de los que pueden acoger, tanto como falso es pretender que nada más se pudo hacer ni tampoco antes. 
    Los cristianos meditan en sus celdas y recuerdan con sonrojo haber prestado oídos a falsos predicadores que desde sus televisivos púlpitos alababan una pobreza de la que presumían, virtud para ellos sólo deseable si es ajena. Comparecían disfrazados de franciscanos con hábitos ásperos y desaliñados, fray Gerundios que hoy nos siguen sermoneando desde palacios episcopales que se apresuraron a ocupar cuando los fieles recompensaron de forma generosa sus alardes de una austeridad que sobrellevaban no por principios, sino por necesidad. Otros han tomado los hábitos de ficha de dominó de los dominicos, recuperando sus innatas ansias inquisitoriales, siempre fieles guardianes de la ortodoxia, prestos a arrojar a la vergüenza pública a los que se apartan del dogma y a espolear a los parroquianos en su contra, señalando quiénes envenenaron las aguas y quienes, con sus pecados y sus errores, han atraído las iras divinas sobre nosotros. No esperéis soluciones ni de unos ni de otros, pues sólo de la unión de los mejores puede llegar. En los sacrificios y en las hecatombes, los bueyes siempre son los ajenos. Priores y acólitos de cada religión saben señalar culpables incluso para sus propios errores, cosa fácil, pues cada uno los busca y encuentra sólo y siempre entre sus contrarios, para regocijo de sus feligreses, que invariablemente aplauden en un espectáculo que nos llena de vergüenza. Pero estos prelados engreídos, aquí y en todo el orbe, desconocen arreglos y soluciones, tanto para lo usual como para lo imprevisto, actuando tarde y por ensayo y error. Ese desconocimiento no les impide proponerlas cuando se elige papa para la iglesia o abad del convento, a veces escarbando en polvorientos códices donde se recogen los añejos intentos y los antiguos errores. De paso aprovechan para raspar vitelas y reescribir cronicones en palimpsestos que presentan como ciertos.
   No faltan begardos que recorren los caminos y plazas, de la corte a la aldea, vociferando desde altas tarimas sus discursos apocalípticos. Sólo en la desgracia son escuchados sus sermones con calor, y perviven pues la desgracia es algo que nunca falta. Se habla de un concilio que aúne a las distintas confesiones, pero nadie renuncia a sus dogmas y liturgias, se limitan a señalar herejes y a tratar de sentar a sus obispos en todas las cátedras.
   Si del mundo exterior, hoy sólo visitado si se tiene perro, pasamos al interior del convento, vemos a los monjes aislados y aburridos, pues hay a quien la cosa le ha pillado en la celda sin un códice, afición o quehacer, Las televisiones echan humo y al sofá se desfonda ante el peso en aumento de sus dueños. No pocos cristianos se han entregado al arte de la repostería y, junto a los dos muebles mentados, son el horno y la sartén los aparejos más activos en el cenobio. La operación playa puede esperar. Se multiplica el consumo de harinas, levaduras, huevos y azúcar, que millones son las madalenas, empanadas, tortas y panes que los creyentes amasan y hornean. Se ha llegado a dar el caso de contribuyentes lanzados a guisar potajes y estofados, sopas de ajo y suquets, aumentando repertorios que nunca iban más allá de la tortilla de patatas o la paella de los domingos, siempre a cargo del pariente “cocinicas”, hoy echado de menos. Recuperamos antiguos saberes a la vez que aprendemos que para ciertas cosas es conveniente no delegar en exceso, sobre todo por que cuando pintan bastos habría que aspirar a la autosuficiencia. De durar mucho este retiro obligado, llegaríamos a los cultivos hidropónicos, a cambiar geranios y prímulas del balcón por lechugas y perejiles y, en caso extremo, pedir por Amazon un camión de tierra para hacer una huerta en el salón. En estas, como en tantas cosas, los jerarcas deberían aprender de sus súbditos.


viernes, 27 de marzo de 2020

Epístola consolatriz


    Hago, como todas la mañanas, una revista de prensa y medito que, aunque los más sensatos vienen a coincidir en lo esencial, hay artículos que aportan enfoques distintos o miradas atentas a aspectos concretos a una situación de la que no creo que podamos ser aún del todo conscientes. De ella y de sus consecuencias. Hay acuerdo en que nada volverá a ser igual y todos dan por supuesto que aprenderemos la lección. Aunque normalmente tiendo al optimismo no me pondría a echar cohetes, pues mi fe en el género humano es escasa. Unas veces abundan los individuos que no están a la altura del comportamiento del conjunto; en otras es al revés, los elementos, uno a uno, son mejores que el grupo que forman, donde se diluyen las virtudes y se suman las miserias particulares.
 
    Desconfío por varios motivos. Primero, porque no hay una lección que aprender, que hay muchas, todas ellas imprescindibles. Segundo, porque la Historia lo que nos muestra es que nunca antes ningún pueblo, en ningún lugar ni época, ha acabado aprendiendo de los errores nada importante y menos para siempre. Tercero, porque podemos ver que hay al mando en algunos países, algunos de ellos inmerecidamente admirados, personajes a los que llamarles desalmados es hacerles favor. Alguno de ellos llega a pedir a los viejos que se sacrifiquen o dejen sacrificar en aras de la economía, su único dios verdadero. Cierto es que también hay muchos que piensan igual sin atreverse a decirlo, aunque terminen por actuar en esa línea. En el Japón de los samurais hubieran acompañado tal declaración de falta de principios con el harakiri, dando ejemplo, porque quien así hablaba en los Estados Unidos de Norteamérica del Norte ya no cumplirá los setenta, que ya los tiene, pero da por supuesto que para él y para los suyos si habría salvación, que allí más que en otros sitios depende del dinero. Un dinero que nunca han considerado conveniente dedicar a proteger la salud de sus ciudadanos, un derroche innecesario. He consultdo el Casares, a doña María Moliner y al DRAE y no encuentro palabra precisa y ajustada para calificarlo. Me quedaré en miserable hijo de puta, y que perdonen las hetairas que las meta en esto, pues mucho preferiría estar gobernado por una puta que por Trump, Bolsonaro o Boris Johnson. Paro por abreviar una lista extensa. Por su oficio suelen tener más conocimiento y humanidad y ninguna de ellas dejaría morir de esta forma desagradecida, cruel y despiadada a los abuelos.

    Los españoles, siempre dados a usar el cilicio y al látigo de siete colas en las carnes propias, desde antiguo miramos, con más desconocimiento que acierto, a otros países de una forma en exceso favorable. Abundan entre nosotros los soplagaitas que intentan mortificar nuestras conciencias por nuestra historia y por ella nos imponen una penitencia sin fin que no concede perdón; y también por nuestro presente y por los defectos y errores en los que caímos y caemos. Todos incurrimos en esa tentación, antes o después, de una u otra forma. Nos gusta lamentarnos y pintarnos más feos de lo que somos, cuando en general, incluso en teniente coronel, la media es guapísima, como ahora comprobamos con alivio. Siempre escasos de patentes, tampoco es nuestra la invención de esos males, antiguos y universales.

     No obstante, aunque tampoco sea mal exclusivo de España, sigue siendo la envidia y el afán de segar toda cabeza que destaque el verdadero deporte nacional, y es norma el que no dejemos nunca de lamentarnos de nuestros gobiernos de forma despiadada, sangrienta, en un partido que unas veces se juega en casa y otras como equipo visitante, no faltando insultos y penaltis vistos por unos y no por otros, también por turnos. Ni ahora paramos, cuando el lance es decisivo, que otros anteriores no dejaban de ser choques amistosos en los que poco o nada esencial se decidía, sólo la honrilla del club. Tal vez de resultas de esta tragedia nos dejemos de garambainas y de catecismos sectarios que nunca deben llegar a ser programas de gobierno, como no pocos pretenden. 

    Vemos a los próceres foráneos mentados que, como otros, sestean viéndolas venir, y cuando les lleguen poca envidia nos van a dar. Y agradeceremos estar en mejores manos y corazones que esos países grandes en tamaño y en riqueza, que no en humanidad. No hay en España partido ni líder capaz de llegar a esos abismos morales, ni en el gobierno ni en la oposición. Aunque llegará el momento de pedir cuentas a unos y a otros, que los errores y retardos se pagan con vidas, por el momento doy gracias a los dioses por esas diferencias. La situación es terrible, podría haberse aliviado en parte, y también hubiera podido ser peor, suicida como en USA, UK, Brasil y otros paraisos donde siguen los consejos de la serpiente. Algunos en el frío norte se creen a salvo. Esperemos. Por lo pronto Boris Johnson ha dado positivo en coronavirus, y no sé si eso es justicia poética o si sobra el adjetivo.

    Toca ir todos a una, que errores ha habido, hay e inevitablemente habrá, aquí y más en otros sitios. Los lamentaremos y censuraremos, aunque siempre hay que pensar que a cojón visto varón seguro. Habría que pedir a muchos que cierren la boca, tanto en los gobiernos, el central y los regionales, como en la oposición, que hoy lo que faltan son recursos y lo que sobra son palabras.

sábado, 21 de marzo de 2020

Parábola de los buitres


    Mira que me lo había propuesto, no sé si conseguido. Hablar y escribir en tono positivo, incluso intentando suavizar con humor unas circunstancias trágicas que deberían llevarnos a la unidad, a aparcar por el momento discusiones y pelarzas ideológicas que el momento hace no sólo inoportunas, sino indecentes.

    Pero resulta imposible. Hay quien no abandona su guión, quien intenta marchar por libre en sus demencias y sus infamias. Cuando hay gente que muere y gente que lucha para evitarlo, cuando el protagonismo lo toman cientos de miles de personas anónimas que atienden, curan, protegen, transportan, limpian o mantienen los suministros disponibles, hay fantasmas que siguen ahí, ectoplasmáticos, arrastrando sus cadenas y apareciendo en lugares oscuros para espantar al personal, ululando como buhos siniestros. No en los bosques, sino en despachos gubernamentales o en la BBC. 

  Aunque hay bastantes, demasiados, cuesta encontrar nada comparable en infamia al señor Torra y sus palmeros, lo que es para nota. Pocas cabezas hay capaces de hacer sitio a tanta basura moral. No queda sitio para nada más. Todo en ellos es abyección, bajeza, envilecimiento. Son un ejemplo de hasta qué cotas de inmoralidad puede llevar el fanatismo que, en su caso, llega a arramblar con todo resto de decencia y de humanidad. Faltan en sus hospitales los recursos dilapidados en embajadas, propaganda, televisiones y prensa a sueldo, carencias que como se acostumbra se atribuye a Madrid. Como pollo sin cabeza zozobra una administración que durante lustros ha dedicado personas y dineros a jugar a hacer una república, un engendro totalitario que sin duda tendría una legitimidad y decencia pareja a sus impulsores. Algo temible y, desde luego, escasamente democrático y respetuoso con quien no les baile el agua.

    La paranoia es sólo uno de sus muchos problemas mentales, pues se une a esa indeferencia al sufrimiento ajeno, esa falta de empatía propia de los psicópatas. Sólo eso explica algunas de sus viles manifestaciones de irónico desprecio ante la muerte de madrileños y otros seres degenerados con los que muy a su pesar comparten país. De Madrid al cielo, vomita Ponsati y comparte Puigdemont y la peña.

    Infectado por un virus que indudablemente viene de la capital del reino, este espécimen inclasificable dedica su escasa capacidad mental a intentar desacreditar a su país ante la BBC, persiste en su afán por aislar a Cataluña del resto de España, no por protegerla, sino por disfrutar de una frontera aunque sea por unas semanas. Seguramente impedir el paso de Castellón a Tarragona frenaría mucho la infección. Santes o después habrá que aislar Barcelona, Igualada, como habrá que hacer con Madrid, Valencia y otras ciudades donde se concentra la tragedia. Sobre todo si los más irresponsables de sus moradores persisten en colapsar las carreteras los fines de semana rumbo a la segunda residencia, al campo, a la playa.

    Para evitar esos comportamientos antisociales, que aceleran la extensión del problema, sin duda deberá recurrirse al ejército, pues las otras fuerzas de seguridad están siendo desbordadas. Limpia y desinfecta el ejército puerto y aeropuerto de Barcelona, cosa que, entrenidos en su monotema no habían llegado a hacer, ni siquiera a contemplar. No tardarán en tener que instalar hospitales de campaña, tanto allí como en cualquier otro sitio de España donde sea necesario. Para estos orates descerebrados se trata de una invasión militar, por tanto rechazable aunque sea imprescindible. Los ciudadanos para ellos son rehenes de una idea, la única que tienen, escudos humanos si hace falta.

    Cuando todo esto pase, que pasará, el virus habrá barrido con el procés, habrá mostrado la miseria moral de los enajenados mentales que lo inventaron e impulsan y, por el momento, deja a Torra y a todo su entorno como pasmarotes que gesticulan en un teatro vacío. Los que habitualmente llenan el aforo también deberían hacérselo ver, tanto como los que aplauden la obra desde lejos, cómplices de estos desatinos.

    Durante años, y aún hoy, abundan los que miran para otro lado, considerando que algo sacarán de ese desmantelamiento del Estado que lleva siendo la única misión de la administración catalana desde hace demasiado tiempo. O esos otros, pocos, que con escaso éxito promueven caceroladas coincidentes con aplausos solidarios destinados a gente más decente y más útil que todos ellos. Como siempre, centrados en los problemas reales y urgentes. O los que aprovechan un cargo que se muestra superior a su valía y capacidad para endosar un mitin vacuo, inoportuno, ombliguista e improcedente. Ya llegará la hora de hablar de ello con detenimiento, aunque se les puede adelantar que nunca llegará una república a España si es de su mano. Espantan más que ilusionan, como buitres revoloteando cuando huelen a muerto.

martes, 17 de marzo de 2020

Epistolilla alarmada, pero reconfortante

Queridos hermanos:

    Recluido en mi cenobio, como manda el Estado de Alarma y recomienda la Regla de San Benito, rezo mis oraciones, pongo una vela, medito y observo cómo esta crisis sanitaria hace aflorar, como suele ocurrir, las virtudes y los pecados de la congregación. Pone en evidencia sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Algunos falsos profetas también aprovechan la ocasión para propagar la herejía, poniéndose en evidencia a ellos mismos y sus miserias, tanto como a sus falsas doctrinas, algo de agradecer pues les vemos hoy y recordaremos mañana como de verdad son. No merece la pena detenerse mucho en esos personajillos, que tiempo habrá. El Señor les castigará con dura mano y arderán en los infiernos de la oposición

    El grado de responsabilidad de la población es notable, tanto como su solidaridad, nunca puesta en duda. Ya éramos y somos el primer país del mundo en cuanto a donaciones de órganos, entre otras cosas importantes.

   Nos pilla la cosa con uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, si no el mejor. Aún así se verá comprometido, tal vez menos que el de otros países que dejan a Darwin al mando de la situación. Y no por falta de recursos, sino de humanidad. En una situación así cualquier sistema sanitario se quedaría corto pero, como los seguros, es necesario pagarlos esperando no tener que recurrir nunca a ellos, aunque deben de estar allí para cuando sea menester.

    Como ninguna ocasión se desaprovecha para arrimar estas ascuas a sardinas políticas, no deja de haber quien hable de desmantelamiento previo de la sanidad, sugiriendo un culpable claro y único. Por supuesto hablan olvidando que es competencia transferida a las comunidades autónomas, regidas por diferentes opciones políticas, algunas durante decenios, tal vez por la opción política del criticador. Miren quién desmanteló, cuánto, si es que se hizo y dónde, y si cuando la economía empezó a permitir ciertas alegrías, se ocuparon de mantelar lo previamente desmantelado. Choca escuchar a mosén Torra, heredero de fray Mas, artúrico desmantelador máxímo, echando las culpas a Madrit y al hermano Rajoy. Mire cada uno en su propio convento, bajo su alfombra, y tiren menos primeras piedras los también pecadores. Mejor aprendan y aprendamos todos de esta dura lección qué es lo importante, que mucho tiempo y recursos hemos perdido en cosas y temas que no lo eran tanto.

    Leo que en la villa y corte de Madrid el gremio hostelero ya ha puesto a disposición de las instituciones sanitarias 60.000 camas de hotel para uso hospitalario. No ha sido necesario recurrir al decreto de Estado de Alarma para intervenirlas a la fuerza, cosa que habría que hacer si otra fuera la actitud, cosa inimaginable. Sí puedo imaginar que otro tanto ocurrirá en toda España que, por cierto, tiene en algunos destinos turísticos concretos más camas que otros países enteros. Pero, desgraciadamente, nó sólo hacen falta camas, también y más importante, personas y medios.

    Todo el país enclaustrado en las celdas de sus conventos no ha puesto en compromiso la red de telecomunicaciones, a pesar del uso intensivo y continuado. Se nos pide que no abusemos del móvil, que utilicemos el teléfono fijo en lo posible para no colapsar los satélites. ¡Cabrones, no enviéis tantos vídeos por Whatsapp! Resulta que España tiene más fibra óptica instalada que Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia juntas, dato que los eternos agoreros, siempre echándonos paladas de tierra a nosotros mismos nunca cuentan.

    Todo es mejorable, empezando por que algunos creyentes descarriados dejen de sacar a pasear al radiador, acaparar papel higiénico, afan universal que escapa a mi comprensión, y otros comportamientos más relacionados con la psiquiatría que con la gestión de la crisis. Que el Señor les perdone.

    Tenemos unos buenos servicios públicos, atendidos por profesionales aún mejores. Falta cuidarlos, dotarlos de material, reforzar las plantillas, poner la industria nacional y ¡ay!, la europea a fabricar lo necesario, pues si capacidad sobra debe ser la voluntad lo que falta. Como tengan que ser los chinos quienes nos proporcionen mascarillas, respiradores y guantes, entre otras cosas, mal porvenir tiene Europa.

    No ha sido mala enseñanza para algún reyezuelo local comprobar que su poder era delegado, subsidiario de un único Estado, pastor que cuando es necesario toma las riendas del rebaño completo porque hay ovejas negras que sin perro se pierden y se van hacia el barranco soñado.

    Hoy toma el gobierno medidas económicas. Esperemos que el Señor les ilumine, y no me atrevería yo a indicarles si deben rezarle a san Keynes o a otros santos rivales, no sé si más o menos milagreros, que doctores tiene la iglesia. Pero no se queden cortos, que la supervivencia de mucha gente, mucha, está en sus manos. Esperemos, lo que es mucho esperar, que Europa esté a la altura. Mucho se juega y mucho nos jugamos. Sanos y enfermos han de comer, cobijarse y pagar sus facturas.

    Y, cuando todo esto pase, que será con bien si los gobiernos saben estar a la altura de sus ciudadanos, (Y no pocas guerras, tal vez todas, las hayan ganado más soldados y cabos que los generales que luego se apuntaron las victorias), convendría no olvidar quiénes en realidad han estado en primera línea, cómo se les había valorado y pagado antes, cómo se había cuestionado su número y su compromiso y cómo dejar de regatear recursos de forma suicida a lo imprescindible y de acordarnos de Santa Bárbara sólo cuando truena.

    Y ahí entra tanto el personal sanitario, docentes cuyo trabajo colapsa hoy las redes de la administración educativa, fuerzas de seguridad, ejército, agricultores y ganaderos, transportistas, cajeras, cajeros y reponedores de supermercados, personal de limpieza, recogida de basuras y tantos otros oficios que, al fin y al cabo, nos dan y conservan la vida. No lo olvidemos después. No lo olvidemos nunca.

    Vale.

sábado, 14 de marzo de 2020

Epístola vírica


Cuando la vida, la naturaleza, nos pone contra el espejo de nuestra insignificancia y el reflejo que vemos nos muestra como insectos soberbios ante fuerzas que nos rebasan, que en la naturaleza son casi todas, en pocos días parecen ridículas nuestras inducidas y habituales discusiones sobre si son galgos o podencos. Tal vez ahora lleguemos a considerar que pudieran ser pastores, alemanes o no. A lo mejor ni siquiera eran perros. De nuestro entretenimiento habitual desde hace demasiado tiempo, esto es, jugar con las palabras como vasos que llenamos y vaciamos de significados, pasamos a la cruda realidad, algo que veníamos dejando a un lado. Señuelos lingüísticos les llama Daniel Gascón. Algunos dirigentes, tertulianos y mediopensionistas de pronto se ven enfrentados a un problema real. No es que no hubiera otros, aunque este nuevo es inaplazable, poco dispuesto a ser toreado con palabras, como se acostumbra. Se trata de un miura vírico, poco dado a componendas. Ciertos temas y personajillos van quedando reducidos a su verdadero valor, entre el ridículo y la existencia fantasmal. Que no cunda el pánico: pasado el susto, volveremos a nuestra gilipollez habitual, que los pensamientos de velatorio duran hasta que salimos de él, y reanudaremos las discusiones sobre el género de los ángeles.Somos más frágiles de lo que habíamos llegado a creer, de lo que nos habían contado. Nuestros liderzuelos, mandantes o aspirantes al mando, que poco se llevan, tienen otra ocasión maravillosa para mostrar su altura o desmentir su bajura, aunque muchos la están desaprovechando estrepitosamente, ofreciéndonos el equivocado consuelo de mostrar que es mal común la mala gobernanza, algo mundial. Como estamos acostumbrados a que unos y otros se dediquen más a crear problemas nuevos que a resolver los existentes, uno no sabe si ante una cuestión grave y real sería mejor estar en manos de Putin o de Sánchez, de Xi Jinping, de Trump o de Johnson. Aunque no deja de ser penoso estar en manos de nadie, este último tiene la ventaja de que su nombre huele a jabón. A champú para niños. Parece ser que tan insigne prócer, en su cada vez más aislada isla, opta por dejar obrar a la Naturaleza en plan darwiniano, se decanta por propiciar que sobreviva el más fuerte, que gane el mejor con puro fair play biológico o religioso, que el Señor tiene sus designios y el virus, aunque borde, no deja de ser una criatura de Dios como la tarántula y otras alimañas. Dice, mientras se atusa las rubias greñas propias de un águila matada a cañazos, que en algo nos parecemos, que habrá que hacerse a la idea de que muchos familiares van a morir antes de tiempo, especialmente los viejos, aunque su descaro y su crueldad muestren que no piensa en los suyos. No se podrá atender a todos, dice. Un derroche estéril e inasumible para las menguadas arcas de lo que queda del imperio británico, cuatro islotes. Cada vez los consejos de ministros del mundo se parecen más a una barra de bar, o de pub en este caso, tanto en tono como en la solvencia de las propuestas. No habrá faltado quien proponga hacer una manifestación contra el coronavirus. Pero Boris, que aunque nació en New York fue luego desasnado en Oxford, no es así de zafio. Es hombre de muchas lecturas y se pone sin gran esfuerzo en modo Dickens, que esos sí que eran buenos tiempos para los suyos. Mejor declararse impotente ante el virus y priorizar la economía, según nos cuenta, aunque no descienda a aclarar de quién es la economía a la que se refiere, pues en esta función el bienestar seguro de unos pocos parece depender del malestar probable de los más, incluso del mutis por el foro de no pocos, para él prescindibles. Una pena, dice, dando por descontado que él y los suyos están a salvo. Viendo las producciones de su cabeza, como las de otros, más parece expuesto a infestarse con la filoxera o el gorgojo de la patata que a infectarse con un virus ahora adaptado a las personas. A ellos no les faltará cama en la UCI ni respirador. Al menos los Boris hablan con claridad; de forma obscena, pero transparente. Como lo cierto es que el virus se ceba con los viejos y enfermos, parece contar el Boris británico con que el mal de estos que deja a su mala suerte sea el bien que contribuya a sanear las cuentas de la seguridad social, que cada difunto es una pensión menos a pagar. No hay mal que por bien no venga. Como en el caso de Trump y otros de semejante catadura moral, es lo malo de estar desgobernados por contables y negociantes, pues no hay columna para la humanidad en los libros de caja.En Houston y alrededores también tienen un problema. Si la sanidad es algo disponible sólo para quienes pueda pagarla, resulta que los cabrones de los pobres nos van a infectar a todos, piensa el Trump, su cuadrilla y al parecer sus votantes, aunque es más caritativo pensar que ni unos ni otros piensan nada. Tiene cojones la cosa, no vamos a tener más remedio que curarles de balde las miasmas por nuestro bien, que bien hemos demostrado que poco nos importa el suyo. Un país que tiene billones para enviar naves al espacio, trillones para invadir países que ignora dónde coño están, carece de capacidad y de intención de proporcionar una sanidad universal a sus contribuyentes, que me cuesta llamar ciudadanos. Un país así, con todos sus logros indiscutibles, es un fracaso, y no solo moral. Al menos, aún hay cosas de las que uno puede estar orgulloso en el nuestro, y mal haríamos en echarlas a perder. Se acercan elecciones en USA y, como siempre, triunfará la democracia, el pueblo votará con su inteligencia y tino habituales y tal vez, como en el Brexit y otros referémdums legales o ilegales, elegirá precisamente lo que menos le conviene. Una de las grandezas de la democracia es el poder elegir el veneno que te mate. Lo que es un hecho es que una ley que prohibiera o evitara vivir en eterna campaña electoral, como nos ocurre a nosotros, apaciguaría los ánimos y arreglaría gran parte de los problemas simplemente porque evitaría que, al calor de las disputas y las meaditas ideológicas para marcar el territorio como lobos, se creen problemas nuevos, en gran parte imaginarios, que es nuestro caso. Descubrimos asombrados que las siete plagas de Egipto pueden escapar del Egipto bíblico y terminar alcanzándonos la peste, la langosta y el hambre, hasta ahora jinetes ajenos y lejanos. Algunas inundaciones, tempestades y terremotos lo habían anunciado, pero bien está que te mate algo gordo, telúrico, inabarcable. Los dinosaurios sin duda se extinguieron a gusto, sin tales humillaciones, arramblados por un pedrusco del tamaño de Irlanda. Pero coño, una mierda de virus lleno de pinchos, invisible hasta con las gafas de ver, parece más ofensivo que letal. Pero ahí está, a lo suyo, aunque no sepamos en quién viene encaramado y vivamos atemorizados y recelosos, barba en hombro. Un virus canijo y mezquino nos confina en las celdas de nuestras casas, convertidas en cenobios, y vacía hoy las grandes avenidas, los nudos de carreteras, los destinos turísticos normalmente atestados de gente y de coches. Si antes se peleaban los ganchos de los restaurantes en los paseos marítimos estirazando del turista para arrastrarle hacia sus gambas, hoy los solitarios paseantes de las playas son mirados con temeroso resquemor: ¡Hostias, un madrileño! El temor no hace distingos, no deja espacio para taxonomías precisas y ajustadas. En playas y secanos, barrancos y quebradas, cualquier semoviente, seguro portador de virus que bullen y flexionan las ancas para saltar sobre nosotros, madrileño ha de ser. Como hay muchos, estadísticamente es fácil que acierten, aunque la irresponsabilidad no es invento exclusivo de la corte. Benidorm ayer mostraba en sus bares lo que parecía ser una convención de insensatos. El caso es que, —a la fuerza ahorcan—, le damos un respiro al planeta con esta bajada de humos. Incluso cierran bares y restaurantes, como un fin del mundo en cada barrio, pequeño y pasajero, en el que nos vemos obligados a prescindir de cosas supuestamente imprescindibles. Las autoridades sanitarias han venido a recomendar más o menos mi forma de vida, cercana a la del eremita. Las gentes, recluidas en sus casas tras el toque de queda, puede ser que lleguen a conocerse un poco mejor. Entre ellas y a sí mismos. Incluso que no se gusten. ¡Joder, qué grande está el nene! Por cierto, ¿cómo se llama este niño? Tal vez, como Gila, se crucen por el pasillo con un señor de marrón que, al parecer, vivía con ellos. No parece mala gente. Seguramente el principal problema para las autoridades será tener entretenido al personal sin que caigan en la funesta manía de pensar, enfrentados a llenar el tiempo por sí mismos, obligados a recuperar —si las había— aficiones olvidadas: terminar el puzzle o la maqueta iniciada hace decenios. O bajar la guitarra del altillo y recordar antiguos acordes. Incluso llegar a leer, a dibujar o a cocinar con enjundia y sosiego, a fuego lento. En Italia, según leo, emitirán en abierto algunos canales porno, para ayudar. No sé, y además ignoro, si será peor el remedio que la enfermedad. Los más desesperados aprovecharán para pintar la casa, pues no harán otra cosa que pensar en ti y, aunque no se les ocurra nada, repararán en que, por cierto, al techo no le iría nada mal una mano de pintura; se decidirán por fin a colgar el cuadro, arreglar la bisagra de la puerta o barnizar las sillas, encolar la mesa que cojea y arreglar el grifo que gotea, limpiarán los cristales por fuera y harán sábado los martes también. Se retirarán las camisas del manillar de la bici estática, que será estrenada por fin. Quien tenga patio dejará el césped como cuero cabelludo de un marine, en todos los balcones las plantas, ahora bien regadas y abonadas, lucirán como nunca, floreciendo en marzo; deslumbrará el brillo de los suelos y todo estará ordenado, salvo los alrededores del sofá frente a una televisión que echará humo, llenos de latas de cerveza vacías. Como las desgracias nunca vienen solas, no hay fútbol, que tanto hubiera ayudado. No me atrevo a describir la situación donde, además, haya niños en edad de merecer. Ya Dante dejó mucho dicho sobre el tema y poco hay que añadir sobre tales martirios y penitencias. No pocos se determinarán a escapar a la calle, aprovechando para comprar tres cajas de Mahou, veinte barras y mucho papel higiénico, mientras les da cita el psiquiatra. Cuando termine la cuarentena, por los portales de los edificios emergerá una nueva humanidad, los supervivientes, y veremos que más habrá matado el aburrimiento que el virus. Como la cosa no podía ir a peor, nos parecía, tal vez haya que tener esperanza en los cambios.

Si de verdad aprendiéramos, si dedicáramos a pensar parte del tiempo de esta impuesta retirada a nuestras habitaciones, incluso a estrenar el cerebro en no pocos casos, nada volvería a ser igual. Muchas cosas serían cuestionadas. Poderes, valores, equilibrios, necesidades, hábitos, costumbres y discursos. Muchas épicas quedarían reducidas a escombros y muchas cuentas y ecuaciones deberían ser resueltas de forma distinta a la acostumbrada. La equis no estaba donde solíamos buscar. Otras cosas y otros logros que la rutina dio por eternos, a veces cuestionados o malbaratados, deberían salir reforzados. Tal vez nos lancemos a la revolución, a la del sentido común, valorando precisamente eso, lo común. Al menos, casi todos, estamos aprendiendo que lo más importante que tenemos en común es la vida. Y que, al final, para salvarla dependemos de los demás tanto como las de los demás dependen de nosotros. No es mala lección. Cara pero necesaria. Nuestra salvación está en nosotros mismos y en nuestros servicios públicos. Decir servicios públicos es decir funcionarios, esos de los que tan sobrados andábamos según opinión muy extendida durante la crisis, cuya disminución en número y en sueldo tantos aplausos mereció entonces. Y los servicios públicos son impuestos. Siempre hay que procurar elegir bien, pues luego nos pueden decir que no deberíamos haber elegido muerte. Vale.